Prólogo
En la oscuridad, solo rota por la luz que emitía una pantalla de ordenador, un hombre acariciaba la hoja del cuchillo de cocina que sostenía en la mano. Un hombre que comprendía quién era y que por fin sabía qué tenía que hacer.
La imagen que ofrecía la pantalla era la de una mujer masturbándose. Movía los dedos con suavidad en una especie de danza hasta llegar al orgasmo. Tras alcanzarlo, se despidió de sus seguidores con una amplia sonrisa y apagó la cámara conectada al portátil. De inmediato, su semblante se transformó. La mujer se sumió en la más profunda tristeza, esa que te invade cuando ya no buscas salida. Encendió un cigarro aún desnuda y aspiró el humo amargo hasta que le llenó por completo los pulmones. Se puso unas bragas y un sostén y se sentó en la cama. Miró la cámara y se aseguró de que la conexión hubiera finalizado. Luz roja. Eso, en aquel mundo, representaba la intimidad. Permaneció en la cama, sintiéndose libre de los miles de ojos que ya no podían observarla. Pero se equivocaba. De nuevo, sin ella darse cuenta, la lucecita del ordenador se puso verde.
Un hombre acababa de hackear la conexión y se quedó contemplando la pantalla del ordenador. Ella seguía medio desnuda y fumaba en la cama. Él no perdía detalle.
Cada mueca.
Cada gesto.
Cada dato lo almacenaba en su mente.
Hizo zoom y extendió la mano hasta simular tocar la cara de la joven. Era toda suya. Su mente le transportó a aquella habitación, donde la vio tendida en la cama y preparada para él. Reparó en sus ojos mirándolo fijamente, inundados de pánico. Se tocó la entrepierna, tenía una erección. Se desabrochó la bragueta y empezó a masturbarse. La imaginó moviéndose de manera rítmica mientras la penetraba, pero no era suficiente. No le bastaba. Entonces le vino la imagen de la sangre. En el costado, en los pechos, en su cara inmaculada. Sangre salpicando las paredes desde los cortes que él mismo le estaba asestando. Y llegaron los gritos, desesperados, demandando un auxilio que jamás tendría. Y siguió imaginándolo hasta que por fin logró eyacular. Fue el orgasmo más intenso que había experimentado nunca.
Sin embargo, algo le llamó la atención a la mujer. En lo alto del aparato, justo al lado de la cámara, había regresado la tenue lucecita verde. La cámara estaba conectada. Se acercó al portátil y cerró de un manotazo la pantalla.
Mientras, en la oscuridad, el hombre se limitó a sonreír.
Era suya.
1
Hace seis meses
El sonido del neumático sobre el asfalto resultaba casi hipnótico. Y más teniendo en cuenta que la radio no sería capaz de sintonizar emisoras hasta llegar a la gran urbe. De hecho, era lo único que conseguía romper el silencio entre los dos hombres que viajaban en aquel vehículo.
Quizá por ese motivo, la vuelta de la jornada de formación estaba siendo tan pesada. Esta había tenido lugar en el Complejo Central Egara, la sede central de los Mossos d’Esquadra en Sabadell, y se había dirigido a los mandos intermedios, es decir, sargentos y subinspectores del cuerpo. O, dicho de otra manera, a aquellos que se encargan de ejecutar las órdenes de quienes ya no pisan tanto la calle. En eso, todos los cuerpos policiales son calcados.
No obstante, y pese a que las ponencias sobre redes criminales internacionales habían resultado interesantes para ambos, Sergio Brou y Xavier Masip, sargentos del grupo de homicidios, llevaban todo el trayecto de regreso a su unidad en completo silencio. El que siempre los acompañaba cuando se veían obligados a pasar un rato juntos. Por suerte para ambos, eso no ocurría a menudo. No se soportaban.
Al acercarse a Barcelona por la C-58, Masip encendió la radio y comenzaron a escuchar las notas musicales de una emisora de éxitos de los ochenta. Al principio con alguna interferencia, y después, tras un par de kilómetros, con mayor nitidez. El sargento Brou, que conducía el coche, se puso a dar golpecitos en el volante con los dedos, pero aquel tintineo no seguía el ritmo de la música, lo cual irritaba aún más a Masip. Ni en eso eran capaces de ponerse de acuerdo.
—Mira que hacernos ir a esa mierda de conferencia —acabó soltando Brou.
Xavi lo miró un instante, sin embargo, como no estaba seguro de si Brou había hablado para sí mismo, volvió a observar a través de la ventana el paisaje medio urbano en el que asomaban ya los primeros edificios.
—Que pérdida de tiempo —insistió Brou.
—Supongo que te refieres a que nos hayan obligado a ir juntos, pero hasta nosotros deberíamos comprender que es bastante idiota ir en dos coches al mismo lugar partiendo del mismo edificio, ¿no crees?
—Es culpa del Chincheta. ¿Qué pretende? ¿Que nos hagamos amigos?
—Eso no va a pasar, Sergio, pero le entiendo. El inspector debe procurar que haya buen rollo en su área. Es inútil, claro, pero al menos lo intenta.
—Sería mejor que se centrara en el grupo de atracos. Ese lío que llevan Chus y Sisco le va a explotar en la cara cuando se entere el intendente.
Xavi, que estaba acostumbrado a mantenerse al margen de los cotilleos dentro del cuerpo, no entendió la referencia.
—El intendente Amalio. El marido de Chus, joder. Dicen que es de los vengativos. Sisco acabará destinado en Amposta por no saber tener la polla dentro de la bragueta, ya lo verás.
—Me da igual, Sergio.
—Claro, a ti todo te da igual.
El sargento Masip suspiró por no decirle algo que encendiera aún más la conversación. Conversación que para ambos ya era demasiado tensa.
Cuando estaban cerca de entrar en la ciudad Brou abrió la guantera y encendió la emisora de la radio policial, que al momento empezó a emitir comunicados del operador de la sala de mando con las patrullas de Barcelona. Dejaron de hablar y volvió el silencio incómodo. Entraban por la Ronda de Dalt y no les quedaba demasiado trayecto, así que los dos se resignaron. Sin embargo, el mutismo se vio interrumpido cuando escucharon al operador decir:
«Algún indicativo en siete, cuatro, para un requerimiento en la calle Ganduxer».
Nadie contestó al mosso. Brou alargó el brazo hasta el mando, tiró de él hasta tenerlo cerca de la boca y apretó el botón para hablar.
—Indicativo Fóram a cinco minutos del lugar —respondió tomando la salida siete en dirección a esa calle.
—¿Qué haces, Sergio?
—Qué, ¿se te ha olvidado lo que es la calle? Respondo a un aviso de la sala.
—No es nuestro trabajo, Brou, ya enviarán a una patrulla de la zona.
—¿Masip rehusando un servicio? Eso es nuevo. Vamos, hombre, ¿no lo echas en falta?
—Está bien, vamos.
«Indicativo Fóram —les dijo el operador de la sala—, el requirente es un vecino que ha escuchado gritos en un piso. Dice que no es la primera vez».
Xavi extendió la mano para que Brou le diera el mando y este se centrase en conducir. Lo hizo a regañadientes, pero le cedió la palabra.
—Recibido. Estamos allí en tres minutos —respondió Masip.
Tomaron la calle Ganduxer y estacionaron en doble fila. Al bajar, el sargento Xavi Masip abrió el maletero del coche y sacó su chaleco antibalas.
—¿Qué haces, Masip?
—¿Qué haces tú? ¿Vas a responder a un aviso de posible violencia doméstica sin ponerte el chaleco?
—Pero vamos, hombre, que estamos en la zona alta de Barcelona y llevo una americana nueva.
Xavi le ignoró y, tras dejar su cazadora en el maletero, se ajustó el chaleco antibalas. Comprobaron sus armas, dos pistolas HK compact de 9 milímetros con una bala en la recámara. Las devolvieron a la funda y se dirigieron a la entrada. Llamaron al vecino que había dado el aviso a emergencias, este les abrió la puerta y subieron en el ascensor a su piso para hablar con él.
Los recibió con la puerta medio cerrada.
—Es el del quinto A. Hace días que los gritos son más altos.
—¿Sabe si están solos en casa?
—No lo sé, agentes, imagino que las niñas estarán en el colegio.
—¿Cuántos hijos tienen?
—Dos. De ocho años, creo. Son dos niñas gemelas.
—¿A qué se dedica el marido?
—Si no recuerdo mal, es director de un banco.
Brou hizo una mueca mirando a Masip.
—Mejor esperamos a una patrulla, Sergio. No se oye nada y siempre intimida más un uniforme.
Brou estaba sopesando la sugerencia de su compañero cuando un grito resonó por la escalera. Provenía del piso señalado. El vecino cerró la puerta murmurando que no quería saber nada. Los dos mossos se miraron y en ese momento supieron que la ayuda tendría que esperar.
—Sala, aquí indicativo Fóram. Envíen dotación uniformada de refuerzo.
«Recibido».
Se plantaron ante el piso que les había comentado el vecino y llamaron al timbre con insistencia.
—Mossos d’Esquadra. ¡Abran la puerta! —gritó el sargento Brou.
No respondió nadie, aunque podían apreciar que dentro había movimiento.
Xavi dio varios golpes fuertes a la puerta.
—¡Abran o la echaremos abajo! —apremió Brou.
Se percataron de que alguien giraba la cerradura y se pusieron en tensión. Una mujer en camisón abrió con cautela la puerta, un resquicio de unos pocos centímetros. Estaba claro que trataba de bloquearles el paso a los agentes de policía.
—¿Qué quieren? ¿Quién los ha llamado?
—Señora, somos sargentos de los mossos. Abra la puerta y déjenos comprobar que está bien.
—Estoy bien, ¿no lo ven? —contestó con la cabeza baja y mirando al suelo.
—Señora, déjenos verle la cara, por favor. No nos iremos a ningún sitio.
La mujer intentó cerrar de golpe, pero el sargento Brou reaccionó rápido y puso el pie derecho entre el marco y la puerta. Aquel gesto hizo que, en lugar de cerrarse, la puerta rebotara y se abriera de par en par. Los mossos observaron un comedor de grandes dimensiones decorado con muebles de diseño, en el que no obstante había cierto desorden.
—No, por favor, váyanse. Mis hijas, por favor. Váyanse.
Xavi apartó a la mujer y alcanzó a ver a un hombre de mediana edad, vestido con traje sin corbata, que dejaba encima de una mesa un vaso de cristal junto a una botella de Bourbon medio vacía. Estaba al final de la estancia, delante de un balcón con puertas dobles abiertas a la calle. Rondaba el metro setenta, tenía el pelo teñido de negro, con entradas, peinado hacia atrás con gomina, y llevaba unas gafas que se acomodó para ver bien quién había entrado en su casa.
—Señor, somos policías. Dese la vuelta y camine hacia nosotros muy despacio.
Unos minutos después, varias personas se concentraban en la acera opuesta y miraban el edificio del que habían salido aquellos ruidos parecidos a los petardos. En los balcones del bloque de enfrente también se había asomado gente, incluso grababan con sus móviles. Como en el del tercero, donde una chica hablaba con su madre mientras lo documentaba todo, enfocando la fachada e intentando localizar de dónde provenía el estruendo.
—Mamá, te digo que eso eran disparos.
—Sonaban como petardos, niña.
—Que no, que el primo de Lola, que es urbano, nos llevó una vez a un campo de tiro y... Mira, mira, allí, en el quinto.
Vieron a un hombre saliendo de espaldas al balcón y caminando hacia atrás hasta que chocó con la barandilla.
—¿Quién es? —preguntó la madre.
—Chsss, calla.
—Creo que está con alguien.
—Calla, mamá. ¡Dios mío! —gritó la chica.
El hombre se precipitó al vacío de espaldas, justo cuando otro hombre aparecía en el balcón.
—¡Lo ha tirao, lo ha tirao! —aseguró la madre.
La chica hizo zoom hacia el balcón, aunque la distancia no le dejaba ver con claridad a quien estaba allí observando la escena, al parecer intentando averiguar dónde había caído el otro, pero su objetivo no era suficiente, así que desistió y enfocó la calle. El cuerpo había impactado contra el capó de un coche y yacía en la acera.
Xavi Masip regresó dentro. Cuando los servicios de emergencia llegaron al lugar los recibió el silencio.
El más devastador de los silencios.
2
En la actualidad
Entrevista. Grupo de asistencia psicológica.
Parte de registro 1 de 8
El despacho no estaba muy equipado. Apenas había en él una serie de fotografías familiares en uno de los estantes, algunos libros bien ordenados y una planta de hojas verdeazuladas en un tiesto gris.
También había un hombre sentado delante de una especie de mesa de reuniones para cuatro personas y, frente a él, una mujer de cincuenta y tantos, bien vestida y con gafas modernas, que lo miraba con ojos curiosos por encima de las lentes. Tenía un bloc de notas, pero en él solo se podía leer la fecha, la hora, el nombre completo del individuo al que observaba y un número.
Este respiraba de manera pausada y, aunque llevaban allí más de diez minutos, ninguno de los dos había dicho nada tras el saludo de rigor; ni siquiera el insistente tintineo del bolígrafo de la mujer sobre su cuaderno sacaba al hombre de sus pensamientos. Y es que, quizá, parte de este mutismo viniera del desconcierto de que hubiera sido él y no ella quien había decidido programar aquella reunión de improviso.
—¿Está aquí conmigo, sargento? —acabó preguntando ella, consciente de que acababa de perder una batalla psicológica. Siempre se ha de dejar que el otro hable primero si se quiere dominar la situación inicial.
El hombre no parecía escucharla, así que insistió.
—Oiga, ¿se encuentra bien?
En ese momento pareció salir de su letargo y le clavó sus ojos verdes haciendo que casi se sonrojara.
—Sí, lo siento. Estoy ordenando mis ideas.
—Si necesita más tiempo...
—Precisamente, tiempo es lo que no tengo. Los jueces exigen atestados bien redactados.
—Fue usted quien pidió esta reunión, y le aseguro que muchos de nosotros nos sorprendimos. Yo la primera, he de reconocerlo. Porque, a pesar de todo lo que le ocurrió, nunca había venido. —Hizo una pausa breve—. Aunque puedo llegar a entenderlo.
—¿Qué quiere que le diga? Hasta ahora no lo tenía claro, y la última psicóloga a la que vi no estaba en las mejores condiciones.
La mujer sintió un escalofrío.
—Ya. Aquí todos añoramos a Mónica, y aún nos duele, aunque hayan pasado siete años.
—¿Siete? Me han parecido veinte. Hace años que me cuesta mucho dormir, doctora.
—¿Es por esto por lo que ha venido?
—Ya sabe que no.
La mujer, ahora sí, hizo una anotación en la libreta y volvió a mirar al hombre.
El sargento Xavi Masip respiró hondo. Observó su brazo izquierdo y vio una mancha en la camisa. La herida se había abierto. No era grave ni profunda y no le preocupó demasiado. No era esta la herida que le estaba causando ese sentimiento de vacío. Levantó la vista de nuevo y percibió que la mujer que le miraba estaba intentando escrutar el interior de su mente.
—¿Por qué no puede dormir, sargento? ¿Qué le atormenta? Hace seis meses de aquel incidente. He leído su declaración en el juzgado. ¿O es por el caso que lleva ahora? ¿Tiene dudas?
Xavi hizo una mueca parecida a una sonrisa.
—No, doctora. No tengo dudas.
—Entonces ¿qué cree que le pasa?
El sargento la observó en silencio. Sabía a la perfección que hacer que uno mismo responda a sus propias preguntas es una buena fórmula de interrogatorio. Decidió seguirle el juego.
—Hace ya tantos años que no sé el origen. Pero este trabajo... Siempre hay alguien a quien cazar y, sobre todo, siempre hay alguien que caza.
—Quizá sea este el problema. Puede que no tengas que ser tú el cazador —le dijo tuteándolo.
Xavi se rascó la cabeza y se peinó con los dedos el flequillo, que llevaba algo más largo de lo habitual, y volvió a mirar a la psicóloga.
—Quizá no soy mucho más que aquello que persigo. Puede que no haya más remedio. Se lo escuché decir en una película a Al Pacino. Me pareció muy revelador.
—¿Por qué cree esto?
—¿Sinceramente? No lo sé.
—Oiga, sargento. Necesito que hable conmigo. ¿Qué le ha traído aquí?
—Tenemos amigos comunes. Bueno, en realidad, una amiga, según dijo ella.
—Ya, pero no ha venido por ella.
—No. Me llegó esto hace unos días y no sabía muy bien qué pensar. Tal vez usted me pueda ayudar.
Sacó una caja del interior de una bolsa de deporte y la depositó encima de la mesa. La mujer se quitó las gafas para verla a distancia, pero se las puso de nuevo para poder examinarla de cerca. Supuso que había algo dentro que el sargento consideraba de su interés, aun así, no la abrió.
—Está precintada. ¿No la ha abierto?
—No. Sé lo que hay dentro.
—No lo entiendo.
—Hasta hace muy poco yo tampoco lo entendía.
Ella se levantó y pareció analizar la situación. Se giró de nuevo y preguntó:
—Vale. No me quiere enseñar qué hay dentro y no quiere abrirla.
—Lo haré, no se preocupe. No es ningún secreto.
—Muy bien —le contestó como si no le importara en absoluto lo que contuviera. Se limitó a apuntar algo en su libreta—. Bueno, pues si le parece, vamos a hablar un poco. ¿Cómo se siente cuando trabaja en un caso? Cuando persigue a un asesino.
Xavi miró a la mujer y soltó aire antes de contestar. Ese era el problema, y ella lo entendió nada más escuchar sus palabras.
—Me siento vivo.
La mujer dejó el bloc de notas en la mesa.
—¿Lo está persiguiendo ahora?
—Nunca dejo de hacerlo.
3
Siete días antes
Mientras paseaba con su perro, Antonio Pérez aprovechaba para repasar mentalmente cómo había transcurrido el día en su oficina. El can, de raza pug, se había acostumbrado a salir de madrugada desde hacía un tiempo. Antonio miró el reloj, era la una de la mañana. Se levantaba pronto, pero no acostumbraba a dormir más de cinco horas entre semana y necesitaba aquel respiro, su matrimonio iba cuesta abajo.
Caminaba por la avenida de Pedralbes con el perro tirando de él. Una vez pasó la entrada de los Pabellones Güell, cruzó las dos calles que se unían allí y llegó a una zona de césped. Soltó la correa de Bruno para que este campara a sus anchas en un entorno relativamente seguro que, aunque no fuera muy grande, le permitía corretear y jugar, con idas y venidas hasta su amo. Pensó que si al final se separaba de su mujer, aquel perro se iría con él aunque ello supusiese una guerra contra ella. Se podía decir que era su «pequeño», puesto que no habían tenido hijos.
Al otro lado de la calle, reparó en que alguien llegaba hasta el contenedor de la basura y dejaba a su lado una bolsa de gran tamaño. Le llamó la atención el volumen y los problemas del tipo para depositarla junto al contenedor, pero no el horario, ya que él mismo se había deshecho de una mesita no hacía mucho y había bajado pasadas las dos para que no le viera nadie. Después observó que el tipo abría la tapa del contenedor y metía dentro otra bolsa, esta vez más pequeña. Y aunque aquel extraño estaba a unos cien metros y era improbable que se hubiera fijado en él, Antonio decidió apartar la vista.
Más allá del ruido de la tapa al cerrarse, apenas se oía el escaso tráfico de coches que tiene una ciudad como Barcelona a esas horas un martes cualquiera de finales de septiembre. Notó que refrescaba y se subió el cuello de la chaqueta. De día aún hacía calor, pero las noches empezaban a ser frías. Silbó de manera suave y Bruno acudió de inmediato. Se había acabado el paseo, así que dio dos vueltas a su farola favorita, orinó y regresó junto a su amo moviendo la cola.
Ya en la acera defecó y Antonio, con la bolsa que tenía preparada, recogió los excrementos y se acercó al contenedor donde, hacía poco, aquel hombre había tirado sus pertenencias. De repente, el pug se puso a ladrar. Antonio miró a ambos lados de la calle. Su perro no solía hacerlo, así que le entró miedo de que alguien se aproximara con la intención de atracarle. No se veía un alma y solo había dos coches en un semáforo que rompían el silencio de aquella noche. Eso lo calmó. Su presencia no lo dejaba solo ante un posible ataque. Pero Bruno seguía ladrando hacia el contenedor. Antonio abrió la tapa presionando la palanca con el pie y tiró la bolsa dentro sin más miramientos. El perro continuaba ladrando y no parecía querer irse de allí a pesar de que su dueño tiraba de la correa.
—Pero ¿qué te pasa? Aquí no hay nada, ¿ves? —le dijo abriendo de nuevo la tapa del contenedor.
Al cerrarla, algo le llamó la atención de refilón. Dirigió la vista hacia el bulto que había tirado aquel vecino, pero estaba oscuro y solo apreció que se encontraba envuelto en bolsas de basura industriales. Eso le extrañó, puesto que el objetivo de dejar algo de valor al lado de un contenedor es que se vea a simple vista y pueda atraer a un posible futuro dueño. El perro no paraba de ladrar, así que encendió la linterna de su teléfono móvil y lo enfocó. De repente dejó escapar un grito sordo mientras se caía de culo en la acera. Bruno se acercó a su amo gimiendo, y este lo miró con cara de pánico. Marcó en el móvil el número de emergencias.
—Ha llamado al 112. ¿Cuál es la emergencia?
—He visto una mano en el... Hay un...
—¿Se encuentra bien, señor?
—Creo que hay un cadáver al lado de un contenedor.
4
En una calle acostumbrada a la quietud solo se escuchaban los motores de varios vehículos policiales que, al ralentí, alumbraban con sus luces de tonos azulados los portales de la zona. Estaban delante del paseo dels Til·lers, donde al otro lado se ubican los Pabellones Güell. Un recinto cerrado con diversas edificaciones y unos jardines interiores con la firma de Gaudí.
La jueza de guardia Julia Amposta esperaba la llegada del secretario judicial, que se retrasaba porque vivía fuera de la ciudad. La acompañaban el forense y una oficial del juzgado de su total confianza. También estaba allí la fiscal de guardia, pues la titular del Servicio de Jurado solo se desplaza en horario de audiencia. Aún era de noche y refrescaba. La zona, a unos cincuenta metros de los edificios, dejaba sin protección de un tímido aire a los integrantes de la comitiva judicial, que ya habían empezado a ajustarse el cuello de sus chaquetas para abrigarse.
Los Mossos d’Esquadra del grupo de homicidios de Barcelona habían preparado todo para, una vez lo autorizara la jueza de guardia, empezar a descubrir el cuerpo envuelto en bolsas de basura. Por el momento solo sabían que era de una mujer y que parecía estar desnudo. También que había algo de sangre, pero la declaración que le habían tomado al testigo dos mossos de paisano sugería que habían matado a la mujer en otro lugar. El caporal Carles García se acercó a la jueza, que parecía aguantar estoicamente el frío de la noche.
—Señoría, el testigo ya ha prestado declaración, y le hemos informado de que es posible que, más adelante, usted o nosotros le citemos de nuevo. Si no le parece mal, dejaremos que se vaya. Está identificado y no se aprecia a primera vista que haya participado en el homicidio.
—Me parece bien, caporal —dijo mirando la hora. Eran más de las tres de la mañana y llevaban esperando al secretario judicial media hora larga.
Carles se acercó a los dos agentes que habían recogido la declaración del testigo. Eran la agente Carol Ferrer y el agente Eduardo Tena, al que todos conocían como Edu. En breve aparecería por allí el inspector Manel Márquez como máximo responsable del Área de Investigación Criminal de Barcelona.
—¿Qué pensáis? —les preguntó el caporal.
—Pinta mal —respondió Carol.
—Muy mal —añadió Edu.
—Sí, eso parece.
—¿Qué hacemos? —continuó él.
—¿Cómo que qué hacemos? Investigar un homicidio.
—Ya me entiendes, Carles. Este es el típico caso para Xavi, lo huelo.
—Pues deja de olfatear y céntrate. Soy el primero que le echa de menos, es nuestro sargento, pero por eso debemos hacer las cosas lo mejor posible. Él volverá, es cuestión de tiempo.
—Está bien —se conformó—. Por cierto, ¿despierto a David?
—No. No sabemos el tiempo que estaremos aquí, pero es probable que empalmemos, así que alguien tiene que estar fresco mañana por la mañana.
—Se va a cabrear. Dirá que le hemos dejado de lado por ser el nuevo.
—Ya me ocuparé de eso mañana.
Por la calle apareció un tipo casi a la carrera. Había salido de un coche mal aparcado justo detrás de la cinta policial que habían puesto los mossos. El agente de patrullas que custodiaba la entrada se giró hasta cruzar una mirada con García; este le hizo un gesto de aprobación con la mano al reconocer al secretario judicial, quien se acercó a la comitiva judicial sin mediar palabra con la jueza, sacó una carpeta de su bolsa y se dirigió, junto a ellos, hacia el contenedor de basura.
Dos mossos de la policía científica protegidos con sus EPI estaban preparados para meterse en el contenedor; otros dos para inspeccionar el cadáver; una pareja de seguridad ciudadana a un lado, y el sargento y el caporal de la científica, listos por si necesitaban más ayuda.
En el suelo habían dispuesto un plástico para depositar, una vez liberado de las bolsas que lo envolvían, el cuerpo de la joven, que estaba cubierto a excepción del brazo izquierdo. Desplegaron una lona azul con las palabras «Mossos d’Esquadra» en letras blancas, buscando proteger la intimidad de la víctima y el levantamiento, ya que, a unos treinta metros, detrás de la línea policial, los medios de comunicación ya amenazaban con sus cámaras.
La jueza dio su aprobación para mover el cadáver cuando los investigadores le confirmaron que ya estaban hechas la necrorreseña y las fotografías del escenario.
—Vamos allá.
Todos guardaron unos segundos de un silencio extraño en torno al cuerpo de la chica. Al comenzar a retirar las bolsas vieron que estaba envuelta en una sábana de color rosa. Como habían advertido, tan solo sobresalía su brazo izquierdo por una abertura. Un mosso señaló una herida a la altura del hombro, en la parte posterior. Le hizo varias fotografías y el forense se acercó para examinarla.
—No es una lesión accidental. Le han arrancado un trozo de piel.
Carles se aproximó a Carol para observarlo.
—Es una zona donde podría haber un tatuaje —apuntó ella.
—Sí, es posible. Se han esmerado en hacerlo —indicó el forense girándose hacia la jueza y la fiscal.
—Puede que el asesino no quiera que la identifiquemos —dedujo García.
La jueza asintió. Hicieron alguna fotografía más y, cuando volvió a autorizarlo, continuaron retirando las bolsas del cuerpo. Lo hacían con un cúter y con sumo cuidado para no producir una nueva lesión en el cadáver. Primero quitaron la bolsa de la cara y descubrieron a una chica de no más de treinta años, caucásica, con el pelo negro azabache y facciones suaves. El asesino le había respetado la cara y parecía dormida. Siguieron desenvolviendo hasta retirar todo el plástico y dejar bocarriba el cuerpo desnudo. Pudieron ver que le habían arrancado dos dedos del pie izquierdo y cortado algunos trozos del muslo izquierdo y casi todo el glúteo derecho. Un mosso de la patrulla que estaba observando la escena salió corriendo a vomitar detrás del cordón policial. Incluso la jueza tuvo que girar la cara al ver los cortes y las heridas punzantes que se sucedían por todo el cuerpo.
—Esperad —dijo uno de los mossos que estaban dentro del contenedor—, parece que aquí hay algo.
Ambos enfocaron con sus linternas una bolsa de plástico transparente. Resultaba complicado moverse entre la basura, y el olor no ayudaba. Se la entregaron al caporal, que la cogió con cuidado. Era una bolsa con cierre hermético. Dentro se advertían dos objetos que no lograba distinguir, en otras dos bolsas más pequeñas, pero también herméticas.
A pesar de las farolas, faltaba iluminación, así que Carles García, quien sujetaba la bolsa con sus guantes de látex, se apartó, junto a la jueza, la fiscal y el forense, para examinar su contenido. Este último cogió la bolsa y la abrió con cuidado. Observaron su interior con curiosidad. En una de las dos bolsas más pequeñas había un tatuaje arrancado. El forense no tuvo dudas de que pertenecía a la víctima. Era un dibujo tribal redondeado de color negro. Pero cuando Carles vio lo que contenía la otra bolsa se apartó, sacó su teléfono y marcó el número de su inspector.
—Diga —contestó este desde el manos libres del coche.
—Soy el caporal García, inspector.
—Estoy allí en cinco minutos. ¿Cómo va?
—Mal.
—¿Cómo de mal?
—Se lo voy a decir claramente. Tiene que reincorporar a Masip.
5
Aquella mañana, Julio Cedeño se desvió de su ruta habitual. Lo hizo para poder pasear por las calles de Barcelona al amanecer, cuando la ciudad aún se estaba despertando; una droga a la que se había empezado a acostumbrar y que le alentaba a afrontar mejor el día. A pesar de su juventud, la tarde noche anterior había logrado ser feliz por primera vez en su vida. Su razón de ser, el porqué de su existencia se había revelado al fin. Estaba cansado, pero la emoción de lo vivido le había robado horas de sueño, algo de lo que también culpaba a la adrenalina que aún manaba de su cuerpo.
Tenía el pelo lacio y negro cortado por los lados, y un vago intento de bigote en una cara lampiña. Julio quería ser mayor, aparentar que era una persona fuerte y poderosa. Eso que supo que no era desde muy niño, en la época en la que adoraba los cómics de Shang-Chi, de Puño de Hierro —su favorito— o los del mismísimo Bruce Lee. En definitiva, de cualquiera que supiera defenderse de los monstruos que le atormentaban. Sobre todo de uno. Años más tarde, ya en su vida adulta, había conseguido seguir las rutinas de aquellos personajes de su infancia. Era disciplinado, se había vuelto fuerte y ahora sí sabía para qué había venido a este mundo.
Era un día caluroso y la chaqueta, aunque fina, le empezaba a estorbar. La usaba para ocultar su uniforme de vigilante de seguridad, aunque los pantalones y las botas lo delataban. Pese a que el reglamento no permitía llevarlo fuera del lugar de trabajo, nadie decía nada; quizá por eso tampoco acostumbraban a tener taquillas. Además, llevaba una mochila con el cinturón para la defensa y unas esposas.
Llegó a la puerta del Palau de la Generalitat. Allí, un mosso d’esquadra observaba el tráfico de personas que, a esa hora, se dirigían a sus trabajos —los turistas tenían otros horarios—, pero no le prestó atención. Nadie lo hacía. Y se paró casi en el centro de la plaza de Sant Jaume. Primero contempló la fachada del Ayuntamiento, sacó una manzana y empezó a darle bocados. Después se giró hacia la Generalitat y miró arriba, donde algunos capiteles tenían forma de gárgola. En su cabeza resonaron risas de mujeres. Mujeres desnudas teniendo orgasmos. Más risas. También dolor y lágrimas de miedo. Él medio desnudo entre ellas. Y más risas que su cabeza no lograba acallar. Sus recuerdos se entremezclaban. Ellas reían y él solo intentaba estar presente para ellas. A Julio le costaba hablar con mujeres, pero lo había logrado. Al final había encontrado la forma. Olvidó el dolor interior y siguió mirando aquella fachada en la que destacaba un balcón central. Allí era donde los jugadores del Barça acostumbraban a salir a celebrar sus títulos. También era el balcón que había costado una presidencia por una absurda pancarta. Para él todos eran absurdos. En el centro de aquel balcón, a cubierto por una especie de media bóveda, se encontraba la escultura de san Jorge luchando a vida o muerte contra un dragón. El guerrero blandía la espada a lomos de su caballo, mientras la bestia intentaba defenderse. Una lucha eterna que no difería mucho de la que libraba en su interior. Y aunque la vista no le alcanzaba para verlos, estaba seguro de que los ojos de aquel dragón estaban inundados de ira.
Sonó una alarma en su móvil. Tenía que irse ya. Acabó la manzana y siguió su camino, algo le decía que aquello no había hecho más que empezar.
No tardaría mucho en tener de nuevo a una princesa entre sus brazos.
6
Esa misma mañana, pero un poco más tarde, Xavi Masip se encontraba paseando por el Born en Barcelona. Aún era pronto, así que de momento se libraba de la masificación de la zona que vendría unas horas después. Se había acercado a su lugar favorito, la basílica de Santa María del Mar. Hacía unos días que había vuelto a Barcelona y la visitaba con mayor regularidad, puesto que los primeros meses de su suspensión cautelar por la investigación que la División de Asuntos Internos llevaba de su caso se había refugiado en casa de sus padres, cerca de Lleida. La gente lo ignoraba, algo habitual en las grandes urbes. No como en el pueblo, donde a pesar de ser grande siempre acababa encontrándose con algún conocido que le obligaba a detener su paso y saludar para no resultar demasiado descortés.
Meses atrás había perdido el anonimato por un vídeo viral en el que lo acusaban de haber empujado a un hombre desarmado al vacío y haber acabado, así, con su vida. Después habían sido las televisiones las que habían dado sus datos y mostrado su fotografía sin pudor. La sargento Morales, de la División de Asuntos Internos, había conseguido, gracias a aquella grabación, que lo apartaran de sus funciones hasta esclarecer lo que había ocurrido en aquel piso de la zona alta de Barcelona.
Xavi no recurrió y, con el dinero que le proporcionó el seguro, se aisló del mundo; como en ese momento se disponía a hacer. Silenció su teléfono móvil y lo guardó en el bolsillo.
Entró en la basílica dejando atrás el ruido de la calle, sustituido por un sosiego reparador. Aquel edificio, que se empezó a construir en 1329, se encontraba en la actualidad en el centro de una serie de islas de casas del Born. Avanzó por el lateral y se sentó en un banco. Miró las grandes columnas y levantó la vista hacia los capiteles que se fundían en las bóvedas de crucería donde convergían. No era creyente, pero a nadie le preocupaba eso. Quizá escucharse a sí mismo en la paz que le proporcionaba aquel espacio se parecía a lo que sentían otros intentando hallar a Dios. De todas formas, él no podía saberlo; se alejó de ese sentido de la fe en cuanto tuvo uso de razón.
Un hombre se acercó a Xavi y se sentó a poca distancia de él. La iglesia estaba casi vacía y no había servicio de misa. Xavi, sin mirarlo directamente, empezó a controlar sus movimientos. Era casi calvo, de estatura media y entrado en años y metido en carnes. A simple vista no representaba una amenaza, pero no podía confiarse. En cambio, el hombre pareció darse cuenta de que su presencia le incomodaba y se apresuró a disculparse:
—Perdóneme, no quería importunarle.
Xavi giró la cabeza y, ahora sí, observó de frente al hombre, que lo miraba curioso.
—Le he visto antes por aquí.
—¿Se ha fijado en mí?
—No se asuste, no tengo malas intenciones.
—No me asusto, pero me parece extraño. Aquí entra mucha gente.
—Sí, pero ya hace demasiado de aquella novela que nos llenó el templo de lectores curiosos. Acabó el boom y ya solo vienen los rezagados. Y usted no es de esta congregación ni tampoco turista; los huelo de lejos.
—Perdone. ¿Quién es usted?
—Sí, disculpe. Soy el padre Berto Ródenas.
Xavi relajó el rostro y sonrió.
—Me llamo Xavi Masip. Discúlpeme si he sido desconsiderado. No lleva el alzacuello...
—No, a veces lo guardo para preservar mi identidad secreta ante los villanos.
Masip lo miró sin expresión.
—Vaya. A los pequeños les encanta esa broma. Se la hago a los niños por esos superhéroes sobre los que leen y que ven en las películas. Lo cierto es que lo tengo en la taquilla. En un rato me lo pondré, tengo que entrar en el confesionario.
Aquella última parte le resultó más divertida que la comparación con los héroes de los cómics. Cómo les iría de bien a los policías un lugar así, donde los sospechosos confesaran sus fechorías.
—¿A qué se dedica?
—Ahora mismo a estar aquí, en calma.
—¿Demasiados demonios?
—Unos cuantos.
—Mi despacho siempre está ab
