Nadie contará la verdad

Pedro Feijoo

Fragmento

Así es como empiezan las desgracias. Con el dolor oculto allí donde nadie se lo espera. En las sombras de una escena cotidiana, en los pliegues de la rutina. Es ahí donde al dolor le gusta emboscarse, en los puntos ciegos de todos y cada uno de esos momentos que creemos tener bajo control.

Un hombre atraviesa la noche como un rayo que rompe el cielo. Apremiado por las circunstancias, conduce a muchos más kilómetros por hora de lo que sería aconsejable. Pero ese no es el problema… Porque el dolor no está en el exceso de velocidad, sino en una serie de elementos con los que se encontrará en apenas un par de curvas, a saber: en el coche que, sin dejarle tiempo para reaccionar, le hará perder el control de su motocicleta; en el impacto contra el asfalto del puente, en el que se romperá hasta los huesos del alma; y, por supuesto, en el encuentro fatal con el soporte del guardarraíl que, sin remedio, le partirá el cuello con la mayor de las brutalidades, provocando que todo acabe sin que este hombre pueda siquiera empezar a comprender qué está sucediendo.

Una mujer camina por la calle que lleva a su casa. Se trata de una mujer valiente, capaz como pocas. Pero es de noche ya y, aunque a estas horas no suele cruzarse con nadie, le parece haber sentido algo. Algún tipo de movimiento a su espalda. Sin llegar a detenerse, echa la vista atrás. Pero no encuentra nada extraño. Aun así, escoge apurar el paso, llegar lo antes posible a casa. Lo cual tal vez no sea la mejor idea… Porque es precisamente ahí donde el dolor la espera: ella todavía no lo sabe, pero esta noche recibirá la visita de tres hombres. La acorralarán, la golpearán y la violarán hasta dejarla medio muerta. Por desgracia para ella, todavía tardará un tiempo en perder la consciencia. Y, aun así, cuando por fin lo haga, esta mujer apenas habrá empezado a comprender qué está sucediendo.

Un hombre y una mujer están a punto de sentarse a la mesa. Una cena incómoda en la que a ninguno de los dos le apetece encontrarse. Ambos tienen tantos reproches que arrojarse mutuamente que ella lee la tensión en la fuerza con la que su marido aprieta los dientes, y a él no le pasa inadvertido el paso acelerado de su esposa. Y, sin embargo, no es ahí donde está el problema… Porque, aunque ellos todavía no lo saben, su dolor aguarda escondido en otro lugar: en el sótano, húmedo y oscuro, de una casa que no es la suya. Allí, la hija de ambos, poco más que una chiquilla, ha venido a despertarse para descubrir varias cosas. La primera de todas, que sus pantalones están empapados. La segunda, que las cuerdas le impiden levantarse de la silla metálica a la que está amarrada. Y, la tercera, que la penumbra del espacio en que se encuentra apenas le permite ver más allá de tres metros a su alrededor. Poco, es verdad. Pero sí lo suficiente para comprender que esa luz roja que parpadea intermitente es la de una cámara de vídeo. Y que ese bulto que permanece inmóvil al otro lado es una persona. Alguien grande, fuerte. Un hombre. O no, espera, espera. Un poco más atrás, en la oscuridad, se enciende la brasa de un cigarro. Dos hombres. Uno junto a la cámara y, en silencio, otro que fuma e, impasible, observa el cuadro. Aterrorizada, esta niña ni siquiera se plantea comprender qué está sucediendo.

De modo que sí, el dolor que ahora mismo todavía permanece al acecho saldrá de su madriguera para hacer que todo esto suceda. Todavía no, es verdad. Pero llegará, todo este dolor hará acto de presencia. Y será un gesto tan sencillo como absurdo el que desate la desgracia. Un aplauso. O, mejor dicho, el aplauso de una multitud. Hombres y mujeres puestos en pie, el ambiente cargado de los perfumes densos y los sudores rancios. Trajes, corbatas, acreditaciones agitadas… Dicen que si aquellas personas que roban cien no roban cien mil es solo por un motivo: porque no están en el lugar oportuno. Bien, pues viva la suerte, porque esta es esa gente, y este, ese lugar.

Y sí, por supuesto, será aquí donde el dolor se pondrá en marcha.

Primera parte. La rabia de Caín

PRIMERA PARTE

La rabia de Caín

(Hay una mujer)

(Hay una mujer)

La habitación se ha llenado de derrota. Frágil, vencida, la mano de la anciana tiembla entre las de la mujer más joven, que se esfuerza por mantener una expresión serena en su rostro. Una mirada atenta, firme, una mirada en la que no haya ni rastro del dolor que ha tomado al asalto la pequeña estancia con paredes de tela. Pero es inútil. Ambas mujeres han comprendido ya la gravedad de la situación. El tiempo se acaba, las dos lo saben, y la más joven recoge la mano de la anciana entre las suyas. Con delicadeza, con amor. Pero también con determinación. Queda el tiempo justo para decirnos lo mucho, lo muchísimo que nos hemos querido. Y sin embargo ninguna de las dos mujeres habla. Una ya apenas puede, y a la otra un nudo le ata la garganta, de modo que ambas se miran en silencio, y tan solo es el ruido de las máquinas, de los aparatos, de los sensores todo lo que se escucha. Pantallas, luces, números y pitidos que, poco a poco, se van espaciando entre sí. Son los ojos los que se han llenado de palabras. «Tranquila, estoy aquí, no te dejaré…». La más joven de las dos mujeres sujeta y acaricia los dedos de la anciana. Es entonces, al rozarlas con las yemas de los dedos, cuando cae en la cuenta de las heridas en los nudillos de la anciana. No las había visto hasta entonces. Heridas frescas en los nudillos de una mujer tan mayor… Heridas de haberse defendido. La más joven siente cómo la rabia golpea en el estómago. Y por un instante querría llorar. Dejar que un torrente de lágrimas amargas, feroces y furiosas lo inunde todo. Pero no, no puede hacerlo, no debe hacerlo. La más joven de las dos mujeres traga saliva y, en silencio, acaricia las manos de la anciana. Con cariño, pero también con tensión, con la desesperación de quien haría lo que fuera por atrapar el viento que se va. Con la impotencia de quien querría proteger a un animal indefenso. Un pájaro, un gorrión que, exhausto, ya no puede volar, así guarda entre sus manos la mano de la anciana. Piel joven, firme, protegiendo, sujetando con la más delicada fiereza la piel curtida, fina ya como la de un tambor que no soporta ni un golpe más. Las dos mujeres se observan en silencio. No hablan, no se dicen nada. Sencillamente se observan. Ya nada más es a los ojos a donde se asoman las palabras. «No tengas miedo, cariño…».

En el fondo, la mayor no puede esconder su tristeza. ¿Quién querría irse así?

En el fondo, la más joven apenas puede reprimir las lágrimas. ¿Qué sentido tenía esto ahora?

Pero tiene que hacerlo. Firme, determinada, la mujer joven se pasa una mano rápida por la cara, borrando con ella una lágrima furtiva. Prefiere disimular, hacer todo lo posible porque no se le note el dolor. La pena, el arrebato, la frustración de quien sabe que se ha de despedir. Y la rabia. En silencio, las dos mujeres se observan, sin apenas fuerzas ya. Ha sido duro, han sido valientes, y el descanso ya estaba más que ganado. Pero no así, maldita sea. No así… La más joven, la que permanece sentada junto a la camilla, aprieta los dientes mientras cierra los ojos con rabia, aunque nada más sea para que el gorrión no la vea llorar. «No así, maldita sea».

Cada una a su manera, ambas mujeres están a punto de convertirse en polvo en el viento que se acerca. En el mismo humo en el que hace apenas unas horas aún estaban envueltas. En derrota, en silencio. En furia. En fuego. Y, cuando todo acabe, cuando los pitidos cesen y las pantallas se apaguen, cuando una de las dos mujeres haya muerto, la otra saldrá al frío de la noche. Y, como un fantasma, también ella se diluirá en su propia oscuridad.

1. Nacer a la luz

1

Nacer a la luz

Otoño de 2023

Son los últimos días de septiembre y el otoño lo ha disfrazado todo de una tranquilidad extraña. Como si, agotadas todas las celebraciones del verano más esperado, ahora la vida hubiera decidido serenarse, sin mayores metas que comenzar el regreso a la calma de la rutina. Una nueva temporada, un nuevo curso en el que esa misma vida parece no tener más objetivo que transcurrir, deslizarse sobre sí misma hasta la llegada de la siguiente primavera. El problema está en que todo esto no es más que apariencia, claro. Porque, a pesar de que casi nadie esté al tanto, lo cierto es que la realidad no es sino una calma tensa. Por ahora no es más que algo sutil, apenas perceptible. Pero está ahí, es electricidad lo que vibra en el aire. La tormenta ya se ha puesto en marcha y, sin remedio, las cosas pronto comenzarán a suceder a un ritmo vertiginoso.

Y feroz.

Pero no todavía. Por el momento, un hombre acaba de terminar su discurso. Nada de gran valor, en realidad. Un mensaje plano, casi vacío de contenido. Unos cuantos tópicos, un par de frases recurrentes y poco más. Pero en este negocio el fondo del discurso pocas veces es lo más importante. Él lo sabe, sabe que la posición en la que ahora se encuentra no depende de lo que diga. No depende de su oratoria y, si le apuran, a estas alturas del juego, en las que el partido no ha hecho más que empezar, ni tan siquiera depende de sí mismo.

Depende, primero, de estar ahí. Y, una vez ahí, depende de permanecer ahí.

El hombre lo sabe y por eso mantiene una mano aferrada a la tribuna. Es un gesto sutil, algo que nadie más percibe. Pero, como el niño que no se suelta del borde en la piscina, él mantiene la mano izquierda agarrada al atril. Porque si ha aprendido algo es precisamente eso: en este negocio, la apariencia lo es todo y lo importante es seguir transmitiendo serenidad, confianza. No importa que en ningún momento haya sentido como propias ninguna de esas cualidades, la apariencia lo sigue siendo todo. Y por eso se mantiene aferrado al atril. Porque ese es el punto que le sirve de ancla para intentar camuflar la maraña de nervios que todavía le atenazan la garganta. Los siente, siente la presión en el pecho, el vacío en el estómago, el vértigo en la cabeza. Pero ahora que ha terminado su discurso, por completo falto de contenido, tan solo lleno del vacío habitual, comienza a asimilarlo.

Observa la penumbra a su alrededor…

Desde luego, la ovación es innegable. Los aplausos resuenan con fuerza, y eso le tranquiliza, aunque nada más sea un poco. Sonríe y, aún sin soltar la tribuna, alza la mano derecha para saludar al público. Ha sido complicado, es la primera vez que se tiene que enfrentar a algo así lejos de su zona de confort. Pero, ahora que lo ha hecho, ahora que recibe la respuesta, piensa que las cosas tal vez no hayan ido tan mal.

Sí, es verdad, Ernesto…

Siente el estruendo de los aplausos, el rumor de la ovación. Y, casi sin darse cuenta, se le escapa una sonrisa. Espontánea, relajada. Casi ingenua. Y, casi del mismo modo inconsciente, la mano izquierda también se relaja, soltando por fin el atril.

Ahí está, el hombre con los brazos alzados en el aire, saludando al auditorio, ahora por completo puesto en pie. Ha llegado.

Casi sin darse cuenta

Porque llegar no ha sido fácil, eso desde luego. Ha costado y, aunque es mucho el camino que todavía queda por delante, esta prueba, el reconocimiento por parte de sus compañeros, es de una importancia mayúscula. Ha costado, pero aquí está.

Ya un poco más relajado, el candidato saluda de un lado a otro. Y por un instante se olvida de las sombras al final del auditorio.

Es precisamente desde el fondo de la sala, en una zona elevada sobre el patio de butacas, donde dos hombres contemplan la situación. El de la izquierda, un anciano en silla de ruedas asiente satisfecho al ver la reacción de los asistentes. Alza la mano en el aire y con su dedo índice, tan huesudo como trémulo, señala a toda esa gente ahí abajo, ocupada ahora en asegurarse de que el aplauso no deje de sonar mientras siga habiendo una sola cámara a la vista.

—Reunión de pastores…

Su voz es apenas un murmullo, un hilo fino y agudo.

—Mírelos —continúa—. ¿Sabe usted qué es lo que tenemos aquí?

—Por supuesto, Lobo —asiente el otro, de pie junto al anciano, y también con gesto complacido—. Puro entusiasmo.

—Exacto, Cortés, exacto… Entusiasmo. Puro, sincero y, lo que es más interesante aún, convencido. Entusiasmo —repite, sin dejar de contemplar la escena a su alrededor—, el combustible más valioso en este momento…

Los dos vuelven a quedar en silencio por un instante, ambos sin dejar de observar a la gente puesta en pie.

—De acuerdo —resuelve el viejo—, vamos allá. Asegúrese de que no les falte de nada, Cortés. Empezando por el dinero. Esta vez tiene que salir todo bien. Desde el principio —murmura—. Da capo

2. La cacería de don Álvaro

2

La cacería de don Álvaro

Viernes, 13 de octubre

Es evidente que todo ha comenzado ya. Los movimientos de las dos últimas semanas pondrían sobre aviso incluso al más despistado de los becarios. Imparable, la maquinaria se ha puesto en marcha, y don Álvaro ha venido a recogerse en el salón de los trofeos. ¿Y qué hacer, si no? Setenta y cuatro años, nada necesita demostrar. La suya siempre ha sido la trayectoria de un hombre respetable. Un señor, un caballero de los pies a la cabeza. Trabajador tan infatigable como fiable, de carrera inmaculada, y dispuesto hasta el día de su jubilación, más que merecida. E incluso después también, allá donde haya sido necesario… Leal, comprometido, tan elegante en las primeras filas como capaz para agacharse, remangarse y, si fuera necesario, desatascar cualquier tubería con sus propias manos. A don Álvaro nunca se le han caído los anillos por nada. General y soldado, ejecutivo y fontanero. Jefe y amigo. Y, sin embargo, si alguien le preguntara cómo se definiría él con una sola palabra, el señor Novoa no emplearía ninguno de esos términos para presentarse a sí mismo, sino uno bien distinto: don Álvaro ha sido, ante todo, un cazador. Un cazador paciente…

No hay nadie más en casa. Su hermana ha salido. Es viernes y hoy, como todos los viernes, Chon tiene partida de continental con sus amigas en el casino de Sabarís. Don Álvaro busca la hora en su reloj y por un instante su mirada se pierde en la fecha. Viernes 13. Sonríe al pensar que su hermana podrá echarle la culpa de su pésimo juego a la mala suerte. Sonríe, sí. Pero al momento comprende que no procede y, casi con vergüenza —casi—, borra la sonrisa de su cara. No procede, por supuesto que no. Delante de su hermana hace todo lo posible por disimular, pero de sobra sabe que desde hace unos días la sonrisa no procede, y a la vez que retoma el paso lento a través del salón de los trofeos, Álvaro piensa en los demás. En su hijo. Él tampoco está en casa. Claro que no… Ni su hijo ni su nuera vienen mucho por aquí. Su hijo es un tipo muy ocupado. Un trabajo señalado, un puesto de responsabilidad, un hombre importante… Un imbécil como tantos otros. Pero es su hijo, hay que quererlo. Por difícil que Caitán se lo ponga, lo cierto es que Álvaro lo quiere. Por descontado, esta no es una de esas familias que se pasan todo el día diciéndose unos a otros este tipo de memeces. Pero… Bueno, mira, esa es la verdad. Y, al fin y al cabo, seguro que Dios ama incluso a sus fracasos, ¿no es así? Seguro que la Biblia dice algo así. O, no sé, quizá sea la clerigalla la que lo diga, o vaya usted a saber quién… El caso es que a los hijos se les quiere. Mal que nos pese a los padres. Ahora, otro cantar es su nuera. Esa mujer es exasperante, por Dios. Insoportable, pura estupidez. Incluso en un momento como este, Álvaro no puede evitar apretar los puños al pensar en ella. Pero es la madre de su nieta. Y a ella sí que la echa de menos…

Aunque, de todos modos, ahora eso da igual. Ahora lo importante es que la casa está vacía, toda para él y sus fantasmas. Álvaro, don Álvaro, el señor Novoa, avanza sin rumbo por el salón de los trofeos. Sin prisa, pasea con calma, buscando cruzar su mirada con la de todos esos ojos sin vida. Animales muertos. Aves, pequeños mamíferos expuestos en las vitrinas, cabezas colgadas en las paredes. Presas… A pesar de tantos años pasados, muchos, incluso desde la última de las capturas, Álvaro todavía recuerda todos y cada uno de los momentos en los que se hizo con ellas. Todos los tiene anotados, todos los tiene guardados. Es lo mínimo que les debe, piensa, porque a todas y cada una de esas piezas fue don Álvaro quien les dio caza.

Cazar…

La caza es un asunto familiar. A él le enseñó su padre, del mismo modo que a su padre le enseñó el suyo, y al de aquel… Es algo que siempre ha estado en la familia. Por supuesto, no como un entretenimiento, mucho menos como un deporte. No, la caza es algo más. Es una cuestión de carácter, de actitud. De poder. La caza es una muestra de determinación. «Los Novoa somos cazadores», piensa, «siempre lo hemos sido. Los Novoa cazamos».

«O, por lo menos, eso era lo que hacíamos…».

Porque ahora todo parece haber cambiado. Su hermana sonreía cada vez que él llegaba con alguna nueva pieza lista para ser expuesta. Pero, a pesar de la insistencia en las felicitaciones, en el fondo Álvaro siempre supo que Chon lo hacía desde la condescendencia. Sí, su hermana siempre ha sentido lástima por cada una de esas presas, y en ocasiones Álvaro incluso ha llegado a preguntarse si en esa manera de apartar la vista, de mirar en otra dirección, no habría tal vez algo de vergüenza. De no querer reconocerse en esas formas… Por lo menos, Candela, su nieta, siempre ha sido mucho más clara: a la niña nunca le ha gustado entrar en el salón de los trofeos. «Los animalitos me ponen triste, abu…». Y sin embargo, mira tú qué curiosas pueden ser las cosas, porque para su nuera, esa estúpida remilgada, los «animalitos» nunca han sido más que unos bichos asquerosos. A pesar de lo mucho que incluso ella les debe.

Y luego… Bueno, Álvaro lamenta en silencio, negando con la cabeza y la mirada en el suelo: luego está su hijo. Él sí que no lo ha entendido nunca. No ha sabido verlo…

Por un instante, don Álvaro vuelve a sentir ese viejo acceso, el de la frustración por no haber sido capaz de transmitir el impulso cazador en Caitán. Se reprocha algo a sí mismo. A estas alturas ya debería haberlo superado. Pero esa es la verdad, Caitán Novoa nunca ha sentido el menor interés por la caza. No, interés no. Respeto. Caitán no ha sentido ningún respeto por esa relación. Como tampoco lo ha hecho por tantas otras cosas… Y ahora ya es tarde. Por más que a su padre le vuelva a doler, ahora ya no hay nada que hacerle.

Avanzando a través del salón en penumbra, don Álvaro va a sentarse en uno de los sillones que hay al fondo de la estancia, junto a la chimenea. El que siempre utiliza su hermana es de tela, sin mayor historia. Pero el suyo es un viejo sillón inglés de piel curtida. Una verdadera joya, casi otra captura por la que cualquier anticuario estaría dispuesto a pagar lo que fuera. Sentado ahí, en su sillón favorito, como un animal agazapado en su madriguera, Álvaro Novoa contempla el espacio frente a él. Sus trofeos, todas esas miradas muertas. Y asiente en silencio.

Porque, aunque nadie más lo sepa, la caza es mucho más. Significa mucho más, representa mucho más. Esconde mucho más que lo que muestra… Cada pieza expuesta, cada cabeza colgada, es la prueba de un instante que existió. Es el momento, es la compañía. Si todas esas piezas están ahí es porque señalan algo. Todos esos animales… Zorros, liebres, zorzales, faisanes. Pero también la caza mayor. Corzos, cabezas de ciervo, un soberbio jabalí y hasta un oso pardo, alzado en la más amenazadora de las poses. Todos, absolutamente todos, animales del país.

Y todos, absolutamente todos, recuerdan algo.

Porque cada uno de esos animales fue cazado el mismo día que se alcanzaba algún acuerdo, que se cerraba un trato, que se daba un apretón de manos con el que sellar un contrato importante. Porque cada una de esas piezas es la firma no escrita de algún gran negocio. Y porque, tras toda una vida de caza, es una buena parte de la historia última del país lo que se esconde detrás de cada una de esas piezas que ahora contemplan a don Álvaro con sus ojos de cristal. Toda una vida de cazador, siempre atento, siempre al acecho, y, sin embargo… Es cierto: por más que ahora le estrangule el orgullo reconocerlo, la verdad es que esto no lo vio venir.

Sabía que el momento llegaría, eso por supuesto. Pero no que lo haría tan rápido. Y, desde luego, no con semejantes implicaciones…

Con la mirada perdida en el expositor de madera y cristal que se levanta junto a su sillón, el señor Novoa recuerda su última conversación, apenas unos días atrás, con Toto Cortés, los dos caminando como dos buenos amigos que recorren el paseo sobre el enorme arenal de Praia América.

—Es el final de una época, Álvaro. El final de una manera de hacer las cosas.

—Te recuerdo que estás hablando de mi manera de hacer las cosas, Cortés.

El otro deja correr una sonrisa cargada de suficiencia.

—No sé cuántas veces te he dicho ya que los amigos me llaman Toto.

—Pues, ahora que lo dices… siempre he pensado que Toto es nombre de perro.

A Toto Cortés, tan poco acostumbrado a que nadie le lleve la contraria, la respuesta no le hace ninguna gracia.

—Permíteme señalarte que tu actitud no es la más conveniente, Álvaro. Puede que te haya servido a lo largo de todos estos años. De hecho, tú y yo sabemos que le has sacado mucho partido. Incluso… Bueno, incluso a costa de los amigos, ¿verdad?

Novoa apenas se inmuta.

—Me atrevería a decir que todos lo hemos hecho, Cortés.

—Por supuesto, Álvaro, por supuesto. Pero tú has sabido sacarle ese extra de beneficio—responde sin dejar de contemplar el mar junto a ellos—. Te has hecho un traje con esa actitud tuya. Uno a la medida de tu reputación. Y sí, no dudo de que te sientas muy respetable. Como cada vez que haces ese teatrillo tuyo por el que ahora te ha dado. Ya sabes a qué me refiero, ¿verdad?

—¿Debería?

—Por supuesto. Te estoy hablando de esa manía estúpida que tienes, la de ir a la caja cada primero de mes, como si tú fueras un pensionista más, y que el director de la sucursal te pida que pases a su despacho, aunque nada más sea para preguntarte qué tal va todo por casa.

Novoa observa a Cortés de reojo, desde ese espacio en el que la sorpresa se mezcla con el desprecio.

—Oh, por favor, no me mires así, Álvaro… ¿Acaso pensabas que no estaba al tanto? Venga, hombre, no me subestimes. Claro que lo sé. Como también sé que tú no eres un pensionista más.

Silencio incómodo, tenso. A pesar de los años que lleva en España, Novoa sigue identificando en el fondo de su voz ese poso en el acento de Cortés, ese deje venezolano que tanto le irrita. A nadie le gusta que le intimide un tipo con acento de actor de culebrones.

—Por supuesto que sí —continúa Cortés, ajeno a las incomodidades de Novoa—, claro que te gusta… ¿Y a quién no? A todo el mundo le agrada agarrarse a lo que sea que le haga sentirse respetable. De hecho, por mí puedes seguir manteniendo el personaje todo cuanto quieras. Como con tu abnegada hermana, que nunca hace preguntas. Pero no conmigo. No, conmigo no cuela. Sé que fuiste tú, Álvaro.

Más silencio, más incómodo, más tenso.

—No sé de qué me estás hablando.

Toto mantiene la mirada de Novoa, ajeno a la evasiva.

—Del olor que queda en el aire cuando desaparecen cuatro millones de euros.

Novoa sonríe con la mirada perdida en el horizonte.

—Vaya… ¿Eso es lo que os preocupa?

—Bueno, digamos que entre otras cosas…

—Pues… Hazme caso, Cortés: esté donde esté, ese dinero no debería ser vuestra mayor preocupación. Es más, si me apuras, incluso te diría que podríais considerarlo una inversión.

—¿Una inversión? ¿Y en qué clase de activos, si se puede saber?

Álvaro Novoa levanta una ceja.

—En trasteros.

—En… ¿trasteros? Álvaro, perdona, pero… ¿de qué me estás hablando?

—De seguridad —responde Novoa—. ¿O acaso pensabais que nadie se había preocupado de guardar vuestras cosas?

Toto Cortés se detiene y clava sus ojos en los de Álvaro Novoa, intentando calibrar la profundidad, la gravedad de sus palabras.

—Mira, Álvaro, no es un buen momento para andarse con juegos. Las cosas están cambiando. Tú lo sabes perfectamente, llevamos años esperando una oportunidad como esta, y ahora por fin lo tenemos al alcance de las manos. Ya casi podemos tocarlo.

—Pues muy bien por vosotros.

—¿«Por vosotros», dices?

El venezolano esboza una media sonrisa, una de esas que tan bien manejan aquellos que saben cómo encajar un golpe sin perder el porte.

—Mira, Álvaro, es hora de que tomes una decisión. Todo el mundo tiene que caer. De algún lado, quiero decir…

Flemático, en ese momento Álvaro Novoa hace todo lo posible por que el otro no perciba su malestar. Porque en realidad sabe que sí. Tanto en ese momento, los dos paseando por Panxón…

… Como sobre todo ahora, ya en la soledad de su casa, Novoa sabe que sí, que las cosas han cambiado, que los tiempos han cambiado, y que toca tomar una decisión. Posicionarse y jugar de una vez sus cartas. Al fin y al cabo, no es que sea una mala mano la que lleva… Pero Álvaro también sabe que, aunque tenga nombre de perro faldero, Toto Cortés es un dóberman. Y, sobre todo, porque sabe que Toto tiene razón: todo está a punto de cambiar. Y todo lo que no sea cambio es pasado. Las partidas de caza, las firmas no escritas, los apretones de manos en silencio. Las viejas formas. Él mismo… Álvaro sabe que todo está a punto de cambiar. Y que sí, que lo quiera o no, el cambio también le afectará a él. Esta vez se trata de algo serio, grande. Por más que hubiera intentado protegerse, por más que haya maniobrado con ese fin, de un modo u otro todo esto acabará afectándole a él. Y no, no lleva una mala mano. De hecho, cualquiera mataría por jugar con esas cartas. Y, sin embargo…

En la penumbra del salón de los trofeos, Álvaro Novoa hace memoria en silencio. Y, a estas alturas, todo lo que concluye es que está muy cansado. Se siente agotado, todo él es puro cansancio. Como una piedra, vieja como las montañas, que lentamente y sin remedio se hunde en el frío del océano más profundo y oscuro. Los últimos han sido días de tomar decisiones. Algunas rápidas, otras no tanto. Algunas sencillas, otras más complejas. Y ninguna fácil… Incluso es posible que alguna de ellas se pierda en el olvido. El mensaje en una botella arrojada al mar que, quién sabe, tal vez nunca llegue a ningún puerto… Pero ahora ya está, así lo ha decidido. Lo hecho hecho está, y él tiene sus razones para hacer las cosas como las ha hecho. Ahora, Álvaro está agotado, y el cansancio de toda una vida ya nada más le permite retener las fuerzas justas para un último movimiento.

Con lo que le queda de determinación, don Álvaro Novoa vuelve a ponerse de pie. Camina los dos pasos que le separan del mueble, abre las puertas del expositor de madera y cristal que se levanta junto a su sillón y toma su escopeta de caza preferida. La que siempre está cargada.

3. Plata, palo y plomo

3

Plata, palo y plomo

Sábado, 14 de octubre

El extraño encanto de los lugares de vacaciones fuera de temporada. Como escenarios abandonados de antiguas películas… El mar de otoño, de gris y verde, se revuelve a lo lejos y las olas entran en la bahía para ir a morir en la playa de Silgar, frente a los hoteles, vacíos sin los turistas madrileños. Frente a las terrazas y los ventanales de las cafeterías, de los bares, de los restaurantes, vacíos sin los ruidos del verano. Desde el océano llega un viento frío que no deja de soplar con fuerza. Entra por la bocana del puerto deportivo y atraviesa los pantalanes, donde anima el insistente coro de cabos y poleas que, monótonos, repiquetean contra los mástiles de los veleros amarrados para envolver a toda la bahía en una extraña sinfonía de tintineos monocordes que se cuelan a través de las ventanas del club.

La sala de lectura no acostumbra a ser un lugar concurrido. De hecho, fuera de la temporada estival, apenas son unos pocos los socios que se dejan ver por las instalaciones del Real Club Náutico. Empresarios los más de ellos. Pero no de cualquier tipo, eso sí. Presidentes, directores de consejos de administración, empresas con siglas de tres letras, de esas que desfilan con flechas luminosas hacia arriba o hacia abajo en el parquet del IBEX 35. Algún que otro industrial, unos cuantos inversores y promotores inmobiliarios, varias caras y voces conocidas de la opinión pública y dos o tres altos directivos de banca que, con la excusa de acercarse a revisar el estado de las embarcaciones que mantienen amarradas durante todo el año en el puerto de Sanxenxo, tienen un pretexto para dejarse caer por el club. Por supuesto, y aunque son los que menos, también están aquellos que residen de forma permanente en la comarca del Salnés. Como don Román Lobato, uno de los más antiguos industriales gallegos, retirado hace años ya, y a quien solo sus más allegados tienen la venia para dirigirse a él como «Lobo». Y, por descontado, aquellos otros que, a pesar de no tener barco ni residencia cercana, acuden cuando se les convoca. Sobre todo, si es el Lobo quien convoca. En el más nutrido de los casos, rara es la ocasión en la que pasan de veinte los asistentes que se reúnen en la casa sobre el mar. Pero, precisamente por ser ellos quienes son, don Pablo, el director del club, sabe que, cuando hay cónclave, no hay interrupción posible, y lo único que puede entrar en la sala de lectura es el servicio. No importa lo rico, célebre o caprichoso que sea el cliente ávido de lectura. Si no se es miembro del cónclave, nadie, absolutamente nadie, tiene permiso para entrar.

Mientras la camarera termina de preparar la infusión del señor Lobato, los asistentes, a la espera de los que aún faltan por llegar, forman corrillos aquí y allá.

—Pero, entonces… ¿muerto?

—Bastante —responde Rozas—. Su hermana se lo encontró anoche, al regresar a casa.

—Cojones… ¿y se sabe cómo ha sido?

Federico Rozas, vicepresidente de NorBanca, esboza una mueca con los labios apretados, el gesto justo para hacerle saber a Goyanes que su pregunta no es de las que tiene respuesta cómoda.

—Bueno, todo apunta a que…

—Ha sido un accidente —lo ataja Toto Cortés, justo al tiempo que cierra la puerta tras de sí—. Un accidente limpiando una escopeta de caza. Por favor —es a la camarera a quien se dirige ahora, interceptándola justo antes de que salga de la habitación—, ¿serías tan amable de traerme un café? Solo.

—Sí, claro, ¡que ahora va a ser que las escopetas se limpian apuntándose al pecho! Vamos, hombre, no jodas, Toto…

El que habla con tan poca discreción como consideración es Fernando Muros, el naviero.

—Y tú, guapita, ya que estás… —Muros repara en el aspecto de la camarera—. Coño, tú eres nueva, ¿no?

—Sí, señor.

—¿Y cómo te llamas, bombón?

No, ni el tono que Muros ha empleado para formular la pregunta ni mucho menos el modo en que la observa, revisándola sin discreción alguna de arriba abajo, son los más amables.

—¿Yo?—responde ella, intentando disimular su incomodidad—. Dora.

—Dora, ¿eh? —Nueva mirada—. Pues muy bien, Dorita, sé buena y tráeme a mí un Macallan, anda, corazón.

La chica abandona la sala sintiendo sobre ella la mirada lasciva del naviero, un líquido viscoso y repugnante que la empapa y la recorre entera.

—Coño con Pablito, tiene buen gusto para escoger a las nuevas, eh…

Nadie más comparte el comentario de Muros.

—Pero, entonces… ¿estamos hablando de un suicidio?

Es Lucas Marco, uno de los más famosos constructores coruñeses, quien pregunta con expresión preocupada.

Al ver que nadie responde nada, Muros tuerce el labio en un ademán cargado de soberbia.

—Bueno, o eso o lo han suicidado, sí… ¿Alguno de vosotros, tal vez? —pregunta con gesto divertido—. Porque yo hasta he oído algo de una nota de suicidio o no sé qué mierda.

Hay un murmullo general, un rumor entre incómodo y molesto. Antes de decir nada, Toto Cortés busca la reacción del hombre que permanece arrimado a uno de los ventanales, sentado en una silla de ruedas. Un anciano. Pero el hombre apenas se inmuta. Continúa con la expresión perdida, como si estuviera observando algo más allá de los cristales, algo en el medio de la ría.

—Sí, ha sido un suicidio —confirma Cortés—, pero no es necesario que lo vayamos pregonando por ahí, mucho menos delante del servicio, ¿no les parece, caballeros?

—Pues… qué queréis que os diga —murmura Goyanes—, haya sido como haya sido, a mí me parece una cabronada, coño. Morir así, después de toda una vida como la suya… Es una putada, hombre.

—Me cago en la virgen, Goyanitos, espero que eso lo digas por nosotros, coño. Porque te recuerdo que ese cabrón se ha largado dejándonos una buena cuenta pendiente.

—Bueno —le responde a Muros el constructor—, tal vez si en su momento tú no hubieras hecho las cosas tan mal como las hiciste…

La respuesta enerva aún más al naviero, que mantiene la mirada de Gonzalo Goyanes. A punto está de responderle algo, con toda seguridad no amable, cuando alguien se le adelanta.

—Plata, palo y plomo…

Es tan solo un hilo de voz, fino y agudo, débil. Pero todos lo reconocen. Es el señor Lobato.

El Lobo.

Cuando Toto Cortés se vuelve hacia él, se lo encuentra igual que hace un instante, con la mirada perdida en algún punto de la ría. Pero aquí todo el mundo sabe que, cuando el patriarca habla, lo que hay que hacer es callarse. Y escuchar.

—Anastasio Somoza. —La voz del viejo suena como un fuelle que pierde aire—. ¿Lo recuerdan, caballeros? El señor Somoza dirigió Nicaragua con arreglo a una máxima a la que siempre se mantuvo fiel y que no era otra sino gobernar con las tres pes: plata para los amigos, palo para el indiferente y plomo para los enemigos.

El dedo índice, flaco y huesudo, del señor Lobato todavía se mantiene trémulo en el aire.

—Plata —repite—, palo y plomo, señores. Los mismos números a los que llevamos jugando toda la vida… Nuestro antiguo amigo el señor Novoa también lo sabía. Dio, repartió, y sí, como todos sabemos, se quedó con mucho de eso mismo. Por supuesto, más de lo primero que de todo lo demás, si bien eso ahora da igual.

—¡Y un huevo igual, Lobo! Que te recuerdo que el muy cabrón nos hizo un hijo de cuatro kilos…

—Le repito que eso ahora no importa, señor Muros. —Lobato ha endurecido un poco la voz—. Si el señor Novoa ha optado por… echarse a un lado, lo que nosotros debemos hacer en este momento es ocuparnos de lo que debemos ocuparnos, caballeros. Porque sí, lo que ha oído es cierto: junto al cuerpo del señor Novoa han encontrado una nota de su puño y letra: «Al final, todo llega. Incluso el final».

—Eso es lo que yo he oído, sí —admite Muros.

Extrañado, Marco estrecha los ojos.

—Una reflexión cuando menos rara, ¿no?

—Si es que realmente se trata de una reflexión —advierte Lobato.

—¿Y qué otra cosa podría ser?

Todos se miran unos a otros sin saber muy bien qué decir. Hasta que es Toto Cortés quien rompe el silencio.

—Una amenaza —murmura.

—Exacto —asiente el patriarca—, esa también es una posibilidad…

Ahora sí, Román Lobato, el Lobo, cruza una mirada y un ademán con Toto Cortés. No es más que un gesto casi imperceptible, una señal con la mano que cualquier otro confundiría con algún tipo de temblor nervioso. Algo propio de la edad. Pero Cortés reconoce el aviso. Se acerca y empuja la silla de ruedas hasta el centro de la sala.

—De modo que ahora, y mientras no estemos en condiciones de esclarecer la verdad de la situación, lo único que realmente importa, caballeros, es que seamos capaces de manejar este nuevo escenario con la mayor inteligencia posible. Comprendan que, al contrario de lo que le pueda parecer a nuestro amigo el señor Muros, la pérdida de Álvaro Novoa podría habernos dejado en una situación delicada.

El naviero tuerce el gesto.

—Vaya, pues… perdona que te lo diga, Lobo, pero no entiendo cuál es el problema. Aparte de que se haya ido sin pagar, claro. ¿Acaso no se trataba de que escogiese? O colaborar, o no estorbar… Pues, coño, yo creo que ha dado una respuesta bastante clara. ¿O es que hay una manera mejor de no estorbar que metiéndose bajo tierra?

Cortés adivina el enojo en la mirada de Lobato.

—Las cosas pueden ser mucho más complejas, caballeros.

—¿Cómo?

Es Marco quien pregunta.

—En más términos de los que podríamos imaginar. Es cierto que ya hemos despejado la duda sobre la continuidad del señor Novoa, sí. Pero también lo es que no lo sabemos todo sobre su entorno…

—El… ¿partido? —pregunta Goyanes.

—No solo eso —responde el anciano—. Ahora mismo son muchas las variables que la muerte de nuestro amigo, el señor Novoa, ha puesto sobre la mesa. Comenzando por su reemplazo. Una cuestión que, como ya se imaginarán, tiene argumentos más que contundentes para no tomarse a la ligera. Sobre todo mientras no estemos seguros de conocer cuál era la mano que llevaba nuestro hombre…

—Pues yo diría que está claro, ¿no? La del hombre muerto —responde Muros con desprecio—, ases y ochos.

—¿Eso creemos? —le responde Lobato, ahora con gesto severo evidente—. ¿De verdad podemos estar seguros de que lo tenemos todo bajo control?

El patriarca del grupo se responde a sí mismo, negando en silencio.

—No… De modo que su reemplazo tampoco debe tomarse a la ligera —concluye.

—¿Tienes a alguien en mente, Lobo?

Lobato asiente despacio, casi con dificultad.

—Lo tengo —responde, todavía en un hilo de voz—. El hijo.

Desconcertado, Toto Cortés arruga el entrecejo.

—¿Caitán Novoa? —Es evidente que la respuesta lo ha cogido por sorpresa—. No sé, Lobo. Con el debido respeto, tengo mis dudas. Y, honestamente, no creo que sea yo el único… Al fin y al cabo, está el asunto del dinero de su padre.

—Al heredar, con un ojo reír y con el otro llorar, Toto.

Cortés tuerce el gesto.

—Te ruego que me disculpes, Lobo, pero… No sé qué decir. No lo conocemos bien, y, sinceramente, tampoco me parece que sea la opción más aconsejable.

Pero el patriarca vuelve a alzar la mano para, a pesar del temblor evidente, atajar con seguridad la opinión del hombre más poderoso de la banca gallega.

—Precisamente por eso. Porque no lo conocemos bien es por lo que debemos tenerlo cerca. Aunque…

El Lobo sonríe con convicción.

—Si el muchacho es un Novoa, tampoco sabrá de más padre que una avaricia desmedida. Para aprender, atender y entender —sentencia Lobato—. Háganme caso, caballeros: es con el joven Novoa con quien debemos hablar.

Aún sin apartar la mirada de don Román, que espera una respuesta, Toto Cortés asiente en silencio.

—Sí —se confirma a sí mismo el anciano, satisfecho—, Caitán será nuestro hombre.

4. Mis amigos y yo

4

Mis amigos y yo

Domingo, 15 de octubre

Apenas reacciona. Desde el viernes por la noche, Concepción, Chon, permanece casi en el mismo estado. Esta perplejidad ausente, esta suspensión de credulidad que le hace envolver todo en una especie de irrealidad extraña. El cuerpo de su hermano inmóvil, derramado en su sillón favorito sobre un charco de sangre. El cuerpo de su hermano inmóvil, en un ataúd que no recuerda haber elegido. El cuerpo de su hermano, inmóvil. Y, ahora, toda esta gente alrededor. Hombres y mujeres, sobre todo hombres, que no dejan de decirle cosas.

«Don Álvaro era un ser humano maravilloso, me ayudó cuando más lo necesit…».

«Su hermano era una gran pers…».

«No se imagina lo mucho que vamos a extrañar a su herm…».

Un rosario de hombres, mujeres, ropa cara.

«La acompaño en el sent…».

Todo se difumina ante la mirada extraviada de Chon, perdiéndose en una neblina densa y confusa.

«Don Álvaro siempre fue un grand…».

Una cara.

«Este país le debe muchísimo a su herman…».

Otra.

«Ya sabe usted dónde nos tiene a mi esposa y a…».

Un par más.

«El señor Novoa era…».

«Su hermano fue…».

Hombres y mujeres, sobre todo hombres, desfilan ante Chon, inmóvil junto a la puerta del panteón familiar, sin que la anciana alcance tan siquiera a identificar uno solo de los rostros que se presentan ante ella. En el fondo de su consciencia, de lo poco que aún no ha sido arrasado por el dolor y los calmantes, sabe que esto no es verdad. Sabe, intuye, que debería conocerlos, sabe que los conoce. Es toda una vida la que ahora está desfilando ante ella. Si no a todos, Chon conoce, tiene que conocer, a la mayoría de estas personas. Pero, ahora mismo, siente que no puede. De hecho, ahora mismo, a Chon Novoa incluso le costaría pronunciar los nombres de las dos personas que la acompañan.

A un lado, su sobrino permanece de pie junto a ella, apenas a unos centímetros de distancia. Con gesto serio, adusto, Caitán Novoa estrecha la mano de cada uno de los asistentes al entierro, y que ahora se acercan para darle el pésame por el fallecimiento de su padre. Y, al otro lado, Malena, la esposa de Caitán, empeñada en pasar un brazo alrededor de los hombros de Chon. En otras condiciones esta se lo habría apartado. Que de sobra sabe lo que busca esta estúpida con ese gesto. Aprovecharse de la situación, claro, hacer ver que, además de un alto cargo del Gobierno autonómico, Malena Bastián también es una especie de nuera, o sobrina nuera, o lo que demonios sea esa mujer, atenta y cariñosa. Al igual que su hermano, Chon tampoco es que haya sentido nunca un especial afecto por Malena, a la que siempre ha tenido por poco más que un desperdicio de oxígeno. Mira, no sabría explicarlo, pero es que esa mujer tiene algo. Algo que le provoca dentera. Es… algo. Y sí, en otras condiciones se desharía del abrazo, le diría dónde se puede meter la pose y la mandaría al cuerno. En otras condiciones… Pero es que ahora mismo Concepción Novoa no está en otras condiciones. Ahora, en el fondo, Chon siente que si Malena no la mantuviera sujeta toda ella se vendría abajo. Desaparecería a través de la tierra. Y no le importaría. Ahora mismo Chon no tiene fuerzas más que para dejarse hacer, y siente que lo único que desea es que toda esta procesión de desconocidos acabe cuanto antes. La hermana de Álvaro agacha la cabeza, y tan solo alcanza a pensar en desaparecer, dejar que la tierra la trague, cuando de pronto siente algo diferente. Alguien ha venido a cogerla con cariño. Desconcertada, Chon vuelve levantar la vista y, para su sorpresa, reconoce al hombre que la contempla.

—Gael…

—Chon. —El hombre, un tipo alto y fuerte, en la medianera de los cuarenta, también tiene los ojos enrojecidos, aún humedecidos por las lágrimas—. Lo siento mucho, tía Chon, lo siento muchísimo.

Chon rompe a llorar.

—Él te quería —solloza—. Álvaro te quería muchísimo…

—Lo sé, Chon, lo sé —responde el hombre, al tiempo que se hunde en un abrazo con la anciana, separándola casi inconscientemente del abrazo de Malena—. Yo también lo quería a él.

—Como un hijo —lamenta—, Álvaro te quería como a un hijo, Gael.

Sin saber muy bien cómo reaccionar, Malena busca la mirada de su marido. Y lo que encuentra es una mueca incómoda.

—Venga —interviene, a la vez que vuelve a coger a la mujer bajo su brazo—, ya está, Chon, ya está.

Comprendiendo que su presencia allí no resulta del agrado de todos, el hombre deshace el abrazo y deja ir a la mujer.

—No te preocupes —le dice con gesto cariñoso—, no pasa nada. Ya hablaremos, tía Chon.

El hombre deja que la sonrisa se consuma mientras aún contempla a la anciana, y, a continuación, se despide de los otros dos.

—Malena, Caitán.

—Gael.

Ninguna de las partes pone nada en el saludo. Frialdad, distancia. Nada más. La misma indiferencia que hay entre quien pide la hora y quien la da.

Cuando por fin el hombre, este tal Gael, se aleja del grupo, Caitán Novoa hace lo posible por mantener la compostura. Pero apenas lo consigue. Clava su mirada en la espalda del tipo, y es su propio dolor el que le advierte de la fuerza con la que se está mordiendo los labios. Es evidente que el encuentro no ha sido de su agrado. Incómodo, se inclina hacia Malena y le murmura algo al oído.

—Claro —responde ella, también en un murmullo—, no te preocupes.

Al momento, Malena le susurra algo a Chon, que asiente en silencio, y ambas mujeres echan a andar, por fin en dirección a la salida del pequeño cementerio de Panxón, uniéndose al río de gente que abandona el camposanto. Tan solo Caitán permanece inmóvil junto la tumba de su padre. Pero ahora ya nadie se le acerca. Cualquiera entendería que quiera tener cinco minutos de intimidad para despedirse. Aunque no sea cierto.

Caitán continúa intentando recuperar la calma, o por lo menos aplacar el enojo que este último encuentro le ha provocado, cuando nota que alguien se le acerca por detrás. Maldita sea… Aprieta los dientes, siente el impulso de decir algo. Algo como, por ejemplo, mandar al carajo a quien sea que haya venido a molestarlo. ¿Es que no lo pueden dejar en paz un momento, coño?

—Buenas tardes, Caitán.

Pero no lo hace. Algo en la voz a sus espaldas le ha puesto sobre aviso. Advertido, Caitán Novoa se da la vuelta y todo su malestar desaparece al instante.

—Señor Cortés… disculpe, no sabía que estaba usted aquí.

—Es que no lo estaba. De hecho, soy yo quien te pide disculpas, pero me ha sido a todo punto imposible llegar antes. Acabo de cruzarme con tu mujer, ha sido ella quien me ha dicho que podría encontrarte aquí. Espero no importunarte.

—Oh, no, por favor, no. Ya sabe usted cómo son estas cosas. Tanta gente…

—Por supuesto. Por favor, permíteme que te dé mi más sentido pésame —señala al tiempo que le ofrece su mano tendida—. Tu padre era una persona excelente. Yo mismo me he encargado de que el banco enviase una corona en su nombre.

—Sí, sí —asiente Caitán a la vez que aprieta la mano de Cortés—, la hemos visto. Muchas gracias.

—Qué menos… Como ya sabrás, él y yo manteníamos una muy buena amistad.

Caitán entrecierra los ojos y al momento intenta disimular el gesto. Porque eso sí que no se lo esperaba…

La verdad es que Caitán Novoa ni se había enterado de que el banco que preside Cortés hubiera enviado ninguna corona. Él no está para fijarse en esas cosas. Pero bueno, al fin y al cabo, su padre es —era— una persona relevante, eso es innegable. Un hombre acostumbrado a tratar a lo largo de su trayectoria profesional con empresas, instituciones, otros partidos políticos… No, dada la historia de su padre, recibir coronas desde ciertos estamentos no tiene nada de extraño, de manera que las de uno u otro banco tampoco sorprenderían a nadie. Pero, esto otro… ¿Su padre y Toto Cortés, una muy buena amistad? Caitán intenta disimular, pero no, la verdad es que eso no lo sabía. Aunque no deja de ser una buena noticia, claro…

—Claro —responde al fin—. Gracias, muchas gracias, señor Cortés. Le agradezco mucho el detalle.

—No hay de qué, es la verdad. Pero, por favor —Toto da un paso más hacia Caitán Novoa—, llámame Toto. Es como lo hacen mis amigos.

Es en la distancia corta de la familiaridad donde Toto Cortés deja entrever ese rasgo más personal, un ligero deje en el acento, el eco de un aire venezolano que se cuela entre los pliegues de una sonrisa amable, cercana, perfectamente medida, y Caitán Novoa tiene que hacer un esfuerzo por seguir disimulando, esta vez, el entusiasmo que tal familiaridad le produce.

—De acuerdo… Toto.

Cortés asiente, complacido.

—Escucha, ¿te importa si te acompaño un momento? Hay algo que me gustaría comentar contigo.

—Por supuesto.

—Bien. Verás…

Con naturalidad, como si se tratase de un movimiento casual, no pensado, Toto coge a Caitán del brazo e, interpretando el gesto como una invitación, ambos comienzan a caminar, alejándose del panteón, pero también de la gente. El cementerio de Panxón es pequeño, apenas hay por dónde perderse. Cortés y Caitán caminan despacio, avanzando por entre las columnas de nichos hacia el interior del camposanto.

—Cuánta gente ha venido, ¿verdad?

—Desde luego. Sinceramente, estamos un poco desbordados por la reacción. No me imaginé que sería de esta manera…

—Bueno —responde Cortés—, es lo normal, Caitán. Tu padre siempre fue un hombre bueno y generoso.

Toto habla mientras con la mirada repasa los nombres en las lápidas. Aballe, Sanromán, Costas, Iglesias, Chamorro…

—Generoso —repite— y muy razonable.

El matiz no le pasa inadvertido a Caitán. Comprende que ese comentario conlleva algo más. Algo por lo que prefiere esperar. Callar, y que sea Toto Cortés quien se explique un poco mejor.

—Escucha, Caitán. Como sin duda sabrás, tu padre era un hombre de, digamos, inquietudes. Inquietudes que compartía con la gente que me ha pedido que, en su nombre, hable contigo.

Esta vez sí, Caitán Novoa no llega a tiempo de disimular su extrañeza.

—La gente que le ha pedido… Disculpe, Cortés, pero creo que no le sigo. ¿De qué gente me está hablando?

Toto vuelve a apartar la mirada, esta vez en dirección al mar, visible en la distancia, más allá de los muros del cementerio. Y deja correr una nueva sonrisa. Una que a Caitán le parece distinta. Afilada…

—Amigos, Caitán. Buenos amigos míos. Gente con la capacidad de hacerte muy feliz. Personas, en definitiva, muy generosas a las que, por supuesto, también les gustaría considerarte un amigo más…

Despacio, como si no hubiera dicho nada, Toto se vuelve de nuevo hacia Caitán, que siente cómo la mirada de Cortés se clava en la suya.

—¿Qué me dices, me sigues ahora?

Lentamente, Caitán comienza a asentir en silencio. Y a sonreír. Al fin y al cabo, Toto Cortés es el presidente del consejo de administración del principal banco de operaciones gallego, y a Caitán Novoa no le parece mala idea la posibilidad de que los amigos de Toto sean sus amigos.

—Por supuesto…

—Bien —celebra Cortés, satisfecho—, porque ahora lo importante no es el quién, sino el qué.

—Soy todo oídos.

—Como me imagino que sabrás, estamos dando pasos hacia algo muy importante. Algo que, si sale como todos queremos, puede ser más que muy beneficioso. Para todos, por supuesto. Pero, para algunos… Bien, digamos que para algunos podría serlo un poco más. ¿Me comprendes?

—Claro. Se refiere al movimiento del jefe, ¿verdad?

Toto arquea una ceja en un gesto que, de nuevo, Novoa no sabe cómo interpretar. ¿Desprecio? ¿Arrogancia?

—Sí, al de tu jefe —matiza Cortés—. Lo importante es que, si todo continúa como esperamos, tendremos que empezar a pedir presupuestos a empresas de transportes. Ya sabes, nos tocará mudarnos a la capital. Y, sinceramente…

Toto vuelve a apartar la mirada, de nuevo hacia el mar. Pero a estas alturas ya no engaña a Caitán. De sobra ha comprendido que lo único que el otro está buscando es una pausa dramática, algo con lo que tensar la curiosidad de Caitán, que ya tiene el cebo más que mordido.

—¿Sinceramente…?

Toto sonríe.

—Estamos considerando muy en serio la opción de llevarte con nosotros, Caitán.

No importa que estén en un cementerio.

No importa que sea el entierro de su padre.

No importa nada.

Esto podría significarlo todo.

Caitán tiene que hacer un esfuerzo considerable, esta vez sí, para disimular el entusiasmo, la satisfacción tan intensa que la respuesta de Toto Cortés le produce. De hecho, no está seguro de haberlo conseguido.

—Vaya —responde, intentando esconder todo lo anterior—, no sé qué decir…

Pero la sonrisa le delata. Y Toto lo sabe.

—Un sí sería una buena opción.

A estas alturas, la satisfacción de Caitán es más que evidente.

—Para mí sería un orgullo, desde luego.

—Para nosotros también —le devuelve Toto—. Tan solo…

Nueva pausa. Vaya. Siempre hay algo…

—¿Qué?

Toto ladea ligeramente la cabeza a la vez que aprieta los labios.

—Tan solo hay un pequeño detalle.

—Tú dirás.

—Mis amigos y yo estamos al tanto de ciertos detalles, Caitán. Detalles… ¿cómo te diría? Incómodos.

—No sé a qué te refieres.

—Verás…

Como si estuviera a punto de decir cualquier cosa sin importancia, el banquero dibuja con el pie alguna forma en la gravilla del suelo.

—Sabemos que en tu entorno hay gente que se relaciona con ciertas personas, Caitán.

—¿Ciertas personas? Toto, mi entorno es muy grande. Soy el director de Galsanaria, dependemos de Sanidad. Yo mismo me relaciono con más de…

Cortés niega con la cabeza a la vez que sonríe, condescendiente, haciéndole ver a Caitán que no siga, que la cosa no va por ahí.

—Ni el entorno al que me refiero es el del departamento de Sanidad, ni las personas de las que te hablo son las que mencionarías en un lugar como este, Caitán. Y mucho menos en voz alta.

A Caitán le parece que el tono de Toto Cortés se ha vuelto seco, severo incluso, y siente que las cosas ya no van todo lo bien que parecía hace un instante.

—Las personas de las que te hablo —continúa Cortés— son esas que no saben respetar los cauces de negocio habituales. Gente con prisa, personas impacientes. Sabes a qué me refiero, ¿verdad? Adjudicaciones a dedo, regalos, mordidas… Bueno, ya me entiendes. Al fin y al cabo estamos hablando de gente a la que vosotros mismos, tú y tu padre, invitasteis a entrar aquí, ¿verdad?

Un momento, un momento. Esto… ¿es una acusación? De pronto incómodo, a Caitán se le congela el gesto.

—Bueno, perdona que te contradiga, Toto, pero en realidad creo que te equivocas. Eso fue más cosa de mi padre…

—¿Ah, sí?

—Sí. Fue con él con quien hicieron negocios por primera vez…

—Oh, sí, claro —admite Toto, con gesto de acabar de comprender su propio error—. Las elecciones de 2012, ¿verdad? Fue con ellos con quien negoció la gestión de todos los actos de campaña del partido…

Novoa mira a uno y otro lado.

—Así es.

—Claro, claro, qué despiste. Pero, ahora que lo pienso…

Lentamente, los ojos de Toto Cortés vuelven a clavarse en los de Caitán.

—¿Acaso no siguieron haciendo negocios con el partido desde entonces? Incluso después de… la jubilación de tu padre, ¿no es así?

Caitán ha percibido tanto la pausa como el matiz extraño en la forma de pronunciar la palabra «jubilación».

—Sí, sí, así es.

—Sí, eso es lo que tenía entendido. Es más, puestos a hablar con exactitud, juraría que es tu nombre el que más veces aparece en su lista de contactos habituales… Dime, Caitán, ¿me equivoco también en esto?

Ahora ya a todas luces incómodo, Caitán prefiere no responder nada esta vez. ¿Para qué hacerlo? Resulta evidente que ambos conocen la verdad del asunto.

—¿Qué me dices entonces, muchacho? ¿Crees que nos entendemos mejor ahora?

—Sí, creo que sí…

—Bien. Porque, como es obvio, esas relaciones no afectan solo a tu departamento.

Caitán aprieta los labios, como si de pronto se hubiera dado cuenta de que lo han descubierto en algún tipo de situación comprometedora.

—Yo…

—Oh, no, no —lo ataja Cortés—. No se trata de eso, Caitán. No estoy aquí para afearte nada. Nosotros sabemos cosas, tú sabes cosas… Bueno, ya sabes lo que dicen, el que esté libre de pecado que tire la primera piedra, ¿verdad? De hecho, a nosotros, a mis amigos y a mí, todo eso nos da igual. Siempre y cuando las salpicaduras vayan hacia abajo. Porque, claro, otra cosa…

Silencio. Y, esta vez sí, Caitán puede completar la frase.

—Es cuando las salpicaduras van hacia arriba.

Toto le mantiene la mirada.

—Exacto. Al fin y al cabo, todos dependemos de alguien, ¿no es así? Tú mismo lo señalabas hace un momento. El tuyo, el mío… Todos tenemos un jefe en algún lugar, ¿no?

—Claro…

—Bien, pues me alegro de que hayamos llegado a este punto, porque ahora… —Cortés deja correr una sonrisa rápida, evidente—. Bueno, supongo que ahora ya sabrás qué es lo que mis amigos y yo queremos de ti, ¿verdad?

Caitán Novoa también asiente en silencio. Desde luego, es muy cierto eso de que nada es gratis en la vida.

—Queréis que me encargue de limpiar la casa.

—Chico listo… Caitán, nos encantaría trabajar contigo, del mismo modo que lo hacíamos con tu padre. Y tú sabes cómo funciona el negocio. Queremos contar contigo. Pero antes, y como te decía, necesitamos que nos hagas ese pequeño favor. Por el bien de todos. ¿Me comprendes?

—Por el bien de todos —repite Caitán—. Por supuesto.

—Eso es —resuelve Toto, de nuevo con aire satisfecho—. Sabemos que ahora ya están bien relacionados. Ya sabes, toda esta gente de la que te hablo. Y, a falta de tu padre, tú eres quien mejor los conoce. De modo que no creemos que haya nadie mejor que tú para atajar el problema.

—Puede ser…

—Es —le corrige Cortés—. Soluciona eso, Caitán, deshazte de todo lo que sea susceptible de convertirse en un problema.

—De acuerdo.

—Por supuesto, no es necesario indicarte que deberás actuar con la mayor discreción. Entiende que en apenas unos días tu jefe será el centro de todas las miradas. Cualquier movimiento extraño en su entorno, por amplio que este sea, podría llamar atenciones indeseadas. Y nosotros no queremos eso, ¿verdad?

—Ni mucho menos.

—Bien…

Toto Cortés tiende la mano, y Caitán la estrecha con fuerza.

—Haz que todo quede limpio como el culito de un bebé, y yo mismo te entregaré las llaves de vuestro nuevo piso. Dime, ¿crees que a Malena le gustará el paseo de la Castellana?

5. Los despachos del cielo

5

Los despachos del cielo

Lunes, 16 de octubre

Galsanaria es una empresa pública. Depende del Sergas, el Servicio Gallego de Salud, y según la página de la Xunta de Galicia, su principal función es la facilitación y prestación de servicios de alta tecnología al sistema de Sanidad Pública. Es cierto que ese es su cometido más vistoso, el que a su director general le reporta los titulares más llamativos. Al fin y al cabo es bueno que la gente sepa que, gracias a las gestiones de su departamento, un hospital público es pionero en radiot

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos