Revival

Stephen King

Fragmento

cap-1

I

El quinto en discordia. Monte Calavera.

Lago Apacible.

Al menos en un sentido nuestras vidas son ciertamente como las películas. El elenco principal se compone de la familia y los amigos. Los actores secundarios son los vecinos, los compañeros de trabajo, los profesores y los conocidos. Están también los papeles de reparto: esa cajera del supermercado de sonrisa bonita, el camarero cordial del barucho del barrio, los otros socios del gimnasio junto a los que hacemos ejercicio tres días por semana. Y hay miles de figurantes, todas esas personas que pasan por nuestra vida como agua por un cedazo, personas a quienes vemos una sola vez y nunca más. El adolescente que hojea novelas gráficas en Barnes & Noble, ese al que rozamos al pasar (susurrando «Disculpa») de camino hacia las revistas. La mujer detenida en el carril contiguo ante el semáforo, que aprovecha el momento para retocarse con el pintalabios. La madre que limpia la cara a su hijo de corta edad, manchado de helado, en un restaurante de carretera donde hemos parado a comer algo. El vendedor ambulante al que compramos una bolsa de cacahuetes en un partido de béisbol.

Pero a veces entra en nuestra vida una persona que no encaja en ninguna de esas categorías. Es el comodín que nos sale muy de vez en cuando en una partida de naipes, a menudo en momentos críticos. En el cine se conoce a esta clase de personaje como el quinto en discordia, o agente del cambio. Cuando este elemento aparece en una película, sabemos que está ahí porque lo ha puesto el guionista. Pero ¿quién escribe el guión de nuestras vidas? ¿El destino o el azar? Quiero creer que es este último. Quiero creerlo con toda mi alma. Cuando pienso en Charles Jacobs —mi quinto en discordia, mi agente del cambio, mi maldición—, se me hace insoportable creer que su presencia en mi vida tuvo que ver con el destino. Si fuera así, significaría que desde el principio estaba escrito que todas estas atrocidades —estos horrores— ocurrirían. En tal caso, no existe nada parecido a la luz, y creer en ella es vana ilusión. En tal caso, vivimos en la oscuridad como animales en una madriguera, u hormigas en lo más hondo de su hormiguero.

Y no estamos solos.

Claire me regaló un ejército cuando cumplí los seis años, y un sábado de octubre de 1962 me preparaba para una gran batalla.

Yo pertenecía a una familia numerosa —cuatro niños varones, una chica— y, como era el benjamín, recibía muchos regalos. Los mejores procedían siempre de Claire, quizá por ser la mayor, o por ser la única chica, o por las dos cosas. Pero, entre todos los regalos fenomenales que me hizo a lo largo de los años, ese ejército fue el mejor con diferencia. Lo componían doscientos soldados verdes de plástico, unos con fusiles, otros con ametralladoras; una docena de ellos llevaban acoplados ciertos artilugios tubulares que, según mi hermana, eran morteros. Incluía, además, ocho camiones y doce jeeps. Quizá lo más imponente de aquel ejército era la caja en que venía, un pequeño cofre de cartón en tonalidades verde y marrón de camuflaje con el sello PROPIEDAD DEL EJÉRCITO DE ESTADOS UNIDOS estampado en la parte delantera. Debajo, Claire había añadido su propio rótulo: JAMIE MORTON, COMANDANTE.

Ese era yo.

—Lo vi anunciado en la última hoja de un tebeo de Terry —explicó Claire cuando dejé de chillar de júbilo—. No me dejó recortarlo, el muy albondiguilla…

—Eso sí es verdad —dijo Terry. Contaba ocho años—. Yo soy una albondiguilla, y él, mi hermano menor. —Con los dedos índice y medio, formó una horquilla y se hurgó las fosas nasales.

—Para ya —terció nuestra madre—. Nada de discusiones entre hermanos el día que uno de vosotros cumple años, por favor y gracias. Terry, sácate los dedos de la nariz.

—El caso es que hice una copia del cupón y lo mandé —prosiguió Claire—. Tenía miedo de que no llegara a tiempo, pero sí ha llegado. Me alegro de que te guste. —Y me dio un beso en la sien. Siempre me besaba ahí. Después de tantos años, siento aún esos tiernos besos.

—¡Me encanta! —exclamé, estrechando el cofre contra el pecho—. ¡Siempre me encantará!

Eso fue después del desayuno, que había consistido en beicon y crepes de arándano, mi comida favorita. En el cumpleaños, siempre nos preparaban nuestro plato preferido, y los regalos se entregaban después del desayuno, allí en la cocina, con su estufa de leña y su mesa alargada, y un trasto de lavadora que se averiaba continuamente.

—Para Jamie, «siempre» quiere decir, más o menos, cinco días —aclaró Con, que era un niño delgado (aunque con el tiempo se robusteció) y ya por entonces, a sus diez años, mostraba una clara inclinación científica.

—Esa sí que es buena, Conrad —comentó nuestro padre. Llevaba puesto el mono de trabajo con su nombre, RICHARD, bordado en hilo dorado en el bolsillo izquierdo del pecho. En el lado derecho se leía MORTON FUEL—. Me has impresionado.

—Gracias, papá.

—Por ese pico de oro, el premio es la oportunidad de ayudar a tu madre a recoger la mesa.

—¡Le toca a Andy!

—Le tocaba a Andy —rectificó nuestro padre a la vez que echaba sirope al último crepe—. Coge un paño, Pico de Oro. Y procura no romper nada.

—Lo malcrías —protestó Con, pero cogió el paño.

Connie no andaba muy desencaminado en cuanto a mi idea de «siempre». Al cabo de cinco días el juego de cirugía que me había regalado Andy, Operación, acumulaba borra debajo de mi cama (y dicho sea de paso, faltaban varias piezas del cuerpo humano; Andy lo había comprado por veinticinco centavos en el mercadillo de Eureka Grange). También estaban allí los rompecabezas obsequio de Terry. Con me había regalado un visor View-Master, y eso me duró un poco más, pero al final acabó en mi armario, perdido de vista para siempre.

Mis padres me compraron ropa, porque mi cumpleaños cae a finales de agosto, y al curso siguiente yo empezaba primaria. Encontré pantalones y camisas nuevos, tan interesantes como una carta de ajuste, pero procuré expresar mi agradecimiento con el mayor entusiasmo. Imagino que no coló: a los seis años no es fácil simular falso entusiasmo… aunque, lamento decirlo, esa es una habilidad que casi todos aprendemos con relativa rapidez. En cualquier caso, la ropa acabó lavada en el trasto, colgada en el tendedero del jardín a un lado de la casa y plegada en los cajones de mi cómoda. Donde, como seguramente huelga decir, quedó guardada hasta septiembre, el momento de ponérsela. Había un jersey marrón con listas amarillas, recuerdo, que en realidad no estaba nada mal. Cuando lo llevaba, me hacía pasar por un superhéroe llamado la Avispa Humana: ¡malhechores, cuidado con mi aguijón!

Pero Con sí se equivocó con respecto al cofre que contenía el ejército. Jugué con aquellos soldados un día sí y otro también, normalmente en el extremo del jardín delantero, donde una franja de tierra separaba el césped de la calle, Methodist Road, que por entonces era también de tierra. En aquellos tiempos, a excepción de la Interestatal 9 y la carretera de dos carriles que llevaba a Monte Cabra, donde había un complejo turístico para ricos, todas las calles y carreteras de Harlow eran de tierra. Recuerdo ver llorar a mi madre más de una vez por el polvo que entraba en casa los días secos de verano.

Billy Paquette y Al Knowles —mis dos mejores amigos— venían a jugar conmigo a soldaditos muchas tardes, pero el día que Charles Jacobs apareció en mi vida, yo estaba solo. No recuerdo el motivo de la ausencia de Billy y Al, pero sí que me sentía a gusto, allí solo por una vez. Para empezar, así no era necesario partir el ejército en tres divisiones. Por otro lado —y más importante—, no me veía obligado a discutir con ellos para ver a quién le tocaba ganar. A decir verdad, yo consideraba injusto tener que perder alguna que otra vez, porque aquellos eran mis soldados y mi cofre.

Cuando le planteé esto a mi madre un día caluroso de finales del verano, poco después de mi cumpleaños, me cogió por los hombros y me miró a los ojos, señal inequívoca de que estaba a punto de ofrecerme otra Lección sobre la Vida.

—Jamie, la mitad de los problemas de este mundo se deben a eso de «es mío». Cuando juegas con tus amigos, los soldados son de todos.

—¿Aunque luchemos en bandos distintos?

—Aun así. Cuando Billy y Al se van a su casa a cenar y guardas los soldados en la caja…

—¡El cofre!

—Eso, el cofre. Cuando los guardas, vuelven a ser tuyos. Las personas tienen muchas maneras de maltratarse mutuamente, como descubrirás cuando seas mayor, pero, en mi opinión, la causa de todo ese mal comportamiento es el puro y simple egoísmo. Prométeme que nunca serás egoísta, chiquitín.

Lo prometí, pero cuando Billy y Al ganaban, seguía sin gustarme.

Aquel día de octubre de 1962, mientras el destino del mundo entero pendía de un hilo por un palmo de tierra tropical llamado Cuba, yo combatía en ambos frentes de la batalla, así que, por fuerza, la victoria sería para mí. La niveladora del pueblo había pasado un rato antes por Methodist Road («Para cambiar los pedruscos de sitio», refunfuñaba siempre mi padre), y abundaba la tierra suelta. Reuní suficiente para formar primero una montaña, luego una montaña grande, y por último una montaña grandiosa, que me llegaba casi hasta las rodillas. Al principio pensé en llamarla Monte Cabra, pero el nombre, por un lado, me parecía poco original (al fin y al cabo, el Monte Cabra, el auténtico, estaba a solo veinte kilómetros de allí) y, por otro, no le veía ninguna gracia. Después de mucho cavilar, decidí ponerle Monte Calavera. Incluso traté de abrir un par de cuevas a modo de ojos con los dedos, pero los boquetes se desmoronaban una y otra vez de tan seca como estaba la tierra.

«¡Qué le vamos a hacer! —dije a los soldados de plástico, revueltos en el cofre—. La vida es dura, y uno no puede tenerlo todo.» Esa era una de las frases predilectas de mi padre, y no me cabe duda de que, con cinco hijos que mantener, tenía sobradas razones para pensarlo. «Nos imaginaremos las cuevas.»

Dispuse la mitad de mi ejército en el Monte Calavera, donde presentaba una imagen imponente. Me gustaba sobre todo la apariencia que ofrecían allí arriba los hombres de los morteros. Esos eran los boches. En el límite del césped aposté el ejército de Estados Unidos. Este contaba con todos los jeeps y camiones, por lo impresionante que sería verlos acometer cuesta arriba por la escarpada pendiente de la montaña. Algunos se volcarían, eso seguro, pero al menos unos cuantos llegarían a la cima. Y arrollarían a los hombres de los morteros, que pedirían compasión a gritos. No se les concedería.

«Hasta la muerte —dije mientras colocaba los últimos héroes americanos—. ¡Hitler, tú serás el siguiente!»

Iniciaba ya el avance, fila a fila —acompañándolo del tableteo de las ametralladoras, como en un cómic—, cuando una sombra se proyectó sobre el campo de batalla. Alcé la vista y vi a un hombre allí de pie. Obstruía el sol vespertino, una silueta recortada en luz dorada: un eclipse humano.

En casa había bullicio, como todos los sábados por la tarde. Andy y Con, entre risas y voces, jugaban con unos amigos al tiro al bate. Claire, en su habitación con un par de amigas suyas, escuchaba música en su tocadiscos Imperial Party-Time: The Loco-Motion, Soldier Boy, Palisades Park. Además, en el garaje se oían martillazos, porque Terry y nuestro padre reparaban el viejo Ford del 51. «El Cohete de la Carretera», lo llamaba mi padre. O «el Proyecto». Una vez lo oí decir que era «una mierda pinchada en un palo», expresión que quedó grabada para siempre en mi memoria y que todavía hoy empleo. Cuando queremos sentirnos mejor, decimos que tal o cual cosa es «una mierda pinchada en un palo». Por lo general, surte efecto.

Había mucho bullicio, pero en ese momento dio la impresión de que se imponía el silencio. Ya sé que es sencillamente una de esas ilusiones generadas por las imprecisiones de la memoria (por no hablar ya del sinfín de lúgubres asociaciones), pero es un recuerdo muy vívido. De repente ningún niño gritaba en el jardín, ningún disco sonaba en el piso de arriba, ningún martillazo llegaba del garaje. No trinaba ni un solo pájaro.

Entonces el hombre se agachó y el sol poniente resplandeció por encima de su hombro, cegándome por unos segundos. Alcé una mano para protegerme los ojos.

—Perdona, perdona —dijo el hombre, y se irguió lo justo para que pudiera mirarlo sin tener que ver también el sol.

De cintura para arriba llevaba una chaqueta negra de domingo, como de ir a misa, y una camisa negra con una muesca en el cuello; de cintura para abajo, vaqueros y mocasines de piel gastados. Era como si pretendiese ser dos personas distintas al mismo tiempo. A mis seis años, yo encasillaba a los adultos en tres categorías: mayores jóvenes, mayores y viejos. Ese hombre era un mayor joven. Con las manos apoyadas en las rodillas, observaba los dos ejércitos enemigos.

—¿Usted quién es? —pregunté.

—Charles Jacobs.

El nombre me sonaba vagamente. Me tendió la mano. Se la estreché en el acto, porque ya a los seis años tenía buenos modales. Tanto yo como mis hermanos. Mis padres se encargaban de eso.

—¿Por qué lleva ese entrante en el cuello de la camisa?

—Porque soy pastor. De ahora en adelante, cuando vayas a la iglesia los domingos, allí estaré yo. Y cuando vayas a catequesis los jueves por la tarde, también me encontrarás a mí.

—Nuestro pastor era el señor Latoure —dije—, pero se murió.

—Lo sé. Y lo siento.

—No se preocupe; según dijo mamá, no sufrió, se fue derecho al cielo. Pero él no llevaba un cuello como ese.

—Porque Bill Latoure era un predicador laico. O sea, una especie de voluntario. Mantenía la iglesia abierta cuando no había nadie más para hacerlo. Eso era prueba de su bondad.

—Creo que mi padre a usted lo conoce —dije—. Mi padre es diácono de la parroquia. Se ocupa de la colecta. Aunque se turna con los otros diáconos.

—Compartir está bien —afirmó Jacobs, y se arrodilló junto a mí.

—¿Va a rezar? —La idea en cierto modo me alarmó. La oración era algo propio de la iglesia y la catequesis, lo que mis hermanos llamaban «la escuela de los jueves por la tarde». Cuando el señor Jacobs la pusiera otra vez en marcha, sería mi primer año allí, como lo sería también en la escuela corriente—. Si quiere hablar con mi padre, lo encontrará en el garaje con Terry. Están cambiándole el embrague al Cohete de la Carretera. Bueno, la verdad es que lo hace mi padre. Terry, más que nada, le da las herramientas y mira. Tiene ocho años. Yo seis. Mi madre debe de estar en el porche de atrás, creo, viendo a unos chicos jugar al tiro al bate.

—Lo que yo de niño llamaba «bate quieto» —comentó, y sonrió. Era una sonrisa amable.

Me cayó bien de inmediato.

—¿Ah, sí?

—Pues sí, porque cuando cogías la bola, tenías que lanzarla y acertarle al bate. ¿Cómo te llamas, hijo?

—Jamie Morton. Tengo seis años.

—Sí, ya me lo has dicho.

—Me parece que nunca había rezado nadie en nuestro jardín.

—Tampoco yo voy a rezar. Lo que quiero es ver de cerca tus ejércitos. ¿Quiénes son los rusos y quiénes los americanos?

—Los americanos son estos de aquí abajo, claro, pero los que están arriba, en el Monte Calavera, son los boches. Los americanos tienen que tomar la montaña.

—Porque es un obstáculo en el camino —conjeturó Jacobs—. Al otro lado del Monte Calavera está la carretera que lleva a Alemania.

—¡Eso! ¡Y hasta el jefe de los boches! ¡Hitler!

—Autor de tantas fechorías —añadió él.

—¿Cómo?

—No, nada. ¿Te importa que llame «alemanes» a los malos? Eso de «boches» no me acaba de gustar.

—No, por mí bien: los boches son alemanes, y los alemanes son boches. Mi padre estuvo en la guerra. Aunque solo el último año. Arreglaba camiones en Texas. ¿Usted estuvo en la guerra, señor Jacobs?

—No, aún era joven. También para Corea. ¿Cómo van a tomar esa montaña los americanos, general Morton?

—¡Irán a la carga! —exclamé—. ¡Con las ametralladoras! ¡Pum! ¡Bumba, bumba, bumba! —Luego, con voz muy gutural—: ¡Rata-ta-ta-ta!

—Un ataque directo contra terreno elevado… eso tiene su riesgo, general. Yo que tú dividiría mis tropas… así… —Desplazó la mitad de los americanos a la izquierda y la otra mitad a la derecha—. De esta manera se crea un movimiento de tenaza, ¿ves? —Juntó el pulgar y el índice—. Avanzas hacia el objetivo desde los dos flancos.

—Puede ser —dije. A mí me gustaba la idea del ataque frontal (mucha acción cruenta), pero la sugerencia del señor Jacobs también me atrajo. Tenía su lado astuto. La astucia podía resultar satisfactoria—. He intentado hacer unas cuevas, pero la tierra está muy seca.

—Eso veo. —Hincó un dedo en el Monte Calavera y observó el agujero mientras la tierra se desmoronaba y lo cubría. Se irguió y se sacudió las rodillas de los vaqueros—. Yo tengo un niño que seguramente se lo pasaría en grande con tus soldados dentro de uno o dos años.

—Puede jugar ya, si quiere. —Pretendía mostrarme desprendido—. ¿Dónde está?

—Sigue en Boston, con su madre. Hay muchas cosas que embalar. Llegarán el miércoles, calculo. El jueves como mucho. Pero Morrie aún es un poco pequeño para soldados. No haría más que cogerlos y tirarlos por todas partes.

—¿Cuántos años tiene?

—Solo dos.

—¡Seguro que aún se hace pipí encima! —exclamé, y me eché a reír. Posiblemente no era un comentario muy educado, pero no pude evitarlo. El hecho de que los niños se orinaran encima me parecía graciosísimo.

—Pues sí, ya que lo dices —contestó Jacobs, sonriente—, pero imagino que lo superará con la edad. Tu padre está en el garaje, decías, ¿no?

—Sí.

Recordé entonces dónde había oído antes el nombre del señor Jacobs: en la mesa durante una cena, mientras mis padres hablaban del nuevo pastor que llegaría de Boston. ¿No es muy joven?, había preguntado mi madre. Sí, y eso se reflejará en su salario, contestó mi padre, y sonrió. Hablaron de él un poco más, creo, pero yo no presté atención. Andy acaparaba el puré de patata. Como siempre.

—Prueba esa maniobra de enfilada —dijo a la vez que hacía ademán de marcharse.

—¿Eh?

—La tenaza —aclaró, formando otra vez una pinza con el pulgar y el índice.

—Ah, sí. Vale.

Lo probé. Dio un resultado aceptable. Murieron todos los boches. Aunque la batalla no fue, digamos, espectacular, así que a renglón seguido probé el asalto frontal, en el que camiones y jeeps se despeñaban por las escarpadas pendientes del Monte Calavera mientras los boches se despeñaban por la ladera opuesta con agónicos gritos de desesperación: «¡Aaaaahhh!».

Mientras se enconaba la batalla, mis padres y el señor Jacobs, sentados en el porche delantero, tomaban té con hielo y hablaban de asuntos parroquiales: si mi padre era diácono, mi madre, por su parte, pertenecía a las Damas Auxiliadoras. No era la jefa pero casi. Los elegantes sombreros que llevaba en esa época eran dignos de verse. Debía de tener una docena. Por aquel entonces éramos felices.

Mi madre llamó a mis hermanos, junto con sus amigos, para presentarles al nuevo pastor. También yo me dispuse a acercarme, pero el señor Jacobs, con un gesto, me indicó que siguiera con lo mío y aclaró a mi madre que ya nos habíamos conocido.

—¡Adelante con la batalla, general! —dijo, alzando la voz.

Seguí adelante con la batalla. Con, Andy y sus amigos volvieron a la parte de atrás y retomaron sus juegos. Claire y sus amigas volvieron al piso de arriba y siguieron con sus bailes (aunque mi madre le pidió que bajara el volumen de la música, por favor y gracias). Los señores Morton y el reverendo Jacobs continuaron con su conversación, y durante un buen rato. A menudo recuerdo que me sorprendía lo mucho que eran capaces de darle a la sinhueso los adultos. Era agotador.

Me desentendí de ellos, porque estaba librando la Batalla del Monte Calavera una y otra vez en distintas modalidades. En la situación más satisfactoria —una adaptación del movimiento de tenaza sugerido por el señor Jacobs—, parte del ejército americano cortaba el paso a los alemanes por delante mientras el resto circundaba el monte y les tendía una emboscada desde atrás. «¿Ke okugue akí?», exclamó uno de ellos poco antes de recibir un balazo en la cabeza.

Ya un poco cansado del juego, empezaba a plantearme ir a por un trozo de pastel (si los amigos de Con y Andy habían dejado algo) cuando la misma sombra volvió a proyectarse sobre mí y mi campo de batalla. Alcé la vista y vi al señor Jacobs con un vaso de agua en la mano.

—Se lo he pedido a tu madre. ¿Puedo enseñarte una cosa?

—Claro.

Se arrodilló de nuevo y vertió el agua en lo alto del Monte Calavera.

—¡Es una tormenta! —exclamé, e imité el ruido de los truenos.

—Exacto, si tú quieres. Con rayos y todo. Ahora mira. —Extendió dos dedos semejantes a los cuernos del diablo y los hincó en la tierra mojada. Esta vez los orificios permanecieron—. Listo —anunció—. He ahí las cuevas. —Cogió dos soldados alemanes y los metió dentro—. Será difícil obligarlos a salir, general, pero seguro que los americanos estarán a la altura de las circunstancias.

—¡Vaya! ¡Gracias!

—Añade más agua si vuelven a desmoronarse.

—Eso haré.

—Y acuérdate de llevar el vaso a la cocina cuando termine la batalla. No quiero que tu madre se enfade conmigo en mi primer día en Harlow.

Se lo prometí, y le tendí la mano.

—Chóquela, señor Jacobs.

Se rió y me dio un apretón. Luego se alejó por Methodist Road, hacia la rectoría, donde su familia y él vivirían durante los tres años siguientes, hasta que lo despidieron. Lo observé por un momento y después centré de nuevo la atención en el Monte Calavera.

No había entrado aún en faena cuando otra sombra se proyectó sobre el campo de batalla. Esta vez era mi padre. Apoyó una rodilla en el suelo con cuidado de no aplastar ningún soldado americano.

—Dime, Jamie, ¿qué te ha parecido el nuevo pastor?

—Me cae bien.

—Y a mí. Y a tu madre. Es muy joven para el puesto, y si lo hace bien, esta parroquia será solo su primera experiencia, pero creo que sabrá arreglárselas. Sobre todo en catequesis. La juventud atrae a la juventud.

—Mira, papá, me ha enseñado a hacer cuevas. Solo hay que mojar la tierra para que se forme una especie de barro.

—Ya veo. —Me alborotó el pelo—. Tendrás que lavarte bien antes de la cena. —Cogió el vaso—. ¿Quieres que me lo lleve yo?

—Sí, por favor y gracias.

Agarró el vaso y se encaminó hacia la casa. Yo miré el Monte Calavera y vi que la tierra estaba ya seca y las cuevas se habían desmoronado, enterrando vivos a los soldados. No me importó; al fin y al cabo eran los malos.

Hoy día estamos ya muy concienciados sobre los morbosos riesgos del sexo, y ningún padre en su sano juicio dejaría a un niño de seis años en compañía de un hombre a quien acaba de conocer y que vive solo (aunque esa situación no vaya a prolongarse más que unos días), pero eso precisamente hizo mi madre el lunes siguiente por la tarde, y sin el menor reparo.

El reverendo Jacobs —mi madre insistió en que debía llamarlo así, no «señor»— subió por Methodist Hill a eso de las tres menos cuarto y llamó a la puerta mosquitera. Yo estaba en el salón, coloreando en el suelo, mientras mi madre veía el concurso Dialing for Prizes. Había mandado su nombre a la cadena de televisión, la WCSH, y esperaba ganar el gran premio de ese mes, una aspiradora Electrolux. Sabía que las probabilidades eran escasas, pero en broma, parafraseando el refrán, dijo: «A cada demonio le llega su día».

—¿Me presta a su hijo pequeño durante media hora? —dijo el reverendo Jacobs—. Tengo algo en el garaje que quizá le guste.

—¿Qué es? —pregunté a la vez que me ponía en pie.

—Una sorpresa. Ya se lo contarás después a tu madre.

—¿Mamá?

—Claro —respondió ella—, pero antes quítate la ropa del colegio, Jamie. Reverendo Jacobs, ¿le apetece un té con hielo mientras el niño se cambia?

—Sí —contestó él—. Y me pregunto si no podría llamarme Charlie.

Mi madre se detuvo a pensarlo y por fin dijo:

—No, pero quizá sí podría llamarlo Charles.

Me puse unos vaqueros y una camiseta, y cuando volví a bajar, como ellos charlaban de cosas de adultos, salí a esperar el autobús del colegio. Con, Terry y yo asistíamos a una escuela unitaria en la Interestatal 9 —a no más de medio kilómetro de casa, un paseo—, pero Andy estudiaba en el Centro de Secundaria Agrupado y Claire mucho más lejos, al otro lado del río, en el instituto de Gates Falls, donde era alumna de primero. («Y de primera, esperemos», le decía mi madre, también en broma.) El autobús los dejaba en el cruce de la Interestatal 9 con Methodist Road, al pie de Methodist Hill.

Los vi apearse, y cuando subían por la cuesta cansinamente —riñendo, para variar, como oí mientras aguardaba junto al buzón—, salió el reverendo Jacobs.

—¿Ya estás listo? —preguntó, y me cogió de la mano. Se me antojó el gesto más natural del mundo.

—Sí —respondí.

Nos cruzamos con Andy y Claire a media cuesta. Andy quiso saber adónde iba.

—A casa del reverendo Jacobs —respondí—. Quiere enseñarme algo, una sorpresa.

—Pues no tardes —advirtió Claire—. Te toca a ti poner la mesa.

Lanzó una ojeada de soslayo a Jacobs y desvió la vista en el acto, como si le costara mirarlo. Mi hermana mayor, al igual que todas sus amigas, se enamoraría perdidamente de él antes de acabar el año.

—Os lo devolveré enseguida —prometió Jacobs.

Bajamos por la cuesta cogidos de la mano hasta la Interestatal 9, que llevaba a Portland, si se torcía a la izquierda, y a Gates Falls, Castle Rock y Lewiston, si se doblaba a la derecha. Nos paramos a ver si venía algún coche, lo cual era absurdo, porque, excepto en verano, la Interestatal 9 apenas tenía tráfico, y luego seguimos caminando entre henares y maizales, cuyos tallos, ahora secos, chacoloteaban en la suave brisa otoñal. Al cabo de diez minutos llegamos a la rectoría, una bonita casa blanca con postigos negros. Detrás se alzaba la Primera Iglesia Metodista de Harlow, nombre también absurdo, porque en Harlow no había ninguna otra iglesia metodista.

El otro único templo de Harlow era la iglesia de Shiloh. Mi padre consideraba a los shilohítas gente de una rareza entre moderada y grave. No se paseaban en calesas tiradas por caballos ni nada por el estilo, pero todos los hombres y los niños llevaban sombreros negros cuando salían a la calle. Las mujeres y las niñas lucían vestidos largos hasta los tobillos y cofias blancas. Según mi padre, los shilohítas decían saber cuándo llegaría el fin del mundo; estaba escrito en un libro especial. Según mi madre, en Estados Unidos todo el mundo tenía derecho a creer lo que le viniera en gana siempre y cuando no hiciera daño a nadie… pero tampoco llevaba la contraria a mi padre a ese respecto. Nuestra iglesia era más grande que la de Shiloh, pero muy sencilla. Además, no tenía campanario. Lo tuvo en su día, pero lo derribó un huracán en una fecha muy lejana, en 1920 o por ahí.

El reverendo Jacobs y yo tomamos el camino de tierra de la rectoría. Vi con interés que tenía un Plymouth Belvedere azul, una pasada de coche.

—¿Cambio de marchas manual o automático? —pregunté.

Pareció sorprenderse, pero enseguida sonrió.

—Automático —respondió—. Fue un regalo de boda de mi familia política.

—¿Se dice «familia política» porque son políticos?

—En este caso no precisamente —contestó, y se echó a reír—. ¿Te gustan los coches?

—Nos gustan a todos —dije, refiriéndome a «todos» en la familia… aunque eso no era totalmente exacto en el caso de mi madre y Claire, supuse. Las mujeres, por lo visto, no entendían bien hasta qué punto los coches eran una pasada—. Cuando el Cohete de la Carretera esté arreglado, mi padre correrá con él en el autódromo de Castle Rock.

—¿Ah, sí?

—Bueno, no él exactamente. Mi madre no le deja porque es muy peligroso, pero alguien correrá. A lo mejor Duane Robichaud. Trabaja en Brownie’s, la tienda, con sus padres. El año pasado condujo el coche número nueve en el autódromo, pero se le prendió fuego al motor. Dice mi padre que busca otro coche.

—¿Los Robichaud vienen a la iglesia?

—Mmm…

—Interpretaré eso como un no. Ven al garaje, Jamie.

El garaje estaba en penumbra y olía a humedad. Esas sombras y ese tufo me infundieron cierto temor, pero aparentemente Jacobs no le concedió mayor importancia. Nos adentramos en la oscuridad, y él se detuvo y señaló con la mano. Ahogué una exclamación ante lo que vi.

Jacobs dejó escapar una risa, tal como hace la gente cuando se enorgullece de algo.

—Bienvenido al Lago Apacible, Jamie.

—¡Uau!

—Lo he montado para pasar el tiempo mientras espero a Patsy y a Morrie. Tendría que estar ocupándome de las cosas de la casa, y alguna que otra he hecho ya… he arreglado la bomba del pozo, sin ir más lejos… pero hasta que llegue Pats con los muebles poco más puedo hacer. Tu madre y las otras Damas Auxiliadoras lo dejaron todo limpísimo, chaval. El señor Latoure venía a diario desde la isla de Orr, y en realidad nadie ha vivido aquí desde antes de la Segunda Guerra Mundial. Ya le di las gracias a tu madre, pero no estaría de más que se las transmitieras tú también de mi parte.

—Claro, cuente con ello —respondí, pero dudo que comunicara ese segundo mensaje de agradecimiento, porque apenas oía lo que el reverendo Jacobs me decía. Tenía los cinco sentidos puestos en una mesa que ocupaba casi medio garaje. La cubría un paisaje verde y ondulado ante el que mi Monte Calavera no tenía ni punto de comparación. Desde entonces he visto muchos paisajes similares (por lo general, en escaparates de jugueterías), pero por todos circulaban complicados trenes eléctricos. La mesa montada por el reverendo Jacobs, que en realidad no era una mesa sino tableros de contrachapado sobre una hilera de caballetes, no contenía ningún tren. Encima había una campiña en miniatura, de unos tres metros y medio de largo por uno y medio de ancho. Torres de alta tensión de treinta y cinco centímetros de altura trazaban una diagonal

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos