Una grieta
3 de julio
Llegó la muerte.
Bernarda fue la primera en notarlo.
Al no tener corazón, sintió un soplido en el pecho que fue lo mismo que el aire que pasa entre los dientes caídos de las viejas. Como un silbido. Igual que siempre. Igual que hace doscientos años.
Curva de Arla era un pueblo grande para Castilla, pequeño para el resto del mundo. Sus casas se apiñaban en un recodo del río, como abandonadas por un mal viento contra una esquina. Curva de Arla se había expandido después de la guerra y, como un animal que exhala por última vez, después se había desinflado de nuevo hasta convertirse en un cementerio de adobe y ladrillo en el que se mezclaban las granjas, los agricultores de cereales, los bares de los setenta y las tiendas vacías. Calles asoportaladas, dos colegios viejos y un centro de salud.
Bernarda sintió la muerte, igual que sentía la de todos los curveros, y se llegó hasta el huerto caminando deprisa y rumiando una angustia que, al no poder depositar en el hueco del corazón, daba vueltas en la boca como a un garbanzo duro.
Si alguien la hubiera visto cruzar el pueblo, no habrían visto más que una viuda envuelta en un pañuelo negro. Nadie habría sabido decir la edad que aparentaba y, mucho menos, acertar con la edad que tenía en realidad. Pero nadie podía verla. Era 3 de julio y el pueblo empezaba a llenarse con los veraneantes que venían a dejar a sus hijos con los abuelos. Comenzaba un largo verano amarillo de Castilla, lleno de tardes de chicharras y vientos de polvo.
Había muerto un Medina, uno de los viejos, de los importantes. Los Medina y los Ramos portaban casi siempre la sangre más poderosa. También los Castro y los Castillo, pero solo porque se habían mezclado con los anteriores. Nunca le venía bien al pueblo que muriera uno de ellos. Bernarda se temió lo peor.
Esperó unos segundos en la puerta de la sebe. Desde las huertas se escuchaba el río, y Bernarda intentó que su sonido significara algo, que le diera una pista. Pero el Arla no le había hablado en toda su existencia ni iba a hacerlo aquella tarde.
El río rodeaba el pueblo a veces como un brazo protector y otras como una víbora que mide su presa. Y el rumor del agua nunca decía cuándo era uno y cuándo el otro. El Arla jugaba a que los curveros se acostumbrasen a su sonido, como un murmullo bajo y sordo —un ruido blanco—, que no decía nada, pero que iba tallando la ribera y también la forma de ser de las gentes.
Bernarda entró en la huerta, desde donde ya no se escuchaba nada. No había apenas más que hierba y los arbustos que rodeaban el terreno. A lo único a lo que se iba la vista era a las dos encinas. Una más joven que otra. Una de más de cien años, plantada por ella misma, y otra tan antigua como el mismo río. Bernarda se acercó a la segunda y se arrodilló frente a ella. No para rezarle, sino para tocar sus raíces.
Fue entonces cuando vio la grieta; partía de una de sus ramas y llegaba hasta el corazón del tronco. La corteza estaba astillada y, como una premonición, dibujaba un relámpago negro que llegaba hasta un hueco en forma de rosco. El hueco brillaba con tonos morados y luces negras. Bernarda sabía lo que significaba aquello. Había comenzado El paso.
Se puso en pie y se apartó un poco. La sangre del Medina era poderosa, no valdría con esperar a que naciera un nuevo curvero como otras veces. Ella era la guardiana y como tal debía intervenir. Alzó las manos y dirigió las palmas hacia la encina. Las luces se calmaron, pero la grieta no se cerró. Bernarda notaba que algo empujaba por detrás de la madera, algo oscuro que quería meter sus miles de dedos y abrir más aún la grieta. Algo que no podía contener sin sangre nueva. Bajó los brazos y las palpitaciones de luz volvieron al hueco de la encina.
De aquel hueco surgieron entonces unos hilos finos de niebla. La guardiana dio un paso atrás. Aquellos hilos se condensaron en volutas de humo y poco a poco adquirieron la consistencia de siete figuras.
Siete pesares de Curva de Arla.
Aquellas volutas de humo fueron tomando forma más definida: Bernarda pudo ver una niña quemada, un hombre cuya cabeza estaba cubierta de fango, dos hermanos con la cabeza abierta, una muchacha apuñalada en el vientre, un joven con la cabeza reventada por un disparo y un labriego con la mano y el antebrazo aplastados. Los siete formaron en fila delante de la encina. Siete. Aquello era grave.
Luego hubo un destello que venía de la grieta, no del hueco. Bernarda cerró los ojos y, cuando los abrió, en lugar del hombre con la mano aplastada, vio la figura de su marido, Daniel Ramos. Era el único de los siete que la miraba. Luego se produjo otro destello y las figuras desaparecieron.
Bernarda las notó marcharse por el pueblo y colocarse sobre seis curveros, a sus espaldas; vio cómo les respiraban en la nuca y les ponían las manos en la frente. Sabía quiénes eran, pues los seis tenían sangre poderosa. La encina dejó de palpitar y la corteza crujió, descansando. Todo quedó en calma.
Nunca habían conseguido pasar siete pesares. Bernarda puso una mano sobre la encina y supo que aquello que empujaba había dejado de hacerlo. La sombra se había calmado, por ahora, pero no le quedaba mucho tiempo.
Tocó la grieta en el árbol y tuvo una premonición traída por el viento, como la que había tenido al despertar como guardiana. No era buena señal. Vio lo que iba a suceder. Vio el entierro del día siguiente, bajo la tormenta, con todos los vecinos cantando el dies irae a la vez, como en cada entierro, sintió la excitación de los curveros al cantar y la vibración del sonido grave y lento en su pecho, escuchó la melodía, hija bastarda de la original, más lenta, con la letra mal cantada, y vio pasar el cortejo y llegar hasta la puerta de la iglesia. Se vio a sí misma buscando a los seis visitados.
La visión se aceleró. Vio, días después, una cama donde descansaba un muerto a la hora de la siesta, también la navaja de Daniel clavarse en el cuerpo de un muchacho, su propio esqueleto tendido bajo la encina, una mujer ahogando a una niña en un pantano; vio otra tormenta, el fuego sobre la encina, más muertes, consecuencia de estas primeras.
Supo que aquellas muertes primeras ya habían echado a andar, que no podía evitarlas. Vio que en cinco días la puerta se abriría y aquella sombra de mil dedos se extendería sobre Curva de Arla y mancharía los corazones de los curveros con sus dedos de humo. Pero también vio que esas segundas muertes aún no estaban escritas.
Separó la mano del árbol. Con un reflejo de su vida anterior, respiró agitada.
Nunca habían cruzado tantos pesares, nunca Daniel.
La imagen de su propio esqueleto desmadejado, justo bajo esa misma encina, no dejaba lugar a dudas. Sus días estaban ya contados. Era imperativo que buscara un remplazo, otro guardián. Las reglas parecían haber cambiado. Daniel no era un pesar, no había muerto de forma violenta. Posó la mano con suavidad sobre el hueco del pecho en el que debía de estar su corazón.
Aquello no estaba bien. Tenía que parar las muertes y solo contaba con cinco días para hacerlo. Las muertes que vendrán. Otra vez.
Los seis que estaban siendo visitados debían quedarse en Curva hasta que naciera alguien portador de la sangre. Y debían mantenerse con vida. Miró al cielo.
Uno de ellos, probablemente, tendría que convertirse en el nuevo guardián. Varias de las muertes que había visto estaban relacionadas con los seis a los que los pesares habían elegido. Las visiones no eran del todo claras, había que actuar con precaución.
La imagen de su cuerpo desmadejado y consumido por el tiempo bajo la encina volvió a su cabeza. Se sacudió la visión. Tenía que permanecer entera.
Si no hacían nada para evitarlo, en cinco días, la puerta se abriría y la sombra devoraría el pueblo y a todos sus habitantes.
Presintió que ya había comenzado todo, que debía darse prisa.
Suspiró y volvió a colocarse la mano en el pecho.
Cerca de allí, una bandada de vencejos levantó el vuelo, huyendo de Curva, quizá tan asustados como Bernarda.
Cerró los ojos.
Uno de los seis ya estaba soñando con su pesar.
PRIMERA PARTE
La paciencia de las piedras
En las pequeñas ciudades, las gentes se apasionan del juego y la política, como en las grandes, del arte y de la pornografía —ocios de mercaderes—, pero en los campos solo interesan las labores que reclaman la tierra y los crímenes de los hombres.
ANTONIO MACHADO
Carlos
La torre
3 de julio
Tú no lo supiste en ese momento, pero Gerardo Medina había muerto en el mismo instante en el que parasteis la obra para ir a comer. En el táper llevabas arroz con pollo. Tenías hambre, pero sabías que era suficiente. Tus dos compañeros, por el contrario, llevaban guisos correosos que sus mujeres les habían preparado el día anterior. Por eso en general preferías comer solo, sentado en tu coche, a irte con ellos. Aquel día te dio por socializar, aunque enseguida te arrepentiste. Sentías que el olor de sus tarteras te estaba engordando. Miraste a tu compañero, con aquella barriga con la que parecía imposible que pudiera colocar ladrillos sin tirarlos. Te preguntaste cuánto haría que no se veía la polla desde arriba y, al instante, al pensar en él desnudo, al imaginarte los pelos de su espalda y de la tripa, la polla colgando flácida debajo de aquel amasijo de grasa, se te fue el hambre. Te molestaba que hubiera podido dejarse así. Habías visto fotos de los dos junto con tu padre —eran amigos de toda la vida— y ninguno había resultado desagradable de joven. El jefe te había conseguido el curro en su empresa de chapuzas, y por eso le estabas agradecido —además, considerabas que se cuidaba un poco más que el otro—, pero seguía estando fofo. Deseaste que sus mujeres, las cuales sabías que eran igual de mediocres que ellos, los dejaran y se marcharan. Deseaste, mientras apartabas el tenedor y cerrabas el táper aún lleno a la mitad, que se murieran todos de un infarto, ahogados en su propia grasa.
Estabais los tres en un banco de la plaza de Valbuitre, cerca de la casa donde levantabais la tapia para separar dos jardines de hermanos que ya no se hablaban. El banco estaba a la sombra de un olmo y no se estaba mal, aunque el aire traía de las eras un polvo parduzco.
—Voy a dar una vuelta, a llamar a la Pilar a ver qué hace. Ya merendaré luego.
Tu jefe te miró y supiste que te había pillado la mentira. No dijo nada, por suerte, aunque te la sudaba lo que dijera; era tu hora libre, si querías pasear bajo el sol era cosa tuya. No hubo tanta suerte con tu compañero.
—¿No ves que no hay cobertura, idiota? Come, joder, y déjate de mariconadas.
Henchiste el pecho, como si fueras un toro a punto de embestir, pero no hiciste nada más. Estabas acostumbrado a que tu padre se riera de ti por depilarte o por echarte cremas. Te machacaba tanto que escuchabas su voz en la cabeza constantemente.
—¿Qué sabes tú si me quedo aquí o me acerco al castillo a coger cobertura? Que lo sabes todo, tú.
—Hala, hala, marcha. Te tiene bien atado la Pilar, ¿eh? —continuó.
—Me tiene como me sale a mí de los cojones. —Y te los agarraste por encima del chándal.
—Venga, a ver si podemos comer en paz. Haz lo que te salga de las narices, Carlos, pero déjame comer.
Te diste la vuelta. Malditas las ganas que tenías de hablar con la Pilar. Te encerraste en el coche, pusiste el aire acondicionado a tope y condujiste hasta el castillo de Arla, a medio camino entre Curva y Valbuitre. Aparcaste a la sombra de las ruinas de la torre y quitaste las llaves. Del castillo solo quedaban una torre y dos trozos de muralla. No había nada más alrededor; nada salvo paja, cardos, polvo y, un poco alejados, los campos de trigo y de cebada. El castillo estaba lleno de pintadas y solo un pequeño cartel metálico indicaba que aquello era un monumento. El viaje en coche te había sentado bien, respiraste, apreciando el aroma a manzana del ambientador, y sentiste que aquello te liberaba un poco del veneno que habías asimilado de las fiambreras. Qué asco.
Por eso nunca dejabas que tu madre te hiciera la comida. Te enfadabas tanto cuando decía que te estabas quedando en los huesos o que por una vez que comieras tortilla o patatas fritas no ibas a morirte… Te daban arcadas. Tampoco ibas a morirte si te cortabas un dedo y no pensabas hacerlo.
Sin el aire acondicionado, empezó a hacer calor, así que bajaste las ventanillas. Corría brisa a las afueras de Curva y no se escuchaban más que las chicharras. El aire, prácticamente quemando, traía el olor del espliego. Echaste el asiento para atrás y te tumbaste un rato. «Joder, así, sí». Empezaste a jugar con el llavero de oro que te habías comprado con tu primer sueldo en la obra, cuando dejaste de entrenar aquel equipo de niños y te pusiste serio. Tenía forma de pelota y el escudo del Real Madrid grabado en él. Siempre solía estar fresco y la sensación te resultaba agradable. No te gustaba el tacto de las cosas calientes. Lo único caliente que te gustaba era el coño de Pilar y casi nunca te dejaba metérsela sin condón. Qué tontería. Algún día tendríais que tener un hijo, ¿no? Mejor cuanto antes para que pudiera recuperar la figura. Menos mal que ya te habías encargado tú de solucionar eso.
Aunque mira que si después tenías una hija y la pifiabas…
No, dejarías embarazada a la Pilar las veces que hiciera falta hasta dar otro Carlos Medina. Tu padre no te lo había dicho explícitamente, era muy suyo para esas cosas, pero tú lo sabías: esperaba un nieto. Siempre había habido un Carlos Medina en Curva de Arla y siempre lo habría.
Si la Pilar no fuera tan estrecha… Pero eso era lo que más te gustaba de ella, que le daba igual lo que pensaras, que en su cuerpo mandaba ella, te decía, y hacía que se te cayera la baba. Eso deseabas para Carlos Medina Júnior, que supiera siempre lo que quería y no sintiera que estaba obedeciendo las órdenes de alguien, como tú. Y eso lo iba a heredar de ti y de ella. Se te puso un poco morcillona al pensar en la Pilar. Te pasaste una mano por la cara para despejarte: el calor y la Pilar te estaban atontando. Las chicharras aumentaron el sonido una vez recuperadas del ruido del coche y, si cerrabas los ojos, parecía que estaban incluso dentro del vehículo. Te zumbaba el oído.
Te quedaste adormilado sin darte cuenta, sin quererlo. Cuando te despertases sentirías remordimientos; pensabas que los que se echaban siestas eran enclenques que no podían aguantar con la energía del día. La culpa era de las chicharras. Con los ojos cerrados parecía que te vibraban en los párpados, era un ruido de aire caliente. No te echabas siestas. Tú madrugabas, hacías tu trabajo y después deporte en casa. Si había suerte, hasta follabas un poco con la Pilar a la noche. Después, a la cama y al día siguiente igual. La gente no necesitaba nada más por mucho que lo creyeran así. Los demás echaban la siesta única y exclusivamente porque comían basura y vivían como perros.
No pudiste evitarlo.
Quizá fuera el olor de las tarteras o el hecho de no haber comido apenas nada excepto las nueces del almuerzo; quizá el calor o que estabas medio empalmado y la sangre no circulaba bien. El caso es que se te cerraron los ojos como dos muros de ladrillo, como las tapias del cementerio. Y, quizá por haber olido las fiambreras de tus compañeros, tuviste una pesadilla.
Soñaste con Ramón Medina, el que se había pegado un tiro en el cerro hacía veinte años. Tú solo tenías nueve cuando pasó, pero recuerdas exactamente el día y el modo en el que te enteraste. Había pocas fotos de Ramón, ninguna en tu casa. Tu padre nunca hubiera consentido tener la foto de un suicida. Alguien que no tenía las suficientes pelotas como para seguir viviendo con su mierda. Para tu padre, la rama del padre de Ramón se había borrado de la familia. La había cortado como si se tratara de una cepa podrida. Apenas teníais ya trato con él o con Ansón, el único de los hijos que quedaba vivo. «Al menos», solía decir tu padre, «no se llamaba Carlos». Aquello también te parecía un consuelo a ti. Solo habías visto una foto de él en casa de algún pariente. «Este es el que se fue al monte», le dijo alguien a tu madre. Tú eras un chaval, pero, aunque hubieras sido un adulto, jamás hubieran mencionado delante de ti que Ramón se había volado la puta cabeza. Ni delante de ti ni de nadie, en realidad. De los Medina, ninguno se había pegado un tiro, porque Ramón nunca había existido para ellos.
Pero soñaste con él. Lo viste acercarse al coche, cuando aún no sabías que estabas soñando. Querías incorporarte en el asiento, pero no podías. Notabas los bíceps y los cuádriceps tensos como si acabaras de hacer una serie. Iba vestido con el uniforme de una gasolinera y llevaba una escopeta al hombro, la misma con la que se había volado la cabeza. Se acercó al coche y llamó a la ventanilla, que estaba cerrada. Aquello te extrañó. No su presencia, sino que la ventanilla estuviera cerrada. Hacía frío. Tenía la cara un poco pálida y le temblaba el labio inferior. Era de ojos oscuros, como tú y tu padre, de nariz aguileña y pelo liso y lacio. Movía los labios como si hablara, pero de su boca no surgía ningún sonido. La mirada de Ramón iba de un punto a otro del coche, te miraba a los ojos, después el volante, luego la guantera. Parecía asustado. Entonces te diste cuenta de que tu BMW había desaparecido y estabas dentro de un Seat Ibiza viejo, de los noventa. Te miraste las manos y las piernas, y viste que estabas vestido como él, que eras él.
Saliste del coche y Ramón te dio un abrazo. Duró mucho tiempo. Podías oler su sudor, aunque no escuchabas nada. Olía mucho a sudor. También a carne, a frigorífico de carnicero. Te ponía nervioso que te abrazaran otros hombres, así que alzaste las manos y lo agarraste por los hombros. La espalda estaba húmeda y pegajosa. Al separarte, había desaparecido. Tenías las manos llenas de sangre. Te miraste en la ventanilla y viste que eras él. Seguías en el castillo, pero dentro de su cuerpo. De pronto viste a lo lejos tu cuerpo, vestido con el chándal del trabajo, subiendo los escalones que ascendían a la torre, y comenzaste a correr detrás de ti porque no podías gritar. Ramón había cambiado su cuerpo con el tuyo. Gritar fue lo primero que hiciste, o que intentaste hacer, antes de perseguirlo. Pero no salió nada de tu garganta. Tardaste mucho en alcanzarte. Las pisadas no funcionaban igual que cuando estabas despierto. Te frustrabas. Notabas cómo se tensaban todos tus músculos, aunque no eran los tuyos, sino los de Ramón, más fofos. Paraste. Tus muslos eran enormes, gordos. Te apretaste uno de ellos con las manos y la grasa se hundió, como si quisiera absorber tus dedos. Apretaste con las dos manos y comenzaste a quitarte grasa de las piernas primero y de la tripa después. Agarrabas con fuerza encima de la camisa y estirabas, estirabas fuerte, la grasa era elástica, se estiraba hasta que tus brazos no podían separarse más de tu cuerpo. La camisa también era elástica, los pantalones eran elásticos. Estirabas y arrancabas un buen trozo, a manos llenas. Hubieras gritado si hubieras podido, aquella liberación era como cagar cuando se está estreñido, aunque duraba poco. Enseguida toda la grasa volvía a crecer. Por cada puñado que tirabas, tu barriga se expandía dos más. Tenías que alcanzarte antes de que la grasa te consumiera. Corriste lo más rápido que podías. Tu cuerpo nunca se giraba para verte y seguías subiendo escalones. Llevabas subiendo mucho tiempo, en el tiempo de los sueños, un tiempo de nieblas y de repeticiones, un tiempo denso y lento. Pero al final conseguiste llegar a lo más alto, aunque allí no había nadie. Notabas que te costaba respirar porque la grasa se te estaba enquistando en la papada, sentías cómo te apretaba la nuez. Había viento, eso sí, pero solo podías sentirlo, seguías sin escuchar nada, quizá tenías sebo en los oídos. Tus brazos estaban demasiado gordos como para llegarte a las orejas. La grasa comenzó a rebosar por tu cuerpo, reventó las costuras de la camisa, que ya no era elástica, e hizo saltar los botones. Dos enormes tetas grasientas y sudadas se vertieron sobre tu barriga. Miraste hacia abajo y entonces lo viste claro. El coche estaba justo debajo y tu cuerpo te miraba asqueado desde allí. Mierda. No podías soportar aquella mirada. No era tu culpa, no querías estar gordo, querías estar como tú, tener aquellos bíceps marcados, esos abdominales. Los pantalones reventaron en ese momento, dejando solo el cinturón apretándose contra las carnes, cubriéndose de grasa, como un ocho obeso. Sentías que ibas a reventar. Había una escopeta en el suelo, te lanzaste a por ella. La grasa y el sudor hacían que fuera resbaladiza y la arena se pegaba a tus palmas. Ningún dedo te entraba en el gatillo. Intentaste ponerte en pie, pero ya no podías, solo notabas la presión del cinturón en el estómago a punto de rajarte en dos. Te giraste sobre ti mismo y llegaste al borde de la torre. Sujetaste la escopeta entre las dos manos, la cubriste de grasa hasta que la masa de carne entró en el gatillo y te disparaste a la cara. Sentiste el disparo, aunque no lo escuchaste. Notabas la sangre cayendo por tu espalda, pero nada más. Seguías vivo y engordabas. Miraste hacia abajo, hacia el coche. Permaneciste así unos segundos y entonces supiste cuál era la única opción. Abrirte la cabeza contra el vehículo y dejar de engordar —reventar contra el capó— te pareció lo más razonable. Con un pequeño giro, te dejaste caer, sentiste el vacío y cerraste los ojos. Notaste el viento y trataste de gritar. Mientras caías empezaste a adelgazar y quisiste parar, tardabas demasiado para una caída real, pero no pudiste hacer nada. Chocaste, con el cuerpo de Ramón, ya con su peso normal, contra el capó y el golpe, entonces sí, sonó como un disparo en medio de la llanura una noche de caza.
El ruido y el golpe te despertaron y viste una piedra del castillo estampada contra tu coche. Una piedra de casi dos metros de ancho. Los cristales del parabrisas estaban rotos y salía humo del capó, aunque el motor estaba apagado. Abriste la puerta del coche y saliste, te enredaste con el cinturón de seguridad y acabaste en el suelo. Te pusiste en pie como pudiste, la boca con sabor a sangre. Te vomitaste encima y todo dio un par de vueltas, como si estuvieras en una atracción de la verbena. Miraste a lo alto del castillo y te pareció ver, entreverado por el humo del motor, a alguien allí arriba. El corazón se te subió a la boca. Parpadeaste y te fijaste en que era un arbusto. Te sentaste en el suelo, con el pantalón lleno de polvo y las manos sobre dos cardos. No parabas de repetir «joder, joder, joder», muy bajito, sin notar cómo se te clavaban las plantas.
El tono del teléfono móvil volvió a sobresaltarte, pero no dejaste de mirar el arbusto. La llamada era de tu padre.
—Papá, el coche, el castillo.
—Hijo, ha sucedido algo —te cortó.
—Sí, una piedra.
—¿Qué dices, Carlos, hijo? Escucha. Se ha muerto el tío Gerardo. Vente para aquí.
Hubo un silencio en el que no perdiste de vista el arbusto. El viento seguía trayendo aire caliente a tus pulmones. Una pequeña ráfaga también llevó algo de arena a uno de tus ojos. Te pusiste la mano a modo de visera. No entendías qué estaba sucediendo.
—Pero, el coche, joder, ¿qué?
—Trae el traje y dúchate, obviamente. Yo aviso de que te vienes y de que no trabajas por la tarde, no te preocupes.
Tu padre colgó el teléfono. El humo seguía saliendo del coche, aunque con menor intensidad. Te pusiste en pie y, sin limpiarte el polvo ni los cardos, subiste corriendo a lo alto de la torre. Los escalones estaban tallados en la pared interior. El viento silbaba en tus oídos a medida que subías y te ardía el pecho. Te tranquilizó comprobar que subías sin problemas, comprobar que estabas despierto. Llegaste arriba, donde nada era como en tu sueño. Ninguna explanada, solo un pequeño ventanuco por el que asomarse a modo de balcón. Allí no había nadie, únicamente el arbusto sujeto a las piedras con sus raíces diminutas en forma de garra.
Javier
La Regenta
4 de julio
La mayoría de los profesores se habían marchado ya del colegio para disfrutar de sus vacaciones de verano, pero Javier permanecía apoyado en la ventana de su tutoría después de haber quitado todos los pósteres y haber recogido sus materiales. Dos largos y tediosos meses se abrían ante él.
Una corriente de aire caliente hizo rodar uno de los pósteres que había dejado en la mesa y cayó al suelo, donde se desplegó del todo. Lo contempló en silencio. Era un mapa político de la provincia de Sallón. Lo cogió y lo miró, sin enrollarlo de nuevo. La provincia aparecía en un color siena muy claro, bastante discreto, le pareció, mientras que las provincias de alrededor tenían colores llamativos: verde para Burgos, Rosa para Soria, amarillo para León… Palencia y Valladolid parecían algo más desvaídos, pero, aun así, el rojo y el azul tenían más gracia que el marrón de su provincia. Enrolló el póster y regresó a su posición inicial, sin preocuparse de la corriente de aire y sin importarle si el póster caía de nuevo.
Javier había pensado que volviendo a Curva todos sus problemas se resolverían porque allí no había nada que hacer. Que no le rompería el corazón a ningún chico, que se quedaría solo para siempre —como estaba destinado— y que no haría tonterías con el alcohol y los hombres.
Había tenido un sueño raro aquella madrugada. Siempre solían ser intensos, aunque solo en Curva era capaz de recordarlos. En Madrid, Hugo lo había despertado a veces acariciándolo en la cara o abrazándolo. Nunca se acordaba de nada, pero eran sueños en los que sufría, o eso decía Hugo. También le decía que se había enamorado de él la primera noche que habían pasado juntos, cuando había empezado a sollozar en sueños y se había arrimado a su cuerpo buscando protección.
Con aquel calor de julio, apoyado en la ventana en silencio, el recuerdo del sueño le volvió como un sopor. Había soñado con un hombre a caballo entrando en Curva, como el Thomas Sutpen de Faulkner, pero sin negros. El pueblo estaba silencioso, en el sueño solo se escuchaban los cascos del caballo. Las casas eran modernas. El hombre se había acercado a él, sin hablar. Jamás lo había visto, estaba seguro, pero se sorprendió de que su imaginación recreara un rostro con tanto detalle. Era delgado, de tez tostada por el sol y barba corta, dura y rasposa. Lo miraba muy serio y Javier había sido incapaz de moverse de donde estaba. También recordaba el olor, un olor a polvo de camino y a sudor. Por suerte, lo había despertado la alarma del teléfono. No había nada que tuviera que darle miedo en ese sueño, al menos racionalmente, y, sin embargo, se había despertado angustiado y cubierto de sudor.
Desde la ventana podía ver el parque que había delante del colegio, vacío de niños a aquellas horas de máximo calor. Seguramente estuvieran en la piscina. A él le gustaba ir a las piscinas, pero no sabía si ahora era adecuado. Esa era otra. Cuando había vivido en Madrid, las vacaciones las había pasado invariablemente en Curva, pero ahora que vivía allí… Ir a la piscina, a las fiestas, a la plaza, a comer un helado… Todo significaba encontrarse con sus alumnos, con los padres de sus alumnos, con sus amigos. ¿Acaso era descansar?, ¿serían unas vacaciones? No le gustaba sentirse reconocido. Pensó en la cantidad de veces que había estado en la plaza el sábado de fiestas, borracho, después de la comida, haciendo el tonto con la charanga. Aquello, quizá, se había acabado. Y se había acabado porque él había querido. Abrió más la ventana y se sentó en el poyete. Incluso a la sombra hacía muchísimo calor. Un calor blanco y aplastante que adormecía y que le entumecía los sentidos. El oído más que ningún otro. Todo le llegaba amortiguado, como a través de fuego. Calor castellano, marrón de meseta.
¿Cómo no había podido prever lo que le iba a pasar? Él, que se consideraba inteligente, que se consideraba culto y organizado. Respiró hondo y el aire le salió temblando. Se encontraba en el mismo punto que el año anterior, otro 4 de julio, cuando había pensado que Curva mitigaría la angustia. A la mierda todo.
Desde que el curso había entrado en su recta final y los chavales habían comenzado a venir al colegio en manga corta, Javier había sentido un nudo en el estómago. Se imaginó que así debió de sentirse Ana Ozores después de ceder ante los deseos de Álvaro, sabedora de que ya no había marcha atrás. Le encantaba compararse con la Regenta. Quizá por eso había acabado encerrado, o volviendo a encerrarse, en Curva de Arla. En el fondo tenía la sensación de que la vida en Madrid había sido un sueño, un paréntesis. Nunca escaparía de la atracción del pueblo. Y nada tenían que ver su madre o su hermano. Bueno, quizá su madre no fuera del todo inocente, pero Javier hubiera podido alejarse de ella si se lo hubiera propuesto en serio. De Curva de Arla… Aquello era otra cosa. Aspiró el aire caliente que subía del parque. ¿Podía ser que hiciera cuarenta grados?, ¿cómo podía bajar casi hasta cero por las noches? El invierno y el verano se mezclaban allí en una malla muy fina, conviviendo. El verano trabajando solo media jornada.
No había nada en Curva para él, pero había vuelto. Había dejado su trabajo como profesor de literatura en un instituto en Madrid y a Hugo. Había dejado a sus amigos, con los que ya apenas se escribía, y su piso en Malasaña. Había vuelto a meterse en el armario. «El pueblo no es Madrid», le había dicho su madre al ver la pulsera arcoíris que llevaba al bajar del bus. Casi lo primero que le había dicho. Como si en Madrid no le hubieran insultado por la calle, incluso antes de llevar la pulsera; como si, precisamente, no se la hubiera puesto como un desafío. Después del comentario, su madre le habló del pendiente y de sus casi cuarenta años, de lo perdido que estaba. Se quitó la pulsera —no el pendiente— y la dejó atada en el pomo de la puerta de su cuarto, donde aún seguía. Al menos, viendo la pulsera, cada vez que entraba en el piso alquilado lo sentía un poco más suyo, un rincón donde sentirse a salvo. Aun después de quitársela, a pesar de haber vuelto y de dejar que le recriminara un montón de cosas que no había rebatido, su madre estaba enfadada. No soportaba que no viviera con ella. No tenía ninguna intención de hablarlo. Su postura no iba a cambiar y solo discutirían. Lo mejor era dejar que la corriente siguiera su curso y que la roca que su madre había plantado en medio del río fuera poco a poco erosionándose.
Escuchó una risa infantil y vio una niña que se dirigía corriendo, alejándose de la protección de la mano maternal, hasta los columpios. La madre se colocó en un banco a la sombra, debajo de un castaño. Era una mujer joven. En Curva la gente se casaba y tenía hijos antes de los treinta. Llevaba el pelo moreno recogido en una coleta y vestía una blusa y un vaquero corto. Le sorprendió que no sacara su teléfono, aunque tampoco prestó atención a la niña. Se puso a mirar un punto del suelo con una mano sujetándole la cara. Aquella mujer, a la cual no conocía, podía servirle de modelo para la protagonista de su novela. Llevaba años pensando en la trama. Quería hacer una revisión de la historia de la Regenta, pero en Castilla. Una mujer castellana, dura. Quería que fuera lesbiana, pero no sabía si eso sería muy comercial. Y él quería que la novela se vendiera.
Los días que no encontraba ninguna excusa para no salir a correr y acababa recorriendo la ribera del Arla medio al trote, medio andando rápido, le gustaba imaginar la presentación del libro. No había estado en ninguna, pero suponía que todo el pueblo iría a verlo. Le gustaba enumerar a la gente que iría a felicitarlo. Si se cruzaba con alguien, siempre jugaba a pensar si esa persona iría o no a la presentación. Antes de que se obsesionara con la novela, le gustaba pensar lo mismo de la gente que acudiría a su funeral y se arrepentirían por no haberlo sabido valorar. La mujer suspiró y levantó la mirada hacia la niña brevemente. Enseguida inventó una historia en la que buscaba razones para el hastío de la mujer.
Javier recordaba aquel parque, recordaba haberse quemado con el hierro del tobogán, haberse clavado astillas en los muslos y haberse raspado con la arena. En aquel momento, por el contrario, todo estaba cubierto por plástico blando, con el que ni siquiera se podían quemar en verano si le daba el sol. Le molestaba reconocerse en los comentarios típicos de viejo, pero creía que un poco de peligro no les vendría mal a esos niños. Se rio para sí mismo. Como si él hubiera corrido peligro alguna vez. Había conseguido escapar de las garras de su madre durante unos años, pero allí estaba, más cerca de ella que nunca. Ella había supuesto, seguro, que el regreso de Javier a Curva de Arla significaría el regreso de Javier a su casa, a su cuarto. Había pasado un año desde su regreso y su madre seguía enfadada. Se encogió de hombros mirando a la niña. Quizá que estuviera enfadada era lo mejor. Así no lo llamaba tanto. Aunque cuando lo hacía tenía que escucharla quejarse de que nadie la quería y de que entre todos la estaban matando.
Odiaba esa actitud. Odiaba que su madre no pudiera ponerse en el lugar de los demás. Si por ella fuera, vivirían todos en su casa, en el mismo cuarto, siempre bajo su mirada. Si por ella fuera, imaginó Javier, los convertiría en pequeños muñecos de porcelana a los que cuidar, mirar y sacar brillo. Su madre era una especie de Holden Caulfield deformado, que no dejaba que los niños se acercasen al precipicio porque no habría precipicio.
—Pasmado.
Se giró. Almudena estaba en la puerta de su clase con un maletín de cuero. Siempre lo llamaba así: «Pasmado». Aunque tenía la deferencia de no hacerlo en el claustro de profesores o delante de los alumnos. En el fondo aquello daba igual, porque en el pueblo todos conocían el mote. Y lo conocían a él. Le sonrió.
—¿Vamos?
Habían quedado en ir de compras a Sallón después de comerse un buen cachopo en el restaurante asturiano que había frente a la catedral. Tenían que celebrar el final del curso. Almudena asintió, sonriendo, y se colocó un mechón. Ya era bastante tarde, esperaba que no pillaran el restaurante cerrado.
—Sí, déjame que compruebe que Saúl no ha matado a los niños y nos marchamos.
Mientras bajaban las escaleras y se dirigían a la salida, Almudena llamó a su marido y le hizo unas cuantas preguntas de control. Javier sonrió con ternura. Sentía una envidia cálida hacia su amiga y su marido. Nunca había sido capaz de tener algo así con Hugo. Ni con Hugo ni con nadie. Y sabía que era culpa suya, por supuesto, sabía que era incapaz de entregarse del todo, de confiar. Siempre pensaba que quizá había alguien mejor y, a la vez, que él no merecía lo que tenía. Era un sentimiento extraño, quizá ese sentimiento fuera el que le había hecho enamorarse de Ana Ozores en cuanto puso sus ojos sobre La Regenta. Eso y el cuelgue que había tenido con su profesor de lengua del bachillerato. Empezó a pensar que quizá se había precipitado dejando a Hugo, que quizá podría haber hecho que funcionara lo de venirse juntos a Curva.
No, aquello sí que no. Hugo no pertenecía al pueblo. Había estado un par de veces en los cinco años que habían pasado juntos, evidentemente, y se llevaba bien con su familia y con sus amigos, pero nunca sería de allí. La ilusión podía durar en Madrid, donde nadie era de ningún sitio, pero en Curva… Cuando Hugo le dijo que estaba dispuesto a pedir teletrabajo y viajar un par de días al mes a Madrid por irse con él, supo que no iba a funcionar, supo que él no era el adecuado. Jamás hubiera podido soportar la presión, la sospecha de que Hugo era infeliz en Curva y que fingía por él.
—Y que Sebas se ponga crema, por Dios te lo pido, no quiero otra quemadura. No. Ya, ya. Vale. De tu parte. Un beso. Yo también. —Colgó el teléfono y lo metió en el maletín cuando llegaban al aparcamiento. Se había levantado algo de brisa caliente. Traía pequeños restos de arena. El aire de Curva siempre tenía arena—. Un beso de parte de Saúl.
Javier sonrió agradecido, Saúl ya era amigo suyo antes de comenzar a salir con Almudena.
—Dale otro cuando lo veas.
Ella levantó los ojos mientras hurgaba en el maletín buscando la llave del coche. Se puso muy seria.
—Casi prefiero que se lo des tú.
Los dos rieron.
—Me ha pedido que le cuente si está hoy el camarero gallego de la otra vez.
Javier notó cómo se sonrojaba.
—¿Qué camarero?
—Ya. Qué camarero. —Siguió rebuscando—. Aquí, joder. Vamos.
Sacó las llaves y abrió el coche. El aparcamiento no tenía sombras y el C5 de Almudena estaba al rojo vivo. Se metió dentro, arrancó, puso el aire y salió de nuevo. Se sopló un mechón de la frente y se hizo una coleta mientras esperaban. Javier se alegró de que no volvieran al tema del camarero gallego. Todo había sido producto de la sidra, la tontería de Saúl y la gracia que le hacía que un gallego trabajara en un asturiano. Javier había comentado que le gustaba más el acento gallego y ahí ya no hubo manera de pararlos. No se detuvieron hasta que no consiguieron el nombre del camarero. Esperaba que a Almudena se le hubiera olvidado la tontería con el paso de las semanas, pero al parecer el camarero debía de ser un tema recurrente con su marido. Su silencio era casi más sospechoso y peligroso que sus comentarios.
Se conocían desde pequeños. Almudena era prácticamente la única amiga que sabía que no lo juzgaría le contara lo que le contara. No había estado de acuerdo con su decisión de volver. Sospechaba que al resto de la cuadrilla le había parecido, por lo menos, extraño su regreso, pero ella había sido la única que le había dicho algo. «Tú y tus vueltas. ¿Qué vas a hacer aquí más que pudrirte y volverte más raro?, qué vocación de mártir tienes, chico, Javier». Sabía que había ido en serio porque le había llamado Javier, no Pasmado. Otros de su cuadrilla lo llamaban Pasmao, pero ella nunca, siempre pronunciaba la letra d. Eso le gustaba. Se preguntó por qué nadie le había llamado nunca Javi.
Nadie excepto Hugo. Y eso le había resultado curioso al principio, pero lo había agradecido. Javi era solo para Hugo, era más cariñoso, más familiar, más divertido. Javier nunca era divertido. Quizá ese fuera el problema. En Curva solo era el Pasmado. Puede que no fuera ni Javi ni Javier, que fuera únicamente el Pasmado.
Entraron en el coche y se pusieron en marcha. Comenzaron a hablar sobre las compras que tenían previstas.
Javier iba buscando, sobre todo, unas gafas de sol y unas bermudas. No estaba seguro de ir a encontrarlas, pues comprarse unos pantalones siempre era una odisea para él. Tenía las piernas anchas y grandes, complicadas para tallas «normales». Cuando tenía que comprarse pantalones acababa volviendo a casa deprimido, con ganas de adelgazar y, a la vez, de alimentarse a base de pizza el resto de su vida y ver el mundo arder. Ni era capaz de adelgazar ni de aceptarse tal y como era. Siempre había algo, alguien, que le recordaba que no era delgado. Encima, en Sallón era complicado encontrar algo bonito que no tuviera, y llevara, todo el mundo. Recordaba el principio del verano anterior, en Madrid, en la piscina de Lago, mirando el cuerpo de la gente y comparándolo con el suyo. ¿Por qué la gente estaba delgada y era guapa? Todos parecían felices, pero a él le costaba horrores levantarse de la toalla y meterse en la piscina. Había entrado en los vestuarios y se había mirado los muslos y el culo en el espejo del baño. Hugo estaba extremadamente delgado y no entendía el sufrimiento de Javier. Siempre le quitaba hierro diciendo que estaba estupendo. Javier agradecía el apoyo positivo y de verdad creía que Hugo disfrutaba con su cuerpo, pero ese no era el problema. Eso, esa enormidad que había visto en el espejo, era la que veía todo el mundo cuando él iba al agua. Esa misma noche tomó la determinación de regresar a Curva para detener aquellos pensamientos.
—Pues a mí me pareció guapo el camarero. —Almudena giraba el volante y miraba por encima del asiento mientras daba marcha atrás.
Javier sonrió.
—Me parece estupendo, Mude. Se lo diré a Saúl.
—A Saúl también le gustó.
—No será esto una encerrona para presentármelo, ¿verdad?
—Ya quisieras. —Se giró de nuevo sonriendo.
Pues la verdad era que sí, que ya quisiera. El camarero era guapo, y quizá fuera gay también, pero en el pueblo eran mucho más complicados de detectar, como si todos se hubieran bajado la pluma un veinte por ciento o como si su radar se hubiera estropeado.
—Mira, no merece la pena ni el esfuerzo. Total, siempre sale mal.
—San Javier Resignado. Pobre Javier. Es el siglo XXI, hay maricones en Sallón y donde sea.
—Oh, qué simpática, gracias. Tiene que ser marica, que eso es lo primero, pero tiene que gustarme, eso lo segundo, y tengo que gustarle yo. Y dentro de eso encontramos todo lo que puede salir mal. Además, ya me estás liando, que no quiero conocer a nadie.
—Mira, cariño, no puedes seguir de luto por Hugo toda la vida. Hace un año. Dime al menos que follaste cuando fuiste a Madrid. Bueno, no me lo digas, que eres capaz de no haberlo hecho.
No lo había hecho. O al menos no de la forma en la que Almudena se imaginaba. Se había toqueteado con un tío en una calle cuando volvía a su hotel borracho, pero inmediatamente se había acordado de Hugo y se había imaginado lo que pensaría si lo viera en aquella situación, como un adolescente hormonado. No, no lo había hecho.
—No digo que sea con este, aunque ojalá, pero algún día tendrá que ser, ¿no? ¿O has venido a Curva a enterrarte en vida?
—Oye, Almudena, ¿no es muy del siglo pasado eso de tener que buscarme un hombre porque sí? No todo el mundo necesita pareja, ¿sabes?
Lo miró de reojo.
—Tú ya sabes a lo que me refiero, Pasmado, no me vengas con esas.
—Los casados siempre queréis empare
