Deudas de sangre

Vladimir Hernández
Vladimir Hernández

Fragmento

Prólogo

PRIMERA PARTE

La última causa justa

Siempre me han gustado las mujeres fuertes, lo cual es una suerte, porque cuando pasas los veinticinco años ya no las hay de otro tipo.

TANA FRENCH,

Faithful Place

1

El día en que los astros se alinean y el destino de Mercè Sardà queda atrapado entre los signos dominantes de fuego de Issa y Elenka coincide con los intensos bombardeos tácticos sobre Kiev, los helicópteros Mi-8 que vuelan bajo sobre el río Dniéper mientras dejan caer las tropas aerotransportadas del ejército ruso.

El termómetro del hotel indica catorce grados al aire libre, pero en Barcelona hace un frío extraño, anímico, que baja desde el lejano norte y estremece la columna vertebral de Euro­pa. Viejos temores, casi olvidados, vuelven a aflorar.

Mercè, jefa de recepción del céntrico HDL Passeig de Gràcia, recién entrada al cambio de turno, está hablando con la gobernanta Maria Dolors por el móvil de empresa mientras observa a su asistente Marc teclear en el terminal táctil del mostrador de recepción y al botones Santiago cargar las maletas de una pareja de mujeres belgas que aferran sus bolsos Louis Vuitton. Con dos tercios de capacidad ocupados y algunas cancelaciones en la última semana, el hotel muestra una relativa calma.

—Sí, claro, señora Maria —dice Mercè al teléfono—, esa es la diferencia entre leer un promocional de hostelería que dice «¡Venga a vivir Barcelona!» e interpretar erróneamente que el mensaje sugiere «Venga a vivir en Barcelona». Hay un gran tre­cho y muchos disgustos y decepciones de por medio.

—Pues por eso mismo te lo digo —replica la gobernanta, y Mercè tiene la impresión de que hay, quizá, una nota de irreverencia en su tono—. Estamos trabajando en ello, pero habrá demoras, así que no pateixis, nena.

—Bueno —le dice Mercè—, de momento tengo a los clientes entretenidos en el Garden con cocktails y tapas, pero no puedo obrar milagros, así que trate de tener listas esas suites lo antes posible, por favor. No queremos que se enojen por la espera y se nos marchen al Majestic, ¿verdad?

Mientras escucha a la gobernanta refunfuñar y contarle dificultades, Mercè sale de recepción y entra a una oficina contigua cuando Federico, el agente de seguridad, centrado en la pantalla de una tele pequeña donde trasmiten un partido de la Champions League, suelta un silbido justo en el instante en que el portero Courtois ataja un penalti de Messi. A ella no le queda claro si para Fede el gol frustrado es motivo de incordio o regocijo malsano, teniendo en cuenta lo reciente que está aún la partida de Messi del FC Barcelona.

—Tranquila —concluye la gobernanta—, te avisaré tan pronto estén listas las suites.

Mercè cuelga, va al baño y se echa un vistazo en el espejo. Lleva unos chinos de vestir color gris oscuro, blusa de un tono blanco roto y la chaqueta del uniforme con la placa dorada con su nombre grabado ajustada sobre la solapa izquierda. Hoy ha escogido un tono melocotón muy suave para los labios, lleva el cabello suelto hasta los hombros —teñido de negro para ocultar las canas prematuras— y se ha anudado al cuello un fular de seda estampado con motivos navideños que compró en La Maison Hermès hace un par de temporadas. Se arregla un mechón rebelde y regresa a la recepción.

—¿Has visto lo que ocurrió anoche en Sálvame Deluxe? —le pregunta Marc con picardía, a sabiendas de su aversión por los programas de crónica social, pero la respuesta se ve interrumpida por una algarabía en la acera a la salida del hotel. Hay movida, se escuchan voces airadas que corean «Слава Україні!», mujeres con pancartas en alto que muestran un puño ensangrentado superpuesto al mapa de Ucrania. Hay también un grupo de chicas muy jóvenes que despliegan una gran bandera ucraniana.

—Esas van a protestar a la delegación del Parlamento —comenta Marc.

—La guerra —murmura ella con agitación. Calamidades. No hay dos sin tres; primero la pandemia, después la pérdida de Clara en el peor momento del confinamiento y ahora la guerra. Otra vez. Un remake de la operación militar de 2014, pero a escala nacional. Ella ha estado siguiendo el tema de las tensiones a través del canal de YouTube de Oscar Vara, un economista de la Universidad Autónoma de Madrid devenido en streamer sobre geopolítica. En los tiempos que corren, acudir a la televisión para informarse se le antoja un despropósito—. El zar suelta otro zarpazo.

—¿Zarpazo? Va tope heavy a por toda Ucrania —dice su asistente con desdén, sin dejar de teclear, un generación Z proactivo bastante domesticado por el arduo oficio de la hostelería—. Qué tío tan plasta, el Putin. Se cree el puto amo de la asertividad política, pero sería mejor que dedicara un poco de su tiempo a ver algún programa ruso al estilo Sálvame

Mercè deja de escuchar lo que Marc está diciendo en el preciso instante en que ve salir del ascensor a la huésped de la 739.

Elenka Vasilyeva —en su opinión— lo eclipsa todo. Bella, elegante, esbelta, uno setenta y cinco. El cabello dorado recogido, pómulos cortantes, piel de alabastro, los labios perfectos repasados con un lápiz labial rosa salmón y ojos de iris azul eléctrico que resalta con un rabillo cat eye estilizado y sombra color cobalto. La chica, que luce un vestido cárdigan color borgoña y zapatos negros de tacón alto, se detiene en seco, como indecisa al ver al grupo de ucranianas protestando en la calle, pero cambia de rumbo y se acerca al mostrador. Aunque el ocaso es un resplandor áureo sobre Collserola, ver sonreír a Elenka es como contemplar un amanecer en miniatura. El corazón de Mercè abandona el trote y galopa cuando la ve aproximarse.

Dobryj Dyen, señorita Vasilyeva —saluda Mercè, que ya ha aprendido a darle los buenos días, las buenas tardes y las buenas noches en ruso. Advierte que la huésped se ha detenido en el extremo del mostrador más alejado de Marc, como buscando complicidad, y se le acerca.

—Buenas tardes, Mercè —responde la chica. Su pronunciación es perfecta. La mayoría de las personas con las que trata en su día a día no son capaces de decir su nombre correcta­mente, pero Elenka, una niña bien cuya dicción sugiere años de academia o en la Escola Oficial d’Idiomes, clava el «marsé» de manera impecable—. Deberías dejar de llamarme Vasilyeva y decirme Elenka.

—¿Elenka?, ¿no sobrepasaría un poco las normas de cortesía? —le pregunta Mercè divertida, moviéndose en el plano informal y esperando que Marc no tenga el oído puesto en conversaciones ajenas.

—Pero ya no somos unas extrañas —insiste ella, y le sonríe con la mirada—. Incluso si de estrechar lazos se trata, deberíamos tomarnos un café una tarde de estas en que haga buen tiempo.

La sugerencia dispara un rubor en las mejillas de Mercè; le sorprende descubrir su propia vulnerabilidad. Tiene la impresión de que después de perder a Clara, se ha convertido en una persona más frágil a nivel emocional. Tomar un café una tarde de buen tiempo podría significar mucho o nada, pero desde luego es un cambio de registro para tratarse de una chica con aires aristocráticos que disimula muy bien a lo que se dedica. Elenka está etiquetada con un perfil de hospedaje que la designa como «nómada digital» en clave autónoma, pero está claro que es una escort de lujo y probablemente tenga montados chanchullos de sexo por webcam. Lo cierto es que es muy discreta, y sus clientes nunca se hacen notar. A veces ha venido a buscarla un hombre llamado Maxim —que paga las cuentas mensuales del hospedaje—, un eslavo de mediana edad con aspecto rudo, el cabello muy negro y sin lustre por cuenta del tinte y una chaqueta de cuero que le da un aspecto juvenil, pero el señor Maxim no suele subir a la habitación y tampoco parece ser un familiar.

—Pues un café será —asiente Mercè—. Un día de estos.

—Un café. Y lo que surja —añade Elenka divertida.

Se ríen. Los límites formales se desdibujan, el rubor se disipa.

—Me parece que necesito tu ayuda —le dice la rusa.

­—Ajá. ¿Qué puedo hacer por ti?

—Tengo una emergencia con la puerta de la habitación.

—¿Qué le pasa?

—Creo que es de lo más impertinente.

—Lo dudo. No nos permitimos tener puertas impertinentes en el HDL.

—Se me ha cerrado. Decidí salir a dar un paseo, pero mientras esperaba el ascensor me di cuenta de que había olvidado algo y al volver a la habitación, descubrí que la tarjeta se me había quedado dentro.

La tarjeta de apertura RFID, de identificación por radiofrecuencia, claro. La habrá dejado metida en la ranura del interruptor de luces, un error muy común en muchos huéspedes. Mercè está a punto de decirle que desde el ordenador de la oficina de seguridad ella puede operar la red RFID del hotel y desbloquear la cerradura de la 739, pero, con la intuición adquirida a lo largo de casi diez años de trabajo, decide otro curso de acción. Saca de un cajón una tarjeta maestra de proximidad y dice:

—Venga, subimos y te la desbloqueo.

En el ascensor, hay un breve silencio que Mercè se apresura a romper.

—Me encanta ese remate que te dibujas con el delineador. Ya me gustaría saber hacerlo, pero me temo que carezco de talento.

El ascensor ronronea y ella evita mirar a la esquina en el techo donde está disimulada la cámara de videovigilancia.

—Es posible que no sea una cuestión de talento —replica Elenka con cierta indulgencia—, sino de paciencia o de falta de tiempo. Todas podemos ser bellas si disponemos de tiempo suficiente. —Hay una nota exótica en la sonoridad de sus palabras que a Mercè le resulta de lo más sensual.

Llegan a la séptima planta y enfilan un pasillo alfombrado.

—Tendrás que sugerirme un tutorial de delineador.

—No será necesario —dice Elenka—. Yo misma te puedo enseñar.

—Te tomo la palabra. Planifícalo para el día que nos tomemos ese café.

Ante la puerta de la 739, la jefa de recepción introduce la tarjeta maestra en el lector de radiofrecuencia y la cerradura se libera con un chasquido. Luego le abre la puerta y declara:

—Problema resuelto.

Spasiba —agradece Elenka, y la invita a pasar con un ademán.

Dentro, la luz está encendida. La llave de la huésped, en efecto, sigue insertada en el interruptor de tarjeta. Mercè cruza el umbral y abandona el ángulo de visión del pasillo. Una tenue fragancia floral flota en el ambiente. La cama está tendida, impecable, y hay un ordenador portátil cerrado sobre la mesa junto al smartTV de cincuenta pulgadas instalado en la pared. Nada turbio que advertir, ningún indicio de actividad licenciosa.

—¿Puedo ofrecerte algo de beber? —pregunta la huésped señalando la mininevera.

Ella quiere responder que no se le permite beber en horario de trabajo, pero las palabras se le atascan en la garganta y no dice nada. La puerta se cierra. Se miran a los ojos.

Mercè suelta un suspiro. «Ya no somos unas extrañas». Ciertos silencios son más elocuentes que las palabras.

Elenka se inclina y la besa en los labios.

El corazón delator, a doscientos por hora.

Lo que a priori Mercè cree que será un pico se convierte en un beso profuso, sereno, de ostentosa intimidad.

2

Dan con ella en Barcelona. Por segunda vez en tres años han tenido suerte; les ha costado muchos meses y esfuerzo, pero terminan por rastrearla y ubicarla.

Por fortuna para Issa, ella también los detecta.

No ha olvidado el adiestramiento, así que se da cuenta de que la están siguiendo al salir del Buenas Migas por el acceso de Diagonal; ahí está, en medio del gentío, el rostro de un hombre con el que se ha cruzado quince minutos antes cuando regresaba del trastero por la calle Minerva y entraba a comprarse una focaccia genovesa y una bebida isotónica.

Ha ocurrido otra vez. Lo acepta. Tarde o temprano iban a encontrarla.

Se detiene junto a la avenida mientras evalúa sus posibilidades. La luz en rojo del semáforo le da una excusa. Se aproxima a la papelera urbana y, mientras deja caer en su interior la focaccia a medio comer, aprovecha para echarle un vistazo disimulado a la muchedumbre. Su ojo entrenado detecta enseguida al segundo operador. Por supuesto. Sabe que habrá un tercero en algún lado; conoce al dedillo los esquemas de seguimiento del DOE, su estilo tenaza previsible y sus procedimientos. Esta vez Issa no reacciona de súbito, no echa a correr, ni siquiera se envara como hizo cuando la rastrearon en Berlín un año antes y estuvieron muy cerca de atraparla.

Cruza la Diagonal y deja atrás la escultura La jirafa coqueta para sumarse a la gente que transita por el paseo de rambla de Catalunya aguzando los sentidos, atenta a ojos avizores y gestos sospechosos. El moderado bullicio en los cafés y terrazas del boulevard que discurre en dirección mar-montaña le resulta reconfortante y la ayuda a mantenerse enfocada, en sintonía con las señales de peligro. Va bajando despacio rumbo a la calle Mallorca, hacia el lugar donde ha dejado aparcado el scooter Honda de Xavier; se pregunta cómo han vuelto a encontrarla.

Tampoco tiene mucha importancia. La alternativa es una opción binaria: rendirse y terminar con el problema o escapar y seguir ganando tiempo.

Al llegar a la esquina, cruza la vía a su izquierda y entra en la pastisseria Mauri por la puerta principal, en Provença. El decorado de Mauri tiene un encanto decadente, con pinturas al fresco en el techo y expositores detrás del mostrador que le traen recuerdos de la droguería Johnson en La Habana. Amparada tras la vidriera del local, haciendo ver que está examinando el surtido de turrones, confitados y bombones, escudriña la calle y observa con atención a los dos hombres del DOE detenerse desorientados en la terraza a continuación del chaflán. Ambos tienen el cabello oscuro, la superan en estatura y, aunque sus chaquetas abultan, ninguno parece especialmente corpulento. En el lenguaje corporal se les nota el temor creciente ante la posibilidad de haberle perdido la pista en pleno Eixample. Les aterra fallar, y ella imagina lo que deben de estar sintiendo, las presiones a las que los estarán sometiendo sus oficiales de campo. Pero se rehacen al verla dentro de Mauri, recuperan la confianza y se quedan a la espera.

Sale por la puerta lateral que da a la rambla y cruza Provença, avanza media manzana, se detiene y se sienta en un banco de madera. Junto a la acera, al otro lado del boulevard, a la salida de una joyería que se asoma al chaflán de Mallorca, está la zona de estacionamiento de motos. Da un trago al botellín de la bebida isotónica y simula hacer una llamada por el móvil. Observa a los dos agentes, que han optado por mantenerse a una distancia prudencial. Deliberan, enmarcados en el halo blanco de la luz de una boutique de calzado deportivo.

Si no fuera una situación de vida o muerte, Issa les regalaría una sonrisa despectiva; son criaturas tropicales de rostro severo, incómodos con esas chaquetas baratas, molestos por el frío húmedo y los cielos nublados, víctimas de una inquietud epidérmica como si fueran seres extraterrestres vestidos con piel humana.

A diez metros del banco, recostado sobre una farola junto a los tilos y vigilando las motos aparcadas, Issa detecta al tercer operador. Le da la espalda y parece más bajo que ella. De pronto se lleva la mano al bolsillo y saca el móvil para atender la llamada entrante de uno de sus compañeros. Está claro que lo están alertando. El tipo se da la vuelta con tal disimulo que resulta ridículo para ubicarla y, entonces, Issa le ve el rostro: cejijunto, rasgos del oriente cubano, la piel color estraza, pálida por haber estado meses lejos del sol.

Le asalta una duda: ¿es la moto la clave de cómo han dado con ella o simplemente están asegurándose de cubrir todas las bases? Quizá la seguridad de Xavier está comprometida. Decide llamarlo al móvil, pero no obtiene respuesta. Salta el contestador, lo cual es un mal indicio.

Issa se incorpora y, como quien recuerda que tiene un trámite pendiente, ignora el estacionamiento y cruza la calle Mallorca, echa el botellín en un contenedor de reciclaje para envases plásticos y luego sigue en dirección a paseo de Gràcia a buscar un terreno despejado, donde sus perseguidores sean más visibles y se sientan más expuestos.

El viento de febrero en la avenida más céntrica y lujosa de la ciudad parece tener colmillos y la obliga a cerrarse la chaqueta vaquera. Issa sabe que el frío es un elemento que juega a su favor; a los operadores del DOE, tan propensos a operar en los climas cálidos de América Central y el sur de la Florida, les cuesta reaccionar y pensar con claridad por debajo de los doce grados centígrados junto al Mediterráneo. Lo sufren. Da igual el tiempo que lleven destinados en Europa, la mayoría de ellos nunca se acostumbra al frío.

Atraída por los rótulos retroiluminados del hotel HDL Passeig de Gràcia, un ardid comienza a rondarle la cabeza y cruza la avenida hacia el edificio. Ya ante la puerta del HDL enciende el móvil y le deja un mensaje de audio a Xavier en el buzón.

—Xavi, da señales de vida, por favor. Es urgente.

El reflejo revelador en el cristal del vestíbulo deja en evidencia a los tres agentes que cruzan el paseo de Gràcia a lo lejos, tan patentes como si sus cuerpos despidieran estelas de calor.

Guarda el móvil y entra en el recibidor.

La acogen la bienhechora calefacción y una recepcionista de ojos amables, fular al cuello y un rostro de nariz griega y grandes pestañas que la asemejan a Adele cuando va tuneada para salir a escena. La empleada, cortés, sonríe y le dice:

—Hola. ¿En qué la puedo ayudar, señorita?

3

Después de solventar los problemas surgidos al final de la tarde y atender los compromisos pendientes con los huéspedes de la tarifa premium, hay un breve remanso de paz en la recepción. Mercè cae en un embeleso al rememorar lo ocurrido con Elenka. En cierto modo, a un nivel profundo, vive un leve estrés postraumático. El beso ha sido un evento parteaguas en su ética laboral, pero también la puerta a un sitio emocional más despierto y vertiginoso.

El interés mutuo, la tensión sexual que ambas estaban deseando resolver, le hizo tomar conciencia de lo deprimida que había estado tras la muerte de su pareja, una circunstancia terrible en los peores días del confinamiento: Clara padecía fiebre muy alta y problemas de respiración; vino a buscarla una ambulancia y ya no regresó a casa. Se enteró de su muerte diez días después por la llamada que un enfermero del Clínic le hizo desde el móvil de la fallecida. Y no pudo enterrarla, por supuesto. Desde entonces, el vacío y la desesperanza se cebaron en ella. Pero ahora, renovada por el beso, se siente vibrante una vez más.

Rememora el calor en el pecho, el gesto trémulo de sus manos, la voz sedosa de Elenka al susurrarle al oído: «Esto lo cambia todo». ¿Qué quiso decir con eso?, reflexiona. ¿Qué pasará cuando vuelvan a verse?

—Esta noche estás en algún sitio muy distante de aquí —le comenta Marc, que regresa de la cocina con dos tazas y un termo y los coloca en una sección bajo el mostrador, oculta de la mirada de los clientes—. ¿Estás pensando en vacaciones en las islas Seychelles?

—Me has leído la mente —responde ella siguiéndole la chanza, y le da un sorbo discreto al té que el asistente le ha preparado—. Estaba haciendo cuentas, pero al final me falta presupuesto. Tendré que conformarme con Punta Cana.

La taza de Marc es blanca, de cerámica termoactiva que forma parte del merchandising del HDL; el logotipo del hotel, impreso en la superficie externa del recipiente, reacciona al calor del café que Marc vierte dentro y brilla con un efecto fosforescente.

—Yo de ti no me desanimaría —dice él—. Pretty Woman sonará a tópico, pero nunca se sabe cuándo va a aparecer un millonario en tu vida.

Mercè le hace una mueca burlona a falta de una buena respuesta.

Entonces la puerta de la calle se desliza y entra una chica al recibidor.

Joven, menos de treinta, piensa Mercè. Grandes ojos marrón claro, el cabello corto y castaño con reflejos más claros y una boca voluptuosa forzada a una expresión de dureza. Envidiable cuerpo de reloj de arena —pero entrenado hasta alcanzar la definición muscular—, senos pequeños y cónicos, piernas bien torneadas y cintura estrecha. Viste unos jeggins azules, chaqueta de tela vaquera sobre una camiseta negra y botas de piel Dr. Martens de un rojo apagado y suelas ­gruesas.

Antes de llegar al mostrador, la chica gira la cabeza para mirar hacia fuera y Mercè, que hoy anda con ojos de lince, se fija en que bajo la luz de la farola-banco Falqués hay tres hombres reunidos. Algo le dice que esa expresión severa está relacionada con ellos.

Espera a que la recién llegada se acerque más y la saluda:

—Hola. ¿En qué la puedo ayudar, señorita?

La chica se detiene un instante, como si el ofrecimiento interrumpiera sus cavilaciones. Luego se repone y le explica que está buscando un sitio de ocio, que si ella le puede recomendar alguno. Habla un catalán diáfano, sin acento, muy urbanita, pero se intuye que su dicción es producto del aprendizaje y que no ha nacido en la ciudad. Mercè le sugiere que suba al Terrace Bar en la planta más alta del HDL: música, ambiente, cocktails y una panorámica inmejorable.

Se abre la puerta y la chica vuelve la vista, alerta, pero se trata de dos turistas que conversan en alemán y muestran rostros distendidos. La recién llegada le da las gracias y se dirige al ascensor y los dos turistas la imitan. Esperan.

El más alto de los tres hombres que ha visto junto a la farola-banco se separa de los otros, entra al hotel y se apresura hacia el ascensor. Esos tipos le dan mala espina. Cuando pasa junto al mostrador, Mercè le pregunta qué puede hacer por él, pero el tipo no le responde y sigue su camino hasta el final del recibidor; a todas luces, otro turista que no habla español y que no necesita información, pues sabe a lo que va. El ascensor se abre, los alemanes le ceden el paso a la chica antes de entrar y el tipo alto los sigue.

Pero Mercè no se fía. Esos tres hombres —los que esperan fuera, el que ha subido— transpiran algo siniestro y no parece que se trate de simple acoso. Hay algo más elaborado, de naturaleza hostil en sus miradas.

Y la chica en sí también transmite una vibra particular. Si Elenka le había parecido un astro luminoso, esta desconocida es, de algún modo, un fenómeno gravitatorio singular, una anomalía que curva la luz y arrastra consigo una oscuridad inconsciente.

En el ascensor los alemanes conversan divertidos; uno aporta la anécdota y el otro suelta una carcajada. Issa comprende el chiste —refiere a amigos comunes e involucra cierta cuota de un bochornoso Schadenfreude—, pero no da muestras de enterarse de lo que dicen. Está pendiente del lenguaje corporal del tercer hombre, el tipo moreno que lleva las riendas de la cacería. Ella tiene la mano derecha en el bolsillo de la chaqueta y los músculos en tensión; se pregunta cuál será la reacción del tipo si los turistas se bajan en alguna planta intermedia y ellos se quedaran solos en el ascensor.

Se fija en el rostro del agente: ve un mapa de carencias nacionales, cicatrices de déficit alimentario en el pasado, líneas de tensión recientes, cansancio en la mirada y la severidad de quien no tiene en mente una noche de asueto. Estas no son para los perros de presa. Y él es un perro rabioso. Uno que vive para acatar órdenes y morder.

Una vez, hace tiempo, intentaron convertir a Issa en algo así.

A Mercè se le ha quedado mal cuerpo. Siente una comezón en la base del cuello, que es la forma en que suele reaccionar al enfrentarse a lo imponderable. Olvida el té, deja a Marc en el mostrador y entra en la oficina de seguridad.

Federico está reclinado en su asiento frente a los monitores, con los ojos cerrados y la respiración regular de quien duerme. Tiene suerte de que el señor Miquel Folch, gerente del hotel, ya se haya ido a casa. Ella usa el ratón y hace clic para ampliar la ventana que muestra la imagen en tiempo real captada por la cámara del interior del ascensor. El dispositivo de videovigilancia está en una esquina propicia, encima del tipo alto, que permite ver a la chica recostada contra el espejo, la rigidez de su postura, la mano oculta en el bolsillo. Mercè maniobra sobre el teclado para rotar la lente de la cámara y observar mejor la expresión del desconocido cuya presencia la inquieta.

—¿Te preocupa algo? —pregunta Federico; ha abierto los ojos al escuchar el golpeteo de los dedos sobre las teclas.

—Me preocupa todo, aunque no haga aspavientos por nada —le dice ella—. No todos podemos darnos el lujo de dormir en el puesto de trabajo.

—Venga, jefa, no seas así —protesta él un tanto divertido—, si en vez de ser una loba solitaria estuvieras casada, como estoy yo, y tu mujer embarazada se desvelara todas las madrugadas llorando por los ataques de ansiedad que le provocan los cambios hormonales de la gestación y encima tuvieras dos críos pequeños que te despertaran constantemente dando berridos, sabrías que eso que llamas «dormir» es un privilegio que se acabó para ti.

—¿Me estás contando milongas, Fede?

—Ojalá lo fueran. ¿Tú por qué crees que prefiero el turno de noche? Porque entre intentar dormir en casa y quedarme sobado aquí, lo segundo me renta más. Así que, por favor, ten un poquito de empatía con los compañeros de trinchera.

Ella guarda silencio mientras consigue efectuar la rotación y enfoca el rostro del hombre moreno a partir del reflejo en el espejo. El hecho de que esté ignorando la mirada de la chica lo hace aún más sospechoso; nadie esquivaría los ojos de una mujer guapa en un espacio tan estrecho.

Para alivio de Issa, los alemanes no abandonan el ascensor en ninguna planta intermedia —está claro que no son huéspedes del HDL—, de modo que suben sin escalas hasta el rooftop del edificio. La música chic, las luces tenues y el frío atemperado por las estufas de combustión y el techo articulado de vidrio que cubre parcialmente el Terrace Bar los reciben.

Hay poca gente, la noche recién abre los ojos. Issa se aleja del resto y escoge un lugar al fondo del local donde pueda vigilarlo todo con tranquilidad y evitar que Rabioso se coloque detrás de ella. Se sienta en un sofá con cojines mullidos junto a una mesa redonda de madera laminada. En el centro de cada una de ellas hay una cuba de aspecto rústico donde crece un helecho y un cesto en miniatura con servilletas de papel que llevan impreso el logo del hotel.

El camarero viene con la carta. Issa pide un Aperol spritz que no piensa tocar y paga en efectivo. Hay un pinchadiscos a cargo de la mezcla de las pistas de música y cinco mujeres que frisan la cincuentena charlan animadas a dos mesas del sofá donde está Issa mientras beben vino espumoso; hablan en francés sobre una boda reciente en algún lugar de la Costa Azul cerca de Cannes.

Protegida por la tenue iluminación, observa lo que hace Rabioso. Ha pedido whisky con hielo —tan predecible, ha evitado el ron para no delatar su cubanía—, un platito con olivas y un surtido de quesos; ahora mismo está enfrascado en una conversación por el móvil, presumiblemente compartiendo con sus compañeros información de contexto y logística. Él también ha pagado con efectivo; en ese oficio nadie quiere dejar rastro digital de su identidad.

Desde su posición privilegiada fuera del techo articulado, Issa contempla la panorámica de la Barcelona nocturna. Abajo reluce la Milla de Oro de la ciudad, desde plaza Catalunya hasta los jardinets de Gràcia y el hotel Casa Fuster. Los haces de luz que brotan del Palau Nacional de Montjuïc hienden la noche húmeda y sin estrellas.

El móvil le vibra en el bolsillo de la chaqueta

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