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Sábado, 6 de junio de 1812
Estaba previsto que nos encontráramos con él en el Paseo Oscuro. No era la situación más ideal: dos mujeres sin carabina que iban a enfrentarse al hombre que las chantajeaba en la zona más desierta y menos iluminada de los jardines Vauxhall. Aun así, yo había ido preparada…, más o menos. Lo único que debíamos hacer era aguardar a que llegara la hora acordada.
Moví el reloj que llevaba al cuello para que capturase la luz de las lámparas de aceite colgadas de la rama del árbol que quedaba encima de mí, pero fui incapaz de distinguir la elegante esfera. El célebre espectáculo de luces estaba a punto de terminar; las lámparas coloridas —debía de haber unas mil y pendían de festones alrededor de los árboles y de los pabellones— habían comenzado a apagarse. Por una vez, mi altura —impropia para una dama— supondría una ventaja. Me puse de puntillas y levanté el reloj hasta el destello casi extinguido de la lámpara que estaba más cerca de mí. Por fin discerní las manecillas doradas: faltaba un cuarto de hora para la medianoche.
Toqué el brazo de mi hermana. Se giró y dejó de observar a los bailarines, cuyas siluetas se recortaban contra la torre de la orquesta.
—¿Ya? —me preguntó por encima de la estruendosa música de Händel.
—Hay por lo menos diez minutos hasta el Paseo Oscuro.
—¿Estás segura de que debemos hacerlo, Gussie? —Se arrebujó con fuerza el chal lila sobre los hombros—. No podemos fiarnos de que él cumpla con su palabra, sobre todo en un lugar tan solitario. Podría atacarnos.
Mi hermana estaba en lo cierto. El señor Harley ya había demostrado ser deshonroso, y, si bien el Paseo Oscuro era famoso por tratarse de un enclave ilícito donde se daban cita los amantes, también contaba con una lúgubre historia de ataques a mujeres, y a veces incluso a hombres. De todos modos, le había prometido a Charlotte, lady Davenport, que íbamos a recuperar sus cartas con la mayor discreción posible. Ella nos había defendido después de la escandalosa muerte de nuestro padre, así que ni que decir tiene que pensábamos ayudarla a cambio. A pesar de lo que solía creer la gente, el honor no era propiedad exclusiva de los hombres.
Levanté el bolso entre nosotras; la piedra que contenía lo despojaba de la forma habitual de piña. En realidad se trataba de una de mis creaciones de costura menos conseguidas, pero por lo menos hacía las veces de arma sólida.
—Al final nos enviarán a las colonias. —Mi hermana observó mi bolso con recelo.
—Sandeces. Dudo que necesite usarlo. Él quiere el dinero; nosotras, las cartas. Será un intercambio bastante sencillo. —Mejor dicho, esperaba no tener que usarlo. La idea del arma improvisada se me había ocurrido tarde, menos de una hora antes de que saliéramos rumbo a los jardines, así que tan solo había dispuesto de veinte minutos para practicar la puntería en los establos. Acerté en el blanco dos veces de diez intentos, una puntuación poco alentadora.
Julia soltó una resignada exhalación, cuya intensidad hizo que las plumas moradas que llevaba en el pelo se agitaran. Chal lila, plumas moradas, vestido gris: los tonos del luto. Junio, con el triste aniversario de la muerte de su prometido, siempre era un mes complicado para mi querida hermana.
—¿Tienes el colgante? —le pregunté.
Levantó su bolso con el cordón y el accesorio negro se balanceó entre ambas como si fuese un péndulo.
—Lo he contemplado veinte veces desde que hemos llegado. ¿Lord Davenport no reparará en la desaparición de unos diamantes tan bonitos?
—Según Charlotte, no repara más que en el vino de Burdeos, las cartas y los caballos. —Dicho lo cual, se parecía a cualquier otro esposo de Londres.
—¡Lady Augusta! ¿Es lady Julia su acompañante? —exclamó una voz aguda—. Por supuesto que sí. Qué alegría verlas a ambas.
—Ay, Dios. No tenemos tiempo para ella.
En efecto, no lo teníamos. Pero, a diferencia de Julia, yo ya me había girado hacia la propietaria de la voz y me vi obligada a sonreír para saludarla cuando se nos aproximó.
—Lady Kellmore, ¿cómo está? —le contesté. Miré hacia mi hermana. «Deberíamos echar a correr».
Julia torció los labios. «Ojalá pudiéramos». A veces no necesitábamos verbalizar nuestros pensamientos. Éramos capaces de leerlos en la expresión de la otra. Nuestro padre lo había denominado nuestra «lengua de mellizas».
A regañadientes, mi hermana se giró para saludar a la mujer y soltó un débil gruñido con un fastidio que sin duda alguna se debía al vestido de rayas verdes, naranjas y borgoñas que se acercaba.
—¡Estoy congelada hasta el tuétano! —aseveró lady Kellmore—. Este verano bien podría afirmar ser invierno y terminar de una vez. —Se inclinó en una reverencia para responder a la nuestra esbozando una mueca de tristeza con su boca de finos labios—. He venido con su hermano, pero se me ha ocurrido acercarme a darle mi pésame, lady Julia, ya que es el segundo aniversario del accidente de lord Robert. Siempre dije que la suya sería la boda del año. Todos habíamos esperado muchísimo tiempo para ver a una de las mellizas Colebrook contrayendo nupcias. —Miró hacia mí y me incluyó en el espanto que suponía nuestra larga soltería—. Qué lástima que no llegara a suceder, ¿verdad? Como bien saben, mi querido Kellmore es primo tercero de parte de los Hays y fue un duro golpe para la familia. —Observó con mayor atención la rígida sonrisa de Julia—. Y para usted, por supuesto. Veo que sigue de luto.
Mi hermana consiguió asentir con la cabeza.
Santo cielo, si la mujer seguía por esa senda iba a sumergir a Julia en un océano de desesperación. La excursión a Vauxhall debía distraer a mi hermana de su pena, no recrudecerla. La cogí del brazo para disponernos a partir, pero lady Kellmore se iba adentrando en aguas más profundas.
—Qué mala suerte desnucarse durante una cacería, y sobre todo con una valla tan baja. —Sus dedos con guantes verdes recorrieron durante unos segundos los pliegues claros de su cuello—. Kellmore me comentó que lord Robert siempre se caía de la montura, y que no era el mejor de los jinetes, pero esa vez… —juntó las manos en una palmada amortiguada que hizo que mi hermana se encogiera— la caída fue fatídica. Para mí la culpa es de lord Brandale y de su condenado caballo. Fue muy triste.
—Sí que fue triste —tercié antes de que Julia pudiera responder—. Es una pena, pero ya nos marchábamos a casa. Ha sido un placer volver a verla.
Asentí para despedirme y tiré del brazo de mi hermana para conducirla cuesta abajo hacia la torre de la orquesta. Su cuerpo estaba tenso como la cuerda de un arpa y la suave curva de su mandíbula, tan apretada que por una vez lucía los mismos rasgos angulares que yo.
—Quítatela de la cabeza, querida —le dije por encima de los primeros compases de un último baile—. Tiene buena intención, pero la misma delicadeza que un rocín.
—Se equivoca de todo punto con la pericia de Robert a caballo… Era muy buen jinete —siseó Julia en tanto esquivábamos a los bailarines y salíamos a la hierba aplanada en dirección a la gravilla del Gran Paseo.
Me abstuve de responder —había visto cómo montaba lord Robert—, pero la rabia de Julia era esperanzadora. Cualquier cosa era mejor que la honda melancolía de las dos últimas semanas.
Ante nosotras, numerosos festones azules y lámparas rojas colgaban entre los sicomoros y los olmos que flanqueaban el amplio paseo, cuyas reconfortantes luces seguían centelleando. El Gran Paseo era el centro mismo de los jardines de recreo, pero allí casi nunca solía haber nadie. La mayoría de los reservados que daban al paseo y donde la gente a menudo cenaba estaban vacíos, solo quedaban unos cuantos grupos bebiendo vino y picoteando de los platos que tenían ante sí. Pasamos por delante del reservado que habíamos alquilado; la pared del fondo estaba decorada con el cuadro de Francis Hayman dedicado a los bailarines del palo de mayo, cuya belleza quedaba oscurecida por los dos camareros que se apresuraban a recoger los platos que habíamos dejado. En el aire seguía flotando el olor a pollo asado y a jamón, que me recordaron que había estado demasiado distraída como para comerme la cena que habíamos pedido. Era evidente que el espectáculo de la velada casi había llegado a su fin: los jardines iban a cerrar las puertas al poco. Muy probablemente, el Paseo Oscuro estaría desierto a esas alturas; una idea un tanto siniestra. Aunque, bien pensado, no queríamos que nadie fuera testigo de nuestro despreciable intercambio.
Enlacé mi brazo con el de Julia, en busca más de calidez que de solidaridad, y empezamos a recorrer el ancho bulevar.
—Deberíamos habernos puesto botines —comenté—. Con las zapatillas noto todas y cada una de las piedras del camino.
—No podemos ponernos botines con un vestido de noche —aseguró Julia con rotundidad—. Ni siquiera cuando las circunstancias apremian.
Reprimí una sonrisa. El sentido del estilo y de la propiedad de mi hermana siempre era impecable, y un blanco muy fácil para las bromas.
—Ah, muy graciosa. —Julia me miró de reojo—. Lo siguiente será que sugieras que nos pongamos ropa masculina.
—Ojalá pudiéramos —dije—. Los bombachos serían muchísimo más convenientes que los vestidos de seda.
—¿Tú cómo lo sabes? —me preguntó Julia—. Por Dios, Gus, no te habrás puesto las ropas de padre, ¿verdad?
Mi hermana sabía que me había hecho con algunas prendas de mi padre tras su muerte; él y yo teníamos la misma altura y la misma complexión nervuda. La ropa pertenecía de pleno derecho a mi hermano al ser el heredero del título —así como de cada una de las propiedades de nuestro padre—, pero me las quedé de todos modos. Era un vínculo con él y una especie de recuerdo.
—Por supuesto que no. Solo era una conjetura.
Julia se apoyó en mi brazo.
—El mero hecho de probártelas sería morboso. —Me dio un suave golpecito y me dedicó una de sus dulces sonrisas—. De todas formas, estarías espléndida con, por ejemplo, un uniforme de húsar. Tienes una altura imponente para ello, y los adornos dorados irían a juego con tu pelo.
Me reí. Como siempre, Julia estaba siendo muy leal. Mi pelo castaño oscuro ni siquiera se acercaba a un tono dorado —de hecho, ya lucía mechones plateados—, y hasta el momento mi metro setenta y cinco había resultado más incómodo que imponente. Ella, en cambio, había recibido la bendición de la melena castaña clara de los Colebrook, en la que no parecía pasar el tiempo, y su metro cincuenta y cinco resultaba más refinado.
Cuando éramos pequeñas, un día me eché a llorar porque no éramos idénticas. Mi padre me llevó aparte y me dijo que las copias se le antojaban perturbadoras y que estaba muy satisfecho con sus dos hijas diferentes. Había sido un buen padre y un mejor hombre. Pero para la sociedad su sórdida muerte, acaecida cinco años antes encima de una ramera de un barrio cualquiera, había sido el colmo.
Casi nos había manchado también a mi hermana y a mí, pues fui tan imprudente como para ir a aquella casucha a recuperar el cuerpo de mi padre; no soportaba la idea de que la gente lo observara embobada ni que fuese una fuente de diversión para ellos. El destino quiso que me dejara ver en un burdel. Una mujer soltera de buena cuna no debería conocer siquiera la existencia de aquellos lugares, y mucho menos entrar en uno y hablar con quienes lo habitaban. Me convertí en la nueva protagonista de los rumores, y los chismes solamente se atajaron y volvimos a aparecer en las listas de invitadas gracias al firme apoyo de nuestros amigos más influyentes.
Unas cuantas personas normales y corrientes —las mujeres con chales sobre los vestidos de algodón y los hombres con pañuelos estampados y austeros trajes de lana— estaban apiñadas alrededor de una cantante en la linde del camino. La balada lastimera de la mujer hizo que Julia girara la cabeza cuando pasamos por delante de ella.
—La canción de las hadas —dijo—. Una de las preferidas de Robert.
Aceleré el paso para dejar atrás el recuerdo. El destino parecía conspirar en mi contra.
Atrajimos varias miradas al encaminarnos hacia la sombría entrada del Paseo Oscuro, sobre todo por parte de las mujeres que iban con sus esposos y que fruncían los labios para dejar claro lo que pensaban.
—Quizá deberíamos haber venido con Samuel y con Albert —susurró Julia. Mi hermana también se había fijado en la reprobación femenina que nos rodeaba.
—Charlotte no quiere que nuestros criados se enteren de sus asuntos —dije—. Además, no somos temblorosas muchachas en nuestra primera temporada. No es necesario que nos acompañen en todo momento.
—¿Te acuerdas del código que nos inventamos para advertirnos la una a la otra con respecto a los hombres de nuestro círculo? —me preguntó Julia—. El código que se basaba en estos jardines.
—A duras penas. —Rebusqué en mi memoria—. Vamos a ver: un Paseo Ancho era un tipo aburrido y pomposo, un Reservado era un cazafortunas…
—Y un Paseo Oscuro era la línea más roja de todas —dijo Julia—. Un hombre en absoluto de fiar, con el que nunca debíamos quedarnos a solas. El apodo se basaba en los espantosos ataques que tuvieron lugar por aquel entonces en el Paseo Oscuro. ¿Los recuerdas?
Sí los recordaba: muchachas respetables a las que habían sacado del camino y atacado de la peor de las maneras.
—Eso fue hace más de veinte años, querida. Ahora somos mujeres de cuarenta y dos, muy capaces de cuidar de nosotras mismas.
—No es lo que diría Duffy.
Ciertamente, a nuestro hermano, el conde de Duffield, lo horrorizaría saber que habíamos ido a los jardines Vauxhall por nuestra cuenta, y más aún que nos habíamos atrevido a adentrarnos en la indecente reputación del Paseo Oscuro.
—Duffy nos obligaría a pasar la vida cosiendo o tomando té con cualquier madre que viese a su propia hija como la nueva lady Duffield.
—En efecto —asintió Julia—, pero solo te pones tan vehemente porque sabes que esto pasa de castaño oscuro. Por no decir que es peligroso.
No la miré a los ojos. Mi hermana me conocía demasiado bien.
—Bueno, sea como fuere, ya hemos llegado —dije señalando al Paseo Oscuro, que quedaba a nuestra derecha.
A ambos lados del camino se alzaban enormes robles nudosos, cuyas altas ramas casi se encontraban en el centro para crear un sombrío túnel de follaje. Una lámpara iluminaba la entrada, pero en el sendero no vi ninguna otra luz. Ni a ninguna otra persona.
—Está a la altura del nombre que tiene —murmuró Julia.
Las dos nos quedamos observando la impenetrable profundidad del camino.
—¿Deberíamos hacer lo que querría Duffy y dar media vuelta? —le pregunté.
—Antes preferiría ir a la ópera vestida de algodón —respondió Julia tirando de mí hacia delante.
Conocía a mi hermana tanto como ella a mí.
Por encima de nosotras, el dosel de hojas lograba que el aire pareciera aún más frío, y solo proporcionaban cierta luz los destellos de la media luna que se colaban entre las ramas. Los ruidos fuertes de los jardines de recreo —la música, las voces y los lejanos chasquidos de las vajillas— se volvieron más y más amortiguados conforme avanzamos por el camino.
—Charlotte nos indicó que debíamos dirigirnos hacia el mural del artista, y que el señor Harley nos detendría en algún punto —susurré. Al parecer el mural era una broma para el espectador: mostraba a un artista con escalera, botes y brochas que pintaba el mural en el que estaba situado. Entorné los ojos en la penumbra y encontré la débil silueta de un rectángulo enorme en el extremo más alejado del largo sendero. La luz de la luna incidía en él de forma extraña y plana—. Creo que se encuentra por allí.
—¿Por qué no ha venido la propia Charlotte? —quiso saber Julia—. ¿Por qué dijiste que lo haríamos nosotras?
—Porque después de que padre muriera nos invitó a todas sus fiestas y cenas, y no permitió que nadie nos diera la espalda.
Charlotte había sido una de las amistades que había usado su posición y su influencia en mi favor sin esperar nada a cambio. De hecho, ni siquiera nos había pedido que le hiciéramos el favor de recuperar las cartas del amante que le estaba haciendo chantaje. Más bien me ofrecí yo cuando me contó la triste historia. Me pareció la manera perfecta de retribuirle su generosidad y, al mismo tiempo, de distraer a mi hermana.
—Estás exagerando de nuevo —protestó Julia—. Recuerdo que nadie nos dio la espalda.
Metí un poco la barbilla. Mi hermana tenía tendencia a reescribir la historia. No, eso resultaba excesivo. Ella veía un mundo más amable y piadoso que el que veía yo, una predisposición feliz que me propuse que debía mantener. Sabía por experiencia propia que la alternativa era demasiado desoladora.
—Deberíamos haber cogido una lámpara. —Julia me permitió incrementar el ritmo.
—¿De dónde? ¿De la tienda de lámparas que tan convenientemente deberían haber instalado detrás de la orquesta? —Mi pregunta sonó con una pizca de brusquedad de más.
—No adoptes el papel de la señorita Ironía —me dijo.
Le di un apretón en el brazo para disculparme. La incertidumbre y los planes mal concebidos siempre me volvían sarcástica.
—Ah. —Señaló hacia delante—. ¿Lo ves?
En efecto, lo veía: un débil destello en el extremo del camino. Una lámpara. La luz se movió hacia delante cuando nos aproximamos, y la silueta de un hombre con un alto sombrero de castor y gabán se colocó en el sendero.
—¿Señor Harley? —pregunté.
El hombre hizo una reverencia. Por lo que vi gracias a la luz de su lámpara, era un hombre fuerte, con una cintura estrecha y unos hombros anchos que resultaban más impresionantes todavía por la extravagancia de capas de su abrigo. Fallaba un poco, tal vez, en la altura: era un dedo o así más bajo que yo, si bien contaba con la ventaja del peso y de los miembros largos. Olí el agua de lavanda de Price and Gosnell, la misma colonia que usaba nuestro hermano. Era la opción preferida de los tipos que iban a la moda o, más probable en ese caso, de los que lo intentaban con todas sus fuerzas. Tenía un rostro atractivo también, algo que me sorprendió. No era singular en demasía, sino en su justa medida, con una frente amplia, una barbilla afilada y una boca grande que esbozaba una sonrisa encantadora. La verdad del señor Harley, sin embargo, recalaba en sus ojos, de un azul pálido y entornados para mostrar una expresión de irritado cálculo. ¿Por qué diantres Charlotte se había puesto en tan serio peligro por él?
—¿Ella os envía? —nos soltó—. Por supuesto que sí. No es de las que se enfrenta a las consecuencias.
—Si se refiere a la condesa de Davenport, en ese caso sí, somos sus emisarias. —Sus modales ofensivos me llevaron a verbalizar mis pensamientos—. Pero no sé qué es lo que vio en usted.
—La condesa estaba más que satisfecha con nuestra relación. —Su sonrisa se ensanchó—. Tanto, de hecho, que apenas conseguía alejarse de la cama.
Mis mejillas empezaron a arder. A mi lado, Julia se quedó sin aliento y me aferró el brazo para no perder el equilibrio ante tamaña vulgaridad.
—Ahora vayamos al asunto que nos ocupa —añadió Harley, cuya voz pasó de ladina e insinuante a apremiante y decidida—. Seguidme.
Dio media vuelta y se alejó entre los matojos en los que su lámpara iluminaba un camino irregular. Por el modo en que crujían las ramas y la hierba al pisotearlas, quedaba claro que era un sendero muy reciente.
—Gus, no podemos ir por allí. —Julia tiró de mi manga.
—Señor Harley, haremos el intercambio aquí —exclamé en alto hacia su espalda, que se iba alejando.
Se detuvo y se giró, y la luz amarilla de su lámpara iluminó su ceño fruncido.
—No, lady Augusta. Haremos el intercambio donde yo lo diga.
Así que sabía quiénes éramos. Debí habérmelo imaginado. Un hombre como él tenía en su haber una copia del libro Debrett’s, el compendio de las familias aristocráticas inglesas, por supuesto.
—No lo creo —dije procurando hablar con voz calma—. O hacemos el intercambio aquí o no lo hacemos en absoluto.
El señor Harley se quedó quieto unos segundos, por lo menos durante cinco de mis acelerados latidos, y lentamente desanduvo varios pasos. A mi lado, Julia soltó un débil suspiro de alivio.
La miré y ladeé la cabeza: «Ponte detrás de mí, querida».
Mi hermana apretó los labios: «Me quedaré a tu lado».
Muy valiente, pero yo sabía que no estaba hecha para enfrentarse a nadie. Abrí los ojos como platos: «Por favor».
A regañadientes, dio un paso atrás. A fin de cuentas, yo era la mayor por quince minutos y varios dedos más alta. Además llevaba la piedra. Moví el bolso y noté el reconfortante balanceo que daba.
El hombre se detuvo delante de mí y miró a ambos lados por el camino. A lo lejos, delante del mural, se veía la sombría silueta de un hombre que, al parecer, examinaba la pintura con intensidad. Por lo demás, el Paseo Oscuro estaba vacío y las hojas de los árboles, plateadas bajo la luz de la luna, nos susurraban gracias a la fría brisa nocturna.
—Enséñame el colgante —dijo.
—Enséñeme usted las cartas —salté imitando su tono cortante.
Nos medimos con la mirada, ninguno de los dos cedía terreno, y lo vi asentir ligeramente. Me giré para coger el bolso de Julia en el mismo momento en que el señor Harley metía una mano en el interior de su abrigo.
—Creo que podremos hacer un… —Me callé al darme cuenta de que estaba observando el cañón de una pistola. De calibre dieciséis, me pareció advertir. El muy canalla había sacado una pistola para apuntarnos.
—Dámelo, lady Augusta —me exigió.
Tanto la rabia como el temor impulsaron mi mano hacia atrás. Balanceé el bolso con todas mis fuerzas, y la piedra cubierta de seda lo golpeó en sus partes bajas. Él soltó un grito ensordecedor y, durante unos segundos, vi el pánico que le demudaba el rostro. ¡Había dado en el blanco! Cayó de rodillas y soltó la lámpara y la pistola, que volaron hacia la maleza. Me abalancé hacia delante y cogí la pistola. Harley ya se estaba incorporando con la cara roja y expresión asesina. Tuvo que sentarse en el suelo. Le di un buen golpe en la sien con la culata del arma, lo bastante fuerte como para dejarlo inconsciente. Por lo menos eso era lo que esperaba yo, pero siempre había margen para el error.
Se desplomó de lado como si de un fardo se tratara.
Julia y yo nos quedamos mirando unos instantes su cuerpo boca abajo.
—Ay, Gus, ¿qué has hecho? —dijo mi hermana al fin con voz baja por el terror.
—No está muerto. —Mis palabras estaban teñidas de más esperanza que certeza.
—¡Podría haberte disparado! ¡Podría haberme disparado a mí!
—No. La pistola no estaba amartillada.
Había una cosa de lo que sí estaba segura: de si un arma estaba amartillada o no. Era la ventaja de haber tenido un padre al que salir de caza lo volvía loco y un guardabosques muy meticuloso que no había dudado en enseñarle a disparar a una joven dama. Si lo supe antes o después de golpearlo, esa era una cuestión totalmente distinta… que más valía dejar de lado.
—Toma, cógela. —Le di la pistola a Julia, solo con un ligero temblor de manos, y recuperé la lámpara, que seguía encendida. Observé el rostro de Harley, de una palidez alarmante. Me quité el guante y con los dedos desnudos le tapé la nariz y la boca. Ah, una breve expulsión de aire me rozó la piel. No lo había matado. Di gracias por ello. Dejé la lámpara en el suelo y metí una mano en el bolsillo de su gabán. Estaba vacío.
—Date prisa —me apremió Julia, sujetando la pistola como si fuera una rata muerta—. ¡Se acerca alguien!
Por el sonido de sus pasos, el tipo que había estado analizando el mural se dirigía hacia nosotros a gran velocidad. Tiré del otro lado del abrigo del señor Harley para que su cuerpo dejara de aplastarlo e introduje una mano en el bolsillo liberado. Rodeé con los dedos un atajo de papeles atado con una cinta.
—Disculpen, ¿se encuentran bien? —nos dijo el hombre.
Julia se guardó la pistola en el bolso mientras yo sacaba el fajo de hojas. Un montón de cartas, todas ellas con una dirección escrita por la letra de Charlotte.
El señor Harley se removió, y sus párpados se movieron hasta abrirse.
Me incliné y me puse a pocos dedos de su expresión de hondo desconcierto.
—Márchese de Londres, señor Harley —le dije lenta y claramente— o airearé lo sinvergüenza que es. ¿Le ha quedado claro?
El significado de mis palabras quedó apresado en sus ojos. Asintió.
—¿Es usted, lady Julia? ¿Está lady Augusta con usted? —Reconocí la voz: era Bertie Helden. No era el hombre más astuto del mundo, pero sí un caballero hasta la médula—. ¿Se encuentran bien? Debo decirles que no creo que Duffield quisiera verlas por aquí.
Me levanté del suelo y envolví las cartas con los guantes para ocultar el paquete entre los pliegues de mis faldas de muselina.
—Lord Cholton, qué alegría —exclamó Julia con voz animada cuando Bertie apareció junto a nosotros con el rostro redondo de color rojo por el esfuerzo—. Estamos bien, pero al pasar por aquí nos hemos encontrado a este pobre hombre. Al parecer, se ha desmayado.
Bertie se quedó mirando la silueta de Harley y negó con la cabeza.
—Me apuesto a que el tipo está confundido. Siento mucho que hayan tenido que presenciar este espectáculo. No se preocupen, iré a avisar a los guardias de los jardines.
—Muchas gracias, lord Cholton —dije antes de hacerle una reverencia.
Al verme, mi hermana me imitó y las dos nos marchamos por el camino mientras Bertie iba a ayudar al detestable y aturdido señor Harley.
2
Iglesia de St. George’s,
Hanover Square, Londres
L a sagrada comunión solía darme consuelo, pero ese día me pareció un acto vacío. Me santigüé y apreté los labios al notar el sabor agrio del vino. El reverendo Cartwright hizo la señal divina, limpió el extremo del cáliz con su tela blanca y pasó al siguiente suplicante que estaba arrodillado junto a la barandilla del altar.
Todavía no se había percatado de la cabra que vivía en su rebaño de corderos; un pastor un tanto ciego.
Me puse en pie, recogí el dobladillo de mi vestido para evitar el peligro de los tacones de mis botas y seguí a Julia por el pasillo de la iglesia hasta nuestros asientos. Unos cuantos meses atrás, ese breve trayecto me habría pasado del todo desapercibido. Ese día me dio la sensación de que todos los ojos me perforaban el pecho en busca de la mancha negra de dudas que me emborronaba el corazón. Una idea absurda, pero la idea de que me descubrieran resultaba insoportable. Ser apóstata era mucho más detestable que ser católico.
Y lo que era peor: si Julia descubría que yo ya no creía en Dios, sus temores por mi alma eterna serían más dolorosos que la duda en sí misma. Habría sido demasiado cruel hacer tambalear su fe cuando más la necesitaba.
Seis meses atrás, nuestro médico había encontrado un pequeño bulto en su seno. Dijo que era probable que fuese cáncer de mama, pero no podía estar seguro. En esa escasa incertidumbre, Julia me había prometido que no se obcecaría con ello ni en su cabeza ni en el momento de conversar. Según ella, era la voluntad de Dios, así que soportaría cuanto fuese a ocurrir. Ya entonces algo en mi interior se opuso a esa afirmación. ¿Qué clase de dios permitía tanto sufrimiento —el fallecimiento de un prometido y un padre amados, y después cáncer— en una de sus devotas más fieles? Sin lugar a duda, no uno que a mí me apeteciese venerar.
Abrí la puerta de roble de nuestro reservado y me senté en el banco acojinado junto a mi hermana. Nuestro padre lo había comprado muchos años antes, en parte porque la iglesia de St. George’s le resultaba conveniente para sus dos casas de Londres, pero sobre todo porque se trataba de la iglesia más a la moda de la ciudad. Quizá el dios cuya existencia yo cuestionaba me aniquilaría por sentarme en una de sus casas. Qué disparate filosófico: si no existía, no podría aniquilarme. En el último mes aproximadamente había descubierto que suponía mucha más filosofía el mero hecho de dudar que el de creer.
Charlotte se encontraba sentada en la localidad opuesta, con los ojos bajos como si estuviera rezando, pero vi su expresión, que se debatía entre el aburrimiento y la impaciencia. Yo llevaba sus cartas y su colgante de diamantes envueltos discretamente en un pañuelo de lino en el interior de mi bolso, dispuestos para devolvérselos de manera triunfal. Debió de darse cuenta de que la miraba, pues levantó la vista y me sonrió. Miré hacia las puertas de la iglesia y ladeé la cabeza: «¿Nos vemos después del oficio?». Asintió.
Todavía me costaba creer que se hubiera involucrado con el señor Harley. Supongo que en lo que a deseo carnal se refiere no hay nada escrito. Yo hacía bastante tiempo que no sentía esa clase de pulsión y tal vez había olvidado el poder que entrañaba. ¿Qué hacía que una persona se muriese por las caricias de otra, sobre todo si había un poco de amor en la ecuación? Esa pregunta ocupó mi mente hasta que por fin nos permitieron salir a una mañana atípicamente húmeda.
—Ha sido un sermón bastante largo —comentó Charlotte cuando me encontré con ella frente al pórtico de la iglesia. Se hallaba detrás de la última columna de piedra, abanicándose y manteniendo a raya a sus conocidos con un arrogante ladeo de barbilla.
—Quizá espera arrancarnos el pecado del cuerpo a base de aburrimiento —opiné.
—En ese caso, pues, estoy libre de todo pecado. —Charlotte abanicó su elegante perfil.
—Lo dudo, querida —dije secamente, con lo cual me gané una sincera carcajada de mi amiga—. Aun así, ahora por lo menos estás libre de los pecados de los demás. —Extraje las cartas y el colgante, envueltos en un discreto pedazo de lino, de mi bolso. Observé la puerta de la iglesia y comprobé que ningún miembro de la congregación que salía del edificio reparaba en nosotras—. No solo recuperamos tus cartas, sino que al final también pudimos retener el colgante.
—Gracias, Augusta. —Charlotte cerró el abanico y aceptó el paquete. Me aferró la mano durante un segundo, un gesto que resultaba muy revelador, pues no era dada a demostraciones de aprecio. Se guardó el paquete en su bolso—. Pero ¿cómo conseguisteis quedaros los diamantes? El Edward Harley al que conozco no habría renunciado con facilidad a esa recompensa.
Le relaté un breve resumen de la aventura de la noche anterior.
—Santo Dios, ¿te apuntó con una pistola? Sabía que era un tanto misterioso, pero no esperaba que fuese un completo canalla. Me alegro de que se marche de Londres, pero siento mucho haberos puesto a las dos en peligro.
—Ha servido para distraer a Julia de su melancolía, sin duda. —Resté importancia a sus disculpas.
Charlotte miró por el pórtico hacia mi hermana, que estaba manteniendo una conversación con el vicario.
—¿Estás segura? Perdóname, pero todavía la veo un tanto pálida.
—Es por el calor repentino —le expliqué—. Te aseguro que ir a Vauxhall le levantó el ánimo en gran medida.
Charlotte parpadeó al percibir el matiz de falsedad de mi voz, pero yo no podía contarle mi auténtica preocupación. Julia no solo me había prohibido obsesionarme con su diagnóstico, sino que también me había hecho prometer que lo mantendría en secreto. La verdad se había instalado en mi interior como una dura piedra, siempre dispuesta a estropear mi estado de ánimo, pero de vez en cuando adoptaba una afilada punzada de temor.
El anciano señor Pontworth pasó por delante de nosotras con su bastón y asintió en nuestra dirección para despedirse. Le devolvimos el saludo con sendas sonrisas. Charlotte esperó a que el anciano se hubiera alejado lo suficiente antes de decir:
—Si de veras crees que ayudó, puede que tenga otra aventura con la que distraer a Julia.
Me la quedé mirando, perpleja. ¿Acaso mi amiga no había aprendido nada?
Charlotte se rio y tapó el gesto poco refinado con una mano enguantada en cabritilla.
—No me tengas en tan poca estima, querida. No, se trata de un asunto totalmente distinto, y no es mío. Entenderé, sin embargo, que no queráis enredaros, sobre todo después de la violencia del señor Harley.
—El señor Harley no me asustó lo más mínimo. ¿De qué aventura se trata?
Asintió hacia un pequeño grupo de personas que esperaban que su carruaje avanzase en la cola de coches.
—¿Ves a esa muchacha con la pelliza azul?
La vi. No estaba girada hacia mí, pero se movía de la misma forma que Charlotte, con la sencilla gracia de su belleza natural. A diferencia de Charlotte, no obstante, también irradiaba cierta fragilidad, enfatizada quizá por el corte de su pelliza de inspiración militar y el alto sombrero chacó que llevaba sobre los rizos rubios.
—Se trata de Millicent Defray —añadió Charlotte.
Defray. El apellido me resultaba familiar, pero fui incapaz de descifrar la conexión. Necesitaba la memoria de Julia.
Charlotte advirtió mi incomodidad.
—Millicent se casó con Henry Defray hace tres años y es una de las hijas de Georgina Randall.
—Ah, sí. —Georgina Randall era una de las viejas amigas del seminario de Charlotte, y, si no me fallaba la memoria, sus tres hijas habían conseguido buenos enlaces en sus primeras temporadas. Un triunfo maternal—. ¿Millicent está en alguna clase de apuro?
—No. Se trata de su hermana mayor, Caroline. Soy la madrina de las dos, y mi querida Millicent me ha pedido que la ayude, pero no se me ocurre cómo. ¿Quizá Julia y tú podríais hablar con ella?
—Si tú no la puedes ayudar, no veo qué le podemos ofrecer nosotras.
—¿No lo ves, amiga mía? —Charlotte arqueó las cejas y clavó los ojos en los míos—. Yo veo una gran valentía e inteligencia y, francamente, una necesidad desesperada por aceptar una meta mayor que esta. —Señaló hacia la educada sociedad que se reunía delante de la puerta de la iglesia.
—Yo ya tengo una meta —dije rechazando así el doble sentido y su amable preocupación—. Distraer a mi hermana de su melancolía. Pero tienes razón en que Julia parece bastante más contenta cuando tiene un objetivo en mente. En fin, cuéntame el problema de Caroline.
—Creo que sería mejor que Millicent te contara la historia por sí misma. ¿Te importaría hablar con ella, Augusta? Si deseas distraer a Julia, esta empresa lo lograría con creces. Y así ayudaríais a una chica encantadora. A dos, de hecho.
—Charlotte, estás siendo exageradamente esquiva. ¿De qué apuro se trata?
Mi amiga, sin embargo, se limitó a negar con la cabeza.
—Le diré a Millicent que os haga una visita mañana mismo.
3
Hanover Square, Londres
L a puerta de la sala se abrió. Un profundo y educado carraspeo hizo que levantara la vista de The Times y de la noticia de que lord Liverpool acababa de ser nombrado nuestro primer ministro sustituto después del impactante asesinato de Perceval, acaecido un mes antes.
Nuestro mayordomo se encontraba en el umbral con los ojos ligeramente entornados.
En la mesa, Julia dejó de ordenar sus bobinas de hilo de algodón para los bordados.
—Ay, no, ¿qué ocurre, Weatherly?
Un observador cualquiera tan solo habría visto el rostro impasible de un experimentado mayordomo, pero tanto Julia como yo sabíamos que nos traía noticias desagradables. Weatherly había trabajado para nuestra familia desde que teníamos dieciocho años, y en los últimos veinticuatro habíamos llegado a comprender todas sus expresiones. Como él había llegado a comprender las nuestras, por supuesto. Arribó a la casa de nuestro padre como un hombre de libertad recién conseguida y se esforzó en subir desde criado hasta submayordomo. Diez años más tarde, cuando padre nos permitió a Julia y a mí organizar nuestro propio hogar en su segunda casa de Londres, Weatherly vino con nosotras como nuestro mayordomo. De ahí que se considerara el principal protector de nuestro bienestar y que dirigiera a todo el mundo, desde los sirvientes de la cocina hasta las hijas del conde, con una férrea eficiencia, acompañada de un ocasional toque de humor seco.
—Lord Duffield está de camino desde las caballerizas, señoras. Al parecer, lo han visto un tanto… —hizo una pausa para enfatizar— agitado.
Julia me miró. «Vauxhall».
Asentí. Nuestro hermano solo nos visitaba o para reprendernos o para pedirnos que hiciéramos de anfitrionas de algún concierto o de alguna fiesta teatral que él había organizado. Alguien debía de haberle informado de que habíamos visitado los jardines por nuestra cuenta. Quizá nuestro querido Bertie se lo había comentado. Era incapaz de guardar cualquier tipo de información.
—Pues tráenos té, Weatherly. —Solté un suspiro de resignación.
—Sí, señora. La cocinera ha preparado una horneada de sus galletas con praliné de almendras. ¿Me permiten sugerir que prepare un plato? Tengo entendido que son las favoritas de lord Duffield.
—Buena idea. Gracias.
Weatherly hizo una reverencia y se retiró.
—Me pregunto cuánto sabrá de la historia Duffy —dijo Julia.
—Espero que solo esté al corriente de que fuimos a los jardines y de nada más.
Dejé el periódico en la mesita lateral y me levanté del sillón con la sensación de que debía caminar para despejar una parte de mi irritación. Esas misiones de corrección fraternal siempre me erizaban el vello; a fin de cuentas, nosotras le llevábamos cinco años. También debía admitir, sin embargo, que los acontecimientos que se produjeron en Vauxhall me habían dejado un tanto turbada conmigo misma: golpear al señor Harley tal vez pudiera justificarse como defensa propia, pero no era un comportamiento civilizado. Y sin civismo no quedaba más que el caos.
Frente a la ventana, levanté el reloj hacia la luz y me fijé en la hora: casi las nueve en punto. Era pronto para que Duffy hubiera salido. Solté el reloj, que recobró su lugar en el extremo de la cadena que llevaba al cuello; era pequeño y de oro, un espléndido ejemplo de la maestría de Edward Prior que había sido un regalo de mi padre. Por lo general, cualquier regalo que me diese a mí tendría un duplicado para mi melliza, pero no fue el caso. Al entregarme el reloj, mi padre me dijo que mi mente era de las que buscaban el orden, como los hombres, y que tenía la sensación de que me gustarían los nuevos artilugios que podían calcular el tiempo con precisión. Llevaba razón: sí que encontré cierto extraño consuelo en el exacto movimiento de las manecillas, así como una ligera sensación de control al saber cómo pasaba el tiempo. En esos momentos, no obstante, ese conocimiento solo acrecentaba mi malhumor.
Observé Hanover Square en busca de entretenimiento. El mundo exterior estaba enardecido. Un mercader anunciaba sus productos a voz en grito y detuvo su parloteo cuando uno de los ayudantes del cocinero de la casa de al lado salió a verlo. Al otro lado del jardín vallado, la criada de los Kempsey barría los escalones de la entrada, y un vendedor de ostras sacaba un pequeño barril de su carro y se lo subía a su fornido hombro. El carruaje de lord Alvaney pasó por la calle con sus dos alazanes —qué criaturas tan encantadoras— y una dama con un tocado azul espantoso decorado con ardillas deambulaba por la acera hacia Bond Street, seguida por una dama de compañía de vestido apagado.
Nada de eso me entretuvo ni disminuyó mi resentimiento.
—No estoy de humor para uno de los sermones de Duffy —mascullé.
—Ya lo sé. —Julia había dejado las bobinas de hilo y se puso a mi lado, junto a la ventana, colocándome una mano en el hombro en un gesto de empatía—. Lo hace porque cree que tú no lo respetas, igual que padre. Además, como cabeza de familia, ahora tiene derecho a sermonearnos.
Entorné los ojos con rabia al oír su último comentario, lo que provocó una carcajada de mi hermana.
—Veamos, ¿seguimos con la historia de que visitamos los jardines para oír la nueva música del señor Händel? —me preguntó.
—Tendrá que bastar.
Julia cogió uno de los pétalos amarillos curvados de una de las rosas dispuestas sobre la mesita lateral.
—Me pregunto si disponemos de suficiente tiempo para cambiar las flores.
—Dudo de que Duffy se dé cuenta.
—No se trata de eso. Las flores recién cortadas son muy tranquilizadoras y siempre dan luz a una estancia.
Como mi hermana tenía diez veces más interés en el estilo de nuestra casa que yo, no añadí nada más. Asimismo, la decoración había sido su proyecto personal desde el comienzo, y lo último que deseaba, sobre todo en esos instantes, era evitarle alguna alegría o distracción. Julia negó con la cabeza y abandonó la idea a ojos vista.
—Me temo que llegará mientras las cambiamos y no habrá servido de nada.
Su profecía resultó correcta. Al cabo de menos de un minuto, Duffy caminaba con una velocidad impropia en él para doblar la esquina y subir los escalones hasta nuestra puerta principal. Regresé a mi asiento y a mi periódico, y Julia retomó la labor con sus hilos. La viva imagen de felicidad doméstica.
La puerta se abrió de nuevo y apareció Weatherly, que anunció:
—El conde de Duffield.
Duffy irrumpió en la estancia cuando nos levantamos para hacerle una reverencia.
—Hermanas —dijo inclinando la cabeza.
Como de costumbre, nuestro hermano vestía un elegante abrigo Weston con la corbata con un nudo de complicado estilo matemático y su melena clara de los Colebrook peinada con pomada para parecerse bastante a Brutus. En definitiva, la personificación de un caballero londinense a la moda. Aunque, a diferencia del abominable señor Harley, tenía una estatura más bien escasa. Duffy era un par de dedos más bajo que yo, algo que de joven lo enfurecía y que seguía enojándolo de adulto.
—Hermano —lo saludé con demasiada aspereza. Julia me lanzó una mirada—. Cuánto me alegro de verte —añadí para que se quedara tranquila.
—Toma asiento, por favor —terció Julia. Sus modales siempre eran ejemplares, aun en medio de una discusión familiar—. Acabamos de pedir que nos traigan té.
—Excelente. —Duffy se sentó en el sofá mientras Julia ocupaba el otro sillón a mi lado. Nuestro hermano barrió la estancia con la mirada y golpeó la alfombra con el pie. No era su habitual manifestación de rabia; él era más dado a recorrer una habitación de lado a lado.
—Hoy no esperábamos una visita por tu parte —empecé.
—No. Estaba por la zona.
Y eso, al parecer, era el fin de esa conversación. Después de unos cuantos segundos de golpecitos con el pie, de inspeccionar la sala y de guardar silencio, decidí tomar la palabra nuevamente.
—¿Has leído las disposiciones de Liverpool? Es imposible que esté satisfecho siendo la quinta elección del regente, pero por lo menos debería ser capaz de formar gobierno y mantener unido al gabinete.
—De veras, Augusta —Duffy negó con la cabeza—, que no haces más que ponerte en ridículo con esas opiniones tan poco propias en una mujer.
—¿Qué noticias nos traes, hermano? —se apresuró a preguntarle Julia para interceptar mi indignación. Volvió a mirarme y a suplicarme armonía. Me mordí la lengua para reprimir la réplica.
—¿A qué te refieres? —Duffy se sentó más erguido en el sofá—. ¿Qué habéis oído?
—Nada. ¿Deberíamos haber oído algo? —preguntó Julia.
—No. —Se reclinó de nuevo
