Prólogo
Desde la cama, el silencio de la casa le resulta extraño, poco acogedor, y apoya los pies descalzos en el suelo sin saber muy bien qué hora es. Se mueve despacio, nota la cabeza embotada después de una siesta profunda. El parquet no está frío, y aun así busca las zapatillas antes de levantarse. Lo hace en dos tiempos, su espalda necesita unos segundos para estirarse del todo; luego camina lentamente hacia la puerta. Cuando sale al pasillo se queda quieto, desconcertado ante una distribución del espacio que no termina de encajarle. Puertas equivocadas a lo largo de un pasillo demasiado largo, demasiado vacío. Puertas blancas que cubren agujeros negros.
El piso nuevo, joder, murmura entre dientes, y, ahora sí, avanza con más presteza hacia la cocina. Tiene la garganta seca y se sirve un vaso de agua que consigue aclararle las ideas. Enciende la luz; el fluorescente parpadea antes de iluminar a regañadientes el reloj de pared, que marca las ocho y veinte, y se pregunta asombrado cómo puede haber dormido tanto. De repente, la quietud que lo rodea vuelve a pesarle, ahora acompañada por los remordimientos. Salud debe de estar a punto de llegar de la tienda, enfadada, y con razón. En diciembre hay mucho trabajo en la papelería y ella sola no puede con todo, menos aún desde que empezaron a vender también juguetes. Mientras tanto él se ha pasado la tarde durmiendo como un bendito, soñando con Dios sabe qué. Luego, por la noche, le darán las tantas sin poder conciliar el sueño. No es la primera vez que le sucede: caer rendido a media tarde, convertir el día en noche y la noche en vigilia, despierto como un búho hasta la madrugada. Se han acabado las siestas, se reprende con severidad, y un acceso de tos seca y fuerte rubrica su enojo. Es entonces, en plena bronca consigo mismo, mientras intenta sofocar la aridez de su garganta con un segundo vaso de agua, cuando piensa en los chicos.
La niña estará con Salud en la tienda, seguro, es un cielo de bebé y sólo llora cuando tiene hambre, pero Joaquín debería haber llegado. Ahora mismo tendría que estar mirando la tele o haciendo los deberes, aunque esto último pertenece más al reino de los deseos que al de las imágenes comunes. Es más: él le dijo a su hijo expresamente que, durante todo este curso, quería verlo en casa a las siete de la tarde. Nada de deambular por ahí como el año pasado, hasta la hora de la cena; nada de suspender una y otra vez hasta volver a repetir. ¿Qué coño le pasa a ese crío?, piensa, aunque la respuesta le viene de manera automática, sin asomo de duda. Su madre. La culpa, mal que le pese, es de Salud. Se ha pasado los años malcriándolo, excusándole todo, desautorizando a sus maestros y, sí, también a él, a su propio padre, en las contadas ocasiones en que intentó poner orden. Ahora se da cuenta, claro, cuando el cántaro ya se ha resquebrajado y recomponerlo no es tarea fácil, y es inútil echarle en cara las discusiones que mantuvieron al respecto. Inútil y contraproducente. Agua pasada no mueve molino, y si por fin ambos están de acuerdo en que hay que atar corto al chico, mejor es dejarlo así. Y, sobre todo, actuar en consecuencia.
Tarda unos segundos en ponerse una chaqueta y salir, decidido a sacar al niño de donde esté y arrastrarlo hasta casa, a empujones si hace falta. Si está con sus amigos y eso lo avergüenza, peor para él. Se lo dejó muy clarito cuando el curso empezó: este año las cosas se harán a mi manera. ¡Y vaya si piensa cumplirlo!
La calle lo recibe con un viento desapacible, frío incluso para diciembre, que agita las luces brillantes que anuncian la Navidad, y se mete las manos en los bolsillos de la chaqueta en un gesto instintivo. Suelta una imprecación, que a Salud no le gustaría oír, al percatarse de que ha olvidado coger las llaves. Las putas prisas. Y el puto despiste también. Acelera el paso hacia la plaza, uno de los lugares donde los chavales se reúnen por las tardes, cuando anochece. Los ha visto al salir de la papelería: corros de chicos, y también chicas, encadenando un cigarrillo con otro, apoyados en los bancos como bandadas de palomas vagabundas que buscan los rincones oscuros del parque. Joaquín acaba de cumplir catorce años, y pobre de él si lo pilla con un cigarrillo en la boca. De una guantada se lo tiro al suelo, lo juro por la Virgen, y ya puede venir Salud a decirme que no son modos, que a golpes no se enseña ni a las bestias, que así el niño te va a pillar ojeriza y luego no te contará nada, y otras monsergas por el estilo.
Rodea la plaza por dentro, fijándose en los bancos que hoy, sorprendentemente, se encuentran vacíos. Le extraña ver a una chica negra, mulata más bien, y se aleja rápidamente de ella al oírla hablar sola, a gritos. Negra y loca, joder. Ya lo dice Salud: el barrio se está poniendo imposible. Antes, al menos, conocías a todo el mundo, para bien o para mal. Ahora… ahora de hecho no sólo no se ha cruzado con ningún conocido, sino que de repente no consigue saber dónde diantres está. Venía de la derecha y ha recorrido tres cuartas partes de la circunferencia de la plaza, pero lo que tiene delante no es lo que debería haber. Busca con la mirada y suspira, tranquilo. Los bloques verdes están a su izquierda, ahí vivían antes y por ahí sigue rondando Joaquín con sus amigos de vez en cuando. Aprieta el paso y cruza la calle, empujado por un viento que no es sólo climático. Oye un frenazo y un grito, ¡Abuelo, a ver si miramos, coño!, pero prosigue sin prestar atención. Ni a ese coche ni a la gente que lo observa y se aparta ligeramente; ni a una joven rubia que, al contrario de los demás, se le acerca para preguntarle algo que no se molesta en escuchar.
Porque ahora ya no es el enfado lo que dirige su camino ni las ganas de dar una lección a un hijo díscolo. Ahora empieza a sentir un nudo en el estómago que casi lo dobla, como si las tripas se le enredaran. A medida que se acerca a los cuatro edificios de color verde, situados uno frente a otro, en diagonal, nota que los ojos se le humedecen sin saber por qué. Y el aullido del viento, que se cuela como una serpiente entre los bloques, se mezcla con otro que parece salir de sus entrañas, llevándose consigo todas sus fuerzas.
Las rodillas le flaquean y no tiene más remedio que dejarse caer al suelo. ¿Por qué, Joaquín, por qué? ¿Por qué no me has hecho caso?, cree que grita pero en realidad susurra, mirando hacia una de las ventanas del tercer edificio, aturdido, arrepentido de algo que no recuerda, quizá de algo que debería haber hecho y que olvidó; quizá de algo que dijo y de lo que ya no puede desdecirse, aunque no sepa muy bien de qué se trata. Porque lo cierto es que nada sabe ahora mismo, sólo siente, siente un dolor espeso que le sube desde el estómago hasta el pecho y le corta la respiración. A pesar del viento frío necesita despojarse de la chaqueta; erguir la cabeza, abrir la boca para llenar sus pulmones de aire, deshacer el grito que se le ha quedado estancado en la garganta. Como una pena sólida y negra.
Levántese, levántese, oye que le dicen. Y alguien, la chica con la que se ha cruzado unos minutos antes, vuelve a ponerle la chaqueta sobre los hombros. Con suavidad, haciendo gala de la misma gentileza con la que podría haber arropado a un bebé. Él no opone resistencia ante esos ojos azules, desconocidos, que lo miran. La joven se ha arrodillado frente a él y le susurra algo: He avisado a Iago, tranquilo, no tardará en llegar. No, no, es a Joaquín. Busco a Joaquín. A mi hijo. No ha vuelto a casa, ¿sabes? Quizá lo conoces, tiene… tiene tu edad más o menos. Ella mueve la cabeza y saca algo del bolsillo. Teclea rápidamente, como si tuviera delante una máquina de escribir diminuta. Iago ya viene, repite, y él supone que eso debería ser una buena noticia, y de hecho así se lo parece, aunque no tenga muy claro por qué.
—¡Abuelo!
Oye unos pasos a la carrera y de repente se da cuenta de que hay más gente. No sólo la joven rubia sino un par de señoras más, de edad avanzada, y un chico cuyo rostro, ese sí, le resulta definitivamente familiar. ¡Joaquín!, dice con un hilo de voz, aunque enseguida es consciente de que no se trata de su hijo. Los ojos castaños y el pelo más largo, casi rozándole los hombros… A pesar de eso, siente que es con él con quien debe ir. Se deja levantar, oye que ese joven, Iago lo llaman, da las gracias a la chica rubia y tranquiliza a las dos mujeres. Él lo sigue, obediente, pensando que la historia parece haber terminado al revés: no es el adulto quien acompaña al joven a casa, reconviniéndole su conducta, sino al contrario. Aunque ese joven no sea quien debería ser y lleve un monopatín bajo el brazo.
—¿Adónde ibas? —le pregunta el chico—. ¿A pasear en pijama y zapatillas con este frío? A mamá le va a dar un ataque cuando se entere.
—¿Quién es mamá?
—Mamá. Mi madre. Tu hija Miriam.
Él se detiene un momento. Las palabras de ese joven chocan contra sus pensamientos. A la cabeza le viene una imagen: olas que golpean las rocas, azotándolas sin compasión con fuerza insistente pero inútil, olas que no consiguen deshacer el muro de piedra.
—¿Y Salud? ¿Dónde está Salud?
El chico, Iago, le echa un brazo sobre los hombros.
—¿Ya empezamos? La abuela Salud murió. Hace ya años. Yo apenas la recuerdo.
Otra ola. Otro golpe. Pero la piedra no cede; al revés, resiste, terca, incapaz de permitir ni la más leve grieta.
—¿Murió?
—Sí. Ahora no te acuerdas, ya lo sé. En cuanto volvamos a casa y te calmes lo irás viendo todo más claro. Siempre es así.
A pesar de su juventud hay algo en el tono del chico que lo convence, aunque no termina de saber quién es hasta que el espejo del ascensor le devuelve la imagen de ambos. Él, con cara de viejo loco, de loco viejo avergonzado al verse en pijama, el vello blanco del pecho asomando, lacio y delator. Su nieto, claro, ¿quién va a ser si no?, a su lado. Tiene la mirada triste este chico, o quizá sólo reflexiva; en cualquier caso, Iago siempre fue un niño serio y ahora es un adolescente introvertido, callado pero amable.
—¿Cuántos años tienes? —le pregunta.
—Quince, abuelo. Ya mismo voy a pedirte la moto, así que ve ahorrando.
Él sonríe. Eso lo recuerda: le prometió a su nieto una moto en cuanto cumpliera los dieciséis, y espera tener suficiente memoria para cuando llegue el momento.
El ascensor se detiene y Iago abre la puerta del piso. Él se para en el umbral, le da apuro lo que va a decir y prefiere hacerlo antes de que su nieto encienda la luz.
—No se lo cuentes a tu madre —le pide—. Por favor.
Iago no responde, tal vez también él sienta algo de embarazo ante ese cambio de papeles, ante el adulto convertido en niño travieso que implora complicidad.
—Vale —dice por fin—. Pero no vuelvas a escaparte, abuelo. En serio. Si quieres salir, espera a que estemos en casa mamá o yo, ¿okey?
Han entrado los dos en el piso, que ahora él reconoce perfectamente. Ahí vive desde hace unos meses, con su hija y su nieto, desde que Miriam se empeñó en que no podía seguir solo, aunque ella se pasa el día trabajando, en la peluquería, y en el fondo la soledad únicamente ha menguado un poco.
—Sí, sí. No volveré a marcharme así, de noche. Te lo prometo.
—¿Adónde ibas? —pregunta Iago mientras apoya el monopatín en la pared.
Se dirigen hacia el comedor, él dos pasos por detrás de su nieto.
—Fui… —Toma aire antes de terminar la frase—. Fui a dar una vuelta —miente.
Es una mentira deliberada y consciente que no le hace sentir bien, pero que no puede evitar. Porque ahora sí que lo sabe todo —quién es, dónde está, por qué está ahí—, y los acontecimientos de la hora anterior se le antojan los de un anciano enloquecido que no tiene nada que ver con él. Sólo un demente habría salido en busca de un hijo que murió hace más de treinta años. Sólo un demente habría repetido los actos de esa noche: la maldita noche del 15 de diciembre en que recorrió el barrio entero, una y otra vez, buscando a su Joaquín. Primero enfadado, enojado ante un chico que se le escapaba y al que no parecía poder controlar; luego, ya más tarde, con el corazón en un puño porque nadie, ni los otros muchachos ni las vecinas, cotorras odiosas siempre atentas a todo, sabían darle razón del chaval. A ratos, para reducir la congoja, alimentaba la furia, ya que esta parecía una emoción más positiva, más alentadora, que la desesperación que amenazaba con vencerlo. Y la verdad era que no se atrevía a volver con las manos vacías a casa, junto a una esposa histérica, aunque al final tuvo que hacerlo, claro, más arrepentido aún que esta noche. Salud ensayaba ya esa mirada que contenía todo el desprecio del mundo, la misma que se mantendría en sus ojos durante años, indiferencia helada ante cualquier cosa que no fuera el horror que ella, con su instinto de madre, ya debía de intuir. Permaneció sentada en la butaca, abrazando a Miriam, que se había dormido en su regazo, y no le dirigió la palabra hasta que la Guardia Civil llamó a la puerta de madrugada.
Hay olas que pueden destrozar vidas enteras, se dice él al recordarlo, resquebrajar la roca de un solo golpe de mar. Las frases sucintas, el tono imperativo de unos hombres que parecían acusar en lugar de hablar. El grito de Salud, hondo y abrupto, que despertó a la niña y congregó al vecindario en la escalera. Las órdenes del sargento: ¡Váyanse a sus casas, coño, que esto no es una fiesta! Y usted, acompáñenos. El camino hasta el lugar, largo como el vía crucis antes de una ejecución, hasta aquellos pisos que empezaban a construirse al otro lado de la carretera, cimientos desnudos rodeados de montículos de tierra. Amanecía a lo lejos, y Joaquín, su Joaquín, estaba tendido en un hueco de la obra, acurrucado como si durmiera, con la piel de cera y las ropas cubiertas de polvo.
A este crío lo han matado, dijo el guardia civil de más edad al otro mientras encendía un cigarrillo. Mira lo que te digo: esto es lo que va a pasar de ahora en adelante, ya podemos ir preparándonos. Un país sin ley ni orden tomado por los hijos de puta de los comunistas. ¡Ni Constitución ni hostias!
En otro momento él se lo habría discutido, habría saltado en defensa de unos tiempos que prometían libertad sin rencores. Esa madrugada de invierno, ya 16 de diciembre de 1978, sólo pudo arrodillarse ante esa fosa improvisada donde yacía su hijo y rezar la primera oración que le vino a la cabeza, un padrenuestro entrecortado que había jurado muchas veces no volver a pronunciar.
PRIMERA PARTE
El viento comenzó a mecer la hierba
1
Ciudad Satélite, años setenta
Nadie sabe muy bien por qué la llamaban la Ciudad Satélite. Creo que fue un periodista quien acuñó la expresión para describir aquella zona, antiguos campos de cereales y algarrobos convertidos en suelo edificable, donde crecieron viviendas para los inmigrantes que llegaron alrededor de los años sesenta. Hileras de bloques idénticos de ventanas pequeñas, rectángulos de inspiración soviética levantados en pleno franquismo. Un espacio construido sin orden ni concierto que, una década después, albergaba ya a más de cuarenta mil personas.
¿Satélite de qué?, se preguntaban sus habitantes. Es posible que el autor del término se refiriera a que el barrio, en su conjunto, dependía de la población de Cornellà, cuyo núcleo urbano quedaba al otro lado de las vías del tren. En cualquier caso, el nombre cuajó, en forma abreviada, «la Satélite», y fue adoptado por casi la totalidad de sus habitantes, a pesar de que con toda seguridad nadie entendió su significado. Me consta que mis padres, que llegaron desde Azuaga, provincia de Badajoz, en 1962, ni se lo plantearon en aquella época. Eran años de pocas preguntas y menos respuestas, de obediencia aprendida y enseñada, y aunque sólo una década más tarde las cosas empezarían a cambiar, había temas más importantes por los que protestar que un nombre que, en realidad, tenía su punto exótico, casi futurista. En definitiva, resultaba menos ofensivo que otro de los apelativos que se dio a la zona, «la Ciudad sin Madre», también acuñado por un periodista ingenioso tras oír que siempre que algún cobrador llamaba a una de las puertas de los pisos era un niño quien acudía a abrir; un niño que no podía pagarle porque su madre, invariablemente, nunca estaba en casa.
Los ciudadanos de Cornellà, los de toda la vida, también hablaban de «ir a la Satélite», aunque, de hecho, no lo hacían. A pesar de que vivían en una ciudad obrera, carente por completo de glamour, aventurarse más allá de las vías del ferrocarril les parecía innecesario y, todo hay que decirlo, también desazonador e incluso peligroso. Cuando uno es básicamente pobre, los que lo son aún más provocan más miedo que compasión. Se habla mucho ahora de inmigración y de guetos, pero en San Ildefonso, nombre por el que se conoce en la actualidad a la antigua Ciudad Satélite, casi podías dividir las calles por las provincias de origen de sus habitantes y, en algunos casos, incluso encontrabas un pueblo entero de Andalucía trasladado a un único edificio, como si sus habitantes hubieran cambiado la disposición horizontal del entorno previo por otra más urbana y vertical. En realidad, todo ello obedecía a una lógica bastante comprensible: llegaban, llegábamos, y buscábamos la cercanía de los antiguos conocidos, de la misma manera que intentábamos reproducir nuestras costumbres. Se fundaron agrupaciones de flamenco, peñas taurinas, cofradías y demás asociaciones propias de las tierras de origen. Las mujeres sacaban las sillas a la fresca en las noches de verano, frente a las puertas de los bloques, y los hombres se tomaban chatos de vino en los bares aledaños que se habían abierto en los bajos de los edificios. Comprendo que a los oriundos catalanes todo esto les pareciera una colonización inversa, por eso no se acercaban demasiado; para nosotros era una cuestión de seguridad, de confianza: el paisaje había cambiado; las costumbres, en cambio, se resistían a hacerlo.
Es verdad que muchos se vieron empujados a la emigración por el hambre y la necesidad, pero me consta que también hubo bastantes familias que emprendieron ese viaje por sus hijos. Sabían lo que les esperaba en el pueblo: trabajo duro, de sol a sol y con poca sombra para los varones; matrimonios precoces y preñeces continuas para ellas. Y no querían eso. Mis padres lo dijeron, y lo repiten aún a menudo: ya tenían tres hijos cuando llegaron a la Satélite, mi hermano y mis dos hermanas, y de no haber sido por ellos se habrían quedado en Azuaga, donde mi padre ganaba un jornal más o menos decente a cambio de deslomarse trabajando en una finca. Pero por las noches, cuando se acostaban, se pasaban horas pensando en el futuro que aguardaba a su prole. No exigía demasiada imaginación, era más o menos el mismo que su presente, y un buen día decidieron agarrar los bártulos, liarse la manta a la cabeza y marcharse. Es posible que también influyera un ansia de aventura, aunque ellos no lo reconocerán nunca, o el relato edulcorado de los primeros inmigrantes, que regresaban contando maravillas de su tierra de acogida y despertaban en los que se habían quedado una comezón muy cercana a la envidia. En las miradas de los que se fueron brillaban la valentía y la satisfacción y, por lo tanto, a los que se habían quedado les tocaba representar la cobardía y el arrepentimiento de no haber dado ese paso.
Y es que ciertamente, en los primeros años, hasta la década de los sesenta, ese traslado no fue sencillo. Antes de que se construyeran los inmensos bloques que cambiaron para siempre el paisaje de la zona, la falta de viviendas era clamorosa. Muchas familias se instalaron en las cuevas, aprovechando la tierra arcillosa que descendía hacia el parque de Can Mercader, por entonces abandonado a su suerte. Las autoridades franquistas, siempre temerosas de los asentamientos descontrolados, tampoco se lo pusieron fácil: eran muchos los recién llegados a quienes se detenía en la estación de Francia, en cuanto descendían de los vagones, cargados con más sueños y esperanzas que bultos de equipaje, y se trasladaban a un improvisado campo de concentración para inmigrantes en Montjuïc, desde donde eran devueltos a sus provincias de origen. Fueron muchos los que, ya advertidos del peligro, se apearon del tren en estaciones cercanas a Barcelona y prosiguieron el último trecho a pie.
Para mis padres, Antonio López y Trinidad Arnal, todo resultó un poco más sencillo. Emprendieron su partida en 1962 con una única razón: nosotros (incluido yo, que tardaría cuatro años en nacer), para que pudiéramos estudiar, ser personas de provecho y salir de la rueda implacable que marcaba las vidas en Azuaga, sin caer en la cuenta de que la rutina de los pobres tiende a repetirse dondequiera que vayan. Eso sí, por un extraño mecanismo emocional, ese mismo pueblo del que habían escapado se convirtió en el Valhala soñado, un paraíso al que regresar el primer día de vacaciones. Yo, que ya nací en la ciudad, odié siempre esos veranos interminables precedidos de un viaje eterno, todos amontonados en un Renault 8, cruzando la piel abrasadora de España a ochenta kilómetros por hora y parando de vez en cuando para echar agua al radiador, mientras en el radiocasete del coche sonaba Marifé de Triana hasta que el calor fundía la cinta y le estrangulaba la voz. Jamás se me ocurrió dar mi opinión sobre el trayecto ni sobre el pueblo, claro, ya que lo más probable es que hubiera sido recibida con un bofetón épico. El pueblo, ese lugar antaño claustrofóbico y estéril, se había transformado por los misterios de la nostalgia en un edén añorado cuyo influjo nos llevaba hasta él, hechizados, durante treinta largos días de agosto.
Pero no es del pueblo de lo que quiero hablar ni de esos treinta días de verano, sino de los trescientos treinta y cinco restantes que pasábamos en la Ciudad Satélite. Me gustara o no, ese fue mi hogar, y aunque pasé años odiándolo y me alejé de él con la misma arrogancia con que mis progenitores abandonaron el pueblo pacense, ahora comprendo que allí crecí, me eduqué y me convertí en el hombre que soy. Allí aprendí a rehuir el peligro, que en su momento tomó la forma de las bandas callejeras, o cuando menos a sobornarlas con un pago mínimo. Recuerdo que la gente nos advertía de una, los kiowas, cuyo simple nombre aterrorizaba a los críos. Oí historias sobre ellos durante toda mi infancia, aunque nunca llegué a cruzármelos, y con el tiempo he acabado pensando que eran como el ogro de los cuentos: unos seres difusos, amenazantes, cuya principal función era infundir el miedo suficiente para que la chavalería regresara a casa a la hora de cenar y se alejara de ciertas zonas al anochecer. Podían surgir, como trolls perversos, cerca de la Torre de la Miranda, ese promontorio que delimitaba el barrio, o más allá del cine Pisa, donde echaban programación doble los fines de semana. Quizá los kiowas no existieran o tal vez sí; en cualquier caso, había otros: cuadrillas de gitanos que nos aterraban y luego jóvenes desnortados que cayeron en las drogas y la delincuencia sin que sus padres pudieran preverlo ni evitarlo. Los habían llevado hasta allí para que tuvieran un futuro mejor, pero el progreso se les resistía. Se veían a sí mismos trabajando en la fábrica como sus mayores, y la perspectiva no los emocionaba demasiado. El tedio es tan poderoso como paralizante, y en los setenta, cuando aún coleaba la dictadura, el barrio era para los adolescentes un lugar tan asfixiante como había sido el pueblo para sus mayores. Su rabia, sin embargo, era distinta, o eso pensaban, porque para la generación de mi hermano mayor ya no había adónde escapar. La posibilidad de una huida ficticia, a base de porros, de alcohol y luego de heroína, al ritmo de Los Chichos y La Banda Trapera del Río, resultaba demasiado fácil para resistirse a ella.
Barcelona, la gran ciudad, estaba cerca y a la vez era un lugar remoto, inaccesible. Una urbe moderna y elegante donde no encajábamos. Creo que, dejando a un lado las excursiones escolares, que tampoco fueron tantas, mis padres nos llevaron allí en contadas ocasiones: al zoo; al rompeolas, montados en las golondrinas; a la catedral y las Ramblas, y poco más. Íbamos con los bocadillos y las bebidas a cuestas, normalmente en el bolso de mi madre, porque allí todo era más caro que en la Satélite. Se rumoreaba, y probablemente sea verdad, que algunas señoras de Pedralbes o Sarrià pedían a sus asistentas, residentes en la Satélite, que les compraran el marisco u otras exquisiteces en el mercado del barrio, el de San Ildefonso, ya que su calidad y su buen precio no tenían comparación con los de otras zonas de Barcelona ciudad. «Mucho hablar de la Boquería y del Ninó —comentaba alguna amiga de mi madre—, pero los langostinos de Año Nuevo se los llevo yo de aquí, de la parada de la Pili. Y encima luego los cuenta uno a uno, la muy jodía.» Se sobreentendía, por supuesto, que la Pili, al fin y al cabo vecina y amiga además de pescadera, había encarecido levemente los langostinos para que la compradora, por su parte, pudiera llevarse a precio de saldo unas gambas y unas almejas a su casa.
Esa era a grandes rasgos la relación que manteníamos con los barceloneses de la capital. Un batiburrillo de desconfianza, picaresca y servilismo. Seguramente porque las únicas referencias que teníamos de ellos eran de gente de la llamada zona alta (Sarrià, San Gervasio, Pedralbes) que empleaba a nuestras madres como asistentas, e ignorábamos, al menos yo en ese momento no lo sabía, la existencia de otra Barcelona, la de Nou Barris o de Sants, cuyos habitantes no iban a esquiar en invierno ni a un chalet con piscina en verano. Ahora resulta ridículo, pero me acuerdo perfectamente de que para cada una de esas visitas a Barcelona mi madre nos vestía como si fuéramos de boda. Eso era Barcelona para mí en aquellos años: el convite de unos parientes lejanos, excéntricos y altivos, al que tenías que ir arreglado y donde no sabías del todo cómo comportarte.
Y si muchas mujeres cogían el autobús que cruzaba el barrio, el BI, para ir a limpiar a las casas de Pedralbes y la Diagonal, los hombres, por regla general, trabajaban en las fábricas de la zona, en Cornellà o Almeda: Siemens, Elsa, Laforsa, Cláusor, Corberó… Dichas fábricas fueron el escenario de las huelgas que darían al área metropolitana de Barcelona el apelativo de «cinturón rojo». La de Laforsa, en 1975-1976 fue la más sonada y su lema, «O todos o ninguno», un grito de guerra que anunciaba el final del franquismo y el poder de la lucha obrera. Esa la recuerdo bien, ya tenía casi diez años, y duró lo bastante para que dejara huella en mi memoria. Arrancó por el despido arbitrario de un empleado que se negó a marcharse y continuó durante meses, en un tour de force insólito para la época. La empresa comunicaba nuevos despidos y los obreros se negaban a reincorporarse hasta que todos fueran readmitidos. De ahí surgió el lema. La huelga acabó bien, la empresa cedió, y esa victoria sindical supuso la prueba fehaciente de que las cosas podían cambiar. Las cargas policiales, los grises disparando pelotas de goma con las que nosotros jugábamos al día siguiente, no pudieron con la tenacidad y la unión de los trabajadores. Cuando los obreros se encerraron en la parroquia de Santa María, al amparo de una Iglesia que en esos días también viraba a la izquierda, se realizaron colectas de dinero para sus familias, que llevaban meses sin cobrar. Las esposas de esos encerrados se convirtieron en el sostén de sus hogares. Poco se ha hablado del papel de las mujeres de la época y fue mucho mayor del que quisieron darles: no sólo trabajaban en la limpieza de casas ajenas, o en las fábricas, sino que se ocupaban de la propia, y de los niños, en jornadas agotadoras para las que no existía el fin de semana. Para ellos la vida no era fácil tampoco, nadie lo duda, pero siempre había tiempo para un vino o un par de cervezas, y nunca tuvieron que preocuparse por más asuntos domésticos que cambiar las bombillas o empapelar las paredes. La cena siempre estaba lista, la tartera con la comida para la fábrica también, y ni a mi padre ni a ninguno de sus contemporáneos se le ocurrió jamás agarrar un trapo si no era para matar una mosca intrusa. Es probable que tampoco ellas se lo hubieran permitido, todo hay que decirlo, como si ver a un hombre con una fregona entre las manos fuera una afrenta a su masculinidad. «En mi cocina no te metas», decía mi madre, y es obvio que ese posesivo aplicado a un lugar de la casa constituía ya toda una declaración de principios.
Si las madres reinaban en la cocina y los padres en el resto de la casa, nosotros ejercíamos nuestra diminuta cuota de poder en las calles. Los de la tuya eran algo más que niños vecinos, eran compañeros de juegos, hermanos o, más bien, primos que acudían en tu ayuda para defenderte de los otros vecinos, no exactamente enemigos pero tampoco aliados. Por esas calles, alrededor de los bloques verdes, rondaba Juanpe, el niño triste de los Zamora, el Moco, debilucho y algo lento de reflejos, solitario e imán para las collejas, las patadas y los insultos. Él era el que siempre se quedaba fuera cuando formábamos los equipos para los partidos de fútbol simplemente porque daba la impresión de que el balón le daba miedo y se apartaba de su trayectoria en lugar de frenarlo. Por ello fue una sorpresa que, de todos los chavales, Víctor Yagüe lo escogiera como amigo íntimo y sus padres se lo llevaran de vacaciones al pueblo en el verano de 1978, en parte, tal vez, para alejarlo de una casa en la que los gritos y las broncas hacían retumbar las finas paredes de papel de los edificios.
Los bloques verdes, que acabo de mencionar, destacaban en el entorno por su color y su altura, cuatro edificios situados uno frente a otro con unas fachadas inusuales. Alguien dijo, creo que fue un cantante de punk rock que nació en el barrio, que esos cuatro inmuebles constituían la «única zona verde» de una zona y una época donde se imponía el blanco y el gris, y donde las calles, quizá para compensar, tenían en muchos casos nombres de árboles.
Como decía antes, Víctor y Juanpe se hicieron inseparables, para asombro de todos y ante mi más secreta y retorcida envidia. Porque en esa época, a los once o doce años, si había algo que yo deseara con todas mis fuerzas era ser amigo de Víctor Yagüe: que él me sacara del anonimato, del barullo de críos, y me concediera ese estatus especial que obtenía cualquiera a quien él tocara con el dedo mágico de su amistad. Ahora, con una vida entera a cuestas, sé que Víctor fue el primer gran amor de mi vida, la primera señal de que mi sexualidad no iría por los cauces previsibles; entonces únicamente sentía una urgente necesidad de acercarme a él, de ganarme su amistad, de caerle bien… algo que, por desgracia, nunca conseguí del todo. En un mundo donde los motes eran moneda común, él ni siquiera tenía apodo, era sólo Víctor o Yagüe, o, para algunos, el hijo de Sandokán, porque su padre, Emilio Yagüe, se parecía mucho al actor de ojos verdes y cara felina que lideraba en televisión a los valerosos Tigres de Malasia.
Por esas calles andaba también Joaquín Vázquez, a quien nadie se atrevía a llamar a la cara por su apodo, el Cromañón, y que en el último curso se impuso a sí mismo uno propio, el Mazinger, en honor a la serie de dibujos animados que nos volvía locos. Lo único que el chaval tenía de Mazinger era un cuerpo robusto, casi simiesco, y una mala leche que rebasaba la raya del sadismo. No escribo estas páginas para caer en la corrección política ni pretendo con ellas nada más que desahogarme, así que no tendría sentido ocultar la verdad: aunque en ningún caso merecía morir, Joaquín Vázquez era un cafre, un abusón de marca mayor que disfrutaba torturando a quienes eran más débiles, es decir, a casi todos nosotros. Compraba la amistad y la protección de los mayores a cambio del dinero que sisaba del negocio familiar. A los que teníamos más o menos su edad, o a los más pequeños, que no podíamos ofrecerle ninguna de las dos cosas, tendía a torturarnos.
Me gustaría saber por qué lo hacía, cuál era el placer que extraía de hacernos daño, qué mecanismos internos se activaban cuando, grande como un oso, hacía uso de su fuerza bruta para acogotarnos y robarnos la merienda, que luego pisoteaba, o algún juguete que él, en la papelería-juguetería de sus padres, podía conseguir con sólo pedirlo. Me gustaría saberlo porque esa fue la causa principal de su muerte, el 15 de diciembre de 1978, diez días antes de Navidad.
La noticia no fue portada de ningún periódico ni abrió los telediarios, pero se extendió como una nube de polvo por el barrio la mañana del día siguiente, impregnando todas las conversaciones de esa capa superficial que define el escándalo. «Han encontrado al chico de los Vázquez en una obra, allí donde se juntan los drogadictos por las noches.» «Ay, Dios, qué vergüenza, ¿adónde vamos a llegar? Pobre Salud.» «De una cosa así no se recupera una, te lo digo yo.» Sin embargo, un rato después, cuando empezó a soplar el viento, esas corrientes que rugían entre los bloques y en los terrenos por edificar, esa pátina de lugares comunes y lamentos sinceros salió volando para ceder el paso a las emociones verdaderas, las que se expresan en corrillo bajando la voz. Porque ese mocoso iba por mal camino y porque eso ya se veía venir. Demasiada libertad, afirmaban los mismos vecinos que poco antes habían acudido a enormes manifestaciones para reclamar precisamente eso: Llibertat, amnistia, estatut d’autonomia. ¿Qué hacía un crío normal a esas horas en la obra, ese espacio cuyos alrededores amanecían sembrados de jeringuillas usadas? Como sucedía con otras zonas de la Ciudad Satélite, los alrededores del parque de Can Mercader sin ir más lejos, acercarse por allí estaba vedado a la gente decente, sobre todo al anochecer. «No es lo mismo la libertad que el libertinaje», sentenciaban con firmeza, aunque ambos conceptos eran demasiado abstractos para que los vecinos pudieran dar de ellos una definición precisa.
Aun así, la muerte de un joven alumno del colegio, el hijo de los dueños de la papelería del barrio, siguió rodeada de misterio durante todo ese día y los siguientes. Las vecinas que acudieron a ofrecer sus condolencias a los padres se encontraron con una persiana bajada y un timbre que sonaba sin respuesta. El negocio familiar estaba cerrado, sin cartel alguno, y los rumores se intensificaron. Unos decían que habían detenido a dos muchachos, «dos de esos que se pinchan», que, con toda seguridad, habían matado al pobre chico para robarle. Otros, en tono más enigmático, hablaban como si supieran algo que no podían revelar, dejando sus frases a medias como flechas disparadas al aire que luego caían con languidez.
El lunes, en la clase de Joaquín Vázquez, nuestro tutor, el señor Suárez, se esforzó por mantener una normalidad aparente, aunque el silencio del aula era cualquier cosa menos normal en vísperas de las vacaciones de Navidad. Y, sin poder evitarlo, nuestras miradas se volvían hacia la última fila, hacia el asiento vacío que debería haber ocupado Joaquín, el Cromañón, sin saber muy bien si nos sentíamos o no apenados por su ausencia. Después del recreo, el director se dirigió a nosotros en un tono de complicidad que, entonces, despertó más recelos que otra cosa. Los adultos no solían pedir nuestra cooperación con amabilidad, al menos no en mi barrio, no en las calles de la Satélite.
Y, sin embargo, ese día tres de los niños que escuchábamos sentados las cálidas y comprensivas palabras del director tuvimos la impresión de que nos las decía justo a nosotros, como si alguien le hubiera chivado algo que no debería saber. Ignoro lo que pensaron los otros dos, pero yo no pude olvidar su mirada en toda la tarde. Soñé con él, y con el Cromañón, y con el Moco, y desperté enfermo, tiritando, aquejado por una especie de gripe invernal que casi me impidió levantarme. Mi madre se sentó a mi lado en la cama y me acarició la frente, como hacía cuando era niño, y fue entonces cuando comprendí que, al menos yo, tenía que contar la verdad.
También es cierto que ignoraba lo que pasaría después. No podía prever el pacto que se estableció entre todos; era incapaz de adivinar que el resultado de mi confesión, de lo que sabía y de lo que vi, se manipularía en nombre de la amistad y de la misericordia. Ahora, después de tanto tiempo, pienso que fue el espíritu de esos años lo que se impuso al final, pero en ese momento yo sólo buscaba aliviar mi conciencia, contar qué le había ocurrido a Joaquín Vázquez, el Cromañón, y luego olvidarme de todo para que la vida volviera a ser como antes.
2
Cornellà de Llobregat, diciembre de 2015
La diminuta luz roja que parpadea en el cartel del vagón de metro le indica que faltan cinco estaciones para llegar a su destino y, a la vez, que aún existe la posibilidad de apearse, cambiar de andén y volver atrás. De bloquear ese número de teléfono que ha estado atacándolo con insistencia en las últimas semanas: llamadas perdidas, ignoradas, atendidas en algún caso con tanta rapidez e impaciencia que cualquier otra persona se habría dado por aludida y habría desistido. Es eso lo que más lo inquieta, que en ningún momento ese hombre, su interlocutor, se ha mostrado ofendido ni ha pronunciado el más leve reproche. Ha aceptado sus negativas con sorprendente docilidad, sin dejar nunca de sugerir una nueva fecha, un nuevo encuentro, como si supiera que la perseverancia es la clave del éxito.
Y así ha sido, se dice mientras la lucecita roja avanza inexorable en el espacio y en el tiempo, restándole la posibilidad de cambiar los planes o, como mínimo, volviéndola más absurda, más cobarde. De repente, un buen día, la voluntad flaquea y el impulso de terminar de una vez con eso es más fuerte que la precaución o la desidia. Eso le sucedió anoche, tras descubrir cuatro llamadas perdidas de Juanpe en el móvil. La urgencia de zanjar el tema, de cerrar esa puerta inesperada que se había abierto por culpa de un azar erróneo, ganó la partida a su prudencia natural. Su propio tono al hablar fue brusco y seco, el timbre del señor Víctor Yagüe, un ejecutivo acostumbrado a dar órdenes educadas que, a pesar de las formas, esperan ser obedecidas. «Nos vemos mañana. Sí. En tu casa, sobre las ocho, ocho y media. Cuando salga de trabajar voy para allá.»
Le parece curioso no tener que preguntarle la dirección. Después de treinta y siete años, Juanpe sigue viviendo en el mismo piso donde lo conoció. No es que haya residido siempre allí, se lo comentó en la dichosa entrevista de trabajo en la que coincidieron y que ha sido el origen de todo ese embrollo, pero ahora la crisis, el paro, la maldita crisis y el puto paro, para ser exactos, lo han llevado de vuelta al viejo piso de sus padres. A los bloques verdes de la antigua Satélite.
Quizá fue eso lo que más lo conmovió. Más que el aspecto del hombre que tenía delante —esa camisa demasiado estrecha para una barriga más que incipiente y los zapatos de punteras gastadas, el pelo que clareaba, las bolsas debajo de los ojos y un leve, aunque perceptible, olor a sudor—, le impresionó ese presente en el cual un adulto se veía forzado a regresar al lugar donde había crecido. Para él, Víctor Yagüe, que se marchó de ese mismo barrio con doce años, que conserva alquilado su piso de soltero en Granada, que mantuvo un apartamento en Madrid hasta hace poco y que, finalmente, posee un hogar en La Coruña, en la exclusiva zona de Ciudad Jardín, una vuelta atrás de ese calibre resultaría patética. A su llegada a Barcelona, hace apenas dos meses, tuvo problemas para acostumbrarse al precioso estudio que su respetado jefe, y no tan querido suegro, le había arrendado para su traslado temporal a la ciudad, en la calle Aragón, no muy lejos del hotel que va a dirigir. No es que el lugar no fuera cómodo, pero tenía la impresión de que aquel loft de apenas cuarenta metros cuadrados, compensados con una terraza enorme, pertenecía ya a otras épocas de su vida. El reducido interior lo atrapaba, como a un Gulliver secuestrado en una casa de muñecas. Ahora, sin embargo, admite que existe algo rejuvenecedor en ese entorno diáfano, como si a sus cuarenta y nueve años le hubieran concedido una beca para estudiar en el extranjero y allí pudiera empezar de nuevo. No quiere pensar, aunque su conciencia se lo mordisquea al oído, que parte de esa sensación de libertad reside en hallarse a casi mil kilómetros de su verdadero hogar. Lejos de Mercedes, de su hija Cloe, de sus suegros y amigos varios; lejos de alguna amante ocasional; lejos, en definitiva, de todo lo que ha sido su vida en los últimos dieciocho años.
El pitido agudo le hace volver la mirada hacia el indicador de estaciones de nuevo. La luz roja ilumina ya la parada de Can Boixeres, la zona de peligro, y de repente, como si una fuerza interna lo impulsara, decide levantarse y abandonar. Nada bueno va a salir de ese encuentro; es más, la no comparecencia será el mensaje definitivo y necesario que cierre esa puerta antes de asomarse de verdad al otro lado. Mientras aguarda de pie a que el convoy salga del túnel, se palpa el bolsillo trasero del pantalón para asegurarse de que la cartera sigue ahí: un gesto patético, revelador, ligeramente provinciano, ya que es difícil que alguien haya podido robársela mientras estaba sentado.
Se halla a punto de bajar en la estación de Can Boixeres, dispuesto a regresar a su diminuta pero encantadora zona de confort, cuando dos chavales de unos diez u once años suben corriendo al vagón, cortándole el paso. Uno agarra al otro por la mochila y lo empuja, entre risas, y el segundo, tras recibir el empellón, se agarra a la barra del centro y gira a su alrededor como si orbitara. Un viejo sentado los increpa y los críos continúan riéndose mientras se alejan hacia el extremo opuesto, donde prosiguen con sus peleas fingidas.
Víctor se percata de que aún está dentro del vagón, de que esa escena casual ha paralizado su instinto de huida. La nostalgia ha ganado la batalla a la seguridad. Dos chicos, habían sido sólo eso, dos chavales amigos. Los Tigres de Malasia, un verano largo y caluroso; un Juanpe menudo, nervioso, frágil, tan distinto del tipo que acudió al hotel para la entrevista del puesto en el aparcamiento que ni siquiera ahora, poniéndole todas las ganas, consigue relacionarlos. Claro que han transcurrido treinta y siete años, más del doble de los que tiene su hija Cloe, y seguramente en el rostro que contempla en el cristal opaco del vagón tampoco queda demasiado del Víctor niño, aunque uno mismo siempre consigue encontrarlo.
Quieto ante la puerta, esperando a que se abra para saltar hacia un encuentro ya inevitable del que, está seguro, no saldrá del todo indemne, Víctor se repite el mantra que ha estado rondándole la cabeza desde que volvió a pensar en todo eso: Éramos unos críos, no fue culpa mía.
Una frase que, lo sabe, es sólo cierta a medias.
Éramos unos críos.
Sí, sólo unos críos.
3
Apostado en la ventana del sexto piso, el sexto primera del bloque tres, los transeúntes le parecen soldaditos de plomo que buscan un lugar donde agazaparse. Cruzan por delante de la farola, bajo ese halo blanco y potente, antes de fundirse en las sombras oscuras. Las luces de Navidad, antaño brillantes recordatorios, también han menguado por la crisis y su resplandor es apenas un apunte lamido, más bien tristón, que sólo ilumina las caras de los candidatos, carteles que planean sobre la ciudad como falsos ángeles empeñados en guiar al rebaño hacia un portal lleno de urnas. La celebración de las elecciones en pleno diciembre distorsiona el paisaje, como una nevada en agosto o una ola de calor sahariano en plenas rebajas de invierno. Una mujer vestida con chador empuja un carrito de bebé y, mientras apura la cuarta cerveza de la tarde, Juanpe se dice que su estampa es la más navideña: vista desde arriba, parece una pastorcilla de Belén de camino al pesebre.
Hace fresco y aunque algo lo retiene asomado, buscando con ahínco la silueta de la persona a la que espera, abandona el puesto de vigía y se tumba en el sofá, con la lata en la mano. Unas gotas le caen sobre el chándal al beber, uniéndose a otras manchas absorbidas por la tela de color azul oscuro. Había pensado cambiarse de ropa, darse una ducha y ponerse al menos unos tejanos y un suéter, pero la pereza ha ido derribando las ganas de causar buena impresión. O, tal vez, en el fondo, intuye que su aspecto desastrado puede activar mejor la simpatía del visitante. Ha estado esperando una llamada, una cancelación en el último minuto y ha preparado las frases oportunas. No te preocupes, ya sé que andas muy liado; otro día será… Sin embargo, cuando son las ocho y media de la tarde no hay señales de Víctor todavía pero tampoco anuncio alguno de que no vaya a comparecer. Esta última posibilidad, la de que simplemente no se presente sin ni siquiera avisar, lo irrita bastante. Hasta ahora se ha mostrado paciente y comprensivo: intuyó al instante que el otro necesitaba tiempo para procesar el encuentro, para vencer las reticencias lógicas y aceptar la cita.
Juanpe es un tipo tranquilo, eso le dicen todos y no siempre como un elogio, pero incluso los más calmados pueden perder los estribos.
Ahoga un eructo tras el siguiente trago y se incorpora un poco, lo justo para dejar la lata al lado de un cenicero repleto de colillas. Busca el paquete de tabaco en el bolsillo lateral, antes de recordar que lo olvidó en la cocina cuando fue a por la bebida. Por simple pereza, revuelve entre los restos del cenicero por ver si hay alguna colilla aprovechable, sin pensar que el mechero también se quedó sobre la encimera, emparejado con los cigarrillos. Cuando cae en la cuenta maldice para sus adentros, toma otro sorbo largo para darse fuerzas y se levanta de un asiento en el que su silueta está ya tatuada, dejando en él un hueco imborrable. Es un sofá inmenso, demasiado grande para ese comedor, y lo mismo puede decirse del televisor: una pantalla gigante, negra, ahora cubierta por una densa capa de polvo, cuya imagen invade el interior de la sala. Son muebles regalados, que alguien compró para él por puro compromiso sin plantearse las medidas, pero hay personas a quienes es más sensato no desairar. No tuvo más remedio que aceptarlos, agradecido.
Eso también lo dicen mucho de él. Juanpe es un tipo cumplidor, le haces un favor y puedes contar con su gratitud para toda la vida.
Salir al pasillo que conduce a la cocina es como introducirse de golpe en una cámara frigorífica. El radiador calienta la sala, ayudado por la densa nube de humo de los cigarrillos, pero su efecto termina ahí. Por las noches, andar hasta el cuarto de baño sería como cruzar la estepa siberiana si no fuera porque el recorrido es tan breve que la distancia puede cubrirse en apenas dos pasos largos. Localiza el tabaco donde lo dejó y comprueba que no le quedan suficientes reservas para toda la noche. No si llega Víctor y mantienen la conversación que cabe esperar. Hará falta mucha nicotina para sobrellevarla.
Aunque lo más probable es que no se presente, le dice una vocecilla burlona desde un rincón de la cocina. ¿Acaso no ha estado dándote largas durante las últimas semanas? ¿Haciendo caso omiso a tus llamadas o devolviéndotelas con mensajes desganados? Juanpe lanza una mirada incendiaria hacia esa esquina vacía y amenaza a la voz con un gesto brusco antes de optar por ignorarla y regresar al comedor. Jódete en la estepa, niñato.
La sorpresa inicial fue absoluta para ambos, eso no puede negarlo, reflexiona mientras el sofá vuelve a acogerlo con un crujido casi placentero. Acudir a una entrevista de trabajo para el puesto de vigilante de un aparcamiento, una tarea que Juanpe se veía preparado para desempeñar, y encontrarse, así de repente, frente a tu mejor y único amigo de la infancia podría haber sido un golpe de suerte. Rediós, cuando aquel tipo trajeado, de cabellos aún negros y ojos inquisitivos de un intenso color verde, le dijo su nombre, apenas podía creerlo. Lo más fuerte de todo el asunto es que ese encuentro no se habría producido si él no se hubiera equivocado de día. El hotel contrataba a todo tipo de personal, y claramente su director no se ocupaba de todas las selecciones, pero Juanpe se confundió de fecha porque a veces la cabeza le juega malas pasadas y apareció en el lugar indicado cuando se entrevistaba a los encargados de recepción. Podrían haberlo enviado a su casa, claro, pero después de unas cuantas idas y venidas aquella chica tan amable le había informado de que el señor Yagüe lo entrevistaría de todos modos.
Un punto para Víctor, se dice. Siempre fue un chico amable, formal y considerado, y, si hoy no le demostraba lo contrario, seguía siéndolo. Al verlo sentado al otro lado de la mesa, asoció esa cara con el apellido que acababan de darle y aguardó a que el otro se presentara, con su nombre de pila, para decirle: «No te acuerdas de mí, ¿verdad? Soy Juanpe. Juanpe de los bloques verdes. Juan Pedro Zamora, tu… amigo del colegio».
Víctor tardó en identificarlo. Esos rasgos marcados, parecidos a los de su padre aunque más suaves, menos abruptos, habían pasado del desconcierto a algo que no podía calificarse de alegría. O al menos no tanta como la que lo embargó a él: durante unos minutos, el buen recuerdo de la amistad compartida borró la distancia que los separaba. Los cuánto tiempo, más de treinta y cinco años, joder, si éramos unos críos; los te acuerdas de cuando nos perdimos en el pueblo, de la bronca que nos echó tu padre, tío, cómo se puso. Por cierto, ¿aún vive? Sí, a diferencia de los padres de Juanpe, que habían fallecido tiempo atrás, tanto el padre como la madre de Víctor seguían vivos. Fue entonces cuando él le contó que había tenido que volver al piso de los bloques verdes, el puto paro no perdonaba a los cuarentones, y ante la perspectiva de dormir en la calle… Tiempos difíciles, sí. Pero a ti te va bien, ¿no? Bueno, al menos eso parece. Tuviste suerte. Sí, siempre fuiste un chico afortunado… incluso entonces, cuando… bueno, ya sabes.
Y ahí la charla nostálgica llegó a un callejón sin salida y las palabras empezaron a rebotar contra unas paredes imaginarias como pelotas dispersas que ninguno de los dos quería recoger. La mesa que los separaba crecía por momentos. La vida. Sí. Los años. Tenemos que vernos un día con más calma. Claro, cuando quieras. Ahora tengo que seguir con las entrevistas, pero haré que te llamen. Gracias. Oye, nos vemos, ahora mismo ando muy liado pero… Claro. Suerte con todo. ¿Me das tu número? El mío consta en el currículum. (Silencio, duda.) Si no quieres, no hace falta. No, no es eso, es que no voy a tener tiempo para nada, te llamo yo cuando esté más desahogado de trabajo. (Otro silencio, un duelo potente de miradas que ninguno de los dos quería perder y del que Víctor se retiró al final.) Llévate mi tarjeta, el móvil consta ahí. Gracias. En serio, para mí significa mucho; no… no me quedaron muchos amigos. Lo supongo. Y es duro haber tenido que volver, la calle trae recuerdos. De verdad, no puedo dedicarte más tiempo ahora. Claro, claro; hablamos.
El viejo reloj de su madre da las nueve como si anunciara el funeral de un obispo. No ha conseguido acostumbrarse a esas campanadas con eco que siempre lo sobresaltan. Mira el teléfono móvil con la esperanza de encontrar al menos un mensaje de disculpa, pero en su lugar hay otro que nada tiene que ver con el visitante al que espera. Unas líneas que lee, memoriza y borra al momento, tal como le dijeron que hiciera. Es importante cumplir las reglas.
Nadie ha podido nunca decir que Juanpe no sea un tipo obediente. Quizá no el más despierto ni el más ágil de reflejos, pero sí fiable como el mejor perro guardián.
Y es entonces, mientras se esfuerza por almacenar en la memoria los cuatro datos que debe recordar, cuando suena el timbre de la puerta. El telefonillo está en la cocina y se detiene a lanzar una mirada hacia el rincón; ahora lo ve vacío y sonríe. Te escondes para no darme la razón, ¿eh, niñato?
Sabía que Víctor no le fallaría.
Esta vez no.
4
Si hay algo contra lo que no puede luchar, ni siquiera con su acopio natural de buen humor, son los malditos números. Es lo único que Miriam se permite odiar cuando, después de revisar las cuentas de la peluquería, comprueba una vez más que el negocio sigue tambaleándose en la línea frágil que separa la mera subsistencia de la quiebra absoluta. Hasta el momento ha ido sorteando esa crisis que, según las noticias
