Prólogo
(Primera parte)
En la espalda del hombre, las casillas blancas se alternaban con las rojas: era un tablero sanguinolento.
Sus gritos habían cesado; respiraba con pesadez. Los jadeos resonaban entre las paredes de piedra del viejo sótano. En el techo, un fluorescente en las últimas crepitaba, iluminando débil e intermitentemente el suelo de fría y húmeda gravilla. Alrededor, envueltas en la penumbra, viejas máquinas de imprenta en desuso se oxidaban desde hacía años. Su propietario no había tenido ánimos para mandarlas a la chatarrería.
Una corriente de aire gélido atravesó la sala; el hombre se estremeció de pies a cabeza. Estaba totalmente desnudo, atado al estilo shibari alrededor de un potro de gimnasia. Con el torso aplastado contra el cuero y las piernas y los brazos atados a las cuatro patas metálicas, indefenso ante cualquier vejación, temblaba como una hoja. Pero el frío era una liberación, anestesiaba el dolor. Su torturador no le había ahorrado nada.
—¿Por qué haces esto? —murmuró el hombre con dificultad babeando sangre entre jadeo y jadeo.
—Lo hago por ella.
Desde que el hombre había vuelto en sí en el fondo del sótano en aquella lamentable postura, su verdugo no había sido muy locuaz.
—¿Dónde está?
—Ahí al lado. Puede que ya haya despertado y nos esté oyendo.
Los últimos recuerdos del hombre acababan en Delémont: una calle oscura y desierta de la capital del Jura, la noche, la nieve, el frío, el silencio. Luego, un agujero negro. ¿Cuánto tiempo había estado inconsciente?
—¿Dónde estoy? ¿Qué es este sitio?
El torturador no iba a responder a esa pregunta. El hombre oyó crujir la gravilla bajo sus pasos, lentos y regulares. Crepitación del fluorescente, nueva corriente de aire helado. Los zapatos enfundados en calzas blancas de polipropileno se detuvieron ante sus ojos.
El verdugo se acuclilló frente a su víctima y le levantó la cabeza con brusquedad tirándole del pelo hacia arriba. Iba completamente de blanco, con guantes y capucha, como los que usa la policía científica en el escenario de un crimen para proteger las huellas. Los ojos medio cerrados del hombre se clavaron en los del torturador a través del grueso cristal amarillo de sus gafas de protección. En la mirada del verdugo no había ni odio ni compasión. No expresaba ninguna emoción humana.
—¡Bebe! —le ordenó pegándole a los labios el gollete de una cantimplora.
El hombre bebió un trago, se atragantó, tosió y escupió parte del líquido.
—¡Vete al infierno! —farfulló entre dos hipidos.
No tenía sed, no había parado de beber desde que había vuelto en sí en aquel sótano. Dos litros, puede que tres. Sentía el organismo saturado. En el estómago y los intestinos notaba el gorgoteo de toda el agua que había ingerido y que no conseguía evacuar. Su vejiga estaba llena a reventar y la uretra hinchada hasta la punta del pene. Pero algo no la dejaba salir.
Los dolores en su abdomen comprimido contra el cuero y su glande obstruido por una fuerza invisible eran tan lancinantes como los de su espalda, desollada para formar un damero.
—¡Bebe! —insistió el torturador hundiéndole el gollete de la cantimplora en la boca—. Es importante.
¿Importante? ¡Qué estupidez! En la brumosa mente del hombre, ya nada tenía importancia. Sintió que un chorro de agua helada descendía hasta su estómago e, inmediatamente, una arcada le trajo del esófago un sabor a sangre.
«¡Sobre todo, no vomites!».
Ya había regurgitado la carne que su verdugo le había obligado a tragar. Luego, había tenido que volver a ingerirla sin masticarla. El amasijo sanguinolento se había deslizado una vez más por su garganta como una gran ostra caliente.
—Bien... —dijo su torturador—. ¿Seguimos?
—¡No..., eso no! —suplicó el hombre al límite de sus fuerzas.
Pero sabía que era inútil. Había sido una pregunta retórica.
El verdugo se irguió y dio unos pasos hasta su costado. El hombre oyó el ruido del aparato, idéntico al de una máquina de afeitar.
El zumbido resonó en el sótano, mezclado con los chasquidos del fluorescente. Esta vez no habría preliminares, ni amasamientos ni drenaje para despegar la piel y activar la circulación de la sangre. El torturador se limitaría a continuar la tarea donde la había dejado.
La hoja del dermatomo, una especie de pelador de verduras eléctrico que servía para retirar jirones de piel utilizables como injertos, entró en contacto con una zona intacta de la espalda. El hombre soltó un alarido de dolor al tiempo que el trozo de piel, un cuadradito ligeramente rosado de unos pocos centímetros se separaba de la dermis en carne viva.
—Veinticuatro —anunció el verdugo—. Quedan ocho.
Y repitió la operación ocho veces. Ocho alaridos, ocho láminas de piel de idéntico tamaño. Treinta y dos casillas blancas y otras tantas sanguinolentas.
Satisfecho con el resultado, el torturador dejó el dermatomo en el herrumbroso borde de una vieja prensa de imprenta; luego, volvió a acuclillarse frente a la víctima. El hombre seguía consciente, pero al borde del desmayo. Una vez más, el verdugo lo agarró por el pelo y le levantó la cabeza.
—Más agua no —suplicó el hombre débilmente.
—Ya no la necesitas.
—¡Eres un enfermo! Y ese nombre..., ¿por qué?
El torturador sonrió.
—Mi nombre no importa.
Un día, la policía averiguaría cómo se llamaba en realidad. Pero, entretanto, seguro que le ponían uno de esos apodos ridículos, como solían hacer con los asesinos en serie cuya identidad se ignoraba. Ya estaba viendo los grandes titulares.
El Coleccionista.
El Cartero.
U otra sandez por el estilo.
Suspiró.
—Ahora lo único que importa es que has perdido —añadió—. Jaque mate.
Y, tras sacar la hoja de una navaja automática, con un movimiento rápido y preciso, la hundió profundamente en la garganta de la víctima y se la rebanó de oreja a oreja.
Así era como acababan los cerdos.
En la habitación de al lado, la mujer había oído el último grito del hombre. Luego, tratando de escuchar pegada a la puerta, percibió sus gemidos, su respiración trabajosa y un vago diálogo, sin conseguir comprender las frases intercambiadas. Después, volvió a hacerse el silencio.
A ella también la torturaba un dolor en el vientre. Pero por otro motivo.
Prólogo
(Segunda parte)
La nieve caía sin descanso sobre la Suiza romanda y parte de la vecina Francia desde hacía dos días. Una gruesa capa de oro blanco cubría los inmensos campos del Gros-de-Vaud. Los operarios trabajaban sin descanso para dejar expeditas las carreteras comarcales y la autopista Yverdon-Lausana.
Maxime Dutoit, natural y vecino de Le Sentier, en el corazón del valle de Joux, estaba habituado a las condiciones invernales extremas. Se sabía el trayecto de memoria. Todos los días bordeaba por el sudeste la laguna de alta montaña encajada entre dos pliegues del Jura y, sin dignarse siquiera mirar sus negras aguas a punto de congelarse, descendía a la llanura por el puerto del Mollendruz.
El enorme SUV avanzaba rápidamente en la noche prematura, las escobillas barrían el parabrisas a toda velocidad, los faros se esforzaban en perforar la blanca cortina de copos, el asfalto había desaparecido bajo una alfombra resbaladiza. Rouge FM anunciaba alteraciones del tráfico en todo el territorio valdense y aconsejaba prudencia a los conductores si no podían quedarse en casa.
Dutoit atravesó Mont-la-Ville, hizo un alto en L’Isle, donde compró colines y embutido para la pausa de medianoche, y reanudó la marcha en dirección a Cossonay. A partir de ese momento, el tráfico se volvió más denso, sobre todo en sentido contrario: la gente regresaba a casa tras una larga jornada. Dutoit, en cambio, trabajaba de noche.
Durante el descenso hacia Penthalaz, el coche quedó atrapado en un atasco provocado por una máquina quitanieves. Dutoit soltó un juramento, pero no tenía más remedio que resignarse. Bajó la ventanilla del conductor y encendió un cigarrillo. Un aire glacial invadió el habitáculo.
Rouge FM emitía un viejo éxito de los años ochenta, «Careless Whisper», de George Michael. Dutoit apagó la radio: odiaba aquella canción. Con ella, sus padres se habían conocido, querido y odiado, y su madre había acabado pagándolo con la vida.
Tras cruzar el puente sobre el Venoge, el SUV tomó la carretera hacia Lausana. A la salida de Penthalaz, Dutoit se desvió a la izquierda y pasó de largo junto a la cola de vehículos que seguía pacientemente a la quitanieves. Luego, torció al norte en dirección a Daillens.
Dutoit llevaba cinco años trabajando en el centro logístico de paquetes postales de Daillens. Su turno preferido era el nocturno, de las seis de la tarde a las tres de la mañana, porque le permitía dedicarse a otras cosas durante el día. Al fin y al cabo, era joven y necesitaba pocas horas de sueño. Además, el ambiente del turno de noche tenía algo especial.
Dutoit dejó el coche en el aparcamiento reservado a los empleados y se dirigió con paso rápido al torno metálico de seguridad, que cruzó acercando su credencial.
A su derecha, tras la cortina de copos, se extendía la hilera de muelles de carga iluminados y numerados donde los camiones y las furgonetas dejaban su mercancía.
Porche de hormigón, doble puerta deslizante de cristal... Dutoit pasó del frío al calor. En el vestíbulo principal, la recepcionista lo saludó a través del cristal. A continuación, Dutoit realizó una serie de actos rutinarios: vestirse —uniforme gris, chaleco amarillo con el logotipo de la empresa y botas de seguridad—, fichar y, antes de entrar en la gran nave, abrir con la credencial la cerradura electrónica.
En el inmenso almacén, tan grande como cuatro campos de fútbol, la cadena de clasificación, que medía más de dos kilómetros, daba vueltas y zigzagueaba con un ruido sordo y continuo para canalizar una media de doscientos mil paquetes diarios, o incluso más en ese periodo de finales de año. Las correderas, los transportadores de rodillo, las cadenas de bandejas y las cintas transportadoras provistas de escáneres, células de lectura automática de direcciones y cambios de agujas formaban una maraña de vías y cruzamientos que no tenía nada que envidiar al centro de clasificación de equipajes de un aeropuerto internacional. Como para marear a cualquiera.
Mientras se dirigía hacia su puesto de trabajo, Dutoit se cruzó con un compañero que conducía una carretilla elevadora y lo saludó con un gesto de la mano. Luego, pasó ante la «clínica», una salita reservada a la reparación de los paquetes dañados y la apertura de los envíos cuyos destinatarios no se habían podido identificar. Su superior, Antoine Cottier, no estaba.
Entre los muelles de descarga y el inicio de las cintas transportadoras, Dutoit vio varias RX atestadas de paquetes, esperándolo. En la jerga postal, RX era la abreviatura de Rollbox, la típica jaula metálica con ruedas para mover paquetes. El trabajo de Dutoit consistía en dejar en la cinta transportadora únicamente los que no corrían riesgo de atascarse. Los bultos demasiado grandes o pesados partían hacia la sección de triaje manual.
Esa tarde, Dutoit dejó en la cinta una caja de aspecto normal, con un sello normal y una dirección normal, en absoluto sospechosa. El paquetito pasó sin problema el control del primer escáner, que registró sus dimensiones y su peso. A continuación, las células de lectura de la cadena de triaje lo guiaron a través del laberinto automatizado hasta el transportador de rodillos correspondiente al muelle de expedición ferroviaria «Ginebra Rail».
Dentro del paquete, algo había empezado a derretirse.
1984
—¿Sam?
La voz de su abuela resonó en la granja. El niño sabía lo que significaba: era la hora de ir a la escuela. Pero no tenía ningunas ganas. En la escuela lo llamaban «el Paleto» y lo humillaban sin cesar. Porque era el único que vivía en una finca agrícola y le costaba quitarse los acres y persistentes olores propios del lugar. El sobrepeso y la ropa raída y llena de manchas tampoco ayudaban.
—Sam, ¿estás listo?
El niño soltó un suspiro.
—Ya voy... —respondió al fin de muy mal humor.
En la pila del lavabo, flotaba un montón de trocitos de papel, recortados de los sobres o las postales que su abuela guardaba en el granero en viejas cajas de zapatos. En los últimos meses, Sam había desarrollado una verdadera pasión por los sellos de correos.
Había aprendido diferentes técnicas para despegarlos, tras leer en algún sitio que había que evitar el agua caliente y el vapor. Bastaban unos centímetros de agua fría en el fondo del lavabo, los sellos quedaban flotando boca arriba en la superficie; luego, había que esperar a que los bordes se empaparan.
—¡Sam! ¡Vas a llegar tarde!
«Ya lo sé...».
No sería la primera vez. Así al menos evitaría encontrarse con Sylvain y sus esbirros en el patio de la escuela.
Con ayuda de unas pinzas de depilación, despegó los sellos uno tras otro con sumo cuidado. A continuación, los fue colocando boca abajo sobre una hoja de papel absorbente y, tras cubrirlos con otra, puso encima una pila de libros gruesos, para mantenerlos bien planos mientras se secaban.
Esa tarde, al volver de la escuela, los guardaría en sus álbumes de coleccionista siguiendo el sistema de clasificación del catálogo Zumstein, la biblia de los filatelistas.
Sam caminaba a campo traviesa hacia el bosque de Onex bajo un sol de plomo.
Su caso era un poco especial, pero conocido por la dirección de la escuela Les Tattes. Sam había perdido a su madre dos años antes y su padre vivía en Onex, en un edificio de la rue des Evaux. Legalmente, Sam también estaba domiciliado allí, pero su padre, inspector de la policía cantonal, no tenía tiempo para ocuparse de él. Trabajaba en Ginebra, en la jefatura del bulevar Carl-Vogt, al otro lado del Arve, con horarios irregulares incompatibles con la educación de un niño de diez años.
Para disgusto de sus progenitores, el padre de Sam no había querido continuar con la granja familiar, situada a orillas de Ródano, en el vecino municipio de Lancy. Hijo único, como su padre, Sam vivía con sus abuelos desde hacía dos años, pero seguía yendo a la escuela primaria en Onex.
En los últimos quince años, Onex y Lancy habían experimentado un crecimiento urbano sin precedentes. Cuando los abuelos de Sam murieran, si su finca acababa vendiéndose por falta de sucesor, posiblemente la recalificaran como zona habitable de alta densidad.
A veces, Sam oía discutir a sus abuelos con su padre por aquel espinoso asunto, pero la discusión solía acabar pronto. El niño no comprendía gran cosa, pero, en realidad, el tema no le interesaba mucho.
Sam tenía tres pasiones. Naturalmente, los sellos. Había conseguido reunir la colección casi completa de los Pro Juventute desde 1912 y soñaba, como todo buen filatelista, con encontrar un día un codiciado Rayon o un Colombe de Bâle.
Pero, gracias a Toni, su único amigo en clase, también había descubierto la informática y los videojuegos. Toni vivía cerca del parque de Les Evaux, en un barrio un poco más acomodado de Onex, localidad habitada mayormente por familias de clase obrera, a menudo desfavorecidas desde el punto de vista social. Toni, que coleccionaba las consolas, acababa de descubrirle a Sam el flamante Mario Bros. Special. Pero es que, además, para su cumpleaños le habían regalado un ordenador Commodore 64 con toda una serie de juegos recién salidos al mercado. Con su amigo, Sam desarrollaba sus conocimientos sobre las nuevas tecnologías, un mundo del que su padre y sus retrógrados abuelos no querían ni oír hablar.
Desde el principio de esa semana, Toni estaba enfermo. Sam no sabía nada de él: sus abuelos no le dejaban ir a casa de su amigo ni llamarlo. El teléfono era caro. La ausencia de Toni aumentaba la aversión de Sam a la escuela. Sin su amigo a su lado, sabía que estaría a merced de Sylvain Ansermet y sus secuaces. En dos años, Sam había desarrollado varias técnicas para eludirlos. Algunas habían funcionado y otras no tanto. Pero ese día no tenía escapatoria. Los matones de la escuela no lo perdonarían a la salida, debía encontrar el modo de evitarlos sí o sí. El día anterior, le había hecho un corte de mangas a Sylvain por la espalda. Por desgracia para él, un chico de su pandilla lo había visto y denunciado a su jefe, que lo había perseguido corriendo hasta las proximidades de la granja de Lancy.
—¡Mañana me las pagarás, cerdo seboso! —le había gritado Sylvain en el momento en que Sam entraba en casa.
Lo único que aún animaba a Sam a ir a la escuela era Princesa, su tercera pasión.
Princesa, una compañera de su clase, era la chica más popular de la escuela Les Tattes. Todo el mundo la llamaba así, y ella no ocultaba que le gustaba. Todos los chicos la cortejaban, pero Princesa aún no había salido con ninguno. Atraído por su belleza salvaje y su fama de inaccesible, Sam se había enamorado locamente de ella. Era su secreto, que no le había contado a nadie, ni siquiera a Toni. Porque sabía que no tenía ninguna posibilidad.
Al llegar al lindero del bosque, bordeó una hilera de huertos, rodeó el estadio Les Tattes y entró en el aparcamiento próximo a la escuela. Consultó su reloj y vio que había llegado con diez minutos de adelanto. Había caminado demasiado rápido.
Con un nudo en la boca del estómago, esperó a que sonara el timbre escondido detrás de una furgoneta de reparto, a buena distancia del centro. Entraría el último.
De lejos, observó a los alumnos que ya habían llegado al patio. Los más pequeños corrían, chillaban y se peleaban. Los mayores cambiaban cromos Panini de la Eurocopa del 84, cuya fase final se estaba jugando en Francia. Sam divisó a Sylvain y su banda debajo de un árbol. Reían, se burlaban de los coleccionistas y, de vez en cuando, amenazaban a algún chaval más pequeño que se había atrevido a entrar en «su» zona.
Luego, Sam vio a Princesa. Su esbelto y atlético cuerpo de bailarina, y su largo pelo trigueño, recogido en dos trenzas. Desde su escondite, el chico apenas distinguía los ojos de su amada, claros como diamantes.
El corazón le dio un vuelco. Sonriendo con todos los dientes, Princesa atravesaba el patio en dirección al «árbol de los capullos», como lo llamaba él. ¿Por qué iba hacia ellos?
La vio llegar junto al grupo dando alegres saltitos y, luego, arrojarse al cuello del líder y depositar un dulce beso en sus labios. Sonó el timbre. Cogidos de la mano, Princesa y Sylvain se dirigieron hacia la entrada del edificio.
El corazón de Sam se partió en mil pedazos.
Primer día
1
Como era de esperar, el puente de Le Mont-Blanc estaba abarrotado. En las horas punta, en Ginebra había los mismos atascos que en París, solo que aquello era Suiza, país del respeto y la discreción, al que, como era sabido, los famosos acudían a recargar las pilas; no los abordaban en la calle, los dejaban en paz. Y en las calzadas, ídem de ídem: ni adelantos extemporáneos ni bocinazos. Los embotellamientos ginebrinos eran tan famosos como los lioneses, pero no tenían el mismo encanto. La gente esperaba sin impacientarse demasiado. Formaba parte de lo cotidiano.
Para los forasteros, circular por Ginebra era una pesadilla. La gente que venía a trabajar a diario prefería el tren, también abarrotado, y los ginebrinos, cuando podían, solían optar por la bicicleta, el ciclomotor o la moto.
Por lo general, Ana Bartomeu también se decantaba por las dos ruedas, pero hacía varios días que la meteorología no lo hacía aconsejable. Ana miraba pensativa la ensenada que se extendía a su derecha y los Bains des Pâquis, difuminados por las volutas de nieve. El lago Lemán lucía sus colores invernales, del azul humo al verde espuma de mar. El Jet d’Eau, la emblemática fuente de la ciudad, no funcionaba.
En las orillas y sobre las barandillas del puente, se habían formado placas horizontales de hielo, forjadas por un fuerte cierzo.
Para Ana, Ginebra era la más francesa de las ciudades suizas: se paralizaba con las primeras nieves. En cinco minutos, su vehículo no había avanzado más que veinte metros sobre la calzada cubierta de hielo, y muchos automovilistas no estaban equipados con neumáticos de invierno. Tras los volantes, el pánico se adivinaba en sus rostros.
En mitad del puente, el teléfono de Ana empezó a sonar a través de la conexión bluetooth del coche. Era la central de policía. Descolgó y respondió:
—Bartomeu.
—Buenas tardes, inspectora, la pongo con el comisario Gygli. Le ruego que espere unos segundos, permanezca en línea.
La conversación quedó en espera. Ana maldijo para sus adentros e instintivamente se llevó la mano a la chaqueta acolchada, a la altura del pecho izquierdo.
«¡Joder, Yannick! Sabes que me he tomado la tarde libre...».
Y no había sido para ir de compras entre las fiestas, sino por algo grave, ya se lo había dicho a su jefe. Había abandonado las dependencias del bulevar Carl-Vogt a mediodía en dirección a Eaux-Vives. En la consulta, había esperado y, luego, se había sometido a una serie de exámenes. El veredicto había llegado a media tarde. Todavía conmocionada, Ana había regresado a su coche, en el aparcamiento del Mont-Blanc. Ahora volvía a casa, a Versoix, y en ese preciso instante solo deseaba una cosa: tumbarse en el sofá delante de la tele con una gran caja de bombones y Lucifer ronroneando a sus pies. Si iba a morir, mejor hacerlo en buena compañía y con el estómago lleno de dulces.
La voz de Gygli resonó en el habitáculo.
—Hola, Annie.
Era su alias en la brigada, una broma interna que la perseguía desde el día en que, tomando el aperitivo con los compañeros, uno de ellos, un poco bebido, la había comparado con la Annie Wilkes de Misery. Era verdad que, desde que había cogido peso, mucho peso, Ana se parecía un poco a la actriz Kathy Bates.
—¿Qué quieres, Hurón?
Gygli, que la conocía bien, comprendió al instante que no estaba de humor para charlas.
—¿Qué te ha dicho el cardiólogo?
—No sabía que te importara...
—Annie, por favor...
—Si no me operan pronto, la palmaré. ¿Te basta con eso?
—¿Cuándo...?
—Pasado mañana tengo cita en el hospital para la carnicería. Pero no me has llamado por eso, ¿verdad?
Gygli se aclaró la garganta.
—Lo siento de veras, pero...
—Pero ¿qué?
—Ya sabes que entre Navidad y Año Nuevo andamos cortos de personal... ¿Podrías...?
—¡Venga, suéltalo!
—Nos han llamado por un paquete sospechoso. No tengo a nadie disponible.
—¿Desde cuándo se encarga la Brigada Criminal de los paquetes sospechosos? Llama a los artificieros.
—No, no, no es una alerta de bomba.
—Entonces ¿qué es?
—Algo un poco más especial... No sé si es serio o no. Prefiero que lo compruebes sobre el terreno. La alerta la ha dado un empleado de Correos.
—¿De qué sucursal?
—La de Balexert, en el centro comercial.
Ana oyó un claxon. Detrás de ella, el conductor se impacientaba. Miró hacia delante. La fila de vehículos había avanzado. Pisó el acelerador.
—¿Qué ocurre?
—Nada, un gilipollas al volante.
—¿Dónde estás?
—En el puente de Le Mont-Blanc. Volviendo a casa.
El comisario guardó silencio unos instantes.
—Sabes que no te lo pediría si tuviera a alguien a mano —dijo al fin—. Realmente, estoy con la soga al cuello. Hazme ese favor, solo tienes que desviarte un poco...
—¿Un poco? ¿Con esta nieve y esta circulación? ¿Me tomas por idiota?
—No me atrevería.
Esta vez, fue Ana quien se quedó callada.
—¿No puedes mandar a Morin?
—Está de vacaciones.
—Pues a Mitch. Correos le traerá recuerdos.
—Sabes perfectamente que está suspendido. La IGS jamás permitiría que vuelva a mandarlo sobre el terreno. Todavía no.
—¿Y tú? ¿Por qué no vas tú?
—No me toques las narices, Annie. Tengo que organizarlo todo aquí.
Ana suspiró.
—¡Eres un tocapelotas, Hurón!
Y colgó.
Una nueva racha de nieve barrió la ensenada. El coche avanzó otros tres metros penosamente. Ana bajó el parasol y miró la foto de Lucille. Tomada cinco años antes, cuando Lucille y ella estaban en Estupefacientes, hablaba de los buenos tiempos, de una felicidad pretérita.
Eran los tiempos de la libertad, de la improvisación, del coqueteo con la línea roja y de las victorias. Aquella noche, la brigada había incautado cien kilos de cocaína en el almacén de un mayorista de café, en la otra punta de la ciudad, y más de un millón de francos en metálico en la caja fuerte de un abogado corporativo. Habían caído cabezas incluso en las más altas esferas de las finanzas y la política. Tras meses de escuchas, vigilancias e infiltraciones, Lucille, Ana y sus compañeros habían celebrado el éxito de la operación.
Corrió el alcohol. En las dependencias de la brigada, un compañero borracho sacó la pistola y disparó varias veces a la papelera, el entablado carcomido y una vieja pared. Para hacer una gracia. Con tan mala pata que una bala agujereó el sistema de escuchas y se cargó el ordenador. Otra rebotó y acabó en el pie de Morin. Por suerte, una herida leve, pero el tirador beodo se puso al volante para llevarlo al hospital. Y, cuando los gendarmes le pidieron que soplara, les partió la cara. Sencillamente. Eran los tiempos de la despreocupación y el todo vale.
La policía ginebrina también era la más francesa de las policías suizas. Una pálida copia de las películas de Olivier Marchal. Sus miembros se creían los amos del mundo, los señores de la mugre y el fango. A algunos les habría gustado que fuera cosa de otros tiempos, pero continuaba siendo así.
Para Ana, había sido la época del amor desenfrenado. En aquella foto, pesaba treinta kilos menos. Una miss, guapa, delgada, radiante. Y, sobre todo, inconsciente. Por Lucille, lo dejó todo de un día para otro, marido e hijos, la vida familiar estable y tradicional que siempre había conocido. Para ella, un incendio. Para ellos, un cataclismo.
Luego, la Inspección General de Servicios (IGS), unidad de asuntos internos, metió las narices en las prácticas de la brigada. Volvieron a rodar cabezas, pero esta vez en el otro bando. Y, de la noche a la mañana, Lucille desapareció sin dejar rastro ni dar la menor explicación.
Cada vez que Ana la miraba, aquella foto era como un electrochoque, como la raya de coca que habría querido meterse, como la bofetada de calor antes del descenso a los infiernos.
«Te echo de menos, Lucille... ¿Dónde estás, maldita sea?».
Un nuevo bocinazo la sacó de su breve viaje al pasado. Le enseñó el dedo al conductor que la seguía, bajó la ventanilla, dejó la mano fuera y, sintiendo que el frío le entumecía los dedos de inmediato, fijó el girofaro en el techo del vehículo camuflado.
—¡Mira que eres tocapelotas, Hurón!
Con el faro azul y la sirena de dos tonos encendidos, el coche de Ana abandonó la doble fila y remontó el puente de Le Mont-Blanc en dirección a la estación de Cornavin y el centro comercial Balexert por un imaginario carril central cubierto de hielo.
2
Lausana, unos días antes.
Vivíamos en un mundo en el que pronto habría tantos perversos narcisistas como rupturas de pareja. Era el fenómeno de moda, comparable a la sobreabundancia de niños con alto potencial intelectual en las aulas. La normalidad, si es que eso ha existido alguna vez, se había convertido en excepción.
En un primer momento, el fenómeno API había provocado desafíos entre las mamás que esperaban a sus vástagos a la salida de la escuela. Para ver la que tenía el hijo más inteligente. Luego, cuando a esas mamás les habían explicado que el diagnóstico implicaba más bien un hándicap para su hijo, se había convertido en una excusa para justificar el fracaso escolar: «Mi hijo es superdotado, se aburre en clase». Treinta años antes, a esos niños se les llamaba zoquetes.
Con los perversos narcisistas, pasaba tres cuartos de lo mismo. Se empleaba la expresión a troche y moche, sin ton ni son, la gente la utilizaba para consolarse diciéndose que el cónyuge que lo había dejado —o al que había dejado— entraba en esa categoría. Pero se olvidaba el hecho de que, en psiquiatría moderna, el concepto «perverso narcisista» no existía.
Para los psiquiatras, solo había individuos narcisistas por un lado y relaciones perversas por otro. Una relación amorosa implicaba generalmente a dos personas, y una ruptura sentimental rara vez era responsabilidad solo de una de las dos.
Pero Veronika Dabrowska estaba convencida: Sam era un perverso narcisista. Desde hacía una hora, daba vueltas como una peonza por su pequeño estudio abuhardillado, en el último piso de un edificio vetusto y mal caldeado del casco antiguo de Lausana. Teléfono en mano, esperaba con impaciencia que Yves Morin volviera a llamarla.
De cuando en cuando, apartaba un poco la cortina y observaba la calle, convencida de que Sam estaba allí, en alguna parte, escondido en la esquina de una calleja oscura, vigilándola y saboreando el miedo que conseguía infundirle. Pero Vero no distinguía nada en la gélida noche. En la capital valdense soplaba un viento siberiano. Abajo, a la derecha, la place de La Palud estaba cubierta de nieve y desierta. Enfrente, en la rue Mercerie, no quedaban en el halo de las farolas más que las huellas de la gente que había preferido huir del frío y refugiarse en casa. A la izquierda, las escaleras del Mercado, también desiertas, y, más arriba, recortándose contra el cielo salpicado de copos, el campanario iluminado de la catedral. Esa noche, poca gente oiría cantar las horas al vigía.
Vero no veía a nadie. Sin embargo, sabía que Sam estaba allí. Espiándola. Dejó caer la cortina y miró la pantalla de su móvil, desesperantemente apagada.
«¡Llámame, Yves! ¡Te lo suplico, amor mío!».
¿Cómo había podido equivocarse tanto con Sam?
No lo entendía. Una y otra vez, repasaba en su cabeza el hilo de lo sucedido en los últimos seis meses. Al comienzo de su relación, era tan encantador...
En sus primeras conversaciones, no se lo había ocultado: en la escuela, fue un mal estudiante. Ni niño prodigio ni genio encubierto. Si había salido adelante en la vida había sido a base de voluntad y perseverancia. Esa sinceridad la había convencido rápidamente para iniciar una relación virtual con él.
Al principio, desconfiaba un poco. En internet, los timos amorosos estaban a la orden del día, alguna amiga suya ya había caído en la trampa, y ella se mantuvo alerta. Pero fueron pasando los meses, y Sam no hablaba de problemas de dinero ni le pedía un céntimo. Al revés, decía que vivía con desahogo y, cuando ella le confesó que le costaba llegar a fin de mes, incluso se ofreció a ayudarla económicamente. Por orgullo, rechazó la oferta.
Sam se fue ganando su confianza, y poco a poco Vero se abrió a él en todo lo relacionado con su vida privada. Sam, mucho menos. Ella vivía en Lausana; él, en Ginebra. Ella trabajaba como bibliotecaria; él, como impresor. Compartían el amor por los buenos libros, tenían más o menos la misma edad, ambos acababan de salir de un doloroso divorcio y frecuentaban los portales de citas. Ella no tenía hijos; él, tampoco. Eso era prácticamente todo lo que sabía de Sam.
Él sabía mucho más de ella: su dirección, dónde trabajaba, la marca de su coche, sus horarios de trabajo, sus costumbres, sus aficiones, sus gustos en el vestir, la comida, el amor... Sabía lo que medía, lo que pesaba, el color de sus ojos y su pelo... Ella tenía una verdadera foto de perfil; él no.
Para acompañar el suyo, Sam había optado por poner la imagen de un viejo sello de correos que mostraba una paloma blanca sobre fondo rojo, con el escudo del cantón de Bâle-Ville y las palabras «Stadt-Post-Basel». Siempre se había negado a mandarle una foto suya, argumentando que un amor sincero no se basaba en el físico.
Un día, Vero insistió, y él le respondió que podía ir a verla, pero que, si lo hacía, estarían ligados por un pacto sellado de por vida. Esas misteriosas palabras le resultaron inquietantes; dudó y, por fin, le respondió que aún no estaba preparada para recibir a un hombre en casa. Para no herirlo, le propuso una solución intermedia: un encuentro sin compromiso en un café de Lausana. Sam rechazó la idea, y Vero prefirió poner fin a su relación virtual.
Y ahí empezaron los problemas. Sam no aceptó la ruptura. Volvía a la carga una y otra vez, y le puso un apodo que, en otras circunstancias, a ella le habría parecido encantador. Le escribió que le había dedicado seis meses de su existencia, durante los que no había pasado un solo día sin que le mandara mensajes, que ella había entrado en su vida y que no saldría de ella así como así. Que era suya
