La última Mona Lisa

Jonathan Santlofer

Fragmento

cap-2

 

21 de agosto de 1911

París, Francia

Ha pasado la noche acurrucado, a oscuras, obsesionado con imágenes del infierno, de monstruos espantosos y de personas retorciéndose entre llamas semejantes a las del Bosco. Mira hacia la penumbra y sabe que pasará el resto de su vida en la oscuridad.

Mientras se pone el guardapolvo de trabajo, lo abotona sobre la ropa de calle y abre la puerta del armario; solo piensa una cosa, es su único pensamiento: «Perdemos lo que no valoramos lo suficiente».

El museo está a oscuras, pero no tiene problemas para recorrer el largo pasillo. Conoce perfectamente la distribución y la culpa alienta su propósito. La Victoria alada proyecta una sombra predadora que le produce un escalofrío, aunque hace un calor sofocante y no corre el aire.

La cara aparece como un espectro, bellos labios cuarteados, carne teñida de gris. En algún sitio llora un niño. El llanto se convierte en un grito escandaloso. Se tapa las orejas y deja escapar un sollozo, gira hacia un lado, después hacia otro y busca en la oscuridad a su amor perdido y a su hijo, susurra sus nombres, las paredes se ciernen sobre él, la habitación se inclina y la sensación de vacío en las entrañas se dilata hasta conformar todo su ser; es un hombre hueco. En ese momento entiende que el vacío que ha sentido durante tanto tiempo ha sido un presagio, una vista previa del resto de su vida, que ha estado practicando para ser un hombre muerto.

¿Pasos?

Pero es demasiado temprano y es lunes, el museo está cerrado.

Se detiene, mira hacia el vestíbulo en penumbra, pero no ve nada. Debe de haberlo imaginado, ya no está seguro de lo que es real y de lo que no lo es. Ahueca una mano enguantada junto a una oreja y presta atención, pero no oye nada, solo el sonido de su respiración pesada y el rápido movimiento de su corazón.

Da unos pasos más, atraviesa un arco y entra en una sala cercana al patio Visconti, con techos altos y lo suficientemente grande como para exhibir pinturas tamaño mural. A oscuras, los lienzos parecen rectángulos negros, aunque los imagina: un paisaje de Corot, una famosa escena de batalla de Delacroix, la Consagración del emperador Napoleón de Jacques-Louis David, en la que aparece el dictador vestido con recargados ropajes, capa de piel, corona de laurel y expresión engreída de victoria en el rostro.

Entonces, cuando imagina a Napoleón, su enfebrecido cerebro discurre la explicación que dará posteriormente, la que publicarán los periódicos: «Robé el cuadro para devolverlo a su legítimo hogar».

Será un patriota, un héroe, nunca más el inmigrante, el hombre sin morada.

Más calmado, recorre un pasillo más estrecho, con la mente concentrada y motivado. Les demostrará que es alguien.

En el Salon Carré, más pequeño, apenas distingue la forma de los cuadros, Tiziano y Correggio, y el premio resplandece entre ellos; la virgen de las rocas, el vampiro que nunca duerme, la mujer más famosa del mundo: la Mona Lisa.

Se le desboca el corazón, siente un hormigueo en las terminaciones nerviosas y una docena de pensamientos atraviesan su sesera mientras desatornilla el pequeño panel de madera de los pernos de metal. Un hombre poseído, ciego a la sombra del reflejo de su cara, distorsionada por el cristal que él mismo ha colocado la semana anterior.

Tarda cinco minutos.

Después se pone en movimiento con el cuadro pegado al pecho, una figura borrosa que sale rápidamente por una puerta, luego por otra y recorre un pasillo hasta llegar a una escalera, en la que se detiene para retirar el pesado marco y la placa de vidrio, y dejarlos allí. Vuelve a ponerse en marcha por un estrecho pasillo bordeado con esculturas de mármol, más rápido, sudando, atraviesa un arco y llega a la salida lateral, la puerta de las Artes, exactamente como lo ha planeado, un sueño perfecto. Hasta que el pomo no gira.

Tira y le da vueltas, empuja y lo sacude, pero no cede, lo único que se mueve son las vueltas que da su mente.

Inspira profundamente, vuelve a inspirar, hasta que se le ocurre: «El destornillador, por supuesto». La misma herramienta que ha utilizado en los pernos le sirve para desatornillar el pomo, que le cae en la mano y lo guarda en el bolsillo del guardapolvo, que se quita, enrolla y coloca en la parte de atrás del cinturón.

Desliza el panel dentro de la camisa, un lienzo envejecido que le raspa la piel cuando se abotona la chaqueta, con el corazón latiendo contra la misteriosa belleza de cuatrocientos años que ha sido testigo de su secuestro más de una vez, ha observado incontables citas secretas desde la pared del dormitorio de Napoleón, ha soportado las bocas abiertas y las miradas penetrantes de millones de personas y, en ese momento, agotada y cansada del mundo, anhela descansar. Pero su historia dista mucho de haber terminado.

1

Diciembre de 2019

Florencia, Italia

Carlo Bianchi se llevó el pañuelo a la nariz. Su tienda, en la via Stracciatella, cerca del ponte Vecchio, era pequeña y se hallaba atestada de libros en las estanterías, en el escritorio, repartidos por el suelo en pilas como pueblos maya en miniatura, todo cubierto de polvo y oliendo a moho y humedad.

Bianchi buscaba un libro sobre diseño de jardines rococó que sabía que estaba en algún sitio. Consiguió encontrarlo al final de un montón muy alto. Cuando se disponía a sacar el libro, tumbado de lado y con la barba recogiendo pelusa, vio las zapatillas de deporte con suela gruesa de un hombre.

Bianchi giró el cuello para mirarlo de costado.

Posso aiutarla?

El hombre lo miró desde arriba.

—¿Habla inglés?

—Sí —dijo Bianchi antes de ponerse en pie y sacudirse el polvo de los pantalones y la chaqueta—. En una vida dedicada a los libros se aprenden muchos idiomas.

—Estoy buscando un diario, una agenda que ha comprado recientemente a un librero francés llamado Pelletier.

—¿Pelletier? Deje que piense. Creo que tengo una lista de las compras recientes. —Bianchi fingió que revisaba el montón de recibos que había encima del escritorio. Sabía exactamente todos los libros que había vendido o comprado, incluidos los del librero francés, Pelletier, pero nunca daba información personal a un cliente.

—Ese diario se escribió hace cien años —le informó el hombre—. Pelletier juró que se lo había vendido a usted, y las personas rara vez mienten cuando han perdido un dedo y saben que pueden perder otro. Seguro que recuerda haber comprado ese libro. —Puso la mano sobre la de Bianchi y la presionó contra el tablero de madera.

—Sí, sí, lo recuerdo —dijo Bianchi—. Estaba escrito a mano, en italiano.

El hombre aflojó la presión y Bianchi retiró la mano y se echó hacia atrás prácticamente haciendo una reverencia.

—Lo siento, pero el diario… ya lo he vendido.

—¿A quién?

—A un anciano que colecciona ese tipo de cosas. Nadie importante.

—¿Cómo se llama?

—No recuer…

El hombre agarró a Bianchi por las solapas y lo levantó del suelo.

—¡Cómo se llama!

Agitando los brazos y con los pies a varios centímetros del suelo, Bianchi resolló el nombre:

—Gu… Guggliermo.

El hombre lo soltó y Bianchi aterrizó tambaleándose en el suelo y derribó una torre de libros.

—¿Y dónde puedo encontrar a ese Guggliermo?

—Es… es… —Bianchi intentó recobrar el aliento— profesor en la universidad, en Florencia, pero creo que está jubilado. —Miró de reojo por la ventana para ver si había alguien afuera, algún transeúnte al que pudiera pedir ayuda, pero el hombre se movió para taparle la vista.

—Su dirección.

—E… estoy seguro de que si pregunta en la universidad…

El hombre le lanzó una mirada impasible y Bianchi, con dedos temblorosos, buscó rápidamente en el archivo de tarjetas. Encontró la que buscaba y empezó a leerla, pero el hombre se la arrebató.

—No leyó el diario, ¿verdad?

—¿Yo? No, no. —Bianchi movió la cabeza de un lado a otro.

—Pero sabía que estaba escrito a mano y en italiano.

—Pelletier debió… de decírmelo… o quizá vi una página, pero eso es todo.

—Entiendo —aceptó el hombre abriendo los labios y mostrando unos dientes manchados de tabaco. Se metió la tarjeta en un bolsillo—. Y no dirá nada de mi visita ni a ese Guggliermo ni a nadie.

—No, signore. Ni siquiera a Pelletier. Nunca diré nada.

—Por supuesto que no —concluyó el hombre.

Bianchi todavía estaba intentando recuperar el aliento y el equilibrio cuando el hombre le dio un puñetazo en el pecho. Bianchi se tambaleó hacia atrás agitando los brazos y derribando otro montón de libros antes de caer.

El hombre lo levantó, le puso las manos en el cuello y apretó.

Bianchi intentó hablar, suplicar, pero solo consiguió emitir unos gritos ahogados mientras la tienda se desenfocaba.

—No. Ni una palabra —sentenció el hombre cuando notó que la laringe del librero se partía.

2

Dos meses después

El correo electrónico había llegado hacía menos de dos semanas y ahí estaba yo, incapaz de pensar en nada más, huyendo de mi vida por una posibilidad, por un capricho.

Intenté mitigar la ansiedad, me detuve para relajar la tensión del cuerpo y después arrastré la maleta con ruedas por un largo pasillo tras otro, con una mezcla de agotamiento y adrenalina después de un vuelo de ocho horas desde Nueva York, en el que había estado demasiado nervioso como para dormir.

El aeropuerto Leonardo da Vinci era como la mayoría: impersonal, lleno de gente y con una iluminación intensa. Que lo hubieran bautizado con el nombre de Leonardo me pareció profético, aunque, evidentemente, no lo habían hecho por mí. Comprobé la hora, eran las seis de la mañana. Después busqué el tren del aeropuerto y me sentí muy orgulloso cuando lo encontré. Me senté, cerré los ojos y una docena de pensamientos revolotearon en mi mente como mosquitos.

Treinta y dos minutos más tarde estaba en Roma Termini, la enorme estación de trenes, abarrotada, una vibrante vorágine de viajeros, pero con un toque de romanticismo en los trenes que esperaban poco más allá de las taquillas y arrojaban humo blanco al aire invernal.

Me abrí camino a través de la multitud, «Mi scusi, mi scusi», agradecido por que mis padres me hubieran hablado en su idioma nativo desde que empecé a gatear, al tiempo que me desplazaba de un tren a otro con mi billete en la mano y los ojos fijos en el gran tablero para buscar FLORENCIA mientras los minutos se agotaban. Casi perdí mi tren, porque estaba anunciado con su destino final, Venecia —una ciudad que me encantaría ver, pero no en ese momento; tenía una misión que cumplir—.

El tren a Florencia estaba limpio, parecía nuevo y los asientos eran cómodos. Puse la maleta en el portaequipajes, me quité la mochila y di unas cabezadas. Soñé con páginas que flotaban en el aire mientras intentaba agarrarlas, sin conseguirlo.

Me tomé una Coca-Cola para mantenerme despierto y miré por la ventanilla: el paisaje cambiaba de llano a escarpado, con pueblos medievales en lo alto de las colinas más altas, todo ligeramente irreal, como si estuviera viendo una película y no camino de descubrir lo que esperaba que fuese la respuesta final a un misterio centenario y a veinte años de investigación en busca del delincuente más infame de mi familia.

Una hora y media más tarde estaba fuera de la bulliciosa estación de trenes, Santa Maria Novella, en el centro de la ciudad, tirando de la maleta por calles adoquinadas con un sol brumoso, que aparecía y desaparecía entre las nubes, y aire frío y despejado. Reproduje lo que había sucedido en las dos últimas semanas: recibir el correo electrónico, comprar un billete con vuelta abierta, ir al consulado italiano, en el que engatusé a una joven para que me facilitara un permesso cultural y una carta que asegurara que soy profesor en una facultad de Bellas Artes y me permitiera el acceso a las instituciones culturales italianas, y después llamar a mi primo en Santa Fe —un escultor ansioso por triunfar en la escena artística neoyorquina—, al que le encantó la idea de subarrendar mi apartamento en Bowery. Una semana más tarde forré mis cuadros con plástico con burbujas, dejé las clases de la facultad en manos del profesor asistente y me tomé una semana libre antes del receso académico, una decisión arriesgada para un profesor adjunto deseoso de conseguir una plaza titular.

Crucé la ancha avenida frente a la estación y me metí en un laberinto de calles pequeñas intentando seguir el GPS del móvil, que me redirigía continuamente. Tuve que cambiar de dirección dos veces, pero diez minutos más tarde llegué a una amplia plaza rectangular presidida por una iglesia de color siena con cúpula de ladrillo rojo, piazza di Madonna, en la que divisé el hotel, cuyo nombre, PALAZZO SPLENDOUR, estaba escrito en letras de neón antiguas.

El vestíbulo tenía el espacio de una cocina estrecha de Manhattan, las paredes necesitaban una capa de pintura, el suelo era de mármol blanco jaspeado tremendamente agrietado y solo contaba con una desvaída fotografía en blanco y negro del David de Miguel Ángel como decoración.

—Luke Perrone —me presenté a la persona que estaba detrás del mostrador de la recepción; un joven de brazos fibrosos con tatuajes de poca calidad, apuesto según el estilo drogadicto, un cigarrillo en la boca y un móvil entre la oreja y el hombro.

Passaporto —pidió sin levantar la vista. Cuando le pregunté en mi mejor italiano si podía dejar la maleta y volver luego levantó un dedo, como si estuviera interrumpiendo su llamada, por supuesto personal, a no ser que dijera a todos los huéspedes del hotel «il mio amore». No esperé contestación, dejé la maleta y salí de allí.

Google Maps me informó de que San Lorenzo estaba a cinco minutos, lo que parecía fácil, aunque eché a andar en la dirección equivocada antes de darme cuenta de que estaba mirando el mapa al revés. Di media vuelta, bordeé la iglesia con cúpula de la piazza di Madonna una vez más y seguí la ruta, que me condujo por una serie de estructuras ocres apiladas y después por un largo tramo de muro de piedra irregular con escaleras que llevaban a unos arcos ciegos y acababan en un rincón. La piazza San Lorenzo era un espacio abierto prácticamente vacío, a excepción de algunos turistas y un par de monjes con largos hábitos marrones.

Intenté entenderlo y me di cuenta de que por donde había pasado y donde estaba formaban parte de un amplio conjunto.

Enfrente, la basílica de color arena era tosca, parecía inacabada y tenía tres entradas con arco, con pesadas puertas de madera, todas cerradas. A la izquierda de la iglesia había un arco más pequeño y un callejón oscuro que me condujo al famoso claustro de San Lorenzo, un lugar que solo había visto en fotografías.

Con solo dar unos pasos sentí que estaba entrando en un sueño: el jardín cuadrado con setos hexagonales y logia de dos pisos, clásico y armonioso, diseñado por mi arquitecto favorito del Renacimiento, Brunelleschi. Durante un momento intenté imaginar que era un artista del Alto Renacimiento y no un pintor de Nueva York en apuros que enseñaba Historia del arte para pagar las facturas.

Suspiré, mi aliento formaba niebla en el frío de la última hora de la mañana y todo en ese patio estaba cubierto por escarcha plateada. Tres monjes con largos hábitos de lana envolvían plantas con arpillera mientras yo temblaba con una fina cazadora de cuero. No pensé que hiciera tanto frío en Florencia. Para ser sincero, no había pensado en casi nada después de recibir el correo electrónico:

Querido señor Perrone:

Una de las últimas voluntades del profesor Antonio Guggliermo fue que me pusiera en contacto con usted respecto a lo que podría ser el diario de su bisabuelo. El profesor tenía previsto publicar un artículo sobre el diario que, según él, podría ser una «revelación». Por desgracia, su muerte repentina le impidió escribirlo.

El diario, junto con los libros y documentos del profesor se han donado a la Biblioteca Laurenciana de Florencia, Italia. Fui una de las personas que catalogaron sus obras y metí el diario en una caja con la etiqueta «Maestros del Alto Renacimiento».

Para poder leer los documentos del profesor Guggliermo necesitará solicitar un permesso cultural, que no le costará conseguir.

Si solicita los documentos, le sugiero que no mencione nada sobre el diario y preferiría que no incluyera mi nombre en la solicitud. Atentamente,

LUIGI QUATTROCCHI

quattrocchi@italia.university.org

Me puse en contacto inmediatamente con Quattrocchi y en su respuesta, que parecía seria y sensata, aseguraba que el diario existía, aunque no podía garantizar su autenticidad.

Llevaba años escribiendo cartas y correos electrónicos para pedir cualquier tipo de información sobre mi bisabuelo. La mayoría no obtuvieron respuesta. Las personas que contestaron siempre pedían dinero, pero ninguna aportó nada. Pero esa información había llegado gratis y sin motivos ocultos, al menos en apariencia.

Scusi, signore —dijo uno de los monjes, joven, con barba rojiza y sorprendentes ojos azules—. ¿Espera a que abra la biblioteca?

—Sí —contesté casi echándole la bronca. Después me disculpé y pregunté—: ¿Habla inglés?

—Un poco —respondió el monje.

Le dije que hablaba italiano.

Il bibliotecario è spesso in ritardo —dijo para informarme de que el bibliotecario solía llegar tarde.

Comprobé el reloj. Eran las diez en punto, se suponía que la biblioteca tenía que estar abierta.

El monje me preguntó de dónde era y contesté:

—De Nueva York, pero mi familia proviene de Ragusa. —Aunque nunca había estado en aquel pueblo siciliano ni pretendía comentar de dónde era mi familia; en realidad no tenía intención de decir nada.

—Hermano Francesco —se presentó ofreciéndome la mano.

—Luke Perrone —dije mirando hacia la puerta que conducía a la biblioteca.

—Abrirá pronto —aseguró—. Pazienza.

Paciencia, sí. Nunca había sido mi fuerte y, evidentemente, no lo era en aquel momento, en el que había abandonado mi vida tan solo por una corazonada.

El hermano Francesco volvió al jardín con sus compañeros, vi que susurraba algo y que los tres se volvían hacia mí con los ojos entrecerrados por la fría luz invernal. Me refugié en las sombras de los arcos para evitar sus miradas, me apoyé en una columna e imaginé el apartamento de Bowery y la aleatoria colección que había empezado de niño en mi dormitorio de Bayonne, New Jersey. Ahora ocupaba todo un rincón del estudio en el que pintaba: copias de periódicos con cien años de antigüedad, un plano del museo con la ruta de escape de mi bisabuelo marcada con rotulador rojo, un armario de metal lleno de artículos que detallaban el robo y varias teorías, con un cajón dedicado a las cartas y los correos electrónicos que había comenzado a escribir a cualquiera que pudiera saber algo sobre el delito o sobre mi bisabuelo, y las respuestas, pocas y rara vez o nunca esclarecedoras.

Un viento helado atravesó el claustro y tuve un escalofrío. Sentí que me tocaban un brazo y me estremecí.

Era el monje otra vez.

Mi scusi, ma la biblioteca è aperta.

Hice un gesto rápido con la cabeza y me dirigí por el pasillo con arcos hacia la puerta de madera, que ya estaba abierta.

3

Sede de la Interpol

Lyon, Francia

John Washington Smith leyó los correos electrónicos por segunda vez. Su trabajo, al igual que el de todos los miembros de la sección de Delitos Contra el Patrimonio Cultural de la Interpol, consistía en monitorizar las comunicaciones y páginas web de anticuarios, galerías de arte y de todos los sospechosos de traficar o vender obras de arte robadas, actualizadas continuamente en una de sus tres pantallas de ordenador. Tenía un interés especial —que con el tiempo se convirtió en obsesión— en el robo en 1911 del cuadro más famoso de Leonardo, lo que había sucedido durante los más de dos años en los que estuvo desaparecido y la teoría de que la Mona Lisa del Museo del Louvre no es el original. Llevaba muchos años oyendo que el ladrón, Vincenzo Peruggia, había escrito un diario en la cárcel, algo que nunca se había confirmado. Pero el bisnieto del ladrón, Luke Perrone, un artista estadounidense e historiador del arte —cuyas comunicaciones había vigilado durante años—, había estado enviando correos electrónicos a un profesor italiano en los que mencionaba ese diario.

Smith se quitó las gafas y se masajeó el puente de la nariz, le dolía la cabeza. Llevaba demasiadas horas mirando la luz intermitente de las pantallas de ordenador, dispuestas en una ancha U que ocupaba la mayor parte del escritorio, un tablero blanco de Formica sobre patas metálicas finas, ensambladas de una forma que le recordaba a ET. El teclado y el ratón inalámbricos también eran blancos, además de los archivadores cuadrados que conformaban el otro extremo del cubículo. Techos blancos. Paredes blancas. Baldosas gris pálido con dibujo «en relieve» para dar la impresión de que eran una alfombra. También eran ligeramente mullidas y Smith se preguntaba a menudo si las habían colocado por el bien de los pies de los trabajadores de la Interpol o para crear un espacio prácticamente insonoro, aunque apenas importaba, porque todos los investigadores llevaban zapatillas de deporte o de paseo. Las de Smith eran unas Nike blancas de suela gruesa, que limpiaba con jabón y un cepillo de dientes.

Volvió a leer los correos electrónicos y moderó su entusiasmo mientras meditaba las opciones. Podía informar a las autoridades locales y pedir que vigilaran a Perrone y al profesor italiano, o emitir una de las notificaciones con uno de los ocho colores que utilizaba la Interpol para indicar el grado de un presunto delito —el rojo era el más grave—, pero no tenía pruebas de que se hubiera cometido un delito, ni siquiera una infracción, todavía. No podía pedir a la Secretaría General que emitiera esa notificación.

Miró la pantalla de la izquierda, en la que aparecían los datos sobre obras de arte desaparecidas o robadas, y la fecha en que se habían denunciado. El robo de obras de arte y la falsificación son delitos graves y las personas implicadas —coleccionistas, ladrones e intermediarios— no solo son meticulosos, sino a menudo peligrosos. Según las estadísticas de la Interpol, el robo de obras de arte alternaba entre el puesto tercero y cuarto de la agencia en prioridad e importancia, por debajo del tráfico de drogas, el contrabando de armas y el blanqueo de dinero. Smith se lo tomaba en serio, al igual que hacía con todo, como la calistenia y el levantamiento de pesas diarios, que habían añadido una considerable masa muscular a su estructura de más de metro ochenta de estatura. No podía permitirse ser débil o parecerlo, algo que un chaval negro de las viviendas protegidas Baruch Houses de Manhattan aprende desde muy pequeño. No conocía a su padre, aunque llevaba su apellido como segundo nombre, para que el primero, muy corriente, sonara más distinguido.

Comprobó la hora, eran casi las doce. Además de la cabeza, había empezado a dolerle la espalda tras cuatro horas sentado después de haber ido en coche desde su apartamento de un dormitorio, en las afueras de Lyon, y haber lidiado con el tráfico de la ciudad para llegar al monolito de acero y cristal de la sede internacional de la Interpol, algo que hacía todos los días, dos veces.

Necesitaba una pausa, tiempo para pensar y un cigarrillo.

El ascensor cilíndrico lo bajó al patio octogonal del centro del edificio. Había algunas personas, aunque el frío espacio minimalista les hacía parecer irreales, como si fueran androides. Se preguntó si también él parecería un robot, aunque dudó que los robots fumaran Marlboro Light. Inspiró con fuerza mientras analizaba las ventajas y desventajas de lo que había pensado, sabedor de que estaba estrictamente en contra de la política de la Interpol.

El anguloso recinto cerrado del patio le recordó las paredes de las Baruch Houses, ambos espacios eran una especie de prisión, aunque en aquel no había pintadas y nadie acechaba en las sombras para vender hierba, meta o caballo. Pensó que era irónico que hubiese cambiado una prisión por otra, a pesar de haber creído que esa no solo le proporcionaría una vía de escape, sino también éxito y prestigio. ¿Era demasiado tarde? Dio otra calada y un pensamiento fue tomando forma, como si el humo le dejara un trazo vaporoso en los pulmones o el cerebro: «Si quieres triunfar y llegar a ser alguien, has de hacerlo». Miró a las personas que había al otro lado del patio y se preguntó si podrían leer sus pensamientos. Había hecho cosas en su vida de las que no se sentía orgulloso; algunas no se las había confesado a nadie. Pero ¿podía hacer aquello?

Cuando acabó el cigarrillo seguía reflexionando sobre esa cuestión, continuó haciéndolo en el ascensor y no dejó de hacerlo, además de sobre todo lo que estaba en juego, mientras atravesaba el suelo insonoro de la sala de analistas. Pasó por delante de cubículos abiertos de investigadores y de otros que parecían celdas pequeñas acolchadas: tres paredes de material gris tipo capitoné que se utilizaban cuando un investigador necesitaba hablar en privado con otro. Aminoró el paso ante una sala acristalada en la que se celebraba una reunión de analistas a la que no lo habían invitado. Después avanzó a toda prisa con los puños apretados y los músculos del cuello tensos, atravesó la planta y se dejó caer en la silla ergonómica que había detrás de su escritorio.

A los cuarenta y siete años seguía siendo un analista de inteligencia criminal, uno más en la sección de Delitos Contra el Patrimonio Cultural. Todos los años veía cómo otros analistas menos dedicados ascendían en el escalafón y entraban en la Asamblea General, el órgano de gobierno de la Interpol, mientras a él no lo tenían en cuenta. Veinte años introduciendo datos e investigando, veinte años desde que se había licenciado en Ciencia de datos y criptografía en el John Jay College of Criminal Justice de Nueva York, ¿de qué le habían servido? Una silla detrás de un ordenador diez horas al día.

Suspiró, se recostó y miró los largos tubos de cálida luz incandescente. Necesitaba hacer algo grande, algo único, algo que diera que hablar, algo que demostrara a sus superiores, hombres y mujeres, que era alguien especial.

Se inclinó hacia delante, volvió a leer los correos electrónicos entre los dos hombres y los envió a su dirección personal de correo electrónico, junto con los mensajes de texto y las llamadas, algo sobre lo que no le preguntarían, sobre todo porque nadie se enteraría. Arrastró el ratón por la columna de documentos y carpetas que había estado recopilando durante años sobre el infame robo y abrió una llamada PERRONE. En la pantalla del centro aparecieron todos los datos de aquel hombre: la correspondencia que había mantenido durante casi veinte años respecto a su bisabuelo, sus exposiciones y sus trabajos como profesor, sus expulsiones en institutos —cuatro; una de ellas por fumar en la sala de los alumnos, dos por pelearse a puñetazos en clase y una por ser miembro de una banda—, una lista de las mujeres con las que había salido más de seis meses —había muchas—, con subdocumentos de cada una, una detención por conducir bebido a los dieciséis años y un arresto por allanamiento de morada, supuestamente sobreseídos por ser menor de edad, aunque, al trabajar en la Interpol, a Smith le había resultado muy fácil acceder al registro de antecedentes penales de la policía de Bayonne y hacerse con una copia, además de documentos relativos a los padres y familiares de Perrone.

Metió los nuevos correos electrónicos en la carpeta. Buscó el número del Carabinieri Comando Provinciale de Florencia para informar a la policía local italiana, como era el procedimiento habitual y según se hacían las cosas en la Interpol. Empezó a marcar el número en el móvil, pero se detuvo —un breve momento para tener en cuenta las consecuencias— y después llamó al aeropuerto de Lyon y compró un vuelo a Florencia.

4

Florencia, Italia

Al final del claustro entré por la puerta y subí por una escalera interior hasta el piso superior de la logia; la energía contenida me impulsaba hacia delante. Arriba, un fresco descolorido de la Anunciación me maravilló, pero no consiguió detenerme. Una vigilante, sentada a la entrada de la biblioteca en ropa de calle, registró la mochila y me dejó pasar.

El famoso vestíbulo de la Biblioteca Laurenciana, con quinientos años de antigüedad, era mucho más pequeño de lo que había imaginado, pero no me importó. En lo único en que me fijé fue en la grandiosa escalera de Miguel Ángel y la manera en la que llenaba aquel espacio como un ser vivo que respirara. Imaginé que la piedra era líquida, caía hacia delante como olas de lava, se endurecía y tomaba la forma de unas escaleras que atrapaban el movimiento en su interior. La parte central estaba acordonada, así que elegí una de las escalinatas laterales, más pequeñas y subí lentamente, un escalón detrás de otro, como si no solo estuviera ascendiendo, sino entrando en el pasado.

La biblioteca que se extendía ante mí era larga y rectangular, impresionante e imponente. Cuando avancé por el pasillo central, tuve cuidado de mantener los pies dentro de la alfombra que protegía el delicado suelo de mosaico y miré el artesonado de madera del techo, las vidrieras que inundaban la sala y los bancos de madera, similares a los de una iglesia, con cálida luz natural. Tuve un recuerdo de infancia: estaba en un banco de una iglesia entre mi madre mi padre, cuyo aliento, cuando daba réplica a las palabras del sacerdote, seguía oliendo a la cerveza que solía tomarse después de desayunar, y yo soñaba con salir de allí.

De pronto me di cuenta de que los bancos estaban acordonados y que no había nadie más en la sala, ni un solo investigador o visitante. Entonces experimenté un momento de confusión seguido de pánico: ¿estaría realmente el diario en ese mausoleo? ¿Leía alguien allí? ¿Era todo una invención de Quattrocchi?

Volví sobre mis pasos, me paré delante de la joven que estaba detrás de una mesa pequeña escondida cerca de la puerta y me incliné hacia ella.

Scusi. —La palabra sonó amplificada y el eco rebotó en la sala—. ¿Cómo… se solicitan los libros, documentos…?

—¿Aquí? —Su cara se crispó—. No se puede. Esto es un monumento, no una biblioteca.

—¿Qué? ¿Desde cuándo?

—Desde hace mucho tiempo. Mi madre sí estudiaba aquí, pero de eso hace treinta años.

—No puede ser. He hecho todo este viaje… —Intenté pensar, abrí la mochila y busqué la carta y el permesso—. Tengo… esto.

La mujer estudió los papeles.

—Están bien.

—¿Sí? ¿Cómo es posible si la biblioteca está cerrada?

Si calmi, signore —me pidió tocándome el brazo—. Lo que está buscando es la biblioteca de investigación. Es la puerta de al lado. Afuera. Pregunte al vigilante.

Inspiré con fuerza y tardé un minuto en procesar sus palabras. Después le di las gracias, me di la vuelta y descendí la grandiosa escalera de Miguel Ángel; en esa ocasión, casi corriendo.

El vigilante que había en la puerta examinó la carta y me señaló una pesada puerta de madera, decorada con cabezas de clavos que parecían balas, junto a una placa de metal desgastada que rezaba MEDICEA LAURENZIANA, una cajita moderna con botones para insertar códigos y un timbre, que apreté con fuerza.

La mujer que abrió llevaba un alegre vestido de flores, aunque ella no parecía nada contenta: mediada la cuarentena, pelo muy corto, labios apretados y gafas colgando del cuello en una cadena, que levantó para leer la carta. Me la devolvió sin decir palabra. Una vez dentro, se quedó con la mochila antes de hacerme pasar por un escáner de cuerpo completo.

Cuando sonó la alarma, saqué las llaves y las monedas que llevaba en los bolsillos y los dejé en la palma de su mano. Después volví a pasar. Cuando la alarma sonó por segunda vez, levantó una mano para detenerme, se fue y regresó acompañada por un hombre con barba canosa y un chaleco de lana holgado, que me cacheó el torso, los laterales, las piernas de arriba abajo y el interior de los muslos hasta cerca de la entrepierna, sin mirarme a los ojos.

La mujer de labios apretados sacó el móvil de la mochila y señaló hacia un cartel en la pared: VIETATO L’USO DEL TELEFONO. VIETATO SCATTARE FOTO.

—Lo guardo. Se lo entregaré cuando salga.

Dejó el teléfono en una cesta de alambre que había encima de su escritorio, siguió buscando en la mochila y sacó una cajita de caramelos duros, que inspeccionó como si fueran una bomba.

Caramelle —dije.

Mangiare nella biblioteca è vietato! —vociferó.

Le prometí que no me comería ninguno y me santigüé, un vestigio de mi estricta educación católica. Me estudió entrecerrando los ojos. Me alisé el pelo detrás de las orejas y deseé habérmelo cortado y haberme afeitado; parecía que estuviera esperando a que el director de mi instituto me dijera que estaba expulsado.

Sacó el portátil de la mochila, lo dejó a un lado y entonces encontró una bolsita de caramelos. «Vietato mangiare!», repitió y echó la bolsa a la cesta. Metió el portátil en la mochila, me miró de nuevo mientras hablaba en italiano con el hombre que casi me había registrado por completo, a excepción de las cavidades, como si no la entendiera. Lo que le dijo fue: «Llévalo a la sala de lectura, pero no lo pierdas de vista».

El hombre de barba canosa me condujo a través de una sala pequeña con una pared llena de cajas de catálogos de fichas, una mesa de madera con vitrina de cristal repleta de libros y un gran radiador que siseaba. Después me dejó entrar en la sala de lectura, de tamaño medio y bien iluminada, con tres paredes llenas de libros y una larga mesa que iba de un extremo al otro. Dos bibliotecarias, sentadas detrás de escritorios pequeños, levantaron la vista. El hombre de la barba canosa, que dijo llamarse Riccardo y también era bibliotecario, resultó ser mucho más agradable cuando no estaba presente la comandante de la entrada. Me indicó en voz baja que la mesa era para que leyeran los investigadores, como yo, y que debía solicitar el libro o documento que deseara a la bibliotecaria jefe, que había en la entrada; a continuación me la presentó.

Esta levantó las gafas e inclinó la cabeza con una mirada tímida y coqueta antes de ofrecerme una mano con las uñas pintadas de color fucsia brillante. Tenía unos cincuenta años, era atractiva y voluptuosa, llevaba un jersey ajustado y me preguntó de dónde era con un susurro ronco. Cuando le dije que de Nueva York, comentó que nunca había estado allí, pero que le gustaría ir. Le dije en mi mejor italiano que si lo hacía, estaría encantado de enseñarle la ciudad. Sonrió, lanzó una mirada hacia la oficina exterior y susurró una disculpa si «Mussolini» me había hecho pasar un mal rato. Dijo que se llamaba Chiara y que me ayudaría en lo que necesitase, antes de levantar la barbilla hacia el escritorio que había al lado y decir: «Beatrice, la mia assistente». La joven, de unos veinte años, gafas gruesas y jersey, suelto esbozó una sonrisa nerviosa y volvió a enfrascarse de inmediato en su trabajo.

Chiara me entregó un formulario de solicitud, que rellené exactamente como me había indicado Quattrocchi: «Guggliermo, Maestros del Alto Renacimiento». Lo estudió un momento y se lo entregó a Riccardo, que empujó el carrito metálico para libros que había detrás del escritorio y entró en un cuarto trasero en tanto que Chiara me interrogaba: ¿había estado en Italia antes? ¿Tenía amigos o familiares allí? ¿Cuánto tiempo iba a quedarme? Después me pidió que me sentara a la larga mesa —donde quisiera— y me miró mientras elegía un sitio frente a ella, aunque al otro lado y en un extremo. No sabía muy bien por qué, pero quería tener tanta privacidad como pudiera.

Intenté ponerme cómodo, pero no conseguí relajarme, ansioso por saber si el diario existía realmente.

Entraron dos hombres y se sentaron a la otra punta de la mesa, ambos treintañeros y con gafas, uno con barba recortada y el otro con bigote, perilla y coleta.

Mientras esperaba, saqué el portátil y conecté el cargador a uno de los enchufes del tablero. Me recosté, tamborileé con las uñas y me frené en seco porque el sonido retumbó y todos los presentes me miraron. Sonreí para disculparme, cerré los ojos e imaginé el altar que había creado en el estudio de Bowery, los años de investigación acumulada en torno al robo de mi bisabuelo, todas las teorías sin conclusión y todas las preguntas sin respuesta.

Oí las ruedas del carrito de metal, abrí los ojos y vi la caja de cartón blanca, larga y plana que me acercaba Riccardo. La dejó sobre la mesa y después se fue empujando el carrito.

La miré un momento, la toqué como para asegurarme de que era real y después levanté la tapa.

En el interior había un montón de carpetas manila, todas etiquetadas con caligrafía esmerada: ALTO RENACIMIENTO EN FLORENCIA, PRIMER RENACIMIENTO EN SIENA, NOTAS SOBRE EL MANIERISMO… Estaba claro que Guggliermo era un hombre muy organizado. Saqué una, después otra y otra, y el montón fue aumentando. Retiré unas cuantas más antes de verlo: un cuaderno azul envuelto y atado con un cordel grueso.

Inspiré con fuerza y miré de reojo al escritorio de la entrada: Chiara revisaba unos papeles y Beatrice ordenaba fichas; después a los dos hombres, ambos tenían libros abiertos delante y tecleaban en sus ordenadores.

Coloqué la tapa de cartón en uno de los atriles que proporcionaba la biblioteca, para utilizarla como una especie de escudo, y puse montones de carpetas alrededor para crear un pequeño fuerte, aunque me esforcé porque pareciera involuntario. Después saqué el cuaderno de la caja y solté el cordel. La cubierta parecía desgastada y lo levanté con cuidado. El papel no tenía pautas y estaba ligeramente amarillento.

Al final de la primera página había una firma, a lápiz, pequeña y limpia: Vinzenzo Peruggia.

Busqué en la mochila la muestra que había fotocopiado del reverso de la foto policial y que había llevado conmigo.

La coloqué junto a la página del diario y comparé la escritura. Era idéntica.

Debajo de la firma de Peruggia había una línea con la misma letra pequeña: La mia storia.

5

21 de diciembre de 1914

Cárcel Le Murate, Florencia, Italia

Sono molte notti che non dormo…

El colchón es fino. Noto el suelo cada vez que me doy la vuelta. En la celda hace mucho frío. Las paredes de yeso están húmedas. No hay calefacción en la cárcel. La manta está raída y es áspera. Doy vueltas para calentarme. Cuento los pasos. Pongo un pie delante del otro. Seis pasos en una dirección, nueve en la otra.

No hay lavabo ni inodoro. Una vez a la semana nos dejan darnos una ducha de agua fría. Hay una ventana con barro

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