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Los clientes que acudían al pequeño y peculiar bufete que se ubicaba en la esquina de Main con Maple llegaban cargados de problemas de los que Simon estaba harto. Procedimientos concursales, denuncias por conducir en estado de embriaguez, impagos de la manutención de los hijos, ejecuciones hipotecarias, accidentes de tráfico cotidianos, resbalones que provocaban una caída sospechosa, solicitudes de discapacidad por motivos dudosos… El pan de cada día para un abogado corriente y moliente de cuyos juveniles sueños de riqueza ya apenas quedaba traza alguna. Después de dieciocho años dando el callo, Simon F. Latch, letrado y asesor jurídico, empezaba a quemarse. Estaba cansado de las adversidades de la gente.
En ocasiones, se abría un paréntesis en su desdichada existencia cuando un cliente entrado en años le solicitaba alguna gestión de índole patrimonial, como la puesta al día de la última voluntad. Solía tratarse de cuestiones sencillas que incluso un alumno de primer curso de Derecho podría resolver, pese a lo enrevesadas que Simon intentaba que parecieran. Por unos módicos doscientos cincuenta dólares, podía escribir (o «redactar», como él prefería decir) un testamento básico de tres páginas, imprimirlo en un papel de carta de tonos dorados y alto gramaje, encargarle a su «personal» que lo autentificara mediante acta notarial y dar la impresión de que el cliente estaba «formalizando» un trámite de gran trascendencia.
Lo cierto era que casi ninguno de ellos necesitaba hacer testamento, por muy básico que este fuera, si bien en toda la historia de la jurisprudencia de Estados Unidos ningún abogado se lo había hecho saber a sus pagadores. Además, la tarifa de doscientos cincuenta dólares era un timo porque internet estaba llena de plantillas gratuitas con el mismo carácter vinculante. Asimismo, el señor Latch rara vez tocaba el testamento. Matilda, su secretaria, rellenaba los espacios correspondientes e imprimía los documentos importantes.
La clienta actual era la señora Eleanor Barnett, de ochenta y cinco años, una viuda que vivía sola en una casa modesta de las afueras que ella y su difunto segundo marido habían comprado diez años atrás. No tenía descendencia, aunque Harry Korsak, su último cónyuge, tenía dos hijos de un truncado primer matrimonio y se había pasado varios años intentando convencer a Eleanor, su adorada segunda mujer, de que los adoptara por distintos motivos, ninguno de los cuales terminó de persuadirla porque, según le confió a Matilda durante la segunda y larga charla que mantuvieron por teléfono, detestaba a esos chicos. No le daban más que disgustos.
«¿Y pesa algún tipo de hipoteca sobre la casa?», le había preguntado Matilda, interrumpiendo así de forma discreta lo que prometía derivar en una crónica tormentosa acerca de los dos hijos descarriados.
No. La casa estaba pagada por completo, al igual que el coche. No había deudas. Harry Korsak había sido muy comedido en cuanto a los gastos; era hijo de unos padres que vivieron la Gran Depresión, con todo lo que eso conllevaba, de modo que, sencillamente, odiaba la idea de endeudarse. Entre una llamada telefónica y otra, Matilda hacía todo tipo de indagaciones en internet, proceso durante el que comprobó que el inmueble, tasado por el condado en doscientos ochenta mil dólares, estaba, en efecto, libre de cargas y que, en cuanto al coche, un Lincoln de quince años de antigüedad, tampoco existía ningún gravamen pendiente. Al ahondar un poco más, encontró el historial de antecedentes penales de Clyde Korsak, el mayor de los dos hijos no adoptados. Varias décadas atrás, lo pillaron vendiendo cocaína, negocio que lo llevó a pasar cuatro años en prisión.
La señora Barnett, poco dispuesta a seguir tratando los asuntos de finanzas por teléfono, dijo que prefería esperar hasta reunirse con el señor Latch. Llegó puntual, a las 14.00, vestida como una anciana con posibles que fuera camino de la iglesia. Matilda, que había visto entrar y salir a cientos de mujeres como ella, la evaluó al instante mientras vertía el café en una de las tacitas de porcelana fina que guardaban en el despacho para las chicas más veteranas. Al resto de los clientes se les ponía un vaso de papel. La señora Barnett caminaba con normalidad, sin necesidad de bastón y sin tambalearse de un lado a otro, dando pasos amplios y elegantes, y tomó asiento con ademán correcto en una silla de la recepción, donde probó el café con el meñique en alto, una señal clara, o bien de sus buenos modales, o bien de una cierta afectación. En apariencia, tenía buena salud, y tal vez aún pudiera disfrutar de una década más antes de que el testamento que deseaba renovar entrara en vigor.
Transcurridos unos minutos, Matilda anunció que la «teleconferencia con un juez» a la que el señor Latch estaba asistiendo había concluido y que le gustaría verla. Acompañó a la señora Barnett por un pasillo corto que conducía a una sala de reuniones donde las paredes de tonos oscuros quedaban ocultas tras una abundancia de gruesos libros de leyes que el señor Latch llevaba años sin abrir.
La intención de Simon era deshacerse de ella en cuestión de treinta minutos. Le concedería otra media hora a la semana siguiente, cuando al testamento corregido se le añadirían las correspondientes firmas, acto con el que, en principio, recaudaría los doscientos cincuenta dólares que tarificaba por hora. Un buen amigo de la facultad de Derecho cobraba el cuádruple en una consultora tributaria de Washington, pero Simon procuraba no obsesionarse con eso. A lo largo de los últimos años, casi había logrado convencerse de que la calidad de vida de la que gozaba en la pequeña localidad de Braxton, Virginia, era muchísimo mejor, de que el dinero no importaba una mierda.
Sacó todo su encanto, al igual que hacía siempre con las señoras mayores, y supo al instante que la tenía embelesada.
—Es un collar precioso —la aduló.
Ella le sonrió y dejó entrever una amarillenta dentadura natural.
—Vaya, muchas gracias.
—Veo en las notas que está soltera, vive sola y no tiene hijos ni nietos. Ha tenido dos maridos, ya fallecidos ambos. —Escrutó la ficha que Matilda había elaborado como si estuviera leyendo la carta magna—. Y conservó el apellido de Barnett cuando se casó con el señor Korsak.
—Bueno, no exactamente. Cuando Harry falleció, decidí recuperar el «Barnett». En realidad, nunca terminó de gustarme el apellido Korsak, ¿sabe? Entre nosotros, lo pasé mucho mejor con Vince Barnett que con Harry Korsak. Vince y yo estábamos enamorados ya desde críos, ¿sabe?, nos casamos muy pronto y podría decirse que crecimos juntos. Éramos más jóvenes y más activos desde el punto de vista romántico, no sé si me entiende.
Simon la entendía muy bien y lo último que pretendía era profundizar en ese asunto.
—¿Tiene algún otro testamento en la actualidad?
—Los testamentos no expiran, ¿verdad?
—Hum, no, no expiran.
—Hay otro, pero tengo algunas dudas al respecto. Me gustaría redactar uno nuevo, y querría contratar sus servicios como abogado para que también me lleve otro tipo de asuntos. Previo pago de un anticipo.
—¿Qué otros asuntos la preocupan?
—Oh, bueno, nunca se sabe, sobre todo hoy en día, con tantos fraudes y estafas como hay por todas partes. Los mayores somos el blanco más fácil. Asusta pensar en cuántos lo pierden todo. Quiero estar protegida y, para ello, me gustaría entregarle una cantidad inicial a fin de que se ocupe de las cosas por mí. Mi amiga Doris siempre cuenta con los servicios de un abogado por medio de un adelanto.
Ahora mismo, nada le apetecía menos a Simon que estar siempre a disposición de una clienta mayor que tenía miedo de que alguien la timara. Pero, si insistía, mil dólares le parecían un buen trato.
—¿Qué anticipo paga ella?
—Oh, no es muy cuantioso. Dice que este tipo de acuerdos salen muy baratos.
Simon respiró hondo e intentó reconducir la conversación.
—Volvamos a lo del testamento. Es importante que le eche un vistazo al anterior.
—Sí, lo sé. Matilda me lo ha comentado por teléfono, pero se me ha olvidado traerlo. Creo que la memoria me falla cada día un poco más.
No cabía extrañarse. Cuando se reunía con un cliente octogenario, Simon daba por hecho que algunos engranajes no funcionarían a la perfección. Matilda y él lo hablarían y decidirían si la señora Barnett conservaba la lucidez necesaria para entender lo que estaba haciendo. En cualquier caso, a simple vista parecía encontrarse bien y, por doscientos cincuenta dólares, Simon tampoco iba a preocuparse en exceso.
—¿Cree que podría traérmelo de aquí a un par de días?
—Claro, no hay problema. Lamento causarle tantas molestias.
—No se preocupe. Tenemos que hablar también sobre sus activos y sus obligaciones.
—No hay obligaciones. No se debe ni un solo centavo. Harry, mi difunto marido, detestaba los préstamos. Ni siquiera usaba tarjeta de crédito. Vivíamos libres y sin cuentas pendientes.
A Simon le encantaba cómo sonaba eso, pero no podía sino soñar con que algún día también él saldría del pozo de deudas en el que se hallaba sumido.
—Admirable —comentó en un tono enfático, como si la mujer necesitara su aprobación. Él aún tenía que terminar de pagar todas sus propiedades.
—Pero yo me saqué una después de que él muriera. Una Visa.
Simon hizo como que tomaba nota y dijo:
—Muy bien, ¿y en cuanto a sus bienes? ¿Es la propietaria de su casa? —Aunque sabía que sí, los clientes de más edad disfrutaban presumiendo de lo mucho que habían acumulado. Se enorgullecían de su estilo de vida frugal y de que, después de décadas mirando hasta el último centavo, disfrutaban de una situación financiera sólida.
—Desde luego.
—¿Tiene una idea aproximada del valor que alcanza hoy en el mercado?
—Bueno, la verdad es que no, pero el condado la tiene tasada en doscientos ochenta mil, si no me equivoco. Más o menos.
—Bien, es un valor bastante aproximado. La casa suele ser el bien más caro del patrimonio de una persona.
—En mi caso no —dijo ella con brusquedad, como si se hubiera sentido ofendida.
Simon siguió tomando apuntes de forma atropellada y empezó a sospechar que tal vez este testamento no sería tan básico como se imaginaba.
—¿Posee algún otro inmueble? ¿Una segunda residencia? ¿Propiedades en alquiler?
—Oh, no. A Harry no le gustaba adquirir inmuebles. Decía que solo traían problemas.
«¿Y qué demonios le gustaba entonces a Harry?».
—Entiendo. ¿Administra algún otro tipo de inversiones?
La anciana respiró hondo y, de pronto, pareció inquietarse.
—Puedo confiar en usted, ¿no es así, señor Latch?
—Por supuesto. Soy su abogado y la naturaleza de mi profesión me obliga a tratar sus asuntos con absoluta confidencialidad. —Simon notó un ligero aleteo en las tripas, como si estuviera a punto de ocurrir algo tan inesperado como maravilloso. Se había llevado unas cuantas sorpresas desde que dieciocho años atrás empezara a ejercer como una especie de abogado patrimonialista, pero ninguna de ellas era demasiado destacable.
—Pues verá, señor Latch…
—Por favor, llámeme Simon.
—Simon, qué nombre tan bonito. Verás, Simon, Harry trabajó durante casi cuarenta años como viajante regional para Coca-Cola. Creo que eso es lo que acabó con él. Su azúcar estaba disparado y a los sesenta y nueve años sufrió un infarto del que nunca se recuperó. Siempre teníamos Coca-Cola de sobra en la nevera, de la de verdad, no la versión dietética, y bebía demasiada, al menos en mi opinión. El caso es que lo autorizaron a adquirir acciones de la empresa, unas pocas cada vez, de modo que compró todas las participaciones de Coca-Cola que pudo. Nunca vendió ninguna; se conformaba con ver cómo se acumulaban. Y vaya si se acumulaban. Más adelante, hará unos treinta años, empezó a venderle productos de Coca-Cola a Walmart y se quedó fascinado con esa compañía. Vendían un montón de refrescos. Así que empezó a comprar acciones de Walmart y, de nuevo, nunca vendió ni una sola participación. Cuando falleció de repente, aún no sabía qué hacer con todas esas acciones. No quería legárselas a sus hijos porque solo servían para causar problemas. Y así sigue siendo. Y ese es el quid del asunto, Simon, los chicos no saben nada acerca de las acciones. Harry nunca se las mencionó; nunca le habló de ese tema a nadie salvo a mí. Le parecía divertido que lleváramos una vida tranquila en una casa modesta sin que la gente supiera que acaudalábamos nuestros buenos millones.
¿Millones? Simon logró seguir recogiendo apuntes en su libreta amarilla, pero su letra, ilegible en el mejor de los casos, se transformó al instante en una maraña de garabatos. No recordaba haber elaborado ni un solo testamento en el que se legase un millón de dólares, inmuebles aparte.
Frunció el ceño con aire abogacil como si no se hubiera inmutado.
—Y…, hum…, ¿qué hizo su marido con todas esas acciones?
—Me las dejó a mí, junto con todo lo demás. Mediante la… ¿Cómo se llamaba…? La «desgravación marital».
—Sí, ese es el nombre que recibe. Se le puede legar todo al cónyuge sin tener que abonar el impuesto de sucesiones. Harry debía de ser un hombre muy listo.
—Es curioso, pero él nunca se jactó de ser inteligente. Era muy modesto, trabajó duro, pagó sus deudas, ahorró dinero, compró las acciones y, por último, me lo pasó todo a mí. Quería hacer algo para ayudar a sus hijos y, la verdad, lo intentó de todas las maneras posibles. Pero, si los chicos hubieran tenido conocimiento de su cartera accionarial, lo habrían vuelto loco. Así que nunca les dijo nada. Y después se murió de pronto.
No era frecuente que un cliente que solicitaba la redacción de un testamento básico dejara caer términos como «cartera accionarial» o «desgravación marital». Simon se puso un poco más alerta.
—¿A qué valor asciende la cartera?
La anciana se puso la mano sobre los labios como si no estuviera segura. Después se frotó los ojos y pareció asustarse. Bajó la voz para decir:
—Todo esto es estrictamente confidencial, ¿verdad?
—Sí, ya lo hemos dejado claro, señora Barnett. Si quiere que le prepare el testamento como es debido, tengo que saber de qué se compone el patrimonio. Porque quizá lo que usted necesita no sea un testamento básico. —Casi podía imaginarse cómo el documento se engrosaba de repente. Y también el adelanto se engrosaría, hasta los cinco mil dólares.
—Si la gente lo supiera. Mis amistades, o los chicos de Harry. Nadie está al tanto, Simon.
Este esbozó una sonrisa tranquilizadora, como para decirle: «A mí puede confiarme cualquier cosa». Pero en lugar de eso le respondió:
—Estas paredes son de acero, señora Barnett. No hay nada que pase a través de ellas. Mi ética profesional me obliga a guardar todos sus secretos.
Reconfortada, la mujer apretó los dientes antes de revelarle:
—La semana pasada las acciones sumaban algo más de dieciséis millones. El mercado fluctúa mucho, ¿sabes?
Simon anotó la cantidad mientras se esforzaba por mantener una solemne cara de póquer, como si la situación fuera de lo más normal.
La anciana se inclinó hacia él y le preguntó:
—Es mucho dinero, ¿verdad?
—Sí, es mucho dinero.
—¿Más de lo habitual?
—Yo diría que sí. He recibido a pocos clientes que manejaran un patrimonio neto tan considerable.
«¿A pocos? Más bien a ninguno».
—Y no sé qué hacer con él.
Ah, cuántas preguntas no le habría formulado Simon. Y cuántas sugerencias no le habría hecho.
—Hum, bien, ¿qué parte del patrimonio se integra en las acciones de Coca-Cola?
—Unos diez millones. Y otros seis o así en las de Walmart.
—¿Y los dividendos?
—Bueno, como sabes, Walmart no paga gran cosa por los dividendos, apenas unos centavos por participación. Pero, en el caso de Coca-Cola… En fin, es muy distinto. Pagan un cuatro por ciento al año para siempre.
—¿Un cuatro por ciento de diez millones cada año?
—Más o menos. Sale a un poco más de cuatrocientos mil al año. Y la cantidad no hace más que incrementarse, ¿sabes? De verdad que no tengo ni idea de qué hacer con tanto dinero. ¿Puedes ayudarme, Simon?
—Estoy seguro de que se nos ocurrirá algo, pero este no va a ser un testamento básico, señora Barnett. Nos llevará algún tiempo.
—¿Te importaría llamarme Netty? Es un apelativo de toda la vida, pero muy pocos lo conocen. Si tú eres Simon, yo soy Netty.
Simon desplegó su sonrisa más melosa y, mientras se inclinaba hacia ella, le dijo:
—Por supuesto. Y supongo que, con unos ingresos así, tendrás guardada una buena cantidad de metálico en el banco.
—Sí, así es.
Se produjo un silencio breve.
—Bien, ¿de cuánto metálico hablamos?
—De unos cuatro millones.
—Y están guardados en…, hum…, ¿qué tipo de cuentas?
—Corrientes, de ahorro y certificados de depósito. Pero no es un banco de aquí. A Harry ni se le pasaba por la cabeza tratar con las entidades de los alrededores. Temía que unos ojos indiscretos se fijasen en nuestras cuentas y, en fin, ya sabes lo mucho que le gusta cotillear a la gente. Así que se hizo cliente del East Federal de Atlanta, uno de los más grandes.
—¿De Atlanta?
—Sí, vivimos allí varios años. Es donde está la sede principal de Coca-Cola, ¿sabes?
—Por supuesto. —Simon no tenía ni idea de dónde se ubicaban las oficinas centrales de la compañía. Continuó tomando notas mientras le daba vueltas a la cabeza.
Pasó a una nueva página de la libreta. Escribió una cantidad, 10.000 $, y una palabra, ANTICIPO.
—Solo por curiosidad, Netty, en el testamento anterior, ¿a quién le legabas tus activos? ¿Las acciones y las cuentas bancarias?
La anciana suspiró como si le doliera hablar del tema.
—Bueno, Simon, ese es uno de los motivos por los que he venido aquí. No estoy conforme con el testamento actual. Lo firmé hace ya varias semanas y desde entonces no he vuelto a dormir bien.
—¿Quién te lo redactó?
—Un abogado del otro lado de la calle. Wally Thackerman. ¿Lo conoces?
—Oh, ya lo creo. Conozco a todos los abogados de la ciudad.
—¿Te fías de él? ¿Es buena gente?
—Sí, no, más o menos, creo. Es un buen tipo, pero tampoco lo considero amigo mío. ¿Que si me fío de él? No sabría qué decirte. ¿Por qué? ¿Tú sí te fías?
—Antes sí me fiaba, pero ahora no estoy segura. Verás, Simon, no tenía muy claro a quién incluir en el testamento. Para que se quede con las acciones y el dinero, ya sabes.
—Ajá.
—Así que Wally me convenció para que se lo legara todo a él, en fideicomiso. Cuando yo fallezca, él venderá las acciones, depositará el metálico en un fondo fiduciario o algo así, nunca he entendido muy bien cómo funcionan esas cosas, y después tendrá autoridad para donar el dinero a mis organizaciones benéficas preferidas.
—¿Y cuáles son tus organizaciones benéficas preferidas?
—No tengo ninguna.
—¿Ninguna?
—No. Verás, Harry no creía en eso de regalar el dinero. Era de la opinión de que, si de crío a él nadie le regaló ni un centavo cuando estaba en la ruina y pasaba hambre, ¿por qué iban a esperar los demás que él les diera nada? Yo no lo calificaría de tacaño, pero quizá un poco sí que lo fuera. No sé, el caso es que nunca tuvimos la costumbre de donar nada.
—¿Y cuando él falleció y tú lo heredaste todo?
—Bueno, había una organización benéfica que me gustaba, o al menos eso creía yo. Hace unos años vi algo en la tele por cable sobre los monos araña de Uganda, que se morían de hambre por culpa de los productos químicos que el gobierno estaba esparciendo. Los pobres estaban consumiéndose y caían por cientos. Me pareció desgarrador, así que le envié mil dólares a la Fundación de los Monos Araña, que tenía una dirección de Boston. Me dieron las gracias, me mandaron un calendario y hasta me hicieron miembro de uno de sus consejos, y después me pidieron más dinero. Les hice llegar otro cheque, y después otro más, y siguieron solicitándome más donativos. Insistían en enviar aquí a uno de sus ejecutivos para que nos conociéramos, comiéramos juntos y todo eso. Después le vendieron mi nombre y mi dirección a alguien y, cuando quise darme cuenta, tenía el buzón a reventar de cartas de gente que pretendía salvar a las ballenas y a los búfalos, a los guepardos y a los glotones canadienses. No les di nada a ninguno de ellos. La cosa se puso tan fea que tuve que cambiar de dirección postal. Hasta que un día el FBI desmanteló la Fundación de los Monos Araña, que era una estafa. Me sacaron once mil dólares, así que no, Simon, no pienso volver a arriesgarme con ninguna organización benéfica.
Simon se las apañó para escucharla mientras le daba vueltas a lo de la comadreja esa del otro lado de la calle, Wally Thackerman, que había añadido su nombre en el testamento para controlarlo todo. Era un acto carente de toda ética por el que además podrían inhabilitarlo, aunque ¿quién querría seguir ejerciendo de abogado cuando ya nada en dinero?
Ella prosiguió con su parloteo.
—Desde que firmé ese testamento estoy hecha un mar de dudas. No parece muy correcto que el abogado pueda apoderarse de la totalidad del patrimonio, ¿verdad, Simon?
—Necesito ver el documento, Netty.
La mujer extrajo un pañuelo de un bolsillo y se dio unos toquecitos con él en las mejillas.
—Discúlpame. Este asunto me resulta muy confuso. Nunca terminó de convencerme, ya sabes, cedérselo todo al señor Thackerman, un hombre al que en realidad no conozco. No fue muy inteligente por mi parte, ¿verdad?
Pues claro que no. Fue una soberana estupidez. Pero con la clienta deshecha en lágrimas, indefensa y sentada en una montaña de dinero, Simon adoptó una actitud aún más cálida.
—Ya encontraremos una solución, Netty, confía en mí. Tiene fácil arreglo. A veces, para planificar el destino del patrimonio se requiere que una parte considerable de los activos se depositen en fideicomiso, y, a menudo, al abogado se le designa fideicomisario.
—Un galimatías.
—Sí, lo siento, pero a veces las leyes pueden ser muy enrevesadas. Deja que le eche un vistazo al testamento y ya decidiremos cómo proceder a partir de ahí.
—De acuerdo.
Simon empezaba a marearse de tanto improvisar respuestas rápidas. Cerró la libreta, le puso el capuchón a la pluma y dijo:
—Mira, mañana tengo que atender unos asuntos en Fairhaven, cerca de donde vives. Reunámonos en el Starbucks nuevo de Millmont Street. ¿Sabes dónde queda?
—Creo que sí, pero tampoco me importa venir al centro.
—No, insisto. Mañana a la misma hora, a las dos de la tarde. Y revisaré el testamento.
—Está bien.
—Y hay algo delicado que debo decirte, Netty, algo que solo puedo comentarte a ti. Matilda, mi secretaria, no es la persona más discreta a la que he contratado. Ya hemos tenido alguna discusión por su incapacidad para guardar secretos, y este es el tipo de chismorreo que estaría encantada de revelarle a la persona equivocada.
—Ay, Dios.
—Sí. Creo que me voy a ver obligado a rescindirle el contrato. Un abogado no puede permitirse tener a una chismosa en la oficina. Aunque, mientras tanto, es mejor que no vuelvas a hablar con ella. Si me necesitas, llámame al móvil. —Deslizó hacia ella una tarjeta de visita.
—Ay, Dios. —La anciana fingió sorpresa, pero al mismo tiempo estaba disfrutando de la intriga.
—Todo irá bien, confía en mí. Puedo redactar el testamento yo mismo, sin que ella llegue a verlo nunca. Es mejor así.
—Como tú digas.
—Confía en mí. Mañana a las dos en el Starbucks.
La siguió por el pasillo hasta la recepción mientras hablaban del tiempo. Netty fulminó a Matilda con la mirada cuando pasó por su lado, pero no le dijo nada. Simon le abrió la puerta y salió con ella. Una vez que la anciana se alejó y se montó en su coche, el viejo Lincoln, él dirigió la vista hacia el bufete del otro lado de Main Street.
BUFETE DE WALTER J. THACKERMAN. Menudo canalla.
De nuevo en el interior de la oficina, Matilda le dijo:
—Qué ancianita tan simpática. ¿Tienes el cuestionario? Puedo redactar el testamento ahora mismo.
Simon se detuvo a mirar por la ventana que daba a la calle como si ocurriera algo fuera.
—Sospecho que nos va a dar problemas. Es probable que no se encuentre bien, que se le haya ido la cabeza. Me da la impresión de que está bajo tratamiento, así que habrá que ir con cuidado. Además, no tiene claro qué hacer con la casa, prefiere pensárselo durante unos días más. Podría complicarnos mucho la vida.
—Vaya, me había parecido muy agradable.
—Ya veremos. ¿Tengo alguna otra cita esta tarde?
—Sí, con los Pendergrast. El procedimiento concursal los está asfixiando.
—Magnífico.
2
El resto del día se fue al traste. No soportaba la idea de sentarse con el señor y la señora Pendergrast para verlos reñir durante una hora acerca de quién tenía la culpa de sus problemas financieros. Simon estaba especializado en procedimientos concursales, los cuales solían causar aún más problemas que los divorcios, de los que detestaba encargarse. Los llamó y canceló la cita, para lo que adujo una de las muchas mentirijillas a las que los abogados recurren con el fin de zafarse de sus compromisos, la de que, de repente, se requería su presencia en el tribunal federal. Pero, en realidad, su presencia no se requería en ninguna parte. El expediente más prioritario que tenía en la mesa consistía en la compraventa de una tienda de helados ubicada calle abajo, una transacción de veinte mil dólares por la que cobraría una tarifa de unos mil pavos.
De pronto, todos los expedientes le parecían triviales. Una clienta anciana que poseía dieciséis millones de dólares en acciones y otro buen puñado en metálico acababa de salir de su despacho con un testamento en activo que le transferiría toda su fortuna a un abogaducho con cara de rata del otro lado de la calle. Simon no podía pensar en otra cosa. Diez minutos más tarde de que Matilda se despidiera puntualmente a las cinco, salió y condujo hasta un bar-motel que había cerca de la interestatal. Era un garito frecuentado por los abogados y los jueces que no querían que se los viera bebiendo en la ciudad, aunque los había que empinaban el codo sin el menor disimulo ni comedimiento. Por suerte, no había allí ninguno de ellos, de modo que Simon se dedicó a acunar una cerveza en un rincón penumbroso mientras intentaba poner en orden sus ideas.
Empezaría por el principio. Debía leer el testamento para comprobar que su querida Netty le había dicho la verdad. No terminaba de creerse que un abogado, fuera el que fuese, tuviera la desvergüenza de añadirse a sí mismo a un testamento que le concedía acceso total a una fortuna. Sin embargo, el mero hecho de que él, el honorable Simon Latch, contemplara la idea de hacer algo muy parecido le hizo darse cuenta de que, en efecto, era posible. Cuando Netty falleciera, se entablaría una encarnizada batalla legal durante la que todo el mundo encausaría a todo el mundo, pero el único fideicomisario oficial, el dichoso Wally Thackerman, llevaría las de ganar.
Sin duda, la fortuna no ascendería a veinte millones. Que él supiera, tanto los impuestos estatales como los federales sobre el patrimonio eran del cuarenta por ciento, la mayor parte de los cuales podían eludirse por medio del fideicomiso marital. Sin embargo, puesto que Netty no tenía marido, su patrimonio sería presa fácil para los recaudadores de impuestos. Ocho millones en tasas que se evaporarían al instante. Simon hizo una mueca de dolor al pensar en que habría que pagarle todo eso al gobierno.
Aun así, doce millones de dólares seguía siendo muchísimo más de lo que él llegaría a ganar trabajando durante treinta años en la esquina de Main con Maple. Se acordó entonces de algo que había leído en el periódico. El Congreso había estado toqueteando los tipos impositivos antes del receso de diciembre. No recordaba los detalles y, de hecho, rara vez estaba al tanto de las noticias, porque a sus clientes no les preocupaban los impuestos que se aplicaban sobre el patrimonio ni sobre las donaciones.
Llamó a un colega de la facultad de Derecho que ejercía en una prestigiosa consultora tributaria de Washington, a una hora de distancia. Tras los habituales primeros minutos de cháchara, fue al grano. Dirk, su amigo, se rio y le dijo:
—Venga ya, Simon. ¿No te has enterado del bombazo?
—Supongo que no.
—El Congreso levantó la sesión sin derogar la enmienda primero.
Simon no sabía muy bien qué significaba eso pero guardó silencio. De todas formas, a Dirk le gustaba hablar.
—Los muy payasos han metido la pata hasta el fondo. La negociación de los impuestos sobre el patrimonio fue un fracaso, no hubo acuerdo, así que no se aplican impuestos. Ninguno, cero, nothing. Durante los siguientes doce meses no se recaudarán los impuestos federales sobre el patrimonio y, dado que los estados suelen atenerse a las normas, es el momento perfecto para morirse. De modo que diles a los vejestorios que entren en tu despacho que arreglen sus mierdas y se preparen para diñarla. Que disfruten de las Navidades porque después bye, bye! Sus hijos y sus nietos les estarán muy agradecidos.
—¡Es verdad! Sí, lo había visto. Menuda cagada.
—Estas cosas son lo más normal hoy en día.
Cuando la conversación comenzaba a efectuar un peligroso giro hacia la política, Simon cambió de tema y le preguntó a Dirk por otro antiguo compañero de clase que estaba luchando contra un cáncer. Puesto que ambos eran abogados con mucho trabajo, cerraron la charla con la promesa de verse en cuanto pudieran.
¡Volvían a ser veinte millones! Simon pidió otra cerveza y se quedó un buen rato dándole vueltas a la conversación. Tendría que meterse en internet para investigar al respecto e intentar averiguar por qué el Congreso había pasado por alto la estipulación de los impuestos sobre el patrimonio. Como si fuera posible entender nada de lo que hacía el Congreso.
3
Simon y su mujer, Paula, no habían solicitado el divorcio porque no podían asumir el gasto. Ninguno de los dos veía el momento de ponerle fin al matrimonio, pero dado que apenas se mantenían a flote en el plano financiero con una casa de por medio, no querían ni pensar en tener que costear dos. Cargados cada uno con su propio repertorio de heridas y cicatrices, estaban cansados de discutir y habían establecido una convivencia más o menos llevadera que les permitía afrontar el día a día sumidos en un sufrimiento mudo mientras criaban a sus tres hijos. Por suerte, los dos mayores, adolescentes como eran, lidiaban como podían con la pubertad sin causarles problemas demasiado graves. Apenas salían de sus respectivos cuartos y era imposible cazarlos desconectados. Siempre había algún dispositivo electrónico al alcance. La pequeña, Janie, tenía nueve años y aún conservaba un carácter dulce.
A fin de evitar posibles conflictos y de que los niños no percibieran la tensión del ambiente, Simon acostumbraba a dormir en el despacho. Había reformado una estancia pequeña de arriba, derribado un par de tabiques y estructurado un habitáculo en el que sobrevivía con un aseo minúsculo y un catre estrecho. Para sus adentros, lo llamaba «El Armario». No era un rincón acogedor pero, al menos, le servía para estar lejos de Paula.
Esta había salido el martes por la noche con motivo del encuentro que todos los meses organizaba el club de lectura, en el que el vino parecía tener más interés que los libros. Simon aprovechó la ocasión para cocinar albóndigas de salchichas italianas con pasta, uno de sus platos preferidos, en compañía de Janie. Hablaron de la escuela, de fútbol y de la vida en general. La pequeña lo cogió desprevenido cuando le preguntó:
—¿A dónde vas por las noches?
—Bueno, muchas veces trabajo hasta tarde y me quedo a dormir en la oficina.
—Eso es muy raro. ¿Por qué no vienes a casa sin más? Tampoco está tan lejos.
—No quiero despertaros a todos. Mamá tiene el sueño ligero y necesita descansar.
—Buck dice que mamá y tú vais a pedir el divorcio.
Buck siempre había sido un mocoso metomentodo y demasiado maduro para su edad. Simon forzó una sonrisa y reparó en que era la primera vez que uno de los niños pronunciaba la palabra «divorcio», al menos que a él le constara.
—No, no vamos a pedir el divorcio —le respondió—. Mamá y yo trabajamos demasiadas horas y nos cuesta encontrar un hueco para vernos, pero eso no es algo tan extraño hoy en día. Todo va a ir bien. Dile a Buck que deje de soltar esas cosas.
El divorcio llevaba como mínimo tres años sobre la mesa, pero siempre habían sido cautelosos en presencia de los niños. A Buck, que ya tenía dieciséis años, no se le escapaba nada. Danny había cumplido los catorce y se enfrentaba a la pubertad con la cabeza en las nubes. Janie quería por igual a sus dos padres. La idea de alejarse de ella hacía polvo a Simon.
—Es raro que duermas en la oficina cuando tienes tu habitación aquí en casa, con nosotros —arguyó la pequeña mientras lo miraba, como si supiera la verdad.
—Todo está bien, Janie, te lo prometo. La pasta está lista, ve a avisar a tus hermanos.
Buck y Danny solo salían de sus respectivos cuartos para comer. Ambos tenían un hambre insaciable y unos modales sonrojantes en la mesa. Paula había desistido de hacerles respetar las reglas. Danny comía con los auriculares puestos y frente a un iPad del que en todo momento escapaban los chirridos de alguna banda de rock ácido; no se oían mucho pero sí lo bastante para resultar molestos. Buck también usaba auriculares, solo que conectados a un teléfono móvil. Simon les pidió que se destaparan los oídos y le contaran cómo les había ido en clase. Ambos lo miraron como si fuera un intruso y lo ignoraron con todo el descaro. En ese momento, Simon podría haber dado una palmada en la mesa, levantado la voz, montado una escena e iniciado una pelea imposible de ganar, todo para no conseguir más que agravar el mal ambiente. Paula se enteraría y se pondría de parte de los niños. Lo más fácil era pasarlo por alto e incurrir en otro acto de cobardía, algo que ya se había convertido en rutina en casa de los Latch.
Así, se dedicó a hablar de esto y de aquello con Janie mientras los niños comían como puercos. Cuanto antes acabaran, antes volverían a la seguridad de su cuarto. Dejaron los platos en la mesa (otro quebrantamiento de las normas), pero Simon volvió a hacer la vista gorda. Después de cenar, con la cocina de nuevo impoluta y la casa en calma, le dio un beso en la frente a Janie y le dijo que tenía que regresar al despacho. Ella quiso responderle, pero, en el último momento, se abstuvo. Simon cerró las puertas con llave, se cercioró de que no hubiera ningún peligro en la casa y se fue unos minutos antes de las diez. Paula no tardaría en volver y, cuanto menos la viera, mejor.
Años antes aparcaba el coche (un Audi en leasing que empezaba a pedir que lo sustituyera por un modelo nuevo) delante de su oficina de Main Street cuando trabajaba desde pronto y hasta tarde, un poco a modo de publicidad gratuita para impresionar a la gente con su increíble dedicación al trabajo. Ahora, sin embargo, lo escondía por las noches en un callejón de la parte de atrás para acallar los rumores de que se había ido de casa y vivía en el despacho. Sospechaba que las habladurías se habían propagado ya por todas partes porque algunas de las amigas de Paula eran unas bocazas y él no les caía bien. Daba por hecho que las chicas del club de lectura pasaban más tiempo tomando vino y despellejando a sus respectivos maridos que debatiendo acerca del último superventas.
Aparcó en el callejón y, en lugar de subir por las escaleras de atrás hasta el habitáculo, recorrió tres manzanas camino del sótano de un banco antiguo. El pub de Chub formaba parte de su vida desde hacía años. Fue testigo de cómo Chub convirtió la cervecería de mala muerte que era en sus orígenes, conocida por las partidas de póquer y las apuestas ilegales que allí se celebraban, en un bar deportivo de cierta categoría con una decena de pantallas panorámicas y una clientela menos violenta. El juego seguía estando a la orden del día porque Chub era el corredor de apuestas más destacado de los alrededores, si bien se trataba de una actividad que se llevaba a cabo con absoluta discreción. La brigada antivicio inspeccionaba el local de forma somera una vez por semana, pero solo porque era su cometido. Muchos de los agentes quedaban allí cuando estaban fuera de servicio. Chub incluso les pagaba a algunos de ellos para que le hicieran de gorilas los fines de semana.
Era un martes por la noche de principios de marzo y no había demasiada gente. Simon se dirigió al rincón que solía ocupar al fondo del espacioso establecimiento y se acomodó frente a una pantalla que presentaba un tablero de póquer. La camarera, Valerie, no tardó en aparecer con un bourbon y ginger ale, además de con una sonrisa postiza y el saludo de siempre.
—¿Qué te cuentas, abogado Latch?
—Todo bien, Valerie, ¿qué tal tú?
—Aquí, viviendo la vida. —Sin más, Valerie lo dejó. No tenían demasiadas cosas de las que hablar porque Simon le había llevado dos divorcios exentos de causa, con tarifa reducida, y ella no estaba muy contenta con el resultado del segundo. Con el tiempo, su amistad se había atascado en un distanciamiento cordial que les exigía recurrir a una simpatía forzada pero poco más. Algo similar a lo que le sucedía a él con su matrimonio.
La bebida era gratis mientras jugara al videopóquer, una actividad que seguía siendo ilegal en todo el estado, pero Chub sabía cómo hacer para que no lo descubrieran. Las máquinas estaban conectadas de forma fraudulenta a un archivo que contenía un registro actualizado de lo que cada jugador llevaba ganado y perdido. El dinero nunca cambiaba de manos en público. A la brigada antivicio le era imposible detectar nada irregular a simple vista. Simon y los otros apostantes recibían el resumen que el pub les enviaba todos los meses y saldaban las cuentas en metálico cuando Chub se lo requería.
Cal Poly jugaba contra UC Irvine y Simon se había animado con quinientos dólares, su apuesta habitual. Estaba viendo el encuentro en una pantalla que colgaba sobre los estantes de las botellas mientras disfrutaba de la copa, sin dejar de mirar de vez en cuando el tablero de póquer. No sabía nada de ninguna de las dos universidades, de modo que ¿por qué iba a arriesgar una cantidad sustancial por un partido que se estaba celebrando a miles de kilómetros de distancia? Antes se hacía ese tipo de preguntas, pero con el tiempo perdió el hábito porque, en realidad, tenía muy clara la respuesta. Lo importante era la acción. El March Madness estaba a la vuelta de la esquina y, a fin de prepararse para la temporada, Simon debía ver tanto baloncesto como le fuera posible. El Big Show lo seguía emocionando, sobre todo después del año anterior, cuando triunfó durante el Sweet Sixteen y ganó cuatro mil dólares.
No padecía ningún tipo de adicción al juego. Y estaba seguro de ello porque tenía dos amigos que sí se habían enganchado y habían acabado en la ruina. Los vio caer a un pozo negro en el que arriesgaban en exceso y apostaban más de lo que podían permitirse perder. Simon no ganaba mucho dinero y, por lo tanto, no tenía mucho que perder. Y, tras una década metido en el mundo de las apuestas deportivas, se había convencido a sí mismo de que sus ganancias superaban ligeramente a sus pérdidas. Era demasiado cauto como para buscarse un problema. Además, le tenía demasiado miedo a Paula. Esta no sabía nada acerca de su pequeña afición secreta porque él, y también Chub, siempre manejaban el dinero en metálico.
Chub se colocó tras la barra en compañía, como siempre, de una botella de cerveza.
—¿Con quién vas? —le preguntó al tiempo que alargaba el brazo para darle un apretón de manos rápido.
—Irvine más siete —dijo Simon. Chub sabía de sobra con quién «iba». Habían hecho la apuesta a las diez de la mañana, por teléfono, sin recurrir a mensajes de texto, correos electrónicos y demás tipos de comunicaciones que dejaran algún rastro. Los federales ya habían cogido a Chub durante una redada por organizar apuestas, detención que lo llevó a un paso de la cárcel, pero un abogado muy hábil, que no era Simon, llegó a un trato con el que lo libró de la condena. Durante los doce meses siguientes no hizo nada raro; tuvo que dedicar noventa horas a cumplir servicios comunitarios, ejerciendo como árbitro en los partidos de sófbol, pero después volvió al negocio.
—Me gusta Cal Poly —dijo, y tomó un trago de la botella.
Operaba a ambos lados de la línea de apuestas de Las Vegas y le daba igual a qué equipo apoyaran sus clientes porque él siempre se llevaba el diez por ciento de cada una de esas apuestas. Para ganar quinientos dólares al apostar por Irvine, Simon había tenido que arriesgar quinientos cincuenta. Esa diferencia, el «pellizco», iba a parar a los bolsillos cada vez más abultados de Chub.
Valerie lo llamó desde la otra punta de la barra. Al igual que hacía siempre, Chub le deseó suerte a Simon y se alejó con sus andares de pato. Como de costumbre, vestía un chándal estrafalario, en este caso de un chillón color rojo, que combinaba con unas deportivas de diseño, como si viniera de correr una maratón. Nada más lejos de la realidad. Alguien le colgó el apodo de Chub, «regordete», en primer curso y desde entonces no había logrado desprenderse de él, como tampoco había sido capaz de eliminar el exceso de peso a medida que crecía. Por desgracia, a los cuarenta y cinco, seguía creciendo.
Simon no solía tomar más de dos copas. Masticó el hielo de la segunda mientras Irvine luchaba a la desesperada y perdía por cinco. Sin embargo, había empezado el partido con siete por encima, de manera que Simon caminaba con paso brioso cuando salió del bar. Se despidió con la mano de Chub, que estaba al fondo del local, y el corredor de apuestas le respondió con una mirada que decía: «Bien ganado, ya te cogeré la próxima vez».
Los quinientos dólares que Simon acababa de embolsarse eran más de lo que ese día le habían reportado sus tarifas profesionales.
Sin embargo, el día siguiente se presentaba cargado de promesas.
4
El Starbucks ocupaba una de las esquinas de un centro comercial, al límite de una zona residencial de las afueras que distaba quince minutos de su despacho. Estaba muy concurrido cuando Simon llegó con media hora de antelación para echarle un vistazo y elegir un rincón recogido. Tomó un café de tueste oscuro que costaba cuatro pavos la taza y actuó con rapidez en cuanto la mesa de uno de los rincones se quedó libre. Pasó el rato con el ordenador portátil, al igual que los demás clientes, mientras observaba cómo la interminable hilera de coches desfilaba con parsimonia por la ventanilla para vehículos. Al rato vio que el viejo Lincoln doblaba una esquina. Puesto que no había plazas libres junto a la entrada, Netty se fue a aparcar más lejos, sobre una línea amarilla. Conducía como una nonagenaria que llevara setenta años sin respetar ninguna norma de tráfico. Cuando entró, Simon se puso de pie, le hizo señas con la mano y la ayudó a sentarse. No demasiado cómoda con el entorno, miró a su alrededor.
—Lo que imaginaba —dijo—. Soy la única anciana que hay en este sitio.
—¿Qué tomas, un café o un té?
—Solo agua, por favor.
Simon se levantó y le trajo un botellín de agua. Ella lo ignoró y le preguntó:
—¿Seguro que podemos hablar aquí? No parece que ofrezca mucha privacidad.
El cliente que quedaba más cerca de ellos estaba a unos tres metros de distancia, encorvado sobre un portátil del que partían unos cables que subían hasta sus orejas, ocultas bajo una capucha roja.
—Oh, la privacidad está garantizada. Piensa que nadie puede oír nada de lo que decimos porque todo el mundo lleva los oídos tapados.
—Estos jóvenes.
—Sí, están siempre enganchados al móvil y al ordenador. No sé a dónde vamos a ir a parar.
—Es de locos. —Netty desenroscó el tapón del botellín y tomó un trago de agua.
Al cabo, Simon dijo:
—Íbamos a hablar de tu testamento actual, el que te redactó Wally Thackerman.
—Sí, no estoy del todo satisfecha con él.
—¿Lo has traído?
La mujer introdujo la mano en un bolso voluminoso y sacó un sobre. Cuando se lo entregó, volvió a mirar en torno a sí.
—Netty, en serio, no tienes de qué preocuparte. Estos críos están demasiado absortos en sus cosas y no sienten el menor interés en lo que podamos hablar tú y yo.
Simon ardía en deseos de abrir el sobre de un tirón y sumergirse en la jerga escandalosa del documento, pero supo tomarse su tiempo y seguir sonriéndole durante unos instantes más. Se componía de solo cuatro páginas, con los primeros párrafos repletos de la habitual basura abogacil por la que también él sableaba a sus clientes. Y después venía la parte más enjundiosa. En esta se formalizaba el «Fondo Fiduciario Conmemorativo de Eleanor Korsak Barnett», al cual se incorporaban todos los activos líquidos. La casa se pondría a la venta junto con todo lo demás, y el metálico se añadiría al fondo. De los entresijos legales se encargaría, cómo no, el honorable Wally Thackerman, quien no solo intervenía como albacea del patrimonio y único fideicomisario del fondo, sino también como abogado designado a sí mismo para gestionarlo todo. Aplicaba una tarifa de setecientos cincuenta dólares la hora y Simon casi podía ver las facturas infladas que Wally presentaría ante el tribunal para recibir los pagos a cuenta.
Simon frunció el ceño, un gesto que se debía a su incredulidad pero que también aportaba un efecto dramático porque Netty lo observaba atenta, a la espera.
—¿Tan mala pinta tiene? —susurró sin bajar demasiado la voz, desliz que la llevó a taparse la boca con la mano y a echar un vistazo a su alrededor. Nadie la miró. Nadie se percató de que existía.
—Dame un momento para que termine —le pidió Simon en un tono sereno y con una sonrisa falsa en la cara, como si lo que estaba leyendo fuera a todas luces una inmoralidad y solo él pudiera ponerle remedio.
Más allá de las tarifas exorbitantes, lo peor era el poder que se le otorgaba al fideicomisario. En tan solo media página de densa terminología jurídica, Wally se atribuía el derecho de hacer prácticamente lo que le placiese con el fondo. Podía hacerles donativos a las organizaciones benéficas y las entidades sin ánimo de lucro «adecuadas», prestarle dinero a quien considerase oportuno y contratar a asesores, tasadores y expertos en impuestos para que lo ayudaran a «proteger» el fondo. Después de diez años dedicándose a hacer este tipo de chanchullos, y si todavía quedaba dinero, podía desembolsarlo a su discreción y extinguir el fondo.
Simon perfeccionó su cara de póquer. Debía andarse con cuidado. No podía censurar el documento del todo porque, de pronto, había tomado la determinación de preparar uno muy parecido. Al mismo tiempo, tenía que criticarlo lo bastante para que la anciana se pusiera de su lado y así convencerla de que sus activos estarían más protegidos con él.
—No se hace mención de tus hijastros —observó, aún con una arruga en el entrecejo y con las gafas de leer apoyadas en la punta de la nariz.
—Para ellos nada. Creía que ya te lo había comentado.
—Sí, lo hablamos, pero es algo que podría causarnos problemas. Si no reciben nada, cabe la posibilidad de que se molesten y contraten a sus propios abogados para impugnar el testamento.
—Pero no les corresponde nada, ¿verdad? El Wally ese me dijo que es posible excluir a un hijo del testamento, al menos en este estado. ¿Es así? Y, puesto que en realidad no son hijos míos, ¿es cierto que no tienen derecho a reclamar parte alguna de mi patrimonio?
—En efecto. Se puede excluir a todo el mundo salvo al cónyuge.
—Bueno, mi marido está muerto y me lo legó todo a mí. Esos dos bandidos que tenía por hijos no verán ni un centavo. Nada. Corta, corta, corta.
Los ojos le destellaron al hacer el gesto de cortar, y acaso esa fuera la primera vez que dejaba entrever su tacañería. A Simon le complació que ya hubiera empezado a referirse al que pronto sería su exabogado como «el Wally ese». Siguió leyendo y frunciendo el ceño de manera estratégica. Cuando terminó tomó un sorbo de café y dijo:
—Este testamento no me huele bien.
—Lo que yo decía.
—Le concede un poder excesivo sobre el fondo al abogado.
—¿Cómo podríamos arreglarlo?
—Llevará varias horas, pero me pondré manos a la obra de inmediato. Sin embargo, Netty, el verdadero desafío consiste en encontrar otro destino para el dinero. Quiero que hagas una lista de las organizaciones benéficas con las que te gustaría colaborar.
—¿Como cuáles?
—¿Vas a alguna iglesia?
—Sí, más o menos. Harry era luterano y procurábamos ir una vez al año.
—No es mala idea. Pero piensa a lo grande. Hay una infinidad de entidades sin ánimo de lucro que merecen la pena y a las que tú podrías ayudar.
—¿Como cuáles?
—Como las Girl Scouts, la Asociación del Corazón, los orfanatos, los refugios para animales, las bibliotecas municipales, las universidades de menor entidad, las organizaciones de acogida a los refugiados, las que luchan contra el hambre infantil o los grupos ecologistas. Me hablaste de lo que hiciste por los monos araña.
—Aquello fue una estafa.
—¿Te gustan los animales?
—No mucho.
—Vale. No importa. Tómate unos minutos esta noche para sentarte y hacer una lista de todos los grupos, causas y organizaciones benéficas a los que te gustaría ayudar.
—¿Cuál es tu organización benéfica preferida?
La escasa generosidad de Simon se debía más a una falta de fondos que a un inexistente deseo de ayudar. ¿Cómo iba a firmar cheques para colaborar con nadie cuando Paula y él estaban ahogados y al cargo de tres hijos que pronto entrarían en la universidad? No habían donado más de cien dólares a lo largo de los últimos cinco años.
No tardó en ocurrírsele una mentira.
—El Sierra Club.
—No me suena.
—No creo que sea para ti. ¿Has pensado en dejarles algo de dinero a tus amistades?
—Mis amistades, las que aún viven, no saben nada acerca del dinero. Si se lo contara, me volverían loca y me complicarían mucho la vida. Porque eso es lo que hace el dinero, Simon, causar todo tipo de problemas.
Igual que cuando no se tiene, dijo él para sus adentros pero sin desprenderse de su estratégico ceño fruncido. Anotó algo más en la libreta y dijo:
—Vale, sigamos. ¿Quién te hace la declaración de la renta?
—¿Por qué quieres saberlo? —le espetó ella a la defensiva.
—Bueno, porque cuando fallezcas, y detesto decirlo así pero es la verdadera razón por la que estamos aquí sentados, ¿de acuerdo? Bien, cuando fallezcas y el testamento actualizado entre en vigor, el abogado de tu patrimonio tendrá que entenderse con la gestoría que te lleva los impuestos para preparar la devolución.
—¿Quién va a ser el abogado de mi patrimonio?
—Esa decisión queda en tus manos, pero es bastante frecuente que el abogado que redacta el testamento actúe también como abogado de sucesiones.
—Como el Wally ese.
—Sí, algo así.
—¿Y cuál era la pregunta?
—¿Quién te lleva los impuestos?
—Ah, sí, un contable de una pequeña gestoría de Atlanta. Es el que me ha hecho la declaración toda la vida. Un amigote de Harry. Hablo con él una vez al año, así que no hace falta que le molestes.
—Bien, pero tal vez necesite ponerme en contacto con él.
—Eso mismo decía Wally. ¿Por qué los abogados siempre estáis metiendo las narices en todas partes? —Otro indicio de rabia, y en este caso quizá incluso rayase en la mezquindad. La anciana se había puesto a la defensiva de pronto, de manera que Simon se apresuró a cambiar de táctica y replegarse. Hasta ahora había hecho un buen trabajo para ganarse su confianza y no quería contrariarla.
¿Que los abogados metían las narices en todas partes? Por supuesto que sí. Lo que en realidad buscaba Simon era alguna evidencia de que su querida Netty en efecto poseía todas esas acciones de Coca-Cola y de Walmart y de que tenía varios millones de dólares muertos de risa en el banco. La creía, o al menos deseaba creerla con todas sus fuerzas, pero también era demasiado prudente como para no conducirse con la debida cautela. Los clientes le mentían a diario. Y a los abogados, a menudo después de haberse tomado un par de copas, les encantaba hablar entre ellos de los embustes descabellados con los que la gente intentaba engañarlos.
Daba por hecho que las acciones estaban reunidas en una cuenta de corretaje y que Netty recibía todos los meses un cómodo resumen claro y ordenado, y entendía que pasaba lo mismo con los extractos bancarios. Con los dientes apretados, le preguntó:
—¿Trabajas con algún asesor financiero?
La mujer puso los ojos en blanco en un gesto de frustración y de nuevo miró a su alrededor por si alguien los escuchaba. Frunció el ceño y un cúmulo de arrugas gruesas le plegó la frente.
—¿Te refieres a algo así como un… corredor de bolsa?
—Sí, ¿quién te administra las acciones?
—Bueno, es complicado. Verás, Harry se pasó años haciendo negocios con una compañía de Atlanta, y después esta se fusionó o algo por el estilo con otra empresa más grande, y así sucesivamente. Cuando Harry falleció, una de las compañías compró otra. Cada vez me cuesta más mantenerme al día de esas cosas. Ahora lo lleva todo ese hombre de Atlanta.
—Entiendo. ¿Hay alguien con quien pueda hablar sobre tus activos?
—No lo sé. ¿Por qué necesitas hablar con nadie sobre mis activos?
—Porque el fisco podría requerir una prueba de los activos. —Simon no tenía ni idea de lo que estaba diciendo, pero tal vez la amedrentara si mencionaba al fisco.
—Lo mismo que comentó Wally —masculló la anciana. Simon se sobresaltó, pero optó por dejarlo correr y retomar la cuestión en otro momento. Hizo como que no la había oído, consultó su reloj de pulsera dándoselas de importante y dijo:
—Bien, empezaré a trabajar con esto. Reunámonos de nuevo dentro de un par de días para repasar el borrador.
—¿Y eso qué es?
—Es la versión preliminar del testamento actualizado. Mientras tanto, vete pensando a qué organizaciones benéficas y fundaciones te gustaría incluir.
—Creía que ya lo habíamos hablado. Creía que ya te había dicho que no tengo ninguna organización benéfica preferida.
No tenía organizaciones benéficas preferidas, ni amigos, ni familia ni parientes lejanos. Nadie heredaría ninguna fortuna cuando su querida Netty estirase la pata. Tal vez esa fuera la razón por la que Wally Thackerman no había incluido a ninguna entidad sin ánimo de lucro. En esencia, su ardid consistía en dejárselo todo a una fundación nueva que se convertiría en su hucha particular después del funeral, y a partir de ahí tendría mil maneras de desviar el dinero hacia sus bolsillos. Simon odiaba admitirlo, pero Wally había elaborado un testamento admirable, pese a que se veía a la legua que no tenía otra finalidad que la de adueñarse del caudal.
Simon se propuso hacerlo mucho mejor. Le puso el capuchón a la pluma, recogió las notas que había tomado y dijo:
—Ocurre una cosa, Netty. Me será imposible preparar el testamento básico si antes no puedo verificar tus activos. No suele ser un proceso necesario con mis otros clientes porque no viven en la opulencia. Pero tú juegas en otra liga.
La mujer miraba fijamente por la ventana con ojos inexpresivos, como si fuera hora de echar un sueñecito. Meneó la cabeza y dijo a media voz:
—Estos tinglados legales.
—Lo sé, lo sé. Pero es importante que hagamos las cosas como es debido. El testamento actual es un desastre y solo sirve para que Wally Thackerman se apropie de casi todo el dinero. Eso no estaría bien.
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