El último caso de Unamuno

Luis García Jambrina

Fragmento

Citas

 

Cuando las dudas nos invaden y nublan la fe en la inmortalidad del alma, cobra brío y doloroso empuje el ansia de perpetuar el nombre y la fama, de alcanzar una sombra de inmortalidad siquiera. Y de aquí esa tremenda lucha por singularizarse, por sobrevivir de algún modo en la memoria de los otros y de los venideros.

MIGUEL DE UNAMUNO, 1913

Volveré, no con mi libertad,

que nada vale, sino con la vuestra.

MIGUEL DE UNAMUNO, 1924

Yo, estudiantes, os ofrezco todo, todo menos un partido. Partido, no. Entero. Algo más que un partido significa esto, porque creo que, más que un hombre, soy un pueblo, dentro del cual luchan varios partidos entre sí. […] Siempre he vivido en duelo íntimo, alimentando contradictorias posiciones y sintiendo la necesidad de disentir de cualquiera que defendiese una de ellas.

MIGUEL DE UNAMUNO, 1931

Yo no estoy a la derecha ni a la izquierda. Yo no he cambiado. Es el régimen de Madrid el que ha cambiado. Cuando esto pase, estoy seguro de que yo, como siempre, me enfrentaré con los vencedores.

MIGUEL DE UNAMUNO, 1936

1

La felicidad siempre llega de forma inesperada y la desgracia cuando se la espera. Esa tarde Aurelia Bernal tenía mucho que hacer en la cocina, pues era el último día del año y, aunque no había mucho que celebrar, dado que estaban en guerra, la familia de Unamuno había decidido reunirse para la cena de Nochevieja y recordar a los que se encontraban fuera de Salamanca. La mañana había sido tranquila y no hacía presagiar nada malo. En la calle, eso sí, hacía mucho frío y la nieve caída durante las primeras horas amenazaba con helarse y provocar más de un resbalón. La contienda, por lo demás, seguía su curso inexorable tanto en el frente como en la retaguardia.

Después de la comida, las hijas de don Miguel, Felisa y María, abandonaron la casa; la primera se fue con su sobrino Miguelín a ver el belén del Hospital Provincial y la segunda acudió a casa de la vecina del rellano y propietaria de la vivienda, Pilar Cuadrado, para ayudarla a cuidar a su hija Paquita, que estaba enferma en la cama. De modo que en el domicilio se habían quedado solos don Miguel y ella. Aurelia andaba por los veintisiete años; tenía la cara redonda y la mirada muy viva, y llevaba el pelo recogido por detrás. Era una mujer honrada, responsable y trabajadora. Había entrado en la casa para cuidar de Miguelín como ama de cría, pero había acabado ocupándose también de todos los demás, y ahora parecía una más de la familia. A don Miguel le gustaba mucho cómo hablaba y de ella había aprendido algunas palabras, como «brezar» o «brizar», que de ambas formas se decía y significaba «mecer la cuna».

Poco después de las cuatro y media se presentó un joven profesor con una carpeta llena de papeles bajo el brazo derecho. A Aurelia le pareció que tenía un aspecto agradable, cortés y educado, con el pelo bien cortado y repeinado y esas gafas que le daban un aire de seminarista o de empleado de banca; sin embargo, había en él algo que no acababa de gustarle. ¿A quién se le ocurría presentarse en casa ajena en una tarde como esa? ¿Qué podía ser tan urgente como para acudir a esas horas a un hogar que se prepara para festejar la Nochevieja? Si todavía fuera un amigo del señor, tendría un pasar, pero a ese hombre apenas lo conocía, y, para remate, llevaba en la solapa de la chaqueta la insignia de la Falange, lo que disgustaba mucho a don Miguel; al menos vestía traje gris y corbata a juego, y no la camisa azul, que era algo que lo sacaba de quicio, pues le parecía una prenda ridícula y pueril. A don Miguel nunca le habían gustado los uniformes, y menos ahora que la ciudad se había llenado de militares y fascistas.

Unamuno no lo recibió en su despacho, sino en la salita, más acogedora y luminosa, ya que daba a un patio interior con una higuera y la mesa camilla tenía faldillas y brasero de cisco; en el resto de la casa hacía tanto frío que hasta se helaba el agua de las jarras y jofainas por las noches. También cabía la posibilidad de que no hubiera querido dejarle ver la intimidad de su estudio, debido a que allí siempre estaba todo revuelto, aunque no para él, que en cualquier momento sabía dónde se encontraba cada cosa, como si tuviera un plano en la cabeza. El señor tampoco se mostró demasiado entusiasmado con la visita; si la acogía, era porque últimamente se aburría mucho, algo a lo que no estaba acostumbrado, y cualquier compañía le parecía aceptable con tal de que escuchara sin rechistar sus diatribas y, de vez en cuando, le planteara alguna objeción, pues sin discrepancias la plática no tenía gracia.

Aurelia cerró la puerta de la habitación y regresó a la cocina. Allí trató de concentrarse en la tarea de preparar la cena, pero la mente se le iba para otro lado. No sabía por qué, se le había metido en la sesera la idea de que ese día a don Miguel iba a sucederle algo, que su vida corría peligro, que no iba a acabar bien el año. Y no es que hubiera observado nada raro o que el señor le hubiese transmitido algún temor o preocupación fuera de lo común, pues solía ser discreto. Era más bien una sensación, tal vez una intuición, algo instintivo, sin ningún fundamento racional ni real, salvo ciertos indicios apenas perceptibles.

Tampoco se trataba de que ella fuera muy aprensiva; en su pueblo natal de Martín de Yeltes había llevado una vida muy dura y eso la había acostumbrado a todo tipo de conflictos y situaciones, así que no era de las que se inquietaban o se amedrentaban a las primeras de cambio. Pero el caso era que, a cada rato, dejaba la cocina y salía al pequeño patio, desde donde podía verse el interior a través de un balcón —si bien en ese momento los cristales estaban llenos de vaho y apenas distinguía nada, tan solo bultos en torno a la mesa—, o se acercaba a una de las puertas de la salita, para ver si lograba captar algo al otro lado. Pasado un rato, eso sí, se sentía tan ridícula que tenía que dejarlo y regresar a sus quehaceres, en los que iba ya muy retrasada.

En esas estaba cuando creyó oír que alguien abría la puerta de casa y luego la cerraba, tratando de no hacer ruido. ¿Habría vuelto alguna de las señoritas? ¿Se habría ido el visitante inoportuno? Y, de ser así, ¿lo habría echado don Miguel con cajas destempladas? Tampoco sería nada extraño. Salió al pasillo y no vio a nadie; luego se acercó a la salita con discreción y comprobó que seguían hablando, así que pensó que había oído mal y que debía despreocuparse. Volvió al trajín de la cocina con cierta zozobra. Como no anduviera más viva, la iba a pillar el toro, y esa noche tan importante la familia no tendría mucho que llevarse a la boca; con lo que le había costado conseguir ciertos ingredientes, y no solo por el precio. En Salamanca no estaban desabastecidos, aunque sí que escaseaban algunos alimentos y productos, lo que en el día a día no era demasiado preocupante, pero sí en unas fechas señaladas como esas; de ahí que le hubiera tocado ir de un lado para otro pidiendo favores.

Mientras preparaba la carne para el estofado, oyó gritos en la salita y un golpe fuerte. Asustada, se limpió las manos con un trapo y se dirigió con presteza hacia la puerta. Pegó la oreja a la hoja de madera, y permaneció inmóvil y atenta durante unos segundos. Al otro lado se oían algunos murmullos en un tono reposado, lo que parecía indicar que todo había vuelto a la tranquilidad. Ella ya sabía que el señor a veces hablaba con gran vehemencia, como si le fuera la vida en ello, pues tenía mucho temperamento, y hasta daba algún que otro puñetazo sobre la mesa para subrayar sus palabras, pero enseguida se calmaba. Seguramente era eso lo que había ocurrido. Debía, por tanto, volver a la faena. Si don Miguel la descubría fisgando en el pasillo, le echaría una buena reprimenda, y con razón.

En la cocina, todo estaba manga por hombro, y con tanto retraso no sabía por dónde continuar. Tras dejar la cazuela con la carne sobre el fogón, se puso con el postre, procurando no inquietarse más de lo que estaba. Andaba ya metida en harina, nunca mejor dicho, cuando volvió a oír la puerta de la entrada; esta vez acudió rauda, la abrió de par en par y se asomó a las escaleras, pero tampoco detectó ninguna presencia. ¿Cómo era posible? Extrañada, bajó los peldaños, inspeccionó el portal y hasta salió a la calle, donde no encontró a nadie, salvo a la hija de unos vecinos de la casa de al lado, una niña de diez años llamada Filomena que solía jugar a la rayuela frente al portal y siempre saludaba al señor con mucha efusividad; don Miguel, entonces, le hacía una carantoña y ella sonreía, unos gestos que se habían convertido ya en costumbre. Pero en esta ocasión la muchacha parecía más bien asustada.

—¿Has visto salir a alguien del portal? —le preguntó Aurelia.

Filomena negó con la cabeza muy seria.

—¿Estás segura? —insistió la asistenta.

La niña asintió y se marchó corriendo en dirección a las Úrsulas.

«¡Qué extraño!», comentó Aurelia para sí. Pero ahora no tenía tiempo de pensar en ello; de modo que entró en el zaguán y subió los escalones de dos en dos, como si de pronto se hubiera acordado de que había un guiso en el fuego y podría quemarse. En realidad, otra cosa la inquietaba, y era que había dejado desatendido a don Miguel. ¿Y si la llamaba para pedirle auxilio o solicitarle algo? Nada más cruzar el umbral de la puerta, vio surgir de la estancia al visitante con el rostro desencajado.

—¡Don Miguel ha muerto! —comenzó a gritar este con tono angustiado—. ¡Yo no he sido, yo no lo he matado!

Aurelia lo miró con asombro y, a la vez, como si no le sorprendieran sus palabras. Lo que tanto había estado temiendo de manera confusa ese día al final se había consumado. Entró en la salita y se dirigió hacia don Miguel, que parecía un muñeco de trapo derrumbado sobre la mesa camilla. Se acercó a él y comprobó que, en efecto, no respiraba. Luego observó que uno de los cristales de las gafas se había roto al golpear la cabeza contra el borde de la mesa.

—¡Que Dios lo acoja en su seno! —exclamó al tiempo que se persignaba.

—¡Hágase su voluntad! —añadió el profesor de forma mecánica detrás de ella.

—¿Por qué huele a quemado? —preguntó Aurelia de pronto, arrugando la nariz.

—Don Miguel, la zapatilla, el brasero… —respondió el otro algo aturullado, mientras señalaba con una mano hacia el suelo.

En él se encontraba una de las pantuflas de estar en casa del señor con la suela de goma chamuscada, y en la tarima se observaba una marca oscura.

—Por eso supe que había muerto —explicó el joven, que parecía haber recuperado el sosiego—, porque no se movía ni se quejaba, a pesar de que la zapatilla estaba quemándose. Tuve que retirársela y sacarla del brasero.

Aurelia seguía estremecida por la postura de don Miguel, de modo que pidió ayuda al visitante, y entre los dos trasladaron el cadáver a un diván que había junto a una pared; la cabeza le colgaba a Unamuno de una manera extraña, a él, que siempre la había llevado muy erguida, como si fuera un caballero andante o un senador romano. Una vez tumbado, ella le quitó las gafas, pues le afeaban el rostro, y le cerró los ojos. Visto así, daba la impresión de que se había dormido y en cualquier momento podía despertar y retomar la conversación que había quedado interrumpida.

En ese instante llamaron a la puerta.

I

Ni la guerra ni la ocupación de la ciudad de Salamanca desde hacía casi mes y medio por parte de las tropas sublevadas habían logrado cambiar los hábitos de Eloísa Cifuentes. Todos los días, pasara lo que pasase, iba a misa de once y, por las tardes, nunca dejaba de acudir a rezar el santo rosario en la iglesia de la Purísima. Nadie podía negar que era una mujer profundamente religiosa, amén de piadosa y caritativa. Rondaba ya los setenta años y vestía de forma austera y sencilla, a pesar de ser una persona acomodada. Era de estatura mediana, complexión delgada y aspecto anodino, como si durante toda su vida hubiera querido pasar inadvertida. Esa mañana había estado rezando por su marido, Daniel Carbajo, al que cada día notaba más preocupado. Ella solía preguntarle con cariño y delicadeza si le ocurría algo, y él no le contaba nada, sin duda con la intención de que no sufriera. Pero llevaban mucho tiempo juntos como para no darse cuenta de que algo lo atormentaba. ¿Tendría que ver con la guerra o con la política, o se trataría de una dolencia que no quería confesarle?

Su esposo había sido catedrático de Derecho Penal y un prestigioso jurista. Normalmente, la acompañaba a misa. Sin embargo, ese día había preferido quedarse en casa, pues tenía que atender un asunto relacionado con su antigua profesión. Doña Eloísa y él vivían en la calle de Arriba, entre el Campo de San Francisco y la fuente del Caño Mamarón. Se trataba de un caserón de piedra con muebles de estilo castellano, ya muy antiguos y usados; todos ellos, al igual que la vivienda, herencia de su familia. Nada más entrar en el recibidor llamó a su marido, pero este no le contestó. Le pareció raro. Su vida estaba hecha de pequeños rituales cotidianos y, cuando estos fallaban, no podía evitar sentirse alarmada, como si la armonía de la existencia dependiera de esos actos y gestos tan nimios. Después de dejar el bolso sobre un taquillón que había cerca de la puerta de la calle, se dirigió hacia el despacho de su marido. Este se encontraba ubicado en el piso de arriba, junto al dormitorio matrimonial. Una vez allí, dio unos golpecitos en la puerta, y él tampoco contestó. Luego trató de abrirla, pero parecía cerrada con llave, algo que no era habitual. ¿Le habría sucedido algún percance?

—¿Estás ahí? ¿Te ocurre algo? —insistió doña Eloísa con tono angustiado.

Al ver que no respondía, se fue al dormitorio en busca de un duplicado de la llave que guardaba en un cajón de la cómoda. Estaba tan nerviosa que tardó mucho en hallarla, y lo mismo le sucedió a la hora de abrir. Cuando por fin lo consiguió, el mundo se le vino encima. Era imposible, no lo podía creer, pero allí estaba su marido colgado de una de las vigas de madera del techo. En un primer momento, lo agarró por las piernas y trató de alzarlo un poco, como si quisiera evitar que la cuerda lo siguiera asfixiando, mas no aguantó mucho tiempo. Luego se dirigió a la cocina, donde cogió un cuchillo grande de sierra, regresó junto a su marido y se subió en la silla que había tirada en el suelo con la intención de cortar la soga. Esto le llevó un buen rato; mientras lo hacía, el cuerpo no paraba de balancearse, como el péndulo de un reloj descontrolado, hasta que por fin la maroma se partió y el cadáver cayó al suelo con gran estruendo.

Doña Eloísa se arrodilló junto a él y, tras quitarle la cuerda del cuello, trató, inútilmente, de reanimarlo. Luego lo colocó sobre su regazo sujetándolo con fuerza; parecía la imagen de la Piedad de Miguel Ángel. Mientras lo sostenía, pudo comprobar que su marido tenía un golpe en la cara y heridas o raspaduras en las manos.

Desolada, llamó por teléfono al Hospital General de la Santísima Trinidad, que estaba muy próximo, pero allí le dijeron que no podían atenderla, pues estaban desbordados con los numerosos heridos que llegaban del frente. Telefoneó también a su médico de cabecera, que se encontraba haciendo una visita urgente. De modo que tuvo que llamar a la policía; como pudo, explicó entre sollozos lo que ocurría y el agente que la atendió le prometió que irían enseguida. La mujer, desesperada, no sabía qué hacer. Tan pronto se arrodillaba junto al cadáver de su marido para hablar con él como miraba a su alrededor en busca de alguna señal. Junto a una de las patas del escritorio encontró la llave del despacho de su marido, lo que indicaba que la puerta la había cerrado él, ya que no había más copias. En cualquier caso, la mujer estaba convencida de que su esposo no se había ahorcado y, por lo tanto, la escena tenía que haber sido amañada para que pareciera un suicidio.

Movida por esa hipótesis, doña Eloísa volvió a echar un vistazo. En el cuarto, desde luego, no había huellas aparentes de que por allí hubieran pasado otras personas y todo estaba en su sitio, todo… salvo una cosa: el abrecartas. Por una extraña manía o superstición, él siempre lo dejaba encima de la mesa apuntando hacia la puerta, no hacia el sillón en el que se sentaba, como estaba en ese momento. Y, si era así, alguien había tenido que moverlo, o tal vez lo hiciera su marido para dejarle una pista de que algo extraño había ocurrido, de que se había producido una grave alteración en su pequeño mundo.

Sobre la mesa, además, había un libro abierto por una página en la que se veía una línea subrayada: «Es mejor vivir en el dolor que no dejar de ser en paz». ¿Sería de nuevo una especie de mensaje? Desde luego, eso no lo habría subrayado una persona que estuviera a punto de suicidarse, pues más bien invitaba a seguir existiendo y luchando a pesar de todos los pesares. Cogió el libro y vio que se trataba de un ejemplar del ensayo titulado Del sentimiento trágico de la vida de Miguel de Unamuno, alguien a quien su marido respetaba y admiraba y del que eran casi vecinos, pues vivía unas calles más allá. Es verdad que, en el pasado, había oído comentar que algunos lo consideraban un inductor al suicidio a causa de su obsesión por la inmortalidad, valga la paradoja, pero ese era más bien un libro de esperanza, ella lo sabía por experiencia. No obstante, lo retiró de la mesa para que no lo descubriera la policía, ya que ellos podrían interpretarlo de otro modo.

Abajo sonó la aldaba de la puerta. Eran dos hombres, que se presentaron como el inspector Méndez y el agente Miñambres. El primero le pidió que lo condujera de inmediato al lugar de los hechos. Cuando entraron en el despacho, este se sintió bastante contrariado.

—No tenía que haber tocado nada —le dijo a la mujer con tono seco, impropio del momento.

—¿Y qué quería, que lo dejara como estaba? —replicó ella.

—¿Acaso daba señales de vida?

—No, señor.

—Pues ¿entonces? —le soltó él con desprecio.

—Yo no sabía…

—¿Estaba usted en casa cuando ocurrió? —la interrumpió.

—Me encontraba en misa, como todos los días a esa hora —comenzó a explicar muy alterada—. Mi marido no pudo ir, pues tenía algo que hacer, no me dijo qué ni yo le pregunté.

Aquí la mujer se detuvo, como si se hubiera quedado sin voz.

—Cálmese de una vez, se lo ruego —le ordenó el policía con muy poco tacto.

—Cuando llegué, lo llamé, pero no me contestó —prosiguió ella a duras penas—. La puerta del despacho estaba cerrada por dentro, cosa que me extrañó. Así que la abrí con mi llave y lo encontré ahí…, colgando de la viga —añadió rompiendo a llorar.

—¿Y usted qué hizo? —la apremió el inspector.

—En un primer momento, pensé que, aunque no se moviera, podría estar vivo y traté de ayudarlo, pero todo fue inútil. Luego en el hospital, cuando telefoneé, me dijeron que no podían enviarme a nadie y por eso los llamé a ustedes.

—Por lo que me dice, es un caso claro de suicidio —le soltó el policía.

—¡Eso es imposible! Mi marido era muy creyente y, además, no tenía ningún motivo para hacer algo así.

—Eso es algo que siempre suelen decir los familiares, pues no son capaces de aceptarlo, pero la mente humana a veces es un misterio incomprensible.

Doña Eloísa negó con la cabeza y replicó:

—Mi marido tenía las cosas muy claras y yo lo conocía bien, y le digo que no ha podido quitarse la vida.

—Entonces, ¿cómo explica que lo encontrara colgado de una viga y con la puerta cerrada por dentro?

Desde luego, los modales del policía dejaban mucho que desear, y ello hacía que la angustia de doña Eloísa fuera en aumento.

—No lo sé, pero estoy segura de que a mi marido lo han matado —insistió ella con gesto de impotencia.

—El ahorcamiento homicida es algo muy inusual —le informó el policía como quien repite algo que ha leído en un manual de su profesión—. ¿Acaso tiene alguna sospecha?

—Ninguna; mi marido era un trozo de pan.

—Pues ya me dirá… En todo caso, lo que haya ocurrido o no lo determinarán las autoridades competentes —sentenció el inspector Méndez para dejar zanjado el asunto—. Para empezar, pediré que avisen al juez para que proceda al levantamiento del cadáver, y luego, en el depósito, le harán la pertinente autopsia.

—¿Y cuándo podré enterrarlo?

—Cuando lo autorice el magistrado; de modo que cuantos menos problemas le planteemos mucho mejor.

—¿Qué quiere decir?

—Que, si se empeña en mantener que su esposo no se quitó la vida, la cosa podría dilatarse.

Doña Eloísa debía hacer frente, pues, a un difícil dilema. Ahora que había aceptado que su marido estaba muerto, lo que más le preocupaba era poder enterrarlo en sagrado lo antes posible, concretamente en la sepultura familiar, pero para ello iba a ser muy importante que quedara claro que no se trataba de un suicidio o al menos que cabían dudas razonables al respecto, y eso exigiría abrir una investigación. Y la pregunta que ella se hacía era si podía confiar en unos policías, forenses y jueces que estaban al servicio de los sublevados, dado que su marido siempre había dado muestras de simpatizar con los republicanos de orden, aunque no militara en ningún partido.

Mientras el inspector telefoneaba desde el vestíbulo, la mujer fue a buscar el libro de Unamuno que había encontrado sobre la mesa y se puso a hojearlo con impaciencia para ver si hallaba en él algún signo o mensaje que le sugiriera qué le había pasado a su marido y, sobre todo, qué le convenía hacer a ella en ese momento.

2

Nunca se muere a gusto de todos. La noticia del fallecimiento de Miguel de Unamuno en la tarde del jueves 31 de diciembre de 1936 fue recibida con división de opiniones en la ciudad de Salamanca, donde Francisco Franco había instalado hacía tres meses su Cuartel General. Para unos, suponía un inmenso dolor y una triste pérdida, una verdadera tragedia; para otros, un gran alivio y una enorme alegría, aunque luego lo disimularan en público. También hubo quienes la acogieron con absoluta indiferencia, como si no les importara, ya bastante tenían con sus propias penalidades como para preocuparse por alguien que no les era cercano ni especialmente simpático; o, incluso, con cierta irritación, ya que les había estropeado la fiesta de Fin de Año. «Bien podría haber elegido otro día para irse, este hombre siempre fastidiando y haciéndose notar», llegó a comentar un político local con un desprecio acumulado a lo largo de años.

El óbito había tenido lugar a eso de las cinco y media de la tarde, en el domicilio del escritor, en el número 4 de la calle de Bordadores, un piso de alquiler en la casa antiguamente conocida como del regidor Ovalle Prieto, construida en el siglo XVIII con piedra arenisca de Villamayor, y, según el único testigo del hecho —un joven profesor falangista llamado Bartolomé Aragón—, la muerte había sido repentina y apacible: sentado ante su mesa camilla, junto a un brasero de cisco para protegerse del frío reinante; un adiós doméstico y burgués, sin agonía y sin épica, como una vela o una bombilla que se apaga de pronto y deja de alumbrar; una muerte, por tanto, impropia de un hombre agónico y valiente que se había pasado la vida luchando contra todo y, especialmente, contra sí mismo. Ese día, además, había nevado con fuerza en Salamanca y la nieve había cuajado, si bien no había llegado a helarse, como si todo se hubiera confabulado para componer una bonita estampa navideña en medio de tanta guerra y tanto desastre. El año moría y con él el hombre más ilustre de la ciudad, descanse en paz. «Paz en la guerra», habría dicho él, gran amante de las paradojas hasta el final de su existencia.

En cuanto a las circunstancias de la muerte, casi todos daban por buena la versión que desde el primer momento había circulado por la ciudad, ¿por qué iban a desconfiar? Al fin y al cabo, era un hombre de setenta y dos años con el corazón roto por diversos reveses y desgracias. Es verdad que había habido rumores de que podían haberlo envenenado, pero, para la mayoría, carecían de toda realidad y fundamento. Si los sublevados hubieran querido deshacerse de él, ya haría tiempo que lo habrían fusilado o le habrían dado el paseo, algo que, por desgracia, se había hecho muy habitual; no sería por falta de motivos y ocasiones para ello. Pero ¿quién querría matar a ese pobre anciano? Si acaso, le habían acortado algo la vida a fuerza de disgustos, lo que no quitaba para que su fallecimiento hubiera sido natural. Tan solo algunos amigos y admiradores recelaban de que pudiera haber algo turbio y sospechoso en esa muerte tan, cómo decirlo, oportuna y conveniente para los insurrectos y sus afines.

En cualquier caso, a esas alturas del conflicto, casi todos le habían dado ya la espalda, pues lo consideraban un traidor, aunque fuera por motivos diferentes. Los fieles a la República no le perdonaban que hubiera apoyado el alzamiento militar con el pretexto de que esa era la única forma de poner un poco de orden en España, mientras que los adeptos a los golpistas no podían aceptar que al final se hubiera distanciado de ellos y los hubiese criticado con dureza, como por lo demás hacía siempre, en eso no tendrían que haberse llamado a engaño, ya que a lo largo de su vida, y sobre todo en la última década, no había querido casarse con nadie, ni con hunos ni con hotros, como escribía él, con esa hache que venía a simbolizar la estulticia y la barbarie de ambos bandos. Era en consecuencia, según ellos, traidor por partida doble, dado que, por puro egocentrismo y soberbia, había traicionado de manera sucesiva a las dos facciones. Claro que también cabía pensar que, en realidad, don Miguel no había traicionado a ninguno y que lo único que había hecho era ser fiel a sí mismo. Eran los demás, no él, los que habían cambiado, y ese era desde luego el caso de la República; o los que lo habían engañado, como le había ocurrido con los sublevados.

Por otra parte, ni el frío ni la nieve impidieron que algunos falangistas se movilizaran de inmediato para que lo enterraran a la mayor brevedad posible, aunque fuera el 1 de enero, una fecha para la alegría y la celebración. Una muerte como esa no se daba todos los días y había que sacarle el máximo partido y, de paso, disipar las sospechas que pudiera haber en relación con ella; lo importante era quitarse el muerto de encima cuanto antes. Al tiempo que la familia, algunos amigos y los representantes de la Falange y de la Universidad velaban su cadáver en la intimidad, en el palacio de Anaya los principales colaboradores de la Oficina de Prensa y Propaganda, dirigida por José Millán Astray, se dedicaban a redactar sus respectivos obituarios para que al día siguiente pudiera anunciarse urbi et orbi que había muerto el gran escritor y lo había hecho en paz, a pesar de su espíritu batallador y de estar continuamente en guerra. Esa noche, en fin, las máquinas de escribir no pararon de disparar como ametralladoras en el sepulcral silencio de la madrugada salmantina para lamentar su pérdida. Solo unos pocos en la ciudad del Tormes se habían atrevido a celebrar en público el nacimiento del nuevo año y, de paso, el fallecimiento del viejo catedrático con una sonrisa beatífica y una copa de champán. «Unamuno ha muerto, ¡viva el Año Nuevo!», gritaron a modo de brindis.

Mientras tanto, en el interior del Cuartel General de los sublevados, ubicado muy cerca de la Universidad, en el palacio episcopal, brillaba una luz que nunca se apagaba, una luz tenue pero constante. Era la del despacho del general Francisco Franco Bahamonde, que nunca dejaba de velar por España y los buenos españoles, amenazados por la anti-España y la hidra del comunismo y la masonería; ni siquiera de madrugada, en pleno invierno y en un día festivo como aquel. Si uno se fijaba bien, podía ver la silueta del Caudillo a través de los cristales moviéndose de un lado para otro, con el pecho relajado, la cabeza inclinada y las manos enlazadas por detrás de la espalda, como si estuviera meditando o tal vez soñando despierto con un futuro victorioso al paso alegre de la paz. Pasaban las horas, y la luz allí seguía, perenne, como un lucero en lontananza, sobre el que hacía guardia el Generalísimo.

Con frecuencia la muerte no viene sola, sino que va acompañada de un triste cortejo de ultrajes y humillaciones de los que es víctima de nuevo el difunto. Cuando en la tarde del 1 de enero de 1937 Manuel Rivera Jambrina acudió al entierro de su amigo, no se imaginaba lo que iba a encontrarse, aunque debería haberlo previsto, dadas las circunstancias. Desde la distancia tuvo que observar con dolor e indignación cómo los fascistas del yugo y las flechas le daban sepultura a su estilo, con los gritos, las consignas, los cánticos y las ceremonias de rigor, ante la mirada impotente y avergonzada de la familia, algo que habría encolerizado a don Miguel. Después de un breve forcejeo con varios catedráticos de la Universidad, los falangistas se habían hecho con el féretro desde el principio y lo habían portado a hombros y con paso marcial —uniformados con camisa azul, correajes e insignias—, desde la casa de la calle de Bordadores hasta el cementerio de San Carlos Borromeo, a las afueras de la ciudad. No se trataba de unos falangistas cualesquiera; eran el escritor Víctor de la Serna, que acudía también en representación del jefe nacional de la Falange, Manuel Hedilla; el conocido tenor Miguel Fleta, el cineasta Antonio de Obregón y el periodista Emilio Díaz Ferrer. Los catedráticos Manuel García Blanco, Isidro Beato Sala, Francisco Maldonado y Nicolás Rodríguez Aniceto, como buenos subalternos, tuvieron que conformarse con llevar los galones o cintas del ataúd. Este iba cubierto con una bandera de la Falange y un birrete académico a fin de complacer a los dos grupos. Por lo visto, cuando salían del domicilio se había oído gritar a su nieto Miguelín con desesperación: «¡Que se llevan al abuelo, que lo van a tirar al río!»; algo debía de intuir el niño de lo que le aguardaba a Unamuno.

La comitiva fúnebre se había detenido en el Campo de San Francisco para hacer un relevo y rezar un responso por el alma del difunto, y luego continuó por un paseo de tierra, que se hizo eterno a causa del frío. Una vez que llegaron al camposanto, lo enterraron en el nicho número 340, en la llamada galería de san Antonio, el mismo en el que yacía su hija Salomé. Frente a él desfilaron decenas de camaradas uniformados saludando con el brazo en alto y la palma extendida en señal de veneración y respeto, como si el difunto, en efecto, fuera uno de los suyos, casi como un caído por Dios y por España. Tras ello, todos se pusieron firmes y el jefe de milicias de Salamanca, un tal Manuel Gil Ramírez, gritó de forma estentórea:

—¡Camarada Miguel de Unamuno y Jugo!

—¡Presente! —respondieron los demás con una sola y atronadora voz que retumbó en todas las tumbas y panteones.

Y así tres veces, las mismas que Pedro negó a Jesús, solo que aquí con la intención de afirmarlo falsamente, ¡otra paradoja!, para luego añadir:

—¡Arriba España!

Más que un homenaje póstumo a don Miguel, aquello le pareció al abogado un acto de propaganda de la organización fascista y, por lo tanto, un escarnio para el gran escritor e intelectual, algo que el propio Unamuno no habría dudado en calificar de esperpento valleinclanesco, en honor a su compañero de generación, fallecido hacía un año. De esa forma no solo trataban de quitarse de encima las sospechas de haberlo asesinado, sino que también daban comienzo al secuestro de su figura, ahora que el ilustre escritor no podía protestar ni defenderse. No cabía imaginar mayor ignominia ni desvergüenza. Entre los presentes, por cierto, no estaba Bartolomé Aragón, el joven profesor falangista que acompañaba al escritor cuando falleció. Tampoco había ningún representante de relevancia del Cuartel General de Franco.

Acabado el sepelio, Manuel dejó que se fueran todos y él se quedó un rato paseando entre las tumbas. Casi había anochecido. El camposanto estaba cubierto de una leve capa de nieve y envuelto en una niebla espesa, como una necrópolis doblemente fantasmal, un lugar muy propicio, por tanto, para la meditación sobre las postrimerías. «¿Y ahora qué, don Miguel? ¿Ha visto usted a Dios? ¿Realmente existimos o tan solo somos un sueño suyo? ¿Es verdad que hay un más allá? Y lo más importante: ¿hay alguna forma de pervivencia o inmortalidad, como usted anhelaba? ¿Mereció la pena tanta lucha y tanto desvelo, tanta agonía para alcanzar la eternidad?», le preguntó.

Trató de imaginar también a cuántos habrían fusilado ya junto a las tapias de ese mismo cementerio cuya población había aumentado de manera considerable en esos últimos seis meses, y eso que la mayoría de los asesinados por los falangistas estaban en zanjas y fosas comunes. Alguien le había contado que el guardabarrera de un paso a nivel había enloquecido por haber tenido que presenciar todos los días, al amanecer, las brutales ejecuciones; por lo visto, los disparos no paraban nunca de resonar en su cabeza. Otros, sin embargo, acudían por gusto a contemplar los fusilamientos antes de desayunar chocolate con churros en la plaza Mayor, como una manera de comenzar bien la jornada, sintiéndose vivos. Entre los asesinados se encontraban algunos amigos y familiares de Manuel, como el pobre Benjamín del Árbol, su cuñado. Su esposa no tenía constancia de su supuesta filiación ideológica, pero, al parecer, unas almas caritativas lo habían acusado de ser masón. «¡¿Masón, él?! ¡Si ni siquiera creo que supiera qué era eso!», había exclamado ella. ¿Y desde cuándo ser masón era delito, vamos a ver? Si hasta se decía que el propio Franco había intentado ingresar en una logia, y lo habría hecho si no lo hubieran rechazado. Debía de ser por ese motivo por lo que ahora los perseguía con tanta saña e inquina.

Sin darse cuenta, Manuel se había extraviado entre los sepulcros blanqueados por la nieve, que todo lo unifica, lo disimula y lo reviste por unas horas de inocencia, perdido entre tanto difunto, entre tanta muerte desenfrenada. De repente, como si hubiera salido de un panteón o brotado de una sepultura cercana, se le apareció Teresa Maragall López. Una vez repuesto del susto, el abogado se frotó los ojos y la observó con atención. ¡Sí, era ella! Se conservaba muy bien a pesar de sus sesenta y tantos años; la edad exacta nadie la sabía con certidumbre, pues ella se quitaba unos cuantos, con lo que su mentira autopiadosa venía a coincidir aproximadamente con su aspecto. Manuel lo llevaba peor, pues había ganado algo de peso y perdido mucho pelo. De lo que no cabía ninguna duda era de que ella seguía siendo una mujer enérgica y hermosa. Tenía, eso sí, el cabello gris, si bien mantenía sus rizos, esos que tanto le gustaban a don Miguel, aunque él nunca lo reconociera ante nadie, pero la verdad era que con frecuencia sus pensamientos se quedaban enredados en ellos y perdía el hilo del discurso como un colegial que de repente se olvidara de la lección delante de la maestra.

Hacía mucho tiempo que Manuel no sabía de ella, y llevaban sin verse dos décadas; de hecho, pensaba que habría muerto tras la revolución de Asturias o tal vez en la cárcel de Barcelona, donde sabía que había estado encerrada como sospechosa de haber colaborado en algún que otro atentado o acción política, algo que don Miguel siempre le había recriminado, pero que ella asumía con coherencia y perfecta naturalidad. Si había algo de lo que no se la podía acusar era de no ser consecuente con su pensamiento. La mayoría predicaba una cosa y hacía otra, generalmente la contraria. «Donde pongo la idea pongo la bala», solía bromear ella, con una sonrisa que desarmaba al contrario.

Tras los saludos y abrazos, Teresa le explicó que se había enterado de la muerte de Unamuno por un periodista republicano en el bar de un hotel de Madrid. Sin pensárselo dos veces, esa misma noche se había procurado una identidad falsa —la de una corresponsal de guerra francesa llamada Marguerite Legendre, que acababa de morir en un bombardeo— y una plaza en un convoy de prensa que salía de madrugada para Salamanca. Conocía bien la lengua francesa y hasta la hablaba con acento de París, ciudad en la que había vivido exiliada durante algunos años. El viaje estuvo plagado de peligros e incidentes varios, pero allí estaba, sana y salva y a tiempo para el entierro. Manuel se mostró muy contento de que se encontrara en la ciudad y le contó lo que sabía sobre los últimos meses de su amigo, advirtiéndole, eso sí, que se habían distanciado un tanto a causa de algunas discrepancias ideológicas con respecto al alzamiento militar.

—Sí, ya me dijeron que, al principio, apoyó a los sublevados, y eso me entristeció y enfureció a partes iguales —le confesó Teresa—. Pero lo cierto es que todos nos equivocamos alguna vez por engreimiento o desesperación.

—Y él enseguida debió de arrepentirse —añadió Manuel.

Luego el abogado le refirió lo que había trascendido hasta ese momento sobre la muerte de su amigo.

—¿Qué tal andaba de salud? —quiso saber ella.

—Que yo sepa, nada serio, los achaques propios de su edad. Por lo demás, llevaba una vida bastante saludable: como él decía, nunca se intoxicaba con alcohol ni con tabaco, comía con frugalidad, se acostaba temprano, antes que el sol, dormía bien, paseaba todos los días una o dos horas… Desde luego, él estaba convencido de que iba a vivir hasta los noventa años y no paraba de repetir que se sentía mejor que nunca.

Teresa no pudo evitar sonreírse, pero enseguida volvió a ponerse seria.

—Sé que la muerte de su esposa hace dos años le afectó mucho.

—Y también la guerra y todo lo que ha traído consigo: el repudio por parte del bando republicano, la muerte o el encarcelamiento de algunos amigos, el rechazo de los otros tras el incidente del 12 de octubre, supongo que habrá oído hablar de ello —comentó el abogado, y ella asintió—, el casi obligado confinamiento en su casa, el silencio forzado…, lo que sin duda aumentaría su ansiedad y haría que le subiera la tensión, pero no como para morir de una manera tan fulminante.

—Entonces, ¿cree usted que pueden haberlo asesinado?

Teresa había formulado la gran pregunta, esa que Manuel no se había atrevido a plantearse a sí mismo de forma explícita, aunque le rondara la cabeza con insistencia desde que se enteró de la noticia.

—Yo ni niego ni afirmo todavía, pero sí que creo que ha sido una muerte muy sospechosa —comentó con tono aparentemente neutral.

—Pues yo estoy del todo convencida de que ha sido provocada —aseveró Teresa—. Y lo peor es el trato que ahora está recibiendo por parte de los fascistas. Los muy canallas están manipulando su pensamiento y se están sirviendo de él, y no podemos consentirlo.

—¿Y qué propone?

—Tenemos que investigar el caso para que no se salgan con la suya. Si no lo hacemos nosotros, no lo hará nadie.

Aunque las dijo en voz baja, las palabras de Teresa rebotaron con fuerza en el cerebro de Manuel.

—¡¿Investigarlo?! ¿Y cómo? Estamos en zona ocupada por los sublevados desde el primer momento; por si no lo sabe, ¡aquí está su Cuartel General! —le recordó el abogado—. Yo, además, tengo mujer e hijos que viven en la ciudad.

—Se lo debemos —insistió ella—. El mundo tiene que saber cómo murió nuestro amigo y cómo lo están utilizando ahora los falangistas, ya ha visto usted el entierro que le han dado; a punto he estado de ponerme a pegar tiros. De modo que no podemos abandonarlo a su suerte, él nunca habría permitido que algo así nos sucediera a nosotros. Esta ceremonia ha sido un ultraje y una profanación, la profanación pública y simbólica del cadáver de uno de los mejores hombres que ha dado este país en varios siglos. No bastaba con matarlo, tenían que apropiarse también de su figura y destruir su legado. Y ya que no pueden eliminar su nombre ni todo aquello que lo recuerde, como hacían en la antigua Roma cuando moría un enemigo del Estado, al menos intentarán alterar su memoria.

—Estoy convencido de ello. Pero nosotros no somos él. No estamos a su altura ni tenemos su inteligencia ni su valor —constató Manuel.

—Pues eso habrá que remediarlo —sentenció Teresa con una sonrisa irónica—. Por fortuna, tuvimos un buen maestro, nada menos que un detective andante, y nosotros no vamos a ser menos.

El abogado la miró a la vez con miedo y admiración.

—Salamanca es ahora como una cárcel en la que todos nos vigilamos. En cuanto se den cuenta de nuestro interés por la muerte de Unamuno, nos convertiremos en sospechosos de conspirar y al final nos fusilarán o nos darán el paseo —le advirtió Manuel—. Y, en el caso de que no nos descubran, ¿cómo se lo vamos a contar luego al mundo? ¿Qué podremos hacer si averiguamos que en efecto lo han asesinado?

—Ya se nos ocurrirá algo. Vayamos por pasos.

—Pues desde aquí le digo que no llegaremos lejos.

—No sea usted derrotista. Eso ya se verá. Aunque estemos ahora en un cementerio, nosotros no estamos muertos.

Al final al abogado no le quedó más remedio que dar su brazo a torcer. Tal vez las cosas fueran como él había dicho, pero había que intentarlo. Era su obligación. No podía abandonar de nuevo a su amigo y mantenerse al margen.

—Está bien. ¿Cuál es su plan?

—De entrada, no conviene que nos vean mucho juntos —explicó ella—. Así que cada uno deberá trabajar por su cuenta y, cuando tengamos algo importante que compartir, nos reuniremos en algún lugar apartado o en el que podamos pasar inadvertidos. Para concertar la cita, nos llamaremos por teléfono; yo estoy alojada en el hotel Novelty.

—De acuerdo; este es mi número —le dijo el abogado, tras anotarlo en un papel.

—¿Cómo quiere que nos repartamos las pesquisas?

—Si le parece, yo me ocuparé de hablar con los hijos de don Miguel, pues los conozco y sé que confían en mí; también con Aurelia, la asistenta, y el médico que certificó su defunción —propuso el aboga

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