La maldición de Ramfis

Sergio Ramírez

Fragmento

Citas

Citas

El hombre malo, el hombre depravado,

Es el que anda en perversidad de boca;

que guiña los ojos,

que habla con los pies,

que hace señas con los dedos.

Perversidades hay en su corazón;

anda pensando el mal en todo tiempo;

siembra las discordias.

Por tanto, su calamidad vendrá de repente;

súbitamente será quebrantado,

y no habrá remedio.

Proverbios 6:12-15

¿Qué vale a ninguno lo que sabe si no lo procura saber y hacer mejor que otro? Exemplo gratia: si uno no es buen jugador, ¿no pierde? Si es ladrón bueno, sábese guardar que no lo tomen. Ha de poner el hombre en lo que hace gran diligencia y poca vergüenza y rota conciencia para salir con su empresa al corrillo de la gente.

FRANCISCO DELICADO

La lozana andaluza, Mamotreto XLI

Wikipedia
DOLORES MORALES

El inspector Dolores Morales (Managua, Nicaragua, 18 de agosto de 1959) es un antiguo guerrillero que participó en la lucha contra el dictador Anastasio Somoza Debayle (1967-1979), depuesto por la revolución triunfante del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en julio de 1979. Fue miembro de línea de la Policía Sandinista desde su fundación (más tarde Policía Nacional), y tras recibir la baja se convirtió en un investigador privado.

Biografía

Nacido en el barrio Campo Bruce, al oriente de la ciudad de Managua, su padre, también de nombre Dolores Morales, de oficio ebanista, y su madre, Concepción (Conchita) Rayo, se separaron, debido al mal vivir del primero, y la madre emigró en busca de fortuna a Costa Rica, donde se perdió todo rastro de ella. Por tanto, el niño, hijo único, fue criado por su abuela materna, Catalina Rayo, quien fue dueña en un tiempo de un estanco de aguardiente en las vecindades de la estación del Ferrocarril del Pacífico, y más tarde tuvo un puesto de abarrotes en el mercado San Miguel, ambos en el corazón de la vieja capital destruida por el terremoto del 22 de diciembre de 1972.

Siendo aún adolescente entró en las filas del FSLN bajo el seudónimo Artemio, y tras ser parte de los comandos urbanos en la capital, en 1978 pasó a incorporarse a una de las columnas guerrilleras del Frente Sur, que pugnaban por avanzar hacia el interior del país desde la frontera con Costa Rica, comandada por el sacerdote asturiano Gaspar García Laviana, de la Orden del Sagrado Corazón.

En noviembre de ese mismo año, en uno de los combates para apoderarse de la colina 33, el mismo donde cayó herido mortalmente el propio padre García Laviana, un balazo de Galil le deshizo los huesos de la rodilla. Tras serle amputada la pierna, pues amenazaba la gangrena, fue trasladado a Cuba donde le implantaron una prótesis.

Tras la creación de la Policía Sandinista resultó asignado a la Dirección de Investigación de Drogas, donde llegó a obtener el grado de inspector, y en esas dependencias se encontraba prestando sus servicios cuando sobrevino la caída del poder del FSLN tras las elecciones de febrero de 1990 que ganó la candidata opositora Violeta Chamorro (1990-1997).

Allí continuó sirviendo, sumido en el anonimato, en medio de las transformaciones sufridas por la institución, que pasó entonces a llamarse Policía Nacional, despojada de su carácter partidario. Apegado a la modestia, siguió usando su pequeño Lada de fabricación rusa, bastante maltratado.

Saltó a la fama en el año 1999, cuando bajo el Gobierno de Arnoldo Alemán (1997-2002), del mismo Partido Liberal de Somoza, encabezó un operativo que terminó con la captura de los capos de la droga Wellington Abadía Rodríguez Espino, alias El Mancebo, del cartel de Cali, y Sealtiel Obligado Masías, alias El Arcángel, del cartel de Sinaloa, sorprendidos en una finca de las laderas del volcán Mombacho, cerca de la ciudad de Granada, donde se daría una reunión de coordinación de ambas organizaciones criminales. Puestos en manos de la DEA, fueron llevados prisioneros a Estados Unidos.

Dada la corrupción ya imperante, el operativo desagradó a las altas autoridades del gobierno, y el ministro de Gobernación, en connivencia con el primer comisionado César Augusto Canda, ordenó su retiro del servicio, bajo el pretexto de que se trataba de una acción inconsulta, y así su carrera dentro de la institución terminó abruptamente.

Después de algún tiempo de inactividad, durante el cual sus tendencias a la bebida se hicieron evidentes, y ya bajo el nuevo régimen del comandante Daniel Ortega (2006-…), invirtió su fondo de retiro, que habían tardado en liquidarle, en abrir una agencia de investigaciones privadas. A este fin logró rentar un módulo en el Shopping Center El Guanacaste, en el barrio Bolonia, al occidente de Managua, donde antes funcionó una tienda de ropa infantil. Armados de una cámara fotográfica, él y su asociada, doña Sofía Smith, se dedicaron a espiar y documentar los encuentros de parejas furtivas, por encargo de cónyuges ofendidos.

De esta rutina lo sacó un sorpresivo encargo del millonario Miguel Soto Colmenares, quien le solicitó investigar el caso de la desaparición de su hijastra, Marcela Soto Contreras, bajo oferta de un atractivo honorario. La pesquisa dejó patente la sórdida personalidad de Soto, y también sus vínculos con el régimen, que le permitieron amasar una fortuna fraudulenta, siendo su intermediario y valedor el comisionado Anastasio Prado, alias Tongolele, jefe de los servicios secretos, y un personaje ubicuo que prefería mantenerse en el anonimato; una biela maestra, pero silenciosa, de la máquina de poder.

El inspector Morales logró seguir el rastro de la desaparecida en los meandros del Mercado Oriental de Managua, conducido por un viejo conocido, Serafín Manzanares, alias Rambo, subalterno suyo en el Frente Sur; y habiendo traspasado los límites que su cliente le había impuesto, pues existía detrás un secreto que éste buscaba a toda costa preservar, nada menos el haber convertido a su hijastra en su amante forzada, razón de su huida, tramó una persecución contra él para neutralizar su injerencia en el caso. Pero dio con ella, Marcela denunció a su padrastro en público, y luego logró salir hacia Estados Unidos para encontrarse con su novio; el inspector Morales, mientras tanto, se había enamorado vanamente de la muchacha. Tras el desenlace del caso pasó escondido por un tiempo en Managua, pero Tongolele, que lo perseguía a petición de Soto, logró capturarlo y lo mandó al destierro en Honduras, junto con Rambo, a través del puesto fronterizo de Las Manos.

La misma medianoche en que había sido obligado a atravesar la frontera, al enterarse de que su compañera sentimental de vida, Fanny Toruño, enferma de cáncer, había sufrido una recaída, decide regresar a Nicaragua de manera clandestina, valiéndose del auxilio del vendedor de lotería Genaro Ortez y Ortez, alias Gato de Oro. Emprenden el regreso a pie, por veredas, en compañía de Rambo, y en un tramo del camino, sicarios del régimen asesinan a Gato de Oro con el fin de amedrentar a su tío, monseñor Bienvenido Ortez O. P., párroco de la población fronteriza de Ocotal, y declarado opositor al régimen. Logran contactarlo, y él los envía a Managua disfrazados de curas, bajo el cuido del padre Octavio Pupiro, quien debe ponerlos en manos del padre Francisco Xavier Aramburu (padre Pancho), párroco de la iglesia de la Divina Misericordia.

Al llegar a Sébaco, a medio camino de Managua, se encuentran con las primeras manifestaciones de la rebelión que empieza a crecer en el país en contra de la tiranía, y que se centra en el repudio a los árboles de la vida, estructuras metálicas que la primera dama ha mandado a erigir como símbolos mágicos del poder, bajo los consejos de la profesora Zoraida, la quiromántica oficial, madre de Tongolele, el jefe de los servicios secretos. La primera dama transmite a ambos sus instrucciones a través de la caja china, transportada cada vez bajo escolta militar y con gran solemnidad protocolaria.

Ya acercándose a Managua, el padre Pupiro recibe por teléfono la noticia de que han agredido a monseñor Ortez al salir de la casa cural en Ocotal, golpeándolo con un tubo en la cabeza, y que lo traen en una ambulancia para ser atendido en el Hospital Metropolitano. Mientras tanto, llegados a su destino, y recibidos por el padre Pancho, el inspector Morales logra reunirse con doña Sofía en la casa cural de la iglesia de la Divina Misericordia; discuten entonces acerca de dos mensajes misteriosos, que llevan como firma al pie la mascarita del personaje de la tira cómica V. de Venganza, dirigidos al propio inspector Morales, y donde se revelan los nombres, y aun se incluyen fotografías de los responsables tanto del asesinato de Gato de Oro, como del atentado contra monseñor Ortez.

Doña Sofía crea una cuenta de Twitter para divulgar esos mensajes, y otros que irán llegando; mientras tanto, crecen las protestas en las calles, crece la represión, y al mismo tiempo progresa dentro de los meandros mismos del poder una conspiración contra Tongolele en la que participan dos lugartenientes suyos, Pedrón y la Chaparra, dirigida por el comisionado de policía Arquímedes (el enano) Manzano, quien busca sustituirlo en el puesto.

Tongolele es degradado, y a través de la caja china recibe órdenes de ponerse bajo el mando del comandante Leónidas, antiguo jefe guerrillero que se había pasado a las filas de la contra, para luego regresar al lado del régimen, y ahora encargado de jefear las fuerzas paramilitares que ejecutan la operación limpieza mediante la cual son reprimidas a sangre y fuego las protestas y se desmontan las barricadas levantadas en las calles. En el curso de la operación es sometida a ataque la iglesia de la Divina Misericordia, llena de estudiantes que han buscado refugio en sus predios tras el asalto al campus vecino de la Universidad Nacional. La represión dejará en el país un saldo de más de cuatrocientos muertos, centenares de heridos y prisioneros, y miles de exiliados.

En uno de los episodios de la operación limpieza, tras haber sido incendiado un inmueble donde funciona una fábrica de colchones, y que es a la vez vivienda de la familia propietaria de la fábrica, que perece entre las llamas, Tongolele, a cuyas órdenes se halla la fuerza que ejecuta el incendio, es asesinado como culminación de la conjura en su contra. El inspector Morales, quien, igual que doña Sofía logra salir de la iglesia de la Divina Misericordia, cercada por las fuerzas paramilitares, va a refugiarse en casa de la Fanny, cuya enfermedad avanza cada vez más, y se casa con ella en una ceremonia oficiada por el padre Pancho, el mismo día en que monseñor Ortez es enviado al exilio en Roma con un cargo fantasma en la burocracia del Vaticano. El silencio y la represión se imponen sobre el país, las cárceles llenas de prisioneros…

Relaciones sentimentales

En el Frente Sur el inspector Morales conoció a la joven panameña Eterna Viciosa, de seudónimo Cándida, combatiente de la columna Victoriano Lorenzo, con quien contrajo matrimonio en ceremonia oficiada por el padre García Laviana. Fue una relación que no habría de durar, dada su afición constante a las camas ajenas, debilidad suya más persistente que la del licor.

Su relación más duradera es la que establece con Fanny Toruño, con quien se casa, según se ha ya mencionado; cuando la conoció era telefonista de servicio al público en la empresa de telecomunicaciones ENITEL, casada con un topógrafo del Plantel de Carreteras, quien la abandonó cuando la supo enferma de cáncer. Se convierte en colaboradora suya, al opinar libremente sobre las investigaciones en marcha, y acertar no pocas veces en sus juicios.

Asociados más cercanos

En las pesquisas que precedieron a la captura de los capos de los carteles de Cali y Sinaloa, tuvo un papel preponderante el subinspector Bert Dixon, Lord Dixon, originario de la ciudad de Bluefields, en la costa del Caribe, también antiguo combatiente guerrillero, quien pereció a consecuencia de un atentado en el barrio Domitila Lugo de Managua, cuando el Lada del inspector Morales, en el que ambos viajaban, fue ametrallado por sicarios al servicio de los mencionados carteles. Difícilmente logró reponerse de la muerte de Lord Dixon, dada la íntima amistad de ambos.

Destaca en su entorno doña Sofía Smith, de quien se ha hecho ya referencia. Colaboradora de las redes clandestinas del FSLN durante la lucha guerrillera, en su papel de correo, y madre de un combatiente caído en la insurrección de los barrios orientales de Managua en 1979, pasó a trabajar como afanadora en la Dirección de Investigación de Drogas, y dado su talento natural para las pesquisas policiales, se convirtió en asesora del inspector Morales. Disciplinada militante del FSLN en los años de la revolución, siguió fiel, sin embargo, a su fe protestante, feligresa de la iglesia Agua Viva en su barrio El Edén, el mismo donde tenía también su casa el inspector Morales.

Hechos políticos insoslayables

Para el tiempo en que se establece como investigador privado ocurren cambios políticos de trascendencia en Nicaragua, pues el comandante Daniel Ortega, quien había presidido el gobierno durante la década revolucionaria de los ochenta, regresa al poder en 2006 gracias a un pacto con el expresidente Arnoldo Alemán, su antiguo adversario, y al respaldo del cardenal Miguel Obando y Bravo, su antiguo adversario también. Ortega ha permanecido en la presidencia a través de sucesivas reelecciones, la última de ellas en 2021, y ahora, junto con su esposa Rosario Murillo forma una dictadura bicéfala, conforme la reforma a la Constitución que da a ambos el título de copresidentes, con poderes para dirigir los órganos legislativo, judicial y electoral, lo mismo que autoridad suprema sobre el ejército y la policía. En la medida en que el matrimonio consolida su égida familiar, se consolida también una nueva clase de capitalistas provenientes de las propias filas del FSLN, o de su periferia, entre los más connotados el ya mencionado empresario Miguel Soto Colmenares…

(https://es.wikipedia.org/wiki/Dolores_Morales)

Introducción

Los sepultureros recogieron sus cuerdas y sus palas, y el inspector Dolores Morales golpeó el uno contra el otro los talones de los zapatos lustrados con esmero por doña Sofía esa mañana, buscando limpiarlos de la tierra que les había caído cuando rellenaban a paladas la fosa abierta entre los nichos y las cruces de abigarrados colores del cementerio Milagro de Dios, en los confines de las barriadas del sudeste de Managua.

Doña Sofía también lo había obligado a ponerse una corbata negra que le colgaba desmadejada por debajo del cinturón, y así vestido, con una camisa blanca de mangas cortas y unos jeans que le quedaban flojos de las nalgas, porque había adelgazado en las últimas semanas, parecía más bien el ayudante del chofer del carro fúnebre, que, agobiado por el solazo, fue a buscar refugio a la sombra de un guarumo mientras discurría el funeral.

La Fanny había muerto poco antes de la medianoche del 18 de noviembre y fue velada en la funeraria Reñazco de Planes de Altamira, cercana a la iglesia San Agustín, donde ofició la misa de cuerpo presente el padre Pitito, un cura italiano ya muy viejo que se apoyaba en un andarivel para ir de la silla presbiterial al altar.

Desde allí habían partido hacia el cementerio, el inspector Morales junto al chofer en el asiento delantero del carro fúnebre, un Chevrolet de tiempos idos que hacía sonar sus latas en cada bache, más numerosos a medida que dejaban atrás las calles de Villa Venezuela y entraban en Villa Milagro; en el resto de la comitiva iban Dionisio, el cuñado de la Fanny, al volante de la camioneta de reparto de cilindros de gas butano con la que se ganaba la vida en Ciudad Sandino; a su lado en la cabina, su esposa Ilusión, la hermana menor de la Fanny, armada de unos grandes anteojos oscuros imitación de Gucci; y apretada junto a la puerta, doña Sofía, que estrenaba el vestido de popelín negro cosido por ella misma con anticipación. Apiñados en taxis y en motocicletas iban los vecinos del callejón de la Carlanca que se habían atrevido a asistir, venciendo el miedo, porque era un funeral bajo asedio. A la cola los seguía una Toyota Hilux con seis efectivos de la Policía Nacional en la tina, todos con pecheras antibalas y armados de fusiles Aka.

El padre Pancho, que sin duda los habría acompañado en el trance, había sido sacado de la casa cural de la iglesia de la Divina Misericordia una madrugada de mediados de agosto, tres meses atrás, en shorts y camiseta, como solía dormir, y conducido hasta la frontera de Peñas Blancas, donde fue forzado a atravesar a pie a territorio costarricense. Y cuando doña Sofía decía trance, no se refería sólo a la agonía y la muerte de la Fanny, sino también a lo que ella llamaba, y Lord Dixon le daba la razón, los desafortunados tropiezos del compañero Artemio.

Las cosas empezaron a descomponerse cuando el inspector Morales recibió la visita de un viejo colega de la policía antidrogas, ya hacía años retirado, el capitán Romeo Guardiola, a quien por sus orejas gachas y su aspecto desmañado al caminar apodaban Tribilín, el amigo de Mickey Mouse. Era guasón por naturaleza, y confianzudo, con habilidades histriónicas suficientes para fingirse traficante de drogas y así infiltrarse en los incipientes cartelitos que a finales de los años noventa empezaban a formarse en los barrios de Managua, como el de Los Pitufos en Monseñor Lezcano, o el de Los Mertiolatos de San Judas, que no pudieron correr muy lejos.

Había cambiado poco, según notó doña Sofía cuando le abrió la puerta una mañana de comienzos de aquel noviembre, salvo que tenía las orejas de perro de Walt Disney más caídas, y el hocico menos prominente, y en lugar de sus zapatones cosiclavos de antes, usaba ahora unos tenis Adidas tricolores que parecían nadarle en los pies. Nunca le cayó bien mientras lo trató en las oficinas de la plaza del Sol, siempre tomándola por mandadera para que le fuera a comprar cigarrillos, o incordiándola para que le sirviera café; y ahora, aunque se deshizo en zalemas al verla, no dejaba de darle un mal pálpito que apareciera de pronto en casa de la Fanny a buscar al compañero Artemio, después de tantos años de no vérsele la cara. ¿Y cómo es que sabía dónde encontrarlo?

Y el inspector Morales, a pesar de las angustias y tensiones en que entonces vivía, con la Fanny cada vez peor, y encerrado como se hallaba por el temor de que fueran a capturarlo en la calle, sin poder salir siquiera a cortarse el pelo a la barbería, tarea que tocaba a doña Sofía, armada de unas tijeras de costura, recibió a Tribilín de buena gana, sin preguntarle siquiera cómo había dado con su paradero, y se sentó en la acera a conversar con él, entre risotadas del visitante que doña Sofía, entrando y saliendo del dormitorio de la Fanny en su papel de enfermera de cabecera, no dejaba de reprobar con rezongos.

Esas demostraciones la disgustaban no sólo porque en la casa se velaba a una agonizante, sino porque las encontraba majaderas, muy propias de lo que siempre había sido Tribilín, quien se daba cuerda a él mismo para reírse de cualquier cosa; aunque nadie pudiera haberle negado, en aquel entonces, la sangre fría de meterse camuflado entre los delincuentes peligrosos de los cartelitos, que ya debían muertes, como aquel Chico Mertiolato que había asesinado a su propio hermano por una mala rendición de cuentas. Y más la molestaba el hecho de que el inspector Morales celebrara sus algazaras, si no con carcajadas, que habría sido ya el colmo, con sonrisas de complicidad.

Volvió por varios días seguidos, siempre a la misma hora, las diez de la mañana, ya tan temprano con aliento a cerveza, y como había enfrente una pulpería, allí seguía abasteciéndose, y ya hubiera sido el colmo de los colmos que el inspector Morales aceptara acompañarlo a beber.

A retazos lo escuchaba contar lo bien que era tratado desde allá arriba. La casa que la Alcaldía de Managua le acababa de asignar en el proyecto de vivienda social Nueva Jerusalén, amoblada y equipada con electrodomésticos, ¿por qué el inspector Morales no solicitaba una?; la camioneta de doble cabina de segunda mano comprada por cuenta del fondo rotativo de la Asociación de Veteranos de la Policía, ¿por qué el inspector Morales no se inscribía en esa Asociación?; la canasta navideña con licores finos, nada menos que champán, nunca había que tomarlo tibio porque sabe a orín de caballo, y vinos chilenos, latas de conserva, manzanas y uvas, chocolates extranjeros, iba a empezar a recibir su canasta este diciembre, ya estaba en la lista.

¿Y cómo es que tenés semejante vara alta?, le preguntó en una de tantas el inspector Morales. ¿Te acordás de la Chaparra?, preguntó Tribilín. No, no se acordaba. Estuvo en un tiempo en la plaza del Sol, en homicidios, pero al poco tiempo la transfirieron a seguridad personal; es mi prima hermana, Yasica Benavides, yo soy Benavides por rama de mi mamá; de seguridad personal pasó a inteligencia, a trabajar al lado de Tongolele, y allí conoció a su marido Pedrón, ¿de Tongolele sí te acordás? Y Tribilín se tiró una gran carcajada. Cuando vino la desgracia de Tongolele, que fue apeado del pedestal y acabó quemado en las barricadas, el cuerpo hacé de cuenta que era un tizón, se salvaron ellos dos de la debacle, y cayeron parados con el nuevo jefe, el comisionado Manzano, ¿tampoco lo conocés al enano Manzano? Y otra carcajada, cómo le herían los oídos a doña Sofía esas risas, ese sarcasmo. Los pasaron a los dos a retiro honroso, la Chaparra, mi prima, ascendida antes al grado de capitán, ella es una fiera, y bueno, le maneja unos negocios al comisionado Manzano, y sigue siendo su asesora personal, la oye en todo, así podés explicarte la fuente de mi dicha, porque si el enano Manzano te favorece, lo que resuelva tiene la bendición anticipada de la Compañera allá arriba; ya ves, mi hermano, todo es saber manejarse, navegar con cautela para sortear las olas, no ponerse contra la corriente, no andar de redentor para acabar crucificado. Carcajada.

Una de esas veces, en lugar de las risas de siempre, lo que doña Sofía pudo percibir fue un murmullo; Tribilín había bajado la voz, cambiando el tono chusco, y el inspector Morales le respondía con protestas apagadas, y muestras de reticencia. Algo más grueso que entrar en la lista de los beneficiarios de la canasta navideña le estaba proponiendo.

Aquel parlamento misterioso se repitió al día siguiente, y cuando Tribilín se marchó, el inspector Morales la buscó en la cocina, donde ella pelaba unos plátanos verdes para hacer los tostones que comerían en el almuerzo. Con el rabo del ojo lo vio parado en el vano de la puerta que daba a la salita comedor, la cabeza baja, apoyando el peso del cuerpo en el bastón que sostenía con ambas manos. Lo conocía como si lo hubiera parido para darse cuenta de que algo grueso se le atoraba en el galillo.

—Tribilín me ha hecho un ofrecimiento que quería consultarle —balbuceó.

Lord Dixon se asomó en ese mismo momento por la puerta que daba al patio enclaustrado, donde tendían a secar la ropa:

—Esa actitud arrepentida denuncia que de antemano se declara culpable de algo que no sabemos, doña Sofía.

Doña Sofía cortaba enérgicamente los plátanos en rodajas, con un cuchillo que había perdido el mango.

—No me diga que Tribilín le ha propuesto irse juntos de payasos en algún circo ambulante.

—No sé por qué usted le tiene tanta mala voluntad. Bromista ha sido toda la vida, y a estas alturas eso ya nadie se lo quita —se quejó el inspector Mor

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