Las horas secretas

Mick Herron

Fragmento

Capítulo 1

El peor olor del mundo es el de un tejón muerto. Max percibió ese hedor una mañana mientras paseaba por un camino rural flanqueado de setos. No llegó a ver el cadáver del bicho, pero ya se imaginaba dónde estaba cuando volvió más tarde con una pala. Apestaba tanto que se le ocurrió que ese tejón debía de haber muerto de algo especialmente dañino. A saber qué. Al final no pudo hacer nada porque el animal se había arrastrado hasta un amasijo de raíces para morir, y sacarlo de allí habría exigido maquinaria pesada y un estómago de hierro. Como él carecía de lo primero y no estaba dispuesto a poner a prueba lo segundo, eligió una salida fácil: durante unos días pasearía por otro sendero, confiando en que alguno de los granjeros de la zona se ocupara del asunto. Por eso, ignoraba que el tejón seguía allí un par de noches después, mientras corría por su vida.

El primer intruso entró por la ventana de la cocina. Él no estaba dormido—aunque cualquiera podría pensar lo contrario: las luces de la casita estaban apagadas y las cortinas, corridas—; llevaba un buen rato tumbado en la cama, no tanto luchando contra el insomnio como dejándolo hacer de las suyas. Entonces oyó que alguien manipulaba el cierre de la ventana con la soltura de un experto: deslizando un alambre por la rendija por donde se colaba el frío —y que él se había prometido sellar— hasta levantar el pestillo. Un método más silencioso que romper el cristal, pero no por ello inaudible. Se puso unos pantalones de chándal y una sudadera, se calzó las zapatillas y acto seguido se quedó inmóvil, atrapado entre dos vidas, mientras intentaba recordar dónde había escondido el kit de huida... Tenía motivos para pensar que se le estaba yendo la cabeza: los intrusos llegaban con años de retraso. Para entonces, hacía mucho que se había convertido en aquel que fingía ser.

(Max Janáček. Académico prejubilado; aún tonteando con escribir un libro de historia pero básicamente pasando los días: dando largos paseos, preparando comida lenta y sumergiéndose en la lectura de Dickens.)

Para sus vecinos era el tipo tranquilo, amable y servicial que vivía en la casita de campo de quinientos años de antigüedad al norte del condado de Devon, que ayudaba a los ancianos —cuyas filas estaba a punto de engrosar—, recogía parte de la basura que dejaban las hordas de visitantes de los fines de semana y había firmado la petición contra el cochambroso polígono industrial improvisado carretera abajo, que ya sumaba diecisiete naves prefabricadas.

Eso y mucho más llevaba haciendo durante veintitantos años, y si los lugareños se creían la comedia o les importaba un pimiento ya era del todo irrelevante. O lo había sido hasta que aquel intruso... o más bien intrusa, como pronto se reveló... soltó el pestillo de la ventana de la cocina y se coló de forma más o menos grácil, sin romper un plato ni volcar una sartén, para luego deslizarse silenciosamente sobre el suelo de losa con la aparente intención de abrirles la puerta trasera a sus compinches.

La escalera producía una desafinada sinfonía de chirridos y silbidos y, a no ser que uno supiera dónde poner los pies, cada escalón anunciaba que Pedro o el lobo estaban pasando por allí. Pero él lo sabía, de modo que consiguió bajar casi sin hacer ruido hasta el salón, cuya puerta quedaba en diagonal a la cocina, y agarró el atizador de hierro sacándolo de su soporte junto a la estufa de leña. No era una gran arma que digamos, a pesar de su icónico estatus en la ficción: hacían falta techos altos para blandirla, además de un buen swing para golpear como es debido. Por suerte, el swing era lo suyo: no en vano solía practicar decapitando dientes de león con su bastón cuando salía a pasear.

Quizá de haber sabido que se trataba de una mujer no le habría asestado aquel golpe en la base del cráneo ni le habría estampado la cabeza contra el suelo, pero eso era algo sobre lo que podría reflexionar con calma si sobrevivía a la noche. Por el momento, la registró en busca de armas. La desconocida llevaba una pistola táser, lo que la descartaba como raterilla oportunista, pero ni identificación ni nada que indicase cuáles podían ser sus intenciones. Aun así, había que dar por hecho que no estaba sola, suposición que se confirmó en cuanto levantó el auricular del teléfono fijo y oyó un silencio profundo como el de un pozo en una noche sin viento. En cuanto al móvil, tenía claro que, dentro de la casa y a lo todo lo largo del camino rural, no servía más que como pisapapeles. Así que quedarse donde estaba y llamar a la caballería no era una opción, y quizá tampoco habría sido lo más sensato, teniendo en cuenta que, a veces, de quien hay que cuidarse es precisamente de la caballería.

La casita era una vivienda pareada en mitad de un tramo de camino vecinal en pendiente. Al lado vivía la Vieja Dolly, quien probablemente había olvidado que en tiempos había sido Dolly a secas. En todo caso, cuando él se había mudado allí lo de Vieja ya estaba perfectamente justificado. Desde entonces, él se encargaba de hacerle la mayor parte de las compras, la mantenía abastecida de leña y, con admirable paciencia, la escuchaba despotricar contra la inmigración —lo cual lo inquietaba bastante menos que su costumbre de dejar encendido un quemador de gas para no gastar una cerilla en cada cigarrillo—, pese a lo cual ella seguía considerándolo poco menos que un desconocido.

La siguiente casita, a un centenar de metros, llevaba vacía desde que Jonas Tripplehorn se había marchado a Exeter a vivir con su hija, y la que quedaba justo enfrente («casita» por tradición local, aunque tenía cuatro dormitorios) era una segunda residencia invariablemente vacía entre semana. Y camino abajo había otras viviendas, algunas ocupadas por familias jóvenes, otras por jubilados y unas cuantas más por pequeños negocios caseros —informática, confección de ropa retro, tarjetas de felicitación personalizadas, servicios editoriales...—. Más allá, al otro lado del puente ferroviario por el que traqueteaba el tren Londres-Plymouth, se extendía el campo ahora ocupado por el improvisado polígono industrial que tanta indignación había despertado en la zona: varias estructuras de chapa ondulada y cobertizos donde se almacenaba la clase de maquinaria pesada que permitiría sacar —probablemente en pedazos— a un tejón muerto de debajo de una maraña de raíces.

Desde la aparición de aquella especie de poblado chabolista-industrial, el tráfico —en su mayoría furgonetas cargadas hasta los topes con tubos de andamio destinados a reformas en los alrededores— se había multiplicado por diez, al igual que los baches. Incluso ahora, mientras él salía con sigilo por una ventana lateral, se alcanzaba a oír un motor que tosía en aquella dirección, como si estuviera echando una última calada antes de acostarse por la noche.

Al caer al suelo se agachó y esperó a ver qué ocurría a continuación.

Es decir: nada, al menos durante un buen rato. Un par de pequeñas lechuzas —en su habitual dueto de caza y vuelo en picado— ulularon a lo lejos mientras, en la carretera principal, a unos cuatrocientos metros, un camión de transporte de mercancías trituraba el silencio camino al oeste. El cielo estaba nublado, aunque él conocía los cielos lo bastante como para estar en condiciones de imaginar qué estrellas estaría viendo a esa hora en aquella fecha concreta. Más útil le resultaba, sin embargo, que desde donde estaba tuviera una perspectiva transversal del camino y, justo enfrente, la fachada de una casita de campo con suficientes rincones oscuros —el abombado seto delantero, el recoveco tras el prominente porche...— como para esconder a todo un ejército de ninjas. Pero si se trataba de intrusos profesionales, ¿cómo se explicaba que hubieran enviado a una guerrera solitaria a la cocina de su casa? Y además, una a la que ha­bía sido fácil dejar fuera de combate. En fin, no tenía sentido tratar de adivinar los planes de un enemigo cuyo propósito desconocía.

Las lechuzas volvieron a ulular. Casi se podía poner el reloj en hora gracias a ellas —y si eras un ratón, probablemente era lo más sensato.

No estaba seguro de cuánto rato iba a seguir inconsciente la intrusa de la cocina, pero adivinaba que no más allá de unos cuantos minutos. Por su parte, nunca había hecho un hábito de la violencia calculada, ni siquiera cuando se movía en unos círculos en los que, si no era la norma, por lo menos se trataba de una aptitud bastante apreciada. No: la fuerza con que le había estrellado la cabeza contra el suelo tenía más que ver con su condición de morador escandalizado que con una destreza técnica largo tiempo aletargada. Aun así, consideró que sería sensato intentar emular los procesos mentales de los profesionales que iban a por él. Fueran quienes fueran, a esas alturas probablemente ya sospechaban que su primera incursión había fracasado. Lo que hicieran a continuación dependería de las prioridades operativas. Querrían actuar en silencio, pero también atraparlo a toda costa, y era posible que se olvidaran de lo primero si lo segundo estaba a su alcance. Al fin y al cabo, ¿cuál sería el resultado del pandemonio? ¿Luces encendidas en alguna que otra casa? ¿Una llamada telefónica a la policía? Eso quizá supondría la llegada de un equipo de rescate, pero no antes de media hora, teniendo en cuenta lo apartado que estaba aquel pueblo. Sin duda era un riesgo que correrían sin vacilar. Por tanto, más le valía pensar cómo reaccionar ante un asalto frontal.

Lo primero que se le ocurrió fue salir por piernas en la oscuridad.

Tampoco era tan mala idea, ¿no? Obviamente, habían llegado hasta allí en un vehículo, o quizá en más de uno, pero no habían circulado por el camino que llevaba a la casa, porque entonces los habría oído. Así que lo más probable era que hubieran aparcado en el cruce, donde otro camino vecinal llevaba a la carretera y, con ella, a un abanico de vías de escape. Sin duda pensaban marcharse por allí, aunque no había forma de saber si pretendían que él quedara atrás con un agujero de bala en el cuerpo o si querían llevárselo en el maletero, amarrado de pies y manos. El uso de una pistola táser —y no de un cuchillo, una pistola o un misil de crucero, por ejemplo— sugería que su plan inicial no era matarlo. Pero no hay plan sin contingencias, y si no podían llevárselo vivo, quizá preferirían dejarlo bien muerto.

Ni lo uno ni lo otro era de su gusto. Por suerte, si lograba cubrir una veintena de metros camino arriba, podría colarse por el seto y salir al campo, donde sus vehículos no podrían seguirlo. Él conocía bien el terreno —y suponía que ellos no—: lo había recorrido de noche infinidad de veces para ir a tumbarse boca arriba en la hierba y contemplar las estrellas, algo de lo que no se había jactado ante los vecinos. No habría dicho que conocía el lugar como la palma de su mano, pero dicha familiaridad tenía que ser una ventaja... Aún tenía dudas cuando los otros tomaron la decisión por él: un ¡clac! y un rechinido le indicaron que la puerta delantera se estaba abriendo de par en par. La mujer a la que había dejado fuera de combate volvía a estar en pie, y su reaparición había puesto en movimiento a las tropas que aguardaban: una sombra, dos, cruzaron la penumbra para unirse a ella. Podía haber más. Si era cuestión de poner tierra de por medio, tenía que hacerlo ya.

Varias personas habían entrado en su casa. De pronto, un haz de luz atravesó la ventana desde dentro: tenían linternas. Los objetos del alféizar —tiestos, jarrones, velas...— cobraron vida un instante, proyectando formas fantasmales en la oscuridad.

En silencio, dejó el amparo del muro, rodeó lentamente el Volvo —cuyas llaves estaban prendidas de un gancho junto a la puerta de entrada— y salió al camino. Éste se hallaba flanqueado por tupidos setos, y el pavimento era más irregular que antes debido al reciente tráfico pesado. El camino subía la pendiente y al final trazaba una pequeña curva. Justo allí había un hueco en el seto que permitía acceder al campo. Caminaba de memoria, fiándose de sus pies. Los pantalones de chándal eran de color granate, pero la sudadera que se había puesto a toda prisa tenía un cierto brillo plateado. Si hubiera habido luna, habría dado la impresión de ser un fantasma: una anomalía con forma de medio hombre en la oscuridad. Pero no había más que nubes en el cielo: la negra bóveda de una noche de febrero. El frío era intenso. Entonces, sin previo aviso, vio los faros gemelos de un vehículo aparcado en lo alto del camino, apuntando en su dirección y ensartándolo como a una mariposa contra un paño de terciopelo.

Oyó un alboroto a su espalda; no voces altas, sino una ráfaga de susurros apremiantes. Los haces de las linternas lo captaron fugazmente justo cuando alcanzaba el boquete en el seto. Lo atravesó y se adentró en el campo, al otro lado.

Fue como pasar el telón y encontrarse entre bastidores. Las luces se habían desvanecido, así que la única forma de distinguir arriba y abajo era fiarse de los pies. Trató de correr con los brazos extendidos, listo para amortiguar la caída si tropezaba. No era un campo de labor, sino un erial pedregoso cubierto de hierba y maleza. De un lado lo esperaba un camino vecinal; del otro, un campo distinto. Sus ojos empezaban a adaptarse a la oscuridad cuando los faros del coche volvieron a proyectar un resplandor siniestro a su espalda. Pronto se sumaron las linternas: sus perseguidores se habían colado por el hueco del seto y corrían tras él.

Entonces oyó un grito de dolor: uno de ellos acababa de caerse de bruces y probablemente se había roto un hueso de los importantes, o al menos eso esperaba.

Se concentró en seguir corriendo y en no romperse la crisma, pero le pareció discernir dos haces de luz que barrían el campo. ¿A cuánta distancia estarían? No tenía forma de saberlo. ¿Cuánto le quedaba para llegar al camino? Unos cientos de metros, y el terreno estaba volviéndose más fácil a medida que se acostumbraba. Aunque eso también valía para sus perseguidores, que sin duda eran más jóvenes que él, como casi todo el mundo a esas alturas, y también estarían en mejor forma física. De pronto, un motor cobró vida y rugió, y todo se aceleró de golpe. Los muy cabrones, fuesen quienes fueran, ya no se molestaban en operar en silencio. Al menos no podían seguirlo por un campo a oscuras metidos en un coche... Esa certeza le sirvió de consuelo durante apenas unos segundos, hasta que una motocicleta irrumpió por el boquete del seto y llenó el campo con su presencia como un toro enfurecido.

La ciencia sostiene que el tiempo se vuelve elástico en los momentos de estrés. Él estaba en condiciones de confirmarlo, y de la manera más vívida: por un lado estaba el ruido sordo y cada vez más lento de sus pasos; por otro, la aceleración del atronador estrépito a sus espaldas... Sabía que había quienes podían identificar una moto sólo por el sonido, pero él se limitaba a contar las ruedas, lo que equivale a decir que todas le parecían iguales, aunque la que le pisaba los talones sonaba peor que la mayoría.

Un poco más adelante había un portón cerrado con candado. Al otro lado empezaba un camino que, más abajo, tenía un desvío que volvía a subir una cuesta, pasaba junto a dos casas y desembocaba en un cruce en forma de «Y». Si conseguía llegar allí sin que lo atraparan, y con la suficiente ventaja, sus perseguidores se verían obligados a separarse. Pero todo eso pertenecía al futuro, un futuro que avanzaba demasiado despacio... salvo que fueras en moto, atravesando un campo pedregoso y escupiendo tierra a tu paso.

La luz se volvió más brillante y él trató de correr más rápido, como si quisiera evitar una experiencia cercana a la muerte. Tenía sesenta y tres años. Evidentemente, nunca antes había sido tan viejo, pero tampoco era como tener setenta u ochenta. Aunque el tiempo se ocuparía de poner las cosas en su sitio... siempre que se dejara de elasticidades y volviera a comportarse como es debido.

La luz centelleante de la moto empezaba a engullirlo todo. Max veía su propia sombra alzándose frente a él como un gigante. En un cuento de hadas, esa sombra se volvería contra sus perseguidores y los aniquilaría aplastándolos contra el suelo. Pero la realidad era otra: la moto estaba echándosele encima, notaba su aliento en el trasero... y de pronto, el portón se materializó de la nada. Se agarró a la parte superior y se lanzó por encima, estrellándose contra el suelo como un fardo. Esto mañana iba a notarlo, si es que había un mañana... Detrás de él, la motocicleta rugió con furia al frenar y levantó una lluvia de guijarros, algunos de los cuales fueron a parar a su pelo. Se levantó como pudo y se lanzó camino abajo a trompicones. El de la moto le dio al gas una vez, dos veces más. Probablemente se acordaba de Steve McQueen y estaba considerando saltar por encima del portón, pero al final dio media vuelta y volvió rugiendo por donde había venido, deteniéndose a mitad de camino para deliberar —o eso supuso él— con la infantería, que seguía sudando tinta en su avance por el campo.

Hacía un frío que pelaba, pero él estaba empapado en sudor y no tenía ni idea de qué era lo que pasaba. En algún lugar en la oscuridad, probablemente cerca del cruce en «Y», un coche cobró vida y otros faros hendieron la noche. Su carrera se volvió más acompasada a medida que sus piernas encontraban su propio ritmo. ¿Querían una persecución? Pues no iba a ponérselo fácil. Antes de que los faros pudiesen delatarlo, llegó a un desvío y se dirigió corriendo colina arriba por un camino que no tendría ni un par de metros de ancho: uno de esos angostos caminos rurales típicos de Devon, que sólo permiten el paso de un vehículo a la vez. Se acordó de que hacía poco había pasado por ahí. Pero ahora el pecho le dolía, y pasó jadeando ante la primera de las dos casas. Al igual que su compañera, estaba situada por encima del camino. Su corta pista de acceso —donde descansaba un destartalado Land Rover— era casi vertical, y el muro del jardín, tan alto como él mismo, era una antigua construcción de piedras unidas entre sí por una argamasa en proceso de desmoronamiento y llenas de musgo con ambiciones expansionistas. Alcanzó a oír que el coche de los perseguidores aminoraba. Dentro, sus ocupantes trataban de dilucidar por dónde había ido: si aún estaba en el camino, más abajo, o si había tomado esa angosta vía y desaparecido entre las sombras. La segunda casa estaba un poco más allá y, según recordaba, el muro que sostenía el talud del jardín se abombaba de forma muy peligrosa hacia fuera, justo a la altura de la cabeza de cualquiera que pasara por allí. El tiempo y el mal clima lo habían castigado tanto que parecía a punto de venirse abajo y desparramar piedras, maleza y tierra sobre la estrecha pista. Tal vez esa precariedad explicaba por qué la casa estaba en venta, como anunciaba un letrero clavado en la franja de césped al pie del muro, con el inevitable SE VENDE y los datos de una agencia inmobiliaria. El poste, de un metro y medio de altura, se soltó del suelo con sorprendente facilidad, como si él fuera el rey Arturo y estuviera arrancando la famosa espada Excalibur. Y de hecho, se sintió como un rey, aunque sólo durante los segundos que tardó en volver a clavar el poste en la tierra cuarteada junto al muro abombado, hundiéndolo todo lo posible. Luego lo empujó un poco más, hasta dejarlo bien firme. Fue entonces cuando la pista se iluminó: los del coche habían tomado su decisión y venían a por él. Subir aquella colina era fácil con cuatro ruedas; a él, en cambio, las piernas le temblaban, en parte por el frío, pero sobre todo por el esfuerzo.

Y pensar que, no hacía mucho, su mayor problema era el insomnio. Con el poste bien hundido en la tierra, cambió de postura y, en lugar de empujarlo hacia abajo, se apoyó en él y empezó a hacer palanca. La luz de los faros barrió la pista, arrancando destellos a los matorrales del otro lado. Él notó que la tierra empezaba a ceder. El vehículo avanzaba con lentitud, como si sospechara algo. Se inclinó sobre el poste y apoyó todo el peso de su cuerpo. Ya casi lo tenía: un poco más y la liberación que tanto ansiaba estaría al alcance de su mano. El coche se acercaba... y entonces, algo crujió bajo sus manos. Parecía que el poste se había partido en dos. Si era el caso, el juego se habría acabado... pero no lo era. Un golpe sordo anunció que la primera de las grandes piedras se había desgajado del muro y había rodado hasta la pista. Luego cayeron otras, una tras otra, rebotando en la pendiente. Tras las piedras vino la tierra: el talud entero empezó a ceder y, con un rugido que él sintió más que oyó, se vino abajo. Colosales terrones húmedos, mezclados con grava y raíces, se desparramaron por el camino, arrastrando todo lo que el muro había sostenido durante décadas.

Por suerte, había retrocedido a tiempo. Oyó un nuevo golpe seco cuando el coche chocó contra una de las rocas más grandes. Le lanzó el poste pensando que atravesaría el parabrisas. En una vida mejor lo habría hecho; en ésta, se limitó a rebotar. Las cosas no siempre salen como uno quisiera.

De un salto volvió a la pista, en el lado seguro de la barrera que acababa de poner por en medio. Agarró una piedra de buen tamaño y echó a correr hacia la oscuridad. En la casita de al lado se encendieron las luces, y el propietario salió al jardín, intrigado por la sacudida. Al mismo tiempo, dos figuras emergieron del coche: una se encaramó torpemente sobre las rocas para reanudar la persecución, mientras que la otra se quedó apoyada en la puerta, evaluando los daños y quizá pensando en lo que le iban a contar al seguro.

Justo en ese instante, otro faro apareció por la parte inferior de la pista: la motocicleta estaba de vuelta.

Él, sin embargo, ya no veía nada de lo que ocurría atrás: había llegado al cruce en «Y» y había tomado el camino del medio. Sabía que, un centenar de metros más allá, estaba el acceso a uno de los senderos que solía recorrer en sus paseos matinales: estrechos, de firme pedregoso —lechos de río en potencia—, encajados entre árboles y arbustos. Si no sabías que estaban allí, era fácil pasar de largo.

El norte de Devon estaba surcado por una red de veredas así, y quien lograba adentrarse en ellas podía perderse sin esperanza de ser encontrado. Siempre que lograra hacerlo sin ser visto, claro.

La piedra que llevaba en la mano era tan tranquilizadora como un amuleto. A su espalda oía los pesados pasos de alguien que lo perseguía, aunque el ritmo dejaba claro que correr no era precisamente lo suyo. Más lejos también resonaba el gruñido de la moto. Calculaba que no tardaría más de treinta segundos en eludir los restos del muro, y después volvería a rugir tras él, acortando la distancia con mucha más facilidad que el criminal fondón que corría entre ambos.

Aun así, treinta segundos en la oscuridad podían equivaler a una vida entera. Lo sabía por experiencia: lo tenía grabado en los huesos.

Pero tarde o temprano iba a necesitar un plan. Y antes incluso que eso, debía recuperar su kit de huida, siempre que esos energúmenos no lo hubieran encontrado ya.

El acceso al sendero estaba a sólo unos metros y él corría lo más silenciosamente que podía con la esperanza de pasar inadvertido. Confiaba en que el gorila que lo seguía estuviera demasiado ocupado lidiando con una amago de infarto como para fijarse bien. Aunque, por si acaso, apretaba con fuerza la piedra que llevaba en la mano.

El «kit de huida»: eso sonaba a neceser de turista. Y de hecho lo era, aunque la mayoría de los turistas tienen un destino en mente, mientras que esa mochila estaba pensada para alguien que sólo quería largarse, sin importar a dónde. Llevaba su pasaporte —«su» indicaba en este caso mera propiedad, más que identidad, aunque él lo había pagado y llevaba su fotografía—, junto con mil libras en efectivo y dos tarjetas de crédito con un saldo de cinco mil dólares y cinco mil euros, respectivamente. Además, contenía una muda de ropa, un neceser básico que incluía tinte para el pelo y lentillas de color, así como un par de plantillas diseñadas para alterar su forma de andar lo justo como para engañar a un ordenador... o al menos ésa era la idea, porque los ordenadores de sus buenos tiempos eran mucho menos sofisticados. Después de tantos años viviendo en el campo se había vuelto un palurdo, mientras que la tecnología de vigilancia, desplegada en las ciudades, no había parado de aprender trucos nuevos. Pero en fin.

La mochila estaba en el suelo del salón, bajo un tablón disimulado por la cesta de leña de la estufa. Confiaba en que el escondrijo hubiera escapado a los ojos de aquella pandilla de aficionados, pero la suerte era siempre un aliado caprichoso. Y aun si seguía en su sitio, tendría que regresar a la casa sin ser descubierto. Pero eso ya lo resolvería más adelante.

Ahí estaba el acceso al sendero. Se arriesgó a mirar atrás y alcanzó a distinguir a su perseguidor tratando de no tropezar en el camino de tierra. Se la jugó y le arrojó la piedra con todas sus fuerzas. No dio en el blanco, pero estuvo cerca. El gorila se encogió para eludirla cuando pasó silbando junto a él y de pronto acabó en cuclillas frente a la moto, que frenó y lo esquivó como pudo mientras el faro teñía de amarillo el seto. Uno de los dos —el hombre acuclillado o el motorista— gritó de miedo o de rabia, y él aprovechó para meterse en el camino rural. Se agachó tras el primero de los árboles, no más alto que él mismo, y contuvo la respiración mientras el seto se cerraba tras él y la hierba alta echaba su telón. Sentía la humedad calándole las zapatillas y un sudor frío que le pegaba la sudadera a la espalda y los brazos. Le dolía el pecho y tenía el regusto metálico de las monedas viejas en la boca.

Mientras tanto, todo se recolocaba a su alrededor. El faro de la motocicleta se niveló y trazó una línea recta hacia el oeste. Un instante después, la máquina pasó rugiendo y él oyó —sin verlo— al conductor alejarse a trompicones dejando tras de sí una negrura aún más densa. Lanzó un suspiro que sonó como papel al desgarrarse y luego se quedó inmóvil, esperando a que ese sonido se extinguiera antes de inhalar profundamente y llenarse los pulmones. Fue como un bautismo. Sin embargo, al incorporarse sintió un hueso crujir y se estremeció. Esas persecuciones, si acaso, deberían ser cosa de hombres más jóvenes.

Seguramente alguien había tenido una razón para poner en marcha todo aquello, y a él le encantaría, llegado el momento, darle su merecido hundiéndole la cabeza en el retrete.

Avanzó por el camino rural tan rápido como le permitía el terreno hasta dar con una especie de callejón en penumbras. Si el camino ya era oscuro antes, ahora la visibilidad era nula. Además, el suelo resbalaba... salvo donde las raíces de los árboles y las piedras afiladas ofrecían trampas aún peores. Para colmo, las ramas bajas, húmedas y pesadas, le azotaban la cara a cada paso, y la oscuridad amplificaba los ruidos haciéndolo sentir tan sigiloso como un hipopótamo. Pese a todo, al menos por el momento había logrado despistar a sus perseguidores, fueran quienes fueran. Pronto podría sentarse a pensar en quiénes podrían ser —o al menos eso esperaba—, pero por ahora estaba demasiado ocupado asegurándose de que el campo no se lo tragara entero.

Se puso a contar: cada diez pasos se detenía y aguzaba el oído. Pero sólo oía crujidos y susurros, como si los habitantes del camino rural se avisaran los unos a los otros de que se aproximaba. En un momento dado tropezó y, mientras caía, tuvo una serie de dolorosas premoniciones: el tobillo roto, el dolor insoportable de la noche, la inmovilidad del día siguiente... El camino acabaría envolviéndolo como una serpiente y, para cuando alguien lo descubriera, las raíces lo habrían convertido en una improvisada momia campestre. Sin embargo, extendió la mano justo a tiempo y se salvó de convertirse en un esqueleto apretujado. Se dio un golpe en los dientes, pero no llegó a hacerse daño. Para ponerse de pie utilizó un palo que el mundo parecía ofrendarle a modo de disculpa. Nada como un buen palo para mantener el equilibrio. Dios, qué viejo formidable iba a ser, si las circunstancias lo permitían. Llegó a un cruce con otro camino y, sin pensarlo demasiado, giró a la izquierda: a veces las mejores decisiones son las que prácticamente no tomas, las que se toman solas —aunque, si uno piensa así, la vida puede acabar pareciendo una cadena de accidentes, estallidos y cambios inopinados—. Dio otra decena de pasos y se detuvo a escuchar de nuevo. La motocicleta volvía a oírse a lo lejos, pero era imposible que estuviera enfilando el camino rural...

Aunque quizá no era tan imposible.

El pánico suele tomar su tiempo, y había mejores formas de aprovechar los próximos segundos. Tenía dos alternativas claras: seguir avanzando o procurar hundirse en el seto con la esperanza de que el motorista pasara de largo sin verlo. Ahora que se había desviado de la ruta inicial, sus probabilidades de evitar que lo encontraran habían mejorado en alguna proporción matemática que aún no podía determinar; pero las matemáticas son unas cabronas y más valía fiarse de su palo.

El rumor de la motocicleta parecía mantenerse a una distancia fija, aunque ya se sabe: la oscuridad amplifica los sonidos, y no sólo eso: también crea falsas ilusiones. No era difícil imaginar ese rugido colándose por distintos recovecos o saltando sobre los arbustos.

Él siguió adelante tratando de no precipitarse, y el refranero acudió en su ayuda: «Vísteme despacio, que tengo prisa.» El mundo era oscuro, extraño y familiar a la vez. Durante sus paseos nocturnos nunca se le había ocurrido entrar en los caminos rurales de la zona. Y el motivo estaba claro: podían engullirte por entero sin molestarse en escupirte después. Algunos imbéciles se aventuraban a recorrerlos en vehículos, tan despreocupados por ellos como por la naturaleza misma, pero la oscuridad escondía peligros que hasta los imbéciles rehuían. Las rocas se movían, las piedras rodaban y las raíces se alargaban para atraparte. Los vehícu­los que a la luz del día se abrían paso destrozándolo todo, de noche caían en las trampas que les tendía la oscuridad. Los caminantes como Max avanzaban despacio, tanteando el terreno apenas visible con un bastón y procurando no levantar nunca los dos pies a la vez.

En algún lugar a su espalda, la motocicleta rugió y aceleró, y él se consoló pensando que quizá el motorista no fuera muy diestro y además no llevara el equipo de protección adecuado.

Entonces, el hedor lo golpeó con la fuerza de una avalancha: era el tejón muerto. No se había dado cuenta de que se estaba acercando a su terreno, y ahora ni siquiera sabía a qué distancia estaba porque, a esas alturas, la pestilencia había ganado fuerza y se había expandido como un experimento químico descontrolado. Los ojos empezaron a llorarle y sintió la cabeza embotada de golpe. Se había quedado corto describiendo ese olor como «el peor olor del mundo»: era el olor de una ultratumba estropeada, de todos los de­sengaños de la eternidad comprimidos en una sola sensación y servidos con la delicadeza de un palazo en la cara.

La motocicleta detuvo su lento avance y gruñó, agazapada. Él se volvió justo cuando un resplandor inmóvil iluminaba la maleza, cien metros atrás, en el cruce de los caminos rurales. Con los ojos llorosos, la escena se veía como en un caleidoscopio: fragmentos de luz que se dispersaban y recomponían al compás del rumor indeciso del motor. El motorista podía decidirse a seguirlo o no, y él no tenía forma de influir en ello.

Se volvió de nuevo y siguió avanzando, medio ciego, incapaz de escuchar sus propios pasos bajo el petardeo de la moto. El aire se espesaba a cada zancada mientras el cadáver del tejón bullía de vida: su carne podrida era un festín para insectos y su pelaje en descomposición, un palacio para gusanos hambrientos. El hedor era insoportable, y la oscuridad lo hacía aún peor. Además, notaba un zumbido en los oídos, como si la muerte del animal hubiera orquestado una sinfonía nocturna: tambores, cuerdas chirriantes y un director fuera de sí.

La moto se puso en marcha pero él no miró atrás. Avanzó a trompicones, palo en mano, mientras una oleada de náuseas lo arrollaba, dejándolo empapado de pies a cabeza. Se subió el cuello de la sudadera para taparse boca y nariz, pero apenas sirvió de nada. Bajo la luz del faro era un espantajo alargado avanzando a trompicones por un pasillo tembloroso cada vez más estrecho y más pedregoso. Ya debía de estar a la altura de la tumba de raíces del tejón y, ¡Dios!, el olor no podía ser peor... aunque lo era: parecía como si se hubiese metido en un armario con el cadáver del bicho y la puerta se hubiese cerrado a su espalda.

La motocicleta se retorcía y traqueteaba por el terreno abrupto, escarbando la oscuridad con su faro como si fuese una pala amarilla. Él veía las hojas danzando delante —por fortuna, su vista empezaba a aclararse—, pero le era imposible saber si era la brisa o el aire removido por la moto, que enviaba turbulencias por el camino. Fuera lo uno o lo otro, sentía que una tormenta estaba a punto de estallar.

El cuello de la sudadera se le resbaló de la nariz y el hedor se intensificó de inmediato. Aun así, ya había rebasado su epicentro, al que el tipo de la moto aún no había llegado. Seguía a unos ochenta metros detrás, avanzando con cautela y haciendo lo posible por no volcar en aquel suelo abrupto y pedregoso. Tras el fulgor del faro sólo se veía un bulto grotesco, como si conductor y máquina se hubieran fundido en un solo ser: así nacen los monstruos.

Él no acertaba a explicarse por qué se había desatado semejante vorágine aquella noche, pero estaba hasta los cojones del asunto.

Aquello de ser el peatón en un cara a cara con una moto debía de tener sus ventajas, aunque en ese momento no se le ocurría ninguna. Lo que sí le vino a la cabeza fue un cambio de enfoque: «Usar a las personas, cambiar las reglas del juego, aprovechar lo que tienes a mano... No hay por qué esperar a que todo esté roto para ponerse manos a la obra y arreglarlo.» Y no era tanto que estuviese recordando quién había sido una vez como que el hombre que había sido empezaba a darse cuenta de en quién se había convertido. Puede que uno de los dos, o quizá ambos, estuviese aturdido por aquel hedor tóxico, pero al mismo tiempo aquella pestilencia se había colado en su mundo y se había hecho un lugar en él. Digamos que aquel camino rural era como una de esas bolas que uno agita para que nieve dentro, o una pecera con sus pececillos dorados: un círculo perfecto, lo mirases por donde lo mirases. Dentro estaba el peor olor del mundo; fuera, todo lo demás. Y él tenía la ventaja de saberlo, mientras que el motorista aún lo ignoraba. Pronto lo descubriría, y los segundos que tardase en encajar esa nueva realidad serían el momento ideal para poner a prueba su profesionalidad. Mucha gente puede hacer dos cosas a la vez. Con tres, la mayoría se atasca.

El aire empezaba a aclararse, y el monstruo estaba a unos veinte metros, abriéndose paso a trompicones por el abrupto corredor. Cada vez que las ruedas hacían crujir otra roca o raíz, su parte humana daba botes en el asiento como un jinete de rodeo. Había llegado el momento. Dio dos pasos más, tanteando el suelo con el palo, y se volvió. Las cosas estaban a punto... Otro paso y volvió a mirar atrás. La luz del faro se derramaba entre ambos, y él fijó la vista en el suelo iluminado intentando trazar un mapa mental: valía la pena saber dónde estaban las raíces más gruesas, las piedras más traicioneras... ¡Listo! La moto se agitaba y rugía como una bestia ingobernable, y él se vio de pronto como un caballero andante plantando cara a un dragón que corcoveaba y echaba humo. Por suerte, el monstruo no esperaba lo que ocurrió después: que se lanzara en su contra con el palo por delante, como si fuese una lanza.

Esta vez estaba preparado para el hedor al volver a entrar en la esfera, mientras que para el motorista, que venía de frente, iba a ser toda una sorpresa. Aunque no alcanzó a verle la cara, se imaginó su gesto de desconcierto: ¿quién iba a esperar que la presa se volviera cazador? Lo único que pudo hacer fue cruzar la moto de lado para cerrarle el paso, pero él no pensaba huir; lo que quería era que el último aliento del tejón se le metiera por la nariz hasta el cerebro, y a todas luces ya estaba ocurriendo.

Vencida de lado sobre la angosta senda, la moto hacía de barrera, pero el motorista acababa de echar la cabeza atrás con incredulidad, horror o lo que mejor describiera su sensación ante aquella embestida de aire fétido. Max saltó contra su pecho con el palo por delante y ambos rodaron por el suelo, pero la moto se volcó, atrapándole la pierna al tipo, mientras el haz del faro se alzaba hacia el cielo como una columna amarilla en la que zumbaban insectos. Todo podía haber acabado ahí si Max hubiese logrado darle un cabezazo, pero el otro llevaba casco. Pese a la visera levantada, tenía la frente y las sienes protegidas. Por suerte o por desgracia, no tenía protegidos los pulmones: al caer había resoplado, pero luego había aspirado una bocanada de aire pestilente. Tenía el rostro contraído de asco y un brazo inmovilizado en el suelo con el palo. Intentó golpearle la cabeza a Max con la otra mano, pero las tornas habían cambiado y se habían vuelto en su contra: ahora era la moto la que lo montaba a él, y además respiraba una niebla venenosa.

Max cambió de posición con rapidez, encajó el palo en la garganta del desconocido y empujó con furia. Luego acercó el rostro y le mordió la nariz con todas sus fuerzas. ¡No sabía que era capaz de algo así! El otro se retorció y gritó, le echó el aliento caliente en la cara

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos