El caso Holst (El caso Hartung)

Søren Sveistrup
Søren Sveistrup

Fragmento

cap-3

1

El autobús acaba de dejar atrás el agradable sol que caía sobre la carretera nacional para adentrarse en un polvoriento camino de grava que serpentea por el bosque, y ya se siente el fresco a la sombra de los árboles. El suelo boscoso está salpicado de manchas de una brillante luminosidad que se cuela entre las hojas verdes, los insectos revolotean a la luz polvorienta e inquietos pajarillos vuelan en torno a las copas en busca de pareja o de ramitas para sus nidos. Aunque aún estamos en el mes de mayo y apenas acaban de dar las diez de la mañana, el profesor de biología de veinticinco años, Bjarke Venø, tiene la sensación de que el día va a ser tan caluroso como cualquiera del verano y lanza una mirada de satisfacción a Ann-Louise, su compañera de mediana edad que, como ha hecho ya en muchas excursiones del orfanato, va sentada al volante del autobús. Conduce con mano experta por el irregular camino mientras acompaña tarareando el canto de los alumnos.

Ahora que vamos despacio, ahora que vamos despacio…

La canción se mezcla con las risas de los chavales y Bjarke sonríe al ver sus caras de alegría a través del enorme espejo retrovisor. Luego, vuelve a pasear la mirada por el exterior. La naturaleza muestra su cara más hermosa y la vida primaveral se agita en cada rincón, especialmente la de las aves. Cuando llega mayo, la época de reproducción entra en su apogeo. Los pájaros se emparejan, construyen sus nidos y ponen los huevos. Bjarke confía en poder ofrecerles a los chicos la misma experiencia mágica que sintió al explorar las marismas de la costa oeste. La sensación que siente en el estómago le dice que el viaje va a tener un significado especial, porque los chavales que van detrás tienen mucho con lo que lidiar, lo que le recuerda que justamente ese fue el motivo que, casi tres meses antes, le llevó a solicitar la plaza de interino en el orfanato Aggersminde. Habiéndose licenciado muy poco antes, no sabía que la institución también tenía un internado con un cuerpo docente fijo e incluso aulas de verdad, adyacentes al antiguo edificio del orfanato, así que, en cuanto leyó el anuncio de empleo en la revista especializada, presentó su solicitud. Unas semanas más tarde, nervioso y emocionado, acudió a Jyllinge para entrevistarse con el director y, cuando le acompañaron a visitar las instalaciones y le comunicaron que el puesto era suyo, apenas podía esperar para poner en práctica todas las ideas educativas que bullían en su cabeza.

Muy contento por haber podido salir de excursión tal y como tenían planeado, Bjarke repasa con disimulo las notas que apuntó en su libreta para prepararse para más tarde, cuando les hable a los chicos de los diferentes tipos de aves.

No es que hubiese llegado a pensar seriamente que la excursión se fuera a cancelar. Sí que es cierto que tenía la sensación de que sucedía algo, pero de todos modos le sorprendió que la mañana anterior lo llamase el director a su despacho. El director le explicó que le habían llegado algunos mensajes de familiares preocupados por la salida y que habían preguntado por la «seguridad» de la excursión, algo que Aggersminde, como institución responsable, debía tomarse en serio. Al principio, Bjarke no comprendió bien a qué se refería el director, pero luego cayó en la cuenta. Los medios de comunicación llevaban como una semana llenos de reportajes sobre un niño de nueve años, Daniel Stryger Hansen, desaparecido sin dejar rastro de un parque natural a las afueras de una pequeña localidad de la costa sudoeste de Selandia. Por supuesto, se había buscado al chico, y tanto la policía como la guardia nacional y los voluntarios habían peinado los alrededores, a la vez que la fotografía con la cara pecosa aparecía una y otra vez en los periódicos y noticias nacionales. La foto iba acompañada de una descripción: «Pelo corto y rojizo, pecas, de constitución delgada, aproximadamente 120 centímetros de altura, vestido con unos pantalones cortos de marca Adidas, camiseta azul, chaleco acolchado rojo y unas zapatillas deportivas blancas. Llevaba una mochila azul y blanca de la marca Salomon». Los desesperados progenitores habían solicitado ayuda pública, pero hasta el momento todo había sido en vano. La policía, con gran seriedad, había declarado que se temía un crimen, y los medios de comunicación preguntaron por la posible relación con otros casos aún sin aclarar, algo que los investigadores no habían querido comentar. Bjarke, como todo el mundo, se había sentido profundamente afectado por la serie de noticias que le llegaban y lo sentía por el niño y sus familiares, pero no había pensado que unos hechos sucedidos en el sudoeste de Selandia pudieran preocupar a los familiares de unos chicos de cuarto, considerando que la desaparición de Daniel Stryger Hansen había tenido lugar a más de cien kilómetros de distancia.

Afortunadamente, el director había decidido que no existía nada que impidiera que Bjarke se llevara a los alumnos de excursión, aunque introdujo un cambio significativo: la salida sería al cercano lago Gundsømagle, en lugar de a la reserva de aves que había previsto Bjarke en un principio. El Gundsømagle estaba cerca de casa y todos se sentirían más tranquilos, teniendo en cuenta además que los chavales ya habían salido muchas veces por la zona a hacer hogueras o jugar al escondite. En el despacho del director, Bjarke se sintió nervioso y molesto a la vez. Había dedicado mucho tiempo a preparar a fondo la visita a la reserva, pero, cuando pudo familiarizarse con la avifauna que habitaba en los alrededores del Gundsømagle, vio que también allí podía ofrecer a sus alumnos la experiencia buscada. En los meses que lleva de interino ha utilizado la excursión como zanahoria para que los pequeños se interesen por la vida de las aves en los lagos y marismas de Dinamarca, y ahora siente —no sin orgullo— que ha tenido éxito al ver a los chicos de especial buen humor.

Por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas, tralará, por el monte las sardinas…

—¿Nos falta mucho? —Bjarke intenta que se le oiga por encima del ruido que arman los chicos y la radio del autobús, que transmite nuevas noticias sobre limpiezas étnicas en Yugoslavia. Va a repetirle la pregunta a Ann-Louise, pero justo en ese momento el autobús sale de la espesura y el paisaje se abre ante ellos. Es la primera excusión que organiza para el colegio, y la visión del vasto juncal, que desde la linde del bosque que rodea el lago avanza hasta la orilla, hace que se le encoja el estómago.

El sol está alto y la humedad que genera la vegetación hace que el sudor le gotee por la nariz cuando una hora y media después camina entre los juncos con los chicos siguiéndolo. Avanzan lentamente pero animados a lo largo de la orilla del lago, rodeados por todas partes por una muralla de cañas de dos metros de altura, y aunque Bjarke se esfuerza por hablarles con todo su entusiasmo del carricero común, se da cuenta de que el interés de los chavales va decayendo. Armados con botas de goma, palas y redes, han recogido plumas y restos de huevos de charranes, carboneros y gaviotas. Por el camino también han encontrado ranas muertas, piedras mágicas y almejas de agua dulce, que Bjarke les enseña a abrir con la navaja que lleva. Pero la paciencia de los muchachos ha llegado a su límite mucho antes de que el programa de Bjarke indique que es hora del descanso. Por fin divisa el lugar al que los conduce y lo señala con brío.

—¡Mirad! Un nido de carricero común.

Los chavales, en especial las chicas, se arremolinan en torno a Bjarke, que se ha agachado. A un par de metros, entre las cañas, apenas se intuye el nido, que está casi terminado. Es un nido muy normal, pero a Bjarke le brinda la ocasión perfecta para dar la charla que ha preparado.

—El nido es la muestra de que el macho y la hembra se han elegido mutuamente y han formado una pareja, y la creencia popular dice que esto sucede el día de San Valentín. Una vez que acaben de construirlo, la hembra pondrá los huevos y, cuando estos se abran, los padres se apresurarán a ocuparse de los polluelos, para que puedan crecer y aprender a volar.

Las chicas observan a los dos carriceros aleteando afanosos en torno al nido y algunas exclaman «oh» y «ah» contemplando ese idilio. Bjarke se sonríe y casi consigue olvidarse de los chicos que detrás de ellos se quejan.

«Tengo hambre».

«¿Cuándo vamos a jugar al escondite?».

«¡Puaj, qué es eso!».

Bjarke se vuelve con cierto alivio por que algo haya interrumpido el torrente de protestas. Un chico, que por lo que Bjarke recuerda se llama Emil, está de pie con un gesto de asco y mira hacia algo escondido entre los juncos, a cierta distancia. Los chavales se agolpan a su lado. Bjarke guarda con cuidado la navaja en la mochila y coloca esta en un montículo irregular entre las cañas antes de acercarse a mirar.

Cuando llega a su lado, ve que Emil está señalando con un dedo tembloroso a un espeso haz de juncos del que pende otro nido. Es pequeño y enmarañado, casi oculto a los ojos distraídos, y el polluelo grande y rosado que lo ocupa está ciego y carece de plumas, parece un feto. Pero se mueve. Los ojos saltones giran frenéticamente bajo los párpados; se tambalea. Con la espalda huesuda contra el interior del nido, está ocupado en mover un huevo hacia el borde. Con las afiladas garras bien colocadas en las trenzadas ramitas, da un paso inseguro hacia la parte superior y las patitas rosadas tiemblan bajo el peso del huevo.

—¿Qué es eso? —Se oye a alguien preguntar desde el grupo de curiosos chavales. Bjarke está igual de sorprendido porque no es algo que esperase ver.

—Es también un nido de carricero, pero ha tenido visita: una cría de cuco. Y, como podéis ver, no es una buena noticia —les explica con voz apagada intentando que los chicos se mantengan alejados del nido.

—¿Por qué empuja el otro huevo?

—Es su naturaleza —responde Bjarke—. Los cucos no son como las demás aves. No forman parejas, sino que se aparean con varios individuos, tras lo que la hembra pone sus huevos en los nidos de otras aves, y así no tiene que ocuparse de ellos. Cuando el pollo de cuco eclosiona, se dedica a echar fuera del nido a los demás huevos o crías para quedarse solo.

El polluelo de cuco ha llegado a la cima del nido y con un esfuerzo extra empuja por el borde a su rival aún no eclosionado. El pequeño y liviano huevo casi flota en el aire y se posa sobre la quieta superficie acuosa bajo el nido, donde ya flota sin vida un pollo de carricero.

—¿Los echa a todos para que mueran? —Se oye una voz incrédula entre el grupo, mientras algunas de las niñas tuercen el gesto.

—Así es su naturaleza. A cambio, crecerá grande y hermoso y cantará cucú durante todo el verano, y no podemos negar que nos gusta.

—Emil también es un cuclillo —se burla de pronto una de las chicas señalando al muchacho que ha descubierto el nido.

—¡Un cuclillo lo serás tú! —Emil señala a su vez a la niña, de nombre Mia, pero muchos de los chavales ya han empezado a burlarse de él. Antes de que Bjarke logre decir nada, aparece Ann-Louise entre los juncos.

—Bien, bien, bien. Dejad las mochilas y os largáis a jugar ya mismo; cuando acabéis, comemos. Emil, empiezas tú a contar.

—¡No me apetece!

—Empiezas tú y punto. Dejad ahí vuestras mochilas. —Ann-Louise los organiza de forma rutinaria para que a nadie le quede ninguna duda—. Poned las redes allí en un montón. ¡Vamos, vamos, vamos!

Los chavales obedecen a Ann-Louise y todos dejan las mochilas en el montículo irregular junto a la orilla, donde Bjarke había dejado la suya. A este no le queda otra que reconocer una vez más que tiene mucho que aprender del carácter firme de su compañera. Emil duda por un momento, pero luego les da la espalda con decisión y empieza a cantar en voz alta.

Jugando al escondite en el bosque anocheció.

Jugando al escondite en el bosque anocheció.

Y el cuco con su canto el miedo nos quitó.

Y el cuco con su canto el miedo nos quitó.

Cucú, cucú, cucú.

Los chavales gritan emocionados mientras los últimos de ellos dejan los cubos y redes y desaparecen entre los juncos. Ann-Louise recoge un buen rimero de cubos y regresa hacia la pasarela.

—¿Me quedo a echarles un ojo? —pregunta Bjarke.

—No, no hace falta. Ya saben hasta dónde pueden alejarse.

Bjarke asiente aliviado, porque necesita un descanso. Más tarde le preguntarán si en aquel momento oyó el ruido de un motor cerca de la orilla, pero no lo recordará. Solo la voz de Emil que continúa cantando mientras él se seca el sudor de la frente y sigue a su compañera con un montón de redes bajo el brazo.

Lobo, ¿dónde estás?

¡Ahora me veréis y a todos os comeré!

Cuando Emil termina de contar, se da la vuelta y mira a su alrededor. No hay nadie a la vista, pero, chapoteando por la orilla, se dirige a toda velocidad hacia la izquierda, de donde hace un momento le llegaron risitas y cuchicheos. A pocos pasos halla a las tres primeras chicas.

—¡Pilladas! —grita sin pararse mucho y vuelve a lanzarse entre las cañas, esta vez lago adentro—. ¡Decid cucú! —Y de todo el junqueral se levanta el «cucú» de sus compañeros. Él cambia de dirección y corre hacia el lugar de donde venían las voces. Encuentra a muchos de los otros casi al mismo tiempo—. ¡Pillado, pillado! —grita. Y poco después, otra vez—: ¡Pillado!

Algunos de los chicos se enfadan y se dirigen cabizbajos a la orilla, pero Emil no tiene tiempo de regodearse. Aún está dolido porque poco antes lo han llamado cuclillo. No entiende muy bien por qué lo dijo Mia, pero no tiene ninguna duda de que la cría de cuco es tonta y mezquina, y solo piensa en sí misma; no es agradable que lo comparen con ella. Cuanto más lo piensa, tanto más importante le parece encontrar a los otros y ganar el juego.

—¡Decid cucú! —vuelve a gritar con todas sus fuerzas, y se lanza febril en dirección a las voces. Bracea apartando las duras cañas y al poco encuentra a varios de sus compañeros, que luego regresan despacio—. ¡Decid cucú! —ordena, notando la agradable sensación de saber mandar. Se detiene un momento intentando pensar en quién queda todavía. Le faltan, desde luego, Anders, Ole y Mia, pero ya nadie grita cucú. Todo está en silencio a su alrededor, y solo percibe el ruido de sus propias katiuskas en el agua cenagosa y el susurro de las cañas contra su ropa. Avanza un poco más despacio, todavía decidido a ganar, y hasta que no se ha adentrado un buen trecho, muy cerca del lago, fuera ya de la zona permitida, no se detiene. Aquí fuera sopla un poco de viento. Los juncos se mecen a su alrededor, pero no ve a ninguno de sus compañeros de clase. Allí, solo, vuelve a sentirse blanco de las burlas—. Si no decís nada, no es divertido —prueba en voz alta—. ¡Decid cucú!

La llamada que oye ahora es diferente de las anteriores. Más vívida, casi como la de un auténtico pájaro. Además, suena sorprendentemente próxima, tan próxima que, asustado, Emil se vuelve para registrar con la mirada la masa de juncos entre los que acaba de pasar.

—¿Eres tú, Anders? —pregunta con dudas. Pero en la quietud que sigue a sus palabras solo oye el viento que silba entre las cañas.

—¡Oye, Anders, dime algo!

Emil contiene la respiración y escucha concentrado.

—Sé que hay alguien —dice en voz alta mientras se mueve con rapidez entre los juncos más cercanos para descubrir cuál de sus compañeros se oculta allí, pero no hay nadie, tan solo nuevas cañas que se balancean al viento.

Entonces vuelve a oírse el sonido, aún más cerca, y Emil se sobresalta. Esta vez procede de los juncos que tiene justo delante. Emil da un paso titubeante y estira el brazo lentamente para apartarlos. Pero el gesto se queda suspendido en el aire. Se le ocurre que el ruido quizá no provenga de ninguno de sus compañeros. Que tal vez alguien o algo, que no sabe lo que puede ser, esté participando en el juego. Quizá un monstruo. Emil intenta apartar esa idea de su cabeza. Ya es mayor, casi once años, y sabe perfectamente que pensar esas cosas es de críos. Está a punto de avanzar otro paso cuando de pronto oye con total claridad una pesada respiración muy cercana.

Emil levanta la vista vacilante. A la centelleante luz del sol percibe una figura alta que se eleva delante de él, al otro lado de las cañas. Está quieta, como esperando. Inspira y espira pesadamente, casi como los caballos de la granja de su familia cuando están detrás del vallado. Emil se queda paralizado, oyendo los latidos de su propio corazón. Tiene la sensación de que de pronto todo depende de que logre quedarse escondido sin respirar. Luego se da la vuelta y corre, corre todo lo que puede en la dirección opuesta.

Emil va apartando los juncos, que le dan en la cara, y, aunque ya no sabe dónde está la orilla, sigue avanzando con dificultad. Las botas de goma le parecen tan pesadas como si fueran de plomo; una y otra vez las saca del cieno y las deja caer horrorizado, mientras el nivel del agua va subiendo por donde él avanza. A ciegas, hace esfuerzos por progresar; sabe que, si se atreviese tan solo una vez a mirar atrás, el terror acabaría con su vida.

Súbitamente, se le queda enganchado el pie en el lodo. Se cae hacia delante sin tiempo para apoyar las manos. Se le hunde la cara en el agua somera y por un momento no puede respirar; cuando levanta la cabeza presa del pánico, se queda tumbado, aterrado entre los juncos, escuchando si siente pasos o alguna respiración. Le gotea el mentón, pero por lo demás todo está en calma. Luego mira a su alrededor con cautela. Poco a poco se va dando cuenta de por qué se ha caído y entonces comienza a gritar.

La lluvia ha empezado a caer cuando los coches sin distintivos de la policía aparecen en el límite del bosque. Nubes oscuras se apelotonan en el cielo sobre el lago y, al llegar los tres vehículos al aparcamiento donde ya están los otros coches policiales, Bjarke oye truenos en la lejanía.

La excursión se ha convertido en una pesadilla. Sobre su cabeza da vueltas un helicóptero, las patrullas caninas están rastreando la orilla del lago en ambas direcciones y por todo el junqueral se divisan decenas de agentes uniformados que caminan con la mirada fija en el agua cenagosa. Técnicos vestidos de blanco ocupan el aparcamiento y la pasarela. Con aire serio, cargan con maletines e intercambian bajo la lluvia palabras que Bjarke no entiende, mientras otros colegas suyos han tomado posiciones en torno a una tienda blanca levantada entre las cañas, donde aparecieron los restos del cuerpo.

Bjarke había salido corriendo en cuanto oyó los gritos. En el agua cenagosa en medio de los juncos estaba tumbado Emil, que luchaba histérico para liberarse de una prenda mojada que se le había enredado en el pie. Mia y otros de los chavales, que habían llegado antes que Bjarke, estaban parados al lado, en silencio y conmocionados, y, cuando Bjarke se percató de que lo que Emil tenía enrollado en el pie era un chaleco acolchado rojo y empapado, comenzó a comprender qué miraban los chicos con tanta atención. En el agua cenagosa flotaba una zapatilla deportiva blanca, unos pantalones cortos azules y una mochila escolar, y a su lado surgía del lodo la cara sin vida de un niño. Las pecas eran grisáceas, el rojizo cabello estaba mojado y enmarañado, y los ojos, inexpresivos, miraban fijamente al cielo. Para su espanto, Bjarke había descubierto un pequeño brazo a poca distancia y, presa de la desesperación, se había apresurado a alejar de allí a los chicos.

Bjarke tiene ganas de volver a vomitar. Permanece bajo la lluvia junto al autobús, en la esquina del aparcamiento donde estacionaron pocas horas antes, en una vida totalmente diferente. La sensación de irrealidad está a punto de arrastrarlo, pero no le queda más remedio que sobreponerse y pensar en los chicos, cuyos rostros asustados y apagados distingue a través de los cristales del autobús, por el que aún se mueven los policías interrogando a los últimos muchachos. Han ido preguntando alternativamente a Emil y los demás las mismas cosas: «¿Qué aspecto tenía el hombre de los juncos? ¿Qué rasgos distintivos? ¿Por dónde desapareció?». Bjarke cree que hace mucho que todos los chicos les han dicho todo lo que sabían, y lo único en lo que puede pensar en esos momentos es en llevárselos lejos de ese lago, que para siempre será el lugar en el que fue hallado el cuerpo sin vida de Daniel Stryger Hansen.

Cuando por fin le indican que por ahora se han terminado los interrogatorios y el último agente abandona el autobús, sube a toda velocidad. Emil está en uno de los asientos delanteros, temblando bajo una manta, y Ann-Louise, con lágrimas en los ojos, está abrochándole el cinturón de seguridad.

—¡Mi mochila! ¿Dónde está mi mochila?

Algunos de los chicos empiezan también a buscar preocupados debajo de los asientos, y entonces Bjarke recuerda que se han dejado las mochilas en el montículo irregular que había entre los juncos. Ann-Louise está abrochando los cinturones de algunos de los otros niños, así que Bjarke sale corriendo del autobús y atraviesa la lluvia en dirección a la pasarela. De pronto recuerda que los agentes les han dado instrucciones precisas para que se mantengan alejados de los juncos hasta que no hayan registrado a fondo toda la zona, pero ahora están trabajando junto a la tienda, así que no hay nadie cerca a quien preguntarle. Bjarke mira alrededor y salta al junqueral. Enseguida llega hasta las chorreantes mochilas, que están donde las dejaron. Las reúne con rapidez, pero, cuando va a recoger la suya, descubre que la cremallera está abierta. Desconcertado, revisa el gran bolsillo posterior y, para su sorpresa, ve que en el fondo está la navaja con la hoja abierta. La saca lentamente. Sabe con total seguridad que la cerró antes de meterla en la mochila. Vacilante y con una sensación de preocupación en el estómago, toma la hoja con el índice y el pulgar para cerrarla, pero descubre en ese momento que está pegajosa de sangre. Mira a su alrededor aturdido y se fija entonces en el nido.

Entre las cañas se encuentra el nido que unas horas antes estuvieron observando él y los chicos, hecho jirones. En el agua debajo de él flota algo impreciso y Bjarke tiene que acercarse para ver lo que es. Se da cuenta de que son trozos de carne. El polluelo de cuco está descuartizado. Las patas finas y rosadas, las alas y el pequeño torso se balancean en el agua cenagosa al lado del huevo y del pollo de carricero muerto. En una caña rota está salvajemente clavada la cabeza venosa del cuclillo con sus ojos saltones.

Poco después, Bjarke sube de nuevo al autobús. Deja en el suelo las mochilas mojadas y se derrumba en su asiento. Ann-Louise cierra las puertas del autobús desde su puesto al volante y regresa por el bosque a toda velocidad, como si el diablo los persiguiese. Dice cualquier cosa, algo amable y tranquilizador, pero Bjarke no escucha sus palabras. Desde su asiento, mira abatido por el espejo retrovisor. Todos los chavales están sentados. Algunos lloran; otros, aturdidos, tienen la mirada clavada en las ventanillas; unos pocos se cogen de la mano.

Hay algo en el hallazgo del cuclillo que debería decir en alto. En su cabeza busca desesperadamente una explicación a lo que puede haber sucedido, y por su mente pasan cientos de imágenes del día. Una y otra vez se hace evidente el hecho de que solo puede haber sido uno de los chicos, que lo observó cuando dejó la navaja, pero le resulta por completo incomprensible que un alumno la haya cogido para hacer lo que acaba de ver.

Bjarke intenta sobreponerse. Debe de haber otra explicación no tan siniestra, que seguro que se le hace evidente cuando se encuentre lejos de esa pesadilla. Se ajusta el cinturón de seguridad y está comenzando a respirar con normalidad cuando vuelve a mirar por el retrovisor. Esta vez se fija en el inexpresivo rostro que vislumbra por encima de los asientos traseros del autobús. Al cruzar de pronto su mirada con la de esos ojos claros y misteriosos, es él quien primero tiene que apartar la vista.

En la actualidad
Jueves 13 de febrero

2

Silje Thomsen siente que los cuerpos que están detrás de ella en el vagón repleto la empujan cuando el metro frena. Las puertas se abren y, con el corazón acelerado y la mano apretando firmemente su móvil, se apresura a apearse del tren. El ruido de las señales se mezcla con las conversaciones y con el silbido de un convoy que entra por el otro lado del andén, pero ella se mueve con rapidez entre el barullo de pasajeros de hora punta sin mirar hacia atrás. Si el loco estaba en su mismo metro, no tiene la más mínima intención de perder ni un segundo. En las escaleras mecánicas se abre paso entre la gente y, al llegar al nivel de la calle, siente un ligero alivio porque podrá ocultarse en la oscuridad del invierno, que la recibe con nieve y cellisca. Las luces de los automóviles barren el bulevar de las afueras y las ruedas chapotean sobre el pavimento mojado mientras ella trota hacia una de las paradas de autobús que hay a la derecha de la plaza. El autobús que tiene que tomar está ya junto a la acera, así que Silje aprieta el paso, pero, justo antes de llegar, ve que se pone en marcha con lentitud y abandona la parada. Silje se detiene agotada. Antes de que la frustración se apodere de ella, nota la vibración del teléfono que lleva en la mano y, aunque no tiene duda de quién es, mira aterrada la pantallita.

En el bosque anocheció, y Silje corriendo a casa se marchó.

El mensaje del remitente desconocido hace que Silje se dé la vuelta desconcertada hacia las personas que salen en turba del metro. Luego se gira y baja decidida a la calzada. Los coches frenan, algunos patinan en la nieve y le pitan, pero consigue cruzar al otro lado y sale huyendo en una carrera frenética por la calle más cercana.

Hasta que no llega al atajo que pasa entre los bloques, no se atreve a aminorar algo el paso. Tiembla por la tensión y el frío, y nota que está empapada por los copos de nieve que se arremolinan a su alrededor y se le enredan en el pelo cada vez que se vuelve para mirar hacia atrás. El teléfono vibra.

Y el cuco cantando a Silje se folló.

Recorre a toda velocidad la maraña de senderos, tal y como ha hecho tantas veces sosteniendo la cálida mano de su hija, pero al dejar atrás el último de los bloques y desembocar en la calle de chalets, cubierta de nieve, sigue sin sentirse segura. Aunque tras sus setos y vallas las casas parecen acogedoras, con las doradas luces que desde las ventanas se reflejan en la calle, recorre la acera a toda prisa hasta que llega a la valla de madera y la puerta de jardín con el letrero de SE VENDE clavado. Abre la cancela y, mientras recorre el camino del jardín que lleva hasta su casa, siente vibrar el teléfono de nuevo.

Silje, ¿dónde estás? ¿Ahora el lobo te verá y te comerá?

Silje trastea nerviosa con las llaves. A su espalda siente que la negrura del jardín se aproxima sigilosa, pero por fin consigue abrir la puerta principal y se precipita al recibidor. De un portazo, cierra tras ella y echa el segundo cerrojo. Allí dentro, la oscuridad le transmite seguridad, así que evita encender la luz y pasa a tientas por delante de la habitación vacía de su hija hasta llegar a la cocina, sin entretenerse en quitarse el abrigo y los zapatos mojados.

Con el móvil como linterna, rebusca frenéticamente en el desorden del cajón de la cocina y, después de sacar unos cuantos cachivaches y dejarlos sobre la encimera, encuentra el paquete con las tarjetas telefónicas. Abre el plástico, saca una nueva SIM y comprueba que ha guardado sus contactos en el teléfono, tal y como ha hecho ya otras veces. Después de extraer la tarjeta vieja y sustituirla por la nueva, siente una sensación de alivio instantánea. Conecta el móvil y, mientras vuelve a recorrer la casa a grandes pasos, busca el número de su hija.

Hola, cariño. Todo bien. Mi nuevo número que tienes que usar a partir de ahora. Nos vemos pronto. Besos, mamá

Con la respiración entrecortada, se queda a oscuras junto a la ventana del gran salón en chaflán, vigilando a través de las persianas venecianas abiertas. El jardín delantero, los arbustos y los árboles, que antes le encantaba cuidar y mimar, están cubiertos de nieve reciente, y en la calle, a la luz de las farolas, ve los copos de nieve que bajan bailando del cielo y el viento arremolina. La visión casi llega a tranquilizarla, pero en ese instante divisa una silueta. Entre los huecos de la valla, la ve avanzar con lentitud y cautela; Silje contiene la respiración y se prepara para marcar el 112. Pero, al moverse un poco más, ve por debajo de la puerta de la verja un perrito con correa que, con pegotes de nieve en las patas, pasea seguido por una anciana.

Silje ríe en la oscuridad. Se siente aliviada y un poco avergonzada: una adulta escondiéndose como un crío. Llega incluso a pensar que no debe perder la razón. Que desde mañana pondrá en práctica su intención de encontrar un nuevo lugar seguro donde empezar de cero, por mucho que no pueda permitírselo. Pero entonces vibra el móvil y lo coge para contestar a su hija.

Pillada.

Esa simple palabra en la pantalla, procedente del remitente desconocido, ilumina la oscuridad y la paraliza. En un segundo regresa el miedo, pero esta vez mezclado con el desconcierto. Hace tan solo un momento que empezó a utilizar el nuevo número y nadie, excepto su hija, podría conocerlo. Entonces se le ocurre que, presa del pánico, debió de colocar otra vez la vieja tarjeta SIM cuando las cambió.

De vuelta a la cocina, revuelve con mano temblorosa lo que hay sobre la encimera. Sabe perfectamente dónde dejó el paquete de las tarjetas y alumbra aterrorizada la mesa y el suelo. Pero el paquete no aparece. Se pone a rebuscar en el cajón y, cada vez que aparta sin resultado un montón de utensilios, se repite la misma idea sin cesar. En el envoltorio está el número de la tarjeta que eligió, y si el embalaje no está en la encimera, donde lo dejó, tiene que haber una razón. Pero la puerta principal estaba cerrada con llave cuando llegó, y las ventanas con el pestillo echado y aseguradas. Es eso se lo repite a sí misma hasta que el teléfono vibra y la hace estremecerse.

En esta ocasión no hay ningún texto. Solo un icono con una fotografía borrosa. Con las lágrimas cayéndole por las mejillas, se dice a sí misma que no tiene ninguna necesidad de pulsar, pero de todos modos pone el dedo en la pantalla y abre la foto.

Al principio no comprende qué representa. Luego se va perfilando una habitación oscura con la silueta de una mujer. Lleva un abrigo y está de pie junto a una ventana mientras mira a la calle a través de unas persianas. Entre las lamas, que la mujer separa con la mano, se ven copos de nieve bajo la luz difusa de una farola. Entonces se da cuenta de que la mujer de la imagen es ella misma. Con horror se gira hacia la puerta del salón y algo en la oscuridad cobra vida de pronto.

Viernes, 14 de febrero

3

Naia Thulin no puede evitar sonreír. La voz de Bjørn es cálida, y el gorro de piel recién comprado, la barba incipiente y la nieve de fondo lo hacen parecer un explorador del Ártico. Mientras mantienen la videollamada, en su fervor por describirle las bondades de los deportes de invierno, Bjørn está a punto de llevarse por delante a un peatón en la acera del centro de la ciudad por donde va caminando. Thulin, por su parte, está saliendo del ascensor de acero en la segunda planta del edificio que alberga su lugar de trabajo en Glostrup: el NC3.

A Thulin le resulta extraño sonreír a horas tan tempranas, y no era algo que pareciese que iba a suceder tres cuartos de hora antes, cuando se sentó en su coche policial y se metió en las carreteras nevadas para ir al trabajo. Primero, las noticias de la radio habían informado de que hoy era el día en que el Ministerio de Justicia tomaría una decisión sobre la apelación presentada por los familiares de Caroline Holst contra la investigación realizada. Pasados más de dos años desde el asesinato de la estudiante de diecinueve años del municipio de Hvidovre, el crimen seguía sin aclararse, y la inminente decisión sobre el caso le dio al presentador de las noticias la oportunidad de resumir una vez más una serie de detalles escabrosos del asesinato. Después, cedió la palabra a otros dos locutores, que decidieron centrarse en que hoy es 14 de febrero, día de San Valentín, algo en lo que, afortunadamente, Thulin no había caído hasta que los dos presentadores abrieron la boca. Estuvieron hablando sin parar sobre la búsqueda del amor verdadero y la construcción romántica del nido, y la situación se volvió insoportable cuando invitaron a los oyentes a llamar y contar sus experiencias personales con el verdadero amor. Cuando por fin llegó al aparcamiento, poco le faltó para telefonear ella también y proponer que se prohibiera en el futuro esa celebración, pero la imagen de Bjørn en la pantalla del móvil le hizo olvidar sus recelos frente al romanticismo empalagoso.

Bjørn, o el padre de Valde, como lo ha estado llamando hasta hace solo unos meses, aparece de nuevo en la imagen de la pantalla, y, aunque a Thulin no le apetece interrumpir la conversación, se dice a sí misma que tiene que darse prisa si no quiere llegar tarde a la reunión.

—¿Algo especial que no debamos olvidarnos?

—Solo vuestro buen humor. Va a ser divertido.

Thulin escanea su tarjeta de acceso para abrir las primeras puertas de cristal que dan acceso a su departamento. Hasta unos pocos días antes no se enteró de que el viaje a Isaberg, en Suecia, del curso de Le se haría el siguiente fin de semana. Después del trabajo había pasado, como tantas veces antes, a recoger a Bjørn, y este, que acababa de recibir la lista de participantes, le preguntó sorprendido por qué no se habían apuntado Le y ella, tal y como habían hablado. Thulin se avergonzó. Por un lado, porque se dio cuenta de que no se había inscrito a tiempo en Aula y, por otro, porque fue ella misma quien le propuso a Bjørn que fueran juntos al viaje, aunque sabía perfectamente que estaba reservado para los padres con sus hijos e hijas.

Bjørn intentó al instante averiguar si Le y Thulin aún podían acompañarlos, pero, hasta que la llamó pocos minutos antes, ella no sabía si la pensión sueca tenía libre una habitación más. Y solo ahora piensa Thulin en la ropa de esquí, que cuesta una fortuna.

—Si no tenéis nada, veré si hay algo de mis hijas en los armarios. Ahora mismo lo miro.

—¿Y estás seguro de que no habrá ningún problema en que vaya?

—Claro que no lo hay. Menuda norma más ridícula esa de que a los viajes de padres solo puedan ir los padres.

Bjørn sonríe burlón en la pantalla y Thulin se ríe un poquitín. Ese había sido uno de los argumentos de Le para no ir. Como Le, según sus propias palabras, no tiene padre, consideraba que no era un viaje para ella, con lo que Thulin estaba totalmente en desacuerdo.

—¡Gracias! —dice, y es completamente sincera.

—Lo hago por mí. Mandamos a los chicos a la nieve y nos escabullimos a algún sitio donde podamos hacernos unas carantoñas. ¿Nos vemos en el autobús?

Thulin sonríe y asiente, y corta de mala gana la conversación con Bjørn. Ya está al otro lado de las puertas de cristal y, después de volver a escanear la tarjeta, accede al departamento propiamente dicho. El procedimiento de acceso es una de las pocas cosas a las que le ha costado acostumbrarse desde que hace poco más de un año ocupó el puesto de investigadora en el Centro Nacional de Delitos Tecnológicos. El NC3, como se conoce coloquialmente, pertenece a la Unidad Central de Delincuencia Especializada, con sede en la zona industrial de Glostrup, y, si te tienes que mover por él, lo más inteligente es llevar la tarjeta de acceso a mano. Sin embargo, en esos momentos los numerosos controles no le molestan y aprovecha el paseo para preguntarse cuándo podrá acabar los asuntos del día y regresar a casa a hacer su equipaje y el de Le.

Si hace tan solo tres o cuatro meses alguien le hubiera dicho que iba a estar felizmente emparejada con un padre divorciado del colegio de Le, se habría reído de la ocurrencia. Para empezar, una relación así le habría parecido tan tentadora como una junta de vecinos. Además, entonces su corazón todavía estaba destrozado de un modo que nunca antes había experimentado.

El mes de octubre había pasado y pesado en su ánimo, y había intentado concentrarse en hacerle la vida a Le lo más agradable posible. Una noche, cuando Le ya se había acostado, en un intento desesperado por recomponerse y salir adelante se había sentado a actualizar su perfil de Tinder y a pasarse por la carnicería para ver el género. Había sido aún más espeluznante de lo que recordaba, pero, entre la interminable cascada de fotos de candidatos que se ofrecían con torsos exuberantes, automóviles deportivos y bicicletas de carbono, había emergido de pronto el rostro de Bjørn. Lo reconoció de haberlo visto de vez en cuando en los pasillos del colegio junto con otros padres; sus ojos, cuarentones, un tanto arrogantes e incluso demasiado hermosos, tenían una mirada de «sé-que-soy-guapo» que ella había descartado. Exactamente igual que había hecho con todos los demás.

Una semana más tarde, como una sopa por la lluvia, el hombre entró en el parque de skate de Copenhague, donde, junto a otros padres, estaba Thulin matando el tiempo con el móvil mientras aguardaba a que Le finalizara su entrenamiento. Bjørn la saludó con la mano, como señal de que la había reconocido del colegio. Como solo había asientos vacíos en el banco en el que ella estaba, tuvo que decirle que sí cuando le preguntó si podía sentarse, y pronto había iniciado una conversación preguntándole de quién era madre. Aunque no estaba de humor para hablar con nadie, había algo en Bjørn a lo que uno no podía resistirse. Tenía en su temperamento una naturalidad digna de envidia, resultaba sincero y dispuesto a escuchar, y lo que ella había tomado por arrogancia al verlo en Tinder había resultado ser un estado de armonía consigo mismo. Le contó que era el padre de Valdemar, que también estaba fascinado por corretear sobre una tabla con cuatro ruedas, y que él se había encargado del negociado del monopatín mientras su ex se ocupaba de la equitación de las mayores.

En el transcurso de la conversación, Thulin le habló de sus problemas con Le, que en realidad no estaba a gusto en la clase, solo con el monopatín, los grafitis y la intención, poco realista, de ir a un internado alternativo después de las vacaciones de verano. Bjørn lo sabía todo sobre adolescentes rebeldes porque Valde tenía dos hermanas mayores, y su despreocupada actitud mejoró el humor de Thulin. Cuando se levantó para irse del pabellón, Bjørn se volvió un momento y con un brillo dulce en la mirada le dijo que él sí que había aceptado el match, pero que no le guardaba rencor. Thulin no pudo dejar de sonreír.

Se había recordado a sí misma que no estaba interesada en nadie, y desde luego no en él, pero poco a poco le empezó a apetecer ir a recoger a Le al pabellón. Sus charlas en el banco se habían ido alargando, hasta que él la invitó a cenar a su casa. Al principio ella aceptó, para escribirle unas horas después que le iba a ser imposible y cambiar por fin de opinión e informarle de que sí que iba a poder. Había decidido antes de ir que no se acostaría con él, pero durante la cena se pudo reír y se sintió a gusto en la acogedora cocina, así que de todas formas ocurrió, sobre todo por iniciativa de ella.

Para Bjørn parecía haber resultado sencillo y natural. Le explicó que hacía tiempo que se sentía atraído por ella, y, aunque Thulin no había sentido lo mismo al comienzo, estaba bien que fuera tan natural y sin dobleces.

Se veían sobre todo en la casa de él en la ciudad, en una de las callecitas que hay detrás de la fábrica Carlsberg en el barrio de Vesterbro, y no hacía falta ser un experto inmobiliario para saber que el puesto de Bjørn como director de una importante empresa de telecomunicaciones le permitía mantener una posición más que acomodada. Afortunadamente, no era algo que ni Bjørn ni la casa fuesen pregonando. Quizá fuera más evidente en los gastos personales, mientras que en la casa se hacía patente en el estilo sobrio y aparentemente informal que en un anuncio se habría denominado Newyorker. Sin olvidar, por supuesto, los obligatorios sillones Arne Jacobsen, que debían de haber costado más de lo que Thulin ganaba en un año. Thulin se había ido sintiendo cada vez más atraída por el hecho de que Bjørn fuera un tipo extrovertido y creativo, incapaz de guardar sus ideas y sugerencias más que unos minutos, y, por supuesto, también era muy adictivo que fuera un buen amante y un cocinero fantástico.

Sin embargo, Thulin había insistido al principio en mantener oculta la relación, especialmente porque, aprendiendo de errores anteriores, no quería que Le se viese afectada si se rompía. Pero, cuando las visitas a Bjørn fueron siendo más frecuentes, se hizo raro. O al menos poco práctico. Él no tenía ninguna reserva y, después de dos meses y una nueva y dulce declaración de amor, incluso le confesó que estaba preparado para irse a vivir juntos. Thulin se sintió abrumada. No discutió la posibilidad, desde luego, porque en aquel momento esa idea ni se le había pasado por la cabeza. No podía librarse de sus sentimientos por él y sus palabras la habían animado a salir de la clandestinidad. Cuando le soltó la bomba a Le, resultó que en realidad ya se había dado cuenta de la relación hacía mucho tiempo y la había aceptado sin más. Le no conocía especialmente bien a Valdemar, que iba a la otra clase, y, mientras todo eso no interfiriese en su vida, le daba, por lo que Thulin pudo deducir, completamente igual. Aun así, a Thulin le dolió en el alma que un día a la puerta del colegio no saludara a Bjørn adecuadamente, a pesar de que él había estado muy amable y se había dirigido a ella como a una adulta, algo a lo que, por regla general, no podía resistirse. Así que tampoco era que la situación no afectase a Le, a pesar de que intentase parecer fría. La vida a los doce años puede ser suficientemente complicada por sí sola, le recordó Bjørn, y Thulin tampoco se veía capaz de reprocharle a Le que se mostrase reservada. Por eso había contemplado la excursión de esquí a Suecia como una oportunidad ideal para relacionarse con Bjørn y Valdemar de una forma menos artificial. Le se había resistido con el argumento de que debía ir a un encuentro de skaters y la misma tarde anterior había dado un portazo en su habitación como protesta por la perspectiva de tener que ir. Aksel, que estaba de paso ayudando a sellar las ventanas de la cocina, la había defendido, por supuesto, y le había recordado a Thulin cómo era ella a su edad.

—Totalmente insoportable. Y, sin embargo, no es de extrañar que la chica lo haya pasado mal después del lío que tuviste con el idiota ese el otoño pasado.

A Thulin no le había gustado que le recordasen ni el otoño, ni al «idiota». Además, Aksel, el policía jubilado que había formado parte de su vida desde que ella tenía la edad de Le, no era quién para comentar su vida amorosa. Al doblar una esquina del pasillo, mientras escribe un mensaje para decirle a Le que la excursión sí que se va a realizar, se da cuenta de las ganas que tiene de que sea un éxito y que sirva para unirlos a los cuatro un poco. Es un sentimiento al que no está acostumbrada y, aunque parezca extraño, le hace ilusión, a pesar de la perspectiva del viaje en autobús, los chavales gritando y los padres parloteando.

—Hay que ir a un registro. Se ha denunciado la desaparición de una persona. Salimos en cinco minutos —oye decir a Raheem cuando se cruza con él en el corredor. Raheem es su compañero habitual en el NC3, pero Thulin no hace ademán de detenerse.

—Tengo una reunión con Krause, ahora voy —responde al pasar y continúa hacia al despacho que hay al final del pasillo, donde trabaja Krause. Se trata del jefe del equipo que se dedica a investigar el acoso en la red, la captación de menores y el abuso sexual digital. Es un área de trabajo que no ha dejado de crecer desde que ella comenzó. La pandemia del coronavirus contribuyó a ello, con un creciente número de denuncias y casos. Luego siguieron la oleada del #MeToo, la guerra de Ucrania y la crisis económica, y ninguna de ellas hizo mella en los acosadores y los agresores de internet. Al revés, el bombardeo sigue en aumento, ahora con ataques de hackers y ransomware, que son problemas en constante crecimiento a los que Thulin y sus compañeros deben adaptarse. Por otra parte, tiene su propio despacho y un horario fijo, se libra de las llamadas nocturnas de algún jefe autoritario y fue agradable dejar atrás las carreras, las sangrientas escenas del crimen y el continuo sentimiento de culpa por Le.

—Sí, pasa —responde Krause cuando ella llama con los nudillos en la puerta abierta de su despacho.

—Siento el retraso —dice Thulin sin asomo de que así sea.

—Está bien. Siéntate.

—¿No puede esperar? Raheem me ha dicho que hay un registro y tengo un montón de trabajo.

La preocupación de Thulin por el registro no es muy sincera, para ser honestos. Está más interesada en poder ir a su despacho a buscar ropa de esquí en Vinted.

—Va a ser poco tiempo. Siéntate.

Se sienta a regañadientes delante del gran escritorio, y Krause hace lo propio en la silla de cuero frente a ella.

—¿Cómo va todo? —pregunta mientras la mira con gesto adusto y un atisbo de lo que, con buena voluntad, podría considerarse interés.

Thulin no recuerda que Krause le haya preguntado nunca algo así. Es un poco mayor que ella, una persona técnicamente preparada y ambiciosa que conoce a fondo todo tipo de criminalidad digital. En cambio, no aprovecha nada de los cursos de recursos humanos a los que de vez en cuando le manda la dirección.

—Bien, gracias. —Por un momento sopesa si espera que también ella se interese por él, pero Krause asiente satisfecho.

—Ya sabes que me alegra tenerte en el departamento. Soy consciente de que tus cualidades podrían ser útiles en muchos otros lugares, pero quiero que sepas que pretendo que el NC3 llegue a ser algo grande. Doscientos trabajadores no es una defensa seria contra los criminales online, pero vamos a crecer al doble antes de un año. Pero lo malo es que también se van a reorganizar otras áreas. Por ejemplo, la dirección tiene puestas grandes expectativas en el renacimiento de la Unidad Móvil Operativa, y están saqueando otros departamentos; una competencia desleal.

—Ajá, vale —dice Thulin, comprensiva.

—Sí, es una mierda.

Krause sigue hablando sobre el problema, pero Thulin sigue sin tener la menor idea de adonde quiere llegar con su cháchara. Todos los jefes policiales compiten con los demás departamentos, y la reaparición de la Unidad Móvil Operativa, una unidad de élite para investigar casos de asesinato, es la última ocurrencia que ha producido sudores fríos en la gente de logística, pues ese prestigioso cuerpo puede atraer mucha mucha atención. Thulin no tiene ninguna opinión sobre si el regreso de la unidad es una buena o mala idea. Hasta donde puede recordar, siempre ha tenido sus propias razones para mantener una relación complicada con esa parte de la policía.

—Y volviendo a nuestro asunto, tengo que decirte que he recibido una solicitud —dice Krause interrumpiendo sus valoraciones políticas—. La Unidad Operativa quiere que vayas a trabajar con ellos como investigadora en su nuevo grupo de homicidios. Y yo necesito saber qué te parece.

Thulin mira a Krause. Ha oído lo que le decía, pero es tan inesperado que por un momento se queda observándolo fijamente. Una cosa es que haya decidido que no quiere trabajar en casos de asesinato, y otra muy distinta que la oferta venga de la Unidad Operativa, que para Thulin es como preguntarle a una víctima con quemaduras de tercer grado si estaría dispuesta a trabajar de bombero.

—¿Que la Unidad Operativa ha solicitado que yo vaya como investigadora? —repite para estar segura de que ha entendido bien.

—Sí —responde Krause sin ningún entusiasmo—. Por desgracia, los entiendo muy bien. Igual que te comprenderé a ti si aceptas. No me entusiasma que nos dejes, pero desde luego te he elogiado y les he dicho que…

—No me interesa.

Krause guarda silencio y la mira.

—¡Que no te interesa!

Tiene ganas de rematar la jugada con un «ni de coña», pero se contenta con levantarse.

—¿Algo más?

—Thulin, no van a preguntar dos veces.

—Pues eso que se ahorran.

Krause se levanta y dice algo así como que le agradece su respuesta. A esas alturas, ella ya está en la puerta y, mientras recorre el pasillo a buen paso, decide llamar a Bjørn para decirle que acepta la ropa de esquí que espera que tenga en el armario.

4

En el buzón que da a la tranquila calle de chalets de Vanløse, uno de los dos apellidos está tachado. El cartel de SE VENDE cuelga de la valla ligeramente torcido y tras la verja de troncos se levanta una casa sencilla de ladrillo, encajada, como un diente partido, entre dos grandes caserones señoriales. Una de las casas vecinas está medio tapada por un andamio con lonas y por detrás de la roja casa de ladrillo se alza un apretado conjunto de bloques de viviendas, pero desde la posición de Thulin, tras el volante del coche policial, la propiedad parece idílica, con la nieve recién caída decorando la verja y los árboles y arbustos que se asoman por detrás de ella.

—Pero ¿por qué no te interesa? —pregunta Raheem desde el asiento del copiloto. Por encima de las gafas de sol le lanza a Thulin una mirada de curiosidad. Ella ha aparcado detrás del solitario coche patrulla que está delante de la dirección que Raheem le ha dado—. La mayoría dejaría sin dudar lo que tuvieran entre manos si les preguntaran algo así.

—Pues que soliciten ellos el puesto.

—Es una pasada que vayan a buscarte, y lo sabes muy bien —continúa él mientras se desabrocha el cinturón—. La Unidad Móvil Operativa se encarga de los casos de asesinato más llamativos y dispone de muchísimos recursos. Además no abandonan un caso una vez comenzado.

Thulin apaga el motor y el parabrisas se cubre inmediatamente de la nieve que cae. Hace un momento brillaba el sol, pero ahora la primavera vuelve a quedar muy lejos. Thulin supone que Raheem está en mitad de la treintena. Vive en un piso de tres habitaciones en el distrito Noroeste, lleva pendiente, tatuajes hasta el cuello y es un antiguo hacker. Por lo único que se le ha condenado es por piratear películas siendo un adolescente, pero Thulin no tiene ninguna duda de que solo es la punta del iceberg. Raheem evita hábilmente hablar de las «zonas grises», como él las llama. Oficialmente, su interés por la informática comenzó con un trabajo como administrador de sistemas en una empresa internacional de videojuegos. Más tarde, tras haberse visto envuelto en ciertas zonas grises y haber salido de ellas, trabajó como consultor en protección contra la piratería informática en empresas pequeñas y grandes que lo contrataban para comprobar si su ciberseguridad era suficiente. Al mismo tiempo, un par de años seguidos ganó, con tiempos récord, el concurso de reclutamiento del NC3 «Capture the Flag» que siempre está disponible en la página web, y se rumorea que solo las zonas grises le impidieron obtener un puesto fijo inmediato. Al contrario que Thulin, Raheem nunca ha ido a la Academia de Policía, lo que le da una ventaja cuando hay que abrir la mente, y es el técnico informático más brillante con el que ella ha trabajado. Además, es muy sociable y querido, sobre todo por las compañeras, pero en estos momentos Thulin se arrepiente de haber contestado con sinceridad cuando le preguntó qué quería Krause.

—Tengo una hija de doce años. Cuando acaba la jornada, dejo el caso —dice con énfasis mientras se acuerda de coger un par de guantes de látex para ella y otro para Raheem.

—Tonterías. Seguro que al final aceptas.

—Mi padre fue investigador de la antigua Unidad Operativa, así que no, no voy a hacerlo.

Thulin se apea del coche y cierra la puerta de golpe. Mira al cielo gris y se estremece, pero, cuando la cara de sorpresa de Raheem aparece por el otro lado del automóvil, se da cuenta de que no va a poder evitar una explicación más extensa.

—Siempre estaba ausente. Cuando se encontraba en casa, también. Al final sufrió una embolia, así que no, yo paso.

No necesita entrar en más detalles y cruza decidida la carretera en dirección a la verja de madera entornando los ojos para combatir la cellisca.

—Lo siento. No lo sabía —dice Raheem cuando se une a ella junto a la valla del jardín, y sus palabras le parecen sinceras.

—Fue hace mucho tiempo —explica Thulin, aunque a veces ella no lo siente así. Abre la cancela y lo invita a entrar—. Venga, vamos a acabar esto cuanto antes para poder regresar rapidito.

—Pues es una suerte que te quedes —comenta Raheem con su voz inocente—. Sería una auténtica desgracia que no me llegase a enterar de cómo funciona eso de tener una cita de San Valentín rodeados de padres en una excursión del colegio.

—No es una cita, ¡payaso! Es una excursión para esquiar con mi hija.

—Seguro, seguro —responde él remarcándolo con una sonrisa.

Al avanzar por el sendero del jardín, Thulin ve que la encantadora impresión que le había causado la casa desde fuera no se sostiene al acercarse. Hay grietas en la fachada y las ventanas, las cañerías y la chimenea están en muy mal estado. La sensación de tristeza se acrecienta por algunos matojos de hierba larga y amarillenta que, junto a una cama elástica hecha jirones y un gran tobogán de plástico, emergen entre la nieve en el jardín delantero, mientras que un par de bicicletas roñosas están apoyadas en la marquesina para coches, ahora vacía. Por encima de la valla que da a la casa vecina, se ve alguna ventana entre las lonas de obra que ondean al viento, pero, por lo demás, el jardín queda oculto una vez cerrada la puerta de entrada de la verja.

Las voces procedentes del interior de la casa captan la atención de Thulin al llegar a los escalones de piedra que flanquean un par de maceteros cubiertos por la nieve. A través de la puerta abierta, ve a dos agentes uniformados que en un pasillo a la entrada de la cocina están hablando con un hombre trajeado. El hombre parece rondar la cuarentena y estar afectado. Si Thulin siguiera en su antiguo departamento, este tipo de conversaciones habría sido trabajo suyo, y no envidia en absoluto a sus compañeros. Uno de ellos, un agente mayor de rostro sonrosado, se da cuenta de que ella y Raheem han llegado y se apresura a salir a su encuentro en la escalera de piedra. Tiene la precaución de entornar la puerta de la calle al salir.

—La desaparecida se llama Silje Thomsen, de cuarenta y un años, y trabaja como administrativa. Tal y como habían quedado, su exmarido llegó a la casa ayer a las ocho de la tarde para dejar a la hija; como no le abrió la puerta, accedió él con las llaves de la niña y encontró la casa vacía. Lo mismo sucedió esta mañana, tras lo cual el exmarido puso la denuncia. No hemos localizado a nadie que sepa dónde puede estar la mujer, y la última señal de vida tuvo lugar a las 17.24 de ayer, cuando escribió a su hija desde su nuevo número de teléfono. Más tarde, la hija la llamó a ese número, pero sin éxito, y ahora parece que el móvil está apagado.

—Entonces ¿no se ha encontrado su móvil? —pregunta Raheem.

—No, pero aquí hay varios ordenadores. El exmarido no sabe nada de las contraseñas y esas cosas, porque han estado en trámites de divorcio durante medio año y la relación no parece ser muy buena, por decirlo suavemente. Mirad si lográis encontrar algo en los aparatos electrónicos y conseguir alguna pista de dónde puede estar. —El policía mayor se hace a un lado, abre la puerta y los invita a pasar a la casa con un movimiento del brazo.

—Es decir, que lleva desaparecida desde ayer por la tarde, ¿no?

Ahora es Thulin quien pregunta, porque mientras esperaba en la calle aterida empezó a sentir cierta irritación.

—Sí, pero es que la hija, sobre todo, está preocupada. Al parecer, la madre ha pasado un tiempo de baja por estrés y el propio exmarido reconoce que no es propio de ella no encontrarse en casa cuando va a ir la niña.

—¿Y qué pone en el mensaje de la madre para que su hija esté inquieta? —quiere saber Thulin.

—Escribió algo así como: «Todo bien, aquí tienes mi nuevo número, besos, mamá». Nada especial.

—¿Ponía eso?

—Sí.

—¿Y qué os hizo pensar entonces que teníais que llamarnos?

Tanto el agente como Raheem se quedan un poco rígidos y miran a Thulin sorprendidos. Pero no es la primera vez que el recurso al NC3 es el modo más sencillo de solucionar un caso de personas desaparecidas, y Thulin no puede contener su enfado.

—El NC3 no se ocupa de personas desaparecidas, a menos que haya la sospecha de que se ha cometido un delito. Hay una unidad informática en vuestro distrito que debería ocuparse de esto. Si no, lo único que haríamos sería andar por ahí buscando a gente que no está en casa.

—Sí, vale. Pero los nuestros estaban en otra misión y…

—¿Quién dio autorización para que el NC3 acudiese?

—Me parece que fui yo.

Thulin mira a Raheem, que se arruga un poco bajo su mirada.

—Dijeron que uno de los ordenadores de la casa estaba conectado, y en ese caso somos nosotros los que estamos obligados a investigar.

—¿Y por supuesto ya habéis comprobado que no podéis localizar la señal del GPS del coche? —pregunta Thulin sin inmutarse, mientras señala en dirección a la marquesina vacía.

—La mujer no tiene coche. Se lo quedó el marido, y ella, la casa hasta que se venda —contesta el policía sin alzar la voz, intentando rebajar la tensión con una sonrisa de disculpa.

Thulin siente ya que su tiempo habría estado mejor empleado con el montón de papeles de su escritorio. Se dirige a la puerta principal mientras se sacude la nieve y le lanza a Raheem una mirada furiosa.

—Acabemos con esto. Tú te encargas de la planta de arriba, y si hay sótano, te ocupas tú también.

5

Thulin sigue enfadada después de cubrirse de pies a cabeza con un traje azul de plástico y entrar en un gran salón en chaflán. La habitación está en penumbra porque las persianas de las ventanas que dan a la carretera están bajadas, pero a la luz del día que penetra entre las lamas ve lo suficiente como para darse cuenta de que el interior de la vivienda se encuentra en el mismo estado de abandono que la fachada del edificio. Tal vez en su día fue una pieza espléndida, con una simetría bien calculada, el encuentro original de los muros y unos detalles agradables, pero, tal y como está ahora, la sensación que ofrece es la de una casa desmantelada. Hay marcas evidentes en la tarima del suelo donde antes hubo muebles, y de una de las paredes grisáceas sobresale una serie de escarpias sin ningún orden, mientras que algunos coloridos carteles se apilan abandonados en una caja de mudanzas sobre el suelo. El resto del interior lo conforma un gran sofá con chaise longue, una alfombra morada de ratán, una mesa de centro de cristal, una pantalla plana, una enorme estantería Montana con las baldas medio vacías y un escritorio blanco con una pequeña colección de fotos familiares en pequeños marcos, de los cuales la mitad están vacíos. En la mesa de centro hay una carpeta de cartulina con el título de «Papeles del divorcio», junto a un plato con restos secos de comida y una copa de vino tinto, y huele como si no se hubiera ventilado desde hace mucho.

Thulin se pone los guantes de látex y comienza a trabajar. No es que piense que las huellas dactilares vayan a ser importantes, es que es obligatorio llevarlos cuando registran ordenadores, iPads y los equipos electrónicos que encuentren y en los que tengan que entrar para saber algo del propietario. Mientras está revisando el salón y se dispone a investigar el contenido de los cajones del escritorio, oye a través de la puerta cerrada de la cocina una voz frustrada de hombre, probablemente el exmarido, respondiendo a las preguntas del agente.

—No, no tengo ni idea de dónde puede estar. ¡Tampoco sé con quién anda, dónde duerme o qué demonios hace, pero sé que voy a llegar tarde al trabajo porque no me puedo ir de aquí!

—¿Cuándo hablaron por última vez?

—No hablamos nunca. Tenemos establecido un calendario y fue ella misma la que quiso que los jueves fueran el día de intercambio, ¡pero resulta que no estaba en casa!

Las voces de la cocina continúan dándole vueltas al mismo círculo cerrado, y, cuando ella acaba con el salón, sale a un pequeño pasillo cuya primera puerta da a un dormitorio. Aquí también están bajadas las persianas. Sobre la cama de matrimonio sin deshacer y con solo un edredón, encuentra un portátil abierto con un trocito de cinta adhesiva de color en el objetivo de la cámara. Thulin lo mete en una bolsa de plástico transparente y se lo pone bajo el brazo mientras registra la habitación. En el suelo hay una taza de café a la mitad; en la mesilla, algunos libros de autoayuda sobre el estrés y el miedo, y, al comprobar de forma rutinaria el cajón de la mesita, encuentra un cuchillo de cocina mediano y un espray de pimienta de los que se venden por internet. Se queda pensativa un momento y automáticamente comienza a preguntarse por qué la mujer desaparecida guardaría este tipo de cosas en su mesilla de noche, pero desecha la idea porque eso ya no es parte de sus funciones. Una vez registrados los armarios de la pared opuesta, mete la cabeza en el cuarto de baño, pero, salvo un par de frascos con somníferos y psicofármacos ansiolíticos, no hay nada que reseñar.

Del cuarto de baño regresa al pequeño corredor en el que se abren otras tres puertas más. La primera da a una habitación que ya está vacía, lista para la venta. La puerta siguiente da a un cuarto que parece utilizarse como trastero. Las cortinas están corridas y en el suelo hay una tabla de planchar, un galán de noche, un viejo colchón y algunas cajas de mudanza. La última puerta lleva a la habitación de un niño, luminosa y agradable, tal vez la única de la casa que da la sensación de estar realmente habitada, con la cama hecha, un escritorio blanco y un armario ropero con luna. De una escarpia en la pared, cuelga un par de patines entre dos carteles de jugadoras de balonmano cuyos nombres Thulin desconoce. El agradable orden que se respira le hace pensar que hay que adecentar el cuarto de Le, que parece la sala de espera de una estación de cercanías de las afueras en plena ventisca. Regresa al pasillo y lanza una mirada furtiva a la ventana que hay junto a la puerta trasera. El jardín de ese lado es como el delantero, rodeado de una valla de troncos con plantas, y la nieve en polvo recién caída aparece lisa y sin huellas. Se fija en que la puerta trasera dispone de dos cerrojos, pero por lo demás no hay nada destacable y Thulin vuelve sobre sus pasos.

Por el momento, el registro le ha llevado menos de diez minutos y debería estar pronto de regreso al NC3 si el tráfico es aceptable. Cuando entra otra vez en el salón en chaflán de camino hacia la cocina, descubre en la parte inferior de la estantería Montana unas cestas que no había visto la primera vez. Se agacha frente a las baldas para revisarlas, aunque duda de que vaya a encontrar algo de interés. La última pieza que le falta es la cocina e irá a ayudar a Raheem si no ha terminado arriba.

—¿Por qué te llevas las cosas de mi madre?

Thulin da un respingo y se vuelve asustada hacia la voz, que procede de la esquina oscura al lado del sofá. Una chica de la edad de Le, con el pelo largo y moreno, está sentada en el suelo con la espalda apoyada en la pared y observa a Thulin con grandes ojos despiertos. En las manos aprieta un móvil con funda de color rosa.

—Hola. Soy de la policía. ¿Cómo te llamas?

La chica no responde. Thulin supone que habrá estado en la penumbra sin hacerse notar todo el tiempo que le ha llevado a ella registrar la habitación e intenta resultar amistosa.

—Mi trabajo consiste en registrar el ordenador de tu madre para averiguar dónde puede haber ido. Luego lo devolvemos. ¿De acuerdo?

—Mi madre no se habría ido a ningún lado sin avisarme. —Se le oye decir con firmeza a la chica.

Thulin se da cuenta de que está muy preocupada. Tampoco le habrá ayudado oír a su padre en la cocina pronunciar esas duras palabras sobre su madre, así que Thulin busca desesperada algo tranquilizador que decirle.

—Seguro que es así, pero a veces a los adultos se les pasa o se olvidan de explicar que tienen algo que hacer, y entonces es necesario buscar entre sus cosas para saber dónde están.

—Pero, entonces, ¿por qué ha estado alguien en casa?

Thulin duda. No le ha oído al agente decir que hubieran entrado en la casa.

—¿Por qué crees que ha venido alguien?

—Porque la cocina estaba ordenada y limpia cuando vine ayer con papá. Pero mi madre nunca ordena la cocina, soy yo quien lo hace. —La muchacha mira a Thulin con una mezcla de orgullo e inseguridad.

—Puede que simplemente le apeteciese limpiar, para que no siempre seas tú quien lo haga.

Thulin mira a la chica intentando animarla, pero esta no reacciona.

—Además, hay cosas que desaparecen. Mi madre cree que soy yo quien se las lleva, pero no es verdad.

—¿Qué cosas?

—El reloj de mamá. Mis llaves antiguas con el smiley que había dejado bajo el macetero. Esas cosas.

La inquietud de la chica parece sincera. Sin embargo, es evidente que la casa está desmantelada y no es difícil imaginar que en esas circunstancias haya cosas que desaparecen de vez en cuando. Thulin está en el borde del sofá, no muy alejada de la chica, e intenta captar su mirada, pero sigue con ella fija en su móvil.

—Lo vamos a investigar y vamos a averiguar dónde está tu madre. Ven, vamos a ver a tu padre.

Thulin le tiende la mano, pero sin éxito.

—Solo había una planta, así que ya he terminado. ¿Cómo vas?

La pregunta procede de Raheem, que ha asomado la cabeza por el salón. Lleva bajo el brazo un PC de sobremesa envuelto en un plástico transparente. Thulin vuelve a intentar darle la mano a la chica para ayudarla a levantarse, pero ella sigue sin cogérsela.

—¿Hace cuánto tiempo que llevan desapareciendo cosas? —pregunta entonces Thulin.

—Fue cuando mi madre empezó a tener miedo por esos mensajes.

—¿Qué mensajes?

La puerta de la cocina se abre y el padre de la chica pasa junto a Raheem y entra en el salón. Tiene la boca apretada y no saluda; escruta con la mirada la habitación hasta que descubre a la muchacha.

—Amalie, nos vamos. Te vienes conmigo a la oficina; ya encontraremos a tu madre más tarde.

La hija se levanta obediente y, sujetando el teléfono con fuerza, sigue a su padre hacia la entrada, donde Raheem se hace a un lado para dejarlos pasar.

Thulin los mira a través de las persianas hasta que desaparecen entre los copos de nieve. Luego se dirige hacia la puerta de la cocina y la empuja para abrirla.

La habitación es espaciosa y agradable, con elementos modernos de color verde aceituna. En el centro hay una isla con grandes cajones y una vajilla de porcelana, y sobre la placa vitrocerámica hay unas cacerolas limpias. La puerta que da al jardín está decorada con pegatinas negras que representan pájaros y en una esquina hay una mesita blanca para comer y dos sillas a juego.

—¿Qué pasa? —pregunta Raheem, que la ha seguido. Thulin no responde. No hay nada destacable en la cocina. Solo un orden impecable y el perfume de lavanda del detergente.

6

El pequeño Toyota Aygo está al ralentí y con la climatización al máximo para quitar el vaho de los cristales. Marie Holst, impaciente, toca el claxon y mira hacia su pequeño adosado, a la puerta principal desconchada que intencionadamente dejó abierta al salir hace un rato. Acaba de comprobar la hora y en el recibidor ve las perchas torcidas y el zapatero, pero ni rastro de Thor, así que, desesperada, se pone a limpiar los cristales con un paño porque con el aire acondicionado no basta.

—¿Sabes tú qué hace, Malte? ¿Dónde se ha metido este chico?

Malte, su hijo de once años, está sentado con la mochila en el asiento del pasajero, a su lado, y la ayuda con el vaho del parabrisas utilizando la manga de su abrigo.

—Ahora viene. Puede que haya tenido que ir al baño.

Marie no puede evitar enfadarse con Thor, aunque sabe de sobra que hoy hay una razón muy diferente para su propia impaciencia. Se controla e intenta concentrarse en limpiar bien el cristal, pero luego desiste y vuelve a pitar, esta vez con más insistencia. Por fin aparece Thor en la entrada. Cierra de un portazo y al momento se sube al asiento trasero con la bolsa en la que lleva los libros del colegio.

—¡Tranqui, tranqui!

Marie mira bien a uno y otro lado y

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