Otros tres casos del comisario Montalbano
por Andrea Camilleri
Escribí Un giro decisivo impulsado por dos hechos distantes entre sí que me impresionaron y me indignaron de un modo especial.
En primer lugar, estaban las manifestaciones contra la cumbre del G8 de Génova y el comportamiento desde luego nada ejemplar de parte de las fuerzas del orden durante aquellos días terribles. También me molestó profundamente una curiosa descoordinación entre la información oficial, de la prensa y la televisión, y la oficiosa, es decir, los centenares y centenares de vídeos grabados por los propios manifestantes, que documentaban una realidad muy distinta de la que querían vendernos.
Por otro lado, a nadie le cabía duda de la libertad de acción que se les había otorgado a los más violentos, mientras que a los más pacíficos los habían aporreado con dureza. Sólo cabían dos explicaciones posibles: o se trataba de ignorancia, de incapacidad, lo cual era grave, o se trataba de complicidad, lo cual era gravísimo.
La cosa me impresionó hasta tal punto que, antes incluso de la novela, escribí un artículo en el que apuntaba la posibilidad de que se hubiera tratado de una especie de ensayo general de un golpe de Estado que por suerte había salido mal. Y de que los sucesivos episodios de violencia en el colegio Diaz y el cuartel de Bolzaneto hubieran sido una explosión de rabia por el fracaso de esa intentona.
El segundo suceso fue el descubrimiento de que algunos traficantes de personas habían desembarcado en nuestras costas a niños que pretendían vender.
El hecho de que mi personaje, el comisario Montalbano, se hubiera ofendido por la poco honorable actuación de sus compañeros primero en el colegio («una carnicería a la mexicana», en palabras de un miembro de los servicios de urgencias ante el juez) y más tarde en el cuartel, suscitó reacciones contrapuestas entre muchos de mis lectores, la mayoría de los cuales se mostró de acuerdo con Montalbano, si bien una minoría mordió el anzuelo de las pruebas falsas creadas por la propia policía, entre ellas los cócteles molotov o el chaleco antibalas de un agente herido de un navajazo, para acusar al comisario de haberse convertido en poco menos que un conspirador.
Fue entonces cuando el Sindicato Italiano de Trabajadores de la Policía (SILP) emprendió una iniciativa tan singular como oportuna.
Organizaron un debate sobre mi novela en el Piccolo Eliseo de Roma, abierto también a los demás sindicatos, y nos invitaron a mí y a Sergio Cofferati, cuyo mandato como secretario general de la Confederación General Italiana del Trabajo (CGIL) estaba a punto de terminar.
El teatro estaba lleno hasta la bandera y asistieron también agentes y funcionarios procedentes de toda Italia, incluso de Génova, del cuartel de Bolzaneto.
Se alcanzaron dos conclusiones muy interesantes.
La primera fue que la defensa corporativa, dispuesta incluso a negar la evidencia de los hechos, siempre acababa dejando las manzanas podridas en su sitio, con el peligro de que la podredumbre se extendiera con rapidez a todo el frutero.
La segunda era que, dado que vestían un uniforme que otorgaba poder, el mantenimiento de la democracia dentro del cuerpo resultaba un ejercicio diario indispensable.
Me pareció un buen resultado para tratarse de una novela. Pero la cosa no acabó ahí.
En junio de 2011 me llegó una carta de la ONU, en concreto del director general de un organismo que trabaja en defensa de las víctimas de los traficantes de personas. Al invitarme a colaborar con esa entidad, citaba dos de mis novelas que lo habían animado a escribirme. Una era precisamente Un giro decisivo. La otra, Las alas de la esfinge.
Por su parte, la idea de La paciencia de la araña se me ocurrió, sin más, tras ver a una araña que tejía su tela entre dos ramas de un castaño centenario.
Me quedé inmóvil durante unas horas, fascinado con su obstinación, su paciencia, su rigor.
Y, precisamente mientras la observaba, nació en mí, primero de forma confusa y luego poco a poco con más claridad, el germen de un libro cuya columna vertebral sería, en efecto, una especie de tela de araña que iría tejiéndose para atrapar a la víctima elegida.
Así pues, me propuse escribir una novela policíaca sin homicidios ni delitos de sangre, sino centrada en la destrucción social de un individuo mediante una maquinación producto de una fina inteligencia.
Luego, al escribirla, se convirtió también en una historia de amor-odio que hacía saltar chispas. Y Montalbano, una vez descubierta la verdad, se la guardaba para él solo, haciendo casi un homenaje a la intensidad y a la «pureza» de esos sentimientos.
La idea de La luna de papel se me ocurrió después de un encuentro fortuito con un amigo al que no veía desde hacía treinta años y que me contó que un buen día había descubierto que Anna, su mujer, y Giulia, su joven amante, no sólo se habían conocido y se habían hecho amigas, sino que se la pegaban sistemáticamente con otros hombres y lo engañaban a diario mintiendo sobre todo, incluidas cosas de lo más banales, por el puro placer de burlarse de él luego a su espalda.
—¡He sido el hazmerreír de esas dos! —exclamó, desconsolado.
—¿Y ahora con quién estás? —le pregunté.
Me miró sorprendido.
—¿Con quién quieres que esté? Con Anna y con Giulia. Están arrepentidas. Me han prometido solemnemente que me dirían siempre la verdad.
Entonces me planteé: ¿qué pasaría si pusiera al comisario Montalbano en la tesitura de encontrarse entre dos mujeres igual de astutas por las que sintiera una fuerte atracción? ¿Acabaría convertido también él en el hazmerreír de las dos, como se veía mi amigo?
Lo puse, a propósito, en una situación crítica. Y añadí además dos agravantes que lo hacían en cierto sentido más vulnerable, más frágil: la conciencia de que iban pasando los años y la idea perturbadora de la muerte.
Así pues, al final, haber creído que la luna era de papel quizá no sería tan sólo resultado de la inocencia o de la inexperiencia, sino también del deseo de engañarse a uno mismo, un deseo que sin embargo quedaría sin expresar, no llegaría a aflorar del todo a la conciencia.
ANDREA CAMILLERI
UN GIRO DECISIVO
1
Noche cochina e infame, un torbellino de vueltas en la cama, un constante dormir y despertarse, levantarse y volverse a acostar. Y no por culpa de un atracón de pulpos a la sal o de sardinas rellenas con pan rallado, anchoas, cebolla, perejil, pasas y piñones al horno preparadas la víspera, porque al menos, en tal caso, el angustioso insomnio habría tenido un motivo; no, señor, ni siquiera podía darse esa satisfacción. La víspera había tenido el estómago tan encogido que no le habría pasado ni una brizna de hierba. La culpa había sido de los negros pensamientos que lo habían asaltado después de oír una noticia en el telediario. All’annigatu, petri di ’ncoddru. «Al que se ahoga, piedras al cuello.» Era el dicho popular que se utilizaba cuando una serie insoportable de desgracias se abatía sobre algún desventurado. Y para él, que desde hacía unos meses navegaba a la deriva en un mar embravecido y a veces se sentía tan perdido como un náufrago, aquella noticia había sido como una auténtica pedrada; más aún, como una pedrada que le hubiera dado justo en la cabeza, dejándolo medio aturdido y haciéndole perder las últimas y debilísimas fuerzas que le quedaban.
Con expresión de absoluta indiferencia, la presentadora del telediario había señalado que la Fiscalía de Génova tenía el convencimiento de que los dos cócteles molotov que habían descubierto en la escuela Diaz durante las reuniones del G8 habían sido colocados por la propia policía para justificar la dureza de su intervención. Al parecer —había añadido la presentadora—, el agente que había declarado haber sido víctima de un intento de apuñalamiento por parte de un manifestante antiglobalización había mentido: el desgarrón en el uniforme se lo había hecho él mismo para demostrar lo peligrosos que eran aquellos jóvenes, quienes, a juzgar por los datos que iban aflorando, lo único que hacían en la escuela Diaz era dormir tranquilamente. Tras escuchar la noticia, Montalbano se pasó media hora sentado en el sillón, delante del televisor, incapaz de pensar, abrumado por una mezcla de rabia y vergüenza y empapado de sudor. Ni siquiera tuvo fuerzas para levantarse a contestar al teléfono, que estuvo sonando un buen rato. Bastaba con reflexionar un poco sobre la información que tanto la prensa como la televisión facilitaban con cuentagotas —cumpliendo las directrices gubernamentales— para hacerse una idea de la situación: a la chita callando, sus colegas de Génova habían perpetrado un acto de violencia ilegal, una especie de venganza a sangre fría y, por si fuera poco, presentando pruebas falsas. Aquello evocaba momentos pasados y olvidados de la policía fascista o de la del ministro del Interior Mario Scelba. Finalmente, decidió irse a la cama. Mientras se levantaba del sillón, el teléfono volvió a darle la lata con sus timbrazos. Casi sin darse cuenta, descolgó el auricular. Era Livia.
—¡Dios mío, Salvo! ¡Llevo horas llamándote! ¡Estaba empezando a preocuparme! ¿Es que no oías el teléfono?
—Sí, lo he oído, pero no me apetecía contestar. No sabía que eras tú.
—¿Qué estabas haciendo?
—Nada. Estaba pensando en lo que han dicho en la televisión.
—¿Sobre los acontecimientos de Génova?
—Exacto.
—Sí, yo también lo he visto.
Pausa. Y a continuación:
—Me gustaría estar ahí contigo. ¿Quieres que mañana coja el avión y vaya para allí? Podríamos hablar con calma de todo este asunto. Ya verás como...
—Livia, no hay mucho que decir. Ya hemos hablado demasiado de este tema. Esta vez he tomado una decisión muy seria.
—¿Cuál?
—Dimito. Mañana iré a ver al jefe superior y le presentaré mi dimisión. Bonetti-Alderighi estará encantado.
A Livia le costó reaccionar, hasta el punto de que Montalbano pensó que se había cortado la comunicación.
—¿Livia? ¿Estás ahí?
—Estoy aquí. Salvo, creo que cometes un gravísimo error al irte de esta manera.
—¿De qué manera?
—Enfadado y decepcionado. Tú quieres dejar la policía porque te sientes traicionado. Es como si te hubiera traicionado la persona en la que más confiabas y entonces...
—Livia, no es que «me sienta traicionado», es que «he sido traicionado». No se trata de sensaciones. Yo siempre he realizado mi trabajo con honradez. Siempre me he comportado como un caballero. Siempre que le he dado mi palabra a un delincuente, la he cumplido. Ésa ha sido mi fuerza, ¿comprendes? ¡Pero ya estoy hasta las narices! ¡No aguanto más!
—No grites, por favor... —le rogó Livia con voz trémula. Montalbano no la oyó. En su interior percibía un extraño rumor, como si su sangre estuviera hirviendo. Siguió adelante.
—¡Yo jamás me he inventado una prueba! ¡Ni siquiera contra el peor delincuente! ¡Nunca! De haberlo hecho, me habría puesto a su nivel. ¡Entonces sí que mi trabajo de policía se habría convertido en algo sucio! Pero ¿lo ves, Livia? El asalto a la escuela y la presentación de pruebas falsas no ha sido cosa de ningún agente ignorante y violento, sino que están implicados altos cargos de la policía, de la Brigada Móvil y otras fuerzas de seguridad.
De pronto se dio cuenta de que el extraño ruido que oía a través del auricular eran los sollozos de Livia. Respiró hondo.
—¿Livia?
—Sí.
—Te quiero. Buenas noches.
Colgó y se fue a dormir. Así empezó la noche infame.
La verdadera verdad era que la sensación de incomodidad de Montalbano se había iniciado tiempo atrás, cuando la televisión mostró al presidente del Consejo de Ministros colocando macetas de flores por las callejuelas de Génova, no sin antes haber ordenado retirar las bragas y los calzoncillos que hubiera tendidos en los balcones y en las ventanas. Mientras tanto, su ministro del Interior adoptaba medidas de seguridad más propias de una inminente guerra civil que de una reunión de jefes de Estado: vallas que impedían el acceso a ciertas calles, precintado de alcantarillas, cierre de fronteras y de algunas estaciones, patrullas marítimas vigilando la costa e incluso la instalación de una batería de misiles. El excesivo despliegue de fuerzas —pensó el comisario— constituía en sí mismo una provocación. Después ocurrió lo que ocurrió: hubo un muerto entre los manifestantes, pero tal vez lo más grave fue la conducta de algunos miembros de las fuerzas del orden, que se cebaron contra unos pacíficos manifestantes, lanzándoles gases lacrimógenos, mientras dejaban que los violentos, los llamados black bloc, camparan a su antojo. Después se produjo el desagradable incidente del colegio Diaz, que no pareció una operación policial, sino un triste y violento atropello destinado a desahogar unos reprimidos instintos de venganza.
Tres días después del G8, mientras arreciaba la polémica en toda Italia, Montalbano llegó tarde a su despacho. Cuando se detuvo y bajó del coche, vio a dos pintores que estaban dando una mano de cal a la pared de la comisaría.
—¡Ah, dottori, dottori! —exclamó Catarella al verlo entrar—. ¡Barbaridades han escrito aquí esta noche!
Montalbano no entendió lo que decía:
—¿Quién ha escrito qué?
—No sé quién lo ha escrito en persona personalmente.
Pero ¿qué coño quería decir Catarella?
—¿Se trata de una carta anónima?
—No, siñor dottori, anónima no, mural. Precisamente por esa muralidad Fazio ha mandado llamar esta mañana a los pintores para borrarla.
El comisario entendió finalmente la presencia de los dos pintores.
—¿Qué han escrito?
Catarella se ruborizó y trató de salirse por la tangente.
—Con unos frasquitos de espray negro han escrito palabrotas.
—Pero, bueno, ¿qué es lo que han escrito?
—«Policías canallas» —contestó Catarella mirando al suelo.
—¿Eso es todo?
—No, siñor. Bueno, habían escrito también «asesinos». «Canallas y asesinos.»
—No te preocupes, Catarè, no te lo tomes tan a pecho...
—Aquí dentro no hay nadie que sea canalla ni asesino, empezando por usía, dottori, y terminando por mí, que soy el último mono.
Montalbano le apoyó una mano en el hombro para consolarlo y se dirigió a su despacho. Catarella lo volvió a llamar.
—¡Ah, dottori! Se me había olvidado. También han escrito «cornudos de mierda».
¡Como si en Sicilia, en un escrito ofensivo, pudiera faltar la palabra «cornudo»! Aquella palabra era una denominación de origen, una expresión típica de la llamada «sicilitud». Acababa de sentarse cuando entró Mimì Augello. Estaba fresco como una rosa y tenía el semblante relajado y sereno.
—¿Hay alguna novedad? —preguntó.
—¿Sabes lo que han escrito esta noche en la pared?
—Sí, me lo ha dicho Fazio.
—¿Y eso no te resulta novedoso?
Mimì lo miró perplejo.
—¿Estás de broma o qué?
—No, hablo en serio.
—Oye, contéstame con la mano en el corazón. ¿Tú crees que Livia te pone los cuernos?
Esta vez fue Montalbano quien miró perplejo a Mimì.
—Pero ¿a qué coño viene eso?
—O sea, que no eres un cornudo... Y yo tampoco creo que Beba me los ponga. Pasemos ahora a la otra palabra, «canalla». A mí, dos o tres mujeres me han dicho que soy un canalla. En cuanto a ti, no creo que nadie te lo haya dicho jamás; por consiguiente, no estás incluido en esta palabra. Asesino, ni soñarlo. ¿Entonces?
—¡Estás muy ocurrente, Mimì, con esos razonamientos de crucigrama de periódico!
—Perdona, Salvo, ¿acaso es la primera vez que nos llaman hijos de puta y asesinos?
—No, aunque esta vez tienen razón, al menos en parte.
—Ah, ¿así que les das la razón?
—Sí, señor. Explícame, si no, por qué hemos actuado de esta manera en Génova, después de tantos años sin que ocurriera nada semejante.
Mimì lo miró con los ojos entornados y no abrió la boca.
—Contéstame con palabras, no con esa mirada de policía que pones —dijo el comisario.
—Está bien. Pero quiero dejar clara una cosa. No tengo ninguna intención de pelearme contigo. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
—Comprendo tu resquemor, pues todo eso ha ocurrido con un gobierno que te provoca desconfianza y aversión. Tú crees que el gobierno ha intervenido en el asunto.
—Perdona, Mimì. ¿Has leído los periódicos? ¿Has visto la televisión? Han dicho más o menos claramente que en las salas genovesas de toma de decisiones había gente que no debería estar. ¡Ministros y diputados, todos del mismo partido! Del partido que siempre ha apelado al orden y a la legalidad, pero, claro, ¡a su orden y a su legalidad!
—Y eso ¿qué significa?
—Significa que una parte de la policía, la más frágil aunque se crea la más fuerte, se ha sentido protegida y avalada. Y se han pasado. Eso en la mejor de las hipótesis.
—¿Hay alguna peor?
—Por supuesto. Que nosotros hemos sido manipulados como títeres de un teatro de marionetas por unas personas que querían llevar a cabo una especie de test.
—¿Sobre qué?
—Sobre cómo reaccionaría la gente ante una acción de fuerza. Por suerte, no les ha ido muy bien.
—¡En fin!... —dijo Augello, en tono dubitativo.
Montalbano decidió cambiar de tema.
—¿Cómo está Beba?
—Pues no muy bien. Su embarazo está siendo difícil. Tiene que pasar más tiempo tumbada que de pie, pero el médico dice que no hay por qué preocuparse.
A fuerza de kilómetros y más kilómetros de solitarios paseos por el muelle, de permanecer largo rato sentado en la roca habitual, pensando en los acontecimientos genoveses hasta echar humo por la cabeza, a fuerza de comerse hasta una tonelada de cucuruchos de pipas de calabaza saladas y de garbanzos tostados, a fuerza de conversaciones telefónicas nocturnas con Livia, la herida que el comisario tenía abierta estaba empezando a cicatrizar... cuando recibieron la noticia de otra «oportuna» intervención de la policía, esta vez en Nápoles. Varios agentes habían sido detenidos por haberse llevado a unos presuntos manifestantes violentos del hospital en el que estaban ingresados. Una vez en la comisaría, la habían emprendido con ellos a patadas y guantazos en medio de un diluvio de palabrotas, ofensas e insultos. Pero lo que más había desconcertado a Montalbano había sido la reacción de algunos policías ante la noticia de la detención de sus compañeros: unos se encadenaron a la verja de la Jefatura Superior en gesto de solidaridad, otros organizaron manifestaciones en la calle, los sindicatos de la policía se pronunciaron de manera vehemente sobre el caso, y un oficial que en Génova la había emprendido a patadas con un manifestante que estaba caído en el suelo había sido aclamado en Nápoles como un héroe. Los mismos políticos que se encontraban en Génova durante el G8 habían encabezado aquella curiosa —aunque no tan curiosa para Montalbano— rebelión de una parte de las fuerzas del orden contra los magistrados que habían ordenado su detención. Y Montalbano ya no pudo más. Este nuevo amargo bocado ya no se lo pudo tragar. Una mañana, nada más entrar en el despacho, llamó al doctor Lattes, el jefe de gabinete de la Jefatura Superior de Montelusa. Al cabo de media hora, éste hizo saber a Montalbano, a través de Catarella, que el jefe superior estaba dispuesto a recibirlo a las doce en punto del mediodía. Los hombres de la comisaría, que sabían cuál era el humor de su jefe cuando se encerraba en su despacho, comprendieron que el horno no estaba para bollos. Por eso, desde el despacho de Montalbano, la comisaría parecía desierta, no se oía el menor ruido. Catarella, que montaba guardia en la entrada, en cuanto veía aparecer a alguien, abría enormemente los ojos, se acercaba el dedo índice a la nariz y le advertía:
—¡Chist!
Y todos entraban en la comisaría con cara de ir a velar a un muerto.
Hacia las diez, Mimì Augello, tras haber llamado discretamente a la puerta con los nudillos y haber recibido permiso, se presentó ante su jefe. Montalbano, al verlo, se preocupó.
—¿Cómo está Beba?
—Bien. ¿Puedo sentarme?
—Por supuesto.
—¿Puedo fumar?
—Claro, pero que no te vea el ministro.
Augello encendió un cigarrillo, dio una calada y retuvo el humo un buen rato.
—Oye, puedes soltarlo —dijo Montalbano—. Te doy permiso.
Mimì lo miró perplejo.
—Esta mañana pareces un chino —continuó el comisario—. Pides permiso para todo. ¿Qué pasa? ¿Se te hace difícil decirme lo que me quieres decir?
—Sí —reconoció Augello.
Apagó el cigarrillo, se removió en el asiento, respiró hondo y se lanzó:
—Salvo, tú sabes que yo siempre te he considerado mi padre...
—¿Quién te ha contado a ti eso?
—¿Qué?
—Eso de que soy tu padre. Si te lo ha dicho tu madre, te ha contado una trola. Sólo te llevo quince años y, por más precoz que haya sido, a los quince años no...
—Pero, hombre, Salvo, no he querido decir que tú seas mi padre, sino que te considero como un padre.
—Pues ya has empezado con mal pie. Déjate de esas chorradas de padres, hijos y espíritus santos. Dime lo que tengas que decirme y quítate de mi vista, que hoy no tengo el día.
—¿Por qué has pedido ser recibido por el jefe superior?
—¿Quién te lo ha dicho?
—Catarella.
—Después tendré unas palabritas con él.
—Él no tiene la culpa. Yo le ordené que me informara en caso de que te pusieras en contacto con Bonetti-Alderighi. Tarde o temprano, sabía que lo harías.
—¿Y qué tiene de extraño que yo, un comisario, quiera conversar con mi jefe?
—Pues que tú no tragas a Bonetti-Alderighi. Si fuera un cura que viniera a administrarte la extremaunción, te levantarías de la cama y lo echarías a patadas. ¿Puedo hablar con claridad?
—Habla como te salga de las narices.
—Tú quieres irte.
—Bueno, creo que unas pequeñas vacaciones me sentarían muy bien.
—Salvo, me das pena. Tú quieres dimitir.
—¿Acaso no soy libre de hacerlo? —replicó Montalbano, desplazándose hasta el borde de la silla como si fuera a levantarse de un salto.
Augello no se impresionó.
—Eres muy libre. Pero antes quiero terminar una conversación que tenemos pendiente. ¿Recuerdas cuando dijiste que tenías una sospecha?
—¿Cuál?
—La de que los acontecimientos de Génova habían sido provocados por cierta clase política, la cual había avalado de alguna manera la actuación de la policía. ¿Lo recuerdas?
—Sí.
—Pues bien, lo que yo te quería decir es que lo de Nápoles ocurrió con un gobierno de centro-izquierda, antes del G8. Sólo que se ha sabido después. ¿Cómo interpretas eso?
—Lo interpreto peor que antes. ¿Crees que no lo he pensado, Mimì? Significa que las cosas que están ocurriendo son mucho más graves de lo que parece.
—¿Qué quieres decir?
—Que toda esa porquería la tenemos dentro.
—¿Y ahora te enteras, tú que lees tanto? Si quieres irte, vete, pero no ahora. Vete por cansancio, por haber alcanzado la edad, porque te duelen las hemorroides, porque el cerebro ya no te funciona, pero no te vayas ahora.
—¿Por qué?
—Porque sería una ofensa.
—¿A quién?
—A mí, por ejemplo, que, aunque reconozco que soy un mujeriego, soy una persona de bien. A Catarella, que es un ángel. A Fazio, que es un caballero. A todos los de la comisaría de Vigàta. Al jefe superior Bonetti-Alderighi, que es un pelmazo y un formalista, pero una buena persona. A todos los compañeros a los que aprecias y que son tus amigos. A la inmensa mayoría de la gente que pertenece a la policía y que no tiene nada que ver con algunos sinvergüenzas tanto de abajo como de arriba. Tú te vas dándonos con la puerta en las narices. Piénsalo bien. Adiós.
Se levantó, abrió la puerta y salió. A las once y media, Montalbano le pidió a Catarella que lo pusiera en contacto con la Jefatura Superior y le comunicó al dottor Lattes que no iría a ver al señor jefe superior: lo que le quería decir no tenía la menor importancia, ninguna en absoluto.
Después de colgar, sintió la necesidad de ir a respirar el aire del mar. Cuando pasó por delante de la centralita, le dijo a Catarella:
—Y ahora corre a chivarte al dottor Augello.
—¿Por qué quiere ofenderme, dottori?
¡Ofender! Todos se sentían ofendidos por él, y él no tenía ningún derecho a sentirse ofendido por nadie.
La verdad es que ya no aguantaba permanecer acostado, reflexionando sobre la conversación que había mantenido con Mimì. ¿No le había comunicado ya su decisión a Livia? Ahora ya estaba hecho. Miró hacia la ventana, a través de la cual se filtraba la luz. El reloj marcaba casi las seis. Se levantó y abrió los postigos. Hacia levante, la claridad del sol, que estaba a punto de salir, dibujaba unos arabescos de livianas nubes que no eran de lluvia. El mar estaba ligeramente agitado a causa de la brisa matutina. Se llenó los pulmones de aire y se percató de que cada respiración se llevaba una parte de la infame noche. Fue a la cocina, preparó café y, mientras esperaba el murmullo del hervor, abrió la galería.
La playa, al menos hasta donde la grisácea atmósfera del amanecer permitía ver, parecía desierta, tanto de hombres como de animales. Se bebió dos tazas de café seguidas, se puso el bañador y bajó a la playa. La arena estaba mojada y compacta. Tal vez había llovido un poco a primera hora de la noche. Al llegar a la orilla, metió un pie. El agua no estaba tan fría como imaginaba. Avanzó cautelosamente, sintiendo de vez en cuando escalofríos en la columna. «Pero ¿por qué me da a mí por realizar estas exhibiciones a los cincuenta y tantos años? —se preguntó—. Ya verás como pillo un resfriado y luego me paso una semana estornudando y con la cabeza atontada.» Comenzó a nadar a brazadas lentas y amplias. El fuerte olor del mar le penetraba punzante por las ventanas de la nariz. Parecía champán. Y Montalbano estuvo casi a punto de emborracharse, pues siguió nadando sin descanso, con la cabeza finalmente libre de todo pensamiento y contento de verse convertido en una especie de muñeco mecánico. Lo que lo hizo transformarse de nuevo en hombre fue el repentino calambre que le dio en la pantorrilla de la pierna izquierda. Soltando maldiciones, se tendió boca arriba e hizo el muerto sobre el agua. El dolor era tan intenso que tenía que apretar los dientes... pero tarde o temprano se le pasaría. Aquellos malditos calambres se habían hecho más frecuentes en los últimos dos o tres años. ¿Síntomas de la vejez que acechaba a la vuelta de la esquina? El oleaje lo arrastraba perezosamente. El dolor empezó a disminuir, hasta el punto de que pudo dar dos brazadas hacia atrás. A la segunda, la mano derecha golpeó contra algo.
En una fracción de segundo, Montalbano comprendió que aquel algo era un pie humano. Alguien estaba haciendo el muerto justo detrás de él, y ni se había enterado.
—Perdón —se apresuró a decir, girándose para mirar.
El propietario del pie no contestó porque no estaba haciendo el muerto. Estaba muerto de verdad. Y, a juzgar por su aspecto, desde hacía bastante tiempo.
2
Sorprendido, Montalbano rodeó el cadáver lentamente, procurando no chapotear. Había bastante luz y el calambre se le había pasado. Aquel muerto no era reciente. Debía de llevar tiempo en el agua porque apenas le quedaba carne pegada a los huesos y la cabeza se había convertido prácticamente en una calavera. Una calavera con una cabellera de algas. La pierna derecha estaba a punto de desprenderse del resto del cuerpo. Los peces y el mar se habían ensañado con aquel desgraciado, probablemente algún náufrago o algún inmigrante ilegal que, a causa del hambre o la desesperación, había intentado entrar en el país clandestinamente y había sido arrojado al mar por algún mercader de esclavos más cochino y miserable aún que los demás. Aquel cadáver debía de venir de muy lejos. ¿cómo era posible que durante todos los días que había permanecido flotando sobre el agua ningún barco de pesca o alguna otra embarcación hubiera reparado en él? Muy difícil. Seguramente alguien lo había visto, pero se había atenido a la nueva moral imperante, según la cual, si atropellas a alguien por la calle, tienes que seguir tu camino sin prestarle ayuda: ¿cómo iba a detenerse un barco pesquero por algo tan inútil como un muerto? Además, ¿no habían sido unos pescadores los que, para evitarse las molestias burocráticas, habían devuelto al mar unos restos humanos que habían cogido con las redes? «La piedad ha muerto», decía proféticamente una canción, o lo que fuera, muy antigua. Y poco a poco estaban agonizando también la compasión, la fraternidad, la solidaridad, el respeto a los ancianos, a los enfermos, a los niños... Estaban muriendo las normas de...
«No te hagas el moralista —le dijo Montalbano a Montalbano—. Huye de esa trampa.»
Apartó sus reflexiones y miró hacia la orilla. ¡Virgen santísima, qué lejos estaba! ¿Cómo demonios había hecho para adentrarse tanto? ¿Y cómo coño se las arreglaría para llevar el cadáver hasta la playa? El cual, entretanto, se había alejado unos metros, arrastrado por el oleaje. ¿Acaso estaba desafiándolo a una carrera de natación? Y justo en ese momento se le ocurrió la solución al problema. Se quitó el bañador, que, además del elástico, tenía alrededor de la cintura un cordón largo que no servía para nada, era un simple adorno. En dos brazadas se situó al lado del cadáver y, tras pensar un poco, le enrolló el bañador fuertemente en la muñeca izquierda y lo ató con un extremo del cordón. El otro extremo se lo ató con dos nudos al tobillo izquierdo. Si el brazo del cadáver no se desprendía durante el remolque, lo cual era muy posible, todo el asunto llegaría a buen puerto, y nunca mejor dicho, aunque fuera a costa de un enorme esfuerzo. Empezó a nadar, muy despacio, utilizando sólo los brazos. De vez en cuando se detenía no sólo para recuperar el resuello, sino para comprobar que el cadáver seguía atado a él. Cuando estaba a medio camino se vio obligado a hacer una pausa más larga, pues su respiración se había vuelto tan agitada como la de un fuelle. Se volvió de espaldas para hacer el muerto, y entonces el muerto de verdad se volvió boca abajo, impulsado por el movimiento del cordón.
—Ten paciencia —se disculpó Montalbano.
Cuando notó que ya jadeaba un poco menos, reanudó la marcha. Al cabo de un rato, que le pareció interminable, vio que no le cubría. Se desató el cordón del tobillo y, sin soltar el otro extremo, se puso en pie. El agua le llegaba a la altura de la nariz. Saltando de puntillas avanzó unos metros hasta apoyar las plantas en la arena. Una vez que se sintió a salvo, se dispuso a dar el primer paso.
Lo hizo, pero no se movió. Volvió a intentarlo. Nada.
¡Dios mío, se había quedado paralítico! Parecía un poste plantado en medio del agua, un poste al que estaba amarrado un cadáver. En la playa no se veía ni un alma a quien pedir ayuda. ¿A que todo era un sueño, una pesadilla?
«Ahora voy a despertarme», se dijo.
Pero no se despertó. Desesperado, echó la cabeza hacia atrás y soltó un grito tan fuerte que hasta él se quedó aturdido. El chillido tuvo dos efectos inmediatos: el primero fue que un par de gaviotas que volaban por encima de su cabeza disfrutando de la escena huyeron despavoridas; el segundo, que los músculos, los nervios y, en resumidas cuentas, toda la envoltura de su cuerpo se volvieron a poner en movimiento, aunque con extrema dificultad. Los treinta pasos que lo separaban de la orilla fueron un auténtico viacrucis. Al llegar a la franja de arena donde morían las olas se dejó caer de culo en la playa y permaneció un rato así, sin soltar el extremo del cordón. Parecía un pescador que no consiguiera arrastrar a la orilla el enorme pez que acababa de pescar. Se consoló pensando que lo peor ya había pasado.
—¡Manos arriba! —gritó una voz a su espalda.
Montalbano giró la cabeza, estupefacto. Quien había hablado estaba apuntándolo con un revólver que debía de haber participado en la guerra ítalo-turca de 1911. Era un hombre de unos setenta años, delgado y vigoroso, de ojos extraviados y con cuatro pelos tiesos como alambres en la cabeza. A su lado había una mujer, también septuagenaria, tocada con un sombrero de paja y armada con una barra de hierro que agitaba no se sabía si a modo de amenaza o como consecuencia de un párkinson avanzado.
—Un momento —dijo Montalbano—. Yo soy...
—¡Eres un asesino! —dijo la mujer con una voz tan estridente que hasta las gaviotas, que habían vuelto para disfrutar de la segunda parte del espectáculo, se alejaron chillando.
—Pero, señora, yo no...
—¡No lo niegues, asesino! ¡Llevo dos horas observándote con los prismáticos! —dijo la vieja en tono todavía más fuerte.
Montalbano se quedó perplejo. Sin pensarlo, soltó el cordón y se levantó.
—¡Oh, Dios mío! ¡Está desnudo! —gritó la vieja, retrocediendo dos pasos.
—¡Miserable! ¡Eres hombre muerto! —gritó el viejo, retrocediendo dos pasos a su vez.
Y abrió fuego. El ensordecedor disparo pasó a unos veinte metros del comisario, que se quedó aterrorizado, más que nada por la detonación. El obstinado anciano, que a causa del retroceso se había desplazado otros dos pasos hacia atrás, volvió a apuntar.
—Pero ¿qué hace? ¿Está loco? Soy el...
—¡Chitón y no te muevas! —le advirtió el viejo—. Ya hemos avisado a la policía. Llegará de un momento a otro.
Montalbano no se movió. Con el rabillo del ojo vio cómo el cadáver se alejaba poco a poco. Al cabo de un rato, cuando Dios quiso, llegaron dos vehículos a gran velocidad por la carretera y se detuvieron en seco. Lo primero que vio Montalbano fue a Fazio y Gallo bajando precipitadamente del coche, ambos vestidos de paisano. El alivio que sintió al verlos duró muy poco, pues del segundo coche descendió un fotógrafo que empezó a disparar su cámara a ritmo de ametralladora. Fazio, tras haber reconocido de inmediato al comisario, gritó al viejo:
—¡Policía! ¡No dispare!
—¿Y quién me dice a mí que no sois cómplices suyos? —replicó el hombre, al tiempo que apuntaba con su revólver a Fazio. Sin embargo, para ello tuvo que apartar su atención de Montalbano, el cual, tras haber perdido la paciencia, pegó un brinco hacia delante, sujetó al viejo por la muñeca y lo desarmó. Pero no pudo evitar el tremendo golpe que la vieja le asestó en la cabeza con la barra de hierro. De repente no vio nada, dobló las rodillas y se desmayó.
Seguramente había pasado del desmayo al sueño, pues, cuando se despertó en su cama y consultó el reloj, eran las once y media. Lo primero que hizo fue soltar un estornudo, después otro y, a continuación, un tercero. Se había resfriado y le dolía mucho la cabeza. Desde la cocina oyó la voz de Adelina, la asistenta.
—¿Ya se ha despertado, dutturi?
—Sí, pero me duele la cabeza. Creo que la vieja me la ha roto.
—A usía la cabeza no se la rompen ni a cañonazos.
Oyó el timbre del teléfono e intentó levantarse, pero una especie de vértigo lo obligó a dejarse caer de nuevo en la cama. ¡Qué fuerza tenía aquella maldita vieja en los brazos! Entretanto, Adelina había atendido la llamada.
—Se acaba de despertar ahora mismo. Muy bien, ya se lo diré —oyó que decía.
Al poco se presentó con una humeante taza de café.
—Era el señor Fazziu. Dice que dentro de media hora como máximo lo viene a ver.
—Adelì, ¿a qué hora has llegado tú aquí?
—A las nueve como siempre, dutturi. A usía lo habían acostado en la cama y el señor Gallu lo atendía. Entonces le dije que ya estaba yo para cuidar de usía y se fue.
Adelina abandonó la habitación y regresó al poco rato con un vaso de agua en una mano y un comprimido en la otra.
—Le traigo una aspirina.
Montalbano se incorporó y la tomó dócilmente. Tiritaba de frío. Adelina lo advirtió, abrió el armario refunfuñando por lo bajo, sacó una manta escocesa y la extendió sobre la cama.
—A la edad de usía, estas exhibiciones no se tienen que hacer.
Montalbano la odió. Se cubrió la cabeza y cerró los ojos.
Oyó sonar el teléfono durante un buen rato. ¿Cómo era posible que Adelina no lo cogiera? Se levantó tambaleándose y se dirigió a la otra habitación.
—¿Tícame? —dijo con voz gangosa.
—Dottore? Soy Fazio. Por desgracia, no puedo ir, ha surgido un contratiempo.
—¿Grave?
—No, nada, una tontería. Me pasaré por ahí esta tarde. Cuídese el resfriado.
Colgó y se dirigió a la cocina. Adelina se había ido, sobre la mesa había sólo una nota.
Usía dormia y no quise despertarlo. De todos modos ahora biene el senior Fazziu. Le he preparado la nebera. Adelina.
No tuvo ánimos para abrir la nevera, no tenía apetito. De pronto se dio cuenta de que iba por la casa con el traje de Adán, como les gusta decir a los periodistas y a los que se creen graciosos. Se puso una camisa, unos calzoncillos y unos pantalones y se sentó en su sillón de costumbre frente al televisor. Era la una menos cuarto, la hora del primer telediario de Televigàta, canal tradicionalmente progubernamental, tanto si gobernaba la extrema izquierda como la extrema derecha. La primera imagen que vio fue la suya. Estaba completamente desnudo, con la boca abierta y los ojos como platos, cubriéndose las vergüenzas con una mano ahuecada. Parecía una casta Susana talludita y peluda. Sobreimpreso al pie de la imagen, apareció un texto que rezaba: «El comisario Montalbano (en la fotografía) salva a un muerto.» Montalbano pensó en el fotógrafo que había llegado inmediatamente después de Fazio y Gallo y le envió mentalmente los más sinceros y cordiales deseos de larga vida y prosperidad. En ese momento apareció en pantalla la cara de culo de gallina del periodista Pippo Ragonese, enemigo jurado del comisario.
—Esta mañana, poco después del amanecer...
En la pantalla, por si alguien no lo había comprendido, apareció un amanecer cualquiera.
—... nuestro héroe el comisario Salvo Montalbano había salido a bañarse...
Apareció un retazo de mar con alguien irreconocible nadando a lo lejos.
—Ustedes dirán que no sólo no es temporada de baños, sino, sobre todo, que ésa no es precisamente la hora más apropiada para ello. Pero ¿qué le vamos a hacer? Nuestro héroe es así. Tal vez sintió la necesidad de bañarse para quitarse del cerebro ciertas ideas peregrinas de las cuales suele ser víctima. Mientras nadaba mar adentro, se tropezó con el cadáver de un desconocido. En lugar de telefonear a quien correspondía...
—... con el móvil que lleva incorporado en la polla —añadió por su cuenta Montalbano, dominado por la furia.
—... nuestro comisario decidió remolcar el cadáver a tierra sin ayuda de nadie, atándole al pie el bañador que llevaba. Su lema es: «Yo lo hago todo solo.» Estos movimientos no pasaron inadvertidos a la señora Pina Bausan, que observaba el mar con sus prismáticos.
Entonces apareció el rostro de la señora Bausan, la vieja que le había roto la cabeza con una barra de hierro.
—¿De dónde es usted, señora?
—Yo y mi marido Angelo somos de Treviso.
Al lado del rostro de la mujer apareció el del marido, el que había disparado.
—¿Llevan mucho tiempo en Sicilia?
—Cuatro días.
—¿Están de vacaciones?
—¿De vacaciones? No, no, es que yo padezco de asma y el médico me ha dicho que el aire del mar me sentaría bien. Mi hija Zina, que está casada con un siciliano que trabaja en Treviso...
El relato fue interrumpido por un prolongado suspiro de pena de la señora Bausan, a quien el cruel destino había deparado un yerno siciliano.
—... me dijo que viniera a pasar una temporada a la casa de su marido, pues ellos sólo la utilizan un mes en verano. Y vinimos.
Esta vez el suspiro de pena fue mucho más hondo: ¡qué dura y peligrosa era la vida en aquella isla salvaje!
—Dígame, señora, ¿por qué escudriñaba el mar a una hora tan temprana?
—Me levanto muy pronto, y algo hay que hacer, ¿no?
—Y usted, señor Bausan, ¿siempre lleva esa arma encima?
—No, no. Yo no tengo armas. Ese revólver me lo prestó un primo mío. Como comprenderá usted, teniendo que venir a Sicilia...
—¿Usted considera que hay que venir armado a Sicilia?
—Si aquí la ley no existe, me parece lógico, ¿no?
Volvió a aparecer el rostro de culo de gallina de Ragonese.
—Y de aquí surgió el grotesco equívoco. Creyendo que...
Montalbano apagó el televisor. Estaba furioso con Bausan, no por haberle disparado sino por lo que había dicho. Descolgó el teléfono.
—Oye, Gadarella.
—Óyeme tú a mí, cornudo de mierda e hijo de la gran puta...
—Gadarè, ¿es gue no me regonoces? Soy Montalbano.
—Ah, ¿es usía, dottori? ¿Está resfriado?
—No, Gadarè, es gue me apedece hablar así. Pázame a Fazio.
—Ahora mismo, dottori.
—Dígame, dottore.
—Fazio, ¿atónte ha ito a parar el revólver tel viejo?
—¿Se refiere a Bausan? Se lo he devuelto.
—¿Diene licencia de armaz?
Se produjo una embarazosa pausa.
—No lo sé, dottore. En medio de todo aquel jaleo, se me olvidó preguntárselo.
—Muy bien. Mejor dito, muy mal. Ahora mizmo vaz a ver a ezte zeñor y lo compruebaz. Zi no eztá en regla, actúa zegún la ley. No ze puede dejar zuelto por ahí a un viejo chocho que anda dizparando contra todo quizque.
—Entendido, dottore.
Listo. Así el señor Bausan y su amable esposa aprenderían que en Sicilia también había algunas leyes. Poquitas, pero las había. Estaba tumbándose en la cama cuando sonó el teléfono.
—¿Tica?
—Salvo, cariño, ¿por qué hablas con esa voz? ¿Estabas durmiendo o es que te has resfriado?
—Lo zegundo.
—Te he llamado al despacho, pero me han dicho que estabas en casa. Cuéntame qué ha pasado.
—¿Qué quieres que te tica? Ha zido una coza muy divetida. Yo eztaba deznudo y él me ha pegado un diro. Y por ezo me he resfiado.
—¿Que tú te...? ¿Que tú te...?
—¿Qué zignifiga que tú te, que tú te?
—Tú... ¿tú te has desnudado en presencia del jefe superior y él te ha pegado un tiro?
Montalbano se quedó perplejo.
—Livia, ¿po qué iba a deznudame yo en pezencia del jefe zuperior?
—¡Porque anoche me dijiste que esta mañana, aunque se hundiera el mundo, irías a presentar tu dimisión!
Montalbano se dio un fuerte manotazo en la frente con la mano que tenía libre. ¡La dimisión! ¡Se había olvidado por completo!
—Veraz, Livia, a primera hora te la mañana, mientraz hacía el muezto, había un muezto gue...
—Adiós —lo interrumpió Livia, enfurecida—. Tengo que irme al despacho. Cuando recuperes el uso de la palabra, me llamas.
Lo único que podía hacer era tomarse otra aspirina, acostarse y sudar como un animal.
Antes de adentrarse en el país de los sueños repasó, de manera involuntaria, su encuentro con el cadáver.
Cuando llegó al momento en que le levantó el brazo y le enrollaba el bañador alrededor de la muñeca, su película mental se detuvo y retrocedió como en una mesa de montaje. Brazo levantado, bañador enrollado... Stop. Brazo levantado, bañador enrollado... Y el sueño ganó la partida.
Se levantó a las seis de la tarde. Había dormido como un niño y estaba mucho mejor del resfriado. Pero debía tener paciencia y quedarse en casa el resto del día.
Aún se encontraba un poco cansado, pero comprendía el motivo: era la suma de factores de una noche infame: el baño, el esfuerzo de remolcar el cadáver hasta la playa, el golpe de la barra de hierro contra la cabeza y, sobre todo, la bajada de tensión por no haber ido a ver al jefe superior. Se encerró en el cuarto de baño, se dio una ducha larga, se afeitó cuidadosamente y se vistió como para ir al despacho. Pero, en vez de eso, tranquilo y firmemente decidido, llamó a la Jefatura Superior de Montelusa.
—¿Oiga? Soy el comisario Montalbano. Quisiera hablar con el señor jefe superior. Es urgente.
Tuvo que esperar unos cuantos segundos.
—¿Montalbano? Soy Lattes. ¿Cómo está? ¿Qué tal la familia?
¡Vaya por Dios! El dottor Lattes, el jefe del gabinete, llamado «Lattes y mieles» por su empalagoso carácter, era lector asiduo de L’Avvenire y Famiglia Cristiana. Estaba convencido de que todo hombre de bien debía tener mujer y numerosa prole. Y puesto que, a su manera, apreciaba a Montalbano, nadie conseguía quitarle de la cabeza la idea de que el comisario no estaba casado.
—Todos bien, gracias a la Virgen —contestó Montalbano.
Sabía que lo de «gracias a la Virgen» facilitaba la máxima disponibilidad por parte de Lattes.
—¿En qué puedo servirle?
—Quisiera departir con el señor jefe superior.
¡Departir! Montalbano se despreció. Pero, cuando uno tenía que habérselas con los burócratas, lo mejor era hablar como ellos.
—El caso es que el señor jefe superior no está. Ha sido convocado en Roma —pausa— por Su Excelencia el ministro.
Montalbano sabía a qué se había debido esa pausa, a la respetuosa puesta en pie del dottor Lattes al mencionar, aunque no en vano, a Su Excelencia.
—¡Ah! —se lamentó Montalbano, desinflándose—. ¿Y sabe cuánto tiempo permanecerá ausente?
—Dos o tres días, creo. ¿Puedo yo ayudarlo en algo?
—Se lo agradezco, dottore. Esperaré a que vuelva... «Y pasarán los días...» —canturreó con rabia, mientras colgaba violentamente el teléfono.
Se sentía como un globo deshinchado. Ahora que había tomado la decisión de dimitir, mejor dicho, de presentar la dimisión, porque así era como había que decirlo, algo se interponía en su camino. De pronto notó que, a pesar del cansancio, acentuado por la llamada telefónica, tenía un hambre canina.
Eran las seis y diez. Aún no era hora de cenar. Pero ¿quién dice que haya que comer siguiendo un horario establecido? Fue a la cocina y abrió el frigorífico. Adelina le había preparado un plato de enfermo: pescadilla hervida. Sólo que eran enormes, frescas y nada menos que seis. No le apetecían, le gustaban fritas y aliñadas con unas gotas de limón y sal. Adelina había comprado por la mañana una barra de pan cubierta de giuggiulena, esas semillas de sésamo que tan a gusto se comen recogiéndolas una a una del mantel con la yema del dedo índice ligeramente mojada de saliva. Puso la mesa en la galería y se comió el pan saboreando cada bocado como si fuera el último de su existencia.
Cuando acabó ya eran más de las ocho. Y ahora ¿cómo pasaba el rato hasta que se hiciera de noche? El problema se lo resolvió Fazio de golpe llamando a la puerta.
—Buenas tardes, dottore. Vengo a informarle. ¿Cómo se encuentra?
—Mucho mejor, gracias. Pasa. ¿Qué has hecho con Bausan?
Fazio se acomodó en una butaca, sacó del bolsillo un trozo de papel y empezó a leer.
—Angelo Bausan, hijo de Angelo y de Angela Crestin, nacido en...
—Los de por allí son todos unos ángeles —lo interrumpió el comisario—. Y ahora, elige. O guardas ahora mismo ese papel en el bolsillo o te echo a patadas.
Fazio reprimió su «complejo de registro civil» —como lo llamaba el comisario—, guardó el papel en el bolsillo con mucha prosopopeya y dijo:
—Dottore, después de su llamada he ido de inmediato a la casa donde vive este Angelo Bausan. La vivienda, situada a unos cientos de metros de aquí, pertenece a su yerno Maurizio Rotondò. Bausan no tiene licencia de armas. No puede imaginarse lo que he tenido que sufrir para conseguir que me entregara el revólver. Entre otras cosas, he recibido un golpe en la cabeza que me ha propinado su mujer con la escoba. La escoba de la señora Bausan no es cualquier cosa y la vieja tiene una fuerza que... Bueno, usted ya sabe algo de eso.
—¿Por qué no quería entregarte el revólver?
—Porque, según él, tenía que devolvérselo al amigo que se lo había prestado, un tal Roberto Pausin. He transmitido sus datos a la Jefatura Superior de Treviso, y lo han detenido. Ahora el caso está en manos del juez.
—¿Hay alguna novedad sobre el cadáver?
—¿El que usted ha encontrado?
—¿Cuál si no?
—Mire, dottore. Mientras usted estaba aquí han encontrado otros dos muertos en Vigàta y alrededores.
—A mí me interesa el que he encontrado yo.
—Ninguna novedad, dottore. Seguramente se trata de algún inmigrante ilegal que se ahogado durante la travesía. En cualquier caso, a estas horas el doctor Pasquano ya le habrá practicado la autopsia.
Como si lo hicieran a propósito, sonó el teléfono.
—Ponte tú —dijo Montalbano.
Fazio alargó la mano y descolgó el auricular.
—Casa del dottor Montalbano. ¿Que quién soy yo? Soy el inspector Fazio. Ah, ¿es usted? Disculpe, no lo había reconocido. Se lo paso ahora mismo.
Entregó el auricular al comisario.
—Es el doctor Pasquano.
¡¿Pasquano?! ¿Cuándo se había visto que el doctor Pasquano lo llamara a casa? Algo muy gordo tenía que ser.
3
—¿Sí? Soy Montalbano. Dígame, doctor.
—¿Quiere explicarme una cosa?
—A sus órdenes.
—¿Cómo es que, siempre que me envía un cadáver, no deja de tocarme las pelotas para que le dé el resultado de la autopsia, y esta vez en cambio le importa un carajo?
—Verá, lo que ha ocurrido ha sido que...
—Yo le diré lo que ha ocurrido. Usted pensaba que el cadáver que ha rescatado era el de un pobre inmigrante ilegal, uno de los más de quinientos que flotan en el canal de Sicilia; pronto podremos ir a Túnez caminando sobre ellos. Total, uno más uno menos, ¿qué más da?
—Doctor, si tiene ganas de desahogarse conmigo por algo, no se prive. Pero usted sabe muy bien que yo no pienso así. Esta mañana...
—¡Ah, sí! Esta mañana usted estaba ocupado exhibiendo sus atributos viriles en el concurso de «Míster Comisario». Lo he visto en Televigàta. Al parecer ha tenido, ¿cómo se dice?... una audiencia muy alta. Enhorabuena y que sea para bien.
Pasquano era así: insulso, antipático, agresivo, irritante. Pero el comisario sabía que se debía a su permanente enfado contra todo y contra todos. Pasó al contraataque, utilizando el tono que la ocasión requería.
—Doctor, ¿puede decirme por qué me llama a mi casa a estas horas para tocarme las pelotas?
Pasquano lo agradeció.
—Porque creo que las cosas no son lo que parecen.
—¿Y eso?
—Ante todo, el muerto es de aquí.
—Ah.
—Y, además, a mi juicio lo han matado. He hecho tan sólo un reconocimiento superficial, todavía no lo he abierto.
—¿Tiene heridas de arma de fuego?
—No...
—¿De objetos cortantes?
—No...
—¿De explosión atómica? —preguntó Montalbano, que ya estaba hasta el gorro—. ¿Qué es esto, doctor, un concurso? ¿Quiere explicarse de una vez?
—Pásese por aquí mañana por la tarde y mi ilustre colega Mistretta, que será quien practicará la autopsia, le expondrá mi opinión, que, debo decir, él no comparte.
—¿Mistretta? ¿No estará usted?
—No. Mañana a primera hora me voy a ver a mi hermana. No se encuentra bien.
Entonces Montalbano comprendió por qué lo había llamado Pasquano.
Era un gesto de cortesía, de amistad. El doctor sabía hasta qué extremo Montalbano detestaba al doctor Mistretta, un hombre irritante y presuntuoso.
—Mistretta, como ya le he dicho —prosiguió Pasquano—, no está de acuerdo conmigo. Por eso quería decirle en privado lo que pienso.
—Voy ahora mismo —dijo Montalbano.
—¿Adónde?
—A su despacho.
—No estoy en el despacho, sino en mi casa. Estoy haciendo las maletas.
—Pues voy a su casa.
—No, verá, es que está todo patas arriba. Mejor nos vemos en el primer bar de la avenida Libertà, ¿le parece? No quiero entretenerme mucho. Mañana tengo que levantarme temprano.
Despachó a Fazio, que estaba muerto de curiosidad, se lavó por encima, subió al coche y se dirigió a Montelusa. El primer bar de la avenida Libertà era más bien cutre. Montalbano había estado allí una sola vez, y ya había tenido bastante. Cuando entró, el doctor Pasquano estaba sentado a una mesita.
Él también se sentó.
—¿Qué le apetece? —preguntó Pasquano, que estaba tomando un café.
—Lo mismo que usted.
Permanecieron en silencio hasta que llegó el camarero con la segunda taza.
—¿Y bien? —dijo Montalbano.
—¿Ha visto en qué condiciones se encontraba el cadáver?
—Sí, mientras lo remolcaba, creí que se le iba a desprender el brazo.
—De haberlo arrastrado un poco más, habría ocurrido —dijo Pasquano—. El pobrecillo llevaba más de un mes en el agua.
—Un mes...
—Más o menos. Dado el estado del cadáver, resulta difícil...
—¿Conserva alguna señal característica?
—Le pegaron un tiro.
—Entonces, ¿por qué me ha dicho que...?
—Montalbano, ¿me deja terminar? Presentaba una herida antigua de arma de fuego en la pierna izquierda. El proyectil le astilló el hueso. Pero eso se remonta a hace unos años. Me di cuenta porque el mar le había descarnado allí la pierna. Es posible que cojeara un poco.
—En su opinión, ¿cuántos años tenía?
—Unos cuarenta. Y, con toda certeza, no es un inmigrante clandestino. Pero será difícil identificarlo.
—¿No hay huellas dactilares?
—¿Bromea, inspector?
—¿Por qué está convencido de que se trata de un homicidio?
—Es una opinión personal, que conste. Verá, el cuerpo está lleno de heridas causadas por las rocas, contra las cuales se golpeó repetidamente.
—No hay rocas en la zona donde yo lo he recogido.
—¿Y qué sabe usted de dónde viene? El cuerpo ha ido a la deriva durante mucho tiempo antes de que usted lo encontrara. Entre otras cosas, fue picoteado por cangrejos. Aún tenía dos en la garganta, muertos... Le decía que está lleno de heridas, naturalmente asimétricas, todas post mortem. Pero hay cuatro simétricas y perfectamente definidas, de forma circular.
—¿Dónde?
—En las muñecas y en los tobillos.
—¡Claro, era eso! —exclamó Montalbano, sobresaltado. Antes de quedarse dormido por la tarde le había acudido a la mente un detalle que no había sabido descifrar: el brazo, el bañador enrollado alrededor de la muñeca...—. Tenía un corte alrededor de la muñeca izquierda... —dijo muy despacio.
—¿Usted también lo observó? Y los había también alrededor de la otra muñeca y de los tobillos. Eso a mi juicio sólo significa una cosa...
—Que lo mantenían atado —terminó por él Montalbano.
—Exactamente. ¿Y sabe con qué lo habían atado? Con alambre, y apretado hasta el punto de que le había cortado la carne. Si lo hubieran hecho con una cuerda o con hilo de nailon, las heridas no habrían sido tan profundas, y seguramente no habríamos descubierto las marcas. Antes de tirarlo al agua, le quitaron los alambres. Querían que pareciera un ahogamiento.
—¿No hay ninguna esperanza de poder encontrar alguna prueba científica?
—Podría haberla, pero eso depende del doctor Mistretta. Habría que mandar hacer unos análisis especiales en Palermo para ver si en algún punto de las marcas quedan restos de metal o herrumbre, pero es un proceso muy largo. Y eso es todo. Se me está haciendo tarde.
—Muchas gracias, doctor.
Se estrecharon la mano. El comisario regresó al coche y emprendió el camino de vuelta. Circulaba muy despacio, enfrascado en sus pensamientos, cuando un vehículo que venía por detrás le puso las largas, reprochándole su lentitud. Montalbano se apartó para dejarlo pasar, y el otro coche, una especie de torpedo plateado, lo adelantó y se detuvo de golpe. Soltando una sarta de maldiciones, el comisario frenó. A la luz de los faros, vio asomar por la ventanilla una mano que le hacía la señal de los cuernos. Fuera de sí, bajó del coche dispuesto a buscar pelea. Entonces el piloto del torpedo bajó también. Montalbano se quedó petrificado. Era Ingrid, que le sonreía con los brazos extendidos.
—He reconocido tu coche —dijo la sueca.
¿Cuánto hacía que no se veían? Por lo menos un año, seguro. Se abrazaron con fuerza. Ingrid le dio un beso y después extendió los brazos y lo apartó para verlo mejor.
—Te he visto desnudo en la televisión —dijo entre risas—. Todavía estás muy bueno...
—Y tú cada vez estás más guapa —replicó con toda sinceridad el comisario.
Ingrid volvió a abrazarlo.
—¿Está Livia aquí?
—No.
—Pues entonces me apetecería sentarme un ratito contigo en la galería.
—De acuerdo.
—Espera... que voy a quitarme de encima un compromiso.
Charló por el móvil y después preguntó:
—¿Tienes whisky?
—Una botella sin estrenar. Mira, Ingrid, toma las llaves de casa y adelántate. Yo no puedo seguirte.
La sueca se rió, cogió las llaves y desapareció cuando el comisario aún no se había puesto en marcha. Se alegraba de aquel encuentro, que le permitiría, aparte del placer de pasar unas cuantas horas con una vieja amiga, interponer la distancia necesaria para reflexionar con la mente fría sobre lo que le había revelado el doctor Pasquano.
Cuando llegó a Marinella, Ingrid le salió al encuentro y lo abrazó con fuerza.
—Estoy autorizada —le dijo al oído.
—¿Por quién?
—Por Livia. Nada más entrar, ha sonado el teléfono y he contestado. No debería haberlo hecho, lo sé, pero me ha salido espontáneamente. Era ella. Le he dicho que estabas a punto de llegar, pero ha contestado que no volvería a llamar. Ha dicho que no te encontrabas muy bien y que, como enfermera, me autorizaba a cuidarte y consolarte.
¡Mierda! Livia debía de haberse cabreado en serio. Ingrid no había comprendido, o fingía no haber comprendido, la venenosa ironía de Livia.
—Disculpa —dijo Montalbano, librándose del abrazo. Marcó el número de Boccadasse, pero la línea estaba ocupada. Seguramente Livia había descolgado el teléfono. Mientras Ingrid trajinaba por la casa, buscando la botella de whisky, sacando del congelador los cubitos de hielo y llevándolo todo a la galería, volvió a intentarlo. La línea seguía ocupada y el comisario se rindió y fue a sentarse al lado de Ingrid. Era una noche muy agradable, el cielo estaba cubierto por tiras de nubes deshilachadas y se oía el leve susurro de un arrullador oleaje. Un pensamiento, mejor dicho, una pregunta, surgió en la mente del comisario, haciéndolo sonreír. ¿Habría sido aquella noche tan idílica, la habría visto de la misma manera, si no hubiera tenido a su lado a Ingrid, la cual, después de haberle servido una generosa dosis de whisky, había apoyado la cabeza contra su hombro? La sueca se puso a hablar de sí misma y terminó tres horas y media más tarde, cuando a la botella le faltaban sólo cuatro dedos para que quedara certificada oficialmente su defunción. Le contó que su marido era el típico cabrón. Después de separarse, había estado un tiempo en Suecia porque sentía añoranza de su familia («vosotros los sicilianos me la habéis contagiado») y también le reveló que había tenido dos amantes. El primero, un diputado de estricta observancia eclesiástica que se apellidaba Frisella, o Grisella —el comisario no lo entendió muy bien—, el cual, antes de acostarse con ella, se arrodillaba y pedía perdón a Dios por el pecado que estaba a punto de cometer; el segundo, el capitán de un petrolero que se había jubilado antes de tiempo gracias a una herencia. Con éste, la cosa habría podido convertirse en algo más serio, pero ella decidió cortar. Aquel hombre, que se apellidaba Lococo o Lococco —el comisario no lo entendió muy bien—, la inquietaba y la ponía nerviosa. Ingrid tenía una capacidad extraordinaria para describir los aspectos cómicos y grotescos de sus hombres y Montalbano se lo pasó muy bien con ella. Fue una velada más relajante que un masaje.
A pesar de una ducha eterna y de cuatro cafés seguidos, cuando se sentó al volante de su coche aún tenía la cabeza aturdida por el exceso de whisky de la víspera. Por lo demás, se sentía completamente restablecido.
—Dottori, ¿se ha recuperado de la molestia? —le preguntó Catarella.
—Me he recuperado, gracias.
—Dottori, lo vi en la tele. ¡Virgen santa, qué corporación tiene!
Una vez en su despacho, llamó a Fazio, que se presentó de inmediato, devorado por la curiosidad de saber qué había dicho el doctor Pasquano. Sin embargo, no preguntó ni dijo nada. Sabía que el comisario estaba viviendo unos días muy negros y a la mínima prendería como una cerilla. Montalbano esperó a que se sentara, fingiendo que estudiaba unos papeles. Lo hacía por pura y simple perversidad, pues había visto la pregunta dibujada en los labios de Fazio. Quería tenerlo en ascuas. De pronto, sin levantar la vista de los papeles, dijo:
—Homicidio.
Pillado por sorpresa, Fazio pegó un brinco en la silla.
—¿Le pegaron un tiro?
—No.
—¿Lo apuñalaron?
—No. Lo ahogaron.
—¿Y cómo ha podido el doctor Pasquano...?
—Pasquano ha echado un simple vistazo al cadáver y se ha formado una opinión. Pero es muy difícil que Pasquano se equivoque.
—¿Y en qué se basa?
El comisario se lo contó todo, y añadió:
—El hecho de que Mistretta no esté de acuerdo con Pasquano puede sernos de mucha ayuda. En el informe, en el apartado «causa de la defunción», Mistretta seguramente escribirá «ahogamiento», aunque utilizando terminología científica, naturalmente. Y eso nos protegerá. Podremos trabajar en paz sin que el jefe superior, la Brigada Móvil y compañía nos toquen los cojones.
—Y yo ¿qué tengo que hacer?
—En primer lugar, pide que te envíen una ficha con todos los datos personales de los que dispongan: estatura, color del cabello, edad, cosas de ese tipo.
—Y también una fotografía.
—Fazio, ¿tú viste en qué estado se encontraba? ¿A tu juicio aquello era un rostro?
Fazio puso cara de decepción.
—Puedo decirte, si te sirve de consuelo, que es posible que cojeara, pues tenía una antigua herida de bala en la pierna.
