El movimiento del caballo

Andrea Camilleri

Fragmento

Sábado, 1 de septiembre de 1877

Sábado, 1 de septiembre de 1877

—Dominovobisco.

—Etticummi spiri totò —contestó una decena de voces repartidas por la profunda oscuridad de la iglesia, puntuada aquí y allá por algunas mariposas y velitas de sebo maloliente.

—Itivìnni, la missa è.

Se oyó un estruendo de sillas empujadas, la primera misa de la mañana había terminado. A una mujer le dio un acceso de tos, el padre Artemio Carnazza efectuó una semigenuflexión delante del altar mayor y desapareció a toda prisa en el interior de la sacristía, donde el sacristán, muerto de sueño como siempre, lo esperaba para ayudarlo a despojarse de los ornamentos. Los fieles habituales de la primera misa abandonaron la iglesia, excepto doña Trisìna Cìcero, la mujer del ataque de tos, que permaneció de rodillas, profundamente inmersa en la oración. Doña Trisìna llevaba unos quince días asistiendo a la primera misa, pese a no ser una beata y a que sólo acudía a la iglesia los domingos y las fiestas de guardar. Habría cometido un pecado y pretendería que el Señor la perdonara. Doña Trisìna era una morena treintañera de brillantes ojos verdes y tenía unos labios tan rojos como las llamas del infierno. La pobre llevaba tres años viuda. Desde entonces vestía de negro, de luto riguroso, pero, así y todo, al verla pasar, los hombres tenían malos pensamientos: una bendición de Dios como aquélla sin un hombre que la gobernara... Sin embargo, en el pueblo había quienes sostenían que ese campo había sido arado y generosamente sembrado por dos voluntarios, por lo menos: el abogado don Gregorio Fasùlo y el hermano del comisario, Gnazio Spampinato.

Doña Trisìna esperó a que el sacristán abandonara la iglesia, se santiguó, se levantó y se encaminó hacia la sacristía. Entró cautelosamente. La primera luz del día le bastó para comprobar que en la estancia no había ni un alma. Justo al lado del gran armario de palisandro donde se guardaban los ornamentos se abría una puertecita que daba acceso a la escalera de madera del cuarto donde vivía el cura.

El padre Artemio Carnazza estaba entre los cuarenta y los cincuenta y era de temperamento exaltado, fornido, amante de la comida y la bebida. Con espíritu cristiano, estaba siempre dispuesto a prestar dinero a los que lo necesitaban, pero después, con espíritu pagano, los obligaba a devolverle el doble e incluso el triple de lo que había desembolsado. Por encima de todo, el padre Carnaz­za era un amante de la naturaleza. Pero no la de los pajarillos, las ovejitas, los árboles, las alboradas y los ocasos, muy al contrario, esa clase de naturaleza le importaba un carajo. La que lo volvía loco era la naturaleza de la mujer, que, en su infinita variedad, cantaba las alabanzas de la fantasía del Creador: ya negra como la tinta, ya roja como el fuego, ya rubia como la espiga de trigo, pero siempre con matices de color distintos, con la hierbecilla a veces alta que se agitaba bajo el soplo de su aliento y a veces muy corta como recién segada y otras veces tupida y ensortijada como un matorral espinoso y salvaje. Siempre se asombraba cuando veía alguna nueva, porque efectivamente lo era, con todas sus peculiaridades por descubrir y recorrer centímetro a centímetro hasta llegar a la pequeña gruta húmeda y calentita en cuyo interior se adentraba uno muy despacito, puesto que más adelante era la propia gruta la que lo agarraba muy fuerte y lo encerraba entre sus paredes para llevarlo hasta el fondo más hondo, del que manaba el agua de la vida.

Doña Trisìna subió por la escalera pasito a pasito, procurando no hacer ruido porque la madera, de peldaño en peldaño, crujía cada vez más, como si se quejara.

—Mejor así —le había dicho el cura—, porque, si alguien viene a verme, lo oigo acercarse.

Mientras subía doña Trisìna, el padre Carnazza se había quitado la sotana y, sobre la camiseta y los calzoncillos, se había puesto una bata que le había regalado una de sus feligresas, de seda roja bordada en oro, como no la tenía ni siquiera el obispo.

Puesto que el cura no se encontraba en el comedor (después de la primera misa, desayunaba con medio litro de leche de cabra y media docena de huevos fritos), doña Trisìna se acercó a la puerta del dormitorio y miró, asomando ligeramente la cabeza hacia el interior. Las persianas estaban echadas, pero a través de ellas se filtraba la luz de una jornada que iba a ser muy calurosa. No vio a nadie ni siquiera allí. Pensó que el padre Artemio habría tenido que encerrarse en el retrete para satisfacer alguna necesidad natural. Se adelantó un paso. Y entonces el cura, que permanecía escondido detrás de la puerta conteniendo la respiración, salió de golpe, la agarró por detrás, la empujó contra la cama y la obligó a tumbarse boca abajo. Doña Trisìna consiguió reprimir un grito a pesar del susto que se había llevado, pero cuando percibió que la mano libre del padre Artemio (la otra la mantenía apretada contra su espalda para inmovilizarla) se introducía decididamente bajo la falda, la enagua y el faldellín con el propósito de bajarle las bragas, reaccionó con un «¡No!» tan seco como un disparo de escopeta. El cura pareció no haberla oído; su respiración era tan afanosa como si estuviera a punto de sufrir un soponcio de un momento a otro. Doña Trisìna comprendió que la posición en la que la mantenía inmovilizada el cura era extremadamente peligrosa, por lo que levantó un pie y le pegó una patada a ciegas. Alcanzado de lleno en los cojones, el padre Artemio soltó la presa y se dobló por la mitad con la boca abierta para coger aire.

Trisìna lo aprovechó para levantarse de la cama y alisarse el vestido.

—¡Le he dicho que no! —dijo, enfurecida—. ¡Le he dicho que el acto completo no quiero hacerlo! ¡Todavía está caliente en la tumba mi pobre maridito!

El padre Carnazza aún estaba atontado por el dolor, pero, al oír las palabras de doña Trisìna, notó que la sangre le subía a la cabeza.

—Pero ¡qué bobadas me estás diciendo! ¡Hasta Lázaro apestaba después de dos días! ¡Cómo puedes decirme que el muy cornudo de tu marido aún está caliente, si lleva tres años muerto!

Sin dignarse contestarle ni una sola palabra, la mujer regresó al comedor, cogió una silla y se sentó. Poco después, el cura imitó su ejemplo: si Trisìna no se había ido indignada, significaba que las negociaciones podían seguir adelante.

La historia se prolongaba desde hacía unos diez días: Trisìna se presentaba en su vivienda, pero, en cuanto él le metía mano, se revolvía como la víbora que era. Pero ¡qué guapa era la víbora! No podía resistirse. Comprendió que una vez más, si quería conseguir algo de ella, tendría que pagar.

Hasta aquel momento, la contemplación de una teta desnuda le había costado cien gramos de café del bueno; la contemplación de las dos tetas desnudas, trescientos gramos de azúcar; un beso sin lengua, medio kilo de harina; un beso con lengua, un kilo de pasta fina de Nápoles; un beso con la lengua y las dos tetas desnudas, tres tacitas de porcelana con sus correspondientes platitos; una suave caricia con la mano sobre las tetas desnudas, una cucharilla de plata auténtica; un beso en cada pezón, un rollo de muselina finísima para confeccionar camisas. Trisìna era una mujer que gozaba de una posición acomodada, el marido le había dejado casas y terrenos, pero tenía, en primer lugar, un instinto de urraca ladrona, y en segundo, una cabeza de auténtica puta que disfrutaba haciéndose pagar los favores.

«¡Esta guarra me está vaciando la casa —pensó amargamente el cura— y sólo me permite manosearle los pisos de arriba!»

Fue entonces cuando se le ocurrió una idea para alojarse mejor en ellos.

Entretanto, Trisìna miraba a su alrededor.

—¡Qué bonita es esa lámpara! —exclamó.

Y lo miró con los labios entreabiertos, mostrando la punta de la lengua. Al verlo, la respiración del cura sonó como un fuelle.

—¿Te gusta?

—Pues sí —contestó Trisìna, sacando la lengua y pasándosela por las dos llamaradas de fuego de sus labios. Se había relamido como una gata en presencia de un pedazo de carne.

—Pues yo te la regalo. Se me parte el corazón de pena porque es un recuerdo muy querido. Era de mi hermana Agatina, que en paz descanse.

—Pues yo la quiero —dijo la mujer, apretando fuertemente la boca como el culo de una gallina.

—Pero primero vamos a jugar a una cosa —dijo el cura, empezando a poner en práctica la idea que se le había ocurrido.

—¿A qué? No me apetece jugar.

El padre Carnazza se levantó, abrió una puertecita y desapareció en el interior de la despensa, donde guardaba las cosas de comer y de beber.

—¿Sabe, padre? —dijo Trisìna, levantando la voz—. He alquilado una casa, la de Vigàta, la que está casi a la orilla del mar.

—Ah, ¿sí? ¿A quién? —le preguntó el cura, regresando a la estancia con una mano tras la espalda.

—El agente me ha dicho que es para un forastero, el nuevo inspector jefe de los molinos. Trabaja aquí, en Montelusa. Yo no lo conozco personalmente.

Con una sonrisita en los labios, el padre Carnazza le mostró lo que había sacado de la despensa. Trisìna miró: era sin duda fruta, pero ella jamás la había visto.

—Se llaman plátanos —le explicó el cura—. Vienen de África. Me los trajo ayer después de comer un amigo navegante. Me comí uno. Algo digno del paraíso. Y con estos dos vamos a jugar a lo que te he dicho.

Se sentó delante de la mujer y peló un plátano. En cuanto terminó, Trisìna extendió la mano. El cura la apartó.

—Te voy a dar yo de comer —dijo—, como se hace con los niños.

Obediente, Trisìna cerró los ojos y abrió la boquita. El padre Carnazza le introdujo entre los labios la punta del plátano, que la mujer decapitó en seco. El cura experimentó un sobresalto. Trisìna masticó, tragó y volvió a abrir los ojos.

—Más.

En cuanto se terminó el plátano, Trisìna sufrió una decepción.

—¿Éste era el juego?

—No, ahora vamos a ello —contestó el cura, cogiendo el otro plátano que había depositado sobre la mesa y empezando a pelarlo—; ahora yo me levanto y me sitúo delante de ti con el plátano en la mano. Tú te quedas sentada con los ojos cerrados. Tienes que darle al plátano alternativamente un mordisco y un buen beso. Si te equivocas, si le das dos besos o dos mordiscos seguidos, pagarás una prenda. Y la prenda la decidiré yo. Si aciertas, te regalaré la lámpara.

—Muy bien —dijo Trisìna, cerrando los ojos y humedeciéndose los labios con la lengua. Había comprendido muy bien el juego del cura.

Pensando en los dientes que tenía Trisìna, el padre Carnazza empezó a sudar frío: como se equivocara, las pasaría canutas.

El nombre científico del escarabajo pelotero es Scarabaeus sacer, pero de sagrado no tiene lo que se dice absolutamente nada, pues acostumbra a hacer bolitas de mierda, de persona o animal, eso no tiene importancia, que después se lleva rodando hasta su guarida y le sirven de alimento durante el invierno. Los montelusanos, que tenían la habilidad de dedicar el insulto más apropiado a cualquier persona que se les pusiera a tiro, le habían puesto inmediatamente el apodo de «escarabajo pelotero» al delegado de Hacienda commendator Felice La Pergola, quien, al decir de la gente, en cuanto le entregaban un fajo de billetes para sobornarlo, rápidamente lo enrollaba y se lo metía en el bolsillo para guardarlo en su casa, dado que no constaba que tuviera cuenta alguna en ninguno de los dos bancos de la ciudad. De entre todas las bolitas de mierda que el delegado se había guardado en el transcurso de sus cinco años de servicio en Montelusa, las más grandes y sustanciosas eran las que le habían entregado primero el inspector jefe de los molinos Gerlando Tuttobene, desaparecido en el mar durante una solitaria excursión de pesca de la que jamás regresó, y después su sucesor Filiberto Bendicò, el cual sí fue encontrado, pero en un barranco de la montaña y medio devorado por los perros, tras haber sido abatido de un disparo de lupara, la escopeta de la mafia.

Después de aquellos luctuosos acontecimientos y ante las reticencias del funcionario que habría tenido que ocupar el puesto de los dos difuntos, el director general de la sede central de Roma había decidido enviar a Montelusa a un inspector jefe dotado de todas las cualidades necesarias para volver a poner las cosas en su sitio.

Con sólo mirar a la cara al nuevo inspector jefe, el escarabajo pelotero comprendió inmediatamente dos cosas. Primero, que se estaba avecinando una grave carestía de mierda, y segundo, que con aquel hombre habría que actuar con cautela, midiendo bien las palabras.

Giovanni Bovara, más que un funcionario de la Administración pública, parecía un militar de carrera vestido de paisano. Era un cuarentón con el cabello cortado a cepillo y unos largos y cuidados bigotes, traje oscuro de buen tejido y agradable presencia. Tenía unos ojos azules muy claros. Al commendator La Pergola le cayó mal. Bajó la mirada hacia los papeles que tenía delante, sosteniendo en la mano los quevedos.

«Un ratón ciego», lo catalogó Bovara, que ignoraba el apodo que los vigatanos habían adjudicado a La Pergola.

—Aquí consta que es usted natural de Vigàta, a pocos kilómetros de aquí.

—Sí.

—De sus datos personales se deduce que usted, a la edad de apenas tres meses, fue trasladado a Génova, donde su padre había encontrado trabajo.

—Sí.

—En Génova estudió, obtuvo el diploma de contable, hizo unas oposiciones para un puesto en la Administración, las ganó y ha prestado brillantemente servicio en Módena, Bolonia y Reggio Emilia.

—Sí.

—¿Está soltero?

—Sí.

—¿Qué le ha parecido la casa que le he facilitado mediante el agente?

—Aún no he tenido tiempo de ir a verla.

—¿Irá durante el día?

—No. Esta noche me quedaré en el hotel aquí, en Montelusa. Me trasladaré mañana con calma. Pensé que, nada más llegar, mi primer deber era presentarme ante mi jefe.

—Me dicen que ni siquiera en Emilia la situación está tranquila.

—Ya.

—Aquí tampoco estamos para bromas, mi querido amigo. El impuesto sobre la molienda, dicho sea entre nosotros, está muy mal visto.

—Ya.

El commendator La Pergola decidió cambiar de tema, con la esperanza de no tener que seguir escuchando los síes y los yas de aquel pedazo de chumbera.

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