La muerte ha convertido a la mujer desnuda en una maraña de azules: el de las uñas, el de los labios, el del ojo derecho, tercamente abierto. Es joven, hermosa, y yace bocarriba sobre la madera gris de un muelle. El cuerpo, escorado hacia la izquierda; las piernas, hundidas hasta las rodillas en un mar que, a esta hora del amanecer, parece plata sucia.
La tramontana ha soplado toda la noche y aún no se ha rendido. Llega desde el norte, seca y persistente, barriendo el puerto con un aliento áspero que anuncia cambios. Faltan pocos días para la verbena de Sant Joan y el verano se prepara para estallar, pero el aire todavía conserva una frialdad impropia de junio, como si algo se resistiera a empezar.
Unas manos, las mismas que la han traído hasta aquí, la sujetan por las axilas y la arrastran despacio hasta el centro de la pasarela. Los pies quedan fuera del agua, a salvo del apetito voraz de los peces.
Todavía huele a mar. Desde lo alto del mástil de un velero, dos gaviotas la observan. Una lanza un graznido áspero, hambriento, que corta el aire limpio de la mañana. Las manos reaparecen junto al cuerpo y despliegan una lona gris; la extienden con esmero sobre la piel, la cubren entera, como si se tratara de un mueble valioso al que conviene proteger del polvo.
Como si quisiera borrar las huellas antes de que alguien llegue o asegurarse de que nada quede realmente oculto, la tramontana, que todo lo barre y todo lo expone en la Costa Brava, persiste.
El puerto recupera su silencio.
1
El cuerpo de Cecilia Soler flota a pocos metros de la orilla, bocabajo, la cara hundida en el agua. Rizos rubios oscilan desmadejados a su alrededor, como tentáculos de una medusa. La golpean en la espalda gotas de tormenta: frías y afiladas. Llueve, pero no es una lluvia mansa: cae torcida, empujada por la tramontana, el viento del norte que en la Costa Brava no siempre trae agua, pero que cuando se cruza con ella convierte el mar en un animal imprevisible.
A Cecilia le gusta hacerse la muerta. Aguantar la respiración hasta que le arden los pulmones, fingirse a la deriva. Pero quizá porque ya han intentado matarla varias veces, no le atrae la idea de dejarse morir. Ni de que la maten los malos, ni de que la suerte la muera.
Levanta la cabeza y abre la boca para tragar aire, pero se le llena de espuma y lluvia, que cae oblicua, en todas direcciones, formando remolinos como sacacorchos. La tramontana barre la superficie del agua y descompone las olas, que ya no avanzan en línea recta, sino que se cruzan, se enciman, retroceden. Intenta clavar los pies en la arena, pero las corrientes la han arrastrado mar adentro, hasta un punto en el que ya no toca fondo. La conciencia de ese vacío le acelera el pulso, le martillea los oídos; siente fuego en el cuello y las pantorrillas duras como piedra.
Le gusta el mar, aunque no cuando se convierte en un pozo oscuro bajo sus pies. Para no ceder al pánico, intenta templar la respiración y olvidar que las olas no obedecen a la lógica: no empujan siempre hacia la orilla, a veces se desplazan de lado, a merced del viento que baja del Empordà y desordena todo lo que toca. Busca un punto donde anclar la vista y fija la mirada en la única casa a ras de playa: una casita achaparrada del color del melocotón en almíbar. Su casa. Su refugio.
No es buena nadadora, solo una luchadora obstinada. Bracea con fuerza, sin perder de vista al hombre alto y moreno que —acaba de verlo— la saluda desde la terraza. Él agita el brazo, sonriente, sin darse cuenta de que Cecilia está a tres bocanadas de morir.
Al sargento Marc Vila le cuesta entender por qué Cecilia insiste en ser tan inoportuna, en hacer siempre las cosas cuando menos toca. Se pregunta por qué tiene que bañarse a estas horas, justo cuando anochece, con la tormenta encima y la tramontana atravesándolo todo. «Ella sabrá», piensa, mientras la ve bracear hacia la orilla. Alza el brazo, la saluda. El viento arrecia; la lluvia cae con tanta fuerza que la arena mojada le salpica los vaqueros.
Se da la vuelta para entrar en casa de Cecilia. Si está cerrada —que no lo estará; ella nunca cierra cuando sale a nadar—, usará el juego de llaves que le dio. Antes de entrar, vuelve la mirada hacia el mar. A pesar de que Cecilia sigue braceando, nota que no ha avanzado ni un metro. Las olas, en lugar de empujarla a la orilla, parecen succionarla mar adentro, como ventosas descontroladas por el viento.
De pronto, la cabeza de Cecilia, tan visible hasta hace un instante en el mar ennegrecido, desaparece.
Solo queda la espuma, rota y deshecha por la tramontana, moteando la oscuridad.
—Mierda —dice, dejando caer en el suelo la cartera, las llaves y el móvil mientras se arranca los zapatos—. ¡Mierda! —grita, corriendo bajo el viento y la lluvia.
«Mierda», piensa, para no abrir la boca cuando se zambulle entre las olas.
Llega enseguida hasta ella; por suerte, Cecilia sigue a flote, el cogote rubio aún visible. Se coloca detrás, le levanta el mentón, la sujeta por el pecho. Ella se revuelve, como si quisiera defenderse con una llave de kárate.
—¡Quédate quieta, joder. O nos hundiremos los dos! ¡Déjame llevarte! —grita, aunque el viento devora sus palabras nada más salir de su boca.
—Puedo sola.
—No me jodas, Cecilia.
—Solo ha sido un calambre.
—Cierra el pico o te suelto aquí mismo.
Y la suelta. O, más bien, la arroja con rabia. Pero ya en la orilla.
Ha dejado de llover. Cecilia, sentada en un sillón de piel desgastada y envuelta en una manta azul, deja que la mirada se le escape hacia los ventanales. Sigue la estela de un crucero: un borrón blanco que se desliza sobre el mar metálico en que la noche ha convertido el horizonte.
El toldo de la terraza, de un naranja apagado sin luz de luna, ya no consigue contener el agua que se filtra y cae sobre la barandilla antes de chocar con el cristal.
—Has tenido suerte de que aún recordara cómo hacer rescates en el mar. Si no, ahora mismo estarías alimentando a los peces —dice Marc, acurrucado frente a ella en el sofá granate que ocupa medio salón.
Cecilia lo observa. Ovillado bajo una colcha de patchwork de las que tejía su tía Pilar, le recuerda a un gusano de seda atrapado en su crisálida multicolor.
—¿Cuándo aprendiste a hacer rescates en el mar? —pregunta, sorprendida de que aún le queden rincones del pasado de su antiguo subordinado por descubrir.
—Hace ocho años. Antes de entrar en los Mossos d’Esquadra me preparaba las pruebas para bombero.
—¿Y por qué no me lo habías contado?
—Porque no aprobé las oposiciones y no me apetecía que lo supieras. Me tumbaron en la entrevista.
—¿Y por qué me lo cuentas ahora?
—Porque ya no eres mi jefa.
A Cecilia se le ocurren veinte formas de burlarse, pero le debe la vida. Así que, por una vez, se permite ser amable.
—Fue una suerte para los Mossos d’Esquadra que suspendieras. Y para mí también. No estuvo del todo mal... —está a punto de añadir «que trabajaras para mí», pero rectifica—: trabajar contigo.
—Lo que sé me lo enseñaste tú. Y desde que no estás, me he quedado estancado —dice Marc, encogiéndose aún más bajo la manta, como si quisiera hacerse pequeño ante sus ojos.
—No seas pelota.
—Deberías volver. Te queda mucha carrera por delante.
—Ni pelota ni condescendiente, que ya tengo cincuenta años.
—Vuelve al cuerpo.
—No puedo, me han expulsado.
—No te han expulsado, solo te han suspendido temporalmente hasta que se resuelva aquel incidente. Pero si no mueves ficha... Hablé con la abogada del sindicato; me dijo que aún no la has llamado.
Expulsada o suspendida, para Cecilia viene a ser lo mismo: no puede seguir siendo subinspectora. Entre acusaciones y suspicacias, se han esfumado los logros de veinticinco años de carrera. Y aunque pudiera regresar, no sabe si alguien volvería a tomarla en serio.
—No he venido a convencerte para que vuelvas. En realidad, venía a pedirte ayuda —dice Marc—. Me han asignado un caso. Es el primero desde que pedí el traslado a Sant Feliu de Guíxols. Puede ser algo gordo, y tengo miedo de cagarla.
Saca los brazos de entre los pliegues de la manta, se inclina sobre la mesa auxiliar y toma la taza de café con leche que se había preparado al volver del casi ahogamiento. Está vacía, pero se la lleva a los labios y le da un trago al aire.
—Esta mañana ha aparecido el cadáver de una mujer en el Port d’Aro —añade, mirándola de soslayo.
—¿Asesinada? —pregunta Cecilia, intentando que su voz suene neutra.
Marc deja la taza, se desprende de la manta y revela la camiseta que ella le ha prestado: le queda pequeña, con las costuras a punto de estallar. Es alto, ancho de espaldas y estrecho de caderas, como esos secundarios de las películas policíacas americanas. El pelo rizado y negro, siempre despeinado; la piel morena que en invierno palidece y resalta las ojeras. A Cecilia a veces le parece guapo; otras, no tanto. «Esa ambivalencia es lo que lo hace interesante», piensa.
—Aún es pronto para saberlo —dice Marc—. Pero estaba desnuda y cubierta con una lona, en una zona de amarres en obras a la que solo se accede por mar. Quien la dejó allí lo hizo a propósito, de eso estoy seguro.
Cecilia no dice nada. Marc, que fue su mano derecha durante cinco años en la Unidad de Investigación, sabe qué preguntas rondan por su cabeza. Por eso sigue hablando, respondiéndose solo:
—Seguro que la dejaron allí pensando que tardarían en encontrarla. Pero les salió el tiro por la culata. El viento movió la lona y unos turistas, que habían alquilado un velero, erraron el rumbo y vieron el cuerpo. Fue hoy, a las ocho de la mañana. Cuando llegó el forense, sobre las nueve, aún no había rigor mortis: llevaba muerta menos de tres horas. Si me preguntas por las pruebas...
—No te estoy preguntando nada —lo corta Cecilia.
—Si me preguntas por las pruebas —sigue Marc, hablando tan deprisa que parece olvidarse de respirar—, no hemos encontrado nada. Vinieron los de la Científica y dos buzos de apoyo. Nada. La lona, que es donde tengo puestas las esperanzas, está en el laboratorio. Pero de momento no hay una sola pista de cómo murió ni de cómo llegó allí. Hasta la autopsia no sabremos nada, aunque no parece una muerte natural. Y si te preguntas si hemos buscado en las embarcaciones cercanas...
—Ya te he dicho que no me pregunto nada —dice Cecilia, apartando la manta de un manotazo.
—Y si te lo preguntaras —continúa él, fingiendo no oírla mientras vuelve a girar la taza vacía entre las manos—, tampoco había nada en las embarcaciones cercanas. Tuvimos que esperar la orden del juez para registrarlas, pero fue inútil. Las cámaras del puerto tampoco ayudan: las que cubren esa zona están averiadas. Y lo peor es que no sabemos quién es la mujer. No coincide con ninguna denuncia por desaparición.
Cecilia no tiene ganas de muertos. Y mucho menos de muertos sin nombre. Mientras fue investigadora acumuló demasiados: noventa y ocho. Noventa y ocho cuerpos, noventa y ocho familias, noventa y ocho citas en agendas que ya nadie cumpliría. Los recuerda con más claridad que las tablas de multiplicar.
Ya no quiere que los muertos le incumban, ni el sopor que deja su ausencia.
Se levanta del sillón y, descalza, apoya las plantas en las baldosas de terracota. Están frías. Se estremece al recordar el vacío que casi la engulló dos horas antes. Atraviesa el salón, que en pocos pasos se confunde con la cocina, y enciende la Nespresso.
—¿Te apetece otro café? —le pregunta Cecilia.
—Preferiría una sopa.
Marc se levanta y se sienta junto a ella en uno de los dos taburetes frente a la barra de madera blanca que hace de mesa. Lleva puesta una falda vaporosa que Cecilia compró en el mercadillo, la única prenda de su armario que podía ajustarse a su cintura.
—¿Me vas a ayudar?
—No —zanja ella, acercándole una taza de café.
Entonces Marc, con el móvil en la mano, desliza los dedos sobre la pantalla y amplía una imagen: una mujer tendida bocarriba sobre una tarima de madera, las piernas juntas, los brazos cruzados sobre el abdomen. Un párpado cerrado; el otro, con esa terca ranura que deja la muerte cuando se niega a cerrarse del todo. Pestañas negras y postizas: rizadas las del ojo derecho, caídas y despegadas las del izquierdo, colgando sobre la mejilla como un borrón.
A Cecilia le tiembla la mano derecha. La atrapa con la izquierda y finge un masaje.
Veinticinco años mirando, tocando, oliendo cadáveres. Y aún no se acostumbra a los detalles que deja la muerte. Aunque no sea una de las suyas, es la vida número noventa y nueve que la obliga a mirar de frente al vacío. Y ya no tiene ganas de tanta sordidez.
—Me voy a la cama. Mañana tengo un servicio temprano. Si quieres sopa, hay un cartón abierto en la nevera.
Y se encierra en su habitación.
2
Lo primero que Marc aprendió de Cecilia fue que, cuando se investiga una muerte violenta, no hay horario. «Los muertos no lloran, pero sus familias sí», le dijo el primer día que trabajaron juntos. «Si te vas a casa porque estás cansado, pasa antes por recursos humanos y pide que te destinen a Tráfico.» Por eso, aunque son las seis y cuarenta y cuatro de la mañana y su turno empieza a las nueve, ya está en la comisaría de Sant Feliu, en el despacho de Investigación, frente al ordenador y con un café que sabe a cenicero.
Pasar la noche en el sofá de su antigua jefa, con algo clavándosele en el costado —lo que creyó un muelle suelto resultó ser un diccionario de latín—, y dormir apenas una hora entre pesadillas en las que Cecilia lo arrastraba al fondo del mar no le pareció excusa suficiente para alargar el entresueño del amanecer. A las seis, cuando la claridad del sol apenas era un borrón ocre sobre el mar, se levantó y, sin hacer ruido, regresó a su apartamento para ducharse, cambiarse y salir a trabajar.
El despacho de la Unidad de Investigación es una sala diáfana a la que todos llaman «la Pecera»: cuatro paneles de cristal a través de los cuales los compañeros de Seguridad Ciudadana pueden distraerse mirándolos, como quien observa un pez demasiado grande para una pecera demasiado pequeña. El suelo, de microcemento pintado en rojo, contrasta con la perfilería azul cobalto. Tres mesas, dos ordenadores, una pantalla interactiva que no funciona y Marc como único investigador. Y no porque sea demasiado temprano, sino porque todos sus compañeros de unidad están de baja o de vacaciones. Abre el correo con la esperanza de que los de la Científica le hayan enviado el informe preliminar. Nada. «Esos siguen durmiendo», piensa justo en el momento en que entra un email del Instituto de Medicina Forense de Girona. Le sorprende, pues no han pasado ni veinticuatro horas desde que encontraron el cuerpo, y el forense que acudió al puerto con la comitiva judicial le hizo saber a Marc que él estaba de guardia, pero que en pocas horas empezaban sus vacaciones y que le pasaría el caso a un compañero. Quizá se lo cedió a un forense con insomnio.
Parece que fue así, pues en el asunto se lee: «Autopsia: informe preliminar no conclusivo.» En el correo, el forense describe, con ese lenguaje tan frío que a Marc siempre le ha parecido una barrera emocional para evitar las salpicaduras de la muerte, lo siguiente:
Mujer adulta sin identificar. Edad estimada entre los treinta y los cuarenta años. Sin evidencias de patologías previas al fallecimiento.
Según la temperatura corporal en el momento del hallazgo y la ausencia de rigor mortis, se estima que la muerte se produjo entre las seis y las ocho de la mañana del lunes 16 de junio. Se determina como causa del fallecimiento una bradicardia maligna. El sistema nervioso de la mujer se vio afectado por un agente o motivo aún desconocido, lo que provocó una ralentización del ritmo cardíaco y, finalmente, un paro.
Se han hallado restos de vómito en la boca y en el esófago, aunque se descarta la asfixia como causa de la muerte. Se presume como altamente probable que la bradicardia fuera inducida por alguna sustancia ingerida. Sin embargo, tras efectuar las pruebas toxicológicas habituales, no se han encontrado rastros de los venenos más comunes.
Se han extraído muestras del hígado y del riñón, enviadas al laboratorio de Toxicología para un análisis exhaustivo. Se esperan resultados en un plazo de entre dos y cinco días. Asimismo, se ha remitido el contenido estomacal: en un examen preliminar solo se han detectado restos de alimentos.
El cadáver no presenta lesiones externas ni evidencias de abuso sexual. En la epidermis de la espalda se han hallado fibras sintéticas, también enviadas a análisis. No se han detectado rastros biológicos de otro u otros individuos. Cabe señalar una quemadura en la muñeca izquierda. Por el estadio de cicatrización, se infiere que se produjo pocos minutos antes de la muerte.
Este último dato descoloca a Marc, pero no tanto como el nombre del forense que firma el informe: Antonio Fernández, el exmarido de Cecilia. Saca el móvil del bolsillo dispuesto a llamarlo, cuando suena el teléfono interno. Es el inspector David López, el jefe de la comisaría.
—¡Ven a mi despacho! —brama. Y cuelga.
—¿Qué cojones querrá este ahora? —masculla Marc, preguntándose qué hace López llegando tan pronto.
La puerta del despacho del inspector está abierta.
—Siéntate —le ordena cuando Marc entra en su despacho.
Sobre la mesa del jefe no hay carpetas con expedientes por resolver, ni bolígrafos gastados, ni subrayadores, ni manuales de procedimiento, como solía haber encima de la mesa de Cecilia; ni siquiera un ordenador. Solo un recipiente de cristal lleno de caramelos y la foto de un dogo argentino del que, aun sin conocerlo, Marc se compadece.
—¿Ha pasado algo? —pregunta.
—¿Qué quieres que pase?
—No sé... Usted no suele venir tan pronto.
—Te creerás que eres el único que trabaja aquí.
Marc no se molesta en responder. Lo tiene calado. Cuando el inspector López —o «Superlópez», como lo llama Cecilia— se siente ofendido, se yergue de forma exagerada y saca pecho, justo como acaba de hacer ahora.
Marc lo observa. A pesar de que, según dicen las malas lenguas, el hombre pasa sus horas libres, y también muchas de las laborables, en el gimnasio haciendo crossfit (lleva puesta una camisa dos tallas más pequeña para que se le marquen los músculos), su cara sigue teniendo un aspecto demasiado mórbido, como si la hubieran moldeado con plastilina. Y aunque es un hombre grande, en cuya voz los graves están tan acentuados que Marc siempre se ha preguntado si no ensayará frente al espejo para impostarlos, carece de verdadera autoridad. Cecilia, en cambio, con su voz aflautada de adolescente y el aspecto de una Pippi Calzaslargas que se resiste a madurar —luciendo su escaso metro sesenta con ropa de colores imposibles, nariz respingona cubierta de pecas, pelo rizado que, según la luz, naranjea, y unos ojos color canela que se le achican al sonreír—, siempre le ha inspirado un respeto que va más allá de la autoridad.
—He conseguido que nos manden refuerzos para que te ayuden con la investigación. Tú solo no vas a poder con todo —dice al fin.
—¿Mandan a alguien de la División de Investigación Criminal de Egara? —pregunta Marc, sin tener claro que eso le haga especial ilusión. Si mandan a los de la Central a investigar, él se quedará sin caso; pero si no mandan a nadie, el caso se irá a la mierda.
—No. A esos chupacámaras mejor tenerlos lejos. Lo que te he conseguido es sangre fresca: un cerebro joven y despierto, que es lo que tú necesitas. Hoy empieza un agente nuevo. Lleva tres años en Seguridad Ciudadana de La Bisbal y había pedido ingresar en una Unidad de Investigación. Allí no tenían vacantes, o eso me han dicho, y lo han mandado aquí. He decidido que te lo quedes tú.
—Yo no tengo tiempo de enseñar a nadie ahora mismo. Lo que me hace falta es alguien con experiencia.
—La experiencia está sobrevalorada. Mira a tu antigua jefa: mucha experiencia, mucho reconocimiento, mucho que si es la mejor investigadora del cuerpo... y ahí la tienes, de taxista.
—La subinspectora Soler no es taxista.
—Lo que ya no es la señora Soler es subinspectora.
—Todavía no ha habido resolución.
—La habrá, no te preocupes, que la habrá. A lo que íbamos: a las ocho entra el agente en prácticas y quiero que lo recibas con los brazos abiertos. Además, es hijo de un amigo. Se llama Biel Ferrer. Y aunque no te lo parezca, te será de gran ayuda: habla alemán, y la muerta, por la pinta, debe de ser de por allí.
—Sí, será de gran ayuda si la mujer resucita y puede preguntarle en su idioma quién la mató, si es que la mató alguien.
—Hasta donde yo sé, tú eres veterinario, y de bien poco nos están sirviendo tus conocimientos.
Cuando está de buen humor, Marc piensa en sí mismo como un investigador que antes fue un veterinario efímero y un aspirante a bombero frustrado. Pero últimamente le cuesta estar de buen humor, así que las pocas veces que se atreve a echar la vista atrás lo único que ve en su pasado es a un veterinario fracasado. Y no le ayuda el hecho de saber que sus nuevos compañeros de Sant Feliu lo llaman, a sus espaldas, «Doctor Dolittle».
—Por cierto... —arranca, para cambiar de tema y ahuyentar fantasmas— acaba de llegar un email del Instituto Forense de Girona.
—¿Y se puede saber por qué a mí no me lo han enviado?
Marc se queda mirando el espacio yermo que es la enorme mesa de su jefe, el vacío en el que debería haber un ordenador.
—Venía con copia para usted.
López se yergue de nuevo en el asiento y saca pecho.
—¿Y no es un poco pronto para tener ya un informe? ¿Qué dice?
—Nada concluyente, pero parece que el forense cree que la mujer murió a causa de la ingesta de algún tóxico todavía no identificado.
—Pues ya está, se ha suicidado. Hala, en bandeja te lo pongo y sin tantos aspavientos: caso cerrado.
3
Son las diez de la mañana cuando Cecilia sale de su casa. Frente a ella, el mar: raso, brillante, una losa infinita de cerámica. Ya no trae espuma, ya no ruge; solo ronronea como un gato obeso, aunque aún queda en el aire ese olor a conservas en salmuera que dejan las tormentas. Cecilia piensa en lo poco que faltó para que ese azul se la tragara.
Hunde las sandalias en la arena todavía mojada, porque la terraza, única entrada de su casa, está a pie de playa. Intenta quitarse los granos apelmazados que se le han adherido al bajo del pantalón mientras blasfema de forma acompasada, respetando el tempo entre palabros, como si lo midiera con un metrónomo. Se esfuerza por recordar cómo le dijo Aurelia que lo hacían los romanos: en qué dioses se cagaban ellos en cada circunstancia.
Rodea la casa y la mira desde la parte de atrás: una sola planta, tejado a dos aguas de color anaranjado, ventanas de tamaños dispares en una pared terrosa, a la que a nadie se le ocurrió que se le podía abrir un boquete para incrustar una puerta y así no tener que acceder a la vivienda desde la arena.
Su casa es la única edificación que aún se enfrenta con arrogancia al
