El Círculo de los Últimos Libreros

Sylvie Baron

Fragmento

cap-1

1

—¡Qué alegría verte de nuevo en pie! ¡Y, caramba, casi entero!

Con esas palabras y una cálida sonrisa recibía Charles Batifol, redactor jefe de La Montagne, a uno de sus periodistas deportivos más intrépidos. Pero, aunque su rubicunda cara reflejaba la alegría del reencuentro, también podía leerse en ella una cierta ansiedad, causada por el gesto sombrío de su visitante. Así que, en un arranque de compasión, decidió añadir:

—¡Al final, no has salido tan mal parado!

Adrien Darcy cerró los ojos. Su exasperación ante tales palabras era tan fuerte que le crispaba las facciones en una mueca de dolor. Estaba más que harto de oír de la mañana a la noche que era un superviviente y que, por lo tanto, debía sentirse afortunado. Todas esas consideraciones sobre su supuesta «suerte» le resultaban cada vez más insoportables.

Porque si algo no había tenido era suerte. Tres meses antes, Adrien, deportista de alto nivel, había sufrido un accidente con la bicicleta: un choque frontal en una curva contra un coche que venía en dirección contraria. El saldo había sido desastroso: fractura del húmero por encima del codo con rotura del bíceps, traumatismo craneal y varias vértebras rotas. En efecto, dada la violencia de la colisión, podría haber salido peor parado. Aunque todavía le costaba utilizar el brazo derecho, ya podía caminar sin demasiados problemas. Según los médicos, se estaba recuperando «rápido y bien»; dos días antes, le habían retirado buena parte de los analgésicos, que le embotaban completamente el cerebro.

Darcy sabía que un accidente como ese podía haberlo tenido inmovilizado en el hospital tres meses más. Pero, por desgracia, el ser humano tiende por naturaleza a desesperarse por lo que le sucede en lugar de pensar en lo que habría podido sucederle. Así que, en la mente de Adrien, no todo iba tan bien como los demás parecían creer.

La bicicleta era su pasión desde la adolescencia. Ahora practicaba el ciclismo a un nivel muy alto. No podía resignarse a la inactividad total de un día para otro.

«Prohibida toda actividad física. Y, sobre todo, nada de montar en bici durante al menos tres meses».

En eso, las opiniones de los médicos coincidían. De hecho, esa era la raíz del problema. Aunque el más optimista había matizado: «Media hora de marcha al día, pero sin forzar, ¡eh! Combinada en todo caso con un poco de hidrogimnasia».

Dicho de otro modo, recomendaciones para viejos, para inválidos, ocupaciones de salón y trabajillos de bricolaje para alguien que tenía rabia en el corazón, fuego en las piernas y ganas de pelea. Solo hacía unos días que había vuelto a casa, pero su moral empezaba a parecerse ya a la de un pavo en la víspera de Nochebuena.

Para Adrien, el deporte lo era todo, una filosofía y un estilo de vida saludable; o un estilo de vida, sin más. Su condición física ocupaba el centro de sus intereses desde hacía mucho tiempo, de modo que sentirse impotente, incapaz de hacer una vida normal, le pesaba enormemente, tanto que empezaba a preguntarse si podría sobrellevarlo. Abandonar el deporte, que también era su profesión, su fuerte, su medio de vida, prometía ser mucho más duro de lo previsto. En su fuero interno le daba miedo, además, seguir teniendo dolores una vez restablecido. Y, sobre todo, le preocupaba no recuperar su nivel. Como las afirmaciones piadosas de las enfermeras a ese respecto no lo habían tranquilizado, se había decidido a preguntarle al cirujano. Y la respuesta del susodicho no hizo más que reforzar sus sospechas: «No se mire el ombligo. Piense en la cantidad de personas que irán en silla de ruedas el resto de su vida. Usted podrá andar de nuevo y reanudar sus actividades habituales de aquí a... digamos unos meses. Concéntrese en su convalecencia y sobre todo no intente quemar etapas: sería la forma más rápida de tener que volver al hospital. Así que tómese su tiempo. Mire a su alrededor. Y deje de darle vueltas a su mala suerte. Más mata el cavilar que el ayunar. Considérese afortunado, ¡dígase que en la vida no todo es ir en bicicleta!».

Oír que podía haber acabado en una silla de ruedas o incluso peor no lo consolaba en absoluto. Estaba enfadado con el mundo y, por supuesto, consigo mismo por no haber logrado evitar aquel estúpido accidente. Por si fuera poco, cada vez que veía su querida bicicleta de carreras convertida en chatarra en el garaje le recordaba el tremendo desastre.

Abrió al fin los ojos y miró a Charles a la cara. De pronto, su mejor amigo parecía consternado. Adrien, incapaz de soportar la lástima y la conmiseración, se oyó a sí mismo respondiendo a su recibimiento con exasperación:

—Deja de hablar de mi supuesta suerte. Si estuvieras en mi lugar, no pensarías lo mismo, créeme. No he venido para escuchar eso, sino para que me des trabajo. Estoy harto de dar vueltas por casa. Sé que buscaste un sustituto hasta que acabara mi convalecencia, pero puedes encargarme entrevistas o pequeños reportajes.

—¿Para que pienses aún más en la bicicleta? ¿Para que sigas lamentándote y deprimiéndote? ¡Ni lo sueñes! No cuentes conmigo. Te quedan tres meses de baja, y vas a completarlos. La inactividad forzosa debería obligarte a relativizar. Ya sé lo que me vas a decir, que estás hasta la coronilla, que te subes por las paredes. Pero la clave de tu recuperación está precisamente ahí: cura tu rabia, canalízala. Y entonces estarás en mejores condiciones que nunca para regresar por todo lo alto.

—¿Me tomas el pelo?

—No creas que no te he visto venir... De hecho, esperaba que te presentaras aquí en cuanto salieras del hospital. ¡Transparente como el agua de manantial, amigo mío! No pongas esa cara. Ya sé que no puedes estar de brazos cruzados. El problema contigo es que te consideras periodista deportivo y nada más que eso. Quitemos el adjetivo de momento. Sigue quedando el periodista, ¿no?

Adrien le lanzó una mirada entre furiosa e intrigada.

—Si piensas que voy a chuparme la sección de sucesos de tu periodicucho, estás listo. Prefiero pasarme toda la baja sentado delante de la tele.

—¡Para! Eso es justo lo que tienes que evitar, lo sabes perfectamente. ¡Por el amor de Dios, tus jeremiadas son insoportables! Acabaré pensando que en realidad no eres más que un niño malcriado. Métete en la cabeza de una vez por todas que sí, que tuviste mucha suerte saliendo indemne de ese choque. Y en la vida hay otras cosas aparte del deporte, amigo mío, ya va siendo hora de que te des cuenta. ¡No te vendría mal ejercitar el cerebro por una vez!

—Soy un completo idiota, ¿no es eso? ¡Anda, dilo! —Herido en su amor propio por el comentario, Adrien, a su pesar, añadió—: Muy bien, te escucho. ¿Adónde quieres ir a parar?

—Tengo algo mucho mejor que un reportaje deportivo. Te propongo una investigación que exigirá que te rompas la cabeza más que las piernas y te obligará a salir de la depresión.

—¡Yo no estoy deprimido!

—Pues melancólico, si lo prefieres. No es de extrañar que estés mal de los nervios, con todas las drogas que te han suministrado. ¡Necesitas despejar la mente!

—Entonces ¿qué me ofreces? ¿Ir al Caribe a la caza de la exclusiva? ¡No me tengas lástima, colega! Sospecho que me vas a salir con alguna estupidez inventada para mantener ocupado al «pobrecito Adrien».

—¡Pero qué gilipollas puedes llegar a ser cuando te lo propones! Mira, yo te aprecio mucho, pero de ahí a sacarme un trabajo de la manga para complacerte... El periódico está por encima de los amigos, ¿entendido? Tengo algo mejor que una exclusiva para ti; se trata de una investigación seria, puede que hasta peligrosa. No en el trópico, sino aquí mismo, a un palmo de nuestras narices, principalmente en el Macizo Central. Requerirá tiempo, pesquisas, viajes, mano izquierda... No puedo permitirme mandar a un fijo: el resultado es demasiado incierto. No obstante, si por un milagro consiguieras aclarar ese asunto, seríamos la envidia de todas las redacciones, ¡créeme!

—¿Vas a seguir dando rodeos? ¡Escúpelo de una vez! ¿De qué asunto hablas?

Adrien había abandonado su actitud desganada. Charles advirtió con satisfacción que ya no se masajeaba el brazo derecho de manera compulsiva: por primera vez desde el comienzo de la conversación, sus manos estaban tranquilas. Se levantó para coger de lo alto del armario una carpeta roja atada con un cordel, que lanzó sobre la mesa con la excitación de un niño que está a punto de hacer una travesura.

Desde el sillón, Adrien logró leer el título, garabateado en una etiqueta torcida.

—¿«Asesinatos de libreros»? ¡Qué título más cutre!

—No tan cutre como crees. Deja que te explique. Tres libreros asesinados en tres meses. Ya sé que estabas hospitalizado, pero ¿te suena?

—Francamente, no.

—¿Nunca lees la prensa?

—Solo la deportiva, te repito que los sucesos no me interesan.

Charles se dijo que el caso de su amigo era aún más desesperado de lo que imaginaba. Centrar todo su universo en el deporte y nada más que en el deporte era algo disparatado e incongruente para alguien que, como él, se pasaba la vida diseccionando información de todo tipo y cuya única proeza física era subir la escalera de la sede del periódico varias veces al día. Suspiró ruidosamente para exteriorizar su desaprobación. El egoísmo de Adrien era increíble.

«¿Cómo puede aislarse de ese modo, no vivir más que en su burbuja deportiva? No es de extrañar que le cueste aceptar el dictamen de los médicos».

Abrió la carpeta clasificadora y, sin darse cuenta, adoptó un tono confidencial.

—Bueno, escucha, no es ni mucho menos un suceso más, como pareces creer. Yo intuyo más bien un hecho social que dará mucho que hablar, una trama compleja. Fíate de mí, sé lo que me digo. Te leo las entradillas para que te hagas una idea: «El 20 de agosto, en Aurillac, departamento del Cantal, el gerente de la librería Signo de Interrogación aparece estrangulado en su trastienda»; «El 20 de septiembre, en Brioude, Alto Loira, la librera Bernadette Borne recibe una puñalada mortal en la espalda»; y la última es de hace cinco días: «El 20 de octubre, en Chamalières, Puy-de-Dôme, Christian Courtial, propietario de la librería A Pie de Página, sufre un atropello y muere a consecuencia de las lesiones». ¿Qué me dices?

Adrien respondió con un encogimiento de hombros que evidenciaba su escaso entusiasmo.

—Sucesos, ni más ni menos. Cosas así ocurren todos los días, en todas partes, en todo el mundo. Tú deberías saberlo mejor que nadie.

—¿Lo haces aposta? Y las coincidencias, ¿qué? ¿No saltan a la vista? El 20 de cada mes muere un librero, ¡y a ti no te parece suficiente!

—¡No exageremos, solo han sido tres!

—¿Solo? ¡Esta sí que es buena!

—De acuerdo, es extraño, pero ¿qué tengo yo que ver con eso? ¿Qué quieres exactamente? ¿Que juegue a los detectives? ¿Esa es tu idea?

—Ante todo, querría que descubrieras qué relación hay entre esos tres asesinatos. Estoy convencido de que existe.

—Francamente, ¿no has encontrado nada mejor para mantenerme ocupado? Esos asesinatos son cosa de la policía. ¿Qué está haciendo la policía?

Batifol lanzó una mirada de irritación al techo. Adrien estaba siendo mucho más difícil de convencer de lo que esperaba. Y, sobre todo, demasiado orgulloso para aceptar un asunto insignificante o convencional que otros podían resolver mejor que él. Pero no era el caso, Charles estaba seguro, su infalible instinto de periodista, que lo había llevado hasta aquel sillón de redactor jefe, le decía que tenían algo, algo grande, uno de esos noticiones que pueden duplicar las ventas y dar prestigio de un día para otro.

—¿La policía? Apenas facilita información y, si quieres mi opinión, está dando palos de ciego. Que yo sepa, en el caso de Brioude, primero detuvieron al marido, que luego quedó en libertad por falta de pruebas, de móvil o lo que fuera. El asesinato de Aurillac se lo atribuyen a un marginado, a un vagabundo, a un forastero, si lo prefieres, pero no pueden ponerle nombre ni cara a ese término, lo que permite a las buenas gentes de la localidad sentirse a salvo de cualquier sospecha. Verás, fue durante el Festival de Teatro de Calle, así que la explicación más sencilla, la que le convenía a todo el mundo, les pareció la mejor. Luego, detener a un individuo que encajara en la definición fue más complicado. De hecho, hasta después de Chamalières no pensaron en una posible conexión entre esas muertes. Tres libreros asesinados en otros tantos meses no es normal, pero por ahora no se vislumbra ninguna pista seria.

Adrien soltó una carcajada.

—¡Pero si está clarísimo! ¡El culpable es Amazon!

—¿Te crees muy gracioso? Vale, lo capto. Si no te interesa, siempre puedo encargarle el asunto a un becario, ¿sabes? ¡No te imaginas la de chicos que estarían dispuestos a trabajar gratis para levantar una liebre como esa!

—Charles, en serio, no es un trabajo para mí...

—Pero ¿por qué? Sabes formular preguntas, tirarle de la lengua a la gente, establecer correlaciones, hacer contactos... Delante de un policía, nadie se siente cómodo, a un tipo uniformado no se le cuenta todo. Y, en un asunto como este, la menor reticencia puede tener importancia. Eso es lo que te pido en un primer momento: hacer hablar a la gente, trazar los retratos más completos que puedas de las víctimas. A estas alturas, no me creo que se trate de una simple coincidencia. No es verosímil. En el peor de los casos, si no encuentras nada, publicamos los retratos y cerramos con un dosier especial sobre las librerías.

—¡Apasionante!

—Entonces ¿no te interesa?

Charles hizo amago de cerrar el clasificador rojo, pero Adrien lo detuvo alzando la mano con viveza. Con demasiada viveza, con un gesto mecánico, un gesto de antaño. Un dolor fulminante le cortó la respiración y, durante unos segundos, lo dejó aturdido. El rostro de Charles permaneció impasible, aunque el afecto lo llevara espontáneamente a compadecer a su amigo. Pero se cuidó mucho de mostrarlo y se puso a ordenar el escritorio para darle tiempo a reponerse.

Adrien había vuelto a recostarse en el sillón en una postura rígida y forzada, que se debía tanto al dolor físico como a la dificultad para aceptar su estado.

Sin embargo, con su silueta esbelta, casi ascética, su cara angulosa, su pelo negro y corto, su barba de varios días, que indicaba más desaliño que atención a la moda, y sobre todo sus ojos ardientes como brasas, llenos de vida y de rabia, Adrien, pese a su hándicap actual, o quizá debido a él, imponía aún más que de costumbre. Parecía una fiera salvaje, una fiera herida a punto de saltar sobre su presa.

Tras largos instantes de silencio, perturbado únicamente por el intenso ruido del tráfico del bulevar, la fiera se echó a reír con fanfarronería.

—La verdad es que me has cogido por sorpresa. No me esperaba una proposición como esta. Ahora mismo, con un brazo roto y una pierna tonta, no acabo de verme en el papel de sabueso. Además, sabes perfectamente que no conozco el sector del libro en absoluto. En ese sentido, no podías haber elegido a nadie peor. En serio, creo que no he puesto los pies en una librería desde hace al menos quince años, ¡puede que para comprar los libros de bachillerato! Así que, sin duda, no soy la persona ideal para freír a preguntas a los pobres libreros de la región.

—¿Lo dices de veras? ¿Así es como ves las cosas? ¡Ni que te divirtiera pasar por ignorante!

—Soy sincero, no estoy cargando las tintas. Aparte de biografías de deportistas, ya no leo libros. Para serte franco, ni siquiera he acabado el cómic que tuviste la amabilidad de regalarme cuando estaba en el hospital.

—Hablar con unos libreros tampoco es entrevistar a premios Goncourt... ¿Sabes qué?, estoy harto de tus remilgos de dama de la caridad. ¿Quieres el curro o no?

Adrien estaba tentado de rechazarlo. No era en absoluto el tipo de trabajo que había ido a buscar. En sus momentos más optimistas, se había imaginado escribiendo un artículo sobre el próximo campeonato mundial de ciclismo. En el fondo, Charles tenía razón. Debía olvidarse de la bicicleta durante unos meses, eso solo removería el cuchillo en la herida, solo reavivaría los remordimientos. Aunque aquel asunto de los libreros asesinados no era nada atrayente, por lo menos lo mantendría ocupado. Una distracción para dejar de quejarse, no ahogar sus penas en alcohol ni idiotizarse delante de la televisión. Un remedio como cualquier otro, y eso era todo. Así era como había que verlo. Charles era tozudo, no le propondría nada más. Adrien comprendió que no podía rechazar aquella mísera oportunidad para matar el tiempo.

—De acuerdo, lo cojo, pero no te prometo nada.

Con un suspiro de alivio, que esta vez no intentó disimular, Charles empujó hacia su amigo la carpeta, que contenía esencialmente recortes de prensa.

—Primero deberías ir a echar un vistazo a Aurillac. Al parecer, hay un socio que continúa con el negocio.

—¡Eh, para el carro! Eso ahora es asunto mío, lo haré a mi manera. ¿Qué me das por este encargo?

—De momento, solo las dietas. Por supuesto, me mantienes informado. En cuanto tengas el esbozo de un artículo interesante, volvemos a hablar. Por cierto, ¿puedes conducir?

—La verdad es que aún no lo he intentado, pero con un automático supongo que sí. Alquilaré uno por cuenta del periódico.

—De todas formas, ve con cuidado. Puede tratarse de un perturbado o un asesino en serie, no bajes la guardia, no sabemos si es peligroso.

Adrien no pudo reprimir una sonrisa burlona, que por un momento lo transformó en un niño travieso y lo hizo parecer mucho más simpático.

«¡Desde luego, lo que hay que oír! El pobre Charles ha perdido la chaveta... Un asesino en serie de libreros... ¡Vivir para ver!».

2

La librería estaba «cerrada por defunción». Era de prever, hacía apenas una semana que Christian Courtial descansaba bajo tierra. No obstante, pese a su aparente desgana, Adrien sintió una decepción extraña que se abstuvo de analizar. Había decidido empezar la investigación por el último asesinato para llevarle la contraria a Charles, pero también por un motivo más prosaico: Chamalières era la localidad más cercana a Clermont-Ferrand, donde residía. Al estar convaleciente, aún no se sentía con fuerzas para conducir largas distancias. Las carreteras del Cantal y el Alto Loira le recordaban carreras ciclistas épicas, con ascensiones famosas, puertos de primera categoría y descensos vertiginosos. En cuanto al paisaje, solo le traía un vago recuerdo de olores, de viento, de libertad, de embriaguez. Al parecer, ir con la frente pegada al manillar le había impedido mirar de verdad a su alrededor hasta ahora.

En la puerta, la noticia del fallecimiento parecía burlarse de él. Sin embargo, la persiana no estaba bajada. En el escaparate, las letras que formaban la palabra «librería» se arremolinaban de forma artística y desenfadada alrededor del dibujo de un libro abierto. Y había libros por todas partes, naturalmente, tanto novedades como títulos escogidos más antiguos.

El accidente mortal se había producido en la avenida de Royat, a la altura del paso de cebra, a un tiro de piedra de la tienda. El conductor salió como una exhalación de la zona de aparcamiento, arrolló a su objetivo y huyó sin la menor dificultad. Los escasos testigos, sobrecogidos, ni siquiera tuvieron reflejos para apuntar el número de la matrícula del vehículo, un utilitario de color blanco. La policía parecía tener claro que se trataba de un falso accidente, pero nada en sus declaraciones ni en las noticias de la prensa sugería que pudiera existir alguna relación con los homicidios previos.

¿Una estrategia policial para tener libertad de maniobra? ¿Una orden de arriba para evitar el pánico o la ofuscación general? Adrien no tenía la menor idea. Según Charles, que contaba con sus propios informadores, la conexión entre los tres casos aún no se había establecido de forma lo bastante clara como para mencionarla en público.

Desde luego, el modus operandi no coincidía, y la similitud de las fechas podía ser fruto del azar. Solo que en los tres casos la víctima, extrañamente, había sido un pobre librero. Tres librerías afectadas, pues, pero en lugares tan alejados entre sí que no cabía sospechar de la competencia.

Adrien, indeciso sobre lo que debía hacer, se estaba planteando hablar con el personal del supermercado cercano al paso de peatones cuando, al otro lado del cristal, apareció de súbito una frágil figura femenina. La puerta se abrió y se vio ante una joven con una media melena lacia torpemente sujeta con una horquilla de plástico que le daba aspecto de niña. Ajena a los estándares de la moda, con una especie de pañoleta sobre los hombros y encogida como para esconder unas formas que sin embargo no eran nada provocativas, parecía, por otra parte, una mujer de edad indefinida.

—Hoy está cerrado. Pero, si es para recoger un pedido, puedo atenderlo...

Pese a su aparente timidez, lo miraba directamente a la cara. Ojos verdes, de un tono turbador. Su mirada, penetrante como un bisturí, casi lo diseccionaba.

En lugar de endosarle la mentira que llevaba preparada, Adrien, azorado, respondió:

—Adrien Darcy, periodista de La Montagne. Estoy investigando el accidente del propietario de A Pie de Página.

—¿Darcy, ha dicho?

Un leve rubor cubrió el rostro de la chica, que de pronto y sin razón aparente, al menos para su interlocutor, se mostraba asombrada, pasmada, incluso un tanto divertida.

—Entre. Christian era mi hermano. Soy Élisabeth Courtial. Lizzie, si lo prefiere. —Tras un breve silencio, durante el que Adrien tuvo la sensación de que la librera esperaba que reaccionara de algún modo, que a él no se le ocurría, la joven añadió en un tono más calmado—: En realidad, es una suerte. Precisamente pensaba contactar con su periódico para hacer un llamamiento a posibles testigos, o algo de ese estilo. No ha habido ninguna novedad en ocho días y me gustaría reactivar el caso.

Sin encender la luz, Élisabeth lo guio hasta un rincón de la librería, probablemente reservado a los niños porque la mesa estaba atestada de libros de pequeño formato y colores vivos, y las sillas eran muy bajitas. La chica se sentó en una de ellas sin dificultad y lo invitó a imitarla con un gesto.

—¡Prefiero quedarme de pie!

En la tranquila librería, la frase resonó de un modo extraño, tajante, casi agresivo. Por nada del mundo habría confesado Adrien su situación: le resultaba imposible sentarse en aquellas ridículas sillas. En su fuero interno, maldijo a la chica por infligirle semejante humillación.

Sorprendida por su respuesta, Élisabeth no solo siguió sentada, sino que se permitió el lujo de alzar hacia él unos ojos desaprobadores.

—¿Qué desea exactamente?

—Hábleme de su hermano.

¡Qué respuesta tan banal! Adrien la lamentó de inmediato. Pero, antes de que pudiera concretar más, la chica contestó con una voz un poco temblorosa:

—Cuando acabas de perder a alguien, es difícil hablar de esa persona, hay demasiada emoción. Usted no lo conocía, nadie puede hacer nada para aliviar mi pena.

—Puede estar tranquila, yo no busco la parte afectiva, lo que me interesa son los hechos.

—¿Qué hechos?

—Sus hábitos, por ejemplo. El accidente ocurrió a las ocho y diez de la tarde, ¿verdad? ¿Siempre salía a esa hora?

—¡Eso depende! Cuando nos llegan remesas grandes, o hay que montar el escaparate o preparar las cajas de las devoluciones, a veces salimos más tarde. En épocas fuertes de trabajo, como las Navidades, podemos estar abiertos hasta las nueve.

—Pero entonces, ahora que lo pienso, ¿estaba usted con él esa tarde? —Como la respuesta se hacía esperar, Adrien repitió en voz más alta—: ¿Estaba con él?

Tenía que calmarse y no presionarla, pero es que ella, con su mirada insistente, sus silencios y su sonrisa fría, era irritante. De hecho, por extraño que pudiera parecer, aquella chica lo ponía nervioso, y eso no le gustaba nada. Aunque era justo lo opuesto a todas las mujeres con las que se relacionaba, mujeres deportistas, cómodas con su cuerpo, rebosantes de seguridad y energía.

—Me marché unos minutos antes.

—¿Presenció el accidente?

—No, cuando ocurrió ya estaba al otro lado del bulevar. Oí gritos, barullo, y me volví. Sí, vi la furgoneta blanca que se alejaba a toda velocidad en dirección a Clermont-Ferrand, pero sin saber lo que había pasado. Solo lo entendí después, cuando encontré a mi hermano tendido en la calzada y cubierto de sangre, con todos los paquetes destrozados a su alrededor.

Adrien se acercó al escaparate para observar el exterior. A esa hora, el tráfico de la avenida era denso. Enfrente, bajo los árboles, todas las plazas de aparcamiento delante del centro pediátrico estaban ocupadas. Un sitio ideal para quien deseara vigilar la librería sin llamar la atención. Comprendió que el accidente no era tal. Había requerido una preparación minuciosa.

Sentía la mirada de la chica en la nuca. Sentada al fondo de la librería, lo seguía con los ojos, inmóvil. Adrien se volvió hacia ella, intimidado a su pesar por la atmósfera de tristeza y soledad que envolvía el establecimiento, y maldijo a su jefe por haberle endosado aquel trabajo.

«¡Charles dirá lo que quiera, pero entrevistar a un corredor, aunque haya perdido la carrera de su vida, es cien veces más fácil que investigar un asesinato! ¿

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