Aguas oscuras (Kate Linville & Caleb Hale 5)

Charlotte Link

Fragmento

Martes, 29 de enero de 2008

Martes, 29 de enero de 2008

Abrió la puerta del piso, entró al pasillo y cerró la puerta tras de sí. Sentía el agotamiento y el cansancio en cada célula de su cuerpo. El ascensor estaba averiado, como casi siempre, y había tenido que subir a pie los innumerables tramos de escaleras hasta el noveno piso, salvando con gran esfuerzo cada escalón.

«No puedo más», pensó, «realmente ya no puedo más».

Lo que había pasado aquel día era la gota que colmó el vaso. Aunque hacía ya mucho tiempo que no podía más: estaba siempre al límite de sus fuerzas, demasiado cansada la mayor parte del tiempo como para siquiera ser capaz de pensar. Solo una palabra resonaba continuamente en su cabeza: aguantar, aguantar, aguantar…

Apretar los dientes y seguir adelante. Ese había sido siempre su lema.

Pero ahora había dejado de tener validez.

Su hijo Patrick salió de su habitación. Delgado y pálido.

«Hola, mamá. Llegas tarde».

Ella no contestó. Se preguntó si él se enteraría. Había traído la vergüenza a la familia, además de a sí misma. ¿Se lo contaría su hermano mayor? ¿Podría entenderla? ¿Perdonarla?

¿Sería capaz de arreglárselas sin ella?

Lo miró y tuvo la sensación de que su mirada traicionaba su dolor.

«¿Estás bien, mamá?», preguntó Patrick, en un tono inseguro.

De nuevo, ella no dijo nada. Entró en el salón. Jay estaba sentado frente al televisor, como siempre, todo el día, desde que había sufrido el accidente y apenas podía moverse. El volumen estaba al máximo, puesto que, aparte de todo lo demás, Jay ya no oía bien. Un concurso… Se preguntó si la tele­visión ofrecía algo más, aparte de concursos hasta el hartazgo. Programas de cocina sí había. Y también historias de gente que emigraba a algún lugar. La gente cocinaba, o respondía preguntas estúpidas, o se mudaba a países extranjeros.

Jay ni siquiera había girado la cabeza cuando ella entró en la sala de estar. Eso también se repetía cada noche. Jay había dejado de participar en la vida real. Incluso ella podía entenderlo, su vida real personal se había reducido desde el accidente a los cincuenta y cinco metros cuadrados de ese piso de protección oficial, sin ninguna esperanza de que eso pudiera cambiar. Como el ascensor se estropeaba tan a menudo, las salidas con la silla de ruedas quedaban descartadas con regularidad. Solo le quedaba el mundo de la tele, los concursos, los duelos de cocina, los sueños fracasados de los migrantes, que no habían conseguido salir adelante en su país de origen.

Era deprimente, pero ¿qué otra cosa podía hacer?

Cruzó la habitación y abrió la puerta del balcón. El piso se le antojó como una celda de los centenares de panales idénticos repartidos por los numerosos y sombríos bloques de pisos. Habían sido construidos en los años setenta del siglo anterior para alojar a personas que no podían permitirse vivir en ningún otro sitio. Había charcos en las placitas asfaltadas entre los edificios, una de cada dos puertas de entrada aparecía destrozada, y todas las paredes libres estaban cubiertas de grafitis. Nada aquí era agradable, acogedor, cómodo. Nada en absoluto. Pero la ciudad de Bristol se extendía ante ella como un mar de luces en la oscuridad de aquella tarde de enero. El ruido del tráfico, la multitud, la vida que allí sucedía, no llegaban hasta allí arriba.

Solo llegaba la luz. Brillando apaciblemente en la quietud.

Como un abrazo esperando a quien quisiera entregarse a ella.

Se encaramó a la barandilla del balcón y saltó hacia la paz eterna.

Sábado, 23 de agosto de 2008

1

A Aline la despertó un ruido que se distinguía entre los demás sonidos de la noche. Distinto del rugido del embate de las olas sobre la orilla, y del suspiro que resultaba del retroceso del agua sobre la arena. Distinto de los ocasionales chillidos de las gaviotas. Y también del fuerte y frío viento, que se había levantado con tanta violencia a última hora de la tarde que ella había albergado la esperanza de que Edmond se dejara convencer de desmontar la tienda de campaña plantada en la cala, para buscar un hotelito acogedor. Pero, por supuesto, él había visto en el viento un de­safío especialmente apetecible al que deseaba enfrentarse a toda costa. Ella se había referido al viento como «tormenta», a lo que él había sonreído levemente y con cierta condescendencia. Para él, acampar junto al mar en Escocia era toda una aventura. Se sentía como un vikingo, o como un primer colono, o un explorador. A ella no le parecía una aventura, sino una situación desagradable. Muchas partes de Europa disfrutaban ahora de un espléndido tiempo veraniego en agosto, no así en la costa oeste de Escocia.

En los últimos días había llovido sin parar, de modo que la arena estaba empapada incluso ahí arriba, en la cala, donde no llegaba el mar. Y helada. El frío penetraba por el fino suelo de la tienda, y ni siquiera la esterilla aislante servía de gran cosa. Por suerte, los sacos de dormir eran muy cálidos. Pero también es­taban húmedos. Igual que todo lo que había en el interior de la tienda.

Había sido un alivio conseguir conciliar el sueño a pesar de todo, pero ahora se incorporó de un salto para escuchar con atención los ruidos de la noche. ¿Qué había sido eso? Podía oír el mar y el viento. Quizá solo había sido un sueño.

Estaba a punto de acostarse de nuevo y acurrucarse lo máximo posible en el saco de dormir, cuando volvió a oírlo. El sonido que supuestamente la había despertado.

Un grito.

Y no el de una gaviota ni el de ningún otro pájaro o animal. Era el grito de un ser humano. Una mujer. Rasgando la noche. No era un grito de sorpresa o de miedo, ni tampoco el típico grito proveniente de una fuerte discusión…

Era el grito de alguien que estaba muerto de miedo. Estaba segura de ello.

—¡Edmond! —Alargó una mano hacia el saco de dormir de él, que descansaba a su lado. No podía ver casi nada en la oscuridad, pero la tienda era tan pequeña que solo tuvo que estirar el brazo para despertar a su marido con unas cuantas sacudidas—. ¡Edmond, despierta, por favor!

Edmond profirió un gruñido. Cuando dormía, ya podía ser el fin del mundo, que casi era imposible despertarlo.

Ella volvió a sacudirle por los hombros.

—¡Por favor! ¡Despierta!

Solo consiguió hacerle reaccionar clavándole las uñas.

—¿Qué pasa? —preguntó confuso y enseguida añadió—: ¿Por qué me despiertas en mitad de la noche?

Solo podía adivinar su silueta, pero sabía exactamente el aspecto que tenía. Su pelo rubio y rizado que salía de la cabeza alborotado en todas direcciones. Cómo entrecerraba los ojos cuando estaba soñoliento. Sabía cuánto calor irradiaba. Edmond era como un horno mientras dormía.

—He oído un grito —dijo.

—¿Un grito?

—Sí. Creo que venía de la otra cala. Era una mujer.

Le oyó bostezar.

—¿Una mujer? —Lo dijo en un tono que en realidad quería decir: «¿Aparte de eso estás bien?».

—Estoy segurísima. Lo he oído dos veces. Eran gritos de miedo.

—Ajá. ¿Eres capaz de identificar la clase de gritos?

—Sí.

—Oh, Dios, Aline. Aquí solo gritan las gaviotas. Túmbate y vuélvete a dormir.

—Edmond, yo…

En ese momento, de nuevo se oyó el grito.

Percibió que Edmond se quedaba paralizado, alerta. Eso la preocupó aún más. Habría preferido que él la hubiera convencido de que en realidad se estaba imaginando cosas.

—Edmond —susurró.

Él permaneció en silencio. Ella sabía que él estaba buscando una explicación lógica. No era buena señal que llevara tanto tiempo sin decir nada.

—Viene de la cala de al lado —dijo por fin.

—Ahí está aquella familia —murmuró Aline.

Los habían visto llegar desde lejos a última hora de la tarde del día anterior. Padre, madre y dos hijas. Habían dejado el coche arriba, en el aparcamiento, y luego habían bajado a la cala cargados con las tiendas de campaña y varias mochilas. La hija mayor, una adolescente, parecía malhumorada. Probablemente pensaba que las vacaciones con sus padres eran lo peor, y para colmo tenían que ir de acampada. A Aline le vino a la cabeza su hijo Yanis, de catorce años, que se había negado en redondo a acompañarlos, y que sin duda ahora estaría aprovechando las dos semanas sin sus padres para pasarlas exclusivamente sentado ante su ordenador.

—Uno solo busca un poco de soledad, y luego resulta que esto está plagado de gente —había comentado Edmond enfurruñado al ver llegar a la familia, pero Aline se limitó a reír. Allí no había nadie en kilómetros a la redonda. Solo ellos y los que acababan de llegar. No se podía decir que fuera una plaga. Sin embargo, cuando regresaron de West Kilbride por la tarde tras haber hecho unas compras, Edmond no dejó el coche en el aparcamiento, sino un poco más lejos, en una pista rural. Con el fin de que aquella familia no se percatara de la presencia de vecinos. Se alegró de que al menos hubiera un promontorio separando las dos calas.

Volvió a escucharse el grito. Fuerte y estridente. Por encima del viento y las olas. Aquella mujer estaba gritando con todas sus fuerzas.

—Tendríamos que ir a ver qué pasa —dijo Edmond. El leve acento francés con el que hablaba inglés ahora era más perceptible. Edmond era francocanadiense, y cuando estaba estresado o cansado se hacía más patente. Ahora, en ese momento, Aline podía darse cuenta de que era el miedo lo que se había apoderado de su marido.

—Quizá ni siquiera nos podamos acercar —murmuró Aline. Con la marea alta, aquella lengua de tierra se adentraba tanto en el mar que no se podía pasar a la otra cala. Entonces solo se podía subir por el empinado sendero del acantilado hasta la cima para avanzar por ella un largo trecho hasta poder bajar por otra senda a la otra cala. No era una tarea fácil en la oscuridad, sobre todo porque la roca seguía mojada por las lluvias que habían caído casi sin interrupción.

—Caminaré hasta el promontorio y echaré un vistazo —dijo Edmond con determinación. Encendió la linterna. Aline se percató de que estaba muy pálido.

—¿Quieres que te acompañe?

—Será mejor que esperes aquí. Tal vez no pueda ver nada de todos modos. Depende de lo alta que esté la marea.

—Ten cuidado.

Edmond llevaba un chándal y calcetines como pijama. Sacó un grueso forro polar de la mochila y se lo puso por encima. Luego se calzó unas zapatillas deportivas y salió a gatas de la tienda.

Aline echó un vistazo a su reloj de pulsera. Las dos y dieciocho minutos de la madrugada. Buscó su teléfono móvil y lo encontró entre las mantas que había amontonado alrededor de su saco de dormir. Comprobó si tenía cobertura. El día anterior no había. Nada. ¿Por qué iba a cambiar eso ahora? Maldita sea, estaban en una tienda de campaña en una noche de tormenta en una cala dejada de la mano de Dios, y ahora no muy lejos una mujer gritaba como si su vida estuviera en peligro, y no podían pedir ayuda. No podían avisar a la policía ni a nadie.

Tal vez Edmond estuviera cometiendo un grave error al tratar de averiguar lo que pasaba en la otra cala.

Quizá deberían haber subido la colina lo antes posible, coger el coche, conducir hasta una zona más poblada y llamar a la policía. Paulatinamente empezaba a sentirse como un animal en una trampa. Si de verdad estaba ocurriendo algo malo allí al lado, entonces ellos también se encontraban en peligro. Incluso a plena luz del día el camino hacia la cima era una auténtica prueba de equilibrio, y durante el ascenso era mejor evitar en lo posible mirar hacia abajo con demasiada frecuencia. Aline no quería ni imaginárselo en medio de aquella negra noche. Pero aún le apetecía menos esperar en la tienda hasta… ¿Hasta qué? No tenía ni idea de lo que estaba pasando. Quizá no fuera nada, después de todo.

Pero por algún motivo intuía que no sería así.

Escuchó con atención los sonidos provenientes del exterior. Se oía el viento, el oleaje. Nada más. Ningún grito. ¿Se lo habría imaginado? Pero Edmond también lo había oído. Y se lo había tomado en serio. De lo contrario no habría ido a comprobarlo.

¿Dónde estaba? Tenía la sensación de que habían pasado horas desde que salió de la tienda. Volvió a mirar el reloj. Siete minutos. Solo habían transcurrido siete minutos.

La noche ahora parecía tranquila. Sin embargo, Aline estaba decidida a marcharse de allí en cuanto se hiciese de día. No se quedaría otra noche en esa cala, con independencia de si había ocurrido algo o no, o de si Edmond se ponía furioso. Quería salir de allí e ir a un lugar donde no estuvieran completamente solos e indefensos.

Había transcurrido casi un cuarto de hora, y ya empezaba a preocuparse en serio por su marido y a plantearse ir en su búsqueda, cuando se abrió la cremallera de la entrada de la tienda. Apareció el rostro de Edmond, iluminado por la luz de su linterna. Estaba blanco como el papel y, a pesar del viento fresco del exterior, tenía la frente perlada de sudor.

Se dejó caer de rodillas sobre el saco de dormir y se pasó la mano por la cara.

—Tenemos que irnos —susurró.

Ella lo miró fijamente.

—¿Ahora? ¿Ya?

Él asintió.

—Lo dejaremos todo aquí. Solo necesitamos las llaves del coche y la documentación. Ponte los zapatos.

—¿Y la tienda? ¿Y los sacos de dormir? ¿Nuestra ropa?

—¿Quieres cargar con todo eso por el camino del acantilado? ¿De noche?

Incluso aunque no llevaran nada más que lo puesto, el camino hacia la cima era una empresa arriesgada.

—¿Qué ha pasado? —Involuntariamente ella también susurró, imitándole.

—He llegado hasta allí. Y lo que he visto… —No acabó la frase.

—¿Has llegado al otro lado? ¿A la otra cala?

—La marea está subiendo, pero todavía hay una franja de arena despejada y conseguí pasar. Pero eso significa… —No dijo nada más.

Aline se dio cuenta de que empezaba a temblar de miedo.

—¿Qué significa eso?

—Significa que también pueden llegar hasta donde estamos nosotros —dijo Edmond.

—¿De quién estás hablando? —preguntó Aline.

No conseguían encontrar la llave del coche. Buscaron entre las mantas, la ropa, las toallas de baño. La llave tenía que estar en algún sitio. ¿La habrían dejado en el coche? En ese caso no estaría cerrado. Rebuscaron por todas partes, iluminando cada rincón con la luz de la linterna, con la sensación de estar revolviéndolo todo aún más.

—No es posible —repetía Edmond—, ¡no puede ser!

Con frases entrecortadas, informó de lo que había visto en la otra cala.

—Esto no pinta bien…, nada bien. Vi luces. Y había gente, varias personas. Luego otro grito. No como si fuera una fiesta. Sonaba terrible. Oí llorar a una niña. Un hombre suplicaba… —Se interrumpió a sí mismo.

—¿Qué suplicaba? —preguntó Aline.

—Suplicaba… por su vida —balbució Edmond.

Aline dejó de buscar frenéticamente.

—¿Crees que era el padre? ¿De la familia?

Un hombre alto y robusto, que había cargado con la mayor parte del equipo senda abajo. No parecía alguien que se asustara con facilidad.

¿Y aquel hombre tenía que suplicar por su vida?

Edmond también dejó de buscar. Se inclinó hacia delante y cogió a Aline de la mano. Tenía los dedos helados.

—No sé qué está pasando allí —dijo enérgico—, pero creo que los están asaltando. Unos tipos están agrediendo a esa familia. No tengo ni idea de por qué. Si se trata de una venganza privada, si quieren dinero o…

Ella sabía lo que él había estado a punto de decir: «O si simplemente se divierten así…».

Unos tipos… ¿Quién demonios haría algo así?

—Tenemos que salir de aquí —apremió Edmond—, lo más rápido posible. Aun sin las llaves del coche.

—Pero el próximo pueblo…

—No importa. Aunque tengamos que caminar durante horas. ¡Tenemos que salir de aquí ahora mismo!

Aline también llevaba puesto un chándal. Se guardó el carné en el bolsillo del pantalón, se calzó las zapatillas y se aferró al móvil como si fuera lo último que le quedaba en el mundo. Al fin y al cabo, así era.

El fin… No quería pensar en esa palabra…

—¿Estás lista? —susurró Edmond.

—Sí.

—Ni un ruido. No creo que se oiga desde la otra cala, pero no debemos correr ningún riesgo. —Y añadió con urgencia—: No deben darse cuenta de que estamos aquí.

—Sí —murmuró Aline. Se pasó la lengua por los labios resecos. Debían controlar los nervios. Tenían que mantener la calma a toda costa. Era una suerte que su coche no estuviera en el aparcamiento. Eso podría salvarlos. No había el menor indicio de su presencia.

Edmond le apretó la mano. Se deslizó hacia atrás para salir de la tienda, y luego se puso en pie. Aline lo siguió.

Miraron un instante en dirección al promontorio.

A continuación ambos se quedaron paralizados.

Una figura se acercaba a ellos en la oscuridad.

Le seguían otras.

Era demasiado tarde.

Los habían descubierto.

2

Llovía. Había llovido durante dos semanas seguidas. Solo había escampado durante la tarde y la noche pasadas, pero ahora volvía a llover. El cielo estaba gris, el mar también. La marea había llegado a su punto máximo, pero el agua seguía lamiendo la orilla en forma de espuma amarilla y sucia. Únicamente quedaba intacta una franja de arena de unos veinte metros de ancho.

Era el escenario del horror.

El inspector Finley Donaldson, de la policía de North Ayr­shire, tiritaba con los hombros encorvados. El fino abrigo que llevaba sobre el traje no era suficiente, y le habría gustado tener a mano algo para cubrirse la cabeza, una capucha, un sombrero. Al menos un paraguas. Pero el mero hecho de desearlo se le antojaba patético a la vista de lo que allí había ocurrido. Hasta qué punto se estaba mojando o la posibilidad de resfriarse era algo secundario.

Su compañera, la sargento Aria McBride, se acercó a él. Había sido lo bastante lista como para ponerse unos vaqueros y una gruesa sudadera con capucha. Además de botas de agua. La arena pesada y húmeda hacía imposible avanzar sin hundirse en ella.

—Tres muertos —dijo—. Un hombre, una mujer, una niña. Probablemente una familia. Aún no hemos encontrado su documentación, de modo que de momento no podemos identificarlos.

Fin Donaldson asintió. Una joven que paseaba a su perro por la cima de los acantilados a primera hora de la mañana había visto las tiendas, una de ellas volcada, y lo que le pareció un cuerpo sin vida. Decidió informar a la policía. Los dos primeros agentes en llegar pensaron que se trataba solo de campistas que habían plantado su tienda en la cala, lo cual no era ilegal, y que habían sufrido algunos daños causados por la tormenta de la noche. También era posible que alguien hubiera resultado herido por objetos que hubieran salido despedidos a causa del viento. Pero enseguida se dieron cuenta de que se trataba de un caso para la brigada de homicidios. Parecía como si se hubiera producido una masacre, como si unos locos se hubieran ensañado. Fin Donaldson había encontrado a su llegada a uno de los agentes sentado en una roca plana, con la cara opaca y la gorra en la mano. No dejaba de pasarse la mano por el pelo mojado.

—Nunca había visto nada igual —murmuraba una y otra vez—. En mi vida.

Aria McBride había tomado notas.

—El médico estima que la hora de la muerte de las tres víctimas fue entre la medianoche y las cuatro de la madrugada. Podrá concretar más después de la autopsia.

—¿Causas de la muerte? —preguntó Fin, aunque no estaba seguro de querer oírlo.

—La mujer fue violada y luego le aplastaron la laringe con una piedra. A la niña la enterraron boca abajo en la arena. Murió asfixiada.

Fin exhaló profundamente.

—Al hombre lo ahogaron, atado de brazos y piernas. Su cuerpo muestra signos de tortura. Entre otras cosas, le…

Se vio obligada a interrumpir su relato. Uno de sus hombres había aparecido en lo alto de los acantilados. Gesticulaba con ambos brazos.

—¡Señor! Tiene que ver esto. Tiene que ir a la otra cala. Ahora mismo.

—Solo se puede ir por arriba —dijo Aria, que, como de costumbre, se había adaptado a las circunstancias con admirable rapidez—. La marea ha bajado, pero todavía es demasiado peligroso rodear la lengua de tierra.

La subida era empinada y el terreno estaba resbaladizo. Aparte de en esas dos calas, no había acantilados por la zona, pero por supuesto tenía que suceder justo allí. Estuvo a punto de tropezar más de una vez. No llevaba el calzado adecuado para semejante empresa. Detrás de él podía oír los pasos de Aria McBride. Ella no parecía tener ningún problema.

Una vez en la cima, el viento arrojaba la lluvia con más fuerza aún en sus caras. Fin se preguntó por qué alguien querría acampar con tan mal tiempo.

Lucharon contra el viento y la lluvia a lo largo del borde del acantilado hasta hallarse por encima de la segunda cala. Fin entrecerró los ojos y vio que ya había agentes de policía.

—No, por favor —dijo—, otra familia no.

Era una pareja, un matrimonio. Ambos llevaban su documentación encima, por lo que fue fácil identificarlos. Los paramédicos habían detectado un leve pulso en el hombre y ahora trataban de estabilizarlo. La mujer estaba muerta. Estaba sentada, apoyada en una roca, pero con la cabeza caída hacia un lado.

—La han degollado —informó un joven oficial que parecía estar luchando por no devolver el desayuno—. Un solo corte seco, aparentemente.

Le entregó a Fin un pasaporte.

—Estaba en el bolsillo de su pantalón. Está todo bastante empapado por la lluvia.

Fin miró el documento.

—Un pasaporte canadiense. —Echó un vistazo a su interior—. Aline Doucet. Nacida el 29 de julio de 1968 en Vancouver.

—El hombre también es canadiense —dijo otro de los agentes, mostrando un segundo pasaporte—. Edmond Doucet. De Quebec.

Fin cogió el pasaporte. Miró al hombre pálido que, con una máscara de oxígeno, estaba siendo trasladado cuidadosamente a una camilla. Sería difícil subirlo por el escarpado sendero.

—¿Sobrevivirá?

Uno de los paramédicos levantó la vista.

—No tiene buena pinta. Presenta varias puñaladas en el pecho y el estómago.

¿Por qué alguien asesinaría a unos veraneantes canadienses que acampaban en la costa oeste de Escocia? ¿Y a un matrimonio con una hija pequeña? No tenía sentido. Pero Fin sabía que el crimen no siempre tenía sentido, por perverso que fuera. A veces había gente que simplemente disfrutaba con la violencia, con la sensación de poder que obtenían de víctimas en desventaja. En grupo, además, se incitaban unos a otros con resultados nefastos. En este caso tenía que haber varios autores, de eso estaba seguro. Asesinar a cuatro personas y herir de gravedad a otra no podía hacerlo una sola.

—La marea ha estado subiendo desde anoche —dijo Aria—. Si esto ocurrió aquí de madrugada, los autores podrían seguir todavía por las calas.

—Obviamente sabían que había dos familias acampadas —determinó Fin—. No es posible ver esta tienda de campaña desde el otro lado.

—Y solo hay un coche aparcado arriba —comentó Aria—. ¿Tal vez ambas familias se conocían y habían venido en el mismo coche? Pero entonces ¿por qué plantarían las tiendas en dos calas distintas?

Fin ya sospechaba que sería una investigación difícil. Acompañada de una enorme presencia mediática y de la inevitable presión sobre la policía para que diera una rápida respuesta.

Por lo menos todavía no había aparecido la prensa.

Sonó su teléfono móvil. El que llamaba era uno de sus hombres, todavía ocupados custodiando las pruebas en la otra cala.

—Señor, es necesario que venga lo más rápido posible. —Sonaba alterado. La voz afónica. Tenía que gritar para hacerse oír por encima del oleaje.

Solo de pensar que debía volver a trepar por la resbaladiza senda, y bajar por otra similar, hizo que Fin se mareara incluso antes de ponerse en marcha.

—¿Qué ha pasado?

—Hay otra superviviente. Venga enseguida por favor. Se trata de una chica, ilesa. Podría tratarse de la única testigo que tengamos finalmente.

PRIMERA PARTE

Viernes, 3 de marzo de 2023

1

Iris Shaw había alcanzado de milagro el último autobús a Haviland Park, donde había aparcado su bicicleta para salvar el resto del camino hasta su casa. Eran casi las once de la noche. Podría haberse quedado a dormir con su amiga Tanya, con la que había pasado la tarde. Pero no había llevado nada para cambiarse, ni siquiera el cepillo de dientes, y sabía que no pegaría ojo en el sofá de Tanya, que era demasiado corto y rígido. Así que al final se animó y salió a la fría noche. El conductor del autobús ya había arrancado, pero se detuvo al verla llegar.

—Para la próxima vez, sal con más antelación —refunfuñó mientras ella subía.

—Sí. Gracias. —Se dejó caer en un asiento y trató de recuperar el aliento. En realidad, era deportista y estaba en forma, pero había comido una pizza con Tanya y juntas habían vaciado una botella de champán. Iris había notado los efectos del alcohol, pero después de aquella carrera nocturna estaba en gran medida sobria de nuevo.

Aparte de Iris, solo había otros tres pasajeros en el autobús. Una joven que parecía dormida en su asiento con la barbilla hundida en el pecho. Un hombre mayor que tecleaba en su smartphone con expresión concentrada. Y un hombre más joven que estaba sentado unas filas por delante de Iris y se giraba todo el tiempo. Sin dejar de mirarla.

Ella desvió los ojos al principio, pero luego se armó de valor y le devolvió la mirada. Hasta que él apartó la vista.

A menudo los hombres la miraban, pero Iris nunca entendió por qué. No se consideraba especialmente guapa. Tenía el pelo rubio y corto, una buena figura pero no espectacular, y se mordía las uñas hasta el lecho ungueal. ¿Qué hacía para llamar tanto la atención?

El tipo se giró de nuevo hacia ella. Se la estaba comiendo literalmente con los ojos.

—¿Qué pasa? —preguntó Iris.

—¿Perdona? —respondió él. Ahora se daba cuenta de que no la miraba con admiración, sino de forma un tanto… hostil.

—No dejas de mirarme —dijo ella.

Él se encogió de hombros.

Iris decidió para sí misma que el tipo era molesto pero inofensivo. Respiró hondo y apoyó la cabeza en el cristal de la ventana. Estaba cansada. Había trabajado hasta las cuatro y luego había cenado y bebido con Tanya. Habían planeado el viaje de vacaciones del verano. Querían ir juntas al sur de Francia. En la furgoneta Volkswagen del hermano de Tanya.

En la penúltima parada se bajaron el hombre mayor y la mujer que dormitaba y que había levantado la cabeza justo a tiempo. Solo quedaban en el autobús Iris y el hombre más joven.

Iris dio un leve suspiro.

Haviland Park era la última parada. El autobús entró en la rotonda semicircular y se detuvo.

—Última parada —exclamó el conductor.

Iris cogió su mochila y bajó del autobús, seguida por el joven. Se acercó a la verja en la que había aparcado su bicicleta. Por la mañana había muchas, pero ahora solo quedaba la suya. Solitaria en la oscuridad.

Ya había quitado el candado cuando se dio cuenta: la rueda trasera descansaba plana por completo en el suelo. No solo sin aire. Estaba casi destrozada. Rajada con un cuchillo.

Sintió que empezaba a marearse y tuvo que aferrarse a la verja por un momento. Le había pasado lo mismo a principios de febrero, hacía casi exactamente cuatro semanas. Una rueda destrozada. Por la noche, cuando volvía del trabajo. Se había puesto furiosa, había maldecido, pero no lo había interpretado como un ataque personal. Seguro que era obra de unos idiotas a los que les pareció divertido hacer una gamberrada. Y eligieron una bicicleta cualquiera, con la mala suerte de que había sido la suya. Pero ¿por segunda vez? Eso ya no era una coincidencia. Alguien la tenía en el punto de mira. Sobre todo porque también estaba aquella carta que había recibido.

Se irguió. Al igual que en la ocasión anterior, la rueda no podía repararse, necesitaría una cámara nueva. Por tanto, tendría que dejarla allí de momento. Volvió a cerrar el candado, aunque parecía poco probable que alguien quisiera robar la bicicleta en ese estado. Luego se echó la mochila al hombro. Vivía en dirección a Lansdown, en medio de la nada. Tardaba menos de quince minutos en llegar a casa en bicicleta. Pero a pie mucho más.

—¿Quién te ha hecho eso? —preguntó una voz detrás de ella. El hombre del autobús, por supuesto. Iris había dejado de prestarle atención y pensaba que ya se había marchado. ¿Por qué seguía merodeando por allí?

—No lo sé —contestó Iris—. Es la segunda vez.

—¿Qué? ¿Ya te había pasado antes?

—A principios de febrero, sí.

—¡Madre mía! ¿Tienes enemigos?

—Que yo sepa, no.

La carta. Alguien definitivamente tenía algo contra ella. Pero eso no le incumbía para nada a ese tipo.

—¿Cómo vas a volver a casa ahora? —preguntó.

—A pie.

—Bueno… Si quieres… —Señaló la oscuridad a sus espaldas—. Mi coche está ahí detrás.

—¿Dónde vives?

—Napier Road.

—Yo vivo muy apartada. Sería bastante desvío para ti. No, muchas gracias. Voy andando.

—No sería un problema para mí.

Iris vaciló unos instantes. Lo cierto es que le esperaba una larga caminata. En una noche fría, todavía muy invernal. Y estaba muerta de cansancio.

«No deberías subirte al coche de un desconocido», se le pasó un segundo por la cabeza.

Había algo en él que le resultaba desagradable.

Hablaba con un ligero acento londinense. Pero eso en sí no era nada que le hiciera sospechoso.

—De acuerdo —dijo a pesar de todo—. Por supuesto, me iría muy bien.

Él le tendió la mano.

—Craig Ellis.

Ella la aceptó, una mano fría y seca.

—Iris Shaw.

Se dirigieron al coche de Craig. Del retrovisor interior colgaba un ambientador en forma de árbol que llenaba el coche de un olor dulzón repugnante. Iris no era consciente de que seguían existiendo esas cosas. En el asiento trasero había un tigre de peluche.

—Ese es Henry —anunció Craig, al darse cuenta de que Iris lo estaba mirando.

Iris forzó una sonrisa.

—Qué mono.

Colocó la mochila sobre su regazo, aferrándose a ella con ambos brazos. Deseaba estar ya en casa, en su cama.

Craig resultó ser un conductor muy prudente. Avanzaba por la carretera tan despacio que en otro intervalo horario habría provocado un concierto de bocinazos de impaciencia de los demás conductores. Sin embargo, ahora ya no quedaba nadie en las afueras de la ciudad. Solo en una ocasión otro coche se cruzó con ellos, pero por lo demás no había un alma.

—¿Adónde tenemos que ir ahora? —preguntó Craig.

—Hay que seguir por Lansdown Lane. También hay una pista que cruza los campos, es por donde voy con la bicicleta.

—No me gusta demasiado ir por pistas de tierra con el coche —comentó Craig—, no es bueno para los amortiguadores.

Sin duda pensaba que la pista era un atajo y lo que él quería era ganar tiempo con ella. Iris en cambio deseaba llegar lo antes posible a casa, pero, solo de imaginar quedarse atrapada en medio del campo con ese desconocido por culpa de un eje roto, le corría el sudor por la frente. Sí, mejor la carretera.

«Es un hombre desagradable, pero no por eso tiene que ser un violador», se reprendió a sí misma intentando controlarse.

Craig trabajaba en la recepción de coches para su reparación de un taller de Bath.

—Un trabajo pésimo. Mal pagado. Ni siquiera puedo permitirme no tener que compartir piso. Los alquileres en Bath han subido hasta alcanzar niveles indecentes.

Tenía razón, pero Iris no hizo ningún comentario. No quería comenzar una conversación profunda.

—Todavía vivo con mis padres —prosiguió Craig. Giró la cabeza hacia ella—. ¿Y tú? ¿De qué trabajas?

—Trabajo en la consulta de un médico.

—¿Eres médica?

—Ayudante del médico.

—Ah. Ya veo. Está bien pagado, ¿verdad?

—Más o menos.

—¿Y cómo es que estás soltera?

«¿Cómo sabe que estoy soltera?», pensó Iris furiosa. Lo cierto es que no tenía pareja. Desde hacía más de un año. Desde que Thomas una buena mañana, mientras desayunaban, levantó la vista de sus copos de avena y de repente dijo: «No puedo más, Iris».

En sus ojos pudo ver al instante que lo decía en serio.

Se dio cuenta de que Craig la miraba de soslayo desde el costado, obviamente todavía esperando una respuesta.

—Craig, es muy amable realmente por tu parte que me lleves a casa —aseveró—, pero de verdad que no me apetece contarte ahora mi vida.

Él la miró con frialdad.

—Sí que estás soltera —afirmó—. De lo contrario no estarías aquí sentada, en mi coche. Habrías llamado a tu marido o a tu novio para que te viniera a buscar al darte cuenta de que no podías volver en bicicleta.

No era tonto.

«Pero yo sí que soy tonta», pensó en ese momento. «Tenía que haber llamado a un taxi».

Solo porque estaba ahorrando cada céntimo para el viaje a Francia que estaban planeando, había dejado de permitirse hasta el mínimo capricho. Pero debería haberse dado cuenta de cuándo era preferible hacer una excepción.

—Vivo ahí delante —le informó.

—¿Dónde?

Por supuesto, la casa no podía verse en la oscuridad.

—Puedes dejarme aquí. El resto lo haré a pie.

—Ah, no. No voy a permitir que camines sola en medio de la noche —insistió Craig.

A Iris le habría encantado decirle lo desagradable que le parecía, pero una vocecilla interior le aconsejaba no hacerlo. Era él quien estaba al volante. Y era ella quien ocupaba la posición más vulnerable.

«Soy tan tonta», volvió a pensar.

Él frenó en el cruce con una estrecha carreterita que se adentraba en los campos a la izquierda.

—¿Aquí? —preguntó.

En teoría ese era el camino que conducía a la casa de Iris en línea recta. En teoría. En la práctica había un obstáculo.

Un arroyo considerablemente ancho. Con un puente.

—No —contrapuso Iris—, todavía no hay que desviarse. Todo recto y después a la izquierda, por ahí detrás, hacia el bosque.

Aquella ruta secreta la había encontrado con Thomas en los tiempos en que su relación era aún joven. Thomas se había entregado al juego de alcanzar cualquier destino sin cruzar un puente. Como un rompecabezas que había que solucionar de forma diferente cada día. Amigos, conocidos y compañeros de trabajo habían demostrado su asombro, y siempre era el centro de atención con aquel juego.

«¿Fobia a los puentes? ¿En serio?».

Había un término técnico para expresarla: gefirofobia.

Algunas personas no podían creer que fuera algo real.

«¿No poder cruzar un puente? ¡Eso no existe!».

Thomas siempre había defendido a Iris. Incluso se ofendía cuando alguien dudaba de la enfermedad de su novia.

«Claro que existe. No es tan infrecuente. Aunque puede presentarse en diferentes grados. En el caso de Iris es bastante grave».

Bastante grave en su caso significaba: ataques de pánico, escalofríos, náuseas, y llanto convulsivo cuando se enfrentaba a tener que cruzar un puente. De ir a pie, aquella fobia a menudo le causaba parálisis en las piernas. Era incapaz literalmente de dar un paso más, y se ponía a sudar con tanta intensidad por todo el cuerpo que llegaba a marearse. Algunos se quedaban mirándola con la boca abierta al contarles su reacción, por lo que Iris a veces se sentía como un animal exótico en el zoo.

Craig giró para adentrarse en el bosque. La carretera era ahora aún más estrecha, y solo estaba asfaltada en parte.

—Qué raro que vivas aquí —comentó él—. No parece que vayamos a encontrar ninguna casa.

—Por lo menos aquí nadie molesta —contestó Iris sarcástica.

Su móvil emitió un pitido. Era un mensaje de Whatsapp de Tanya.

Has llegado bien a casa?

Iris respondió:

Todavía estoy de camino.

Me han vuelto a destrozar la rueda de la bici!

No puede ser!

Pues sí. Una locura, no?

Vas a avisar a la policía? Esto no es una

tontería. Y la carta!!

Ya…

Hay alguien detrás de todo esto. Thomas???

Se ha esfumado

Thomas no había vuelto a llamarla desde la separación. Tanya decía en broma que había huido a la otra punta del globo por culpa de la fobia a los puentes de Iris. Había abandonado su vida en común con una determinación inquebrantable. Para Iris las consecuencias habían sido muy concretas: ella se había quedado en la encantadora casita en las colinas a las afueras de Bath, que habían alquilado juntos, y restaurado y decorado con cariño en horas interminables los fines de semana, pero por desgracia también tenía que pagar ella sola el alquiler, algo que antes compartían. Apenas conseguía llegar a fin de mes ahorrando al máximo. Otra de las razones por las que ahora no estaba en un taxi, sino en el coche de un desconocido.

Volvieron a salir del bosque, los campos y los prados se extendían ante ellos. En medio de la oscuridad empezó a distinguirse el contorno de una casita.

—¿Es allí? —preguntó Craig.

—Sí.

Estoy en casa

Has cogido un taxi?

Algo parecido

Craig detuvo el coche. Aunque la visibilidad era mínima, su sentido de la orientación parecía funcionar bien.

—Habría sido más rápido tomar la carretera en el cruce anterior —afirmó.

Ella no respondió, se limitó a abrir la puerta para salir del coche. Craig la cogió del brazo.

—¿Por qué tienes tanta prisa?

—Ha sido un día muy largo. Gracias por haberme acercado. —Se liberó de su mano y salió del coche.

Craig también bajó del vehículo y lo rodeó.

—Iris —la llamó.

—Déjame en paz —exigió Iris. Se esforzó en disimular el miedo, aunque se le había acelerado el corazón. La casita se encontraba lejos de la urbanización de Lansdown, separada por un denso bosque. Pasara lo que pasara allí, nadie se enteraría.

—Por lo menos podrías invitarme a un café —pidió Craig.

—Estás loco —replicó Iris con un bufido. Era consciente de que su voz dejaba entreoír su miedo. Miró a Craig, y vio que él también lo había percibido. De nuevo aquella mirada gélida.

—Tenemos que hablar —dijo él.

2

Estaba tumbada en la cama, con una bolsa de agua caliente en los pies y un jersey de lana sobre la camiseta desgastada que siempre se ponía para dormir. La rabia y el miedo la habían acalorado. Pero cuando la agitación empezó a remitir, comenzó a invadirla un frío penetrante.

Había tomado leche caliente con mucha miel, pero ni siquiera eso había ayudado a mitigar los escalofríos y los temblores.

Al final había conseguido entrar en su casa, sin Craig.

—Apártate de mi camino. —Iris se había enfrentado a él levantando su mochila amenazadoramente—. ¡Apártate de mi camino, o te corto los huevos!

Craig al final había retrocedido y se quedó mirándola per­plejo.

No le había quitado ojo de encima mientras rebuscaba en su mochila la llave de casa. ¿Por qué no lo había hecho antes en el coche? Por fin la encontró. Abrió la puerta.

—¿Y crees que así te librarás de mí? —preguntó Craig.

—¡Eso espero, sí! —Cerró la puerta de golpe y recostó su espalda en ella desde dentro. Le temblaban las piernas. Se había librado por poco.

No se oyó nada más desde fuera.

Echó el cerrojo de la puerta, fue a la cocina y corrió las cortinas antes de encender la luz. Temía que él diera la vuelta a la casa e intentara verla por alguna ventana. Dejó caer la mochila en una silla, cogió leche de la nevera y encendió la cocina de gas. El movimiento titilante de las pequeñas llamas rojas y azules consiguió calmarla un poco.

Mientras subía las escaleras le oyó arrancar el motor. Gracias a Dios, Craig se había dado por vencido.

Se tranquilizó en la cama, aunque seguía tiritando. Caviló qué debía hacer. Afortunadamente, al día siguiente era sábado y no tenía que ir a trabajar. Podía acercarse dando un paseo hasta la parada de Haviland Park y coger la bicicleta para llevarla al taller más próximo. Ya conocía al dueño, el cual ya le había reparado la bicicleta la última vez. Tanya le había sugerido llamar a la policía. Pero ¿qué podría hacer la policía?

«Mañana lo pensaré», decidió, «estoy demasiado cansada para pensar con claridad ahora».

Craig era un estúpido idiota a cuyo coche se había subido de forma imprudente. Pero seguro que no tenía nada que ver con la rueda de la bicicleta o con la carta. ¿O tal vez sí? ¿La llevaba siguiendo desde hacía tiempo? ¿El encuentro de hoy en el autobús no había sido una coincidencia? ¿La estaba acosando? Pero, en ese caso, ella se habría percatado en algún momento. En el autobús, en la ciudad. Aunque tampoco es que soliera prestar demasiada atención a la gente a su alrededor.

Y si no era Craig, entonces había alguien más que la había tomado con ella. Alguien que sentía hacia ella una gran aversión. Fuera quien fuera había que esforzarse para destrozar la rueda de una bicicleta tan a conciencia, y además existía el riesgo de ser visto. Haviland Park no era una estación muy concurrida, pero sí era una parada habitual de autobuses, con gente que se bajaba allí, o que esperaba a que saliera su autobús. Por supuesto, era posible encontrar un momento tranquilo, pero había que esperar mucho y tener paciencia, y luego además debía darse prisa, para evitar ser sorprendido in fraganti.

¿Habría cámaras de seguridad? Seguro que quien fuera lo habría comprobado antes de actuar.

Aunque Iris estaba segura de que no sería capaz de dormir en toda la noche, al final el cansancio venció a la rumia. Agotada, cayó en un profundo sueño.

Se despertó sobresaltada por un fuerte ruido. Su cerebro soñoliento tardó un poco en darse cuenta de qué era lo que la había despertado. De pronto fue consciente de que había sido el estallido de un cristal al romperse. Había incorporado el ruido a su sueño, en el que corría hacia una pared de cristal que se rompía en mil pedazos en el mismo instante en el que chocaba contra ella.

Sin embargo, en realidad estaba tumbada en la cama. Los cristales se habían roto en alguna otra parte. Dentro de la casa. Probablemente en el piso de abajo.

Se enderezó sobre las almohadas y escuchó en la oscuridad. Lo único que pudo oír fue el latido de su corazón y la sangre corriendo por sus venas.

¿Habría sido solo un sueño?

Pero todavía tenía en sus oídos aquel ruido. Por alguna razón sabía con certeza que no lo había soñado.

Salió sigilosamente de la cama y avanzó a tientas hasta la puerta de la habitación. Había un pequeño rellano del que partía la escalera de madera que conducía a la planta baja. Iris se detuvo ante los peldaños y miró hacia abajo. Solo había oscuridad y silencio.

Si alguien había roto una ventana, o incluso la puerta de cristal que daba paso al jardín desde la sala de estar, ese alguien podía haber entrado sin problema en la casa. Y era posible que todavía era posible que todavía estuviera dentro. Pero ¿no debería oírse entonces el crujir de los cristales bajo sus pies? Tal vez había podido sortearlos.

Tal vez sí había alguien allí abajo, en silencio, conteniendo la respiración, igual que ella.

Recordó haber visto una vez en televisión los consejos que daba la policía para el supuesto de que hubiera un intruso en casa.

En todo caso había que evitar cualquier tipo de enfrentamiento. Intentar ahuyentarlo también podía salir mal. Lo mejor era salir de casa sin llamar la atención. Si no era posible, había que retirarse a un lugar seguro, como una habitación con cerradura, y llamar a la policía.

Salir de la casa en su caso no era viable, porque se habría encontrado con el asaltante.

Volvió corriendo a su dormitorio y cerró la puerta. No había llave, solo un gancho a modo de pestillo. No era en absoluto suficiente para disuadir a un intruso, pero era mejor que nada. Miró a su alrededor en busca de su teléfono móvil y de repente se acordó de que lo había guardado en la mochila, y que esta descansaba sobre una silla de la cocina.

Maldijo en voz baja. Solo podía esperar en la habitación hasta que el intruso (¿Craig Ellis?) subiera a hurtadillas las escaleras, o no le quedaba más remedio que conseguir llegar de algún modo a la cocina y hacerse con su móvil.

Consideró un instante la posibilidad de salir por la ventana, pero había mucha altura hasta el suelo y no existía ningún canalón ni planta trepadora a la que agarrarse. Y abajo estaba la terraza. Si saltaba, se rompería las piernas. Salió de nuevo de la habitación, conteniendo la respiración sin siquiera darse cuenta. En la casa no se oía el menor ruido. Le pareció extraño. ¿Por qué quienquiera que estuviera allí abajo permanecería completamente inmóvil?

Bajó de puntillas las escaleras. En una ocasión, uno de los tablones crujió. Ella se detuvo espantada, esperó, pero no se movió nada en ninguna parte. Siguió descendiendo los escalones. Por suerte conocía tan bien la casa que no le importaba avanzar a tientas. Pero a cada segundo esperaba ver la luz de una linterna, y encontrarse cara a cara con Craig Ellis y con su fría mirada.

No obstante, todo seguía sumido en la oscuridad.

Ya en la cocina, cogió la mochila y se apresuró a subir las escaleras, esta vez más deprisa y con menos cautela que antes. Cerró la puerta, volvió a recurrir a aquel inútil gancho. Enseguida encontró su móvil en uno de los bolsillos exteriores. La pantalla le indicó que eran poco más de las dos de la madrugada. Marcó frenéticamente el número de emergencias. Al escuchar que contestaba una voz masculina y tranquila, dio su nombre y dirección. Luego rompió a llorar y añadió: «Por favor, que venga alguien rápido. ¡Hay alguien en mi casa!».

A pesar de lo apartada que vivía, en menos de diez minutos dos agentes se presentaron allí, un hombre y una mujer. Iris les hizo pasar a la casa. Ambos se pusieron guantes desechables. El hombre empezó de inmediato a examinarlo todo a su alrededor, mientras su compañera conducía a Iris a la cocina y le pedía que se sentara en una silla.

—Tranquila —empezó a decir—. Estamos aquí. Soy la agente Julia Reid. ¿Se llama Iris Shaw?

—Sí —balbució Iris. Intentó que dejaran de temblarle las manos, en vano.

—¿Puede explicarme lo que ha sucedido?

Iris describió cómo le había despertado aquel ruido. Como de cristales rompiéndose. Como si alguien hubiera roto una puerta o una ventana.

—Me asusté mucho, porque…

—¿Porque…? —preguntó la agente Reid, con una cálida mirada en sus ojos verdes. Inspiraba confianza.

—Ayer tarde me trajeron a casa. Mejor dicho, ya era de noche. Sobre las once. Desde la parada de autobús de Haviland Park.

—¿La acompañaron hasta aquí?

—Sí. Un hombre. No lo conocía.

—¿No tiene coche?

—No, voy en bicicleta. Pero me habían destrozado una rueda.

—Oh —se limitó a exclamar la agente Reid mientras anotaba algo en un pequeño cuaderno de espiral que había dejado sobre la mesa. Papel cuadriculado. A Iris le pareció anticuado y a la vez reconfortante.

—Sí. No podía usarla para volver. El hombre iba en el mismo autobús y se ofreció a llevarme a casa. Me resultó muy desagradable. Cuando todavía estábamos en el autobús, no paraba de girarse a mirarme.

—¿Y a pesar de todo se subió a su coche?

Iris se encogió de hombros con impotencia. Hacía ya un rato que se había dado cuenta de que había sido un error.

—Está lejos a pie. Y estaba muy cansada. Y un taxi…, bueno, cuesta dinero.

—¿Cómo se comportó el hombre cuando estaba en el coche con él?

—De forma desagradable. Agresiva. —Reflexionó un instante—. Pero no como si quisiera insinuarse. Más bien como si tuviera algo contra mí. Y cuando me bajé del coche, insistió en entrar en casa. Para hablar conmigo.

—¿Se sintió en ese momento amenazada?

—Sí.

—Pero ¿consiguió deshacerse de él?

—Le grité, y él se asustó. Aproveché para entrar lo más rápido posible en casa. Y después escuché cómo arrancaba el motor.

—¿Se acuerda de la matrícula?

—No. Pero sé cómo se llama. Craig Ellis. Vive en Napier Road, en Bath.

La agente Reid escribía diligentemente.

—Muy bien. Le haremos una visita. Entonces ¿cree que puede haber vuelto después?

—Sí. Sin embargo… —Iris vaciló.

Reid la miró expectante.

—¿Sí?

—También podría ser el que me reventó la rueda. Ayer. Y ya me había pasado antes, hace unas cuatro semanas.

—¿Ya le había ocurrido otra vez hace poco?

—Sí. Y recibí una carta. —Se levantó y abrió un cajón del armario de la cocina, que contenía varios libros de cocina. Había guardado la carta entre ellos—. Aquí está. —Se la dio a la policía. Me la encontré en el buzón. Sin franquear, o sea que quien la escribió vino aquí expresamente. Es anónima, por supuesto.

Reid cogió la carta y desdobló el papel.

—«Ya estoy muy cerca. Vas a desear estar muerta» —leyó en voz alta. Miró a Iris—. ¿Cuándo llegó?

—A principios de enero… El 5, creo.

—¿Sabe a qué se refiere este mensaje?

—No. Ni idea.

—En lo que va de año le han enviado una amenaza anónima, y le han rajado la rueda de la bici dos veces —resumió la agente Reid—. Y ahora le han entrado en casa. ¿Tiene alguna idea de quién…?

—No —la interrumpió Iris.

—Ese… —Reid echó un vistazo a su cuaderno—, ese Craig Ellis, ¿le había visto antes de ayer por la noche?

—No que yo recuerde.

—¿Tal vez en el autobús en otra ocasión? <

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