Fuera de plano

Jesús Boluda del Toro

Fragmento

cap-1

1

Dicen que la rutina es una muerte lenta. Aquí dentro, esa noción es un cuento de cuna. La rutina no solo te mata: antes te asedia. Primero te desgarra la piel, luego te despieza con la precisión de un carnicero y te esconde en los rincones más oscuros de esta prisión. Cada día es el mismo fotograma reescalado, un loop eterno en un híbrido de serie B que fusiona las celdas de Alcatraz con el ambiente sofocante de El expreso de medianoche. La diferencia es que aquí no hay drama, tan solo el eco pegajoso del tedio. No existen villanos carismáticos ni héroes en el horizonte; son fantasmas de uniforme que se arrastran por las sombras, extras olvidados en un rodaje que fue cancelado justo después de la primera toma.

El altavoz me saca de mis cavilaciones cinematográficas:

—Señores internos, se va a proceder al recuento. Camas bien hechas, celdas limpias y ordenadas.

La voz metálica, desprovista de cualquier sentimiento, se convierte en ruido blanco en cuanto llevas cierto tiempo encerrado. Sabes lo que dice sin escucharla. Siempre son los mismos mensajes, a las mismas horas. A veces, pienso que la persona que los grabó debe de llevar criando malvas muchísimos años.

Me levanto despacio —no me acostumbro a estos madrugones, a pesar de los años— y el frío cortante de la celda me despierta del todo. En la pared, frente a mí, cuelga el póster de Raquel Welch, aunque detrás no existe un agujero excavado para escapar de la cárcel, como en Cadena perpetua. Algún día, cuando escriba mis memorias, confesaré, en una mentira piadosa para agrandar mi leyenda, que intenté rascar ese tabique con un martillo de roca que ocultaba en una biblia. Habría recortado sus hojas al milímetro para guardarlo, haciéndolo indetectable a menos que alguien la abriese. He de reconocer que mi plan encerraba dos fallos insalvables: el primero, que las paredes se construyeron de hormigón macizo; el segundo, que, de haberlo logrado, solo podría conseguir una visita indeseada a la celda de mis vecinos.

A la derecha me encontraría con un lituano. Es el arquetipo de matón del Este con una anchura de hombros fuera de lo normal y que no sabe ni una palabra de español. No lo necesita, su cara de mala leche advierte que es mejor no decirle nada. A la izquierda, un personaje sacado de una tragedia rural española: un chico de Cáceres que le descerrajó dos tiros a su primo con una escopeta de caza porque le escondió la Vespino en el pajar para gastarle una broma. Es un tipo muy tranquilo, todo hay que decirlo. Precisamente esa tranquilidad es lo más preocupante. Cuando veo la parsimonia con la que se mueve, esa media sonrisa con la que me mira, recuerdo uno de los tantos dichos que mi abuela repetía y se me eriza el vello: «Líbrame de las aguas mansas, que de las bravas me libro yo».

El comedor no es un lugar para comer, es un teatro de sombras donde cada mesa es un tribunal. Aquí, bajo el monótono repicar de las bandejas, se ventilan los dramas del encierro. En la esquina más alejada, se sientan los veteranos, figuras talladas por la paciencia de los años. Desde esa atalaya lo dominan todo con la seguridad de quien ya no teme a nada. Inspeccionan sin mirar. La cuchara sube y baja en un movimiento mecánico. Sus ojos, fijos, sin parpadear, son dagas. No necesitan articular ni una palabra. Su autoridad reside en la economía de movimientos.

En la esquina opuesta, se agrupan, sin juntarse demasiado entre ellos, los que querrían ser invisibles, volverse transparentes para que nadie reparara en ellos y que, sin embargo, siempre terminan llamando la atención. Sujetan sus bandejas con la rigidez del que sostiene un escudo contra el mundo y cuyo gesto revela nerviosismo. Cada tanto, uno de ellos comete el error de sentarse en el lugar equivocado, o su mirada se detiene en el lugar equivocado medio segundo de más. Esos errores son el detonante de pequeñas escaramuzas que jamás escalan más allá de las palabras. En este lugar, el lenguaje ofrece la misma función que un empujón en una pelea de bar: un límite que nadie cruza salvo por accidente o estupidez.

Y en el centro, yo, con mi bandeja y una tostada tan tiesa que bien podría usarse como arma blanca. Me siento en mi mesa habitual, aunque hoy me encuentro con una sorpresa: Barriga Martínez. Es un preso que ocupa una celda cercana a la mía y cuya voz se cuela a menudo en mis noches a través de un murmullo de pesadillas incomprensibles o de ronquidos sobrehumanos. Con su amplia sonrisa y su rostro de caricatura, se le nota que disfruta de su pequeño monopolio de información inútil.

—¿Sabes lo de los nuevos, Juan Cu? —me suelta sin dejar de engullir la comida como una morsa hambrienta. Gesticula mientras mastica y escupe por los agujeros que dejaron unos dientes que debieron de volar hacia lugares de clima tropical.

—No, pero estoy seguro de que me lo vas a contar en tres actos y con un clímax decepcionante —respondo sin levantar la vista de mi café, que tiene un color y una textura indescifrables.

—Son primos, calvos como bolas de billar y se llaman igual: José. Aunque se hacen llamar Pepín y Pepón, yo los he apodado Pepín el Tontín y Pepón el Tontorrón. Trabajaban juntos en una cooperativa agrícola y los pillaron robando a espuertas. Parece ser que llenaban camiones de almendras y los vendían al extranjero. Claro, lo cobraban en negro, sin declarar, y se llenaban los bolsillos a costa de la ruina de los cooperativistas. Además del desfalco, se aprovechaban de…

Se lanza a una descripción llena de detalles irrelevantes mientras yo recorro el comedor con la vista. Por suerte, poseo un avanzado sistema de desconexión cuando una conversación no me interesa.

Me fijo en el resto de los internos. En una mesa cercana, un grupo intercambia trozos de pan en una ardua negociación que recuerda a la de una gran fortuna a repartir entre hermanos que no se hablan. Más allá, un funcionario —o «boqueras», como se los llama por aquí— vigila con expresión aburrida mientras juguetea con el manojo de llaves que cuelga de su cinturón. De repente, el ronroneo del soliloquio que mantiene Barriga lanza una pregunta que me devuelve a la realidad.

—¿Entonces, qué piensas, Cu? —Martínez espera mi respuesta.

Le sonrío, dejo la taza de café en la bandeja, me levanto y comienzo a andar.

—Pienso que deberías escribir un guion con esa información. Seguro que algún director estaría encantado de rodar una película. El cine todo lo aguanta y todo lo soporta —le respondo sin mirar atrás, deposito la bandeja en su sitio y me marcho a mi lugar de trabajo antes de que la sirena marque el comienzo de las tareas diarias.

La monotonía de la biblioteca de la cárcel esconde su propio encanto. Entre montones de papeles apilados, carpetas sin etiquetas y libros por clasificar, encuentro mi refugio. La tranquilidad que se respira me permite pensar con más claridad que en cualquier otro sitio. Claro, esto no significa que el trabajo sea interesante. En absoluto. Catalogar libros o documentos viejos y rellenar formularios es, en esencia, la definición del aburrimiento. Pero yo siempre encuentro dónde entretenerme.

Hace ahora ocho años, cuando escuché la condena a la que me enfrentaba por haber secuestrado el ala central de la segunda planta del hospital, pensé que me volvería loco. No por estar encerrado, pues apenas salía a la calle cuando gozaba de libertad, sino por la falta de cine.

Pasé de ver cinco o seis películas diarias a la abstinencia.

Mi modo de vida, mi pasión —algunos lo llamarían obsesión— por el cine se truncaba de golpe.

Por suerte, pronto pasé al segundo grado y pude visitar la sala de televisión. Ahí me quitaba un poco el ansia de material cinematográfico, aunque no cubría mis necesidades.

Y encontré en la biblioteca una pequeña vía de escape.

Los nombres en los ficheros son mi punto de partida. Cada uno de ellos encierra una historia que puedo construir a mi manera. Hace unos días decidí que Ricardo Rodríguez no es un interno a quien le gustan las novelas negras de Carlos Salem, sino un espía atrapado en un doble juego. Su firma aparece al pie de un formulario de petición de reserva, pero para mí es una clave en un mensaje cifrado. Utiliza los libros para enviar y recibir mensajes de las misiones que lleva a cabo.

A su lado, Trinidad Torres pasa de ser un preso aburrido a uno que maneja una red de contrabando de relojes de lujo con el objetivo de financiar una rebelión en algún lugar del mundo, sin dejar claro si es un chico, una chica o, incluso, ambos a la vez, lo que le obliga a travestirse cuando lo necesita.

Mis historias inventadas no solo me ayudan a pasar el tiempo: también convierten este espacio anodino en mi particular sala de montaje. De este modo, puedo ficcionar sus vidas a mi antojo y reescribir los finales. Incluso las manchas de tinta en las hojas o los bordes desgastados de las carpetas adquieren significados ocultos. Cada detalle, por mínimo que parezca, ofrece múltiples y maravillosas posibilidades.

También repaso la prensa diaria, aunque aquí llega con retraso, cuando ha pasado por todas las manos de la oficina de funcionarios. Archivo las noticias que me resultan interesantes, la mayoría de ellas de las páginas de sucesos.

Hoy, mi botín está siendo suculento, porque la sección viene cargada:

LOS OBISPOS BUSCAN CERRAR EL ESCÁNDALO DE LA PEDERASTIA MIENTRAS EL DEFENSOR DEL PUEBLO ANUNCIA UN PLAN URGENTE PARA PAGAR INDEMNIZACIONES

LA JUEZA REABRE EL CASO JESSICA DIECISIETE AÑOS DESPUÉS DEL CRIMEN

EL REY DE LOS CONDONES DEL NORTE DE ÁFRICA Y SU INCANSABLE LUCHA CONTRA EL VIH

Las recorto y las guardo en una carpeta antes de que los presos vengan a mendigar retazos de papel limpio para usarlos como toallitas después de desahogarse jugando al cinco contra uno.

De vez en cuando las releo. Cada noticia, cada encabezado y cada dato escabroso me confirma la podredumbre del mundo libre.

Siempre llego a la misma conclusión, que suelo repetir en voz alta:

—No, si al final no voy a estar tan mal aquí.

2

El cartel luminoso del hostal San Carlos parpadeaba como una vela a punto de apagarse y reflejaba el estado general del edificio.

El inspector Sergio Planes detuvo su vehículo al lado de un coche patrulla. Dudó antes de bajar. Se repitió mentalmente que no le causaba aprensión enfrentarse con los cadáveres de las víctimas, más bien un hastío profundo, una sensación de fracaso.

Él había dedicado buena parte de su vida profesional a evitar muertes inútiles.

Ahora lo obligaban a ir a contemplarlas.

Aislado en su vehículo, observó el frenesí que se desarrollaba en el aparcamiento. La tormenta martilleaba el asfalto con violencia. Siluetas borrosas cruzaban su campo de visión. Un forense, empequeñecido por la lluvia torrencial, se cobijaba bajo un paraguas que apenas cumplía su cometido.

Todos alterados y sorprendidos desde hacía días por un clima inusual en Murcia.

En la radio, una locutora manifestaba su extrañeza por esa meteorología inesperada e invocaba las estadísticas, los trescientos días de sol al año en la región —traducidos en más de tres mil trescientas horas—, los inviernos suaves y las bajas precipitaciones. Sin embargo, enero de 2019 ya estaba catalogado como el más lluvioso desde que se tenían registros.

El paisaje desde la ventanilla del coche parecía burlarse de la locutora y de todos.

Al bajar, Planes notó que el suelo se convertía en una trampa resbaladiza bajo sus zapatos. El asfalto, lleno de charcos aceitosos, reflejaba las luces rojas y azules de los coches patrulla. Un joven policía lo abordó con pasos apresurados y la cara descompuesta para ofrecerle refugio bajo un ancho paraguas.

—Inspector Planes, lo estábamos esperando. Arriba…, bueno, arriba la situación no es normal —balbuceó el muchacho.

—¿No es normal? —replicó con cansada ironía—. ¿Qué ha pasado? ¿El cadáver está cantando La traviata o el asesino dejó una propina para la limpieza?

El agente tragó saliva.

—Quizá prefiera verlo usted mismo.

—A eso he venido.

Sin más preguntas, entró al hostal. Dirigió la vista a una mesa que ejercía como recepción y, justo al lado, encontró una máquina de refrescos cuyo cristal era casi traslúcido por la capa de suciedad que lo cubría. Se acercó y lo limpió con la manga de la chaqueta lo suficiente para localizar el número correspondiente a una botella de agua. Depositó una moneda en la ranura. El ruido de la botella al caer indicó que, contra todo pronóstico, la máquina aún funcionaba.

Sacó un pequeño pastillero ovalado de metal y lo abrió.

Volcó varios comprimidos en la boca y los hizo bajar con un generoso trago de agua, maldiciendo una vez más los achaques de la edad. El mejor beneficio que le regaló su trabajo fue una ansiedad asociada a la depresión y un infarto que a punto estuvo de acabar con él. A pesar de estar a igual distancia de los cincuenta que de los sesenta años, tomaba ya tantas pastillas como un octogenario.

Cuando le plantearon la prejubilación, se negó en redondo. Le horrorizaba imaginarse todo el día en su piso vacío, inmenso desde que enviudó. No pasaría de ser un experto en casos de secuestro con rehenes, condecorado en múltiples ocasiones, a ser olvidado por los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado a los que había entregado su existencia.

Le propusieron el traslado a una comisaría de menor tamaño.

Tampoco quiso, aunque en esa ocasión el jefe superior le advirtió que el cambio se haría pronto, quisiera o no.

Y, mientras ese momento llegaba, lo habían apartado de la tarea que mejor se le daba: la mediación en secuestros. Según su cardiólogo, la forma en que Planes se implicaba en esas operaciones había sido la causante de la cardiopatía. En su lógica, resultaba menos estresante investigar un asesinato que tratar de frenar una masacre.

Se encogió de hombros y trató de disimular su malestar. Caminó hacia la escalera e ignoró el ascensor oxidado que chirriaba al cerrarse tras un par de policías que no notaron su presencia. El pasillo conectaba la planta baja con la primera a través de unas estrechas y poco iluminadas escaleras. Las paredes estaban cubiertas de un papel pintado amarillento que se despegaba en las esquinas. A medida que subía, el sonido de sus rodillas al pisar cada peldaño marcaba un ritmo de percusión grotesco.

Encontró la habitación nada más subir y girar hacia la derecha. Se quedó inmóvil a pocos metros de la puerta. Una vaharada de humedad y aromas indefinidos invadía el resto del pasillo. Dentro, el ambiente resultaba pastoso.

La luz del flash de una cámara iluminó el cuarto de baño, al fondo de la habitación, con un destello blanquecino que arrancó un brillo malsano a los azulejos.

Fulgencio Sola ya estaba haciendo su trabajo, con la discreta eficacia habitual. La presencia del fotógrafo forense, que se movía en el espacio del baño con soltura, confortó a Planes. Aunque nunca lo habían comentado, desde que se ocupaba de este tipo de casos, sintió cierta sintonía entre ambos.

Al inspector le exasperaba la indiferencia con la que muchos compañeros se movían por la escena de un crimen. Se los veía con la misma actitud que podrían tener si estuvieran en un bar.

Al verle, los forenses y policías detuvieron su trabajo y se apartaron para dejar el campo de visión libre. Sola se percató del cambio, giró la cabeza y saludó al inspector antes de seguir con su tarea. Planes le devolvió el gesto con lo más parecido a una sonrisa que podía ofrecer en ese momento, se detuvo bajo el dintel y observó el cuarto.

El agua seguía fluyendo desde el grifo con una gota constante que resonaba al golpear contra el hierro esmaltado de la bañera. El ruido rebotaba entre las paredes de azulejos, salpicadas de un rojo intenso. La cortina de la ducha, blanca en origen y ahora teñida en los bordes, colgaba torcida.

El cadáver yacía desnudo, a medio camino entre la bañera y el frío suelo. Mantenía un brazo extendido hacia fuera, como una rama rota. Un hilo escarlata se deslizaba desde su mano inerte, tejiendo arabescos macabros sobre la cerámica. El otro brazo descansaba sobre su vientre cual hoja marchita que se aferra al tronco. Su piel, pálida y transparente bajo la luz, mostraba un lienzo manchado de horror. Los cortes precisos hablaban de una violencia desarrollada con la calma de un profesional en el arte de la disección.

El cabello, empapado y oscuro, se adhería al rostro, enmarcando una expresión petrificada en el tiempo. Los ojos, abiertos y fijos en algún punto indefinido, estaban atrapados en el espanto de los últimos segundos. La boca entreabierta fosilizaba un grito que quizá nunca llegara a completar. La forma en la que el cuerpo se acomodaba contra la bañera, en un gesto para intentar localizar algún refugio en su último instante, emanaba vulnerabilidad.

El desagüe estaba manchado por haber tragado el agua rojiza en espirales. Una visión hipnótica, como la de una danza mortuoria que se hubiera detenido poco a poco. Era un espacio pequeño, asfixiante, donde cada detalle amplificaba el vacío que dejaba aquella vida apagada.

Y el sonido. El maldito sonido. Gotas que caían, el tímido gorgoteo del desagüe, el eco del agua siguiendo el camino marcado por la gravedad.

Si alguien entrara con los ojos cerrados, no podría imaginar que allí estaban más de veinte personas en apenas unos metros cuadrados.

Nadie se movía ni hablaba desde que Planes había llegado.

La mirada del policía recorrió la escena en busca de los pequeños detalles que contaban la verdadera historia. Respiró hondo y dio un paso hacia la bañera. No encontraba nada fuera de lugar. La rodeó con pasos lentos, evitando las zonas señaladas por los técnicos. Le inquietaba la manera precisa y casi ceremonial con la que todo parecía colocado.

Se pasó la mano por el rostro mientras salía del cuarto hacia la habitación.

Allí vio a Delia Morales, la forense. Aunque se conocían desde hacía años, no eran amigos cercanos, pero su presencia amable siempre lo tranquilizaba. Además, estaba reconocida como una de las mejores del país en lo suyo.

—¿Alguien cercano?

—No te lo aseguro, Sergio. Creo que se usó un cuchillo de cocina y que la chica estaba drogada. No hay heridas defensivas. Hemos encontrado una botella de vino semivacía en la mesilla. No hay copas, el asesino se las ha debido de llevar.

El cuerpo de Planes le lanzó un aviso en forma de mareo. Se sentó en una silla.

—Gracias, Delia. Esperaré a los informes para sacar conclusiones.

La forense se despidió y salió de la habitación.

De pronto, el inspector se sintió viejo.

Quizá ya no estaba tampoco para estos casos. Lo mismo el comisario llevaba razón y debía apartarse para dejar paso a las siguientes generaciones, que controlaban las nuevas tecnologías que a él le abrumaban. Quizá le había alcanzado la obsolescencia programada de la que tanto hablaban en la tele.

Su camino hacia el cementerio de elefantes comenzó el día que colgó el chaleco de negociador. Intentaría resolver este caso y daría un paso al lado para salirse del plano y dejar que otros ocupasen el foco.

Cuando apagaron las luces del pasillo y el olor a lejía empezó a imponerse, Planes salió a la calle.

No había dormido, pero la imagen seguía allí. No se movía.

3

El reloj de pared del despacho marcaba las once y seis desde hacía algunos años. Se le acabó la pila un día y nadie tomó la iniciativa de sustituirla. El aparato se fundió con el espacio y Planes ya ni siquiera recordaba su existencia.

El inspector había pasado las últimas horas encerrado, con el expediente abierto frente a él. Aunque la mesa corría el riesgo de colapsar por las pilas de carpetas en precario equilibrio, no podía apartar la atención del caso de la chica en el hostal.

Conforme pasaban los días, el expediente engordaba a base de informes, fotografías, declaraciones, análisis… Las fotografías y dosieres lo observaban desde el escritorio y él les devolvía la mirada. Todo estaba ahí, pero no encontraba nada que permitiera formar una hipótesis. El crimen seguía siendo un puzle al que le faltaban piezas.

Cogió una de las fotografías y se la acercó todo lo que su vista le permitía sin perder el enfoque. La imagen mostraba la bañera vacía, con la cortina corrida a medias y el cuerpo de la víctima tendido en su interior.

La dejó sobre las demás y sacó el análisis de las entrevistas, que recogía las declaraciones de los huéspedes del hostal, así como del responsable de turno en la recepción. De un total de dieciséis habitaciones, doce de ellas estaban ocupadas la noche del suceso, incluyendo la contigua al escenario del crimen. «Nadie vio nada. Nadie escuchó nada», anotó Planes al margen con una línea de lápiz, casi convenciéndose de que, al escribirlo, lo haría menos incoherente.

El recepcionista, un joven de veinticinco años, afirmaba haber entregado la llave a una mujer que coincidía con la descripción de la víctima. Por el contrario, no recordaba detalles importantes. No sabía si llegó al hostal en coche o caminando, tampoco si llevaba una maleta, ni siquiera si la mujer iba acompañada. En el hostal entraba y salía gente sin dar explicaciones. Era habitual que el inquilino hiciese solo el control de recepción y, minutos más tarde, entrase sin detenerse una segunda persona. Desde la dirección del hostal se permitían estos movimientos, pues asumían que se trataba de un lugar de encuentros clandestinos extramatrimoniales.

Dejó las declaraciones en el escritorio y pasó a otro documento. El informe pericial dactiloscópico indicaba que las huellas encontradas en el baño pertenecían a la víctima. Ni una sola del homicida. Las cortinas estaban limpias, sin fibras ni rastros de contacto.

En una imagen de la autopsia, Delia había marcado las heridas con un rotulador verde: tres cortes profundos en el torso, ninguno de ellos mortal por sí mismo, pero suficientes para que la sangre saliese despacio, aunque sin pausa. Además, el hecho de que la chica no tuviera las manos manchadas de sangre y que el rictus fuese relajado indicaba un nivel de sedación tan profundo que no había sentido las incisiones. Sin embargo, el informe dejaba claro que los tajos se produjeron mientras aún vivía. «La víctima se desangró con lentitud», rezaba, a modo de conclusión. Planes cerró los ojos, pero la expresión seguía ahí, proyectada en la oscuridad de sus párpados.

—Todo esto no significa nada —murmuró a la vez que dejaba el documento sobre la mesa con un gesto violento.

Volvió a las fotografías y cogió una del baño visto desde la puerta. La pulcritud contrastaba con el descuido evidente del resto de la habitación, donde recordaba haber visto una capa de polvo en las mesillas, manchas dispersas en la moqueta e incluso una colilla vieja y amarillenta en una de las esquinas. Aquello evidenciaba que el asesino trabajó bien la zona para dejarlo todo limpio y ordenado después del crimen.

Planes se pasó una mano por el rostro. Sentía el cansancio acumulado de muchos días para el que ya su corazón no estaba preparado. Un resorte interno saltó para recordarle que llevaba mucho tiempo sin abrir el pastillero. Lo mismo se le había pasado tomar parte de la medicación. Se echó la mano al bolsillo y lo sacó. No olvidaba parte de la medicación, sino la totalidad. Buscó una botella de agua y abrió la boca todo lo que pudo.

En ese momento, la puerta del despacho se abrió de golpe. El policía Antonio Navarro asomó la cabeza al mismo tiempo que le mostraba una carpeta.

—¿Ha echado un ojo a esto, jefe? —preguntó sin preámbulos.

El inspector bebió un largo sorbo de agua medicada antes de contestar.

—Si es el informe del laboratorio, ya lo he visto. Nada que rascar.

Navarro, acostumbrado al tono seco de Planes, dejó el expediente sobre la mesa.

—¿Puedo sentarme, al menos? —Su jefe lo miró de reojo y no dijo nada. Navarro, sin inmutarse, siguió—: No hay nada que se salga del guion. En el cuarto de baño, ni restos de ADN ni huellas que no sean de la víctima. En la habitación hay tantas que no va a servir ninguna. Ya sabes cómo son esos sitios. Además, el informe toxicológico revela grandes cantidades de escopolamina. Tiene pinta de que el asesino utilizó burundanga, ahora que está de moda y es fácil de comprar.

—Perfecto. Lo que ya sabíamos: que no tenemos nada —respondió Planes dejándose caer en el respaldo de la silla.

Intercambiaron un par de frases y Navarro salió del despacho. Planes se reclinó en la silla, con las manos entrelazadas y apoyadas en el vientre mientras contemplaba el expediente.

Pensó en dejarlo ahí y pasar a otro de los muchos que postergaba. Sin embargo, lanzó un largo suspiro y siguió trabajando en él.

Esta vez, evitó centrarse en las imágenes. En lugar de eso, revisó en conjunto las notas de la forense y los diagramas de la escena. Los trazos esquemáticos mostraban la posición del cuerpo, las salpicaduras de sangre y el ángulo en el que la víctima pudo haberse desplomado. Planes repasó cada línea, buscando entre los números y anotaciones un dato que su mente pudiera haber pasado por alto.

Las descripciones técnicas —«herida incisa», «ángulo descendente», «tiempo estimado de agonía»— constituían en sí otra autopsia, del lenguaje en este caso, que le sacaba de quicio. Pero sabía que, en muchas ocasiones, esa asepsia desprovista de adornos escondía la clave.

Buscó también en las transcripciones del equipo técnico. Se componían de pequeñas frases que a menudo se desechaban por su irrelevancia.

«Restos de polvo en el alféizar de la ventana, sin indicios de uso reciente». «La botella estaba limpia de huellas, sin marcas exteriores».

Detalles insignificantes que podían dar paso a una novedad.

Se detuvo en una descripción: la cortina de plástico, arrancada a medias, con pliegues pronunciados hacia el interior de la bañera.

¿Recolocada?

La intuición lo detuvo. No encajaba con la lógica del resto de la escena.

—¿Por qué estaría así la cortina? —murmuró.

Una pregunta que podía resultar banal, pero suficiente para escribir un interrogante en rojo al lado de la descripción.

Cerró el informe. Tal vez estuviera viendo fantasmas donde no había nada.

El teléfono en su escritorio comenzó a sonar. Lo cogió con la certeza de que sería una llamada rutinaria.

—Planes —respondió con tono frío.

—Inspector —dijo una voz familiar y pausada al otro lado de la línea.

El policía tardó unos segundos en identificar a su interlocutor.

Habían pasado varios años.

—¿Cu? ¿Eres tú?

—Cu, Juan Cu —respondió en un malogrado intento de imitar a James Bond.

4

—Juan Curcio Moreno Sánchez. ¿Cómo estás?

—Bien, inspector. Aunque el paisaje resulta un poco monótono. Pero por lo demás bien. ¿Cómo va su salud?

El policía titubeó.

—¿Por qué lo preguntas?

—A pesar de lo que puedan creer ahí fuera, aquí dentro uno se entera de todo lo que ocurre. Y especialmente de lo que le ocurre a un policía…

—Así que más de uno habrá brindado a la salud de mi infarto…

—Al contrario, inspector Planes. A varios de los que estamos aquí, usted nos salvó la vida durante una negociación. Y lo sabe. Quise llamarlo entonces, pero desde aquí no es fácil. Para llamarle ahora, he presentado una instancia al subdirector de Seguridad y crucé los dedos para que la autorizase…

—Parece que lo autorizó. —El policía estaba intrigado—: Dime qué puedo hacer por ti, Juan… Aunque ya te he defraudado una vez.

—No lo hizo y los dos lo sabemos. Sigue siendo buena gente, inspector —dijo con sinceridad, y cambió de tema—: No se trata de ayudarme a mí, sino de salvar vidas. Por eso pensé en usted…

Desilusión en el rostro de Planes. Además de ser un tipo excéntrico, siempre sospechó que Juan Cu no estaba del todo en sus cabales. Quizá estos años en la cárcel y el abandono de la única persona que había creído en él terminaron por trastornarlo del todo.

Pero también sabía que, a su manera, se trataba de una especie de genio, y la curiosidad profesional pudo más que la cautela.

—Explícate mejor, Juan Cu. Estás bien informado y sabes que ya no me dedico a salvar vidas, sino a ir recogiendo muertos ajenos.

—De eso se trata, inspector. ¿Tiene tiempo para que le cuente?

Un tibio enfado en la voz del preso avivó la culpa que el policía seguía sintiendo hacia él. Además, necesitaba saber de qué se trataba.

—Todo el que necesites.

—Desde hace dos años me ocupo de la biblioteca del centro. No es el trabajo de mi vida, pero estoy entretenido y solo, dos puntos muy a favor. Además, he encontrado en la lectura una nueva afición. Siempre supe que muchas de mis películas favoritas salían de los libros, pero nunca me animé a leerlos. Es un verdadero regalo. También llegan periódicos y revistas. No solo me mantienen al día, son un escaparate de lo más oscuro de la humanidad. Las noticias de sucesos son mi sección preferida, las voy recortando y guardando en una carpeta.

Por instinto, Planes se preparó para tomar notas.

—Y eso enlaza con lo que quieres contarme.

—Claro que sí. Los detalles de los casos que llegan a los periódicos son suficientes para que una persona con tiempo e imaginación perciba patrones…

—¿Y?

—Y en los últimos quince meses he detectado tres asesinatos que podrían tildarse de particulares.

—¿Cómo de particulares? Empieza desde el principio.

—Vale. Hace unos quince meses apareció una noticia que contaba un asesinato un tanto extraño. Los periódicos comentaban que el cadáver parecía formar parte de una escena, por la peculiaridad del lugar y la vestimenta. Leí la descripción y lo supe. Usted ya conoce mi pasión por el séptimo arte. Esa imagen estaba grabada en mi cabeza. Las gafas redondas, el sombrero de copa, el bastón con el puño nacarado en forma de bola, el cuerpo atado a una silla, la campana de mano en el bolsillo del gabán… Cuando leí que detrás de la víctima había una tela larga colocada en vertical en la que un dibujo burdo representaba a un hombre, no tuve más dudas.

A Planes le surgían demasiadas, pero esperó.

—¡El gabinete del doctor Caligari! —exclamó el preso—. La película original, la de 1920, desde luego. Dirigida por Robert Wiene, con Werner Krauss, Conrad Veidt, Friedrich Fehér y Lil Dagover en los papeles principales. ¿La recuerda?

—No la recuerdo ni la conozco. El caso sí, porque lo llevé yo. Y, aunque me pareció extraño, no lo identifiqué así…

—¡Búsquela luego en internet! Es más, si en la búsqueda escribe «Cesare» y el título de la película, le aparecerá la escena. Es una de las más famosas. Como podrá comprobar, coincide en todo con su crimen.

—Lo haré en cuanto cuelgue, Juan Cu. Pero has nombrado tres casos…

—Así es. Luego ocurrió lo de la pareja de la mansión en la urbanización de La Alcayna, hace ocho meses. Me llamó la atención por la extravagancia: él, acostado en un diván enfrente de la chimenea, y ella, sentada en un sillón al lado de la puerta. Y también la extraña ropa que llevaban: ella, un pomposo vestido de color blanco y verde, y él, traje y pañuelo negro con lunares blancos anudado al cuello… Los periodistas lo calificaron de teatral y se equivocaron por poco. Puro cine. Seguro que esa sí la ha adivinado, inspector…

—Pues… no.

—¡Lo que el viento se llevó! Dirigida por Victor Fleming y protagonizada nada menos que por Vivien Leigh, Clark Gable, Leslie Howard y Olivia de Havilland, entre otros. Estrenada el 15 de diciembre de 1939, en Atlanta.

Si no conociera lo suficiente a su interlocutor, Planes sospecharía que el otro leía esos datos de alguna ficha, cuando en realidad consultaba su memoria, una biblioteca inagotable en lo que a cine se refería.

—Ahora que lo dices, me suena la imagen.

—¡Seguro! Es la escena en la que Escarlata, rechazada por Ashley Wilkes y cabreada como una mona, lanza un pequeño jarrón a la pared de la chimenea. Allí está el diván, orientado hacia la chimenea y donde el guaperas de Clark Gable aparece.

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