Indetectable

Serguéi Lébedev

Fragmento

cap

Homúnculo

(En la redoma. A Wagner)

¡Bien, padrecito! ¿Cómo te va? No ha sido broma.

¡Ven, apriétame tiernamente contra tu corazón!

Pero no demasiado fuerte, no vaya a romperse el cristal.

Está en la naturaleza de las cosas:

a lo natural apenas le basta el universo,

lo artificial exige espacio cerrado.

(A Mefistófeles)

¿También estás tú aquí, mi pícaro pariente?

En este feliz momento te doy las gracias.

Una buena estrella te condujo a nosotros;

y ya que soy, tengo que hacer algo.

Quisiera entregarme enseguida al trabajo.

Eres el indicado para allanarme el camino.

GOETHE,

Fausto

1

Vyrin llevaba ya muchos años habituado a las enfermedades silenciosas y duraderas que acompañaban a la vejez que se aproximaba. Sin embargo, en verano sentía su peso, los suplicios del cuerpo eran bastante más evidentes que en otras temporadas. Maduraban, acumulaban fuerzas hacia finales de agosto, para el correspondiente aniversario de la evasión, le torturaban las articulaciones, los vasos, las pupilas; y desaparecían ligeras en los primeros días del otoño, cuando el calor se aplacaba, el barómetro se tranquilizaba.

¿Quizá actúe así la condena a muerte dictada in absentia?, se decía en broma, sintiendo en los labios el sabor a artemisa de la muerte aplazada.

¿O es el cuerpo vengándose de mí?, pensaba. ¿Se venga por el nuevo rostro creado con cirugía plástica? ¿Por las recordables cicatrices y lunares eliminados con láser? ¿Se acuerda de todo y a propósito busca vengarse en la fecha de la huida?

Por culpa de las lentillas que le cambiaban el color de los ojos tenía conjuntivitis constantemente. Los pies se quejaban por ir metidos en unas botas que aumentaban la altura. El pelo se había vuelto quebradizo, se le caía por culpa de los tintes. Ser otro era un trabajo diario y pesado. Y él no lograba acostumbrarse.

Formalmente, ese hombre del pasado ya no existía. Era otro. Un echadizo, un farsante, cuya biografía han compuesto maestros en la mentira y en la reencarnación.

Otra lengua. Otras costumbres. Incluso los sueños son otros. Otra, como si hubiera crecido encima de la anterior, es la memoria.

Sin embargo, esa persona regalada se compaginaba con la auténtica solo como una prótesis; únicamente en contadas ocasiones Vyrin la percibía como una parte natural propia.

El cuerpo, vale que reescrito, redibujado por el bisturí, sí recordaba: una memoria entraña de los intestinos, del hígado, de los riñones, en los que se deposita, se cristaliza la escoria de la existencia, los cálculos biliares y renales. El cuerpo oponía resistencia, rechazaba la nueva apariencia, el nuevo nombre, el nuevo destino. Oponía resistencia, aunque para Vyrin no había y no podía haber un regreso al pasado; debido al veredicto, una sentencia banal y metafórica tenía una vigencia jurídica real.

Había aprendido a no reprimir, sino a valorar, a observar con simpatía esa obstinación de la carne envejeciendo y renegando del misterio falso y confeccionado de un segundo nacimiento. Cuerpo, cuerpo, eres lo único que me queda, se decía a veces con una ternura extraña, de adolescente. En efecto, el cuerpo era el único testimonio material que le quedaba de que tiempo atrás había sido un alguien anterior.

Pero existía otro testimonio, inaccesible para él, fuera de su dominio. Un fantasma de papel. Un duplicado de reserva de su vida. Un archivo especial «Yo» que no tienen las personas normales y corrientes.

Su expediente personal de oficial.

La prensadura, la esencia del anterior. Todavía no un desertor. Todavía no un traidor.

Una carpeta de cartón azul. 225 × 330 × 25 mm.

La fotografía de verificación. El formulario. La autobiografía. El informe sobre la incorporación al servicio. Su compromiso de confidencialidad. Los materiales del control especial. El test de resistencia: un cross de tres kilómetros. Materiales característicos: papeles, papeles, papeles.

Sabía que, después de su huida, se había emitido una orden con el sello AC, «altamente confidencial», con dos ceros en el número: «Medidas relativas a la traición de Vyrin A. V.». En la secretaría le habían leído órdenes similares, órdenes sobre otros. Iguales, como escritas con papel de calcar. «Degeneración ideológica. Decadencia moral. Adoptar medidas para localizar las consecuencias de la traición». Solo cambiaban los nombres de los castigados: cuadros en activo, directores de departamentos de educación, jefes de unidades que no habían mostrado el debido desvelo, no habían distinguido con antelación a un potencial traidor.

Pero él llegaba a comprender que, en su caso, las reprobaciones se habían dictado en vano. Había servido al sistema con más lealtad que otros. Y se asustó más que otros cuando el país empezó a desmoronarse y parecía que, a continuación, se derrumbaría también el sistema.

Vyrin se convencía de que ya habían pasado casi tres décadas y que la información que él había revelado, los agentes descubiertos, que todo esto hacía tiempo que había perdido importancia. Los agentes, se decía, de todas formas se habrían quemado, alguien los habría descubierto, si no hubiera sido él lo habría hecho otro. Simplemente yo lo ofrecí en el momento oportuno, como el dinero que enseguida se devalúa de forma catastrófica: un año más o dos, ¿y a quién le habrían hecho falta, por ejemplo, unos informes sobre la red de agentes entre la emigración antisoviética, en las filas de los partidos comunistas europeos? Si ya ni existía la URSS.

Cuando reflexionaba de forma racional, Vyrin suponía que se encontraba en un peligro relativo. Pero el expediente personal que se había quedado allí, dentro de la frontera de una patria que él no podía cruzar, era como un muñeco de vudú en el que el hechicero podía clavar las agujas mortales en cualquier momento.

Por eso a veces Vyrin experimentaba una alarma infundada, se miraba las manos, la tripa, el cuello, la cara: ¿no tendré algún sarpullido fuera de lo normal, algún papiloma, alguno de esos extraños signos que a veces envía a las personas la sabia naturaleza? En esos momentos le parecía que existía un nexo confuso y fatídico entre su carne y el papel; que el documento que se había quedado en los archivos era capaz de sentir y que, por eso, sabía más de lo que en él se había escrito, gozaba del alma unidimensional de la furia que solo sabía buscar y vengarse.

El papel quiere sangre, susurraba él recordando cómo le entregaban las pesadas carpetas de cartón: dosieres de vigilancias, dosieres de operaciones. Por entonces todavía era ojeador, no presa. Se ocupaba de los deportados y de quienes se habían marchado, huido, a Occidente. Ellos se marchaban y sus expedientes se quedaban en los archivos; si hacía falta, el expediente se subía, en el trabajo tenían esa expresión tan específica: «subir del archivo».

Del sótano. De la profundidad. Del fondo.

En los expedientes estaba todo. Miles de páginas. La transcripción de las conversaciones telefónicas interceptadas. Las comunicaciones de los agentes. Los informes de vigilancia y seguimiento. «En la primera mitad del día el sujeto no realizó ninguna salida y ninguna persona conocida por la agencia visitó su piso. A las 16 horas 35 minutos en la manzana del sujeto entró un automóvil de la marca…». «A las 10 horas 5 minutos salió de casa, se dirigió a la panadería, donde adquirió una barra de pan blanco…».

Las letras pálidas —la cinta de la máquina de escribir se había gastado— parecían reflejar la debilidad, la anemia vital de aquellos a quienes se sometía a vigilancia encubierta. Recordaba miles de esas líneas. Su mediocridad actuaba antes en él como un afrodisíaco: la materialización visible del vigor de su trabajo y la nulidad de sus enemigos internos, unos bichos, unas gusarapas, unos insectos debajo de una lupa.

Ahora, después de una vida nueva en un país libre, le parecía que entonces había estado leyendo una novela paranoide sin autor, el texto de los textos, el que había escrito la poseída máquina estatal de la memoria. Una novela que aspiraba —dentro de un límite— a abarcar toda una vida en su totalidad, a crear su copia policial.

Pero el Estado es siempre un cíclope, su mirada no es estereoscópica, asimétrica. Ve solamente las marcas de agua de lealtad y deslealtad. Los reflejos de las sospechas iniciales que adquieren cuerpo ficticio en sucesos casuales. Por eso un dosier, creía él, no era un duplicado de la vida. Sino su doble especial, sombrío y truncado, tejido con denuncias, con palabras robadas, pilladas a escondidas, con escenas vistas por casualidad; la fuente de un poder misterioso y siniestro que consiste en la propia posibilidad de arrancar los mantos protectores de la prosaica cotidianidad.

Él también había creado esos dobles para, con su ayuda, salir de caza.

Ahora andaban a la caza de él.

Vyrin no podía demostrarlo. Simplemente lo percibía, lo sentía: el sexto sentido de la víctima. No sabía nada con seguridad, su servicio no compartía los secretos propios ni siquiera dentro de sí mismo. Solo hacía conjeturas de que había —podía haber— una orden más, una oculta, la sombra de esa numerada «Medidas relativas a la traición de…». Una orden es también una condena. Porque en los noventa Vyrin declaraba ante los policías que investigaban las relaciones comerciales de sus antiguos colegas, las empresas pantalla, la retirada y el blanqueo de dinero. Entonces eso parecía inofensivo. Ahora no.

Los psicólogos le habían advertido de que podía experimentar un deseo irracional de llamar a la embajada, de entregarse. O arriesgarse de forma insensata, menospreciar tontamente las normas de la conspiración, como si atrajera de manera inconsciente su desenmascaramiento.

Pero nunca había sentido nada similar.

Claro que él no les había hablado a los psicólogos de que su recelo supersticioso era bien distinto: una maldita coincidencia, alguna situación errática sin importancia, una nadería fatídica, algo absurdo. Del estilo de lo que había pasado un mes antes: Vyrin había recibido por correo una notificación con membrete, lo habían seleccionado para ser miembro de un jurado.

Una lotería, un golpe a ciegas: un programa informático lo había elegido entre los tres centenares de miles de habitantes de la ciudad. Podría incluso decirse que era una buena señal, la confirmación de que su persona de acuñación falsa no suscitaba preguntas entre los burócratas profanos, lo trataban, lo cotizaban al mismo nivel que a todos los demás.

Pero él se puso en guardia. Como si sintiera un roce ajeno que buscaba, una mirada nada buena. Porque desde el principio le habían prometido firmemente que su nuevo nombre no acabaría en los muestreos o listas oficiales. Le tocó llamar a su oficial supervisor. Este se disculpó, prometió que lo borraría, decía que en justicia habían actualizado el programa y las bases de datos compatibles, y de ahí venía el lío.

Vyrin insistía en seguir el camino regular, legal, conseguir una objeción por su estado de salud. No dejar huellas electrónicas que pudieran indicar de forma indirecta un estatus especial del señor Michalski. El oficial se limitó a sonreír cortés.

El anterior supervisor todavía recordaba la Guerra Fría. El Muro. Se había jubilado hacía poco. El nuevo tenía unos treinta y pocos años. Cuando Vyrin huyó, él todavía iba a la guardería. Su tutelado debía de parecerle algo similar a un cachivache innecesario, una antigualla abandonada en el desván.

Se piensa que he perdido la cabeza de puro aburrimiento, pensó Vyrin.

Su primer impulso fue marcharse. Pero enseguida cambió de idea: si de verdad lo estaban vigilando, una marcha precipitada podía delatarlo. Por eso Vyrin pasó un mes en convivencia estricta, incluso excesiva, con su régimen habitual de solterón poco sociable, de jubilado.

Y entonces el agobiante sentimiento de alarma por fin desapareció, quedaron únicamente las dolencias habituales, fastidiosas.

Había empezado agosto. Por las mañanas, en el mercado local los agricultores vendían, en cajas envueltas en el dorado zumbido de las avispas, que tornasolaba su brillo burdeos, una cereza tardía, la que se utilizaba en la célebre tarta del lugar.

La cereza estaba un poco ebria. En todo su peregrinar Vyrin no había visto bayas así, la Goliat de las cerezas, enormes hasta alterar cualquier proporción, de una monstruosidad gigantesca. Compró esa cereza impecablemente dulce, pero no pudo comerse todo el cucurucho: excesivo sabor insulso, pulpa frutal sin vida, como si besaras unos labios indiferentes por un sueño narcótico.

Decidió dar una vuelta siguiendo su ruta larga favorita, darse una recompensa por las muchas semanas de reclusión. Desde el río que divide la ciudad en dos, con rápidos y turbio después de las lluvias, desde sus alocadas aguas que volaban transformándose en espuma o convirtiéndose en una ola atronadora, cambiando su naturaleza de forma monótona y constante, Vyrin iba a los cerros, al bosque, oscuro incluso en un soleado mediodía de verano.

Subió por la calle que salía de la plaza principal, dejando atrás la casa preferida de los turistas, donde sobresalía en una buhardilla suspendida sobre el pavimento una singular estatua: un jenízaro bigotudo con un chaleco colorido, con un yatagán en la mano derecha y, en la izquierda, un escudo; un recuerdo del cruel asedio turco, de la pasada amenaza de Oriente.

Hacía mucho que Vyrin no se relacionaba con la ciudad como un turista. No lo entretenían las figuritas danzantes del reloj de la iglesia, el empinado funicular ni los túneles en la colina del castillo. Pero el solitario hashshashin con dos lunas en el escudo que se daban la espalda, parecidas a unos paréntesis abiertos del revés —la divinidad de la sección peligrosa, de la hora mala— no era para Vyrin un entretenimiento ni de lejos. A Vyrin le parecía que, si aparecía un asesino buscándolo, el jenízaro le advertiría, le haría una señal.

Cerca de la casa del jenízaro se agolpaban los turistas. Pilló al vuelo unas palabras en su lengua materna: después de su vida de anacoreta resonaron tan inesperadas y penetrantes como si en ellas, tan cotidianas, se escondiera un segundo y misterioso sentido, ignorado por el propio hablante. Vyrin cruzó tranquilamente a la otra acera y, sin girar la cabeza, miró el reflejo en un escaparate: nada especial, una simple excursión dominical.

Barrios de palacetes. El jardín botánico en las afueras. Los cristales empañados del invernadero, como si la vegetación forastera de los trópicos, que había adquirido los modos de rapiña de reptiles e insectos, respirara intensamente, rezumara sudor acre, acumulara fuerzas para escapar al exterior.

Vyrin salió al camino de tierra que subía en zigzag por las pendientes del valle.

El bosque era fantásticamente grande. Crecía por las pendientes que se habían deslizado de la cima calcárea, que se truncaba en escarpas de matorrales brumosos, de podredumbre verde de helechos y musgo. Aquí se perdían las distancias, el camino serpenteaba bruscamente, el sol tan pronto lucía a la derecha como a la izquierda. Pero cuando ya parecía que te habías salido del camino, a lo lejos tañía hueca y claramente la campana de la catedral; de hecho, era por la monótona llamada del cobre campanero —que anunciaba, que animaba, que disipaba la alarma— por lo que a Vyrin le gustaba este camino entre las robustas píceas, que le recordaban a los bosques de su infancia.

Andaba sintiendo que su cuerpo se henchía de cansancio, pero de uno dichoso. Vyrin recordaba cada raíz, cada agujero en ese camino, saboreaba de antemano que a la izquierda aparecería un prado para pasto flanqueado por serbales —las bayas ya debían de estar repletas de color—, después se desperezaba el humo agradable y bueno del horno de una granja… La caminata lo fatigaba y también le daba ánimos, los recientes recelos le parecían absurdos. Parece que me he hecho viejo de veras, pensaba, me he vuelto aprensivo tontamente.

En el último recodo ya se veía la catedral. Estaba en un otero de roca que separaba en dos la parte superior del valle. La fachada amarilla, enmarcada por dos torres campanario, continuaba la línea vertical del peñón. En tamaño esta catedral superaba a la de la ciudad, la concatedral. Pero fue erigida aquí, en las colinas, en el puerto, en el antiguo camino de los peregrinos, indicando con sus majestuosas bóvedas la magnitud y la importancia de la antigua clarividencia de alguien, de un hallazgo de la fe que había ocurrido en la muda soledad de las rocas.

Junto al muro trasero de la catedral, a la sombra de los castaños, había un restaurante con una cocina más que decente. Los camareros de siempre lo reconocían. O aparentaban que lo reconocían, no entablaban ninguna conversación, pero esbozaban una sonrisa contenida y respetuosa. Aquí sentía plenamente que era el señor Michalski; en el tranvía que iba colina abajo se llevaba a casa, como si fuera un regalo inusual, un agradable y emocionante sentimiento de concordancia, de fusión de la personalidad verdadera y de la inventada.

El restaurante estaba lleno: era verano, fin de semana. Solo quedaba una mesa libre en un extremo, tras un árbol ramoso. Al lado, un arenero y columpios. Seguro que algún niño escandaloso se acercaría corriendo, montaría alboroto… Vyrin prefería sentarse entre la gente que comía pausadamente, detrás de figuras ajenas; en la neblina de conversaciones tranquilas, del ruido de cuchillos y tenedores no era cómodo escuchar a escondidas, hacer fotos… o apuntar.

Vyrin empezó a observar a su alrededor: ¿no habría alguien preparándose para irse? No, todos estaban sentados con aire distendido, con alegre indolencia. A una morena que estaba en una mesa cercana se le había quedado una sugerente manchita de crème brûlée sobre el labio superior. No se la limpiaba, no se la lamía, porque sabía que le daba un aire fascinante, sexual. Le rodeaba el cuello una gargantilla de metal oscuro, parecida a un collarín, un símbolo de pasiones picantes, de tormentos lujuriosos, llevado con descaro travieso en el restaurante de un templo.

La hermana de la morena, embarazada como mínimo de ocho meses —el vestido subido por la tripa abultada le dejaba al descubierto unas piernas gruesas y recias—, comía al mismo tiempo tarta de chocolate y escalope, y con el mismo apetito que si el pequeño hubiera madurado, hubiera nacido pero quedándose en su vientre, y exigiera su ración de los manjares del festín.

Vyrin quiso irse. Empezaba a sentirse aturdido por el cansancio, por la densidad de los olores, por la consistencia de las voces ajenas; el pueblo era pequeño, aquí todos eran primos segundos o terceros, lo que desprendía un sofocante aire a incesto que, al igual que el agua salada del mar, expulsaba al forastero.

Sin embargo, sintió la fascinación del juego de la luz resplandeciendo en las hojas de los castaños, de los manteles planchados —ni una sola arruga— del color de la arcilla azul, de la botellas de cuello alargado con agua helada, del inofensivo hablar de los vecinos, de los movimientos de ballet de los camareros que llevaban sobre los hombros unas bandejas enormes, para seis u ocho platos, en las que, en medio de una ensalada desgreñada, como si hubiera salido de las manos de un peluquero —un verdor suculento con venitas color púrpura—, flotaban sobre las cabezas escalopes dorados y cubiertos de migas horneadas, parecidas a borrones irregulares de cobre escupidas por la garganta incandescente de un horno de fundición.

Ñam, ñam, canturreaba, susurraba la embarazada a su hijo nonato. El ángel de rostro calizo derrubiado soplaba sin ruido una trompeta dorada sobre la entrada de atrás de la catedral. Y él sintió que se hundía en ese verano despreocupado que se alzaba por encima de toda la tierra.

Vyrin pidió cerveza y un filete. Al olor del lúpulo acudieron las avispas. No las atraían los restos de dulce en los platos vecinos, los chorros de chocolate o de miel, solo el lúpulo. Se deslizaban por el borde de la copa, se empeñaban en posársele en el hombro, en la mano, giraban latosas y obstin

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