El eco de la niebla

Paula Deiros

Fragmento

Capítulo 1

1

20 de mayo de 2026

Por fin ha salido el sol, parece que los días en Galicia ya no se tiñen de gris, pues tienen la mala costumbre de olvidarse de que existen más colores en la paleta. Y esta suele ser la tónica de septiembre a mayo. No sé si es que soy climatológicamente sensible o es que me aborrece sacar el paraguas cada día. Odio que las nubes, además de agua, atraigan una oscuridad permanente. A veces me pregunto cómo la gente que vive en los países nórdicos, con tanto frío y con tan pocas horas de luz, es capaz de esbozar una sonrisa. Yo me deprimiría, desde luego, pues solo con el cambio de hora de otoño se me quitan las ganas de saludar a un nuevo día. Amaoto es una palabra que en japonés representa el sonido relajante de la lluvia. Sin embargo, cuando llevas semanas acompañada de esa banda sonora y sin ver al astro rey, ese sonido se convierte en un fragor enojoso. Echo de menos sentir cómo se broncea mis piel, menos mal que la semana pasada pude disfrutar de unos días cálidos en Mallorca junto con mi familia. Lo bueno del mes de mayo es que los días crecen; espero que este cambio se asiente y por fin nos deje revolotear bajo días soleados.

De pronto, caigo en la cuenta de que había estado ensimismada y regreso de mi debate meteorológico. Me percato de que tengo que acercarme al trabajo, pero hasta que no termine el informe no puedo.

De nuevo, un informe con otro perfil venido de las cavernas. Es lo de siempre, nos ven como el eslabón más débil, y, si supieran cómo se rompe nuestro mundo y de qué manera lo volvemos a recomponer, nos admirarían. Pero muchos de esos hombres no son capaces de valorar nuestro esfuerzo. Que se lo digan a mi cicatriz de cesárea. Menos mal que fuimos las elegidas para soportar esa tortura y suplicio; a veces creo que ellos no soportarían ni cinco unidades de ese dolor.

Pero ahí me encuentro, otra vez, evaluando a otro hijo de puta al que se le ocurrió bajar la bragueta cuando no debía. Y aún tiene el valor de decir que ella, con esos gestos y esa ropa, lo provocaba. Tener que volver al Pleistoceno cada vez que me encuentro con estos argumentos me resulta repugnante. Por suerte, recuerdo cuánto me apasiona mi trabajo y que, en el fondo, siempre ayudo a alguien que se merece ese amparo. Mi talón de Aquiles es la empatía, pues existe algo que hace que me sienta atraída por los casos más complejos, donde los más débiles son atacados sin piedad, y siempre acabo buscando que se haga justicia. Lo mismo me sucede con el mar: me siento fascinada por ese abismo azul, me cautiva, me libera; podría perderme en él sin percatarme de que las agujas siguen marcando el paso del tiempo y sería capaz de fundirme en la brisa marinera hasta ser parte de ese manto salado. La gente que me conoce no comprende que, habiendo nacido en Santiago de Compostela y siendo de interior, sienta semejante admiración y calma cuando me abraza ese jardín de olas. Pero muchos no saben que la ría de Arousa fue testigo directo de mi crecimiento, pues los largos y ansiados veranos en la playa me regalaron mis primeros pasos y también mis primeras brazadas. Quizá esa ha sido una de las razones por las que he acabado viviendo en la costa, esa y que mi profesión se acabó adornando de logros que jamás creí completar. Al terminar la carrera de Psicología y ver que eso de tener un gabinete y pasar consulta no iba conmigo, me especialicé en Criminología, y poco a poco he ido ampliando mis estudios de psicología forense y criminal, pues es una rama que siempre me ha aportado más interrogantes que respuestas, pero que alienta mi hambre por querer conocer más acerca de cómo funciona la mente de un asesino. Diría que mi fuerte es la realización de perfiles criminales, así como generar análisis de comportamientos delictivos. Me gusta radiografiar los gestos y sus motivaciones plasmadas en su rictus; hay a quien le gusta crear recetas, a mí me gusta entender el proceso de creación de un criminal, observar cómo se forjan sus malas intenciones y comienza su despertar como asesino. La mayoría son mentes enfermas con muchos traumas a sus espaldas, han sobrevivido a situaciones que un cerebro común no sería capaz de soportar. Su estímulo más ancestral vive en el subsuelo, y hasta que no convierten su pulsión en algo tangible no calman su sed. Siempre me ha fascinado que los psicópatas son como autómatas: viven entre las emociones superficiales y allí no desarrollan sus principios morales, pues atienden a pensamientos narcisistas. Lo más triste es que jamás sienten arrepentimiento o culpa, como nos pasa al resto de los mortales. Por eso quise ampliar mis estudios acerca del tema, pues mi sentimiento más interno aboga por atrapar a estos monstruos antes de que saquen a relucir su verdadera faz detrás de su careta.

Me percato de que no he terminado mi bebida, así que le doy un sorbo a mi cortado, tomo mis llaves y observo, con desilusión, que fuera parece que comienza a chispear, aunque a lo lejos se percibe la llegada de un claro. De modo que considero que es mejor llevar conmigo mi nuevo apéndice particular: el chubasquero. Me he hartado de usar paraguas, de que el viento doble varios y de que los otros los vaya olvidando por las tiendas que visito. Valorada la situación, me pongo el impermeable; así también me obligo a que, cuando las gotas frías de la lluvia resbalen por mi cuerpo, me hagan conectar más con la naturaleza, con la realidad.

Una vez en el garaje, coloco mi bolso y el informe sobre el asiento del copiloto. Enciendo el automóvil y pongo rumbo a la comisaría de policía. De camino, conecto la música y me dejo llevar por la melodía de Angie Stone, «Wish I Didn’t Miss You», siempre es un buen tema para comenzar el día.

Llego pronto a la comisaría de Ribeira y encuentro el aparcamiento más lleno que de costumbre. Salgo del vehículo en dirección a la entrada del edificio y voy dando saltitos bajo la lluvia, evitando mojar mis botines en los charcos. Una vez dentro, termino de sacudirme cual animal después de haber sido empapado y comento:

—¡Joder, Gregorio! A ver si arreglan de una vez los socavones del parking. Siempre es lo mismo… ¡Malditos recortes!

—Buenos días a ti también, profesora Ramuín. No te preocupes, que cuando vea al jefe ya le digo que no estás con ganas de practicar el triple salto —comenta Gregorio con sarcasmo.

—Buenos días, Gregorio. Perdona, ya sabes que este tiempo no ayuda a levantarse con buen pie —respondo a la vez que le dedico una sonrisa.

Gregorio siempre ha sido para mí una persona afable y bonachona, que nunca tiene una mala contestación para nadie. Su cuerpo, grandote y fuerte, resguarda una de las personalidades más bondadosas que he conocido. Él es lo que ves: no tiene dos caras, es todo corazón. Ronda los sesenta años y está cerca de la jubilación. Durante los últimos diez, se ha encargado de ser la cara más visible del área de documentación y expedientes personales. Lleva casi cuarenta años de feliz matrimonio junto a Berta —Bertiña, como él la llama—, esa maravillosa mujer que los viernes nos prepara empanadas y tortilla para toda la unidad. Esa pareja es devoción pura, el uno por el otro. Gregorio me había contado que, tras muchas búsquedas y pérdidas, nunca pudieron llegar a ser padres biológicos, pero la vida les cruzó en el camino a Assane, un niño senegalés que ahora ya no es tan niño y tiene dieciséis años. Assane significa «cascada» en senegalés. Y Gregorio siempre comenta orgulloso que, tal y como su nombre indica, desciende como un manantial en sus vidas y las completa.

De pronto aparece el inspector Limán, nuestro jefe, que nunca sale de su despacho —o de su «guarida», como nosotros lo llamamos—, a menos que tengamos casos relevantes. Entonces advierto que hoy ha sabido elegir un traje que combina bien la corbata con el resto del atuendo. Este «perro viejo», como él se denomina, nos tiene acostumbrados a un desfile de coloridas corbatas que parecen seleccionadas por su peor enemigo. Su rictus siempre serio, junto con sus destacables ojeras y su gran nariz aguileña, consigue que sus palabras adopten un acento más enfurecido.

—Buenos días, Ramuín. —El inspector se asoma desde la puerta de su habitáculo y fija su mirada en mí—. La necesito aquí de inmediato, tenemos un hallazgo.

—Buenos días —respondo—. Sí, cómo no.

Al llegar a su despacho, observo que en su interior hay varios compañeros y me imagino que el caso debe de ser importante. Entonces reparo en que Lois está sentado justo enfrente de la mesa y, como siempre, permanece atento a mis pasos y con la sonrisa clavada en mí. Con un gesto me invita a sentarme en la silla que está a su lado.

—Buenos días —me saluda Lois.

—Buenos días —les respondo a él y al resto de los compañeros allí presentes.

Avanzo hasta el fondo de la dependencia y tomo asiento junto a mi compañero.

—Bien, ahora que la profesora Ramuín ha llegado, vamos a informarle acerca de lo que nos hemos topado. —Limán ajusta su corbata—. Nos acaban de avisar los compañeros de la Guardia Civil de que ha aparecido un cuerpo en la ría. Sé que desde hace años no se acerca a este tipo de casos y que solo la necesitábamos uno o dos días a la semana, pero ahora mismo es vital su presencia. En casos anteriores, su trabajo ha sido esencial para la captura de los asesinos, y es preciso que ahora esté de nuevo a tiempo completo. No se preocupe, llegaremos a un acuerdo y podrá conciliar con su vida familiar.

—Entiendo, no hay problema; solo necesito organizarme —comento.

—La ayudaremos en todo lo que esté en nuestra mano. Lo cierto es que, dado su bagaje profesional, necesitamos su punto de vista en la inspección ocular. Su fuerte, además de los perfiles, son las escenas, así que la quiero en primera línea. Aún se habla en la oficina de su intervención en la resolución del «asesino de las orquídeas». Su trabajo magistral a la hora de reordenar las pistas y unirlas con el perfil criminal que aportó a los compañeros de policía fue clave. Ese ha sido el caso más complejo de la última década en Galicia. Solo usted tiene esa visión de la que los demás carecemos, sabe mirar más allá de lo que se percibe a simple vista. Su olfato no suele fallar, así que estoy seguro de que su mente privilegiada nos abrirá camino en la investigación.

Cuando Limán comenta el caso del «asesino de las orquídeas», un recuerdo nítido que sigue generándome escalofríos me lleva de regreso hasta la ciudad de Lugo. Allí, en medio de la muralla romana, apareció el cadáver de aquella chica desnuda, llena de marcas por todo el cuerpo, y con su boca abierta y rebosante de flores de orquídeas. Esa escena es una de las imágenes que más me ha acompañado en mis pesadillas desde entonces.

—Muchas gracias, jefe. Descuide, repasaré hasta el color del aire si hace falta.

—Muy bien. Ya sabe que estos días tengo que reunirme con los de arriba, pues la feria gastronómica se va a celebrar próximamente y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado debemos coordinarnos. Así que yo iré en esta primera tanda; necesito dejar todo listo. Cuente con que usted acudirá más tarde, se desplazará junto con el agente Lois Salcedo, irán primero hasta Vilagarcía a hacer unas gestiones, así le dará tiempo a dejar todo solucionado en su casa. —Mientras Limán se explica, en la comisura de sus labios se forma un pequeño cúmulo de saliva poco favorecedor—. Haga las llamadas pertinentes para avisar de que se demorará en regresar hoy. A la escena del crimen acudirá también el subinspector, este los esperará en el puerto junto a la Guardia Civil marítima e irán en una de sus embarcaciones.

—¿Dónde ha sido? No sabía que ya hubiera llegado el nuevo subinspector, ¿no se acercaba el próximo mes? —pregunto sorprendida.

—Y así se le esperaba, pero finalmente se incorpora esta semana. Es el subinspector Castro, va a vivir en Vilagarcía de Arousa, así que lo tendrá de vecino, Ramuín. Algún día puede aprovechar el trayecto para venir con él.

—Anda, mire qué casualidad —comento por compromiso.

Dada mi experiencia, en ese momento me imagino al nuevo subinspector como el típico señor serio que da poca conversación, ya entrado en edad, que elige esta zona de Galicia para rematar sus últimos días en el plano laboral. Me encantaría que viniese una compañera, pero últimamente las mujeres escogen ciudades más grandes. Los puestos con los cargos más altos suelen ser ocupados por hombres mayores, y, si no es así y se trata de una persona joven, a menudo es alguien muy preparado y merecedor del puesto, aunque me temo que no va a ser esa mi suerte.

—Los esperará en el puerto de O Xufre, en la Illa de Arousa. Usted y Salcedo deberán ir hasta esa localización a mediodía para poder dirigirse hasta la Illa da Rúa. Allí han encontrado el cuerpo de una joven; por los indicios, parece que ha sido asesinada. Como voy a ir yo antes, dejaré todo listo para que cuando llegue usted le permitan examinar la escena del crimen, y que nos dé tiempo antes de que hagan el levantamiento del cadáver. Por cierto, no debo recordarles la discreción que debe reinar en este caso.

—Perfecto. Aviso a mis padres para que recojan a mi hijo y nos ponemos en marcha.

—Cualquier cosa, manténganos informados —responde indicándonos la salida del despacho.

Hago una llamada a mis padres para explicarles el imprevisto, y aceptan de muy buen agrado la situación ocasionada por el acontecimiento reciente. Me resulta extraño no poder avisar a mi hijo de que hoy no podré estar con él. Me gusta comentarle todo, aunque es pequeño, hacerle partícipe ayuda a su autonomía. Mi hijo Gael acaba de cumplir seis años, es vivaz, cariñoso y lo más bonito que me ha sucedido en la vida. Dejarlo con sus abuelos es un acierto seguro, pues ambas partes se adoran mutuamente. La conciliación se ha convertido en mis últimos años en un pilar que respetar, más aún a medida que mi trabajo ha cobrado mayor compromiso. Por ello, en un inicio, la figura de mi marido fue muy importante. Roi y yo llevamos quince años juntos, más de una década de felicidad y menos de un lustro de desacuerdos. Echo de menos cuando éramos simplemente él y yo y el tiempo nos permitía dilatarlo y jugar con él sin ser conscientes de que existía una vida ajena a nosotros. Añoro encontrarme con su mirada por las mañanas admirándome mientras me desperezo, anhelo oler a él y que mi ropa se haya teñido de su perfume porque sus abrazos se convierten en mi refugio. Roi aceptó un ascenso que empezó a descender nuestro matrimonio; tantas horas trabajando fuera de casa nos pasa factura. Hubo un momento en que ver cómo nuestra relación se desdibujaba me impedía avanzar. Plasmar en palabras los casos que iba resolviendo me sirvió de vía de escape para canalizar esa soledad que hoy en día aún siento. De ese modo descubrí que estampar mis conocimientos a través de la pluma me fascina, así que decidí lanzarme al mundo de la escritura y, sorprendentemente, las ventas de mis libros alcanzaron cifras más que destacables. Como buena mente inquieta y ambiciosa, cuando me ofrecieron trabajar como profesora de la Universidad de Santiago de Compostela (USC) en el grado de Criminología, lo acepté con los ojos cerrados y ahí descubrí otra pasión. Mis alumnos suelen esperarme en la puerta al finalizar las clases, saben que siempre estoy ahí para resolverles cualquier duda. No quiero ser una simple docente, pues a mí me hubiera gustado que me explicaran aquello que se escapa de la teoría. Con la llegada de la pandemia nació mi hijo Gael, mi gran anhelo. Apareció en un momento en el que el planeta parecía haberse quedado parado; sin embargo, mi mundo giraba con más energía que nunca y me hacía sentir que todo cobraba sentido. Compatibilizar los primeros años de maternidad con las clases y la escritura de mis libros no ha sido tarea sencilla, pero hace cuatro años me ofrecieron colaborar como asesora de la Policía Nacional de Galicia y todo ha cambiado desde entonces. He comprendido que, a nivel laboral, resolver casos complejos es mi sino. Vilagarcía de Arousa ahora es mi ciudad, mi hogar junto a mi familia, el lugar donde puedo respirar el salitre cada día. El año pasado me llamaron de la comisaría de Ribeira para ayudarlos a resolver algunos casos más complejos, y desde entonces se ha convertido en mi centro base. Este oficio está lleno de altibajos, pues es una montaña rusa que separa los días de oficina rutinarios de los meses volcados en una investigación donde la adrenalina se dispara. Se supone que elegí este trabajo para salir de la rutina de la psicología clínica, y así es cuando tenemos algún asunto por resolver entre manos, pero, al fin y al cabo, a quién voy a engañar. El nombre de mi oficio es muy atractivo, y, sin embargo, el día a día consiste poco más que en lo que hacía antes, aunque ahora generando largos informes y burocráticamente más tediosos. Menos mal que mis compañeros me han hecho sentir como en casa, y, como el trabajo fuera de sucesos criminales no es muy demandante, me permite poder disfrutar de mi hijo. El hecho de que Limán me haya llamado a su despacho para comunicarme el nuevo hallazgo ha vuelto a despertar en mí esa naturaleza tan resolutiva. Me ha recordado los casos en los que he colaborado en el pasado, esos que ahora se han convertido en best sellers que he ido publicando estos años. Pero, justo esta semana, el único gran éxito que he logrado ha sido conseguir no pelearme con la vieja máquina de café de la comisaría.

El trayecto desde la comisaría de Ribeira hasta Vilagarcía de Arousa, con Lois al volante, se nos hace bastante ameno. Nuestra conversación se centra en intentar dilucidar información sobre lo que nos vamos a encontrar al llegar a Rúa. Aprovecho que Lois hace su recado en el centro y que me deja en mi casa para prepararle la mochila con las actividades de la tarde a mi hijo. Le pongo todo en la entrada, tal y como se lo había comentado a mis padres, y le coloco una nota en la merienda diciéndole que lo quiero.

Mientras espero a Salcedo, busco información sobre la isla, pues mis recuerdos de la infancia están un poco emborronados. En mi memoria, la Illa da Rúa es una de las más peculiares que se pueden encontrar dentro la ría de Arousa y parece que el destino la quisiera situar en soledad, justo en el centro de la ría. Compruebo la información y veo que el islote está formado únicamente por enormes bloques de piedra granítica, que se elevan desde veinte metros de profundidad. Tiene una superficie superior a cuatro hectáreas y está constituida al completo por rocas. Encima de esa manta rocosa, uno de los faros más importantes de la ría la corona. A pesar de su desapacible localización, se sitúa a tan solo cuatro kilómetros al sudeste del puerto de Ribeira.

Lois y yo ponemos rumbo al puerto. Como el jefe nos ha mandado venir hasta Vilagarcía de Arousa, desde aquí lo más cercano es la Illa de Arousa. Otra isla, pero mucho más grande y habitada. Para acercarnos hasta allí, debemos pasar un puente que nace en Vilanova de Arousa y muere en la propia isla. Al atravesarlo, se divisa una gran cantidad de mariscadores que faenan en busca de almejas y berberechos debajo de este. Cruzar esta pasarela me trae muchos recuerdos y me transmite paz, como si mis pensamientos se serenaran al llegar a este paraíso flotante. El olor de la marea baja se enreda en nuestro olfato. Siempre me había preguntado cómo habían podido vivir los isleños tantos años alejados del mundo, pues no fue hasta mediados de los años ochenta que se inauguró la unión, y hasta entonces los desplazamientos se realizaban en embarcaciones propias o empleando barcazas de vapor.

Tras adentrarnos, nos dirigimos al puerto de O Xufre. De camino a nuestro destino, Salcedo continúa conversando. Lois Salcedo es un compañero excepcional, sus ojos negro azabache esconden a un joven condescendiente y agradable. Desde que trabajo en esta comisaría siempre ha tenido buenas palabras para mí, y eso, en un mundo donde cada vez la sociedad se vuelve más egocéntrica, es de agradecer.

—¿Qué tal lo llevas con Gael? —pregunta Lois.

—Pues, la verdad, agobiada porque termina el curso y todavía no ha salido la lista provisional de admitidos para el próximo. Gael comienza primaria en septiembre y, por lo que veo, me seguirá tocando a mí ir a llevarlo al colegio todos los días. Su padre sigue sin tener tiempo, y eso dificulta mi conciliación. Espero que lo admitan en el colegio de nuestra zona; de no ser así, tendría bastantes dificultades para atravesar toda Vilagarcía y llegar a tiempo al trabajo.

—Roi sigue sin rebajar el nivel en el trabajo, ¿no?

—Exacto, es un adicto a su vida laboral y se ha olvidado en los últimos años de quién es su familia. Este verano maduraré la situación en la que nos encontramos, pero no creo que podamos aguantar mucho tiempo más así.

—Lo sé… Bueno, parece que hemos llegado. A ver si alguno de nosotros ha acertado sobre lo que nos encontraremos allí y sobre cómo es el nuevo inspector.

Al llegar al punto de salida acordado en el puerto de O Xufre, me percato de dos asuntos que llaman mi atención: el primero atiende a la gran envergadura de la imponente embarcación de la Guardia Civil marítima, y el otro, al aspecto físico del apuesto y joven subinspector. Cuando lo vemos, Lois me da un codazo y eleva las cejas.

—Buenos días, soy Tristán Castro, el subinspector destinado en la unidad. Disculpen que no haya podido presentarme en la comisaría formalmente. Usted debe de ser Laia Ramuín. —Se dirige hacia mí con una sonrisa y me ofrece su mano, la cual estrecho con firmeza—. He oído hablar mucho de usted y la he reconocido por sus intervenciones en prensa hablando sobre sus libros.

—Así es, un placer conocerlo —comento.

—Y usted debe de ser el agente Salcedo, un gusto conocerlos —deduce de forma acertada Tristán, al mismo tiempo que extiende su mano hacia Lois.

—Lo mismo digo —responde mi compañero.

—Esta es la embarcación que nos va a llevar hasta la Illa da Rúa, y tenemos que agradecer a los compañeros del SEMAR que nos hagan este servicio —comenta señalando una patrullera imponente que pareciera que fuera a surcar los mares junto a Neptuno.

—Buenos días —saludo a los guardias que están en la embarcación, y me subo con facilidad en ella gracias a la ayuda del amable subinspector, al que le hago un gesto de agradecimiento.

—Buenos días, tienen aquí los chalecos —me informa un joven agente.

—¿Con esto vamos a navegar o a volar? —comento impresionada y con sarcasmo—. ¡Menuda máquina!

—No se preocupe, no iremos muy rápido; por favor, tome asiento —me indica otro guardia civil a la vez que me ayuda a ponerme el chaleco.

—Espero que no los haya intimidado esta patrullera, pero esta belleza es única en el país. Solo la emplearemos en esta ocasión porque es la que está más próxima a la localización. Aunque su destino final es Algeciras, podemos disfrutar de ella porque están haciendo pruebas en nuestra ría. Esta fueraborda cuenta con cuatro motores de trescientos caballos cada uno. Es decir, en condiciones de mala mar, puede llegar a alcanzar sesenta nudos —apunta el subinspector.

Mi madriña! A ver si salimos vivos de aquí —se sorprende Lois.

—¡Qué barbaridad! Solo espero que no les apetezca probarlos todos conmigo. Me encanta el mar, pero la velocidad en el agua no es lo que mejor llevo —comento.

Soy una devota del agua salada, pero hay una debilidad arraigada en mí que nunca he logrado superar. Se trata de la urgencia con la que se muestra un trayecto golpeando el mar, así como la sensación de ingravidez obtenida por el flujo de olas que haya en ese momento. Cuando ambas se entremezclan y la velocidad es dominante, el vértigo se apodera de mí y mi sistema vestibular suele perder el equilibrio. Sentiría mucho apuro si me mareara el primer día del nuevo subinspector.

Pronto nos ponemos en marcha con la embarcación, salimos del espigón principal del muelle y atravesamos el polígono de bateas que da entrada al puerto. Siempre me ha gustado el olor de las plataformas, ese aroma a humedad y a madera de eucalipto. Las bateas abrazan nuestras rías creando viveros flotantes de mejillones. Qué bella se ve la ría de Arousa desde el mar; agradezco que nos acoja un claro y que al fin podamos disfrutar del paisaje.

Dejamos el polígono de bateas a sotavento y partimos al oeste, rumbo a la Illa da Rúa. Cada vez percibo de modo más acusado el viento y la velocidad quebrando mi homeostasis. Noto que el subinspector se fija en mí.

—¿Quiere un chicle? —me pregunta Castro.

—¿Un qué? —le replico, pues no logro entender bien lo que me intenta decir con el ruido.

—Le pregunto que si quiere un chicle —insiste Tristán, a la vez que saca del bolsillo lo que parece ser una cajita de gomas de mascar.

—La verdad es que ahora mismo no me apetece mucho, pero gracias —apunto.

—Se lo digo porque tiene mala cara. Y se ve que no está acostumbrada a estas velocidades en el mar. —Su voz se eleva por el zumbido del viento y el motor.

El ambiente se desdobla, me cuesta mantener firme la mirada, ya que se ralentiza en esta embarcación que vuela sobre el mar.

—Estoy bien, estoy perfectamen… —No termino la frase, pues acabo soltando hasta la última gota del café de esta mañana por la borda. Miro a la tripulación y a mis compañeros, y me siento avergonzada.

—Ahora entiendo por qué has traído ese chubasquero, te ha servido para algo… —apunta Lois mientras suelta una risotada que condeno con una mirada fría al instante.

—No se preocupe, ya estamos llegando. —Tristán se apiada de mí y me ofrece un pañuelo para limpiarme.

La embarcación nos acerca al espigón de levante de Rúa; su atraque es complejo debido a la orografía de la isla y a su difícil acceso. Los compañeros de la científica, que ya se encuentran en la isla, me ayu

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