1
Ya es casi medianoche y el ruido resulta ensordecedor. Se les ha ido la mano con el champán, no son conscientes del volumen y, para colmo, el ambiente está muy cargado con tanto aliento denso y perfume caro. Todo el mundo quiere oler bien en un momento tan crucial como este, cuando se decide quién se vuelve a casa solo y quién no, y, a juzgar por la intensidad de aromas, son muchos los que no quieren acabar esta noche en una cama vacía. Quieren atraer. Quieren que los escojan. Así que se escabullen al baño para arreglarse el pelo, observar su imagen borrosa en el espejo, acicalarse, retocarse el maquillaje y perfumarse, mucho, con total desenfreno. Inhalo.
Esperanza, eso es lo que es. Algo adorable, pero también señal de desesperación. Un absoluto aburrimiento.
Me giro hacia el chico que tengo al lado. Va vestido de manera deliberadamente informal, con camiseta blanca y vaqueros. Se está bebiendo una cerveza. Y yo que creía que era una fiesta demasiado elegante para semejante brebaje.
—¿Dónde la has conseguido? —le pregunto.
—En la barra —me responde en un tono que no me gusta.
Le saco la lengua y él esboza una sonrisa.
—Clio Louise Barnes —me presento, al tiempo que le tiendo la mano.
Se queda mirándola un instante antes de estrechármela.
—Ethan.
—¿Y a qué te dedicas, Ethan?
—¿En serio?
—¿Qué?
—¿El típico «estudias o trabajas»?
—Si lo prefieres, podemos intercambiar traumas infantiles —le digo, y después doy un sorbo a su cerveza. Me deja hacerlo y eso me gusta. Apesta a colonia, así que sé que, si quiero, podré irme con él esta noche.
—Ya nos conocemos. Hemos coincidido varias veces en fiestas de promoción como esta. Estaba esperando a ver si te acordabas.
Sí que me acuerdo, pero la forma más sencilla de saber cómo es un hombre de verdad es herir su ego y observar su reacción.
—Se me dan mal los nombres. Y las caras. Y conozco a mucha gente. Lo siento. No te lo tomes como algo personal.
Se frota la mandíbula, pensativo.
—¿De verdad que no te acuerdas?
—¿Me perdonas? —le pregunto con ojos de corderito y un pestañeo.
Suspira, levanta la barbilla y se señala una fina cicatriz, de unos siete centímetros y medio de largo.
—Accidente de tráfico cuando tenía cinco años. Sangre por todas partes. Conducía mi madre. Estuvo en coma una semana.
—¿Y ella está bien?
—Sí. También tiene cicatrices, pero eso es todo.
Bebo un sorbo de champán. Me gusta más que la cerveza. Ojalá tuviera gustos más sencillos, pero no es el caso.
—Lo importante es sobrevivir, aunque sea con cicatrices.
—Habría sido mejor sin ellas. ¿Y tú qué, Clio Louise Barnes? ¿Algún trauma de la infancia?
Considero la posibilidad de inventarme algo, pero soy incapaz de pensar con claridad. En parte por el alcohol, sí, pero también por el calor sofocante, la formidable mezcla de olores y la ciudad que nos rodea, llena de esa magnífica energía de sábado por la noche. Así que decido contarle algo cierto.
—Crecí en una casa encantada.
—¡Venga ya!
—Corrijo, no estaba encantada. Estaba poseída. —Me llevo la copa a los labios, bebo un sorbito y dejo que el burbujeo baile en mi lengua. En breve voy a tener que ir a por más.
—¿Poseída por qué?
Me encojo de hombros.
—Hasta ahí puedo contar. Si me traes otra copa, quizá consigas sonsacarme algo más.
—Esto ya lo he vivido antes. Flirteas conmigo, te invito a una copa y a medianoche desapareces como una especie de Cenicienta del Lower East Side.
—Oh, ¿estaba flirteando? —digo con una sonrisa dibujada en la cara—. Culpa mía.
No reacciona.
—Las bebidas aquí son gratis.
—¿Y? —me pregunta.
—Pues que no tienes nada que perder.
Se bebe el resto de la cerveza de un trago.
—De acuerdo. ¿Más champán?
—Sí, por favor.
Se lleva mi copa, ya casi vacía.
—Más te vale seguir aquí cuando vuelva.
Le doy mi palabra.
Una vez en la calle, el repiqueteo de mis tacones sobre la acera se une al resto de los sonidos de la ciudad: el tráfico, el cotorreo de los borrachos, los chirridos del metro y el zumbido grave de los clubes. Ethan desprende calor, algo muy conveniente teniendo en cuenta que estamos a principios de abril y el aire nocturno arrastra un frío persistente, como si el invierno se resistiera a marcharse.
—¿Qué hora es? —le pregunto.
Es director ejecutivo de una empresa de relojes moderna y exitosa. Antes salía con Laurie, una amiga de mi amiga Veronica, hasta el fatídico lanzamiento de su línea de pintalabios. Laurie les había puesto a los tonos nombres tan estúpidos como Recupera a tu chico, Divorciada y el polémico Yogurín. Pero ocurrió que los clientes empezaron a encontrar pelos y una misteriosa sustancia arenosa en el producto, y, de repente, su carrera se había acabado. Se mudó a Florida y ahora es maquilladora para bodas Disney.
No tengo claro si Ethan rompió con ella antes o después del fiasco, aunque tampoco tengo claro que me importe.
—¿Clio?
—Perdón. ¿Qué hora es?
—La una y doce. —Resopla, molesto por tener que repetirlo.
—Genial —digo girando sobre mí misma—. No me he convertido en calabaza.
—¿Pedimos un Uber? No podemos ir andando hasta Brooklyn.
Cree que se viene a casa conmigo. Supongo que es lógico pensarlo, ya que nos hemos ido juntos de la fiesta, pero todavía no lo he decidido.
Me gusta que desprenda calorcito. Me gusta que sea guapo.
No me gusta que lleve tanta colonia. No me gusta que crea que tiene tanto éxito que la etiqueta no va con él. Y no me gusta pensar que lo voy a asociar siempre con la pobre Laurie Pintalabios. Quizá lo que estoy oliendo no sea su colonia, sino el hedor persistente del fracaso de otra persona.
—Tu teléfono está sonando —me dice—. De hecho, lleva ya un rato.
—Hum.
Lo oigo (mi teléfono), pero prefiero ignorarlo. Observo a un grupo de chicas con vestidos cortos que salen tambaleándose del Scorpio, una pesadilla de club al que nadie va si sabe lo que le conviene.
—¿Vas a responder?
—No —contesto, agitando la bolsa de regalos de la fiesta—. Alguien que llame a estas horas no tiene nada bueno que decir.
—¿Y si es importante?
—Relájate, cariño.
—No te entiendo —dice, sacudiendo la cabeza. Parece más decepcionado que enfadado.
—Vale, vale. —Me rindo. Luego abro el bolso de mano para sacar el móvil.
Mi mano brilla, cubierta de purpurina, algo esperable, dado que el tema de la fiesta era «Todo lo que brilla». El lanzamiento de una línea de joyería, resultado de la colaboración de Veronica con Shine Inc. Gold Charms. Unos colgantes bonitos, aunque nada del otro mundo. Saco el móvil y veo que tengo diecisiete llamadas perdidas, todas de mis hermanas.
—Oh, oh.
—¿Qué pasa? —pregunta Ethan—. ¿Todo bien?
—Estoy a punto de descubrirlo —digo mientras mi teléfono vuelve a sonar.
Es Leda. Pulso «Rechazar» y llamo a Daphne. Sea lo que sea lo que esté pasando, prefiero que me lo cuente ella.
Responde de inmediato.
—Hola, Cli.
Son malas noticias. Lo sé por su tono de voz. Daphne es una especie de mutante, un efecto secundario de ser la hermana mediana. Se adapta a las circunstancias, encaja en cualquier espacio que se le asigne; es la mejor calmando los ánimos.
—¿Qué pasa, Daffy? —pregunto alejándome de Ethan. Doblo la esquina y me apoyo contra el escaparate de una tienda tapiada y llena de grafitis.
—¿Has hablado con Leda?
—No. ¿Por qué?
Respira hondo.
—¿Dónde estás?
—En la calle. He salido.
—¿Estás con alguien?
—Puede ser. Pero ¿qué pasa? ¿Es papá?
—No, no. Papá está bien. Amy está bien. Leda está bien.
—No me digas que es Tommy —digo, pellizcándome la manicura de gel como no se debe hacer.
—No, no es Tommy. Gracias a Dios.
—Gracias a Dios —repito, y me santiguo.
Tommy es el marido de Leda, un hombre fácil de manipular y que lleva chalecos de punto sin inmutarse. Es demasiado puro para este mundo, y lo queremos.
—Es Alexandra.
No llama «mamá» a nuestra madre porque ella nunca se comportó como tal con nosotras. Me parece cruel, pero es su decisión. Leda hace lo mismo.
—Pero ¿está bien?
—Ha… ha sufrido un infarto grave. Llamó al 911, pero… cuando llegaron los paramédicos ya era tarde.
—Oh. —Me llevo la mano cubierta de purpurina a la cara y me presiono la mejilla—. Ya era tarde…
—Lo siento, Cli. Espera. Leda me ha escrito un mensaje para preguntarme si puede llamarte. ¿Podrías llamarla tú?
—¿Está mal?
—Creo que está preocupada por ti.
—¿Por qué?
—¡Venga ya!
—¿Estás disgustada?
—Lo estoy procesando. De hecho, voy conduciendo, de camino a casa de papá. Creo que deberías plantearte venir mañana.
—Vale. —Mi móvil suena. Leda está en la otra línea, cómo no—. ¿Os veo mañana, entonces?
—Sip. Te quiero, Cli.
—Yo también te quiero. —Descuelgo la llamada en espera—. Hola. Ya me lo ha contado Daphne.
—Todos teníamos nuestras opiniones y sentimientos respecto a Alexandra. Pero sé que el hecho de que no estuviera muy presente en nuestra vida no significa necesariamente que sea más fácil aceptar que ya no está entre nosotros.
Seguro que lleva ensayando esa frase desde que se enteró. Puede que incluso desde antes.
—Gracias, Leeds.
—Quería ser yo quien te lo dijera —me explica, señalando lo que es obvio—. Quería que lo supieras por mí.
—No te preocupes. Daphne lo ha hecho bastante bien.
Vislumbro una sombra que se cuela en mi visión periférica. Es Ethan, que está de pie y me observa con expresión preocupada, a una distancia un poco incómoda.
—Era nuestra madre biológica —dice Leda apretando la mandíbula.
Algún día, mi hermanita descubrirá el Xanax y su calidad de vida mejorará considerablemente. Hasta entonces, tendrá que seguir poniéndose una férula dental por la noche para no destrozarse los dientes.
—¿Vas a ir a casa de papá? —le pregunto.
—Sí, ahora mismo estoy haciendo la maleta.
—Vale. Yo cogeré un tren por la mañana.
—Si la tía Helen te llama, no respondas. Yo me encargo.
—De acuerdo —le digo, consciente de que Ethan está cada vez más cerca—. Estoy a punto de pillar un taxi para volver a mi piso. Te llamo ahora, ¿vale?
—Mándame un mensaje cuando llegues.
—Lo haré. Te quiero mil.
—Yo también te quiero.
Cuelgo y enseguida abro la aplicación de Uber y pido un coche.
—¡Menudo servicio! Mitt está a solo dos minutos de distancia —le digo a Ethan—. Toyota Corolla plateado. La matrícula acaba en X3.
—Oye, ¿va todo bien? —me pregunta.
Vuelvo a meter el móvil en el bolso y lo cierro con un chasquido.
—Mi madre ha muerto.
Silencio. Se oye una sirena en la distancia. Durante un instante, la desgracia ajena me parece más dolorosa que la mía.
—Espera, ¿lo dices en serio?
Asiento.
—Muy en serio.
—Joder. Lo siento mucho.
Mitt llega en su Toyota. Abro la puerta y me giro para mirar a Ethan, que está paralizado en la acera, con los ojos llorosos y muy abiertos, como si fuera él quien acabara de recibir la mala noticia.
—¿Quieres venir a casa conmigo o no? —le pregunto, antes de ocupar el asiento de atrás.
Se acomoda a mi lado, sin que mi desgracia lo desanime. Puede que más bien lo motive. Si quiere ser mi caballero de brillante armadura, que así sea. Me acurruco contra él y le robo el calor.
Porque eso es todo lo que es él para mí, simple calor corporal.
Si hay una vida después de la muerte, si alguna de esas cosas fantásticas en las que creía mi madre es cierta, ella estará en algún lugar mirándome, orgullosa.
«Chicas, prefiero que abráis las piernas antes que el corazón», nos dijo una vez tras haberse bebido media botella. Por aquel entonces yo era demasiado joven para entenderlo. Eso y muchas otras cosas.
—En realidad —le digo a Ethan—, he cambiado de opinión. Sal de aquí.
2
El suave sonido de la lluvia golpeando la ventana me sirve de amable despertador. Me cuesta abrir los ojos; el rímel de ayer me ha pegado las pestañas. Llegué a mi piso y me dejé caer en la cama sin quitarme la ropa, sin lavarme los dientes y sin seguir ninguno de los muchos pasos de mi rutina nocturna de cuidado de la piel.
—No me puse todos mis sérums —me quejo al vacío.
Hay restos de maquillaje por toda la almohada y purpurina en las sábanas. Al darme la vuelta en la cama, oigo un suave crujido, así que rebusco debajo de mí hasta encontrar la bolsa de regalos de la fiesta de anoche. Acaricio con los dedos la etiqueta en forma de corazón en la que figura mi nombre antes de vaciarla. Papel de seda metalizado, purpurina que jamás se irá y, por último, una pequeña caja de joyería dorada con la inscripción Veronica X Shine Inc. garabateada en letra cursiva en la parte superior. Dentro hay una bolsita de terciopelo rosa y, en su interior, un colgante. Una serpiente de oro blanco con pequeños ojos de diamante.
Paso una uña por la anilla y observo el charm. Podría interpretarlo de varias formas. Pensar que Veronica eligió este colgante para mí porque es el más atrevido y caro de su colección y se adapta mejor a mi estilo que un corazón, una llave, una flor o cualquier otra cosa. O podría sentirme ofendida porque me haya regalado una serpiente, aunque puede que eso sea ir demasiado lejos. Ahora que lo pienso, no creo haberle hecho nunca nada por lo que merezca que me llamen «víbora», pero quién sabe.
Salgo de la cama y me arrastro hacia la cómoda, hasta el soporte para joyas, elijo una cadena para el charm y me lo cuelgo al cuello. Alzo la vista hacia el espejo, hacia mi reflejo, para estudiar cómo queda sobre mi piel, pero en su lugar veo a mi madre, los rasgos de su rostro en el mío, y entonces recuerdo que ya no está. Ha muerto, y se supone que hoy tengo que ir a casa de mi padre. Lo que significa que debo coger el New Jersey Transit. Como si no bastara con una sola tragedia.
Saco el móvil del bolso; solo le queda un diez por ciento de batería. Lo enchufo y llamo a papá con el altavoz activado.
Contesta de inmediato.
—Hola, cariño. ¿Cómo estás?
—Oh, bien, bien —respondo, bostezando—. ¿Ya han llegado Daffy y Leda?
—Sí, aquí están. Amy les está haciendo tortitas.
—Vaya. Me encantan las tortitas de Amy.
El único éxito de mi madrastra en la cocina.
—¿Cuándo crees que llegarás?
—Todavía no lo sé. —Observo mi cama sin hacer y la montaña de ropa sucia de la entrada. Se me ocurre una idea malvada—. Tengo que hacer la colada. Y la maleta también. ¿Cuánto tiempo tendré que quedarme? ¿Habrá funeral? —imposto una voz quebrada—. Lo siento, papá. Es solo que no estaba preparada para esto.
—Lo sé, Cli. Si quieres, voy a recogerte.
Ha sido muy fácil.
—¿En serio? ¿De verdad que no te importaría?
—No quiero que cojas el tren si estás mal. Aviso a Amy y salgo para allá.
Mi padre. Firme y confiable, el capitán del barco, el rey benevolente de nuestra vida, cuyo amor es tan seguro y poderoso como la gravedad.
—Gracias, papá. Te quiero.
—Yo también te quiero.
Me siento algo culpable, aunque no demasiado. Una hora y media de coche, dos si hay tráfico. Y, sí, puede que sea una mujer de veinticinco años que llama a su papá para que venga a recogerla, pero el tren es una auténtica pesadilla. Cosas peores he hecho para no cogerlo.
Dejo el móvil cargando, meto la pila de ropa sucia en la lavadora y me doy una ducha rápida y fría. Me seco con la toalla y después me lavo los dientes. Empiezo mi ritual matutino de cuidado de la piel. Intento decidir qué ponerme.
Papá no quiso responder a mi pregunta sobre el funeral, pero supongo que habrá algún tipo de ceremonia. Tengo muchos vestidos negros, aunque ninguno me parece adecuado para llorar por mi madre. Lo cual, tal vez, sea lo más apropiado, teniendo en cuenta que no sé cómo llorar su pérdida.
¿Acaso querría ella que lo hiciéramos? No creía en la muerte.
Una vez que me he maquillado, vuelvo a meterme en la cama, desenchufo el móvil, le acoplo la luz para selfis y me hago una foto en sujetador con el collar puesto, luciendo mi nuevo y brillante colgante. Es lo bastante bueno como para publicarlo en redes. Etiqueto a Veronica y a Shine Inc. Luego añado un emoji de serpiente, otro de un diamante y unas estrellas.
Me quedo mirando la foto. Para mí resulta evidente que mi sonrisa es falsa, pero no creo que sea obvio para nadie más.
Otra lección que me enseñó mi madre, aunque lo hiciera con un ejemplo desafortunado. Nos mostró lo que no hay que hacer. Nos mostró lo importante que es tener un control total sobre las emociones. Porque lo contrario es demasiado peligroso.
Unas horas después, papá está limpiando mi nevera y yo sigo haciendo la maleta.
—Todo lo que hay aquí es comida para llevar, Cli —dice en tono de reproche.
—Bueno, ya sabes, cocinar no es una de mis prioridades. Y antes de que me des la charla, recuerda el feminismo.
—Lo sé, lo sé. Pareces Daphne.
Mi hermana se cree la más progresista de la familia, pero fue bastante crítica conmigo cuando le dije que estaba pensando en abrirme una cuenta en OnlyFans.
—Vale. Voy a sacar la basura y luego deberíamos salir. Seguro que tus hermanas están deseando verte.
—Seguro.
Todos nos queremos, pero Daphne y Leda no siempre se llevan bien. Yo soy el lubricante social de la familia, la salsa especial.
Me arrodillo frente a mi maleta abierta y contemplo el contenido. Trabajar en el mundo de la moda me ha quitado la capacidad de ser espontánea y de adaptarme con agilidad, incluso en estas circunstancias. Qué me pongo importa; cómo me perciben importa. A veces llego a pensar que es lo único que importa. Otras, sé que es así.
Papá vuelve y espera impaciente a que termine de comprobar, otra vez, que llevo todo lo que pueda necesitar o desear. Carga con mi maleta hasta el coche, quejándose de lo pesada que es, y yo cierro con llave. Cuando llego al coche, meto la bolsa de viaje en el maletero, me acomodo en el asiento del copiloto, dejo el bolso entre los pies y echo el respaldo hacia atrás. Hay una botella de agua sin abrir en el portavasos, así que asumo que es para mí y la cojo.
—Ya estará caliente —dice mi padre—. Estaba fría cuando llegué.
El plástico está mojado por la condensación y la etiqueta se ha empapado.
—No pasa nada. Gracias por traerla. Y por llevarme. Y por esperar. Y por cargar mi maleta.
Se da un masaje en el hombro antes de arrancar el coche, quizá en un intento de hacerme sentir culpable. Es un vikingo de metro noventa y cinco, con el pelo canoso desde que tengo memoria, así que resulta fácil olvidar que ya tiene casi sesenta y cinco años y que no es indestructible.
—¿Cómo lo haces cuando te vas de viaje? Porque se supone que todo esto es solo para unos días.
—Puede que sean solo unos días. No tengo suficiente información —puntualizo mientras ajusto las rejillas de ventilación para que el aire caliente no me dé directamente en la cara. Todavía tengo purpurina en las manos. Siempre tendré purpurina en las manos. La purpurina es permanente.
—Yo tampoco —me confiesa—. Helen no me ha llamado. Ha hablado con Leda.
Ninguna sorpresa. La tía Helen, la única hermana de mi madre, mayor que ella, odia a mi padre. Y cuando digo que lo odia es que lo odia. Amy es la segunda en su lista negra. Decir que mis padres no tuvieron un divorcio amistoso sería como decir que el Challenger no tuvo un vuelo agradable.
—A veces quedan para comer —me dice al girar hacia Flatbush Avenue—. Helen y Leda.
—¿Me lo preguntas o me lo cuentas?
No responde, así que yo tampoco lo hago. Sé que Leda se ha reunido con Helen, que ambas viven en Boston y que mi tía lleva años intentando volver a ponerse en contacto con nosotras. Y también sé que Leda es una persona que siempre se exige al máximo y con una voluntad de hierro, capaz de detener la Tierra sobre su eje si se lo propusiera, mientras que Tommy es un gatito tierno que creció en una familia normal. Él es su talón de Aquiles y, como persona equilibrada que es, jamás ha aprobado el firme rechazo de mi hermana hacia nuestra madre. De modo que, aunque no consiguió que cediera en lo relativo a Alexandra, sí logró convencerla para que almorzara con Helen, lo que acabó convirtiéndose en varios almuerzos más, porque Leda y Helen son tal para cual, dos zorras inflexibles.
Yo sé todo esto, pero no sé si nuestro padre también lo sabe. Podría ser una trampa, así que ni confirmo ni desmiento.
—¿Puedo poner música? —le pregunto, ya con el móvil en la mano.
—Claro, Cli. Pero no demasiado alta.
Pongo algo de Quiet Riot porque el señor James Arthur Barnes no puede resistirse al glam metal. Su versión de «Cum On Feel the Noize», de Slade.
—Buena elección —dice, asintiendo con la cabeza—. Sube el volumen.
—Sí, señor.
Me encargo de la música durante el resto del viaje. Nos topamos con un atasco, así que tardamos más de lo previsto en llegar a New Jersey, a casa de mi padre. El Mercedes de Leda está estacionado en la calle, perfectamente paralelo al bordillo. El Subaru de Daphne está aparcado de cualquier forma en la entrada, el mismo tres puertas destartalado que tiene desde el instituto. Podría permitirse uno nuevo, pero como Leda y yo somos materialistas, ella decidió no serlo. Papá maniobra con cuidado para meter el coche en el garaje, aunque no hace falta. ¿Qué importa una abolladura más?
Me invade una mezcla de alivio e inquietud. Me pasa cada vez que entro en ese garaje, en esa casa. Teniendo en cuenta que es el lugar en que crecí, y que no estaba encantada ni maldita ni nada por el estilo, no debería ponerme tan nerviosa. Es una sensación que nunca dura, es fugaz, pero siempre está ahí. Una oleada de recuerdos, los fantasmas de mi yo del pasado, aquella niña precoz que se alegraba de haber salido de casa de su madre, donde el ambiente era tenso, no había dulces y todo apestaba a tabaco y Chardonnay. Pero también la culpa, la confusión, la añoranza, la incertidumbre sobre a cuál de mis padres quería más o en cuál de ellos confiaba menos.
Es el síndrome del hijo de padres divorciados. Y es muy molesto.
Papá saca mi maleta, yo recojo el resto de mis bolsas y Amy nos abre la puerta del vestíbulo. Pone cara de pena, aunque sé que es bastante probable que se alegre de que mi madre haya muerto. Bueno, quizá alegrarse no sea la palabra, pero algo parecido.
—Oh, ven aquí —dice, y tira de mí para abrazarme.
Su característico olor es reconfortante, demasiado dulce y demasiado intenso, y, sin embargo, perfecto a su manera. Es como inhalar caramelo o esnifar azúcar puro. Cuando era nuestra profesora de baile, todas queríamos oler como ella, parecernos a ella, ser como ella. Cada vez que pienso en ella, aún veo a aquella veinteañera rubia de bote, con calentadores y leotardos, y no a la madrastra que tengo delante, con las raíces oscuras y la piel cubierta de manchas por haber pasado demasiado tiempo al sol sin protección, las patas de gallo llenas de delineador de ojos y un jersey poco favorecedor metido por dentro de unos vaqueros de talle bajo. Su estilo no ha evolucionado desde 2010, algo que me parece trágico y adorable a partes iguales.
—Hola, Amy —la saludo.
—Deja que te ayude con las bolsas. Tus hermanas están en el porche de atrás.
—Pues allá que voy.
Se inclina para darme otro abrazo y me dice:
—Les he preparado sangría. Puede que estén un poco achispadas.
—Bien, así será más divertido —respondo, con la esperanza de que todavía quede algo para mí.
3
Pues así es, Leda y Daphne están en el porche trasero acristalado, cada una con un vaso casi vacío en la mano, en cuyo fondo yacen unos frutos rosados y arrugados. Hay una jarra sobre la mesita de centro que las separa, colocada sobre un montón de posavasos. Leda está de pie en un rincón, con una mano en la cadera, como si fuera un maniquí en una tienda de Ann Taylor. Está de espaldas y lleva el pelo platino recogido en un moño bajo y alisado. Empezó a teñírselo de rubio en el instituto para parecerse más a Amy y para fastidiar a nuestra madre.
Daphne decidió mantener su cabello oscuro, pero se lo cortó al estilo wolf cut, muy parecido al mullet. Está tumbada en el sofá, con las piernas colgando de un lado. Muerde una cáscara de naranja.
—Ya me habían comentado que os estabais emborrachando —digo.
Las dos se giran hacia mí, sobresaltadas, como si se hubieran despertado de un sueño profundo. Daphne se levanta de un salto para darme un abrazo.
—No estamos borrachas —responde Leda, a la defensiva.
—Relájate. No voy a chivarme —le prometo, llevándome la mano al pecho—. Pero que sepas que Dios ya lo sabe.
Leda se burla. No es religiosa; ninguna de nosotras lo somos. Ya tuvimos suficiente de esas tonterías de «el poder de Cristo te obliga» en la adolescencia. Su problema es que no soporta la idea de hacer algo mal.
—No te burles de ella —me susurra Daphne al oído—. Es una persona sensible.
—¡Lo he oído! No soy una persona sensible. Es solo que no creo que sea momento de bromas.
—Tienes razón —le digo mientras me zafo de Daphne para ir a abrazar a Leda. Es desagradable, como abrazar un mástil.
—Hueles bien. ¿Qué es? —me pregunta.
—Yo —respondo, sacudiéndome el pelo. No me he hecho nada. Me lo he dejado tal cual. Oscuro, largo, grueso y rizado. Una de las pocas cosas que nos dio nuestra madre y que nunca ha salido a relucir en terapia. Cuando lo que heredas son, ante todo, complejos, ¿por qué no valorar los regalos excepcionales?—. Y Tom Ford. Y Oribe. Una mezcla.
—Hum —dice, dando un paso atrás para mirarme. Le devuelvo el favor. Siempre ha tenido unos rasgos afilados, pero ahora, a sus treinta y tantos años, sus mejillas se han hundido un poco y sus ángulos faciales están más marcados. Ha heredado las impresionantes cejas de mamá, pero los ojos verdes y redondos de papá. Tiene la nariz prominente y la boca ancha de mamá, pero los labios finos y el mentón con hoyuelo de papá. Una mezcla perfecta. Ella no se considera guapa porque nuestra madre solía decirle que no lo era, pero a mí me encanta recrearme en su rostro. Es puro arte.
Se aclara la garganta y da un pequeño sorbo a su sangría.
—He hablado con Helen. Va a haber funeral.
—Vale —digo antes de hacer una pausa, a la espera de unos detalles que no llegan, hasta que se convierte en un silencio incómodo.
—Nosotros no vamos a ir —confiesa Daphne. Ha vuelto al sofá, esta vez con los pies apoyados en la mesita, demasiado cerca de la jarra.
—¿Con «nosotros» te refieres a Leda y a ti? —le pregunto—. Y a papá y Amy, supongo.
—Papá y Amy no son bienvenidos —aclara Daphne—. La tía Helen lo ha dejado bien claro.
—Bueno, sí —digo mientras rodeo la mesita de centro para sentarme en la chaise longue. La luz del sol de la tarde se cuela por los grandes ventanales, tan intensa que casi roza la agresividad. Me protejo los ojos—. Pues yo sí quiero ir.
Leda deja escapar un suspiro profundo y dramático. Daphne chasquea la lengua.
—Va a ser un puto circo —suelta Daphne—. Un congreso de bichos raros. Lo sabes, ¿verdad?
—Me encantan los bichos raros. Yo misma soy una.
—Llevar vestidos de novia viejos del Ejército de Salvación en el metro no te convierte en un bicho raro —dice Daphne, que examina el contenido de su vaso.
—Según el Times, eso me convierte en una de las personas con más estilo de Nueva York —afirmo. Ambas ponen los ojos en blanco—. No pretendo convenceros de nada.
—Bien, porque ya he pasado por esto con Tom —asegura Leda—. La decisión está tomada.
—¿Y dónde está mi Tommy?
—Arriba, en una llamada de trabajo.
—¡Tommy! —grito—. Quizá quiera venir conmigo.
Leda me lanza una mirada asesina.
—Vale, pues iré yo sola.
Daphne niega con la cabeza. No para de agitar la cabeza. Solo con mirarla me mareo.
—Clio… —empieza Leda.
—Leda. Leeds. Lee-Lee. Leda-da-di-da.
Frunce los labios y vuelve a suspirar.
—La verdad es que no me siento cómoda con la idea de que vayas. Con todos esos… extraños amigos de Alexandra.
—Soy una chica mala —digo.
Ahora le toca a Daphne mofarse.
—¿Qué? —le pregunto al tiempo que aparto sus piernas de la mesita.
Leda interviene antes de que Daphne pueda responder.
—No puedes esgrimir el argumento de que ya eres mayor mientras dejas que papá te lo siga haciendo todo.
—Agradezco tu franqueza, pero te equivocas. Papá no me lo hace todo. Solo…
—No digas que solo te hace la declaración de la renta —me advierte Leda—. Te configura internet. Te monta la televisión. ¡Ni siquiera te sabes tu número de la seguridad social!
—¿Y? —le pregunto y la veo abrir mucho los ojos. Sonrío—. Estoy de broma. Me lo sé de memoria. Es solo que, a veces, invierto el orden de los dos últimos números. Da igual.
—Mi opinión sigue siendo la misma. Lo llamas para todo. Para cualquier cosa.
—Con un teléfono que paga él —apostilla Daphne. Traidora.
—Tú también sigues en el plan familiar, igual que yo —le digo, lanzándole un cojín decorativo que consigue atrapar.
—Sí, pero yo se lo pago. Me pago mi teléfono.
—¿En serio?
—¿Se puede saber qué nos aporta todo esto? —dice Daphne, cerrando los ojos y abrazándose al cojín.
—No lo sé. ¿Aporta algo? —pregunta Leda, con la mano otra vez en la cadera—. Pues convéncela tú de que no lo haga.
—Nadie va a hacer que cambie de opinión. Es el funeral de nuestra madre. Es cierto que no la queríamos en nuestra vida, que no queríamos mantener una relación con ella después de todo lo que pasó, pero… —Guardo silencio—. ¿Por qué tengo que dar explicaciones? Yo respeto vuestra decisión. Creo que es una mala idea y no estoy de acuerdo en absoluto, pero la respeto. ¿Por qué no respetáis la mía?
—No es una cuestión de respeto, Clio. Nos preocupa tu seguridad —afirma Leda—. Es que tú ya no te acuerdas de cómo era.
Esa es su mejor carta. Yo era demasiado joven para recordar todo lo que ellas recuerdan, demasiado joven para comprender el daño que se nos estaba infligiendo. El caos que se desató cuando mamá perdió por completo la cabeza, después de que papá se hartara de sus dramas y solicitara el divorcio.
—Lo siento, pero en esto estoy con Leeds —se posiciona Daphne.
—Lo siento, pero… ¿me da igual? —digo antes de ponerme en pie—. No necesito vuestro permiso.
Ambas intercambian miradas de preocupación y frustración, y puede que de algo más. Congoja. Les lanzo besos, cojo la jarra de sangría, doy media vuelta y salgo de la habitación camino de las escaleras para escapar y poder estar sola.
Mi dormitorio sigue siendo, sin duda, mi dormitorio, aunque me mudé hace ya una década, la semana después de terminar el instituto, sin perder ni un minuto. La ropa de cama es la misma de siempre y los cuadros que cuelgan de las paredes rosa chicle son los que elegí cuando era pequeña. Fotografías de caballitos de tiovivo y de París bajo la lluvia. Era una romántica empedernida que soñaba con un futuro maravilloso lleno de cosas bonitas. Un futuro que ahora es mi presente, mi realidad, mío.
Aunque no en este instante. En este momento, estoy tumbada sobre un colchón doble que cruje, mirando la lámpara de araña del techo, viendo cómo los cristales reflejan la luz del atardecer, bebiendo sangría directamente de la jarra y enfadada con mis hermanas.
Aburrida, dejo la sangría que me queda en la mesita de noche y me deslizo fuera de la cama, permitiendo que la gravedad me lleve hasta el suelo. Levanto la alfombra y descubro una constelación de manchas de esmalte de uñas en la moqueta. La prueba de un recuerdo de la infancia, un episodio de imprudencia, el pánico momentáneo ante la idea del castigo, darme cuenta de que podía recurrir a las lágrimas para evitarlo, la promesa de no volver a hacerlo, el dulce alivio.
Me siento muy agradecida por tener pruebas. Pruebas irrefutables. Ojalá hubiera tenido más de esto con Alexandra. Hay pocos elementos que corroboren los recuerdos de mi madre. A pesar de lo que puedan pensar papá, Leda y Daphne, sí que los tengo —recuerdos—, pero son borrosos. Breves y confusos, como al despertar de un sueño vívido, de un sueño que no sabrías describir, pero que sabes que ha sido muy real y que te ha provocado sensaciones muy intensas.
No hay manchas de mi madre. Solo cicatrices.
Me subo la manga y veo los restos de una pequeña quemadura en el antebrazo derecho, en la delicada piel situada justo encima del interior de la muñeca, donde mis venas se ven azules, tenues y agitadas. Es casi imperceptible. Un poco pálida, un poco rugosa, con forma de ojo, redonda, pero con extremos afilados y bien definidos. Jamás he culpado a mamá de la lesión, aunque todos los demás parecen estar convencidos de que ella fue la responsable. No recuerdo cómo me la hice; solo recuerdo tenerla. Nunca nadie ha querido contarme los detalles, ni papá, ni Amy, ni mis hermanas, y ahora ya no tendré oportunidad de preguntárselo a mi madre.
Aunque es muy probable que lo mencione en el libro.
Cada vez que me atrevo a pensar en el libro, en mi cabeza resuena una música siniestra. Las memorias de mamá sobre nuestra vida en la casa, El demonio de Edgewood Drive: la historia real de una casa encantada en un barrio residencial. Tuvo un éxito moderado durante apenas dos minutos, y fue popular entre los fanáticos de las conspiraciones paranormales y gente por el estilo, antes de que pasaran a su siguiente historia de terror. Compraron los derechos cinematográficos, y papá, Leda, Daphne y yo contuvimos la respiración, temiendo una adaptación que, por suerte, nunca llegó. Hace tiempo que está descatalogado y casi todo el mundo lo ha olvidado. Casi todo el mundo.
Llevada por una curiosidad repentina y maliciosa, me arrastro hasta mi bolso y saco mi portátil. Abro el navegador y busco en Google el nombre de mi madre para ver si su fallecimiento ha sido noticia o si su breve fama fue dema
