Imaginaos a un niño que tuviera que esconderse de aquellos a quienes ama. Hace lo mismo que otros niños. Construye torres con piezas, entrechoca sus cochecitos, finge conversaciones entre los peluches y dibuja casas con soles sonrientes sobre ellas. Un niño es un niño. Pero el miedo hace que todo parezca diferente. Las torres nunca se derrumban. Los siniestros de tráfico son incidentes más que accidentes. Los peluches susurran entre sí. Y el agua del recipiente de las pinturas rápidamente se transforma en un barro color gris sucio. El niño tiene miedo de ir a cambiar el agua y al final todas las pinturas están manchadas de barro. Todas las nuevas casas, los soles sonrientes y los árboles tienen ese mismo color, un desagradable negro azulado.
Aquella tarde, el paisaje de Warmia era de ese color.
La luz de diciembre al atardecer no es capaz de extraer ningún color. El cielo, un arbolado, una casa junto al bosque y un cenagoso prado se diferencian tan solo por los matices del negro. Con el paso de los minutos se van fundiendo cada vez más, hasta que al final los diversos elementos se vuelven indistinguibles.
Un nocturno monocromo, vacío y gélido en extremo.
Quién diría que en este paisaje desolado, en el interior de una casa negra, hay dos personas vivas. Una de ellas apenas lo está ya; la otra, en cambio, vive de un modo tan intenso como agotador. Sudorosa, sofocada, aturdida por el zumbido de sus palpitaciones en los oídos, trata de superar el dolor de los músculos para acabar cuanto antes con el asunto.
Esta persona no puede evitar pensar que en las películas todo sucede de otra manera, y que tras los títulos de crédito se debería incluir una advertencia: «Señoras y señores, les advertimos que en la vida real cometer un asesinato exige una fuerza bestial, una buena coordinación motriz y, sobre todo, una condición física perfecta. No intenten hacerlo en casa».
La propia resistencia de la víctima constituye toda una proeza. Su cuerpo se defiende de la muerte como puede. No es una lucha, se trata más bien de algo a medio camino entre los espasmos y el ataque epiléptico. Todos los músculos se tensan, pero no como se describe en las novelas, afirmando que la víctima se debilita. Cuanto más cerca se encuentra el final, más empeño ponen las células musculares en tratar de aprovechar los restos de oxígeno para liberar el cuerpo.
Lo cual significa que es preciso evitar que consiga ese oxígeno, porque de no ser así todo vuelve a empezar. Lo cual significa que no solo se debe sujetar a la víctima para que no se escape; además, hay que estrangularla. Y esperar a que el siguiente pataleo sea el último, a que no tenga fuerzas para ninguno más.
Por otro lado, la víctima parece tener una reserva ilimitada de fuerzas, mientras que al asesino le ocurre al contrario. Un dolor agudo surge en los músculos sobrecargados de sus brazos, sus dedos se entumecen y empiezan a dejar de responderle, ve cómo poco a poco, milímetro a milímetro, se van escurriendo del cuello sudoroso.
Piensa que no lo va a conseguir. Y en ese momento, de forma inesperada, el cuerpo que sujeta con sus manos queda inmóvil. Los ojos de la víctima se convierten en los de un cadáver. Ha visto muchos así durante su vida para no reconocerlos.
Aun así, no es capaz de apartar las manos y, por unos minutos, sigue ahogando el cadáver con todas sus fuerzas. Comprende que se ha dejado llevar por la histeria; a pesar de ello, aprieta más y más con las manos, sin importarle el dolor que siente en los brazos. De pronto, la laringe se hunde bajo sus pulgares. Asustado, relaja sus miembros.
Se levanta y mira el cadáver que yace a sus pies. Pasan los segundos; después, los minutos. Cuanto más tiempo permanece allí de pie, más le cuesta moverse. Al final se obliga a coger el abrigo, que cuelga del respaldo de una silla, y se lo echa sobre los hombros. Se repite a sí mismo que si no se pone en marcha lo antes posible, muy pronto su cadáver se unirá al de la persona que está tirada en el suelo. Le extraña que no haya sucedido todavía.
Aunque, por otro lado, piensa el fiscal Teodor Szacki: ¿no es eso lo que más deseo en este momento?
Antes
Capítulo primero
Lunes, 25 de noviembre de 2013
Los científicos tratan de demostrar que se puede eliminar por completo el cromosoma Y (masculino) en ratones sin que afecte a su capacidad para procrear; un mundo sin hombres empieza a parecer técnicamente posible. La atención internacional se centra en Ucrania, cuyas autoridades han anunciado que no van a firmar ningún acuerdo de asociación con la Unión Europea; en Kiev, cien mil personas se echan a la calle. Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer; las estadísticas dicen que el 60 por ciento de los polacos conoce al menos una familia en la que la mujer es víctima de la violencia y el 45 por ciento vive o ha vivido en una familia en la que ha habido este tipo de violencia; el 19 por ciento opina que no existe la violación dentro del matrimonio y el 11 por ciento piensa que golpear a la esposa o a la pareja no constituye un acto de violencia. Durante los desplazamientos de prueba, el Pendolino bate el récord polaco de velocidad en trenes al alcanzar los 293 km/h. Cracovia, la tercera ciudad más contaminada de Europa, prohíbe el consumo de carbón. Los ciudadanos de Olsztyn expresan su parecer acerca de lo que más necesita la ciudad: carriles bici, un pabellón de deportes y un festival importante, además de nuevas carreteras con las que superar la plaga de los atascos; sorprende el poco interés despertado por la nueva red de tranvías, el proyecto estrella de las inversiones municipales; el teniente de alcalde lo explica así: «Me parece que mucha gente hace demasiado tiempo que no se sube a un tranvía actual». En la región de Warmia el otoño continúa, el ambiente es gris y desapacible, y, a pesar de lo que marque el termómetro, lo único que todo el mundo nota es que hace un frío terrible; hay niebla en el aire y la llovizna se congela en las calles.
1.
El fiscal Teodor Szacki opinaba que nadie merecía la muerte. Nunca. Nadie, en ningún caso y en ninguna circunstancia, debería arrebatarle la vida a un semejante, ni como un acto contrario a la ley ni aplicando los preceptos de esta. Siempre había estado profundamente convencido de ello, hasta donde le alcanzaba la memoria; pero ahora, mientras esperaba en su coche a que cambiara el semáforo en el cruce de las calles Żołnierska y Dworcowa, por primera vez sintió que su dogma de fe se tambaleaba.
A un lado había bloques de pisos; al otro, un hospital, frente al que había unos barracones con un enorme cartel encima: «Mercado de pieles». Szacki se preguntó si solo en su cabeza de fiscal esto sonaría ambiguo. Un cruce típico de una ciudad de provincias, dos calles que se juntaban solo porque en algún lugar debían hacerlo; allí nadie aminoraba la marcha para admirar el paisaje, la gente se limitaba a pasar de largo.
Bueno, en realidad no pasaban de largo: frenaban, se paraban y aguardaban como borregos a que el semáforo cambiara, y durante ese tiempo sus pies echaban raíces en los pedales, les crecía una barba blanca que se les amontonaba sobre las rodillas y en las puntas de los dedos les salían unas uñas largas como garras de gavilán.
Justo después de instalarse en la ciudad leyó en la Gaceta de Olsztyn que el concejal de tráfico del ayuntamiento no creía en la «ola verde», pues esta propiciaba que los conductores aceleraran demasiado, lo que suponía un peligro para la seguridad vial. Szacki pensó que se trataba de una broma…, pero no lo era. Pronto comprobó que, en aquella ciudad —al fin y al cabo no muy grande, se podía cruzar a pie en media hora—, a pesar de que las calles por las que discurría el tráfico eran anchas, todo el mundo se pasaba el tiempo atrapado en algún atasco. Y aunque se arriesgaban a sufrir una apoplejía, para ser justos con el funcionario municipal había que decir que, al menos, no suponían una amenaza para los demás conductores.
Además, no estaba muy claro que los habitantes de Olsztyn supieran girar a la izquierda según el código de circulación, es decir, dejando pasar primero a los coches que vienen de frente. Debido a ello, y para velar por su seguridad, en casi todos los cruces se prohibía hacerlo. Las calles que confluían en una intersección abrían sus semáforos de manera consecutiva, de modo que solo uno de ellos se ponía en verde cada vez; los vehículos que circulaban por esa vía podían avanzar, mientras que los de las otras calles esperaban su turno.
Esperaban y esperaban durante mucho tiempo.
Por eso Szacki maldijo en alto cuando, encontrándose en la calle Dworcowa, el semáforo se puso en ámbar a doscientos metros de su Citroën. No tenía la menor posibilidad de llegar. Frenó, detuvo el coche, puso el motor al ralentí y suspiró profundamente.
Del cielo caía la típica basura de Warmia, que no era ni lluvia, ni nieve ni granizo. Ese engrudo se congelaba en cuanto tocaba el parabrisas y ni el limpiaparabrisas más veloz era capaz de acabar con la misteriosa sustancia. El agua del pulverizador no hacía más que embadurnarlo todo. Szacki no se podía creer que estuviera viviendo en un lugar donde tales fenómenos atmosféricos pudieran tener lugar.
Lamentaba que Polonia careciera de territorios de ultramar, para poder convertirse en fiscal en alguna isla paradisiaca en la que llevaría a juicio a ancianas jubiladas por acosar a los camareros y a los profesores de rumba con el fin de que aquellas se entregaran a otras actividades sexuales. Sin embargo, conociendo su suerte, seguro que el único territorio polaco en ultramar habría sido alguna isla en el mar de Barents, donde no hay jubilados porque allí nadie vive más allá de los cuarenta y los camareros conservan el vodka en el congelador para que no se hiele.
Para pasar el rato, empezó a imaginar qué le haría al concejal de tráfico de Olsztyn. De qué diferentes maneras lo castigaría, a qué suplicios lo sometería. Fue entonces cuando su dogma de fe sobre el acto de matar empezó a tambalearse, porque cuanto más sofisticadas eran las torturas que concebía, mayor alegría y satisfacción experimentaba.
Habría cruzado en rojo de no ser porque para él, como fiscal, el asunto no resultaba tan sencillo como para cualquier otro, que sería multado, pagaría y se olvidaría. Por desgracia, si los agentes de tráfico lo pillaban tendría que declarar su profesión, la policía abriría diligencias, que enviaría en un informe a su superior, y pediría que el salteador con toga fuera castigado. Por lo general esos asuntos acababan en una mera amonestación, pero constaban en el expediente, manchaban la hoja de servicios y, dependiendo de la mala leche del superior, podían verse reflejados en el sueldo. A Szacki ya le parecía que en su nuevo trabajo no lo querían mucho, así que prefería no arriesgarse.
Al final se puso en marcha, pasó junto al hospital, dejó atrás el burdel y el antiguo depósito de aguas y, tras volver a detenerse en un semáforo, entró en la calle Kościuszko girando despacio. Allí sí había algo que mereciera la pena ser visto, en particular el inmenso tribunal administrativo, que imponía respeto. Se trataba de un edificio magnífico, majestuoso, imponente; una montaña de cinco pisos de ladrillo rojo que se elevaba sobre una planta baja hecha de bloques de piedra. En su día había sido construido como sede del gobierno regional de Olsztyn, cuando el territorio pertenecía a Prusia. Si hubiera dependido de Szacki, habría llevado allí las tres fiscalías de distrito que existían en la ciudad. Opinaba que había una importante diferencia entre recibir a los testigos en un lugar así, al que se entraba por unas amplias escaleras, y hacerlo en un edificio pequeño de los años setenta como aquel en el que se ubicaba su despacho. Los clientes deberían saber que el Estado es sinónimo de dignidad y de fuerza y que se apoya en bases sólidas, en lugar de mezquindad, provisionalidad, cosas a medio hacer, terrazo y pintura al aceite en las paredes.
Los prusianos sabían lo que hacían. Szacki había nacido en Varsovia y, al principio, le irritaba el gran aprecio que los habitantes de Olsztyn sentían por los constructores de su patria chica. A él los alemanes no le habían levantado nada; al contrario, habían transformado la capital en una escombrera, por lo cual ahora la ciudad presentaba un aspecto muy distinto al de antes de la guerra. Nunca le habían caído bien, pero debía ser justo con ellos: todo lo que era hermoso en Olsztyn, lo que imprimía carácter a la ciudad, lo que la hacía atractiva, con esa sutil belleza de una avezada mujer del norte, todo lo habían erigido los alemanes. Lo demás parecía, en el mejor de los casos, neutro, aunque lo habitual era que no resultara demasiado estético. Había un par de edificios realmente feos, que hacían de la capital de Warmia el blanco de los chistes que se contaban en el país respecto a los horrores arquitectónicos con que la habían adornado.
A él le importaba un pimiento, pero de haber sido un anciano alemán que realizara un viaje sentimental a la tierra de su infancia, se habría echado a llorar.
Siguió por la calle Kościuszko, cruzó la de Piłsudski, giró en la de Mickiewicz, atravesó la de Copérnico y encontró un sitio para aparcar en la del Batallón Dąbrowski[1]. Al bajarse del coche pensó con malicia que, como en todas las ciudades de los «territorios recuperados»[2], las calles lucían nombres muy patrióticos y no era fácil encontrar un cruce entre la calle del Sastre y la del Calderero.
El instituto de secundaria al cual se dirigía llevaba el nombre, cómo no, de Adam Mickiewicz[3]. Sin embargo, las primeras generaciones que recibieron clases allí no estudiaron al poeta nacional polaco, sino a Goethe y a Schiller. Mientras miraba el enorme y sombrío edificio decimonónico de ladrillo rojo, pensó de nuevo en la importancia de la ubicación para las instituciones. Habría sido un ejemplo más de escuela de la época alemana de no haber contado con elementos ornamentales neogóticos: gabletes puntiagudos, óculos e inmensas ventanas en la parte central del edificio. Le otorgaban un carácter austero, eclesial, y la imaginación lo convertía en el escenario de una película de terror sobre un experimento pedagógico en el que todo acababa mal. Monjas con la boca prieta, niños vestidos con idénticos uniformes, sentados en silencio y fingiendo no oír los gritos inhumanos de su compañero, que, por tercera vez, no ha hecho los deberes. Nadie le pega, pero debe pasar una hora lectiva solo en una pequeña habitación situada en la buhardilla. En ella nunca le ha ocurrido nada a nadie, aunque todos los que la han visitado han vuelto transformados. Las monjas lo llaman «clases privadas».
—¿El fiscal Szacki?
Durante un instante miró perplejo a la mujer que lo esperaba a la puerta del instituto.
Asintió y le estrechó la mano.
La profesora lo condujo por uno de los pasillos. En el interior no destacaba nada en particular, salvo algunos elementos —puertas de madera con la típica decoración dividida en cuadrados y rectángulos, rematadas en lo alto con suaves arcos; gruesas paredes— que le recordaban las vacaciones que pasaba con sus padres junto al mar, en una casita de estilo alemán cerca de Koszalin. Seguramente en el instituto se podría notar el mismo olor de las viejas paredes de ladrillo, si no fuera por el revoltijo de hormonas adolescentes, de desodorantes y de cera para el suelo que hacía que la nariz cosquilleara.
No le dio tiempo a preguntarse si echaba de menos la época del instituto y si le gustaría volver a pasar por el infierno de la juventud, porque enseguida entraron en un aula donde todo el alumnado aplaudía a tres mujeres de diferente edad que acababan de finalizar un debate y sonreían de pie sobre la tarima.
—¿Ha preparado usted algún breve discurso? —le preguntó la profesora susurrando—. Todos están deseando escucharle.
Le dijo que sí mientras pensaba que hasta el código penal permitía mentir en defensa propia.
2.
Entretanto, en los alrededores de Olsztyn, ni muy cerca ni muy lejos, en una casa como otra cualquiera de la calle Równa, una mujer normal, tanto que tenía los rasgos de la ciudadana media, se sumía en negros pensamientos sobre su persona. Acababa de llegar a la conclusión de que había sido una negada desde su nacimiento, porque antes de eso había tenido nueve meses para distanciarse de su yo perfecto. Imaginaba que quizá, en el momento de su concepción, la manecilla del manómetro del panel de control de Dios estaba en medio de la franja verde y, de pronto, osciló y se encaminó en la dirección equivocada. No tanto para que naciera enferma, discapacitada o tonta, nada de eso. Simplemente la manecilla vibró y pasó del verde al naranja. Y cuando la primera célula —quién sabe, a lo mejor aún era una célula estupenda— se dividió en dos, esas fueron las dos partes iniciales de su yo imperfecto. Después ya todo fue de mal en peor, y en el momento del nacimiento estaba formada por tal cantidad de células detestables que los daños eran ya irreparables.
La lista de deficiencias se alargaba hasta el infinito; paradójicamente, le resultaba más fácil soportar las psíquicas porque solo ella las conocía. Falta de paciencia. Falta de organización. Falta de concentración. Falta de empatía. Falta de instinto maternal, que era lo que, quizá, más le dolía. A sus amigos les decía que no podía hacer nada, que solo era capaz de aguantar a su propio hijo, que era el único que no la sacaba de sus casillas. Todos se reían; ella también, pero no de lo que había dicho, sino de que era una estúpida mentira: su propio hijo era el que más la sacaba de sus casillas. Incluso cuando no tenía un espejo a mano, le bastaba con mirar a aquel mocoso de cara cuadrada y ojos pequeños para verse a sí misma, para ver todos sus inmundos genes, producidos por sus inmundas células.
Exacto, los ojos. Parecía difícil negar que eran pequeños. El pelo, si no había más remedio, se podía teñir y peinar de otra manera; la boca se podía realzar; las orejas puntiagudas se podían cubrir con el cabello. Pero ¿unos ojos pequeños? No existía ningún maquillaje capaz de transformar esos ojillos, hundidos hasta el fondo de las cuencas, en hermosos ojos almendrados. Unos ojos que la salvaran, para que la gente pudiera decir: la chica no es gran cosa, pero ¡qué ojos tiene! ¡Seguro que rompieron el molde cuando los hicieron! No, no rompieron el molde.
No le gustaban sus ojos y no le gustaba su cuerpo. Los ojos podía ocultarlos tras unas gafas oscuras, pero la forma de su cuerpo no. Era lo que más la afligía. No había nada destacable en su figura. Si fuera muy delgada, seguro que a alguno le gustaría; si tuviera curvas generosas, también; si sus pechos fueran enormes, legiones de hombres la mirarían. Y el suyo podría decir: «Mis tetazas, mis queridas tetazas». No, ella tenía forma cuadrada o, más bien, rectangular. Sin caderas y sin cintura, con las piernas de una campesina, que pueden el peso del cuerpo durante todo el día. En teoría no era plana, pero no había mucho por donde agarrar, los hombres gordos a veces tenían tetas así. Y esos hombros…, parecía llevar siempre blusas con hombreras, como se estilaba en los años ochenta.
Acababa de intentar ponerse una falda larga y un jersey, para que pareciera que tenía cintura y caderas. Ese día necesitaba estar más guapa que de costumbre, para ofrecerle algo especial, para que supiera así que no se había tratado de un error.
Del salón llegó un quejido lastimero. No podía ser de otro modo porque ya hacía quince minutos que no se ocupaba del niño, que habría llamado al teléfono de atención al menor si hubiera sabido cómo. Soltó el jersey sobre el estante que había bajo el espejo y corrió a verlo. El pequeño se encontraba arrodillado junto a la cama con la cabeza bajo la almohada y lloraba.
—¿Qué ha pasado?
—No quero.
—¿Qué es lo que no quieres?
—No —señaló hacia el televisor.
—¿No quieres esos dibujos?
—No.
—¿Quieres que ponga otros?
—No.
—¿A Bob?
—No.
—¿A Franklin?
—¡No, no, no!
Empezaba a reírse, le parecía un juego muy divertido, aunque todavía no se le habían secado las lágrimas de las mejillas. Al parecer, esto les ocurre mucho a los niños: son capaces de olvidar las malas emociones en décimas de segundo. Ella no sabía qué hormona era la responsable, pero en su opinión deberían identificarla y venderla en pastillas. Compraría un cubo entero.
—¿La cebra?
—No.
—¿El oso azul?
—No.
—¿Una puta polla con nata? —el tono de su voz no cambió lo más mínimo.
—No. Coyó.
El niño sonrió afable, como si hubiera entendido lo que la madre había dicho. Ella le secó las mejillas con la mano. Qué madre tan maravillosa, no cabía duda. Al final puso un canal al azar porque no recordaba dónde había guardado el DVD de Pocoyó. Por suerte, en ese momento había anuncios, que en el pequeño tenían el mismo efecto que un chute de heroína. El niño se quedó embobado con la boca medio abierta; ella miró el reloj y se fue a poner una crepe de requesón en el microondas.
No sabía cómo se le iba el tiempo de esa forma. Ya hacía una hora que el niño debería haber comido. Y tenía que hacer algo con su vida. Se pasaba el día en casa, y cuando su marido volviera, solo podría ofrecerle unas crepes de dos días antes recalentadas en el microondas. Aunque preparara nata montada y descongelara unas frambuesas, seguirían siendo unas crepes de dos días antes.
¿Qué le diría? Perdona, querido, todo el día he estado intentando elegir la ropa adecuada para que no advirtieras que tu esposa no tiene cintura.
Sintió que el pánico crecía en su garganta, como si fuera una tercera amígdala. Tragó saliva a duras penas. ¿Por qué no hacía algo? ¿Por qué era tan inútil? ¿Tan —él sí que sabía definirlo con palabras— abúlica? Exactamente eso, abúlica. Cada sílaba de esa palabra sonaba como una bofetada: «a-bú-li-ca». La primera fuerte, por sorpresa; la última, como un chasquido, sin convicción.
¿Por qué no hacía algo? Tenía un hijo maravilloso, un marido maravilloso, una casa junto al bosque, no necesitaba trabajar, lo único que le faltaba para la felicidad total era una criada. ¡Espabila, mujer! Coge al pequeño, vete al Lidl y prepara una cena en condiciones. ¡Eso es!
Sacó la crepe del microondas, puso a su hijo en la trona de plástico en la que este comía y el niño se echó a llorar porque no le gustaban los movimientos bruscos. Su madre le dio un beso en la frente y colocó la sillita de cara al televisor, no era momento de probar métodos de crianza más adecuados, si quería tener tiempo para todo. Cortó la crepe en trozos y se fue corriendo al espejo; el niño tardaría cinco minutos en comer y, mientras tanto, ella se vestiría y se maquillaría un poco.
—¡No quero! —gritó el niño.
—Sí quieres, es una crepe muy rica, come solo, como un niño grande, y luego nos vamos a pasear.
Hizo mentalmente una lista de la compra. Necesitaba preparar algo rápido, contundente y sencillo. Ternera a la plancha, salsa de nata con queso azul y puré para acompañar. Cocería las patatas y las pasaría por la batidora, así podría después moldearlas como hacían en los restaurantes. En los platos dibujaría con el puré las iniciales de cada uno. El pequeño seguro que también querría comer, a todos los hombres les gusta el puré, es así de simple. Y un poco de ensalada, pero no lechuga envasada, la odiaba. Mejor guisantes, sí, guisantes con mayonesa. Reservaría algunos para adornar el puré.
Después de calzarse las botas corrió al comedor, pero antes cogió el mono del niño para no tener que volver.
La escena que se encontró resultaba difícil de describir.
Su hijo había conseguido extraer el requesón de cada trozo de crepe y luego se había embadurnado con él, además de repartirlo por la silla, por la mesa y, lo que es peor, por el mando a distancia. Este era estupendo, un regalo de Navidad, y se podía configurar para controlar con un mismo dispositivo el televisor, la televisión por cable, el aparato de DVD y la cadena de sonido. Aquel mando a distancia negro, de elegante diseño, con su pantalla táctil, parecía ahora estar hecho de requesón. El pequeño apuntaba hacia el televisor con él.
—Coyó.
A su madre le empezó a dar vueltas la cabeza. Se arrodilló junto a la trona, la rodilla le resbaló sobre un trozo de crepe.
—Hijo, escúchame, tengo algo importante que decirte —empezó a decir con tranquilidad—. Eres un mocoso muy, muy malo, tienes muy mala leche y te odio. Te odio tanto que me entran ganas de arrancarte esa cabeza calva y ponerla con los peluches al lado del puto Pocoyó. ¿Me entiendes?
—¿Coyó?
Lo miró un buen rato y al final se echó a reír. Había entendido, seguro. Lo levantó y lo abrazó mientras pensaba que el jersey especial para el «proyecto cintura» ya solo servía para meterlo en la lavadora. Qué remedio.
3.
No quería estar allí, odiaba ese tipo de actos, el sitio de un fiscal era el despacho, la sala del tribunal o el escenario de un delito. Cualquier otra actividad malgastaba el dinero del contribuyente, que le pagaba un sueldo para velar por el cumplimiento de la ley, no para que cortara cintas en inauguraciones ni para alardear delante de los adolescentes. Sin embargo, alguien consideraba que era preciso mejorar la imagen de la fiscalía, y cuando aquel instituto les pidió que entregaran un premio al mejor proyecto para prevenir la violencia, la iniciativa no fue amablemente rechazada, sino recibida con entusiasmo. Szacki fue elegido para representar a la oficina. No había tenido tiempo ni de protestar cuando la jefa se anticipó a su pregunta y le dijo: «¿Sabes por qué envío a hablar con gente normal a un misántropo sociópata y huraño como tú?». Y también se adelantó a su respuesta: «Porque eres el único que tiene aspecto de fiscal».
No dijo nada de un discurso.
—Os damos las gracias a todos por vuestros trabajos —la profesora que lo había recibido hablaba al alumnado con la monotonía de una vieja maestra de escuela— y por el empeño que habéis puesto en prepararlos. Admiro vuestro compromiso y vuestro altruismo, porque no doy crédito a esos rumores malintencionados según los cuales muchos de vosotros lo habríais hecho solo para conseguir una nota mejor en comportamiento.
Estallido de risa.
—Espero que en mi clase hayáis comprendido todos que para esa nota cuentan los tres años de educación secundaria y no solo los esfuerzos esporádicos.
Queja teatral de decepción.
Szacki paseó la mirada por el aula y sintió una punzada de nostalgia, aunque no necesariamente por sus años de juventud. Más bien por la época en que no estaba amargado. Desde el instituto había fingido ser un cínico sarcástico, pero todos los que lo habían conocido entonces tenían claro que se trataba de una pose. Las chicas hacían cola para conocer al intelectual sensible que se ocultaba del mundo tras una coraza de desapego y cinismo. Así había sido en el instituto y también en la universidad. Incluso durante sus prácticas como asesor y en los primeros años de trabajo, la opinión generalizada era que bajo la toga, el traje impoluto y el código penal se escondía un hombre bueno y sensible. Eso formaba parte del pasado. Había cambiado hasta tres veces de trabajo, había envejecido, y al final los caminos que había compartido con quienes lo conocieron como joven fiscal se habían separado. Quedaban aquellos que no tenían razones para sospechar que su frialdad y su desapego ocultaran algo. Hasta él había tenido que reconocer que había quemado su última oportunidad, el momento en que la coraza había dejado de ser una prenda protectora y se había convertido en una parte constitutiva de Teodor Szacki. Antes de eso podía quitársela y colgarla en una percha; ahora, como si fuera un cíborg de una novela de ciencia ficción, moriría si le quitaran su pieza artificial.
En el aula sintió por primera vez cuánto le apretaba la armadura que se había creado. Tanto que si pudiera volver a elegir, la escogería de nuevo, pero no adoptaría una pose estudiada.
—El mercado laboral es complicado —seguía diciendo la profesora— y tengo la impresión de que muchos de vosotros ganaríais puntos con estos trabajos si algún día buscarais empleo en el Ministerio del Interior o en el de Justicia…
—¡En la escuela de policía de Szczytno! —gritó alguien en la sala.
Carcajadas generales.
—¡Tú, Muniek, mejor en el reformatorio de Barczewo!
Gran jolgorio.
—Tengo el honor de dar la bienvenida a un hombre para el que la justicia es un trabajo, aunque también una vocación, espero. El fiscal Teodor Szacki.
Se levantó.
Aplausos moderados. Normal, ¿quién iba a aplaudir a un fiscal? El representante de una profesión que se ocupa principalmente de lamer el culo a los políticos, o de soltar a los tipos malos que atrapaban los policías buenos, o de echar a perder los procesos y las acusaciones. Si él conociera ese mundillo solo por los medios de comunicación, en sus ratos libres iría al tribunal a escupir en la toga a los fiscales.
Se abrochó el botón superior de la chaqueta y, con paso seguro, cruzó el aula hasta los tres escalones que conducían a la tarima. Esta no le llegaba ni a las rodillas y podría haber subido sin usar las escaleras, pero no tenía ganas de saltar como un mono y, además, quería desfilar ante la audiencia para que vieran bien el aspecto que tenía un guardián de la ley.
Llevaba puesto lo que él llamaba el «conjunto James Bond», un clásico británico que nunca le fallaba cuando quería causar impresión: un traje cuyo tono de gris era como el del cielo antes de la tormenta, con rayas claras casi invisibles; camisa azul; corbata fina color grafito, con un dibujo sutil; un pañuelo de lino puro que sobresalía un centímetro del bolsillo de la chaqueta; gemelos y reloj de titanio mate, del mismo tono que su blanquísimo y abundante cabello. Parecía el baluarte de la fuerza y la estabilidad de la República de Polonia.
Notó que las chicas, que se acababan de convertir en mujeres, le miraban: la mayoría de ellas estaban descubriendo que el mundo de los hombres no acababa en las sudaderas de sus compañeros, en las chaquetas arrugadas de sus padres y en los jerséis de sus abuelos, sino que existía una elegancia clásica que significaba una declaración masculina de tranquilidad y confianza en uno mismo. Una forma de decir: la moda no me interesa porque yo he estado, estoy y siempre estaré a la moda.
Cuando ideó todo aquello, aún en la universidad, y se decidió por el estilo británico, más cercano a su corazón que el italiano o el estadounidense, tuvo muy claro que jamás se iba a poder permitir ropa de Savile Row y ni tan siquiera de prêt-à-porter de calidad. Por eso tenía que encontrar la manera de que los trajes de confección polaca parecieran hechos por Huntsman o Anderson & Sheppard. Y la encontró. Se trataba quizá del secreto mejor guardado del fiscal Szacki.
Ahora lo observaban cientos de pares de ojos jóvenes que no se podían creer que aquel tipo, al que la ropa le quedaba mejor que a Daniel Craig, fuera un empleado del Estado. Consciente de la impresión que había causado, Szacki pasó junto a una aburrida pintura académica que representaba una escena de la Antigüedad y se puso ante el micrófono.
Tenía la sensación de que todos esperaban que dijera algo alegre: los jóvenes, los profesores, el chico con rastas que grababa el acto para la historia del instituto… A la jefa también le gustaría ver en YouTube con qué facilidad, con cuánto entusiasmo representaba a la fiscalía, por fin una persona de verdad en lugar de un bloque de hielo recitando ante la cámara los artículos del código penal. Hasta a él le gustaría sentirse por un momento una más de las personas que había en la sala, recordar no ya su juventud —eso no lo echaba de menos—, sino la frescura que tenía en aquella época. En otras palabras: sentir que no había caducado.
Buscó en su cabeza algún chiste de adolescentes para abrir su intervención, pero al final pensó que no podía sustituir un estilo por otro.
El silencio se alargaba, un rumor cruzó la sala, seguramente varias decenas de personas acababan de susurrar a sus vecinos: «Oye, ¿de qué va esto?». La profesora hizo amago de querer levantarse y salvar la situación.
—Las estadísticas van en contra de vosotros —dijo Szacki con frialdad. Su potente voz, ejercitada a lo largo de cientos de juicios y alegatos finales, resonó sobre las cabezas de los reunidos con un volumen demasiado alto, hasta que alguien reaccionó y lo bajó—. Cada año se cometen en Polonia más de un millón de delitos. Se presentan cargos contra medio millón de personas. Esto significa que, a lo largo de vuestras vidas, una parte de vosotros, con toda seguridad, cometerá algún acto delictivo. Lo más probable es que robéis algo o que provoquéis un accidente de tráfico. Quizá estaféis a alguien o le deis una paliza. Alguno de vosotros seguramente matará a una persona. Por supuesto, ahora lo no admitís, pero la mayoría de los asesinos tampoco lo hace. Se despiertan como personas normales, se lavan los dientes, se preparan el desayuno. Y después sucede algo, un desafortunado cúmulo de acontecimientos, de circunstancias, de emociones, y se van a dormir como asesinos. A alguno de vosotros también le tocará pasar por esto.
Hablaba con calma, con convicción, como en la sala del tribunal.
—Sin embargo, las estadísticas mienten —Szacki sonrió con delicadeza, como si tuviera buenas noticias—. Solo recogen los delitos que se llegan a descubrir. En realidad, se producen muchos más crímenes e infracciones. A veces nunca salen a la luz, porque los crímenes perfectos se cometen a diario. A menudo se trata de cosas demasiado pequeñas para que los afectados quieran denunciarlas. Pero lo más habitual es que el mal permanezca oculto por una doble cortina de miedo y vergüenza. Hablo de la violencia doméstica, del acoso escolar, del mobbing en el trabajo, de las violaciones, del acoso sexual. Una inmensa cantidad de perjuicios que resulta imposible registrar. Por esto también os tocará pasar. Una de cada cinco chicas aquí presentes será víctima de una violación o de un intento de violación. Maltrataréis psicológicamente a vuestras parejas, robaréis dinero a vuestros padres impedidos. Vuestros hijos se esconderán en la cama al oír vuestros pasos en el pasillo. Abusaréis de vuestras esposas al considerar que tenéis derecho a ello. O bien os diréis que los gritos de las personas maltratadas o violadas al otro lado de la pared no son de vuestra incumbencia, que no hay razón para mezclarse en asuntos ajenos.
Hizo una pausa.
—No conozco los trabajos que habéis preparado y no sé de qué manera imagináis que se puede prevenir la violencia. Yo, como fiscal, conozco solo una forma.
La profesora miró suplicante a Szacki.
—¿Queréis prevenir la violencia? No hagáis el mal.
Se apartó un paso del atril, dando a entender que había terminado. La profesora aprovechó la ocasión, subió rápidamente a la tarima y llamó a la alumna que había ganado el concurso. Wiktoria Sendrowska, de 2.º E, por su ensayo «Instrucciones para sobrevivir en la familia».
Aplausos.
A la tarima subió una chica que no se diferenciaba en nada de otros clones con los que Szacki se cruzaba a diario por la calle; uno de ellos incluso vivía con él bajo el mismo techo. Ni alta ni baja, ni delgada ni gruesa, ni fea ni guapa. Bonita, tanto como lo son todas las chicas de dieciocho años, en las que los defectos faciales suelen ser calificados, como mucho, de encantadores. El pelo recogido, con gafas. Un jersey blanco de cuello vuelto, de esos que se ponen para las celebraciones del instituto. Lo único que la diferenciaba era su larga falda, negra como la lava, que llegaba hasta el suelo y le quedaba bien.
La profesora hizo un gesto para darle a Szacki el diploma con el fin de que él lo entregara, pero cambió de idea, miró al fiscal con desgana y le entregó ella misma la hoja enmarcada a la chica. Esta la saludó inclinando la cabeza, dirigió otro saludo a Szacki y volvió a su asiento.
El fiscal consideró que era el momento ideal para desaparecer, se despidió y salió al pasillo. Apenas había pasado bajo la escena de la Antigüedad que había sobre la puerta del aula —en primer plano se veía a una mujer pensativa e infeliz, seguramente la protagonista de alguna tragedia—, cuando vibró el móvil en su bolsillo.
Del trabajo. Su jefa.
Oh, Zeus, pensó, concédeme un caso en condiciones.
—¿Ya han terminado las clases?
—Sí.
—Perdone que le moleste, pero ¿podría acercarse a la calle Mariańska? Será solo un momento, hay que tachar a un alemán.
—¿A un alemán?
—Han encontrado un antiguo cadáver mientras hacían unas obras en la calzada.
Szacki miró al techo del instituto y maldijo mentalmente.
—¿No puede ir Falk?
—Pinocho está tomando declaración en la cárcel de Barczewo. Y todos los demás o se encuentran en los tribunales o en la fiscalía regional en un curso.
Szacki permaneció en silencio. ¿Qué tipo de jefa era esa que necesitaba dar explicaciones?
—¿Es la calle donde está el anatómico forense?
—Sí. Verá un coche patrulla en la calle, junto al hospital. Quizá podría usted llevar los huesos al otro lado del río; así tendrán que ocuparse los del distrito sur.
No comentó nada. Siempre le había sacado de quicio que le encargaran tareas con cordialidad, compadreo y chistes malos. Él prefería solucionar el caso sin andarse por las ramas. En Olsztyn el asunto era muy irritante: enseguida se pasaba al tuteo y a las bromitas y la puerta del despacho de Ewa, la jefa, se hallaba siempre abierta, de forma tan manifiesta que su secretaria debía de sufrir un resfriado crónico.
—Ahora voy —dijo, y colgó.
Se puso el abrigo y se lo abrochó. Había aparcado cerca, en teoría, pero aquel hielo que caía del cielo era como una plaga bíblica.
—¿Señor fiscal?
Szacki se dio la vuelta. Tras él se encontraba Wiktoria Sendrowska, la alumna de 2.º E. Sujetaba su diploma como si se tratara de un escudo. Se quedó callada y Szacki no sabía si estaba esperando a que la felicitara o si quería preguntarle algo. Él no tenía nada que decir. Observó a la chica. Seguía sin haber nada que la hiciera destacar, aunque sus ojos eran grandes, claros, de color azul pálido, como los glaciares. Y mostraban una expresión muy seria. Quizá le habría parecido interesante de no haber tenido una hija de dieciséis años. Hacía ya mucho que la vida había pulsado un interruptor en su cabeza y había dejado por completo de prestar atención a las mujeres jóvenes.
—Es por lo de los gritos de las personas maltratadas o violadas al otro lado de la pared.
—¿Sí?
—No tenía usted razón. No denunciar un delito está penado, pero solo en circunstancias excepcionales, como el asesinato o el terrorismo. Se puede cometer una violación en un estadio con las tribunas llenas y a los espectadores, como mucho, se los podrá reprender moralmente.
—Justo en el caso de una violación se podría considerar que los cuarenta mil espectadores habían tomado parte en un atentado contra la libertad sexual junto con el responsable principal y se los podría acusar de violación en grupo. Incluso sería mejor, las sanciones serían mayores. ¿Quiere usted hacerme un examen del código penal?
Ella apartó la mirada, desconcertada. Szacki había reaccionado con demasiada brusquedad.
—Ya sé que conoce usted el código penal. Sentía curiosidad por entender por qué ha dicho todo eso.
—Digamos que ha sido como subyugar la realidad. Creo que el artículo 240 debería incluir también la violencia doméstica, que es lo que ocurre en la legislación de algunos países. Me ha parecido que, en este caso, una leve exageración tendría un valor didáctico.
La chica asintió como si fuera una profesora que ha escuchado una buena respuesta.
—Bien dicho.
Szacki saludó y salió. La llovizna gélida lo golpeó en la cara como una perdigonada.
4.
De lejos parecía la escenografía de una sesión de fotos de moda con un aire industrial. En un tercer plano surgía entre tinieblas la oscura silueta del hospital municipal, un edificio de la época alemana. En un segundo plano se veía una excavadora amarilla inclinada sobre un boquete abierto en el suelo, como si mirara con curiosidad lo que había en su interior, y, a su lado, un coche patrulla. Las luces de las farolas y las de los focos del automóvil abrían huecos en la espesa niebla y producían extrañas sombras. Los tres hombres que había junto al vehículo policial miraban al actor protagonista de la escena, un hombre canoso muy bien vestido que permanecía de pie agarrado a la puerta de su anguloso Citroën.
El fiscal Teodor Szacki sabía a qué esperaban los tres hombres que tenía delante —un perito, un agente de policía y un joven oficial de la policía judicial al que no conocía—. Esperaban a que el funcionario de impecable aspecto enviado por la fiscalía se pegara un batacazo. Ciertamente, a Szacki le estaba costando mantener el equilibrio sobre la acera de adoquines, que estaba cubierta —como todo lo demás— por una capa de hielo. La situación empeoraba por el hecho de que la calle Mariańska estuviera un poco en cuesta y también porque los zapatos que se había puesto para causar buena impresión a los alumnos y alumnas del instituto ahora se comportaban como patines. Tenía miedo de irse al suelo en cuanto soltara la puerta del coche.
Su presencia, al igual que la de la policía, era un mero trámite. Se daba aviso a la fiscalía en casi todos los casos de defunciones ocurridas fuera de un hospital, cuando surgían dudas sobre si la muerte se había producido como consecuencia de un acto delictivo y había que decidir si se abría o no una investigación. Eso significaba que, a veces, los fiscales debían darse una vuelta por alguna calle en obras o por alguna gravera donde aparecían esqueletos con más de cien años. En Olsztyn a eso lo llamaban «tachar a un alemán». Era un deber ingrato que quitaba mucho tiempo, a menudo había que irse hasta la otra punta de la provincia y enfangarse hasta los tobillos. Al menos esta vez el alemán había aparecido en medio de la ciudad.
Mero trámite. Szacki podría pedirles que se acercaran para que le informaran sobre los detalles y después ya rellenaría el formulario en su despacho, bien calentito.
Podría hacerlo, pero nunca había actuado así y consideró que era demasiado mayor para cambiar sus costumbres.
Localizó en el suelo algunos montones de barro helado que ya habían sido pisados y, por tanto, deberían agarrar mejor. Se puso sobre uno de ellos y cerró con suavidad la puerta del coche. Después dio cuatro estrambóticos pasos, llegó hasta la excavadora y se agarró a la pala embarrada, conteniendo a duras penas una sonrisa triunfal.
—¿Dónde está el cadáver?
El oficial de la policía judicial señaló el boquete. Szacki esperaba encontrarse con un esqueleto hundido en el barro; sin embargo, lo que tenía ante sí era una negra brecha abierta en la calzada de la que sobresalía la parte superior de una escalera de aluminio, también congelada. Sin aguardar a que le ofrecieran más detalles, bajó por la escalera. Sea lo que fuere, seguro que lo que había allí dentro era mejor que la gélida lluvia.
Descendió a ciegas. En el interior olía a hormigón mojado y, tras bajar unos cuantos escalones, topó con un suelo duro y húmedo. La abertura por la que se colaba la lluvia quedaba medio metro por encima de él, si estiraba el brazo podía tocar el techo que cubría aquel espacio. Se quitó los guantes y pasó la mano por él. Hormigón frío, con huellas de haber albergado vigas de madera. ¿Un refugio? ¿Un búnker? ¿Un almacén?
Se apartó un poco para hacer sitio al oficial de la policía judicial, que encendió una linterna y le dio otra a Szacki. El fiscal hizo lo mismo con la suya y la luz de los ledes le permitió echar un vistazo a su compañero. Joven, de unos treinta años, con un bigote absolutamente pasado de moda. Atractivo, con esa belleza de provincias del lozano hijo de un campesino que se ha convertido en una persona de provecho. Y con los ojos tristes de un activista agrario de antes de la guerra.
—Fiscal Teodor Szacki.
—Comisario de tercera Jan Paweł Bierut —tras presentarse, el policía se acongojó un poco porque ahora tendría que escuchar la típica broma que la gente solía hacer en esas circunstancias[4].
—No me suena usted, pero es que solo llevo aquí dos años —dijo Szacki.
—Me trasladaron hace poco desde la policía de tráfico.
Szacki no comentó nada. La rotación entre los miembros de la policía judicial era la cruz de los fiscales. Allí nunca llegaban novatos, solo oficiales que ya tenían muchos años de servicio, sobre todo en las unidades de intervención. En su mayoría se convencían enseguida de que trabajar en investigación no se parecía en nada a lo que veían hacer a los detectives de las películas estadounidenses, y como podían optar por la jubilación anticipada, todo el que podía lo hacía. Era más fácil encontrar a un policía de barrio experimentado que a un oficial de la judicial de larga trayectoria.
Bierut se giró sin añadir nada más y avanzó por el pasadizo. Este, de hormigón común y corriente, pudo haber formado parte de cualquier tipo de construcción, algo que a Szacki le traía sin cuidado. Tras dar unos cuantos pasos, las paredes laterales desaparecieron y se encontraron en una sala abovedada con forma cuadrada de casi más de dos metros de alto por quince de ancho. En un rincón había trastos amontonados: mesas, sillas y camas de hospital. Bierut pasó junto a los muebles y fue hasta la pared de enfrente. Allí había una cama completa, blanca en algunas partes donde se conservaba el esmalte y de color naranja en el resto a causa de la herrumbre. Sobre el somier había una plancha de madera en la que yacía un antiguo esqueleto. Estaba bastante intacto, según le pareció a Szacki, aunque algunos huesos se encontraban removidos —quizá por las ratas— y otros se hallaban en el suelo. En cualquier caso, el cráneo estaba entero, con casi toda la dentadura. Un alemán ejemplar.
Szacki apretó los labios para no soltar un profundo suspiro de decepción. Llevaba meses esperando algún caso decente. Quizá alguno complicado, o controvertido, o poco claro. Desde cualquier punto de vista: el de la investigación, el de las pruebas, el del derecho. Y nada. Los asuntos más importantes que le habían llegado habían sido dos asesinatos, un robo y una violación en la ciudad universitaria. A todos los responsables los atraparon al día siguiente de los hechos. A los asesinos, porque eran miembros de la familia; al ladrón, porque las cámaras de vigilancia lo habían grabado con una calidad casi de alta definición; al violador, porque sus compañeros del colegio mayor primero le dieron una paliza y después lo llevaron a la policía, señal de que, por fortuna, algo empezaba a cambiar en el país. Por si no bastara con que los responsables hubieran sido detenidos en menos de veinticuatro horas, todos, además, se confesaron culpables de inmediato. Hicieron declaraciones detalladas y Szacki se pudo ir a casa a las cuatro de la tarde, sin que su pulso hubiera subido a más de diez.
Y ahora un alemán de postre tras el acto académico.
Bierut le dirigió una mirada interrogante. No decía nada porque, en realidad, no tenía nada que decir. Su rostro mostraba una expresión de tristeza, como si el esqueleto perteneciera a algún miembro de su familia. Si un policía exhibía siempre el mismo semblante, seguro que sus compañeros se pasaban unos a otros el teléfono de algún psicólogo para que le curara la depresión.
Allí no había nada que hacer. Recorrió la sala con la linterna, un poco por rutina, pero también para dejar pasar el tiempo, porque bajo tierra se estaba más caliente que arriba y ningún fenómeno atmosférico podría atacarlo.
Nada de interés. Paredes desnudas y aberturas que daban a pasillos. A juzgar por la arquitectura, debía de ser un antiguo refugio para el personal y los pacientes del hospital. Por allí cerca se encontrarían enterradas las puertas de entrada, los baños, quizá algunas salas más como esa, habitaciones…
—¿Habéis registrado las demás estancias?
—Todo vacío.
Szacki se preguntó cómo se habrían sucedido los acontecimientos. ¿Estarían evacuando a la gente durante algún bombardeo, pero este murió y los otros salieron? ¿Tantas cosas ocurrieron para que se olvidaran de un cadáver que había quedado en el subterráneo? ¿O quizá alguien se ocultó allí después de la guerra y se le paró el corazón mientras dormía?
Se acercó al esqueleto y examinó el cráneo. No había daños visibles ni las características abolladuras o agujeros que dejaban los golpes con un instrumento romo; y mucho menos heridas de bala. Si alguien había ayudado al alemán a marcharse al otro mundo, no lo había hecho de esa forma. En cualquier caso, la muerte no lo salvó del saqueo de guerra o posguerra.
—Estaba desnudo —Jan Paweł Bierut le había leído el pensamie
