Índice
Portadilla
Dedicatoria
Prólogo
Primera parte
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Segunda parte
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Tercera parte
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Epílogo
Agradecimientos
Sobre el autor
La serie del doctor Quirke
Créditos
A Ed Victor
Se alegró de tomar el paquebote de la tarde, pues no creía que hubiese podido afrontar una despedida matinal. En la fiesta de la noche anterior, uno de los estudiantes de Medicina había aparecido con una petaca de alcohol etílico, que mezcló con naranjas exprimidas, y ella había tomado dos vasos del brebaje. Aún tenía el interior de la boca irritado, y algo parecido al redoble de un tambor constante detrás de la frente. Se había quedado toda la mañana en cama, todavía resacosa, incapaz de dormir, llorando sin descanso casi, oprimiéndose con un pañuelo los labios para acallar los sollozos. Le daba miedo pensar en lo que tenía que hacer a lo largo del día, todo lo que tenía por delante. Sí, estaba asustada.
En Dun Laoghaire estuvo caminando de una punta a otra del espigón, tan agitada que no era capaz de estarse quieta. Colocó el equipaje en el camarote y volvió al muelle a esperar, tal como le indicaron. Ni siquiera sabía por qué accedió a hacer lo que se le había pedido que hiciera. Ya tenía una buena oferta de trabajo en Boston, y ahora surgía en perspectiva un dinero adicional, pero sospechaba que más bien lo hacía por miedo a la Comadrona, que le amedrentó la sola posibilidad de negarse cuando ella le pidió que llevara a la niña consigo. La Comadrona tenía un modo inconfundible de resultar mucho más intimidante cuando hablaba con voz queda. Veamos, Brenda, le había dicho, mirándola con los ojos saltones: Quiero que te lo pienses muy despacio, porque es una enorme responsabilidad. Todo le había resultado extraño, la sensación de náusea en la boca del estómago, la quemazón del alcohol en la boca y el hecho de no ir vestida con su habitual uniforme de enfermera, sino con un dos piezas de lana rosa que había comprado ex profeso para el viaje: un traje pensado especialmente para viajar, como si fuera a casarse, cuando en lugar de una luna de miel iba a tener que ocuparse de la niña, sin que hubiera ni asomo de marido. Eres una buena chica, Brenda, le había dicho la Comadrona con una sonrisilla aún peor que sus miradas. Que Dios te acompañe. E iba a necesitar, y mucho, de Su compañía, pensó melancólicamente: le quedaba la noche en el barco, y al día siguiente el viaje en tren a Southampton, y otros cinco días en alta mar, y ¿después? Nunca había salido del país, salvo una sola vez, cuando era pequeña y su padre se llevó a la familia a pasar el día en la isla de Man.
Un coche negro y elegante avanzaba hacia el barco entre la muchedumbre que formaban los pasajeros. Se detuvo cuando aún se hallaba a diez metros de ella, y salió una mujer por la portezuela del copiloto con una bolsa de lona en la mano y un bulto envuelto con una manta en el hueco del brazo contrario. No era joven, rondaría tal vez los sesenta, pero iba vestida como si tuviera la mitad, con un traje gris de falda ceñida hasta la pantorrilla, ajustada a la cintura, una cierta barriga por debajo del cinturón y un sombrerito con velo azul que le cubría hasta la nariz. Echó a caminar sobre las losas con pasos desiguales por culpa de los zapatos de tacón, los labios pintados y fruncidos en una sonrisa. Tenía los ojos pequeños, negros, incisivos.
—¿Señorita Ruttledge? —le dijo—. Me llamo Moran —su acento impostado era tan falso como todo en ella. Le entregó la bolsa—. Ahí están las cosas de la niña, con sus papeles. Entrégueselos al sobrecargo cuando embarque en Southampton, él está al corriente de quién es usted —examinó a Brenda más a fondo, con los ojillos entornados—. ¿Se encuentra usted bien? La noto un tanto paliducha.
Brenda dijo que estaba bien, que había trasnochado, nada más. La señorita Moran, o señora, o lo que fuera, esbozó un amago de sonrisa.
—La copita de despedida, ¿eh? —le entregó el bulto envuelto en la manta—. Aquí tiene. No se le vaya a caer, ¿eh? —rió brevemente, frunció el ceño y añadió—: Lo siento.
Lo primero que sorprendió a Brenda del bulto fue el calor: podría haber sido un carbón encendido y envuelto en la manta, sólo que era blando, y tenía movimiento propio. Cuando lo estrechó contra su pecho, algo en sus entrañas se removió como un pez.
—Oh —dijo, una pequeña exclamación de sorpresa, de contento consternado.
La mujer volvió a decirle algo, pero ella no la escuchó. Desde lo más profundo de los pliegues de la manta, un ojo diminuto, velado, la miraba con una expresión que parecía de desapasionado interés. Se le hizo un nudo en la garganta y temió que las muchas lágrimas que había derramado por la mañana volvieran a correr sin freno.
—Gracias —dijo. No se le ocurrió otra cosa que decir, aun sin saber muy bien a quién se las estaba dando, ni el porqué.
La tal Moran se encogió de hombros y sonrió de soslayo.
—Buena suerte —le dijo.
Volvió caminando deprisa al coche, repicando con los tacones altos, y cerró la portezuela.
—Bueno, pues queda hecho —dijo, y a través del parabrisas contempló a Brenda Ruttledge, que seguía de pie donde la había dejado, en medio del muelle, escrutando la abertura de la manta, la bolsa de lona olvidada a sus pies—. Mira qué pinta tiene —dijo con aspereza—. Convencida de ser la Virgen María.
El conductor no hizo ningún comentario y arrancó el coche.
I
1.
No eran los muertos los que a Quirke le parecían extraños. Eran más bien los vivos. Cuando entró en el depósito de cadáveres bien pasada la medianoche y vio allí a Malachy Griffin, tuvo un escalofrío profético, un temblor que presagiara las complicaciones inminentes. Mal se encontraba en el despacho de Quirke, sentado ante su mesa. Quirke se detuvo en la sala de cadáveres, donde no estaba encendida la luz, entre las siluetas envueltas en mortajas, tendidas sobre las camillas, y lo miró por la puerta abierta. Estaba sentado de espaldas a la puerta, inclinado hacia delante con aire de gran concentración, con sus gafas de montura metálica; la luz del flexo le iluminaba la mitad izquierda de la cara, formándosele un resplandor rosa intenso en el pabellón auricular. Tenía un expediente abierto sobre la mesa, y escribía algo con peculiar falta de naturalidad. A Quirke esto le habría resultado aún más extraño si no hubiera estado borracho. La escena prendió un recuerdo de sus tiempos de estudiantes, una imagen sobrecogedoramente nítida, en la que Mal, igual de concentrado, aparecía sentado ante una mesa entre otros cincuenta estudiantes aplicados, en una gran sala en silencio, redactando con gestos laboriosos un examen, con un rayo de sol que entraba sesgado, por encima de él, desde una alta ventana. Un cuarto de siglo más tarde aún tenía la misma cabeza de foca, el lustroso cabello negro, peinado escrupulosamente.
Al percibir una presencia a sus espaldas, Mal volvió la cara y escrutó la penumbra de la sala de cadáveres. Quirke aguardó un momento antes de seguir, con paso inseguro, titubeante, hacia la luz de la puerta.
—Quirke —dijo Mal aliviado al reconocerlo, con un suspiro de exasperación—. Por Dios.
Mal vestía ropa de etiqueta, aunque se había desabotonado el cuello de la camisa blanca en un gesto nada característico de él, y se había desanudado la pajarita. Quirke, tentándose los bolsillos en busca de tabaco, lo contempló y reparó en el modo en que cubrió rápidamente el expediente para esconderlo con el antebrazo. Volvió a acordarse de cuando era estudiante.
—¿Trabajas a estas horas? —dijo Quirke, y sonrió con malignidad. El alcohol le permitió suponer que había sido un detalle de ingenio.
—¿Y tú qué estás haciendo aquí? —dijo Mal en voz demasiado alta, haciendo caso omiso de la pregunta. Se subió las gafas sobre el puente humedecido de la nariz con la yema del dedo corazón. Estaba nervioso.
Quirke señaló hacia el techo.
—Hay una fiesta —dijo—. Arriba.
Mal adoptó su expresión de médico especialista y frunció el ceño con ademán imperioso.
—¿Fiesta? ¿Qué fiesta?
—La de Brenda Ruttledge —dijo Quirke—. Una de las enfermeras. Su fiesta de despedida.
A Mal se le arrugó aún más el entrecejo.
—¿Ruttledge?
Quirke de pronto se sintió invadido por el tedio. Preguntó a Mal si tenía un cigarrillo, pues no le pareció que a él le quedasen, pero Mal tampoco hizo caso de esta pregunta. Se puso en pie llevándose el expediente con gran agilidad, tratando de ocultarlo aún bajo el brazo. Aunque tuvo que forzar la vista, Quirke vio el nombre escrito en la cubierta con caligrafía grande: Christine Falls. La pluma de Mal estaba sobre la mesa, una Parker gruesa, negra, reluciente, con tajo de oro, sin duda, de veintidós quilates, e incluso alguno más si tal fuera posible. A Mal le gustaban los objetos caros, era una de sus contadas flaquezas.
—¿Qué tal está Sarah? —preguntó Quirke. Se dejó caer con pesadez, hasta hallar con el hombro el apoyo de la jamba. Estaba aturdido, y todo cuanto veía parecía titilar y oscilar hacia la izquierda de golpe. Se encontraba en esa fase atribulada de la borrachera, sabedor de que no tenía nada que hacer hasta que empezaran a pasársele los efectos. Mal seguía de espaldas, colocando el expediente en uno de los cajones del alto archivador de metal grisáceo.
—Está bien —dijo Mal—. Estuvimos en una cena en los Caballeros. La mandé a casa en taxi.
—¿En los Caballeros? —dijo Quirke, abriendo mucho los ojos enrojecidos.
Mal le devolvió una mirada impávida, con un destello en los cristales de las gafas.
—En St. Patrick. Como si no lo conocieras.
—Ah —dijo Quirke—. Ya —daba la impresión de que trataba de contener la risa—. De todos modos —dijo—, tú de mí no te preocupes. ¿Qué estabas haciendo tú aquí abajo, entre los difuntos?
Mal adoptó una curiosa manera de mirar con los ojos saltones, al tiempo que alzaba sinuosamente el cuerpo alargado, flaco, como si atendiese a la flauta de un encantador de serpientes. Quirke se quedó pasmado, y no por vez primera, ante el lustre de su cabello, ante la lisura de la frente, ante el azul de acero impecable de sus ojos, tras los cristales blancuzcos de sus lentes.
—Tenía cosas que hacer —dijo Mal—. Una verificación.
—¿De qué se trata?
Mal no respondió. Estudió a Quirke despacio y vio que estaba completamente borracho. Un frío destello de alivio asomó a sus ojos.
—Harías mejor si te fueses a casa —le dijo.
Quirke pensó en rebatirlo, pues el depósito de cadáveres era su territorio, pero de pronto perdió todo interés. Se encogió de hombros y, sin que Mal dejara de mirarlo, se dio la vuelta y salió entre las camillas en las que descansaban los cuerpos. A mitad de la sala tropezó y extendió la mano para no perder el equilibrio, pero tan sólo consiguió sujetarse a una mortaja, que se llevó con la mano en un destello de blancura susurrante. Le pasmó la frialdad viscosa del nailon; tenía un tacto humano, como si fuera una cogulla suelta y helada de piel exangüe. El cadáver era el de una mujer joven, delgada, rubia; había sido hermosa, pero la muerte le había robado los rasgos faciales, y, en ese momento, podría haber sido una estatua esculpida en jabón de sastre, primitiva y fofa. Algo, tal vez su instinto de patólogo, le dijo cuál iba a ser el nombre, y lo supo antes de ver la etiqueta atada al dedo gordo del pie. «Christine Falls —susurró para sí—. Christine cae... Y tanto que has caído: el apellido te sentaba como un guante». Mirándola más a fondo se fijó en que tenía las raíces del cabello oscuras en la línea de la frente y en las sienes: estaba muerta, y ni siquiera era rubia de verdad.
Despertó horas más tarde acurrucado, de costado, con una vaga pero acuciante sensación de desastre inminente. No guardaba memoria de haberse tendido allí, entre los cadáveres. Estaba helado hasta el tuétano de los huesos, y la corbata se le había torcido, de modo que le estaba estrangulando. Se incorporó, carraspeó. ¿Cuánto había bebido, primero en McGonagle y luego en la fiesta del piso de arriba? La puerta de su despacho estaba abierta. ¿Había soñado que allí estuvo Mal? Apoyó los pies en el suelo y se enderezó con cautela. Estaba ido, con la cabeza como vacía, igual que si se hubiera volado limpiamente la tapadera de los sesos. Alzó un brazo y saludó con gravedad a las camillas, al estilo de los antiguos romanos, para salir de la sala con paso acalambrado.
Las paredes del pasillo eran verde mate, y los cobertores de madera que ocultaban los radiadores llevaban muchas manos de pintura de color amarillo bilioso, brillante, glutinosa, más parecida a una papilla incrustada que a una pintura de verdad. Hizo una pausa al pie de la incongruente, amplia y grandiosa escalinata en curva —el edificio había sido en principio un club para los calaveras de la época de la Regencia—, y le sorprendió oír tenues ruidos de juerga que se filtraban desde el quinto piso. Puso el pie en un peldaño y la mano en la barandilla, pero volvió a detenerse. Estudiantes de Medicina, médicos recién titulados, residentes, enfermeras metidas hasta las cachas en la pomada: no, muchas gracias, con lo de antes ya me basta y me sobra; además, los más jóvenes ni siquiera habían visto su llegada con agrado. Siguió por el pasillo. Tuvo una premonición de la resaca que le estaba esperando, mazas y tenacillas prestas a triturarle. En el cuarto del portero de noche, a un lado del doble portón de la entrada principal, sonaba una radio a bajo volumen. Es pecado decir mentiras. Los Ink Spots. Quirke cantó la melodía para sí mismo. En fin, eso era muy cierto.
Cuando salió a los escalones se encontró al portero con su guardapolvos marrón, fumándose un cigarrillo y contemplando un desabrido amanecer más allá de la cúpula de Four Courts. El portero era un individuo menudo y atildado, con gafas y cabello polvorientos, y una nariz afilada cuya punta le temblaba a veces. Por la calle aún a oscuras pasó un coche salpicando.
—Buen día, portero —dijo Quirke.
El portero se rió.
—Ya sabe que no me llamo Portero, señor Quirke —dijo. Su modo de peinarse para atrás un mechón grueso de cabello castaño y seco le daba un aire de suposición permanente y contrariado. De ratoncillo quejumbroso, más que de hombre.
—Es cierto —dijo Quirke—. Usted es el portero pero no se llama Portero —más allá de Four Courts, un nubarrón azul oscuro con aspecto de traer feas intenciones había comenzado a avanzar despacio por el cielo, eclipsando la luz de un sol todavía invisible. Quirke se subió el cuello de la chaqueta, preguntándose vagamente qué habría sido de la gabardina que le parecía haber llevado puesta cuando empezó a darle al frasco muchas horas atrás. ¿Y qué fue de su pitillera?—. ¿Tiene un cigarrillo que pueda darme? —dijo.
El portero sacó una cajetilla.
—Pero no son más que Woodbines, señor Quirke.
Quirke tomó el cigarrillo y se inclinó sobre la llama protegida de su encendedor, saboreando a la vez el breve y flojo regusto a gasolina quemada. Levantó la mirada al cielo e inspiró hondo el humo acre. Qué deliciosa era la primera y abrasadora calada del día a pleno pulmón. La tapa del encendedor hizo un ruido metálico al cerrarla. Tuvo que toser, con un ruido de desgarro en la garganta.
—Joder, portero —dijo con voz estremecida—. ¿Cómo es capaz de fumar estas cosas? Cualquier día lo voy a ver ahí dentro, encima de una losa de mármol. Cuando lo raje de arriba abajo me voy a encontrar con unos pulmones como arenques ahumados.
El portero volvió a reír, con una risa forzada, sin resuello. Quirke bruscamente se alejó caminando. Al bajar las escaleras notó en los nervios de la espalda los ojos de pronto serios con que el tipo lo seguía muy atento. Lo que no llegó a sentir fue la otra mirada melancólica, pendiente de él desde una ventana iluminada cinco plantas más arriba, donde algunas siluetas vagas, festivas, seguían de trajín, bebiendo a pie firme.
Las cortinas calladas que formaba la lluvia de verano daban más grisura a los árboles de Merrion Square. Quirke avivó el paso pegado a la barandilla que cercaba el verdín, como si así pudiera resguardarse, con las solapas de la chaqueta sujetas contra el cuello. Aún era temprano para que aparecieran los funcionarios que trabajaban en los alrededores, y la ancha calzada estaba desierta, sin un solo coche a la vista; de no ser por la lluvia habría sido capaz de avistar sin estorbo todo el camino hasta la iglesia de St. Stephen Peppercanister, que vista desde esa distancia, al fondo de la amplia y deslustrada extensión de Upper Mount Street, siempre le parecía que estuviera un tanto escorada. Entre las chimeneas que se apiñaban en los tejados sólo de algunas salía el humo; el verano casi había terminado, el nuevo frescor del otoño se percibía en el aire. ¿Y quién habría encendido esas chimeneas tan temprano? Oteó las altas ventanas pensando en todas aquellas habitaciones aún en sombra, con personas dentro, despertando y bostezando, preparando el desayuno o bien dándose la vuelta para disfrutar de otra media hora en el grato, húmedo calorcillo de sus camas. Una vez, en otro amanecer de verano, yendo por la calle de modo parecido, había oído tenues gritos de éxtasis de una mujer, que llegaban desde una de aquellas ventanas como si aleteasen hasta la calle. Qué penetrante puñalada de compasión sintió entonces por sí mismo, caminando solo por la calle, antes de que cualquier otra persona hubiera dado comienzo al día; penetrante y dolorosa, pero también placentera, pues en secreto Quirke apreciaba la soledad como un tesoro, como un sello de cierta distinción.
En el portal de la casa flotaba el olor de siempre, que nunca acertaba a identificar, un olor tostado, a humo, un aliento llegado desde la infancia, si es que era la infancia el término idóneo para designar aquella primera década de penuria que él había soportado. Subió las escaleras con el paso de un hombre que asciende al cadalso, los zapatos empapados y rechinantes. Había llegado al primer piso cuando oyó que una puerta se abría en el rellano. Se detuvo y suspiró.
—Terrible escandalera la de anoche —gritó hacia lo alto el señor Poole con aire acusador—. No he pegado ojo.
Quirke se dio la vuelta. Poole estaba de perfil, apostado en la puerta entreabierta de su vivienda, ni dentro ni fuera, con su actitud de costumbre, una expresión a un tiempo truculenta y timorata. Era muy madrugador, en el supuesto de que alguna vez durmiese algo. Llevaba un jersey sin mangas y una pajarita, pantalón de mezclilla planchado con raya y unas babuchas grises. Parecía, según pensaba siempre Quirke, el padre de un piloto de aviación de los que tomaban parte en las películas sobre la batalla de Inglaterra, e incluso, aún mejor, el padre de la novia del piloto.
—Buen día, señor Poole —dijo Quirke con distante cortesía; a menudo, el vecino era fuente de un alivio pasajero, pero el humor de Quirke esa mañana no era el indicado.
En el ojo pálido, de gaviota, con que le miraba Poole, rebrilló un destello de venganza. Tenía una extraña forma de apretar de lado a lado la mandíbula inferior.
—Como lo oye, no hay señal de que la cosa mejore —dijo indignado. El resto de los pisos del inmueble, con la excepción del de Quirke, en la tercera planta, no estaban habitados, a pesar de lo cual Poole se quejaba con asiduidad de haber oído ruidos durante toda la noche—. Tremendo estrépito, a saber en qué andarán.
Quirke asintió.
—Terrible, sí. Yo he salido.
Poole miró al interior, a sus espaldas, y de nuevo miró a Quirke.
—Es la doña la que pone pegas, no yo —dijo, bajando la voz hasta no ser más que un susurro. Toda una novedad. La señora Poole, que rara vez se dejaba ver, era una persona diminuta, con ojos furtivos y asustados. Padecía, y Quirke lo sabía a ciencia cierta, una sordera profunda—. He expresado mis protestas. Espero que se tomen las medidas pertinentes, les dije.
—Bien hecho.
Poole entornó los ojos, receloso de la ironía.
—Veremos —dijo con tono de amenaza—. Ya veremos.
Quirke siguió subiendo las escaleras. Había llegado a la puerta de su piso antes de oír cómo Poole cerraba la suya.
Un aire frío le acogió con hostilidad en el cuarto de estar, donde la lluvia murmuraba contra las dos altas ventanas, reliquias de una época más próspera; sin que importase que el día fuese sombrío, siempre se llenaban de un silencio radiante, que a Quirke le resultaba misteriosamente descorazonador. Abrió la tapa de una caja de plata que encontró en la repisa de la chimenea. Habitualmente la tenía llena de cigarrillos, pero esta vez estaba vacía. Hincó una rodilla en el suelo y no sin dificultad encendió la estufa de gas con la llamita de su mechero. Asqueado, reparó en su gabardina seca, arrojada sobre el respaldo de un sillón, donde había estado en todo momento. Se puso de pie demasiado deprisa y por un instante vio las estrellas. Cuando se le despejó la visión, se encontró frente a una fotografía con marco de carey que había en la repisa: Mal Griffin, Sarah, él mismo a los veinte años, y Delia, su futura esposa, riendo al apuntar con la raqueta hacia la cámara. Los cuatro llevaban calzado blanco para jugar al tenis y caminaban agarrados del brazo bajo el resplandor del sol. Con una leve sorpresa se dio cuenta de que no atinaba a recordar dónde se había tomado la fotografía. Supuso que en Boston, tuvo que ser Boston, aunque ¿habían jugado al tenis en Boston?
Se quitó el traje empapado, se puso un batín de andar por casa y se sentó descalzo ante la estufa de gas. Miró alrededor, la amplitud de la estancia, los altos techos, y sonrió sin alegría; sus libros, sus grabados, su alfombra turca: su vida. En las primeras estribaciones de la cordillera de los cuarenta, era una década más joven que el siglo. Los años cincuenta habían encerrado la promesa de una nueva época de prosperidad y felicidad para todos, pero no estaban siendo como se anunciara. Clavó la mirada en un modelo articulado, de madera, como los que empleaban los artistas; tendría más de un palmo de altura, y se encontraba sobre la mesita del teléfono, junto a la ventana, con las extremidades dispuestas en imitación de un salto. Apartó la mirada y frunció el ceño, pero con un suspiro de contrariedad se puso en pie y fue a modificar la postura de la figura para darle una actitud de abatimiento que concordase mejor con el humor desolado y negro de esa mañana, con su resaca en aumento. Volvió a sentarse en el sillón. Cesó la lluvia y se hizo el silencio, interrumpido sólo por el siseo sibilante de la llama de gas. Tenía los ojos escaldados, como si se los hubiera hervido; los cerró y se estremeció en el momento en que ambos párpados hicieron contacto, dándose el uno al otro, a lo largo del borde inflamado, un beso mínimo, horrible. Vio mentalmente, con toda claridad, el momento de la fotografía: la hierba, la luz del sol, los grandes árboles, el calor, los cuatro caminando al paso, jóvenes y esbeltos y sonrientes. ¿Dónde pudo ser? ¿Dónde? ¿Y quién estaba al otro lado de la cámara?
2.
Pasaba de la hora del almuerzo cuando fue capaz de reunir la energía necesaria para ponerse en marcha e ir a trabajar. Al entrar en el departamento de Patología, Wilkins y Sinclair, sus ayudantes, intercambiaron una mirada inexpresiva.
—Buenos días, caballeros —dijo Quirke—. Buenas tardes, quiero decir.
Se volvió para colgar la gabardina y el sombrero, y Sinclair sonrió mirando a Wilkins, a la vez que se llevaba un vaso invisible a los labios e imitaba el gesto de dar un trago largo. Sinclair, un individuo picarón, con la nariz como una hoz y un cabello negro, rizado, brillante, que le caía sobre la frente, era el cómico del departamento. Quirke se sirvió un vaso de agua en uno de los fregaderos de acero que se alineaban a lo largo de la pared, tras la mesa de disección, para llevarlo con cautela, aunque no con buen pulso, a la mesa de su despacho. Estaba buscando el frasco de aspirinas en el cajón desordenado de la mesa, preguntándose como siempre cómo se podían haber acumulado allí dentro tantas cosas, cuando descubrió la pluma de Mal sobre el secante. No tenía el capuchón puesto, y en el tajo se veían manchitas de tinta seca. Era poco habitual que Mal se olvidara de su preciada pluma, y menos aún sin ponerle el capuchón. Quirke se quedó de pie con el ceño fruncido, avanzando a tientas entre la bruma del alcohol para remontarse al momento en que a primera hora del día había sorprendido a Mal allí mismo. La presencia de la pluma demostraba que no había sido un sueño, si bien algo no terminaba de encajar en la escena tal como él la recordaba; había algo aún más raro, recelaba, que el mero hecho de que Mal estuviera allí sentado, en su mesa, donde no tenía derecho a estar, durante la guardia nocturna.
Quirke se volvió y se dirigió a la sala de los cadáveres, hacia donde se encontraba la camilla de Christine Falls, y retiró la mortaja. Confió en que los dos ayudantes no se hubieran dado cuenta del respingo que dio al verse ante el cadáver de una anciana medio calva y bigotuda, cuyos párpados no estaban cerrados del todo, y los labios exangües y retirados en un rictus que dejaba al aire las puntas de unos dientes incongruentemente blancos, relucientes.
Regresó al despacho y tomó el expediente de Christine Falls del archivador antes de sentarse con él ante su mesa. El dolor de cabeza era en esos momentos muy intenso, un martilleo constante, difuso, en la base de la parte posterior del cráneo. Abrió el expediente. No reconoció la letra. No era ni la suya ni la de Sinclair ni la de Wilkins, y la firma era un garabato ilegible y pueril. La chica procedía del interior del país, de Wexford o Waterford, no pudo descifrarlo, pues la caligrafía era pésima. Había muerto por una embolia pulmonar; muy joven, pensó, para tener una embolia. Wilkins entró en el despacho tras él, haciendo rechinar las suelas de los zapatos. Era un protestante de orejas grandes y cabeza alargada, de unos treinta años, aunque tan desgarbado como un adolescente. Gastaba una cortesía infalible, excesiva, insufrible.
—Han traído esto para usted, señor Quirke —dijo, y dejó la pitillera de Quirke ante él, sobre la mesa. Tosió ligeramente—. La tenía una de las enfermeras.
—Ah —dijo Quirke—. Ya —los dos miraron impávidos la delgada caja de plata, como si contasen con que se moviera por sí sola. Quirke carraspeó—. ¿Qué enfermera?
—Ruttledge.
—Entiendo —el silencio parecía exigencia de una explicación—. Ayer noche hubo una fiesta allá arriba. Debí de olvidármela —tomó un cigarrillo de la pitillera y lo encendió—. Esta chica —dijo con voz enérgica, levantando el expediente—, esta mujer, la tal Christine Falls, ¿qué ha sido de ella?
—¿Cómo dice que se llama, señor Quirke?
—Falls. Christine. Tuvo que llegar anoche en algún momento, y ahora no está. ¿Qué ha sido de ella?
—No lo sé, señor Quirke.
Quirke suspiró ante el expediente abierto. Ojalá, se dijo, no insistiera Wilkins en dirigirse a él llamándolo por su apellido de esa forma tan rastreramente obsequiosa siempre que le era requerido tomar la palabra.
—El impreso de salida, ¿dónde está?
Wilkins salió a la sala de cadáveres. Quirke rebuscó en el cajón, y esta vez sí encontró el frasco de las aspirinas. Quedaba una.
—Aquí lo tiene, señor Quirke.
Wilkins dejó la fina hoja de papel rosa sobre la mesa. La firma ilegible que vio Quirke en ella resultaba más o menos igual que la del expediente. En ese momento comprendió de pronto qué era lo realmente extraño en la pose de Mal, la noche anterior, en su mesa: aunque Mal era diestro, lo vio escribir con la zurda.
El señor Malachy Griffin pasaba la habitual visita vespertina en la sala de obstetricia. Con su traje de mil rayas y chaleco, con su pajarita roja, iba de ronda por las sucesivas salas del hospital, la espalda demasiado erguida, rígida, la cabeza estrecha y el mentón bien alto, con un grupo de aplicados estudiantes pegados a los talones. En el umbral de cada una de las salas hacía una parada teatral, sólo un segundo, y se anunciaba: «Buenas tardes, señoras, ¿qué tal estamos hoy?». Acto seguido miraba en derredor con una sonrisa amplia, luminosa, levemente desesperada. Las mujeres panzudas, aletargadas en sus camas, se desperezaban con timidez, a la expectativa, enderezándose el cuello del camisón, retocándose el peinado, guardando con prisas bajo la almohada las polveras y los espejitos que habían sacado del neceser adelantándose a su visita. Era el ginecólogo más solicitado de toda la ciudad. Había en él cierta indecisión que, a pesar de la gran reputación que le precedía, resultaba atractiva para todas aquellas futuras madres. En las horas de visita, los maridos suspiraban cuando sus esposas comenzaban a hablar del señor Griffin; muchos varones nacidos allí, en el Hospital de la Sagrada Familia, se vieron obligados a aventurarse en la carrera de obstáculos de la vida tocados por lo que para Quirke era un inconveniente de peso, el infortunio de tener que atender por el nombre de Malachy.
—Bien, señoras, son ustedes excelentes, ¡excelentes todas ustedes!
Quirke aguardó al fondo del pasillo, contemplando la escena entre divertido y agriado: Mal llevaba a cabo su suntuoso desfile por sus dominios. Quirke husmeó el aire. Era extraño estar allí, donde olía a vivos, e incluso a recién nacidos. Mal, al salir de la última de las salas, lo vio y frunció el ceño.
—¿Tienes un momento? —dijo Quirke.
—Ya ves que estoy de visita.
—Sólo será un momento.
Mal suspiró e indicó a sus alumnos que siguieran. Se alejaron unos pasos antes de detenerse con las manos en los bolsillos de las batas blancas, más de uno conteniendo a duras penas la sonrisa de suficiencia: el amor que no se echó a perder entre Quirke y el señor Griffin era de sobra conocido.
Quirke tendió la pluma a Mal.
—Se te ha olvidado esto.
—¿De veras? —dijo Mal en tono neutro—. Pues gracias.
Se la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta; qué juiciosamente, pensó Quirke, era capaz de realizar Mal hasta los actos más intrascendentes, y con qué sopesada intención abordaba hasta las menores nimiedades de la vida.
—Esa chica, Christine Falls... —dijo Quirke.
Mal parpadeó y miró en dirección a los estudiantes que le esperaban antes de volverse hacia Quirke subiéndose las gafas por el puente de la nariz.
—¿Sí? —repuso.
—He leído el expediente, el que ayer dejaste hecho. ¿Algún problema?
Mal se pellizcó el labio inferior con el índice y el pulgar. Era otro de sus gestos, siempre lo había hecho, desde que era niño, junto con el de empujarse las gafas por el puente de la nariz, el temblorcillo en las aletas nasales o la ruidosa manera en que se sacaba las mentiras de los nudillos. Era, reflexionó Quirke, una viva caricatura de sí mismo.
—Quise verificar algunos detalles del caso —dijo, tratando de resultar espontáneo.
Quirke enarcó las cejas exageradamente.
—¿Del caso?
Mal se encogió de hombros con impaciencia:
—¿Qué es lo que tanto te interesa?
—Bueno, para empezar ya no está. Su cadáver estaba...
—Yo de eso no sé nada. Mira, Quirke, tengo una tarde muy ocupada. ¿Te importa si...?
Hizo ademán de marcharse, pero Quirke lo había sujetado por el brazo.
—Yo soy el responsable del departamento, Mal. No se te ocurra entrometerte, ¿entendido?
Lo soltó y Mal se dio la vuelta sin alterar el semblante. Se alejó. Quirke lo vio apretar el paso, llevándose a los estudiantes tras su estela como si fuesen las crías de un ganso. Quirke se volvió deprisa y bajó por la escalinata absurdamente grandiosa para llegar a su despacho en el sótano, donde tuvo conciencia de la mirada especulativa con que lo recibió Sinclair, sentándose entonces ante su mesa para abrir de nuevo el expediente de Christine Falls. Al hacerlo sonó el teléfono, acomodado como un sapo al alcance de su mano, y se sobresaltó con el timbrazo imperioso, cosa que nunca dejaba de sucederle. Cuando oyó la voz que le llegaba por el hilo se suavizaron sus rasgos faciales. Escuchó un momento.
—¿A las cinco y media? —dijo, y colgó.
El aire verduzco de la tarde era de una suave calidez. Se encontraba en una acera ancha, bajo los árboles, terminando de fumarse un cigarrillo y mirando al otro lado de la calle, hacia la chica que esperaba en las escaleras de entrada del Hotel Shelbourne. Llevaba un vestido de verano, blanco, con lunares rojos, y un sombrerito garboso y adornado con una pluma. Había vuelto la cara a la derecha, escrutando la esquina de Kildare Street. Una racha de brisa hizo ondear el dobladillo del vestido. A él le gustó su manera de esperar, alerta, dueña de sí misma, la cabeza y los hombros echados para atrás, los pies calzados con unos zapatos finos, colocados el uno junto al otro, las manos en la cintura, sujetando el bolso y los guantes. Le recordó mucho a Delia. Pasó un carromato verde oliva del que tiraba un Clydesdale de color achocolatado. Quirke alzó la cabeza y aspiró los olores de finales del verano: el polvo, el caballo, el follaje, el humo de los motores diésel y, tal vez, también, echándole imaginación, un atisbo del perfume que llevara la muchacha.
Cruzó la calle esquivando un autobús de dos pisos, verde, que le avisó con un sonoro bocinazo. La muchacha volvió la cabeza y lo observó acercarse sin cambiar de expresión, caminando sobre las manchas de sol y sombra que moteaban la calle, la gabardina al brazo y una mano rígidamente introducida en el bolsillo de su chaqueta cruzada, con el sombrero castaño peligrosamente inclinado. Se fijó en su gesto de concentración, el modo en que parecía tener dificultades para caminar con unos pies tan pequeños. Bajó las escaleras para recibirlo.
—¿Tienes por costumbre espiar así a las chicas? —le dijo.
Quirke se detuvo ante ella, con un pie en el bordillo de la acera.
—¿Así? —preguntó.
—Como si fueras un gánster que piensa en robar un banco.
—Eso depende de la chica. ¿Tú tienes algo que valga la pena robar?
—Eso depende de lo que tú estés buscando.
Callaron un momento, mirándose el uno al otro, y la chica sonrió.
—Hola, tío —le dijo.
—Hola, Phoebe. ¿Qué es lo que pasa?
Ella se encogió de hombros con una mueca.
—¿Pasar? Más bien será qué es lo que no pasa, digo yo...
Se sentaron en el vestíbulo del hotel, en sendos sillones sobredorados, y tomaron té y un plato de pequeños sándwiches y unos pastelillos que servían en un puesto de repostería en estantes sucesivos. El salón, de altos y adornados techos, estaba especialmente ruidoso. El gentío caballuno de los viernes por la noche había llegado de las zonas rurales, lugareños vestidos de tweed, con sus zapatos recios y sensatos y sus voces resonantes como rebuznos; a Quirke le crispaba los nervios, y al removerse le parecía que los brazos curvos del sillón sobredorado lo atenazasen con más fuerza. Era evidente que a Phoebe le gustaba el lugar, que disfrutaba con la oportunidad de jugar a ser una damisela con gran desenvoltura, la hija del señor Griffin, médico especialista, recién llegada de Rathgar. Quirke la miraba por encima del borde de la taza de té, disfrutando de su disfrute. Se había quitado el sombrero y lo había dejado junto al plato, de modo que parecía un adorno de la mesa, con la pluma lánguidamente caída. Tenía el cabello tan negro que con las ondulaciones se le veía un brillo azulado en cada uno de los huecos. Tenía los vivaces ojos azules de su madre. Le pareció que se había puesto demasiado maquillaje —y el rouge era demasiado chillón para una chica de su edad—, pero no hizo el menor comentario. Desde una esquina alejada de la sala, un individuo ya mayor, de porte militar, con una calva abrillantada y un monóculo, parecía mirarle con los ojos quietos de quien se siente ofendido. Phoebe se introdujo un éclair en miniatura en la boca y lo masticó, abriendo los ojos, riendo para sus adentros.
—¿Y tu novio? —dijo Quirke.
Ella se encogió de hombros y tragó con esfuerzo.
—Está muy bien.
—¿Sigue estudiando Derecho?
—Ingresa en el colegio de abogados el año que viene.
—Cómo no. Bueno, pues eso es sensacional.
Ella le arrojó una miga de pastel, y a él le pareció notar un destello ultrajado en el monóculo, como si les llegase volando a través de la sala.
—No seas sarcástico —dijo ella—. Eres demasiado sarcástico —se le oscureció el semblante y miró a su taza—. Quieren que renuncie a él. Por eso te llamé por teléfono.
Él asintió con una mirada impertérrita.
—¿A quiénes te refieres?
Ella ladeó la cabeza, y las ondas de su permanente rebotaron.
—Ah, pues a todos ellos. A mi padre, claro. E incluso a mi abuelo.
—¿Y tu madre qué dice?
—¿Mi madre? —dijo con un bufido de desdén. Frunció los labios y adoptó una voz de reprobación—. Vamos a ver, Phoebe; tú tienes que pensar en la familia, en la reputación de tu padre. ¡Hipócritas! —lo fulminó con la mirada y de pronto se echó a reír, cubriéndose la boca con una mano—. ¡Qué cara se te ha puesto! —exclamó—. Ya veo que no piensas consentir que se diga una sola palabra contra ella, ¿verdad?
Él no contestó a eso.
—¿Qué es lo que quieres que haga yo? —dijo por el contrario.
—Que hables con ellos —contestó, y se adelantó rápidamente sobre la mesita, con las manos juntas sobre el pecho—. Que hables con mi padre, o al menos con mi abuelo. Tú eres su preferido, y papá hará todo lo que el abuelo le diga.
Quirke sacó la pitillera y el encendedor. Phoebe le vio dar golpecitos al cigarrillo contra la uña del pulgar. Él la vio calcular si osaría o no pedirle uno. Exhaló la bocanada de humo hacia el techo y se retiró una pizca de tabaco del labio inferior.
—Espero que no tengas la seria intención de casarte con Bertie Wooster —dijo.
—Si te refieres a Conor Carrington, te aseguro que aún no me lo ha propuesto. De momento.
—¿Qué edad tienes?
—Veinte.
—No, todavía no.
—Me falta poco.
Él se recostó en el sillón, estudiándola.
—No estarás pensando en escaparte de tu casa, ¿verdad?
—Estoy estudiando la posibilidad de marcharme. No soy una niña, eso está claro. Estamos en los años cincuenta, no en plena Edad Media. De todos modos, si no puedo casarme con Conor Carrington, me escaparé contigo.
Él siguió recostado y rió. El sillón emitió un crujido de protesta.
—No, muchas gracias.
—No sería incestuoso. A fin de cuentas, sólo eres mi tío político, nada más.
Algo sucedió entonces en la cara de la muchacha, que se mordió el labio, bajó la mirada y comenzó a rebuscar en su bolso. Consternado, él vio caer una lágrima en el dorso de la mano de la muchacha. Miró de reojo hacia el hombre del monóculo, que se había puesto en pie y ya avanzaba entre las mesas con aire de seria determinación. Phoebe encontró el pañuelo que había estado buscando y se sonó ruidosamente. El monóculo ya estaba casi sobre ellos y Quirke se aprestó para una confrontación sin saber qué había podido hacer para provocarla, pero el individuo pasó de largo, desplegando una sonrisa equina y tendiendo la mano hacia alguien que estaba detrás de Quirke, a la vez que decía:
—¡Trevor! ¡Ya me había parecido que eras tú...!
Phoebe tenía la cara hinchada, y una mancha de rímel se le hab
