Cuando me haya ido

Laura Lippman

Fragmento

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Abrázame

4 de julio de 1976

Partieron al atardecer una hora antes del comienzo de los fuegos artificiales, y cuando llegaron a la barrera de peaje del viejo puente que cruza el Susquehanna, Felix vislumbró por la única y minúscula ventanilla los destellos de las luces; pequeñas fiestas por todas partes. Le había pedido a Julie que cogiera la carretera 40, que era la antigua ruta para ir a Filadelfia. Se estaba volviendo prudente, aunque también nostálgico. Había iniciado su carrera allí, obteniendo ganancias en los bares.

Estornudó. En el suelo había heno y una manta para caballo. Si los paraban, se ocultaría bajo la manta y cruzaría los dedos. Iba a hacerlo cuando el camión, después de casi una hora de marcha, aminoró la velocidad. Se dio cuenta de que habían llegado a la barrera de peaje del puente del Susquehanna. Bert y Tubby habían dicho que lo mejor era poner un caballo en el remolque, así a nadie se le ocurriría husmear en el interior, pero él no estaba dispuesto a viajar más de ciento cincuenta kilómetros agachado y tratando de esquivar los cascos del equino y su bosta.

Se había despedido de Bambi ese mismo día, antes de que ella y las niñas se marcharan al club, donde pasarían la tarde y no volverían hasta la noche. No le había dicho lo que estaba pasando, aunque ella sospechaba algo. Bambi era lista, lo bastante como para no hacer preguntas. Cuando los federales fueran a husmear, su ignorancia les resultaría convincente.

Lo más duro había sido despedirse de sus hijas con naturalidad, como si nada sucediera. Estaban acostumbradas a hacer cosas sin él. Su trabajo le había exigido siempre salir de casa muy temprano y regresar a las tantas de la noche, y luego vino lo del arresto domiciliario; entonces no tuvo más remedio que quedarse en casa mientras se tramitaba la apelación. A nadie le llamaría la atención que Felix Brewer no acudiera al club el Cuatro de Julio, no este año. Las niñas le habían dado unos besos maquinales, tan seguras estaban de él, y él no se había atrevido a estrecharlas con la fuerza que hubiera deseado. Sin embargo, a la pequeña Michelle, de tan solo tres añitos, sí la había estrujado un poco más.

—¿Me traerás un regalo? —le preguntó.

Fue un instante de sorpresa, pero enseguida comprendió que Michelle se confundía; la pequeña creía que cada vez que alguien salía de casa le traería un regalo, incluso aunque fuera ella quien salía. Fingió robarle la nariz: le mostró la punta del pulgar entre el índice y el medio y le dijo que no se la devolvería hasta que le diera otro beso. Tenía una manera de ladear la cabeza y mirarlo a través de sus pestañas igual que su madre. Lo hacía reír.

A Bambi, en cambio, la besó como si fuera la primera vez, que había sido el 15 de febrero de 1959 en el coche aparcado delante de la casa de los padres de ella. Estos se lo habían regalado como último recurso para convencerla de que retomara sus estudios. El primer beso fue apasionado y casto a la vez, un beso que contenía todo lo que iba a marcar su futura vida en común: su imperiosa y dolorosa necesidad de ella, y la leve prevención de ella, como si nunca le fuera a entregar cierta parte de sí misma. El último beso abarcó la historia de su vida en común. A él le pasó por la cabeza el fragmento de una vieja canción, algo acerca de platos rotos y citas frustradas, y de cómo eso formaba parte de estar enamorado. A Bambi jamás se le ocurriría lanzarle un plato. Pero hubo una vez, quizá dos, en que si ella lo hubiera hecho a él no le habría importado.

A Bambi no le habría gustado que Julie lo llevara en su coche —una buena razón para lanzarle los platos a la cabeza—, pero Julie era la persona más indicada para eso. De hecho, su hermana tenía caballos, o al menos acceso a ellos, de manera que resultaba normal que ellas viajaran en coche hacia el norte tirando de un remolque. Además, iba a ser duro para Julie, lo pasaría muy mal una vez que él se hubiera marchado. Bambi tenía a las niñas, amigos, una familia. Julie solo tenía a su hermana, que era un bicho raro, por decirlo suavemente. Por eso le dio un beso cuando ella se sentó al volante.

—Más vale que sea para siempre —musitó ella.

—Te llevas tu parte —le recordó él.

De una forma u otra, todos se llevaban su parte.

Para siempre. Era la frase que Julie había repetido cuando él le explicó ciertas cosas la semana anterior. No era una pregunta, sino más bien un concepto que ella nunca había oído antes. Estaban sentados en la pequeña cafetería, su único negocio lícito. Con lo que sacaba de allí por semana ni siquiera habría podido comprarles a las niñas cintas para el pelo. Y las niñas llevaban cintas en el pelo. Bambi las vestía como unas pijas de Towson, de rosa y verde de pies a cabeza, les enseñaba a utilizar el secador en ese pelo tan rebelde que tenían y a peinarse con coletas. Bueno, la pequeña no, pero la pequeña era el vivo retrato de Bambi: un cabello tan liso, brillante y oscuro como el pelaje de una foca, ojos azules y pestañas increíbles. Linda era la organizada y Rachel la lista. Ambas eran muy bonitas, pero Michelle iba a ser realmente hermosa. Las tres iban a destacar, cada una a su manera. Y él se lo perdería. Se iba a perder todo eso.

—Para siempre —repitió Julie arrastrando las sílabas y siguiendo con el dedo el anillo acuoso dejado en la mesa por su Coca-Cola. Apenas bebió, aunque por la noche simuló tomar sorbos de escocés para acompañarlo a él.

—Así parece. A menos que algo inesperado suceda.

Otro largo silencio. Julie era una de esas raras mujeres que lucen más bonitas cuando no sonríen. Impenetrable, su enigma la volvía seductora. Su sonrisa la hacía seguir pareciendo la adolescente pueblerina que Tubby había descubierto en la droguería Rexall cuatro años atrás.

—Siete y medio por ciento —dijo al fin.

—¿Qué? —inquirió él.

—Este año el país cumple doscientos años. Te están pidiendo que les des el siete y medio por ciento de la historia del país. Es muchísimo.

—Y tú sabes que yo no doy puntos fácilmente.

Ella le contestó con una rápida sonrisa. Siempre había tenido mala dentadura, hasta que él se la hizo corregir; otra de las razones por las cuales no sonreía a menudo. De todas formas, Julie no poseía un gran sentido del humor. Era poco imaginativa para eso. Más bien era una chica calculadora y muy práctica. Una amante práctica era algo bueno. Por ejemplo, nunca se había hecho ilusiones con que él fuera a casarse con ella, aunque el año anterior tuvo ese arrebato, pero fue algo puntual. Comprendió que Bambi era el amor de su vida. Fue Julie quien, después de haber comenzado a estudiar en el instituto, le contó que Scott Fitzgerald decía que la prueba para saber si uno poseía una inteligencia de primer nivel era tener dos ideas opuestas en la cabeza sin volverse loco. Felix era un especialista en la materia. Amaba a Bambi y necesitaba a otras mujeres. Cuando nació Michelle, hacía un año que Julie salía con él, pero ella no se lo tomó como una traición, como se lo hubieran tomado otras mujeres en su situación. Y él seguía durmiendo con su mujer, por supuesto. Era su esposa, por cierto muy atractiva, y él estaba perdidamente enamorado de ella. No salía con Julie porque estuviera insatisfecho con Bambi. Solo que la vida era más grata cuando ordenabas à la carte. De hecho, hubo otras chicas además de Julie, ligues de una noche aquí o allá. Porque él podía. Porque lo necesitaba. Si Bambi dejara salir esa parte de ella que mantenía guardada bajo llave, si no fuera tan puñeteramente autosuficiente...

Ahora iba a tener que valerse por sí misma. Él no podría marcharse si no tuviera confianza en que Bambi era capaz de hacer frente a la situación. Coño, ella siempre lo había dirigido y organizado todo, excepto a él y el dinero. Por muy voluble y ostentoso que fuera Felix, no era como el chico de aquel chiste que vuelve a casa de la escuela hebraica y le cuenta a su madre que lo han elegido para actuar de marido en la obra de teatro del colegio. «Pues vuelve allí y pídeles que te den un papel hablado», le ordena su madre. Felix experimentaba la necesidad de hablar. Tenía que hablar y hablar y hablar. Pero, al final del día, era la chica de los ojos cerúleos, que apenas pesaba cincuenta kilos, la que llevaba la batuta sin nunca alzar la voz.

Volaría a Montreal desde un pequeño aeródromo a las afueras de Filadelfia. Como faltaban menos de dos semanas para las Olimpíadas, calculó que, para empezar, era una apuesta segura. Muchísima gente estaba llegando a Montreal esos días. Desde allí podría viajar a Toronto y luego a su destino final. Le había dado muchas vueltas al asunto, algo nada habitual en él. Pero no tenía otra posibilidad. Lo principal era ser equitativo con todos. Era lo más práctico. Los descontentos se chivarían.

Hizo sus cálculos. Siempre le habían gustado los números, algo que siempre le había resultado provechoso. Quince años. Michelle tendría dieciocho años; Rachel, veintinueve; Linda, casi treinta y uno. Bambi frisaría los cincuenta y probablemente seguiría siendo muy guapa; envejecería bien. Julie... difícil decirlo. Pero él no iba a vivir quince años con Julie. A lo sumo un año o dos. Ella se estaba volviendo impaciente; era ambiciosa, quería progresar. ¿Por qué si no asistía a esos cursos en el instituto? Esperaba que Bambi no se cabreara demasiado cuando se enterase de que Julie se quedaba con la cafetería, pero es que no veía a Bambi ocupándose de ella, y por otra parte era el activo más fácil de transferir. También le hubiera dado a Julie el club, pero dijo que no lo quería. Dijo que la cafetería era su oportunidad para convertirse en alguien respetable. Él le contestó que el hecho de ser alguien respetable estaba sobrevalorado. Además, si tenías bastante dinero, cualquier cosa que hicieras era respetable.

Siete y medio por ciento de la historia de una nación. Una nación joven, ciertamente, pero aun así... No estaba mal visto. El quince por ciento de su vida, si es que vivía cien años. Probablemente sería el veinte por ciento de su vida, y no cualquier veinte por ciento, sino el meollo, la flor de su vida. Incluso con la lotería legal, seguía ganando buena pasta. Más que nunca. La lotería legal acrecentaba sus beneficios de una manera que él no lograba explicarse. Sus clientes, los de siempre, jugaban ahora a las dos loterías, la legal y la ilegal. Las cosas le habían ido tan bien que estuvo a punto de comprarle un caballo a Linda y otro a Rachel. Otra de las ideas de Bambi. Menos mal que no lo hizo, pues habría sido una de las primeras cosas que le habrían quitado. Iban a producirse grandes cambios. Ojalá Bambi lo entendiera.

En el aeropuerto, se inclinó del lado del pasajero para mantener cerrada la portezuela del coche, creando una barrera entre él y Julie. Le había dado un beso, claro, pero no apasionado, tipo Casablanca. Hubiera sido una traición a Bambi.

Pero, a pesar de ese beso relativamente casto, la hermana siguió con la misma cara de amargada. «Soy un accesorio», había dicho cuando estaban cargando el coche. «Bueno —hubiera querido contestarle—, ¿por qué no ser un bolso si tu cara parece piel?» No le agradaban las mujeres feas. Santo cielo, qué alivio cuando Linda finalmente se había hecho mujer con la nariz que él le dio. Y hasta eso había necesitado cierto retoque quirúrgico. Le pidió a Bambi que lo hiciera inmediatamente después de saberse la sentencia, y ahora Linda era preciosa, como merecía.

Le entregó a Julie el maletín sobre el que había estado sentado durante todo el viaje, y ella le dio su maleta, que había viajado en el asiento delantero, junto a ella. Él no deseaba que sus cosas olieran a estiércol.

—No te pares en ninguna parte —le recordó—. Llévalo directamente al lugar convenido. Luego lo abres.

—Estaré bien.

Y él entendió que ella no necesitaba ni esperaba nada de él. Era parte de la razón por la que le había dado tanto.

—Estarás conmigo —le dijo—. Siempre.

—Siempre —repitió ella, dejando en el aire el minúsculo vaho de un interrogante.

Una vez a bordo del pequeño avión, al buscar su nuevo pasaporte, encontró las cartas que tenía que haber puesto en el maletín. Maldita sea. ¿Qué hacer? Julie ya se había marchado y tardaría por lo menos dos horas en llegar. ¿Se atrevería a llamarla? Bueno, cada uno sabía lo que debía hacer. Era una lástima, pues nunca tendría la oportunidad de explicárselo a Bambi.

Era el único pasajero en ese avión con capacidad para ocho personas. El piloto, un hombre de ojos oscuros, no quiso saber quién era él ni su historia. Un tipo inteligente. Felix, que había dejado de ser Felix en el momento que subió al avión, miró las luces de la ciudad, su ciudad, la que había dejado años atrás. Sus padres estaban allá abajo, en alguna parte, y también su hermana. Hacía unos veinte años que no le hablaban. Pero él no quería hablar con ellos. Quería hablar con Bambi. Ya debía de haber vuelto del club. Ya lo sabría.

Dentro de diez años, un hombre rico podría realizar una llamada desde los aviones de algunas compañías aéreas. Dentro de veinte años casi todo el mundo tendría un teléfono móvil y podría llamar a cualquiera en cualquier momento. Dentro de veinticinco años se desmoronarían las Torres Gemelas y cambiarían las reglas del juego; desaparecer vía Canadá, aunque fuera en un avión privado, sería mucho más difícil.

Pero Felix Brewer no era hombre dado a dejarse llevar por la imaginación, salvo a fin de inventar algo para que la gente se desprendiera voluntariamente de su dinero. Entonces creó una empresa teóricamente delictiva que no requería el uso de armas ni de la fuerza, solo un conocimiento básico de la debilidad de los seres humanos por la posibilidad de obtener ganancias.

Siete y medio por ciento. Se preguntó si eso no era usura. El gobierno había amañado el juego hasta que irse fue la única opción.

El avión se elevó en el cielo y un vasto y oscuro espacio vacío ocultó definitivamente las luces de la ciudad. Se había ido.

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Bésame

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2 de marzo de 2012

Sandy estaba almorzando cuando le avisaron de que el jurado volvía a la sala. Se habían encerrado a deliberar el martes al mediodía y era primera hora de la tarde del viernes. Normalmente confiaría en un jurado que entra en la sala después de haber deliberado menos de ocho horas, pero había conocido otros que habían sucumbido a la inflexibilidad de algún miembro que insistía en acabar pronto porque era viernes y tenía que irse de fin de semana. Estos doce no habían estado confinados, pero había sido un juicio bastante largo y probablemente anhelaban disfrutar del fin de semana ya liberados de su deber cívico. Una vez nombrados, el martes de la semana anterior, habían escuchado los testimonios de los testigos durante cuatro días. A Sandy no le gustó la mirada del jurado número tres. El hecho de que el acusado se mostrara tan débil no ayudaba. El ayudante del fiscal del Estado había tratado de recordarle al jurado que el crimen había tenido lugar hacía treinta años, que en aquella época el acusado era un hombre de cuarenta años, fuerte y lleno de vida, y que su víctima tenía setenta y tres.

Y, por si interesaba saberlo, la víctima era además la madre del acusado. Pero eso también podía ser contraproducente. En un grupo de doce personas, ¿qué probabilidades había de que al menos dos de ellos no detestaran a sus madres? Sandy había perdido a sus padres siendo muy joven, lo cual había contribuido a idealizar el recuerdo que conservaba de ellos, pero si nunca se le echó al cuello a Nabby, la mujer que lo había criado, fue de puro milagro.

Sandy llegó al Palacio de Justicia y pasó a través de los detectores de metales como cualquier ciudadano. De hecho, lo era: no llevaba arma ni credencial. Le fastidiaba un poco, porque la falta de esos dos instrumentos profesionales le recordaba que a los sesenta y tres años, aunque estaba jubilado, seguía trabajando. No se suponía que fuera así, que tuviera que trabajar por menos de lo que ganaba cuando lo hacía a tiempo completo, teniendo en cuenta que ya no podía contar con las horas extra ni con ninguna ventaja. Aunque lo cierto era que podía escoger sus casos y que le iba muy bien. No solo en cuanto a «identificar culpables», sino también a condenas ratificadas. No lo decía por presumir sino porque era verdad.

Lo que sí lamentaba, y mucho, era que sus resultados también dieran lustre a las reputaciones del fiscal del Estado y el jefe de Policía, pues ni uno ni otro le agradaban. Eran unos bocazas, demasiado escurridizos y superficiales para su gusto.

Se sentó en el fondo de la sala, encogido en su asiento para así observar a los miembros del jurado evitando el contacto visual. El jurado número tres parecía constipado, como contenido por algo. Podía ser un problema. Por lo general, nadie se enfadaba tanto por un «culpable». Pero bien podía tratarse de un auténtico constipado. Preguntaron al presidente del jurado si habían alcanzado un acuerdo sobre el veredicto. El papel fue entregado al juez y luego volvió a manos del presidente. A Sandy siempre le llamaba la atención aquella ceremonia, le parecía exagerada. Si el juez ya lo había leído, ¿por qué no decirlo él mismo? Pero, ya se sabe, «nosotros el pueblo». Como era el veredicto de ellos, ellos debían emitirlo. Aparte de los veinte dólares diarios, ¿qué más obtenían por su servicio?

—Declaramos a Oliver Lansing culpable de homicidio en primer grado.

Sandy precisó un segundo para asimilarlo. A pesar de que tenía un oído perfecto, siempre había experimentado este curioso lapso de tiempo cuando el presidente del jurado leía el veredicto, como si se quedase suspendido en el tiempo mientras los demás avanzaban. Pero no, no se lo estaba imaginando. Culpable. La sala expresó su gratitud al jurado. Ahora le tocaba al acusado iniciar su proceso de asumir el veredicto: culpable del homicidio de su propia madre en primer grado. Era, de hecho, una condena a muerte, dada la edad del acusado, y Sandy se alegraba de ello. Lo irritaba pensar que ese tipo había disfrutado de treinta años más de vida. Tal como lo veía Sandy, la sacaba barata.

Ya desde el inicio de la investigación los detectives habían sospechado de Lansing. Por supuesto. A Sandy le quedaba un caso sin resolver, en el que el nombre no figuraba en el expediente. Pero ese tipo estaba tan enfermo que había tenido la presencia de ánimo de quitarle las bragas a su propia madre. Sabía muy bien lo que estaba haciendo, el muy jodido. Nadie podría imaginarse a un hombre haciendo eso con el cadáver de su madre. Lo otro fue que no le tapó la cara, la dejó ahí tirada, de espaldas, desangrándose, la falda levantada, desnuda entre la cintura y las medias de nailon. ¿Quién hace algo así? Pues ese cabrón lo hizo. Y el fiscal no se abstuvo de machacar con ese punto durante su testimonio y dejarlo sin argumentos.

Pero cuando Sandy decidió trabajar en el caso se fijó en un detalle que aparecía en segundo plano en las fotos de la escena del crimen: había una taza en el fregadero cuando todos los demás platos estaban lavados y colocados en el escurridor. En opinión de Sandy, la víctima no era la clase de mujer capaz de dejar una taza sin lavar en el fregadero. Su casa estaba muy ordenada, a juzgar por las fotografías. Habían buscado huellas dactilares en la taza, sin resultado.

Sandy había examinado la foto y comparado la taza gruesa con las que se hallaban en el escurridor. Estas formaban parte de un juego, eran finas y tenían un dibujo de flores, mientras que la otra era gruesa y tosca. Apostaba cualquier cosa a que no había estado al alcance de la mano, sino que alguien había tenido que sacarla de algún armario. Esa taza no estaba allí por casualidad. Era la favorita de alguien, como suele pasarle a la gente con las tazas. Pidió que le agrandaran la foto, una y otra vez, hasta que pudo leer la inscripción. No ponía EL MEJOR HIJO DEL MUNDO ni llevaba el escudo del colegio de aquel hombre, nada tan evidente. Era una taza de Jiffy Lube, la cadena de servicios al automóvil. No, a Sandy no le pareció una casualidad.

De manera que buscó al hijo, lo encontró y habló con él. Lansing no confesó, pero habló mucho, demasiado, y empezó a adornar la historia y a contradecirse. Sandy reconstruyó la cronología de los hechos de aquel fin de semana y situó al hombre en el barrio, lo cual no concordaba con su primera declaración. Dio con un pariente deseoso de atestiguar que se había producido una disputa por dinero. Lansing quería abrir un tren de lavado de coches, pero su madre no estaba dispuesta a ayudarlo.

Lansing nunca puso su tren de lavado, pero vendió la casa de su madre e invirtió en una bolera que tuvo que cerrar cinco años después. Estúpido. Sandy no lo estaba juzgando por haber tomado una mala decisión financiera, aunque ya a comienzos de los años ochenta una bolera era una pésima inversión. Debían de quedar solo dos en toda la ciudad.

Ya está, listo. RIP Agnes Lansing. Era hora de pasar a otro caso. Como la ciudad le pagaba unos míseros treinta y cinco mil dólares al año, procuraba no empezar con un expediente nuevo hasta que el anterior no estuviera concluido. Durante la pausa siguió ordenando los expedientes, que estaban en completo desorden cuando él había propuesto este curro. Se hallaban desparramados por todas partes, de hecho había algunos dañados por el agua. Había encontrado algunos archivadores arrumbados, despejado un rincón donde trabajar y apartado algunos casos para estudiarlos en el futuro. El personal lo dejaba en paz; era todo lo que él pedía.

Prefería las víctimas ancianas. Por muy gruñonas o antipáticas que fueran —y había razones para creer que Agnes Lansing era un mal bicho y que la furia de su hijo no había surgido de la nada—, rara vez eran cómplices de sus propias muertes. No trapicheaban con drogas ni andaban metidas en actividades delictivas. A Sandy no se le escapaba que, cuando las víctimas eran viejas, a nadie le parecía urgente, y el hecho de que ya no tuvieran casi nada que perder les impedía sentir compasión por ellas.

Agarró varios de los expedientes que había separado y se sentó al único escritorio vacío que le dejaban usar. No buscaba un chollo de caso. Si hubieran sido tan fáciles, ya los habrían resuelto. Pero no iba a asignarse uno si no estaba seguro de que podía llevárselo a casa.

De uno de aquellos expedientes se desprendió una fotografía y cayó al suelo. Se agachó para recogerla. Protestaron su espalda y sus rodillas. Mary tenía razón. Conservar el mismo peso, adelgazar o engordar cinco kilos, no bastaba para estar sano. Necesitaba hacer ejercicio, mantener la agilidad. La fotografía había aterrizado boca abajo y en el dorso ponía «Julie Juliet Romeo Saxony». Cuando Sandy la volvió, vio a una estríper que lo miraba. Se acordaba de ella. Solo que no... ¿La había matado su chulo? Porque la mayoría de esas chicas no eran mejores que las putas. No, no había sido eso, sino algo importante, un caso muy sonado.

Abrió el expediente, que se componía de varias carpetas. Calculó un total de unas ochocientas páginas. Era grueso, cierto, pero no el más grueso que había visto en su vida. Estaba muy desordenado. Le costó lo suyo encontrar el informe original, realizado en el condado de Harford. Entonces, ¿por qué estaba en los archivos de la ciudad? El cuerpo había sido hallado en Leakin Park, en 2001. Ah, era eso. Julie Saxony, la chica de Felix Brewer. Bailaba con otro nombre. Brewer desapareció en 1976 y ella diez años después. Los cotilleos daban por supuesto que se había marchado a vivir con Felix. Había un volante de «Persona desaparecida» distribuido por la Asociación de Comerciantes de Havre de Grace con una fotocopia en blanco y negro de una foto de Julie en 1986. Sandy sacó la cuenta: treinta y tres años. Era una mujer que no envejecería bien. Demasiado flaca, lo cual no favorecía a un rostro como el suyo, en forma de corazón; tenía los ojos hundidos y la frente arrugada. Vista por última vez el 3 de julio de 1986, ponía el volante. Cualquier información sería recompensada, etc.

Leakin Park, el vertedero favorito de Baltimore, aunque normalmente no era un lugar para las señoras blancas de Havre de Grace. ¿Cómo había acabado allí? Se acordó de su credo: la clave está en el expediente. Y el expediente tiene ochocientas páginas. Era obvio que había que investigar a Felix Brewer. Quizá Julie sabía algo. Las amantes suelen estar enteradas de muchas cosas. Más que las esposas.

Otros llamarían intuición a lo que en aquel instante cruzó por la mente de Sandy como un relámpago, pero no lo era. Era una ecuación, tan clara como la aritmética. O, para ser más precisos, lo que en geometría se llama una prueba. Uno parte de ciertos postulados y trabaja hasta enunciar un teorema. Sandy cogió el teléfono, discó —bueno, de acuerdo, pulsó botones, pero a él le gustaba «discar» y no iba a renunciar a ese término; le había costado mucho esfuerzo adquirir su inglés como para abandonar ahora una de sus palabras—, discó, pues, el número de uno de los pocos reporteros del Beacon-Light que conocía: Herman Peters.

—Roberto Sánchez —le anunció al buzón de voz.

Cuando llamaba al periódico, casi nunca era una persona quien contestaba. No usaba su apodo con los periodistas y se picaba si ellos se arrogaban el derecho de usarlo sin su permiso. Para los demás policías era Sandy, y para los amigos, aunque en realidad no tenía amigos. Mary lo llamaba casi siempre Roberto. Que Peters, en cambio, lo llamara Sandy, no le importaba. Hasta era probable que conociera el origen de su apodo, y no porque él se lo hubiera contado. Cada vez que alguien le preguntaba si lo llamaban Sandy por su color de cabello, él contestaba que sí. Y cuando la gente le preguntaba cómo era que un chico cubano de apellido Sánchez había acabado viviendo en Remington, él respondía sencillamente: «Cuestión de suerte, supongo.»

Quince minutos después llamó Peters.

—¿Qué hay?

Nada de cortesías, nada de gilipolleces ni tonterías. Ya no había tiempo para eso. Los reporteros, los pocos que quedaban en el Beacon-Light, blogueaban y tuiteaban, escribían más que nunca pero entendían cada vez menos. A decir verdad, antes los periodistas trabajaban en el Departamento de Policía, lo iban a ver, le preguntaban por la familia y se quedaban un rato charlando. A Sandy lo fastidiaban enormemente aquellas visitas. Pero también lo fastidió el hecho de que dejaran de ir. Después murió Mary y todo se fue a la mierda, y ahora se alegraba de que la gente solo le preguntara «¿Qué hay?». Y si no contestaba, no importaba, les daba igual.

—¿Te acuerdas de Felix Brewer?

—Conozco la historia —dijo Peters—. Es anterior a mi época, pero cada tanto, en torno al aniversario de su desaparición, me mandan a casa de su esposa, por si ella está dispuesta a hablar.

—La esposa... sí, ¿cómo se llamaba?

—Bambi Brewer.

—¿Bambi? Qué gracioso, la estríper tenía un nombre normal y la esposa nombre de estríper.

—Así la llaman todos. Su verdadero nombre era otro. No me acuerdo cuál.

—¿Una chica de Baltimore?

—Sí. Alumna del instituto Forest Park en la época de Barry Levinson. Se casó con Felix cuando tenía diecinueve años. Su familia se dedicaba al comercio de frutas y verduras. El típico caso de comerciantes exitosos: de vendedores ambulantes pasaron a respetables vendedores al por mayor en una sola generación.

—¿Puedes averiguar dónde vivían? Me refiero a la calle.

—¿Por qué?

—Una apuesta con McLarney —contestó. McLarney era un detective de Homicidios, uno de los pocos de su época que seguían en el departamento—. Hace poco hablamos del caso y según él era una chica de Pikesville, pero yo dije que era nacida y criada en la ciudad.

—¡Chorradas! —exclamó el periodista—. Hace un momento no recordabas su nombre, y ahora resulta que has estado hablando de ella y del lugar donde nació.

—Mira, no hay nada por ahora. Si surge algo, serás el primero en saberlo.

—¿Hablas en serio?

—Sí. —No.

—¿Tiene algo que ver con su marido?

—No lo creo.

Sandy no creía que tuviera que ver, pero tampoco creía que no tuviera que ver. ¿En qué estaba pensando? En que Julie Saxony, encarnada en Juliet Romeo, lo miraba a los ojos y le suplicaba ayuda. Y que la otra Julie, mayor y mucho más delgada, lo necesitaba aún más.

Oyó una serie de clics al otro lado de la línea. El mundo de hoy estaba lleno de clics. En las taquillas, en los hoteles, lo único que se oía eran clics. Este, al menos, sonaba para algo útil.

—Vivía en Talbot Road, en Windsor Hills. Debía de ser bonito en aquella época. Y en los años sesenta también.

—He oído hablar de ese lugar.

En los años sesenta, Sandy vivía en Remington y no creía posible remontarse tanto en el tiempo como para afirmar que Remington fue bonito alguna vez. Quizá cuando el Ark y el Dove tocaron tierra, allá por 1634.

—¿Te sirve esa dirección? ¿Ganas tu «apuesta»?

—No. Creía que era de Butchers Hill. Ninguno de los dos gana.

—¿Ocurre algo en Butchers Hill?

—Siempre ocurre algo. Debo irme.

Miró el mapa de la ciudad, aunque ya sabía lo que iba a encontrar. Lo sabía antes de ponerse al teléfono. Por eso era tan bueno en su trabajo. Talbot Road serpenteaba hacia el sur de Windsor Hills, discurría junto a una pendiente abrupta que bajaba a un profundo desfiladero por donde corría el arroyo Gwynns Falls, a menos de un kilómetro del sector de Leakin Park donde había sido hallado el cadáver de Julie Saxony.

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14 de febrero de 1959

El baile era una motivación, y su pareja aun más, un joven medianamente aceptable al que ella, un año atrás o incluso seis meses atrás, no hubiera aprobado. Por una razón: era menor que ella, cursaba el último año de bachillerato. Un bachiller muy deseable, acaso el chico más deseable de la promoción de 1959 del instituto Forest Park, pero ella era de la promoción anterior. Barry Weinstein era el chico más popular de su fraternidad. Se parecía a Troy Donahue, en judío, por sus anchas espaldas y su cabello rubio peinado con un tupé. Pero él cursaba el último año del instituto mientras que ella era una estudiante de primer año de la facultad.

O se suponía que lo era. Lo había sido hasta diciembre y seguía creyendo y haciendo creer a los demás que lo era. Pero el tiempo se le acababa. Tenía que volver a la universidad en otoño o... ¿o qué? ¿Qué otra cosa podía hacer para evitar la vergüenza? Felizmente nadie del Forest Park se había inscrito en Bryn Mawr. Pero había un chico de Haverford, de la promoción de 1957. Hasta ese momento se las había ingeniado para hacer pasar sus ausencias como una gamberrada, otro de los emocionantes capítulos de la alocada vida de Bambi Gottschalk, tan chiflada y atolondrada ella. «Ay, queridas, fue increíble», les había dicho a sus mejores amigas durante las vacaciones de invierno. Se habían reunido todas en su habitación y ubicado alrededor de su cama, solemnes y afectuosas, pero también cual rapaces, esperando el momento en que Bambi trastabillara y se cayera de la percha tan alta que había ocupado toda la vida.

—La fiebre. La fiebre lo ocultó todo. Podía haberme muerto.

—Pero ¿no te dolió? ¿No se te ocurrió ir a la enfermería?

—No, ningún dolor. Por eso no entendía lo que estaba pasando.

—Ya, pero cuando mi primo...

—Soy un caso raro de la medicina, queridas. Acabaré seguramente apareciendo en el Créalo o no, de Ripley. Me sorprendió que me dejaran irme a casa. Querían estudiar mi caso a fondo. Tal como lo veo, no podré ir a clase en todo el semestre, mala suerte.

Pero ¿qué les diría en otoño? Ese asunto la tenía muy preocupada cuando, dos semanas atrás, se encontró con Barry en la tienda Hutzler del centro. Bambi examinaba unos echarpes de seda expuestos en el mostrador como si fueran runas que encerraban su futuro. Barry, a quien ella no le hubiera hecho ni caso el año anterior, le pidió que lo ayudara a escoger un regalo para su madre. Se puso a ello con la mayor seriedad. Una hora después estaban comiendo una ensalada de camarones en el salón de té donde Bambi dejó caer que el grupo los Orioles le gustaba con locura, pero que ni en sueños acudiría a un baile de instituto, ni siquiera al muy pijo de mitad de curso de la cofradía Sigma. Estaba segura de que Barry ya tenía pareja. Pero no iba en serio, y eso lo convertía en un tío disponible, y si rompía su compromiso con otra chica para invitarla a ella, allá él con su conciencia. Sería una pena para la otra chica, y no porque a Bambi la hubieran dejado plantada alguna vez. Suponía que algo así podía herir el orgullo de alguien, aunque a ella le importaba un comino el orgullo de una chica del instituto. La fecha señalada estaba cada vez más cerca y su vida semejaba un tedioso juego de mesa. No le convenía tardar en hacer el primer movimiento, a ver si con un poco de suerte podía alcanzar rápidamente la casilla final. Iba a tener que avanzar paso a paso, hallar la manera de ponerse nuevamente en circulación. Barry era solo el primer naipe de un juego que se prometía largo.

El problema con Barry era que daba la nota. Le soltaba indirectas sobre ir al baile de graduación. ¡El baile de graduación! Sintió bochorno de solo pensar que a alguien se le pudiese ocurrir que ella aceptaría semejante invitación. El baile de la Sigma no estaba mal. Era exclusivo y se celebraba en el hotel Lord Baltimore. Un auténtico baile de gala. Pero ella ya se había graduado y si acudía a ese baile quedaría marcada para siempre. Como un movimiento que la obligara a retroceder a la casilla inicial.

—¿Te agrada la orquídea? —preguntó Barry—. Le he preguntado a tu madre por el color del vestido que te pondrías. Quería sorprenderte. Como suponía que sería un vestido largo sin tirantes, he elegido un ramillete que puedas lucir en la muñeca. Me acuerdo de ti en el baile del año pasado.

El vestido de Bambi, que no llevaba tirantes sino una finísima red de tul transparente que le cubría los hombros, visto de lejos era blanco, pero de cerca tenía reflejos violetas. Era un color atrevido para un baile en pleno invierno y su madre, por primera vez en la vida, había objetado el precio y el hecho de que fuera un vestido que no podría ponerse más de dos veces. Según ella, Bambi debería haberse puesto uno de los trajes de noche que había llevado a la facultad el otoño del año anterior.

—Me los he puesto todos —argumentó Bambi.

—No en Baltimore —le contestó su madre.

Pero Bambi, como de costumbre, se salió con la suya.

—Es muy bonito —fue el comentario de Bambi al ver el ramillete que le daba Barry.

Le habían regalado tal cantidad de orquídeas en su vida que habría podido abrir un invernadero. En realidad prefería las flores más sencillas, como las rosas de jardín o las peonías. Pero las orquídeas eran las más caras y se habría sentido insultada si un chico le hubiera traído flores más baratas. Le parecía extraño que cuando uno deseaba algo tuviera que ocultarlo porque el resto del mundo pensaba diferente, pero ella no sabía ser de otra manera. La profesora de inglés del instituto había insistido con la cita de Hamlet «Sé fiel a ti mismo», pero Bambi se había imaginado que lo hacía para que los chicos raros se sintieran mejor consigo mismos. A todo el mundo le importaba lo que pensaban los demás, incluso a los que eran diferentes y se sentían orgullosos de serlo. A ellos más que a nadie.

Bambi decidió que el secreto estaba en lograr que las cosas que le importaban a ella les importaran más a otros.

Barry recorrió con la mano el brazo desnudo de ella, admirando la flor que había elegido.

—Ahora que lo pienso, es del color de tus ojos.

—¿Las blancas? Sí, supongo que sí —dijo con humor, esperando que él no insistiera y advirtiera que estaba a punto de meter la pata.

Pero, por supuesto, Barry no entendió el chiste.

—Me refiero al tono tirando a morado que tiene la flor. Resalta el violeta de tus ojos. Como los de Elizabeth Taylor.

No era la primera vez que alguien establecía esa comparación. Y no sería la última. Cuando era más joven le parecía estupendo. Después, ya no; era frustrante, porque ¿quién podía competir con Elizabeth Taylor? Ahora sencillamente la aburría. No hacía ni cinco meses que solía contradecir a los chicos que se lo decían para halagarla. «Mis ojos son cerúleos», les decía con coquetería, muy seria, como si la cuestión fuera de suma importancia. No era cierto; debían de ser color cobalto o quizás un azul ultramarino. Pero los hombres casi nunca le llevaban la contraria. Y ella estaba empezando a aburrirse de eso también. Salía con chicos desde los catorce años. Cuando cumplió los quince había aparecido la novela Marjorie Morningstar y tuvo que soportar otra comparación. «Mira, es acerca de ti», le decían las

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