Título original: First Family
Traducción: Santiago del Rey
1.ª edición: enero, 2013
© 2009 by Columbus Rose, Ltd.
© Ediciones B, S. A., 2012
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ISBN DIGITAL: 978-84-9019-317-4
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A mi madre,
mi hermano y mi hermana,
por todo su amor
Contenido
Portadilla
Créditos
Dedicatoria
Prólogo
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Agradecimientos
Prólogo
Caminaba con calma. Bajó por la calle, dobló a la izquierda, recorrió un par de manzanas y giró ligeramente a la derecha. Hizo un alto en un cruce y se detuvo en otro un poco más de tiempo. Por pura costumbre, en realidad. El radar de su cabeza no indicaba el menor peligro y avivó el paso. Había gente en la calle aunque fuese tarde, pero a ella nunca la veía nadie. Parecía deslizarse como la brisa: notada pero sin ser vista.
El edificio de hormigón de tres pisos seguía donde siempre, encajado entre un bloque de apartamentos a la izquierda y un cascarón de hormigón armado a la derecha. Había medidas de seguridad, desde luego, pero muy elementales, no de primera. El típico dispositivo que retendría solo unos minutos a un experto y mucho menos a un profesional.
Escogió una ventana de la parte trasera en lugar de forzar la puerta principal. Esos puntos casi nunca estaban conectados con la alarma. Hizo saltar el pestillo, deslizó la ventana hacia arriba y se coló dentro. Desactivó el detector de movimiento con facilidad; tarareaba mientras lo hacía. Aunque era un tarareo nervioso. Ya tenía cerca lo que había venido a buscar.
Lo cual le producía un miedo espantoso. Ella, por supuesto, jamás lo habría reconocido.
El archivador estaba cerrado. Esbozó una sonrisa irónica.
«Me lo estás poniendo muy difícil, Horatio.»
Cinco segundos después el cajón se abrió silenciosamente. Deslizó los dedos por las etiquetas de los archivos. Orden alfabético. Lo cual la situaba justo en la mitad del montón, por mucho que ella nunca se hubiera considerado del montón. Sus dedos detuvieron la búsqueda y se curvaron alrededor del expediente. Uno bien abultado; no esperaba menos. Obviamente, ella no era un simple caso de diez páginas. Había causado muchos más estragos. Desenganchó el expediente y echó un vistazo a la fotocopiadora de la mesa.
«Bueno, allá vamos.»
Horatio Barnes era su psiquiatra, su gurú mental. Tiempo atrás la había convencido para que se internara en un hospital psiquiátrico. El único misterio que ella había resuelto durante su encierro voluntario había sido uno que no tenía nada que ver con sus problemas. Luego el bueno de Horatio la había hipnotizado, retrotrayéndola a su infancia, como acaba haciendo cualquier loquero que se precie. La sesión había revelado muchas cosas, al parecer. El único problema era que Horatio había decidido no comunicarle lo que le había dicho durante el trance. Ahora estaba aquí para corregir ese pequeño descuido.
Introdujo las páginas en el alimentador de la fotocopiadora y pulsó el botón. Uno por uno, los hechos de su vida se deslizaron con un zumbido por las entrañas de la Xerox. Los latidos de su corazón parecían acelerarse al mismo ritmo con el que las hojas recién impresas salían catapultadas a la bandeja.
Dejó el expediente original en el archivador, sujetó con una goma elástica la copia y la sopesó con ambas manos. Aunque no pasaría de un kilo, su peso amenazaba con hundirla en un abismo. Salió por donde había entrado. Sus botas resonaron con un redoble metálico al besar el asfalto. Caminó con calma hasta su todoterreno, otra vez convertida en una brisa invisible. La vida nocturna seguía a su aire. Nadie la veía nunca.
Subió al vehículo, arrancó el motor. Lista para partir. Jugueteó unos momentos con los dedos sobre el volante. Le gustaba conducir, siempre le había encantado lanzar sus ocho cilindros por una ruta nueva que llevara a algún sitio desconocido. Y sin embargo, mientras miraba a través del parabrisas, sintió que no quería algo nuevo: deseaba con desesperación que las cosas siguieran como estaban.
Echó un vistazo al expediente; vio su nombre en la primera página.
Michelle Maxwell.
Por un instante no le pareció que fuese ella. En esas páginas estaban la vida, los secretos y tormentos de otra persona. Problemas: la palabra temida. Parecía tan inocua. Problemas. Todo el mundo tenía problemas. Y sin embargo, esas nueve letras parecían haberla definido siempre, descomponiéndola en una fórmula que nadie había logrado descifrar aún.
El todoterreno continuaba al ralentí, escupiendo monóxido de carbono a una atmósfera ya muy saturada. Unas cuantas gotas se estrellaron contra el parabrisas. Vio que la gente apretaba el paso al intuir lo que se avecinaba. Un minuto más tarde, se desató el temporal. Notó que el viento azotaba su robusto todoterreno. Hubo un relámpago seguido de un trueno prolongado como un eructo. La intensidad de la tormenta presagiaba su brevedad. Una violencia semejante no podía persistir mucho tiempo; consumía demasiada energía demasiado deprisa.
No pudo resistirse. Apagó el motor, tomó las páginas y, quitando la goma, empezó a leer. Primero figuraba la información general. Fecha de nacimiento, sexo, estudios, trabajo. Volvió la página. Luego otra. Nada que no supiera ya, lo cual tampoco era sorprendente teniendo en cuenta que se trataba de ella.
Al llegar a la quinta página de notas mecanografiadas, las manos empezaron a temblarle. El encabezado decía: «Infancia. Tennessee.» Tragó saliva una vez, otra más, pero no consiguió aclararse la garganta. Tosió y carraspeó, lo cual solo sirvió para empeorar la cosa. La saliva se le había solidificado en la boca, igual que cuando estuvo a punto de matarse remando, solo para ganar una medalla olímpica de plata que, a cada día que pasaba, significaba menos para ella.
Cogió una botella de Gatorade y se la bebió de golpe, derramando una parte en el asiento y sobre las hojas. Soltando una maldición, restregó la página para secarla. Y bruscamente, se le rompió casi en dos mitades. Lo cual hizo que se le llenaran los ojos de lágrimas, sin que supiera bien por qué. Se acercó el papel a la cara, a pesar de que tenía una vista perfecta. Perfecta, pero no lograba distinguir aquellas letras. Alzó los ojos hacia el parabrisas, pero tampoco ahí veía nada, tan tupida era la lluvia. Las calles ahora estaban totalmente vacías; la gente se había dispersado en cuanto habían caído las primeras gotas oblicuas, casi horizontales, a causa del viento.
Volvió a mirar las hojas, pero era inútil. Las palabras seguían allí, desde luego, pero no las veía.
—Puedes hacerlo, Michelle. Tú puedes.
Las palabras, dichas en voz baja, sonaban forzadas, huecas.
Se concentró otra vez.
«Infancia. Tennessee», empezó. De nuevo tenía seis años y vivía en Tennessee con su madre y su padre. Su padre era un policía con una carrera ascendente en el cuerpo; su madre... bueno, era su madre. Sus cuatro hermanos mayores habían crecido y se habían largado. Solo quedaba la pequeña Michelle en casa. Con ellos dos.
Ahora sí lo estaba consiguiendo. Las palabras aparecían con claridad, los recuerdos iban cristalizando mientras ella retrocedía hacia esa porción de su historia personal. Cuando pasó la página y su mirada captó la fecha que figuraba en lo alto fue como si los relámpagos del exterior hubieran caído directamente sobre ella. Un millón de voltios de dolor, un grito de una angustia casi visible la desgarró por dentro.
Miró por la ventanilla sin saber por qué. Las calles seguían vacías; la lluvia caía con tal fuerza que parecía como si las gotas estuviesen conectadas, como si fueran ristras de cuentas, millones y millones de cuentas ensartadas.
Y no obstante, al guiñar los ojos y mirar a través del aguacero, vio que la calle no estaba del todo vacía. Había un hombre alto, sin paraguas ni abrigo, parado allí en medio. Estaba empapado, con la camisa y los pantalones pegados a la piel. La miraba fijamente. No había temor ni odio ni compasión en la expresión de aquel hombre, mientras la contemplaba a través de la cortina de agua. Era más bien, concluyó ella al fin, una tristeza larvada que casaba bien con su propia desesperación.
Giró la llave, puso el todoterreno en marcha y dio gas. Lo miró mientras pasaba por su lado, justo cuando otro relámpago transformaba fugazmente la noche en día. La imagen de ambos pareció solidificarse en aquella ráfaga de energía, con la mirada de cada uno congelada en la del otro.
Sean King no dijo nada ni intentó detenerla cuando ella pasó de largo acelerando. Permaneció inmóvil, con el pelo empapado sobre la cara. Aunque ella nunca le había visto unos ojos tan grandes e invasivos. Le dieron miedo. Era como si quisieran arrancarle el alma.
Un instante más tarde, cuando redujo la velocidad para doblar la esquina, él había desaparecido. El cristal de la ventanilla descendió y el fajo de hojas salió volando para aterrizar directamente en un contenedor de basura.
Momentos después, el todoterreno se perdió en el rostro ceñudo de la tormenta.
1
Globos de cumpleaños y metralletas. Elegantes tenedores hundiéndose en cremosas golosinas y dedos callosos curvándose alrededor de los guardamontes metálicos. Flotaban risas alegres en el aire mientras se desenvolvían los regalos y, al propio tiempo, sonaba el tableteo amenazador de un helicóptero, que descendía creando un torbellino con sus hélices.
Para el departamento de Defensa, aquellas instalaciones se llamaban oficialmente Centro de Apoyo Naval Thurmont, pero la mayoría de americanos las conocían como Camp David. Bajo uno u otro nombre, no se trataba del típico escenario para la fiesta de cumpleaños de una preadolescente. Antiguo campamento recreativo construido por la WPA durante la Depresión, había sido reconvertido por Frank Delano Roosevelt en un centro de descanso presidencial y rebautizado como el Shangri-La Americano, porque venía a reemplazar al yate presidencial. Su apelativo moderno, mucho menos exótico, lo había adquirido de Dwight Eisenhower, quien le puso el nombre de su nieto.
Era una finca rústica de cincuenta hectáreas provista de muchas instalaciones para las actividades al aire libre, incluyendo pistas de tenis, senderos de excursionismo y un hoyo de prácticas para los presidentes aficionados al golf. La fiesta de cumpleaños se celebraba en la bolera y contaba con la asistencia de una docena de chavales con sus acompañantes pertinentes. Estaban todos muy emocionados, como es natural, por hallarse en un territorio sagrado que habían pisado en su momento gente como los Kennedy y los Reagan.
La acompañante principal de los chavales y organizadora de la fiesta era Jane Cox. Un papel al que ya estaba acostumbrada, porque Jane Cox estaba casada con Dan Cox, también conocido como el Hombre Lobo, lo cual la convertía en la primera dama de Estados Unidos. Y era un papel que interpretaba con encanto, dignidad y un toque imprescindible de humor y astucia. Aunque fuera cierto que el presidente de Estados Unidos era el mayor malabarista de tareas distintas del mundo, tampoco podía negarse que la primera dama, tradicionalmente, no le iba a la zaga en ese aspecto.
Para que conste, sacó noventa y siete puntos en la partida de bolos, jugando sin protectores laterales y luciendo unos zapatos con los patrióticos colores rojo, blanco y azul. Se había recogido en una cola la melena castaña que le llegaba hasta los hombros y ella misma se encargó de sacar el pastel. También dirigió el canto del «Feliz Cumpleaños» para su sobrina, Willa Dutton. Willa era una niña de pelo oscuro, más bien bajita para su edad. Algo tímida, pero extraordinariamente brillante y maravillosamente atractiva cuando uno la llegaba a conocer. Aunque Jane jamás lo habría admitido en público, desde luego, Willa era su sobrina favorita.
La primera dama no comió nada de pastel; estaba vigilando su peso, dado que el resto del país, más aún, el resto del mundo, lo estaba vigilando también. Se había puesto un par de kilos encima desde su entrada en la Casa Blanca. Y otro par de kilos más tarde, en esa pesadilla llamada campaña de reelección en la que se hallaba inmerso actualmente su marido. Aun así, era lo bastante alta —uno setenta, sin tacones— como para que la ropa le cayera bien. Su marido medía casi uno ochenta, así que nunca se ponía tacones muy exagerados para que él no pareciese bajo en comparación. Las percepciones importaban, y a la gente le gustaba que sus líderes fueran más altos y robustos que el resto de la población.
Su cara estaba en condiciones aceptables, pensó, echándose un vistazo furtivo en el espejo. Mostraba las marcas y arrugas de una mujer que había dado a luz varias veces y soportado múltiples campañas políticas. Ningún ser humano podía salir indemne de tales pruebas. Fuera cual fuese la fragilidad que padecieras, tus adversarios la encontrarían y la explotarían a fondo. La prensa aún la describía como una mujer atractiva. Algunos se arriesgaban a afirmar incluso que poseía los encantos de una estrella de cine. Tal vez en otra época, se dijo, pero ya no. Ahora había entrado en la etapa de «actriz secundaria» de su carrera. Con todo, había llegado muy lejos desde aquellos días en los que unos pómulos tersos y un trasero firme figuraban entre sus máximas prioridades.
Mientras proseguía la fiesta, Jane echaba de vez en cuando una ojeada por la ventana a la patrulla de marines que hacían la ronda, muy serios, con sus armas preparadas. El servicio secreto se había ocupado de trasladarla allí, claro, pero era la Marina la responsable oficial de Camp David. Todos los miembros del personal, por lo tanto, desde los carpinteros hasta los jardineros, eran marineros. Y el grueso de las tareas de seguridad recaía en el destacamento permanente de marines desplegado allí. A decir verdad, Camp David estaba mejor protegido que el 1600 de la avenida Pensilvania, aunque no habrías encontrado a mucha gente dispuesta a reconocerlo en público.
La seguridad no era la mayor preocupación de Jane mientras observaba encantada cómo soplaba Willa las doce velas de su pastel de dos pisos y empezaba a echar una mano para repartir porciones entre los invitados. Después se acercó a la madre de Willa, Pam Dutton, una mujer alta y delgada, de pelo rojizo y ensortijado, y le dio un abrazo.
—Willa parece feliz, ¿no? —le dijo.
—Siempre lo está cuando tiene cerca a su tía Jane —respondió Pam, dándole unas palmaditas afectuosas a su cuñada. Mientras se soltaban, añadió—: No sé cómo darte las gracias por dejarnos celebrar la fiesta aquí. Soy consciente de que no es la norma, sobre todo considerando que Dan, quiero decir, que el presidente ni siquiera está aquí.
Como no eran de la misma sangre, Pam todavía encontraba incómodo llamar a su cuñado por su nombre, mientras que los hermanos del presidente, igual que la propia Jane, solían llamarlo Danny.
Jane sonrió.
—La ley establece la propiedad compartida de todos los terrenos federales entre el presidente y la primera dama. Y para que lo sepas, yo aún me encargo de cuadrar nuestras cuentas personales. A Danny no se le dan muy bien los números.
—Ha sido muy amable de tu parte, aun así —dijo Pam. Y mirando a su hija, añadió—: El año que viene será una adolescente. Mi hija mayor, adolescente. Cuesta creerlo.
Pam tenía tres hijos. Willa, John, de diez, y Colleen, de siete. Jane también tenía tres hijos, pero todos mayores. El menor había cumplido los diecinueve y estaba en la universidad; y su hija era enfermera de un hospital de Atlanta. Entre ambos, había otro chico que todavía estaba tratando de averiguar qué hacer con su vida.
Los Cox habían tenido hijos más temprano. Jane contaba solo cuarenta y ocho años, mientras que su marido acababa de celebrar sus cincuenta.
—Según mi experiencia —dijo Jane—, los chicos te lastimarán el corazón y las chicas te darán quebraderos de cabeza.
—No sé si mi cabeza está preparada para Willa.
—Mantén abiertas las líneas de comunicación. Averigua quiénes son sus amigos. Introdúcete con cautela en todo lo que la rodea, pero escoge cuidadosamente las batallas que vas a librar. A veces ella se cerrará. Es normal, pero en cuanto hayas establecido las reglas básicas, todo irá bien. Es muy inteligente. Aprenderá deprisa. Te agradecerá el interés.
—Parece un buen consejo, Jane. Sé que siempre puedo contar contigo.
—Lamento que Tuck no haya podido venir.
—Se supone que vuelve mañana. Ya conoces a tu hermano.
Jane le lanzó una mirada de inquietud.
—Todo irá bien. Ya lo verás.
—Sí, seguro —dijo Pam en voz baja mirando a su hija, que se movía feliz entre los invitados.
Mientras Pam se alejaba, Jane observó a Willa. Había en ella una curiosa madurez combinada con abundantes destellos de la preadolescente que todavía era. Escribía mejor que algunos adultos y era capaz de explayarse sobre temas que habrían dejado perplejos a muchos chicos con bastantes más años. Y poseía, además, una curiosidad que no se limitaba a las cuestiones usuales entre su grupo de edad. Observándola con atención, sin embargo, uno veía también que se reía tontamente y sin motivo, que decía «o sea» y «uau» a cada momento y que estaba empezando a descubrir a los chicos con esa mezcla de desagrado y atracción típica de una preadolescente. Esa reacción frente al sexo opuesto no cambiaría demasiado cuando Willa llegara a ser adulta, Jane lo sabía muy bien. Solo que las apuestas serían entonces mucho más altas.
La fiesta concluyó y todos se despidieron. Jane Cox subió al helicóptero. No se designaba como Marine One porque no iba a bordo el presidente. Hoy la transportaba el equipo B, Jane lo sabía muy bien. Y no le importaba en lo más mínimo. En privado, ella y su marido eran iguales. En público, ella se mantenía dos pasos por detrás, como exigía el protocolo.
Se puso el cinturón y un marine uniformado cerró y aseguró la puerta. La acompañaban cuatro agentes de aire estoico del servicio secreto. Despegaron y, momentos más tarde, Jane contempló a sus pies la extensión de Camp David (o la «Jaula del Pájaro», según el nombre cifrado del servicio secreto), que se hallaba enclavada en el parque de la montaña Catoctin. El helicóptero viró hacia el sur. En treinta minutos, aterrizaría sin novedad en el prado de la Casa Blanca.
Tenía en la mano una nota que Willa le había entregado al despedirse. Era una carta de agradecimiento. Sonrió. No era insólito en ella que ya la tuviese preparada. Estaba escrita con un tono maduro y decía todas las cosas apropiadas. A decir verdad, algunos miembros del equipo de Jane podrían haber aprendido de su sobrina una lección de modales.
Jane dobló la carta y se la guardó. El resto del día y de la velada no sería ni la mitad de agradable. La esperaban sus obligaciones oficiales. La vida de una primera dama, eso lo había aprendido enseguida, era una máquina frenética en perpetuo movimiento, amortiguada tan solo por rachas de tedio.
Los patines del helicóptero tocaron el césped. Puesto que el presidente no iba a bordo, no encontró ningún gran despliegue aguardando mientras bajaba y se dirigía a la Casa Blanca. Su marido estaba en la oficina de trabajo situada junto al Despacho Oval, que cumplía funciones más bien ceremoniales. Ella solo le había pedido dos o tres cosas cuando accedió a apoyarle en su carrera para alcanzar el puesto más elevado de la nación. Una de ellas, poder entrar en su sanctasanctórum sin anunciarse ni anotarse en el libro oficial de visitas.
—Yo no soy una visita —le había dicho—. Soy tu esposa.
Se acercó al «auxiliar personal» del presidente, oficialmente conocido como Asistente Especial del Presidente, que en ese momento estaba atisbando por la mirilla del Despacho Oval, antes de entrar e interrumpir una reunión que se alargaba demasiado. Él era el encargado de que su marido se atuviera a los horarios previstos, funcionando con la máxima eficiencia. Lo conseguía levantándose antes del alba y dedicando cada minuto de su vigilia a atender todas las necesidades del presidente, a menudo previéndolas antes que el propio interesado. En cualquier otro lugar que no fuera la Casa Blanca, pensaba Jane, el «auxiliar» se habría llamado sencillamente «esposa».
—Sácalos ya, Jay, porque voy a entrar —le dijo. Él se movió con presteza para complacerla. Ni una sola vez le había rechistado. Y no lo haría si quería conservar su puesto.
Jane pasó unos minutos con el presidente, explicándole cómo había ido el cumpleaños, antes de subir a sus habitaciones privadas a refrescarse y cambiarse para la recepción que iba a ofrecer. Unas horas después, al oscurecer, regresó a su hogar «oficial», se quitó los zapatos y se bebió una taza de té caliente que necesitaba con desesperación.
A solo treinta kilómetros, Willa Dutton, la niña que acababa de cumplir doce años, estaba gritando.
2
Sean le echó a Michelle una mirada mientras avanzaban con el coche. Una mirada rápida, como para evaluarla. Si ella lo notó, no hizo ningún comentario. Mantenía la vista al frente.
—¿Cuándo los conociste? —le preguntó Michelle.
—Cuando estaba en protección. Hemos mantenido el contacto. Una familia encantadora.
—Ya —dijo ella, abstraída, mirando a través del parabrisas.
—¿Has visto a Horatio últimamente?
Michelle tensó los dedos en torno a su taza de café.
—¿Por qué me seguiste hasta su oficina?
—Porque sabía lo que ibas a hacer.
—¿Lo cual era exactamente...?
—Colarte dentro para averiguar qué le contaste mientras estabas hipnotizada.
Michelle permaneció callada.
—¿Lo averiguaste?
—Es muy tarde para presentarse en casa de nadie.
—Michelle, deberíamos hablar de esto...
—Lo que deberías hacer tú es no meterte.
Sean miró la oscuridad que parecía cerrarse sobre él.
—No has respondido a mi pregunta —dijo ella.
—Ni tú a la mía —replicó él, irritado.
—Bueno, ¿por qué vamos a casa de esa gente tan tarde?
—No ha sido idea mía.
—Creía que ibas a llevar un regalo de cumpleaños.
—He comprado el regalo después de que ella me llamase. He recordado que el cumpleaños de la niña era hoy.
—¿Para qué te ha llamado, entonces?
—Tal vez se trate de un encargo para nosotros.
—¿Esa familia encantadora necesita un detective privado?
—Sí. Y ella no quería esperar.
Salieron de la zigzagueante carretera rural y tomaron un largo sendero flanqueado de árboles.
—Esto está en el quinto pino —murmuró Michelle.
—Es discreto —la corrigió Sean.
Enseguida apareció a la vista la casa enorme.
—Bonito sitio —dijo ella—. A tu amigo le van bien las cosas.
—Contratos gubernamentales. Los altos cargos reparten dinero a espuertas, al parecer.
—Menuda sorpresa. Pero la casa está a oscuras. ¿Seguro que has entendido bien la hora?
Sean detuvo el coche frente a la entrada.
Michelle dejó de repente su café y sacó la pistola de la funda que tenía en la cintura.
—Eso ha sido un grito de mujer.
—Un momento. No te precipites —dijo él, sujetándola del brazo. Un estrépito procedente del interior de la casa le impulsó a sacar su propia arma de la guantera—. Vamos a ver qué ocurre antes de avisar a la policía.
—Tú, por detrás; yo, por delante —dijo Michelle.
Sean se bajó, corrió hacia la parte trasera de la casa colonial de ladrillo, resiguiendo la pared lateral, donde estaba el garaje, y se detuvo un momento para estudiar el terreno.
Michelle, tras hacer su propio reconocimiento de la zona, se plantó en un minuto junto a la puerta principal. No habían vuelto a sonar gritos ni ruidos. No había ningún vehículo a la vista. Podía levantar la voz y preguntar si había algún problema. Pero si lo había, pondría sobre aviso a los malhechores. Tanteó la puerta. Cerrada. Algo —no supo bien qué— la impulsó a retirar la mano. Enseguida se alegró de haberlo hecho.
Las balas atravesaron la puerta, haciendo saltar por los aires un montón de esquirlas de madera pintada. Notó la ráfaga de los proyectiles, que pasaron por su lado antes de acabar acribillando el coche de Sean.
Bajó del porche de un salto, rodó por el suelo, se incorporó y echó a correr a toda velocidad. Metió la mano en el bolsillo y marcó a ciegas el 911. Oyó la voz del operador. Estaba a punto de hablar cuando la puerta del garaje se abrió violentamente y una camioneta salió con un brusco viraje y se lanzó hacia ella. Michelle se volvió y disparó primero a los neumáticos y luego al parabrisas. El teléfono se le escapó mientras se catapultaba hacia un lado y rodaba por un terraplén. Aterrizó sobre un montón de barro y hojas secas, en el fondo de una zanja de drenaje. Se sentó y levantó la vista.
Y disparó.
Su puntería, como siempre, resultó infalible. La bala le dio al hombre justo en el pecho. Solo había un problema. El proyectil blindado de 9 mm no lo derribó. El tipo retrocedió tambaleante, alzó su arma, apuntó y disparó a su vez.
Lo único que salvó a Michelle Maxwell aquella noche fue que dedujo que su atacante llevaba un chaleco antibalas y que tuvo la agilidad suficiente para rodar tras un roble gigantesco antes de que las ráfagas del MP5 pudieran alcanzarla. Las balas se estrellaron a docenas en el árbol, haciendo trizas la corteza y mandando astillas de madera en todas direcciones. Un tronco tan grueso, sin embargo, tenía todas las de ganar, incluso frente a las ráfagas de un subfusil.
Michelle no se tomó ni un respiro. A una mano experta como la suya le bastaban unos segundos para expulsar el cargador e insertar otro. Se asomó sujetando la pistola con ambas manos. Esta vez apuntaría a la cabeza y lo derribaría definitivamente.
Solo que allí no había nadie a quien abatir.
El tipo de la MP5 había disparado y se había evaporado.
Subió con cautela el talud, apuntando siempre al frente. Al oír que la camioneta aceleraba y empezaba a alejarse, se apresuró a trepar, agarrándose de las raíces, ramas y enredaderas. Corrió hacia el coche de Sean, decidida a emprender la persecución, pero se detuvo en seco al ver que salía humo del capó. Reparó en los orificios de bala de la chapa metálica. Estaban arreglados, no podían ir a ninguna parte.
¿Estaban?
—¡Sean! —gritó—. ¡Sean!
—¡Aquí!
Subió corriendo los escalones, apartó de una patada lo que quedaba de la puerta destrozada e irrumpió en la sala de estar, describiendo arcos con la pistola.
Sean estaba arrodillado en el suelo junto a una mujer tendida boca arriba. Con las piernas y los brazos totalmente desplegados, parecía una marioneta congelada. Tenía los ojos abiertos pero fijos e inexpresivos, porque estaba muerta. El pelo rojizo le llegaba a los hombros. Era evidente la causa de la muerte. Le habían rebanado el cuello.
—¿Quién es?
—Pam Dutton. La mujer con la que habíamos quedado.
Michelle advirtió que había algo escrito en los brazos desnudos del cadáver.
—¿Qué es eso?
—No sé. Un montón de letras. —Se inclinó para mirarlas de cerca—. Parece que han usado un rotulador negro.
—¿Hay alguien más en la casa?
—Vamos a averiguarlo.
—No podemos estropearle a la policía el escenario del crimen.
—Ni dejar que muera otra persona a la que podríamos haber salvado —replicó él.
Tardaron solo unos minutos. Había cuatro habitaciones en el piso de arriba, dos a cada lado del pasillo, situadas en diagonal. En la primera que registraron había una niña. Estaba inconsciente, pero a simple vista no presentaba heridas. Respiraba normalmente; su pulso era débil pero regular.
—Colleen Dutton —dijo Sean.
—¿Drogada? —preguntó Michelle, mirándola.
Sean le alzó un párpado y observó la pupila dilatada.
—Eso parece.
En la segunda habitación se hallaba tendido un niño en un estado similar.
—John Dutton —dijo Sean, mientras le tomaba el pulso y le miraba la pupila—. También drogado.
La tercera habitación estaba vacía.
El último dormitorio era el más grande. Y no estaba vacío.
Había un hombre en el suelo. Llevaba unos pantalones y una camiseta, pero estaba descalzo. Tenía un lado de la cara muy magullado e inflamado.
—Es Tuck Dutton, el marido de Pam. —Sean le tomó el pulso—. Inconsciente, pero respira bien. Ha recibido un golpe brutal.
—Hemos de llamar a la policía. —Michelle cogió el teléfono de la mesilla—. Está cortado. Deben de haber manipulado la caja.
—Utiliza el móvil.
—Se me ha caído cuando han tratado de arrollarme.
—¿Quién ha tratado de atropellarte?
—El conductor de la camioneta y un tipo con un subfusil. ¿No has visto a nadie cuando has entrado?
Él meneó la cabeza.
—He oído disparos y he entrado por la puerta trasera. Luego he oído un estruendo.
—Eran ellos cuando han reventado la puerta del garaje. Parece que esta noche me he llevado yo toda la diversión.
—Pam, muerta; Tuck, noqueado. John y Colleen, drogados.
—Me has dicho antes que tenían tres hijos.
—Así es. Willa ha desaparecido, por lo visto. La habitación vacía es la suya.
—¿Se la han llevado en la camioneta? ¿Raptada?
—No estoy seguro. ¿Tú qué has visto exactamente?
—Era una Toyota Tundra azul oscuro, con cabina doble. No he visto la matrícula, estaba demasiado ocupada tratando de salvar el pellejo. Un conductor y un tirador. Ambos, varones. Ah, y tiene al menos un orificio de bala en el parabrisas.
—¿Los has visto lo bastante bien como para identificarlos?
—No, pero uno de ellos llevaba un chaleco antibalas de primera, de categoría militar. Ha encajado sin problemas un proyectil blindado de mi Sig. Y tenía puesto un pasamontañas negro, lo cual más bien complicaba una identificación.
—¿Ningún indicio de una niña de doce años en la camio- neta?
—No, que yo haya visto. Seguramente también iba drogada.
Sean usó su móvil para llamar al 911 y transmitió toda la información. Volvió a metérselo en el bolsillo y echó una ojeada alrededor.
—¿Qué es eso?
Michelle cruzó la habitación para examinar un bolso de viaje que asomaba del armario.
—Un portatrajes medio abierto. —Se agachó—. Hay una etiqueta. Vuelo 567 de United Airlines al aeropuerto de Dulles. Con fecha de hoy. —Cogió una toalla del baño para cubrirse la mano, abrió la cremallera unos centímetros y echó un vistazo dentro—. Ropa de hombre. Debe de ser de Tuck.
Sean bajó la vista y observó la camiseta y los pies descalzos del hombre que yacía inconsciente.
—Llega a casa. Probablemente ve a Pam un momento. Sube a dejar la maleta. Empieza a cambiarse... ¡y zas!
—Hay una cosa que me escama. Ese Tundra ha salido del garaje. O es de los Dutton, o los tipos habían metido allí su propio vehículo.
—Tal vez lo han hecho para que nadie viera cómo introducían a Willa en la camioneta.
—¿En las quimbambas? ¿A estas horas? Desde aquí no se ve ninguna otra casa. Ni siquiera parece que haya alguna cerca.
—¿Y por qué llevarse a Willa y no a los otros niños?
—¿Y por qué matar a la madre y dejar vivos a los demás?
Sean intentó reanimar a Tuck, pero no obtuvo reacción.
—Mejor que lo dejes tranquilo. Podría tener heridas internas.
Volvieron a la planta baja. Sean se dirigió a la cocina y entró por allí en el garaje. Era de tres plazas, cada una con su propia puerta. En la primera había un Mercedes último modelo. En la segunda un Chrysler minivan. La tercera estaba vacía.
Michelle señaló la puerta destrozada.
—La camioneta estaba aparcada ahí, obviamente. ¿Sabes si los Dutton tienen una Tundra azul?
—No. Pero lo más probable es que sea suya.
—¿Lo dices porque la plaza está despejada?
—Exacto. La mayoría de los garajes acaban llenos de trastos, incluyendo a veces algún coche. Si no se ve nada parecido en las tres plazas es porque tienen tres vehículos; de lo contrario, usarían la tercera para almacenar cosas.
—Uau. Estás hecho todo un detective.
Sean puso la mano en el capó del Mercedes.
—Caliente.
Michelle deslizó el dedo por uno de los neumáticos.
—Y las rodaduras húmedas. Ha llovido bastante esta noche. Tuck debe de haber venido del aeropuerto con este coche.
Volvieron al salón y contemplaron el cuerpo de Pat Dutton. Sean pulsó el interruptor de la luz con el codo, sacó su libreta de notas y copió las letras escritas en el brazo de la mujer.
Michelle se agachó y examinó las manos de Pam.
—Parece tener sangre y restos de piel bajo las uñas. Vestigios de un intento defensivo, lo más probable.
—Sí, ya me he fijado. Espero que puedan sacar algo de la base de datos de ADN.
—Pero ¿no debería haber más sangre? —dijo Michelle.
Sean examinó el cuerpo más de cerca.
—Cierto. La alfombra debería estar empapada. Da la impresión de que le han seccionado la carótida. En ese caso, tendría que haberse desangrado muy deprisa.
Michelle lo vio primero: un cilindro de plástico que sobresalía por debajo del codo del cadáver.
—¿Es lo que yo creo?
Sean asintió.
—Un tubo vacío. —Levantó la vista y miró a su compañera—. ¿Se han llevado su sangre?
3
En Talbot’s había rebajas. Diane Wohl había salido del trabajo a las cuatro para aprovechar. Un vestido nuevo, varias blusas, quizás unos pantalones, una bufanda. Acababan de subirle el sueldo y quería sacarle partido. No tenía nada de malo darse un gusto de vez en cuando. Aparcó el coche en el garaje del centro comercial y caminó unos cien metros hasta el interior del complejo. Dos horas más tarde, tras probarse numerosos conjuntos, salió con dos bolsas llenas de ropa, cumpliendo así con el deber patriótico de estimular una economía por lo demás desastrosa.
Arrojó las bolsas en el asiento del copiloto y subió al coche. Tenía hambre y estaba pensando en comprar algo de comida china de camino a casa. Acababa de meter la llave cuando notó la presión de un círculo metálico en la nuca. Un intenso olor hizo que se olvidara de golpe del pollo kung pao y la sopa de huevo. Era una mezcla de cigarrillos y lubricante de armas.
—Conduzca —dijo la voz quedamente, pero con firmeza—. O está muerta.
Condujo.
Una hora más tarde habían dejado atrás los barrios residenciales. Solo se veía la raya del asfalto, la luna llena y un denso muro de árboles. No había ni un coche ni una persona a la vista. Diane Wohl estaba totalmente sola con el monstruo que iba sentado en el asiento trasero de su Honda.
Ahora habló de nuevo.
—Gire ahí.
A ella se le encogió el estómago. Los ácidos gástricos segregados por efecto del miedo le subieron a la garganta.
El coche avanzó bamboleándose por un camino de tierra durante unos minutos. Parecía como si la masa de árboles estuviera engullendo el coche.
—Pare.
Diane puso punto muerto. Al retirar la mano de la palanca de cambio, miró su bolso de soslayo. Tenía el móvil allí. Si pudiera encenderlo... O las llaves. Un buen manojo de llaves. Podía sacarlas y clavárselas en los ojos, como había visto en las películas de la tele. Pero estaba demasiado aterrorizada para hacer nada. Temblaba de pies a cabeza, como si tuviera Parkinson.
El monstruo de pocas palabras dijo:
—Fuera.
Ella no se movió. Tenía la garganta completamente seca, pero aun así consiguió hablar.
—Si quiere mi coche y mi dinero, puede quedárselos. Pero, por favor, no me haga daño. Por favor.
El monstruo no se dejó convencer.
—Fuera.
Le presionó en la nuca con la boca del cañón. Un mechón de su pelo quedó atrapado en el resalte de la mira y acabó arrancado de raíz. Empezaron a rodarle lágrimas por las mejillas al ver que se enfrentaba a los últimos minutos de su vida. Era tal como decían las advertencias habituales:
«Mire alrededor. Permanezca alerta. Basta con un segundo.»
De las rebajas de Talbot’s a la muerte en un camino solitario.
Abrió la puerta del coche y empezó a bajarse, aferrando el bolso con la mano. Sofocó un grito y lo soltó en el acto cuando los dedos enguantados la agarraron de la muñeca.
—No va a necesitarlo.
Bajó y cerró la puerta.
Todas sus esperanzas se fueron a pique cuando él se bajó también. Había rezado para que el tipo ocupara el asiento delantero y se llevara el Honda, en lugar de arrebatarle la vida.
Era viejo, con un pelo blanco, tupido y un poco largo de aspecto sucio y sudoroso. Su rostro parecía tallado en roca maciza y estaba cubierto de finas arrugas. Era un hombre viejo, pero también alto y fornido, de más de noventa kilos, con unos hombros anchos y unas manos surcadas de venas. Se irguió en toda su estatura junto a la menuda Wohl. Incluso sin la pistola, ella no tenía nada que hacer frente a él. Le apuntaba directamente a la cabeza. El hecho de que no llevara ninguna máscara la aterrorizó. Veía su rostro con toda claridad.
«No le importa. Le tiene sin cuidado que sepa quién es. Va a matarme. A violarme y luego a matarme. Y me dejará aquí tirada.» Empezó a sollozar.
—Por favor, no lo haga —dijo, al ver que daba un paso adelante. Ella retrocedió, preparándose para el ataque.
No llegó a ver al otro hombre que se le acercaba por detrás. Cuando le tocó el hombro, soltó un chillido y se volvió. Era bajo y enjuto, con unos rasgos hispanos muy definidos. Pero ella no vio nada, porque el hombre había alzado el bote que tenía en la mano y el denso vapor le dio de lleno en la cara.
Sintiendo que se asfixiaba, Diane inspiró hondo para tratar de despejar sus pulmones. No funcionó; perdió el conocimiento rápidamente y se desplomó en brazos del hispano. Entre los dos hombres, la metieron en la trasera de una furgoneta de alquiler aparcada muy cerca y se alejaron de allí.
4
Las fuerzas del orden estaban representadas allí con todo su esplendor y su potencia. Desde un rincón del patio cubierto de agujas de pino, Sean y Michelle observaban a los policías, técnicos y agentes de paisano que pululaban por el hogar destrozado de los Dutton como enjambres de insectos por los despojos de una res muerta. En ciertos aspectos esenciales, la analogía era exacta.
Las ambulancias ya se habían llevado al hospital a los miembros de la familia que seguían vivos. La señora Dutton estaba todavía dentro, soportando a todo aquel enjambre humano. El único medico que la vería más tarde habría de practicarle más cortes de los que ya tenía en su cuerpo.
Sean y Michelle habían sido interrogados tres veces, primero por los agentes uniformados y después por los detectives de homicidios con traje y corbata. Ellos fueron dando respuestas detalladas mientras los policías llenaban sus cuadernos con su descripción de los hechos atroces de aquella noche.
Michelle reparó en dos coches negros que se detuvieron lentamente en el sendero de entrada. Al ver a los agentes que se bajaban, le dijo a Sean:
—¿Qué hace aquí el FBI?
—¿No te lo había dicho? Tuck Dutton es el hermano de la primera dama.
—¿De la primera dama? ¿Quieres decir de Jane Cox, la esposa del presidente Cox?
Sean se limitó a mirarla.
—¿Eso significa que su cuñada ha sido asesinada y su sobrina, secuestrada?
—Seguramente verás llegar enseguida a las furgonetas de los informativos —dijo él—. Y la respuesta será: «Sin comentarios.»
—Así que Pam Dutton nos quería contratar. ¿Tienes idea del motivo?
—No.
Observaron cómo hablaban los federales con los detectives locales para desfilar a continuación hacia el interior de la casa. A los diez minutos, salieron y se acercaron a Sean y Michelle.
—No parecen muy contentos de vernos por aquí —musitó ella.
No lo estaban. Pronto quedó claro que a los agentes del FBI les costaba creer que Pam Dutton los hubiera citado en su casa sin que ellos supieran por qué.
Sean repitió por cuarta vez:
—Como ya he dicho, soy amigo de la familia. Ella me llamó y me dijo que quería que nos viéramos. No tenía ni idea del motivo. Por eso hemos venido. Para averiguarlo.
—¿Tan tarde?
—Fue ella quien fijó la hora.
—Si tiene una relación tan estrecha con la familia, quizá se le ocurra quién podría haber hecho esto —dijo uno de ellos. Era un tipo de estatura media, con la cara flaca, hombros musculosos y una expresión agria al parecer permanente que a Michelle le hizo pensar que padecía una úlcera o retortijones intestinales.
—Si tuviera la menor idea se lo habría dicho a los agentes del condado cuando me han interrogado. ¿Hay algún rastro de la camioneta? Mi compañera ha disparado al parabrisas.
—¿Y cómo es que su compañera va armada? —dijo Cara Agria.
Sean se metió la mano en el bolsillo y sacó su identificación. Michelle sacó la suya, así como su permiso de armas.
—¿Detectives privados? —dijo Cara Agria, logrando que sonara como «pederastas», antes de devolverles los documentos.
—Y ex agentes del servicio secreto —dijo Michelle—. Ambos.
—Enhorabuena —le soltó Cara Agria. Señaló la casa con la cabeza—. De hecho, el servicio secreto va a cargar con una parte de la culpa por este asunto.
—¿Por qué? —preguntó Sean—. Los hermanos de la familia presidencial no tienen derecho a protección, a menos que exista una amenaza específica. No se puede vigilar a todo el mundo.
—¿Es que no lo entiende? Es cuestión de imagen. Madre degollada, hija secuestrada. No quedará nada bien en las portadas. Sobre todo después de la fiesta de hoy en Camp David. La primera familia llega a casa sin problemas. La última familia resulta arrollada por un tanque descontrolado. Un titular muy poco halagüeño.
—¿Qué fiesta en Camp David? —quiso saber Michelle.
—Las preguntas las hago yo —replicó él.
Y durante la hora siguiente Sean y Michelle relataron una vez más con minucioso detalle lo que habían visto y lo que habían hecho. Pese a las irritantes características de Cara Agria, los dos tuvieron que reconocer que el tipo era concienzudo.
Acabaron otra vez en el interior de la casa, contemplando el cadáver de Pam Dutton. Un fotógrafo forense estaba sacando primeros planos de la distribución de las salpicaduras de sangre, de la herida mortal y de los restos que tenía la víctima debajo de las uñas. Otro técnico copiaba en un portátil la secuencia de letras que figuraba en sus brazos.
—¿Alguien sabe lo que significan estas letras? —preguntó Michelle, señalándolas—. ¿Es un idioma extranjero?
Uno de los técnicos meneó la cabeza.
—No es ningún idioma que yo conozca.
—Parece más bien una secuencia aleatoria —aventuró Sean.
—Hay muchos restos bajo las uñas —comentó Michelle—. Da la impresión de que consiguió arañar a su agresor.
—No nos descubre nada —dijo Cara Agria.
—¿Cómo están Tuck y los niños? —preguntó Sean.
—Ahora voy al hospital para sacarles una declaración.
—Si han noqueado al marido por ofrecer resistencia, es posible que él haya visto algo —comentó uno de los agentes.
—Ya, pero si realmente ha visto algo, hay que preguntarse por qué no le han aplicado el mismo tratamiento que a su esposa —dijo Michelle—. Los niños estaban drogados, probablemente no hayan visto nada. Pero, ¿por qué dejar a un testigo ocular?
Cara Agria no pareció nada impresionado.
—Si quiero volver a hablar con ustedes, y seguramente querré, supongo que podré localizarlos en las direcciones que nos han facilitado, ¿no?
—Sin ningún problema —dijo Sean.
—Bien —dijo Cara Agria, y se alejó rodeado de su equipo.
Sean miró Michelle.
—Vamos.
—¿Cómo? Han acribillado tu coche, ¿no lo has visto?
Sean salió afuera y examinó su Lexus hecho polvo. Se volvió furioso hacia ella.
—Podrías haberme avisado antes.
—Como si hubiera tenido tiempo.
—Voy a llamar a un taxi, ¿de acuerdo?
Mientras aguardaban, Michelle comentó:
—¿Vamos a dejar las cosas así?
—Así... ¿cómo?
Michelle señaló la casa de los Dutton.
—Así. Uno de esos cabrones ha intentado matarme. No sé tú, pero yo estas cosas me las tomo de un modo personal. Y Pam quería contratarnos. Aunque solo sea por ella, creo que hemos de asumir el caso y llegar hasta el final.
—Escucha, Michelle, tampoco sabemos si la razón por la que me llamó tiene algo que ver con su muerte.
—Si no, lo consideraré la mayor coincidencia de la historia.
—De acuerdo, pero ¿qué podemos hacer? Ya están metidos el departamento de policía y el FBI. No veo que nos quede mucho margen para movernos.
—Lo cual no te ha frenado otras veces —dijo ella tercamente.
—Esto es distinto.
—¿Por qué?
Él no respondió.
—¿Sean?
—¡Ya te he oído!
—¿Por qué es distinto?
—Lo distinto es la gente implicada.
—¿Quién? ¿Los Dutton?
—No. La primera dama.
—¿Por qué? ¿Qué importa ella?
—Importa, Michelle. Te aseguro que importa.
—Hablas como si la conocieras.
—La conozco.
—¿De qué?
Sean echó a andar, alejándose de ella.
—¿Y el taxi? —gritó Michelle.
No obtuvo respuesta.
5
Sam Quarry amaba su hogar, o lo que quedaba de él. La Plantación Atlee había pertenecido a su familia durante casi doscientos años y, en su momento, se extendía a lo largo de kilómetros y kilómetros, con centenares de esclavos trabajándola. Ahora había quedado reducida a unas ochenta hectáreas y eran inmigrantes mexicanos quienes se ocupaban del grueso de la cosecha. La casa de la plantación en sí misma había conocido sin duda tiempos mejores, pero todavía era enorme y seguía siendo habitable si a uno no le importaba que el techo tuvieras goteras, que hubiera corrientes de aire y que de vez en cuando apareciera algún ratón correteando por los quebradizos suelos de madera. Unos suelos que habían pisado con sus botas los generales confederados y hasta el mismísimo Jefferson Davies en una breve parada efectuada cuando la guerra ya estaba perdida. Quarry conocía bien la historia, aunque nunca se había regodeado en ella. Uno no escogía a su familia, ni la historia de su familia.
Tenía sesenta y dos años y aún conservaba una tupida mata de pelo blanco que parecía incluso más blanco debido a su piel curtida. De miembros larguiruchos y vigorosa complexión, con una voz resonante e imperiosa, era un hombre habituado a vivir al aire libre, tanto por gusto como por necesidad. Se ganaba la vida cultivando la tierra, pero además disfrutaba con toda la parafernalia de la caza, la pesca y la horticultura amateur. Eso es lo que era: un hombre de campo, como le gustaba decir.
Estaba en la biblioteca, sentado ante su revuelto y desgastado escritorio. El mismo escritorio ante el que varias generaciones de varones Quarry habían asentado sus posaderas y tomado decisiones que afectaban a las vidas de los demás. A diferencia de algunos de sus antepasados, que habían sido un tanto despreocupados en sus tareas, Sam Quarry asumía sus responsabilidades con gran seriedad. Ejercía una administración estricta para ganarse su propio sustento y el de la gente a la que aún empleaba. Pero, en verdad, se trataba de algo más que eso. Atlee era realmente lo único que le quedaba.
Estiró su corpachón de metro noventa y cinco y colocó sus grandes manos, enrojecidas y callosas, sobre un estómago liso como una tabla. Echando un vistazo a los retratos de mala calidad y a las fotos en blanco y negro de sus antepasados varones, que se hallaban colgados a lo largo de la pared, Quarry se detuvo a reflexionar. Él era un hombre que se tomaba tiempo para pensar las cosas. Algo que casi nadie hacía ya: desde el presidente de Estados Unidos y los magnates de Wall Street hasta el hombre o la mujer de la calle. Ahora la velocidad era esencial. Todo el mundo quería las cosas para ayer. Y debido a esa impaciencia, la respuesta que obtenían solía ser errónea.
Pasaron treinta minutos sin que se hubiera movido. Su cerebro, no obstante, estaba mucho más activo que su cuerpo.
Al fin, se inclinó hacia delante, se puso unos guantes y, bajo la atenta mirada del retrato de su abuelo y tocayo, Samuel W. Quarry, quien había contribuido a dirigir la oposición a los derechos civiles en Alabama, empezó a pulsar las teclas desteñidas de su vieja IBM eléctrica. Sabía utilizar un ordenador, pero nunca había poseído uno, mientras que sí tenía un teléfono móvil. La gente podía robarte cosas directamente de tu ordenador, eso le constaba; incluso desde otro país. Así que cuando quería usar un ordenador se desplazaba a la biblioteca local. Para robarle las ideas que plasmaba con su IBM, en cambio, habrían de invadir sus dominios en Atlee, y dudaba mucho que salieran de allí con vida.
Terminó de teclear con dos dedos y sacó el papel. Repasó su breve contenido y lo metió en un sobre, sellándolo no con saliva, sino con un poco de agua del vaso que tenía sobre el escritorio. No iba a darles ninguna facilidad para que lo localizaran, ya fuese mediante el ADN de su saliva o por otro medio.
Metió el sobre en el cajón del escritorio y lo cerró con una llave de casi cien años que todavía funcionaba a la perfección. Se levantó, caminó hasta la puerta principal y salió a echar un vistazo a su reducido y ruinoso reino. Pasó junto a Gabriel, un niño negro flacucho de once años, cuya madre, Ruth Ann, trabajaba para Quarry como asistenta. Le dio al chaval una palmadita en la cabeza y le regaló un sello antiguo para su colección y un billete de un dólar doblado. Gabriel era un chico listo, con capacidad suficiente para llegar a la universidad, y Quarry estaba decidido a ayudarle en el intento. Él no había heredado los prejuicios de su abuelo ni los de su padre, que había aclamado a George Wallace (o al menos al primer George Wallace, antes de que se retractara de sus opiniones), como un gran hombre que «sabía mantener a la gente de color en su sitio.»
Sam Quarry creía que todos los humanos tenían sus capacidades y sus debilidades, y que ni unas ni otras estaban ligadas a la pigmentación de la piel. Una de sus hijas, de hecho, se había casado con un hombre de color y él la había acompañado con gusto al altar el día de la boda. Ahora estaban divorciados y no los había visto desde hacía años. Pero no atribuía la ruptura a la raza de su antiguo yerno. La verdad era que su hija menor era una persona rematadamente difícil para convivir con ella.
Se pasó dos horas recorriendo sus tierras con una desvencijada y oxidada camioneta Dodge que tenía más de trescientos mil orgullosos kilómetros en su haber. Se detuvo por fin frente a una caravana plateada Airstream, cargada de años y abolladuras, con un andrajoso toldo adosado. En la caravana había un baño minúsculo, una cocina de propano, una neverita bajo el mostrador, un calentador de agua, un dormitorio diminuto y un aparato de aire acondicionado. Quarry se había agenciado la caravana en un trueque con un mayorista que andaba mal de liquidez durante una cosecha. Había tendido una línea soterrada desde una caja de empalmes, conectada a su vez con el granero principal, para que contara con corriente eléctrica.
Bajo el toldo había tres hombres sentados, todos miembros de la tribu india koasati. Quarry estaba muy versado en la historia de los nativos americanos de Alabama. Durante siglos, los koasati habían habitado partes del norte de Alabama, junto con los muskogge, los creek y los cherokee, más hacia el este, y las tribus chickasaw y choctaw, del oeste. Tras el Acta de Remoción India del siglo xix, la mayoría de los nativos americanos fueron expulsados de Alabama y obligados a trasladarse a las reservas de Tejas y Oklahoma. Casi todos los hablantes de la lengua koasati vivían ahora en Luisiana, pero algunos habían logrado regresar al estado del martillo amarillo.
Uno de los koasati había llegado allí años atrás, mucho después de que Quarry hubiera heredado Atlee de su padre, y había permanecido en aquellas tierras desde entonces. Quarry le ha- bía cedido incluso la pequeña caravana para que tuviera dónde vivir. Los otros dos koasati llevaban aquí unos seis meses. Quarry no sabía si iban a quedarse o no. Le caían bien. Y ellos, por su parte, parecían tolerarlo. En general, no confiaban en los blancos, pero aceptaban sus visitas y su compañía. Las tierras eran de su propiedad, al fin y al cabo, aunque hubieran pertenecido a los koasati mucho antes de que llegase a poner los pies en Alabama un Quarry o algún hombre blanco.
Se sentó en una silla de hormigón cubierta con una delgada esterilla de goma y compartió con ellos una cerveza y unos cigarrillos liados mientras se contaban historias. El nativo al cual le había cedido la caravana se llamaba Fred. Era más viejo que Quarry, al menos le llevaba una década, un tipo menudo y encorvado, con el pelo blanco lacio y una cara que parecía sacada de una escultura de Remington. Era el más hablador del grupo, y el que más bebía también. Parecía un hombre instruido, aunque Quarry sabía muy poco de sus antecedentes.
Hablaba con ellos en su lengua nativa, o al menos la chapurreaba lo mejor que podía. Sus conocimientos del koasati eran limitados. Ellos condescendían a utilizar el inglés, pero únicamente con él. No los culpaba. Los hombres blancos habían jodido a base de bien a la única raza que podía considerarse indígena en toda América. Pero ese sentimiento se lo guardaba para sus adentros, porque a ellos no les gustaba la compasión. Eran capaces de matar por ese motivo.
Fred se complacía en contar la historia de cómo habían adquirido su nombre los koasati.
—Koasati significa «tribu perdida». Nuestro pueblo salió hace mucho tiempo de esta tierra dividido en dos grupos. El primer grupo fue dejando señales al segundo para que lo siguiera. Pero todas las señales desaparecieron en las orillas del río Misisipí. El segundo grupo continuó su camino y encontró a unos hombres que no hablaban nuestra lengua. Los nuestros les dijeron que se habían perdido. Y en nuestra lengua koasai significa «estamos perdidos». Así que aquellos hombres anotaron que los nuestros eran koasati, es decir, el pueblo perdido.
Quarry, que había oído la historia una docena de veces, comentó:
—Bueno, Fred, la verdad es que todos estamos perdidos en cierto sentido.
Una hora más tarde, cuando el sol caía a plomo e inundaba el espacio bajo el toldo con un calor abrasador, Quarry se levantó, se sacudió los pantalones y se llevó dos dedos al sombrero, prometiendo que volvería a visitarles pronto. Y que traería una botella de licor del bueno y unas mazorcas de maíz y un cesto de manzanas. Y tabaco. Ellos no podían permitírselos, pero preferían los cigarrillos comerciales a los liados.
Fred levantó la vista. Tenía un rostro más curtido y arrugado que Quarry. Se quitó el cigarrillo casero de los labios y, tras un largo acceso de tos, le dijo:
—Tráelos sin filtro la próxima vez. Saben mejor.
—Así lo haré, Fred.
Quarry condujo un largo trecho por unas pistas de tierra con tantos baches que su vieja camioneta daba tumbos de un lado para otro. Él apenas lo notaba. Estaba habituado a esas cosas.
El camino moría finalmente.
Allí estaba la pequeña casa.
No era propiamente una casa, en realidad. No vivía nadie en ella, al menos por ahora, pero aun suponiendo que hubiera alguien, nunca sería un sitio para pasar mucho tiempo. Era solo una habitación con una puerta y un tejado.
Quarry se volvió, miró en todas direcciones y no vio más que tierra y árboles. Y una porción del cielo azul de Alabama que era, por supuesto, más hermoso que cualquier otro cielo que él hubiera visto. Sin duda más bonito que el del sureste asiático, aunque aquel horizonte había estado siempre inundado por el fuego antiaéreo que le apuntaba directamente a él y a su F-4 Phantom II de la fuerza aérea estadounidense.
Se acercó a la casita y subió al porche. La había construido él mismo. No formaba parte de su hacienda. Quedaba a muchos kilómetros de Atlee, en un terreno que su abuelo había comprado setenta años atrás y con el que no había llegado a hacer nada. Con razón. Estaba en mitad de la nada, lo que encajaba a la perfección con los propósitos de Quarry. Su abuelo debía de estar borracho cuando había comprado esa parcela, aunque la verdad era que lo había estado a menudo.
La casa no tenía más que veinte metros cuadrados, pero con eso le bastaba. La única puerta era un modelo estándar de un metro de ancho, sin cuarterones y con bisagras de latón. Abrió con la llave, pero no entró todavía.
Había hecho las cuatro paredes con seis centímetros más de grosor de lo normal, aunque había que tener un ojo muy avezado para percibir esa anomalía. Bajo el revestimiento exterior de las paredes había gruesas planchas de metal soldadas que le conferían a la casita una solidez increíble. Él mismo se había encargado de ensamblarlas con su soplete soldador de oxiacetileno. Cada juntura era una obra de arte. Habría sido necesario que pasara directamente por allí un tornado para derribarla, y tal vez ni siquiera ese martillo de Dios lo habría logrado.
Dejó que se ventilara antes de entrar. En una ocasión había cometido el error de entrar por las buenas y poco le había faltado para desmayarse a causa del brusco contraste entre el exterior oxigenado y el interior casi desprovisto de aire puro. No había ninguna ventana. El suelo era de tablones de cinco centímetros de grosor. Él se había encargado de lijarlos y dejarlos bien lisos; no había quedado ni una sola astilla. Lo que sí había era un hueco de tres milímetros entre cada tablón; una vez más, un detalle apenas perceptible a simple vista.
El subsuelo también era especial. Quarry habría podido asegurar que ni una sola casa de América contaba en sus suelos con una base similar a la que él había ideado. El interior de las paredes estaba cubierto de yeso aplicado a mano sobre tela metálica. El tejado se hallaba atornillado a las paredes más firmemente que cualquier pieza de un buque cisterna. Había utilizado tornillos y pasadores de increíble resistencia para asegurar la solidez y evitar movimientos de asentamiento. Los cimientos eran de cemento, pero había además una cámara de veinticinco centímetros entre las capas de cemento situadas bajo la estructura. Eso elevaba la casa en la misma medida, claro, aunque difícilmente podía percibirse a causa del porche.
El mobiliario era sencillo: una cama, una silla de barrotes, un generador alimentado con batería y algunos otros elementos, como una botella de oxígeno apoyada en un rincón. Salió otra vez al porche y se volvió para admirar su obra. Cada junta a inglete de las paredes estaba cortada a la perfección. Con frecuencia había trabajado bajo las luces del generador mientras alineaba las vigas y viguetas en sus caballetes, con la vista fija como un rayo láser en la línea de corte. Se trataba de un trabajo arduo y agotador, pero sus miembros y su mente se habían visto impulsados por esa determinación que solo pueden forjar las dos emociones humanas más intensas.
El odio.
Y el amor.
Asintió, apr
