El corazón de la doncella (Medieval 2)

Mónica Peñalver

Fragmento

Creditos

1.ª edición: agosto, 2015

© 2015 by Mónica Peñalver

© Ediciones B, S. A., 2015

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-170-0

Maquetación ebook: Caurina.com

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Dedicatoria

 

 

 

 

 

Este libro está dedicado a Mercedes, Begoña y José, mis hermanos.

También a Omar y Astrid, pero sobre todo a mi padre.

Contenido

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

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Epílogo

Nota de la autora

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1

Diciembre de 1505, Canal de la Mancha.

La quilla del barco se abrió paso entre las aguas grises y agitadas del océano Atlántico. En la cubierta, Hugh De Claire observó el mar amparado bajo el palo de mesana. Sus ojos se alzaron hasta el velamen cuadrado que el viento agitaba con rudeza invernal. Los tres mástiles mostraban sus velas hinchadas, preñadas por el aire del oeste. «Una noche más de temporal», pronosticó visiblemente descompuesto. Odiaba navegar casi tanto como las tormentas. Mascó una maldición aferrándose con fuerza a las jarcias cuando el intenso oleaje vapuleó el mercante, una carraca de sólida factura y pesada apariencia por la gran bodega que abombaba su casco, ideal para el transporte de mercancías. El barco formaba parte de la incipiente flota que Hugh había creado en previsión de los beneficios que el comercio con el continente dejaría en sus arcas a medio plazo. Pese a ello, navegar seguía careciendo para él de atractivos. ¡Pardiez!, ¡su medio era la tierra firme, no el agua!

Una nueva ola elevó la proa sobre las embravecidas aguas, después, con la misma celeridad que se había elevado, volvió a hundirse permitiendo que una cresta de espuma salada barriera la cubierta. Un sudor frío le corrió por las sienes. Disimuladamente, espió a su alrededor al sentir una arcada. Varios marineros trabajaban en diversas zonas del barco concentrados en ajustar cabos, fijar cabotajes y plegar velas. Logró contenerse justo a tiempo y sin importarle ya si alguien era testigo de su malestar, se inclinó por la baranda de estribor e ignorando el peligro de acabar cayendo por la borda, devolvió su cena sobre agitado mar. El vómito alivió fugazmente su mareo. Discretamente, se enjuagó la comisura de los labios con el extremo de su capuz, tratando de recuperar el aplomo necesario para tambalearse camino del castillo de proa. El camarote vacío no menguó sus molestias, era estrecho, oscuro y concentraba el olor de las bodegas. Se dejó caer en el incómodo catre cubriéndose el rostro con un brazo. ¡Odiaba los barcos, el mar y las tormentas!, se repitió a sí mismo, esforzándose por alcanzar el sueño. Si las inclemencias se lo permitían, llegarían al puerto de Ámsterdam en dos días. Se preguntó por sus ilustres invitados, los embajadores que Enrique VII había nombrado para aquella particular empresa. Una punzada de culpabilidad lo asaltó al recordar lo precipitado de su partida durante la opípara cena que los emisarios reales disfrutaban en el camarote del capitán. Esa misma noche debían de acordar la estrategia a seguir para conseguir la comercialización del grano procedente del Báltico. Y, ¡pestes del infierno!, a él le era imposible concentrarse en nada cuando sus tripas gemían y se retorcían como si tuvieran vida propia.

Enrique esperaba que las emergentes ciudades holandesas se convirtieran en sus nuevas aliadas comerciales, sustituyendo el monopolio comercial de la Liga Hanseática1 y aislando a Francia, su eterno enemigo. El Consejo Real había decidido emprender aquella campaña desde Ámsterdam para posteriormente, extenderla por las principales ciudades del antiguo condado holandés —ahora bajo dominio borgoñés—. De Claire, excelente conocedor de esos mercados, había sido reclutado como patrocinador y consejero de los emisarios reales y obligado a ceder uno de sus buques para tal empresa. Una empresa que había comenzado con mal pie. Para empezar, la segunda nave, un navío militar que debía de escoltarlos en su viaje, había regresado al puerto de Greenwich2 al abrirse una vía de agua en su casco, lo cual los dejaba con una única línea de artillería ante la rapiña de los Vitalianos3, piratas que bordeaban el continente en busca de incautas víctimas. Con el invierno en puertas, la travesía se había complicado con tormentas y vientos, obligándolos a recalar en Calais, último bastión inglés en el continente, durante casi dos semanas. Esa lista de despropósitos finalizaba con el descubrimiento de que no estaba hecho para navegar. Le había sido imposible retener nada en el estómago desde su embarque. De poder ver su reflejo, estaba seguro que el color de su piel había mutado a verde oliva.

Londres.

No había nada más delicioso que los pasteles de miel y almendra, decidió Lady Anne Philippa Darkmoon, dejando caer un trozo de la pegajosa masa en su boca. Su mirada vagó por las animadas cocinas, efervescentes de actividad con la llegada del almuerzo. Las alborozadas conversaciones se vieron silenciadas repentinamente con la llegada de la cocinera mayor, Mistress Grint. La mujer gobernaba aquel pequeño reino con la despótica inflexibilidad de un tirano. Sus ojos redondos, incrustados en un rostro mofletudo perpetuamente rojizo, brillaron bajo su cofia rígida recorriendo la estancia como dos pequeños detectores de malos usos. Al descubrirla sobre el saliente de piedra próximo a la mesa donde se amasaban los pasteles, se detuvieron con manifiesto desagrado.

—¿No deberíais estar en el salón atendiendo a vuestro pretendiente, mi señora? —inquirió mientras un suspiro colectivo se elevaba a su espalda.

Por esta vez, sería Lady Anne la receptora del airado carácter.

—¿Ha llegado ya? —interrogó la joven con desinterés dejando caer un trozo más de masa en su boca.

—¡Oh, vamos, señora! ¡No tengo tiempo para juegos de salón! —gruñó esta supervisando el cofre de especies al que solo ella y la joven tenían acceso.

—¿Juegos? ¿A qué os referís? —preguntó la joven dama frunciendo el ceño, imagen misma de la inocencia.

—Lo sabéis perfectamente. Tendéis a desaparecer en cuanto vuestros pretendientes anuncian su llegada. Entonces, Lady Botwell se vuelve loca buscándoos por esta bendita casa, movilizando para ello a todos mis ayudantes mientras mi pan se quema en los hornos y mi carne se pasa en los espetones —manifestó extrayendo un frasquito de pimienta y entregándoselo a uno de sus ayudantes—. Cuídate de no gastar en demasía —ordenó sin despegar la mirada de la joven ama.

Anne miró al pequeño grupo de sirvientes que escuchaba disimuladamente. Sabía lo que estaban pensando, todo el mundo pensaba igual. Era un secreto a voces que la mayor heredera del reino rehuía de pretendientes y matrimonio con tesón y voluntad. Tanto que en el círculo de la corte había comenzado a ser conocida como Lady No.

—Procuraré no importunaros con mi presencia, si eso os molesta. —Suspiró fingiéndose dolida.

—¡Ah, ah!, ni vuestras palabras y ni vuestros ojos de cordero degollado conseguirán conmoverme —replicó la mujer echándose las manos a las caderas rotundas y mirándola con fijeza—. No va con vos fingir modestia.

—Me voy entonces —aceptó limpiándose las manos en un paño. Poco impresionada por el carácter de dragón de la mujer, pasó a su lado para internarse en el estrecho pasillo—, pero cuando uno de esos pretenciosos pavos se convierta en vuestro señor, no quiero escuchar recriminación alguna —gritó sobre el hombro con dramatismo, alzando las gruesas faldas de terciopelo para salvar los escalones que conducían a las estancias principales.

—Tiene talento para el teatro, no hay duda —alabó Mistress Grint—. Vamos, ¿qué estáis mirando? ¡Todo el mundo a trabajar! —tronó.

La mansión capitalina que los condes de Norfolk habían cedido para su uso, ocupaba una extensa parcela colmada de abedules y sauces con la idílica imagen del Támesis como telón de fondo. Su estilo era muy similar al que todos denominaban Tudor: un primer piso de ladrillo y piedra con la apariencia de los viejos palacios de otras épocas, sobre el que se alzaban dos pisos con maderaje en la fachada de estuco, añadido a un torreón de planta cuadrada. Su abrupta azotea estaba cubierta de paja, imitando el estilo campesino que tanto agradaba a Enrique. La casa había sido un obsequio del rey al temido Dragón, su valedor y mentor, por los servicios prestados en las campañas irlandesas, tras ser confiscada a su anterior dueño, un simpatizante de la causa Yorkiana. No era una mansión excesivamente grande si se la comparaba con su anterior hogar en Norwich, pero era cálida en invierno y fresca en verano, y poseía acogedores ventanales de vidrio emplomado con vistas al huerto que se extendía hasta la misma orilla del río. Pocilgas, gallineros y cuadras rodeaban el patio de losas convenientemente alejados de la edificación principal. Había también un abrevadero con agua de su propio pozo junto al sólido muro que aislaba la propiedad del transitado camino vecinal que los campesinos utilizaban en su ir y venir diario a los mercados de la ciudad.

El vestíbulo principal se adornaba con suelos de mármol dominó al que se abrían las puertas de roble, la sala principal, una despensa con antesala donde las criadas tendían su jergón y una habitación posterior con un lecho de baldaquín ocupado por Lady Botwell, su dama de compañía. Anne observó con anhelo la angosta escalera con base de piedra y balaustre tallado que daba paso al piso superior. Sus habitaciones eran una meta más que deseada dadas las circunstancias. Pero no, aquello no resultaría tan fácil. Lady Botwell pondría a toda la casa en Jaque con tal de arrastrarla ante su pretendiente.

Justo en ese instante, un joven paje traspasó la arcada principal portando una jarra de vino vacía sobre una fastuosa bandeja de plata. «Lady Botwell ha puesto toda la carne en el asador», pensó cáustica. El niño la miró sorprendido al encontrarla apostada junto a la pared.

—Venid aquí —siseó la dama en voz baja.

El niño se sorbió los mocos antes de arrastrar los pies hacia el rincón donde Margaret se escondía.

—¿El conde se ha bebido toda la jarra? —interrogó colocándole el bonete de fieltro marrón sobre la desgreñada cabellera.

—Sí, señora.

Anne le arrebató la jarra para llevársela a la nariz. Olisqueó su contenido arrugando la nariz con desagrado. ¡Su mejor caldo desperdiciado con aquel pavo real!

—Lady Botwell me envía a por más a las bodegas.

Una brillante idea se abrió paso en su cabeza. ¡Ahí estaba!, la manera eficaz de deshacerse de Lord Morgan y ahorrar su buen vino.

—Yo cumpliré con ese cometido, Adam —indicó con una sonrisa que le abarcó todo el rostro—, mientras, regresa a las cocinas —dijo despachándolo con bandeja incluida. El niño asintió conforme, acostumbrado a las maquinaciones de la joven dama cuando de pretendientes se trataba.

—Como ordene, señora.

Anne observó su partida antes de ponerse en movimiento. Sigilosamente salió de la casa para dirigirse hacia uno de los edificios agregados a la construcción principal. Rebuscó entre el atado de llaves que colgaba de su cintura, eligiendo un pieza dentada de grandes proporciones para abrir la puerta. Los goznes chirriaron dolorosamente dándole una fría y oscura bienvenida. Sorteó el intrincado laberinto de barricas sin necesidad de iluminarse, conocía el lugar como la palma de su mano. Se detuvo ante un barril de roble y sonrió apartando las telarañas que cubrían el bocal. Era justamente lo que estaba buscando, pensó mientras escanciaba hasta llenar la jarra.

Su concentración le impidió percatarse de la llegada de Gantes O’Sullivan. El irlandés rondaba la casa aburrido ante la falta de actividad. Tiempo atrás, se había convertido en uno de los hombres más valiosos del Dragón en Irlanda. Tras el traslado de la joven a la ciudad, ocupaba el puesto de capitán de su guardia. Al sorprender a la joven inclinada se detuvo con el ceño fruncido sobre sus ojos verdes.

—Ese vino está avinagrado, mi señora, solo es apto para fregar suelos y abrillantar muebles —le informó arrastrando su cadencioso acento irlandés.

Al verse sorprendida en tan perversa actividad, Anne enderezó la espalda y ensayó una sonrisa cándida.

—Dejad de preocuparos, O’Sullivan, estoy ejerciendo mi buena labor del día.

El capitán adoptó una pose interesada. Una sonrisa descreída estiró la comisura de sus labios en tanto una ceja se elevaba sobre sus hermosos ojos verdes.

—Y supongo que esta tiene que ver con vuestro nuevo pretendiente.

—Os ruego seáis discreto y me guardéis el secreto.

La sonrisa pícara de O’Sullivan se transformó en una risotada que se extendió por la bodega en forma de eco.

—Tenéis mi palabra, siempre y cuando el caballero no sufra en exceso.

—Solo lo justo —suspiró la muchacha. El capitán se hizo a un lado permitiéndole el paso. Anne le dedicó una sonrisa llena de afecto. Durante un tiempo se creyó enamorada del avieso irlandés impresionada con su viril atractivo, pero aquél era un tiempo pretérito del que solo restaba una sincera amistad.

Ya en la casa Anne dirigió sus pasos hacia la sala ocupada por su pretendiente y Lady Botwell.

—¡Lord Morgan! —exclamó aparentando júbilo—. ¡Qué agradable sorpresa! —saludó inclinando graciosamente la cabeza apenas cubierta con un tocado sin frentero que dejaba ver su oscura cabellera.

La belleza sin parangón de la dama impulsó al caballero a ponerse de pie y arrancarse el bonete de la cabeza. La miró embobado largo tiempo como si se tratara de una aparición mariana.

—Lady Darkmoon, vuestra belleza me deja sin palabras —pronunció con galantería colocando una mano en el pomo de una ostentosa espada apta para impresionar a cualquier doncella, pero inservible en el campo de batalla. Era un hombre alto, de anchos hombros y voluminoso abdomen, prototipo de galán que tanto se estilaba en la corte. Una cosa había que reconocerle, vestía con la prestancia de un príncipe, capa corta de terciopelo y jubón bordado con botones de carey. El volumen de cada una de sus piernas se veía embutido en medias de lana granate. El profuso vestuario tenía como último toque de opulencia, unos greguescos acuchillados4, el último grito en moda cortesana cuya bragueta se adornaba con lazos granates de los que colgaban pequeños remates metálicos que tintineaban ante cualquier movimiento del varón. Obviamente, Lord Morgan confundió su estupor con admiración y con presteza, tomó su mano para dejar caer un ardoroso beso en su dorso.

—Sois como el sol, ilumináis una sala con vuestra mera presencia.

—Y vos sois un completo adulador.

La risa nerviosa de Lady Botwell se unió a las carcajadas jactanciosas del hombre.

—Dejadme aliviar vuestra carga —ofreció tomando la pesada jarra—. Humm, ¿qué es esto?

Desde su lugar Lady Botwell le lanzó una mirada de ansiosa complacencia.

—Vino, o mejor dicho, mi mejor vino. Especialmente elegido para vos. Sentaos milord, y dejad que os sirva un trago que os refresque el gaznate y os consuele el alma.

—¡Oh, estupendo! ¡Estupendo! —aceptó el caballero tomando asiento para dejarse agasajar.

—Contadme, ¿ha sido fructífero vuestro viaje a Castilla? —se interesó vertiendo el vino avinagrado hasta el borde de su copa.

—¿Fructífero?, sí, ¿placentero?, no, estando tan lejos de vos. Nos separaba un mundo y no dejaba de pensar en vos.

—¡Qué galante, Lord Morgan! —intervino Lady Botwell, tal pareciera que sus adulaciones fueran dirigidas a ella.

—En cuanto a Castilla —insistió Anne tomando asiento y esmerándose en la colocación de sus voluminosas faldas mientras escuchaba el discurso de Morgan.

—Castilla entera se halla convulsa tras la muerte de su reina. Los nobles desconfían de las pretensiones de Fernando tanto como de su yerno. Se ha sabido que Felipe y Juana preparan su regreso desde Flandes para reclamar el trono. El único solaz que he encontrado en tierras tan yermas ha sido la caza. La llanura del terreno no tiene el encanto de nuestras verdes colinas, pero proporcionan un entretenimiento aceptable.

—¿Juana? ¿No es ella la princesa loca? —intervino Lady Botwell—. En la corte se cuentan toda clase de cosas, como que agredió a una de sus damas y le hizo cortar el cabello por sus celos —informó haciéndose eco de los chismes de la corte inglesa

Morgan dejó escapar una carcajada que sacudió el puntiagudo acabado de una barba que trataba de ocultar inútilmente su pérdida de mentón.

—En Flandes la apodan la Terrible, si me entendéis. Felipe es un hombre gallardo, de buena estampa, las mujeres suspiran por él, Juana pretende un imposible al exigirle fidelidad.

—¿Acaso no está en su derecho a ello? —intervino Anne alzando una ceja—. Si ambos juraron fidelidad con sus votos, justo es que hagan honor a esa promesa por igual.

Consciente del peligro que entrañaba ese tipo de conversación sobre derechos y obligaciones conyugales, Lady Botwell se apuró a retomar la conversación conduciéndola a un tema más seguro. Su pupila tendía a defender sus opiniones con un ardor que alguien podía confundir con simple tozudez, una cualidad poco apreciable en una doncella en busca de pretendiente.

—Lord Morgan os ha traído un regalo de Castilla —informó señalando sobre el hombro de la joven para distraer su atención—. Un hermoso detalle, ¿verdad? —preguntó instándola a una respuesta positiva.

Anne dirigió su atención hacia el objeto señalado, un bargueño con incrustaciones en marfil en su tapa cuyas formas geométricas imitaban el arte musulmán, tan presente en la península ibérica.

—Y costoso además —se apresuró a aseverar Morgan—. ¿Puedo sugeriros algo? Colocadlo en vuestros aposentos, os recordará mi persona al despertar.

Anne hubiera contestado a esa absurda propuesta, pero se distrajo al observar cómo Morgan elevaba la copa hasta sus labios dando un primer sorbo al vino. Con intenso deleite vio como sus mejillas se tornaban carmesí.

—Daré orden a los sirvientes para que se hagan cargo… —Las palabras de Lady Botwell se interrumpieron por el espasmo del caballero—. ¿Le ocurre algo al vino? —dudó ante el preocupante sonrojo del hombre.

—¡Imposible! —acotó Anne—. Yo misma lo elegí con tiento pensando en Lord Morgan. Me desilusionaría que no fuera de su agrado.

El hombre tomó aire secándose el sudor de la frente con la manga de su camisa. La caballerosidad lo obligaba a ser cortés y no herir a la doncella.

—Un poco fuerte para mi gusto —graznó esforzándose por tragar.

—Bebed, bebed y refrescaros, hay un barril entero aguardándoos —le apuró Anne—. El camino hasta aquí os habrá resultado largo, bebed cuanto deseéis.

Con un poco de suerte la lengua se le dormiría y las tripas se le retorcerían, pensó Anne malévolamente.

—No tengo mucha sed —aseguró.

—¡Ah!, entonces, vuestro paladar ha cambiado de gusto con las excelencias de los caldos castellanos —profirió con tono lastimero.

—No, es solo… —Morgan hizo un valiente intento probando un nuevo trago que le provocó una nueva arcada. Finalmente, ante la perspectiva de tener que acabarse la copa se puso en pie, dejando a un lado el vino—. Acabo de recordar ciertos asuntos que requieren mi presencia en la corte. Nuestro joven príncipe desea que le informe personalmente de mi viaje, siente especial interés por esas tierras como bien podéis imaginar —anunció apresuradamente.

—Pero no podéis iros sin haber tomado un bocado, debemos compensaros por vuestro obsequio. Quedaos y compartid mesa con nosotras. Mistress Grint ha elegido el mejor lechón de nuestras porquerizas, os agradará su forma de prepararlo, con manteca de primera y nabos tiernos —ofreció Lady Botwell dispuesta a tentarlo. Y a tenor del brillo anhelante de los ojos del hombre casi lo consiguió.

Anne se vio obligada a intervenir para salvar la situación.

—Sí, quedaos y os serviré mi mejor caldo —dijo con una beatifica sonrisa mientras elevaba ligeramente la jarra.

El conde frunció los labios con espanto.

—Me temo que es imposible. —Para suavizar su negativa añadió—: Pronto —prometió ansioso por congratularse con la doncella.

Dedicó un cortés saludo a Lady Botwell ajustándose la espada en torno a la cintura y sin más palabras, trasladó su enorme mole hacia la salida.

El repiqueteo de sus zapatos resonó en el patio exterior, donde uno de los sirvientes sostenía las riendas de su montura. El rostro redondo de Lady Botwell mostró cierta perplejidad mientras Anne fingía interesarse por la partida del conde asomándose por la ventana. Saludó enérgicamente cuando este consiguió montar su caballo con ayuda de un palafrenero y se dirigió hacia el portón de salida. Lady Botwell se había tomado a pecho la misión de encontrar un esposo adecuado para sus intereses. No quería defraudar sus infructuosos intentos mostrando su regodeo.

—¡Qué extraño! Lord Morgan se mostraba impaciente por veros y ahora, dice tener prisa por partir —meditó la mujer observando el exterior junto a la joven.

—Quizás tenga otros intereses además de mi persona. Es un hombre ocupado desde su nombramiento como adjunto de Henry Richmond5, el embajador es un hombre aplicado en sus tareas, sin duda tiene cosas más importantes que hacer que sentarse a parlotear con dos mujeres —elucubró Anne que indiferente, se retiró hacia uno de los asientos alineados frente a la chimenea de piedra.

—Un hombre con poder en la corte —comentó la matrona acariciando la frase entre sus labios—. He oído decir que nuestro joven Enrique le tiene en alta estima y requiere de su opinión. Es una suerte que se haya fijado en vos.

—Lord Morgan me resulta algo zafio, tanto en intelecto como en apariencia —señaló ella tomando su bordado de una mesilla cercana. Acarició con aire distraído los hilos de colores componiendo mentalmente las puntadas a dar. Siempre se le había dado bien bordar, le relajaba pensar en las combinaciones exactas, su ansiedad disminuía puntada a puntada cuando tenía una aguja entre los dedos.

—¿No hay hombre que os agrade? A los de hermoso rostro los llamáis vanidosos, y a los de porte señorial, zafios. ¿Cuál sería, en vuestra opinión, el hombre ideal?

—Mis gustos se decantan por el término medio. Atractivos, sin llegar a ser hermosos y fuertes, sin llegar a ser… gordos.

—¿Gordos? ¡Lord Morgan no está gordo! —gritó la mujer encrespada como una gallina clueca, como si el conde en cuestión fuera carne de su carne. Los lóbulos de las orejas se agitaron mientras chasqueaba la lengua—. Es fuerte y sano, y cuenta con…

—Una excelente posición en la corte —recitó ella mecánicamente.

Lady Botwell la miró ofuscada. Se trataba de una mujer generosa en formas, de voluminoso pecho y abdomen. Los amplios ropajes añadían anchura a su contorno esférico dulcificado, tan solo, por la eterna bondad reflejada en sus ojos castaños.

—Cualquier doncella casadera consideraría las atenciones de Lord Morgan una bendición.

—No es mi caso. Ya habéis oído lo que ha dicho sobre la fidelidad, lo cree un defecto y no una virtud.

La matrona emitió un suspiro.

—Temo que el matrimonio de Lord Norfolk con vuestra señora haya trastocado vuestra visión de lo que es la vida conyugal.

—¿Qué tiene de malo que un marido ame a su esposa? —inquirió quisquillosa dando una primera puntada a su bordado.

—¡Oh!, yo no desearía otra cosa para vos, pero me temo que Lord Wentworth sea la excepción y no la regla.

No, no era así. Anne sabía de otros matrimonios por amor. El zapatero que surtía a la casa Darkmoon se había desposado la primavera pasada con una saludable lechera y proclamaba a los cuatro vientos que estaba enamorado de ella. El amor se escondía en los lugares más recónditos, surgía como surgen las flores en un campo yermo por el invierno.

—Sabéis que vuestra condición os obligará a aceptar un matrimonio beneficioso para vuestros intereses.

Sí, ya sabía eso y lo único que podía hacer era confiar en el destino y rogar por un marido aceptable. No podía prologar su situación eternamente. Tarde o temprano, Lord Wentworth se decantaría por uno u otro pretendiente y debía de estar preparada. Se preguntó qué opinaría Enrique de su vieja pretensión de tomar los hábitos y donar su fortuna y tierras a la corona. Estaba segura de que el monarca no vería con malos ojos una decisión de tal calibre. Muchas jóvenes nobles optaban por esta clase de vida y gozaban de grandes comodidades. No sería extraño, ni insólito. Estar encerrada en un convento de por vida, dejar pasar los días entre las cuatro paredes de una celda…

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