Título original: Sweet Liar
Traducción: Alberto Magnet
Ante la imposibilidad de contactar con el autor de la traducción, la editorial pone a su disposición todos los derechos que le son legítimos e inalienables.
1.ª edición: noviembre, 2015
© 2015 by by Deveraux, Inc.
© Ediciones B, S. A., 2015
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
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ISBN DIGITAL: 978-84-9069-259-2
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Contenido
Portadilla
Créditos
Prólogo
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Epílogo
Agradecimientos
PRÓLOGO
LOUISVILLE, KENTUCKY
ENERO, 1991
—¿Por qué me habrá hecho esto mi padre? Yo creía que me quería —dijo Samantha Elliot al que había sido abogado y amigo de su padre desde que ella tenía uso de razón. El que aquel hombre de gestos dulces y habla pausada hubiera actuado como cómplice de su padre hacía más doloroso el sentimiento de abandono que la embargaba.
Y no es que Samantha tuviera necesidad de pensar en cosas que intensificaran el dolor que sentía. Hacía tres horas había observado, con ojos irritados y secos, cómo bajaban a la tumba el ataúd de su padre. Samantha sólo tenía veintiocho años, y ya había soportado más muertes de las que cualquier persona soporta en toda su vida. Ahora sólo quedaba ella. Sus padres ya no vivían. En cuanto a Richard, su marido, bien podía darlo por muerto, puesto que el mismo día de la muerte de su padre recibió los documentos que confirmaban su divorcio.
—Samantha —repuso el abogado, con voz muy calmosa y suplicante—, es verdad que tu padre te quería. Te quería mucho, y por eso, por lo mucho que te quería, te exige que hagas esto.
El abogado no le quitaba ojo. Su mujer le había comentado que no había visto llorar a Samantha ni una sola vez por la muerte de su padre.
—Está bien —le había respondido él—. Tiene la fuerza de su padre. Se parece a él.
—Pero su padre no era, precisamente, lo que se dice un hombre fuerte, ¿no crees? —le había espetado secamente su mujer—. Siempre era ella la fuerte. Y ahora ha visto cómo su padre se consumía ante sus ojos sin derramar ni una sola lágrima.
—Dave siempre aseguraba que Samantha era su apoyo.
El abogado, tras cerrar su maletín, salió de casa antes de que su mujer pudiera responderle. Temía lo que pudiera decir cuando todos conocieran el testamento de Dave Elliot.
Ahora, observando a Samantha en la biblioteca de su padre, sintió que unas gotas de sudor le resbalaban por el cuello. Recordaba sus intentos de convencer a Dave Elliot para que cambiara su testamento, aunque no logró persuadirlo. Cuando Dave firmó su última voluntad, no pesaba más de cuarenta kilos y apenas podía hablar.
—Le debo una oportunidad a mi hija —había murmurado Dave—. Le he robado parte de su vida, y ahora tengo la obligación de devolvérsela.
—Samantha ya es una mujer, una mujer adulta que debe tomar sus propias decisiones —había replicado el abogado, pero para el caso que Dave le hizo, bien podía haber permanecido callado. Todo estaba ya decidido y bien decidido.
—Sólo durante un año. Es lo único que le pido. Un año. Nueva York la fascinará.
«Lo detestará», pensó el abogado, pero no manifestó su opinión. Conocía a Samantha desde hacía veintiocho años. La había llevado sobre los hombros de pequeña, y la había visto reír y jugar como todos los niños. La había visto correr y gastarles bromas a sus padres, y recordaba su alegría al sacar una buena nota en el colegio, y su llanto cuando las cosas no le iban tan bien. La había visto discutir con su madre a propósito del color de un vestido, y sobre si podía o no pintarse los labios. Hasta los doce años había sido una niña normal en todos los aspectos.
Al observarla, cuando sólo habían pasado unas horas desde que se celebró el funeral, veía en qué se había convertido. Samantha era una vieja en el cuerpo de una joven, una mujer que ocultaba su belleza bajo un trajecito negro muy discreto que le habría sentado mejor a una matrona de sesenta años. De hecho, parecía hacer todo lo posible para esconder su feminidad. Llevaba el pelo recogido, no se maquillaba ni poco ni mucho y se vestía con ropas holgadas, largas y muy anodinas. Sin embargo, más grave que su apariencia era su estado de ánimo. Desde hacía años, Samantha apenas sonreía, y el abogado no recordaba cuándo la había visto reír por última vez.
«Y cuando sonreía —pensaba él—, era una chica de una belleza extraordinaria.» Sus recuerdos lo transportaron a un tiempo ya pasado, pocos años antes de que Samantha se casara, antes de marcharse de Louisville, un día que había vuelto a casa después del gimnasio. Dave estaba en la sala hablando por teléfono, y Samantha no se percató de que había alguien más en casa. De pie junto a las ventanas correderas del patio, con un vaso de té frío en la mano, el abogado estaba a punto de saludarla cuando Samantha se quitó el chándal y empezó a hacer ejercicios en el salón, pasando un estilizado muslo y la pantorilla exquisitamente torneada sobre el respaldo del sofá. El abogado olvidó por completo que se trataba de la hija de un amigo y se quedó boquiabierto de admiración al descubrir que aquella jovencita que siempre había considerado bastante anodina era de hecho una mujer hermosa. El pelo, que se le había soltado de la cinta, le colgaba en pequeños rizos sobre el rostro como hebras doradas que se entretejían. El color de su cara era el rosa saludable producto del ejercicio, tenía los ojos azules y vivaces y las pestañas largas y espesas. El abogado jamás se había percatado de la plenitud de los labios casi fruncidos, ni de que la nariz era algo respingona, casi insolente. Tampoco se había dado cuenta de que el cuerpo de Samantha podría haber sido inmortalizado en una de esas revistas donde las tersas curvas siempre están en el lugar adecuado.
—Increíble cómo crecen, ¿no te parece? —había dicho Dave, acercándose por detrás y sorprendiendo al abogado, que se sonrojó al verse atrapado mirando a aquella chica que podría haber sido su propia hija. Era evidente que se le notaba en el rostro lo que había estado pensando. Avergonzado, se giró y salió a acompañar a Dave.
Sólo años después, cuando preparaba su testamento, Dave le dijo que a Samantha le había «sacado todo el jugo».
—Le he hecho cosas que un hombre no debe hacerle a su hija —confesó, y cuando el abogado recordó el cuerpo de Samantha preciosamente ceñido por los leotardos rojos, se apresuró a guardar sus papeles y se despidió. Recordaba con toda nitidez aquella tarde en que había sentido los impulsos de una lujuria prohibida que nadie debería albergar hacia la hija de un amigo. A pesar de que Dave ya era un moribundo, el abogado no quería tener que oír confesiones como las que el enfermo parecía estar a punto de comenzar. No quería oír confesiones de cosas que nunca deberían ocurrir y que, sin embargo, ocurrían con demasiada frecuencia.
Ahora el abogado especulaba sobre qué sería lo que Dave le habría hecho a Samantha, pero no tenía la menor intención de averiguarlo, porque le faltaba el valor necesario para penetrar en una realidad que prefería ignorar.
—No quiero hacer esto —dijo Samantha, mirándose las manos—. Tengo otros planes.
—Sólo será un año —respondió el abogado, repitiendo las palabras de Dave—. Y al cabo del año recibirás una importante cantidad de dinero.
Samantha se acercó a la ventana y palpó las cortinas de brocado. Una de las últimas cosas que había hecho con su madre fue elegir esas cortinas; ahora recordaba haber visto cientos de muestras antes de que decidieran el color y la textura adecuados. En el jardín trasero había un árbol plantado por su abuelo cuando ella aún estaba en edad de gatear. No tenía más de diez años, cuando el abuelo Cal talló en grandes caracteres las letras C+S en el tronco, diciendo que así estarían juntos mientras el árbol viviera. Samantha se giró y paseó la mirada por la habitación de su padre, donde ella se había sentado en sus rodillas, donde había reído y jugado junto a sus padres, donde Richard le propuso matrimonio.
Se acercó con gesto grave y solemne al escritorio de su padre y cogió la piedra que él había usado como pisapapeles. En su suave superficie, pintado en letras azules con mano infantil, se leía Papá, te quiero. Samantha se la había regalado cuando estaba en tercer curso del colegio.
Dos semanas antes de la muerte del padre, mientras Samantha lo cuidaba, cuando creía estar más cerca que nunca de él, el viejo vendió la casa y la mayoría de los muebles en secreto. Samantha no había pensado mucho en sí misma en las semanas que precedieron a la muerte de su padre, aunque él no dejaba de preguntarle qué pensaba hacer cuando él muriera. Samantha respondía, con ciertas reservas, que probablemente viviría en la casa, que seguiría unos cursos en la universidad, que impartiría clases de informática y que haría lo que hacen otras personas que no trabajan seis días a la semana como había hecho ella durante los dos últimos años. Su padre no la contradijo, pero era evidente que no le había gustado su respuesta.
Samantha dejó el pisapapeles y miró al abogado.
—¿No dio ninguna razón para vender la casa?
—Sólo dijo que quería que pasaras un año en Nueva York, y que en ese tiempo tendrías que buscar a tu abuela. No creo que esperara que aún esté viva. Tal vez quería que averiguaras dónde había ido después de abandonar a la familia. Tu padre había tenido la intención de llevar a cabo esa búsqueda personalmente, y descubrir lo que había sucedido con ella, pero...
—No tuvo tiempo para hacer todas las cosas que le habría gustado hacer —repuso Samantha, y el abogado frunció el ceño, porque le pareció que lo decía con cierta amargura—, y ahora soy yo la que tiene que buscar en su lugar.
El abogado carraspeó, preguntándose cuánto tendría que esperar antes de poder marcharse sin parecer mal educado.
—No creo que pensara exactamente en una búsqueda. Creo que lo que temía es que te encerraras en esta casa y que no vieras a nadie más. Pensaba que por parte de tu madre no tienes parientes vivos, y que, muerto él, no quedaría nadie de su propia familia sino su madre, si es que aún vive, de modo que... —Dejó la frase sin terminar.
Samantha desvió la mirada para que el abogado no pudiera ver su expresión. No quería revelar sus sentimientos. El profundo dolor que sentía y la traición de que había sido objeto eran algo que no quería demostrar ante nadie. En ese momento, lo que más deseaba era estar sola, que aquel hombre saliera de la casa, que cerrara la puerta al salir y que jamás volviera a abrirla. Cuando estuviera ella sola en casa, tenía ganas de aislarse en un rincón oscuro y acogedor, cerrar los ojos y no volver a abrirlos nunca más. ¿Cuántas cosas horribles era capaz de padecer una persona y seguir viviendo?
El abogado sacó un llavero del bolsillo y lo dejó sobre la mesa.
—Éstas son las llaves del apartamento de tu padre —dijo—. Lo tenía todo dispuesto. Pensaba jubilarse anticipadamente e irse a vivir a Nueva York para buscar a su madre. Alquiló un apartamento, e incluso lo hizo amueblar. Estaba todo listo. Fue entonces cuando decidió hacerse una revisión médica y... le diagnosticaron el cáncer.
Samantha no se volvió para mirarlo, y el abogado empezó a retroceder de espaldas a la puerta.
—Samantha, te diré una vez más que lo siento. Yo quería mucho a Dave, y sé que tú también. a pesar de todo, él también te quería. Te quería mucho y deseaba que tuvieras lo mejor, de modo que sea cual haya sido su decisión, estoy seguro de que lo hacía por amor a ti. —Se dio cuenta de que estaba hablando demasiado deprisa. Tal vez debía ofrecerle algo, aunque no fuera más que un hombro en el que llorar. Pero la verdad era que no quería ser testigo del dolor de Samantha. Le daba pena que la chica hubiera conocido tantas muertes siendo tan joven. No le ofreció el hombro. Prefería volver a su casa, junto a su mujer, sana y alegre, y dejar ese lugar para siempre. Puede que Dave tuviera razón al vender la casa, porque había tantos y tan malos recuerdos que sólo abandonadola podría acabar con ellos.
—Te dejo en la mesa los papeles del apartamento —se apresuró a decirle, y siguió retrocediendo—. El propietario te dará las llaves de la puerta de la calle. Aquí en el suelo te dejo la caja con las cosas de tu abuela.
Al poner la mano en el pomo de la puerta, se sintió como el atleta que espera el disparo del inicio de la carrera para echar a correr.
—Si necesitas cualquier cosa, por favor, dímelo. ¿De acuerdo, Samantha?
Ella asintió con un movimiento de cabeza, pero no se volvió cuando lo oyó partir. Siguió mirando los árboles desnudos del jardín de la casa de su padre. La casa que ya no era de su padre. Que ya no era su casa. De niña pensaba que algún día tendría hijos y los criaría en esa casa, pero... Parpadeó unas cuantas veces para aclararse la vista, y pensó que le quedaban noventa días para sacar sus cosas de aquella casa donde había pasado su infancia.
Se volvió y vio el paquete de papeles sobre la mesa de su padre, una mesa que ahora pertenecía a otra persona. Tenía ganas de renunciar al trato. Sabía que podía mantenerse a sí misma, incluso que podía mantener a una persona más, pero si no hacía lo que su padre le había pedido, perdería todo el dinero que él le había dejado: el dinero de la venta de la casa, el que había ahorrado durante tantos años, y el que él también había heredado de su padre. Estaba segura de que si la usaba con un poco de cuidado, esa herencia podía brindarle una independencia económica para el resto de sus días. Podría vivir donde quisiera y hacer lo que le viniera en gana.
Sin embargo, no se alcanzaba por qué razón su padre había decidido que antes de poder disponer de la herencia tuviera que vivir un año en una ciudad enorme y sucia, y dedicarse a investigar en archivos viejos y mohosos con la esperanza de encontrar el rastro de una mujer que había abandonado a su familia cuando Samantha, su nieta, tenía apenas ocho meses. Una mujer que había dejado a un marido que la adoraba, a un hijo que la amaba, a una nuera que la echaba en falta y a una nieta que algún día la necesitaría desesperadamente.
Se volvió, tomó en sus manos la piedra que servía de pisapapeles y por un momento sintió el impulso de lanzarla contra la ventana. El impulso no duró mucho tiempo y la volvió a dejar, suavemente y con cuidado, encima de la mesa. Si su padre quería que encontrara a su abuela, lo haría. ¿Acaso no había pasado años doblegándose a su voluntad?
Al salir de la habitación se detuvo en la puerta, se volvió y cogió la vieja caja de sombreros que su padre le había dejado y donde guardaba, según le dijo, las cosas de su madre. No sentía curiosidad alguna por saber lo que contenía, ni deseo de mirar lo que había dentro. De hecho, Samantha estaba segura de que, al fin y al cabo, era preferible no pensar en nada, no recordar nada. «Es mejor actuar que pensar», se dijo. En ese momento tenía un buen montón de cosas que hacer, empezando por el equipaje.
1
Nueva York
abril de 1991
Quince minutos después de aterrizar en Nueva York, a Samantha Elliot le robaron el billetero. Se dio cuenta de que había sido culpa suya, porque había abierto el bolso para sacar un pañuelo de papel, y se olvidó de cerrar la cremallera. Al ladrón, o ladrona, le había bastado introducir la mano en el interior y sacar el billetero, con una tarjeta MasterCard, otra American Express y además casi todo su dinero. Por fortuna, había tenido la precaución de dejar ciento cincuenta dólares en su equipaje de mano y no se encontró totalmente desamparada.
Tras descubrir el robo, tuvo que pasar por la novedosa experiencia de cancelar sus tarjetas de crédito. Todo lo que le sucedía a Samantha tenía un cariz traumático. Nada más llegar a la babel que era Nueva York la recibía un ladrón y ahora tenía que cancelar sus tarjetas, un hecho que para la aburrida mujer sentada al otro lado del mostrador se repetía cien veces al día. Le entregó a Samantha los formularios que debía rellenar y le señaló un cartel con los números telefónicos de las compañías de las tarjetas, diciéndole que llamara para avisar que se le habían pèrdido. Mientras Samantha hablaba por teléfono, la mujer tuvo tiempo suficiente para hacer globos con su chicle, pintarse las uñas, hablar con su novio por teléfono y pedirle a una compañera lo que quería para comer. Samantha intentó hablarle de su billetero, decirle que había pertenecido a su madre y que tenía unos repujados de cuero con un diseño que su padre llamaba psicodélico. La mujer se limitó a observarla de arriba abajo con mirada indiferente.
—Sí, claro —fueron sus palabras. Si aquella chica no hubiera demostrado tener la suficiente inteligencia para realizar varias tareas al mismo tiempo, Samantha habría interpretado esa mirada como la de una perfecta estúpida.
Una vez terminado el trámite en la oficina de objetos perdidos, descubrió que le habían guardado el equipaje en una habitación cerrada con paneles de vidrio, y tuvo que buscar un guardia para que le abriera. No fue tarea fácil porque de todas las personas con las que habló nadie sabía quién tenía la llave, incluso parecía que nadie supiera que existía tal habitación.
una vez recuperado su equipaje, tirando del carro en que lo transportaba y con el bolso cruzado sobre el hombro, Samantha temblaba de agotamiento y frustración.
Lo único que le faltaba era conseguir un taxi, el primer taxi que tomaba en su vida, y dirigirse a la ciudad.
Treinta minutos más tarde, se hallaba dentro del coche más sucio que había visto en toda su vida. Apestaba tanto a tabaco que creyó que se iba a marear, y cuando intentó bajar el cristal de la ventanilla, descubrió que las puertas carecían de manijas. Le habría dicho algo al chófer, pero al leer su nombre en la licencia bajo el contador, vio que contenía muchas equis y muchas kas, y como además el hombre apenas hablaba inglés, desistió de conversar con él.
Mirando por la sucia ventanilla, intentando no respirar, se propuso la imposible tarea de no pensar en nada, ni en dónde estaba, ni en por qué estaba allí, ni en cuánto tiempo tendría que quedarse.
El taxi pasó bajo un puente destartalado y luego siguió por calles flanqueadas por pequeños comercios de vitrinas muy sucias. Cuando el taxista preguntó la dirección por tercera vez, Samantha volvió a decírsela, absteniéndose de comunicarle su frustración. En las explicaciones del abogado de su padre se decía que era una casa de ladrillos rojos en la parte este de la calle Sesenta, entre Park Avenue y Lexington.
El chófer disminuyó la marcha en busca de la casa, y entonces Samantha se dio cuenta de que transitaban por una calle más tranquila y espaciosa que las de los barrios por donde habían pasado. Cuando el taxi se detuvo, Samantha pagó, calculó rápidamente la propina que le iba a dar, y luego sacó sus dos maletas del coche sin la ayuda del taxista.
Miró el edificio que tenía enfrente, una casa de cinco pisos y del ancho de unas dos ventanas. Era una simpática casa de ciudad a la que se accedía por una escalera que llevaba a la puerta de entrada, rematada por un semicírculo con cristales. Una enredadera de glicina trepaba por el lado izquierdo de la casa hasta el tejado, cargada de racimos morados a punto de florecer.
Samantha apretó el timbre y esperó. No respondieron. Después de llamar tres veces en quince minutos, la puerta permanecía cerrada.
—Desde luego —murmuró, y se sentó en la maleta.
¿Qué se creía, que el propietario la esperaría en la puerta para entregarle la llave? El que ella le hubiera escrito para informarle de la hora de su llegada no le obligaba a esperarla para abrirle la puerta. ¿Qué le importaba al propietario que ella quisiera darse una ducha y sentarse en algo que no se estuviera moviendo?
Mientras esperaba sentada sobre la maleta, preguntándose si el hombre llegaría o no, se entretuvo en pensar qué podía hacer en una ciudad como Nueva York sin un lugar donde hospedarse. Tal vez podría tomar un taxi hasta un hotel donde pasar la noche. O conseguir que el abogado de su padre le enviara un giro bancario hasta que abriera una cuenta en Nueva York.
Pasaban los minutos y no llegaba nadie; los transeúntes no parecían fijarse en ella y sólo un par de hombres le sonrieron al pasar, pero ella no vaciló en desviar la mirada.
Mientras esperaba sentada en lo alto de la escalera, miró a un lado y vio que al nivel de la calle había otra puerta. Pensó que tal vez ésa fuera la puerta de la casa, y que era allí donde debía llamar.
Se preguntó si no sería peligroso abandonar las maletas en lo alto de la escalera, pero decidió dejarlas allí, esperando que no se las robaran. Bajó hasta llegar al nivel de la acera y dio la vuelta para cruzar al otro lado de una verja. llamó varias veces a la puerta, pero no obtuvo respuesta.
Respiró hondo con los puños apretados, y miró hacia donde había dejado las maletas, que aún permanecían en su lugar. Junto a la puerta de abajo había un macetero de geranios rojos, y Samantha sonrió al verlos. Al menos las flores parecían estar bien cuidadas, no tenían ni una hoja seca, la tierra estaba húmeda y las plantas estaban cargadas de brotes nuevos.
Sin dejar de sonreír, se dirigió a la escalera, pero en el preciso momento en que daba la vuelta alrededor de la verja, una pelota de rugby surcó el aire tan cerca de ella que tuvo que agachar la cabeza. Tras la pelota vio que se le venía encima un individuo de unos ochenta y cinco kilos, vestido con unos vaqueros recortados y una camiseta con los costados abiertos hasta la cintura, Samantha se pegó contra el muro de la escalera, pero por más que intentó apartarse de la trayectoria del hombre, no fue lo bastante rápida. El tipo agarró la pelota que cruzaba por encima de su cabeza, y luego, sorprendido, vio a la muchacha justo en el momento en que estaba a punto de caer sobre ella. En un abrir y cerrar de ojos soltó la pelota, se estiró para coger a Samantha y evitó que cayera contra las puntas de la verja.
Samantha dejó escapar un grito de asombro, pero él alcanzó a sujetarla y la atrajo hacia sí con gesto protector.
Por un instante Samantha permaneció rodeada por sus brazos. Ella medía un metro sesenta y dos de estatura. El hombre era más alto y tal vez midiera un metro ochenta, pero al inclinarse tan protectoramente sobre ella sus miradas se encontraron. Estaban casi aislados, con la escalera a sus espaldas y las de la casa contigua no muy lejos, junto a la verja y al macetero de geranios. Samantha se dispuso a darle las gracias, pero al mirarlo olvidó por completo lo que iba a decir.
El hombre era extraordinariamente guapo. Tenía el pelo oscuro y rizado, las cejas negras y espesas, y las pestañas, envidia de cualquier mujer, coronaban un rostro en el que sobresalían unos labios carnosos que parecían robados a una escultura de Miguel Ángel. Se hubiera dicho que sus rasgos eran femeninos de no ser por la nariz que mostraba señales de haber sido rota un par de veces, por la barba de tres días que le ensombrecía el mentón y porque la cabeza, fina y proporcionada, remataba un cuerpo prieto y musculoso. No, no eran rasgos femeninos. Todas las pestañas del mundo no podrían quitarle a ese hombre un ápice de su virilidad. La verdad era que emanaba un aire varonil, y Samantha se sentía pequeña e indefensa, como si fuera vestida con metros de encaje. Incluso su olor era varonil, pero no se debía a algo comprado en la perfumería. Aquel hombre olía a sudor de macho a secas, con un leve aroma a cerveza y a piel bronceada y acalorada por el sol y el ejercicio.
Fue su boca lo que cautivó a Samantha. Tenía la boca más bella que jamás había visto en un ser humano. Labios carnosos, bien definidos, duros y suaves a la vez. Samantha no podía quitarle los ojos de encima. Cuando vio que esos labios se le acercaban, no apartó los suyos. Él posó sus labios sobre los de ella, primero suavemente, como pidiéndole permiso; pero reaccionando por instinto y por necesidad, o por algo incluso más básico, Samantha abrió levemente la boca, y él presionó. Aunque su vida hubiera dependido de ello, Samantha no habría conseguido quitar los labios de aquella boca, cálida y dulce, y cuando levantó una mano esbozando un amago de protesta, topó con su hombro. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que estuvo en contacto con la piel de un hombre, y jamás había tocado un hombro como ése. Músculos duros, firmes, curvos en la parte superior del brazo, por donde Samantha ahora pasaba la mano y hundía los dedos en la carne tersa y flexible.
Cuando ella le cogió el brazo, el joven se inclinó aún más, y ese cuerpo grande, duro y pesado se le aproximó, inmovilizándola contra el muro. Samantha deslizó la mano hasta su espalda, por debajo de la sudadera y recorrió los músculos dorsales.
Dejó escapar un gemido y sintió que su cuerpo empezaba a hundirse en el de aquel hombre.
Con una mano que a ella le pareció enorme él le cogió la cabeza, la volvió hacia un lado y empezó a besarla con toda la pasión que Samantha no había conocido en su vida. La besó como siempre había querido ser besada, como siempre había soñado, como se besa al final de los cuentos de hadas, como los libros describen el beso, como nadie jamás la había besado.
Luego él deslizó uno de sus potentes muslos entre los muslos más menudos de Samantha y ella lo abrazó por el cuello, atrayéndolo hacia sí, lo más cerca que pudo.
Él muchacho dejó de besarla en la boca y siguió besándola en el cuello y en el lóbulo de la oreja, al tiempo que bajándole la mano por la espalda, la cogía por debajo de las nalgas, la alzaba en vilo para dejar que casi todo su peso descansara sobre su propio muslo, y luego le levantaba una pierna hasta colocarle el tobillo a la altura de su cintura.
—Oye, Mike, la gente te está mirando.
Al principio, Samantha no oyó la voz, no oyó nada. Sólo sentía.
Fue el hombre el que se separó, el que apartó los labios, el que levantó una mano y le acarició la mejilla con el pulgar, mirándola a los ojos y sonriéndole.
—Oye, Mike, ¿es tu prima, a la que no has visto en mucho tiempo o te la has ligado en la calle?
El joven se inclinó una vez más para estampar un beso suave en Samantha, luego le desprendió la pierna de su cintura y le cogió la mano.
Cuando él se apartó, Samantha recuperó la capacidad de pensar y lo primero que sintió fue horror, un horror indescriptible ante lo que acababa de hacer. Intentó liberarse de la mano del desconocido, pero éste la retuvo.
Frente a ellos vio a tres hombres sudorosos con aspecto de fumadores empedernidos que se desayunaran con cerveza, que sonreían maliciosamente adoptando un aire bobalicón, como si supieran algo que no tenían por qué saber.
—¿No nos la vas a presentar?
—Claro —dijo el hombre sujetando a Samantha por la mano, y a pesar de sus tirones la arrastró hacia delante—. Os quiero presentar a ... —Se detuvo y le lanzó una mirada de interrogación.
Samantha desvió la vista. No quería mirarlo a la cara. No necesitaba un espejo para saber que se había sonrojado.
—Samantha Elliot —logró balbucear.
—Ah, ¿sí? —exclamó el hombre, sin soltarle la mano. Miró a sus tres amigos, que ahora se daban codazos, divertidos con la idea de que Mike tampoco conocía a la chica que hacía escasos segundos besaba como si fuera a devorarla—. Os presento a mi inquilina —dijo, con una sonrisa franca—. Viene a vivir a la misma casa que yo —declaró, y el tono no dejaba dudas acerca del regocijo y el orgullo que sentía.
Samantha dio un fuerte tirón y se libró de la mano que la sujetaba. Pensó que su humillación había tocado fondo, pero al enterarse de quién era el hombre, sus sentimientos se atropellaron, una mezcla de horror, humillación, pánico y repugnancia. Quiso huir. Quiso morir. Quiso las dos cosas a la vez.
—¡Y qué inquilina! —dijo uno de los hombres, riendo y mirándola de arriba abajo.
—Si quieres venir a vivir conmigo, muñeca, no tienes más que decirlo —propuso otro.
—Contigo y tu mujer —añadió el tercero, y le dio un codazo en las costillas a su amigo—. Cariño, yo no estoy casado y puedo cuidar muy bien de ti. Mejor de lo que te cuidaría Mike.
—¡Basta ya! —gritó Mike con tono tranquilo, sin alterarse y de buen humor. Cogió la pelota de rugby y se la lanzó.
Uno de ellos la pilló al vuelo y los tres se alejaron calle abajo, dándose empujones mientras caminaban. El hombre volvió.
—Soy Mike —se apresuró a decir, y estiró la mano para saludarla. No entendió por qué Samantha se quedaba mirándolo—. Me llamo Michael Taggert —insistió él. Y como la muchacha siguió sin responder, le explicó—: Soy el propietario de la casa. Usted me escribió una carta, ¿recuerda?
Sin pronunciar palabra, Samantha pasó a su lado, cuidando de no rozarse con él y subió las escaleras. Cogió las maletas antes de que él llegara junto a ella.
—Espere que le abra la puerta. Ojalá que el apartamento le guste. Han venido los de la limpieza y he hecho que le pusieran sábanas limpias en la cama. Lamento no haber estado aquí cuando llegó, me despisté y... ¡Oiga! ¿Adónde va?
Con una maleta en cada mano, Samantha había bajado ya la escalera y estaba a unas tres casas de distancia cuando él abrió la puerta.
El joven descendió saltando de dos en dos los escalones se paró ante ella y quiso hacerse con las maletas, pero ella se opuso dando un tirón e intentando pasar a su lado, pero él no la dejó.
—¡No estará enfadada porque llegué tarde!
Samantha le devolvió una mirada cargada de ira y trató de esquivarlo otra vez para alejarse de allí. Después del tercer intento, dio media vuelta y echó a andar en sentido contrario. Él volvió a interponerse. Samantha se detuvo y lo miró con dureza.
—¿Quiere dejarme pasar, por favor?
—No entiendo —replicó—. ¿Adónde va?
«Estúpidos inteligentes», pensó ella. Al parecer, abundaban en Nueva York.
—Señor Taggert, voy a buscar un hotel —le espetó, sin dejar de mirarlo con dureza.
—¿Un hotel? Pero si se lo tengo todo preparado en el apartamento. Si no lo ha visto no puede decir que no le gusta. Espero que no sea por mí. Ya le he dicho que lamento haber llegado tarde. Normalmente soy puntual, pero se me mojó el reloj la semana pasada y lo tengo a arreglar, así que mal podía saber la hora que era, porque esos palurdos con los que estaba no sabrían decirme la hora aunque tuvieran un reloj y supieran cómo ponérselo.
Samantha le lanzó una mirada fulminante y trató de pasar a su lado.
Mike no era de los que se dan por vencidos fácilmente, y ahora se plantó frente a ella y se puso a caminar hacia atrás.
—Es por esos tíos, ¿no? Son algo brutos, ¿no le parece? Le pido disculpas por ellos. Sólo los veo cuando voy a jugar a la pelota en el gimnasio. Quiero decir que no son amigos míos, si es eso lo que le preocupa. No los verá jamás en nuestra casa, se lo aseguro.
Samantha se detuvo un momento, admirada por la conducta de aquel tipo. ¿Cómo podía ser tan guapo y entender tan mal las cosas? Tuvo que obligarse a no mirarlo. Al fin y al cabo, era su belleza lo que la había metido en ese lío.
Cuando empezó a caminar de nuevo, él siguió a su lado.
—Si no es porque llegué tarde, y si no es por esos tíos, ¿qué problema le preocupa?
Samantha se detuvo en la esquina. ¿Qué podía hacer ahora? No tenía idea de dónde estaba, ni qué hacía allí, ni a dónde se dirigía, pero al ver que pasaban muchos taxis amarillos, recordó que en el cine la gente detenía a los taxis parándose al borde de la acera y levantando una mano, así que se colgó el bolso del hombro y levantó un brazo. Unos segundos, después se detuvo un taxi ante ella. Como si fuera un gesto que hubiera repetido miles de veces, puso una mano en la puerta.
—¡Espere un momento! —exclamó él, cuando ella comenzó a abrirla—. No puede marcharse. Jamás ha estado en esta ciudad, no la conoce y no sabe dónde tiene que ir.
—Me voy tan lejos de usted como pueda —contestó Samantha, sin mirarlo.
En el rostro de Mike se dibujó la sorpresa más viva.
—Pero pensé que yo le gustaba.
Con un resoplido de exasperación, Samantha empezó a subir al taxi.
Mike asió las maletas, y luego, con la misma firmeza, la cogió a ella por el brazo.
—Usted no se marcha —declaró finalmente. Miró al taxista y le ordenó—: Lárgate.
El chófer lanzó una mirada a Mike y a los músculos apretados del torso, casi todos visibles bajo la ancha camiseta. No quiso hacer preguntas, y ni siquiera esperó que Mike diera un portazo para marcharse a toda prisa.
—Vale —dijo Mike, tranquilo, como si le hablara a un caballo nervioso—. No sé qué le pasa, pero hablaremos de ello.
—¿Dónde? ¿En su casa? ¿En la casa donde se supone que tengo que vivir con usted? —inquirió Samantha, indignada.
—¿De eso se trata? ¿Está enfadada conmigo porque la besé? —Mike la miró con una sonrisa inofensiva y dulce, y bajando el tono de voz, añadió acercándose a ella—: Pues pensé que le había gustado cómo la besaba.
—Aléjese de mí —respondió Samantha, y dio un paso atrás—. Ya sé que en esta ciudad se supone que a nadie le importa, pero imagino que alguien me hará caso si comienzo a gritar.
Al oír eso, Mike se apartó. Iba vestida con un trajecito remilgado de color azul marino. Era la única forma que tenía para definir lo que Samantha llevaba. Una falda muy normal que le llegaba más abajo de las rodillas y una chaqueta con cuello y puños blancos. De alguna manera, ese vestidito gazmoño lograba ocultar completamente todas las curvas de su cuerpo. Si Mike no acabara de tocarla por todas partes y no hubiera descubierto por sí mismo el cuerpo increíble que tenía, habría pensado que no tenía más curvas que un palo. Al besarla, le había deslizado la mano hasta la parte baja de la espalda, por encima de lo que le pareció un trasero de una plenitud deliciosa, y luego había seguido hacia abajo, más allá de las curvas encantadoras de sus nalgas y de sus muslos firmes y perfectos, hasta llegar al tobillo y al delicado pie. Habría apostado a que era imposible esconder un cuerpo como el suyo, por muchas capas de ropa que le pusieran, pero de alguna manera ella lo había conseguido.
La miró fijamente y observó que Samantha era un cruce entre belleza y perfección, pero que no llevaba maquillaje, como si quisiera disimular la belleza de sus rasgos en lugar de destacarla. Llevaba el pelo estirado y recogido en la nuca. Mike se dio cuenta de que tenía el pelo largo, que el peinado lo hacía parecer absolutamente liso, aunque un mechón se había desprendido de la cinta y ahora le colgaba, solitario, sobre la mejilla. Recordó haberlo apartado con el pulgar, y le entraron ganas de repetir la acción.
Le resultaba difícil creer que ésta era la mujer que había besado, porque no había ni atisbo de sexualidad en su expresión ni en todo su cuerpo. En realidad, con ese trajecito y el pelo recogido tan austeramente en la nuca, Mike pensaba que hablaba con una madre de dos hijos, profesora de religión. Si la hubiese visto en la calle, no la habría mirado dos veces. Sin embargo, recordaba muy palpablemente haberle visto una expresión muy diferente hacía escasos minutos. Aquella beldad lujuriosa, ansiosa y sedienta que lo había besado yacía oculta en las profundidades de su ser.
Al saltar sobre la verja para coger la pelota, casi cayó encima de ella, y por instinto la sujetó antes de aplastarla contra los hierros. Hizo ademán de preguntarle si se encontraba bien, pero al mirarla a los ojos, fue incapaz de decir palabra, porque ella lo miraba como si estuviera frente al hombre más guapo, más sexy y más deseable del mundo. Desde pequeño, Mike sabía que las chicas lo encontraban atractivo, de lo cual se aprovechó siempre que le fue posible, pero jamás una mujer lo había mirado de ese modo.
Desde luego, tenía que reconocer que él la había mirado de la misma manera. Los grandes ojos azules de la joven se habían abierto en un gesto de sorpresa y deseo, mirándolo desde ese rostro cuyo espacio se disputaban una nariz pequeña y algo respingona alzada sobre una boca tan sensual y llena de vida que Mike creyó morir de ansias de poseerla.
La había besado. Al principio sin saber si debía hacerlo, porque no quería hacer nada que la asustara, pero desde el momento en que sus labios tocaron los de Samantha, fue consciente de que no podía parar ni refrenarse. Jamás una mujer lo había besado de ese modo. No era sólo deseo lo que sentía aflorar en aquella mujer, sino también hambre. Samantha lo besó como si hubiese estado encerrada en una prisión durante los últimos diez años y, ahora que la habían soltado, Mike fuera el hombre que más deseara en el mundo.
Ahora mismo, sin embargo, Mike no sabía qué le pasaba por la cabeza. ¿Cómo era posible que lo besara de esa manera y, diez minutos después, lo mirara como si lo detestara? ¿Y cómo era posible que esa señorita tan remilgada fuera la misma hembra seductora que se había cogido a su cintura abriendo las piernas?
Mike no tenía respuestas a esas preguntas, porque no entendía nada. De una cosa estaba seguro: que no dejaría que se marchara de su lado. Tenía que encontrar qué era lo que la impulsaba a alejarse de él. Le habría gustado cogerla en vilo, llevarla a su casa y guardarla allí, tal vez guardarla para siempre. Pero si ella deseaba algo de él, como, por ejemplo, que subiera al cielo, cogiera una docena de estrellas y las atara para colgarlas en su habitación, a él le gustaría saberlo para empezar a armar las escaleras.
—Le pido disculpas por lo que haya hecho para que se sienta ofendida —dijo, sin la más mínima sinceridad. Sólo atinaba a pensar en su tobillo ciñéndole la cintura.
Samantha lo miró entrecerrando los ojos.
—¿Y espera que crea lo que dice? —preguntó. Respiró hondo, intentando calmarse, porque se percató de que la gente que pasaba los observaba.
—¿No podríamos ir a algún otro sitio para hablar? —inquirió él.
—¿A su casa, quiere decir?
Mike no captó la ironía de la pregunta, y pensó que era una buena idea, pero no lo manifestó.
—No hay nada de qué hablar —insistió la joven.
No cabía duda de que Samantha consideraba que su casa era el antro mismo del pecado. Ahora fue Mike el que respiró hondo.
—Volveremos a casa, nos sentaremos en la entrada, donde nos pueda ver toda la ciudad de Nueva York, y trataremos el problema, sea cual sea. Luego, si sigue con ganas de marcharse, le ayudaré a encontrar un hotel.
Samantha sabía que no debía escucharle y que tenía que encontrar otro taxi y buscar un lugar donde pasar la noche.
—Oiga, pero si ni siquiera sabe adónde quiere ir, ¿no? No puede subirse a un taxi y decir «lléveme a un hotel». Eso ya no se estila. No sabe dónde podría acabar, de modo que al menos déjeme llamar por teléfono para hacer una reserva.
Al ver que Samantha vacilaba, Mike echó a andar hacia su casa, esperando que la joven siguiera a sus maletas. No quería echar su suerte por la borda después de ese leve progreso, y no dijo nada mientras seguía caminando despacio y deteniéndose de cuando en cuando para asegurarse de que ella lo seguía.
Cuando llegó a la casa, llevó las maletas hasta lo alto de la escalera, las dejó en el suelo y se quedó contemplándola.
—Ahora, ¿me quiere contar cuál es su problema?
Samantha se miró las manos. Estaba cansada después de un viaje tan largo y agotador. De hecho, todo el año había sido largo y agotador.
—Creo que el problema es evidente —declaró, intentando no mirarlo, puesto que iba con tan poca cosa encima. Mientras esperaba apoyado contra el pasamanos, el joven se rascaba el pecho por debajo de la vieja sudadera. Samantha vio su estómago liso y musculoso. Mike no replicó, pero ella quiso ser más clara y tajante.
—No tengo la menor intención de vivir en una casa con un hombre que no dejará de acosarme a todas horas. Llevo luto por la muerte de mi padre, acabo de poner fin a mi matrimonio y no quiero tener otras complicaciones.
Tal vez Mike no debería sentirse ofendido, pero esas palabras lo pintaban como un viejo verde incapaz de dejar de manosear a una pobre jovencita. No quiso rendirse a la tentación de señalarle que no se había impuesto a ella en ningún momento, y que no habían compartido más que un simple beso, nada más, y que no había motivo para actuar como si se tratara de un violador consumado que acabara de agredirla.
—Vale —dijo—. ¿Cuáles son las reglas?
—No tengo ni la menor idea de qué está hablando.
—Sí que tiene idea. Una persona que se viste como usted tiene que tener reglas. Dígame cuáles son sus reglas.
Samantha reaccionó, cogió el bolso y quiso hacer lo mismo con la maleta, pero él se lo impidió poniendo una mano encima.
—Vale —insistió Mike, esta vez con semblante de derrota—. Le vuelvo a pedir disculpas. ¿Podríamos empezar desde el principio?
—No —contestó ella—. Es imposible. ¿Sería tan amable de dejar mi maleta para que pueda marcharme?
A Mike ni se le pasó por la cabeza dejarla marchar. Además de que la deseaba tanto que el sudor le seguía corriendo por la espalda pese a que el día era frío. Pensaba también en la promesa que le había hecho al padre de la muchacha. Comprendió que ella no tenía la menor idea de la amistad que lo había unido a su padre, y que ignoraba que Dave y él habían pasado mucho tiempo juntos, hasta que Dave le avisó que Samantha volvía a casa. Después, la amistad se redujo a unas cuantas cartas, enviadas al abogado porque, por no sabía qué razón, Dave no había querido que Mike y Samantha se conocieran mientras él estuviera vivo. Y luego, dos días antes de morir, Dave había llamado a Mike, pero ya estaba tan débil que Mike no entendió todo lo que quería decirle. Sin embargo, había entendido lo esencial: que Dave enviaría a Samantha a Nueva York y le pedía que cuidara de ella. En aquel momento, Mike creyó que no tenía alternativa, y le prometió que la protegería y la cuidaría. No obstante, después de lo sucedido en los últimos minutos, Mike sospechaba que ése no era el tipo de cuidado en el que pensaba Dave.
Mike echó una ojeada a las maletas de Samantha.
—¿En cuál de las dos tiene su ropa de dormir? —preguntó.
Samantha pensó que la pregunta era rara; pero la verdad, los últimos minutos habían sido los más raros de toda su vida.
Sin esperar la respuesta, Mike le cogió el bolso y abrió la puerta de la casa.
—Sólo le pido cinco minutos. Déme cinco minutos y luego toque el timbre.
—¿Sería tan amable de devolverme mi bolso?
—¿Qué hora es?
—Son las cuatro y cuarto —dijo ella automáticamente después de consultar el reloj.
—Vale, a las cuatro y veinte toque el timbre.
Cerró la puerta a sus espaldas y dejó a Samantha sola en la entrada, sin la mitad de su equipaje. Cuando la muchacha tocó el timbre, nadie respondió. Estuvo tentada de coger la maleta grande y marcharse, pero dado que tenía el resto del dinero en el bolso, se sentó sobre la maleta a esperar.
Intentó no pensar en su padre, no pensar en por qué la habría condenado a eso y, sobre todo intentó no pensar en su marido —en realidad, su ex marido—, y se esforzó en concentrarse en la acera de enfrente y en la calle, en mirar a la gente, a los hombres con sus pantalones vaqueros y a las chicas con sus minifaldas. Aunque aquello fuera Nueva York, en la atmósfera flotaba toda la pereza de una tarde de domingo.
El hombre, Michael Taggert, había dicho que empezarían desde el principio. De poder ser, le hubiera gustado recomenzar su vida nuevamente, empezar desde la mañana del día en que murió su madre, porque a partir de ese día nada en su vida había vuelto a ser igual. El tener que estar allí sentada era parte del trauma y del dolor que habían comenzado ese día.
Volvió a consultar la hora en su reloj, y lo primero que pensó fue empeñarlo, pero el reloj le había costado sólo treinta dólares, y dudaba que se lo pagaran bien. Cuando se dio cuenta de que eran las cuatro y veinticinco, pensó que, tal vez, si volvía a tocar el timbre, Michael Taggert respondería y le devolvería el bolso para que ella pudiera encontrar un lugar donde quedarse. Cuanto antes cumpliera esa condena de un año, antes abandonaría esa horrible ciudad.
Respiró hondo, se alisó la falda y, asegurándose de que su pelo estaba firmemente sujeto en la nuca, volvió a tocar el timbre.
2
El hombre no tardó en responder al timbrazo de Samantha y ésta se quedó mirándolo, pestañeando asombrada ante el cambio que se había producido en él. Se había puesto una camisa azul limpia, impecablemente planchada, con sólo unos cuantos botones abrochados, una corbata de seda sin ajustar, pantalones de lana de color azul marino y zapatos lustrados. La barba de tres días había desaparecido y los rizos del pelo negro eran ahora un peinado a raya muy formal. En pocos minutos, aquel hombre había cambiado el aspecto sexy de jefe de banda de maleantes para convertirse en un joven y próspero banquero que goza de su día libre.
—Hola, usted debe ser la señorita Elliott —dijo, alargándole la mano para saludarla—. Soy Michael Taggert. Bienvenida a Nueva York .
—Por favor, devuélvame mi bolso —replicó ella, haciendo caso omiso de la mano que le tendía—. Me marcho.
Mike sonrió, como si no la hubiera oído. Se apartó para dejarla pasar.
—Entre, por favor. Su apartamento está listo.
Samantha no quería entrar en la casa de aquel hombre. Para empezar, encontraba desconcertante que pudiera cambiar de aspecto en cuestión de minutos, que en un momento pudiera ser un forzudo incapaz de memorizar más que un par de jugadas de rugby y que de pronto se convirtiera en un joven profesor. Si primero hubiese conocido a este último, no habría adivinado jamás cómo era realmente. Y tal como estaban las cosas, no sabía cuál de los dos era el verdadero.
Cuando Samantha vio su bolso al pie de la escalera, entró en la casa para recuperarlo, pero no bien lo hubo cogido, oyó que la puerta se cerraba a sus espaldas. Se giró, indignada, hacia el hombre, pero sin dejar que sus miradas se cruzaran.
—¿Quiere visitar la casa antes, o sólo ver su apartamento?
Samantha no deseaba ni lo uno ni lo otro, pero él permanecía frente a la puerta impidiéndole el paso, como una roca a la entrada de una cueva.
—Quiero salir de aquí. Quiero...
—Entonces, veamos la casa primero —respondió él, como si Samantha se hubiera pronunciado por esa alternativa—. La casa fue construida en los años veinte, no sé exactamente la fecha, pero según observará, las habitaciones conservan las molduras originales.
Samantha se negó a separarse de su bolso, y permaneció donde estaba.
Mike la obligó a colaborar, en contra de su voluntad; la cogió por el codo, y entre empellones y tirones la sacó del vestíbulo y la condujo hasta el salón. Samantha se encontró en una habitación amplia, amueblada con butacas de cuero negro, de aspecto muy cómodo y un sofá. En el suelo había una alfombra tosca tejida a mano y, diseminados con delicado gusto por toda la sala, vio objetos artísticos de diversos lugares del mundo, además de dos enormes palmeras que encuadraban las ventanas. En las paredes colgaba una seria de máscaras, tapices chinos y pinturas de Bali. Era una habitación muy masculina de tonos oscuros, asientos de cuero y objetos de madera, el salón de un hombre con gusto y con sentido de la elegancia.
En el cuarto no reinaba el desorden que ella habría imaginado a juzgar por la primera impresión que le produjo el dueño. De hecho, el hombre que estaba a su lado, como un banquero, armonizaba más con esta casa que el atleta musculoso.
Consciente de que Mike la miraba fijamente, Samantha tuvo la sensación de que le agradaba lo que veía, porque disminuyó la presión con que la sostenía por el brazo. De mala gana, pero no tan indignada como al principio, Samantha lo siguió de habitación en habitación. En una vio una mesa de la India, una magnífica pantalla de cinabrio contra la pared, y luego admiró un vestidor adornado con grabados en la época eduardiana.
Relajándose a medida que pasaban los minutos, Samantha continuó el recorrido y entró en una biblioteca revestida de madera de roble, con estanterías del suelo al techo repletas de libros. Le impresionó el número de volúmenes, hasta que se dio cuenta de que, según los títulos que iba leyendo, todos eran historias de gángsters americanos: sus orígenes, biografías y hasta obras sobre el arte de ser un gángster. Apartó la mirada con un gesto de desagrado y vio, en un rincón, junto a una mesa llena de papeles, unas cajas de cartón con etiquetas que ponían «Compaq» y «Hewlett Packard». Sorprendida, se volvió hacia Mike.
—Su alquiler —dijo él, respondiendo a la pregunta muda—. En esas cajas está el alquiler de todo un año, yo no tengo ni la más remota idea de cómo manejar esos malditos aparatos.
—Yo podría... —titubeó Samantha, que experimentó el súbito impulso que siente una fanática de los ordenadores al ver unos equipos poderosos embalados y sin estrenar. Era una sensación parecida a la que sentiría una enamorada de las muñecas al ver cajas guardadas en un ático con una etiqueta donde se leyese «Muñecas de la abuela», y no le dejaran tocarlas.
—Tal vez usted sepa cuál es el lado del ordenador que uno tiene que usar, ¿no? —inquirió él, dándoselas de ingenuo, a sabiendas de que Samantha era un as de la informática. Había comprado el equipo que Dave Elliott le recomendó siguiendo las sugerencias de Samantha.
—Algo sé —respondió ella, con un gesto vago, apartándose lentamente de las cajas.
Mike la condujo al piso de arriba, le enseñó las dos habitaciones, ambas decoradas con plantas y objetos artísticos de todas partes del mundo, y una de ellas amueblada con sillas de mimbre y cojines con un estampado de hiedras.
—¿Le gusta? —preguntó, intentando controlar la ansiedad que le asomaba en la voz.
Samantha sonrió sin poder evitarlo.
—Sí, me gusta.
Él respondió con una mueca que era más una sonrisa; Samantha sintió que se le cortaba la respiración. El tipo era aún más atractivo cuando sonreía de esa manera, con una sonrisa de placer no contaminado por ninguna otra emoción. Sintiendo que de pronto hacía mucho calor en la habitación, se dirigió a la puerta.
—¿Quiere ver su apartamento ahora?
Samantha desvió la mirada, simulando interesarse en cualquier cosa menos en él.
Lo siguió por la escalera hasta el segundo piso. Cuando Michael abrió la puerta de la primera habitación, Samantha se olvidó de que existía Nueva York, de que existía ese hombre que la ponía nerviosa, porque sintió la presencia de su padre, que siempre le decía que si tuviera que empezar de cero, decoraría su casa con colores verdes y borgoñas; y efectivamente aquel salón estaba decorado según el gusto de su padre. En un rincón, un sofá verde junto a una chimenea de mármol verde, con dos butacas grandes y cómodas de rayas verdes, todo sobre una alfombra oriental tejida a mano de tonos verdes y cremas. Había muebles de caoba, con patas suficientemente sólidas como para que un hombre no pudiera derribarlas de un golpe.
Al acercarse a la repisa de la chimenea, Samantha vio varias fotos de su familia. Su madre, sus padres juntos, su abuelo paterno y ella misma, desde los días de la infancia hasta el año pasado. Cogió al azar una foto de su madre con marco plateado, y con ella en la mano examinó la habitación, y cerró un momento los ojos. La presencia de su padre era tan intensa que pensó que si se volvía se encontraría con él.
Sin embargo, al girarse se encontró con un hombre extraño parado junto a la puerta, con el ceño fruncido.
—No le gusta —exclamó Mike—. Esta habitación no está hecha para usted.
—Es perfecta para mí —repuso Samantha—. Siento la presencia de mi padre.
Mike volvió a fruncir el ceño.
—Eso sí es verdad —dijo, y miró el apartamento con nuevos ojos, porque se dio cuenta de que no era la habitación indicada para una bella rubia como Samantha. Era la habitación de un hombre. Más concretamente, era la habitación de Dave Elliott.
—Venga por aquí, al dormitorio —dijo. Caminando detrás de Samantha, Mike observaba ahora todos los rincones y le parecían diferentes. Su hermana había decorado estas habitaciones, al igual que las de abajo. Mike le había asegurado a Dave que le bastaba con decirle a su hermana cuál debía ser el aspecto final del producto, y que ella se encargaría del resto. Dave le había dicho que le gustaría que el apartamento se pareciera a un club de caballeros ingleses, y eso era lo que había conseguido. Ahora Samantha parecía tan fuera de lugar en medio de esos tonos oscuros como una señorita en un club masculino.
En la habitación, las paredes estaban pintadas de verde oscuro, y en las ventanas que daban a una galería, las cortinas de terciopelo eran de rayas verdes y marrones. La cama, con columnas, no tenía dosel, y las sábanas eran de una tela estampada con cuadros y perros de caza. Mike vio a Samantha deslizar con placer la mano sobre el edredón.
—¿Mi padre estuvo aquí alguna vez? —preguntó.
—No —dijo Mike—. Lo indicó todo por correo y por teléfono. Tenía la intención de venir, pero...
—Ya lo sé —replicó ella, mirando los grabados de perros colgados en la pared. Tenía la sensación de que su padre no estaba muerto, sino que estaba vivo y en aquella habitación.
Mike le enseñó una despensa con vinos selectos junto a la habitación, y luego dos cuartos de baño revestidos de mármol verde oscuro, una sala de estar donde había unas sillas tapizadas con una tela a cuadros y estanterías repletas con las biografías que a su padre tanto le gustaba leer. En la tercera planta, Samantha descubrió una habitación de invitados y un estudio con una mesa de roble. Las puertas, de estilo francés clásico, daban a una terraza. Las abrió, salió y vio que abajo había un jardín.
No esperaba ver un jardín en Nueva York, y mucho menos un jardín como aquél. Mirando el césped verde y tupido, los dos árboles cuyos brotes ya despuntaban y los parterres con flores de la estación recién plantadas, casi olvidó por un momento que se encontraba en una ciudad.
Se volvió a mirar a Mike, con una expresión de alegría pintada en el rostro, sin fijarse en su ceño.
—¿Quién se ocupa del jardín? —preguntó.
—Yo.
—¿Puedo ayudar? Quiero decir, si me quedo; me gustaría trabajar en el jardín.
El ceño de Mike se trocó en una amable sonrisa.
—Sería un honor para mí si así fuese —respondió, y se habría sentido complacido con la pregunta de Samantha de no ser porque algo le molestaba, y no sabía qué. Quería que se quedara, pero casi estaba deseando que no sucediera así. Ese sentimiento ambiguo tenía algo que ver con la manera como ella se movía por las habitaciones, que en realidad eran las habitaciones de Dave. Había algo en la forma en que sujetaba la foto de su madre contra el pecho que le impulsaba a decirle que se marchara.
—¿Quiere ver la cocina?
Cuando Samantha asintió, él se dirigió al lado oeste de la habitación y abrió una puerta, dejando ver una escalera estrecha y oscura que conducía al piso inferior.
—Es la escalera de servicio —explicó—. La casa aún no ha sido remodelada para construir apartamentos, de modo que compartimos la cocina.
Samantha le dirigió una mirada dura.
—No tiene que preocuparse por mí —dijo, y volvió a sentirse molesto por tener que defenderse. Hubiera sido mejor entregarle una ficha policial para certificar que no tenía antecedentes, y una declaración jurada de que jamás había violado ni matado a nadie, que ni siquiera había recibido una multa por exceso de velocidad—. De cocina entiendo menos que de ordenadores, así que le aseguro que no se encontrará conmigo muy a menudo. Sé cómo guardar las cosas en la nevera, y poco más. Hasta con las tostadoras me confundo.
Samantha no respondió y siguió mirándolo, dándole a entender que no la convencían para nada sus buenas intenciones.
—Mire, Sam, tal vez los dos emprendimos este camino con mal pie, pero le aseguro que no soy ningún... sea lo que sea lo que usted piense de mí. Aquí estará totalmente segura. Segura de mí, quiero decir. Todas las puertas tienen cerraduras sólidas. Yo no tengo llaves. Su padre tenía el único juego que existe. En cuanto a compartir la cocina, podemos hacer un horario. Organizaremos toda nuestra vida con un horario, si quiere, para que no tengamos que vernos nunca. Su padre me pagó un año de alquiler por adelantado, de modo que creo que debería quedarse. Por lo demás, ya me gasté el dinero en ese montón de latas que vio allí abajo, por lo tanto no podría devolvérselo.
Samantha no sabía si contestar que sí se quedaba o que no se quedaba. Era evidente que no debía quedarse, sobre todo después de cómo se habían conocido, pero en ese momento la presencia de su padre era más fuerte que el recuerdo de los manoseos de aquel individuo. Tal vez no debiera quedarse allí, pero ¿por ventura era posible que abandonara el segundo hogar que su padre había creado? Había perdido su casa en Louisville, con todos sus recuerdos y fantasmas, pero aquí intuía el comienzo de una nueva vida.
Dejó de mala gana la foto de su madre y comenzó a bajar la escalera que conducía a la cocina. Pensando en lo que Mike había dicho de que no entendía nada de cocina, era evidente que alguien era más que ducho, porque todo estaba bien equipado y parecía que se usaba muy
