La doncella (La saga Montgomery 1)

Jude Deveraux

Fragmento

Creditos

Título original: The Maiden

Traducción: Lilian Schmidt

1.ª edición: diciembre, 2015

© 2015 by Deveraux Inc.

© Ediciones B, S. A., 2015

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Diseño de cubierta: Estudio Ediciones B

Fotografía de cubierta: Corbis

Diseño de colección: Ignacio Ballesteros

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-268-4

Maquetación ebook: Caurina.com

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Contenido

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Epílogo

La saga Montgomery

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1

Inglaterra, 1299

William de Bohun se hallaba oculto entre las sombras de los muros de piedra del castillo y contemplaba a su sobrino, que se encontraba sentado junto a la ventana. Rowan, de cabellos rubios que brillaban al sol, fruncía el ceño de su hermoso rostro al concentrarse en el estudio del manuscrito que tenía ante sí. William prefería no pensar cuánto había llegado a significar para él ese joven, a lo largo del tiempo. Rowan era el hijo que hubiera deseado tener.

Al mirar al joven apuesto, alto, de hombros anchos y caderas estrechas, volvió a preguntarse cómo un hombre feo y siniestro como Thal pudo haber engendrado a alguien como Rowan. Thal se hacía llamar rey de Lanconia, pero se vestía con pieles de animales, sus sucios cabellos le llegaban hasta los hombros y comía y hablaba como un bárbaro. A William le producía aversión y sólo toleraba su presencia en su casa porque se lo había pedido el rey Edward. William le había ofrecido su casa hospitalariamente y había ordenado a su mayordomo que organizara entretenimientos para aquel hombre vulgar y tosco, pero, personalmente, se había mantenido alejado de ese joven detestable.

Ahora, a William le asaltaban recuerdos angustiosos cuando miraba a Rowan. Cuando William estuvo ocupado, lejos del castillo, su querida y hermosa hermana Anne se había enamorado de ese hombre detestable. Cuando William se dio cuenta de lo ocurrido, Anne ya estaba tan hechizada por él que amenazaba con matarse si lo perdía. El estúpido rey bárbaro ni siquiera parecía darse cuenta de que Anne ponía en peligro su alma inmortal por el solo hecho de mencionar el suicidio.

Nada de cuanto William hubiera dicho, habría desanimado a Anne. William le decía que Thal era una persona repulsiva y Anne lo miraba como si fuera tonto.

—No es repulsivo para una mujer —había dicho ella, riendo de tal modo que William experimentaba náuseas al pensar que las manos de ese hombre untuoso y sombrío pudiesen tocar a Anne, tan rubia y esbelta.

Finalmente, el rey Edward había tomado una decisión por él. Había dicho que los lanconianos eran pocos pero feroces y que si su rey deseaba una esposa inglesa debía tenerla.

De modo que el rey Thal se casó con Anne, la hermosa hermana de William. Éste se embriagó durante diez días, con la esperanza de que, cuando recobrara la sobriedad, descubriera que todo había sido producto de su imaginación. Pero cuando despertó de su estupor alcohólico vio a Thal, un poco más alto que su hermana, inclinado sobre ella, envolviendo su rubia belleza con su tenebroso cuerpo.

Nueve meses más tarde nació Rowan. Desde el primer momento, William había experimentado un extraordinario cariño por el pequeño. Aunque estaba casado, William no tenía hijos, pero anhelaba fervientemente un niño. Thal demostró una total indiferencia hacia el bebé.

—Bah, grita por un extremo y huele mal por el otro. Los niños son para las mujeres. Aguardaré hasta que se convierta en un hombre —había gruñido Thal, con su extraño acento lanconiano. Lo que más le interesaba era que Anne se repusiera rápidamente del parto para volver a acostarse con ella.

William consideraba a Rowan como si fuera suyo y pasaba largas horas haciendo juguetes para él, jugando con el niño y ayudándolo a caminar cuando dio sus primeros pasos. Rowan comenzó a convertirse en su razón para vivir.

Cuando el niño tenía poco más de un año, nació su hermana Lora. Como su hermano, era bonita y rubia y no parecía haber heredado nada de su moreno padre.

Cuando Lora tenía cinco días de vida, Anne murió.

Inmerso en su dolor, William sólo se preocupó por su propio sufrimiento. No percibió la pena ni la amargura de Thal. William sólo pensaba que Thal era la causa de la muerte de su adorada hermana. Le ordenó que se alejara de su casa.

Tristemente, Thal había dicho que al día siguiente se marcharía con sus hombres y sus hijos para regresar a Lanconia.

William no había comprendido el significado de las palabras de Thal, pero, cuando oyó ruidos en el patio de la planta baja, comprendió que Thal se llevaría a Rowan y al bebé. William enloqueció de furia. Normalmente era un hombre sensato, pero en ese momento actuó impulsado por la ira, el sufrimiento y el temor. Reunió a sus caballeros y atacó a Thal y a su guardia personal mientras dormían.

William nunca había visto luchar como lo hacían esos lanconianos. Los hombres de William eran mucho más numerosos, la proporción era de cuatro a uno, pero aun así, tres de ellos, incluido Thal, lograron huir.

La sangre manaba de las heridas que tenía en los brazos, las piernas y la mejilla derecha, pero Thal, de pie sobre el muro del castillo, iluminado por la rosada luz del amanecer, maldijo a William y a su progenie. Thal dijo que sabía que William deseaba apoderarse del príncipe Rowan, pero que jamás lo lograría. Rowan era un lanconiano, no un inglés, y algún día regresaría con su padre.

Luego Thal y sus hombres saltaron el muro y desaparecieron en el bosque.

Esa noche comenzaron las desventuras de William. Su vida, que alguna vez había sido dorada, se tornó gris como el plomo. Un mes más tarde, su mujer había muerto de viruela, luego la enfermedad diezmó más de la mitad de los campesinos y no pudo efectuarse la cosecha. La nieve, que comenzó a caer prematuramente, arruinó los sembrados.

William volvió a casarse; esta vez lo hizo con una quinceañera rolliza y saludable, que resultó ser prolífera como un conejo. En el transcurso de cuatro años tuvieron cuatro hijos; cuando nació el cuarto, la madre murió. William no se apenó mucho, pues había comprobado que su enamoramiento, basado en la atracción del cuerpo joven y hermoso de su mujer, ya había pasado y que ella era una joven tonta y frívola incapaz de ser su compañera.

William se hizo cargo de sus cuatro hijos y de los dos niños de Anne. El contraste era total. Rowan y Lora eran altos y hermosos, de cabellos rubios. Eran inteligentes, siempre ansiosos por aprender; amables. Sus hijos, en cambio, eran tontos y torpes, hoscos y resentidos. Odiaban a Rowan y hacían a Lora objeto de sus bromas malévolas. William sabía que era el castigo que recibía por lo que había hecho a Thal. Incluso comenzó a pensar que el fantasma de Anne se vengaba del ataque que había descargado sobre su marido.

Cuando Rowan tenía diez años, llegó al castillo de William un anciano de larga barba. Llevaba una corona de oro con cuatro rubíes y dijo llamarse Feilan. Era lanconiano y estaba allí para enseñar a Rowan dos hábitos lanconianos.

William se dispuso a atravesarlo con su espada, pero Rowan se interpuso entre ambos. Era como si el niño hubiese sabido que ese hombre llegaría y lo hubiera estado aguardando.

—Soy el príncipe Rowan —dijo solemnemente.

En ese instante, William supo que estaba a punto de perder lo que más amaba en el mundo y no podía hacer nada para impedirlo.

El anciano permaneció en el castillo; dormía en uno de los sótanos y, durante el día, estaba siempre junto a Rowan. Éste siempre había sido un niño serio; había cumplido obedientemente las obligaciones impuestas por William, pero ahora su capacidad para el estudio parecía ilimitada. El anciano lanconiano enseñaba a Rowan en el aula y en el campo de adiestramiento. Al principio William puso objeciones porque, en su calidad de caballero, consideraba que los métodos de ducha lanconianos eran deshonrosos. Ni Rowan ni Feilan le prestaron atención y Rowan aprendió a pelear de pie, con la espada y la lanza, con un palo, con garrotes y, para horror de William, con los puños. Los caballeros sólo peleaban a caballo.

Rowan no fue criado como otros jóvenes aristócratas, sino que permaneció en el castillo de su tío y estudió con el lanconiano. Los hijos de William fueron marchándose uno a uno para vivir con otros caballeros y convertirse en sus escuderos. Regresaron después de ser armados caballeros, pero continuaron siendo hostiles a Rowan. Cuando se convirtieron en hombres, desafiaron a Rowan en un torneo, con la esperanza de vencerlo y ganarse la estima de su padre.

Rowan los batió fácilmente y luego retornó a sus estudios, imperturbable.

Los hijos de William protestaron por la presencia de su primo en la casa. Colocaban trampas debajo de la montura de Rowan, le robaban sus libros, se mofaban de él en presencia de extraños. Pero Rowan jamás se enfadaba, lo que enardecía aún más a sus toscos primos. La única oportunidad en que William vio enojado a Rowan fue cuando su hermana, Lora, pidió autorización para casarse con un barón que estaba de visita en casa de William. Rowan había dicho a Lora que era lanconiana y que debía aguardar a ser llamada desde su tierra natal. William estaba azorado, en parte por la explosión temperamental de Rowan, pero más aún por el hecho de que se refiriera a Lanconia como su «tierra natal». Se sintió traicionado, como si el joven no le retribuyera todo el amor que William le había ofrecido. William ayudó a Lora para que llevase a cabo sus planes matrimoniales. Pero, después de dos años de matrimonio, su marido murió y Lora regresó a la casa de su tío, con su pequeño hijo, Phillip. Rowan había sonreído y le había dado la bienvenida.

—Ahora estamos preparados —había dicho, rodeándola con el brazo y tomando a su pequeño sobrino.

En ese momento, William contemplaba a Rowan. Tenía veinticinco años y, durante ese tiempo, William había llegado a amarlo más que a sí mismo. Pero todo había concluido. Fuera aguardaban cien guerreros lanconianos; altos, morenos y llenos de cicatrices, sobre sus caballos de patas cortas y cuerpos anchos. Los hombres tenían una expresión hosca y estaban armados hasta los dientes. Obviamente, estaban preparados para la lucha. El que los lideraba se adelantó y anunció a William que estaban allí para llevarse a los hijos de Thal, ya que éste estaba moribundo y Rowan debía convertirse en rey.

William hubiera deseado negarse y estaba dispuesto a luchar para retener a Rowan, pero el hijo mayor de William había apartado hacia un lado a su vacilante padre, dando la bienvenida a los lanconianos con los brazos abiertos. William supo reconocer su derrota. No se podía luchar por alguien que no deseaba permanecer allí.

Abatido, subió los escalones que llevaban a las habitaciones de Lora, donde se hallaba Rowan, estudiando junto a la ventana. Su tutor ya era muy anciano, pero cuando vio la expresión del rostro de William, se puso de pie con dificultad y fue hacia donde estaba Rowan. Luego, lentamente, apoyó una rodilla en el suelo. Cuando Rowan miró a su viejo tutor, comprendió.

—Viva el rey Rowan —dijo el anciano, inclinando la cabeza.

Rowan bajó solemnemente la suya y luego miró a Lora, que había interrumpido su labor de costura.

—Ha llegado el momento —dijo suavemente—. Debemos ir a casa.

William se alejó para que no vieran las lágrimas que asomaban a sus ojos.

Lanconia

Jura estaba de pie, inmóvil dentro del agua que llegaba hasta sus rodillas. Sostenía una lanza, aguardando el momento propicio para pescar un pez que nadaba lentamente en el agua. El sol que acababa de salir dibujaba el perfil de las montañas de Tarnovia que estaban detrás de ella. Se había quitado los pantalones de su uniforme de guerrera y los había dejado en la orilla. Sólo llevaba la túnica suave, bordada con el emblema de su profesión y sus piernas a partir de los muslos estaban desnudas. El agua estaba helada, pero ella estaba habituada al sufrimiento físico y, desde niña, le habían enseñado a ignorar el dolor.

Oyó pasos a su izquierda; eran pasos leves y por eso supo que se trataba de una mujer. No se movió, pero sus músculos se tornaron tensos, listos para saltar. Continuaba sosteniendo la lanza por encima de su hombro derecho, pero ahora se preparaba para girar sobre sí misma y arrojar la lanza hacia la intrusa.

Sonrió, sin mover apenas el rostro. Era Cilean, su maestra y amiga, que atravesaba el bosque, casi en silencio.

Jura atrapó un pez gordo.

—¿Desayunarás conmigo, Cilean? —dijo en voz alta, mientras quitaba el pez de la punta de la lanza y caminaba hacia la orilla. Jura medía un metro ochenta y su cuerpo estaba magníficamente modelado por el ejercicio.

Cilean salió de entre los árboles y sonrió, mirando a su amiga.

—Tu oído está tan afinado, como siempre. —Ella también llevaba los pantalones de la guerrera irial, suaves botas de cuero que llegaban hasta sus rodillas, sostenidas por jarreteras entrecruzadas desde el tobillo hasta la rodilla. Era tan alta como Jura; tenía piernas largas y delgadas, senos altos y firmes, una espalda flexible y erguida. Pero su rostro no era tan sorprendentemente hermoso como el de Jura. Además comenzaba a delatar sus veinticuatro años cuando estaba junto a Jura, que tenía dieciocho.

—Él ha llegado —dijo Cilean suavemente.

Jura, que estaba recogiendo pequeñas ramas para hacer fuego, apenas tuvo un gesto de vacilación.

—Jura —dijo Cilean con voz implorante—. Algún día deberás afrontarlo. —Hablaba el dialecto irial de Lanconia, una lengua de sonidos suaves y eses arrastradas—. Será nuestro rey.

Jura se incorporó y se volvió para mirar a su amiga. Sus trenzas negras se movieron con ella y su hermoso rostro se llenó de furia.

—No es mi rey. Jamás lo será. Es inglés, no lanconiano. Su madre era una inglesa débil; todo el día sentada junto al fuego, cosiendo. Ni siquiera tuvo la fortaleza necesaria para dar muchos hijos a Thal. Nuestro verdadero rey es Geralt. Su madre era lanconiana.

Cilean había escuchado esas mismas palabras centenares de veces.

—Sí; Astrie era una mujer maravillosa y Geralt es un gran guerrero, pero no fue el hijo primogénito y Astrie no fue la esposa legal de Thal.

Jura se volvió, tratando de controlar su enojo. Entrenándose podía ser muy serena, podía mantener la calma aun cuando Cilean le tendiera trampas, como la de ordenar que cinco mujeres atacaran simultáneamente a Jura, pero había un tema respecto del cual Jura no podía controlar su furia, ante la injusticia: Geralt. Años antes de que naciera Jura, el rey Thal había viajado a Inglaterra para tratar de celebrar una alianza con el rey de Inglaterra. En lugar de ocuparse del propósito de su viaje, había descuidado los asuntos de estado y había sido hechizado por una inglesa inútil e insulsa. Se había casado con ella y permanecido en Inglaterra durante dos años, durante los cuales engendró dos raquíticos niños,

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