Primeras impresiones

Jude Deveraux

Fragmento

Creditos

Título original: First Impressions

Traducción: Cristina Martín

1.ª edición: diciembre, 2015

© 2015 by Deveraux, Inc.

© Ediciones B, S. A., 2015

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Publicado por acuerdo con el editor original, Atri Books, un sello editorial de Simon & Schuster, Inc.

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-274-5

Maquetación ebook: Caurina.com

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Contenido

Contenido

Portadilla

Créditos

 

Prólogo

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Epílogo

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Prólogo

En el momento en que vio aquella sonrisa de satisfacción en el rostro de Bill, Jared supo que éste iba a asignarle un trabajo que no le gustaría. Y bien, ¿qué tenía que hacer un hombre para que le dejaran escoger sus misiones?, pensó por enésima vez. ¿Conseguir que le pegaran un tiro? Qué va, eso ya se lo habían hecho en tres ocasiones. ¿Y qué tal ser secuestrado? Le había sucedido dos veces. ¡Eh! ¿Y qué tal pasar tan poco tiempo en casa que su mujer terminase dejándolo por otro, un vendedor de coches de segunda mano que después fuese el padre de sus tres hijos? No. Eso también le había ocurrido. Entonces, ¿qué tal hacerse demasiado viejo para permanecer en activo? Demasiado tarde; a sus cuarenta y nueve años, Jared tenía la sensación de haber alcanzado dicha edad unos seis años antes.

—No me mires así —dijo Bill mientras sostenía abierta la puerta de su despacho para que entrase Jared.

Con un gruñido y fingiendo una pronunciada cojera, Jared se dirigió a la silla que había frente a la abarrotada mesa de Bill, sobre la que descansaba una placa que llevaba grabado el nombre William Teasdale. Estiró la pierna con movimientos rígidos y se frotó la rodilla ostentosamente, como si estuviera sufriendo un gran dolor.

—Puedes cortártela —dijo Bill al tiempo que se sentaba al otro lado de la mesa—. No me das ninguna pena y, aunque la sintiera, no podría librarte de ésta. —Tomó una carpeta y miró a Jared por encima del borde—. A la mayoría de los agentes les encantaría que les encomendásemos misiones sobre el terreno. ¿Por qué a ti no?

Jared se recostó en su sillón.

—¿Por dónde quieres que empiece? ¿Por lo que me duele? Después del último trabajo, pasé tres semanas en el hospital. También está mi vida. Me gusta vivir. Y luego está...

—¿Te has echado una novia nueva? —le preguntó Bill con los ojos entornados.

Jared esbozó una sonrisa.

—Pues sí. Una chica muy agradable. Me gustaría verla de vez en cuando.

—¿Otra descarriada que se ha reformado?

—Sí, antes era una stripper —murmuró Jared sonriendo con cierta vergüenza—. Bueno, ¿qué quieres? Después de toda una vida con Patsy...

—No me cuentes tu vida —lo interrumpió Bill y asumió una vez más el papel de jefe—. Necesitamos que alguien averigüe una cosa, y tú eres la persona indicada. ¿Te acuerdas de ese agente que descubrimos que llevaba quince años haciendo de espía?

—Sí —contestó Jared con un deje de amargura en la voz. Él había colaborado en una misión con el susodicho unos diez años antes, y después había presentado un informe en el que afirmaba que el agente no le inspiraba mucha confianza, aunque no sabía explicar por qué. Nadie prestó atención a su informe. Y ahora, hacía pocos meses, habían descubierto que el agente en cuestión era un espía que llevaba varios años suministrando información a su país de origen—. Y bien, ¿qué habéis averiguado de él?

—Nada. Se suicidó antes de que le echáramos el guante.

—Por favor, dime que no me enviarás a su país, sea el que sea, como agente secreto, para investigar...

—No —lo atajó Bill con un gesto de la mano—. Nada más lejos. La verdad es que no tenemos ni la más remota idea de cuál era su último gran proyecto. Este tipo se enteró de que íbamos a por él aproximadamente diez minutos antes de que llegáramos, de manera que tuvo tiempo para destruir un montón de pruebas. Pero hallamos unos CDs escondidos debajo de las tablas del suelo, y una lista de nombres dentro de una bombilla. Dispuso de tiempo para deshacerse de todo eso. En cambio, tenía el disco duro lleno; ¿por qué no borró esa información?

—¿No la borró? —dijo Jared, notando que lo invadía la curiosidad de siempre. Intentó contenerla de inmediato. «¿Por qué?» Ésta es la pregunta que más problemas le había causado en la vida. Incluso cuando un caso se daba por cerrado, los «¿por qué?» de Jared lo impulsaban a continuar cavilando—. ¿Qué hizo, entonces?

—Hizo unas cuantas bolas con varios papeles y se las tragó.

—Seguro que alguien se habrá divertido mucho recuperándolas.

—Sí —convino Bill con media sonrisa—. La mayor parte de lo que se tragó se ha perdido, pero los forenses han conseguido recuperar un nombre y parte de un número de la Seguridad Social. —Puso sobre la mesa una bolsa de plástico transparente, y Jared la levantó para examinarla. En su interior había un trozo pequeño de papel que parecía tener algo escrito, pero no logró distinguir lo que decía—. Eden Palmer —aclaró Bill—. Ese nombre y unos cuantos números son las únicas cosas que se han podido leer con claridad.

—¿Quién es éste?

—Ésta. Hasta donde sabemos, no es nadie. —Bill extrajo un papel de la carpeta que tenía delante—. Cuarenta y cinco años de edad, tuvo una hija a los dieciocho y nunca se ha casado. Desempeñó un trabajo de bajo nivel detrás de otro hasta que su hija fue a la universidad, entonces ella volvió a estudiar y obtuvo una licenciatura. —Bajó la vista hacia el expediente—. Un par de años después, Eden Palmer se trasladó a Nueva York, donde trabajó en una editorial. Cuando tuvimos noticia de ella por primera vez, ella no lo sabía, pero una anciana conocida suya había fallecido y le había dejado un viejo caserón en el este de Carolina del Norte. El abogado al cargo del caso la andaba buscando, pero nosotros nos las ingeniamos para que tardara en encontrarla. Nos interesaba conseguir más información sobre ella antes. —Dejó los papeles y clavó la vista en Jared.

—¿Y cómo se puso en contacto con un individuo que llevaba un montón de años ejerciendo de espía en Estados Unidos?

—No tenemos ni idea de cuál era su conexión con él.

Bill seguía mirando fijamente a Jared como si esperara que éste hiciera alguna deducción brillante.

—Tal vez fuese de índole personal —aventuró Jared—. A lo mejor ese tipo estaba enamorado de ella. ¿O es demasiado fea para eso?

Bill desprendió del expediente una fotografía que estaba sujeta con un clip y la puso sobre la mesa.

—No está mal —comentó Jared, contemplándola.

Era la foto del carné de conducir, por lo que Jared supuso que en la realidad sería el triple de guapa. Estudió atentamente el retrato y los datos. Era una mujer de estatura baja —sólo medía uno cincuenta y ocho—, gozaba de buena vista y era donante de órganos. Tenía el cabello fino y más bien rubio, ligeramente ondulado, ojos azules, nariz pequeña y una boca bonita. En la foto tenía aspecto de cansada y triste; probablemente había hecho cola durante tres horas, pensó Jared. Le devolvió la foto a Bill.

—¿Y dónde intervengo yo?

—Necesitamos que averigües qué sabe o a quién conoce.

Jared parpadeó un par de veces. Bill le había asegurado que sólo él podía llevar a cabo aquella misión, pero se trataba de un trabajo para un agente en prácticas, no para un veterano. Bastaba con hacerla venir para interrogarla y arrancarle información; probablemente, información que ella poseía sin siquiera saberlo. No resultaría demasiado difícil; ¿dónde había estado en los últimos años? ¿Le había encargado alguien que le llevara un paquete a otra persona? Jared casi sonrió al pensar en esta última posibilidad. Después se fijó en la intensa mirada de Bill. ¿Se le había escapado algo?

Enseguida lo comprendió: querían que él intentara seducirla para tirarle de la lengua. Que engatusara a una solterona solitaria y después la sonsacase.

—Ah, no, ni hablar. Estoy dispuesto a arriesgar mi vida por la agencia, pero no a besar a nadie por ella.

—Pero James Bond...

—Ése es un personaje de mentira —replicó Jared pasando por alto la sonrisita de satisfacción de Bill—. James Bond no existe en la realidad, sino que... —Jared se frotó los ojos para calmarse y después miró a Bill—. Solicito respetuosamente que no se me asigne esta misión, señor.

Bill se recostó en su sillón y cruzó las manos sobre su musculado abdomen.

—Mira, Jared, viejo amigo, este caso nos tiene desconcertados. No deseamos traer aquí a esa mujer por la fuerza ni meterle miedo para que nos cuente lo que sabe. Si es que sabe algo, claro está. Y, como tú bien has dicho, tal vez la relación entre los dos fuera de índole personal. Esta mujer vivió una temporada en Nueva York, así que es posible que conociera allí a ese tal... —echó un vistazo al informe—... Roger Applegate. Un nombre de lo más norteamericano, ¿eh? Quizás él la conoció y se quedó prendado de ella, a lo mejor se enamoraron. Tal vez planeaba retirarse para casarse con ella. Quizás, al comprobar que lo habían descubierto, su única preocupación pasó a ser proteger el nombre de ella. Por lo visto, le daba igual que investigáramos a los delincuentes cuyos nombres figuraban en los CDs, pero puede que sí le importase que implicáramos al amor de su vida en un asunto sórdido. Por otra parte, es posible que la señora Palmer no tuviera la menor idea de que este hombre estaba loco por ella; era un tipo de aspecto insignificante y apocado en el que no se fijaba nadie, así que tal vez la señora Palmer era el objeto secreto de sus desvelos pero jamás llegó a enterarse del gran amor que él sentía por ella.

—O tal vez esté enterada de todo —repuso Jared en tono cansado—. Y tal vez tú quieres que yo averigüe qué sabe y qué no.

—Siempre se te ha dado muy bien usar el cerebro —comentó Bill, sonriente.

Jared exhaló un suspiro. En todos los años que llevaba en la agencia, se había esforzado por no establecer vínculos personales con la gente que trataba en el transcurso de sus investigaciones. Las emociones impiden ver las cosas con claridad. Pero ahora, si lo había entendido bien, le estaban pidiendo que intimase con aquella mujer para hacerla hablar. Ella no era una marginada que se había regenerado; era una...

Miró a Bill.

—¿Va a misa?

—Todos los domingos.

Jared soltó un gemido.

—Pero si es madre soltera... —En su voz se percibía un matiz de esperanza.

—Tenía diecisiete años, acababa de salir del ensayo del coro y volvía andando a su casa cuando la asaltó un hombre. Sus padres, en cuanto descubrieron que se había quedado embarazada, la echaron de casa.

Jared parecía a punto de romper a llorar.

—¡Cielo santo! Una heroína perseguida. Una persona inocente, víctima de la tragedia —refunfuñó—. ¡Dios nos libre!

Fulminó a Bill con la mirada, pero éste se limitó a sonreír. Jared comprendió que lo habían escogido a él a causa de su edad y su apariencia física. Tenía el cabello negro, los ojos color azul marino y un cuerpo esbelto gracias a los años de gimnasio. A lo mejor, si se ponía a trasegar cerveza y a zamparse montañas de rosquillas conseguiría engordar en unos cuatro días. Si estuviera gordo, no le habrían asignado aquel trabajo. ¿Quién dijo que estar en forma era bueno?

—¿Y quién es la anciana que le dejó la casa en herencia?

Bill hojeó los papeles de la carpeta.

—Se llamaba Alice Augusta Farrington. Nació rica, pero su hijo drogadicto lo dilapidó todo. El chico por lo menos tuvo la decencia de morirse antes que su madre, de modo que ella disfrutó de unos cuantos años de paz. Le dejó a nuestra señora Palmer la casa y lo que quedaba de su fortuna.

—¿Cómo conoció nuestra perfecta heroína a esa vieja rica?

—Al parecer, la vieja la acogió en su casa cuando ella no era más que una chiquilla embarazada. La vieja quería que alguien le ordenase todos los papeles que guardaba en el desván. La casa fue construida en... —leyó de nuevo— alrededor de 1720 por uno de los antepasados de la anciana, y la señora Palmer pasó varios años catalogando los documentos de la familia.

—Otra virtud y otro talento más —comentó Jared con una mueca—. Un verdadero ángel. Deja que lo adivine: la señora Palmer y su retoño se quedaron a vivir allí una larga temporada, arropados por el cariño de todos.

—Ella se quedó hasta que, un día, cuando su hija tenía cinco años, se marchó con ella en mitad de la noche. —Bill miró a Jared con fijeza—. El hijo de la vieja era un delincuente sexual fichado. Le gustaban los niños. Chicas o chicos, le daba igual. No tenemos modo de saberlo, pero suponemos que intentó hacerle algo a la hija de la señora Palmer, y ésta se apresuró a abandonar su cómodo hogar.

Jared apartó la vista por unos instantes. Aborrecía a la gente que hacía daño a los niños. Luego se volvió de nuevo hacia Bill.

—De acuerdo, así que no ha tenido una vida fácil. Como muchos de nosotros. Pero por lo que cuentas yo diría que esa mujer ha estado en bastantes sitios y ha visto lo suficiente como para haber conocido a ese tal Applegate. Quizá, si le preguntarais qué es lo que sabe, os lo diría. Quizá...

—¿Te acuerdas de Tess Brewster?

—¿Que si me acuerdo? —contestó Jared, tensando los músculos de la mandíbula—. ¿Quieres decir que ha muerto?

Tess y él habían trabajado juntos en cierta ocasión, once años atrás. Jared apretó con fuerza el brazo de la silla y experimentó una súbita punzada de dolor que le ascendió por la pierna derecha. La vieja herida reaccionaba a lo que sucedía en el interior de su cerebro de igual manera que a los cambios de tiempo.

—Hace aproximadamente un mes comenzamos a hacer algunas averiguaciones discretas sobre la señora Palmer. En Nueva York y en la localidad donde nació no encontramos nada. Pero enviamos a Tess a Arundel, la población en donde se encuentra la antigua mansión que heredó la señora Palmer. Alquilamos una casa en la misma calle, y la semana pasada Tess murió atropellada. El conductor se dio a la fuga. Hemos investigado intentando hacer el menor ruido posible; por lo visto fue obra de un profesional.

Jared suspiró. Le caía bien Tess; era una mujer capaz de beber más que cualquier hombre sin caerse al suelo, y había sido una buena agente.

—¿Crees que su asesinato tuvo que ver con la casa o con la angelical señora Palmer?

—No lo sabemos, pero estamos seguros de que allí hay algo. Una de las dos está siendo vigilada muy de cerca, y ésa es una de las razones por las que te necesitamos a ti.

—Entiendo. Yo me las he arreglado para que mi cara no aparezca en los medios.

—Así es, en general has conseguido permanecer a la sombra. Pero Tess...

—Era fácil de reconocer. Su rostro estuvo aproximadamente unas seis semanas en todos los periódicos cuando testificó contra aquel mafioso. —Jared levantó la cabeza—. Tal vez fue él quien...

—¿Te refieres a que tal vez fue ese matón quien la asesinó? Murió hace dos años, y no creemos que fuera lo bastante poderoso o popular como para que alguien se atreviese a matar por él a una agente federal. Además, ¿qué motivo tenían para esperar siete años? No, creemos que alguien descubrió que Tess era una agente y la mató para que no averiguara qué sabe la señora Palmer... o qué es lo que hay dentro de esa casa.

Jared estaba seguro de que Bill sabía más de lo que quería revelarle, y dudó que alguien pensara de verdad que aquella mujer era inocente.

—¿Tenéis alguna idea de qué es lo que posee concretamente la señora Palmer? ¿Se trata de algún nombre? ¿O de información de otra clase? ¿O tal vez de algún objeto que obra en su poder? Quizá sepa qué hay enterrado en el jardín de atrás. ¿Y desde cuándo lo sabe o lo tiene en sus manos? ¿Intentó alguien engatusarla cuando vivía en Nueva York?

Bill recogió una caja que había en el suelo y la colocó encima de la mesa.

—Esto está lleno de información sobre ella. Es todo lo que hemos averiguado. Tess redactó dos informes antes de que la asesinaran, pero no sacó nada en claro. Mira, llévate todo esto a tu casa, léetelo durante el fin de semana y el lunes me cuentas qué opinas de ello. Si aceptas el trabajo, perfecto. Si no quieres hacerlo, perfecto también.

Jared llevaba demasiados años trabajando con Bill para morder el anzuelo. Conocía a Bill lo bastante para suponer que éste ya le había forjado una nueva identidad. Jared extendió los brazos hacia la caja y preguntó:

—¿Cuál va a ser mi tapadera?

Bill intentó reprimir una sonrisa, pero no lo logró.

—Hemos alquilado la casa que está al lado de la de la señora Palmer. No es más que una cabaña de pesca que antes pertenecía a la vieja, pero ella tuvo que venderla para pagar las deudas de su hijo. Entre drogas y abogados, el chico le costó millones. Tú serás un policía retirado, que ha dejado el servicio prematuramente por culpa de esa rodilla; tu esposa de veintiséis años acaba de fallecer y has alquilado esa casa en medio de ninguna parte con la intención de dedicarte a pescar y a cazar para olvidarte de todos tus problemas. Necesitas una excusa para llorarle en el hombro. A las mujeres les gustan esas cosas.

Jared se mordió la lengua para no replicar. Bill llevaba treinta y cinco años casado con la misma mujer y le gustaba creer que lo sabía todo acerca del sexo femenino y el matrimonio. La verdad es que su esposa pasaba casi la mitad del año en otro estado, viviendo con su hermana, que no se había casado nunca y que según los rumores era una auténtica bruja. Circulaban muchas bromas y especulaciones acerca de lo que haría la esposa de Bill cuando estaba con su hermana.

—Si a esta mujer no le han notificado todavía que ha heredado esa casa, ¿cómo sabéis que no la venderá sin siquiera verla? ¿Qué os hace estar tan seguros de que abandonará las luces de la ciudad para irse a un paraje agreste y rural de Carolina del Norte?

Bill miró a Jared.

—Lo cierto es que pensamos que esa mujer sabe algo, y que ese algo tiene que ver con la casa. Si la vende de inmediato, nuestra teoría se vendrá abajo, pero si deja su empleo, abandona a su hija embarazada y toma el primer vuelo a Arundel, es posible que esa prisa se deba a que sabe algo.

Jared levantó la caja de la mesa.

—Entonces, ¿cuándo me voy?

Bill, con una ancha sonrisa, abrió el cajón de su mesa y extrajo un juego de llaves.

—Hay una camioneta Chevy azul oscura con tracción a las cuatro ruedas y más de tres toneladas de peso esperándote en la plaza de aparcamiento número ochenta y uno. Está repleta de aparejos de pesca y otros trastos que Susie, de contabilidad, ha pedido para ti por catálogo. En el asiento del pasajero encontrarás un mapa con indicaciones, y en el llavero, una llave de la casa. Ya es tarde, de modo que esta noche puedes pernoctar en un motel y aprovechar para leerte de cabo a rabo el expediente de la señora Palmer antes de conocerla en persona.

A Jared le fastidiaba que Bill lo conociera tan bien que hubiese organizado todo aquello sin consultárselo.

—¿Qué nombre voy a usar esta vez?

—Hemos sido buenos contigo y te hemos permitido conservar tu nombre de pila. Me han dicho que la última vez no te gustó el que te asignamos. ¿Cómo era, que no me acuerdo?

—Elroy Coldheart1 —respondió Jared con una mueca de disgusto. Kathy, del departamento de documentación, le había tirado los tejos, pero él no se mostró muy interesado. La siguiente vez que la vio, ella le entregó su nuevo pasaporte con una sonrisa. No fue hasta más tarde cuando Jared vio el nombre.

—Esta vez te llamarás Jared McBride. ¿Qué le has hecho a Kathy para que se haya inventado el apellido McBride,2 precisamente? —se rió Bill, aunque en el fondo sentía curiosidad. Quería estar al corriente de todo lo que sucedía en su departamento.

Jared no contestó. Cargado con la voluminosa caja de informes, salió del despacho, sonriente. No pensaba decirle una palabra a Bill. Su único propósito era completar aquella misión lo más rápidamente posible.

1 Coldehart significa «corazón frío». (N. de la T.)

2 Bride significa «novia, recién casada». (N. de la T.)

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1

—¿Mamá? ¿Mamá? ¿Te encuentras bien?

Melissa miró a su madre con preocupación. Había traído el correo y lo había depositado sobre la mesa del vestíbulo, y ahora iba a prepararse algo de comer. Estaba embarazada de cinco meses y habría sido capaz de comerse hasta las patas de una mesa. Su madre había regresado del trabajo, había revisado el correo y había abierto una carta de lo que parecía ser un bufete de abogados. Melissa esperaba que no se tratara de malas noticias.

—¿Mamá? —preguntó con la boca llena. Estaba comiéndose un emparedado de mantequilla de cacahuete. Se había sentido tentada de añadir mermelada de uva, pero temía que su marido le notara el olor en el aliento. Stuart se mantenía inflexible en su determinación de que ella no engordase demasiado durante el embarazo, así que a la hora de la cena Melissa tomaba verduras al vapor y carne a la plancha. Pero durante el día, mientras él estaba trabajando en su prestigiosa empresa de auditoría, ella se daba el capricho de comer chocolate y gambas... todo junto.

—¡Mamá! —exclamó Melissa—. ¿Se puede saber qué demonios te pasa?

Eden se sentó en el pequeño sofá situado junto a la mesa del vestíbulo. Había descubierto aquel cachivache desvencijado en una pequeña y apartada tienda de un barrio que el marido de su hija no quería que visitaran, pero se había percatado de que era un Hepplewhite. Melissa y ella ataron el sofá al techo del monovolumen y se lo llevaron a casa. Eden tardó seis fines de semana en repararlo y tapizarlo. «Pero qué lista eres», había comentado Stuart con su altanería habitual, como si Eden perteneciera a una clase inferior a la suya. Ella tuvo que apretar los dientes, como hacía siempre que trataba con su yerno. Melissa lo quería, pero Eden jamás había logrado comprender por qué.

—La señora Farrington me ha dejado la casa en herencia.

—¿La señora Farrington? —repitió Melissa mirando el reloj de pared. Faltaban diecisiete minutos y medio para que Stuart llegara a casa. ¿Le daría tiempo a prepararse otro emparedado de mantequilla de cacahuete? ¿Con mermelada?

—Adelante —la animó Eden, que sabía en qué estaba pensando su hija—. Ya te cubro yo.

—No debería. De verdad. Pronto será la hora de cenar, y...

—Voy a hacer pechuga de pollo a la plancha, brécol al vapor, patatas asadas y de postre gelatina sin azúcar. Todo muy bueno para ti, no lleva ni una sola caloría.

Melissa abrió la boca para protestar, pero en cambio corrió a la cocina dejando atrás a su madre. Estaba untando una rebanada de pan con mantequilla de cacahuete cuando Eden entró con la carta en la mano, leyéndola una vez más.

—¿Quién es la señora Farrington?

—Seguro que la recuerdas, querida. Vivimos con ella hasta que tú cumpliste los cinco años.

—Ah, sí, de eso sí que me acuerdo. Más o menos. Era muy mayor. Y también había un hombre, ¿no? ¿No era su hijo?

Eden no se molestó en reprimir el escalofrío que la recorrió de pies a cabeza.

—Sí, era su hijo. Una persona horrible. Parece ser que murió hace algún tiempo. Antes que la señora Farrington.

—¿No mantuviste el contacto con ella? —Melissa estaba añadiendo sirope de chocolate a la leche. Era estupendo que Stuart nunca abriera el frigorífico, pues de lo contrario vería las cosas prohibidas que Eden compraba para su hija. No, Stuart era de los que creían que la forma correcta de comer era sentado a una mesa y servido por otra persona, preferiblemente su esposa. Jamás se le habría ocurrido hurgar en el frigorífico en busca de algo que picar.

—No —respondió Eden en tono tajante—. Desde que nos marchamos, no volví a comunicarme con la señora Farrington. Aunque no es que ella... —No terminó la frase. No tenía ganas de explicarle a su hija lo que había ocurrido. «No me apetecía que aquel hijo pedófilo suyo supiera dónde estaba yo», podía haber dicho, pero prefirió callar—. No, no mantuvimos el contacto.

Muchas veces a lo largo de los años se había preguntado qué habría sido de la querida señora Farrington, y a menudo la invadía el sentimiento de culpa cuando imaginaba a aquella dulce anciana a solas con su malvado hijo. Pero a continuación miraba a Melissa y comprendía que había actuado correctamente al huir sin mirar atrás.

Le echó una ojeada al reloj.

—Te quedan aproximadamente dos minutos y cuarenta y cinco segundos antes de que regrese el amo, de manera que más vale que te bebas eso y laves luego la taza.

—Madre —replicó Melissa con actitud remilgada—, Stuart no es así. Es un hombre bueno y cariñoso, y yo lo guiero... ucho. —Las últimas palabras quedaron ahogadas por el bocado que estaba masticando.

—Sí, es maravilloso —comentó Eden, pero enseguida guardó silencio al percibir el sarcasmo en su propia voz. Le costaba abstenerse de interferir en la vida de su hija, pues le resultaba duro pensar que había intentado educar a su hija para que fuera una mujer independiente, y en cambio ésta se había casado con un hombre obsesionado con el control como Stuart.

En opinión de Eden, Stuart era todo fachada. A pesar de que él no paraba de hablar del maravilloso futuro que tenía por delante, no había tenido reparo en mudarse al apartamento de Eden «sólo por unas semanas —había asegurado antes de la boda—. Hasta que encuentre una vivienda para nosotros, un poco más cerca de la zona residencial». Stuart se había comportado como si la generosa oferta de Eden fuese una nimiedad, y ella tuvo que resistir el impulso de defenderse. Pero eso había sucedido dos años antes, y ahora ya no la molestaba nada de lo que él dijera. Melissa y él continuaban viviendo en su pequeño apartamento y permitiendo que ella les hiciera la comida y se ocupara de la mayor parte de las tareas domésticas.

Meses atrás, Eden se hartó y decidió echarlos de casa. Hizo acopio de valor hasta tal punto que ya no le importaba siquiera la posibilidad de que tuvieran que vivir en la calle durante una temporada; a lo mejor no les vendría del todo mal. Aprenderían la lección. Pero entonces Melissa anunció que estaba embarazada, y allí acabó todo. Eden aún se acordaba de la sonrisita de satisfacción que esbozó Stuart cuando Melissa comunicó la feliz noticia; era como si él conociera las intenciones de su suegra y hubiera planeado el embarazo con el fin de que ella no pudiera echarlos de casa. «No te importa, ¿verdad, mamá? —dijo Melissa—. Ha sido un accidente. Deseábamos tener hijos, aunque queríamos esperar a estar instalados en nuestra propia casa. Pero ahora que están a punto de ascender a Stuart en el trabajo, no tiene sentido comprar algo pequeño e inhóspito cuando dentro de unas pocas semanas podremos permitirnos algo lujoso y magnífico.»

Desde que su hija se casó, Eden se preguntaba con frecuencia si Melissa no se estaría convirtiendo en una marioneta. «Pequeño e inhóspito» y «lujoso y magnífico» eran palabras de Stuart, no de ella.

Eden se sentó en un taburete frente a la isleta central de la cocina y volvió a leer la carta.

—La señora Farrington no tenía más herederos, por eso me lo ha dejado todo a mí.

—Qué suerte la tuya —comentó Melissa—. ¿Te ha dejado dinero?

Eden no alzó la cabeza, pero notó que la sangre le subía por la nuca. Éste es el efecto que produce la cólera en las personas. Había un asomo de miedo en la voz de Melissa, y Eden sabía muy bien cuál era la causa: Stuart. Por más que Melissa le hablaba a su madre tres veces al día de lo mucho que amaba a su marido, la verdad es que al cabo de dos años de matrimonio había llegado a conocerlo bien. Si Stuart descubría que Eden había heredado un montón de dinero, habría problemas.

—De dinero, nada —respondió Eden en tono jocoso, procurando no oír el suspiro de alivio de su hija—. Sólo un viejo caserón que se cae a pedazos. Te acuerdas de él, ¿no?

—Una monstruosidad victoriana, si la memoria no me falla.

Eden estuvo a punto de corregir a su hija diciéndole que aquella mansión se había construido antes que la finca Mount Vernon de George Washington, pero no deseaba que Melissa le contase aquello a Stuart; éste podría figurarse que una casa tan antigua valía dinero. Melissa no había aprendido todavía que no tenía por qué compartir con su marido todo lo que le pasaba por la cabeza.

—Más o menos —contestó Eden, sin despegar la vista de la carta. Pensaba acudir lo antes posible a un abogado de Carolina del Norte para firmar los papeles y tomar posesión de la casa. Probablemente estarían preocupados porque el tejado amenazaba con hundirse, pensó, pero no dijo nada y plegó la carta para guardarla de nuevo en el sobre.

—¿Y qué vas a hacer tú con una casa tan vieja? —le preguntó Melissa con los ojos muy abiertos.

Eden sabía que su hija tenía miedo de que su madre se marchara. Rara vez se habían separado en los veintisiete años de vida de Melissa.

—Venderla —respondió Eden rápidamente—. Y, con lo que me den, comprarle a mi nieto una casa en el campo. Con una gran haya roja en el jardín trasero.

Melissa sonrió y se relajó. Acto seguido, se apresuró a acabarse la leche con chocolate, porque había oído abrirse la puerta de la calle. Lavó la taza en cuestión de segundos, justo a tiempo para volverse y dar la bienvenida a su marido cuando éste entró en la cocina. Stuart era alto, delgado y apuesto. A Melissa se le iluminaron los ojos al verlo.

Eden saludó a su yerno con un gesto de la cabeza y a continuación se escabulló de la cocina, se metió en su habitación y cerró la puerta. Se quedó apoyada contra ella por unos instantes, con los ojos cerrados, rememorando aquel verano en que se quedó embarazada de Melissa. Entonces tenía sólo diecisiete años, acababa de finalizar el bachillerato. Una noche, después de ensayar con el coro de la iglesia, se fue a casa andando. En eso un hombre se abalanzó sobre ella, la tiró al suelo y... Eden nunca había conseguido recordar gran cosa de lo que aconteció después de aquello. Cuando todo terminó, se levantó con esfuerzo, se bajó la falda y se fue a casa tambaleándose. Quiso llamar a la policía, pero sus padres se negaron; no deseaban que su familia fuera objeto de habladurías, que la gente supiera lo que había hecho Eden. «Pero si yo no he hecho nada», gimió ella. Unas semanas después, cuando empezó a sufrir vómitos matutinos, sus padres le ordenaron que se marchara de su casa. Nada de lo que dijo Eden los conmovió en absoluto. Así que ella hizo la maleta, tomó los trescientos dólares que le dieron sus padres de mala gana y se subió a un autobús que se dirigía al este. Terminó en Carolina del Norte, un estado que no conocía en absoluto, pero que le pareció hermoso, pues le gustaban las mansiones antiguas y las extensas praderas.

Intentó conseguir un empleo, pero no había mucho donde elegir, y menos aún para una muchacha cuyo avanzado embarazo resultaba tan evidente. Cuando fue al periódico de Arundel a pedir trabajo, un hombre se apiadó de ella. Examinó con atención el impreso de solicitud que ella acababa de rellenar.

—No has cometido ni una sola falta de ortografía —le comentó en tono de broma.

Eden, que tenía calor, estaba cansada y hambrienta, y deseaba no haber venido a este mundo, se limitó a mirarlo. ¿Acaso iba a ponerle nota aquel hombre?

Él la recorrió de arriba abajo con la vista por unos momentos y al fin dijo:

—Deja que adivine quién eres. Estas cosas se me dan bastante bien. Procedes de buena familia, vas a la iglesia todos los domingos, eras una alumna destacada en el colegio, forcejeaste con el capitán del equipo de fútbol del instituto en el asiento trasero de un coche, y ahora los dos os habéis fugado juntos. ¿O tal vez él te ha dejado tirada en la carretera?

Eden estaba demasiado cansada para aquellos jueguecitos. Seguramente el hombre había comido más en el almuerzo que ella en los dos últimos días.

—Mis padres son unos fanáticos religiosos que se pasaron toda mi infancia diciéndome que era una pecadora. En el colegio sacaba mejores notas que nadie, pero cuando eran inferiores a un sobresaliente me pegaban con el cinturón, por el extremo de la hebilla. Y esto no me lo hizo un capitán del equipo de fútbol, sino un violador en una noche oscura. Mis padres, cuando vieron que estaba embarazada, me echaron de casa. Ahora no tengo más que quince dólares, ningún sitio donde vivir, ningún medio para ganarme la vida. He pensado seriamente en tirarme a las vías del tren.

El hombre parpadeó un par de veces y, acto seguido, descolgó su teléfono y pulsó la tecla de un número memorizado.

—¿Gracey? Soy Henry. Voy a enviarte a una jovencita. Dale de comer y prepárale esa cama de la trastienda, ¿quieres? Necesita comer y descansar. Luego ya la enviaré a casa de Alice. —Hizo una pausa para escuchar—. Sí, ya sé que Alice es insoportable, pero fíate de mí, esta chica sabrá manejarla. Después de las experiencias por las que ha pasado, Alice le parecerá una maravilla.

Eden logró levantarse de la silla y llegar hasta la puerta sin desmayarse. La rabia que le provocaba la injusticia cometida contra ella le había infundido fuerzas hasta el momento, pero ahora que alguien le demostraba un poco de amabilidad, temía derrumbarse. El hombre no la ayudó a levantarse ni a caminar hasta la salida; tal vez supuso que ella era lo bastante orgullosa para apañárselas sola. Sin embargo, no resulta nada fácil mantener el orgullo cuando uno lleva más de una semana sin darse un baño. Aun así, ella se las arregló para mantenerlo.

Cuando salió por la puerta, vio al otro lado de la calle un escaparate con el rótulo «Restaurante de Gracey», y cuando se dirigía hacia allí estuvo a punto de atropellarla una camioneta.

Una mujer alta y nervuda, con el cabello gris recogido en un moño, salió a recibirla y la rodeó con el brazo.

—Cariño, estás peor de lo que me ha dicho Henry.

Tres horas después, cuando Eden hubo engullido más de lo que Gracey había visto comer a una persona de una sola sentada, Eden se metió en la cama y no se levantó hasta la mañana siguiente. Era domingo, y Gracey llevó a Eden en su coche a conocer a la señora Alice Augusta Farrington, que vivía en una antigua mansión situada al otro lado de un puente, cerca del centro.

A Eden siempre le había gustado mucho la historia, y le encantaban las películas ambientadas en un contexto histórico. Fue una suerte para ella, porque sus padres no le permitían películas rodadas después de 1959. Sostenían que los años sesenta habían marcado el principio del fin de la religiosidad en Estados Unidos. Cuando Eden se apeó del coche de Gracey y contempló aquella vieja casa, supo que se hallaba frente a una reliquia auténtica. Aquélla no era una mansión «construida al estilo colonial»; era una mansión colonial de verdad. Eden nunca había visto Williamsburg, pero supuso que aquella casa encajaría allí perfectamente.

—Vaya caserón desvencijado, ¿verdad? —comentó Gracey—. Yo le digo a Alice que debería echarlo abajo y construirse un bonito chalé de ladrillos estilo hacienda.

Eden miró a Gracey para ver si estaba bromeando. Había un brillo juguetón en los ojos de Gracey. Eden sonrió.

—Sólo quería ponerte a prueba —confesó Gracey devolviéndole la sonrisa—. Por aquí nos gustan las casas antiguas.

Eden contempló la mansión. Tenía siete ventanas en la fachada principal y un porche completo. A cada lado se erguían varios árboles gigantescos, y ella se preguntó si los habrían plantado en la misma época en que se construyó la casa.

Alice Augusta Farrington era tan menuda que a su lado Eden se sintió corpulenta, cosa nada fácil dado que ella misma no era muy alta. Pero la señora Farrington medía cerca de metro cincuenta y no debía de pesar más de cuarenta y cinco kilos. «Lo que le falta de estatura le sobra de carácter», le había asegurado Gracey durante el trayecto en coche, cuando le hablaba a Eden de la familia Farrington. Habían construido aquella casa a principios del siglo xviii, y desde entonces no se habían desprendido de ella. A juicio de la señora Farrington, aquello la convertía en miembro de la realeza americana. «Las Hijas de la Revolución Americana,1 ¡ja! —solía decir—. Advenedizas. Hojean un par de libros, descubren que sus antepasados viajaron de polizones en un barco y se creen que valen algo. En cambio, mis antepasados...» Y a continuación se extendía en relatos sobre sus ancestros, que procedían de la aristocracia inglesa. «Y habrían sido aristócratas en Estados Unidos si ese idiota de George Washington no se hubiera negado a que lo coronasen. Yo ahora sería una duquesa. ¿Qué problema tenía ese sujeto?»

Según Gracey, nadie sabía si la señora Farrington hablaba en serio o en broma, pero no importaba, porque nunca esperaba respuesta de su interlocutor.

—Simplemente le gusta hablar y que los demás la escuchen.

A Eden, que había pasado buena parte de su vida escuchando a su padre pontificar sobre lo que él creía que Dios pensaba, se le daba muy bien escuchar.

Cuando tuvieron la casa a la vista, Gracey le explicó que la fachada llevaba unos veinte años sin pintar, pero el tejado siempre se encontraba en perfecto estado, porque la dueña no quería que las goteras echasen a perder sus preciados documentos. Según una leyenda local, aquella casa contenía hasta el último papel que había poseído la familia Farrington a lo largo de su historia. Recibos, recetas, diarios personales, cartas (montones de ellas): todo se conservaba allí dentro.

No obstante, incluso después de lo que le había contado Gracey, Eden se llevó una enorme impresión al ver la casa por dentro. El amplísimo vestíbulo central, dotado de altos techos, estaba tan atestado de muebles que apenas quedaba espacio para andar. Las piezas del mobiliario estaban adosadas a las paredes por lo menos de dos en fondo. Había un escritorio alto frente a un enorme armario empotrado. Una mesa alargada, arrimada a una pared, estaba cubierta de elevadas pilas de lo que parecían ser cartas viejas sujetas con cinta de un rosa descolorido, sobre las que descansaban otras mesas más pequeñas. Mesas, armarios, sillones, sofás; todas las superficies se encontraban recubiertas de papeles. Algunos de ellos estaban dentro de cajas, otros en baúles, muchos de ellos sueltos. Los ojos de Eden se agrandaron cuando se posaron en una sombrerera muy similar a una que ella había visto en un libro sobre antigüedades. ¿Dataría del siglo xviii?

—Alice —le anunció Gracey a la diminuta señora Farrington—, te he encontrado a esta muchacha.

La señora Farrington miró a Eden de hito en hito, y obviamente su aspecto le pareció deficiente.

—¿Esta poquita cosa? Es demasiado débil. ¿Y es un niño lo que lleva en la barriga? ¿Pretendes que me ponga a dirigir un albergue para jóvenes descarriadas?

Gracey hizo caso omiso del último comentario.

—Henry Walters, ya sabes, el hijo pequeño del viejo Lester, ha hecho algunas averiguaciones. La chica es de buena familia. Tiene veintitrés años, y su joven esposo ha fallecido en un horrible accidente mientras defendía a los suyos. Quedó tan abrumada por la pena que se ha escapado de casa. Sus padres la están buscando, pero ella le ha suplicado a Henry que le permita buscar su propio lugar en el mundo para salir adelante sola. Desea el puesto y está capacitada para desempeñar el trabajo. Es licenciada en Historia de Estados Unidos por la Universidad de Vassar. Naturalmente, cuando nazca el bebé, regresará con su querida familia. No te molestará con algo tan gravoso como un niño pequeño.

Eden estaba boquiabierta, con los ojos clavados en Gracey. ¡Vaya sarta de mentiras! Se volvió hacia la señora Farrington. ¿Debía decirle la verdad y arriesgarse a perder el empleo, fuera el que fuese? Esperaba que el trabajo que le estaban ofreciendo no consistiese en intentar limpiar aquella casa; encima de aquellos muebles había una capa de polvo que podía someterse a la prueba del carbono 14.

La señora Farrington observaba a Eden con expresión pensativa.

—¿Te echó tu familia de casa al descubrir que estabas embarazada?

—Sí, señora —contestó Eden mirando a la anciana a los ojos, unos ojos pequeños y negros, que reflejaban vitalidad. Tenía un cuerpo envejecido, pero un espíritu joven.

—¿Qué edad tienes en realidad? —inquirió la señora Farrington.

Gracey, que estaba detrás de la anciana, sacudió vigorosamente la cabeza en un gesto negativo para indicarle a Eden que no dijera la verdad.

—Diecisiete —respondió Eden.

La señora Farrington se volvió con tal rapidez que pilló a Gracey meneando la cabeza con desaprobación porque Eden no había querido mentir.

—Sois una familia de embusteros —la acusó la señora Farrington, aunque sin animosidad en su voz. Acto seguido salió de la estancia y dejó solas a Gracey y Eden.

Gracey no estaba ofendida por el comentario de la señora Farrington; de hecho, sonreía abiertamente. Le dio un empujoncito a Eden para animarla a seguir a la anciana.

—Adelante.

—Pero no ha dicho que me haya contratado —repuso Eden—. Es posible que...

—Créeme, si no estuvieras contratada, Alice Farrington te lo habría dicho. Le has caído bien.

—¿Que le he caído bien?

—No te ha dicho ni una palabra ofensiva. Eso es empezar con buen pie. Vamos, ve con ella, yo tengo que irme a preparar las tartas para mañana.

Gracey se apresuró a regresar a su coche antes de que Eden estuviese lo bastante recuperada para correr tras ella.

—Pero, ¿en qué consiste el empleo? —gritó desde el porche. Su maleta estaba en el suelo—. ¿Qué se supone que tengo que hacer?

—Ah —contestó Gracey agitando la mano al tiempo que subía al coche—. Hacer una lista de todos esos papeles.

—¿Una lista? —repitió Eden sin entender a qué se refería.

—Como en las bibliotecas. —Gracey cerró la portezuela del coche y encendió el motor.

Eden la siguió con la mirada hasta que se perdió de vista detrás de los árboles.

—¿Como en las bibliotecas? —susurró, y al momento irguió la cabeza—. ¿Confeccionar un catálogo? ¿Quiere que catalogue ese desbarajuste que tiene ahí dentro?

Cuando estaba en el instituto había trabajado en la biblioteca, de modo que tenía cierta idea de lo que implicaba aquella tarea. ¿Estarían las otras habitaciones de la casa tan atiborradas como el vestíbulo central? En ese caso, sólo realizar un inventario le llevaría muchísimo tiempo. Años, incluso.

Eden contempló el prado que se abría ante ella. La casa se alzaba en medio de un pequeño oasis de verdor, y tres de sus lados estaban rodeados por hectáreas y más hectáreas de tierra cultivada. El cuarto lado daba a un río, en el que probablemente amarraban sus embarcaciones los dueños originales. Junto al flanco derecho de la casa se extendía lo que parecía ser un huerto donde las hortalizas se mezclaban con flores. En la parte de atrás había un grupo de árboles, posiblemente frutales. Todo estaba igual de descuidado que el interior.

Eden tomó la decisión en un instante. Iba a llevar a cabo el mejor trabajo de catalogación del mundo, para que la señora Farrington le permitiera quedarse allí durante varios años. Además, pensaba criar a su hija en aquel idílico lugar.

Sonriente, regresó al interior de la casa.

—¿Sabes cocinar? —preguntó la voz de la señora Farrington, procedente de la parte de atrás de la mansión.

—Nada en absoluto —contestó Eden a su vez, sintiéndose de lo más feliz.

—Pues ésa es otra cosa que vas a tener que aprender —le advirtió la voz.

Eden sonrió y fue en busca de la cocina. Sin duda habría libros de cocina en alguna parte de la casa.

—Seguro que anda por ahí el libro de cocina original de Martha Washington —murmuró ella mientras se abría paso entre aquella profusión de muebles.

Al doblar la esquina soltó una exclamación ahogada. La cocina era una enorme estancia repleta de un sinfín de armarios, todos ellos tan abarrotados de papeles que las puertas no se cerraban. Sobre una encimera había un escurridor en el que había unos cuantos platos, una sartén pequeña y una cazuela. Ella supuso que aquél era todo el menaje que utilizaba la señora Farrington.

Ahora, apoyada contra la puerta de su dormitorio, Eden sonrió al recordar aquello. Sí, ése era todo el menaje que utilizaba la señora Farrington, pero más tarde Eden encontró unas vajillas completas escondidas en el interior de los armarios. Los primeros años de su hija transcurrieron en aquella casa antigua y maravillosa. Los platos que usó su hija cuando era un bebé databan de la década de los veinte, y la cubertería de plata era auténtica, tal como acreditaban sus contrastes, impresos por las autoridades inglesas.

Fue la plata lo que impulsó a la señora Farrington a «retirar los objetos valiosos de la vista», en palabras de ella. Eden, con toda naturalidad, había comentado que aquella cubertería debía de valer una fortuna. «¡En ese caso tenemos que esconderla!», respondió rápidamente la dueña en un tono de voz casi teñido de pánico. Al principio, Eden se puso rígida; ¿acaso creía la señora Farrington que ella era una ladrona? Pero se relajó cuando comprendió que si la señora Farrington pensara eso no le habría encargado a ella que escondiera dichos objetos de valor. Cuando Henry, de la oficina del periódico, vino de visita, Eden comenzó a entender algunas cosas.

—Ha salido —le informó Henry a la señora Farrington, que palideció y se sentó. Este gesto preocupó a Eden, porque la señora Farrington no se sentaba nunca.

—Sabía que sucedería pronto, pero creía que me quedaba más tiempo —susurró la señora Farrington.

Una vez que Henry se hubo marchado, aunque Eden no dejó traslucir su curiosidad, la señora Farrington le refirió la historia. Tenía un hijo, «un muchacho tan despreciable que no merece vivir», según lo describió ella misma. Eden no hizo preguntas, pero dedujo que lo de «ha salido» significaba que el hijo había salido de la cárcel.

Se pasaron las dos semanas siguientes escondiendo cosas; todo aquello que poseyera algún valor. Levantaron tablas del suelo y escondieron debajo de ellas las teteras de plata. Practicaron un agujero en los listones y enlucidos de las paredes e introdujeron en ellos un montón de cucharas. Enterraron en el jardín cajas de plástico llenas de objetos. La pequeña Melissa, que por aquel entonces contaba un año de edad, se mostró encantada con el juego, y si no se lo hubieran impedido justo a tiempo, habría metido las gafas de lectura de la señora Farrington en un agujero de ratones que había en el rodapié.

Pero Alester Farrington no apareció; no se presentó hasta que Melissa cumplió los cinco años, y fue entonces cuando Eden se enteró de por qué lo habían encerrado en prisión. Era un pedófilo. Pero aquella primera noche aún no lo sabía.

La primera noche que su hijo pasó en casa, la señora Farrington despertó a Eden susurrando como una persona enloquecida.

—Me dijeron que había cambiado. Me dijeron que ya no había peligro.

Eden, desconcertada, permitió que la señora Farrington la condujese del brazo al dormitorio contiguo, el de Melissa. Allí se encontraba Alester Farrington, con su silueta recortada contra la luz nocturna, de pie junto a la cama de la pequeña, simplemente contemplando a la niña dormida. En un instante Eden lo comprendió todo. La señora Farrington le ordenó a su hijo que saliera de la habitación, y por un momento Eden temió que éste golpease a su madre, pero no lo hizo. Le sonrió a Eden de un modo que provocó que se le erizara el vello de la nuca y, acto seguido, abandonó el cuarto en silencio.

No hizo falta que nadie le indicara a Eden lo que tenía que hacer. Miró a la señora Farrington y advirtió que la anciana tenía lágrimas en los ojos, pero ésta asintió con la cabeza y empujó a Eden hacia su dormitorio. Eden metió a toda prisa su ropa en una maleta, cogió unas cuantas cajas y se marchó con su hija en mitad de la noche. Desde aquel suceso, ocurrido hacía veintidós años, perdió todo contacto con los Farrington.

Ahora, Eden se acercó a la ventana de la habitación y contempló la calle mojada, sembrada de cubos de basura rebosantes. Oyó la música a todo volumen que procedí

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