De Inglaterra a Virginia (Los McLeod 1)

Alexandra Martin Fynn

Fragmento

Creditos

1.ª edición: enero, 2016

© 2016 by Alexandra Martin Fynn

© Ediciones B, S. A., 2016

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-362-9

Maquetación ebook: Caurina.com

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Dedicatoria

 

 

 

 

 

Para Aldo, mi primer lector

y la persona al lado de quien aprendí lo que es el amor verdadero.

Gracias por alentarme todos los días a seguir este camino.

Contenido

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Agradecimientos

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Capítulo 1

Anne McLeod descendió del barco sintiéndose algo descompuesta y debilitada por el largo viaje. Su primer pensamiento fue que Norteamérica no se parecía en nada a la imagen mental que ella se había hecho durante las largas semanas en alta mar. No estaban a la vista las planicies, los profundos bosques, ni las azules montañas cubiertas de nieve.

En el puerto de Annapolis, en Maryland, un conjunto de casitas achaparradas se apiñaban en las calles laterales del agitado puerto comercial.

La llegada del buque con bandera inglesa había captado la atención de todo aquel que buscaba una oportunidad para vender, comprar, transportar equipaje, e incluso apropiarse de los bienes ajenos. Algunos ladronzuelos husmeaban la carga que los marineros comenzaban a dejar sobre los tablones del muelle, mientras los buhoneros anunciaban a viva voz sus mercancías.

El lodo que cubría las calles empapaba la ropa, el cabello y los zapatos de un conjunto de niños que comenzaban a rodear a Anne, extendiendo hacia ella sus dedos sucios para recibir algunas monedas.

—¡Madame! ¡Madame! tenemos hambre, señora, una moneda por favor —suplicaban.

Anne sentía que la cabeza le daba vueltas. Ninguno de los pasajeros que había viajado con ella estaba ahora en el muelle ¿qué habría sido de la condesa Dujardin? ¿No estaba junto a ella hasta hacía solo un momento?

—¡Madame Dujardin! —gritó la joven, mientras los dedos pringosos de los niños tocaban sus guantes de cabritilla—. ¡Sonya! ¿Dónde está usted? Oh, Dios...

Anne sintió un escalofrío correrle por la espalda mientras observaba desfilar cientos de caras desconocidas a su alrededor ¿se habría quedado sola en el nuevo continente? Por un momento pensó que su padre tenía razón y que jamás debería haber ido allí, que el viaje era demasiado peligroso para una joven sola.

En aquel momento, Anne había atribuido la reticencia del Barón a la prematura muerte de su esposa, Jane. Como fuere, la joven nunca había sido presa de la aprehensión que sentía su padre sobre su viaje a América. Estando en Inglaterra se había hallado muy confiada y ansiaba llegar a Virginia para hacerse cargo de su nueva propiedad. Ahora, sola y perdida en un puerto extraño, ya no estaba tan segura de sí misma.

Aún recordaba la charla que había mantenido con su padre, en la biblioteca de su casa, dos semanas antes de su partida. Era el fin del invierno y el fuego crepitaba en el hogar, mientras en el jardín la nieve caía silenciosamente sobre el césped reseco. El hielo de la noche invernal cubría los cristales de las ventanas e impedía ver la planicie que circundaba Mallsborough Hall. A la luz del fuego, su padre le hablaba con dureza mientras Anne casi suplicaba. Ella sabía que debía marcharse de allí, que no había otra manera de seguir adelante, de olvidar todo lo sufrido a causa de Lord Arthur Avegnale… Anne no deseaba ni siquiera recordar. A los veintidós años, la muchacha sentía que lo había vivido todo, y que ya no era una jovencita inocente y vana como cualquiera de sus inmaduras amigas.

Su padre también había sufrido mucho a lo largo de casi toda su vida, y en parte Anne sabía que era por ello que se resistía a permitir que su hija mayor partiera hacia tierras desconocidas. Tras los siete años en los que había combatido en la guerra, el Barón había encontrado sosiego en los brazos de Jane, la madre de Anne, hasta que la tuberculosis se la llevara de su lado. A partir de entonces, la muchacha había visto a su padre encerrarse cada vez más en sí mismo. Él y el tío Rolf pasaban el día trabajando en el campo, y no se detenían más que para descansar unas horas por la noche. Anne no recordaba que su padre hubiese vuelto a sonreír después de la desaparición de su amada esposa, cinco años atrás.

A los diecisiete años, Anne había debido hacerse cargo de sus tres hermanos menores y de la administración de la enorme casa donde vivía la familia McLeod. Obligada a volverse una adulta del día a la noche, la joven se sentía más que capacitada para emprender la aventura de viajar varias semanas en un viejo barco y radicarse para siempre en Norteamérica. Sus hermanos habían crecido y ya no la necesitaban.

Su abuelo, el duque de Hyde, le había dejado en herencia unas vastas tierras en las que florecía el tabaco. Anne aún recordaba cuando el anciano la había llamado a su lado, junto al resto de su familia. En su lecho de muerte, había hablado por última vez con sus dos hijos, Max y John, y con cada uno de sus cinco nietos.

Solo Anne había recibido una extensión de tierra tan imponente, pero nadie se había sorprendido, ya que todo el mundo sabía que el Duque sentía predilección por su nieta mayor. La hacienda había sido comprada por el anciano décadas atrás a un brillante hombre de negocios americano, quien le había asegurado que de ella obtendría enormes ganancias.

La joven aún recordaba esos últimos momentos con su abuelo; él le había dicho que ella podría hacerse cargo de las tierras que a ningún miembro de la familia le habían interesado. Durante años, la imponente finca llamada Eaglethorne había sido ignorada.

Según el Duque, el tabaco sería el producto con mayor futuro en los años venideros, y si la brillante y enérgica Anne se hacía cargo de la propiedad en Virgina, entonces todos los McLeod se beneficiarían con las ganancias. El Duque tenía una confianza ciega en su voluntariosa nieta.

Al principio Anne no supo qué sentir en relación a su herencia. Todos sus planes, en aquellos días, se centraban en su próximo casamiento con Lord Avegnale… Arthur… su gran amor. La joven nunca había pensado realmente en asumir la dirección de tierras tan lejanas y desconocidas, y había guardado las escrituras en el cofre familiar. Anne había lamentado faltar a la palabra dada a su querido abuelo, pero los planes del anciano no podrían realizarse. Un año después, Anne McLeod se encontraba en América, de pie en un muelle fangoso e intentando encontrar a su chaperona.

La condesa Dujardin gritó el nombre de Anne unos metros más allá de donde la joven se encontraba. Ella recogió sus faldas y, chapoteando en el lodo, caminó en la dirección en la que la asustada anciana se debatía por no caer de bruces en el barro.

—¡Sonya! no podía encontrarla ¿dónde se había metido usted? —reclamó Anne.

—Estaba controlando que estuvieran listos nuestros últimos baúles niña ¿está usted bien? —preguntó la mujer al ver las finas ropas de Anne cubiertas de lodo.

—Estoy bien —la tranquilizó—. Debemos salir de aquí, y pronto.

—El doctor McGrew nos ofreció su coche para ir hasta la posada, pero no lo veo por ningún lado —se lamentó la Condesa.

Anne extendió su largo cuello y agradeció una vez más haber heredado la imponente altura de su padre; con un metro setenta y cinco lograba ver bastante bien a su alrededor. La brillante calva de un caballero le dio la pista que estaba buscando.

—¡Allí! —señaló—. ¡Doctor McGrew! ¡Aquí estamos!

El hombre calvo se dio la vuelta y sonrió en dirección a las dos mujeres, cada vez más apretadas por la multitud de pasajeros y curiosos que rodeaban el enorme barco. McGrew elevó la mano e hizo un ademán a la joven para que lo siguiese.

Anne tomó con firmeza el brazo de la condesa Dujardin, se apretó el sombrero contra la cabeza con la mano que tenía libre y se sumergió en la muchedumbre. A empujones, pero sin ceder un paso, logró llegar hasta donde estaba esperándolas el buen doctor. Madame Dujardin, quien la había seguido no sin poco esfuerzo, la miraba desconsolada; había perdido un bonito parasol en la carrera.

Anne acomodó algunos mechones de cabello que se le habían desprendido y aceptó gustosa el brazo que el médico le ofrecía. A pesar del tumulto y el cansancio del viaje, el hombre no pudo dejar de alegrarse de mostrarse acompañado por tan bella muchacha. Los ojos de Anne eran vivaces y pardos como los del Barón, aunque el cabello de la joven era castaño como el de su madre. Su piel clara contrastaba con unas pestañas oscuras y espesas, y sus rasgos delicados completaban su porte elegante. La estatura de los McLeod dejaba lucir las formas femeninas y proporcionadas del cuerpo de Anne. En conjunto, la mayor de las McLeod era considerada una mujer muy atractiva.

El doctor McGrew guió a las dos mujeres entre las mohosas edificaciones de madera que poblaban el muelle. Los olores de la pesca, las algas y las heces hacían fruncir la nariz a los recién llegados. La condesa Dujardin se tapó la cara con un pañuelo bordado mientras se arrepentía, una vez más, de haberse dejado convencer por el Barón de acompañar a su aventurera hija hasta América. Pensó que debía haberlo meditado más antes de acceder a semejante gesta.

Sin la compañía de la vieja dama, la joven sabía que no podría haber materializado sus planes. Ninguna mujer honorable podía cruzar el mar, sola, para dedicarse a administrar unas tierras abandonadas por Dios. Era impensable que la hija de un barón de la Corona inglesa pudiese deshonrar de tal manera a su familia. Pero eran épocas difíciles en el viejo continente, y McLeod había hecho un ofrecimiento económico tan generoso que la Condesa no había podido rechazarlo. Además, siendo una mujer viuda, solitaria y sin descendencia ¿qué otra cosa mejor podría hacer? Había rentado su vieja casa y sus tierras para partir a lo desconocido, que comenzaba a lucir menos prometedor que en su imaginación.

Anne había aceptado a desgana la compañía de la Condesa, no porque no le cayera bien la mujer, que era educada y de conversación agradable, sino porque la joven estaba segura de que la anciana se opondría a casi todo lo que ella decidiera hacer, y Anne ya no se consideraba una niña. Deseaba tomar las riendas de su vida, administrar sus tierras y, por qué no, tener una vida social en Norteamérica. Su abuelo le había explicado que la mansión era bellísima, y que tenía un gran salón y doce habitaciones.

La joven ya deseaba organizar la fiesta inaugural. Pero antes, debería viajar varios días en carreta hasta llegar a Eaglethorne, situada cerca de la frontera Este del estado de Virginia.

Su guía a través del enorme continente americano había sido contratado meses antes, a través de una carta enviada por su padre, y las esperaba en la posada «The Owl».

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Capítulo 2

McGrew guio a las dos mujeres hasta un carruaje de alquiler que lo esperaba frente a la oficina de correos de Annapolis. Mientras el cochero subía el pesado equipaje de las señoras, Anne pidió al doctor que le permitiera enviar un mensaje a su padre para informarle de su llegada a salvo a América. El hombre, agotado por el viaje pero haciendo gala de una educación y una caballerosidad impecables, le aseguró a la joven que la esperarían en el vehículo.

Apoyada en el gran escritorio de caoba que flanqueaba el ingreso a la oficina, Anne escribió una breve misiva a su padre en la que le informaba que habían llegado sanas y salvas al puerto de Maryland. Despachó la carta con dirección a su hogar, Mallsborough Hall, y subió ágilmente al vehículo en donde la Condesa y el doctor la aguardaban.

El interior del coche olía a orines, pero aún así era mucho mejor que encontrarse perdida en la confusión del muelle atestado de gente. La joven se relajó contra el tapiz raído del asiento.

Solo cuarenta minutos después, los tres viajeros arribaron a la posada en donde Anne debía encontrarse con su guía. Ella y la Condesa pasarían una noche allí y luego partirían hacia sus tierras, atravesando cientos de millas de terrenos casi deshabitados. El doctor McGrew regresaría a la ciudad para instalarse definitivamente en una casa que había comprado y que tenía espacio suficiente para establecer su consultorio profesional.

En el amplio patio de la posada «The Owl», el cochero estacionó el carruaje y se apresuró a abrir la portezuela para que los tres viajeros pudieran descender. Anne se apeó y se detuvo a observar a su alrededor. Las sucias calles de Annapolis habían quedado atrás y frente a ella veía una bonita construcción de madera con tejado a dos aguas, rodeada por pinos centenarios. El aroma a tierra húmeda y a la madera de un bosque cercano le hicieron recordar su casa, y por un momento los ojos se le llenaron de lágrimas. La joven pestañeó vigorosamente y se obligó a ser fuerte; su nuevo hogar era América y se dispuso a amarla tanto como amaba Inglaterra.

La condesa Dujardin bajó del coche quejándose por el cansancio acumulado y los muchos días que llevaban viajando. La pobre mujer parecía una lechuza vieja y gris encorvada bajo un mantón jaspeado. Anne le ofreció el brazo y juntas caminaron hasta la puerta principal, mientras dos mozos se apresuraban a bajar unos baúles enormes que las mujeres llevaban consigo. Los bultos serían posteriormente cargados en las carretas del guía para continuar por tierra el largo viaje hasta Eaglethorne.

El doctor McGrew, más por caballerosidad que por gusto, se quedó con ellas hasta que el posadero acomodó a las dos señoras y su nutrido equipaje en cálidas habitaciones. Luego se despidió, no sin dejarles una tarjeta con su paradero, por si acaso lo requerían en el futuro.

****

Ya en el dormitorio, Anne se sumergió en la tina y suspiró cuando sintió el agua cálida en torno a su cuerpo desnudo. Hacía días que necesitaba un buen baño, no como los breves y accidentados chapoteos en el camarote del barco. La Condesa se había retirado al cuarto contiguo mientras la esposa del posadero se encargaba de satisfacer las necesidades de la joven.

—¿Desea cenar? —preguntó la mujer, solícita.

—Me encantaría Susanne, pero no creo que pueda bajar al salón —respondió la muchacha.

Desde el piso de abajo se oía el estruendo de las risas y las voces masculinas de otros huéspedes, muchos de ellos también provenientes del barco en el que había llegado Anne. Bajar a cenar no hubiera sido prudente para una joven soltera y sin la compañía de su padre.

La posadera hizo un gesto de comprensión.

—Descuide, le pediré a Myrtle que le traiga algo de sopa y una porción de guiso de res —afirmó la mujer—. ¿Le apetece algún licor para beber antes de dormir?

—No gracias, beberé solo agua —dijo Anne, quien nunca había tolerado bien el alcohol. Por lo general no bebía, y mucho menos lo haría estando tan lejos de casa.

Susanne se retiró silenciosamente mientras la joven se sumergía por última vez en la gigantesca tina que olía a jabón de lavanda. Todo parecía ser más voluminoso en Norteamérica, las habitaciones, los muebles, incluso la cama que Anne veía a su lado era significativamente más grande que la de su casa en Inglaterra. La muchacha agradecía el espacio extra en la bañera. Allí podía sumergirse por completo, de la cabeza a los pies.

Al salir, estrujó su cabello para escurrir el agua que chorreaba y se envolvió en una cálida toalla de hilo. Cuando el algodón acarició su piel perfumada, comenzó a sentir que su natural optimismo regresaba a ella.

Se vistió con un camisón y una bata de muselina, y se calzó las zapatillas de dormir. No pensaba salir de su cuarto esa noche. Se sentó frente a un pequeño espejo empotrado en la pared y comenzó a cepillarse el cabello.

A los pocos minutos, una criada negra, apenas una niña, abrió tímidamente la puerta. Anne adivinó que se trataría de Myrtle con su cena.

—Adelante, pasa —le dijo a la muchachita, que la observaba.

Anne calculó de Myrtle no debía tener más de nueve años. Sus rizos apretados apenas eran contenidos por un paño que envolvía su cabeza. Vestía un enorme delantal blanco encima de un vestidito de lana gris. Anne pensó en lo bonita que se vería con un traje de color celeste o amarillo, como los que sus hermanas habían usado siendo pequeñas.

Myrtle depositó una bandeja humeante sobre la mesa de caoba que estaba ubicada discretamente en una esquina de la habitación. Anne miró a la niña con curiosidad. Su familia nunca había sido partidaria del sistema esclavista y para ella la idea de que una persona tuviera un amo era inconcebible. Se dirigió a la pequeña:

—Tú debes ser Myrtle ¿verdad? —preguntó.

La niña afirmó apenas apretando el mentón contra su pecho.

—Tienes un cabello muy bonito. Me gustaría regalarte uno de mis lazos —le ofreció Anne—. Toma, ten, este es de terciopelo. Y el color azul te favorecerá mucho.

La mujer extendió el suave lazo entre sus dedos, pero la niña no se atrevió a tocarlo.

—Tómalo Myrtle, te lo regalo —insistió.

La niña suspiró y se acercó con pasos vacilantes, sin despegar la vista del adorno que la bonita dama le ofrecía. Tímidamente extendió una mano y acarició el delicado tejido. Luego, sobresaltada, miró a Anne a los ojos y se retiró apresuradamente.

La joven se quedó sola en la habitación con el lazo en la mano, preguntándose por qué Myrtle no lo habría tomado. Decidió intentar dárselo al día siguiente, porque era indudable que le había gustado mucho.

Agotada por el largo viaje y las emociones del día, tomó su cena, se acostó y se durmió inmediatamente.

****

Cuando Anne despertó, muy temprano por la mañana, la condesa Dujardin aún descansaba en su cuarto. En el silencio absoluto de la posada, los ronquidos monótonos de la anciana se colaban por la puerta que separaba ambas habitaciones.

Incapaz de permanecer acostada, se vistió y salió al jardín desierto. El sol aún estaba despuntando el alba y los pinos se mecían con el viento, trayendo el aroma que a Anne tanto le recordaba a casa.

Con los sentidos animados por el entorno, caminó por un sendero rodeado de abetos, perdiéndose en la soledad del bosque. Un sonido, que le recordó a la cascada de su propio hogar en Inglaterra, llamó su atención y, siguiéndolo, se internó en la espesura desviándose del camino.

Tras un roble añejo descubrió los márgenes de una laguna tranquila, rodeada de helechos y flores celestes. Miró extasiada alrededor, disfrutando del pacífico entorno. Sin poder contenerse se quitó las zapatillas y las medias, y caminó embelesada sobre un colchón de musgo que cedió amablemente bajo su peso. Unos metros más allá, el agua se escurría por una escarpada pared de piedra produciendo un alegre sonido ¡era como estar en casa! Anne pensó en cuánto había extrañado esas sensaciones en las largas semanas pasadas en alta mar.

Aunque aún era muy temprano ya hacía calor y el agua invitaba a sumergirse. No había nadie en las inmediaciones ya que apenas comenzaba a salir el sol y todos estaban durmiendo. Animada por su propio entusiasmo, Anne se quitó la falda y la chaqueta, y vestida solo con su camisa interior se internó en el agua fresca. Su padre le había enseñado a nadar muy bien y la muchacha no sintió ningún temor, ni siquiera cuando sus pies dejaron de asentarse en el fondo pedregoso. Una y otra vez, se desplazó dando largas brazadas de una punta a la otra del espejo de agua, sintiendo su trenza deshacerse en la corriente.

El sol ya estaba bastante alto cuando la joven recordó a la condesa Dujardin. Reprimió una sonrisa al pensar lo que diría la buena señora si la viera semidesnuda y mojada en un lugar abierto como aquel.

La imagen de la mujer reprendiéndola la hizo a apresurarse y nadó con firmes brazadas hasta la orilla en donde había dejado su ropa. Se sumergió en el tramo final y buceó hasta tocar con la punta de los dedos las rocas de la orilla. Sin embargo, al emerger no encontró lo que buscaba. Sus prendas habían desaparecido y en su lugar había unos pies calzados en un par de botas muy gastadas.

Sobresaltada, Anne se acurrucó junto a los juncos de la orilla y hundió la cabeza en el agua hasta quedar casi completamente sumergida; quien estuviese parado allí la había mirado nadar todo ese tiempo.

La joven juntó valor. Sabía que lo peor que podría hacer era mostrarse como una mujer ingenua y atemorizada. Reuniendo todo el ánimo que pudo, sacó la cabeza del agua y levantó la mirada hasta dar con el rostro de la persona que sostenía el atado de su ropa bajo el brazo.

Anne se sorprendió al ver al hombre más apuesto que jamás había conocido. Aunque sus rasgos no eran delicados como los de los caballeros ingleses, había algo interesante en la insolencia de sus ojos azules y su firme mentón. Sus cabellos casi blancos, descoloridos por el sol, se escapaban desordenadamente por debajo de un sombrero de fieltro. Vestía desgastados y una camisa arrugada, pero aparentemente limpia. Encima usaba un chaleco de cuero abierto, que resaltaba sus anchas espaldas y los brazos musculosos. La joven se sobresaltó al atisbar las fundas de cuero de sendas pistolas descansando a cada lado de la cadera del hombre. En Inglaterra la gente no solía andar por la calle exhibiendo sus armas, pensó. Norteamérica era, evidentemente, una tierra mucho menos civilizada en ese sentido. La media sonrisa en el rostro del desconocido permitía vislumbrar unos dientes muy blancos que mascaban con indiferencia una brizna de hierba.

—Buenos días señorita —la saludó, con inconfundible acento americano—. Creo que se le ha perdido algo…

Anne rebuscó lo que le quedaba de dignidad y, muy seria, miró fijamente a su interlocutor a los ojos.

—Le ruego que tenga la bondad de devolverme mis cosas, caballero —reclamó.

—Inglesa ¿eh? —adivinó él—. ¿Llegó nadando? —el recién llegado se rio de su propia broma.

Aún con lo guapo que era el sujeto, a Anne le cayó mal de inmediato.

—Soy inglesa, así es. Y, por lo visto, en mi país los hombres son más caballerosos que aquí y no les roban ni espían a las mujeres —dijo ella severamente.

—Y en mi país las mujeres no se bañan desnudas en público, señorita —señaló él, mientras se enderezaba el sombrero con el dedo índice.

A Anne se le había acabado la paciencia. Ese individuo era terriblemente irritante.

—Le exijo que deje mi ropa en donde estaba o…

—¿O? —preguntó él, divertido—. ¿O me perseguirá desnuda por el bosque hasta quitármela?

Eso era demasiado. Aún sumergida hasta el cuello, Anne tomó una piedra que estaba a su alcance y la levantó en el aire. El desconocido comenzó a desternillarse de risa.

—Espero que tenga muy buena puntería señorita, quizás si me da justo en la coronilla pueda desmayarme con el golpe —bromeó él.

—Qué hombre... descarado y sin modales ¡deje mis cosas ahora mismo! —gritó, perdiendo por completo la compostura.

Anne comenzaba a desesperarse. El detestable sujeto se reía de su desgracia mientras la miraba descaradamente. Ella sentía la camisa pegada a sus hombros y sabía que el color de su piel se estaría trasluciendo. Él, lejos de apartar la mirada para darle intimidad, la observaba fijamente.

—Le propongo algo señorita: yo le devolveré su ropa si usted viene hasta aquí a buscarla —propuso, dando un paso atrás.

Anne no podía creer lo que estaba escuchando. Él quería que ella se paseara con la camisa empapada delante de él.

—¡Sinvergüenza, mal... mal educado! Prefiero quedarme aquí hasta que anochezca, antes que hacer lo que me pide ¡váyase! ¡Y llévese la ropa si así lo desea! —exclamó.

Anne se dio la vuelta y se alejó nadando. Ahora sabía que había cometido un terrible error al mostrarse casi sin ropa en un lugar desconocido. Se sentía asustada e indefensa, y no sabía qué haría si el hombre permanecía allí. «Los norteamericanos son gente grosera e insoportable», pensó.

Cuando alcanzó las rocas de la orilla opuesta miró de reojo hacia donde estaba el intruso, pero este había desaparecido dejando la pila de ropa sobre las piedras. Anne no demoró ni un segundo; nadó con todas sus fuerzas, salió del agua y se puso las prendas secas sobre la camisa empapada. Tratando de acomodarse el cabello sin demasiado éxito, caminó presurosa hacia la posada.

Unos metros antes de la entrada principal se detuvo. No podía entrar en ese estado y atravesar el comedor. Ya todo el mundo estaría levantado y su aparición, con la ropa completamente mojada y el cabello suelto y calado, sería un gran escándalo. Horrorizada observó que el agua que chorreaba de su enagua comenzaba a formar un pequeño charco a sus pies. Apoyó la espalda contra la pared y respiró agitadamente, luchando por dar con una idea razonable que la sacara del apuro. De repente, un chistido la distrajo; la niña morena, Myrtle, la llamaba desde una entrada trasera. Anne susurró una plegaria de agradecimiento. Quizás la pequeña podría salvarla de una escena muy vergonzosa.

En silencio, Myrtle tomó la mano de Anne y la condujo por unos estrechos pasillos que comunicaban la cocina de la posada con el almacén y con una escalera que solo utilizaba el personal de limpieza. En unos pocos minutos, discretamente y a salvo, Anne entraba en su habitación. Afortunadamente para ella, y aunque casi era mediodía, la agotada condesa Dujardin aún descansaba en su cuarto.

****

Ya seca y cambiada, Anne salió de su habitación y caminó hacia las escaleras que conducían al comedor del establecimiento. Había tardado mucho en tranquilizarse. Aún podía ver la socarrona expresión del sujeto de la laguna, invitándola a pasearse desnuda frente a él. La sola idea de que alguien pudiera ser tan desfachatado la hacía enfurecer. «Ojala no todos los americanos sean así», pensó. Está claro que el atractivo físico de una persona no dice nada de sus buenos modales.

Siguiendo un consejo que solía darle su madre respiró profundo cinco veces y se obligó a calmarse. Levantó el mentón, se agarró al pasamanos y bajó las escaleras pausadamente.

El gran salón estaba lleno de huéspedes que comían suculentos almuerzos. Cuando Anne entró, no hubo una sola persona que no girase el rostro hacia la hermosa mujer. Sonrió amablemente a quienes la saludaron desde las mesas.

Ante el aroma de las chuletas de cerdo, el estómago de la joven le hizo recordar que hacía horas que no probaba bocado. Se sentó en una mesita cercana al ventanal que daba al jardín y esperó ser atendida por la posadera.

—Buenas tardes señorita McLeod —saludó la mujer—. Le traigo chuletas y patatas asadas ¿desea algo más?

—Nada más Susanne, muchas gracias —respondió mientras la envolvía el fragante perfume del romero que la posadera le había agregado al cerdo.

Unos minutos más tarde, la condesa Dujardin, ya más compuesta después de un largo descanso, se unía a Anne.

—No debería comer tanto, querida, una joven soltera debe cuidar su figura —la reprendió la anciana.

Anne suspiró, siempre había comido muy bien sin llegar a engordar un gramo. Desde pequeña tenía un cuerpo esbelto y flexible gracias a la práctica habitual de equitación y nado.

—Sonya, estoy hambrienta y necesito reponer energías para poder partir hoy mismo hacia Eaglethorne. No querrá que viaje con el estómago vacío, ¿verdad? —preguntó.

—Por supuesto que no niña, pero tampoco coma como un marinero, por el amor de Dios —la señora no se refería a los modales sino a las cantidades, pero Anne pensaba que estaba exagerando.

La joven cambió de tema rápidamente. No estaba segura de cómo se las arreglaría para soportar a la estricta mujer todo el viaje, y durante los años venideros.

—¿Ha sabido algo de nuestro guía, Sonya? —preguntó.

—Nada en absoluto. Espero que no haya olvidado que nos tiene que venir a buscar aquí —dijo la Condesa.

—No lo creo —reflexionó—. Mi padre le envió un generoso monto como paga adelantada, y el tal Bradley sabe que nosotras le entregaremos el resto del dinero cuando nos lleve sanas y salvas hasta la finca.

—Pero es un americano niña, un a-me-ri-ca-no. No tienen el sentido del deber de nuestros compatriotas, probablemente hasta sea un vándalo —se horrorizó la mujer.

Anne rio.

—Papá no nos dejaría en manos de un vándalo, Sonya. Él dijo que el tal Harrison Bradley es sobrino de un Lord inglés —explicó—. Aunque nació en América, tiene algo de sangre noble.

—No lo sé, niña. Esta gente no es como nosotros —ahora Sonya susurraba—. Son derrochadores ¿ha visto usted lo innecesariamente grande que es todo? Mire nada más las enormes porciones que comen… es todo tan vulgar. No sé qué ha sido de su herencia inglesa…

Anne estaba algo hastiada de la prejuiciosa conversación de la Condesa y se disponía a pedir permiso para levantarse, cuando una voz que le sonó conocida se dejó oír tras de ella. La Condesa ahora miraba con los ojos muy abiertos a alguien situado por encima de la cabeza de la joven.

—Buenos días ¿la señorita Anne McLeod, quizás? —el acento americano era muy evidente.

Anne sintió un escalofrío correrle por la espalda… no podía ser. No, por Dios, pensó, no es posible. Que no sea él…

Con la cabeza baja se dio la vuelta y reconoció las botas a unos pocos pasos de ella. Se volvió con reticencia y miró fijamente a la Condesa, que tenía ahora la cara descompuesta por la aprensión.

Ese hombre, el de la laguna, era ni más ni menos que Harrison Bradley, su guía.

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