1.ª edición: agosto, 2013
© 2013, Mariam Agudo
© Ediciones B, S. A., 2013
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
www.edicionesb.com
Depósito Legal: B. 21.249-2013
ISBN DIGITAL: 978-84-9019-521-5
Maquetación ebook: Caurina.com
Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.
Contenido
Portadilla
Créditos
Prólogo
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
Prólogo
Tor, los Pirineos – Otoño de 1983
El bosque estaba mortalmente silencioso. Un velo de niebla cubría los árboles, emborronaba sus siluetas y las difuminaba con las tonalidades que pintaba el crepúsculo otoñal. La quietud afligía incluso a las criaturas que moraban en el lugar; ni siquiera los mirlos, los búhos o las lechuzas daban señales de su presencia hasta que, de repente, se oyó el ruido de alguien aproximándose.
El suelo de tierra, cubierto por una capa de hojas secas, crujió bajo los pies de la niña. El olor a barro, intensificado por la lluvia, impregnaba el aire y se entremezclaba con el aroma penetrante de los pinos y los abetos. Las raíces sobresalían de su lecho, desnudándose como tentáculos a través de la vegetación que rodeaba los árboles. El viento agitaba con furia las ramas, despertando la adormecida atmósfera; en respuesta, las hojas entonaban una airada melodía.
La penumbra comenzaba a extenderse sobre el paraje, los últimos rayos de sol traspasaban con timidez las copas de los árboles y se reflectaban en la hojarasca antes de extinguirse.
Algo había despertado a la niña de un febril sueño. No podía discernir el qué, pero había sentido su llamada: un grito silencioso que parecía pronunciar su nombre desde la distancia. Así, había abandonado la calidez de su lecho para adentrarse en el bosque, situado junto a la casa, sin saber qué buscaba ni qué guiaba sus pasos.
Las piedras afiladas y las agujas de pino, dispersas por el suelo, se clavaron en las plantas de los pies descalzos de Áurea. El camisón de algodón se enredó en sus piernas; sus pequeñas manos se apretaron entre sí, mostrando la inquietud que la atenazaba. Pese a ello, continuó caminando sobre el manto de tierra y hojas.
Despeinados, sus largos cabellos azabache se agitaban sobre su espalda. Caían en cascada desde los hombros a la cintura. Su figura parecía etérea entre las deformes manos que los árboles extendían, como si trataran de alcanzarla. Sólo el brillo dorado del medallón en su cuello, y el de sus ojos, destacaban en medio de la niebla.
Poco a poco, el frío otoñal se filtró en su cuerpo hasta hacerla estremecer. No se detuvo. La incertidumbre había dado a paso a la certeza de que alguien la llamaba, y necesitaba saber quién.
Anduvo durante unos metros más hasta alcanzar un claro en el que unas cepas yacían sobre la tierra removida: su aspecto era cadavérico, como criaturas muertas rodeadas por un halo rojizo. En torno a ellas no había árboles y las sombras del atardecer casi daban paso a la noche.
Áurea oyó un sonido que, aunque apagado, recrudeció los latidos de su corazón. Con la mirada recorrió el lugar. Únicamente detectó las formas inanimadas de las rocas y los troncos arrancados de raíz. La desolación del entorno la llevó a dudar si dar media vuelta y regresar a la casa o permanecer allí, en silencio y a la espera.
Alzó los ojos al cielo con el gesto de quien busca una señal que le indique el camino a seguir. Sólo los jirones violáceos que teñían el firmamento y el parpadeo de las primeras estrellas le respondieron. Unas nubes oscuras se formaron en el horizonte, como amenazantes señales de lluvia. Apenas hacía unas horas que la última tormenta había remitido, aunque no definitivamente.
El ululato de una lechuza, abandonando su refugio sobre el risco y alzando el vuelo, la sobresaltó. Retrocedió asustada, tropezó con una prominente raíz y cayó de espaldas.
El melodioso tintineo de unas risas flotó en la incipiente noche. Reincorporándose hasta quedar sentada, recorrió nuevamente el paisaje con la mirada. Necesitó hacerlo dos veces para detectar al niño que se agazapaba detrás de una de las cepas, apiladas en el centro del claro.
Con el orgullo herido, Áurea se puso en pie. Un rictus de enfado arrugó su ceño. Encaró al niño.
—¿Quién eres? —El eco de su voz resonó en el solitario bosque.
El pequeño intruso, ignorando su actitud amenazante, continuó riendo sin responderle.
—¿Por qué te escondes? —preguntó con suspicacia. ¿Acaso me tienes miedo? —lo provocó.
—Yo no temo a nada ni a nadie —dictaminó el niño. Luego dejó de reír, se alzó en toda su estatura y abandonó su escondite.
Áurea calculó que debía contar con algunos años más que ella, probablemente unos nueve o diez, aunque le superaba con creces en altura, lo que le hizo tragar saliva y lamentar su anterior bravuconada.
—¿Acaso me tienes miedo tú a mí? —respondió el chico ante el súbito silencio y la palidez que tiñeron el rostro de la niña.
Ella negó con la cabeza; él entrecerró los ojos, suspicaz.
—Sí, me temes. —Se encogió de hombros con fingida indiferencia, pero una chispa de desilusión brilló en sus ojos, velados por las sombras—. No me importa, estoy acostumbrado.
Tal vez fue el timbre apenado, tal vez fueron las palabras lo que la afectaron, pero la niña habló con firmeza.
—No, no te tengo miedo. No eres más que un niño —dijo mirándolo de pies a cabeza.
Observó que tenía el rostro tiznado de tierra, al igual que las manos; la ropa arrugada y manchada, como si llevara horas deambulando por el bosque; sus cabellos negros caían en desorden sobre la frente.
—No, no lo soy. —Esa vez, su voz sonó lúgubre, con el deje misterioso del que trata de atemorizar a alguien. Áurea, sin percatarse, cerró los ojos.
Al abrir los párpados, el niño había desaparecido. El brillo nacarado de la luna brillaba sobre la cepa que había escondido al niño. Sólo las pisadas de sus pies se distinguían en el suelo embarrado.
Repentinamente, la lluvia empezó a descargar con furia sobre el bosque, empapando la temblorosa figura de Áurea. Se estremeció de frío, mientras las marcas que el niño había dejado fueron borrándose. Pronto, allí no quedó nada.
1
Tor, los Pirineos – Primavera de 2005
Apenas abrió la puerta, el olor rancio de la humedad impactó a Áurea en el rostro dejándola sin respiración. Hizo una mueca de repugnancia antes de dejar caer sus maletas al suelo. El taconeo de sus botas la precedió al traspasar el umbral. Abrió todas las puertas y ventanas que encontró a su paso. El aroma a abetos y pinos inundó la estancia y, aunque no logró embellecer su desolada apariencia, la insufló del aliento de las montañas.
El aspecto de la casa evidenciaba su abandono. Pese a ello, la presencia de sus abuelos, recientemente fallecidos, permanecía entre aquellas paredes. Era tan palpable que la imagen de sus queridos rostros se materializó ante sus ojos, inundándolos de lágrimas. Parpadeó varias veces para evitar que se derramaran pero, irreprimibles, afloraron a sus ojos.
Con la vista vidriosa, recorrió la estancia.
Los muebles yacían bajo sábanas para evitar su deterioro; enormes telarañas pendían de los altos techos de vigas de madera. La suciedad había hecho mella en el interior de la vivienda; la superficie estaba cubierta por una espesa capa de polvo sobre la que destacaban sus propias pisadas. Las paredes mostraban manchas de humedad y suciedad; los cristales estaban tan empañados que apenas filtraban la luz del sol.
La desolación y la melancolía invadieron su corazón.
Aquél era su refugio. Durante su infancia, incontables veranos y Navidades lo atestiguaban. Nadie había amado aquella casa y aquella aldea como ella, sólo los abuelos. Tal vez eso explicara por qué, tras su muerte, habían estipulado que pasara a manos de Áurea.
Mientras el dolor por sus muertes la dominaba, arrancó con furia las telarañas que colgaban de las vigas del techo y de la barandilla de las escaleras que, situadas al fondo de la sala, conducían a la planta superior, en la que se ubicaban los dormitorios.
Durante unos segundos observó la silueta de su equipaje junto a la puerta, meditando si no sería más sensato abandonar Tor. Después de todo, aún no tenía claro qué la había impulsado a regresar después de tantos años.
Mientras divagaba, se percató de que las lágrimas seguían manando de sus ojos, por lo que, ofuscada, las secó con las palmas de sus manos, se arremangó los puños de su pulcra camisa blanca y se recogió en una coleta la larga melena azabache.
No podía explicar los motivos que habían conducido sus pasos hacia Tor, pero sí podía afirmar que aquellas montañas formaban parte de su vida. Al instante, recordó las palabras de sus abuelos el día que le hicieron jurar que nunca olvidaría sus raíces.
En su niñez no entendió bien el significado de esas palabras. Después de todo, qué sabía una niña de raíces y solemnes promesas... Como mujer, le bastaron unos segundos para comprender lo que parecían ocultar: en sus raíces estaba su destino.
Caminó hasta el recibidor, cuyas paredes evidenciaban el mismo estado deteriorado que el resto, y abrió la puerta de la cocina. Los rayos de sol iluminaron su figura, rodeándola con un halo dorado. Los cristales de las ventanas estaban quebrados, y el viento entraba por los agujeros.
Se percató que la estancia aún conservaba los mármoles de piedra, los armarios de estilo rústico y la vieja chimenea que los abuelos construyeron años antes. Bajo tanto destrozo, se adivinaba la casa que llenaba sus recuerdos.
Tras una búsqueda exhaustiva, sólo halló como utensilios de limpieza una escoba, un deteriorado recogedor y un cubo abollado. Mientras estudiaba el resto de habitaciones, hizo inventario del estado general de la vivienda. El panorama era desolador: la casa estaba prácticamente en ruinas. El suelo estaba hundido en algunas zonas, la grifería oxidada y los goznes de puertas y ventanas chirriaban. Las tuberías emitían un quejido tan lastimero que parecía el aullido de una fiera hambrienta.
Comprendió que lo más sensato sería acercarse al pueblo para abastecerse de más útiles de limpieza, así como de víveres para los próximos días. Hacer habitable aquella casa iba a requerir mucho tiempo y esfuerzo.
El centro del pueblo distaba a veinte minutos en coche. Los caminos eran tan escarpados que la obligaban a concentrarse en la conducción. Pese a ello, sus ojos se veían atraídos hacia los picos nevados en la lejanía y los frondosos bosques que flanqueaban los caminos.
Ignorando las glaciales temperaturas, abrió la ventanilla para sentir la caricia helada del Pirineo sobre su rostro, dejando que el frío coloreara sus mejillas. El viento parecía entonar una silenciosa melodía a sus oídos; un quedo suspiro brotó de sus labios ante la belleza solitaria que la rodeaba. El olor penetrante de los pinos embotó sus sentidos.
El sol comenzaba a desdibujarse en el cielo. Las sombras teñían la aldea y las montañas, aún nevadas, cuando detuvo el coche ante la única tienda en Tor.
Al acercarse a la puerta vio su aspecto reflejado en el cristal: algunas telarañas se habían pegado a su lacia melena azabache; el polvo había ensuciado el níveo inmaculado de su camisa y abrigo; sus tejanos mostraban cercos de suciedad en las rodillas. Sacudió sus ropas y cabellos, sin lograr mejorar su apariencia, pero sus mejillas lucían arreboladas. El aire había coloreado la palidez de su piel, destacando el color de oro viejo de sus ojos y el tono rosado de sus labios.
A pesar de su desarreglada apariencia y aunque no era consciente de ello, alguien la observaba a unos metros de distancia.
Se detuvo ante la puerta y contuvo el aliento. No sabía cuál sería el trato que los aldeanos del valle le dispensarían tras esos largos años de ausencia. Inquieta, posó la mano sobre el picaporte, pero, apenas lo hizo, una figura menuda, que se encorvaba ligeramente sobre un vetusto bastón, la abrió del otro lado y cruzó el umbral.
La anciana se detuvo unos instantes para recuperar el aliento, mientras sus ojos de un verde desvaído, casi translúcido, la estudiaron con detenimiento. Pese a su avanzada edad, su paso renqueante y la piel surcada de arrugas, su cuerpo desprendía vitalidad. Los cabellos, tan blancos como la nieve, estaban recogidos en un apretado moño a la altura de la nuca. Su mirada inquisitiva se cruzó con la de Áurea y, en silencio, la observó con sagacidad. Con un escueto «Buenas tardes», la anciana la rodeó y se alejó calle abajo con andar irregular, acompañada por el traqueteo de su bastón.
Áurea volvió a empujar la puerta y los goznes chirriaron silenciando las voces que se filtraban del interior. Al instante se sintió rodeada por la mezcolanza de dialectos que convivía en Tor.
Tal como le sucedió al entrar en la casa del bosque, tuvo de nuevo la inexplicable sensación que en aquel enclave de las montañas el tiempo no había transcurrido, casi como si, sin percatarse, hubiera viajado de regreso a su niñez. Un olor vago y difuso, que le hizo evocar el barniz y la madera recién cortada que siempre se respiraba en el taller del abuelo, penetró en sus fosas nasales mientras traspasaba el umbral.
La tienda era un espacio reducido, apenas un habitáculo revestido de madera, en el que destacaba, junto a la pared del fondo, un viejo mostrador de roble, lleno de arañazos. El resto de las paredes estaban cubiertas de estantes que llegaban del techo al suelo.
Un silencio opresivo, quebrado sólo por el monótono zumbido de una nevera, reinaba entre aquellas paredes. Con una débil sonrisa, saludó a la pequeña multitud congregada ante el mostrador, tres personas de avanzada edad y el dependiente.
Un débil coro de voces, a medio camino entre el recelo y la curiosidad, le respondió. Después el silencio volvió a cuajar.
La paleta de rojos, púrpuras y malvas, que pintaban como un lienzo el cielo de Tor, se filtró a través de la puerta y la pequeña ventana del establecimiento difuminando la suave penumbra en el interior, porque la única bombilla que pendía del techo acombado permanecía apagada.
En silencio, escogió un pequeño surtido de alimentos entre la reducida variedad que ofrecía el establecimiento, los depositó en el mostrador ante la atenta mirada de cuatro pares de ojos. Después, se acercó hacia los estantes de su izquierda, donde seleccionó varios productos y utensilios para la limpieza de la casa.
El silencio era total, nadie parecía saber qué decir ni hacer y sobre su espalda sintió las miradas inquisitivas de los aldeanos mientras la estudiaban. Contuvo la tentación de volverse para sorprenderlos en su escrutinio, pero como si se hubieran percatado de su incomodidad, retomaron la conversación abandonada minutos antes.
—Asier, ¿has oído el último desvarío de doña Cora? —preguntó una voz grave y ajada, gesticulando en dirección a la puerta por la que se había alejado la anciana minutos antes.
—No. ¿Qué ha hecho esta vez? —respondió la voz de otro hombre.
—No es lo que ha hecho —rio roncamente—, sino lo que ha dicho —bajó el tono de sus palabras, o más bien lo trató, pero éstas mantuvieron el mismo timbre ajado y altisonante—. Dice que la casa del bosque, la que era de los difuntos Alma y Biel, que en paz descansen, está embrujada.
Al oír aquellas palabras, Áurea se quedó paralizada.
—Esa vieja está medio loca, Pol. No deberías hacer caso de sus habladurías. Durante un tiempo se dedicó a extender chismorreos sobre mí, diciendo que yo era un espía ruso durante la Segunda Guerra Mundial, o alguna absurdidad parecida —rio sin humor—. ¿Acaso tengo aspecto de espía o, peor aún, de ser tan viejo?
—Bueno, no... Asier —murmuró una tercera voz—, pero no tengo idea de qué apariencia debe de tener un espía, y en cuanto a tu edad... —añadió con sorna, dejando las palabras en suspenso.
Un coro de risas, más parecido al cloqueo de gallinas, retumbó en el abarrotado espacio.
Áurea dejó escapar el aire que había contenido y se aproximó al desvencijado mostrador, sobre el que colocó los productos que sostenía entre sus manos.
—Buenas tardes —murmuró, nerviosa bajo el escrutinio de aquel grupo de ancianos, cuyas expresiones le parecieron más propias de un aquelarre de brujos.
Voces discordantes y poco efusivas respondieron a su saludo.
El dependiente, un hombre robusto, con cabellos grises, espesas cejas del mismo tono y profundas arrugas surcando su rostro, le miró atentamente tras las lentes de unas gafas metálicas que se balanceaban sobre la punta de su prominente nariz. Sus labios finos eran apenas una línea de expresión en su ceñudo semblante.
La meticulosidad con que iba colocando la compra en bolsas contradecía la hosquedad reflejada en su cara. Con palabras roncas, que delataban el abuso del tabaco, le hizo la habitual pregunta:
—¿Desea algo más, joven?
Áurea negó con la cabeza, pero antes de que llegara a dar voz a su negativa, volvió a escuchar el espeluznante chirrido producido por la puerta al abrirse.
Un ligero cosquilleo le recorrió la espalda. El sonido grave de una voz retumbó bajo el umbral. Era ronca pero aterciopelada, como miel caliente, y su sonido le hizo experimentar la sensación de haber sido rozada por unos dedos invisibles. Se estremeció, pero alzó la mirada.
Una figura grande y oscura se enmarcaba contra la luz menguante del atardecer. Era un hombre alto, tanto que su cabeza casi rozaba el dintel de la puerta. Al contrario que ella, fue recibido con obvia alegría por parte de la concurrencia.
Lo estudió con disimulado interés, percatándose que era joven, calculó que debía tener poco más de treinta años. Los cabellos oscuros, un poco largos, estaban despeinados por el viento y sobresalían por encima del cuello de su abrigo, abrochado hasta la barbilla. Vestía completamente de negro. Su forma de caminar transmitía seguridad en sí mismo, casi arrogancia mientras avanzaba desde la puerta al mostrador.
Percatándose del modo indiscreto en que lo observaba, Áurea apartó la mirada, pero eso no eliminó la energía que parecía flotar en el aire.
Sabía que los ojos de él estaban fijos en ella, lo sentía en cada centímetro de su piel. Incómoda y excitada, por una extraña emoción a la que no era capaz de dar nombre, se dirigió nuevamente hacia los estantes.
El tendero la observó evaluando sus reacciones, alzó las cejas divertido y sonrió de lado mientras saludaba al extraño.
—Buenas tardes, Isaac —dijo al recién llegado.
—¿Qué tal, Asier? —respondió el hombre más joven. Áurea comprobó de soslayo que saludaba al resto de los allí congregados con un cabeceo.
La sangre tronaba en sus oídos, impidiéndole oír con claridad el resto de la conversación. Posó ligeramente la mano sobre su pecho, como si así pudiera apaciguar los latidos de su furioso corazón. Notaba que la piel le ardía bajo la mirada de fuego de aquel extraño, como si de algún modo se hubieran reconocido mutuamente. Trató de apartar esos inquietantes pensamientos y concentrarse en el insulso contenido del estante ante ella.
Con sigilo, el recién llegado se desplazó hasta colocarse a su espalda. Aun sin verle, pudo sentirlo aproximarse, y la corpulencia de su cuerpo, en contraste, la hizo sentir pequeña. Mientras su corazón no dejaba de latir con furia en el pecho. El olor a loción masculina y una esencia indefinida, que parecía emanar de la piel del hombre, llegó a su nariz. Era un aroma embriagador que la aturdía y advertía, de algún modo, del peligro que entrañaba.
Decidida a marcharse cuanto antes, se decidió por comprar algunas velas. Después de todo, en una casa tan desvencijada como la suya —al parecer incluso embrujada— podrían serle de alguna utilidad. Se detuvo a pensar que tal vez ni siquiera funcionara la instalación eléctrica.
Como estaban colocadas sobre el estante superior, tuvo que alzarse sobre las puntas de sus pies para alcanzarlas. Apenas sus dedos rozaron los objetos de cera, otra mano más grande, bronceada y claramente masculina, las tomó por ella.
Al levantar la mirada sobre su hombro se encontró con unos ojos increíblemente azules, de un color tan eléctrico que incluso parecían desprender destellos violetas, mirándola con grave interés.
El rostro era inconmensurablemente atractivo. Su piel atezada parecía casi dorada bajo la escasa luz del establecimiento. Sus rasgos, aunque algo toscos, eran sumamente seductores. Aquellos asombrosos iris se enmarcaban bajo unas cejas oscuras y rectas. La nariz, también recta, los pómulos y la barbilla desvelaban la arrogante masculinidad del hombre. Los labios, el inferior ligeramente más grueso que el superior, se curvaron en una lenta y taimada sonrisa ante el descarado escrutinio del que era objeto.
Avergonzada, apartó la mirada y rodeó al hombre para acercarse nuevamente al mostrador.
—Disculpa, te olvidas de las velas —le dijo escuetamente tratando de enmascarar, bajo un carraspeo, la risa que se filtraba en sus palabras.
Mortificada, Áurea se volvió a encararlo. Nerviosa, apretó los puños y volvió a abrirlos antes de arrancárselas prácticamente de las manos. Después se alejó de él y lo ignoró, o al menos eso se dijo.
Mientras colocaba la compra en el maletero del vehículo, estacionado en la estrecha calle de piedra, su corazón latía desbocado como si hubiera recorrido una gran distancia. Los edificios que poblaban la zona eran casas de piedra o ladrillo, cuyos tejados de pizarra estaban construidos oblicuamente para permitir que la nieve se deslizara con mayor facilidad. A aquellas horas, bajo el reflejo rojizo del sol, brillaban ligeramente.
La callejuela no era muy amplia y se bifurcaba más adelante, extendiéndose desde aquel punto hacia la lejana línea del horizonte.
Las voces de los aldeanos resonaban a su alrededor. Algunos niños correteaban y jugaban a unos pasos de distancia.
Con un golpe seco cerró el maletero y al hacerlo notó las cautas miradas de los viandantes. La prudencia y una distante amabilidad eran rasgos muy propios de aquella gente.
No podía dejar de pensar en la extraña reacción experimentada ante el hombre joven. Su pulso seguía siendo frenético. Su mirada había sido tan intensa que la sensación que le había provocado no desaparecía. Casi juraría que la había desnudado con los ojos. Sentía una quemazón en el pecho y la inexplicable certeza de que aquélla no había sido la primera vez que sus caminos se habían cruzado.
Agitó la cabeza, desdeñando aquellos infundados pensamientos.
Dictaminó que el cansancio debía estar empezando a hacer mella en su cuerpo, nada extraño después de dos días sin dormir. Una vez se celebró el íntimo entierro de sus abuelos y se conocieron sus últimas voluntades, sólo se había detenido a empacar algunas de sus cosas antes de tomar la carretera y devorar los kilómetros que la separaban de Tor. Sabía que allí, entre las paredes de aquella casa, en aquella recóndita región, encontraría un refugio en el que su corazón podría llorar libremente su dolor.
Mientras abandonaba el bullicioso entorno de la ciudad de Barcelona, la idea de instalarse de modo permanente en tierras pirenaicas había ido anclándose en su mente y, apenas pisó la aldea, la posibilidad simplemente echó raíces. Puesto que podía ejercer como ilustradora desde allí, su trabajo no representaría un problema, meditó mientras abría la portezuela del pequeño coche gris plateado.
Pero los hados parecían estar en su contra. Un rápido vistazo al suelo le mostró un nuevo infortunio: el neumático delantero izquierdo estaba deshinchado, de modo que el vehículo se inclinaba ligeramente sobre ese lado. Pronunció una maldición y apoyó la frente contra el coche, en señal de derrota.
Aun antes de volverse, sintió una presencia a su espalda. Su temperatura corporal se elevó varios grados, aunque las frías ráfagas del aire vespertino fustigaban su piel. Un olor a loción masculina, ligeramente conocida, llegó a su nariz aturdiendo sus sentidos, aunque no tanto como lo que oyó a continuación.
—¿Necesitas ayuda?
El corazón le dio un salto tan vertiginoso que temió le llegara a la garganta. El sonido de esa voz la atravesó como un rayo.
Con lentitud giró sobre sí misma, tratando de fingir una calma que no sentía. Esos ojos azules no podían existir, le dijo su atribulada mente, pertenecían a otro mundo; eran más propios de las criaturas que poblaban los libros que ilustraba que del mundo de los hombres corrientes.
Pese a la sombra que rodeaba sus rasgos, la tonalidad de los iris azules resplandecía con la intensidad de un faro en mitad de la tormenta. Sintió cómo la lengua se le pegaba al paladar y ningún sonido coherente emergió de sus labios, sólo un ahogado gemido.
El extraño alzó las cejas en signo interrogativo, después desvió la mirada hacia el neumático pinchado. Ella asintió con la cabeza.
—Muchas gracias —logró murmurar—. Si puedes ayudarme, te lo agradecería inmensamente. No se me da demasiado bien cambiar las ruedas...
El chispeante brillo de los ojos azules y la diabólica sonrisa del hombre le señalaron que era plenamente consciente de los estragos que le causaba.
Isaac se desprendió con destreza del grueso abrigo negro que vestía, el cual le ofreció esbozando una sonrisa que trataba, infructuosamente, de apaciguar el estado nervioso de la joven. Después se dirigió hacia el maletero de cuyo interior extrajo la rueda de repuesto, el gato y varias herramientas que Áurea no pudo identificar, pero que supuso eran las necesarias para la tarea.
Mientras él se agachaba hasta quedar a la altura del neumático deshinchado, Áurea permaneció inmóvil a un lado, sosteniendo entre sus manos el abrigo. El tejido que parecía ser cuero, estaba gruesamente forrado para proteger de las heladas temperaturas que azotaban la región. Emanaba un aroma viril, el mismo que había asaltado sus sentidos cuando se había acercado a ella momentos antes. Reprimió el impulso de acercarlo a su nariz para aspirar su esencia, una que parecía aturdir su mente y su corazón de un modo inexplicable.
El ocaso bañó con un manto escarlata los contornos del pueblo. En el cielo empezaron a formarse manchas violáceas y algunas luces iluminaron las casas.
Sólo el sonido producido al izar el gato, desenroscar tuercas o utilizar las herramientas rompía el silencio en la solitaria calle. El modo en que desarrollaba aquella actividad la dejó absorta, aunque no tanto como el modo en que la sudadera negra se adhería a sus hombros y espalda, delineando con total claridad la curvilínea masa muscular que ocultaba la tela.
Pudo apreciar nítidamente que Isaac poseía unos músculos desarrollados, aunque no excesivamente prominentes. Cuando se agachó sobre las herramientas diseminadas en el suelo, tratando de dar con la que buscaba, el tejido de los pantalones se pegó a sus nalgas delineándolas. Áurea tragó saliva, acalorada cuando una fugaz imagen de ese cuerpo desnudo se dibujó en su mente.
—¿Acabas de llegar? —La gravedad de la voz interrumpió el curso de sus descarriados pensamientos.
—¿Qué decías? —respondió despistada, aún absorta en los rasgos masculinos.
Una sonrisa curvó los labios del hombre. Con lentitud se volvió hacia ella desde su posición acuclillada.
—Tu cara no me resulta familiar, así que me imagino que acabas de llegar a Tor. —Se encogió de hombros con fingida indiferencia, pero sus ojos brillaron evidenciando su interés.
—Sí, llegué esta mañana —murmuró mientras observaba con embeleso cómo el cabello negro le caía en desorden sobre la frente.
Isaac la miró con intensidad, instándola a que siguiera hablando.
—¿Vas a quedarte mucho tiempo o sólo estás de paso?
—Aún no lo he decidido —contestó evasivamente.
—Ya... entiendo. —Aunque en realidad no entendía absolutamente nada.
—Tengo que resolver algunos problemas antes de tomar una decisión —confesó, sin saber muy bien por qué razón le explicaba todo eso a un extraño.
—¿Qué tipo de problemas? —indagó.
Encendió la luz interior del coche para iluminar las herramientas y procedió a atornillar la rueda de repuesto.
—Pues... del estado de la... de mi casa —se corrigió titubeante, aún inacostumbrada a la idea de que era de su propiedad—. Necesita algunas reparaciones. También depende de mi trabajo —puntualizó
—¿Eres un agente secreto o algo así? —bromeó esbozando una traviesa sonrisa.
Una risita escapó de la garganta de Áurea.
—Nada tan emocionante. Soy ilustradora —explicó tratando de aparentar ligereza e ignorando el aleteo provocado en su estómago ante la diabólica sonrisa masculina.
—¿Ilustradora?
¿Era imaginación suya o por momentos la voz de Isaac se oía más oscura y sensual?
—¿Qué tipo de ilustraciones haces? —preguntó con renovado interés y una nueva luz en su rostro.
—Ilustro libros de fantasía —añadió con un encogimiento de hombros.
Una mirada chispeante iluminó los iris azules. Permaneció inmóvil un instante antes de asentir con la cabeza. Se reincorporó, con gracia casi felina, limpió con un trapo la suciedad que manchaba sus manos y apagó la luz del coche, sumiéndoles en el claroscuro que reinaba en lo que eran los últimos instantes del crepúsculo.
Se aproximó a Áurea, que retrocedió hasta notar el contacto del frío metal contra su espalda.
—Tal vez aquí encuentres una fuente inagotable de inspiración —dijo con un tono de voz que descendió varios decibelios, haciendo que a sus oídos sonara aún más ronca e insinuante.
Una tenue sonrisa iluminó el rostro de Áurea cuando reconoció en esas palabras las mismas que sus abuelos le repitieron con frecuencia en el pasado.
—Sí, podría ser. Este lugar parece estar rodeado por un halo de magia y... —se detuvo avergonzada.
—Entiendo lo que quieres decir —la tranquilizó recostándose contra el coche y apoyando una mano contra éste, de modo que la rodeó con uno de sus brazos—. Es la recompensa por vivir tan alejado de la vida urbana, aunque no mucha gente sea capaz verlo de eso modo —su voz sonó suave pero ligeramente ronca.
—Yo sí —musitó cada más nerviosa ante su inquietante cercanía.
—En ese caso tal vez decidas quedarte —añadió antes de apartarse de repente, como si hubiese sentido un calambrazo. Se concentró en recoger la rueda pinchada y las herramientas mientras alzaba la mirada especulativamente hacia el cielo.
Interpretando aquel gesto como una señal de premura, Áurea se sintió decepcionada. Probablemente debía haber alguien que lo esperaba, una mujer, pensó con malestar y una absurda punzada de algo parecido a los celos.
—Discúlpame, no pretendía hacerte perder el tiempo —alegó—. No es necesario que guardes nada —añadió cuando lo vio recoger las herramientas del suelo—. Has hecho suficiente. Gracias —musitó.
No obstante, Isaac continuó hasta colocar todas las herramientas de nuevo en el maletero.
—No es ninguna molestia —explicó—. Y no me has hecho perder el tiempo. A veces... parece eterno.
Un brillo especulativo iluminó su rostro. Después cerró con un vigoroso golpe el maletero y se volvió hacia Áurea.
Las sombras purpúreas del atardecer lo envolvían en un halo de claroscuro que velaba los rasgos de su rostro. Sólo el color irreal de sus ojos y el brillo nacarado de su sonrisa destacaban bajo la tenue iluminación. Repentinamente le tendió la mano. Era grande y, pese a la deficiente luz, pudo apreciar el tono bronceado de su piel, los dedos largos y las palmas curtidas.
Áurea creyó que aguardaba a que le devolviera el abrigo, que ella aún mantenía apretado contra el pecho, pero sin mostrar interés en la prenda dijo:
—Tal vez deberíamos presentarnos adecuadamente, ya que parece que seremos vecinos. —Sus labios se distendieron en una sonrisa que mostró la perfecta simetría de sus dientes—. Mi nombre es Isaac.
Áurea, sin pensarlo dos veces, colocó su mano pálida y pequeña en comparación con la masculina, sobre ésta que, al cerrar los dedos sobre ella, cubrió completamente.
Una energía intensa nació ante el contacto de ambas palmas, como si sus pieles desprendieran chispas de electricidad. Un escalofrío la recorrió, pero la sensación fue tan extrañamente placentera que la dejó sin palabras.
Tras un ligero titubeo, murmuró:
—Soy Áurea.
Isaac, aún sosteniéndole la mano entre las suyas, se acercó más. Arrugó ligeramente el entrecejo como si ese nombre le resultara familiar. Asintió casi imperceptiblemente mientras sus cuerpos se rozaban.
La mirada azul se posó sobre sus temblorosos labios durante unos interminables segundos en que meditó si saborearlos o no; mientras el corazón femenino latía con furia. Nerviosa, pasó la lengua sobre el labio inferior, humedeciéndolo. Isaac observó, como en trance, el modo en que la sonrosada punta recorría la aterciopelada piel de su boca. Tragó saliva.
Áurea siguió hipnotizada el movimiento ascendente y descendente de la nuez en la garganta masculina. Después posó los ojos, que brillaban como oro líquido, en los azules de él. Se percató que la mirada del hombre ya no estaba sobre su boca, sino en sus pechos, y se sonrojó.
Los senos ascendieron y descendieron al compás de su agitada respiración, y, aunque no eran grandes, sí se delineaban firmes contra la tela de su camisa blanca. Los pezones endurecidos despuntaban bajo la tela. Una llama de calor brotó en su interior, propagándose instantáneamente por todo su cuerpo. Pensó, mortificada, que su estado de excitación debía de ser bastante evidente.
No fue hasta al cabo de unos silenciosos segundos que comprendió que los ojos del hombre permanecían estáticos en el medallón de oro que descansaba sobre su pecho.
Isaac entrecerró los ojos, absorto en la joya, regalo que le hicieron sus abuelos más de veinte años atrás. Entonces aún se veía demasiado grande alrededor de su cuello. Aguijoneada por un impulso incontrolable, alzó su otra mano, la que no estaba prisionera en la de Isaac, y apretó el medallón entre sus dedos.
Los ojos de Isaac volvieron a concentrarse en los ambarinos diciéndole sin palabras que era muy consciente del estado de excitación en que se encontraba.
—En el pueblo hay hombres que podrían ayudarte con uno de tus problemas. —La voz, aún más ronca que antes, la sobresaltó hasta el punto de empeorar su nerviosismo.
Arrancó su mano de la de él que, sorprendido, retrocedió un paso como si le hubiera golpeado.
—No necesito ayuda —espetó, mortificada— y no tengo ningún problema.
Isaac frunció el ceño.
—Pues yo diría todo lo contrario —afirmó cruzando con despreocupación los brazos a la altura del pecho—. Reparar una vivienda es un trabajo duro, no creo que puedas hacerlo tú sola. Además, la casa junto al bosque está muy necesitada de reparaciones. Tus abuelos lo decían a menudo...
—¿Mis abuelos? —lo interrumpió, aún más desconcertada.
—Eres Áurea, la nieta de Alma y Biel, ¿no es cierto? —ante su mudo asentimiento, prosiguió—. Ellos me comentaron en más de una ocasión que la casa necesitaba algunas reparaciones, pero estando tu abuelo delicado de salud fueron postergándolas.
—Así que, ¿conocías a mis abuelos? —preguntó con interés.
—De toda la vida. —Sus palabras resonaron con claridad bajo el cielo sobre el que empezaban a titilar las primeras estrellas—. Si quieres contratar a alguien que se encargue de las reparaciones, puedes preguntar en la tienda de Asier. —Señaló con un enérgico movimiento de cabeza en dirección a ésta.
Impulsivamente, Áurea se giró hacia el desvencijado edificio que minutos antes había abandonado. Decenas de preguntas le cosquilleaban en la punta de la lengua, cuyas respuestas confiaba que Isaac pudiera facilitarle. Sin embargo, cuando volvió para encararse a él, no lo encontró.
El haz amarillento arrojado por la luz de una farola cercana señalaba un hueco vacío en la calle, en el lugar donde segundos antes él se encontraba. Al instante, sintió un ligero roce en la mejilla, en lo que se le antojó una caricia o... un beso.
Un cosquilleo le hizo exhalar abruptamente el aire a través de los dientes. El corazón le latió como un tambor. Sus ojos se posaron sobre el abrigo de Isaac, aún entre sus manos, con la suspicacia y el desconcierto pintados en ellos. Una sensación extraña, casi como si aquel suceso fuese un déjà vu y no un hecho aislado, la embargó. La excitación de su cuerpo fue enfriándose poco a poco, hasta que una emoción desconocida asaltó sus sentidos, aterradora por su intensidad, aunque no tanto como el profundo vacío que se instauró en su pecho al no encontrar ante ella a aquel atractivo desconocido de fascinantes ojos azules.
2
El valle de Tor se extendía en silencio a los pies de la montaña que daba nombre al lugar. Las habladurías y leyendas populares decían que estaba maldita. Así se la conocía, la montaña maldita de Tor, en nombre a los trágicos sucesos acontecidos en ella años atrás. Unos, que pese al tiempo transcurrido, aún permanecían en el recuerdo de los habitantes de la región.
La primavera despuntaba en la tierra, suavizando sus agrestes superficies. Los primeros brotes de las flores silvestres, un aire más suave pero todavía frío y el final de las nevadas señalaban el fin del invierno pirenaico. El regreso de algunos de sus aldeanos empezaba a hacerse notar, el de aquellos que habían huido del terrible frío del valle y que ahora retornaban a sus hogares. Pero aun así, la quietud y la placidez que rezumaba el entorno delataba que se trataba de un lugar poco habitado, casi inhóspito.
La casa en el lecho del valle era una pequeña cabaña de piedra. Bajo la luz espectral de la luna, que incidía sobre la nieve y el tejado de pizarra, se veía solitaria y abandonada, aunque débiles volutas de humo ondeaban de la chimenea. Su estela llegaba al cielo, fundiéndose con su negror.
Sólo el blanco de la nieve ofrecía una nota de color en mitad de aquel paraje gris. Los árboles que poblaban aquel entorno se desdibujaban entre las sombras hasta desaparecer.
Reinaba la soledad.
El canto apagado de las criaturas de la noche era el único sonido audible, ése, y el susurro del viento golpeando las cañadas y las lomas.
A lo largo del valle, bajo el reflejo de la luna, el agua del río brillaba como un espejo. Su cauce abastecía a los aldeanos de Tor. El deshielo había comenzado; fragmentos y astillas flotaban como cristales sobre la corriente.
Aquella tierra era la que delimitaba el fin de la aldea de Tor con la montaña maldita.
Una figura etérea fluctuó mientras recorría la zona norte de la aldea, el terreno que delimitaba con la montaña maldita. Sus movimientos eran fluidos, propios de un espectro. La sombra, aun siendo traslúcida, emitió una tenue luz que la hizo débilmente visible antes de desaparecer y aproximarse al punto en el que se erigía el cementerio.
El camposanto estaba rodeado por un muro de piedra. Un arco del mismo material enmarcaba la entrada. En su interior, una hilera de tumbas destacaban bajo el reflejo de la luna.
Como si lo impulsara su lado humano, hizo el movimiento de arrodillarse ante uno de los panteones, ubicado al fondo del recinto. La inscripción sobre la estructura de mármol negro permanecía en sombras, por lo que era imposible su lectura, pero él la conocía de memoria, como un día conoció a las personas cuyos cuerpos yacían bajo la tierra. En cierto modo, el suyo también debía hallarse allí; pensó que ésa era la única explicación posible para entender su incorporeidad.
Sobre la fría superficie de mármol negro, contrastaba el blanco de las flores que yacían sobre ella. El aspecto fresco de éstas desvelaba que habían sido colocadas recientemente.
La figura permaneció en aquella posición de devoción durante unos minutos más, después abandonó el lugar.
Bajo el arco de entrada del cementerio, un cuerpo de carne y hueso apareció unos instantes después. El sonido de sus botas al pisar las piedras, que formaban un sendero entre las tumbas, resonó con sequedad en la noche.
Caminó hasta el final del recinto. Su destino parecía ser el mismo sepulcro. La figura, completamente vestida de negro, parecía fusionarse con las sombras que lo rodeaban. Tal como hiciera el espíritu, se arrodilló sobre las losas ante la tumba, después extrajo del bolsillo interior de su chaqueta una flor que colocó sobre el lecho que las otras, de un níveo blanco, formaban. La flor era una orquídea. Su color era el negro.
Durante varios minutos Áurea forcejeó con la cerradura de la puerta. Al fin logró cruzar el umbral cargando en precario equilibrio las bolsas que contenían la compra. Tropezó con las maletas, junto a la entrada, y a duras penas consiguió mantenerse en pie.
—¡Mierda! —gruñó mientras conseguía afianzarse sobre el suelo sin dejar caer su carga.
La penumbra en el vestíbulo era total, por lo que apretó el interruptor de la luz, pero ésta no se encendió.
—¡Mierda! —repitió con exasperación.
Guiada por la luz de luna, caminó con cautela hasta la puerta entreabierta de la cocina. Los vidrios rotos permitían que la luz de la luna iluminara la estancia y le señalara el camino a seguir.
Dejó las bolsas sobre la rústica mesa de madera, tanteó en el interior de éstas hasta encontrar las velas. Extrajo una que encendió con las cerillas y, con ella entre las manos, volvió sobre sus pasos para dirigirse a la sala.
Tiró con fuerza de las sábanas enmohecidas que cubrían el sofá y se dejó caer pesadamente sobre él. Una nube de polvo se levantó, pero disipó la humareda con la mano y apoyó la cabeza contra el respaldo. Estaba completamente exhausta, así que ignoró la suciedad que lo impregnaba todo.
Su mirada se posó sobre la llamita que temblaba entre sus dedos e, inevitablemente, revivió la escena en la tienda, el encuentro y la marcha de Isaac. Le inquietaba la desazón que la atenazaba. Aunque quería restarle importancia al incidente, se sentía herida por la brusquedad con que Isaac se había marchado sin despedirse, pero no estaba menos furiosa consigo misma por haber reaccionado de un modo que la avergonzaba, incapaz de mantener bajo control su cuerpo, o al menos fingirlo. No se reconocía a sí misma en la mujer balbuciente en que se había transformado. No era propio de ella actuar de esa forma.
Apenas Isaac entró en la tienda, sus hormonas enloquecieron. Se excitó tan repentinamente que, aún horas después, la aterraba la magnitud de sus emociones. No sabía cómo explicarlo, ni justificar los estremecimientos o los bruscos cambios de temperatura que había padecido su cuerpo.
Era inquietante cómo sus sentidos habían despertado. Más que despertar, habían sufrido un cortocircuito. Jamás había experimentado algo ni remotamente similar por Jaime, el joven jefe de prensa de la editorial donde trabajaba, con el que había mantenido una relación durante los dos últimos años. En cambio, un breve contacto con Isaac le había envuelto en una vorágine de emociones indescriptibles.
Trató de justificarse, recordando que su anterior relación se había fundamentado en la amistad, no en la pasión, y que era muy normal sentirse sexualmente atraída por un hombre tan atractivo como Isaac.
Con la perspectiva del tiempo, podía admitir que su noviazgo con Jaime había sido un error tremendo. Durante meses había sido renuente a aceptar esa realidad. Descubrir que su novio mantenía simultáneamente una relación con su supuesta mejor amiga, también había ayudado bastante a comprenderlo. Realizó una mueca ante el humillante recuerdo. Pero aunque aquella relación hubiera estado condenada al fracaso desde el principio, eso no hacía menos dolorosa la traición de Sara, a quien consideraba su amiga.
Renegó de esos vacuos pensamientos que la conducían a senderos que no deseaba volver a recorrer. No quería recordar errores pasados; sólo trataba de dejarlos atrás para concentrarse en el presente y encarar el futuro.
Se detuvo a observar el ambiente sombrío que reinaba en la casa del bosque. Lo estudió con recelo y temor a partes iguales, sentimientos que se disiparon cuando entre las sombras se materializó el rostro de piel atezada de Isaac. ¿Por qué no abandonaba su mente?
Casi podía ver con nitidez el azul zafiro de sus iris, la sonrisa irreverente que esculpía sus labios, casi como si estuviera ante ella; podía ver sus manos grandes y diestras con las herramientas y, sin pensarlo, se preguntó cómo sería sentirlas acariciando su cuerpo. El pensamiento le produjo una inmediata sensación de calor que brotó en su bajo vientre y se extendió por todo su ser hasta alcanzar su rostro. Las mejillas le ardían y la mano...
—¡Mierda! —se quejó cuando la cera caliente goteó sobre su piel. Colocó con brusquedad la vela en el suelo antes de soplar sobre la zona herida.
»¡Mierda! —volvió a gruñir.
Estaba claro que su primera intuición sobre Isaac había sido acertada: entrañaba un peligro al que prefería no enfrentarse.
Maldiciendo se puso en pie. El día había sido muy largo y decidió que todo lo que necesitaba era una buena noche de descanso. Recogiendo la vela, más cuidadosamente esta vez, se enfiló hacia las escaleras que conducían a la planta superior, en la que se hallaban ubicados los dormitorios.
Los peldaños de madera crujieron bajo sus pies. En algunos, incluso, tuvo la sensación de que iban a hundirse, por lo que sostuvo la vela con la mano izquierda para poder asirse a la barandilla, en el lado derecho.
Alcanzó el rellano superior.
El estrecho pasillo quedó iluminado bajo el haz de luz. Tres puertas se desdibujaban en las sombras. La primera, a la derecha, correspondía al dormitorio de sus abuelos. El dolor que sentía era tan grande que se abstuvo de entrar en él; aún no se sentía suficientemente serena para enfrentarse a los recuerdos que aquellas paredes ocultaban.
La segunda puerta, también en el lado derecho del pasillo, correspondía a otro dormitorio; era en el que solía dormir cuando se alojaba en Tor.
Y la tercera, la única a la izquierda, conducía al cuarto de baño.
El olor a moho y humedad en su viejo dormitorio era tan intenso que retrocedió varios pasos, como si un puño invisible la hubiera golpeado. Durante unos segundos barajó la posibilidad de regresar a la planta baja y dormir allí, pero una cama blanda era una tentación difícil de resistir frente a un incómodo y mugriento sofá.
Depositó la vela sobre una pequeña mesita de madera de haya, colocada junto al lecho; después se acercó a la ventana y corrió las cortinas. El olor rancio que desprendían le provocó una arcada. Abrió de par en par las contraventanas y el aire frío de Tor penetró en la estancia. Su cuerpo tiritó y se estremeció entre los gélidos pero vivificantes brazos del viento.
Su mirada vagó sobre las montañas y el cielo, luego hasta el bosque al que se llegaba a través del pequeño sendero que discurría junto a la vivienda. Pinos y abetos eran los árboles que principalmente lo poblaban, aunque también, en menor proporción, podían encontrarse hayas.
Mientras lo observaba, con el corazón en un puño, se percató que seguía desprendiendo el mismo influjo mágico que desde niña se apoderaba de ella, de un modo que aún le resultaba difícil de explicar.
Un vago recuerdo se filtró en su mente: deambulaba bajo esos árboles, sólo el silencio y la tenue penumbra del atardecer la acompañaban, pero alguien se ocultaba entre los árboles para observarla. Fue incapaz de sostener esa imagen el tiempo suficiente para reconocer el rostro que, oculto entre las sombras, la vigilaba.
El deseo de ir hacia el bosque brotó inesperadamente, como si una vocecita en su mente la instara a adentrarse en su espesura. Habían transcurrido demasiados años desde la última vez que estuvo bajo aquellos árboles y aquel cielo pero, como antaño, el magnetismo que desprendían volvió a guiar sus pasos. Sentía los párpados pesados por el sueño, su cuerpo apenas parecía poder sostenerse en pie, debido al cansancio, pero antes de darse cuenta o detenerse a pensar en ello, Áurea se encontró en el estrecho camino que conducía hacia él. Se detuvo unos instantes y volvió la mirada hacia la casa para cerciorarse de que la luz de la vela, que había dejado encendida, parpadeaba a través de una de las ventanas.
Retomó el camino y se adentró en el bosque.
Apenas sus pies pisaron la tierra olorosa del lugar, sintió un cosquilleo en la espalda que le advertía de ser observada. Giró sobre sus pies para no descubrir a nadie pero el pulso se aceleró en sus venas. Al instante, un extraño trance la envolvió y sintió la imperiosa necesidad de alcanzar el corazón del lugar.
Los rayos plateados de la luna guiaron sus pasos a través de los árboles. Anduvo en silencio hasta llegar al claro que marcaba el corazón del bosque. No le fue difícil encontrarlo. Pese al tiempo transcurrido desde su última visita, su recuerdo permanecía indeleble en su mente.
La noche la envolvía en un manto de silencio. Un grupo de rocas despuntaba bajo el parpadeo de las estrellas y la luz de la luna; los árboles y la vegetación agreste creaban un marco de inconmensurable belleza. Giró sobre sí misma, expectante, excitada, recorriendo el paraje con la mirada. Sin embargo, se sentía segura bajo el cobijo de aquellos árboles entre cuyas sombras la observaba el ánima.
Con la sensación de estar soñando, observó cómo Áurea deambulaba y escudriñaba entre aquellos árboles milenarios buscando viejos recuerdos. La última vez que la vio allí, en el bosque, fue muchos años atrás. Entonces, aún era una niña, al igual que él. De hecho, al verla esa tarde no la había reconocido al principio, aunque sí había sentido una inmediata atracción hacia ella.
Su rostro y su cuerpo le resultaban familiares, pero no lograba darle nombre hasta que esos ojos del color del oro y el colgante que pendía de su cuello habían desenterrado la imagen que guardaba tan celosamente en su corazón.
¡Dios... cuánto deseaba acercarse al claro y desvelarle su presencia! Tanto, que juraría que un cosquilleo recorría la inmaterialidad de su cuerpo, pese a la imposibilidad de que como espíritu pudiera experimentar tal sensación física. Y las eternas horas de la noche se extendían burlonas ante él; el amanecer era una promesa lejana, y la imposibilidad de hablarle y tocarla en ese preciso instante lo abrasaba como un ácido.
Áurea se sentó sobre las rocas talladas que, como un altar antiguo, se alzaban en el claro. Con las manos entrelazadas entre sus rodillas, cerró los ojos e inhaló el aroma que emanaba del viento: a pino, a flores, a tierra, a nieve... el olor único e indeleble de Tor.
Una caricia, ligera y delicada, rozó su mejilla.
El viento la acarició. Primero en una mejilla; luego en la otra hasta ascender hacia la frente y nariz. Por último, alcanzó sus labios haciéndola estremecer. Sonrió con suavidad ante el beso, porque fue así como lo sintió, como el beso del bosque que la acogía nuevamente entre sus ramas y la incitaba a confiar en él.
Arrodillado ante ella, observaba absorto la delicadeza de sus rasgos. Sus dedos inmateriales, como impulsados por voluntad propia, delinearon el contorno del óvalo perfecto de su rostro. Se posaron levemente contra sus coloreadas mejillas, donde en la derecha resaltaban varias pecas doradas, como polvo de estrellas. Después las yemas etéreas de sus dedos acariciaron la frente y el puente de su nariz hasta llegar a los labios. Los imaginaba suaves como el terciopelo. Se inclinó suavemente ante ella para rozar su boca y besarla con suavidad.
Él no pudo sentir nada, como ser sin cuerpo que era, pero sí que vio la reacción que su contacto provocaba en ella; los labios femeninos temblaron y se suavizaron en una sonrisa.
Cuando el beso del viento acabó, Áurea volvió a abrir los párpados. Los iris dorados horadaron a través de la oscuridad, como si buscaran a alguien. Y tal vez sólo se tratara de un sueño, producto de la mente febril de una niña de seis años, pero una imagen huidiza merodeaba entre las tinieblas de su memoria, instándola a recordar. Pero por más que lo intentaba, se le escurría como agua entre los dedos.
Él la estudiaba con el corazón en la mirada. Casi tenía la sensación de que podría zambullirse en sus ojos dorados mientras ella, con la mirada en el vacío, no reparaba en su presencia.
Sentía que la calidez de su mirada lo reconfortaba, hasta el punto que la imagen de una niña lo había acompañado durante veintidós años, convirtiéndose en una referencia indeleble de su vida. Un vínculo se estableció entre ellos desde el día que se encontraron en ese mismo bosque. Tal vez por eso la había observado desde la distancia a lo largo del devenir del tiempo, escondiéndose en las sombras y en su falta de cuerpo. Creció viendo crecer a Áurea, pero sin que sus caminos volvieran a cruzarse. Sólo bajo el amparo de su inmaterialidad había osado acercarse a ella
Un deseo, largamente reprimido, renació con la fuerza de un volcán que vuelve a la vida. La soledad era la compañera más desolada y más ingrata. Por un instante, se preguntó cómo sería compartir con alguien su más terrible secreto. ¿Podría ser Áurea la mujer de la que hablaban Alma y Biel, ésa dispuesta a todo por él sin importar qué vicisitudes pudieran separarlos?
Los ancianos lo habían aceptado sin reservas y, a través de ellos, había estado al tanto de la vida de Áurea, la niña que lo enamoró en su infancia y la mujer que hacía renacer en él la esperanza de un sueño inalcanzable. ¿Era ése el motivo por el que los ancianos le regalaran un medallón igual al de su nieta? ¿Realmente tenían la creencia de que ella podría ver en él a un hombre y no a un espectro?
Temía pensar en las respuestas a esas preguntas mientras permanecieron en silencio durante unos minutos. Ella ignoraba su presencia; él ansiaba un contacto que llenara el vacío de su soledad.
La necesidad de volver a rozar su piel, aunque él no lo sintiera, era intensa. «Sólo una vez más», se dijo.
Sus dedos, completamente invisibles, recorrieron nuevamente aquel rostro pálido, enredándose en los mechones de cabello negro que lo enmarcaban y que el viento había despeinado. Deslizándose lentamente hasta la curva de su cuello, la acariciaron y rozaron el medallón que brillaba bajo la luz blanquecina de la luna. Delineó los contornos de las figuras en relieve: el martillo, símbolo de Tor, y la flor de edelweis que se enlazaba en la empuñadura de éste. Sintió el impulso irrefrenable de buscar su propio medallón para estudiarlo de igual modo, pero en su insustancialidad nocturna aquello no era posible.
Sus dedos desanduvieron el camino hacia el rostro de Áurea, delineando su óvalo y repasando el contorno de sus labios, como si así pudiera besarlos.
Cuando una nueva y tímida brisa recorrió su cara, Áurea constató que el viento no agitaba las copas de los árboles ni arrastraba las hojas amontadas en la tierra. Reinaba una calma inusual. La sensación que la embargaba era extraña, adormecedora pero excitante. Y su cuerpo volvió a despertar, como horas antes.
Se rindió al influjo del bosque, cerró los ojos y permitió que aquellos dedos invisibles la tocaran, como el ciego que trata de leer la expresión en los rasgos de un ser amado. Algo cálido fluyó por su cuerpo, acompañado de la certidumbre inexplicable de que no estaba sola.
—¿Quién eres? —Abrió los ojos. En su voz se oía la fiera necesidad de saber y ni el menor titubeo rompió sus palabras—. Sé que estás ahí, ¿quién eres? —insistió más excitada.
Las palabras lo afectaron de tal modo que el espíritu, sin darse cuenta, rompió el contacto.
—¡No! ¡Espera! No te alejes. —Decepcionada levantó la voz—. Por favor... —le rogó.
El espectro permaneció ante ella, sin embargo no volvió a tocarla. La incertidumbre lo inmovilizó y una extraña sensación nació en su ser cuando comprendió que Áurea había sentido cómo la acariciaba. El miedo y la esperanza se unieron en una sola emoción. Nadie había sentido antes su contacto fantasma, nadie salvo una persona.
El tiempo quedó suspendido. Ninguno de los dos mostró ninguna reacción. Cada uno, conteniendo el aliento, aguardaba el próximo movimiento por parte del otro.
El grito amortiguado de un animal se oyó en las profundidades del bosque, sobresaltando a Áurea y apartándola del hechizo en que parecía haberse sumido. Con los ojos desorbitadamente abiertos, recorrió el solitario paraje, buscando la fuente de aquel sonido. El cansancio cayó repentinamente sobre ella. Los párpados le pesaban como plomo por lo que, titubeante, se puso en pie. Sus ojos se pasearon una última vez sobre los alrededores. Se creyó sola en el bosque, él —quienquiera que fuera ese ser— debía haberse marchado.
Caminando con lentitud, se alejó de las rocas. Un nudo de pesar se atoraba en su pecho a medida que la distancia entre ella y el claro aumentaba. Se marchó desilusionada porque ese ser no hubiera respondido a sus palabras.
No obstante, él permanecía allí, inmóvil, mirándola con ojos rebosantes de anhelo. Aunque lo abandonaba nuevamente en su mundo de tinieblas, una pequeña llamita de esperanza ardía en su corazón.
Y así, acompañado por las criaturas del bosque, aguardó el resto de la noche hasta que el sol despuntó en el cielo y, Dios sabía quién, le devolvió a Isaac su cuerpo.
3
Cuando Isaac regresó a la cabaña construida en el valle, las primeras luces del alba se derramaban sobre las montañas y las pintaban con suaves tonalidades rosáceas. El aspecto de la casa era austero. La apariencia de fortaleza que irradiaba era su mayor virtud, ésa y su ubicación; estaba lo suficientemente apartada de la aldea para salvaguardar su secreto, aun a riesgo de ser considerado un ermitaño.
Aunque nada lo obligaba a deambular por los bosques durante la noche, se había acostumbrado a aquella soledad. Bien podría permanecer entre los gruesos muros de la cabaña cuando su estado cambiaba, pero la oscuridad lo llamaba y le urgía a errar entre sus sombras, como una criatura nocturna.
Tal vez ése fuera el destino de un espíritu...
Una burlona carcajada brotó de su garganta y se deslizó hasta los labios. Exhausto, se dejó caer sobre la cama; ni siquiera se desnudó. Cerró los ojos, dejó escapar un quedo suspiro de agotamiento mientras rememoraba los acontecimientos de la noche anterior.
—Áurea... —pronunciar su nombre le produjo un cosquilleo en la boca del estómago y una sensación tibia hormigueó en sus entrañas.
No podía dejar de pensar que el regreso de Áurea a Tor podía significar un cambio en su vida y, aunque era consciente de que tal vez sus pensamientos estuvieran adquiriendo un tinte fatalista, no podía ignorar la
