1.ª edición: mayo, 2017
© 2017 by Betzabeth Acosta
© Ediciones B, S. A., 2017
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
ISBN DIGITAL: 978-84-9069-749-8
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Maquetación ebook: emicaurina@gmail.com
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A Paulina Arancibia CM, por ser mi embajadora del Quan.
A Ginette, Gisela y Jenniffer. Gracias por entrar en mi vida
y revolucionarla con su fuerza, paciencia y cariño.
Sin ustedes, este sueño no se habría realizado.
Contenido
Portadilla
Créditos
Dedicatoria
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Epilogo
Agradecimientos
Promoción
Capítulo 1
Norah observó de nuevo su teléfono, ya había perdido la cuenta de cuántas veces lo había mirado desde que recibió el correo de Jeremy unas horas atrás. Y cada vez que revisaba el contenido, sentía una nueva emoción. Incredulidad. Negación. Asombro. Depresión. Culpabilidad. Rabia. Furia. Recriminación. Angustia. Determinación.
Anne, su mejor amiga y corresponsal estrella de su nueva revista, había entrado en la oficina justo en el momento en que ella había abierto el correo. No fue casualidad, dado que Jeremy, como su fotógrafo, había adicionado una copia del mail para ella.
—Lo despediré por pasarte esa imagen —le había ofrecido Anne, tal vez creyendo que botando al mensajero el hecho desaparecería—. No debió haberte enviado esto.
—¿Lo sabías? —había indagado.
Se sorprendió de sonar tan ahogada. «Aparte de todo mi torbellino emocional, ahora mis pulmones no logran conducir correctamente el aire», pensó.
Anne hizo una mueca y suspiró, desviando su mirada. La sensación de traición se había unido a todo lo demás, o ya estaba ahí, y solo los protagonistas habían cambiado de papeles.
—Hubo rumores… —había expuesto la pelirroja.
Su cara se arrugó, llena de aprensión. «¿Rumores?».
—¿No se te ocurrió que yo podría querer saber que esto estaba ocurriendo? —había espetado con furia.
Anne miró con expresión plana por unos instantes, causando que Norah volviera a sentir dolor —en su corazón y cuerpo— por razones distintas esta vez.
—La verdad, no —había respondido con honestidad—. ¿Cuál es el sentido de todo? ¿Cuál es la diferencia?
«¿Cuál es la diferencia?», se preguntó de nuevo Norah, lanzando el teléfono al asiento del copiloto y alejando sus recuerdos de la conversación con su mejor amiga. La diferencia estaba en que ya había perdido muchas cosas en su vida como para permitir otro golpe. La diferencia estaba en que conocía todas las fallas y culpas que se cernían sobre sus hombros, y, aun así, primero se mataría antes de permitir que ganase en todo y se jactase de eso más tarde.
Era consciente que había perdido, pero no iba a entregar lo poco que le quedaba en bandeja de plata. Llámenla ilusa, idiota, ardida o, a sus actuaciones, pataletas de ahogado, pero lo que había visto en ese correo no lo aceptaría.
Bajó la visera de su asiento y se miró al espejo, reafirmando que todo estuviese en orden. Su interior podría ser un alboroto, o sinceramente estar podrido, pero su exterior era perfecto. Su cabello negro azabache caía largo y liso hasta su media espalda, y su flequillo iba hacia un lado como si tuviese vida propia y cumpliera la orden de no moverse un centímetro. Su piel clara y limpia, tan blanca que lucía pálida en contraste con su cabello oscuro. Sus mejillas llevaban un ligero tono melocotón, y sus labios llenos, de color cereza. Su cutis de porcelana rodeaba sus ojos celestes, que parecían tan puros. Una ilusión, todo su físico lo era, desde su cara hasta su cuerpo. Sin embargo, bien que le había servido, y la costumbre era demasiada para cambiar, mucho menos en los momentos más tormentosos. Ni siquiera aunque su mundo hubiese dado un giro de ciento ochenta grados dejándola destruida, sin nada.
Ella se resignaba.
Porque así como la vida estaba acostumbrada a patearla cuando ya estaba en el piso, Norah se hizo una experta en evadir los golpes y seguir su camino.
Salió de su vehículo y caminó hacia el último sitio al que creyó que regresaría: su casa.
Una vez odió ese sitio con intensidad. No porque fuera terrible, nadie podría decir eso de ella; estaba ubicada en uno de los mejores barrios de Los Ángeles, Pacific Palisades. El jardín era amplio, cubierto de un césped bien cuidado y árboles elegidos por paisajistas profesionales. La fachada blanca llena de ventanales daba una idea de libertad y modernismo que a Norah le había fastidiado desde que la vio por primera vez. Siempre llamó las cosas por su nombre, y esa casa, con siete habitaciones, tres salas, una cocina gigantesca, sala de comedor, despacho, piscina cubierta y descubierta, cine y cancha de tenis, además del océano pacifico a trescientos metros, para cualquiera podría ser un paraíso, pero para ella había sido una cárcel.
Al principio por lo menos.
Parpadeó y forzó a sus pies —montados en unos tacones de diez centímetros— a seguir recorriendo el camino hacia la puerta.
Sabía que a esa hora estaría vacía. A él nunca le había gustado que se metieran en su intimidad, por lo que los empleados cumplían su jornada y se iban. No obstante, eso no importaba porque tenía serias dudas de siquiera poder acceder a la instalación principal a pesar de haber traspasado los portones de la entrada. Su descabellado plan tenía muchos modos de fallar y, francamente, ningún punto donde tener éxito, pero siguió adelante. Si Anne hubiera sabido que iría allí, la habría disuadido.
«¿A quién quiero engañar? Me habría arrastrado y encadenado para evitar que saliera».
Resopló al notar la ironía, tal vez Anne hubiese servido si la hubiera encadenado casi dos años y medio atrás; se habría evitado mucho pesar y dolor. Quizás incluso su interior estaría menos podrido; aunque siendo sincera consigo misma, lo dudaba.
Llegó frente a la puerta y marcó el código de seguridad que solía utilizar cuando vivía ahí, para desconectar las alarmas. Y a pesar de saber que sería absurdo e ilógico, funcionó en el primer intento. Su corazón dio un vuelco, por un instante la incredulidad la aturdió. Después uso su llave, y la cerradura giró de inmediato.
Sin embargo, no pudo entrar. La conciencia, la que por dos años casi nunca había escuchado, se hizo presente al fin, repitiéndole que no tenía derecho ni motivo para entrar en esa casa. Pero al recordar las fotografías que Jeremy le había enviado esa mañana, se enfureció tanto que silenció cualquier atisbo disidente de su conciencia e ingresó cerrando la puerta a su espalda.
Cuando observó el espacio, se percató de que era como si la casa hubiese sido reiniciada. Todo estaba igual a como era antes de que empezara a vivir ahí. Cada adorno puesto por ella, color de pared que había cambiado, incluso las cortinas que había escogido para dar alguna ilusión de privacidad; todo se había ido. Sintió que le clavaban un nuevo puñal en su pecho, y eso la sorprendió, tenía tantos allí que no creía que existiera espacio para otro más.
Caminó directo hacia la sala principal, a las fotografías que estaban sobre la repisa de la chimenea. Era algo enfermizo, aunque en realidad toda la situación lo era. Norah no debería estar allí; la habían botado cuatro meses atrás, lanzando su ropa y todas sus pertenencias al antejardín de su excasa. No le ahorraron ninguna humillación; no fueron corteses y tampoco se controlaron al momento de despojarla de todo: de su casa. De su empresa. De su vida, e incluso la expulsaron —notó en ese instante, lo cual en comparación con todo lo demás era paupérrimo— de la repisa de fotografías.
Soltó una risilla displicente al mirar las fotos restantes.
—¿Qué demonios estás haciendo aquí? —Escuchó que le preguntaban, y se estremeció con fuerza. No por la brusquedad del tono o por el odio que percibió en sus palabras, sino porque era la primera vez en meses que oía su voz.
No se movió, giró o hizo alguna señal que mostrara que había reconocido la existencia de otra persona en esa habitación; en cambio, siguió mirando las fotografías.
«Ni siquiera es mi tipo», se repitió mientras detallaba al rubio sonriente que parecía escudriñarla desde el portarretrato. Siempre le gustaron los hombres morenos, se sentía muy atraída por unos ojos negros, cabello oscuro o algún tipo de característica que demostrara hombría. No porque deseara ser sometida y fuera del tipo clasista, sino porque creía que, al tener en su vida a una persona con esas características, podría sentirse protegida y relajada. No que alguna vez hubiese conseguido sentirse así con ese tipo de personas. De cualquier manera; cuando había conocido a este hombre rubio, de ojos verdes, fuerte pero más del tipo estudioso que deportista, no se había sentido atraída, motivada o con sensación de cosquilleos en su panza.
Quizá por ese motivo, había sido tan sorprendente el final de esa historia.
—Norah —bramó de nuevo. «Ese tono». Estaba enfureciéndose—. ¿Qué estás haciendo aquí? Te dejé muy claro que ya no eras bienvenida a mi casa.
—Esta también es mi casa —respondió girando y sintiendo el impacto en la boca de su estómago al verlo frente a frente.
Seguía siendo igual de rubio, aunque su cabello estaba un poco revuelto y no tan pulcro como antes, también un poco más largo, ondulándose en sus puntas. Sus ojos verde bosque la escudriñaban desde donde estaba; no obstante, a diferencia de las fotografías o de lo que habían sido cuatro meses atrás, ahora eran fríos y duros.
Heridos.
«Fui yo quien lo lastimó».
Desvió su mirada hacia su cuerpo, alejando así los pensamientos sombríos. Jack vestía un pantalón negro y la camisa blanca arremangada hasta los codos, con los tres primeros botones abiertos, por lo que infería que acababa de llegar de la oficina y que estaba relajándose antes de bañarse. Notó que tenía más músculos, sus brazos y pecho estaban más formados, imaginaba que se estaba sobreentrenando. Sabía que la única forma en que él se calmaba era ejercitando. Y también sabía que en esos últimos cuatro meses lo habría necesitado mucho.
Sin embargo, nada de eso importaba, porque el hombre que estaba a unos metros de distancia observándola con odio y desdén fue el único hombre capaz de hacerla sentir segura y al único a quien entregó su corazón.
—¿Estás loca? —le preguntó Jack emitiendo un bufido despectivo, lo que hizo que se concentrara de nuevo en la conversación.
—Aún soy tu esposa.
—De papel, quizá —respondió mientras caminaba hacia la esquina en donde estaba el bar para servirse un trago.
—Mientras no me envíes los documentos para firmar, lo seguiré siendo.
—Te llegarán, te lo aseguro. —Tomó un vaso y se sirvió un whisky.
No tenía ninguna duda sobre eso, más bien, le sorprendía que se hubiera tardado tanto en solicitarlo. Incluso asumió que esos documentos le llegarían el mes pasado, cuando cumplieron el segundo año de bodas. Norah esperó esa solicitud como una especie de castigo, un recuerdo desagradable para el día de su aniversario. Sin embargo, reconoció que se estaba dando mucha importancia, porque, la verdad, no creía que Jack hubiese siquiera recordado la fecha.
Mucho menos que la separación le hubiese dolido tanto como a ella.
—No tardaste nada en remodelar —comentó tontamente.
Debería enfocarse en decir lo que vino a decir y largarse. Pero por Dios, lo había extrañado tanto que, a pesar de saber que Jack solo le daría miradas despectivas y respuestas sarcásticas para herirla, sería el mejor momento vivido a su lado. En meses.
—Sabía que querías borrarme de tu vida, pero no creí que fueras tan exhaustivo en ello. Finalmente, solo eran cosas —continuó.
Él bufó y se bebió el trago a fondo. Tomó la botella y volvió a llenar el vaso.
—Me gusta más mi casa así. Remodelé yo mismo —dijo con tono burlón y sin mirarla.
—¿Tú? —preguntó aturdida.
—Síp, descubrí que tengo un talento nato. De basura viniste y en basura te convertiste —citó, su voz desvirtuándose en una entonación casi cruel en su última frase—. Si te interesa algo de los desechos, deberías ir al basurero principal.
Arrugó la cara al comprenderlo. Paseó por la casa sintiéndose como un animal enjaulado.
—Algunas cosas eran muy valiosas. ¿Cómo pudiste? —le increpó agitada—. ¿Por qué lo hiciste?
—Porque es lo que hago y para lo que sirvo, para malgastar mi dinero en porquería y tonterías. Nunca te quejaste cuando cumplía tus fines, ¿o quieres seguir jugando a la inocente? Ya no te va, Norah.
Lo miró sin refutarlo, ¿qué podría decir? Todo era verdad, por supuesto. Ciertamente, no se quejó cuando cumplió sus fines; no, de hecho, lo que hizo fue casarse con él y aprovecharlo.
—¿Es esto cierto? —preguntó entonces, levantó el teléfono que había cogido antes de salir del vehículo, y se acercó a él un par de pasos para mostrarle las imágenes y finalmente llegar al punto del que quería hablar desde un inicio, la razón por la que había ido hasta ahí. Ansiaba alargar el tiempo a su lado, mirarlo, sentir su presencia, pero toda esa discusión de las cosas que tiró y que no tiró, en ese momento eran superfluas y dañinas.
Él bajó la mirada hacia la imagen y después la desvió hacia ella, sus ojos verdes brillando, no con diversión, sino con algo parecido a maldad pura, lo que le causó escalofríos. Su Jack, el hombre que había sido antes que el huracán Norah llegara a destruirlo, jamás hubiese sido capaz de mostrar una expresión como esa.
Escuchó que se carcajeaba. El tosco sonido la hizo temblar. Se obligó a mantenerse firme, necesitaba una respuesta y no se iría hasta conseguirla.
—¿Es cierto o es una simple tergiversación? —insistió—. Sé cómo son los fotógrafos, cómo pueden malinterpretarse las imágenes, créeme, me he aprovechado de ello infinidad de veces, pero tus brazos están rodeando su cintura y casi la besas, tal vez hasta lo hiciste.
—¿Y qué hay con eso? ¿Y qué si es cierto? —preguntó luciendo ahora aburrido.
Norah vio todo rojo y su pecho se constriñó de furia.
—¡¿Qué hay con eso?! —inquirió en un alarido—. ¡¿De verdad tienes el valor de preguntármelo?!
—No estamos juntos, y yo puedo decidir tirarme, besar y estar con quien me dé la gana —contestó con cinismo.
—No, no lo harás —le ordenó, se acercó otro paso hacia él y lo señaló.
—¿No? —preguntó con burla—. ¿De verdad? ¿Crees que puedes controlarme? ¡Ya no eres nada para mí!
Asintió, no dudaba que eso fuera cierto; pero la rabia y el dolor entrelazados no le permitían ser lógica.
—Sí, lo sé. Puedes estar con cualquier mujer. La que te plazca. No soy tu dueña, pero no con ella, entiendes. No con…
—¿Con quién? —escupió con furia, interrumpiéndola y saltando hacia adelante como si quisiera atraparla y aplastarla—. ¿Con qué derecho vienes a exigirme algo, Norah? Tú me usaste como quisiste y jugaste conmigo. Te aprovechaste de lo que sentía por ti, ¿y ahora vienes a tratar de prohibirme algo?
—¿Es esto una nueva forma retorcida de hacerme daño? —le reviró ignorando todo lo que acababa de decir porque no tenía defensa contra ello—. Si es así no deberías molestarte, Jack, me has castigado más que suficiente. Me quitaste todo lo que me importaba, lo máximo que pudiste hacer y arrebatarme lo hiciste, así que ni siquiera deberías intentar buscar algo más.
—¿El dinero? ¿La empresa? ¿Esta casa? —recontó con hastío.
—No —susurró negando con la cabeza, sintiendo que la tristeza la invadía—. Tú.
La miró por un segundo antes de carcajearse sin humor alguno, como si no supiera si reír, llorar o gritar a la vez y el resultado fuera un sonido casi inhumano.
—¿De verdad? —indagó, pero su tono era puro sarcasmo, sin rasgo de duda o algo similar—. Imagino que el asco que sentías cada vez que te tocaba te ayudará a superar esa gran perdida.
Parpadeó aturdida. Por un segundo se quedó paralizada, sintiendo un dolor tan profundo en su pecho que hasta su visión se oscureció. «No me ha dejado ninguna posibilidad para redimirme», meditó horrorizada. Él no le había dicho eso la última vez que hablaron, quizá si lo hubiera hecho, todo habría sido distinto, aunque gran parte de ella dudaba de que lo fuera.
Ni siquiera se molestó en defenderse o refutarle algo, no tenía sentido. En cambio, continuó con el objetivo que se había trazado esa noche.
—No con ella, ¿va-le? —rebatió, su voz rompiéndose por la emoción que aún la embargaba—. Quieres olvidarme, continuar tu vida, odiarme, acostarte con todas las mujeres del planeta y conseguir, sin duda, una mil veces mejor que yo, casarte con ella y tener los hijos que yo no te di; hazlo. Pero no con ella.
Jack la miró de arriba abajo, quizás incrédulo por lo que le estaba diciendo. Ella también se encontraba bastante sorprendida sobre eso.
—Vete a la mierda, Norah —maldijo por fin, luego se giró hacia el bar.
—No la dejes ganar, Jack, no la dejes…
—¿De qué demonios hablas? Esto no es un juego, ¡es mi vida! —acusó gritándole y volteando a verla—. Esta es mi maldita vida y ya me has arruinado lo suficiente. ¡Lárgate de aquí y no vuelvas!
—No lo hagas, por favor —rogó entonces—, te daré lo que quieras, lo que sea. Si quieres que me vaya, me iré y jamás volveré a molestarte, firmaré todo lo que me des sin siquiera leerlo, pero por lo que más quieras…
—¡Basta! —le gritó enfurecido.
Ella se detuvo y hundió los hombros. Cortó la línea de su petición y le dio la espalda para no verlo, sabiéndose perdedora y no queriendo desperdiciar la poca dignidad que le quedaba, escasa si lo consideraba, dado que hasta un segundo atrás había estado rogando como una idiota. Había sido tan absurdo ir a ese sitio. Ilógico y sin sentido. Debió haberle contado sus intenciones a Anne para que la encadenara de por vida.
—Sé que no vale de nada, por eso ni siquiera lo he intentado antes, pero… lo siento, lamento todo lo que te hice —le susurró caminando rumbo hacia la puerta.
—Detente —le ordenó Jack.
Ella lo hizo de inmediato, sin ninguna duda. Aunque sin girarse tampoco, se quedó estática mirando el portal que la llevaría lejos de allí.
Estuvieron en silencio por unos segundos, sin verse o moverse un centímetro.
—¿Jack? —preguntó por fin, extrañada por su orden así como por su falta de acción posterior.
—¿Me darás lo que quiera? —indagó. Ella se giró por fin y asintió con lentitud, tratando de descifrar su expresión—. Quiero tu cuerpo.
Lo miró horrorizada; de todas las cosas que podría creer que le diría, jamás consideró ni por un segundo que pediría eso.
—¿Por qué? —murmuró con voz rota—. ¿Qué ganarías c-con ello, Jack? —tartamudeó. Aclaró su garganta antes de continuar—: Un segundo estás diciendo que no quieres volver a verme, y al siguiente…
—No lo sé —la interrumpió—, tal vez conseguir por fin matar la rabia que siento cada vez que te miro, superar toda la porquería que me hiciste y conseguir ser feliz con otra mujer, alguien, por supuesto, mucho mejor que tú. O que tú dejes de sentir asco cuando te toque y con ello reír de último —se burló—. Llámalo venganza si quieres. O retribución. —Asintió pensativo—. Me gusta más esa palabra, parece más adecuada a nuestra situación, ¿no lo crees?
Parpadeó y negó con la cabeza, procesando las palabras, pero sin comprenderlas del todo. «¿Tanto ha cambiado?», meditó, observándolo con los ojos muy abiertos. El Jack que recordaba había sido risueño, considerado y tierno. Juguetón en su mayoría, aunque en el fondo, taciturno y analítico. Igual de terco que ella. Pero sobre todo siempre había sido justo, era una de sus principales virtudes, heredada de su padre y fortalecida por sus altos valores familiares. La ironía de la situación no se le escapaba.
Aunque quizás, en su escala de valores, lo que le estaba exigiendo era justo.
—No lo creo —le susurró—. Lo único que conseguirás con ello es humillarme más, y lo sabes.
Él se encogió de hombros.
—Quizá, querida —respondió altivo, con una sonrisa sin humor—; pero más que todo, quería mostrarte y reafirmarme a mí mismo que de nuevo tus labios se mueven sin decir nada cierto. ¿Alguna vez has dicho algo verdadero?
Norah parpadeó un par de veces, herida por esa frase, porque sabía que casi tenía razón.
—Cuando te dije que te amab…
—Ni siquiera te atrevas —le advirtió, deteniéndola—. Lárgate.
Lo miró mientras caminaba hacia el bar y se servía otro trago. Podría cumplir esa orden, irse de allí y olvidarlo, tal vez mantener el atisbo de dignidad que le quedaba, aunque también sabría que habría fracasado, de nuevo. O podría no alejarse y volver a tenerlo por lo menos por un rato. Podría no servir para nada, y de seguro causaría más daño que bien, pero…
Justo allí, tomó la decisión.
Dio un par de pasos hasta llegar frente al sofá y empezó a remover piezas de ropa, comenzando con los tacones; sacó la camisa de seda azul del pantalón gris y la abrió, sin mucha ceremonia y con movimientos rápidos, deshaciéndose de ella y del pantalón antes de que él girara. Cuando por fin lo hizo, se quedó alucinado al encontrarla en ropa interior de encaje, a pesar de que su postura tensa le indicó que había escuchado el sonido de su ropa cayendo al piso. Vio que dejaba la copa sobre el mesón de madera del bar.
—Si la tocas o te acercas a ella, te mataré —prometió—. No volverás a verla.
—No mandarás sobre mí —la contradijo con expresión seria—. Puedo estar con quien quiera, no te debo fidelidad, nunca más.
—Ella está fuera de los límites —reafirmó Norah entrecerrando los ojos.
Jack saltó hacia ella, jalándola y tirándola contra el sofá gris. La besó con brusquedad, como castigo, maltratando sus labios y causando que gimiera de dolor. Pero no se calmó, más bien, dejó de besarla para quitarle sus bragas con rudeza, forzándola a separar sus piernas para quedar apostado en el medio.
Mientras se desabrochaba los pantalones, Norah comprendió que él no quería que sintiera placer ni ser suave. No la estimularía como había hecho en el pasado, cuando la conexión que experimentaron fue tan fuerte que la deslumbró tanto que arrasó con cada una de sus capas. En ese momento, entendió que ese sería el castigo final por todas sus acciones y quiso gritar, llorar, empujarlo y salir corriendo; pero no pudo hacerlo.
Cuando él se introdujo en su cuerpo sin ningún tipo de juego previo, lo esperaba. Sabía que sería fulminante. Sin embargo, como siempre ocurría cuando la tomaba, incluso desde la primera vez, un intenso estremecimiento le recorrió el cuerpo haciéndola jadear y arquearse, acoplándose a sus movimientos. Siguiéndolo y moviéndose debajo de su cuerpo.
Jack la paralizó sujetando sus caderas mientras impelía, pero Norah ya estaba perdida. Gritó, se arqueó y dejó de pensar, sujetando su cabello y escondiendo la cabeza en su cuello porque él le había negado sus labios después de esa primera vez.
Llegó al orgasmo casi al ras de él, temblando y sintiéndose rota, desgarrada y entera. Todo a la vez.
Lo escuchó jadear y sintió llenarla cuando se derramaba.
Casi al instante, él salió de su cuerpo, apartándose como si le diera asco. También sabía que eso iba a ocurrir, era su declaración de principios, una pequeña venganza; así que no debería haberla impactado, pero igual lo hizo.
—Eres tan buena —escuchó que le decía mientras se ajustaba el pantalón, aún dándole la espalda, parado frente a ella—, que incluso cuando sé que estás mintiendo, te creo.
—Puedes decidir no creerme, Dios sabe que yo no lo haría en tu caso, pero esto jamás fue una mentira —le susurró con la voz rota, carraspeando para calmarse.
—¿Y en qué te convierte eso, Norah? —le preguntó. No se atrevió a contestar, aunque de todos modos la palabra resonó a su alrededor—. Vístete y lárgate de aquí —escupió entonces abrochándose sus pantalones y caminando hacia la ventana más lejana.
Ella se levantó en silencio, sus extremidades se tambalearon y sus ojos se humedecieron, aun así, consiguió vestirse con mediana rapidez, rodeada por un silencio tan opresor que casi no le permitía respirar.
Al terminar, caminó hacia la puerta y salió, no sabía qué había sucedido o qué pasaría ahora. Estaba desorientada y su cabeza parecía un hervidero, y, a pesar de todo, no conseguía arrepentirse, porque así fuera por unos minutos, había vuelto a tenerlo.
Capítulo 2
Norah observó su pequeña oficina con aire ausente, mirando el cubículo de escasos tres metros donde reposaba su escritorio con dos sillas, un archivero, una pequeña planta en una esquina y un par de cuadros que consiguió en el mercadillo. Se giró hacia la única ventana y suspiró sin sonreír. En sus fantasías, la vista desde su oficina iba a ser tan deslumbrante que incluso podría divisar el gran letrero de Hollywood en el horizonte.
La realidad, como se percató mucho tiempo atrás, siempre resultaba ser muy distinta. Arrugó la cara al ver la fachada de un edificio marrón.
—Norah —la llamó Anne, haciendo que dejara de divagar, como venía haciendo desde que abandonó la casa de Jack, ya una semana atrás. Parpadeó y volvió a dirigir la atención hacia la maqueta del que sería el primer número de su revista: Luxury—. ¿Qué te parece? Yo la encuentro llamativa, y Hayden McMahon, la actriz de la portada, es una de las más cotizadas, gracias a Dios por tus conexiones. La entrevista fue bastante significativa, se abrió por completo y sobre todo aclaró las partes oscuras del chisme que tiene a toda la industria con la boca hecha agua. Este número será un éxito.
—Será un éxito si conseguimos por lo menos otros seis patrocinadores —declaró, repasando las demás noticias que traía la revista, que ya había leído varias veces—. Esta tarde me reuniré con dos inversionistas, pero tengo la impresión de que no están tan dispuestos como había creído. Cuando llamé a sus oficinas para confirmar la cita, la secretaria estaba muy poco elocuente.
—¿De nuevo? Qué mal. Ayer tampoco tuviste éxito, aun cuando hace una semana todos creímos que la reunión pactada solo sería para cerrar el negocio. Pero no importa, esta revista es una realidad y será todo por tu causa, no lo olvides —prometió su amiga.
Cuatro meses atrás, cuando su vida casi perfecta había terminado en ruinas, Norah solo tuvo dos salidas: escapar de esa ciudad, o del país, y olvidarse de todo y de todos los que alguna vez fueron prescindibles para ella: comenzar desde cero y mantenerse solo con los dividendos que le daban sus acciones en la empresa familiar; la segunda opción, la más difícil, era fundar su propia revista y hacer lo que siempre había querido desde niña.
Había escogido la última, sobre todo por insistencia y apoyo de la pelirroja que estaba parada frente al escritorio. Seguía teniendo dudas, de hecho, se preguntaba constantemente si no se había equivocado al decidir tan impulsivamente. Sin embargo, a apenas unos días de la inauguración, ya no había vuelta atrás, en especial porque tenía claro que estaba poniendo todo su patrimonio a excepción del valor nominal de las acciones de su madre, pero era un riesgo que había elegido tomar, sobre todo porque al estar casada con uno de los principales inversores del país en el área bancaria, no tenía muchas ganas de tocar esas puertas, ya que no sabía cómo la recibirían.
—Ahora solo necesito concentrarme en buscar cubrir los espacios publicitarios y el presupuesto mensual, nada más —declaró dejando la maqueta sobre el escritorio. Escuchó a Anne suspirar.
—Iré a revisar el cuaderno final para pasártelo. Tú concéntrate en los patrocinadores.
—Vale —respondió en un susurro; poco después escuchó la puerta de la pequeña oficina cerrarse.
Sintió malestar en su vientre. Dedujo que pronto tendría su periodo. Había tomado un anticonceptivo de emergencia para evitar que el encuentro con Jack tuviese consecuencias más sustanciales que un corazón roto, y el dolor en el bajo vientre era una de las contraindicaciones. Sonrió sin ningún humor.
Durante la mayor parte del tiempo que estuvo con él, mientras este rogaba por un embarazo, ella —en secreto— había controlado todos los aspectos para nunca concebir, y jamás sintió tristeza, dolor o una pizca de remordimiento en su conciencia por la treta utilizada. Con todo, parecía que esta semana la acumulación de sentimientos culposos, acompañados del abatimiento, germinaron, presionándola y aturdiéndola hasta la devastación total.
Se giró hacia la maqueta de nuevo, observó la portada de Luxury. La hermosa actriz escocesa estaba rodeada de velas en contenedores de vidrio. Esos adornos la hicieron rememorar la decoración del patio de la casa de su padre. Ese día. Cuando lo conoció.
Dos años y cuatro meses atrás, su padre había organizado una pomposa fiesta para celebrar el aniversario número treinta y uno de Composture, la revista de modas fundada por su madre, Emily Smith, donde además de ofrecer reportajes de las marcas de moda más importantes y de mayor popularidad, ayudaba a forjar las nuevas tendencias de los jóvenes diseñadores de moda. Composture, el sueño hecho realidad de su madre, llegó a tener reconocimiento mundial gracias a los artículos bien escritos e investigados de sus periodistas, reportajes de sus fotógrafos, diseñadores e ilustradores nacionales e internacionales. El trabajo de Emily Smith había sido tan cotizado y respetado que el simple hecho de aparecer en su revista te ponía en el mapa editorial o te consolidaba. Su opinión era valorada y buscada, y cuando murió, había dejado un vacío tan grande en el mundo de la moda que aún ahora, más de diez años después de su muerte, se hablaba con respeto de su labor.
Dean, su padre, quien comenzó a dirigir la empresa desde la muerte de su madre, había planeado esa celebración de gala en su propia casa, con el tema blanco y negro. No había escatimado en gastos; la decoración, la bebida, la comida, todo era lo mejor y para lo mejor. A Norah le había preocupado cuánto le estaría saliendo a Composture ese capricho de su progenitor; pero como él repitió una y otra vez: «Soy el presidente de la revista y quien toma las decisiones».
Parpadeó, y sus recuerdos volvieron a la fiesta de aniversario: velas colgadas en candelabros y otras en el piso marcando senderos. Parecía más un sitio para la seducción que para la celebración.
Para Norah, la fiesta había resultado un evento maravilloso en cuanto a su producción, aunque en términos generales, muy aburrida.
Ya habían pasado dos horas cuando Jack entró en la sala. Quizá todo hubiese sido distinto si la hubiera seducido con tan solo verlo. Si hubiese sentido un ápice de las emociones que tanto relataban las novelas románticas o los cuentos de hadas: un solo vistazo al hombre destinado para que todo tu cuerpo temblara. Un instante para que la fuerza de atracción la obligara a caminar hacia él y, a medida que iban acerándose, fuera invadida por la lujuria y el deseo de forma tan poderosa que haría casi imposible controlar las ganas de desnudarse para que él la tomase frente a todo el mundo, sin importar las normas sociales.
En cambio, Norah no había sentido absolutamente nada. Al principio, ni siquiera lo había notado, estaba más concentrada en lo que el señor Harrinton le comentaba a su hermana sobre su trabajo de modelaje.
—Norah, te presento a Matthew Spencer, director de Inversoras Spencer, y a su hijo, Jack —había informado su padre.
Se había apresurado a girar para seguir el protocolo y elevar una mano con la misma sonrisa falsa que había utilizado toda esa noche.
—Señor Spencer, un placer —comentó mirando primero al hombre mayor, rubio con motes blancos en sus patillas y alrededor de la cabeza, ojos castaños claros y marcadas líneas de expresión en las esquinas, también bordeando sus labios, como si se la pasara sonriendo.
Se giró a darle la mano al más joven, y su sonrisa se quedó estática en sus labios al notar que la observaba de arriba abajo, lentamente, como si quisiera comérsela justo en ese instante. Odiaba que los hombres la escudriñaran de esa forma, que se creyeran con el derecho de volverla un simple objeto y grabarla en su mente para tener fantasías más tarde; pero también elevó un poco su autoestima, la cual había sido herida cuando su novio, Carl, prefirió quedarse en no sabía dónde en vez de ir a acompañarla, por lo que se relajó.
—Señor…
—Jack, por favor —había pedido mostran
