Índice
Styxx
Nota de la autora
19 de junio de 9548 a.C.
23 de junio de 9548 a.C.
10 de marzo de 9543 a.C.
9 de mayo de 9542 a.C.
30 de agosto de 9542 a.C.
3 de febrero de 9541 a.C.
30 de agosto de 9541 a.C.
18 de junio de 9537 a.C.
21 de junio de 9537 a.C.
30 de agosto de 9536 a.C.
21 de junio de 9535 a.C.
21 de junio de 9535 a.C.
22 de junio de 9535 a.C.
26 de agosto de 9535 a.C.
30 de agosto de 9535 a.C.
2 de enero de 9534 a.C.
3 de enero de 9534 a.C.
16 de agosto de 9534 a.C.
9 de mayo de 9533 a.C.
10 de mayo de 9533 a.C.
18 de agosto de 9533 a.C.
19 de agosto de 9533 a.C.
28 de agosto de 9533 a.C.
30 de agosto de 9533 a.C.
8 de septiembre de 9533 a.C.
22 de octubre de 9533 a.C.
28 de octubre de 9533 a.C.
30 de octubre de 9533 a.C.
4 de noviembre de 9533 a.C.
15 de noviembre de 9533 a.C.
9 de diciembre de 9533 a.C.
12 de diciembre de 9533 a.C.
20 de febrero de 9532 a.C.
21 de junio de 9532 a.C.
23 de junio de 9532 a.C.
24 de junio de 9532 a.C.
25 de junio de 9532 a.C.
26 de julio de 9532 a.C.
18 de agosto de 9532 a.C.
19 de agosto de 9532 a.C.
20 de agosto de 9532 a.C.
17 de septiembre de 9532 a.C.
19 de septiembre de 9532 a.C.
26 de septiembre de 9532 a.C.
27 de septiembre de 9532 a.C.
6 de octubre de 9532 a.C.
14 de octubre de 9532 a.C.
15 de octubre de 9532 a.C.
25 de octubre de 9532 a.C.
26 de octubre de 9532 a.C.
26 de octubre de 9532 a.C.
27 de octubre de 9532 a.C.
3 de noviembre de 9532 a.C.
10 de noviembre de 9532 a.C.
11 de noviembre de 9532 a.C.
10 de diciembre de 9532 a.C.
23 de mayo de 9531 a.C.
24 de mayo de 9531 a.C.
24 de mayo de 9531 a.C.
27 de julio de 9531 a.C.
8 de agosto de 9530 a.C.
10 de agosto de 9530 a.C.
11 de agosto de 9530 a.C.
15 de agosto de 9530 a.C.
31 de agosto de 9530 a.C.
3 de septiembre de 9530 a.C.
3 de septiembre de 9530 a.C.
9 de septiembre de 9530 a.C.
13 de septiembre de 9530 a.C.
31 de octubre de 9530 a.C.
18 de enero de 9529 a.C.
20 de enero de 9529 a.C.
22 de enero de 9529 a.C.
23 de enero de 9529 a.C.
22 de octubre de 9529 a.C.
29 de octubre de 9529 a.C.
31 de octubre de 9529 a.C.
9 de noviembre de 9529 a.C.
15 de noviembre de 9529 a.C.
20 de noviembre de 9529 a.C.
5 de diciembre de 9529 a.C.
9 de diciembre de 9529 a.C.
11 de diciembre de 9529 a.C.
13 de diciembre de 9529 a.C.
26 de diciembre de 9529 a.C.
28 de diciembre de 9529 a.C.
27 de enero de 9528 a.C.
28 de enero de 9528 a.C.
29 de enero de 9528 a.C.
31 de enero de 9528 a.C.
1 de febrero de 9528 a.C.
13 de febrero de 9528 a.C.
14 de febrero de 9528 a.C.
11 de enero de 9527 a.C.
12 de enero de 9527 a.C.
17 de enero de 9527 a.C.
20 de enero de 9527 a.C.
16 de febrero de 9527 a.C.
18 de febrero de 9527 a.C.
19 de febrero de 9527 a.C.
23 de febrero de 9527 a.C.
10 de marzo de 9527 a.C.
12 de marzo de 9527 a.C.
23 de marzo de 9527 a.C.
3 de abril de 9527 a.C.
6 de abril de 9527 a.C.
8 de abril de 9527 a.C.
9 de mayo de 9527 a.C.
15 de mayo de 9527 a.C.
16 de mayo de 9527 a.C.
19 de junio de 9527 a.C.
22 de junio de 9527 a.C.
23 de junio de 9527 a.C.
24 de junio de 9527 a.C.
25 de junio de 9527 a.C.
25 de junio de 9527 a.C.
25 de junio de 9527 a.C.
25 de junio de 9527 a.C.
26 de junio de 9527 a.C.
Once mil quinientos treinta y un años después...
3 de enero de 2004
17 de febrero de 2004
21 de febrero de 2004
24 de febrero de 2004
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2 de noviembre de 2008
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21 de enero de 2009
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23 de junio de 2012
25 de junio de 2012
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3 de septiembre de 2012
8 de septiembre de 2012
21 de diciembre de 2012
23 de diciembre de 2012
23 de diciembre de 2012
24 de diciembre de 2012
28 de diciembre de 2012
9 de febrero de 2013
21 de septiembre de 2013
Agradecimientos
Nota de la editora
Biografía
Créditos
Sherrilyn Kenyon se ha convertido en fenómeno internacional gracias a su serie de los Cazadores Oscuros, con más de dieciocho millones de ejemplares vendidos en todo el mundo. Cada nueva entrega de esta saga escala hasta el primer puesto de las listas de libros más vendidos de The New York Times, Publishers Weekly y USA Today. La web sherrilynkenyon.com recibe más de diez millones de visitas mensuales.
Con los Cazadores Oscuros, Kenyon ha creado un universo mítico, cautivador, singular y, sobre todo, único. Sus protagonistas son héroes y dioses de otros tiempos condenados a la inmortalidad y a una existencia peligrosa en nuestra época, donde tienen que proteger a los mortales de los demonios y las criaturas que les acechan. Atormentados por el pasado, solo un amor puro puede devolverles aquello que creían perdido para siempre: su humanidad. Sus historias, llenas de acción, riesgo y sensualidad, ganan día a día nuevos lectores.
Sherrilyn Kenyon vive en las afueras de Nashville. Conoce bien a los hombres: creció entre ocho hermanos, está casada y tiene tres hijos varones. Para combatir el exceso de testosterona a su alrededor cuenta con la mejor arma: el sentido del humor.
www.sherrilynkenyon.com
Título original: Styxx
Edición en formato digital: mayo de 2014
© 2013, Sherrilyn Kenyon
Publicado por primera vez en Estados Unidos.
Todos los derechos reservados.
© 2014, para todo el mundo, excepto Estados Unidos, Canadá y Filipinas
Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.
Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona
© 2014, Ana Isabel Domínguez Palomo y María del Mar Rodríguez Barrena, por la traducción
Adaptación del diseño original de la cubierta de Ervin Serrano: Penguin Random House Grupo Editorial
Imagen de la cubierta: © Shutterstock
Quedan prohibidos, dentro de los límites establecidos en la ley y bajo los apercibimientos legalmente previstos, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, así como el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, http://www.cedro.org) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.
ISBN: 978-84-01-34722-1
Conversión a formato digital: M. I. maqueta, S.C.P.
www.megustaleer.com
Nota de la autora
Escribir sobre la Historia siempre es un proyecto complicado. Para empezar, los historiadores se oponen a establecer como cierto cualquier dato que no pueda verificarse o que no esté debidamente documentado. Que es lo que sucede con gran parte de la Historia de la Humanidad. Hace años, Norman Cantor escribió un libro sorprendente llamado Inventándose la Edad Media, en el que explica cómo influyen los puntos de vista, las opiniones y el conocimiento de un historiador en su investigación y en sus conclusiones. He pasado muchos años inmersa en el campo de la Historia y he formado parte de varios grupos de historiadores profesionales, de modo que sé por experiencia lo mucho que difieren nuestras opiniones y con qué pasión podemos defenderlas.
Dicho esto, la primera parte de este libro transcurre en un período ajeno a toda evidencia arqueológica, anterior al momento en el que la Humanidad comenzó a llevar un registro de su Historia. En numerosos yacimientos arqueológicos se han suscitado acaloradas discusiones a la hora de establecer el período al que pertenecen y lo avanzada que estaba la civilización en cuestión en su momento de máximo esplendor. En realidad, sabemos muy poco de dichos yacimientos, y los pocos datos que se obtienen pueden ser interpretados de muchas formas. Además, la Historia se escribe y se reescribe una y otra vez, a medida que aparecen nuevos datos, descubrimientos o interpretaciones.
En el ámbito de los Cazadores Oscuros, y en el período en el que transcurre la historia que os cuento en este libro, el mundo antiguo está mucho más avanzado de lo que hoy en día damos por sentado. Eso no lo convierte en un error, simplemente se trata de una obra de ficción.
En mi saga, después de la muerte de Aquerón, Apolimia arrasa el mundo entero, devolviéndolo al Paleolítico, de ahí que la Antigua Grecia que conocemos hoy en día no sea tan avanzada como la Grecia en la que vivieron Aquerón y Estigio. No es un desatino histórico por mi parte, ni denota una falta de investigación. Es un mundo ficticio que yo he creado.
La Grecia y el Egipto en el que se movieron Aquerón y Estigio son anteriores a lo que nosotros conocemos. Debían serlo, ya que no tenemos ninguna evidencia fehaciente de la existencia de la Atlántida (salvo la mención que hace Platón sobre la ciudad asolada, muchos siglos después de su destrucción) y el mundo en el que vivieron Bathymaas y Aricles era muchísimo más antiguo que la Atlántida.
Algunas de las ciudades-estado que aparecen en el libro son ficticias, como Dídimos, mientras que otras, como Atenas o Tebas, son reales. Sin embargo, como carecemos de documentos escritos procedentes de este período concreto, y dados los múltiples cambios que sufren las ciudades y los países a lo largo de los años (a veces con gran rapidez), me he tomado muchas libertades con ellas.
Además, el griego que hablan Estigio y Aquerón no es el mismo que el griego moderno o que el griego clásico tradicional. Las lenguas son entes vivos y los significados de las palabras están sometidos a un continuo cambio. Las connotaciones positivas o negativas de las palabras cambian con el transcurso de los años dependiendo del contexto. Las lenguas están en continua evolución. Para dotar de realismo a mi mundo ficticio, he incorporado ese detalle tan humano en mis libros.
De igual forma, pueden aparecer términos o frases que parezcan modernas, pero que no lo sean. Antiguamente la gente era muy creativa con el vocabulario y con los insultos. En algunos casos he utilizado la creatividad de la que tenemos constancia y en otros lo he reducido a un simple «Que te den», que puede sonar muy moderno. Eso no significa que sea una expresión actual (de hecho, dicha expresión aparece en numerosos escritos). En el pasado, lo habrían dicho tal cual e incluso lo habrían adornado con algún que otro detalle sobre el hecho en sí. Otras palabras como «idiota» que pueden parecer modernas, tienen origen griego (μωρός) y su significado se deriva del original, una persona que era considerada inculta o iletrada por parte de la sociedad ateniense. No sabemos exactamente lo antiguas que son dichas palabras y solo podemos tener una idea aproximada según los textos en los que aparecen escritas. Normalmente, las palabras y las expresiones circulan mucho antes de que se recojan en un documento, sobre todo en la Antigüedad.
Aunque los contemporáneos de los personajes del libro podrían haber utilizado otras palabras para expresarse, he mantenido un uso moderno del lenguaje para no abrumar al lector con constantes lecciones de historia que puedan alejarlo de los personajes y de la trama.
En mi opinión personal, y tras muchos años de investigación, la gente siempre ha sido igual desde que el mundo es mundo. Cuanto más cambian las cosas, menos cambiamos nosotros. Hace años, cuando impartía cursos sobre civilizaciones antiguas, solía comenzar algunas clases con una cita de la obra Las nubes de Aristófanes (423 a.C.):
Sin embargo, esta fue la educación que formó a los héroes que pelearon en Maratón. Tú, en cambio, les enseñas a envolverse enseguida en sus vestidos; por eso me indigno cuando si necesitan bailar en las Panateneas, veo a algunos cubriéndose con el escudo, sin cuidarse de Atenea. Por lo tanto, joven, decídete por mí sin vacilar y aprenderás a aborrecer los pleitos, a no acudir a los baños públicos, a avergonzarte de las torpezas, a indignarte cuando se burlen de ti, a ceder tu asiento a los ancianos que se te acerquen, porque debes ser la imagen del pudor; a no extasiarte ante las bailarinas, no sea que mientras las miras como un papanatas alguna meretriz te arroje su manzana, con detrimento de tu reputación; a no contradecir a tu padre, ni, burlándote de su vejez, recordar los defectos del que te ha educado.
Brillarás en los gimnasios; no dirás sandeces en la plaza pública, como hacen los jóvenes de hoy en día; ni entablarás discusiones por la cosa más ridícula porque las calumnias de tus adversarios pueden arruinarte. En cambio, bajarás a la Academia y te pasearás con un sabio de tu edad bajo los olivos sagrados, ceñidas las sienes con una corona de caña blanca, respirando en la más deliciosa ociosidad el perfume de los tejos y del follaje del álamo blanco y gozando de los hermosos días de primavera, en los que el plátano y el olmo confunden sus murmullos.
Si haces lo que te digo, y sigues mis consejos, tendrás siempre el pecho robusto, el cutis fresco, anchas las espaldas, corta la lengua, firmes las nalgas y proporcionado el vientre. Pero si te aficionas a las costumbres modernas, tendrás muy pronto color pálido, pecho débil, hombros estrechos, lengua larga, nalgas flácidas, vientre desproporcionado, y serás gran litigante. El otro te educará de tal modo que te parecerá torpe lo honesto, y honesto lo torpe, y por último, serás tan infame como Antímaco.
El sermón sobre la juventud de aquella época y sobre la falta de respeto y decoro tiene plena vigencia y la ha tenido desde que el hombre ha plasmado sus pensamientos en obras escritas. Si algo he descubierto gracias a mis investigaciones sobre las antiguas civilizaciones, es que aunque nuestras diversiones, cultura y leyes cambien, la naturaleza humana no cambia jamás. Aunque algunos tratan de mejorar, otros siguen su instinto animal.
La gente no cambiará nunca, y todos somos seres complicados conformados por la unión de nuestro pasado, de nuestras emociones y de nuestra percepción.
Siempre que escribo un libro trato de hacerles justicia a los personajes y demostrar la complejidad de la motivación y de la emoción humanas. Pero no solo eso, además intento demostrar que aunque algunos se derrumban en las situaciones adversas, no todos lo hacen. Y que la tragedia o el trauma que puede destruir a una persona puede ofrecerle a otra una oportunidad de superación para construir un futuro mejor.
No tenemos por qué mantenernos en el papel de víctimas que a veces nos asigna la vida. Con la fuerza y el valor suficientes, todos podemos superar un mal bache y aprender a disfrutar pese a los horrores y a las tragedias que nos han sucedido.
Tal como decía Platón: «Sé amable, pues cada persona con la que te cruzas está librando su ardua batalla». Ese es el lema por el que me rijo y el que me ha ayudado a superar mi propio calvario. Creo en la belleza y en el poder del espíritu humano porque sé lo dura que puede llegar a ser la batalla por mantener la cordura. Y sé lo difícil que es superar un pasado atroz que jamás debería haber existido.
Cada día es una nueva batalla y aunque puede que pierda algunas, no pienso perder la guerra. No pude controlar el pasado ni tampoco algunas de las pesadillas que he vivido, pero puedo controlar el presente y no dejaré que los buitres me roben un solo momento más de mi vida.
Todos tenemos momentos de debilidad, pero en ellos podemos encontrar la fuerza de saber que seguimos aquí. Que somos importantes.
Todos nosotros.
Y con esa reflexión, quiero dedicar este libro a todos los soldados del mundo, del pasado, del presente y del futuro, que están dispuestos a luchar día tras día para defender a la Humanidad y que se niegan a verla destruida por aquellos que quieren pisotearnos sin motivo alguno, a no ser el descontento que rodea su propia existencia y que les impide aceptar que los demás puedan ser felices. No los dejéis ganar.
Todos somos supervivientes, todos somos preciosos seres humanos que merecemos tener sueños y conservar la cordura.
Los dioses nos convierten en reyes, en tontos o en peones...
En la misma medida, pero no con la misma asiduidad.
SAVITAR
19 de junio de 9548 a.C.
—Has fallado, idiota. Mi hijo todavía vive y algún día nos bañaremos en tu sangre.
Ataviado con la armadura de la caballería griega para ocultar su identidad, Arcón, el regente de los dioses atlantes, se detuvo en mitad del oscuro pasillo al escuchar en su cabeza la voz burlona de su furiosa esposa. Un terrible presentimiento le atenazó el estómago.
—¿A qué te refieres?
—Bueno —contestó Apolimia, usando la telepatía—. Oh, Señor Todopoderoso y Omnisciente, me refiero a que todavía sigo atrapada en Kalosis y a que el bebé que llevas en brazos está muerto. ¿Qué conclusión sacas?
Que había matado al bebé equivocado.
¡Joder! Estaba convencido de que era el correcto.
Arcón se estremeció por el dolor de lo que había hecho y escuchó los gritos de la reina atlante, que seguía en el dormitorio donde él la había dejado y los maldecía por la muerte de su hijo recién nacido. Había sido un acto imperdonable, pero Apolimia no le había dejado otra salida. Se había negado a entregarle a su hijo y lo había ocultado en el plano humano para que Apóstolos viviera pese a su decreto de matarlo.
Si el hijo de Apolimia alcanzaba la madurez, todos ellos morirían. El panteón atlante y su pueblo. Pero a Apolimia no le importaba. Mientras Apóstolos viviera, los demás podían irse al cuerno.
Destrozado por haber sesgado la vida de un inocente por error, Arcón le entregó el cadáver del bebé al guardia que tenía a su derecha y le ordenó que se lo devolviera a la desconsolada madre.
—Apolimia, ¿dónde está tu hijo? —exigió saber.
Ella soltó una carcajada al escuchar su voz furiosa.
—En un lugar donde jamás podrás encontrarlo. Vamos, empieza a matar a todas las reinas embarazadas que existen en el plano humano y a sus hijos. ¡Te desafío a que lo hagas!
Arcón miró de reojo a los tres dioses que lo acompañaban, disfrazados igual que él, con la armadura de la caballería. La reina atlante los había tomado por soldados griegos enviados a matar a su hijo por venganza. Puesto que en realidad eran los dioses que la reina y su pueblo adoraban, no podían permitirse su odio. Porque sus poderes se alimentaban de la adoración de los atlantes.
Si decidían buscar en el plano humano donde reinaban otros dioses, tendrían que hacerlo con mucho sigilo. Sobre todo si la misión consistía en matar príncipes. Los humanos recurrirían a sus propios dioses, que a su vez exigirían una revancha para vengar a sus seguidores y eso provocaría un baño de sangre entre panteones enemigos.
«Eso me suena...», pensó Arcón.
Cuando sucedió, no fue divertido en absoluto.
Sin duda eso era lo que Apolimia ansiaba. Tal vez tanto o más que el hecho de recuperar a su hijo. Puesto que había nacido de los poderes más oscuros del universo, la diosa primigenia de la destrucción vivía para provocar la guerra. Era el aire que respiraba.
Disgustado y furioso por el error que había cometido, Arcón abandonó el plano humano y se teletransportó a su templo de Katoteros, donde moraban los dioses atlantes. Los tres dioses que lo habían acompañado a la Atlántida lo siguieron.
Ya en el interior del recargado templo y en cuanto recuperaron sus formas corpóreas, sus acompañantes lo miraron, expectantes.
—¿Y bien? —preguntó Misos, el dios atlante de la guerra—. ¿Lo has encontrado?
Arcón hizo un gesto negativo con la cabeza y después miró a Basi con los ojos entrecerrados. La preciosa y seductora diosa de los excesos fue una de las encargadas de esconder al hijo de Apolimia donde no pudieran encontrarlo. Por desgracia, la muy borracha no recordaba dónde había metido al bebé, salvo que lo dejó en el vientre de una humana ya embarazada... quizá. O quizá no.
«Gracias por tu ayuda, zorra. Ha sido muy útil», pensó.
Por esa misma razón la eligió Apolimia y la obligó a llevar a cabo el deplorable cometido. Basi era una inútil a la hora de transmitir información.
Arcón se despojó de la odiada armadura griega y adoptó su forma verdadera, la de un apuesto veinteañero rubio, tras lo cual hizo aparecer su atuendo habitual, la foremasta atlante de color azul oscuro.
—¿Recuerdas algo más?
El terror demudó el hermoso rostro de Basi.
—No, Arcón. Solo recuerdo que Poli me dijo que lo escondiera en una reina. Sí. En una reina. Creo que era en Grecia, pero no me acuerdo bien. ¿O fue en Sumeria? ¿En Acadia? ¿En Egipto? Creo que la reina era morena, pero a lo mejor era rubia, o pelirroja. No sé.
Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no matarla por su imbecilidad.
El hermano de Arcón, Misos, suspiró. Tanto sus poderes como su apariencia, era moreno y lucía una espesa barba, diferían por completo de los de Arcón.
—Bueno, ¿qué hacemos ahora?
Arcón gruñó al pensar en la única opción posible.
—Salimos en busca de ese bastardo. Y lo encontraremos cueste lo que cueste.
Chara, la regordeta y pelirroja diosa de la alegría, lo miró ceñuda.
—Si nos adentramos en los dominios de otros panteones para buscarlo, tendremos que ocultar nuestros poderes. ¿Cómo vamos a localizar a Apóstolos sin ellos?
No sería fácil, pero...
—Conozco a mi mujer. El niño tendrá algo que lo diferencie de los otros mortales. Cuando veamos a Apóstolos, lo reconoceremos de inmediato y dudo mucho que nuestros poderes sirvan de algo, ya que Apolimia lo ha ocultado bien. Entretanto, los que se queden en Katoteros mientras los demás salen en su busca comenzarán a llamarlo para desquiciarlo. Eso también nos ayudará a identificarlo. Será el príncipe mortal que escucha las voces de los dioses atlantes aunque no los venere.
Bet’anya Agriosa se levantó del asiento que ocupaba junto a su madre, Sinfora. Su larga melena negra y su piel morena la diferenciaban del resto de los dioses atlantes.
—Para que conste, quiero expresar lo mucho que me disgusta todo esto. Aunque soy la diosa de la ira y de la desdicha, me resulta muy desagradable buscar a un niño inocente y matarlo por culpa de la profecía fortuita de tres niñas.
Arcón la miró echando chispas por los ojos.
—Mis hijas serán pequeñas, pero ostentan el poder de dos panteones juntos. Tú mejor que nadie sabes que eso las convierte en seres muy poderosos.
Aunque las hijas de Arcón eran fruto de su relación con la diosa griega Temis, el caso de Bet’anya no era el mismo. Su padre era el dios egipcio Set. Uno de los seres más poderosos que existían.
Algunos afirmaban incluso que Bet ostentaba más poder que la mismísima Apolimia, si bien Arcón no estaba dispuesto a comprobarlo.
Bet’anya enarcó una ceja.
—¿Y? Tú no me tienes miedo —dijo.
Arcón sabía que eso no era cierto, pero no pensaba cometer la tontería de confesarlo. Bet’anya poseía un sinfín de poderes oscuros y no quería ofenderla. Nadie con dos dedos de frente lo haría. La última vez que un dios la cabreó, el mundo estuvo a punto de llegar a su fin.
—Tus poderes no proceden de la misma fuente que los poderes de Apolimia. Y no sabemos qué poderes ostenta su hijo.
Misos hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
—Siendo el hijo de Apolimia y de Arcón, podría ser el más poderoso de todos los panteones.
Arcón inclinó la cabeza tras escuchar a su hermano.
—Tenemos veintiún años para encontrar a este niño y matarlo. No podemos fracasar. Cuanto antes acabemos con él, mejor para todos.
Bet’anya apretó los dientes mientras comenzaban a dividirse el mundo. Apolimia siempre había sido una de sus aliadas. Y ella no estuvo presente cuando los demás unieron sus poderes para encerrarla en el inframundo de Misos, Kalosis. Personalmente, no podía culpar a Apolimia por su enfado. Si se hubieran confabulado para encerrarla a ella mientras trataban de matar a su hijo... también les habría demostrado lo oscuros que podían ser sus poderes.
Pero le gustara o no, formaba parte del panteón y estaba obligada a buscar al niño.
Aunque podía hacerlo sin mucho empeño.
Su bisabuelo, Misos, se acercó a ella.
—¿En qué piensas, niña?
—Que es un día muy triste si un niño recién nacido puede suponer una amenaza para un panteón tan poderoso.
—Aunque estoy de acuerdo contigo, te recuerdo que otros panteones han caído por mucho menos. —La besó en la frente.
—Pues sí, tattas —replicó, empleando el término atlante para «abuelo»—. Me encargaré de buscar en el sur de Grecia y en Egipto, donde podré usar mis poderes para descubrirlo. Si está allí. —Miró al líder de la siniestra búsqueda y le dijo—: Arcón, tengo una pregunta. Has matado a un ciudadano atlante, a un príncipe, por error. ¿Cómo es posible que estando en casa y contando con todos tus poderes no hayas podido ver que era mortal?
—El hijo de la reina apestaba a poderes divinos. Por no mencionar que su marido murió mucho antes de que el niño fuera engendrado y, que sepamos, no ha tenido más amantes. Todo apuntaba a una intervención de Basi... —Y siguió, con voz amenazadora—: Obviamente, me equivoqué. Debería haber tenido en cuenta que Apolimia no nos lo pondría tan fácil.
Bet’anya enarcó una ceja al escucharlo. Solo había un dios ajeno a su panteón que pudiera ser el padre de la criatura.
—¿Era hijo de Apolo?
—Seguramente.
Bet’anya se estremeció. Aunque no temía a los dioses griegos, no quería participar en otra sangrienta guerra contra ellos. Cada vez que se enfrentaba a su vehemente imbecilidad, tenía la impresión de que perdía parte de su inteligencia.
—¿Y crees que al dios griego le parecerá bien lo que has hecho?
Arcón no parecía preocupado en absoluto.
—¿Por qué iba a importarle? Tiene un sinfín de bastardos a los que no les hace ni caso. Además, no se atreve a molestarnos porque la Atlántida es el único lugar donde sus apolitas pueden vivir en paz. Ningún otro panteón los tolera entre su gente.
En realidad, los beligerantes apolitas no eran sino una fuente de problemas en la Atlántida, pero Arcón no lo veía así. Para él, solo eran otro conjunto más de seres que veneraban a los dioses atlantes y alimentaban sus poderes.
Para Bet’anya, eran criaturas impredecibles que bien podían volverse contra ellos como seguir adorándolos. Cualquier cosa que fuera griega le daba asco. Los odiaba más que a cualquier otra raza.
Con el rabillo del ojo vio que Epitimia se escabullía por una puerta lateral. La diosa del deseo era alta, hermosa y rubia.
Intrigada por su comportamiento furtivo, Bet’anya la siguió.
—¿Epi?
La aludida se quedó petrificada al escucharla.
—¿Sí, Bet? ¿Necesitas algo?
—¿Qué estás ocultando?
Epitimia se tensó.
—Algo que no pienso revelar —contestó.
Renuente a caer en ese juego, Bet’anya señaló el salón que acababan de abandonar.
—En ese caso, tal vez sea mejor que se lo comente a Arcón, ¿no te parece?
—¡Ni se te ocurra! —Epitimia la agarró de un brazo y la llevó hasta un rincón para hablar sin que las escucharan—. Tengo que hacer algo que no quiero hacer.
—¿Matar a un bebé?
Epitimia resopló.
—Ojalá fuera eso. Sería fácil.
Dicho comentario de labios de una diosa con poderes procedentes de la luz era extraño. Si Epitimia no tenía problemas para matar, con razón ella era tan proclive a la violencia, pensó Bet’anya.
—Apolimia me ha obligado a formar parte de su plan y debo hacerlo. De lo contrario... Ni siquiera puedo contarte con qué me ha chantajeado, porque no puedo permitirme que se sepa. ¡La muy zorra!
Bet’anya frunció el ceño.
—¿Qué te ha ordenado que hagas?
—Traer a su hijo al mundo.
Bet’anya contuvo el aliento al comprender lo que eso implicaba.
—¿Todavía no ha nacido?
Epitimia negó con la cabeza.
—Como se lo digas a alguien, te juro que me uniré a Apolimia en tu contra.
Bet’anya la miró echando chispas por los ojos.
—No me amenaces —le dijo—. Te juro que me comeré tus entrañas, y me da igual que seas una diosa. Pero puedes estar tranquila. No me apetece matar a un bebé indefenso.
Epitimia la soltó.
—Me alegro. Porque tengo un plan. Apolimia quiere que supervise el nacimiento para asegurarme de que todo sale bien, y tengo la intención de ejercer de comadrona.
Bet’anya sintió un nudo en el estómago al escuchar las palabras de la diosa.
—¿Vas a tocar a un bebé que nacerá sin poderes divinos?
Epitimia asintió con la cabeza.
¡Qué crueldad!
—Los humanos lo despedazarán por el deseo de poseerlo. Y lo odiarán por ello.
Epitimia le guiñó un ojo.
—Me limito a cumplir las órdenes de Apolimia. Al pie de la letra.
—¿Por qué no le dices a Arcón...?
—Si lo hago, Apolimia me arrancará el corazón y se lo comerá. No pienso enfurecerla por nada. Ni siquiera puedo insinuar dónde está ahora ni puedo comentar detalle alguno sobre el nacimiento del niño. Me ha obligado a hacer un juramento.
Y los dioses atlantes no podían faltar a su palabra. De ahí que intentaran no darla nunca.
—Sería más compasivo matarlo durante el nacimiento que dejarlo sin protección después de que lo toques.
Epitimia levantó las manos.
—Apolimia no me lo permite. Así que voy a hacerlo a su modo. Y como se te ocurra decir algo...
—Te juro que jamás diré a sus perseguidores dónde está escondido ni lo que piensas hacer. —Tan pronto como esas palabras brotaron de sus labios, comprendió lo que acababa de hacer. Fue precisamente un desliz como ese lo que condenó al pobre Apóstolos.
Epitimia la miró furiosa.
—No me refería a... —Bet’anya comprendió que no hacía falta explicar nada—. De acuerdo. De todas formas, si lo encuentro, lo mataré.
La diosa del deseo se relajó.
—Buena suerte, Agriosa. —Y se marchó en dirección a su propio templo.
Bet’anya suspiró al escuchar la despedida de Epi, que le recordaba que también era una diosa de la caza. Detestaba la idea de hacerle daño a un bebé.
Fuera quien fuese.
Sin embargo...
Lo que había dicho era cierto. Darle muerte sería más benévolo para ese niño. Porque, de lo contrario, viviría en constante agonía. Nadie debería ser sometido a un destino tan atroz.
—Lo siento, Apóstolos.
Como en todas las batallas, cuando un soldado sufría una herida mortal de la que no podría recuperarse, lo mejor era acabar con su sufrimiento con rapidez, sin importar su edad.
Decidió que eso haría con Apóstolos y suplicó que algún día Apolimia la entendiera y la perdonara. Lo hacía por el bien de todos.
Pero sobre todo por el del niño.
Su única esperanza radicaba en encontrarlo antes que los demás. Porque los otros dioses no serían tan piadosos con él.
23 de junio de 9548 a.C.
El rey Jerjes miraba al bebé que dormía plácidamente entre sus brazos. ¿Cómo era posible que su alegría se hubiera agriado tan deprisa? Por un instante se creyó el rey más bendecido de todos. Creyó que los dioses le habían concedido dos hijos para gobernar su vasto imperio.
En ese momento...
¿Acaso tenía uno?
No cabía la menor duda de que el primogénito, Aquerón, era fruto de los dioses. De que su mujer, su reina, se había acostado con ellos para dar a luz a ese niño.
Pero Estigio...
El rey examinó cada detalle del perfecto niño dormido que tenía pegado al cuerpo.
—¿Eres mío? —Se moría por saber la verdad.
El bebé parecía ser un mortal normal y corriente. A diferencia de Aquerón, cuyos ojos eran de un turbulento gris, los de Estigio eran azules y perfectos. Sin embargo, los dioses siempre eran traicioneros.
Y siempre engañaban.
¿Sería posible que Aquerón fuera su hijo y ese bebé no? ¿O que ninguno de los dos fuera suyo?
Miró a la anciana curandera que había proclamado que Aquerón era hijo de un dios nada más llegar al mundo. Decrépita y arrugada, lucía una túnica blanca adornada con hebras de oro. Su cabello canoso estaba recogido con una recargada guirnalda dorada.
—¿Quién es el padre de este niño?
La mujer dejó el aseo que estaba realizando.
—Majestad, ¿por qué me preguntáis algo que ya sabéis?
Porque no lo sabía. No con seguridad. Y detestaba el regusto del miedo que le quemaba la garganta y le amargaba en la boca. Un miedo que le desbocaba el corazón.
—¡Contéstame, mujer!
—Sea verdad o mentira, ¿creeréis lo que os diga?
Maldita fuera por su sagacidad. ¿Por qué le habían hecho eso los dioses? Les había dedicado sacrificios y les había rezado toda la vida. Con devoción, sin blasfemar. ¿Por qué habían mancillado a su heredero de esa forma?
O peor, ¿por qué le habían arrebatado a su heredero?
Apretó las manos e hizo que el bebé se despertara y gritase. Una parte de él quería tirar al bebé al suelo y verlo morir. Pisotearlo hasta hacerlo desaparecer.
Pero ¿y si se trataba de su hijo? De su propia sangre...
La curandera había dicho que lo era.
Sin embargo, ella solo comunicaba lo que los dioses le decían, ¿y si estos mentían?
Furioso, sintiéndose traicionado, se acercó a la mujer y le dejó el niño en los brazos. Que otro lo consolara. No soportaba mirar a ninguno de los dos niños.
Sin pronunciar otra palabra, salió de la habitación.
En cuanto la mujer se quedó sola, se convirtió en una hermosa joven de largo pelo negro. Vestida de color rojo sangre, besó al niño en la cabeza y este se calmó al punto.
—Pobre Estigio —susurró la diosa Atenea mientras lo acunaba entre sus brazos para calmarlo—. Al igual que a tu hermano, te espera un futuro muy desagradable. Siento no poder hacer más por ninguno de los dos. Pero el mundo humano necesita héroes. Y algún día todos te necesitarán a ti.
10 de marzo de 9543 a.C.
Cinco años después
—¡Ladronzuelo asqueroso!
Estigio alzó la mirada al escuchar el grito de su hermana mayor. Ryssa se cernía sobre él y sobre su hermano Aquerón mientras jugaban con sus soldaditos de madera en el suelo.
¿Por qué siempre estaba tan enfadada con él? Por más que intentara complacerla, jamás lo conseguía.
Ryssa lo odiaba. Siempre lo había hecho.
—Yo no he robado nada.
Su hermana torció el gesto, acortó la distancia que los separaba y lo levantó del suelo tirándole de un brazo.
—¿Dónde lo has metido, inútil? —le preguntó al tiempo que lo zarandeaba con tanta fuerza que Estigio creyó que le arrancaría el brazo.
Aunque trató de liberarse, Ryssa era demasiado fuerte para él.
—¿El qué?
—El caballito de juguete que padre me regaló por mi cumpleaños. Sé que los coleccionas y sé que me lo has robado. ¿Dónde está?
—Ni siquiera lo he tocado.
—¡Eres un mentiroso! —Lo arrojó al suelo mientras se acercaba a sus cosas para inspeccionarlas—. ¿Dónde lo has escondido?
Estigio miró a Aquerón.
—¿Lo has cogido tú? —le susurró a su hermano, que negó con la cabeza.
Entonces, ¿quién?, se preguntó.
—¿Qué haces aquí?
Todos se estremecieron al escuchar la furiosa voz de la niñera. Antes de que Estigio pudiera explicarle que había invitado a Aquerón para que jugara con él, la niñera levantó a su hermano de un tirón.
Aquerón gritó de dolor, ya que la mujer le hizo daño en el brazo.
—¿Cuántas veces hay que repetirte que te quedes en tu habitación?
Estigio se asustó al recordar que Aquerón llevaba en la mano uno de sus soldaditos. Aunque él se lo había regalado, sabía lo que sucedería si alguien lo encontraba en su posesión.
Sufriría un castigo. Otro más.
Pensando tan solo en protegerlo, Estigio se lanzó al suelo y se lo quitó de la mano.
Aquerón se lo agradeció con una sonrisa antes de que la niñera se lo llevara.
—¡Tú! —gritó Ryssa mientras miraba furiosa el soldadito—. Eres un egoísta. No piensas en nadie más que en ti. ¿Qué daño te habría hecho darle ese juguete, eh? —Señaló los demás soldaditos, que estaban esparcidos por el suelo—. No hay manera de satisfacer tu ansia, ¿verdad? Siempre quieres más y no te importa de dónde proceda. —Quiso arrancarle el soldadito de la mano y se cortó con el brusco movimiento; salió hecha una furia de la habitación.
Estigio se quedó solo, destrozado. Aborrecía con todas sus fuerzas estar solo. A veces se preguntaba si se debía a su condición de gemelo. Los dioses no podían haberle dado un hermano si estaba destinado a pasar la vida solo.
Sin embargo, eso era lo que sucedía. Pasaba la mayor parte del tiempo solo.
Soltó un suspiro melancólico y echó un vistazo a su habitación, llena de juguetes. Renunciaría gustoso a todos ellos con tal de contar con una persona con la que jugar. Ryssa se negaba porque no le gustaba, porque decía que olía mal y que era demasiado tonto como para jugar a los mismos juegos que ella compartía con Aquerón. Los otros niños se apartaban corriendo de él porque sus padres temían que le hicieran daño, bien de forma fortuita o a propósito, y eso suscitara la ira de su padre.
Aquerón era el único con quien podía jugar. Pero su padre exigía que se mantuvieran separados.
Estigio miró el juguete de su hermano y deseó con todas sus fuerzas que la vida fuera distinta para los dos. Sería mejor haber nacido en el seno de una familia pobre de agricultores antes que soportar la carga que suponían su infeliz familia y la crueldad con la que esta se comportaba.
Soltó el juguete. Ya se lo devolvería después a Aquerón, cuando todos estuvieran dormidos.
—¿Aquerón? —susurró Estigio al tiempo que zarandeaba a su hermano para despertarlo.
Lo vio abrir los ojos despacio. Tras frotárselos con los puños, se incorporó en la cama. Estigio le plantó el trozo de pan delante de la cara, arrancándole una sonrisa.
—Lo siento, no he traído la miel. Pero... —Abrió la talega que llevaba y le enseñó los higos bañados en azúcar—. He conseguido robar tus preferidos.
Los ojos plateados de Aquerón se iluminaron.
—¡Gracias! Pero no deberías haberlo hecho. Podrían haberte pillado.
Estigio se encogió de hombros.
—No me castigarán por esto. —Al menos no lo harían físicamente. Las palizas se reservaban para otras ofensas. Aunque a veces prefería que le pegaran a que le dijeran inútil u otras cosas.
Contento por haber ayudado a su hermano, lo observó comerse el pan a dos carrillos. Puesto que los habían enviado a la cama sin cenar, Aquerón estaba muerto de hambre. Como era habitual, Estigio había sido incapaz de conciliar el sueño, de modo que en cuanto reinó el silencio en el palacio se escabulló hasta la despensa.
—¿Qué has comido? —le preguntó Aquerón.
—Pan... con tu miel. —Sonrió de oreja a oreja, sintiéndose un poco culpable.
Aquerón rió.
—Eso no ha estado nada bien.
Estigio señaló la talega.
—Pensé que preferirías los higos.
—Podrías habérmelo preguntado.
—Es que me dolía la barriga del hambre que tenía. Y olía tan bien que fui incapaz de soportarlo. Tenía que comer algo de camino. Lo siento.
—Entonces te perdono. —Aquerón le ofreció el pan—. ¿Quieres un poco más?
Estigio negó con la cabeza. Aunque todavía estaba hambriento, sabía que su hermano lo estaba aún más.
Aquerón frunció el ceño y ladeó la cabeza sin dejar de comer.
—¿No podías dormir?
—Lo intenté. —Morfeo estaba enfadado con él por algún motivo que solo el dios sabía. Por más que lo intentara, el sueño siempre lo eludía.
Aquerón le dejó sitio en el colchón para que se acostara a su lado.
Infinitamente agradecido, Estigio aceptó la tácita invitación y se tumbó junto a él.
Al cabo de un instante estaba dormido. Aquerón apuró la comida y después le metió la talega a Estigio en el quitón. Tras lamerse los restos de azúcar de los dedos, se tumbó en la cama, pegó la espalda a la de Estigio y unió las plantas de los pies a las de su hermano. De esa forma dormían siempre que podían hacerlo juntos. A ninguno le gustaba estar solo y tampoco les gustaba que los mantuvieran separados; sin embargo, su familia se empeñaba en hacerlo. Era algo que no entendían.
Deseaban con todas sus fuerzas que los dejaran juntos y tranquilos.
Estigio era la persona a la que más quería.
Su hermano era el único que lo trataba como si fuera normal. No lo odiaba, como sí lo hacían sus padres; ni lo adoraba como si fuera la encarnación de un dios, como hacía Ryssa.
Eran hermanos. Jugaban. Reían. Y se peleaban por cualquier cosa. Pero una vez que la tormenta pasaba, hacían las paces y volvían a ser amigos.
Para siempre.
Aquerón cerró los ojos y escuchó las voces que le inundaban la cabeza. Estigio también las escuchaba. Sin embargo, mientras que él solo oía las de los dioses, su hermano escuchaba muchísimas más. Ese era uno de los motivos por los que Estigio tenía dificultades para dormir. No obstante, cuando estaban juntos, las voces que Estigio escuchaba desaparecían y eso le permitía descansar. En esos momentos solo escuchaba los pensamientos de Aquerón, de ahí que este fuera muy cuidadoso con ellos.
En cuanto los separaban, Estigio escuchaba de nuevo las voces. La constante falta de sueño le provocaba un continuo estado de irritación y numerosos dolores de cabeza. Eran tan atroces que a veces le sangraba la nariz y se le revolvía el estómago.
Nadie lo entendía. Acusaban a Estigio de fingir. Y a ambos les aterraba la idea de explicar lo que escuchaban. Salvo Estigio, los demás odiaban a Aquerón. Y no le apetecía darles otro motivo para que dicho odio aumentara.
Cada vez que Estigio había intentado hablar de las voces que escuchaban, se burlaban de él y lo castigaban por mentir. Hasta Ryssa lo había acusado de querer llamar la atención. De modo que habían aprendido a mantenerlo en secreto y a no hablar del tema con nadie. Jamás.
Ambos compartían muchos secretos.
Y se habían prometido que algún día, cuando fueran adultos y nadie pudiera detenerlos, dejarían ese lugar y se marcharían a algún sitio donde la gente no los tratara tan mal.
Al igual que le sucedía a su hermano, Aquerón ansiaba que llegara dicho día.
9 de mayo de 9542 a.C.
—¡Siéntate derecho! Te encorvas como el hijo de un verdulero.
Estigio dio un respingo al escuchar la furiosa voz de su padre y se enderezó de inmediato en su incómodo trono dorado, aunque se le habían dormido las piernas porque no llegaba al suelo. Sin embargo, si doblaba las piernas y se sentaba encima, su padre se enfadaría todavía más que al verlo encorvado. Si bien su padre lo mimaba, sobre todo cuando se encontraban en público, en otras ocasiones se enfurecía tanto que nada de lo que hiciera podía complacerlo. En esas ocasiones su padre parecía detestar hasta el aire que respiraba.
Ese día era una de esas ocasiones, no cabía duda.
—¿Te estamos aburriendo, muchacho?
Estigio se apresuró a negar con la cabeza y resistió las ganas de gemir cuando un dolor agónico se la atravesó. Siempre había odiado esos dolores de cabeza, y el que padecía ese día era más doloroso de lo habitual. Era el culpable de que no pudiera concentrarse. Sin embargo, las náuseas que lo acompañaban eran aún peores. Si vomitaba, su padre no se lo perdonaría.
«¿Qué pasa? ¿Eres una mujer preñada, muchacho? Porque vomitas como si lo fueras. Aprende a controlar tu estómago. Vas a ser un hombre, por todos los dioses. Los hombres no vomitan cada dos por tres. Se controlan y controlan su cuerpo en todo momento.»
El estómago le dio un vuelco espantoso, haciendo que la cabeza le doliera todavía más, lo que a su vez le provocó más náuseas. El constante vaivén entre su cabeza y su estómago bastaba para que quisiera gritar de dolor.
—¿Se me permite retirarme, padre?
Su padre se volvió para fulminarlo con la mirada.
—¿Con qué propósito?
—No me siento bien. —Era un eufemismo colosal.
—Ven aquí.
Estigio se bajó del pequeño trono y contuvo el deseo de gemir cuando miles de agujas se le clavaron en las piernas dormidas. Consciente de que no debía demostrar ante su padre el dolor que sentía, cruzó el estrado hacia el enorme trono dorado. Era tan grande que su frente apenas llegaba a la altura del reposabrazos. Ataviado con un himatión púrpura y una clámide que hacía juego con el quitón de Estigio, el rey lo miró con expresión suspicaz. La luz le arrancaba destellos a su barba y a su pelo rubio, sobre el que se ceñía la corona de hojas doradas que algún día sería suya.
Como era habitual, ese día de la semana se habían pasado la mañana lidiando con los problemas y las preocupaciones de los nobles y de las personas que habían solicitado una audiencia con el rey. Dado que esa tarea recaería en Estigio una vez que gobernara, el rey llevaba un año obligándolo a presenciar las audiencias a fin de que contara con dicha experiencia cuando heredase la corona. Durante las audiencias, no podía hablar ni moverse. Solo observar.
El «privilegio» de asistir a las audiencias y la «alegría» de contar con un instructor que vivía para pegarle fueron los únicos regalos de cumpleaños que recibió el verano anterior, al cumplir cinco años.
Con un ceño feroz, su padre le tocó la frente.
—No tienes fiebre. ¿Qué síntomas tienes?
—Me duele la cabeza.
El rey puso los ojos en blanco.
—¿Y qué más?
«Me muero por vomitar y estoy mareado», pensó. Pero sabía por experiencia que su padre se burlaría de sus quejas.
—Eso es todo, padre. Pero el dolor es atroz.
Su padre lo fulminó con la mirada.
—Algún día serás rey, muchacho. ¿Crees que detendrán una guerra o una revuelta porque a ti te duele un poquito la cabeza?
—No, padre.
—Claro que no. El mundo no va a pararse por algo tan tonto. Ahora siéntate y presta atención. Observa tus futuros deberes. Tu pueblo es mucho más importante que tu aburrimiento y merece que le prestes toda tu atención.
Sin embargo, no se trataba de aburrimiento. La más mínima luz o el sonido más nimio le provocaban un dolor tan espantoso que ansiaba arrancarse la cabeza. ¿Por qué nadie se compadecía de él?
Se le llenaron los ojos de lágrimas por el dolor y la frustración, pero parpadeó para librarse de ella. Hacía mucho que había aprendido que su padre consolaba a Ryssa cada vez que lloraba, pero que no toleraba las lágrimas en su heredero. Estigio se convertiría en un hombre, no en una niña mimada...
Con mucho cuidado de no mover la cabeza mientras caminaba, Estigio regresó a su trono.
—¡Siéntate derecho! —gritó su padre al instante.
Estigio se enderezó al punto antes de dar un respingo por el dolor. «No demuestres lo que sientes...», se dijo.
Sin embargo, le costaba no hacerlo. Tragó saliva para sobrellevar el dolor y miró por la ventana, a través de la cual vio a Ryssa con Aquerón en el jardín. Se estaban riendo mientras se perseguían y jugaban. Qué no daría él por estar en el exterior con ellos, disfrutando del sol.
Claro que para el caso sería igual. Aunque no le doliera la cabeza, Ryssa jamás jugaría con él de esa manera. Jamás se reiría con él o le haría cosquillas. Su amor estaba reservado para Aquerón.
Volvió la cabeza e intentó no pensar en eso mientras lo atravesaba otra lacerante punzada de dolor.
Se inclinó hacia delante justo cuando comenzaba a sangrarle la nariz.
«¡No! Por todos los dioses, ahora no...», suplicó.
Se cubrió la nariz con una mano en un intento por ocultar la sangre antes de que su padre se diera cuenta.
—¿Majestad? ¿Se encuentra bien Su Alteza?
Estigio sucumbió al pánico cuando escuchó la pregunta del guardia, que hizo que su padre se fijara de nuevo en él.
La furia descompuso la cara del rey.
—¿Lo has hecho a propósito?
«Sí, me he abierto la nariz a propósito sin ninguna herramienta disponible solo para molestarte, padre. Es que tengo un talento innato», pensó.
—No, padre. Se me pasará. Solo es otra hemorragia nasal. Se cortará en breve.
El rey torció el gesto, asqueado.
—¡Mírate! Te has manchado la ropa. No puedes deshonrar con semejante insolencia a los que te rodean ni la posición que te han dado los dioses. —El rey les hizo un gesto con la barbilla al guardia que lo había delatado y al ayuda de cámara de Estigio, encargado de que siempre tuviera una apariencia inmaculada cuando se encontraba en público—. Llevad al príncipe a su habitación y aseguraos de que se lava y se cambia de ropa.
«Genial, parezco un bebé o un cachorro», pensó.
Los aludidos hicieron una reverencia antes de cruzar la estancia y colocarse delante de Estigio.
Temiéndose lo que eso significaría para él más adelante, Estigio se pellizcó la nariz y se bajó del trono para dirigirse a su habitación, en la planta superior. Mientras cruzaba el atrio, situado entre la sala del trono y el edificio principal del palacio, se detuvo para mirar de nuevo a Aquerón y a Ryssa, que seguían riendo y jugando en el jardín. La hemorragia se intensificó al tiempo que las voces que escuchaba en su cabeza gritaban con más fuerza si cabía.
Se le llenaron los ojos de lágrimas. Quería gritar por todo y cuando Aquerón se cayó y se desolló las rodillas, fue la gota que colmó el vaso. Estigio también cayó al suelo, se aferró la pierna y gritó cuando el dolor por fin lo abrumó por completo.
«Por todos los dioses, dejadme morir de una vez...»
Aquerón se acercó corriendo.
—¿Estigio? ¿Estás bien?
«No. Vivo en una agonía constante de dolor físico que nadie comprende y por la que nadie siente compasión», pensó. Y se estaba hartando. Por todos los dioses, ¿acaso no podía pasar un solo momento sin que le doliera algo?
—¿Estigio?
Era incapaz de contestarle a su hermano, no podría hacerlo mientras padeciera semejante dolor. De modo que clavó la mirada en la sangre que cubría la piel de Aquerón. Él sentía exactamente la misma herida en la rodilla, pero sabía que si se miraba la pierna, no encontraría marca alguna que explicase dicho dolor.
—No vuelvas a hacerte daño, Aquerón —consiguió decir entre jadeos—. Por favor.
Aquerón frunció el ceño mientras Ryssa se acercaba. Su hermana se arrodilló a su lado.
—¿Por qué estás ahí tirado?
Estigio se levantó antes de que ella también se burlara de su dolor.
—Me he caído.
Su hermana echó un vistazo al sendero.
—No hay nada con lo que te puedas tropezar. ¿Qué te pasa? ¿Has visto que Aquerón se caía y no has soportado que le presten más atención que a ti?
Estigio la fulminó con la mirada mientras el dolor aumentaba.
—Sí, eso es lo que ha pasado.
—¿Te duele la cabeza de nuevo? —preguntó Aquerón.
Asintió con un gesto, pero después gimió.
Ryssa resopló.
—Padre dice que solo finges que te duele para librarte de tus responsabilidades.
Estigio se señaló el quitón manchado.
—¿Y qué me dices de la sangre?
—Seguramente te has herido tú mismo para que te compadezcan. Te conozco. Harías cualquier cosa con tal de llamar la atención.
Pero no, él no haría eso... ni muerto.
Incapaz de soportar sus críticas, Estigio se protegió la cabeza dolorida con la mano derecha y prosiguió camino hacia su habitación, seguido por su ayuda de cámara y el guardia.
Aquerón hizo ademán de seguirlo, pero Ryssa se lo impidió.
—Deja que se vaya, Aquerón. Solo te meterá en problemas, como siempre. Ven, vamos a seguir jugando.
Horas más tarde Estigio estaba tumbado en la cama, intentando no moverse ni respirar siquiera. De repente sintió una mano cálida en el pelo. Supo al punto de quién se trataba. Solo una persona era tan cariñosa y tan atenta con él.
—¿Aquerón? —susurró.
Sin contestarle, su hermano se colocó detrás de él en la cama.
—¿Te duele menos la cabeza?
—La verdad es que no. ¿Y a ti?
—Me duele, pero creo que no tanto como a ti. Yo puedo seguir moviéndome. —Aquerón rozó las marcas recientes que había en la espalda desnuda de Estigio y que le dolían más que la cabeza—. ¿Por qué te han castigado?
—Por irme de la audiencia antes de tiempo. Al igual que Ryssa, padre no creyó que me doliera la cabeza. Pensó que intentaba librarme de mis responsabilidades. —Algo que su padre no toleraba de ninguna de las maneras.
Aquerón lo rodeó con los brazos y lo acunó.
—Lo siento, Estigio.
—Gracias. —Guardó silencio un rato mientras las voces de su cabeza por fin bajaban de volumen y el dolor disminuía hasta un nivel soportable, de modo que casi podía respirar con normalidad—. ¿Aquerón? ¿Por qué crees que puedo sentir tu dolor pero tú no puedes sentir el mío?
—Ryssa diría que es la voluntad de los dioses.
Pero ¿por qué? Sospechaba que él no era tan importante como Aquerón para los dioses. ¿Por qué si no sentiría las heridas que recibía su hermano mientras que Aquerón era ajeno a su dolor? Tal parecía que los dioses querían asegurarse de que protegía a su hermano de cualquier daño. Como si él fuera el chivo expiatorio de Aquerón elegido por los dioses...
—¿Y tú qué crees, Aquerón?
—No lo sé. Tampoco entiendo por qué los dioses nos han dejado con unas personas tan espantosas mientras ellos nos hablan alto y claro en la cabeza. No tiene sentido, ¿verdad? —Aquerón se dio la vuelta y pegó su espalda a la de Estigio antes de hacer lo propio con los pies. Mientras yacían en la oscuridad de la habitación de Estigio, Aquerón lo tomó de la mano—. Siento mucho que Ryssa se porte tan mal contigo. Según ella, a ti te miman y te consienten mientras que a mí me tratan mal.
—¿Tú qué crees?
—Yo veo la verdad. Nuestros padres también dudan de ti. Y aunque a veces son amables contigo, también pueden ser muy crueles.
Sí, lo eran. Y a diferencia de Aquerón, él no podía quejarse. Nadie lo creía cuando se quejaba. Lo acusaban de ser un mimado y después se desentendían de su dolor como si fuera insignificante o, peor todavía, se complacían con su sufrimiento como si se lo mereciera por ser un príncipe mientras que ellos no lo eran. A veces creía que sería mejor estar en la piel de Aquerón. Al menos su hermano sabía qué recibimiento esperar de sus padres cuando los tenía cerca. Él no lo sabía hasta que ya era demasiado tarde.
A veces su padre era muy cariñoso, pero en otras ocasiones...
Se revolvía contra él como si lo odiara incluso más de lo que odiaba a Aquerón. No tenía sentido y resultaba aterrador y muy confuso para su joven mente. Por ese motivo no quería estar cerca ni de sus padres ni de su hermana.
Era mejor evitarlos a ellos y a la confusión que le provocaban.
Suspiró y le dio un apretón a Aquerón en la mano para que el contacto silenciara las voces que lo instaban a quitarse la vida. Lo torturaban con saña.
«Eres veneno. ¡Sufrirás mientras vivas!»
Sin embargo, si él moría, Aquerón también lo haría. La anciana curandera así lo había afirmado cuando nacieron. Sus vidas estaban entrelazadas por los propios dioses y no había manera de separarlas.
«Tal vez por eso sufres.»
Los dioses intentaban que matase a Aquerón. Que odiara a su hermano para que así él acabara con ambos. Tenía cierto sentido. Tal vez creían que si lo torturaban lo suficiente, alcanzaría un punto de desesperación que lo llevaría a matar a Aquerón para acabar con su propia agonía. ¿Serían sus ojos distintos por ese motivo? ¿Para no tener que contemplar unos ojos similares a los suyos si mataba a su hermano?
Sin embargo, era incapaz de odiar a la única persona que lo quería. A la única persona que lo consolaba y silenciaba el mal de su cabeza.
Con dioses o sin ellos, sumido en la tristeza o en la alegría, Aquerón era su hermano. Para siempre. Era la única familia verdadera que tenía.
Lo único que había aprendido en su corta vida era que no podía confiar en nadie. Ni siquiera en los dioses. Todas las personas que lo rodeaban mentían. En todo momento. Incluso por tonterías. Solo Aquerón era de fiar y honesto. Su hermano era el único que no intentaba hacerle daño ni quería traicionarlo ante su padre. De modo que ¿cómo hacerle daño a la única persona que lo trataba como algo más que un objeto al que detestar? ¿Cómo hacerle daño a la única persona que no sonreía satisfecha cada vez que a él le hacían daño?
—Te quiero, Aquerón.
—Yo también te quiero, hermano.
Estigio echó la cabeza hacia atrás hasta que tocó la de Aquerón y por fin se permitió derramar las lágrimas que le habían empañado los ojos a lo largo del día. Podía dejar que Aquerón las viera. Su hermano lo entendía y jamás se burlaría de él por llorar.
—¿Crees que alguna vez podremos irnos de aquí y encontrar la paz?
—No. Creo que hemos nacido para sufrir.
Lo más triste de todo era... que él también lo creía.
—Al menos nos tenemos el uno al otro.
Aquerón asintió con la cabeza.
—Somos hermanos. Para siempre. Jamás podrán quitarnos eso.
30 de agosto de 9542 a.C.
—¡Está entrando ahora mismo!
Estigio se desentendió de sus estudios y miró a Aquerón, que se encontraba en la puerta y sonreía de oreja a oreja. No necesitó preguntar de quién estaba hablando. Debía de ser su tío Estes, que siempre los visitaba en esa época del año. Era el único acontecimiento que todos esperaban con la misma ansia.
Con el corazón tan desbocado por la emoción como lo tenía su hermano, Estigio miró a su tutor, el maestro Praxis.
—Señor, ¿se me permite salir? ¿Por favor?
—Por supuesto, alteza.
Estigio dejó el pergamino que estaba estudiando y corrió hacia Aquerón. Cogidos de la mano, atravesaron el pasillo y bajaron la escalera en dirección a la puerta principal, donde la servidumbre se había reunido para darle la bienvenida a su tío. Ryssa también se encontraba en los escalones, un tanto alejada de su padre.
La sonrisa de Estigio murió en sus labios por culpa del temor que lo invadió al mirar al rey. ¿Cómo lo recibiría este? Por algún motivo que no comprendía, era incapaz de escuchar sus pensamientos y la postura tensa que lucía en ese momento no le ofrecía el menor indicio del humor que tenía ese día.
Aquerón le soltó la mano y se acercó furtivamente a Ryssa para que su padre no se percatara de su presencia. ¡Cómo deseaba Estigio contar con la protección de su hermana! Sin embargo, Ryssa jamás aceptaba su compañía. Prefería mantenerse alejada de él.
Los músicos tocaron una fanfarria mientras su padre se volvía hacia él. Estigio se preparó para recibir el desdén del rey.
En cambio, su padre esbozó una sonrisa cariñosa al tiempo que le tendía la mano.
—Aquí estás, hijo mío. Estaba a punto de enviar a un sirviente a por ti. Ven a saludar a tu tío.
Tal vez su padre estuviera de buen humor...
Estigio aceptó la mano y sonrió, si bien por dentro estaba muerto de miedo. Su padre lo levantó en brazos.
«Será mejor que te grabes este momento en la memoria. A saber cuándo te abraza otra vez», se dijo.
Era cierto. Siempre intentaba recordar todos los momentos en los que sus padres le demostraban afecto. Era lo que le daba fuerzas para soportar sus crueles ataques y sus insultos.
Estigio colocó una mano sobre el hombro de su padre y cerró los ojos. Ojalá las cosas entre ellos fueran siempre así. Pero lo que más deseaba era que su tío Estes viviera con ellos. Su padre se mostraba más cariñoso y feliz cuando su hermano estaba cerca. Al igual que sucedía entre Aquerón y él, su padre y Estes compartían un vínculo especial. Un vínculo que fue evidente mientras su padre le frotaba la espalda y lo estrechaba contra su cuerpo, como si de verdad le importara.
No lo soltó hasta que el séquito de Estes se detuvo al pie de los escalones. Vestidos con relucientes armaduras doradas y vistosas capas rojas, el mismo color de los pendones, los hombres impresionaban tanto como el mismo Estes. Lo más sorprendente de todo era el enorme parecido que existía entre los hermanos. A simple vista ellos también parecían gemelos, aun cuando Estes era tres años más joven que el rey. Tenían la misma altura, la misma complexión, el mismo pelo rubio rizado y la misma barba.
Estes, pertrechado con la armadura, bajó de su carro de combate y, entre carcajadas, subió los escalones a la carrera para abrazar a su hermano.
—¡Jerjes! ¡No sabes cuánto te he echado de menos!
—¡Y yo a ti, hermanito! ¿Has tenido un buen viaje?
—Cualquier viaje que me acerque a mi familia es bueno, desde luego que sí. —Estes guardó silencio y miró a Estigio—. ¿Este es el bichito ya crecido y con la apariencia de un hombrecito? ¿Cuántos años tienes ya, niño? ¿Dieciocho? ¿Veinte?
—¡Seis, tío! —Estigio sonrió encantado y se lanzó a los brazos de Estes, que lo atrapó con una sonrisa y lo estrechó con fuerza—. Todavía no soy tan grande como tú, pero algún día...
—Seguro que acabas siendo más alto que yo, bicho. Sin duda. —Estes lo besó en una mejilla y lo abrazó con tanta fuerza que Estigio gimió. Su tío siguió subiendo los escalones con él en brazos y se detuvo al llegar junto a Ryssa y Aquerón.
Ryssa tenía el pelo tan largo que le llegaba hasta la cintura, conformando lustrosos tirabuzones. Vestida de color púrpura, era la muchacha más guapa que había en toda Grecia... Ojalá su personalidad fuera tan agradable como su aspecto.
—¡Vaya, mi preciosa Ryssa! Cada vez que te veo estás más guapa.
Ella se ruborizó y se acercó para abrazarlo.
—Me alegro de verte, tío.
Estes dejó a Estigio en el suelo justo cuando se percataba de la presencia de Aquerón.
—Y el pequeño Aquerón... tú también has crecido mucho. Apenas os reconozco. Ven y dame un abrazo.
Aquerón se lanzó a sus brazos y lo estrechó con fuerza.
—¿Has estado peleando otra vez con los atlantes?
Su tío siempre los entretenía con los relatos de gloriosas batallas contra sus enemigos. Estes, un strategos legendario e invicto, era uno de los soldados más respetados de todo el mundo.
—Últimamente no. Por desgracia, estamos tratando de sellar la paz con ellos.
—¿La paz? —preguntó Jerjes con desdén—. Eso es imposible tratándose de los atlantes.
—Es tu opinión, hermano, pero los demás reyes griegos lo están intentando. Me han nombrado embajador y debo ir a la Atlántida para negociar el tratado de paz.
Eso pareció satisfacer mucho a su padre.
—Bueno, si alguien es capaz de sellar la paz con esos idiotas eres tú, hermano. Y ahora pasa para que podamos ponernos al día.
Estes besó a Aquerón en una mejilla y lo dejó en el suelo junto a su hermano.
—Chicos, tengo unos regalos especiales para vosotros, así que recordádmelo más tarde.
Jerjes puso cara de asco.
—¿Por qué mimas a ese si no es uno de los nuestros?
Estes le acarició la mejilla a Aquerón.
—Es un niño guapo, Jerjes. De no ser por estos ojos tan raros, sería imposible distinguirlo de Estigio.
Aquerón dio un respingo al escuchar esas palabras, que Estigio sabía que le hacían mucho daño. Estaba a punto de acercarse para consolarlo, pero Ryssa levantó a Aquerón en brazos y lo estrechó contra su cuerpo. Aquerón apoyó la cabeza en uno de sus hombros y cerró los ojos. Antes de que Estigio pudiera moverse, su hermana entró en el palacio y su padre se marchó con Estes en dirección a su gabinete.
Estigio se quedó solo y los observó marcharse. Se habían olvidado de él.
Otra vez.
Era una ocurrencia de lo más habitual. Suspiró y entró con la intención de retomar sus estudios. Otros niños de su edad se reunían para estudiar, pero su padre no quería que se viera retrasado por los más torpes. Lo más importante en el caso de Estigio, un futuro rey, era aprender de memoria todos los conocimientos que fuera capaz de abarcar. Por tanto, contaba con los mejores tutores que su padre había encontrado y se esperaba de él que les sacara el máximo partido y no perdiera el tiempo. Si no lograba avanzar al paso marcado por su padre, tanto los tutores como él sufrían el más severo de los castigos. De modo que sus tutores, temerosos de que el rey los castigara, le imponían un ritmo brutal y tenía que esforzarse mucho a fin de no sufrir primero el castigo de sus tutores y después el castigo de su padre. El rey les había dado carta blanca para que convirtieran su vida en un infierno si hacía algo que ellos no aprobaran.
«Muchacho, serás el responsable de todos los habitantes del reino. Debes aprender a concentrarte y a reflexionar para solucionar los problemas más complicados y sortear los obstáculos. No le dejaré mi trono a un insensato.»
Dado que su padre había heredado el trono a una edad muy temprana, no le importaba que Estigio aún fuera un niño. Si algo le pasara al rey, él ocuparía el trono de inmediato. Algo que podría pasar dentro de veinte años o al día siguiente. En el caso de que sucediera la segunda posibilidad, era crucial que contara con la instrucción adecuada y que estuviera listo para asumir sus responsabilidades como monarca.
«El heredero no tiene tiempo para jugar ni para perseguir fines pueriles. Todos los hombres, mujeres y niños de este reino tienen los ojos puestos en ti, porque tú eres el garante de su bienestar y de su futuro. Dídimos lleva miles de años siendo la ciudad-estado más importante de Grecia. Nadie la ha derrotado jamás. La casta de Aricles es la más antigua de todas y le ha dado al mundo incontables héroes a lo largo de las generaciones. Con el favor de los dioses, seguiremos siendo los mejores. No permitiré que mancilles nuestro imperio o que ensucies el nombre de nuestros antepasados. Cuando la gente te mire, no verá al príncipe Estigio. Verá al hijo de Jerjes de la casta de Aricles. Cada palabra que pronuncies, cada uno de tus actos, recaerá sobre mí, y he trabajado mucho para lograr mi intachable reputación como para que tú o cualquier otro la eche por tierra.»
Aquerón y Ryssa eran muy afortunados. Su padre no los veía como una extensión de sí mismo. Si hacían algo mal, el rey no lo consideraba una afrenta a su buen nombre. Asistían juntos a clase y sus estudios avanzaban a un paso mucho más lento, dirigidos por las mujeres que conformaban el séquito de Ryssa. Estigio los escuchaba reír a veces a través de las paredes, mientras a él sus tutores lo martilleaban sin piedad.
Aunque Praxis al menos no era muy severo. Tenía más paciencia y era más comprensivo que los demás.
«Alteza, aún sois muy joven. Sé que es duro para vos pasar horas sentado, concentrado en los estudios. Vamos a tomarnos un descanso para que podáis asimilar los conocimientos antes de comenzar con la siguiente lección.»
A veces llevaba dulces para que Estigio comiera mientras trabajaba.
Al llegar a la escalera, vio a su madre esperando entre las sombras. Su madre, que era una versión envejecida de Ryssa, había sido una beldad en su juventud. Sin embargo, el exceso de alcohol ingerido a lo largo de los años había ajado su belleza y parecía más vieja que Jerjes.
Por un instante, Estigio creyó que estaba sobria. Pero según se acercó a ella, el hedor que emanaba lo dejó sin aliento.
—¿Cuál de los dos bastardos eres? —masculló la reina.
—Estigio, madre.
Furiosa, lo miró con los ojos entrecerrados como si no lo creyera.
—¿Dónde está el otro?
—Con Ryssa.
Sus labios por fin esbozaron una sonrisa.
—Mi preciosa Ryssa... iba a visitarme esta mañana. —Echó a andar hacia la escalera, pero se tambaleó.
Estigio se acercó para ayudarla. Al principio, su madre rehuyó su contacto, pero se relajó al cabo de un instante y aceptó apoyarse en su hombro a fin de subir la escalera sin correr el riesgo de caerse y hacerse daño.
—¿Quién acaba de llegar? —preguntó mientras enfilaban el pasillo en dirección a sus aposentos.
—El tío Estes.
—Bien. El viejo escatófago estará contento unos días.
Estigio no replicó, pero le alegró que su padre no estuviera cerca para escuchar a su mujer llamándolo «comemierda». Sin duda lo ofendería muchísimo.
Tras acompañar a su madre hasta sus aposentos, entró y la ayudó a sentarse en el taburete del tocador. Se estaba alejando cuando su madre extendió un brazo y lo acercó de nuevo tirándole del pelo.
—Madre, por favor. Me estás haciendo daño. —Trató de zafarse de su mano, pero lo tenía bien agarrado. Parecía contar con la fuerza de las Erinias.
—No sabes lo que es el dolor —se burló ella—. No sabes lo que es dar a luz a un bastardo desagradecido seguido de otro de su misma ralea. Y que después el amor de tu esposo se convierta en odio por culpa de ambos. Eso sí que duele. Pero tú... tú eres el precioso y amado heredero que él tanto adora. Ya solo te quiere a ti.
Era muy gracioso, porque Estigio no lo veía del mismo modo. No cuando su padre censuraba todo lo que hacía. Por cada elogio que recibía, Jerjes se aseguraba de que recibiera al menos tres críticas.
Su madre aflojó los dedos, pero no lo soltó.
—Tienes el pelo como tu padre. Me encantaba acariciárselo por las noches. En aquel entonces era solo mío y él me quería. Habría hecho cualquier cosa por mí. Por las noches, estaba deseando acostarse conmigo. —Se le llenaron los ojos de lágrimas—. ¿Por qué tuvisteis que nacer? —Mientras sollozaba, le tiró con fuerza del pelo y le asestó un bofetón—. ¡Fuera de mi vista! ¡Me das asco!
Estigio salió de la habitación tan rápido como pudo. Le ardía la mejilla por el bofetón de su madre. Sabía muy bien que no debía dejarla sola en semejante estado. Su padre se enfadaría muchísimo si se enteraba de que la había abandonado cuando era evidente que necesitaba a alguien que le hiciera compañía. Se limpió las lágrimas de camino a la antesala donde se reunían las doncellas de su madre para coser y chismorrear.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó con muy malos modos la doncella más entrada en años en cuanto lo vio en la puerta—. Su Majestad me ha dejado muy claro que no tienes permitida la entrada en esta parte del palacio. No quiere verte.
Estigio hizo caso omiso de su tono ponzoñoso.
—La reina está en sus aposentos y te ordena que vayas.
La mujer pasó a su lado sin decirle ni una sola palabra. Las demás lo miraron como si fuera un gusano inmundo. Siempre lo miraban de esa forma cuando no lo acompañaba su padre. Detestaba que lo hicieran. Detestaba que consiguieran que se sintiese como si fuera un gusano inmundo.
Levantó la barbilla y su mirada furiosa recorrió a las doncellas.
—Soy vuestro príncipe y heredero. No podéis mirarme a los ojos sin permiso —les recordó—. Tal vez ordene que os azoten por esa insolencia. —Cerró con un portazo y se volvió, momento en el que descubrió a Ryssa en el pasillo, tras él.
Su hermana lo miró de arriba abajo con una expresión más denigrante si cabía que la de las doncellas.
—Eres un tirano despreciable. Te crees mucho mejor que los demás, pero no lo eres, ¿sabes? Solo eres un cerdo malcriado que no significa nada sin su padre. Espero que algún día recibas tu merecido.
La sinceridad de la mirada de Ryssa y la crueldad de sus palabras le destrozaron el corazón. ¿Por qué no podía, aunque solo fuera una vez, decirle algo agradable?, se preguntó. ¿Qué le había hecho? Nada. Ya estaba cansado de sus insultos.
—¡Cállate, kuna! ¡Ojalá estuvieras muerta e incinerada!
Ryssa lo agarró de un brazo y lo zarandeó.
—¿Cómo te atreves a hablarme con ese tono y a usar esa palabra tan fea?
—¡Estigio!
La voz furiosa de su padre le provocó un estremecimiento. Seguro de lo que sucedería a continuación, se zafó del apretón de Ryssa y pasó a su lado de camino a la escalera, desde donde vio que su padre se encontraba abajo, junto con su tío Estes.
Fabuloso. Su padre seguro que hacía un numerito para pavonearse delante de su hermano pequeño.
—¡Ven aquí, muchacho!
Estigio bajó la escalera con el corazón desbocado por un miedo que no se atrevía a demostrar.
—¿Sí, padre?
—¿Qué te digo siempre sobre el respeto que merece tu hermana?
«Es la única princesa del reino. Y como tal, debemos cuidarla como a un tesoro...»
Era injusto. Si Ryssa estuviera en su lugar, protestaría y le contaría a su padre lo que había sucedido de verdad. Sin embargo, sabía por experiencia que si hacía eso empeoraría las cosas. Los hombres no se quejaban, sobre todos los reyes. Aceptaban las consecuencias de sus actos y mantenían la cabeza bien alta pasara lo que pasase.
Sin embargo, Estigio no era rey. Todavía no lo era. Y tampoco era un hombre.
—Empezó ella, padre.
Jerjes lo agarró del brazo por el mismo sitio que lo había hecho Ryssa, de modo que hizo una mueca.
—¡Cómo te atreves! ¡No le faltes el respeto a tu padre y mucho menos a tu rey! —masculló—. ¡Jamás! —Le tiró del brazo y lo arrastró hacia la habitación de la guardia, en dirección al puesto del Verdugo Real.
El verdugo se puso en pie de inmediato y ejecutó una reverencia nada más verlos.
Su padre lo empujó en dirección al corpulento hombre, a quien Estigio odiaba con todas sus fuerzas.
—Veinte azotes, y diez más si se mueve o llora.
El verdugo asintió con respeto.
—¿Se me concederá inmunidad, majestad?
—Sí, por supuesto.
El verdugo miró a Estigio con sus ojos negros.
—¿Alteza?
Le resultaba extremadamente irritante tener que garantizarle la inmunidad a la persona que estaba a punto de azotarlo. Sin embargo, puesto que la agresión a cualquier miembro de la familia real se pagaba con la muerte, el verdugo debía obtenerla antes de castigar al príncipe aunque estuviera cumpliendo las órdenes del rey. Si Estigio no se la otorgaba, su padre incrementaría el castigo.
—Sí, te la concedo —susurró.
—Cuando acabes, llévalo a su habitación y encárgate de que se quede en ella hasta mañana sin consuelo.
—Sí, majestad.
Estigio observó cómo se marchaba su padre, dejándolo a solas con el gigante. Le temblaban los labios por el afán de contener las lágrimas. Para las ofensas menores, las que nunca cometía, contaba con la presencia de un muchacho que recibía los azotes por él. Sin embargo, si hacía algo que se considerara un insulto personal hacia algún miembro de la familia, debía sufrir el castigo en persona, a diferencia de Ryssa. La princesa jamás recibía azotes. Era demasiado preciosa y delicada. Además, no era un hombre ni estaba siendo educada para convertirse en rey.
Puesto que el verdugo había recibido la doble inmunidad, se deleitaría azotándolo. Siempre lo hacía. Aunque no llorara ni se quejara, siempre recibía el castigo mayor que hubiera impuesto su padre. Y todo porque ese hombre, al igual que Ryssa, lo consideraba un mocoso malcriado que necesitaba que le bajasen los humos.
«Te crees mucho mejor que los demás. Pero no lo eres, gusano. Solo eres el hijo de un hombre rico. El hijo de una puta borracha que se acostó con un dios.»
Con una carcajada expectante, el verdugo lo llevó hasta el cuarto reservado exclusivamente para los castigos de Estigio, y lo instó a inclinarse sobre el banco de los azotes. Después le colocó un trozo de cuero entre los labios para que lo mordiera y contuviera los gritos, a fin de que su dolor no molestara a los demás o avergonzara a su padre. Acto seguido le ató las manos al otro extremo del banco para que no pudiera huir y le desnudó las nalgas.
Estigio apoyó una mejilla sobre la fría piedra e intentó ser valiente. Lo intentó. Sin embargo, en cuanto sintió el roce de la vara de madera en los muslos y se percató de lo gruesa y dura que era, se orinó encima al pensar en el dolor que estaba a punto de sufrir.
—Menudo rey vas a ser... —se burló el verdugo mientras lo golpeaba con todas sus fuerzas.
Horrorizado, Estigio contuvo los gritos todo lo que pudo, pero al final resultó que era tan inútil como todos creían. No pudo evitarlo, sobre todo porque el verdugo no se dio mucha prisa. Al contrario, esperaba a que el entumecimiento del azote pasara antes de darle otro, para que así sintiera bien el dolor.
Al menos eso lo ayudaba a no pensar en los moratones que tenía en el brazo y en la mejilla. Seguramente debería sentirse agradecido por ello.
Cuando el castigo por fin acabó, el verdugo lo llevó a su habitación y lo encerró en ella. Los sirvientes ya habían estado allí para llevarse las sábanas y las almohadas de la cama. Solo quedaba esta y el orinal.
Cansado y dolorido, cojeó hasta la cama, pero ni siquiera podía tomar impulso para subirse a ella. De modo que se tumbó en el suelo de piedra mientras deseaba ser el hijo de otra persona. Detestaba ser un príncipe. Todos esperaban mucho de él, y además lo despreciaban por ser lo que era.
Hasta su hermana y su madre.
Ansiaba poder ser como los demás niños y salir a jugar aunque solo fuera una vez. Ansiaba que los otros niños lo recibieran como a un compañero de juegos más y que no salieran corriendo al verlo, por miedo o por odio. Mientras ellos jugaban con abandono, él tenía que aprender a hablar, leer y escribir atlante, griego, acadio, egipcio, sumerio y un millón de lenguas más que ni siquiera le importaban. Otros niños podían participar en competiciones divertidas mientras que él debía aprender a manejar con destreza la espada y a planear complicadas estrategias militares, de mano de unos instructores que lo detestaban más que los demás. Dichos instructores no dudaban en tirarlo al suelo, y les encantaba verlo sangrar.
«Arriba, señor. En la batalla, estaría muerto o capturado. Debe luchar contra los más fuertes para lograr el respeto de sus soldados y que así estén dispuestos a poner sus vidas a sus órdenes. Nadie sigue a un cobarde, por más grande que sea la corona que lleve...»
«No se ría, no es propio de un rey. No sonría porque lo tomarán por un blandengue o por un imbécil. Debe mantener la compostura y la dignidad en todo momento. Jamás baje la guardia. Son sus súbditos, no sus amigos, y es su futuro rey. Que no se le olvide.»
Ese tipo de sermón se repetía una y otra vez en su cabeza, acompañado de las voces de los dioses y de los terribles pensamientos de otras personas.
No le veía ningún beneficio a ser rey. No si para ello no se podía reír ni hacer... nada.
«Ojalá Aquerón fuera el heredero.»
Sin embargo, la vergüenza lo abrumó nada más pensarlo. Jamás le desearía semejante sufrimiento a su querido hermano. Bastante tenía Aquerón con lo suyo.
—Algún día seré rey —sollozó, al tiempo que estampaba un puño en el suelo.
Y cuando lo fuera, las cosas cambiarían mucho para los dos. Nadie los haría sufrir de esa forma nunca más.
Ni siquiera su hermana.
3 de febrero de 9541 a.C.
Ya entrada la madrugada, Estigio yacía en la cama intentando dormir, pero era imposible. Por si el dolor de cabeza no fuera suficiente, le habían dado una paliza a Aquerón por la terrible ofensa de mirar a los ojos a su padre cuando se cruzaron en un pasillo.
La espalda lo estaba matando por culpa de un dolor reflejo al de su hermano. No sabía cómo había conseguido aguantar toda la cena sin llorar y sin gritar. Una vez solo, por fin podía retorcerse y gemir sin temor.
«¿Por qué no me muero de una vez?», se preguntó.
Seguro que la muerte era mejor que vivir así. ¿Cómo se podía sufrir tanto sin acabar muerto o con la cabeza destrozada?
¿Cómo?
De repente se quedó sin aliento al escuchar que alguien se acercaba a su puerta. Se quedó helado. No podía ser Aquerón. Los dos sufrían demasiado como para abandonar sus respectivas camas.
La puerta se abrió y vio a su padre iluminado por el fuego de la chimenea. No podía ser nada bueno. Su padre nunca iba a verlo por la noche.
«¿Qué he hecho ahora?»
Una pregunta tonta. No había hecho nada. Lo correcto sería preguntar qué creía su padre que había hecho. Cerró los ojos con fuerza y fingió que dormía mientras rezaba para que su padre lo dejase tranquilo. En cambio, su padre se sentó en el borde de la cama. Estigio contuvo el aliento, aterrado por lo que eso significaba. ¿Por qué había ido su padre a verlo? ¿Qué podía querer de él a esas alturas de la noche?
«No he hecho nada...», dijo para sus adentros.
Llevaba semanas comportándose a la perfección. Era Aquerón quien desafiaba las reglas. Claro que no podía culparlo. Los dos estaban hartos del trato que recibían.
Su padre enterró los dedos en su pelo. Tenía una mano tan grande que podía ceñirle toda la cabeza con la palma.
Estigio abrió los ojos de golpe, a la espera del dolor que estaba convencido de que llegaría.
Sin embargo, su padre comenzó a acariciarle los rizos rubios y a jugar con ellos, apartándoselos de la cara. Tal vez no estuviera enfadado con él, después de todo. Con esa esperanza, miró a su padre a los ojos, pero no se atrevió a pronunciar palabra. En su mirada vio una extraña ternura, mezclada con preocupación.
—Me recuerdas muchísimo a Estes cuando era pequeño. Las cosas que dices y que haces... me traen a la cabeza nuestra infancia y eso hace que lo eche mucho de menos. Esta era su habitación por aquel entonces... —Su padre le acarició la frente con el pulgar mientras sonreía por los recuerdos.
De repente le llegó el hedor del alcohol que destilaba el aliento del rey. Su padre estaba borracho.
Se mordió el labio y rezó para que no sufriera uno de sus legendarios arranques de cólera, habituales cuando bebía.
—Era mi único amigo y sigue siéndolo. No sabes lo que se siente al contar con un hermano como él. Un hermano en el que puedes confiar plenamente, ya que sabes que nunca hará nada para traicionarte.
Su padre se equivocaba. Aquerón era el mejor amigo que se podía desear. Ni siquiera Estes se le acercaba.
El rey se inclinó más hacia él y lo miró con los ojos entrecerrados al tiempo que le aferraba la barbilla. Comenzó a moverle la cabeza para poder examinar su cara desde diferentes ángulos.
—Te pareces a nosotros, pero... ¿eres mi hijo de verdad?
—Padre...
—¡No me hables!
Estigio apretó los dientes con fuerza, atenazado por el pánico una vez más. ¿Qué iba a hacer su padre?
El rey apartó la manta para poder inspeccionar con rudeza todo el cuerpo de Estigio.
—Pareces tan humano...
Quiso gritar por el dolor que lo consumía cada vez que su padre tocaba las zonas de su cuerpecito que reflejaban la paliza que le habían dado a Aquerón. Sin embargo, no dejó que entreviera el dolor que sentía, ya que no tenía motivos aparentes para ello.
El rey lo colocó de espaldas. Estigio apretó todavía más los dientes al tiempo que se le llenaban los ojos de lágrimas. Tenía un motivo de peso por el que se había tumbado boca abajo. Con la respiración entrecortada, vio que se sacaba un puñal del cinto.
«¿Va a matarme?», se preguntó.
—Pero ¿eres humano? Tengo que saberlo.
Antes de que pudiera moverse o reaccionar de alguna forma, su padre le aferró un brazo con fuerza y le hizo un corte. Incapaz de reprimirse, Estigio lloró mientras la sangre brotaba de su brazo y empapaba las sábanas.
—¡Por la dulce Hera! —musitó el rey—. ¿Qué he hecho? —Aferró el brazo herido de Estigio en un intento por contener la hemorragia—. Lo siento mucho, Estigio. Perdóname, muchacho. —Con manos temblorosas, le cubrió la herida con un jirón arrancado de la sábana y después lo acunó entre sus brazos mientras Estigio sollozaba en silencio—. Tranquilo, pequeño. No pasa nada. No pasa nada...
No obstante, sí que pasaba, y Estigio lo sabía. Desde el momento de su nacimiento, había dudado de su paternidad. Si no lo hacía con palabras, lo hacía con expresiones hoscas que no ocultaba cuando se encontraban a solas.
—No es culpa tuya, muchacho. Es ese bastardo. Él tiene la culpa de todo. Él es el que me hace dudar de ti. Cada vez que veo su cara... me entran ganas de matar a alguien.
Pero no solo era la cara de Aquerón. También era la suya.
Su padre le acarició la cabeza con una de sus grandes manos y le dio un beso en la frente y otro en la mejilla.
—Eres mi niñito. El heredero por el que recé y por el que hice sacrificios ante los dioses. Sé que lo eres. Sé que lo eres. —Se le llenaron los ojos de lágrimas mientras lo miraba con recelo—. ¿Verdad?
¿Cómo contestar semejante pregunta cuando ni siquiera él estaba seguro? El rey sospechaba algo que él sabía que era cierto. Que tenía algo raro. Que no era normal. Aunque Aquerón tenía los ojos de un dios, él era quien padecía dolores por las heridas que recibía su hermano. Él era quien escuchaba los pensamientos de los demás. Escuchaba las voces de los dioses con muchísima más insistencia que Aquerón. Percibía las emociones de los demás y sus intenciones, incluso cuando intentaban ocultarlas, y sabía qué tiempo iba a hacer sin equivocarse.
Aunque lo peor de todo eran los espantosos dolores de cabeza que lo atormentaban en todo momento.
«A lo mejor no soy humano...», pensó.
A decir verdad, Aquerón parecía muchísimo más normal que él.
—¡Contéstame! —rugió su padre—. ¿Eres hijo mío?
Solo había una respuesta posible. Ya fuera correcta o no.
—Sí...
El rey apoyó la barbilla sobre su cabeza y lloró sin dejar de acunarlo. No lo soltó hasta que casi rayaba el alba. Después dejó a Estigio en la cama y lo arropó con las sábanas manchadas de sangre como si nada hubiera pasado. Tras besarlo en la frente, le dio un apretón en el hombro y lo dejó solo.
Asustado y dolorido, Estigio se miró el vendaje improvisado que su padre le había puesto en el brazo. Se lo apartó con mano temblorosa para confirmar lo que sospechaba, que la espantosa herida ya estaba cerrándose. Al final del día habría desaparecido casi por completo y apenas quedaría una cicatriz como señal.
«Soy tan humano como Aquerón», se dijo.
El rey lo mataría si alguna vez descubría la verdad.
30 de agosto de 9541 a.C.
Estigio abrió la puerta de su dormitorio y se encontró con Aquerón al otro lado. Soltó un suspiro aliviado.
—Gracias a los dioses que eres tú.
—¿Por qué has cerrado la puerta otra vez?
Se encogió de hombros, ya que no quería contarle a nadie, ni siquiera a Aquerón, la visita que el rey le había hecho aquella noche. Desde febrero se aseguraba de cerrar la puerta y bloquearla todas las noches para no recibir otra sorpresa desagradable.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Estigio en un intento por distraer la atención de su hermano de una pregunta que no pensaba responder.
—Te he traído el regalo de Estes. Te lo has dejado abajo. Después de lo del año pasado, quería asegurarme de que te quedaras con este.
Estigio aceptó el caballito de madera que Aquerón tenía en la mano y esbozó una sonrisa que no sentía.
«No te mereces nada hasta que aprendas a comportarte con educación y honor.» Las crueles palabras de su padre aún lo atormentaban.
—Gracias, Aquerón.
Cruzó la estancia para dejar el caballito sobre el arca que tenía junto a la ventana, donde guardaba su colección. Después de la pesadilla del año anterior ya no sentía lo mismo por sus caballos de madera. En vez de ser una fuente de orgullo y de placer, le recordaban que su padre lo obligó a quemar el precioso caballo atlante que Estes le había regalado mientras le dolían las piernas por la paliza y el ego por haberse orinado encima. Y todo mientras Ryssa se reía complacida al ver que lo obligaban a destruir su regalo por haberla «insultado».
Suspiró y se alejó del arca.
—Un collar de perlas de parte de los dos.
Aquerón frunció el ceño.
—¿Qué?
Estigio también frunció el ceño.
—¿Cómo que qué? Me has preguntado qué le voy a regalar a madre por su cumpleaños.
—No, no lo he hecho. Pero estaba pensando en preguntártelo.
Estigio apretó los dientes al darse cuenta de que le había leído el pensamiento a Aquerón.
«A ver si tienes más cuidado», se dijo. Semejante desliz con otra persona podría ser fatal.
—Seguro que es porque somos gemelos. —Una excusa segura cuando estaba con Aquerón. Su hermano aceptaba la explicación sin ponerla en duda y sin malicia.
Cogió el cofrecillo de madera que tenía encima de la mesa y lo acercó a Aquerón.
—¿Quieres dárselo tú?
Su hermano negó con la cabeza.
—Será mejor que lo hagas tú. Creo que le gustará más.
Estigio preferiría no tener que verla. Su madre casi siempre lo miraba como si no existiera.
—¿Acabamos con esto de una vez?
—Como tú quieras.
«La verdad es que preferiría que me sacaran los ojos y me los dieran de comer», pensó Estigio.
Sin embargo, ser rey también consistía en hacer cosas que no se querían hacer sin quejarse y sin titubear. Con la cabeza en alto. La espalda erguida. Sin demostrar emoción. «Aunque solo tengas siete años.»
Estigio se pegó el cofrecillo al pecho, temiendo el resultado.
—A lo mejor está inconsciente y podemos dejárselo a una de sus doncellas.
Con la esperanza de que sucediera lo mejor, cogió a Aquerón de la mano y lo condujo por los pasillos del palacio hasta los aposentos de su madre.
Una vez en la puerta Estigio titubeó tanto que Aquerón lo rodeó y llamó en su lugar. Al cabo de un momento la doncella de mayor edad abrió y los miró con el gesto torcido.
Estigio hizo caso omiso de su desdén.
—Hemos venido para desearle un feliz cumpleaños a la reina. ¿Está despierta?
Sin mediar palabra, la doncella retrocedió y abrió la puerta lo bastante para permitirles el paso a ambos. Su madre estaba sentada en una silla junto a la ventana, con la vista clavada en el exterior.
Como no estaba seguro de su estado de ánimo, Estigio dudó. ¿Por qué le fallaban los poderes cuando más los necesitaba?
—¿Está sobria? —le susurró Aquerón al oído.
—No lo sé.
Su madre soltó un suspiro exasperado.
—Dejad de cuchichear. Si no os acercáis, ya podéis iros. A ser posible que sea lo último.
Estigio hizo ademán de marcharse.
Aquerón le dio un empujón para que avanzara.
«Gracias, hermano...», pensó.
De modo que cruzó la estancia y le ofreció el cofrecillo.
Su madre lo miró con el ceño fruncido.
—Feliz cumpleaños, madre —dijeron al unísono.
Una sonrisa muy infrecuente iluminó el rostro de la reina mientras aceptaba la caja y la abría para descubrir el collar de perlas que Estigio había comprado en el mercado. Con la esperanza de complacerla, había hecho un trueque con uno de sus caballitos tallados.
—Gracias. —Le dio un abrazo frío y sin sentimiento.
Con los ojos como platos, Estigio miró a Aquerón, que estaba boquiabierto. Antes de darse cuenta de lo que pensaba hacer su hermano, Aquerón dio un paso al frente.
—Feliz cumpleaños, madre. —Aquerón hizo ademán de abrazarla.
Gritando por la rabia, su madre lo abofeteó con fuerza.
—¡Aléjate de mí, monstruo asqueroso!
Estigio comenzó a sangrar por la nariz como si fuera una fuente, con la mejilla, la cabeza y el ojo doloridos. Joder, para ser una borracha su madre pegaba bien fuerte.
La reina siguió chillándoles mientras ellos corrían hacia la puerta y se alejaban por el pasillo. No se detuvieron hasta llegar al final de la escalera.
Entre jadeos, Aquerón se volvió para mirarlo.
—¿Por qué me hacen eso?
—No lo sé. Están locos.
—¡En nombre de Zeus! ¿Qué te ha pasado?
Estigio dio un respingo al escuchar la furiosa voz de su padre y procedió a limpiarse la sangre de la cara. Se estremeció al ver las manchas rojas en su quitón blanco. Pocas cosas molestaban más a su padre que verlo desaseado en público.
—¿Le has pegado? —acusó su padre a Aquerón.
Su hermano negó con la cabeza.
—¡Mentiroso! —Hizo ademán de aferrarlo del brazo.
—¡Padre, no! —Estigio se plantó delante de él para que no atacara a su hermano.
Aquerón esquivó las manos de su padre y subió la escalera volando para quitarse de en medio.
El rey hizo ademán de correr tras él, pero Estigio lo agarró del brazo y se lo impidió.
—No ha sido él, padre. Solo es otra hemorragia nasal. Me pasa constantemente.
—¿Jerjes?
Estigio apartó la mirada de su padre y vio que su tío se acercaba a ellos.
—Por favor, tío, dile que Aquerón no me ha hecho daño. No es nada.
Estes miró con escepticismo a Estigio y luego miró al rey.
—Pues a mí no me parece «nada», muchacho. De hecho, tienes una herida bastante fea en la cara. Es evidente que alguien te ha pegado.
—No ha sido Aquerón. —Estigio soltó a su padre para poder pellizcarse la nariz y contener la hemorragia—. Me pondré bien, padre. Siento mucho el jaleo. —Con la esperanza de haberle proporcionado a Aquerón el tiempo necesario para esconderse, los dejó y se dirigió a su habitación para limpiarse la nariz y cambiarse de ropa.
Apenas había terminado de vestirse cuando escuchó que Aquerón y Ryssa empezaban a gritar. En nombre de todos los dioses, ¿qué pasaba?
Por regla general, era él quien gritaba con Ryssa. No era propio de Aquerón enfadarse con su hermana. Sin embargo, en cuanto salió de su dormitorio se dio cuenta de que se trataba de algo muchísimo peor que una pelea entre hermanos...
Varios soldados arrastraban a su hermano por la escalera en dirección a la puerta principal. Aterrado, Estigio corrió hacia ellos. No los alcanzó hasta llegar al camino. Intentó llegar hasta su hermano, pero su padre lo retuvo mientras Estes se llevaba a Aquerón en brazos.
Estigio fulminó a su padre con la mirada.
—¿Qué pasa?
—Estes se lo lleva para vivir en la Atlántida.
Ese fue un golpe todavía más duro que el que seguía resonando en su mejilla.
—¿Qué? ¡No! ¡No!
Estigio intentó soltarse de las manos de su padre a fin de alcanzar a su hermano, quien a su vez se retorcía contra Estes con la misma fuerza.
—Es lo mejor. Representa un peligro para todos nosotros, sobre todo para ti.
¿Por qué eran tan idiotas? Su hermano era el único que jamás le haría daño a conciencia.
—¡Aquerón! ¡Por favor, padre! ¡No me quites a mi hermano! ¡Por favor!
—¡Estigio!
Aquerón tenía los brazos extendidos hacia él mientras Estigio hacía todo lo que estaba en su mano por alcanzarlo.
Nadie les hizo caso. Ni se apiadaron de ellos.
Con el corazón destrozado, Estigio se debatió contra su padre mientras veía cómo su tío y su hermano se alejaban hasta perderse de vista. Y mientras se alejaban, supo que Estes no solo le había quitado a su hermano.
Se lo había quitado todo...
Destrozado por la pérdida de Aquerón, Estigio abrió la puerta del dormitorio de Ryssa. Los sollozos de su hermana eran desgarradores. Llevaba muchísimo rato llorando y dando rienda suelta a la misma pena que sentía él. Pero en su caso, si lloraba por Aquerón como su hermana, su padre lo azotaría.
La desoladora soledad era espantosa. Era como si alguien le hubiera cortado un brazo para darle una paliza con él. Se sentía perdido y traicionado. Sin Aquerón, no tenía a nadie en quien confiar. A nadie con quien hablar. A nadie que lo abrazara o se asegurara de que estaba bien cuando se había hecho daño.
Estaba solo y absolutamente desesperado por aferrarse a algo, aunque eso significara abrazar a la hermana que lo odiaba.
—¿Ryssa?
Su hermana se apartó de la niñera que la había estado abrazando en un intento por reconfortarla. Tras tomar una temblorosa bocanada de aire lo fulminó con la mirada, como si él tuviera la culpa de que Aquerón se hubiera ido.
—¿Qué quieres, monstruo egoísta?
Estigio se mordió el labio, indeciso. Ryssa tenía unos cambios de humor muy bruscos. Pero ¿qué tenía que perder?
—Yo también podría ser tu hermanito... como Aquerón.
Ryssa torció el gesto mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas.
—¿Tú? Tú tienes la culpa de que me hayan arrebatado a mi hermano. Que tengas su misma cara no significa que seas como él. Tú nunca podrás ser mi Aquerón. Solo eres una copia barata de él. Quítate de mi vista. Me das asco. —Su hermana dio un alarido y enterró la cabeza en el hombro de su niñera. La anciana le dio unas palmaditas cariñosas, sin prestarle atención a Estigio.
—Pero yo también podría quererte, hermana. Si me dejaras.
Ryssa se levantó de golpe con un grito y lo cogió del brazo.
—No quiero tu amor, imbécil. No sabes cómo querer a los demás. Solo te quieres a ti mismo. —Lo sacó a empujones de la habitación y le cerró la puerta en las narices.
A Estigio le temblaron los labios mientras miraba la puerta cerrada con lágrimas en los ojos.
—Podría aprender a querer si alguien me enseñara a hacerlo —dijo en un susurro.
Sin embargo, nadie deseaba quererlo. Lo tenía muy claro. La única persona que lo había querido ya no estaba. Se la habían arrebatado.
«No tengo a nadie», se dijo. Y detestaba estar solo. Los gemelos no nacían para estar separados. Solo era la mitad de un todo.
Hermanos. Para siempre.
Ese era su pacto. Estigio se secó las lágrimas mientras se dirigía a la habitación de Aquerón. Pero allí no quedaba nada. Estaba vacía, al igual que su corazón y su alma. La única posesión que habían dejado olvidada era la almohada ajada de Aquerón.
Con el rostro húmedo por las lágrimas, se acercó a la cama y abrazó la almohada antes de marcharse a su propio dormitorio. Una vez allí y tras colocar la almohada de Aquerón en el suelo, junto a la pared, se mordió los puños para acallar los sollozos. Acto seguido se tumbó en el suelo con la espalda y los pies pegados a la pared, para fingir que era su hermano a quien tenía detrás. Sin embargo, la pared era muy fría y si bien la almohada olía a Aquerón, no era lo mismo.
No podía cogerle la mano ni murmurarle palabras reconfortantes. Solo era una almohada.
Su hermano había desaparecido de su mundo. El dolor era tan agónico que no podía soportarlo. Era como si alguien le hubiera metido la mano en el pecho para arrancarle el corazón.
—¿Qué voy a hacer?
Miró los caballitos de madera y reparó en el que Aquerón le había llevado ese mismo día. La rabia hizo que lo viera todo rojo. ¿Cómo se atrevía Estes a darle un caballito y a llevarse a Aquerón? ¿Acaso creía que un ridículo juguete podría sustituir el amor de su hermano?
¿Lo creía?
Incapaz de soportarlo, corrió hacia el arca y destrozó los caballitos tallados. Los pisoteó hasta convertirlos en astillas. No quería volver a verlos. ¡En la vida!
Cuando llegó al último, se quedó inmóvil. Era el caballito que Ryssa le había regalado a Aquerón por su cumpleaños dos años antes.
«¿Me lo guardas, Estigio? Lloraría si se perdiera.»
Lo cogió y lo acunó contra su pecho.
—No dejaré que le pase nada malo, Aquerón. Estará aquí cuando vuelvas. Te lo prometo.
Daba igual dónde vivieran o lo lejos que estuvieran el uno del otro, seguían siendo hermanos.
Para siempre.
18 de junio de 9537 a.C.
Cuatro años después
Con un hondo suspiro, Estigio siguió examinando la mercancía del vendedor en busca de algo que pudiera gustarle a su hermana. Por desgracia, Ryssa poseía todas las cosas imaginables.
Se fijó en un collar y titubeó.
—Alteza, no tenéis suficiente dinero para pagarlo.
Estigio se estremeció al escuchar el desdén con el que le había hablado su ayuda de cámara, que se regodeaba por el hecho de poder decirle algo así. En voz alta. Algunos clientes que se encontraban cerca rieron entre dientes al escuchar el comentario.
Estigio gruñó y se apartó del collar. Detestaba sentirse avergonzado. Bastante lo sufría con su hermana, su madre, sus tutores y sus instructores. Solo le faltaba que otro sirviente lo humillara también en público.
Aunque le había pedido un préstamo a su padre, el rey se había negado en redondo.
«Si quieres más dinero, trabaja duro para conseguirlo.»
Una empresa difícil dada la pesada carga de sus estudios, de las audiencias reales a las que debía asistir, de su entrenamiento militar, de las lecciones de estrategia y de las obligaciones religiosas.
Por si fuera poco, además trabajaba veintidós horas semanales.
Aunque rara vez le pagaban por ello.
—Alteza, aquí hay otras mercancías más baratas que seguro podéis permitiros.
Estigio se encogió al escuchar el tono altivo de su sirviente.
Renuente a que siguiera avergonzándolo, se marchó sin mediar palabra.
Su ayuda de cámara lo siguió con el mismo porte altivo.
—¿Alteza? ¿Habéis...?
—Márchate —le soltó Estigio tan pronto como salieron de la tienda—. Vuelve al palacio ahora mismo, sirviente. Ya te he soportado bastante por hoy.
—¡Estigio! —exclamó Ryssa, que daba la casualidad de que pasaba por la calle en ese mismo momento.
«¡Por todos los dioses! ¿Por qué?», pensó él.
Estigio ni siquiera la miró, pues no estaba dispuesto a claudicar en ese asunto. Como si no fuese suficiente con las humillaciones y las burlas de los demás. No pensaba tolerar que los sirvientes se rieran también de él en público.
—El guardia me acompañará. Tú te marchas. ¡Ahora mismo!
El ayuda de cámara lo miró furioso, pero se vio obligado a obedecerlo.
Ryssa agarró a Estigio del brazo, clavándole las uñas de tal forma que cuando las apartara le dejaría la marca.
—¡Has sido muy grosero!
¿Y agarrarlo del brazo en público no lo era?, pensó.
—Suéltame —masculló.
Ryssa lo aferró con más fuerza.
—A padre le dará un ataque si te ve sin tu ayuda de cámara.
—Tengo a los guardias.
Ryssa lo alejó de un empujón.
—De acuerdo. Espero que te pille, monstruo. Te lo mereces. —Y sin más palabra, se volvió hacia su escolta y se marchó.
Estigio se frotó los arañazos que le había hecho con las uñas. La verdad, a esas alturas no le apetecía comprarle un regalo. Pero si no lo hacía, su padre se enfadaría.
Al fin y al cabo, era lo que se esperaba.
«Será mejor que me dé prisa», se recordó.
Ryssa no tardaría mucho en contarle a su padre lo sucedido. No le cabía la menor duda. Siempre lo hacía. Con el corazón desbocado por el temor de que lo pillaran en público sin su sirviente, entró en la tienda más próxima, donde solía comprarle regalos a su padre.
Le sorprendió encontrar al maestro Praxis en el interior. Pero claro, puesto que a esa hora supuestamente debería estar en clase con él, era lógico que el hombre aprovechara el tiempo libre para hacer recados.
Su tutor lo saludó con una inclinación de cabeza.
—Príncipe Estigio... ¿Cómo ha ido la búsqueda del regalo?
—Infructuosa de momento, señor. Pero espero encontrar algo aquí.
—Si me permitís ayudaros...
Estigio le sonrió.
—Con gusto, maestro Praxis. De otra forma, no llegaré a tiempo para el banquete en honor de mi hermana.
Su tutor le devolvió la sonrisa.
—En ese caso, disfrutaremos de una lección de economía.
Estigio estaba muy agradecido por su ayuda.
El mercader salió de la trastienda con un anillo para el maestro Praxis.
—Saludos, príncipe.
—Saludos, maese Claudio —replicó Estigio, que comenzó a deambular por el establecimiento para echar un vistazo a los collares mientras su tutor realizaba su compra.
—Veo que no habéis venido a comprar un regalo para Su Majestad —dijo el mercader en cuanto se acercó para ayudarlo.
—Cierto, señor. He venido a comprarle algo a mi hermana.
—Ah. Su Alteza estuvo aquí hace un rato. —Sacó un par de peinetas adornadas con perlas. Eran muy bonitas y llevaban un grabado muy complicado—. Son piezas únicas. Le gustaron mucho, pero dijo que tendría que consultarlo con vuestro padre.
Estigio se mordió el labio.
—¿Cuánto cuestan?
—Para vos, alteza, un tetradracma.
—Un poco caro, ¿no? —comentó el maestro Praxis, que se acercó a ellos.
—Son las perlas, las más delicadas que existen. Y el oro y la plata. Además de la calidad de la orfebrería. Es inigualable.
Estigio suspiró al tiempo que se ruborizaba por el bochorno.
—Me temo que no tengo esa cantidad.
—¿Cuánto podéis gastaros? —quiso saber el comerciante.
—La mitad de lo que pides. —Había llevado todos sus ahorros, incluyendo el dinero que había guardado para comprarse un juego de dados la semana siguiente, con ocasión de su cumpleaños.
—¿Os interesaría hacer un trato?
Estigio titubeó y acabó asintiendo con la cabeza.
—El dinero que lleváis consigo más... la fíbula.
El precio que le pedía maese Claudio hizo que se le encogiera el corazón. La fíbula, el broche prendido en el quitón, era un regalo que el rey le hizo el año anterior y se encontraba entre sus más preciadas posesiones. Se mordió el labio, indeciso.
El maestro Praxis frunció el ceño.
—Es un precio elevado, alteza. ¿Le gustaría a vuestra hermana un brazalete?
Ryssa tenía cajones llenos de pulseras.
—¿De verdad le han gustado las peinetas? —le preguntó al comerciante.
—Os lo aseguro.
Estigio echó un vistazo a su alrededor, pero no vio nada tan bonito. Y si no contentaba a Ryssa, su padre montaría en cólera.
«Un rey debe sacrificarse por el bien de los suyos.»
Era lo que se esperaba de él.
Miró al maestro Praxis.
—El bien común es preferible al bien individual.
Sin embargo, le encantaba su fíbula.
Y detestaba a su hermana.
Acarició el broche, que era la única pieza ornamental propia de un adulto que poseía.
«Debemos malcriar a nuestras mujeres, muchacho. Una mujer feliz es sinónimo de un hogar feliz. Y un hogar infeliz nos empuja a la bebida.»
Sintió un nudo en el estómago por la pérdida, pero asintió con la cabeza mientras se quitaba el broche. Tras entregárselo al mercader junto con las monedas, maese Claudio hizo que su aprendiz colocara las peinetas en un cofrecillo.
—Alteza, su hermana estará encantada —le aseguró.
El maestro Praxis parecía tan encantado con la compra como lo estaba Estigio.
—Gracias —replicó él, que cogió las peinetas y se marchó.
El maestro Praxis lo siguió.
—Alteza, ¿os gustaría que os acompañara hasta el palacio?
—Sí, por favor. Gracias, maestro.
Mientras caminaban, su tutor repasó la lección de filosofía que había sido suspendida ese día a fin de que Estigio pudiera atender sus otras obligaciones.
Cuando llegaron al palacio, su padre lo esperaba en el vestíbulo con el ceño fruncido, una expresión que le provocó a Estigio un nudo en las entrañas.
—¿Dónde está tu ayuda de cámara?
—Lo mandé de vuelta al palacio hace un buen rato.
—Mírate. En público... avergonzándome. —Jerjes le arrancó la clámide, que Estigio se sostenía con una mano ya que carecía de broche que la sujetara—. ¿Dónde está la fíbula que te regalé?
Estigio intercambió una mirada con el maestro Praxis y le suplicó con la mirada que no le contara a su padre lo que había hecho. Si el rey se enterara de que había intercambiado el broche con un mercader de poca monta se enfurecería aún más.
—La he perdido, padre.
—¡Que la has perdido! —exclamó su padre, que soltó una maldición—. Sube a tu habitación y ponte presentable.
Estigio se encaminó hacia la escalera y vio a Ryssa en el pasillo, con expresión ufana. Estuvo tentado de arrojarle el regalo a la cara.
Pero el coste sería mayúsculo.
Estigio hizo caso omiso de su hermana y se dirigió a su dormitorio, donde lo aguardaba el ayuda de cámara. Mientras recolocaba su atuendo, el hombre se las arregló para pincharle y dejarle algún que otro moratón «sin querer».
El sirviente chasqueó la lengua al descubrir la ausencia de la fíbula y sacó del cofre de madera el broche de latón que Estigio había llevado cuando era pequeño. Acababa de colocarle de nuevo la clámide cuando el rey entró en el dormitorio.
—Déjanos a solas.
Estigio contuvo el aliento, aterrado por el tono de voz de su padre.
—Puesto que has demostrado ser un irresponsable, pienso enviar de vuelta al mercader tu regalo de cumpleaños. No tiene sentido regalarte algo hasta que no aprendas a valorar las cosas.
Estigio abrió la boca para protestar, pero se contuvo a tiempo. Su padre no lo escucharía.
—Sí, padre.
—El maestro Praxis te aguarda en tu gabinete. Te sugiero que no lo hagas esperar.
Con cuidado de no echar a correr, ya que eso era propio de campesinos, Estigio se dirigió al gabinete del fondo del pasillo, donde su tutor lo esperaba con expresión severa.
—¿Por qué no le habéis dicho al rey lo que habéis hecho con la fíbula, príncipe?
Porque un broche perdido solo le costaría un regalo de cumpleaños. Un broche intercambiado le reportaría una azotaina brutal.
—Los trueques son propios de los campesinos. El rey habría montado en cólera de haber descubierto que fui de compras sin tener suficiente dinero.
—Alteza, el dinero que llevabais era más que suficiente. El coste de las peinetas era excesivo y me asombra que no le comprarais otra cosa a vuestra hermana.
Estigio soltó un suspiro frustrado y le explicó el dilema a su tutor.
—Si mi padre hubiera ido a la tienda para comprarlas, algo muy probable porque Ryssa es propensa a quejarse hasta la saciedad, y el mercader le hubiera dicho que las rechacé y compré algo más barato, aunque mi hermana hubiera dejado bien claro que las deseaba y que maese Claudio lo había puesto en mi conocimiento, me encontraría ahora mismo en un problema más grave. Aunque mi padre espera y acepta que Ryssa suplique dinero para comprarse joyas, yo no puedo hacerlo. Un príncipe siempre debe parecer rico y respetable. Esto —añadió al tiempo que señalaba la fíbula de latón— ha sido el mal menor.
Con el ceño aún fruncido, el maestro Praxis suspiró.
—Nuestra lección de hoy trataba sobre Escila y Caribdis, pero creo que debemos cambiar de tema. Ya conocéis de primera mano el dilema de veros atrapado entre la espada y la pared, y veros obligado a surcar las traicioneras aguas que las separan.
21 de junio de 9537 a.C.
Estigio se encontraba en su gabinete, repasando su progreso semanal con su padre y con el maestro Praxis cuando Ryssa entró en tromba. Al principio, Estigio temió que estuviera enfadada. Sin embargo, al acercarse se percató de su alegre sonrisa.
—¡Padre, mira lo que acaba de traer un mensajero! —exclamó muy contenta mientras separaba las manos para mostrarle las peinetas que Estigio había comprado—. ¡Me las ha enviado Aquerón! ¿A que es el mejor hermano del mundo?
El maestro Praxis se quedó boquiabierto, mirando a Estigio, quien se llevó un dedo a los labios para indicarle a su tutor que no lo delatara.
—Son preciosas, Ryssa.
Su hermana lo miró con desdén mientras se las colocaba en el pelo y después se volvió hacia su padre.
—¡Las llevaré esta noche durante el banquete! Y en todos los banquetes a los que asista de ahora en adelante. ¿Cómo ha averiguado que esto era lo que quería? ¿A que son preciosas, padre? ¡Estoy deseando enseñárselas a matisera! —Salió corriendo del gabinete en dirección a los aposentos de su madre.
El rey miró a Estigio con el ceño fruncido.
—¿Qué le has comprado a tu hermana?
—No he tenido tiempo, padre. Lo siento.
La mirada que le lanzó su padre le prometió un castigo digno de las Erinias.
—En ese caso, te sugiero que encuentres algo ¡y rápido! Ya hablaremos de esto más tarde.
Un eufemismo para la azotaina que le esperaba.
—Sí, padre.
—Largo. Fuera de mi vista.
Estigio recogió sus rollos de pergamino y el maestro Praxis salió con él del gabinete.
—Alteza, me encuentro perplejo.
Estigio levantó la cabeza y señaló hacia Ryssa, que estaba enseñándole las peinetas a sus doncellas.
—Si el regalo fuera mío, no estaría tan contenta, te lo aseguro. Las habría guardado en un cofre y no se las habría puesto jamás. Significan mucho más para ella si son un regalo de mi hermano.
—Pero habéis pagado un precio elevado por ellas y no sólo en metálico... —La mirada de su tutor se posó sobre su costado, allí donde la clámide se había abierto, dejando expuesta su piel amoratada.
Estigio se apresuró a colocarse bien la prenda antes de que alguien más lo viera.
—Maestro Praxis, los regalos tienen como propósito contentar a la persona que los recibe, no a quien los entrega. Y si el precio que debo pagar es tan elevado, prefiero ver que mi hermana disfruta con sus peinetas antes que ver que las desprecia.
—Alteza, sois un buen muchacho. Y espero que el regalo que os haga vuestra hermana sea tan noble como el que le habéis hecho vos.
Estigio contuvo un resoplido desdeñoso. Ryssa ya le había dado su regalo. Un sermón hiriente con las razones por las que ese año no merecía recibir nada.
Pero no le importaba. A diferencia de Ryssa, él no valoraba los objetos materiales que tarde o temprano alguien le arrebataría o destruiría para castigarlo.
30 de agosto de 9536 a.C.
Un año después
—¡Arriba, suagroi inmundo!
Estigio lo vio todo rojo al escuchar que lo acusaban de retozar con cerdos. Se levantó del suelo, adonde lo habían arrojado violentamente, fulminó a Galen con la mirada y se preparó para el siguiente asalto del juego llamado «Mandar al Príncipe al Olvido».
—¿Suagroi? Lo siento, maese Galen, pero tu mujer es demasiado vieja para mí.
Eso consiguió la reacción deseada. Galen enloqueció y lo atacó.
Con rapidez y rabia, descargando golpe tras golpe, Galen contrarrestó sin problemas los mandobles del xiphos de Estigio al tiempo que destrozaba las partes de madera y retorcía las partes metálicas de su hoplon alrededor de su brazo, con golpes que habrían partido un árbol en dos. Algo que indicaba la legendaria fuerza de Galen. Estigio se las vio y se las deseó para no acabar muerto. A la postre, soltó el xiphos, que no lo ayudaba en absoluto a mantenerse firme, y sujetó con ambas manos el escudo a fin de evitar que el antiguo soldado lo masacrara. Un hombre que le sacaba más de una cabeza y que pesaba seis veces más que él. De hecho, uno solo de los enormes brazos de Galen era tan grueso como su cintura.
Menos mal que el hoplon era más un arma que una protección...
Su debilitado brazo izquierdo aún no se había curado del todo de la fractura que le provocó Galen varios meses antes, de modo que se resintió y amenazó con doblegarse al feroz ataque.
Con un rugido furioso, su instructor le dio una patada tan fuerte que lo levantó del suelo y lo tiró de espaldas. Estigio se dio tal costalazo que el aire se le escapó de los pulmones, como si alguien se los hubiera aplastado.
Aturdido por el dolor, miró a su instructor a través de las protecciones de su casco de bronce. Galen le arrancó el hoplon del brazo, provocándole más dolor, y lo tiró a un lado antes de comenzar a patearle las costillas con toda su fuerza.
Tenía los brazos tan doloridos e insensibles por los golpes previos que ni siquiera fue capaz de protegerse.
—¿Así es como responde a los ataques, señor? ¿Tira su xiphos y luego se esconde detrás de su hoplon como un ratón asustado? ¿Qué cree que le haría un enemigo si reacciona así durante una batalla?
«Con suerte, me matará», pensó.
—Vamos, ¿le ha comido la lengua el gato?
A su lengua no le pasaba nada, pero todavía necesitaba coger el aire suficiente para hablar.
—¡Ya basta!
Galen le asestó una última patada a Estigio en la entrepierna antes de acatar la orden del rey.
Estigio se cubrió la entrepierna mientras todo le daba vueltas y sentía la bilis en la garganta. Joder, eso había dolido. El viejo pegaba más fuerte que un rinoceronte.
Su hoplomaco hizo una profunda reverencia mientras él se retorcía de dolor en el suelo.
—Majestad. ¿A qué debo este honor?
—Quería comprobar los progresos que mi hijo... no está haciendo. Ahora, déjanos.
Tras fulminar con la mirada a Estigio para dejarle claro que se vengaría por hacerle quedar mal ante el rey, Galen inclinó la cabeza y se marchó a toda prisa.
Sin dejar de toser y de jadear, Estigio rodó en el suelo y se obligó a ponerse en pie. Tras quitarse la mano de la entrepierna, se irguió aunque lo único que quería era tumbarse hasta haber recuperado el aliento.
El asco y el desdén de su padre le dolieron todavía más que la última patada de Galen. Escupió la sangre que brotaba de sus dientes sueltos al suelo.
—¿Qué es lo que acabo de presenciar? —gruñó su padre.
«Que tu antiguo polemarca me ha dado una paliza», pensó.
¿Acaso estaba ciego? Estaba sobradamente justificado que Galen hubiera liderado en otro tiempo todo el ejército de Dídimos. El viejo buitre, que era más fuerte que Atlas, jamás había sido derrotado.
Mucho menos por un niño escuálido.
Su padre le golpeó la coraza con tanta fuerza que se vio obligado a retroceder un paso.
—¿Has tirado tu xiphos?
—Intentaba protegerme —adujo Estigio.
Su padre le quitó el casco de malos modos y lo tiró al suelo, asqueado. Lo golpeó en el pecho una vez más.
—No eres digno de llevar una armadura tan buena. La deshonras. —Sus ojos azules echaron chispas un momento antes de darle tal revés en la cara que le echó la cabeza para atrás—. ¡Cobarde!
Estigio se enfrentó a su padre sin miedo y se lamió la sangre de los labios antes de limpiársela con el dorso de la mano.
—Solo soy un niño, padre. No un soldado.
Solo tenía doce años... Galen poseía sandalias más viejas.
Su padre lo agarró del pelo y lo obligó a acercarse.
—Me has avergonzado con ese despliegue de miedo afeminado —le gritó al oído—. Creía que estaba educando a un rey, no a una reina. Debería obligarte a luchar vestido como tu hermana y con sus pendientes. —Lo apartó de un empujón, hacia los vestuarios—. Cámbiate de ropa, ve a ver a tu madre y tranquilízala. Después serás azotado por tu cobardía y tu insolencia. ¿Entendido?
Estigio lo saludó con el gesto más sarcástico del que fue capaz.
—Entendido... padre.
«Imbécil», quería decir.
La expresión de su padre prometía venganza. Que así fuera... No había conseguido alcanzar las expectativas del rey.
«Joder, menuda sorpresa», pensó.
Asqueado consigo mismo, Estigio recogió el casco y el hoplon. Cuando hizo ademán de coger la espada, su padre le asestó una patada y lo tiró al suelo.
—No te has ganado el derecho de tocar un xiphos de Dídimos, ni siquiera uno de entrenamiento, y no voy a permitir que tu mano débil y afeminada lo mancille. —El rey cogió la espada y se marchó. Se la dio a Galen al salir de la zona de combate.
Con un suspiro, Estigio se puso en pie, recogió el hoplon dañado y el casco, y después se dirigió con paso renqueante al vestuario para cambiarse de ropa.
Galen se encontró con él en la puerta.
Sin mediar palabra, Estigio le ofreció al veterano soldado el torcidísimo escudo negro. Un hoplon que carecería de decoración hasta que Estigio demostrara ser merecedor de un símbolo de batalla.
Al paso que iba, no lo conseguiría en la vida.
Aterrado por lo que le esperaba, dejó el casco en el maniquí de paja antes de empezar a desvestirse. Se limpió más sangre de la boca con el dorso de la mano, antes de lamerse la herida que su padre le había hecho.
Galen se detuvo a unos pasos de él.
—¿Qué le ha dicho el rey?
—Que me van a azotar por mi cobardía.
Para su asombro, Galen hizo una mueca.
—No debería haber perdido el control, señor.
Estigio resopló.
—Mis enemigos no se van a contener. ¿Por qué ibas a hacerlo tú?
Galen meneó la cabeza y miró el brazo de Estigio cuando este se quitó los brazales de bronce.
—¡Por la dulce Hera!
Estigio se miró el brazo izquierdo y se dio cuenta de que lo tenía hinchadísimo. En ese momento era incluso más grande que el de Galen. Las cintas de los brazales se le habían clavado tanto que tenía moratones a su alrededor.
—¿Se lo ha vuelto a romper?
Estigio abrió y cerró el puño antes de mover la muñeca y flexionar el codo. Le dolía, pero tenía movilidad.
—No. Está bien. Solo se me ha hinchado por el combate.
—Debe de dolerle, pero aun así se comporta como si no lo hiciera. ¿Cómo lo soporta?
—¿Qué puedo decir, maese Galen? La agonía de mis testículos aplastados eclipsa todo lo demás.
Galen lo asombró una vez más al echarse a reír por primera vez desde que lo conocía.
—Vamos, joven príncipe. Deje que le ayude a quitarse la armadura.
Estigio frunció el ceño, cada vez más nervioso. No estaba acostumbrado a que la gente fuera amable con él. De hecho, las muestras de amabilidad lo aterraban.
—¿Por qué estás siendo amable conmigo?
—La culpa, señor. Es un sentimiento muy poderoso.
—¿Por qué te sientes culpable?
—Lo he juzgado mal, y no me suele pasar.
Eso lo confundió todavía más.
Galen le colocó una mano en el hombro, un gesto de respeto y solidaridad. Solo Aquerón lo había tocado así.
—Si fuera el niño consentido por el que lo había tomado, ahora mismo estaría pataleando por lo injusto que es que lo castiguen por mi ataque. Pero acabo de darme cuenta de que en los dos años que llevo entrenándolo, nunca se ha quejado ni ha protestado por nada de lo que le he hecho durante las prácticas. Ni siquiera cuando le rompí el brazo.
—Fue culpa mía. Me dijiste que no sujetara el escudo de esa forma y se me olvidó. —Se miró el brazo, que tenía cuatro veces su tamaño normal—. Es una lección que jamás se me olvidará.
Los ojos grises de Galen adoptaron una expresión más tierna.
—Como he dicho, señor, si fuerais ese niño consentido, no creeríais eso. Seguiría culpándome y pediría mis pelotas en una bandeja de plata. —Le desató el peto y se lo sacó por la cabeza antes de colocarlo en el maniquí por él.
Como no sabía qué decir, Estigio se desató el perigeo y se lo dio a Galen.
Su instructor hizo una mueca al ver que la hinchazón había empeorado y que tenía incluso más moratones que antes.
—Deberíamos inmovilizarle el brazo.
Estigio negó con la cabeza y se agachó para soltarse las grebas.
—Mi padre se enfadaría.
—¿Por qué? —Galen sacó el quitón blanco y la clámide púrpura de lana de Estigio de donde estaban guardados y se lo dejó en el banco junto a su pie.
—Ya me considera débil. Si me inmovilizas el brazo, creerá que lo he hecho para posponer o para mitigar la severidad del castigo. Créeme, no me hará ningún bien.
Dejó las grebas y las sandalias en el estante antes de quitarse el quitón rojo que usaba para entrenar. Lo dobló y lo dejó junto a lo demás.
Se volvió y vio que Galen fruncía el ceño con severidad mientras le miraba el costado desnudo.
Estigio bajó la cabeza y vio los moratones enrojecidos que tenía en las costillas y en el pecho, que empezaban a formarse allí donde Galen lo había pateado tras caer al suelo. Y eso sin contar con las magulladuras más antiguas que todavía no se habían curado, provocadas por causas que preferiría olvidar.
Galen lo miró a los ojos.
—¿Le he hablado sobre la primera vez que entré en combate?
Estigio se lavó deprisa con el agua que había en el aguamanil.
—No.
Galen inspiró hondo mientras Estigio se secaba antes de ponerse el quitón y ajustárselo con el cordón.
—Tenía tanto miedo que me meé encima. Cuando mi comandante en jefe avanzó para atacar al enemigo, se resbaló en las piedras donde yo me había meado y cayó al suelo.
Estigio lo miró sin dar crédito. Quería echarse a reír, pero no se atrevía.
—Estaba tan furioso después de la batalla, que ordenó que me dieran veinte latigazos.
Estigio no sabía cómo reaccionar. Aunque también le parecía gracioso, lo que Galen contaba era horrible. Y lo último que quería era ofender al hombre que le daba palizas cada dos por tres.
Galen le ofreció su clámide real.
—Lo que intento decirle es que todos los hombres, por muy bien entrenados que estén o por muy valientes que sean, sienten un profundo miedo alguna vez. Ningún hombre debería ser juzgado por el único momento en el que tira su espada para protegerse cuando se enfrenta a un oponente mucho mayor y más feroz. No, debería ser juzgado por todas las veces en las que no lo hace. —Le hizo un gesto respetuoso con la cabeza—. Aunque estoy retirado y juré que jamás volvería a combatir, para mí sería un honor entrar en combate con us
