Prólogo
Villafranca del Bierzo, León, 3 de enero de 1809
Tres días llevaba sin poder quitarse ni siquiera las botas, con el frío tan pegado al cuerpo como su camisa andrajosa y su casaca en otro tiempo encarnada. Ya no era capaz ni de escuchar los ruidos de su estómago vacío, como si este hubiera dejado de implorar un alimento que intuía no habría de llegar.
«Así es que la guerra es esto», pensó Nicholas Hancock, hermano del conde de Sedgwick, al contemplar la plaza del mercado repleta de soldados británicos preparados para presenciar la ejecución. Flanqueado por sus dos amigos, Arthur Chestney, tercer hijo del conde de Marney, y Julien Hodges, segundo vástago del marqués de Crawley, permanecía tan tieso como sus compañeros, viendo cómo el general Moore asistía al fusilamiento de uno de sus hombres.
Nicholas había perdido la cuenta de cuántos días llevaban caminando sin descanso, en jornadas de hasta diez y once horas de marcha, huyendo de las tropas francesas del general Soult y del mismísimo Napoleón al mando de sus Invencibles, como era conocido el cuerpo de élite de su Guardia Imperial. ¿Cómo había podido siquiera pensar en la guerra como en algo heroico y romántico? ¿Honorable incluso? Solo unos meses atrás, al abandonar Lisboa como parte del 50º Regimiento de Infantería de lord William Bentinck, aún soñaba con aquellas gestas que los tres amigos habían leído juntos en Eton, suspirando por convertirse en los siguientes héroes que llenarían las páginas de la Historia.
España no había sido, ni de lejos, ese campo de batalla en el que los tres jóvenes oficiales aspiraban a destacar. De hecho, batalla no se había producido ninguna, solo algunas escaramuzas aisladas que los húsares del general Paget habían solventado con cierto éxito. Madrid había caído, o eso decían, y no existía mando alguno que impusiera un poco de orden en aquella tierra en la que cada uno parecía bregar en una dirección distinta. El general Moore, aislado, solo, y sin órdenes concretas, había estado a punto de ser rodeado por los franceses en una maniobra de pinza de la que llevaban varios días intentando salir. De ahí las marchas forzadas. De ahí el hambre, la fatiga, la desesperanza... Y la vergüenza. Muchos no lograban entender cómo el general no plantaba cara a aquellos sucios gabachos, aunque les superasen en número, en artillería y en preparación. Nicholas había sido uno de ellos, igual que Arthur y Julien. Eran jóvenes, eran arrogantes. Pero solo había tardado un par de días en comprender que sir John Moore no tenía otra opción si no quería sacrificar a todo el ejército británico. ¿De qué habría servido eso? Era mejor sobrevivir para poder luchar otro día, y con aquella máxima se había iniciado una carrera que los había llevado hasta allí, hasta aquel pueblo que solo era un punto sobre el mapa.
El sonido de veinte mosquetes disparando a la vez lo sacudió. El pobre soldado había sido sorprendido robando un jamón en una casa pese a las órdenes expresas del general de no molestar a los lugareños, y condenado a muerte en el mismo instante. Días llevaba la soldadesca arrancando matojos de las lindes de los caminos, hurtando en las huertas lo poco que aquel frío glacial había dejado bajo la tierra y colándose en casas y cobertizos en busca de algo que echarse a la boca. El hambre no entiende de órdenes ni de rangos. Mucho menos de honor.
El cuerpo desmadejado del soldado quedó tumbado frente al árbol que le había visto caer, y el resto de la tropa fue obligado a pasar junto a él como advertencia. Nicholas ni siquiera le echó una mirada, ya había visto suficiente.
Tras unas breves horas de descanso, llegó la noticia de que los franceses estaban cerca, muy cerca. Alguno incluso bromeó con que había podido escuchar las ventosidades del general Soult, lo que hizo reír solo a unos pocos. Todo el mundo sabía lo que eso significaba. Cuando llegó la orden de ponerse en marcha de nuevo, el descontento se generalizó. Moore pretendía cruzar las montañas en dirección a Lugo. Más de cien kilómetros bajo un tiempo infernal, con lluvia, nieve y un frío que hacía temblar hasta los dientes.
Pero Nicholas tuvo que guardarse sus opiniones. Era un oficial y debía dar ejemplo, lo mismo que Arthur y Julien. Intercambiaron una mirada con la que se dijeron todo lo que necesitaban saber y arengaron a sus subordinados, o a lo que quedaba de ellos.
Durante las primeras horas aún fue viable guardar cierto orden de avance, luego ya fue imposible. Los soldados caían sobre la nieve, sin fuerzas ya para dar ni un solo paso, y no había nadie con la energía suficiente como para alzarlos o transportarlos. Nicholas apretaba las mandíbulas, intentando en vano hacer oídos sordos a aquellos hombres que suplicaban por un mendrugo o por unas horas de descanso. Seguía las huellas ensangrentadas que algunos pies descalzos iban dejando sobre la nieve. Sus propias botas se sostenían a duras penas a base de una complicada maraña de cuerdas y nudos que mantenían la suela sujeta al empeine, y no sabía cuánto tardarían en deshacerse por completo. Observó el calzado de Arthur y Julien, que no mostraba mucho mejor aspecto. Sus rostros pálidos y macilentos, tan demacrados como debía de estar el suyo, le aguijoneaban las entrañas. De él había sido la gloriosa idea de alistarse en la campaña para luchar contra Napoleón.
A pesar de avanzar con la cabeza gacha, protegiéndose de la ventisca, Nicholas creyó percibir un revuelo un poco más adelante. Cuando llegaron a su altura comprendió a qué se debía. Muchas mujeres, sobre todo esposas de oficiales, habían salido de Lisboa con ellos, viajando en la retaguardia y ahora huyendo junto a sus maridos a través de aquel infierno en vida. Ya habían sufrido la desdicha de ver algunos de sus cadáveres jalonando los caminos de aquella tierra, y Nicholas decidió que lo mejor era no alzar la vista, continuar su avance y evitar añadir un horror más a su ya larga cuenta. Pero Arthur se detuvo, y Julien lo imitó. A pocos metros de la senda, una mujer acababa de dar a luz y tanto ella como el recién nacido yacían sobre la nieve, inertes. El bebé, un varón según pudo apreciar, emitió un débil llanto que acabó confundido con el ulular del viento antes de apagarse para siempre. Si Nicholas hubiera tenido la suerte de echarse algo al estómago unas horas atrás, sin duda lo habría vomitado en ese instante. Ni siquiera la abultada y rígida mochila que transportaban, ya casi vacía de cuanto no fuera esencial, había pesado nunca tanto como entonces, llena de tristeza y vergüenza.
En algún momento, en mitad de la noche, Arthur cayó al suelo, incapaz ya de continuar. ¿Cuántas horas llevaban caminando? ¿Catorce, dieciséis? ¿Veinte? Nicholas tenía la sensación de que jamás había hecho otra cosa que poner un pie delante de otro sobre aquel manto de nieve, azotado por el viento y el frío. ¿Cuántos hombres se habían quedado junto al camino? Docenas, centenas de soldados sin nombre ni rostro que engrosarían unas estadísticas que no le importarían a nadie, que ya no le importaban ni siquiera a él. Pero Arthur no. No sería uno de ellos, se prometió Nicholas, que se arrodilló a su lado.
—No puedo más —susurró su amigo, con los labios agrietados y las pestañas llenas de escarcha.
—Tienes que continuar, Arthur. —Nicholas se sorprendió del sonido ronco de su propia voz.
—No... no puedo. Dejadme... Dejadme aquí.
—Ni hablar, amigo. —Julien también había hincado una rodilla en tierra.
Entre ambos pusieron a Arthur en pie y se colocaron a ambos lados, para que se apoyara en ellos. Nicholas echó un vistazo en derredor, buscando un sitio en el que cobijarse.
—Descansaremos un rato ahí, bajo ese saliente —dijo, señalando hacia al frente.
—¿Y los franceses? —balbuceó Arthur.
—Dudo que estén avanzando mucho más rápido que nosotros.
—Yo prefiero morir luchando —repuso Julien, cuyo cabello rubio apenas se distinguía bajo la capa de nieve que cubría su cabeza.
Nicholas no añadió nada más, estaba de acuerdo con su amigo. Si iban a morir esa noche, mejor hacerlo con la espada en alto.
Arrastraron a Arthur y lo sentaron con la espalda apoyada sobre la roca. Nicholas se situó a su derecha y Julien a su izquierda. El improvisado techo de piedra los protegía de lo peor del temporal. Sacaron las mantas de campaña y se cubrieron con ellas. No abrigaban demasiado, pero no había nada más, y encender un fuego estaba muy lejos de sus posibilidades. Nicholas incluso se atrevió a cerrar los ojos unos minutos, sintiendo cómo su cabeza parecía alejarse de él. Volvió a abrirlos, aturdido por la sensación.
—Siento mucho haberos metido en esto —les susurró.
—Tú no nos has metido en nada —replicó Julien.
—Fue mía la idea de alistarnos.
—Claro, claro, porque a nosotros ni siquiera se nos había ocurrido —insistió Julien—. No te apuntes el mérito, Hancock. Si no hubieras sido tú lo habría hecho yo.
—O yo —convino Arthur, que aún respiraba con dificultad.
Nicholas se limitó a asentir, no muy convencido. Tenían dieciocho años, por Dios. ¿Qué diablos estaban haciendo allí? ¿Jugando a ser soldados?
Durante varios minutos, ninguno dijo nada. Se limitaron a observar el cansino avance de la tropa, un desfile de fantasmas recortados sobre la claridad de la nieve que, a veces, Nicholas confundía con los troncos de los árboles. Uno de los soldados alzó la vista y los contempló allí, arrebujados. Debió de pensar que no era mala idea porque, en un instante, sin encomendarse a nadie, tomó asiento junto a Julien y se cubrió con su propia manta. Un par de segundos después roncaba como un bendito.
—Una cama, lo que daría por una cama limpia y mullida —suspiró Julien al cabo de un rato.
—Un asado, yo mataría por un buen asado de cordero.
—Nicholas, no hables de comida, por lo que más quieras —ladró su amigo, cuyo estómago rugió con furia.
—Hablemos entonces de mujeres —musitó Arthur, que parecía haber estado cavilando.
—¿De mujeres? —Nicholas no pudo evitar sonreír—. Hace unos minutos estabas muriéndote, tirado en la nieve. Te has recuperado rápido.
—Hablo en serio.
Nicholas intercambió una mirada extrañada con Julien. ¿Arthur estaba perdiendo la cabeza?
—Tú tienes una hermana, Nicholas —continuó su amigo—. Julien, tú tienes dos, igual que yo.
—¿A esas mujeres te refieres? —repuso Julien, asombrado y algo desilusionado.
—Nos conocemos desde niños, sois mi familia, ahora más que nunca. —Arthur pareció haber recuperado parte de sus fuerzas, porque habló con claridad y sin interrupciones—. Cuando volvamos a casa, si es que volvemos, me gustaría que siguiera siendo así.
—¡Por supuesto que regresaremos! —le interrumpió Nicholas—. ¡Ni se te ocurra siquiera sugerir lo contrario!
—Quiero que hagamos una promesa —continuó Arthur, que ignoró el comentario de su compañero—. Quiero que prometamos que cada uno de nosotros se casará con la hermana de otro.
—¿Eh?
—La vida nos separará, chicos, nos llevará por caminos distintos, nos separaremos —filosofó Arthur—. Si somos familia, de algún modo estaremos siempre juntos.
—Bueno, no sé qué dirá mi hermana al respecto, aunque estoy convencido de que nuestras familias se mostrarán conformes.
—Nicholas, las mujeres de nuestra posición no eligen a sus maridos. ¿No te parece que Julien será un candidato más apropiado para Sophie que cualquier otro petimetre que se cruce en su camino?
—Sin duda.
—Yo tampoco imagino una candidata más apropiada que cualquiera de las dos hermanas de Julien —continuó Arthur—. Y mi hermana Candance sería perfecta para ti.
Nicholas recordaba bien a Candance, una joven bastante bonita y de buen carácter que probablemente se convertiría en una hermosa mujer llegado el momento.
—Aún son jóvenes.
—No estoy hablando de contraer matrimonio en cuanto volvamos a casa, Nicholas. ¡Si solo son unas crías!
—De acuerdo, de acuerdo...
—Me hace feliz pensar que ninguna de ellas acabará con un bruto como marido.
—¿Y qué te hace creer que yo no lo seré? —bromeó Julien.
—Porque te mataría con mis propias manos, por eso lo sé —le amenazó socarrón Nicholas.
—Hummm, tu argumento me ha convencido.
—¿Entonces estáis de acuerdo? —preguntó Arthur, con un hilo de voz. Estaba llegando al límite de sus fuerzas, y ambos amigos lo sabían.
Nicholas extendió su mano. Arthur colocó la suya encima y Julien los imitó.
—Trato hecho —dijeron los tres al unísono.
Arthur respiró profundamente.
—Creo que ahora voy a dormir un poco.
Nicholas se pegó más al cuerpo de su amigo, intentando transmitirle su escaso calor, y sintió que Julien hacía lo mismo. Unos segundos después, el sueño los vencía.
* * *
El cielo clareaba cuando abrieron los ojos. Arthur parecía bastante recuperado, lo que los reconfortó a ambos. Se pusieron en pie, se sacudieron las ropas y guardaron las mantas. El hombre que se había sentado junto a Julien había muerto durante la noche, sin que ninguno de ellos se percatara. Otro nombre que añadir a una larga lista de bajas.
Se lavaron la cara con un puñado de nieve, hicieron sus necesidades a unos pasos del camino y reanudaron la marcha, mezclados con los rezagados del ejército de Moore.
Coronaron la montaña y, al caer la noche, entraron en la ciudad de Lugo como tres almas en pena, pero vivos. Habían sobrevivido a la parte más ardua de aquella marcha de la muerte, pero no a la última.
En los días siguientes, hasta alcanzar La Coruña, aún iban a sufrir jornadas casi tan duras como aquellas, y el día 16 de enero se iban a enfrentar al fin a los franceses en aquella ciudad que se iba a convertir en la tumba del general sir John Moore.
Y también en la de Arthur Chestney, tercer hijo del conde de Marney.
1
Londres, Inglaterra, otoño de 1813.
Cuatro años después
Nicholas Hancock se aburría, y mucho. Aquella era la cuarta fiesta a la que acudía desde que, por un inesperado giro del destino, se había convertido en el nuevo conde de Sedgwick tras la muerte de su hermano Robert a causa de una gripe. Sentado en el salón junto al resto de los caballeros con los que compartía la velada, asistía impertérrito a las conversaciones que se desarrollaban a su alrededor, totalmente ajeno a ellas. Ni siquiera intervenía en las que atañían a la guerra que aún se libraba en el continente contra Bonaparte. Había decidido que no merecía la pena dejar en evidencia a aquellos aristócratas que tanto parecían saber de una lucha en la que no habían participado ni participarían jamás. A la guerra solo iban los pobres y los soñadores; el resto permanecía cómodamente en su casa opinando al respecto y clamando al cielo por la escasez de victorias decisivas.
Pensó que ni siquiera merecía la pena que les hablara de su propia experiencia. En La Coruña, bajo un intenso fuego enemigo, había cargado con el cuerpo de Arthur para alejarlo de la refriega, y hasta los franceses, tan asombrados como sus propios hombres, hicieron un alto el fuego para que lo sacara de allí. Tampoco serviría de nada, reflexionó, que les explicara que meses después de aquello, Julien y él volvieron a alistarse. Ni habrían entendido que le dolieran los huesos al no poder unirse a su amigo para continuar la lucha, porque ahora se debía a su familia y a su recién estrenado título.
Se arrellanó en el sillón, calentando entre las manos una copa de brandy de la que apenas había bebido un par de sorbos, junto a un fuego que crepitaba con una alegría que le resultaba casi ofensiva. ¿Dónde estaría Julien en ese momento? Ambos habían combatido juntos en la batalla de Vitoria hacía apenas cuatro meses, bajo el mando del general Wellesley. Derrotaron a los franceses y, de alguna forma, sintieron que se cobraban venganza por la muerte de Arthur. En los estertores de aquella refriega, una bala de mosquete atravesó el hombro de Nicholas y casi le arrancó la vida. En el improvisado hospital de campaña, rodeado de los gritos y la sangre de sus compatriotas, fue donde se enteró de que su hermano mayor había fallecido y de que se esperaba su regreso a Londres de inmediato. No había vuelto a ver a su amigo desde entonces, y solo había recibido un par de escuetas misivas. Las tropas aliadas se preparaban para enfrentarse una vez más a aquel corso que había arrasado Europa a su paso y que, poco a poco, parecía ir perdiendo su fuerza.
Nicholas no era dado a rezar. De hecho, ni siquiera estaba convencido de creer en Dios. Pero había ocasiones en las que deseaba poseer una ardiente fe que le permitiera comunicarse con su Creador para pedir por la vida de Julien, de su hermano de sangre.
Alzó la vista de su copa y contempló a los hombres distribuidos por el salón. Formaban pequeños grupos mientras fumaban o charlaban, con sus ropajes planchados y sus zapatos lustrosos, y las manos tan limpias que podrían haber comido con ellas. Le costaba identificarse como uno de ellos. No tenían absolutamente nada en común, nada salvo el haber nacido en el seno de alguna de las familias más privilegiadas de Inglaterra. Eso era todo.
De repente, sintió frío en los pies, como si volviera a tenerlos sumergidos en la nieve, y tuvo que aguantarse las ganas de sacarse las botas y comprobar que todos sus dedos seguían allí, al menos los que aún conservaba. En el camino de Lugo a La Coruña, casi tan infernal como el cruce de la montaña, había perdido finalmente una de las botas y se había visto obligado a culminar la marcha con el pie izquierdo envuelto en su manta de campaña. Como resultado, sufrió la amputación de dos dedos. Nadie lo sabía. No se notaba y no caminaba nunca descalzo. Las escasas mujeres con las que se había acostado desde entonces tampoco se habían percatado. ¿Quién le mira los pies al hombre con el que comparte el lecho?
Incapaz de arrancarse aquella sensación, se levantó. Como si él hubiera dado la orden de salida, los caballeros le imitaron y comenzaron a abandonar la estancia para reunirse con las señoras en el salón. Allí estaba su madre, Maud Hancock, en compañía de la anfitriona, lady Chapman. Ambas mujeres eran amigas de la infancia y, de joven, Nicholas había pasado casi tanto tiempo allí como en su propia casa. De hecho, el segundo hijo de la condesa había sido un buen amigo: Anthony. Y Anthony se encontraba en ese momento de viaje de novios con Candance, la hermana de Arthur Chestney. Al volver de la guerra, había descubierto que la mujer que debía haberse convertido en su esposa era la prometida de uno de sus mejores amigos. El destino la había alejado de él.
Junto a su madre y a lady Chapman se encontraba la baronesa Radford, una mujer de origen francés cuyo acento lo sacaba de quicio cada vez que la oía, que era con más frecuencia de la deseada. Su madre y ella eran casi amigas, o al menos lo habían sido sus respectivas madres, lo que las convertía en algo más que en simples conocidas. Nicholas recordaba haber oído en alguna ocasión que las damas francesas eran las más elegantes de todas las cortes europeas. Aquella señora debía de hacer muchos años que no pisaba París, a juzgar por los colores chillones y los ostentosos adornos con los que se acicalaba. Lo peor, sin embargo, era que obligaba a su hija a imitarla. Nicholas ni siquiera sabía cómo se llamaba aquella joven tímida y tan delgada como un suspiro, con unos grandes y bonitos ojos verdosos, pero tan llena de lazos, tirabuzones y fruslerías que era imposible fijarse en otra cosa que en sus muchos abalorios. Se la habían presentado ya en dos ocasiones, quiso recordar, pero no había sido capaz de retener su nombre. En ese momento se encontraban las matronas solas, y se preguntó dónde andaría escondiéndose aquella pobre criatura.
Nicholas saludó a su madre y a sus acompañantes y permaneció unos minutos junto a ellas, como mandaban las más elementales reglas de cortesía. La velada apenas había alcanzado el ecuador y él ya estaba deseando marcharse de allí.
—¿Me haría usted el favor, milord? —decía en ese momento la baronesa, arrastrando las erres.
—¿Cómo dice? —se disculpó. Se maldijo por no haber prestado atención a la conversación.
—Le preguntaba si sería tan amable de ir a buscar mi chal —le dijo la mujer, con una sonrisa bobalicona—. Creo que lo olvidé en la salita de invierno.
—¿Tienes frío, Suzanne? —le preguntó lady Chapman.
—A cierta edad, querida, una siempre tiene frío —respondió la baronesa.
—Querido, ¿nos harías el favor...? —Su madre se dirigió a él y Nicholas asintió, casi agradecido por tener una excusa para abandonar el salón, aunque solo fuesen unos minutos.
No necesitó pedir indicaciones a nadie, podría haber recorrido aquella casa con los ojos vendados y sin tropezarse con nada. La salita de invierno quedaba bastante alejada del centro de la reunión e intuyó que las tres mujeres habían disfrutado de un breve descanso allí, tal vez incluso antes de que se iniciara la noche. Era una estancia situada frente al jardín, con las paredes de cristal para dejar entrar el calor y la luz del día, adornada con multitud de plantas y muebles cómodos y funcionales. En invierno, se encendía la gran chimenea situada en uno de los extremos y, si el día era soleado, uno casi podía creer que había llegado la primavera, aunque al otro lado del cristal la nieve se alzara varios centímetros.
Abrió la puerta y, durante unos segundos, permaneció quieto, dejando que sus ojos se acostumbraran a la escasez de luz. Sabía dónde se encontraban las lámparas, solo tenía que acercarse a una y encenderla. Un movimiento al fondo de la estancia le detuvo. No estaba solo.
* * *
Madeleine Radford odiaba a su madre o, para ser más exactos, odiaba a la persona en la que la estaba convirtiendo. Como si en su interior se librase una batalla entre su naturaleza y la que su progenitora le imponía, siempre tenía la sensación de hallarse desubicada, descompuesta, descosida. Según su madre, la moda imperante en la alta sociedad valoraba de forma especial a las jóvenes en extremo delgadas, pálidas como un manto de nieve y con los cabellos dorados. Si la naturaleza no había considerado oportuno obsequiarla con esos dones, en su mano estaba alcanzarlos por otros medios. Así, tenía prohibido salir de casa durante las horas de más luz y, en las restantes, debía proveerse de guantes, sombreros y sombrillas tan tupidas que, si se aventuraba a alzar la vista, no podía ver más que una intrincada red de hilos oscuros que cerraban el paso a cualquier atisbo de claridad. Su cabello castaño era sometido con frecuencia a todo tipo de lavados para aclararlo, desde tónicos elaborados con manzanilla hasta productos cuya composición jamás se había aventurado a dilucidar. Algunos emitían un olor tan intenso y desagradable que la obligaban a permanecer encerrada en su cuarto durante días. Era cierto que había conseguido un tono mucho más claro, pero también que su cabello apenas tenía brillo y era tan quebradizo que cada noche, al cepillárselo, acababa con un buen manojo entre los dedos. Su madre sabía lo que hacía, o al menos eso insistía en afirmar en cuanto ella encontraba su propia voz para emitir una queja. Sin embargo, lo que peor llevaba era la rigurosa dieta a la que vivía sometida desde los trece años, cuando su cuerpo comenzó a adquirir cierta forma femenina. Los dulces estaban absolutamente prohibidos, así como el abuso de carnes, salsas, panecillos o cualquier delicia que se le pudiera presentar. Debía comer poco, muy poco, porque a un hombre no le gustaban las mujeres glotonas y, mucho menos, las entradas en carnes. Su figura debía ser estilizada, como la de un junco. Y Madeleine pasaba hambre, mucha hambre. Cuando tenían la oportunidad de asistir a algún acontecimiento social, sentía sobre sí la mirada de halcón de su madre, que vigilaba lo que le era servido en el plato y lo que le retiraban al concluir. Si había cometido la imprudencia de comer más de lo que tenía prescrito, la obligaba a guardar ayuno todo el día siguiente, así es que, por más que le doliera, procuraba no saltarse las reglas.
A veces, Madeleine se decía que su madre tenía razón, que todo aquello era por su bien. Suzanne Radford había huido de la Francia revolucionaria siendo una jovencita impresionable y se había casado con un barón inglés de generosa fortuna que no le había dado más que una hija. A la muerte de su padre, el título pasó al siguiente varón de la familia, un primo lejano que se quedó con el título y las rentas, excepto una asignación menos sustanciosa de lo que la viuda había esperado y una pequeña dote para ella. También les legó una modesta mansión al norte del condado de Hampshire, a tres días de distancia de Londres, donde ambas se instalaron. Allí llevaban una vida tranquila y confortable, aunque sin excesivos lujos. Su madre había puesto todas sus esperanzas en su hija, esperando casarla con algún noble adinerado y manejable que no precisara de la escasa aportación de la muchacha. Por ello había invertido gran parte de sus ahorros en preparar esa única temporada, que decidió iniciar ese otoño en lugar de esperar a febrero o marzo, como era habitual. Normalmente, las jóvenes casaderas participaban en varias antes de obtener alguna propuesta de matrimonio, pero Suzanne Radford no disponía de tantos fondos. Asistir a los actos que se celebraban requería de una considerable inversión. No solo era necesario alquilar una casa en Londres, también hacían falta vestidos, lacayos, carruajes, accesorios y un sinfín de nimiedades que solo servían para aparentar no necesitar el dinero de nadie.
Apenas llevaba un mes asistiendo a aquellos eventos y Madeleine ya estaba bastante aburrida. Se entretenía observando a las demás jóvenes y ninguna se parecía a ella. Debía de ser cierto que los caballeros las preferían delgadas, pálidas y rubias, porque casi todas respondían a esa descripción, o procuraban acercarse cuanto les fuera posible. Pero ninguna mostraba su aspecto macilento, ni el semblante anguloso que ella contemplaba cada mañana en el espejo, donde aún destacaban más sus ojos verdosos, demasiado grandes para tan exiguo rostro. Y, por supuesto, ninguna llevaba aquellos peinados llenos de tirabuzones y artificios que tan de moda habían estado en el siglo anterior y que su madre insistía en hacerle. Ni aquellos vestidos recargados y de colores poco apropiados con los que se empeñaba en vestirla, alegando que los ingleses no poseían ningún sentido de la moda. Madeleine había conseguido atenuar los excesos de su progenitora, pero, aun así, la mayor parte del tiempo se sentía como un animal de circo. Era consciente de las risitas y los comentarios del resto de las jóvenes, que se burlaban sin tapujos de su aspecto, y solo deseaba que aquella temporada que acababa de comenzar finalizase cuanto antes para poder olvidarla.
Esa noche había sido especialmente desagradable, porque no había comido en todo el día después de haberse concedido una galleta en el té del día anterior en casa de lady Wallace. A ello se sumaba que llevaba un vestido especialmente incómodo y que el carmín con el que su madre la había maquillado era demasiado subido de tono, para resaltar aún más la palidez de su rostro. Cuando se había contemplado en el espejo había sentido la necesidad de echarse a llorar y solo su férreo autocontrol, que llevaba años ejercitando, le permitió salir del trance sin derramar ni una sola lágrima.
Tal vez por eso, cuando su madre le pidió que fuera a buscar su chal, decidió permitirse un acto de rebeldía, aunque le acarrease una semana de ayuno y un mes de reproches. Pasó por la mesa de refrigerios, cogió un plato y lo llenó con todo tipo de dulces, que acompañó con un vaso de limonada. Así provista recorrió el largo pasillo hasta aquella estancia que, esa misma tarde, le había parecido tan encantadora. Ni siquiera se molestó en buscar el maldito chal, que estaba convencida de que su madre no había llevado ese día. Con su pequeño botín entre las manos, se sentó en un rincón en penumbra, junto a uno de los ventanales, colocó sobre una mesita el plato y el vaso y se dispuso a darse un festín. Esa noche, al menos, dormiría con el estómago lleno.
O tal vez no, porque apenas había comenzado a disfrutar de un pastelillo glaseado cuando la puerta se abrió y un hombre entró en la estancia.
* * *
Tras encender una de las lámparas, Nicholas se resistió a la tentación de darse la vuelta y abandonar la habitación en cuanto comprobó quién se encontraba en ella. Algo le detuvo. Tal vez el aspecto de aquella criatura que parecía una de las jóvenes obreras de cualquier fábrica en el East End, disfrazada para la ocasión, y que estaba disfrutando de un banquete íntimo que él, a todas luces, había interrumpido. Tal vez fue el miedo que vio en sus ojos, tan abiertos que parecían comerse todo su rostro. O cómo se levantó y se colocó frente a la mesa, para ocultar lo que había estado haciendo, sin darse cuenta de que él ya lo había visto. De repente, aquella joven tan poco agraciada despertó su curiosidad y avanzó un par de pasos. Vio una delgada línea blanca adornando su labio superior, prueba evidente de que había estado comiendo uno de esos pastelillos que se encontraban sobre la mesa. Tuvo que refrenar el impulso de elevar su mano y retirársela con el pulgar.
—Buenas noches, milord —le saludó ella, en voz tan baja que él apenas fue capaz de entender las palabras.
—Discúlpeme, señorita Radford. No sabía que había alguien en la habitación.
—No, yo...
—Lamento haberla perturbado.
—Eh, no... no estaba haciendo nada en realidad.
—¿Descansando, tal vez?
—Sí, eso —Una sonrisa tímida se asomó a sus labios y dulcificó todo su aspecto. Nicholas reconoció que era más bonita de lo que aparentaba a simple vista.
—¿Me permite que la acompañe?
—No creo que sea apropiado, milord.
—Dudo mucho que alguien interrumpa nuestro descanso.
—¿Usted también se siente agotado?
Nicholas se llevó una mano al hombro dolorido, cuya herida aún no había curado del todo y que ese día le molestaba de forma especial, tal vez porque tenía todo el cuerpo en tensión.
—Oh, discúlpeme —dijo ella, contrita—. Había olvidado lo de su herida.
Nicholas era consciente de que todo el mundo en su círculo conocía los pormenores de su estado de salud, pero oírselo mencionar no le agradó, tal vez porque esa cicatriz pertenecía a una parte oscura y miserable de su vida, una a la que ninguna joven inocente debería verse expuesta. Se atrevió a dar un paso más, acortando la distancia entre ambos. El aleteo de aquellas pestañas fue como una invitación y cuando vio cómo ella se mordía con sensualidad uno de los labios pintados de un tono que no la favorecía en absoluto, pensó en cómo sería borrarle aquel horrible carmín y aquella delgada línea de azúcar a fuerza de besos.
* * *
Madeleine no poseía ninguna experiencia con los hombres. Jamás había estado a solas con uno y, aun así, intuyó los pensamientos de lord Sedgwick como si los llevara escritos sobre su despejada frente. Tampoco recordó uno de los muchos consejos de su madre, que la animaba a dejarse seducir por cualquier noble con el que tuviera la oportunidad de encontrarse a solas; una seducción inocente, por supuesto, para el resto debería esperar al matrimonio. Se mordió los labios mientras intentaba pensar en algo interesante o ingenioso que decirle, aunque solo era capaz de concentrarse en la mirada azul oscuro de ese hombre que la observaba como ella había observado unos minutos atrás su plato lleno de dulces. Por eso no se retiró cuando él cubrió la distancia entre ambos e inclinó la cabeza en su dirección.
Era inesperadamente dulce, eso fue lo que pensó Nicholas un segundo después de atrapar aquella boca con sus labios. Ni entonces ni nunca fue capaz de explicarse qué impulso había empujado su cuerpo hacia aquella mujer, qué sortilegio había barrido sus convicciones en un solo segundo. Solo unos días antes había tomado una decisión que tal vez explicase ese arrebato. Había decidido que, ya que Candance Chestney había contraído matrimonio, se desposaría con su hermana menor, Evelyn, que a la sazón solo contaba catorce años. Aguardaría hasta el momento en el que alcanzara la edad apropiada para pedir su mano y, mientras tanto, disfrutaría de la vida y de los placeres que esta pudiera depararle, porque en el futuro no pensaba serle infiel a la hermana del que había sido uno de sus dos mejores amigos. Solo que en sus planes no entraba seducir a muchachas inocentes, había pensado más bien en jóvenes viudas o en casadas insatisfechas, cuyas atenciones había estado ignorando desde su regreso.
Nada de eso, sin embargo, ocupaba los pensamientos de Nicholas en ese instante, perdido en aquella boca que ahogaba los suspiros junto a sus labios y en aquel cuerpo que, de repente, necesitaba sentir pegado al suyo. Con la mano diestra comenzó a juguetear con uno de los menudos pechos de la joven, que tembló ante el contacto. El deseo asaltó los instintos de Nicholas con una fuerza arrolladora. Apenas recordaba la última vez que había yacido con una mujer, la aburrida esposa de algún oficial demasiado centrado en sus propios logros como para dedicarle la atención que merecía.
Con destreza, consiguió liberar uno de los senos del apretado corsé, cuya palidez brilló bajo la escasa luz de la estancia. Pellizcó con delicadeza aquella protuberancia rosada y se bebió el gemido de la joven con gran deleite. Y eso fue lo último que hizo, porque en ese preciso instante se oyó un grito junto a la puerta. Su instinto lo llevó a colocarse frente al cuerpo de la muchacha para protegerla de un posible ataque, una idea harto estúpida teniendo en cuenta dónde se hallaban.
En la entrada se encontraba la anfitriona, lady Chapman, con los ojos tan abiertos que parecían querer escaparse de su cara y en el otro extremo su propia madre, con una expresión bastante similar. Entre ambas la baronesa Radford, que cubría su boca con la mano, y lady Wallace, la mayor cotilla de todo Londres y a todas luces satisfecha con la escena que contemplaba.
Antes de abrir siquiera la boca, Nicholas comprendió que acababa de perder su destino.
2
Nicholas cabalgaba como si tuviera una cita con el mismísimo diablo, como si con ello pudiera arrancarse el recuerdo de aquella noche aciaga. Ni siquiera se molestó en echar la vista atrás. El carruaje en el que viajaba aquella joven, Madeleine se llamaba, ahora convertida en Madeleine Hancock, condesa de Sedgwick, se encontraría al menos a dos horas de distancia.
Llegó a la posada y bajó casi de un salto del caballo, que piafó nervioso tras varias horas de intensa marcha. Si no iba con cuidado, pensó tratando de refrenarse, acabaría por reventarlo, y le tenía demasiado aprecio. Entró en el modesto local como una tromba, asustando a los presentes al abrir la puerta con estrépito. Pidió de malos modos un par de habitaciones, ordenó que le fuese subida la cena, dejó instrucciones para que atendiesen a su esposa a su llegada y se retiró hasta el día siguiente. Había actuado del mismo modo durante los tres días que llevaban de viaje, incapaz de compartir el mismo espacio con aquella arpía que lo había manipulado para convertirse en su esposa. Ella y aquella bruja de su madre. ¿Cómo había sido capaz de caer en una de las trampas más viejas del mundo? ¿Cómo se había dejado seducir por aquella joven huesuda y sin gracia, hasta el punto de verse obligado a romper la más sagrada promesa que había hecho jamás, la de casarse con una de las hermanas de Arthur Chestney? Cada vez que lo pensaba, cada vez que su mente rememoraba la sucesión de acontecimientos que aquella noche había desencadenado, sentía el deseo de golpear y destrozar cuanto encontrase a su paso, de quemar hasta los cimientos todo lo que conocía.
Siempre se había vanagloriado de ser un hombre de honor. De haber sido otra su naturaleza, habría abandonado aquella habitación sin importarle quién estuviera presente, dejando a aquella muchacha a su suerte, pues bien merecido se lo tenía. Ni siquiera la presencia de su propia madre habría sido capaz de detenerle. Pero no, él no podía hacer eso, ni siquiera sabiendo que le habían tendido una emboscada. ¡Francesa tenía que ser aquella mujer! Y francesa era la mitad de la sangre que corría por las venas de su ahora esposa. ¡Qué increíbles agentes había perdido Napoleón con aquellas mujeres! Él había hecho lo que, según las reglas sociales, debía hacer: casarse con ella. Una ceremonia rápida, sencilla y sin lujos a la que se había sometido con el ánimo sombrío. Ni siquiera les había permitido a sus hermanos asistir. Si la baronesa de Radford esperaba un acontecimiento social que la encumbrara no iba a ser él quien se lo proporcionara. Había aceptado casarse con la joven, pero bajo una serie de condiciones muy específicas e inexcusables. La primera y más importante de ellas estipulaba que la baronesa no mantendría contacto directo ni con su hija ni con nadie de la familia Hancock. Podía escribir cuantas cartas quisiera, pero jamás sería recibida en ninguna de sus muchas propiedades. Para asegurarse de ello, Nicholas le había hecho entrega de una más que generosa cantidad con la que poder instalarse en cualquier otro lugar de Inglaterra o del mundo, a él le traía sin cuidado. La mujer no se había negado, ni siquiera pestañeó cuando le explicó los términos del acuerdo. Nicholas sabía muy bien que ella confiaba en que, con el tiempo, él se relajaría y acabaría aceptándola en el seno de su familia, sobre todo cuando llegaran los hijos. ¡Qué poco le conocía!
Para el enlace, la baronesa le había hecho llegar una lista de invitados que incluía a casi todos los nobles de Londres, una lista que él rompió en mil pedazos. Decidió no proporcionarle esa satisfacción y el evento, por orden suya, se celebró finalmente en la pequeña capilla de su propiedad en Essex. Como únicos asistentes los novios, sus respectivas madres y un puñado de criados de la casa, para deslucir aún más la ceremonia. Ni siquiera hubo banquete. Pese al suplicio que supuso para él aquella especie de farsa, no pudo evitar deleitarse con el rictus amargo de la baronesa, que había visto frustrados sus planes. En cuanto a la novia, ni siquiera era capaz de recordar qué vestido llevaba o cómo la habían peinado para la ocasión, porque no le dedicó ni una sola mirada. Ni siquiera cuando llegó el momento del beso se detuvo a hacerlo. Simplemente cerró los ojos, posó sus labios sobre los de ella y salió de la capilla.
Nicholas le había hecho saber que, tras el enlace, partirían de inmediato hacia el norte, sin proporcionarle detalles concretos, y llevaban viajando desde entonces, él adelantándose a lomos de su caballo y ella siguiendo su estela cómodamente instalada en el carruaje. Ya quedaba poco, muy poco, para alcanzar su destino. Las últimas millas quería hacerlas junto a ella, y esta vez sí quería mirarla, quería observar sus reacciones cuando comprobara cómo era el lugar al que la llevaba.
* * *
Madeleine no había sido capaz de dormir ni una sola noche entera desde que su vida había dado aquel inesperado giro. Ni siquiera necesitaba respetar la rigurosa dieta a la que su madre la tenía acostumbrada, porque se sentía incapaz de probar bocado.
Un hombre atractivo y honorable la había besado hasta hacerle perder el sentido y luego todo había comenzado a girar a su alrededor a velocidad de vértigo. Lo peor de todo, sin embargo, había sido comprobar cómo aquel caballero, que en un primer momento se había colocado frente a ella para protegerla de un potencial peligro, se había girado de pronto en su dirección para dirigirle una mirada tan cargada de desprecio y de odio que sintió el deseo de morirse allí mismo. Luego todo el mundo había comenzado a hablar a la vez y su madre había corrido hacia ella para ayudarla a recolocarse la ropa. Su sonrisa de satisfacción, que logró ocultar a todos menos a ella, le revolvió las tripas. No sabía cómo, pero estaba convencida de que la baronesa había orquestado todo aquello y que su plan había salido a la perfección.
Apenas hubo preparativos antes de la boda, a la que ella asistió con un vestido que su madre había comprado tiempo atrás, en previsión de que sucediese algo semejante. Era verde y dorado, y el más bonito que había tenido jamás. Solo que, al ponérselo, estaba tan nerviosa y confusa que apenas fue capaz de apreciarlo. Su madre estaba disgustada porque el conde no había accedido a organizar la ceremonia que ella llevaba planeando tanto tiempo. Lo que no lograba entender era por qué eso la sorprendía. Ella, en su lugar, las habría expulsado de Londres, de Inglaterra incluso. Por otro lado, ese enlace tampoco la hacía en absoluto feliz a ella. Casarse con alguien solo porque esa persona consideraba que era su deber no era precisamente el matrimonio con el que había soñado. Y si esa persona parecía odiarla tanto como el conde aparentaba, aún menos. Aun así, no dijo nada. Se plegó a los deseos de todos, de su madre, del conde, de su futura suegra... Ni siquiera rechistó cuando la baronesa le comunicó que él le había entregado una generosa suma con la que pensaba sobrevivir hasta que la situación se calmase. Ella dudaba mucho que eso fuese a suceder, al menos en un futuro inmediato, pero no quiso contradecirla.
Ahora, sentada en ese carruaje que se balanceaba como si fuera un barco en mitad de una tormenta, Madeleine batallaba con las náuseas y con la angustia de no saber hacia dónde se dirigían ni el motivo por el que el viaje no podía esperar. Valoró incluso la posibilidad de que él hubiera decidido pasar la luna de miel en algún rincón apartado, para poder acostumbrarse a la idea de que ahora eran marido y mujer. Tal vez por eso la había obligado a viajar sin su doncella. Fuera como fuese, Madeleine estaba decidida a esforzarse al máximo para hacerle feliz y que jamás se arrepintiera de la decisión que se había visto obligado a tomar.
No había visto al conde en los tres días que llevaban de marcha. Partía a primera hora, antes de que ella hubiera desayunado, y ya se había retirado a sus aposentos cuando ella llegaba al atardecer, lo que no dejaba de parecerle un comportamiento sumamente descortés pese a las circunstancias. A la mañana siguiente, sin embargo, se sorprendió al encontrarle junto al carruaje. Era indudable que se trataba de un hombre muy atractivo, de rostro cuadrado y varonil, donde refulgían aquellos ojos azul oscuro que ahora la miraban con frialdad. Sin darle ni los buenos días, le abrió la portezuela y la ayudó a subir. Para su mayor asombro, él también lo hizo y se sentó frente a ella. De repente, aquel habitáculo, que tan espacioso le había parecido durante los días precedentes, se tornó un lugar angosto, frío e inhóspito. Madeleine habría jurado que de la apuesta figura del conde emergía un caudal helado que la obligó a arrebujarse en su capa. Él, totalmente ajeno a ella, como si ni siquiera estuviera presente, estiró las piernas, apoyó las botas en el asiento, y se acomodó.
Madeleine no sabía qué hacer o qué decir. Quiso pronunciar algunas palabras de acercamiento, para romper siquiera un poco la escarcha que se había instalado entre ellos, pero fue incapaz de iniciar ninguna frase con sentido y decidió aguardar a que él dijera algo. Giró levemente la cabeza hacia la ventanilla para observar la campiña. Suaves y ondeantes colinas salpicadas de reses daban paso a extensos campos de labranza y, más allá, a enormes extensiones de bosque. Alguna granja aislada rompía la monotonía del paisaje, que se fue tornando más agreste. Por el rabillo del ojo, permanecía atenta a los movimientos del conde, que no se movió ni un centímetro. El sonido de su voz la sobresaltó.
—Estamos en los límites de Falmouth —dijo, con tono seco y distante.
—¿Ya hemos llegado? —preguntó ella, sin poder ocultar la ansiedad en su voz.
—Casi.
Madeleine se concentró en lo que podía verse más allá del cristal y vislumbró a lo lejos los contornos de lo que parecía ser un pueblo. A medida que se aproximaban, comprendió que se trataba de un pequeño enclave de casas modestas, con una sencilla iglesia cuyo campanario sobresalía por encima de los tejados. Atravesaron la localidad y Madeleine se preguntó si sería uno de esos pueblos fantasmas que parecían jalonar la geografía de Inglaterra, porque no vio ni a un alma por sus calles. Miró al conde y le sorprendió mirándola a su vez. Ambos apartaron de inmediato la vista, ella con cierto sofoco arañando sus mejillas.
Dejaron atrás la población mucho antes de que Madeleine hubiera tenido tiempo de apreciar sus verdaderas dimensiones y, poco después, el carruaje tomó un camino hacia la derecha y se internó por una alameda. El corazón de Madeleine comenzó a latir furioso entre sus costillas, y casi perdió el ritmo cuando cruzaron unas verjas y el vehículo se detuvo frente a una mansión. De planta rectangular, constaba de dos pisos más un tejado abuhardillado y Madeleine contó ocho ventanas por planta, varias de ellas con los marcos desconchados y una incluso con un cristal roto. Las ramas de una enredadera marchita cubrían parcialmente la fachada de piedra, como los tentáculos de un monstruo mitológico. Los extremos casi alcanzaban la figura que, a modo de blasón, presidía la fachada: una rosa tallada en piedra negra que destacaba sobre la superficie mucho más clara del resto. Bajo ella, un tejadillo cubría el diminuto porche, al que se accedía por una escalinata con un par de peldaños mordidos por el tiempo. Desde su posición podía observar la puerta principal, que en otro tiempo debió de ser magnífica a juzgar por su factura, pero que ahora mostraba la madera deslucida y agrietada. Los extensos jardines estaban descuidados, con la hierba cortada de cualquier manera, sin flores ni parterres, y con media docena de árboles que necesitaban de una poda urgente. Madeleine se preguntó por qué se habían detenido justo allí, y si el conde había decidido hacer una parada antes de llegar a su destino. Si era así, ¿a quién habían ido a visitar a un lugar tan decadente?
* * *
Nicholas no había perdido detalle de los cambios de expresión de aquel rostro macilento. Le había alegrado comprobar que el viaje no le estaba sentando especialmente bien a su esposa, y ni siquiera sintió remordimientos ante un pensamiento tan poco piadoso. Primero había reparado en cómo observaba, casi con lástima, aquel pueblo alejado de la mano de Dios y ahora, cómo miraba esa casona medio en ruinas. Incluso a él le sorprendió el deterioro de la propiedad, que había heredado tras la muerte de su hermano Robert y que aún no había tenido la oportunidad de visitar. Únicamente la había escogido por su ubicación, catorce millas al norte de la ciudad de Hereford, que daba nombre al condado. El aspecto poco confortable del edificio no hizo sino aumentar su sensación de triunfo. Intuyó a la perfección el pensamiento que estaría cruzando por aquella cabecita maquiavélica y pronunció con gran deleite sus siguientes palabras.
—Bienvenida a Blackrose Manor, Madeleine.
Abrió la portezuela, bajó de un salto y la ayudó a salir del carruaje. En cuanto estuvo a salvo en el suelo, soltó su mano, que había sentido como si quemara incluso a través del guante de seda. El administrador salía en ese momento de la casa e iba acompañado de su esposa, que ejercía como ama de llaves y cocinera, y de una joven menuda que imaginó sería la criada.
Los tres bajaron los peldaños, esquivando las muescas de los dos últimos, para colocarse frente a ellos y realizar una torpe reverencia. Nicholas no sabía por qué su hermano había mantenido a aquel hombrecillo en su puesto, quizá porque no había encontrado a nadie más que quisiera ocupar un cargo tan modesto y alejado de todo. Era delgado y desgarbado, con unos ojos demasiado pequeños cubiertos por unas cejas demasiado tupidas, que lograban mantener siempre su mirada en la sombra. A un paso tras él, se encontraba su esposa Prudence —Nicholas había tenido que consultar sus registros para conocer los nombres de todos ellos—, una mujer más bien oronda, de cabello abundante y con el rostro marcado por la viruela. La jovencita menuda y apocada debía de ser Nellie, una sobrina de Prudence, que intuía debía de encargarse de los trabajos más duros en la mansión. Nicholas sospechaba que la cocinera había pasado a convertirse prácticamente en la dueña del lugar. Casi lamentó perderse lo que sucedería allí en los próximos días.
—Bienvenidos, milord —saludó el administrador, que estrujaba un sombrero roñoso entre las manos.
—Gracias, Edgar —saludó el conde—. Les presento a lady Sedgwick.
—Bienvenida, milady. —El hombre inclinó la cabeza y las mujeres lo imitaron.
—¿Está todo listo?
—Por supuesto, milord. Permítame que le diga, una vez más, lo felices que nos hace con su visita. Podrá comprobar que todo marcha a la perfección y que yo personalmente me he ocupado de que Blackrose Manor no pierda ni un ápice de su antiguo esplendor.
—Gracias, Edgar. —Después de lo visto, Nicholas dudaba mucho de la palabra de aquel hombre, cuya presencia le resultaba ingrata por momentos, pero lo siguió hasta el interior después de ofrecer el brazo a la que ahora era su esposa. Lo que hubiera entre ambos no era asunto de nadie más que de ellos, y no deseaba que los criados comenzasen a murmurar antes de tiempo. Le pareció notar cierto temblor en el cuerpo de ella y cruzó el umbral con un gran gesto de complacencia.
* * *
Madeleine no sabía si gritar o echarse a llorar. ¿Aquel iba a ser el lugar donde iban a pasar su luna de miel? ¿Aquella casa horrible y llena de costras, y con aquellas personas tan desagradables? Se mordió el labio mientras el conde hablaba con el administrador y luego aceptó el brazo que le ofrecía para conducirla al interior.
El recibidor, al menos, no presentaba tan mal aspecto como parecía indicar el exterior del edificio. La alfombra que lo cubría era vieja, pero parecía limpia. Los suelos de madera que quedaban al descubierto estaban recién lustrados, así como el banco situado junto a la entrada. Al otro lado, un mueble antiguo y una lámpara de aceite encendida daban calidez al ambiente, un tanto frío. Echó un vistazo a la escalera que ascendía al piso superior, cubierta por una alfombra, y creyó distinguir un par de agujeros. También era evidente que la habían limpiado hacía poco.
—Señora Powell, ¿podría acompañar a mi esposa hasta sus habitaciones, si es tan amable?
—Por supuesto, milord —respondió la señora gruesa—. Mi Edgar subirá enseguida el equipaje.
El conde la soltó y Madeleine se sintió de repente desamparada. Pero ¿cuánto tiempo iban a permanecer allí? Rogó para que solo fuese una parada en el camino, porque no se le ocurría un sitio más desangelado que aquel para iniciar con buen paso su matrimonio.
Miró al conde, que dio muestras de haberse desentendido por completo de ella, y siguió a la mujer hacia el piso de arriba. Pudo comprobar mientras ascendía que, en efecto, la alfombra tenía un par de agujeros y se preguntó cómo un hombre como Hancock podía permitir que una de sus propiedades presentase semejante aspecto.
El rellano recibía la luz de un ventanal situado en el extremo del corredor que se abría a la derecha, y presentaba el mismo aspecto descuidado pero limpio que el piso de abajo. La señora Powell tomó precisamente esa dirección y se detuvo frente a la última puerta, que abrió y cruzó sin esperar siquiera a que ella llegara a su altura. Madeleine imaginó que no estaba al corriente de las reglas de etiqueta y la siguió al interior de la estancia.
Una enorme cama, colocada sobre una tarima y con columnas torneadas en sus cuatro extremos, dominaba la estancia. Le hizo pensar en los antiguos tálamos de la realeza del siglo XVI y se preguntó si no sería una reliquia de la familia Hancock. Gruesas alfombras, algo descoloridas, amortiguaban el sonido de sus pasos. Un par de amplios ventanales se abrían frente a ella y, entre ambos, un secreter y una silla cuyo tapizado había visto tiempos mejores. A la derecha, una gran chimenea de mármol, apagada en ese instante, y dos sillones a juego. Había algunos muebles más diseminados por la estancia: un tocador, una cajonera, un baúl, un lavamanos y un par de mesitas con palmatorias. El ambiente, aunque frío, olía ligeramente a jabón.
La señora Powell le indicó un tirador situado en una de las esquinas, para llamar cuando necesitara cualquier cosa, y se retiró. Aún no había terminado Madeleine de contemplar la habitación a su antojo cuando unos golpes en la puerta precedieron al administrador y a la joven criada, que traían su equipaje. No era mucha cosa. El conde no le había dicho cuánto tiempo permanecerían ausentes ni qué tipo de prendas debía llevarse, así es que decidió no cargar con excesivos bultos.
El administrador se presentó como Edgar Powell y, mientras encendía la chimenea, le dijo que el señor conde iba a estar muy ocupado el resto de la jornada y que se verían a la hora de la cena. Madeleine supuso que hacía mucho tiempo que no visitaba aquella propiedad y que había decidido ponerse al día. Comió a solas en su cuarto, después de que la muchacha, que se llamaba Nellie Harker, le subiera una bandeja con algunas viandas. La cocina no parecía ser uno de los puntos fuertes de la señora Powell, a juzgar por la calidad de sus platos, y se limitó a picotear un poco de aquí y de allá. La ternera estaba demasiado hecha, las verduras crudas y el vino aguado.
Una hora más tarde, la joven regresó a recoger la bandeja y le preguntó si necesitaba ayuda para deshacer el equipaje. Madeleine la rechazó. Estaba demasiado nerviosa como para someterse al escrutinio de una criada, y tampoco sabía cuánto tiempo permanecerían allí. Sí sospechó, en cambio, que probablemente esa noche el conde consumaría el matrimonio, y eso la llenó de nuevo de aprensión. Le pidió que le subieran agua caliente y se pasó la tarde lavándose de arriba abajo.
Se engalanó con su mejor vestido, una pieza confeccionada en seda azul cielo con algunos adornos en tonos violeta, y se sentó a esperar a que llegara la hora de la cena, sin saber muy bien qué hacer con el tiempo que restaba. ¿Tenía permiso para deambular por aquella casona? ¿Realmente deseaba hacerlo? Pensó en leer un poco y cayó en la cuenta de que no se había traído ningún libro con ella. Había supuesto que el conde y ella estarían demasiado ocupados dedicándose a lo que se dedicaban los matrimonios en sus primeros días, un pensamiento que la hizo enrojecer. Suponía que disfrutarían de largas y amenas charlas para intentar conocerse mejor porque, en realidad, no sabían absolutamente nada el uno del otro, excepto los pocos detalles de dominio público que de bien poco servían en aquellas circunstancias.
Se situó junto a una de las ventanas y comprobó que daba a la parte delantera de la mansión, si es que aquel edificio podía denominarse así. Desde arriba, el jardín aún presentaba peor aspecto. Más allá del muro de piedra que circundaba la propiedad se extendían campos yermos y suaves colinas. Hacia la izquierda, a lo lejos, vio grandes extensiones de árboles, cuyas ramas parecían enmarañarse unas con otras por falta de cuidados. Pese al aspecto poco halagüeño de cuanto la circundaba, la suave luz del atardecer teñía de colores ocres todo el conjunto, y eso logró serenar un poco su ánimo.
Finalmente, llegó la hora de reunirse con el conde y bajó las escaleras con vacilación, precedida por la joven criada. Esta la condujo hasta el comedor, una estancia bastante grande, aunque la escasa iluminación le impidió apreciar la calidad de muebles y alfombras. El conde se levantó para recibirla, aunque no la acompañó a su asiento, situado en el otro extremo de la larga mesa. Madeleine se sentó frente a un servicio completo de vasos, cubiertos y copas de buena factura y le dedicó una sonrisa amable que él no correspondió.
Hancock volvió a ocupar su silla, les sirvieron la cena y se concentró en la comida, como si ella no se encontrase allí. Madeleine quiso decir algo, pero no sabía por dónde empezar.
—¿Hace mucho que posee esta propiedad? —preguntó al fin, en un intento de romper el hielo.
—No acabamos de heredarla, si es eso lo que preguntas —respondió él, tuteándola de forma deliberada. Llevaba haciéndolo desde aquella comprometida noche, como si con cada una de sus palabras pretendiera darle a entender lo poco que la respetaba. Como tantas otras veces, Madeleine no hizo ningún comentario al respecto.
—No pretendía insinuar tal cosa, milord. Solo trataba de iniciar una conversación.
—Puedes ahorrarte las molestias —replicó él, cortante—. Cenaremos en silencio y luego subiremos a tu habitación.
Madeleine casi se atragantó con un bocado del asado que estaba comiendo, bañado en tal cantidad de vino que apenas tenía sabor. Adivinó lo que implicaban las palabras del conde, y se sintió herida por el tono en que las había pronunciado. No esperaba nada romántico, claro, pero tampoco que sonara como una transacción comercial. Maldijo una vez más a su madre por haberla colocado en aquella tesitura y simuló centrarse en el contenido de su plato, sabiendo que ya no podría comer nada más. Su deseo habría sido levantarse y abandonar la estancia con toda la dignidad que fuese capaz de reunir, pero la figura del conde resultaba demasiado intimidante, y no quería añadir más leña a un fuego que no había cesado de arder desde su primer encuentro.
El conde, por el contrario, parecía gozar de buen apetito, porque solo le faltó rebañar el plato. Se sirvió una segunda copa de vino y se la bebió de un solo trago. Madeleine temió, de repente, que acabara embriagándose y comportándose como un bruto con ella.
—Será mejor que subas ahora —anunció él, sin dignarse mirarla—. Yo me reuniré contigo enseguida.
A Madeleine comenzaron a temblarle las piernas y no supo si sería capaz de seguir una orden tan sencilla. Se mordió los labios e intentó con todas sus fuerzas que sus extremidades respondieran a las órdenes de su cerebro.
—¿Has perdido el oído? —La mirada acerada del conde se posó en ella, esta vez sí, y no vio en sus ojos más que una fría determinación y una elevada carga de desprecio.
Madeleine se puso en pie como activada por un resorte, con la piel fría y el ánimo encendido. No se merecía aquel trato despectivo. Comprendía que siguiera enfadado, también ella lo estaba, pero no iba a consentir que la tratase como a una cualquiera. Solo que todo lo que pensaba decirle se quedó atrapado entre su cabeza y su garganta, y lo único que fue capaz de hacer fue sostenerle la mirada, desafiante. Él ni siquiera pestañeó.
Con las lágrimas ardiéndole bajo los párpados, salió del comedor y subió las escaleras, enhebrando mentalmente todas las frases que quería haberle dicho a aquel miserable y que solo ahora parecían encontrar el camino de salida.
Intuyó que iba a ser una noche muy larga.
3
Nicholas no se sentía especialmente satisfecho consigo mismo. Era consciente de estar comportándose como un canalla y, aunque aquella mujer merecía cada uno de sus desplantes y cada uno de sus desprecios, no le hacía feliz actuar del modo en que lo hacía.
Tras unos minutos, se levantó y dejó la servilleta sobre la mesa, deseando acabar con aquello cuanto antes. Le había dado tiempo suficiente para que se quitase aquel vestido, casi tan horrendo como otros con los que la había visto en ocasiones anteriores. Ni siquiera le tembló el pulso cuando salió del comedor, ni cuando subió las escaleras, ni al internarse en el corredor que conducía a la habitación, cuya puerta abrió tras golpearla suavemente un par de veces. La imagen de la joven, sentada junto al fuego encendido, y ataviada con lo que parecía una vaporosa bata, fue lo único que consiguió alterar el ritmo de su corazón, aunque solo fue un instante. Con el cabello suelto cayendo en cascada desde uno de sus hombros, parecía una mujer deliciosa... e inocente.
Nicholas cerró la puerta, recorrió en dos zancadas la distancia que lo separaba del lecho y comenzó a desvestirse, de espaldas a ella.
—Métete en la cama —le ordenó.
Comprobó con satisfacción que ella obedecía, lo que acabó por resultarle amargo. Era más que probable que aquella muchacha fuese a perder la virginidad con un hombre que no solo no la amaba, sino que había prometido no hacerlo jamás. Con un hombre que ni siquiera la respetaba y que la odiaba con cada fibra de su ser. Independientemente de lo que hubiera hecho, no se merecía una primera vez como la que había tenido en mente desde la discreta ceremonia en la capilla, y con la que tanto se había regodeado. Intentaría dejar sus sentimientos fuera del lecho y que esa noche, con suerte la única que tendrían jamás, fuese lo menos traumática posible.
Alzó la vista y la vio, con la sábana hasta la barbilla y los ojos tan abiertos que parecía que iban a escapar de su cara.
—No tengas miedo —le dijo, en un tono casi dulce—. No te haré daño. Al menos, no más del necesario.
Creyó ver el brillo de una lágrima en una de las comisuras de aquellos ojos verdosos, pero no quiso pensar en ello. Totalmente desnudo y con su virilidad a punto de entrar en batalla, retiró la ropa de cama y se metió dentro. Pegó el cuerpo al de ella, que sintió temblar a su lado y pasó el brazo por debajo de su cuello, para atraerla. No se atrevió a detenerse en su mirada asustada y se limitó a cerrar los ojos y a posar sus labios en los de la mujer, que se abrieron casi al instante.
Durante unos minutos, Nicholas casi olvidó quién era él... y quién era ella. Perdido en aquellos labios, dejó que sus manos exploraran aquella piel sin mácula, tan pálida que el reflejo del fuego dibujaba arabescos sobre ella. Se dejó vencer por sus diminutos pechos, y recorrió la hondonada de su cintura, con los huesos de sus caderas trazando una cordillera en la que ancló sus besos. Estaba aún más delgada de lo que había supuesto, pero aun así apetecible.
La escuchó gemir de placer mientras él buceaba en sus rincones más secretos y, cuando al fin se colocó sobre ella, la encontró más que dispuesta. Cruzó la frontera de su cuerpo con una única y suave embestida, en la que Madeleine se aferró a sus antebrazos durante unos segundos, hasta que su cuerpo se habituó a tenerle dentro y comenzó a moverse al compás de sus envites.
Nicholas debía hacer un esfuerzo titánico para no buscar su mirada porque intuía que, de hacerlo, de recordar de repente quién estaba bajo él, le impediría continuar, así es que se centró en su boca, en aquellos labios corrientes que de pronto le resultaron fascinantes. Le embriagó contemplar cómo se abrían buscando atrapar el aire que fluía entre los dos, cómo se los mordía para evitar gritar demasiado fuerte y cómo al fin caían vencidos por la oleada de placer que ascendió por su vientre hasta eclosionar. Aguantó a duras penas hasta que ella comenzó a relajarse y solo entonces se dejó ir, saliendo de su cuerpo y derramándose sobre las sábanas.
Y entonces la miró, y la rueda de su destino volvió a marcar el paso y a trazar aquella frontera entre ambos, frontera que se prometió no volvería a cruzar. Ella bajó los ojos y comprendió el significado de lo que había hecho. Sus miradas se enredaron un instante. En la de la mujer había decepción, y tristeza.
—¿Qué esperabas? —le espetó él, de repente furioso, consigo mismo y con ella.
Nicholas se levantó, mojó una toalla en la palangana y se aseó sin importarle si resultaba o no decoroso. Luego fue a los pies de la cama y cogió su camisa. La mirada de Madeleine seguía fija en él.
—¿Creías que iba a dejarte atraparme de nuevo, esta vez con una criatura? —siseó.
—Yo... pensé que ahora que somos marido y mujer...
—Piensas demasiado.
—Pero necesita un heredero, milord.
—¿De veras lo necesito? —Sonrió con sarcasmo—. Aún tengo dos hermanos varones, el título está a salvo de momento.
—Yo... no comprendo.
—No hay nada que comprender. El matrimonio ha sido consumado según marcan las leyes y según dicta la costumbre. Es todo lo que obtendrás de mí.
—Milord...
—¡No! —la interrumpió, al tiempo que comenzaba a ponerse los pantalones—. Ahora yo hablo y tú escuchas. Te quedarás aquí, en esta casa.
—¿Aquí? ¿Cuánto...? ¿Cuánto tiempo?
—Para siempre, querida, para siempre —pronunció las palabras con auténtico deleite—. Has logrado convertirte en la condesa de Sedgwick, pero te garantizo que no disfrutarás del título ni un solo día. Yo me instalaré en Londres y retomaré mi vida en el punto en el que la dejé antes de... todo esto. —Hizo un arco con el brazo, abarcando toda la estancia—. No podrás viajar a la ciudad, ni ausentarte de aquí, ni alojar a nadie que no cuente con mi aprobación, especialmente a tu madre. Te comportarás con el decoro que representa el título que ahora llevas y no provocarás ningún escándalo que pueda dañar la reputación de mi familia. No quiero volver a verte, no quiero volver a saber de ti, ni siquiera quiero que me escribas, porque no me molestaré ni en abrir tus cartas. ¿Ha quedado claro?
Hizo una pausa y la miró. Vio sus mejillas surcadas por las lágrimas, pero no sintió ni un ápice de compasión por ella. Parecía petrificada.
—¿Me he expresado con claridad? —repitió, deseando salir cuanto antes de aquella habitación.
Ella se limitó a asentir, con los puños apretados sosteniendo las sábanas a la altura de su pecho. Nicholas t
