Conociendo a Harvey

Caryarit Ferrer
Cayarit Ferrer

Fragmento

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Prólogo

Johanna colgó el teléfono con manos temblorosas, no sabía cómo procesar la noticia que le habían dado. Se debatía entre gritar de emoción y tener un ataque de pánico por la responsabilidad que estaba a punto de asumir. Hacía un año que había solicitado ser madre de acogida, y después de un tiempo en el proceso, le habían asignado una pequeña que vivía en una casa hogar en el norte de Madrid. Sabía que la llamada llegaría en cualquier momento desde que le habían dicho que las pruebas psicológicas la habían dado como apta, pero no era capaz de creerlo. Vivía con el miedo de que le dijeran que todo había sido un error y de que no era capaz y que jamás en la vida dejarían un niño a su cuidado. Miró a sus papás, estaban sentados en su piso de Madrid, celebrando el cumpleaños de su mamá, Johanna había cocinado una lasaña de berenjena, su plato favorito, y ambos la estaban mirando fijamente, la conocían suficiente para saber que algo importante había pasado.

—¡Niña, que estás pálida como un fantasma! ¿Quién te ha llamado?

—Mamá —dijo sentándose en una silla—, me han asignado una niñita, voy a ser una mamá de acogida a partir de mañana.

—¡Esto merece una celebración! Manolo, ve, abre una botella —ordenó a su esposo.

Su papá fue diligente a la cocina, buscando vino. Al principio sus padres no entendían muy bien por qué ella había decidido acoger un niño en vez de tener hijos propios, le habían insistido en que se abriera «el “tindes” ese y se buscara un novio nuevo», pero con el tiempo se habían hecho a la idea. Ahora estaban contentos de poder malcriar a un pequeño cada vez que fueran de visita a Madrid.

—¡Cuéntame más! —dijo su madre sentándose a su lado—. ¿Qué te han contado de la niña?

—Es una niña de 3 años, se llama Melissa.

—3 años, tal vez ya habla, y ya puede comer todo tipo de comida, eso te facilitará un poco las cosas.

—Tengo que ir a buscarla mañana. —Johanna no estaba escuchando lo que decía su madre e intentaba procesar lo que acababa de pasar.

—¡Que alegría! —expresó su papá—, yo le enseñaré a conducir, está decidido.

—Manolo —dijo su madre—, ¿cómo que conducir si tiene 3 años? Apenas habrá dejado los pañales.

—No los ha dejado aún, me dijeron que comprara —explicó Johanna, miraba a un punto en el vacío y se frotaba nerviosamente las manos—. Mamá, ¿qué voy a hacer? Aún no tengo nada para recibirla, necesita una cama, y ropa, y comida, y... —Se levantó y comenzó a caminar por el piso—. Tengo que proteger las esquinas, se va a caer y se va a partir la cabeza.

—Johanna, respira. —Su madre le cogió la cara y la hizo mirarla—. No te preocupes, tienes comida suficiente; hoy vamos al Ikea, compramos una cama y unos cuantos protectores para los enchufes. Manolo irá a comprar unas cositas; y mañana, cuando llegue la niña, le compramos lo que necesite que sea de su talla por internet. En estos tiempos modernos que todo llega el mismo día no hay necesidad de preocuparse, ¿vale?

—Vale —respondió, pero Johanna realmente se preguntaba si de verdad valía para ser una mamá.

Johanna se sentó en el sofá a esperar, aguantaba el impulso de morderse las uñas. En pocos minutos vería por primera vez a Melissa, su hija de acogida. Deseaba que la primera reunión fuese bien, esperaba que la niña no notara su nerviosismo y lo insegura que se sentía. Repasó mentalmente todo lo que sabía de ella: 3 años, le gustaban los nuggets, La patrulla canina y el color púrpura. Era muy difícil hacerse una idea de alguien con tan poca información, y ella era un poco mala en gestionar la incertidumbre. Tenía la garganta seca, palpitaciones y las manos temblorosas. Si no supiera que era por los nervios, juraría que estaba teniendo un ataque cardíaco.

—Aquí está ella —dijo una trabajadora social, entrando con una niña a la oficina. Melissa ingresó tapándose la cara con las manos por la vergüenza, y lo poco que pudo ver Johanna de ella fue un cabello rubio y corto. La niña era muy pequeña para su edad, con un vestido amarillo de mangas largas y zapatos negros lustrosos. Johanna estaba ahí, parada, con un osito de peluche, conteniendo las ganas de querer abrazarla.

—Hola, Melissa, soy Johanna, y esto es para ti. —Johanna le acercó el peluche, la niña se destapó la mitad de la cara para cogerlo y la muchacha pudo ver que tenía unos ojos marrones preciosos, aunque un poco rojos, debía haber estado llorando.

—Gracias —dijo la pequeña mientras se sorbía los mocos—, ¿tú vas a ser mi nueva mamá?

—Sí —respondió Johanna entendiendo por primera vez cómo el corazón de alguien podía crecer tres tallas.

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Capítulo 1

El padre biológico

Johanna apretó lo más que pudo las trenzas de Melissa y alisó las mangas del vestido de flores rojas que la niña llevaba; ese era su favorito y, aunque ya le iba un poco corto, había insistido en ponérselo ese día ya que era una ocasión muy importante para ambas. Desde hacía unos pocos meses, la niña tenía visitas con su padre biológico, y Johanna deseaba que estuviese impecable en cada una de estas, no quería dar mala imagen y que pensaran que no era una buena madre de acogida. Chequeó de nuevo que Melissa se hubiese puesto los zapatos en el pie correcto. Respiró profundamente para calmar la ansiedad que tenía y evitar seguir rayándose con cómo iría la reunión de ese día.

«Todo va a ir bien», se dijo. «Vas a ir allí, vas a ser educada con el padre de Melissa, vas a responder todas sus preguntas, van a comer, volverás a casa y no va a pasar nada malo.»

Johanna había estado cuidando a Melissa desde que era una pequeña cosita de 3 años que apenas podía formar oraciones coherentes, mediante el programa de familias de acogida de la comunidad de Madrid, que se encargaba de los casos de niños en desamparo. Eran los que no podían ser dados en adopción por tener algún familiar vivo, pero que en esos casos no podían hacerse cargo de ellos. Su pequeña había estado varios años al cuidado de una casa hogar, en manos de trabajadores que, a pesar de que hacían todo lo posible para que no les faltara nada, no eran capaces de cuidar a todos los niños que estaban a su cargo con el mimo que necesitaban. Cuando ella se apuntó al programa luego de hacer varias entrevistas y un curso, decidieron que era apta para una acogida permanente y le asignaron a la pequeñita más alegre y complaciente que jamás había visto.

La madre de Melissa había muerto dando a luz, y el padre de Melissa, Harvey, estaba vivo, pero había sido imputado por delitos de malversación de fondos de su empresa en Reino Unido, lo habían atrapado en España y el caso había aparecido en todas las portadas de la prensa. Ahora él cumplía su condena en una prisión a las afueras de Madrid, meses antes de que naciera la niña. Recientemente había salido y había reclamado su derecho a verla, por lo que Johanna debía llevarla cada quince días a un punto de encuentro donde las esperaba un trabajador social que luego acompañaba a la niña a donde su papá los esperaba.

Melissa había nacido a los pocos días del juicio en el que lo declararon culpable. Desde entonces había pasado a manos de la comunidad de Madrid y estuvo en un centro de acogida hasta que la asignaron a Johanna.

Desde que Johanna supo que Harvey había salido de la cárcel, temía el momento en el que le dijeran que era la hora de entregar a Melissa, que debía volver con él. A pesar de saber que la suya solo era una acogida y no una adopción, la pequeña se le había metido en el corazón y no quería separarse de ella. Para ponerla aún más nerviosa, ese día le habían pedido que estuviese presente en la visita, por fin iba a conocer al padre de su hija.

Miró nerviosa la foto de él que se encontraba en la mesita de noche, la foto de él que siempre le intrigaba: un hombre guapo, que necesitaba un corte de cabello, con un cárdigan azul, con el London Eye de fondo y el Támesis a sus pies. A su lado, en una caja de madera que él mismo había hecho, se encontraban todas las cartas que él le enviaba a la niña. Aunque ella apenas estuviese aprendiendo a leer el español, Johanna se encargaba de responderlas escribiendo lo que la peque quisiera. Peinó una vez más el cabello de Melissa mientras miraba la foto, siempre pensaba que los criminales tendrían una apariencia específica: una cicatriz, un diente de oro, un bigote retorcido. Sin embargo, nada en su cara mostraba de lo que había sido capaz. Johanna siempre se había preguntado qué lo había impulsado a desviar tanto dinero. Por lo que sabía tenía un buen trabajo, un loft en el centro de Londres y una buena vida. «¿Qué podía llenarlo tanto de avaricia para haberle robado casi un millón de euros a su cartera de clientes? Es una situación tan extraña...», pensó.

—Mamá —preguntó Melissa sacándola de sus pensamientos—, ¿puedo llevar mi peluche de Bob para mostrárselo a papá?

—¡Claro, pequeña! Tú ve a lavarte los dientes, ya estás lista, yo lo guardo. —Tomó el peluche y fue a meterlo en su mochila. En el espejo del armario advirtió su reflejo y se sorprendió de lo cansada que se veía, su cabello despeinado parecía las raíces de un árbol. Al ser la primera vez que vería al padre de la niña, quería estar lo más presentable posible, pero estaba claro que al quedarle solo 10 minutos para que tomara el tren que iba a la fundación, eso no pasaría. Se maldijo por haberse quedado dormida precisamente ese día. Melissa había pasado mala noche con pesadillas, y ella se había quedado dormida en una silla, cuidándole los sueños.

—¡Mamá, vámonos! —dijo la niña emocionada, corrió y abrió la puerta.

No le daba tiempo de ducharse; si perdían ese tren, el próximo tardaría 10 minutos en pasar y llegarían tarde a la cita.

—Llama al ascensor —pidió a Melissa. Se peinó un poco con las manos, se echó un poco de espray color castaño para tapar las raíces y corrió hacia el ascensor buscando los abonos de transporte, ya intentaría adecentarse un poco más en el camino.

Al entrar al edificio, la recibió Laura —la trabajadora social encargada del caso de Melissa—, y la niña corrió a saludar a un hombre que leía el periódico. Johanna supuso que era su padre. No sabía cómo la niña había sido capaz de encariñarse con él tan rápido; al fin de cuentas, apenas se conocían y solo se veían los domingos en visitas vigiladas. Ella decidió quedarse en una esquina y esperar las órdenes de la trabajadora social. Era la primera vez que entraba en esa sala de visitas, así que la miró con curiosidad. Era una habitación espaciosa, pero poco decorada; paredes de color claro, un sofá de cuero gris viejo pero limpio; un par de cojines amarillos con girasoles, unos cuantos juguetes desperdigados y poco más.

—La idea —dijo Laura— es que estén aquí un rato y luego salgan a comer, dos horas de paseo y luego cada uno a su casa.

—De acuerdo, ¿cómo estás? —preguntó a la psicóloga.

—Muy bien ¿y tú? —A Laura le gustaba estirar sus rizos al hablar, solía hacerlo distraídamente, siempre bromeaba con que era la Tyra Banks española, a Johanna le caía muy bien.

—Bien también, aunque no tanto como tú. Te ves despampanante como siempre —indicó Johanna, Laura iba vestida de manera impecable—, junto a ti me siento como una muñeca de trapo al lado de una Barbie.

—Yo la veo muy bien desde aquí —dijo una voz a su espalda, ella se giró buscando a la persona que hablaba—. Un placer conocerla, señora Johanna.

Harvey Brown estaba de pie frente a ella, el infame bróker que había jugado con el dinero de familias importantes y el padre biológico de Melissa. Ella solo lo conocía por las fotos que había visto de él, la mayoría, en la prensa sobre el juicio. Ninguna foto lo reflejaba como lo veía ella en ese momento; sencillamente, ninguna le hacía justicia. Johanna se quedó anonadada por lo guapo que era, tenía ojos marrón intenso con pestañas pobladas que cualquier chica envidiaría, incluyéndose ella, por supuesto. Su cabello largo era marrón y abundante, igual al de la foto de la habitación de Melissa; una barba bien cuidada rodeaba unos labios carnosos que se veían muy besables; y con una camisa negra y corbata roja, no se parecía en nada a cómo ella imaginaba que luciría un ex convicto, excepto por el aura de seguridad que lo rodeaba, la misma que tenían las personas que habían visto mucho y habían sobrevivido a casi todo.

Buscó a Laura con la mirada para ver si le daba alguna indicación y la encontró en un rincón, hablando con Melissa, quien le contaba una historia de manera muy teatral. Laura escuchaba a la niña, pero también los observaba a ella y a Harvey. Johanna supuso que quería dejarlos conocerse sin inmiscuirse mucho.

—Puede llamarme Joha —se presentó y le ofreció la mano, Harvey la observaba fijamente, una corriente recorrió el cuerpo de Johanna.

«Tienes que calmarte», se dijo. «Solo porque hace mucho que no estás con un hombre no tienes que antojarte de uno tan inapropiado», sus pensamientos fueron interrumpidos por un abrazo repentino.

—Quiero agradecerle por haber cuidado todo este tiempo de mi niña. —A pesar de que hablaba español mucho mejor que lo que lo escribía, tenía un acento muy marcado—. Todos estos años encerado en esa cárcel, temía por ella. —¿Acaso Harvey estaba llorando?—. Pero sabía que estaba bien, cuando me dijeron que alguien había decidido cuidarla me alivió mucho, mi niña está bien gracias a usted.

—Gracias —dijo cortada, se separó de él y buscó una toallita en su mochila para ofrecerle.

—Muchas gracias. —Se secó las lágrimas—. Permítame ayudarl

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