La condesa sangrienta (Pandora English 1)

Tara Moss

Fragmento

1

1

Mi misteriosa anfitriona no me recibió en persona. En cambio, me esperaba un chófer alto e inexpresivo.

Llegué al inmenso aeropuerto armada con mis callejeros, mis direcciones y mis sueños, alentada por un incómodo cóctel de emoción, alivio y... terror. Por fin había dejado atrás mi pueblecito natal, Gretchenville, y lo había sustituido por una de las ciudades más grandes y famosas del mundo. Mi recurrente sueño se había hecho realidad. Una realidad conformada por circunstancias desconocidas y un sinfín de posibilidades. Todo me resultaba nuevo y desconocido. Todo había cambiado. Y todo gracias a una oferta que solo pasaba una vez en la vida.

«Nueva York.»

Mi avión llegaba tarde, de manera que eso había retrasado media hora el triunfal cambio de mi vida. Cuando por fin desembarqué en el Aeropuerto Internacional John F. Kennedy, descubrí que me enfrentaba a una agresiva horda de desconocidos. Todos hablaban por teléfono móvil o le gritaban al personal de la aerolínea mientras caminaban de un lado para otro, portando maletas y bolsas de viaje. Entre esa clamorosa vorágine humana sobresalía una figura alta, ataviada con un impecable traje negro y unas gafas de sol oscuras. Pensé que el hombre tenía una palidez espectral, y su presencia silenciosa e inmóvil me resultó extraña dado el caos que lo rodeaba. Sostenía en alto un cartel blanco con mi nombre escrito.

P. ENGLISH.

Cuando ves escrito P. English piensas de inmediato que la P es de Patricia, ¿verdad? O de Penny. En fin, pues te equivocas. Mi madre era arqueóloga y mi padre era profesor universitario, y esas dos personas supuestamente inteligentes tuvieron la genial idea de llamar «Pandora» a su única hija. Exacto. Comparto nombre con la señora que en la mitología griega abrió una caja y soltó al mal en el mundo. Y si te has percatado del uso del verbo en pasado cuando he mencionado a mis padres, habrás supuesto que o bien se han jubilado, o bien soy huérfana.

Lo segundo.

Mis padres murieron en un accidente en Egipto cuando yo tenía once años. El viaje me dio mala espina desde el principio, pero a mis once años me resultó imposible evitar que se marcharan. Yo no los acompañaba cuando sucedió. Estaba con mi tía, Georgia, y con ella me quedé. Ya me consideraban rara (por una serie de motivos), y el hecho de crecer como la pupila de la hermana mayor de mi padre hizo bien poco por mejorar mi popularidad entre los demás niños y niñas de mi edad. La tía Georgia es una mujer buena y decente, pero es la profesora de Matemáticas de la única escuela de Gretchenville y es famosa por ser estricta. Los más mayores la llaman «solterona» y los más jóvenes a menudo le dicen cosas peores. La tía Georgia pensó que lo mejor era no recordarme a mis padres ni el accidente, para no alterarme, de manera que no hay fotos suyas en la casa. Y para «evitar bochornos» (suyos, que no míos) provocados por una negativa asociación con mi nombre, insiste en llamarme Dora.

(Por favor, no me llames Dora. Lo odio.)

—Esa soy yo. Pandora English —le dije con una alegre sonrisa al desconocido para disimular la emoción y el pánico. Aunque soy de estatura media, apenas si le llegaba al pecho. Tal vez solo fuera fruto de los nervios, pero pensé: «Qué quieto está. Ni siquiera sé si respira».

Sin mediar palabra, el altísimo chófer cogió mi maletín y se alejó. Lo seguí por el camino que iba abriendo entre la horda de usuarios del aeropuerto. Me llevó hasta la cinta del equipaje y cogió la maleta que le señalé, todo eso sin decir ni pío. Dicha falta de conversación, supuse, se debía o bien a mi excesiva importancia, o bien a la ausencia absoluta de ella. Me gustaría pensar que el motivo era la primera opción, pero sería bastante improbable. Soy una chica de diecinueve años que ha estudiado secundaria en un instituto de pueblo. No soy rica, ni famosa ni influyente. De momento no tengo teléfono móvil, ni escribo en un blog ni tengo una amiguísima del alma (ni siquiera tengo amigas, la verdad). Mi maleta no es de Louis Vuitton, o la que sea actualmente la marca utilizada por los habitantes de la gran ciudad para trasladar sus pertenencias. No, la mía es una maleta desgastada de cuero descolorido y arañado, adornada con algunos de esos sellos y pegatinas que antes se veían en los baúles de los barcos y trenes de vapor. Y no está desgastada por mis propias aventuras. Todavía no las he vivido siquiera. (Aunque, que quede entre nosotros, eso está a punto de cambiar.) La maleta era de mi madre, la arqueóloga, y la guardo como oro en paño, junto con la idea de todas las aventuras que ha visto al viajar a su lado.

Seguí al silencioso chófer hasta un alargado coche negro que nos esperaba aparcado junto a la acera. El coche, al igual que las gafas que el hombre no se había quitado, tenía un brillo que lo hacía parecer extranjero, los cristales tintados y era impenetrable. Allí todo relucía, pensé, en comparación con el pueblo. Me abrió la puerta de atrás y me ofreció el maletín. Entendí el gesto y subí al coche para sentarme con el maletín en el regazo mientras él guardaba la ajada maleta de mi madre en el maletero, que después cerró con la fuerza justa y necesaria. Me sorprendió y, la verdad, también me halagó que alguien me creyera digna de un chófer. Antes jamás había visto uno, salvo en las películas, y allí estaba yo, a punto de moverme gracias a un chófer por esa ciudad, ni más ni menos...: la ciudad de mis sueños.

Me senté en el asiento trasero de ese coche tan limpio e impresionante vestida con mis vaqueros buenos y con la americana gris nueva (que estaba un poco arrugada por el vuelo), aferrada a mi recién comprado maletín de una manera que esperaba que me hiciera parecer un poco neoyorquina. Todavía no llevaba nada en el maletín —salvo el monedero, el billete de ida y una novela con las páginas marcadas que había estado leyendo—, pero pronto esperaba llenarlo con artículos escritos por encargo. Esa era la ciudad donde llevaría a cabo mi carrera como periodista. Escribiría para las revistas más importantes. Investigaría historias interesantes y entrevistaría a los famosos.

Me convertiría en una articulista reconocida.

O eso esperaba.

Avanzamos por un enjambre de vehículos que tocaba el claxon, se detenía y echaba a andar como jamás había visto que sucediera en casa. Al final, nuestro elegante coche negro logró escapar del aeropuerto y echó a volar bajo por una serie de laberínticas y amplias autovías. Al atravesar el puente de la calle Cincuenta y nueve para llegar a Manhattan, jadeé asombrada tras el primer vistazo a Nueva York, una imagen que llevaba mucho tiempo deseando ver. Delante de mis ojos estaba la típica imagen de «la Gran Manzana», la isla de gigantescos monolitos de hormigón y cristal. Esa era la jungla de hormigón donde King Kong derribaba aviones encaramado a lo más alto del Empire State Building. La ciudad donde se desarrollaban las vidas de muchas de las torpes protagonistas de Woody Allen. El romanticismo de Tú y yo y el terror de Monstruoso en la misma isla. Reconocí el edificio Chrysler y el Empire State. Estaba a punto de anochecer y mi legendario Manhattan resplandecía con el brillo de las luces, de los miles (¿o serían millones?) de ventanas iluminadas desde el interior, mientras sobre los edificios el cielo se tornaba rojo.

Atravesamos el puente y nos internamos en el laberinto de rascacielos.

Con los ojos como platos, contemplé por la ventanilla cómo nos tragaba el tráfico. Calle tras calle, los edificios se alzaban pegados unos a otros. Los peatones también se movían pegados los unos a los otros, desplazándose de forma errática por las aceras invernales, conformando una escena tan caótica como la que había presenciado en el aeropuerto. Vi letreros de neón, carteles y anuncios. Los coches tocaban el claxon. La gente gritaba, caminaba y se detenía con su paraguas y sus bolsas de la compra, hablando por el teléfono móvil y entre ellos. Localicé la rejilla del metro donde posó Marilyn Monroe. (Sin ella no parecía un lugar tan glamuroso.) Pusimos rumbo a Madison Avenue y llegamos a lo que gracias a los callejeros sabía que era el Upper East Side, donde los rascacielos dejaban paso a bloques de apartamentos de cinco y seis plantas, con escaleras de incendios en las fachadas laterales. Giramos a la izquierda y atravesamos el inesperado oasis verde que era Central Park, circulando por una calzada de sentido único que discurría entre los árboles y los bancos hasta que al final llegamos a un pequeño túnel, oscuro y cubierto por una extraña niebla. Cuando la extraña niebla se evaporó, tal vez un minuto más tarde, descubrí que estábamos en una oscura calle residencial. Las casas parecían más antiguas y silenciosas. El chófer aminoró la marcha hasta detenerse junto a la acera de un edificio de aspecto gótico emplazado en una esquina de la calle.

«Número 1, avenida Addams.»

El motor se paró.

Habíamos llegado al diminuto barrio de Spektor, situado en Manhattan, que me había resultado imposible localizar en los mapas. Allí vivía Celia, mi tía abuela, la hermana de mi abuela materna, mi único pariente con vida además de la tía Georgia. No la conocía y estaba segura de que mi tía Georgia jamás la había visto tampoco. Por lo poco que sabía de ella, me esperaba a una mujer ancianísima y seguramente excéntrica, que mucho tiempo antes vivió a lo grande como diseñadora de moda para las estrellas de Hollywood y que en la actualidad llevaba una plácida existencia encerrada en su ático de Nueva York. Según mis cálculos, pasaba de los noventa años.

«Es un gesto muy generoso de su parte que te haya acogido —me había dicho la tía Georgia—. Pero tienes que ganarte el sustento. Ayúdala a cruzar la calle, cómprale las medicinas y hazle la compra. Debe de estar muy mayor y frágil...»

Esas advertencias me habían parecido deprimentes, sí, pero la emoción de empezar mi carrera en Nueva York y la oportunidad de abrirme camino yo sola hacían que cualquier experiencia desagradable geriátrica me pareciera un trato justo. Una huérfana no recibía todos los días una carta con la oferta de una vida nueva en Manhattan. Me costó un poco de trabajo convencer a la tía Georgia, pero sabía que deseaba con todas mis fuerzas vivir en Nueva York, y que esa era la única forma de conseguirlo. Ese era mi billete para salir de Gretchenville. Y también era la única oportunidad de escapar de la incesante álgebra de la tía Georgia y del agobiante peso de la tragedia familiar. Desde los once años llevaba tatuado en la frente el título de «la pobre huerfanita» junto con la ya mencionada etiqueta de «niña rara», así que si esta pariente tan generosa a la que nunca había conocido era una anciana nonagenaria que vivía encerrada en un barrio de Nueva York que no aparecía en los callejeros que había consultado (y que parecía tan animado como una ciudad fantasma por lo que veía), me daba igual. Lo importante era que había escapado de Gretchenville (cuya población era de 3.999 habitantes después de mi partida).

Salí del enorme coche y rebusqué en el monedero para darle una propina al chófer, que la rechazó en silencio moviendo su pálida e inexpresiva cabeza. Sin esfuerzo aparente dejó mi maleta en la puerta del extraño y antiguo edificio donde iba a vivir en el futuro más próximo. Y, después, regresó al coche, se subió y se marchó.

Miré hacia arriba.

El edificio parecía estrecho al elevarse hacia el oscuro cielo y estaba adornado con una serie de arcos de piedra, torreones y agujas. Tenía cinco plantas en total y unas ventanas excesivamente ornamentales en grupos de dos y tres. Los detalles tallados en la piedra se habían borrado y habían adquirido distintas tonalidades de gris, de manera que el efecto era un poco fantasmagórico, sobre todo porque (a menos que fuera un efecto de la luz) las ventanas de las plantas intermedias estaban tapadas con tablones.

«Vale...»

Descubrí el panel del portero automático al lado de la cancela de hierro forjado de medio punto, y pulsé el botón correspondiente al ático. Al cabo de unos segundos, oí una respuesta alegre pero incomprensible, y la cancela se abrió acompañada por un zumbido. Intenté abrir la puerta de madera situada detrás de la cancela de hierro, pero pesaba más que la losa de un mausoleo y, al parecer, se usaba con la misma frecuencia. ¿Cómo era posible? Mi misterioso chófer había desaparecido, así que solté el maletín y empujé la puerta con las dos manos y con todas mis escasas fuerzas. ¿Cómo podía vivir una anciana detrás de semejante puerta? ¿Cómo podía salir de casa? O tal vez no saliera. Tal vez no pudiera hacerlo. Tal vez ese fuera el motivo de mi presencia.

«Madre mía. ¿En qué me estoy metiendo?»

Lo intenté de nuevo.

—¡Por favor, ábrete! —murmuré frustrada, y logré abrir una rendija. Fui abriéndola centímetro a centímetro y colándome en el interior. Un pie, un tobillo, una pierna y, por último, mi torso delgado, hasta que logré meter la maleta, el maletín y por fin estuve dentro. La gruesa puerta se cerró con un crujido en cuanto la solté y me dejó encerrada y rodeada por la nube de polvo que levantó. La temperatura del interior era varios grados inferior a la de la calle, así que no resultaba muy agradable. Me descubrí en un vestíbulo de planta ovalada y techos altos, decorado con lo que antaño fueran majestuosas baldosas y apliques dorados, pero que en ese momento se encontraban polvorientos y muy ajados. Una escalera de caracol ascendía hasta la puerta de madera de una entreplanta, que estaba cerrada, y el sonido de una campanilla reveló la existencia de un ascensor antiguo de estructura de hierro forjado con flores de lis, una de las cuales se había desprendido y estaba torcida. Sobre mi cabeza descubrí una impresionante araña de cristal llena de telarañas y un tanto torcida. Era la única fuente de luz.

Tal parecía que el edificio donde vivía la tía abuela Celia era tan tétrico por dentro como fuera, aunque yo no tenía nada en contra de lo tétrico, la verdad fuera dicha. Al fin y al cabo, llevaba un tiempo obsesionada con los cementerios antiguos. Había hecho más de cien fotos en el de Gretchenville. A una tumba en concreto.

En el silencio sepulcral se oyó un chasquido metálico y el ruido de la antigua maquinaria del ascensor. Al cabo de unos minutos, las puertas de hierro forjado se abrieron para revelar a una mujer delgada que se adentró en el círculo de luz que proyectaba la polvorienta araña de cristal. Llevaba un sofisticado vestido rojo y negro ajustado en la cintura con un delgado cinturón de charol. Por un momento que me pareció surrealista, tuve la impresión de que una foto antigua de la revista Vogue, tomada en los años cuarenta o cincuenta del siglo pasado, había cobrado vida. Llevaba unos zapatos de tacón de estilo Mary Jane, no iba plana. Tampoco llevaba medias de compresión...; llevaba ¡medias de seda! Los largos dedos de las manos estaban cubiertos por unos guantes oscuros de ante con una abertura en la muñeca que se cerraba con un botón de cuero rojo.

¡La leche!

—¡Querida Pandora! ¿Eres tú? —preguntó la mujer con voz cantarina y más vitalidad de la que habría imaginado si se tratara de la tía abuela de cualquier otra persona. Llevaba los sonrientes labios pintados con un brillante tono rojo oscuro—. ¡Pandora! —exclamó de nuevo, tambaleándose al tiempo que daba un paso hacia mí.

Iba ataviada con un sombrerito pequeño de color negro con un velo de redecilla que le ocultaba la cara desde la boca hacia arriba. Sí, mi tía abuela Celia era viuda, recordé en aquel momento, pero nunca había visto a nadie con uno de esos sombreros salvo en las fotos en blanco y negro. Se marchó de Gretchenville a principios de los cuarenta con la intención de viajar por el mundo y de diseñar para las casas de moda más importantes, y para las estrellas de Hollywood, y estuvo brevemente casada con un fotógrafo neoyorquino que murió de un ataque al corazón o algo así. Evidentemente, nunca regresó al pueblo. (¿Para qué iba a hacerlo? Yo tampoco habría vuelto.) Eso era lo poco que sabía de la mujer con la que iba a vivir. O eso era lo que creía que me habían contado de ella. Pero ¿no significaba eso que la mujer que tenía delante era demasiado joven para ser Celia?

—Soy Celia —dijo, confirmándolo justo cuando yo ya estaba segura de que mi tía abuela había enviado a otra persona a recibirme. Me tendió una mano enguantada, y yo parpadeé.

—Mmm..., yo soy Pandora. Gracias por recibirme en tu casa —repliqué con incomodidad al tiempo que le estrechaba la mano. El ante me pareció tan suave al tacto como el terciopelo.

Sin duda, me había hecho un lío con la historia de Celia. ¿Sería mi tía en vez de mi tía abuela? ¿Hermana de mi madre, quizá? No se movía con andador ni nada parecido, aunque al mirarla más detenidamente me percaté de que llevaba un bastón en la mano izquierda. Era de caoba tallada y plata bruñida, y brillaba. Sin embargo, parecía más bien un complemento que una ayuda real.

—Bienvenida. Por favor, pasa —añadió Celia, que me hizo un gesto para que subiera al ascensor—. Espero que mi chófer no tuviera problemas para encontrarte. No has tenido que esperarlo mucho, ¿verdad?

—En absoluto. Todo ha sido muy rápido. —Más rápido de lo que yo esperaba—. Muchas gracias por enviar a tu chófer. Ha sido un detalle muy generoso. —El hombre me había parecido muy raro y callado. A lo mejor era normal. Al fin y al cabo, no estaba acostumbrada a los neoyorquinos y me habían dicho que podían ser un poco distantes.

—¿Generoso? —repitió Celia—. Pamplinas. Para eso está. No voy a permitir que mi chófer se pase el día sin hacer nada, ¿verdad?

No encontré una réplica adecuada para semejante afirmación.

Esbocé una sonrisa nerviosa y arrastré la maleta de mi madre hasta el ascensor. Celia pulsó un botón y la maquinaria gótica que nos rodeaba se cerró entre chasquidos. Subimos lentamente y pasamos por la primera planta, visible a través de la puerta de forja. El rellano estaba vacío y polvoriento. La siguiente planta estaba igual, salvo por una impresionante telaraña que colgaba como si fuera un trozo de encaje por delante de una puerta. Me daba en la nariz que algunos de los pisos del edificio estaban deshabitados.

Y después, de repente, tuve una de mis sensaciones raras. Empezó como una especie de retortijón frío y desagradable en el estómago.

«Aquí ha muerto alguien. Alguien ha muerto y no de forma natural.»

El asunto es que o bien tengo una imaginación portentosa, o bien veo cosas que los demás no pueden ver. Y eso me pasa desde que tengo uso de razón. Esa «imaginación portentosa», como mi padre la llamaba, incluye sueños muy reales, visiones proféticas y extrañas premoniciones, y solía provocar en mis padres una gran frustración, por no mencionar las facturas que se dejaron en psicólogos infantiles. Después de que, al parecer, predijera la muerte del carnicero del pueblo a los ocho años, y de que afirmara haber tenido noticias suyas más tarde, la gente dejó de venir a casa. Daba igual que yo fuera una niña lista y bonita. Era la rara del pueblo. Estas premoniciones mías, o como quieras llamarlas, siempre han aparecido de repente y con mucho ímpetu, pero después del episodio del carnicero aprendí a contenerlas..., no siempre con éxito.

Pero lo más importante fue que aprendí a no decir ni pío.

—Es victoriano —dijo Celia, refiriéndose al edificio al percatarse de mi silencio.

Mi tía abuela esperó pacientemente mi réplica. Conseguí asentir con la cabeza al tiempo que murmuraba por lo bajo e intentaba controlar el terror que se estaba apoderando de mi estómago. Muerte. Una sensación poderosa e inconfundible.

Me pregunté si la tía Georgia habría avisado a Celia de mi peculiaridad.

—Lo construyó en 1888 Edmund Barrett, el arquitecto y científico —siguió mi tía, al tiempo que me miraba como si yo debiera conocer al susodicho.

—Qué interesante —repliqué, una vez recuperada de la impresión. Barrett no me sonaba de nada—. Es precioso.

—Me temo que está deteriorado desde que mis inquilinos murieron —confesó—. No te recomiendo que explores las demás plantas.

Otra vez la sensación fría en el estómago.

—Pero la estructura del edificio es segura, ¿verdad? —le pregunté con una sonrisa, como si estuviera bromeando. Que no era el caso.

—Ay, cariño, desde luego que lo es. No tienes que preocuparte... de eso —me aseguró Celia con un gesto de la mano enguantada.

—Es... muy bonito —solté de repente para disimular el nerviosismo que sentía—. Al estilo gótico —añadí mientras dejábamos atrás la desierta tercera planta.

—Sí. Es neogótico —me confirmó Celia tan tranquila—. En aquella época era un estilo muy popular, aunque es improbable que te encuentres muchos edificios como este. Es único.

Sí, saltaba a la vista.

—Espero que la puerta no te haya dado muchos problemas —añadió mi anfitriona—. No le gustan las visitas.

Su forma de expresarlo me hizo fruncir el ceño.

—Sí, pesa mucho —convine—. ¿Cómo te las apañas?

—Tiene truco.

El pequeño ascensor se detuvo en la última planta. Habíamos llegado. La puerta se abrió y apareció frente a nosotras una puerta de doble hoja como las que había visto en los demás rellanos, pero en este caso estaba pintada de un brillante negro azulado. No había polvo. A un lado vi una consola tallada, con una bandeja de plata. Salimos del ascensor y la puerta se cerró con un traqueteo a nuestra espalda. La tía Celia se acercó a la puerta del ático, pero se detuvo.

—¿Te gustaría entrar y ver tu nuevo hogar? —me preguntó.

—Gracias —contesté, y ella me sonrió por debajo del velo.

Celia abrió la puerta con su llave y la seguí al interior.

Me quedé boquiabierta.

El espacioso ático de mi tía abuela Celia quitaba el hipo de lo bonito que era. En la vida había visto nada igual. Tenía techos altos y abovedados en el centro, y suelo de reluciente madera. El enorme salón estaba lleno de estanterías con baldas cargadas de libros de preciosas tapas. Vi vitrinas con puertas de cristal en cuyo interior se alineaban objetos extraños, obras de arte y plantas exóticas y desconocidas para mí. Creí reconocer una venus atrapamoscas, una planta carnívora que solo había visto en los libros. Los muebles eran antiguos. De hecho, todo parecía antiguo, pero muy agradable a la vista. Un espejo eduardiano biselado, lámparas de estilo Tiffany, retratos oscuros de serios aristócratas, mesas y sillas exquisitas con criaturas talladas en la madera. Toda la decoración, cada objeto, cada mueble, parecía haber sido creado con el mayor de los esmeros. Victoriano. Eduardiano. Art déco por aquí y por allá. Detalles dentro de los detalles. Tallas dentro de las tallas. Celia tenía un gusto exquisito, y los distintos periodos encajaban estupendamente entre sí, aunque el resultado me recordaba un poco a una biblioteca preciosa o incluso a un museo. La falta de calidez hogareña del ático de la tía Celia se suplía con creces por la elegancia y el exotismo. La humilde casa de mi tía Georgia, con sus muebles modernos y prácticos, parecía sosísima en comparación. (Bueno, la verdad es que ya me lo parecía antes.) En el ático no había telarañas. Ni señales de deterioro. Las arañas de cristal brillaban y relucían.

—Esta es mi zona privada —me dijo Celia al llegar a una puerta cerrada situada al fondo de un largo pasillo—. Preferiría que no usaras esta zona.

Asentí con la cabeza.

—Por supuesto.

Recorrimos de nuevo el pasillo para regresar al otro extremo y ver la cocina, el comedor y el enorme salón, que era la zona de estar del ático. En el extremo más alejado había una puerta que señalaba el final del recorrido. Las luces de la habitación estaban encendidas y olía maravillosamente a flores frescas.

—Pandora, esta será tu habitación —anunció Celia—. Si te parece bien.

«¿Si me parece bien?» La habitación de invitados de mi tía abuela era palaciega, de una manera que ya no se veía en las habitaciones modernas. La estancia, de altos techos abovedados, incluía una enorme cama de cuatro postes y cuadrantes de encaje. En un rincón había un armario antiguo de gran tamaño, y a su lado, un precioso tocador de roble con espejo y un jarrón de cristal lleno de rosas rojas. A continuación, estaba la puerta del cuarto de baño, de suelo ajedrezado. Las dos ventanas estrechas y apuntadas eran las de la fachada delantera, de manera que daban a la calle residencial. Debajo de una de las ventanas se había dispuesto un pequeño escritorio de estilo victoriano con tapa inclinada. En el suelo, a su lado, había un antiguo gramófono. Me pregunté de pasada si todavía funcionaría. Vi que habían dejado un plato con fruta y un sándwich en la parte plana del escritorio.

—He pensado que te gustaría comer algo antes de acostarte —me dijo ella.

—Muchas gracias. —Estaba muerta de hambre.

Al lado del plato descubrí una fotografía pequeña con un marco antiguo de plata. La reconocí de inmediato, aunque estaba en el otro extremo de la habitación y no la había visto desde que era muy pequeña. Era una foto de boda de mis padres. Estaban abrazados y muy sonrientes. Mi padre llevaba camisa blanca y corbata, y mi madre se había apartado el velo de la cara y lo llevaba en torno a la cabeza, como si fuera un halo. Parecían muy jóvenes y felices. Se me encogió el corazón.

—Bienvenida, Pandora.

Me recompuse de nuevo.

—Muchas gracias. Todo esto es maravilloso —le dije a mi tía abuela, y lo hice con sinceridad.

Dejé la maleta de mi madre y el maletín al otro lado de la puerta. Si esa iba a ser mi nueva habitación, era mucho mejor de lo que podía desear y muchísimo mejor de lo que esperaba. Triplicaba fácilmente el espacio del espartano dormitorio en el que había vivido durante los últimos ocho años en casa de la tía Georgia.

—La cocina y el resto del ático están a tu entera disposición. Quiero que te sientas como en casa —me dijo Celia—. Sin embargo, hay ciertas reglas. —Se puso seria por debajo del velo y cuadré los hombros, como si de esa manera quisiera hacerle entender que acataría todas sus reglas como un buen cadete—. Llama antes de entrar, por favor. Y, tal como ya te he dicho, mantente alejada de mi parte del ático. No me gusta que me molesten. —Me observó para ver si estaba tomando buena nota, algo que desde luego estaba haciendo—. Y no te recomiendo que explores las otras plantas del edificio —concluyó.

Esa tercera regla parecía un tanto amenazadora. Amenazadora e importante. Soy una chica muy buena y nunca me he considerado una rebelde ni por asomo, pero esa era la segunda vez que Celia mencionaba que no debía curiosear por las otras plantas del viejo edificio, y admito que sentí el irrefrenable impulso de llevarle la contraria. Refrené dicho impulso. Era una regla muy sencilla, y debía respetarla.

Asentí vehementemente con la cabeza.

—Sí, tía abuela Celia.

Ella alzó su delicada barbilla y me miró con una sonrisa tranquilizadora.

—Y, ahora, cariño, seguro que has oído que Nueva York es una ciudad peligrosa. Tonterías. Aquí en Manhattan hay gente estupenda. Pero no deambules de noche sola por las calles a menos que quieras meterte en problemas. Las cosas cambian por aquí en cuanto se pone el sol. —Me dio unas cariñosas palmaditas en un brazo y creo que me guiñó un ojo—. Pero ya eres una chica bien grande y puedes cuidarte sola.

Me miró la cara como si buscara alguna señal de que la había entendido, aunque no podía imaginar qué creía poder ver en mí.

—Si necesitas algo que no tengamos en casa, hay una tienda justo en la esquina de la calle —siguió, señalando hacia la izquierda de las dos altas ventanas apuntadas—. Está abierta las veinticuatro horas. El dueño se llama Harold. Te conseguirá cualquier cosa que necesites. Anótalo todo en mi cuenta.

—Ah, espero encontrar trabajo pronto y así poder pagar todo lo que necesite —le prometí. No quería depender de la caridad—. Te devolveré el dinero de la factura del chófer, y de la comida y las cosas que compre.

Mi tía abuela sonrió por detrás del velo.

—Cariño, claro que conseguirás un trabajo pronto, pero no hace falta que me pagues nada. Somos familia. Ponlo todo en mi cuenta. Y siéntete como en casa, Pandora. Creo que te gustará vivir en Nueva York.

—Muchas gracias. ¿Puedo usar el teléfono para decirle a la tía Georgia que he llegado bien?

Celia se apoyó con elegancia en el marco de la puerta y ladeó la cabeza.

—Ay, car

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