Mi tirano favorito

Olga Hermon

Fragmento

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Capítulo 1

—¿Así que tu nombre es Alicia Suárez del Rincón?

Aunque la «película» era una copia exacta de las que había visto las dos últimas semanas, la voz clara y un tanto subida de tono no le permitió a la entrevistada cerrar los oídos, y asintió a todo con una sonrisa amable.

—Eres huérfana de padre y madre desde los dos años de edad. A partir de entonces, tu tía abuela Adel, que vivía en los Estados Unidos, se hizo cargo de ti hasta los doce, cuando falleció de su vieja aflicción de pulmones.

Alicia pronunció un sí, en tanto suspiraba con paciencia y miraba cómo la anciana hacía anotaciones en su libreta.

—Por no contar con más familiares, el Estado de Arizona resolvió enviarte a una casa hogar en la cual permaneciste hasta tu mayoría de edad. —Mati prosiguió con la mirada un tanto ceñuda sobre el joven rostro. No comprendía el que nadie se hubiese interesado por adoptar a una criatura de rasgos tan dulces y mirada inocente—. Me doy cuenta de que eres una chica sincera, me agrada; no es fácil encontrar esa virtud hoy en día —comentó sorprendida al leer la parte en que confesaba que, aunque brillante en la escuela, era un imán para atraer los problemas. «Cualidad usual para alguien de tan corta edad y con un difícil pasado», diría ella.

—Señora Mati —dijo Alicia buscando las palabras, pues no quería que su personalidad grandilocuente le echara a perder la mejor propuesta de trabajo vista hasta ahora, sin descontar que seguro sería la única. —¿Le gustaría saber por qué nunca fui adoptada? —Aunque su estilo, un tanto cínico, la había hecho merecedora de una felicitación, pensó que valía la pena sincerarse con la afable mujer que, sin conocerla de nada, la había invitado a que la llamara por su mote y era por demás amable con ella—. Para mí fue sencillo decidir. No quería ser entregada a una de esas familias de acogida —dijo con mirada resuelta—. Deseaba a toda costa evitar el trago amargo que sufrieron muchos chicos de mi edad que fueron devueltos a la casa hogar como si fueran electrodomésticos descompuestos, solo porque no eran «el niño perfecto» que esperaban. —repitió con frialdad, como seguro había escuchado en infinidad de veces. Sin poder evitarlo, un destello de dolor logró colarse en sus bonitos ojos—. Así que busqué la forma de permanecer huérfana e impedir ese fastidio en mi vida. —Terminó con una sonrisa que a leguas se veía muy practicada.

—Me apena escuchar eso, Alicia —dijo Mati sincera. Al instante capturó su fuerza de carácter, eso era justo lo que se requería para el puesto, aunque la última palabra la tenía el jefe, que en ese momento escuchaba la entrevista del otro lado de la puerta.

—«Lo que no mata te fortalece» —recitó a pie juntillas el dicho preferido de la directora del orfanato—. Lo aprendí siendo muy niña.

— ¿Por qué consideras que, a pesar de no tener experiencia en el ramo, cuentas con la capacidad para desempeñar el puesto? —Aunque le agradara la chica, tenía que ceñirse al guion.

—Aunque nunca he trabajado de bibliotecaria, sé bien lo que es manejar una biblioteca. La tía Adel contaba con una bastante extensa en casa, la misma que yo mantenía en perfecto orden según sus enseñanzas y exigencias. Ella sí que era una experta en la materia; toda su vida trabajó para la biblioteca central del condado —agregó el dato que esperaba le valiera puntos—. Y créame, lidiar con eso no fue nada fácil. También, hablo inglés y español a la perfección. —Ciertamente, era bilingüe de nacimiento.

A pesar de que Alicia no conocía de nada la biblioteca de ese mausoleo, pensó que no podía ser muy diferente a la de su difunta tía Adel.

—No has preguntado quién es la persona contratante, ¿acaso no sientes curiosidad? —Si bien Mati seguía el cuestionario para las entrevistas, sintió que la pregunta era relevante, pues la chica era la única candidata, hasta ahora, que no había llegado al punto de la imprudencia por saberlo.

—¿Su jefa o jefe es algún tipo de extraterrestre o asesino serial? —Mati sonrió ante la ocurrencia—. Quiero este empleo, creo estar capacitada para desempeñarlo, lo demás es

secundario —dijo con pasión. Obtener techo y comida en el mismo paquete era una ganga que no podía desaprovechar. A esas alturas del mes, contaba con los dedos de una mano los fondos restantes de la última ayuda otorgada por el Gobierno en tanto se colocaba.

—El propietario de esta casa es un excéntrico genio de la música y odia que lo molesten. —Mati informó sin empacho y estaba por seguir con la «prueba de fuego». Esperaba que su intuición no le fallara, pues algo le decía que esa chica era la persona indicada para lidiar con el «energúmeno». Sabía que se ganaría una reprimenda del vapuleado hombre, pero sentía la obligación de advertirla—. Él defiende su privacidad a capa y espada, en pocas palabras, es un huraño de difícil trato, por no decir imposible —soltó lo último casi para ella.

—Señora Mati, si su propósito es desalentarme, créame, ningún genio incomprendido o lo que sea me asusta. —Hizo una pausa pensativa—. Después de lidiar con mi estirada tía Adel y con los «afectuosos» encargados de la casa hogar, tenga la certeza de que sé cómo arreglármelas. —Levantó el mentón con orgullo, convencida de sus palabras.

Mati optó por zanjar el tema; presentía que, si seguía por ese camino, la chica no conseguiría el empleo. Bastante daño se había hecho con el desafortunado comentario de momentos antes. Hasta donde se encontraba sentada, le había llegado el rechinido de muelas del «genio incomprendido».

Alicia salió de la mansión llevándose consigo la promesa del famoso «nosotros la llamaremos», que había escuchado lo suficiente para toda una vida. Por el camino de regreso no hizo otra cosa que rogar al cielo que la ayudara a conseguir ese puesto, pues al pagar el boleto del camión de San Miguel a San José, de ida y vuelta, el saldo de sus arcas había mermado al grado de quedar al borde de los números rojos.

Pensativa elucubraba que, aunque la entrevista no se había llevado a cabo en la biblioteca, por la belleza y magnitud de la residencia del «genio de la música», pudo concluir que se trataba de un hombre rico. Fuese por los éxitos o por herencia, el dinero y la opulencia eran evidentes en el lugar. Estaba convencida de que, si no era contratada, jamás volvería a tener la suerte de pisar un sitio como aquel.

Cuando llegó a San Miguel, ya habían empezado las clases en su escuela preparatoria, así que se obligó a bajar de la nube en la que flotaba para regresar a su realidad, que aguardaba dentro del aula.

En una semana concluiría el semestre y recibiría su ansiado certificado; requisito indispensable para poder inscribirse en la Licenciatura de Letras, en una escuela virtual que tenía en la mira desde hacía varios meses. Solo había un pequeño inconveniente: si no conseguía un empleo que le permitiera pagar los estudios, sus sueños se irían al traste.

***

—Excéntrico, huraño, difícil e imposible, ¿eh? —Se escuchó la grave voz, en tono de reclamo, al momento de que Nícholas entró a su despacho después de que fuera despedido el último candidato del día—. Quiero que contrates ahora mismo a Suárez.

—¿Estás seguro, Nick? El anuncio saldrá hasta el miércoles —insistió Mati, aunque de antemano sabía la respuesta.

—No me importa. Llámala ahora mismo. Dile que se presente mañana a las ocho horas a trabajar —deletreó con su característico tono autoritario antes de salir de la habitación.

Mati no entendía qué motivaba a Nick a tomar esa decisión. Antes que la entrevista de Alicia Suárez, él había escuchado a cinco personas y, a su parecer, tres técnicamente estaban capacitadas para el puesto.

Con un sentimiento parecido a una premonición, la anciana marcó el número de contacto de la chica para darle la noticia.

En una batalla campal por lograr concentrarse en la clase, Alicia sintió vibrar de nuevo el teléfono celular dentro de su bolsillo del jean. Sopesó un momento y al final decidió no responder hasta terminar la escuela. Reflexionó que ya había sido suficiente distracción con su llegada tarde como para rematar con una conversación inapropiada a mitad de Álgebra. Le cruzó por la cabeza que quizá tuviera que ver con la entrevista de esa tarde, entonces recordó que la señora Mati había sido muy clara al decirle que en dos días se llegaría a una resolución.

Mientras tanto, en la mansión Kirgyakos...

—¿Contactaste a la chica, nana? —Sentado a la cabecera de la gran mesa del comedor, Nícholas interpeló a Mati que se encontraba acomodada justo a su derecha.

—No responde mis llamadas, supongo que...

—No supongas nada, por favor —interrumpió molesto—. Mándale un mensaje de texto. Dile que te atienda ahora mismo. —De inmediato sintió como le hervía la sangre. «La gente ruega por empleo, pidiendo al cielo no encontrar», recitó para sus adentros.

Con su habitual impaciencia, el músico empezó a tamborilear sobre la mesa. Ya se estaba arrepintiendo de su arrebato, eso lo enfurecía por partida doble; primero, porque odiaba tener que retractarse de sus decisiones y segundo, porque a él nadie lo hacía esperar, menos una simple aspirante a bibliotecaria.

—Está bien, trata de calmarte, no es para tanto —regañó Mati con teléfono en mano.

—Me importa un carajo si se encuentra en el funeral de su hermano. Que te responda —agregó apretando el cuello de su copa de vidrio con peligrosidad.

—No tiene familia, es huérfana, ¿recuerdas? —Mati recibió un gruñido por respuesta, pero ella no se amedrentaba con sus reacciones, conocía de sobra su explosivo temperamento, estaba acostumbrada a él—. En un minuto le marco —explicó luego de batallar con sus torpes dedos que no se acostumbraban a las modernidades.

—Ponla al habla, yo mismo me encargaré de esa... chica —comentó al verla manipular el aparato de nuevo.

Ante la insistencia del vibrante aparatejo, Alicia decidió sacarlo de su bolsillo para apagarlo, pero grande fue su sorpresa cuando se percató del sinnúmero de llamadas del mismo usuario. No le quedó de otra que consultar la pantalla lo más discreta posible para evitar una nueva reprimenda del profesor. ¿Quién podía ser y por qué tanta urgencia? En eso estaba cuando entró un mensaje de texto que no tuvo tiempo de leer porque el artefacto empezó a timbrar de forma ruidosa. Sin querer, había activado el sonido.

—Diga... —respondió en un susurro, agazapada en su asiento, como si no tuviera veintiún pares de ojos encima de ella, incluyendo los del profesor.

—¿Señorita Suárez? —El hombre al otro lado de la línea no hablaba, ladraba—. ¿Hablo con la señorita Suárez? —insistió en tono intimidante al no obtener inmediata respuesta.

—Sí, soy Alicia. Por ahora no puedo hablar. Dígame su nombre y al número registrado le regresaré la llamada en cuanto me sea posible —susurró inquieta en el asiento.

Nicholas no supo si reír de frustración o enfurecerse con la insufrible criatura que no era capaz de responder de forma apropiada.

—Habla Nícholas Kirgyakos, «el músico incomprendido» —agregó con los dientes apretados. Al segundo de su declaración, escuchó una exclamación de sorpresa del otro lado de la línea y luego el estruendo de metal—. ¿Alicia? ¿Sigue ahí? —preguntó ceñudo, mirando al aparato como si este pudiera responderle por sí solo.

—Sí, aquí estoy —dijo sofocada por la carrera que la puso en el corredor antes de que la sacaran del aula. Al escuchar con quién hablaba se cayó del pupitre y este se tambaleó contra el muro ante la mirada asesina del matemático.

—La llamo para informarle que he decidido contratarla para el puesto de bibliotecaria. Preséntese en la mansión a primera hora de mañana. Sea puntual. No haga que me arrepienta de la decisión que he tomado —amenazó masticando las palabras.

—Gracias, se... —Con la boca abierta y los ojos como rayas, Alicia escuchó el tono de fin de la llamada—. ¿Qué? ¿Me colgó? ¡Sí! El muy grosero ni si quiera se despidió —alegó al vacío indignada, pero al instante comprendió que había sido contratada: ¡el empleo era suyo!

La chica dio un sonoro grito al estilo texano y se puso a bailar country en medio del corredor, sin importarle las miradas curiosas de sus compañeros que salían en tropel de las aulas después del timbre.

—¿Me vas a contar por fin qué pasa?

—¡Pablito de mi corazón! ¡Tengo el empleo! Acabo de recibir la llamada del mismísimo Nícholas Kirgyakos para confirmarlo —dijo cuando lo abrazaba y lo obligaba a brincar en círculos con ella—. Nícholas Kirgyakos... ¡Cielos! El famoso compositor de música para orquesta, ganador de varios premios internacionales por la musicalización de las películas más galardonadas de la última década —recitó sin tomar un respiro dejando claro que era su fan número uno de México.

—¡Wow, Ali! Solo porque me lo cuentas tú, lo creo. —El rostro anonadado daba claras cuentas de su sorpresa—. ¡Trabajarás para «El virtuoso escurridizo»! —Pablo dijo refiriéndose al él por el mote con el que se le conocía en los medios de comunicación, y con justa razón, porque el tipo nunca se dignaba a asistir a los eventos de premiación ni permitía que le tomaran fotografías.

—Ahora que lo sé, te juro que muero de los nervios —dijo torciéndose la esquina de la camiseta de forma involuntaria—. Mati, la señora que me entrevistó, me comentó que es un hombre muy «especial», que cuida su privacidad con alta tecnología para protegerse de personas indeseables.

De camino al aula de laboratorio, Alicia contó a su mejor amigo, con lujo de detalles, acerca de la entrevista y la fabulosa mansión.

—Según la señora Mati, es un tipo huraño, así que lo más probable es que ni lo llegue a conocer; aquí lo importante es que, según he leído en algún lado, es muy generoso con sus empleados —dijo con una sonrisa de oreja a oreja y el característico signo de pesos entre su dedo índice y pulgar—. Necesito ser la mejor para conservar ese puesto, Pablito, solo así podré conseguir mi sueño —agregó con el rostro iluminado por la emoción—. Tendré el sueldo íntegro, libre de renta y comidas. ¿Te imaginas lo que ahorraré en los doce meses que dure mi contrato? Si al final consigo del músico una buena recomendación, no habrá puerta que se cierre de nuevo para encontrar otro empleo.

—Un paso a la vez, amor —recomendó el amigo cuando pasaba el brazo por sus hombros—. Todavía no inicias esta etapa y ya estás planeando la siguiente.

Pablo estaba feliz porque al fin la vida le empezaba a sonreír a Alicia. Él había querido ayudarla en muchas ocasiones, pero era demasiado orgullosa e independiente para permitirlo.

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Capítulo 2

Finalizaba su tercer día de trabajo en la mansión y Alicia ni de lejos había visto u oído al enigmático músico. Las fotografías sobre él brillaban por su ausencia; su casa no era la excepción. Por los medios sabía que era un hombre joven y de buen ver, pero las imágenes que a veces publicaban eran difusas; invariablemente estaban tomadas a larga distancia y él aparecía con gafas oscuras, cercado por un eficiente personal de seguridad. Según le había confiado doña Mati, Kirgyakos se encontraba en la isla de incógnito y así se lo hizo saber a Pablo para que no se fuera de la lengua.

No lamentaba para nada el no conocerlo en persona, aunque adoraba su trabajo. Al contrario de lo que se espera, agradecía en el alma no tener rose con el hombre y menos después de enterarse de lo que comentaban los empleados del servicio de la mansión, los cuales aseguraban que era una especie de monstruo que gustaba de torturar almas débiles cuando andaba de malas.

Dejando de lado las murmuraciones, Alicia disfrutaba mucho lo que hacía; desde el primer instante que entró a la biblioteca se enamoró de ella. Esta era una enorme habitación de forma rectangular, techo muy alto de vigas de madera y paredes blancas repletas de libreros de piso a techo; solo el muro de la puerta de acceso estaba libre de estantes y la pared del fondo, al centro, donde lucía una gran ventana que daba al patio trasero de la mansión. Sobra decir que para nada se parecía a la biblioteca de su tía Adel.

Así que, cuando se quería tomar un tiempo de relax, solo tenía que atisbar por la ventana para imaginar que caminaba entre la exuberante vegetación impregnada de flores, arbustos recortados habilidosamente en formas que no alcanzaba a distinguir desde ahí y centenarios árboles de la región, tras los cuales se encontraba el majestuoso corredor de mar verde esmeralda entre las playas de Quintana Roo y la Isla de Cozumel. Nunca podría aburrirse en ese lugar, era un verdadero paraíso. Alicia amaba su tierra y esperaba no tener jamás que volver a irse de ahí.

Su horario de trabajo era muy cómodo, de ocho a cuatro, de lunes a viernes, y el sábado la jornada concluía después del mediodía. Para su buena suerte, las carreras en las que se veía envuelta para acudir a tiempo a sus clases nocturnas, en San Miguel, terminarían al día siguiente, fecha en que llegaba a su fin su instrucción preparatoria.

Otro aspecto que la tenía enamorada de su nueva vida era el gato más hermoso de todo San José, el que sin explicación ni lógica se había pegado a sus faldas desde que se encontraba en la mansión.

—Eres todo un galán conquistador —se escuchó la voz de Alicia, en tono enamorado, cuando yacía sobre sus rodillas en medio del solitario pasillo de servicio.

—No se te ocurra permitirle el paso al ala norte de la casa —dijo Mati, que se acercó cuando la vio al doblar la esquina—. Si el señor Kirgyakos descubre que ha vuelto, esta vez no dudará en mandarlo a la clínica de belleza y no precisamente para la cita con su peluquero. —Su rostro no reflejó ni un sentimiento al mirar a su acompañante echado en el piso ronroneando gozoso por sus caricias.

—¿Cómo puede ser tan malvado con un ser indefenso?—preguntó resentida, con la mano sobre su cabeza en actitud protectora.

—No preguntes, niña, solo obedece. —La orden la dio con fría claridad, prefería portarse severa a experimentar una desagradable sorpresa.

—No se preocupe, así será —hizo una pausa pensativa—. Señora Mati, en vista de que el señor no lo quiere, ¿me lo puedo quedar? —suplicó en tanto tomaba en sus brazos al precioso felino dispuesta a protegerlo con su vida del ogro que habitaba en la mansión.

—¡Claro! Siempre y cuando prometas que lo mantendrás lejos de Nícholas y que te lo llevarás contigo cuando el contrato termine —respondió feliz—. ¿Puedes creer que lo he regalado unas cuatro veces? El muy sinvergüenza se escapa y regresa sin importar que tan lejos se encuentre.

Mati no era amante de las mascotas, pero no por eso les daba mal trato, solo que, desde el punto de vista de Nick, había motivos suficientes para evitar que el gato permaneciera en la mansión y ella no podía menos que darle la razón.

—¿Tiene algún nombre? —Acariciaba el lomo del animal con empatía, sin entender por qué en ese lugar se desestimada de esa forma la lealtad del felino.

—Los padres de Nick le llamaban Minino.

—¿Minino? —Sonrió divertida en tanto se alejaba rumbo a su habitación con el único pensamiento de buscar un nombre apropiado para su nuevo amigo—. No temas, precioso, yo te cuidaré del ogro. He prometido que, cuando me vaya de aquí, te llevaré conmigo —declaró solemne al animal de mirada inteligente—. Tú y yo somos almas gemelas y no te dejaré nunca.

Al otro día, cuando Alicia se dirigía en carrera libre a la biblioteca, después de tomar un rápido desayuno, porque se le habían pegado las sábanas al desvelarse jugando con su mascota...

—Auch —Se escuchó una voz adolorida muy cerca de ahí—. No puede ser. —Era Mati, ahora muy enfadada.

—¿Se encuentra bien? ¿Se ha lastimado? —preguntó Alicia al descubrirla despatarrada en el piso al pie de las escaleras.

—La verdad es que me duele más mi orgullo que mi trasero —dijo sobándose—. Esto me pasa por correr como si aún tuviera veinte años. —Sonrió adolorida observando a la chica juntar el abanico de papeles regados frente a ella.

—Si me indica para dónde van, yo puedo llevarlos —se ofreció refiriéndose a los sobres en su mano cuando le ayudaba a ponerse de pie. Con disimulo observaba que no hubiera pasado del golpe.

—Gracias, mi niña. —Sonrió agradecida—. ¿Recuerdas la habitación en la cual te entrevisté? —Al ver el asentimiento de la chica continuó—: Es el despacho de Nick. Colócalos sobre su escritorio y vete de inmediato a tus labores, no quiero que nadie te vea rondando por ahí sin su autorización. Comprendes, ¿verdad? —El músico odiaba que alguien que no fuera Mati husmeara en sus cosas.

—Por supuesto, no se preocupe —dijo con entendimiento, recordando la tenebrosa descripción del carácter de su patrón.

Alicia de inmediato emprendió la marcha por el corredor del ala privada de la casa, logrando llegar sin contratiempos a la puerta del elegante despacho.

Una vez dentro de la iluminada habitación, ubicó el escritorio de madera oscura de intrincado labrado al fondo entre dos ventanas de piso a techo y hacia ahí se dirigió con paso apresurado para depositar sobre la pulida cubierta el bonche de correspondencia que llevaba.

Aliviada por haber cumplido con su encomendada misión soltó el aire y se dio la media vuelta para retirarse, obligándose a no ceder a la tentación de curiosear los objetos y cuadros, pero el inesperado sonido de la puerta lateral, al abrirse, la clavó al piso de forma automática, sin saber qué hacer.

—¿Y tú quién eres?

Ante el tono brusco, empleado por el inquisidor, Alicia se tomó su tiempo para volverse y enfrentar al dueño de la profunda voz.

—Soy Alicia, la bibliotecaria. —Con grandes ojos, miró de arriba abajo al gigante que le había hablado desde el umbral. Dedujo, sin dudar, que se trataba del hombre de mantenimiento por su aspecto un tanto desaliñado y el trapo grasiento con el que se tallaba las manos—. Si tú no me echas de cabeza con el patrón, yo no diré que te he visto en su despacho —propuso valiente gracias a la distancia que los separaba.

—¿Qué tal si soy un ladrón que...?

Alicia no pudo evitar interrumpir con su sonora carcajada—. ¡Sí, claro! Con toda la seguridad y vigilancia que tiene nuestro excéntrico jefe... ¡No inventes!

—Entonces ¿quién supones que soy? —preguntó el hombre con mirada intrigada.

—¡Obvio!, «el tipo arregla-todo» —aseguró recorriendo con la mano su facha.

—¡Me has descubierto! —confirmó dando un paso de felino con cada palabra—. Gracias por no denunciarme —agregó esbozando una sonrisa que le hizo olvidarse de las precauciones y recomendaciones de Mati—. ¿Y tú que haces aquí? —preguntó alzando una ceja.

Cuando el hombre llegó junto a ella, Alicia tuvo que estirar el cuello para poder verlo a la cara; en ese instante se declaró fascinada ante los más increíbles ojos verdes que en la vida hubiese tenido el placer de contemplar, los mismos que ahora la miraban con sospecha.

—He traído la correspondencia —señaló hacia el escritorio—. La señora Mati tuvo un pequeño acci... —De pronto caviló que le estaba confiando demasiada información al desconocido—. ¿Se puede saber qué haces tú aquí? Supongo que tienes autorización del jefe, ¿verdad? —indagó con el ceño fruncido sin pestañear.

—Ya me iba. Acabo de terminar de reparar el lavabo de su despacho —respondió con sonrisa burlesca ante su rostro de maestra regañona—. ¿Mati se encuentra bien? —Sus expresivos ojos mostraron preocupación.

—Sí. —El hechizo en el cual la tenía inmersa la mirada verde jade se rompió en cuanto Alicia escuchó el nombre del ama de llaves, eso la llevó de regreso a la realidad. Recordó que estaba en territorio prohibido y que se había entretenido más de la cuenta—. Debo marcharme, no quiero que me sorprenda Tiranolas Kirgyakos invadiendo sus demonios, perdón, dominios. Tú deberías hacer lo mismo —recomendó con la mano en la perilla de la puerta aguantándose la risa—. ¡Hay que evitar al ogro! —Las últimas palabras las gritó justo cuando pegaba un salto fuera de la habitación.

—Mati, ya me voy —dijo Alicia, horas después, al terminar su turno de trabajo—. ¿Recuerda que le comenté que hoy llegaré un poco tarde? —Hasta ahora había mantenido en secreto el motivo de sus salidas diarias y este era el gran día de su graduación; en el fondo temía que al señor Kirgyakos le disgustara la idea de que estudiara, sabía que a muchos patrones les parecía motivo de distracción en el trabajo.

—Sí, Alicia. Toma esta tarjeta magnética para que seas libre de entrar y salir a tus anchas, solo recuerda que debes hacer buen uso de la confianza que te otorgo. —La mirada de la anciana hablaba por ella.

—Por supuesto, señora Mati. Gracias. —No quiso utilizar la trillada frase «no la defraudaré».

Por la noche, Alicia, al igual que todos los graduados, bailaba desinhibida y feliz, olvidada de todo lo que no fuera pasarla bien en su último día con la gente que se había convertido en su mundo por los últimos tres años. El elegante restaurante-bar, de San Miguel, donde habían decidido llevar a cabo el evento, les había costado una pequeña fortuna, pero valía la pena cada centavo gastado.

—¡Y Cenicienta se convirtió en princesa! ¿Ya te dije que te ves fabulosa, cariño? ¡Hip! —dijo Pablo con dificultad para hablar y mantenerse erguido. Alicia, que lo conocía de sobra, sabía que trataba de ahogar con alcohol la pena de que su padre no hubiera asistido a la entrega de certificados—. ¿Acaso traías el traje de noche oculto en la calabaza?

—No, mi curioso amigo, lo escondí en esa bolsa mágica —dijo señalando el gran morral que descansaba sobre el sillón —. La verdad es que no quise salir vestida así de la mansión —dijo en tanto sus dedos recorrían su figura—, para no andar mañana en boca de los empleados; les encanta devorar gente —concluyó tomándolo del brazo para servirle de apoyo en el camino a la mesa—. ¡Tú también estás muy guapo! —comentó con ternura. Ese hombre, que poseía un adorable rostro de niño travieso, lleno de pecas y vellos rojos por doquier, además de su abundante cabellera color zanahoria, era su única familia.

—Te aclaro que yo siempre me veo guapo, cariño. ¡Hip! El hecho de que no sea tu tipo no indica lo contrario.

Con mirada aletargada y sonrisa de conquistador, Pablo recorrió a Alicia de pies a cabeza. Maquillada con sencillez, traía su larga melena rubia suelta hasta media espalda. Cosa que desde su adormecido punto de vista era una proeza, pues su bella amiga era poco menos que un marimacho, siempre montada en sus jeans y con el pelo recogido en una cola de caballo. Ahora lucía como una princesa de cuento con el sexi ajuar que resaltaba con absoluto descaro su exuberante figura, que por supuesto nada tenía que ver con su ascendencia estadounidense por parte de padre, del cual había heredado la tez blanca, el tono del cabello y el azul profundo de sus ojos. Sus curvas peligrosas eran netamente mayas, regalo de su madre; atributo que, combinado con su elevada estatura, la hacían parecer como una Venus.

—Claro que eres mi tipo, tonto, de otra manera no vendría contigo. —Tomó el bonito rostro entre sus manos y le estampó un sonoro beso en los labios con todo el amor que tenía para él.

¿Qué otra cosa le puedo pedir a la vida?, se preguntó Alicia agradecida. Contaba con buena salud, un techo donde dormir, tres comidas al día, un trabajo bien remunerado y a los mejores hombres por amigos, Pablo y Ray. También estaba el hecho de que ya estaba matriculada en la universidad virtual, en la cual cursaría su soñada carrera de Letras.

A las doce en punto de la noche, como toda una Cenicienta, la chica se despidió de sus compañeros con abundantes muestras de cariño y un poco de tristeza. A la gran mayoría no los volvería a ver, pues se irían a la capital de la república a estudiar la profesional.

Siempre llevaría consigo esa etapa tan especial de su vida que le había regalado muchos momentos inolvidables, amigos y dos hermanos maravillosos.

—¿Cuántos corazones rotos dejas atrás, princesa?

—Solo el tuyo, amor —respondió al tiempo que echaba un vistazo a su reloj de pulsera. Por desgracia, el tiempo avanzaba inexorable; tenía que volver a la mansión antes de que la carrosa se convirtiera en calabaza y el encanto del hada madrina desapareciera por completo—. ¡Es hora de partir, Pablito! El Lobo espera por esta Caperucita para devorarla si llega tarde.

—Déjame llevarte a casa, mi dulce Cenicienta —ofreció arrastrando las palabras y los pies que iban describiendo curvas en el camino a la salida—. Clásico en ti, preciosa, brincas de un cuento a otro como si nada... —Las carcajadas del enfiestado hombre se dejaron oír por arriba de la tronante música electrónica.

—Muy gracioso, jovencito —comentó imitando el tono regañón de miss Claudia, la solterona cascarrabias que les había dado inglés, pero su gran sonrisa desmentía la intención—. No estás en posición de conducir, además, el taxi que me trajo seguro ya está por mí, así que tú te quedas y sigues disfrutando de la fiesta, ¿de acuerdo?

Le dio un fuerte abrazo de despedida y con renovada energía subió los peldaños que la separaban de la puerta donde Ray hablaba con el tipo a cargo de la entrada.

—Raymundo, con tu vida me respondes por la de Pablo. Por favor, asegúrate de que llegue sano y salvo al depa. ¿Ok?

—Cuenta con eso, primor —el hombre respondió con voz de autoridad y le dio un afectuoso abrazo de despedida.

Entre adioses, besos, abrazos y una que otra promesa de llamarse después se dirigió al «carruaje» que la llevaría de regreso al majestuoso castillo encantado.

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Capítulo 3

—¡Demonios! —En cuanto Alicia se paró frente a la puerta de servicio con zapatos en mano, para no hacer ruido, una sinfonía de maullidos lastimosos la recibió. —¡Perdóname, gatito! Olvidé darte de cenar antes de irme. Ven acá —cargó en brazos a Minino para llevarlo directo a la cocina donde le daría de comer.

Sin soltar al animal, pues no olvidaba las recomendaciones de Mati, sacó de la alacena una lata de comida para el inquieto llorón. —¡Basta, tirano! ¿Que no ves que te estoy atendiendo? —reclamó cariñosa—. ¡Au! ¡Maldita sea! —exclamó adolorida al cortarse con la tapa de la lata a medio abrir. De inmediato un hilo de sangre apareció en la herida de su dedo índice y empezó a gotear al piso de forma continua, haciendo un pequeño charco.

De pronto, el sonido de pasos que se acercaban hizo a Alicia ponerse en modo de alerta máxima. Para evitar correr riesgos echó al repudiado felino, con todo y su lata de comida, dentro del clóset de los enceres de limpieza y fingió buscar algo en la nevera.

—¡Mira nada más que ha traído el gato! —se escuchó una conocida voz de barítono en el quicio de la puerta.

—Ni que lo digas... —susurró con una media sonrisa antes de sacar el aire de los pulmones de forma ruidosa al ver que se trataba del «arregla todo».

—¿Qué haces levantada tan tarde, bibliotecaria? ¿No tienes que trabajar mañana?

—Hola, «mil-usos», lo mismo te pregunto.

Alicia observó con disimulo al recién llegado, que ahora vestía ropa formal, pero que de alguna manera conservaba el mismo aspecto de hombre de las cavernas, con el pelo negro como la noche, demasiado largo y revuelto, y esa barba espesa que le cubría medio rostro. De hecho, todo él estaba cubierto de bello: sus brazos, su pecho, que se asomaba por la abertura del cuello de la camisa..., y seguramente el resto de su cuerpo. ¡Demonios! «¿Por qué mi mente está divagando tanto? ¿Será acaso porque el neandertal no está nada mal?», se preguntó acalorada.

—Yo pregunté primero, bibliotecaria —contestó con tono odioso.

«¿Qué se cree este salvaje?», se dijo para sí haciendo un mohín de disgusto. Con nerviosismo observó cómo poco a poco se acercaba a ella con ese paso indolente del que ya tenía memoria, sin retirar la mirada penetrante de su rostro. Solo con la isla de madera y granito entre ellos, pudo inhalar su dulce loción mezclada con olor a tabaco y alcohol. Parecía que venía de algún festejo. «¿Él también vive en la mansión, en las habitaciones para empleados?», se preguntó con malsana curiosidad.

—Vengo de una fiesta. ¿Y tú? —respondió muy segura de sí, con la intención de averiguar sobre él, pero su corazón desacompasado se detuvo por unos segundos al sentir la verde mirada recorrer su cuerpo para detenerse en su escote, al tiempo que sorteaba el obstáculo que los separaba.

—También... —Solo un paso lo separaba de él.

La mirada del hombre era como una caricia que se paseaba con lentitud y sin reparos por toda ella con una deliciosa desfachatez. Un suave estremecimiento la recorrió al ver la fuerte mano avanzar hacia su rostro. Los largos dedos tomaron un mechón de cabellos que descansaba sobre su hombro y lo dejó escurrir sin prisas y sin apartar los profundos ojos verdes de sus labios.

—¿Tuviste que pelear por tu hombre esta noche?

—¿Perdón? —preguntó descolocada.

—La herida en tu dedo —aclaró con simplicidad. Sin permiso, tomó su mano para revisar la cortada, que no paraba de sangrar.

—¡Ah! Sí. Digo, no. —Alicia casi se derrite al sentir el contacto de la tibia piel.

Durante la inspección, mantuvo los párpados abajo porque seguro su mirada la delataría. Luego, sin dominio sobre sí, cerró los ojos invadida por una inesperada languidez, pero los abrió de golpe al sentir que la lengua del hombre lamía su dedo con sensualidad, sin dejar de estudiar su rostro.

—¡Te suplico que no hagas eso! —le pidió indefensa y al mismo tiempo fascinada al verlo succionar su dedo con erótico placer, deslizándolo de adentro hacia afuera de la boca, mientras su tersa lengua lo envolvía con tortuosa lentitud—. ¡Oh, cielos! —Temblando se sostuvo del fuerte talle para no caer desplomada al piso; sus rodillas se negaban a seguir sosteniéndola.

Su reacción fue tomada como una invitación y de inmediato un par de brazos de acero la levantaron y la colocaron sobre la dura cubierta; el hombre se acomodó entre sus piernas, le levantó el rostro hacia él y con lentitud acercó los labios, como dándole tiempo a detenerlo.

Alicia no lo hizo, al contrario, adelantó su cabeza para acortar el momento del encuentro. Su mente, que quería repetir la experiencia, le pedía a gritos probar la tentadora boca, pero ahora con la suya.

Los labios se unieron como si se pertenecieran de siempre, ansiosos de saborearse, de sentirse y aventurarse en sus rincones, sabiendo con precisión cómo tocarse, qué tanto lamerse, con qué intensidad morderse y en qué medida succionarse.

Alicia paseaba sus manos libremente y sin reparos por la musculosa espalda, tratando de abarcar con sus caricias su amplitud, deleitándose con la firmeza de los músculos y la respiración agitada del ardiente seductor.

El estimulado hombre, por su parte, luchaba por mantener el control de la situación sujetando la cabeza de la chica para moverla a capricho y ahondar en el beso sin dar tregua si quiera para un respiro.

Pero al poco tiempo el contacto de manos y bocas ya no fue suficiente, como sincronizados por el mismo reloj, la chica enredó las piernas en sus caderas y él la haló con fuerza para presionar los sexos con desesperación. Los dedos masculinos, temblorosos por la excitación, descubrieron los tersos pechos para acariciarlos con desenfreno.

—¡Oh, sí! ¡Qué delicia! —gimió Alicia irracional.

Jamás había vivido un encuentro como ese. Sentía cómo era despertada de ramalazo a la sensualidad ante el poder que el hombre ejercía al jugar con sus labios y sus pechos como nunca antes nadie lo había hecho.

—¡Quiero hacerte el amor, bella Alicia! —declaró con voz enronquecida, antes de capturar los sonrosados botones que pedían a gritos por una caricia de su boca.

—¡Sí! ¡Hazme el amor! —convino cerrada a todo entendimiento que no fuera la avalancha de pasión que la consumía por dentro. Con los dedos enredados en el cabello azabache lo invitó a seguir degustando del sabroso bocado.

El sonido de metal de la hebilla de su cinturón, al soltarse, se mezcló con el agudo lamento proveniente de algún lado de la cocina, o eso le pareció a él, que trataba de sacudirse la idea de un maullido como un molesto mosquito, hasta que se repitió el evento y su mente acalorada asimiló que el sonido provenía de la garganta de un gato dentro de la casa. En cosa de segundos su cuerpo se enfrió igual que el hielo de la Antártida.

Como poseído, el hombre se soltó del sensual amarre sin otro interés que saber de dónde provenía el endemoniado chillido. Puerta por puerta se dispuso a abrirlas, con energía infernal, hasta dar con el objeto de su creciente furia.

En cuanto el gato se sintió liberado corrió hacia Alicia y de un solo salto terminó en sus brazos en busca de protección. Los verdes ojos, oscurecidos por la cólera, siguieron la escena muy de cerca

—Dime que no estás acogiendo a este maldito animal en la casa, Alicia.

—En un gato inofensivo —respondió en su defensa sintiendo que la abandonaba la sangre del cuerpo al ver cómo la furia salvaje distorsionaba sus facciones.

—Si no te deshaces de él en este momento, yo mismo lo haré y me cercioraré de que esta vez sea un viaje sin retorno —declaró con el temple contenido, igual que un volcán a punto de explotar.

—Minino ahora es mío y ni tú ni nadie le pondrá una mano encima —respondió envalentonada, escurriéndose por la cubierta hasta poner los pies en el piso delante del gigante al que retaba con su heroica postura.

—¡Te equivocas, preciosa! —La tomó de los hombros y la sacudió sin medir sus fuerzas—. Si no te retractas, tú y este maldito gato deberán irse ahora mismo de aquí —rugió en su cara a un pelo de perder la poca cordura que le quedaba.

A pesar del miedo, que la tenía pegada al piso, Alicia dejó escapar una débil sonrisa cuando el gato se saltó de sus brazos y salió huyendo del lugar abandonándola a su suerte.

—¡Suéltame! Me estás lastimando, bruto —exigió. Su cuerpo temblaba como budín mal refrigerado, pero no le daría el gusto al cavernícola de verla suplicarle clemencia.

—¡Lo que quisiera es triturar tus lindos huesos, niñita estúpida! —Del dicho al hecho... Sin darse ni cuenta, clavó los dedos sobre la blanca piel con un rechinido de dientes.

—Vete al diablo, salvaje. —Dejándose guiar por sus vísceras, Alicia empujó con todas sus fuerzas el musculoso pecho y, en cuanto tuvo manera, levantó la mano y la estrelló con rabia sobre el rostro del majadero para luego darse a la fuga.

¡Craso error! No había avanzado gran cosa cuando sintió una garra de acero caer sobre su brazo. La fuerza del tirón la giró de frente y la impactó contra el muro del duro cuerpo, justo a tiempo para presenciar con ojos desorbitados cómo la furia del hombre desembocaba en violencia y su mirada verde refulgía como llamas asesinas. Segundos después, sin ningún miramiento fue arrojada de cara sobre la cubierta de piedra, donde momentos antes se deshacía de sensualidad. El aire de sus pulmones se escapó sin remedio al recibir todo el peso del gigante sobre su espalda.

—Ninguna persona me golpea sin que enfrente las consecuencias de sus actos —susurró con voz tenebrosa sobre su oreja, y seguro hubiera cumplido su amenaza si el grito de Mati no lo detiene.

—¿Qué está pasando aquí, Nick? ¡Por todos los santos! Suéltala antes de que termines asfixiándola —exigió. Sin esperar a ser obedecida, con la rapidez que le permitió su viejo cuerpo, se abalanzó sobre el endemoniado hombre y lo jaloneó hasta lograr apartarlo de la chica.

En cuanto quedó liberada, la pálida Alicia se deslizó hacia abajo, hasta quedar de rodillas en el piso. Temblando como hoja al viento tocía y jalaba aire con desesperación.

—¡Santo cielo! ¿Te sientes bien, querida? —Urgida por la preocupación, Mati se agachó para revisarla.

—Estoy bien, señora Ma... —La insistente toz no la dejó continuar.

—¡Ahora sí te pasaste, Nícholas! —condenó con mirada de reproche sobre la criatura que jadeaba como animal salvaje.

Mati sufría por su comportamiento errático. Parecía que habían transcurrido siglos de aquel dulce niño que crio con todo el cariño que no le pudo dar a su hijo que había muerto al nacer. Aquel chico, lleno de amor, que sonreía con facilidad y era amable y bondadoso con sus semejantes, ya no existía, había muerto junto con su madre diez años atrás.

—¡Tal vez, Matilde! —respondió paseando de la nana a la chica sus ojos de mirada impenetrable. Sin decir más se dio la media vuelta y salió de casa por la cocina dando tremendo portazo.

En cosa de segundos, se escuchó el potente motor de una motocicleta salir de la cochera y de la propiedad como si llevara al demonio por piloto.

—¿Nícholas? ¿Él era Nícholas Kirgyakos? —La débil voz de Alicia se escuchó como de otro mundo.

—¡Vaya manera de conocerlo! —Mati se lamentó al tiempo que ayudaba a la chica a ponerse de pie.

—De hecho, lo conocí ayer en la mañana —admitió contrariada—, solo que él me hizo creer que era el empleado de mantenimiento... O yo lo supuse y él no me sacó del error —aclaró con la mirada baja. «Seguro se estaba divirtiendo a mis expensas», pensó para sí.

—Qué extraño —dijo Mati con el entrecejo fruncido—. Nick es muy serio, no es dado a llevarse con el personal. ¿Cómo te sientes? —preguntó volviendo al tema principal que la aquejaba.

—No lo sé. Señora Mati... —Alicia estalló en un llanto con rasgos de histeria, temblando convulsivamente—. Creo que me he quedado sin trabajo —añadió con voz atragantada por las lágrimas.

—Ven, siéntate aquí. —Mati la guio a un banco y se apresuró a ofrecerle un vaso con agua, temiendo que se fuera a desvanecer frente a ella—. Bebe un poco, cariño, te hará bien —dijo con voz tranquilizadora, acariciando su cabellera de arriba abajo.

—Lo siento, normalmente no soy llorona —dijo echándose aire en los ojos con la mano libre.

Mati no comentó nada, pero a su mente acudió la visión de la chica apresada bajo el pesado cuerpo de Nick y pensó que, en su lugar, ella hubiera muerto de la impresión.

—Necesito que me digas qué fue lo que pasó entre tú y Nícholas. —Mati la interpeló con rostro serio cuando la vio calmada.

—Él entró en la cocina cuando estaba a punto de darle de comer a... a... al gato —completó con dificultad ante la penosa confesión y el hecho de que aún seguía sin encontrarle nuevo nombre al animal, aunque casi sonrió al pensar que ya tendría mucho tiempo para escogerlo, al encontrarse de nuevo en la calle convertida en una indigente con una fina mascota.

—Lo dejaste entrar... —El rostro de Mati lo decía todo y su cabeza no dejaba de moverse de un lado a otro, lamentándose.

—Sí. Nunca pensé que me encontraría con alguien en la cocina —confesó avergonzada, ahora que tenía la cabeza fría y veía en retrospectiva el desarrollo de los últimos minutos en la cocina.

—Pero eso no es todo, ¿verdad? —Mati sabía que Nick podía ser un déspota cruel, cuando alguien lo retaba o desobedecía, pero de eso a maltratar físicamente a una mujer...

—No —admitió con el rostro como grana. ¿Cómo le decía a la buena mujer que estuvo a punto de tener sexo con Nícholas sobre la barra de la cocina?—. Con la creencia de que el patrón era el de intendencia, me negué a deshacerme del gato, lo reté y... —Miró a la mujer con aflicción al tiempo que hincaba los dientes en su labio inferior—. También lo abofeteé —concluyó a duras penas.

—¡Madre de Dios! —Mati exclamó con los ojos redondos antes de llevarse las manos a la cabeza como hacía siempre que se le caía el alma al suelo.

—¡Lo siento mucho, señora Mati! ¡Jamás quise ocasionar problemas! Haré mi maleta para marcharme ahora mismo y me llevaré al gato conmigo. —Se levantó de su asiento con renovadas fuerzas para corregir en algo su error.

—Espera, Alicia. —Mati la detuvo de la mano y la miró muy seria—. No es hora para que andes vagando por las calles, es muy peligroso. Esperaremos a mañana para que recibas tu liquidación antes de irte.

—Señora Mati, de verdad quisiera irme ahora —dijo con los ojos inundados de nuevo por las lágrimas.

—Si en algo has llegado a estimarme, en esta semana que llevas aquí, me harás caso y te irás a descansar. En la mañana yo te buscaré en tu habitación. Si te hace sentir mejor, llévate al gato contigo —ofreció forzada como premio de consolación—. Estoy segura de que, de no hacerlo, pasarás lo que queda de la noche en vela.

Luego de unos minutos, Alicia encontró al gato escondido en una jardinera y se lo llevó a su cuarto. Igual no pudo pegar los ojos y a las siete de la mañana ya se encontraba bañada y vestida y con la maleta hecha en espera de la llegada de doña Mati.

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Capítulo 4

Una hora después, los golpecitos a la puerta, de la que hasta ahora había sido su habitación, pusieron de punta los vellos de todo el cuerpo de Alicia que sufría como el condenado a muerte en espera de su hora.

—Pase —dijo con voz un tanto temblorosa.

—Buenos días, mi niña. ¿Cómo dormiste? ¿Ya recuperada del susto de anoche? —preguntó Mati con verdadero interés por el bienestar de la joven.

—Bien, gracias —respondió cabizbaja.

—Hija... —dudó unos segundos antes de continuar y eso le valió que la chica la mirara con temerosa atención—. Nícholas quiere verte en su despacho ahora.

—¿Por qué? ¿Para qué...? ¡Señora Mati, tengo miedo! ¡Venga usted conmigo, por favor! —suplicó con el rostro afligido. Sus dedos se retorcían entre sí con aprensión.

—Nick no me permitirá entrar, hija —respondió con voz tranquilizadora en tanto tomaba sus frías manos entre las suyas—. Él ahora está calmado, solo procura no contrariarlo, ¿quieres? ¡Ah! Tampoco lleves al gato contigo —agregó por si acaso.

—Está bien —accedió insegura.

—Vamos, yo te estaré esperando en el corredor —apuró la anciana.

Sin prisa de llegar a su destino, Alicia caminó con paso lento. Ya frente a la puerta miró a Mati, que se quedó a unos metros y se santiguó como acto reflejo.

—¡Pase! —la atronadora voz respondió desde el interior; y eso que estaba tranquilo...

—Buenos días —saludó desde la entrada mirándose los pies; el temblor de sus piernas no la dejó avanzar.

—Cierra la puerta y siéntate. —Nícholas dio la imperante orden sin siquiera levantar los ojos de los papeles que revisaba sentado frente a su escritorio.

Alicia avanzó con la vista baja. A pesar del miedo que le provocaba el fiero hombre, tenía ganas de mandarlo a diablo por tirano y abusivo, pero cumpliría con la solicitud de la nana —en días pasados Mati le había compartido la verdadera relación que la unía al músico —, aunque no recibiera las disculpas que esperaba.

—Mati me comentó que has decidido renunciar a tu trabajo —dijo posando la verde mirada en el rostro de la chica para observar con regocijo cómo ella contenía la respiración.

«Bien por ella que acudió a la cita con actitud mansa», pensó al tiempo que taladraba la mirada azul de la rebelde sin causa, con semblante rígido, como el verdugo que espera la señal para ejecutar la sentencia.

—Sí —dijo con la intención de dejarlo ahí, pero su lengua larga siguió de frente—. Es lo más conveniente después del suceso de anoche —agregó—, además, no creo que usted quiera seguir viéndome por aquí.

En su silencioso recorrido al despacho, se había preparado mentalmente para la entrevista con el tirano de apariencia salvaje, pero nunca se le ocurrió que un hombre impecable y elegante la recibiría.

Nícholas Kirgyakos se había recortado la barba y el bigote, su cabello azabache, aunque seguía largo, estaba bien peinado. Con ropa de vestir, seguro confeccionada para él, se veía espectacular. La fina camisa negra le quedaba de locura. Abierta hasta medio pecho, dejaba al descubierto el fino bello oscuro que lo cubría. El hombre, en definitiva, era un adonis y ella una loca que se ponía a admirar al bárbaro que por poco la asfixia la noche anterior. Por fortuna, esta sería la última ocasión que lo vería, prácticamente en este momento estaba saliendo de su vida.

—Me temo que estás equivocada, bibliotecaria —dijo con voz grave y pausada, sin despegar sus ojos de los suyos—, tienes un contrato conmigo firmado por un año y, si no lo cumples, te refundiré en la cárcel —declaró sin mover un solo músculo de su atractivo rostro en el momento que le tiraba la amenaza a la cara. Enterarse a tiempo de que la chica quería irse de ahí le venía como anillo al dedo para ejecutar el castigo por su imperdonable falta.

—¿Esa es su manera de vengarse de mí? ¿Prefiere pasar los próximos doce meses envenenado con tal de torturarme? —Olvidando la promesa de comportarse, estaba de pie gritando a los cuatro vientos lo que pensaba de Tiranolas Kirgyakos.

—Te advertí que nadie me levanta la mano sin recibir su merecido —le recordó con voz de trueno. De pie, con su cuerpo inclinado sobre el escritorio, su rostro estaba a un palmo de la cara de la chica en un acto de obvio hostigamiento.

Nícholas no tenía claro si lo hacía solo por poner en su lugar a la niñita insurrecta e igualada o por que le revolucionaba la circulación de la sangre como solo lo hacía su música.

—Regréseme el golpe y asunto arreglado —sugirió con talante. «¿Si yo soy la ofendida...?», se dijo molesta. Envalentonada por el sentimiento de indignación, se salió de su sitio para ponerse a un paso de él y miró con rabia contenida su rostro burlesco. Por nada del mundo podía continuar cerca del tipo que la incitó a comportarse como toda una desvergonzada.

—En mis estándares de valores, lo que sugieres no es un intercambio equitativo, tú eres una simple bibliotecaria que no tiene donde caerse muerta y yo, un hombre rico y poderoso ¿Qué crees que harán las autoridades si te acuso de abuso de confianza? —preguntó con una satisfacción insana, imparable; necesitaba someterla aunque le tomara un año de su vida.

Alicia no podía creer hasta dónde pensaba llegar el muy cabrón de Kirgyakos con tal de doblegarla a sus caprichos, no le cabía duda de que acostumbraba a salirse con la suya y pasar por encima de quien fuera para conseguirlo.

—Veo que te ha quedado claro que no tienes alternativa —agregó al verla permanecer en silencio—. Seguirás cumpliendo con tus labores como hasta ahora, en la forma y tiempo acordado —se apresuró a indicar—, y al cabo de un año serás libre de irte de aquí.

Nícholas inclinó la cabeza para acercar su rostro de triunfo al de la joven, que mantenía la mirada baja. Con decepción pensó que todo había resultado demasiado fácil.

—¿Y el gato? —preguntó Alicia con cara de inocente, pero riendo por dentro al escucharlo rechinar los dientes. Jugaba con fuego, pero, si se iba a quedar ahí a la fuerza, le saldría caro. Él también pagaría por su tiranía.

—¡Maldita bruja! —vociferó con el rostro descompuesto, al tiempo que la chica daba un brinco con su exabrupto. Mati por su lado oraba por que Alicia no terminara estrangulada. A su primer grito, ya había resuelto que entraría al despacho con la caballería—. ¡Creí que te había quedado claro que ese tema no se toca! —dijo masticando las palabras—. O estás falta de materia gris o te gusta que te maltraten. ¿De eso se trata, Alicia? —Posó las manos sobre su cintura como para probar su teoría—. ¿Eres sadomasoquista? —Al no recibir pronta respuesta, la arrastró hacia sí para pegarla a su cuerpo.

En los planes de guerra de Alicia no estaba la pelea cuerpo a cuerpo, pues el hombre, a pesar de todo, seguía teniendo la habilidad de excitarla sexualmente con solo mirarla. Le hacía sentir una extraña mezcla de miedo y deseo que no era capaz de ignorar y mucho menos combatir.

—No diga tonterías. —Levantó las manos y apoyó las palmas en el tibio pecho para alejarlo.

—Con las mujeres yo nunca me equivoco, son tan simples y obvias que no pueden disfrazar sus pretensiones. —Sus manos seguían con fuerza alrededor de la breve cintura, sin ganas de soltarla.

—¿Si eso piensa de nosotras, porque entonces nos emplea? —Era sorprendente semejante comentario peyorativo de alguien que vivía rodeado de mujeres dentro y fuera de su casa.

—Admito que son indispensables para ciertas labores y estoy dispuesto a pagar el precio por recibir sus atenciones. Como ejemplo pongo tu caso. —Nícholas habló quedo, en un susurro sensual, como si la acariciara con cada palabra que salía de su boca.

Alicia estaba hechizada con el movimiento de sus carnosos labios y el caleidoscopio de su rostro al hablar; sus ojos eran tan bellos y expresivos que su comportamiento misógino pasó de largo.

—¿Mati se encuentra en la misma categoría? —se obligó a preguntar para zafarse del embrujo.

—Ella es mi nana, ahí no entra el género... —respondió con un gesto de desagrado.

A pesar de su lengua afilada, Nícholas estaba realmente entretenido con la chica, era una ráfaga de aire fresco en sus pulmones.

—¿Y sus amantes en que categoría se encuentran? —Sentía cómo su corazón le retumbaba en el pecho y amenazaba con salir disparado, pero no podía detenerse.

—Veo que te gusta el cotilleo —criticó con acidez—. Y pensar que tu discreción fue uno de los atributos que hizo que me decidiera por ti... —se lamentó con una mueca de sonrisa.

—Si usted no apareciera en todas las portadas de las revistas y periódicos de los puestos y negocios por donde suelo pasar, tal vez lo podría ignorar, pero su vida licenciosa no ayuda.

—Y me lo dice la chica que estuvo a punto de follar con... ¿Cómo me dijiste? —Su ceño se marcó al obligar a su mente a hacer memoria—. ¡Ah, sí! El «arregla-todo» que acababa de conocer el día anterior. —Nícholas podía ser el hombre más grosero y cruel del mundo cuando se le provocaba.

—¡Desgraciado! —Fuera de sí, Alicia levantó

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