Capítulo 1
«Temo por mi vida y por la de mis hijos ¡Tú eres mi única salvación!».
Mientras hacía antesala en el aeropuerto, en un ir y venir enloquecedor que ya tenía mareado al resto de la concurrencia, en el cerebro de Helena, todavía retumbaban las palabras dichas por su hermana.
Apenas tenía dos horas de sueño cuando la despertó el timbre de su celular, que había olvidado silenciar después de una larga jornada de trabajo nocturno en el hospital donde prestaba sus servicios como enfermera titular del área de quirófanos.
Luego de muchos balbuceos a través de la línea, que lograron confundirla y alarmarla más, Helena accedió a trasladarse a Hidden City de inmediato. Serían tres horas de vuelo, pero era la ciudad más próxima a la que Margaret podía ir sin ausentarse demasiado de casa.
El viaje le pareció eterno sin que lograra poner orden a la conversación que en dos minutos puso su tranquila vida de cabeza.
—En mi casa no...
—Creo que me vigilan...
—Te estoy hablando de un teléfono público...
Todo parecía sacado de una película de espionaje, muy ajeno al estilo de vida de su hermana, por eso no lo dudó dos veces antes de embarcarse para ir en su auxilio.
Helena pidió en el hospital un permiso de dos días sin dar más detalles que motivos familiares; Margaret así lo había exigido, como también le dijo que compraría un celular de prepago que usaría para decirle el lugar donde se reunirían una vez llegara a la ciudad. Sería en uno de esos cafés de las afueras.
—¡Querido Dios!, te pido que cuides a mi hermana y a mis sobrinos; son mi única familia. —Helena miró al cielo, por la pequeña ventana de la nave, con los ojos empañados en lágrimas y con el estómago hecho un nudo de nervios.
Tiempo después...
—¡Margaret! —Helena solo movió los labios al llegar a la mesa donde se encontraba su hermana. En cuanto la vio venir, ella le hizo una señal de que guardara silencio.
Le costó trabajo reconocerla con los grandes lentes oscuros, que le cubrían medio rostro, y con la pañoleta que envolvía sus rubios cabellos.
—¡Helena, hermana!, qué bueno que estás aquí —susurró en su oído en tanto le daba un abrazo que hablaba por sí solo.
A pesar del camuflaje de la rubia, se notaba el contraste entre las dos chicas. Margaret era diez años más grande e hija del primer esposo de su madre. Alta, de tez canela y ojos verdes, era el vivo retrato de su padre.
En cambio, Helena era de estatura media; de larga melena negra como la noche; de tez tan blanca que, cuando vestía oscuro, la hacía parecer etérea, y de ojos color de la miel. Solo se tenían ellas dos y ahora estaban los niños de la mayor. Sus progenitores habían ido muriendo muy jóvenes. El padre de Margaret, de una enfermedad arrasadora, y los padres de Helena, en un trágico accidente de auto.
Por la diferencia de edad, fue poco lo que las mujeres habían logrado cohabitar como hermanas, aunque ahora de adultas, Helena se daba maña en época de vacaciones para alcanzar a su familia en la parte del mundo donde se encontraran de paseo, para convivir con los niños; eran adorables y ella los amaba entrañablemente.
—¡Por favor!, dime de una vez qué es lo que está pasando, antes de que muera de preocupación —pidió en cuanto ambas estuvieron acomodadas en sus butacas.
—Desayunemos, primero. Seguro vienes con el estómago vacío. Durante el café te contaré toda la historia. —Cuando Margaret decidía algo, valía más no discutir.
Helena comió casi sin masticar; de igual forma no hubiera podido disfrutar del platillo. Su hermana apenas probó bocado; se notaba su esfuerzo en medio de un ambiente de paranoia, pues no dejaba de mirar a un lado y a otro.
—¿Un café con crema, como siempre? —preguntó amable cuando se acercaba la mesera.
—Sí, por favor —respondió Helena. Esa invitación la recibió con agrado; la bebida caliente le ayudaría a que terminara de bajar el alimento que sentía atorado en el esófago.
En cuanto estuvieron a solas...
—Hermana, mi matrimonio se ha convertido en una pesadilla. —Margaret la tomó dolorosamente de las manos, con mirada desesperada—. Alonso se ha vuelto un monstruo —confesó con las palabras atragantadas—. Mi vida, en un infierno, y tengo mucho miedo de que les pase algo a los niños. ¡Helenita, ya no soporto más! —agregó en un apurado susurro, antes de que el llanto silencioso le impidiera seguir hablando. Helena veía cómo corrían ríos de lágrimas por debajo del cristal oscuro de los lentes.
—¿Por qué no lo dejas? Divórciate de él —sugirió. Sin poder contenerse se sentó a su lado y la abrazó mientras le daba palabras de consuelo.
—No puedo. Me tiene amenazada con quitarme a los niños si lo hago —dijo entre sollozos.
—¡Cálmate, por favor! —No dijo nada más. De forma callada se dedicó a masajear sus manos, engarrotadas sobre la mesa. Cuando el ataque de pánico empezó a ceder, volvió a hablar—. ¿Qué le ha pasado al hombre «perfecto» con el que te casaste? —preguntó repitiendo sus mismas palabras de cuando lo había conocido.
—No lo sé, Helena. De un tiempo a esta parte, se empezó a comportar de forma extraña, violenta, con altibajos emocionales. Siempre celoso y neurasténico. Estoy cansada de sus maltratos físicos y emocionales —dijo mientras se tallaba los brazos—. Sospecho que anda con otras mujeres y que tiene problemas de alcohol y drogas.
—Hasta donde entiendo, esas son muy buenas razones para pedir el divorcio, hermana.
Con tamaña confesión, el lado profesional de Helena empezó a buscar indicios de las agresiones en la piel visible de su hermana.
—¡Claro! Si puedo comprobarlo, recuerda que Alonso es un hombre rico e influyente, y yo solo soy una pobre madre atemorizada por la amenaza bajo la que viven mis hijos —agregó con rabia contenida.
—¿Qué piensas hacer? ¿Cómo te puedo ayudar? —preguntó solícita.
—Hermana. —Margaret se tumbó las gafas, se aferró a sus manos con desesperación en tanto sus ojos la miraban con una súplica implícita—. Necesito que me ayudes a tenderle una trampa a Alonso. Debo obtener evidencias y todo lo necesario para llevarlo ante la corte y conseguir que las autoridades me concedan el divorcio y lo mantengan alejado de nosotros. —Mientras la presión de sus dedos aumentaba, el llanto fue coartando su habla hasta que esta terminó en un lamento incontrolable. De suerte que la mesa estaba situada en un apartado rincón.
—¿De qué estamos hablando? —preguntó temerosa de lo que se avecinaba.
Helena apenas había visto a Alonso dos o tres veces: el día de la boda, de forma breve, pues su madre a duras penas le había podido conseguir en el internado un permiso limitado por estar en período de exámenes, y en el funeral de sus padres, en el que él había permanecido solo unos minutos. Recordaba cómo había terminado por llevarse a los niños, porque estaban demasiado pequeños para comportarse serios en un momento tan dramático. Entonces le había parecido un hombre amable, considerado y muy guapo y aunado a las conversaciones de su hermana; en su cabeza estaba la imagen del marido más responsable del mundo. Por motivos de trabajo, viajaba la mayor parte del año pero, cuando estaba en casa, se dedicaba en cuerpo y alma a los niños; aunque no eran de su sangre, se notaba que los amaba sinceramente.
—Como sabrás, en el país donde resido, está muy penado el adulterio, así que necesito que enamores a mi esposo hasta llevarlo a una situación «comprometedora» que nos dé las pruebas para que lo pongan tras las rejas. —Margaret habló de corrido, como alguien que tiene bien practicada la lección—. Estando ahí, será cosa de días para que sus otros delitos salgan a la luz y para que yo consiga el divorcio y la anulación de la patria potestad.
—¡Madre mía! ¿De dónde sacas que yo tendré agallas para hacer eso? Además, me puede reconocer... —dijo con angustia, mientras liberaba sus manos para llevárselas al pecho.
—Hermana, ustedes apenas se conocen. La única fotografía de familia que tengo en casa, en la que apareces tú, está tomada desde lejos en aquellas vacaciones que pasamos en la playa, cuatro años antes del accidente de nuestra madre... —Margaret la tomó de los hombros con firmeza—. Tú eres la única persona que me puede ayudar, la única en la que puedo confiar. Aún recuerdo que, un año después de esas vacaciones, desafiaste a tu padre y a mamá al irte a estudiar a España «para sirvienta», como ellos decían. No te detuvo ni el hecho de que perdiste todo apoyo económico de ellos —concluyó con un gesto que denotaba orgullo—. Con tu belleza lograrás que el infiel de Alonso se fije en ti y, con tu fuerza de carácter, estoy segura de que podremos conseguir nuestro propósito. —Helena, temerosa del brillo fugaz de maldad que cruzó la verde mirada, bajó los párpados—. Hermana, solo tú nos puedes librar, a los niños y a mí, de vivir en la zozobra y peligro constantes.
—¿Y si tu esposo nos llega a descubrir? —preguntó como aceptando su intervención.
—Eso no sucederá. Como te dije, él jamás ha visto una foto tuya de adulta. Además, tú y yo no nos parecemos en nada, aunque sería bueno que usaras una peluca o te cortaras y te tiñeras el cabello y te adaptaras unos lentes de contacto en lugar de tus gafas. Por supuesto que tendrás que pedir un permiso de trabajo por uno o dos meses y cambiar de nombre y residencia. Llegado el momento crucial, estará un hombre de mi absoluta confianza, lo suficiente cerca de ti, para ayudarte con las evidencias y con la salida del país. Ya no podrás volver a casa. —Lo último lo agregó con innegable dolor.
—Parece que has pensado en todo... —Helena habló en tono desolado.
—Tengo meses planeándolo —comentó con frialdad—. El momento en que se conozcan, el método de seducción y la cita final, donde se le tomará el video en la cama. —Margot estaba tan concentrada en su narración que no se percataba de la mirada de terror en el rostro de su hermana.
—¿Tienes planeado que llegue hasta el sexo con tu esposo con tal de obtener esa prueba incriminatoria? ¿Y cómo quedaré yo?, ¿qué sucederá con mi nombre y mi reputación? —Había que agregar al terror la desilusión para Helena.
—¿Cómo se te ocurre semejante barbaridad, hermanita? Eso no será necesario para nada. Drogaremos a Alonso para que no sea un peligro, y después solo tendrás que actuar un poco la escena de pene... posesión. Tú entiendes, ¿no? —inquirió con gesto apenado—. La persona que me ayudará es un experto en este tipo de trabajos y colocará los equipos de forma tal que nunca se pueda revelar tu identidad.
—Sigue sonando muy arriesgado, Margui. —La voz de Helena se escuchó como la de la niña asustada del pasado, que tenía que mentir para tapar las escapadas nocturnas de su hermana.
—Helenita, ¡te suplico que me ayudes y confíes en mí! Hazlo por Ian y por Diego. Ellos no tienen la culpa de los errores de juicio de su madre, que creyó ver en Alonso a un buen hombre para sustituto de su padre.
Capítulo 2
Helena accedió a cooperar con su hermana. No pudo negarse ante argumentos tan fuertes como el bienestar de sus queridos sobrinos.
De regreso a casa, recordó su frase de despedida: «Espero que nunca tenga que arrepentirme de esto...». Sus propias palabras le sonaron a sentencia.
El plan arrancó, días después, una tarde de verano. Para esto ya había vendido su auto y su departamento, con muebles y todo. Sus efectos personales aguardaban en un apartado, en la espera de ser enviados a su nuevo hogar —por seguridad, aún no decidía su ubicación en el mapamundi—, una vez que estuviera instalada.
Helena entró a un elegante bar de la calle Encinos y se sentó en la mesa reservada con anticipación por Margaret. Justo frente a ella, estaba el diván, junto al ventanal que daba a la calle, donde se encontraba un hombre tras el periódico matutino. Seguro era Alonso. La elegancia de su vestimenta correspondía con la descripción de su hermana. Según le había contado, todos los jueves solía sentarse en el mismo lugar para hacer tiempo en lo que llegaban los amigos con los que departía un rato en el casino adjunto; claro, siempre que se encontraba en la ciudad.
—¿Espera a alguien más, señorita? —El atento mesero, que la ayudó con la silla, la obligó a centrarse en el diálogo previamente memorizado.
—Sí, a mi prometido —declaró con voz lo bastante alta para que escuchara su vecino de al lado.
—¿Desea que le traiga algo de beber mientras tanto?
—Sí, por favor. Un «ruso blanco». —Necesitaba con urgencia algo de alcohol para infundirse valor.
Cuando le llevaron el trago, on discreción se secó el sudor de las manos antes de degustar la bebida. Derramar el líquido o, peor aún, estrellar el vaso contra el piso no era parte del plan para llamar la atención del responsable de su presencia ahí.
Después de dos dosis de su bebida preferida, Helena se encontraba lo suficiente achispada para continuar con la trama. Dejó de fingir que leía una nota, que le acababa de llevar el mismo mesero, y empezó a llorar desconsolada. Tal como había dicho su hermana, Alonso bajó su periódico y ahora la miraba; lo pudo constatar de reojo.
—¿Cómo has podido hacerme esto? ¡Dios! ¡Cuánto dolor me has causado! —se lamentó abrazada al papel.
—¿La puedo ayudar en algo? —Se escuchó su voz de barítono—. Disculpe, ¿nos conocemos?
—¡Perdóneme! No he querido importunarlo. —Helena se levantó ipso facto; la había reconocido. Solo quería salir corriendo del lugar.
Con urgencia sacó unos billetes de su bolso y se dispuso a salir, con tan mala suerte de que el tacón de su zapatilla se atoró con una esquina del mantel y fue a dar al regazo de él.
Lo miró con los ojos empañados por las lágrimas, esperando que hablara, aunque dudaba que lo pudiera escuchar con los ensordecedores latidos de su corazón.
Ahí estaba... Las fotos de las revistas de negocios no le hacían ningún favor. Lo rodeaba un aura de poder, de elegancia y de un algo que no podía describir, pero que lo mantenía ajeno y distante a pesar de su rostro de desconcierto. ¡Qué alivio! No la había reconocido.
—¡Lo siento mucho! Por favor, perdone mi torpeza —balbuceó al volver al guion. Lo cierto era, sin duda, su bochorno; el sonrojo no se podía fingir.
—¿Se encuentra usted bien? —Alonso la imitó poniéndose de pie. Se había interesado en ella.
El juego había iniciado de forma oficial, y la suerte decidiría quién sería el ganador.
—¡No! Siento que me falta el aire... Necesito salir de aquí —declaró aferrada a sus antebrazos.
—Permítame ayudarla —se ofreció de inmediato—. ¿Puede caminar? —Hasta su olfato llegó su dulce y picante aliento.
—Es muy amable —comentó Helena con tono acongojado. No debía olvidar que el sujeto atractivo y solícito, que ahora la socorría, era el mismo ser malvado que tenía amenazada la vida de sus seres queridos.
¡Dios! Qué difícil su empresa. Oscilaba entre el miedo y la fascinación, pero la función había empezado y ahora no podía dar marcha atrás; además, todo iba de acuerdo con lo planeado, como si su cuñado también se estuviera ciñendo al guion.
—¿Se siente mejor o prefiere que llamemos a alguien para que venga por usted? —Después de un tiempo, que consideró prudente, el sujeto le preguntó con tiento, sin soltarle el brazo; ella sostenía su frente en tono dramático.
Vaya desempeño del muy... Para ser un patán, se estaba comportando como todo un caballero.
—No tengo a nadie aquí —respondió Helena luego de una fuerte inspiración. Cuando lo miró a los ojos, un sollozo real se le escapó de los puros nervios.
Luego no fue difícil estallar en un llanto quedo, que cimbraba su figura con evidente aflicción. Eso era mucho mejor que hablar. Está demostrado que las lágrimas femeninas son capaces de penetrar hasta el corazón más duro.
Y Alonso no era la excepción. Con rostro acongojado envolvió los frágiles hombros con manos fuertes, como queriendo sosegar el temblor de la chica.
—Trate de calmarse y dígame cómo puedo ayudarla.
—Qué pena siento por estropearle el momento —dijo con voz atragantada—. Deténgame un taxi, por favor. Me iré a mi hotel —resolvió, con la dignidad de una reina, al tiempo que se enjugaba las lágrimas con dedos temblorosos.
—No lo puedo permitir —declaró Alonso con involuntaria vehemencia y con un rubor impropio en un hombre adulto—. Me gustaría llevarla personalmente —agregó una vez que se afinó la garganta. Al ver la expresión de duda en los ojos castaños, se apresuró a decir—: Le aseguro que mi único interés es ver que llegue con bien a su destino. —Con dedos firmes sostenía la barbilla para que constatara en su mirada la sinceridad de sus palabras—. Mi chofer nos acompañará —insistió ante el silencio de la chica.
—Muchas gracias, señor... —Con mirada triste extendió su mano temblorosa hacia él.
—Rivadeneira. Alonso Rivadeneira a sus pies —se presentó con sonrisa sincera.
«Si yo estoy resultando una buena actriz —se dijo Helena—, mi cuñado se lleva el Óscar a la mejor actuación. El muy canalla es un hombre encantador», pensó.
—El mío es Patricia Merino —declaró al tiempo que zafaba los dedos de la sujeción. No le gustó el sentimiento de bienestar que le despertó su contacto—. Gracias por tomarse tantas molestias con una desconocida, señor Rivadeneira. —Con su comentario estaba aceptando ir al siguiente nivel. Demasiado rápido para su precaria estabilidad emocional.
—Por favor, llámeme Alonso.
—Solo si usted me llama Patricia —invitó con sincera timidez.
Cada vez que lo miraba a los ojos, era como recibir un aviso con letras de neón que decía: «Ese atractivo hombre de mirada de cielo y sonrisa amable es un inmoral maltratador de seres indefensos que solo se está aprovechando de otra “víctima” para serle infiel a tu hermana». Nunca debía olvidar quién estaba detrás de ese disfraz.
Su cuñado hizo una llamada al móvil, y en segundos apareció un precioso Mercedes blanco junto a la acera. Con exquisitos modales la ayudó a subir al auto y le pidió el nombre del hotel para darle la instrucción a su chofer. Así fue como partieron al lugar donde tendría que efectuar el segundo acto de la noche, en el que se definiría si Alonso se quedaba enganchado de Patricia o si Margaret echaba mano de un plan B.
Helena se mantuvo callada en todo el trayecto, con la mirada clavada en la carta que tenía sobre su regazo. Con la facilidad de una actriz consumada, las lágrimas corrían por sus ojos sin parar. De vez en vez, Alonso oprimía la mano que tenía apoyada en el asiento, entre los dos.
El contacto, aunque breve, crispaba sus endebles nervios, y el delicioso aroma que desprendía su cuerpo no ayudaba a la causa. El hombre era elegante por naturaleza, y su fuerte personalidad era una combinación letal para cualquier chica que no conociera su alma negra. Eso lo tenía que tener presente a toda hora. «¿Por qué me estoy obsesionado con repetírmelo?», se preguntó ofuscada.
La verdad de las cosas, hubiera preferido que su cuñado fuera un hombre común y corriente, y no ese sujeto alto, de buena figura, piel clara, cabello negro y con esos ojos de un azul impresionante. Su melena de risos gruesos y rebeldes, que insistían en salirse de su acomodo, era el único rasgo de su aspecto que rompía el molde de hombre serio y formal.
—Patricia... hemos llegado —le habló y rozó su mano para hacerla regresar de donde quisiera que el dolor la tenía cautiva.
—¡Oh, sí, sí! —respingó y se precipitó a la calle.
Su arrebatada acción no pudo ser más atinada, pues el estridente sonido de un claxon trasladó en dos zancadas al pálido hombre, que casi la arrastró hacia la seguridad de la acera.
—¡Por Dios, mujer!, ¿acaso quiere morir?
Helena no pudo responder; sus piernas empezaron a temblarle y sus rodillas se debilitaron. Perdió el conocimiento al tiempo que dos fuertes brazos la sostenían en el aire.
—¡Patricia! ¡Patricia! —gritó Alonso. El botones se acercó para auxiliarlo; levantó el bolso de la chica y su inseparable y estrujado papel antes de correr a abrir la puerta del hotel.
Por suerte para todos, en recepción se encontraba el médico de guardia, que pidió que la joven fuera llevada a su habitación. Ahí la volvió en sí y la hizo que se desahogara.
—Es bueno que la señorita Merino se quede acompañada de un amigo —dijo a Alonso apenas salir de la alcoba—. El drama sentimental que está viviendo... En fin —expresó guardándose sus comentarios—. Le he suministrado un sedante para que descanse; si al despertar se pone inquieta, le puede empezar a dar este calmante —concluyó al tiempo que le ofrecía una receta.
Luego de varias recomendaciones y de que le liquidaran sus servicios, el galeno se retiró y dejó a Alonso a solas con su «amiga». Él, aprovechando que por ahora dormía, bajó al lobby donde lo esperaba su chofer, al que le dio el encargo de conseguir el medicamento.
—¿Cómo sigue? —Tres horas después, Alonso escuchó el sonido de fricción de tela desde el sillón donde aguardaba.
—¡Qué pena! Sigue usted aquí... —susurró mientras se incorporaba en la cama para encender la lámpara de la mesita de noche. Tuvo buen cuidado de ocultar la satisfacción por su logro.
—No se preocupe —dijo y se acercó unos pasos—. Debe tomarse una de esas. —Le indicó el frasco bajo el halo de luz; junto a él había colocado un vaso con agua—. ¿Por qué no me dice cómo se siente? —insistió con amabilidad.
—Perdida. Ahora no sé qué hacer con mi vida ni a dónde ir. —Volvió el rostro de lado y dejó que lágrimas silenciosas corrieran libres.
—¿Por qué habla así? ¿Acaso no hay una familia esperando por usted en algún lado? O tal vez un novio o un esposo —sugirió.
—Estoy sola en el mundo. Hoy en la mañana dejé mi hogar, mi trabajo y a mi mejor amiga para seguir a un hombre. —Hizo una pausa y, por raro que pareciera, se sintió feliz de poder verlo a los ojos con la verdad en los suyos—. Él no se ha presentado a la cita; era en el bar. En su lugar me hizo llegar una carta donde rompió el compromiso conmigo. Se suponía que nos casaríamos a fin de mes y que empezaríamos una vida juntos aquí, en Ciudad Lieland. —Con mano temblorosa recuperó la nota y se la extendió para atestiguar sus palabras.
Helena notó la reticencia del hombre; tal vez lo había pensado mejor y no quería involucrarse. Entonces, ella hizo su magistral movida; literal, giró la cadera de lado, a sabiendas de que la abertura de la falda dejaría al descubierto sus bien formadas piernas hasta casi la ingle.
Con la mirada oscurecida, Alonso avanzó el paso que los separaba y tomó la carta, que leyó de corrido hasta el final. Luego de aclararse la garganta, la regresó a su dueña con gesto adusto.
—Siento mucho lo que le está pasando; me gustaría poder ayudarla, pero no sé cómo. —Seguía de pie junto a la cama, situación que Helena aprovechó para alcanzar su mano y apretarla con agradecimiento.
—Ya ha hecho suficiente por mí. Ahora solo quiero dormir y olvidar lo que me depara el mañana; con suerte, no tenga que lidiar con él —dijo cerrando los ojos por un momento. Luego de noches seguidas de insomnio, sintió con regocijo como su cuerpo levitaba sobre el colchón.
—¿Qué quiere decir con eso, Patricia? —Alonso exigió saber.
—No me haga caso... —Fue lo último que dijo antes de caer en un sueño profundo.
Capítulo 3
El sonido estridente del teléfono casi la mata del susto. Desorientada, Helena abrió los ojos con dificultad y trató de enfocar la carátula de su reloj de pulsera. Las manecillas marcaban las seis con treinta ¿de la tarde o de la maña...? De la mañana: lo pudo constatar en su móvil al responder.
—Diga.
—Hermana, no me hablaste anoche. ¿Todo salió como lo planeado? —susurró la imperante voz del otro lado de la línea.
—Perdona, me fui a la cama temprano. Todo va bien. —«Supongo», le hubiera gustado agregar.
—¿Alonso está contigo? —El tono de Margaret era osco y se podría decir que hasta molesto.
—¿Cómo crees? —respondió con asombro.
—Es que no vino a dormir. Espero que no se haya ido de viaje, no me gustaría que esto se alargue más de la cuenta. —Luego de un fuerte suspiro, preguntó—: ¿Quedaron en algo?
—La verdad, no. Aunque creo que se fue algo preocupado por Patricia —respondió sin entrar en detalles del acontecimiento del día anterior, en las afueras del hotel.
—Excelente. —Su tono sonó más amistoso—. Entonces, prepárate, Lena. Alonso está en su fase de conquistador y no debe tardar en buscarte para hacerla de «caballero andante». —Helena casi pudo ver su característico gesto de sarcasmo al entrecomillar las palabras en el aire.
—Si tu esposo mordió el anzuelo, lo que sigue es pan comido, ¿no? —dijo con fingido optimismo—. Yo te llamaré en cuanto aparezca en escena.
—Eso espero. Suerte entonces, hermanita.
Helena se quedó un rato mirando al vacío, deseando con el alma que Alonso no volviera a buscarla. Le atormentaba estar metida en ese juego de justiciera; ella, que jamás le había hecho un mal a nadie, menos con toda conciencia. Ni siquiera se atrevió a explicarle a Betty, su amiga desde la preparatoria, en qué andaba metida. Solo sabía que estaría desconectada por algunos meses, que ella se reportaría.
Invadida por la zozobra y la ansiedad, pensó en seguir durmiendo el resto de la mañana, aunque para eso necesitaría la siguiente dosis de las pastillitas mágicas.
—¡Alonso...! —Ni en sueños Helena encontraba alivio.
—¡Patricia! ¿Qué ha hecho? ¿Cuántas pastillas se tomó? —Escuchó su voz apremiante. «¿Por qué me llamó Patricia?», se preguntó confundida.
No tuvo mucho tiempo para responderse, de inmediato fue elevada por los aires y empezó a flotar. Como entre brumas, vio pasar objetos que no le eran del todo desconocidos. De pronto, la cama de nube desembocó en lluvia que le caía a chorros sobre la cabeza.
—¡Por favor, sáquenme de aquí! —suplicó mientras se manoteaba el agua del rostro que no la dejaba respirar.
—Hasta que estés bien despierta y vuelvas el estómago —respondió la voz de Alonso y la hizo tragar más agua.
Obediente, apenas alcanzó a girar el rostro para vaciar el estómago en el piso de la bañera; ahora lo veía con claridad. Cuando sus dientes empezaron a castañear sin control, sus pies hicieron contacto con el mármol seco del otro lado, y fue envuelta en una grande y mullida toalla. Unas manos la secaron con fruición y sus piernas se debilitaron; de nueva cuenta sintió que flotaba, aunque ahora sabía que Alonso la sostenía en sus brazos y la llevaba al sofá, donde se sentó con ella en su regazo.
—¡Tranquila! ¡Ya pasó todo! Mañana será otro día... —aseguró al tiempo que la mecía como a una criatura pequeña.
Despierta y con los sentidos al cien, sumó dos más dos, y el resultado le dio que su cuñado creía que la había rescatado de la muerte. Aunque también fue consciente del roce casi íntimo de sus cuerpos y de su agitado aliento, que abanicaba en su rostro. ¿Cómo diantres iba a ganar la guerra si en la primera batalla ya estaba siendo desarmada por un tipo considerado y paciente que solo había tenido atenciones para ella, aún sin conocerla? Tratar de ubicarlo como a su malvado cuñado le estaba costando un esfuerzo sobrehumano.
Pero, como una maldición, el momento esperado se presentó, y Helena lo identificó con la gráfica reacción de Alonso, que miraba su delgado camisón, pegado a sus montes y valles como un sensual velo. Solo tuvo que levantar el rostro, en una clara invitación, para que probara de sus labios entreabiertos.
No pudo con la tentación. El desarmado hombre tomó la boca con voracidad, mientras su mano inquieta iba y venía de los exaltados pechos a las caderas, donde ejercía presión para aliviar su entrepierna.
En la vida la habían besado así... Helena dejó la actuación para dedicarse a disfrutar de la experiencia con todo su ser. Los labios de Alonso resbalaban por su boca con ternura y delicadeza inusitadas, para en momentos volverse fuego arrasador cuando su lengua entraba para degustar la suya. Los dientes perfectos mordisqueaban en la justa medida de dolor que no quieres dejar de sentir. La mano que sostenía su nuca movía su cabeza a conveniencia; la otra torturaba su piel de forma deliciosa. Eran las caricias de un hombre en toda la extensión de la palabra; canalla o no, sabía lo que hacía y cómo lo hacía, acostumbrado a seducir y enamorar chicas como su hermana y ella.
—¡Dios! ¡Perdóname! —Al escuchar su gemido lánguido, Alonso levantó el rostro y retiró con brusquedad la mano que amasaba su pecho como un demente—. Lo siento mucho. Esto no debió suceder.
En verdad consternada, Helena se corrió al asiento contiguo mientras se cubría el cuerpo con la toalla.
—No te disculpes; yo también soy responsable —dijo sincera por completo. Eso nunca debió suceder así, por lo menos de su parte.
—Será mejor que me retire —declaró al tiempo que se erguía. Al instante, un charco de agua se formó bajo sus pies.
—Creo que no es buena idea. —Helena sonrió traviesa y él arrugó la frente—. ¿Qué te parece si primero pedimos a servicio de habitación que vengan por tu ropa para que la sequen? En el baño creo haber visto un albornoz de tu talla —añadió.
Mientras Alonso hacía lo suyo, Helena tuvo tiempo de analizar los momentos pasados, intrigada ante la reacción del hombre, que no correspondía con lo dicho por su hermana. Rechazarla, tal vez, era parte de su estrategia, o de plano ella no le gustaba para nada. La idea le disgustó más de lo que se atrevía a aceptar.
—El empleado me informó que no tardarán más de quince minutos —compartió brevemente en cuanto lo vio aparecer en el cuarto envuelto en la bata blanca, que dejaba a la vista sus increíbles piernas.
—Gracias, Patricia. —Alonso sujetó su brazo por unos segundos cuando ella, toda triste y cabizbaja, pasó por su lado hacia el baño-vestidor. Si la lujuria no iba a funcionar, la lástima tendría que servir.
—Es lo menos que puedo hacer. Prácticamente yo te metí en este embrollo. —Dejó escapar un sollozo y corrió hacia la puerta, que cerró tras de sí.
En el cuarto se entretuvo lo necesario para darle tiempo a Alonso de arreglarse; luego volvió a su lado enfundada en un vestido de corte sencillo, color marfil, entallado a sus caderas como una segunda piel. Calzaba sandalias del mismo tono, de tacón medio, y se había maquillado apenas para no tapar sus ojeras.
Alonso lucía impecable; de seguro su fino traje era de alguna fibra noble, de esas que no encogen. Vestía de azul cielo y camisa blanca sin corbata. Los dos se miraron fijamente a los ojos, sin atreverse a ser el primero en hablar.
—¿Te encuentras bien?
—¿Te sientes mejor?
Dijeron a coro.
—Supongo que sí, ¿y tú? —respondió Helena con mirada lánguida, volviendo a la actuación.
—Bien... ¿Te gustaría acompañarme a desayunar? —invitó como si se le hubiera escapado de los labios.
Capítulo 4
En silencio, Helena y Alonso se dirigieron al área de estacionamiento, en el sótano del hotel. La chica contuvo su reacción cuando llegaron junto a un precioso auto deportivo, azul eléctrico. Esta vez no habría chofer.
Sentados en los confortables asientos de piel beis, hablaron de trivialidades, ambos esforzados en ignorar los momentos de pasión compartida.
—Alonso... —Helena inició haciendo una pausa para preparar el ambiente—. Siento mucho haberte preocupado—. Cuando miró su rostro de confusión, aclaró—: Cuando llegaste en la mañana.
—Creí que estabas...
—Lo sé —interrumpió—. Yo solo quería seguir durmiendo para no hacerle frente a los problemas. No aún. —Lo miró con gesto de dolor, pero luego volvió el rostro hacia su ventanilla. Casi se felicita cuando sintió la tibieza de la fuerte mano que apretó la suya con brevedad.
—¿Qué piensas hacer? —Su cuñado hizo la pregunta esperada.
—Como no hay nada que me ate a otro lugar, probaré suerte aquí. Si regreso a Montemayor, no creo estar preparada para encontrarme con Josué y con la mujer que pronto será su esposa —aclaró con el escozor de la traición dibujada en los ojos.
—¿A qué te dedicabas allá? —preguntó para cambiar de tema.
—Trabajaba como enfermera titular en el área de quirófanos.
—Pareces muy joven —dijo casi sin pensar.
—Tengo veintiuno. Hice cursos de verano para conseguir mi título en menos tiempo. Ese era el requisito para poder casarnos —añadió para darle más veracidad a la historia.
—Si necesitas ayuda económica...
—Eso no será necesario, gracias —lo interrumpió deseosa de compartir una verdad—. Mis padres me dejaron asegurada al
