Prólogo
Londres, enero de 1813
Había cometido un error.
«Posiblemente, el más grande de tu vida, Sabrina», se recriminó mientras veía alejarse, con los ojos brillantes por las lágrimas y un dolor opresivo en el pecho, el carruaje en el que iba el hombre al que nunca podría aspirar. Porque ella era una mujer sin futuro y él, un caballero. Había sido solo un sueño. Maravilloso, sí, pero solo eso: un sueño que duró hasta el amanecer, cuando escapó del cuarto a hurtadillas para no despertarlo.
Se le encogió el alma al imaginar los peligros a los que iba a estar expuesto.
«¡Maldita guerra y maldito Napoleón!»
Las confrontaciones duraban ya demasiado y eran muchos los jóvenes ingleses que habían perdido la vida en los distintos campos de batalla. Imaginárselo a él en medio del fuego enemigo le provocó un vahído. Nunca entendió por qué los hombres eran tan absurdos y veían la guerra como un juego. Se iban para alcanzar honor y gloria, decían. Pero unos regresaban lisiados y otros... Otros no volvían nunca y yacían enterrados en cualquier zanja. Elevó una oración por él y acudió a la insistente llamada de la mujer que, en su infinita bondad, le había dado un hogar. De eso hacía ya siete años, cuando quedó huérfana tras el incendio que se llevó la vida de su madre.
Estaba enamorada de ese aristócrata desde el primer día en que lo vio entrar en la posada, donde trabajaba para pagarse comida y cama, acompañado por algunos jóvenes y bullangueros amigos. No le eran ajenos ese tipo de petimetres que iban a degustar el buen vino y los excelentes platos del local. Y no le agradaban. Pero aquel día, el corazón le había dado un vuelco y seguía dándoselo cada vez que él aparecía por allí, a veces solo, a veces acompañado.
—¿Quién es el del cabello de color cobre al que llaman el Barón, señora Neeson?
—Alguien a quien no debes acercarte, muchacha. Todos ellos son iguales —dijo, torciendo el gesto—: señoritingos que solo se preocupan de sus juergas y de encandilar a cuanta mujer se les pone a tiro. Hazme caso y no te dejes ver por ellos, eres demasiado bonita para la boca de esos asnos.
Jamás les sirvió, ni siquiera se acercó. Aunque cayó en la tentación de espiarles desde el piso superior cuando estaban en la posada, se mantuvo alejada porque no era su cometido atender a los clientes y porque, además, creía en el buen criterio de Cadence Neeson. Gracias a su ángel de la guarda y patrona, ella se limitaba a arreglar las habitaciones, procurar que no faltara nada en la despensa y planchar la ropa blanca. Si por su esposo hubiera sido, no solo habría hecho las veces de camarera, sino que estaría dispensando otro tipo de «servicios» a los clientes que solicitaban algo más que vino y comida, como hacían Freda y Josleen, las otras muchachas que dormían con ella en el mismo cuarto. Jack Neeson renegó de ella desde el principio y el aborrecimiento era mutuo, pero a él no le quedaba más remedio que plegarse a los deseos de su esposa porque, por mucho que intentara hacerse el gallito, ella tenía más redaños que él y siempre acababa por salirse con la suya.
Sí, estaba protegida por aquella buena mujer, pero ¿seguiría prestándole su cariño y apoyo si supiera lo acontecido la noche anterior? Aún no se explicaba qué demonio la poseyó para hacer algo tan indecoroso; enrojecía de vergüenza al recordarlo. No se arrepentía, pero tampoco se sentía orgullosa de su falta de decencia. Sin embargo, tras escuchar a medias la conversación en la que se hablaba sobre la marcha de algunos del grupo a tierras alemanas —y él era uno— a fin de ponerse a las órdenes de un militar prusiano para luchar contra Bonaparte, tomó la audaz decisión de no dejarlo desaparecer de su vida sin conocer sus besos. Nunca la habían besado y quería que su primera experiencia fuera con él. En un momento de enajenación había cruzado los límites y, aprovechándose de que él había bebido algo más de la cuenta, se coló en el cuarto donde iba a pasar la noche, amparada por la penumbra.
Lo que empezó como la curiosidad por saber cómo sería un beso suyo, acabó en una entrega total y sin remordimientos. Él la confundió con una de las otras muchachas y ella se dejó seducir por esa voz templada, esos labios que le hicieron conocer la gloria y unas manos que despertaron en ella sensaciones desconocidas.
En ese momento, sin embargo, sí que le corroía el alma. Pero no por haber estado en su cama y disfrutado de sus caricias, sino porque el alcohol, la oscuridad y, sobre todo, la distancia, harían que él se olvidara de una mujer de una sola noche.
1
Londres, 1818
Julius trató de colocarse el pañuelo de la forma que le gustaba sin conseguirlo. Su ayuda de cámara sufría uno de sus achaques, los años empezaban a pasarle factura, como a él mismo. Dejó escapar una palabrota entre dientes y escuchó una risa femenina a su espalda. Se volvió y se le evaporó el fastidio como por ensalmo; cualquier inconveniente se volatilizaba cuando ella aparecía.
—Echa una mano a este pobre anciano en lugar de divertirte a mi costa.
La joven se acercó, deshizo la lazada y volvió a anudarla, esa vez del modo que quería, y él asintió complacido al mirarse en el espejo.
—No sé qué haría sin ti, Sabrina.
—Pues conquistar a otra dama que ocupara mi lugar —bromeó ella.
Como sabía muy bien lo alejada que estaba su respuesta de la realidad, se limitó a tomarla del codo y juntos bajaron al piso inferior. Julius solo hacía gala de esa cercanía cuando estaban a solas, la joven insistía en ello para no dar que hablar, aunque todos los habitantes de la casa sabían de su debilidad por ella. Sus años mozos quedaron atrás hacía mucho y, aunque no negaba que se pudo tachar su conducta como la de un libertino, el tiempo acababa por poner a todos en su lugar. Solo sentía cariño y admiración por Sabrina y, desde luego, le hubiera gustado que perteneciera a su familia.
El mayordomo les abrió la puerta y accedieron al comedor, donde ya les aguardaba Charleen, una auténtica princesa de cabello oscuro que les dedicó una sonrisa deslumbrante al verlos entrar. Sabrina había puesto una y mil pegas a que ellas le acompañasen, pero Lancashire zanjó la cuestión haciéndole comprender que detestaba comer a solas. Tuvo que claudicar, no sin dejar claro que no se encontraba cómoda porque, bajo ningún concepto, quería dar la impresión de ocupar un lugar que no le correspondía.
El conde se acercó a la niña, besó su coronilla y apartó luego la silla de Sabrina para, a continuación, ocupar él la suya a la cabecera de la mesa. Sabrina, en principio, no se sentó, sino que se acercó al mueble donde los criados habían depositado varias bandejas y procedió a servirles el desayuno, como hacía cada mañana.
Mientras escuchaba en sordina las preguntas de Charleen a su madre, Julius pensó que era un hombre muy afortunado. Al final de su vida, la llegada de ambas supuso un haz de luz en medio de la oscuridad. Volvía a sentirse útil y disfrutaba de cada minuto a su lado. El cariño que le demostraban lo rejuvenecía, como si las manillas del maldito reloj hubieran girado hacia atrás. De no haber sido por la discusión con Colin, su sobrino, que le hizo abandonar la fiesta en la que se encontraban...
A su memoria regresó esa noche lejana, en la que su existencia dio un vuelco completo.
Cinco años antes
Cabizbajo, prescindiendo de tomar el carruaje que le esperaba y sin fijarse hacia dónde le encaminaban sus pasos, sabiendo que el cochero le seguiría a poca distancia para cuando quisiera subir, se decía que la vida era injusta con él. El accidente que acabó con la vida de su hermanastra y su esposo le obligó a hacerse cargo de un joven débil de carácter, jugador empedernido y perdedor endémico, a cuyas deudas hacía frente para que no acabara en prisión. Helen y él nunca habían tenido una relación demasiado cercana debido a la diferencia de edad, casi veinte años, pero Colin era su sobrino y no podía desentenderse de él. Sin embargo, lejos de agradecer sus desvelos, de tener un futuro ejerciendo su carrera como abogado, o de intentar corregirse, el joven iba de mal en peor.
Otro problema, que lo consumía, era su nieto. Kenneth se alistó en el ejército y nada sabía de él, salvo que había tomado parte en la batalla de Leipzig. Solo el nombre de aquel lugar le daba escalofríos: según los diarios, el enfrentamiento había sido, de lejos, el más cruento desde el inicio de la guerra contra Napoleón, si es que en un conflicto bélico podía haber alguno que no lo fuera. Dado que las tropas recibían órdenes de marcha y cambiaban su ubicación con frecuencia, era muy complicado intercambiar cartas, pero casi era mejor así, no saber nada, porque se evitaba la posibilidad de recibir malas noticias. Pero no podía eludir la zozobra. De manera que entre su sobrino y su nieto le estaban quitando años de vida.
Cuando quiso darse cuenta, se encontraba junto al Puente de Londres. Siempre le gustó pasear por allí de noche, cuando el ajetreo diario desaparecía y solo se escuchaba el murmullo del agua y el sonido monótono de los remos de alguna que otra embarcación. Pronto habría cambios en la zona; se desarrollaban proyectos para la construcción de uno nuevo, adaptado a las urgentes necesidades, algunos metros río abajo. El progreso no podía frenarse y la ciudad exigía que se ampliara para dar cobertura a las demandas presentes, evitando la saturación y dotando de mayor seguridad al tráfico fluvial y al de superficie.
Dio una patada a una botella vacía que comenzó a rodar hasta caer del puente. Se asomó y observó que debajo, en la orilla del río, había una muchacha cuya figura iluminaba un claro de luna que se escapó del cielo nublado. Advirtió que vestía poco más que harapos y se cubría con una desgastada toquilla, ondeaba tras ella su cabello largo y suelto, negro, como la misma noche, y permanecía inmóvil frente al agua.
Creyó que la malsana intención de la joven era lanzarse a las turbulentas y hediondas aguas del Támesis.
Su corazón comenzó a retumbarle en el pecho al imaginar la posibilidad de que ella decidiera tirarse, ante todo porque su escasa habilidad para nadar, a la que se unían sus muchos años, no le permitirían salvarla de una muerte segura. Se acercó con premura hacia ella, pero cuidando de no alarmarla.
—Señorita, por favor, es una temeridad estar aquí a estas horas. —Al escuchar la voz, ella se volvió en redondo, asustada, y retrocedió un paso que la acercó un poco más a la orilla e hizo que al conde se le pusiera un nudo en la garganta—. Haga un favor a este pobre viejo y no me obligue a lanzarme al agua, porque de ser así, es probable que yo no pudiera rescatarla y, si no me ahogo, pillaría una pulmonía que me mandaría junto al Creador más pronto de lo que querría.
Obtuvo como respuesta una media sonrisa descreída, tan triste que le llegó al alma. Pero sirvió para que la muchacha se aproximara un poco a él, que fue consciente entonces de su avanzado estado de gestación.
—Yo soy buena nadadora y si se cayera al río, caballero, no tendría problemas en acudir a socorrerlo.
Más tranquilo porque sus sospechas carecieran de fundamento y porque, a pesar de la melancolía reflejada en su rostro mantuviera la entereza, le devolvió la sonrisa y le tendió una mano, que ella aceptó de buen grado.
—Julius Baker, a su servicio.
—Sabrina Klever. —Estrechó su mano con vigor, lo que le agradó.
Caminaron codo con codo por la orilla del río. Julius ardía en deseos de saber más de aquella joven desconocida que le intrigaba y ella no tenía problemas en hablar; muy al contrario, parecía necesitar sincerarse con alguien, por más que ese alguien pudiera despedirse de ella poco después y no volver a verlo nunca.
—¿Así que la han echado de allí por su embarazo? Entiendo, entonces, que no hay un señor Klever.
—No, no lo hay.
—¿Murió?
—Nunca me casé. Me enamoré, así de simple, y no pensé en las posibles consecuencias. Pero no quiero hablar de eso, señor, es agua pasada. Tampoco me gustaría que pensara que soy una mujer sin principios que...
—Criatura —interrumpió él—, ya soy viejo y he rodado demasiado como para arriesgarme a opinar sin tener conocimiento de las circunstancias personales.
—No fue eso lo que pensó mi patrón.
—El típico proceder de un pequeño dictador de mente estrecha.
—Su esposa era una buena mujer, pero él ha tardado menos de una semana en echarme a la calle; ni siquiera esperó a que el cadáver de su mujer se enfriara.
Continuaron caminando durante unos minutos, alternando la charla y los silencios. El cielo plomizo amenazaba tormenta y poco después, cercanos ya a la catedral, les sorprendió la lluvia. De inmediato, Julius le pidió que le permitiera conducirla hasta su carruaje, abrió la puerta y la invitó a subir. La muchacha se paró un momento, recelando del ofrecimiento.
—Una cena reparadora, una cama con sábanas limpias y un trabajo con un jornal decente. Eso es lo que te puedo ofrecer. En cuanto a mí, no te preocupes, ya no estoy para pensar en faldas; la única mujer que me interesó en la vida fue mi esposa, y murió al nacer mi hijo.
Nada más y nada menos: la promesa de una nueva vida. Y ella, que ni sabía dónde iba a pasar aquella noche, con el frío en los huesos y el estómago tan vacío que le dolía, pensó en su bebé y tomó la mano que le tendía aquel hombre para subir al coche.
—No tendrá queja de mi trabajo a pesar del embarazo, señor —aseguró con lágrimas de agradecimiento en los ojos, unos ojos que bajo la luz del candil del interior le parecieron a Julius de color violeta.
—No es necesario que empieces a trabajar hasta que...
—No, no, comenzaré de inmediato. Estoy bien y no seré una carga para nadie. Sin esta condición, le agradeceré su atención durante estos minutos y seguiré mi camino.
Él se la quedó mirando, valorando su expresividad y la decisión con que afrontaba su futuro, y estuvo seguro de que no se trataba de una mujer vulgar por el modo en que se expresaba. Podría haber trabajado en una posada, tal como le había comentado, pero no era eso a lo que aspiraba. Había en ella una cierta cualidad, de carácter y quizá de clase, de esa que se adquiere al nacer y no desaparece a pesar de los avatares de la vida. Otra, en su lugar, hubiera estado más que encantada de aprovecharse de un carcamal como él. Pero Sabrina Klever, no, ella mostraba agallas. Tantas, como para apearse y echarse de nuevo al camino si no había reciprocidad en su trato.
***
—¡Demonios!
La inesperada expresión de la niña, a la que se le acababa de caer una gota de chocolate en el mantel impoluto, hizo que regresara al presente.
—¡Charleen! —amonestó Sabrina—. ¿De quién has aprendido ese lenguaje?
—De milord —contestó ella con toda candidez.
A Julius se le escapó una carcajada que disimuló de inmediato con un ataque de tos. Se cubrió la boca con la servilleta y se encogió de hombros cuando la joven lo reprendió con la mirada.
—Milord puede decir ciertas cosas, tú no.
—¿Por qué? ¿Qué tiene de malo decir «demonios»? La señora Falcon asegura que son feísimos, que están en el infierno, y que por eso debo portarme bien, para no conocerlos.
—Por mucho que te hayan hablado de ellos, no es vocabulario para una señorita, princesa —intervino el conde.
—¿Por qué?
—Las niñas deben ser educadas —respondió su madre a la segunda de las mil preguntas que haría ese día porque su curiosidad, como la de cualquier pequeña, era inagotable.
—Lina dice que yo soy una mezcla de niña y saltamontes. ¿Los saltamontes deben ser también educados?
Sabrina tuvo que disimular la risa. Lina, una de las criadas de la mansión, adoraba a Charleen y no tenía valor para negarle nada; eso le había llevado en más de una ocasión a tener que pedir ayuda al encargado de las caballerizas, con quien le gustaba tontear, poniendo a la niña de reclamo.
—No sé si tienes una parte de insecto, pero desde luego eres como una plaga. Anda, acaba de desayunar, que se hace tarde y la señora Taylor debe de estar ya esperando.
—¡Jopé!
—¡Charleen!
—¿Tampoco se puede decir «jopé»? —preguntó la niña con sus hermosos ojos de color avellana abiertos como platos—. ¡Pues vaya! Y ¿por qué tengo que aprender tantas cosas? Es muy aburrido. ¿No podemos ir a pescar, milord?
—Primero, a estudiar; esta tarde, ya veremos. Todo depende de cómo te portes.
La niña se acabó el chocolate, se limpió con la servilleta y pidió permiso a su madre con la mirada para levantarse de la mesa. Una vez obtenido, saltó de la silla y le echó los brazos al cuello a Julius, dándole acto seguido un sonoro beso en la mejilla.
—¡Gracias!
Salió a la carrera, como el remolino que era, dejando a ambos con el gesto bobalicón que provocaba su ingenuidad.
—No llegará a ser nunca una señorita como es debido si sigue escuchándole decir palabrotas.
—Una buena imprecación a tiempo hace milagros, Sabrina —bromeó el anciano—. Deberías copiar a tu hija y olvidar ese aire tan estirado que luces siempre.
—No tiene usted remedio, milord. —Sonrió—. Se empeña en contratarme un profesor que me convierta en una dama, muy a mi pesar, y luego me recrimina que siga sus indicaciones.
—Dama ya lo eras desde la cuna, el señor Leone solo trata de que no olvides lo aprendido.
—Reconozco que mi italiano no era demasiado fluido —aceptó—. ¿Contaremos con su presencia a la hora de la comida, milord?
—Intentaré volver a tiempo, pero no te prometo nada, Peter Lawson es muy quisquilloso con los documentos legales.
—Podría haberle hecho venir aquí, en lugar de tener que desplazarse a la ciudad.
—Tengo algo que comprar y quiero hacerlo por mí mismo.
—Espero que no sea un nuevo juguete para Char, no es conveniente que le dé tantos caprichos.
—No es conveniente, no es conveniente... Siempre con remilgos. Relájate, Sabrina. A la niña no le va a hacer daño tener un poco más de mobiliario para su casa de muñecas. Ya tendrá tiempo de comportarse, ahora es una criatura y tiene que disfrutar. ¿Es que tú no lo hiciste cuando eras pequeña?
Ella se limpió los labios con la servilleta y, sin contestar, abandonó su asiento. Se acercó a él y, como hiciera la pequeña, besó la arrugada mejilla del conde de Lancashire.
—A veces los recuerdos más hermosos son los que provocan mayor tristeza, milord.
2
Tras acordar con la cocinera los platos que se servirían para la cena, con un chal sobre los hombros y buen ánimo, se alejó de la mansión sin tener como objetivo un destino concreto, solo por el placer de caminar, de disfrutar del aroma de las flores y escuchar el trino de los pájaros. El día se preveía espléndido, la temperatura era suave aún y lucía el sol. Tal vez podría acercarse a hacer una visita a la finca vecina que lindaba con Traveron House; hacía semanas que no iba a ver a su dueña. Era una dama un tanto extraña, con mil y un achaques fruto casi todos de su imaginación, y en absoluto dada a reuniones sociales. Sin embargo, con ella siempre se mostraba cercana y cariñosa.
Recordó la pregunta de Julius y notó un tironcito en el corazón. ¿Que si no había disfrutado ella siendo una niña? Por supuesto que lo hizo. Cuando vivía con su madre en la pequeña casa que convirtió en escuela para señoritas, asistiendo a las mismas clases que las pupilas a las que enseñaba historia, matemáticas e italiano. Su madre había nacido en una familia sin título, pero acomodada, y disfrutó de una educación provechosa que le sirvió para ganarse la vida con la docencia tras quedar viuda. Su muerte, al intentar salvar a sus alumnas en el incendio que devastó la casa hasta los cimientos, la dejó a ella sola en el mundo y sin poder completar su educación. De no haber sido por Cadence Neeson, que adoraba a su madre por haberle enseñado a leer y escribir en sus ratos libres, hubiera acabado en cualquier orfanato. Y siempre supo que el paso siguiente hubiera sido venderse por unas monedas en Whitechapel, una zona en la que la belleza era una maldición en lugar de una dicha.
La noche en que Julius la conoció y le ofreció alojamiento y trabajo, ni de lejos se imaginó que su vida pudiera cambiar tanto.
Recogió unas cuantas flores silvestres mientras caminaba, sabedora de cómo le gustaban a su vecina.
El conde no solo la salvó del abandono y tal vez de la miseria regalándole un futuro, sino que la trataba con cariño y no reparaba en gastos para su hija. Empezó trabajando duro, como una criada más, pero pronto se puso de manifiesto su habilidad para organizar y su mano izquierda para tratar con el resto de los sirvientes. De modo que la cocinera, que ejercía también de ama de llaves tras una repentina baja de la antigua gobernanta, fue dejando en sus manos el control de la casa sin que ella se diera apenas cuenta. Cuando quiso ser consciente de ello, ya no había remedio: todos aceptaron de una manera tácita que sería ella quien se haría cargo de esas funciones. Se esforzó al máximo y tuvo comprensión y suerte, porque nunca había tenido personas a su cargo y Traveron House era una propiedad enorme. Aun así, la fascinaba. Desde que por primera vez pisara la confortable y recia construcción circundada por un vasto terreno, se enamoró de la finca. Con su franqueza, entusiasmo y humildad, pidiendo consejo a la señora Falcon cuando lo necesitaba, se ganó a pulso el puesto que ocupaba.
Abandonó sus quehaceres solo cuando llegó la hora del parto, y un par de semanas después retomó el trabajo, a pesar de los reparos de la cocinera y del propio conde.
El problema llegó luego. Charleen, además de ser un regalo para el servicio, tenía encandilado a lord Lancashire hasta tal punto que, en un alarde de generosidad, decidió contratarle una institutriz y concederles a ambas todos los privilegios que su título y su apellido podía darles. Eso conllevaba, por descontado, dejar de prestar sus servicios como ama de llaves. Esas disposiciones la colocaron en una situación comprometida, era un salto al vacío que las encumbraba a ellas a nivel familiar.
Fue la única ocasión en que discutieron, y aún recordaba aquella tarde con desasosiego.
Dos años antes
—No te pido que tu hija y tú renunciéis a vuestro apellido, Sabrina, puesto que para todos existió un señor Klever y así debe seguir siendo —argumentó el conde con voz pausada—, pero no puedes privarle a la niña del porvenir que os ofrezco.
—Le agradezco en el alma todo lo que ha hecho por nosotras, milord. No tiene precio y dudo que alguna vez podamos pagárselo, pero esto excede cualquier aspiración. No puedo aceptar de ninguna de las maneras. Y desde luego, nunca prescindiendo de prestarle mis servicios como ama de llaves. Yo puedo continuar llevando la gobernanza de Traveron House y considero un dispendio contratar a otra persona. Además, ¿qué diría el resto del personal? Ese asunto no es discutible.
—Desde la señora Falcon hasta el último lacayo saben que estoy enamorado de ti.
—No bromee con eso, milord.
—Está bien, pongámonos serios: dame un buen motivo para que no haga una de las cosas que más me placen en la vida.
—Un motivo no, milord, dos. Y son inapelables ambos: su nieto y su sobrino.
—¡A Colin puede partirle un rayo! Me está chupando la sangre con sus deudas.
—No quisiera que creyera que intentamos arrebatarle parte de su herencia, la última vez que vino de visita lo noté resentido.
—Lo que le pasa es que no has caído rendida a sus pies, como otras muchas tontas. Nada tiene que ver la herencia. Él sabe muy bien lo que obtendrá a mi muerte y no voy a dejarlo en la indigencia porque, a fin de cuentas, es hijo de mi difunta hermana. También es consciente de que no añadiré ni un penique más a la cantidad establecida para él en mi testamento. Y si se atreve a ir contra vosotras, se arriesga a quedarse sin nada.
—¿Y su nieto? ¿Qué creerá cuando regrese y se entere de que Charleen y yo somos algo así como sus protegidas?
—Sois mis protegidas —enfatizó él—. Ken posee fortuna propia, nunca le ha importado mi dinero. Hasta llegó a donar a la beneficencia el que heredó de mi hijo, así que... —Aquel tema hacía que se le llevaran los demonios, de modo que omitió hablar más de ello—. Por descontado, además de los dos títulos que ya tiene, heredará el mío y lo que ello conlleva, pero podría dejar toda mi fortuna al primero que pasase por la calle y él ni se inmutaría. Eso, si es que regresa de una maldita vez —murmuró con pesadumbre.
—Aparecerá por aquí cualquier día de estos, milord, ya lo verá.
Quiso tranquilizarle porque sabía que la ausencia de su nieto lo atormentaba. Desde que ella estaba allí no había tenido apenas noticias suyas y, a pesar de que la guerra contra Napoleón ya había acabado, no sabían si seguía vivo o estaba muerto. Los informes que llegaron a Londres durante la contienda no fueron alentadores, con un número de muertos y desaparecidos espeluznante. Sí pudieron confirmar, en cambio, a través de la misiva de un amigo que regresó herido a Inglaterra, que se había quedado en Alemania combatiendo a las órdenes de Leberecht von Blücher, comandante prusiano.
—Pues cuando lo haga tendrá que someterse a mi arbitraje. Se marchó sin siquiera consultarme y en contra de mi voluntad, así que tampoco tengo yo que esperar que esté de acuerdo con mis decisiones.
—Sea como fuere, póngase en mi lugar. Es comprensible que me tilde de aprovechada. Y a usted, milord, de loco.
—¡Eso ya lo veremos! —Julius golpeó la mesa con el puño—. Puede que tenga un pie en la tumba, Sabrina, pero mi cabeza funciona a la perfección. Ese descastado se formará la opinión que quiera, pero se guardará muy mucho de cualquier comentario ofensivo.
***
Al final, Julius impuso su criterio y, tanto su nombre como el de su hija, figuraban en el correspondiente apartado del nuevo documento testamentario. La situación no dejaba de resultar extraña para ella, puesto que continuaba ejerciendo de ama de llaves, aunque el resto del personal lo asumía como algo normal. Para no herir los sentimientos del conde, y porque siempre le gustó estudiar, no rechazó las enseñanzas de Benedetto Leone. Disfrutaba con las clases de italiano, pero se aburría mortalmente atendiendo a las innumerables normas que marcaban el comportamiento en sociedad. Total, ¿para qué le hacía falta aprenderlas? No pensaba relacionarse en modo alguno con la aristocracia.
Tan abstraída caminaba en sus recuerdos, que no oyó el galope de un caballo aproximándose hasta que casi llegó a su altura. Como el enorme cuerpo del animal se le venía encima, se hizo a un lado del sendero tan rápido como pudo, gritando sorprendida, con la cara blanca como el papel.
—Lo siento. —La voz profunda y con tintes de mal humor se disculpaba unos pasos por delante—. ¿Se encuentra usted bien?
Ella miró disgustada el ramillete pisoteado por los cascos del caballo. Hizo visera con la mano para poder enfocar al sujeto que controlaba al inquieto animal, porque la luz del sol la deslumbraba. Un hombre cubierto de polvo de pies a cabeza, con el cabello revuelto, demasiado largo, que el viento echaba sobre un rostro moreno de barba descuidada. Podía ser un aventurero o un maleante, no era fácil catalogarlo.
En lugar de contestar a su pregunta se dirigió a él con otra:
—Y usted, ¿avasalla siempre allá por donde pasa? ¿Qué hace en las tierras de lord Lancashire?
El extraño, un tanto confuso por la interpelación, tiró de las riendas e hizo girar al caballo para acercarse a la muchacha. La miró de arriba abajo con desfachatez, con un matiz burlón en los labios. Sabrina enrojeció. Y el descaro del individuo hizo que se despertara su genio.
—Perdone, señorita, ¿quién demonios es usted?
Ella retiró su mano de la frente, quiso decirle algo más, pero optó por un silencio prudente. No salía de su asombro. Desde luego, no mostraba signos de ser un caballero y, además, ¿la cuestionaba?
Bien erguido en su silla de montar, él entrecerró los párpados y se fijó con más detenimiento en el rostro de la joven. Por unos segundos, hasta se sintió desconcertado, porque el color violeta de los iris que observaba fue una vuelta atrás en el tiempo, a una época mucho más feliz, cuando era un despreocupado joven que se creía el dueño del mundo y capaz de acabar él solo, pobre imbécil, con Napoleón y sus huestes. Había soñado con unos ojos como aquellos muchas noches, en especial aquellas en que el retumbar de los cañones enemigos lo mantenía en vela. Y bien sabía Dios que fueron muchas vigilias.
—No tengo que dar explicaciones a un desconocido. Si ha venido a tratar algún asunto con milord, ha hecho el viaje en balde porque no se encuentra aquí, se ha ido a la ciudad —aclaró ella, sin intención alguna de facilitarle su nombre, dándole acto seguido la espalda para seguir con su paseo—. Vuelva en otro momento.
A él, más que sorprenderle, le agradó el tono decidido y poco contemplativo de la muchacha y así, viéndola caminar, se permitió admirar el contoneo de sus caderas mientras se alejaba. Era delgada, no demasiado alta, muy bonita. Y toda una fierecilla. ¿Qué hacía en la propiedad? Que él recordara, no pertenecía al servicio, aunque era cierto que había pasado mucho tiempo y su abuelo podía haber contratado nuevo personal. ¿Cuál podía ser su cometido? Vestía con sencillez, tal vez con demasiada discreción para ser tan joven, pero no utilizaba uniforme y sus modales, un tanto altaneros, no se ajustaban a los de una criada. Taconeó los flancos del animal para ponerse a su altura.
—Así que el viejo no está —comentó, alegrándose íntimamente porque eso significaba que se encontraba recuperado de sus dolencias.
Escuchándolo, y puesto que pretendía cabalgar a su altura, se paró, apoyó los puños en la cintura y elevó el mentón, encarándolo.
—¿Con la expresión «viejo» se está refiriendo usted a lord Lancashire, caballero? —preguntó airada, arrastrando la última palabra para que quedara claro el punto de mofa utilizado—. Si es que alguien con educación se dirige así a una tercera persona.
—Bueno, digamos que supe que estaba enfermo.
—Milord se encuentra ya en perfectas condiciones, si es lo que ha venido a preguntar, y se le agradece el interés. Ahora, si eso es todo, lárguese o llamaré a alguien para que lo eche.
—¿A quién dices que vas a llamar? —se burló él, tuteándola, al tiempo que descabalgaba de un salto para acercarse a ella con aire avasallador—. Yo no veo a nadie en las cercanías.
Sabrina se dio cuenta demasiado tarde de que así era. Estaba muy alejada de la casa, de hecho, ya ni la veía. Se encontraba sola con un individuo que osaba referirse a Julius de forma tan chabacana. No había calibrado bien al increparle de la manera en que lo hizo. Si se le ocurría atacarla, nadie escucharía sus gritos de socorro. Sin embargo, no se amedrentó: dio unos pasos rápidos para alejarse, se agachó y tomó la primera piedra que encontró a mano.
—Si se acerca a mí, le abro la cabeza —amenazó.
Ken se limitó a forzar una carcajada.
Una pequeña bandada de gorriones alzó el vuelo, ella miró hacia allí y, al momento siguiente, sin saber cómo llegó hasta ella, Sabrina se encontró atrapada por la muñeca y se vio obligada a soltar su improvisada arma.
—Podría comportarme como un rufián y besarte ahora mismo —respondió él, acercándole su cara.
Sabrina notó su aliento junto a su cuello y un relámpago de miedo la atravesó, pero no se permitió flaquear.
—No se atreverá.
—¡Qué sabes tú a lo que yo me atrevo, muchacha!
—Si me pone una mano encima...
—¿Otra amenaza? Ya resultan reiterativas, encanto. ¿Qué vas a hacer? ¿Ponerte a gritar? —incitó, sonriendo con suficiencia, medio ocultos sus ojos tras los párpados entrecerrados—. ¿Morderme? Te veo muy capaz, sí. Pero no te preocupes, no estoy tan necesitado de mujeres y hay otras muchas que aceptan de buen grado mis galanterías.
—Entonces, vaya a buscarlas.
Respiró profundamente, la soltó y se fue hacia el caballo lamentando, eso sí, perder el contacto con ese cuerpo de curvas suaves.
Sabrina se masajeó la muñeca dolorida y, por si acaso, volvió a recoger la piedra. Gesto inútil porque, a lomos ya de su montura, el tipo le dedicó una cansada sonrisa y se alejó.
Ella se quedó allí, en mitad del sendero, preguntándose de dónde demonios había salido aquel individuo, qué había ido a buscar en realidad y cómo era posible que Julius se relacionara con alguien tan... tan... No encontró la palabra adecuada para definirlo, aunque por su cabeza desfilaron un montón de adjetivos, ninguno lisonjero. A pesar de un encuentro tan desagradable, tuvo la extraña sensación de que algo en su persona le resultaba vagamente familiar.
Sacudió la cabeza para alejar de sí tan enojosa escena y decidió regresar a la casa.
Sin embargo, a medio camino, la alcanzó una carreta que levantaba nubes de polvo y venía de la finca contigua, Romins Manor. Reconoció al conductor de inmediato, era uno de los criados.
—¿Qué sucede, Michael?
—Es milady. Le ha dado otro de sus ataques, señora Klever. Iba en su búsqueda.
—¿Qué ha sido esta vez? —preguntó mientras se recogía las faldas y ascendía ya al pescante, sin esperar la ayuda del muchacho.
—Le duele la espalda y apenas se puede mover.
—¿Habéis avi
