Capítulo 1
Principios de marzo de 1835
Era poco más del mediodía cuando llamaron a la puerta, un par de golpes firmes.
Olivia Coombs se sobresaltó y alzó la cabeza. Con el movimiento, la larga cabellera negra, de guedejas gruesas y ensortijadas, se movió como si tuviera vida propia.
¿Quién podía ser? ¡Menuda contrariedad! La señora Meyers, que hacía las veces de criada y cocinera, estaba pasando el día en casa de su hija, ella no esperaba a nadie y, como era domingo y no tenía otra cosa que hacer, se había estado bañando, mientras pensaba con tristeza en la reciente muerte de su madre.
En esos momentos, vestida solo con la camisola, el corsé y las enaguas, se estaba secando el cabello, arrodillada junto a la chimenea de su dormitorio. No era momento para recibir a nadie.
Pero daba igual lo que pensase: quien quiera que fuese volvió a llamar, esa vez con un evidente toque de impaciencia. O quizá era apremio, podía estar pasando algo. ¿Sería la señora Perkins, su vecina inmediata? Tenía cinco hijos y un sexto a punto de nacer. Podría ser que hubiera llegado ya el momento...
Olivia se levantó, se puso la bata de camino y ni se detuvo a calzarse. Bajó las escaleras, cruzó el pequeño vestíbulo y abrió.
Para su sorpresa, se encontró frente a frente con un desconocido de unos treinta años, un joven muy atractivo, moreno, alto y de porte elegante. No era alguien del pueblo, seguro. No solo conocía a todos los habitantes de Minstrel Valley, sino que también hubiese podido deducirlo sin ningún problema de su apariencia general.
Ningún campesino de los alrededores hubiese utilizado un sombrero de copa como el que cubría en parte su cabello, brillante de puro cuidado, o el traje de excelente paño, cortado por uno de los mejores sastres de Inglaterra; ni tampoco el pañuelo de cachemir que cerraba el cuello con un lazo perfecto, o las resplandecientes botas de caña alta.
Eso, por no hablar del bastón de madera noble con empuñadura de oro.
Todo ello desprendía un aire innegable a Londres, a selecto y a gente importante. Algo que, hasta ese momento, había estado siempre muy lejos de su puerta.
—¿Sí? —preguntó, atónita.
—¿Señorita Coombs? —Olivia asintió. Vio que las pupilas del hombre se fijaban en su pelo, suelto de cualquier modo y algo húmedo todavía, y luego en su escote. Cruzó más la bata, incómoda, sin poder evitar ruborizarse. Hubo un brillo curioso en los ojos del desconocido, pero su expresión permaneció pétrea—. Permita que me presente: soy Marcus Hale, el marqués de Northcott. Primo de lady Acton —añadió, quitándose el sombrero.
¿Lord Northcott? ¿El marqués, en su casa? Era el título más conocido e importante de la zona. La mayor parte de las tierras de Minstrel Valley, incluida la hermosa mansión de su límite noreste, llamada Minstrel House, había sido de los Northcott durante muchas generaciones; solo unos veinticinco años atrás, uno de los últimos marqueses se lo entregó todo a su hermana, la actual lady Acton, que había nacido allí.
Incapaz de salir de su asombro, Olivia hizo una inclinación, algo atolondrada.
—¡Milord…! ¡Encantada, es un honor!
Él se limitó a asentir con sequedad, por todo saludo.
—Sin duda. ¿Podría concederme un momento, señorita Coombs?
—Pues… —Hizo un gesto vago hacia el interior—. Estoy sola y ya ve que, ahora mismo… —rebulló sobre sí misma, llamando la atención del caballero sobre su escasa ropa, sus pies desnudos y su situación en general, tan incómoda—, me resulta imposible…
—Sí, desde luego. Me hago cargo.
Mientras hablaba, el hombre echó un vistazo a lo que podía ver del pequeño vestíbulo y la cocina de la casa, visible a través de su puerta abierta. No debió sacar una gran opinión de lo que encontró, pese a que el hogar de Olivia era un sitio humilde, pero limpio y cuidado.
De hecho, a decir del modo en que arrugó aquella elegante nariz de patricio seguro de su propia importancia, en la descripción debió quedarse con el «humilde», y se limitó a ignorar el resto.
Eso, para el caso de que hubiese elegido un adjetivo amable.
—Si quiere, puede esperar en la cocina, mientras subo y me arreglo —propuso ella, indecisa. Quizá le estaba juzgando mal. Su madre siempre le advertía de lo engañoso de las primeras impresiones. No podías conocer a un hombre solo por un comentario o una mirada—. No tardaré más que un par de minutos.
—No se preocupe, no tengo ningún interés en entrar. —¿Y eso, de qué modo podía interpretarlo, que no resultara ofensivo? Lord Northcott se apoyó en el bastón con un gesto lleno de petulancia—. En realidad, solo le traigo un mensaje de milady.
Ella frunció el ceño, decidiendo que, quizá, las primeras apariencias no engañaban siempre. Estaba por asegurar que lord Northcott era, sin más, un imbécil.
Pero, como también era un marqués, se armó de paciencia.
—Muy bien, milord. Usted dirá.
Las pupilas del hombre volvieron a centrarse en ella.
—Lady Acton y yo llegamos ayer por la tarde, a última hora, desde Londres. Nos hemos instalado en la casa grande —señaló con el bastón hacia el noreste, más o menos—, en…
—En Minstrel House, sí, lo sé, lord Northcott —le interrumpió ella, cada vez más molesta por su engreimiento—. Resulta que yo nací aquí. He visto la silueta de ese palacete en el horizonte desde que tengo memoria. —Y siempre lo había visto vacío, iba a añadir, pero decidió callarse. No tenía ganas de conversar con él. No le estaba cayendo simpático, mejor terminar cuanto antes—. Le ruego que sea breve, por favor. Tengo frío.
Él contuvo una ligera mueca.
—Por supuesto, señorita Coombs. Mi cometido es sencillo: lady Acton desea invitarla a que vaya esta tarde a tomar el té con ella.
Eso sí que la desconcertó por completo.
—¿Yo? ¿Que vaya yo? ¿A Minstrel House? —Lord Northcott asintió—. Pero ¿está seguro?
—Por completo. No suelo equivocarme en misiones tan sencillas, se lo aseguro.
—¡Pero si lady Acton no me conoce en absoluto…! —Nada, que no conseguía salir de aquel estadio de estupefacción—. ¿Qué puede querer de mí?
Él la miró con fijeza.
—¿Seguro que no lo sabe?
—¿Yo? —Frunció el ceño, harta de su actitud, y decidió afrontar la situación de frente—. Pero ¿se puede saber qué le ocurre, milord? Usted y yo no nos conocemos en absoluto. ¿Por qué me habla como si le debiera dinero o le hubiese pisado?
No estaba preparado para un contraataque directo, y le tomó por sorpresa, se le notó en la cara. Lord Northcott apretó los labios, como conteniéndose de decir algo amargo, se giró y regresó al sendero de piedras blancas que cruzaba su pequeño patio delantero, desde la cancela de la valla de madera pintada de blanco, hasta la escalerita de media docena de peldaños que conducía a la puerta de su casa.
—A las cinco —le oyó decir mientras se alejaba—. En punto.
—¡Oiga! ¡Pero…! —Salió un par de pasos, hasta el primer peldaño, aunque no se alejó del umbral. Sentía el suelo helado bajo los pies, y corría un aire frío y desagradable. Solo le faltaba coger una pulmonía, con el pelo todavía húmedo—. ¡Se lo advierto, no iré!
Él no se volvió. Había llegado a la entrada y estaba abriendo la cancela.
—Sí lo hará. Claro que lo hará.
—Ah, ¿sí? ¿Y por qué está tan seguro?
—Porque, si las cosas son como pienso, algo que no dudo, acudir a esta cita forma parte de su plan. —Salió y, entonces, sí, se giró hacia ella—. Y yo me ocuparé de hacérselo pagar caro.
—¿Qué? —Olivia tardó un largo segundo en tragar saliva—. No tengo ni idea de qué me está hablando, milord. Solo puedo imaginar que ha llegado a alguna conclusión errónea sobre mí, sin siquiera conocerme.
En lugar de ablandarse o, al menos, dudar, lord Northcott le lanzó una mirada llena de desdén.
—¿Así que afirma que es inocente? Curiosa posibilidad. La afrontaremos juntos, llegado el momento. —La estudió, allí plantado, con gesto desafiante—. No estoy indignado por mí, señorita Coombs. Al fin y al cabo, yo puedo defenderme y no suelo confiar en nadie que no conozca mucho, por lo que no se me decepciona con facilidad. Pero aprecio a lady Acton. Muchísimo. Para mí, es como una abuela, y ella sí que tiende a ser demasiado indulgente con los demás.
—Pero yo…
—Si de verdad no sabe nada de todo esto, ni tiene ningún interés en enredarla en sus pérfidos manejos, no vaya a la cita. No vaya, señorita Coombs. No la anime a tener esperanzas en una superchería ridícula. De hecho, será la única manera en que yo pueda creer en su supuesta inocencia. De otro modo, no olvide que no voy a quitarle ojo de encima, en ningún momento. —Utilizó el bastón para señalarla, con un gesto acusador—. Se lo advierto muy en serio, no voy a permitir que nadie se burle de los buenos sentimientos de lady Acton.
Olivia abrió los ojos como platos.
—Pero ¿se puede saber de qué demonios me habla, milord? ¿Aprovecharme de lady Acton? ¡Yo nunca haría tal cosa!
—Ah, ¿no? —replicó, despectivo—. Ya lo veremos. —Le lanzó una última mirada y se fue.
Ella le observó mientras se alejaba y luego volvió a la casa y cerró. ¿Qué había ocurrido? No lograba entenderlo. ¿Estaría loco aquel hombre? ¿Sería de verdad el marqués de Northcott, o era un enfermo mental, escapado de algún sitio? ¿Por qué había dicho aquello de que él podría defenderse, o de que no iba a permitir que se burlase de lady Acton? ¿Y lo de la invitación a tomar el té con ella, en Minstrel House? ¿Se lo habría inventado?
Olivia se estremeció y se abrazó. ¡Por Dios, estaba helada! Lo prioritario en esos momentos era quitarse todo ese frío de encima cuanto antes, necesitaba volver al dormitorio, a la chimenea, y entrar en calor.
Pero apenas había llegado a la mitad de la escalera, cuando volvieron a llamar a la puerta.
—¿Será posible? —musitó. ¿Sería de nuevo aquel loco? Quizá ahora quería invitarla a cenar en Clifford Manor, la otra mansión importante de la zona. Volvió sobre sus pasos y abrió de golpe—. ¿Se puede saber qué…?
Al otro lado del umbral, Annie Thompson la miró con sorpresa, abriendo mucho sus grandes ojos verdes. Eran su mejor rasgo en un rostro por lo demás poco atractivo, aunque tan dulce que inducía a la ternura. Annie también iba de luto por la madre de Olivia y, ese día, llevaba un sombrerito negro muy coqueto sobre el cabello oscuro, y una capa con la que cubría el chaquetón y el vestido, todo del mismo color.
También tapaba algo más que no supo identificar, pero que deformaba su figura, de por sí bajita y quizá demasiado voluptuosa.
—¿Llego en mal momento? —preguntó Annie.
—No, no te preocupes. —Se apartó del umbral, para cederle el paso—. Vamos, entra. Hace frío.
—Sí, claro. Te recuerdo que todavía estamos en invierno. —La muchacha cruzó el umbral y se dirigió a la cocina. De camino, mientras Olivia cerraba la puerta, le mostró el paquete que había llevado oculto: un par de recipientes de barro, bien envueltos en tela de arpillera. Los dejó sobre la mesa—. Mi madre y yo hemos pensado que no querrías venir a casa…
—Es que…
—Y que tampoco te apetecería cocinar —la interrumpió a su vez Annie, que conocía su estado de ánimo—. Con lo que, al final, te pasarías el día sin probar bocado, hasta el regreso de la señora Meyers. De modo que te he traído emparedados para el té y un estofado para la cena. ¡Ah, y tarta de manzana!
Olivia sonrió, sintiendo una oleada de cariño. En momentos así, recordaba que no estaba tan sola como creía, incluso llegaba a sentirse mal por haberlo olvidado. Tenía a la señora Meyers, y a muchos otros vecinos y, sobre todo, a Annie, que había sido la aprendiza de su madre y había formado parte de su vida durante mucho tiempo.
Acababa de cumplir los doce cuando empezó a acudir a coser cada día a su casa, siete años antes. Primero hizo mil labores sencillas pero repetitivas, hasta coger la soltura necesaria con la aguja como para ayudar a confeccionar las distintas prendas que les encargaban las mujeres del pueblo y de los alrededores. Olivia era solo cuatro años mayor que ella, y habían terminado siendo casi como hermanas.
Por eso, Annie también iba de luto, como ella. Sentía la pérdida de Mery tanto como su propia hija.
Olivia sonrió, agradecida.
—Muchas gracias. De verdad.
—No seas tonta. Lo que lamento es no poder convencerte para que vengas. Estás muy sola aquí.
—La señora Meyers llegará para la cena.
—Lo sé, pero…
—Por favor, Annie. Quiero estar en casa, con mis cosas. Con las suyas. —Adelantó una mano y la apoyó en el brazo de su amiga—. Necesito despedirme de ella, poco a poco.
Los ojos de la muchacha se llenaron de sentimiento.
—La echas de menos, ¿verdad?
—Mucho —contestó, mientras volvía a sentir el dolor de la pérdida como una punzada aguda en el pecho—. Por más que lo intento, no me hago a la idea…
—Solo han pasado tres semanas, muy poco tiempo.
—Sí, demasiado poco. Todavía tengo la impresión de que, en realidad, no ha ocurrido. Que no ha sucedido, que no…
—Oh, Livvy… —exclamó Annie, tomando sus manos.
Olivia sintió que las lágrimas inundaban sus mejillas. Su madre… se había quedado sin su madre. ¿Cómo podía haberse abatido sobre ellas todo aquel desastre? Mery Coombs, tan fuerte, tan alegre, tan hermosa, se había ido para siempre. Ya no volvería a subir ni a bajar la escalera con un alegre repicar de tacones; no le declamaría aquellos versos compuestos por ella misma, para relatar la leyenda de La Dama Blanca y el juglar, ni se escucharía su voz, con aquella costumbre tan suya de cantar mientras hacía las tareas de la casa; jamás volvería a probar el estofado de carne como solo ella sabía prepararlo, ni se reirían juntas, unidas y felices por estar una con la otra, compartiendo la mesa y la vida.
Olivia se limpió los ojos y suspiró. Debía continuar, lo sabía. Debía tratar de salir adelante, era lo que Mery hubiese querido. Se limpió las lágrimas, forzó una sonrisa y tiró de Annie hacia la escalera, para subir al primer piso.
—Vamos, ven. Ayúdame con el pelo.
Al entrar en su dormitorio, echó un tronco al fuego y se sentó en el suelo, sobre la vieja alfombra que su madre había comprado de segunda mano en una feria, dos años antes. En la mesita tenía un vaso de agua, el cepillo y el espejo que había estado usando para verse.
Annie se quitó la capa y se arrodilló tras ella, para cepillarle la melena.
—¿No has salido nada hoy? —preguntó, con un tono que anunciaba noticias interesantes.
—No —dijo Olivia—. Y no pensaba salir. Prefiero quedarme leyendo.
—Pues te advierto que está siendo un día de lo más emocionante. Todo el mundo anda alterado por la llegada de lady Acton.
—Oh, sí, cierto. —Recordó que lo había mencionado lord Northcott—. Llegó ayer, ¿no?
—Sí, a última hora de la tarde. ¡Y ha venido acompañada, nada más ni nada menos, que de su primo, el marqués de Northcott! ¡Una de las mayores fortunas de Hertfordshire! ¿Te imaginas qué hombre elegante debe de ser? —Por desgracia, no necesitaba imaginarlo. Solo tenía que cerrar los ojos para volver a verle, comportándose de un modo muy grosero—. ¡Marion Grenfell afirma que esta mañana se ha cruzado con él, y que es guapísimo!
Se refería a la hija menor del coronel Grenfell, un coronel de dragones retirado, cuya casa estaba cerca de la salida suroeste del pueblo. La joven Marion, de quince años, tenía demasiados pájaros en la cabeza. Muy mimada por su padre, lo único que parecía importarle en la vida era reír y conseguir un buen marido, lo más rico posible. Olivia no sentía mucha simpatía por ella, de tener alguna.
Su hermana mayor, Edith, era otra cosa muy distinta. Había cumplido ya los diecisiete años y era educada y formal. A ella sí que la apreciaba de verdad.
—¿En serio? —Agitó la cabeza—. Bueno, no tengo mucha confianza en el criterio de esa muchacha respecto a los hombres.
—Vamos, Livvy… No digas eso.
—¿Por qué no? Sabes que no soy amiga de los chismes, ni la juzgo. Por mí, como si se escapa con un buhonero. Pero, seamos sinceras, está tan deseosa de conquistar a un hombre, que cualquiera le parecería guapo.
—¡Qué cosas dices! Además, aunque tuvieras razón, da igual, porque la apariencia física es lo que menos importa en un caballero.
—Ah, ¿sí?
—Bien sabes que sí. Bueno, respecto a lo de guapo, claro. Mientras sea elegante en el vestir y tenga unos modales exquisitos, el resto, da igual. Seguro que lord Northcott cumple con eso, por no hablar de que es noble, y muy rico. ¡Y sigue soltero!
—Seguro que debido a algún grave defecto de carácter —masculló Olivia. Annie se encogió de hombros.
—Eso tampoco importa. Mi madre dice que un título nobiliario, junto con una renta de más de cincuenta mil libras, como la de Northcott, corrigen por completo cualquier defecto. —No se percató del gesto desdeñoso de Olivia. Ni por todas las riquezas del país hubiese disculpado el comportamiento desagradable de aquel hombre—. ¡Oh, Livvy! ¿Te imaginas?
—¿El qué?
—¿Qué va a ser, mujer? ¡El casarte con alguien así, claro está! —Annie se puso en pie y empezó a dar vueltas y vueltas sobre sí misma, bailando, mientras estrechaba el cepillo contra el pecho como si fuese su pareja. El aire que movían sus faldas hizo oscilar las llamas de la chimenea—. ¡Oh, de verdad, Livvy, quién fuera una dama importante para poder aspirar al corazón de lord Northcott! Aunque, quién sabe, tú misma dices siempre que el amor todo lo puede y…
—¿Y sabes por qué ha vuelto lady Acton a Minstrel Valley? —preguntó Olivia, deseosa de terminar con aquel tema.
A Annie no le importó. Ese otro también era de su interés. Dejó de bailar y volvió a su lado.
—No, no lo sé todavía. ¡Pero Mildred Cotton contaba, en la tienda de la señora Gibbs, que ha oído decir que lady Acton ha venido para organizar un nuevo Baile de Primavera, como en los tiempos de nuestras madres!
—¿De verdad? —¿Un Baile de Primavera? ¿Tras casi veinticinco años de no aparecer por allí? ¿Y qué relación podía tener aquello con la invitación de lady Acton? ¿Habría dicho algo al respecto la señora Cotton? Olivia dudó. Se sentía reacia a hablar de ello, por si tenía que soportar más insensateces sobre las rentas del marqués, pero merecía la pena intentarlo—. ¿Sabes una cosa? No hace ni cinco minutos que lord Northcott ha estado aquí.
—¿Qué dices? ¿El marqués de Northcott? ¿Aquí? ¿En tu casa? —repitió Annie, con voz algo estridente. La miró a los ojos, buscando la broma—. No es posible. Te burlas de mí…
—En absoluto. Por eso estaba abajo y te he abierto tan rápido. Habían llamado a la puerta, y… —Se encogió de hombros—. Bueno, era él.
Annie estrechó con fuerza el cepillo y dio un par de saltitos.
—¡Oh, Livvy! ¡Livvy! —chilló—. ¡El marqués de Northcott, aquí! ¡Oh, Dios mío! —La miró, a la expectativa—. Y, dime, ¿tiene razón Marion Grenfell? ¿Es tan guapo como dice?
—No. Exagera. —No estaba siendo justa, lo sabía. Lord Northcott era, con diferencia, el hombre más atractivo que se hubiese encontrado nunca, pero no estaba dispuesta a admitirlo, de ningún modo—. No niego que, quizá, algunas mujeres pudieran encontrarlo agraciado, pero te aseguro que no ha sido mi caso. De todos modos, lo peor en él, con mucho, es su carácter.
—¿A qué te refieres?
Al recordar el modo en que había hablado, no pudo ocultar su enojo.
—¡A que creo que no me he encontrado jamás con alguien tan desagradable en toda mi vida, claro está! ¡Te lo juro, Annie! Es engreído, soberbio y carece de toda delicadeza.
Annie apretó los labios, en una muequita llena de decepción.
—Qué lamentable… Pero ¿qué quería?
—Oh, pues… Lady Acton quiere que vaya esta tarde a tomar el té con ellos.
—¿Qué? ¿Tú? ¿En serio? ¿Lady Acton te ha invitado? —Olivia asintió—. ¿Pero cómo…? ¿Por qué?
—Ni idea. No puedo imaginar qué interés puede tener en verme. ¡A mí…! ¡Si no soy nadie!
—¡Eso no es verdad!
—¿Cómo que no? No soy más que la hija de un campesino y una costurera de pueblo, ambos muy trabajadores, sí, pero también muy humildes.
—¡Pero tú eres hermosa, Livvy! —Annie la miró con su rostro poco agraciado lleno de sentimiento. Era una extraña mezcla de amor incondicional y leves toques de envidia—. Eres bella, tienes elegancia natural —lo dijo de seguido, incidiendo en ello—, todo el mundo lo dice, y podrías estar en cualquier salón de Londres, que encajarías muy bien. Además, tus modales son intachables y eres culta. Te gusta mucho leer y trabajaste mucho en la escuela, hasta convertirte en maestra. ¡Incluso fuiste a Londres para conseguir el título!
—Sí, cierto, y todo fue gracias al esfuerzo de mis padres. Pero ese ha sido mi mayor logro en la vida: llegar a ser una sencilla maestra de pueblo. —Se sobresaltó—. ¡Oh, Annie! ¡Igual es por eso!
—¿Qué? ¿Por eso? ¿Qué quieres decir?
—Que es posible que el padre Ellis le haya hablado de mí a lady Acton.
—¿Hablar? ¿De qué? ¿Por qué?
—Para salirse con la suya, claro está. —El padre Ellis, el párroco del lugar desde la trágica muerte del padre Roberts, siempre estaba exigiendo una mayor severidad en las aulas, algo que Olivia no compartía—. Lady Acton es una mujer muy mayor. Ahora que ha vuelto al pueblo, seguro que quiere que todo sea más… «riguroso», más «como ha sido siempre». Disciplina, en vez de comprensión y amor, tal como exige el odioso padre Ellis.
—Qué tontería. Lady Conway es de la misma edad y siempre te ha apoyado. ¡Y qué decir de lo bien que se portó siempre con tu madre!
Eso era cierto. Lady Conway, la condesa viuda de Conway, era una mujer admirable, que siempre las había ayudado mucho, a ella y a Mery.
Cuando Olivia tenía unos siete años, Mery y Mildred Cotton tuvieron una pelea terrible en el lavadero de la plaza. Su madre estaba allí, ocupada con su colada, mientras ella jugaba con otros niños a salpicarse con el agua, cuando pasó la señora Cotton con la que entonces era costurera de lady Conway, una muchacha de la que ya no recordaba el nombre, solo que era una criatura cotilla que había hecho mucha amistad con la señora Cotton.
Fue la primera vez que Olivia oyó mencionar un misterioso viaje a Escocia de su madre y decir que alguien sospechaba que no era hija de Bernard Coombs.
Mery arañó a aquellas arpías, a las dos. No contenta con ello, mordió con saña a la señora Cotton y le puso un ojo morado a la otra. Ganó la pelea pero, como consecuencia de aquello, pasó la noche en una celda de la casa de la vieja Guardia y todas las señoras del círculo de Mildred dejaron de encargarle ropa.
Olivia y ella pasaron hambre y su situación hubiese sido peor con la llegada del invierno, de no ser porque, de pronto, una tarde, lady Conway la hizo llamar. Con naturalidad, como si no hubiese pasado nada, le dijo que su modista había tenido que irse a Londres y que necesitaba a alguien para los arreglos cotidianos de su ropa, el mantenimiento general de sus pertenencias. Desde entonces, nunca había faltado un buen sueldo en su casa.
Y, de hecho, cuando el sobrino de lord Conway, Richard, llegó para pasar una temporada en Minstrel Valley, diez años atrás, se le pidió a Olivia que le enseñase el pueblo y que le presentase a otros jóvenes del lugar.
Olivia así lo hizo, y le presentó a su amigo Edward Hastings. Edward y ella eran bastante traviesos por aquellos tiempos, y el pobre Richard suponía una víctima demasiado tentadora. Recordó la broma que le organizaron en las ruinas, cuando Edward se disfrazó de fantasma con una sábana y casi le hicieron llorar porque, aunque ellos no lo sabían, Richard estaba en Minstrel Valley porque su padre se había suicidado.
Fue un comienzo triste, pero nunca se arrepintieron de ello, porque también fue el inicio de algo muy grande. A partir de aquel momento de inesperada intimidad se sintieron muy unidos. ¡Aquellas tardes en el bosque; aquellos paseos en barca por el lago, con baños incluidos; aquel explorar las ruinas, como todos los niños del pueblo, intentando descubrir un misterio antiguo…!
Se hicieron muy amigos, como solo podía hacerse alguien a esa edad, en esa época maravillosa del verano.
«Pronto se cumplirán diez años», pensó, con nostalgia. Richard, Edward y ella se habían juramentado para reunirse de nuevo una década después, el primer domingo de agosto de mil ochocientos treinta y siete. Se preguntó si ellos lo recordarían, si se presentarían a la cita. Quizá ya estaban casados y felices por ahí, sin un solo pensamiento para aquella niña de catorce años que fue Olivia Coombs.
¿Y ella? ¿Iría? Sí, claro que sí. Era la única que quedaba en Minstrel Valley de los tres, debía asistir en nombre de todos. Se vería sola en las ruinas, y sería triste, pero debía acudir. Guardaba un recuerdo entrañable de aquel verano y de aquella amistad.
—Sí, tienes razón —susurró, volviendo al presente—. Y yo también la aprecio mucho, tú lo sabes. Me ha ayudado en todo momento, y hasta asistió al funeral de mi madre, una gran dama como ella… Nos hizo un honor que no olvidaré nunca. Pero, no sé, lady Acton puede ser muy distinta. Quizá se parezca a su primo —añadió con horror.
—Creo que estás sacando conclusiones demasiado precipitadas.
—¿Eso piensas? Pues yo creo que mejor no voy. Puedo quedarme en casa, como tenía previsto, tomar el té con tus emparedados y pasar la tarde de domingo leyendo.
—¿Qué dices? —Annie la miró atónita—. ¿Cómo que no vas a ir? ¡Olivia Coombs! ¡Si lady Acton, la señora de Minstrel House, te llama, tú acudes y punto, y no hay más que hablar! ¡Sobre todo, si es el propio lord Northcott quien viene a transmitirte en persona su invitación! No puedes perderte algo así.
No, visto de ese modo, desde luego, no podía hacer algo así. Sobre todo, tras la extraña escena que había vivido con aquel hombre. O quizá por ella. Olivia agitó la cabeza, intentando recordar y analizar la conversación. ¿Qué había insinuado? Que ella tenía algún plan retorcido en marcha para burlarse de lady Acton, o algo por el estilo, y que solo si no iba esa tarde a Minstrel House, demostraría su inocencia.
Menuda tontería. ¿Lo había dicho para que no fuese, para que dejase pasar de largo aquella invitación? No le veía otro sentido a todo aquello. Pero, lo más importante, ¿de dónde había sacado semejante idea absurda de que ella estaba embarcada en un intento de ese estilo? ¿Y cuál era el pecado del que la acusaba?
No podía entenderlo, y necesitaba una explicación. Aunque fuera una que la enojase.
—Está bien, iré —murmuró—. Iré y afrontaré lo que sea.
—Por supuesto que sí. —Annie sonrió y se puso otra vez en pie—. Vamos, te ayudaré a prepararte.
—¿A prepararme? —Olivia arqueó una ceja—. Que yo sepa, no hay mucho que pueda hacer. Te recuerdo que estoy de luto.
—Ya… Pero, aun así, hay que lograr que estés lo más presentable posible. —Su amiga fue al armario y empezó a revolver entre sus pocos vestidos—. ¡Dios mío…! ¡Es verdad que lo has teñido todo!
—Pues claro. ¿Y qué más da? No pretenderías que me vistiese de azul.
—No, claro. Pero podrías haber guardado algunas cosas, para el futuro.
El futuro… Olivia apartó el ramalazo de pena que la envolvía cada vez que imaginaba ese largo tiempo que iba a tener que pasar sin su madre.
—Si te digo la verdad, no me sentía con ánimos de pensar en eso.
Annie la miró con pena. Seguro que intuyó lo que estaba pensando.
—No te preocupes, cariño, no importa. —Escogió uno, el mejor que tenía. Era el último que le hizo su madre y el que usaba solo para ir a misa o dar un paseo los domingos—. Bueno, este va a tener que servir para tomar un té en Minstrel House.
Capítulo 2
Eran las cuatro y media cuando Olivia salió de su casa acompañada de Annie. Seguía haciendo bastante frío y el aire olía a lluvia. El viento había aumentado, se empeñaba en colarse a través de las ropas, así que ambas se envolvieron bien en las capas, con los sombreros bien encasquetados.
—¿Quieres que te acompañe hasta el portón de Minstrel House? —preguntó Annie, cuando llegaron al cruce de Cementery Street con Scott Lane.
«Querida Annie», pensó. La casa de su amiga estaba ya muy cerca, quedaba un par de edificios a la izquierda, justo detrás de la iglesia de Saint Mary, mientras que Olivia tenía que girar hacia Legend Square, para dirigirse hacia el este y tomar por King’s Road. La mansión de lady Acton estaba a unos veinte minutos largos, a paso rápido. Si Annie la acompañaba, tenía por delante casi una hora de caminata, bajo un cielo que amenazaba tormenta.
Era muy generosa ofreciéndose, porque le hubiera gustado contar con su compañía, pero negó con la cabeza. No tenía sentido obligarla a semejante esfuerzo. De haber hecho un buen día para dar un agradable paseo, quizá, pero no era el caso.
—No, y de verdad que te lo agradezco mucho, querida. Es muy considerado de tu parte, pero no es necesario.
—Muy bien. —Annie la miró con intención—. Solo prométeme que no te darás la vuelta a mitad de camino.
Olivia se echó a reír.
—No, descuida. Iré, entraré en la mansión, si es que de verdad me lo permiten, y descubriré qué es lo que pasa. Mañana ven a desayunar y te lo cuento todo.
Annie sonrió.
—Eso espero. —De pronto, algo atrajo su mirada—. ¡Eh! —exclamó, sobresaltándola, y corrió hacia la calle en la que Scott Lane se convertía en Church Street, por el lateral de la iglesia de Saint Mary.
A pocos metros, muy cerca de la puerta de la casa del cura, la anciana Joan Newell, armada con su vieja hacha y vestida de negro de la cabeza a los pies, estaba haciendo trizas una carretilla que pertenecía al padre Ellis, la que usaba para llevar o traer las herramientas de jardinería, plantas nuevas, etc. El padre Ellis podía no conservar un gran concepto del ser humano, a decir de sus sermones, pero desde luego sentía un gran amor por las plantas. Tenía un bonito jardín en la parte trasera de la casa, un rinconcito conectado con el cementerio, que también cuidaba con esmero. El señor Randall, el guardés de Minstrel House, que era también un excelente jardinero, solía ayudarle en aquellas labores.
Annie llegó a tiempo de sujetar la muñeca de la anciana en el aire, antes de que diera un nuevo golpe, aunque el mal ya estaba hecho.
—Oh, Dios mío… —susurró Olivia.
En los últimos años, la abuela Joan solía llevarse cuanta madera quedaba a su alcance, fuera de alguien o no, para alimentar el fuego de su casa. Se había convertido en una ocupación casi obsesiva, en la que no entraba a razonar qué podía llevarse o qué no. A la gente del pueblo no le importaba; al fin y al cabo, había sido la partera de Minstrel Valley durante un buen montón de años, y casi todo el mundo la apreciaba mucho.
Pero, el padre Ellis y la señora Cotton, no. Por distintas razones, ambos eran partidarios de ingresarla en un asilo para pobres. Olivia no conocía ninguno, pero imaginaba que un lugar así sería algo horrible, un infierno para las gentes allí atrapadas. Incluso, aunque fuera un sitio agradable y limpio, y la quisiesen, estaba por asegurar que, si la sacaban del pueblo, la pobre anciana no duraría mucho tiempo.
Y había tenido que ir a romper la carretilla del padre Ellis...
—¡Abuela Joan! —estaba exclamando Annie—. ¿Qué le tenemos dicho? ¡No puede ir por ahí destrozándolo todo o apropiándose de las cosas ajenas!
La anciana, muy mayor, murmuró algo ininteligible. Olivia se acercó y la abrazó con cariño.
—Abuela Joan, ¿qué hace aquí? ¿Dónde se había metido? —No la veía desde el funeral de su madre—. ¿Por qué no viene a casa conmigo?
—Hacía frío en el bosque… —creyó entenderle—. Las manos de Mery están heladas, necesita madera para el fuego. Va a tener una niña.
—Oh. —Parpadeó para alejar las lágrimas. Tuvo que tragar saliva para poder hablar—. Por supuesto. Pero iremos a coger leña juntas más tarde. ¿Le parece?
—Será mejor que nos la llevemos de aquí, antes de que nos vean —la urgió Annie—. Como salga el padre Ellis, va a montar un escándalo. Y si mezcla a Worth en esto, el condestable puede verse obligado a detenerla.
—Sí, vamos. La llevaré a casa.
—No, ni hablar. Al final, vas a llegar tarde. Además, dijiste que la señora Meyers no volverá hasta la cena. Si dejas sola a la abuela Joan, es muy probable que no esté a tu vuelta. —Olivia no pudo negarlo: tenía razón—. La llevaré conmigo. —Annie abrigó bien a la anciana con el mantón negro, en un gesto lleno de ternura―. Pero tenemos que pensar qué hacer con ella. Está claro que sola ya no puede vivir. Debe tener como un millón de años.
—Qué exagerada. Pero gracias, Annie. Cuando vuelva pasaré a buscarla.
—No, no te preocupes. No hay ninguna prisa. Se puede quedar a dormir con nosotras.
—Ah, perfecto. Pues, si quieres, la traes mañana, desayunamos en casa y te cuento cómo ha ido todo.
Annie sonrió.
—Estupendo, así lo haré. ¡Ya lo estoy deseando!
Se dieron un beso en la mejilla y se separaron. Olivia las siguió con la vista hasta que desaparecieron al doblar la esquina; luego, se aseguró de que no la veía nadie, y arrastró los restos de la carretilla hasta unas matas cercanas. Allí, trató de ocultarlos lo mejor posible, aunque sabía que no tardarían en encontrarlos y todo el mundo sabría quién había cometido el estropicio…
Bueno, al menos no podrían probarlo. Algo a su favor, porque si tenía que morder también a Mildred Cotton para que dejase en paz a la abuela Joan, no dudaría en hacerlo. Se sacudió las manos y siguió su camino, en dirección a la plaza de Legend Square, el corazón del pueblo y su única zona empedrada, gracias a la generosidad de un antiguo marqués de Northcott. A partir de allí, el recorrido se extendía a lo largo de un par de calles, en casas pequeñas pero encantadoras, casi todo el año adornadas con flores.
Minstrel Valley, encajado entre colinas de formas suaves, como Scott Hill o Lake Hill, tenía un tamaño medio; o, dicho de otro modo, tenía lo que Mildred Cotton y otras señoras del lugar consideraban un «tamaño perfecto». El centro era aquella plaza, rodeada de los edificios más importantes: la iglesia de Saint Mary; la tienda de la señora Gibbs, que ofrecía toda clase de artículos que pudieras necesitar o los encargaba a Londres si no los tenía; el Salón de Fiestas del ayuntamiento y la casa del doctor Anthony Wilson, que había sido médico en el pueblo durante casi tres décadas.
También estaba allí el propio Ayuntamiento de la parroquia, por supuesto, en un edificio bastante grande que englobaba también el juzgado de paz y la llamada Casa de la antigua Guardia. En ella, además de dependencias oficiales, como un despacho y dos celdas para los delincuentes, disponía de alojamiento para el funcionario titular de mantener el orden en el pueblo y sus alrededores. En esos momentos, era utilizada por el condestable Nerian Worth, desde hacía ya más de un año.
Allí, casi en el centro de la plaza empedrada, estaba el pozo principal de Minstrel Valley, y el lavadero al que iban todas las mujeres de los alrededores a hacer sus coladas. Gracias a las aportaciones de todos, llevaba ya unos años techado en parte, para protegerlas de la lluvia o del sol excesivo.
Muy cerca, en su lado noreste, podía verse una estatua. Estaba frente a la entrada del Salón de Fiestas del ayuntamiento y presidía una zona muy bonita y agradable, con bancos y unos jardines. Era de cuerpo entero, algo muy poco habitual en una localidad de ese tamaño, pero en su caso había sido donada por una lady Northcott del pasado, quizá la esposa del que decidió empedrar el sitio.
Estaba dedicada a la leyenda más importante de la localidad. Tallada en piedra, y con evidente talento, se veía una pareja de enamorados ataviada con ropas del Medievo, él con flauta y laúd a la espalda, ella como una dama noble. Estaban enlazados en un abrazo muy estrecho, en el acto previo a darse un beso rebosante de pasión. Aunque la figura estuviera elaborada con piedra de un gris veteado de blanco, el gesto, las miradas fijas y las bocas cercanas, parecían transmitir una intensa impresión de vida propia.
Se captaba el deseo por lograr aquella unión, la sensación sublime de que nada ni nadie podrían evitarla.
«LA DAMA BLANCA Y EL JUGLAR. El amor eterno», decía justo debajo.
¡Era tan hermosa! ¡Tan inspiradora! Aunque no todos pensaban igual, por supuesto. Mildred Cotton, por ejemplo, que vivía a pocos metros y tenía que verla cada día cuando salía de casa, había intentado organizar varias veces peticiones populares para retirarla, «por indecente». Claro que, lo extraordinario en el caso de aquella mujer amargada y odiosa, hubiese sido lo contrario. Para ella, la imagen de aquella pareja no tenía nada que ver con el amor, sino con la desvergüenza y la impudicia.
Por fortuna, semejante propuesta nunca había salido adelante. En el pasado, el padre Roberts se negó a tomárselo en serio. El amor eterno, aseguró, solo podía ser un amor auténtico, algo inspirado por el Divino en persona, por lo que no tenía sentido hablar de inmoralidad alguna.
El padre Ellis, por el contrario, estuvo de acuerdo en intentar convencer a lady Acton de la conveniencia de quitar aquella estatua y cambiarla por una de la Virgen María, alegando que, además de eliminar una imagen sin duda escandalosa, la sugerida era mucho más conveniente, dada su cercanía con la iglesia.
Para ello, ni corto ni perezoso, le envió una carta al respecto. Olivia lo sabía gracias a lady Conway, que era muy amiga de lady Acton y se lo comentó a Mery, divertida.
La respuesta había sido rotunda: cuando lady Acton era niña, le encantaba pasear por allí y contemplar aquella obra de arte. Ni ella ni sus padres habían encontrado nunca razón alguna para tanto escándalo, por lo que la estatua se quedaba.
¿O acaso estaba insinuando que la familia del marqués de Northcott tenía una moral relajada?
Aquello había zanjado el asunto por completo. Olivia se alegraba y compartía la opinión de lady Acton. A ella también le había gustado ir allí, de pequeña, a sentarse en uno de los bancos o en el suelo, y contemplar con embeleso las figuras enlazadas de aquella pareja de enamorados y soñar con la idea de que algo así pudiera existir de verdad.
El amor eterno. El amor completo, auténtico, verdadero…
Esa tarde de domingo, se detuvo ante ella y volvió a pensarlo. Amor, amor, amor… ¿Podía de verdad existir algo así? ¿Y habría alguien en el mundo destinado a ella, como esa joven dama tuvo su juglar? Bien sabía el Cielo que nunca lo había necesitado tanto como en esos momentos. ¡Se sentía tan sola!
Oyó un crujido. La puerta de la casa de la vieja Guardia se abrió a su derecha y dejó salir a Nerian Worth, el condestable.
Olivia titubeó. Aparecer justo después de hacerse tal pregunta… ¿Sería alguna clase de señal?
De serlo, no sabía si alegrarse o no. Simpatizaba mucho con el condestable, era un buen hombre, aunque siempre se sentía algo inquieta en su compañía. Era evidente que estaba interesado en iniciar una relación formal con ella, no dejaba de hacer insinuaciones. De hecho, justo el día anterior, la había vuelto a invitar a dar juntos un paseo por los alrededores esa tarde de domingo, pero Olivia había declinado, excusándose en su luto y en su poco ánimo. No se sentía con fuerzas, dijo.
Quizá por eso, el señor Worth la miró sorprendido al descubrirla allí, aunque no tardó en mostrar su sonrisa habitual, tan luminosa que lograba alcanzar sus ojos verdes. Eso era lo que más le gustaba de él, que parecía alguien franco y cercano. Además, pese a su aspecto rudo, de hombre acostumbrado a las armas, era muy guapo, con aquel cabello rubio ceniza y aquellos ojos tan bonitos, y le tenía por un hombre trabajador y eficiente.
Ahí estaban las pruebas: resolvió en menos de un día el misterio de la desaparición del cerdo moteado de Conway House, el que criaban cada año en el sitio para su cena de Navidad, uno de los delitos más graves que se habían dado en Minstrel Valley en los últimos años.
Los malhechores resultaron ser un grupo de actores ambulantes que se habían detenido a las afueras del pueblo para dar un par de funciones, y que decidieron robarlo una vez levantaron campamento, para venderlo en el mercado de otra parroquia. Por eso, gracias a Worth, tuvieron el honor de alojarse todos juntos en las celdas de la casa de la vieja Guardia, hasta que el juez de paz decidió enviarlos a Londres.
—¿Señorita Coombs? —dijo Worth, con una inclinación algo tosca, pero adecuada. Ella replicó con otra mientras pensaba que, por suerte, había estado allí metido y no había descubierto a la abuela Joan, con su hacha pequeña y negra, haciendo otra vez de las suyas. No creía que hubiese hecho nada contra la anciana, al contrario, pero era mejor no ponerle en ese compromiso—. Qué sorpresa encontrarla aquí. ¿Al final, se ha animado a pasear un poco?
Olivia dudó. No le apetecía mucho dar explicaciones, pero quizá le viniera bien su opinión en aquel asunto.
—En realidad, no, lo siento. Pero se ha presentado a mediodía un hombre en mi casa, asegurando ser lord Northcott, y me ha dicho que lady Acton me espera para tomar el té. —Miró hacia el reloj de la torre de la iglesia, comprado entre todos los lugareños y añadido tras el incendio. El padre Ellis siempre refunfuñaba con el hecho de que tenía algún fallo y se retrasaba a cosa de un minuto por hora, pero con su ayuda calculó que eran poco más de las cuatro y media—. A las cinco
