Capítulo 1
Sergio conducía el Opel Corsa blanco que su madre le había dejado para el fin de semana. Era la primera vez que sus amigos de la universidad, Adrián y Pablo, iban a la casa que sus padres tenían en Poza. La excusa ante sus progenitores había sido que deseaba enseñarles el pueblo a sus compañeros, y hacer un poco de senderismo por las rutas de la localidad, pero la realidad era muy distinta; y después de hacer un poco de turismo en Oña, para enseñarles el antiguo hospital psiquiátrico y contarles las leyendas que corrían por la localidad sobre los secretos que guardaban sus paredes, se habían ido de copas a la cercana localidad de Briviesca.
Era sábado por la noche, y tenían ganas de divertirse. Habían estado en un par de bares y después se fueron a la discoteca para bailar reguetón. Se atrevió a beber una copa en el primer bar, pero después, y como era él quien conducía el vehículo, se había limitado a tomar refrescos, porque sabía que la Guardia Civil tenía controles de alcoholemia en la salida del pueblo, y lo último que quería era que llegase a su casa una multa por conducir con más alcohol en sangre del permitido.
Aún era novato al volante y sentía cierto respeto al conducir, y aún más de noche, por esas estrechas carreteras regionales que salpicaban la comarca; por eso se decidió a ir por la N-232, dirección Oña, no sin antes haber bebido una gran cantidad de agua y masticar unos granos de café, además de realizar unas cuantas flexiones, con la intención de borrar cualquier vestigio de aquella primera copa y no dar positivo en el caso de que le hicieran soplar con el alcoholímetro.
Al llegar a Cornudilla, miró de soslayo el reloj, las cuatro y veinte de la madrugada, aminoró la marcha y tomó la desviación a la izquierda para coger la carretera de Poza de la Sal. Al comprobar que no se veían las luces de ningún coche, se incorporó a la vía comarcal lentamente. Después de pasar el puente sobre el río Oca, sintió ganas de orinar; la necesidad no era demasiado urgente, así que decidió parar un poco más adelante en alguna de las entradas al pinar.
—Parada para mear en plena naturaleza contra un árbol y oliendo a pino natural, no al químico del limpiador del baño —dijo elevando el tono de voz sobre la música de la banda Direction que sonaba a todo volumen.
El acceso estaba cerca, y nada más girar al tomar la senda situada a la derecha, vio un bulto que parecía la figura de una mujer con un vestido blanco, inmóvil, con los brazos caídos a lo largo de su cuerpo y una larga melena enmarañada que le caía por la espalda hasta casi debajo de las nalgas.
Sergio frenó en seco, y el morro del automóvil se quedó a unos milímetros de esa persona. Un escalofrió recorrió su cuerpo.
—¡Hostia! —dejó escapar Adrián, que se había espabilado rápidamente—, parece «la chica de la curva» —señaló refiriéndose a la célebre leyenda urbana que relata la historia del espíritu de una mujer que vaga por una carretera esperando que un conductor la recoja; cuando lo hace, la mujer se sube en el asiento trasero del coche y advierte de un peligro inminente en el camino. Poco después, se esfuma sin dejar rastro.
Los tres chicos se precipitaron fuera del coche, y en cuanto los vio, la chica se tiró bruscamente al suelo y se hizo un ovillo. Las luces del auto iluminaban su figura con el pelo revuelto y los brazos cubiertos de sangre. Un sonido gutural, semejante a un aullido, salió de su garganta para convertirse poco a poco en un lamento. Sergio se sobresaltó y sintió cómo se le escapaba un poco de orina; imploró para que la oscuridad de la noche cubriese el bochornoso suceso que le acababa de suceder.
—¡Joder! —gritó Pablo—. ¿La has atropellado?
—Te juro que no la he rozado —se defendió Sergio—. Parece una loca que acaba de escaparse de un manicomio.
Adrián corrió al maletero del coche y sacó una manta con la que cubrió el cuerpo de la mujer, que aún permanecía tendida en el suelo. Al echar la cobija sobre la chica, esta levantó levemente la cara y se quedó observándolo fijamente con una mirada penetrante; él sintió un escalofrió al percatarse de que esos ojos: aunque se movían, parecían muertos.
—Hay que llamar a emergencias —gritó, y sin esperar la respuesta de sus compañeros, marcó inmediatamente el número y pidió una ambulancia.
—Diles también que venga la policía —vociferó Pablo.
Al acabar de hablar por teléfono, Adrián se sentó al lado de la mujer y se quedó mirándola, pensando en qué hacer para ayudarla. Parecía tan aterrada que temía que cualquier gesto suyo pudiera asustarla aún más. Deslizó su mano hacia su cabeza y se atrevió a rozar levente el pelo enmarañado, ella dio un respingo y pudo sentir, en la rigidez de su cuerpo, su temor.
—No te asustes —dijo despacio y en voz muy baja—. Viene una ambulancia y te ayudaran. ¿Cómo te llamas?
La mujer levantó levemente la cabeza y sus ojos se posaron en él, pero al instante los apartó, y Adrián decidió que lo mejor era dejarla en paz. Con brusquedad, ella se levantó e intentó correr hacia el bosque, pero Sergio la interceptó, agarrándola por la cintura; ella luchó, intentando escapar, y le apresó la mano enérgicamente entre sus dientes, la sorpresa del ataque hizo que la soltara.
—¡Me ha mordido! —exclamó con incredulidad.
Adrián se puso al lado de la mujer y la agarró con fuerza de una de sus manos.
—No vamos a hacerte ningún daño, ¿me oyes? Hemos llamado a emergencias y va a venir una ambulancia y la Guardia Civil. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?
Ella volvió a tirarse al suelo y, hecha un ocho, comenzó a sollozar.
—¿Nos puedes decir cómo te llamas? —la interpeló Sergio sentándose a su lado—. Nos gustaría poder llamarte por tu nombre. Solo queremos ayudarte.
Ella no se movió.
También dijo que la ayudaría, antes, mucho antes, y ella se lo creyó. Era todo tan normal, pero luego nada lo fue. Le costaba recordar quién había sido, porque estaba muerta y se había ido al infierno. Nunca de aquella boca salió su nombre, para él solo era «zorra» o «ramera». ¿Cómo la llamaba antes la gente? Recordaba que alguna vez tuvo amigos, se divertía con ellos e incluso amaba a alguien; pero había sido mala, solo a la gente perversa le podían suceder las cosas que le habían ocurrido a ella.
A lo lejos se veían las luces parpadeantes de la ambulancia que habían solicitado. Los chicos la vigilaban sentados a su alrededor, con miedo a que echara a correr y se escapase amparada por la oscuridad de los árboles. Cuando el vehículo se situó detrás del coche de Sergio, este se levantó con prontitud.
—No la dejéis sola —les dijo a sus amigos mientras hacía señas a los sanitarios, que descendían rápido de la ambulancia para prestar su ayuda.
Dos personas se acercaron velozmente.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó uno de ellos.
—La hemos encontramos en el pinar y nos hemos llevado un susto de muerte. Estaba ahí parada... como si hubiera salido de la nada —relataba Sergio de forma atropellada y con signos evidentes de nerviosismo—. Ni tan siquiera la he rozado con el coche, pero está herida. No nos quiere decir su nombre, o tal vez esté tan aturdida que sea incapaz de recordarlo. No lo sé.
Uno de los técnicos se acercó a ella y, aún sin tocarla, la mujer emitió un débil gemido.
—No te voy a hacer nada —dijo con una voz calmada—, pero tienes que dejar que te examine. Soy médico y estoy aquí para ayudarte.
Ella se encogió aún más, parecía muerta de miedo.
«Merezco un castigo. Él no quiere hacerlo, pero está furioso porque su simiente se esparce en tierra estéril».
—Tiene sangre en los pies y marcas de ataduras en la mano y parece que también en los tobillos —informó a su compañero—. Está muy asustada.
—¡ Joder!, parece que la han tenido retenida en contra de su voluntad. Esto pinta muy mal.
El coche de la Guardia Civil llegaba en esos momentos, y de este se bajó con premura Ramón Martínez, del puesto de Oña, seguido por su ayudante en prácticas Patricia Castillo.
—¿Qué tenemos aquí? —preguntó el agente.
—Nos la hemos encontrado en el pinar —volvió a relatar Sergio—, casi la atropello. Estaba parada como un fantasma, nos hemos asustado nosotros casi más que ella.
—Tiene sangre en las piernas y heridas en las muñecas y tobillos —informaba uno de los sanitarios—. A primera vista parecen marcas de haber estado atada, pero está tan asustada que no nos deja acercarnos.
Martínez miró a su alrededor y vio que todas las personas que rodeaban a la chica eran hombres, si en realidad había sido retenida y violada, posiblemente les tuviera miedo. Era mejor que hablase con una persona de su mismo sexo.
—Patricia —ordenó el guardia a su auxiliar—, intenta entablar una conversación con ella. ¡A ver si con otra mujer está más cómoda!
La policía se acercó y se arrodilló junto a ella.
—Hola, soy guardia civil, mi nombre es Patricia y estoy aquí para ayudarte —comenzó a decir con voz firme pero suave—. No sé lo que te ha pasado, pero ahora estás a salvo; nosotros vamos a ayudarte. No debes tener miedo, sea lo que sea lo que te ha sucedido, ya ha pasado.
La otra mujer también la iba a ayudar, pero no lo hizo. No podía confiar en nadie. Estaba sola.
—Dime tu nombre para que pueda dirigirme a ti —decía la mujer—. Ya te he dicho que yo me llamo Patricia.
«Tengo que callar, porque si hablo me buscará para matarme y entonces todas mis esperanzas habrán terminado. Nunca lo volveré a ver».
—Vale, puedes estar tranquila; no tienes que temer nada. Déjame ayudarte para que puedas ir en la ambulancia.
No había lugar en el mundo para esconderse, pero estaba cansada y se sentía sucia. Las luces alumbraban sus piernas cubiertas de sangre. No había nada que perder. Al fin y al cabo, llevaba mucho tiempo muerta.
La mujer se apoyó con suavidad en Patricia y se incorporó, la guardia civil acomodó la manta para cubrir su vestido raído y la cogió por los hombros.
—Te voy a llevar a la ambulancia para que te puedan reconocer mejor los técnicos. ¿De acuerdo?
Ella no hizo ningún movimiento. La guardia la acompañó lentamente hasta donde estaba el vehículo sanitario e hizo que se sentara en la parte trasera.
—Ahora van a examinarte. No tengas miedo, no te van a hacer ningún daño —intento tranquilizarla Patricia.
La mujer se agarró con fuerza a ella, con tanta intensidad que temió que le hiciese alguna herida.
—Cálmate, no te voy a dejar. Señor, ¿puedo quedarme con ella? —consultó a su superior.
Ramón Martínez le hizo un gesto afirmativo con la cabeza. La situación de la víctima era delicada, y la chica se estaba portando muy bien, actuando con delicadeza y templanza.
Otro coche de la Guardia Civil hizo su aparición y descendieron José Antonio Bravo y Alfonso Rojas.
—Últimamente, no ganamos para sustos —dijo este último al ponerse a su lado.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó el otro guardia.
—Unos chicos se han topado con ella en el pinar y pinta muy mal, parece que ha estado atada y ha sido maltratada. Está en estado de shock.
—¡No me jodas! —exclamó Bravo.
Patricia se dirigió al grupo.
—Ya sé que esto es excepcional, pero igual sería conveniente, dadas las circunstancias, que la acompañara al hospital en la ambulancia.
Los tres se miraron.
—Eres la única mujer, y ella está muy asustada, quizá contigo se abra y puedas averiguar quién es. ¿Habéis tomado declaración a los chicos? —preguntó Rojas.
—Sí —contestó Martínez.
—De todas formas, cítales mañana en el puesto de Briviesca —comentó Alfonso Rojas—. Y tú vete con ella en la ambulancia —decretó dirigiéndose a Patricia—, lo que necesita esa chica ahora es estar tranquila. Nosotros te seguimos.
Cuando la ambulancia partió hacia el Complejo Asistencial de Burgos, el silencio se apoderó del lugar. A lo lejos se oyó el grito de una lechuza, mientras la bruja seguía escondida en lo más profundo del bosque, acechando.
En el vehículo sanitario, la chica se aferraba con fuerza a la mano de la guardia civil, como si fuera una tabla de salvación en un naufragio. La agarraba con tanta energía que Patricia comenzó a sentir que su extremidad se quedaba sin circulación. No le importó lo más mínimo, porque notaba que aquella mujer desconocida la necesitaba; parecía realmente asustada.
«Su piel es suave y caliente; hace mucho tiempo que no siento el roce de otro ser humano. La chica parece simpática».
—¿No me quieres decir tu nombre?
La había llamado de tantas formas que ya no sabía cuál era el verdadero. «Zorra», «puta» y «cerda», cuando estaba realmente enfadado, a veces, si se portaba bien la llamaba «tesoro», pero esos momentos duraban muy poco, porque enseguida volvía a enfadarse, en cuanto dejaba de aplastarla con su cuerpo y se levantaba del colchón.
—Ahora estás a salvo —decía la policía con voz pausada.
Mentira. Él la encontraría, y esta vez, seguramente, acabaría con su vida; y en el fondo, tal vez era lo mejor que le podía suceder. Nadie, absolutamente nadie, la había buscado, porque como repetía él una y otra vez, ella era menos que nada.
Cuando la ambulancia entró en el recinto del hospital, ya los estaban esperando en urgencias. Los sanitarios corrieron, y al bajar la camilla entraron apresuradamente por la puerta.
—No me dejes, ¡por favor no me dejes! —gritaba la chica intentando volver a agarrar la mano de la guardia civil, que ya no se encontraba a su lado.
—¡Que la acompañe la policía! —chilló uno de los sanitarios—. Tiene una fuerza enorme, se va a tirar de la camilla y vamos a tener un disgusto.
Llamaron a Patricia, que corrió por el pasillo para ponerse a su lado y poder volver a tomar su mano. La chica se aferró a ella con fuerza.
—Okupa, okupa —susurró mirando fijamente a la guardia civil.
—No te preocupes, no te alteres. No entiendo lo que me quieres decir —intentó calmarla.
Unas lágrimas comenzaron a asomar por los ojos de la mujer mientras la camilla se dirigía a una sala privada de urgencias donde la iban a examinar. Levantó la mano y tocó el agua que resbalaba por sus mejillas. Hacía mucho tiempo que no lloraba. Comenzaba a sentirse bien.
Temía que nada de lo que estaba viviendo fuera real, la habían examinado y luego se había dado una ducha. El agua caliente resbalando por su cuerpo arrastró la suciedad que la cubría y, en cierta manera, también la limpió por dentro. Su piel y su cabello olían muy bien, y llegó a su mente la imagen de una mano regordeta y suave. Estaba muy cansada, la cama era cómoda y las sábanas estaban frescas. Llevaba una bata de hospital y solo quería dormir. La mujer que se llamaba Patricia seguía con ella. En la habitación también había otros policías, y aunque eran hombres, la trataban con amabilidad. Ya no recordaba la última vez que una persona había sido agradable con ella. Quería escuchar lo que hablaban, pero sus parpados pesaban tanto que no podía mantenerlos abiertos y un sopor fue apoderándose de su mente. No podía cerrarlos porque temía que lo que estaba viviendo se volviera un sueño y de pronto las pesadillas irrumpirían de nuevo en su vida.
—Parece que no recuerda quién es —estaba diciendo el médico a los policías—, pero sabemos que ha sufrido un fuerte trauma.
—Repetía la palabra «okupa» una y otra vez, como si fuese una letanía, tal vez eso sea algo importante para ella —apuntó Patricia.
—¿Okupa? —dijo el guardia Alfonso Rojas encogiéndose de hombros—. ¿Qué está intentando decirnos?
La chica se revolvió en la cama.
—Siga, doctor —acució el guardia civil al médico.
—El trauma es tanto físico como psicológico —comenzó a narrar el facultativo—. Yo me atrevería a decir que alguien la ha retenido contra su voluntad durante un tiempo prolongado y le ha hecho mucho daño; sus cicatrices en la espalda lo de
