Mujeres que pisan fuerte (Pack con: Un nuevo comienzo | El mal causado | Redención | Y a ti te prometo la luna)

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Fragmento

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Capítulo 1

—¡Spiracles! ¡Spiracles, ven aquí! Gatito, gatito… —Jenny suspiró, mirando impotente los árboles del bosque que la rodeaban.

En algún lugar entre tanto arbusto, hojas y troncos, se había metido el testarudo gato negro de su abuela, pero donde fuera que estuviera, debía ser un sitio maravilloso porque el animal se negaba a salir de allí para ir con ella de vuelta a casa.

Con fastidio, Jenny reanudó la caminata por los senderos cubiertos de hojas doradas. El otoño ya estaba en puerta, y poco acostumbrada como estaba al frío después de haber vivido los últimos nueve años en California, el deseo de regresar al calor de su hogar se acrecentó ante la perspectiva de pillar un resfriado, que con su suerte, seguramente terminaría en pulmonía.

Su mala fortuna había tomado forma durante toda esa agotadora mañana. Jenny había despertado tarde a Felicity, por lo que su hija perdió el bus de la escuela y ella misma debió llevarla en su coche. Algo muy malo, considerando que su vehículo prácticamente ya no tenía gasolina. Habían llegado tarde a la escuela, por supuesto, y Jenny debió soportar una buena reprimenda por parte de la directora y comprometerse a cumplir los parámetros de la institución en adelante.

Y todo esto por tener que repetir una tanda de muffins de última hora, ya que había quemado los anteriores por un descuido al quedarse dormida esperando a que sonara el timbre del horno. Lo cual nunca sucedió, pues el maldito aparato se estropeó.

Ese percance provocó que se atrasara en todas sus tareas de la mañana y llegara también tarde a dejar los pasteles al café de su abuela. La hora del desayuno ya había pasado, y probablemente la tanda se quedaría sin vender.

Para colmo, olvidó que ese día llegaba el camión de mudanza con sus cosas desde California, y como había pasado a la tienda del pueblo a comprar un nuevo timbre para el horno, para aprovechar el viaje y la gasolina, también llegó tarde a casa.

Los empleados de la mudanza le dedicaron miradas hoscas mientras descargaban sus cosas del camión, molestos por tener que retrasar todas sus entregas por su culpa. Y ni las sonrisas ni las galletas gratis que ella les dio para el camino mejoraron su ánimo.

Para cuando hubieron terminado de bajar todo del camión y Jenny se disponía a comenzar a abrir cajas y mover muebles, se dio cuenta de que Spiracles, el adorado gato de su abuela, había desaparecido.

El otoño llegaba con fuerza en ese mes de septiembre en Massachusetts, por lo que Jenny se dio prisa en colocarse un abrigo sobre la vieja camiseta, empolvada con harina y sucia por el polvo acumulado en las cajas de mudanza, y salió en busca del felino.

Para ese momento, llevaba media hora buscándolo sin éxito y comenzaba a preocupare en serio. Si algo le sucedía a ese gato su abuela se derrumbaría. Ya era una mujer mayor y apegada a sus cosas, como ese gato negro, las piedras de vudú que había traído con ella en un safari desde África, las viejas fotos familiares colgadas por cada rincón en las paredes de su hogar, y esa vieja casa victoriana, más similar a la casa del terror de un parque de diversiones que a un hogar típico de Sheffield, con sus hermosas puertas de madera y porches con columpios.

La vieja casona de su abuela había pertenecido a su familia por generaciones, por lo que había oído de los relatos de Gaia desde que era niña. Era una casa que tendría alrededor de doscientos años y Jenny tenía la seria sospecha de que no la habían reparado ni retocado la pintura en ese mismo tiempo.

De pronto vio un atisbo de algo peludo y negro y se lanzó a la carrera de lo que parecía ser una cola de gato.

—¡Spiracles! —gritó. Vaya nombre raro que tuvo que ponerle Gaia, su abuela, al animal—. ¡Spiracles, te estoy hablando! ¡Ven aquí…! —Jenny se quedó boquiabierta cuando el gato se coló por la cerca de una monumental casa de piedra, algo extraño para esa zona.

Era una hermosa construcción de tres pisos, con altos ventanales y una bellísima puerta de caoba con cristal cortado. Delante de la fachada yacía una fuente con una delicada estatua de una mujer cargando un canto de donde seguramente debió de salir el agua en algún tiempo. Ahora la estatua, así como la fuente, estaban secas. El jardín, enorme y vasto hasta colarse con el bosque, estaba repleto de raíces y plantas enmarañadas. No debía de haber sido tocado en años. Jenny habría dado por supuesto que la casa estaba abandonada. Sin embargo, una camioneta jeep estaba estacionada bajo un enorme árbol junto a la casa.

El mismo árbol que usó su gato para trepar hasta una ventana del tercer piso y colarse al interior de la vivienda.

—¡Spiracles, no entres ahí! ¡Gatito, gatito…oh, no…! —siseó Jenny, pero ya era demasiado tarde. El gato había desaparecido—. ¡Gato tonto!

Con determinación, Jenny empujó la verja, la cual se encontraba oxidada e invadida por las enredaderas. Tenía hermosas figuras de flores y ángeles forjados en el mismo metal. Esa debió ser una casa realmente hermosa en otro tiempo, con toda clase de detalles que ahora permanecían en el olvido, apagándose con el tiempo hasta desaparecer.

Un viento cargado de hojas secas sopló en ese momento, provocando que el pelo se le soltara del descuidado moño que se había hecho. Abrazándose a sí misma, Jenny apretó el paso por la calzada de piedra hasta llegar a la puerta principal de la casa. Escuchó ruido en el interior, probablemente el de un televisor encendido, así que se decidió a llamar.

Subió los escalones que la separaban de la entrada y golpeó el puño contra la madera.

Lo hizo una vez, dos, tres… Pero nadie contestó.

—¡Vamos, abran! —gritó, golpeando repetidamente, comenzando a desesperarse. Su gato estaba dentro y no podía marcharse sin él—. ¡Hola! ¡Por favor, abra…!

La puerta se abrió de golpe y Jenny se quedó con la mano alzada en un puño.

Los ojos de Jenny se ensancharon al quedar de frente ante un perfecto torso masculino. La piel morena de sus definidos pectorales se quedó grabada en su memoria a medida que iba subiendo la vista hasta llegar a un rostro. Hermoso no habría bastado para definir aquella perfecta simetría. De mandíbula ancha y labios carnosos, nariz recta y grandes ojos de un color extraño, una mezcla de azul y gris, que resultaba tan fascinante como hipnotizante. Sus pómulos altos y marcados, le daban un aspecto un tanto sobrecogedor, y Jenny recordó las imágenes de los libros románticos que hablaban sobre demonios oscuros con sedosas cabelleras negras y belleza sobrenatural.

Si creyera en esas cosas, estaría segura de tener a uno de esos seres de pie frente a ella en ese mismo momento.

—¿Puedo ayudarte? —preguntó él con voz hosca, apoyando el hombro contra el marco de la puerta.

Jenny se dio cuenta de que se había quedado mirándolo boquiabierta por lo que debió parecer una eternidad.

Sintiendo que las mejillas le ardían, se abrazó con fuerza a sí misma, arrebujándose en su abrigo, intentando encontrar las palabras adecuadas para explicar su presencia en la puerta de ese atractivo extraño y, al mismo tiempo, no fijar la vista en sus perfectos abdominales. ¿Por qué demonios no se ponía una camisa? Debía ser ilegal tener un cuerpo tan increíble como ese.

—Yo… —Jenny balbuceó. «¿Qué era por lo que había venido», pensó.

Los ojos grises de él brillaron con intensidad, escrutándola con la mirada.

—¿Sí? —El hombre arqueó una ceja.

—¡Spiracles! —Logró recordar al fin.

—¿Disculpa? —Su voz sonó mordaz y él se enderezó, poniendo las manos sobre sus estrechas y perfectas caderas—. ¿Cómo me has llamado?

—No a ti. Mi gato —tartamudeó, sintiéndose de pronto intimidada con su altura. Sí, era pequeña, apenas superaba el metro y medio, pero ese hombre era muy alto, parecía un gigante a su lado—. Estoy buscando a mi gato.

—No he visto ningún gato por aquí —dijo él con impaciencia, moviéndose de la entrada y tomando el pomo de la puerta con la intención de cerrársela en las narices.

—¡No, espera! —Ella puso un pie en el umbral, impidiéndole cerrar la puerta—. Lo vi entrar. Subió por el tejado hasta una ventana en el piso superior.

—Allí sólo está el ático.

—Entonces él debe estar allí.

—Si pudo entrar, podrá salir. No te preocupes, no pasará hambre. Ese sitio debe estar infestado de ratas —le dijo él, posando un único dedo sobre su hombro, apartándola con un ligero empujón—. Ahora, si me disculpas, tengo cosas mejores que hacer que buscar a tu tonto gato.

—¡Oye, espera! —Jenny, ya molesta con su actitud, se adelantó y entró en la casa—. No te estoy pidiendo nada extraordinario. Mi gato está allá arriba, y si no vas a buscarlo tendré que ir yo por él.

—Esta es propiedad privada, ¿lo sabes, no es así? —Él la siguió por el pasillo hasta el salón.

—No te robaré nada, solo vengo a buscar lo que es mío... —Jenny se detuvo en seco al llegar al salón. Una amplia habitación, que debió ser magnífica en otro tiempo, de altas paredes blancas, aunque ahora la pintura estaba desgastada y se caía a pedazos, y una amplia chimenea con un hermoso marco de madera. Encima de ella, sobre la pared, seguramente se encontraba el retrato familiar de los anteriores dueños de la casa, la huella de un marco en la pintura así lo atestiguaba. Los suelos de madera debieron brillar en su momento, aunque ahora estaban opacos y cubiertos de una gruesa capa de polvo.

El único mobiliario estaba constituido por un mullido sofá con varias mantas y almohadas encima y una pantalla plana enorme empotrada en la pared.

—¿En serio vives así? —Jenny se volvió hacia él, su dedo índice señalando el sofá arrugado y desordenado, con restos de pizza y latas de refresco esparcidas por doquier.

—Oye, acabo de mudarme.

—Yo también, esta misma mañana, y ya tengo más ordenado que tú… ¿La casa de la pradera? —Jenny esbozó una sonrisa divertida al notar lo que se reproducía en la pantalla—. ¿En serio? —Se volvió a él.

—Y yo no voy a tu casa a juzgar tus hábitos… —Él se acercó al sofá y tomó el control remoto y apagó la tele—. ¿Quién eres, a todo esto? —preguntó con el ceño fruncido, cruzándose de brazos contra el pecho, provocando que cada músculo de sus perfectos y torneados brazos resaltara.

—Tu vecina. —Jenny apartó la mirada y la fijó en sus zapatos, los cuales no solían hacer que se olvidara de lo que tenía que decir.

—¿La anciana de la casa salida de una película de terror?

—Oye, esa es mi abuela. Más respeto, por favor. —Jenny alzó la vista, sus ojos chispeantes por el enojo.

Él sonrió, una mueca ladeada divertida y un tanto petulante.

—Entonces eres la nieta de mi vecina.

—Sí. Me llamo Jenny Canet. —Alzó la mano y él la estrechó.

—Jared Zivon.

Jenny se sobresaltó al percibir la corriente eléctrica que surgió al contacto con él. La calidez de sus dedos envolviendo su piel le transmitieron un mar de sensaciones que le fue imposible definir. Su corazón se agitó y su respiración se cortó, y Jenny debió apartarse. De lo contrario, corría el riesgo de perder el control de sí misma.

—¿Dónde… dónde están las escaleras? Debo buscar a mi gato —masculló, aparentando indiferencia ante su presencia. Aunque era todo lo contrario. ¿Qué tenía ese hombre que la hacía perder el dominio de su raciocinio?

—Justo allí. —Él señaló con un gesto de la cabeza la escalera, a espaldas de Jenny.

—Oh… Bien, entonces, si no te molesta, iré a buscar a mi gato.

—Creo que no me has dado otra opción, ¿o sí?

—No. —Ella le sonrió y se dio la media vuelta, en dirección a las escaleras.

—Espera, te acompañaré.

—Es innecesario que lo hagas. Te dije que no robaré nada. —Le sonrió por encima del hombro, sarcástica.

—No es como si hubiera mucho que robar, ¿verdad? —espetó él, siguiéndola de todos modos.

—Dijiste que estabas muy ocupado, y realmente no quiero molestarte… —Se detuvo ante una puerta abierta, la única alcoba con algo en ella más que el pavimento, las paredes y las ventanas.

Debía de ser el dormitorio principal. Era enorme y hermoso, con un ventanal de suelo a techo que conducía a una terraza con vista a los jardines y al bosque. Sin embargo, el mobiliario consistía tan sólo en una enorme cama. O mejor dicho, un colchón decorado con un cobertor caro y acompañado por una multitud de cojines.

—¿Qué pasa? —Casi choca con ella, en su prisa por llegar al ático no se dio cuenta de que se había detenido frente a su habitación.

El perfume de su cabello lo embriagó. Pudo percibir el calor de su cuerpo emanando a través de las capas de ropa. Ella traía todavía el abrigo puesto, pero ya no lo apretaba contra su cuerpo como si se le fuera la vida en ello. No debía de estar acostumbrada al frío de Shieffield.

Bajo la vieja prenda, tan desgastada que debía de tener décadas de uso, llevaba puesta una sencilla camiseta manchada de tierra y algo blanco, como harina, que dejaba a media luz la visión de sus pechos, pequeños y firmes. Traía puestos unos vaqueros raídos que moldeaban espectacularmente sus largas piernas y su torneado trasero.

Jared notó que, a pesar de que ella no podía llamarse una belleza clásica, era una mujer hermosa, deseable. Y él llevaba demasiado tiempo solo…

—Si tienes una cama, ¿por qué duermes en el sofá? —le preguntó ella, señalando con el mismo dedo índice en dirección a su habitación.

Él sintió deseos de tomar ese dedo y metérselo a la boca, para sentir el contacto de su piel en su interior. Estaba seguro de que sabría a cerezas y vainilla.

—Solo uso la cama cuando tengo compañía.

—Oh… —El rubor subió por su cuello y encendió las mejillas de Jenny. Jared estuvo tentado de alzar una mano y tocar su piel sonrosada, estaba seguro de que sería tan suave como los pétalos de rosa.

Inspirando hondo, Jenny apartó la vista. No estaba allí para hacer preguntas, y debía encontrar a su gato.

—¿Es por aquí? —preguntó, señalando la puerta delante de ella.

Jared mantenía los ojos fijos sobre sus labios, naturalmente sonrosados, y asintió.

—Deberías ponerte una camisa, si es que tienes una —dijo Jenny, tras abrir la puerta y comenzar a subir por la oscura escalera que llevaba al ático—. Allí arriba debe hacer frío, con una ventana rota. Además, si ese lugar está plagado de ratas, podría haber pulgas o cosas así. No querrás que te muerda algo horrible por andar tan descubierto. —«Sin mencionar que verte sin camisa me hace sentir que pierdo la cabeza a cada momento», pensó.

—Puede que tengas razón, dame un segundo y estaré contigo arriba —le dijo él, encendiendo la luz de la escalera desde el interruptor junto a la puerta.

—Gracias, lo necesitaba —murmuró Jenny sin asomo de burla, terminando de subir los últimos peldaños.

El ático era un espacio amplio que ocupaba toda la planta de la casa. Largas vigas iban de muro a muro, sosteniendo el techo de doble agua. Un par de ventanas sucias y cubiertas por una gruesa capa de tierra otorgaban una iluminación vaga. Jenny miró en derredor, el lugar estaba repleto de muebles viejos, la mayoría cubiertos por sábanas que en algún momento debieron ser blancas. Ahora estaban tan sucias y cubiertas de polvo como todo lo demás, y tenían un color más bien gris.

—Spiracles… —llamó a su gato, sin obtener ningún resultado—. Spriacles, ven aquí. Te daré sardinas… —Jenny caminó con cuidado entre la enorme cantidad de muebles, buscando con la vista cualquier señal de algo negro que pudiera asemejarse al cuerpo de su gato.

De pronto vio un bulto oscuro y peludo medio escondido dentro de un baúl abierto. Jenny se apresuró a cogerlo y pegó un descomunal grito cuando unos enormes ojos vidriosos le devolvieron la mirada.

—¡¿Qué es?! ¡¿Qué pasa…?! —Se escucharon pasos apresurados por la escalera y Jared estuvo enseguida allí—. ¿Estás bien? Lo de las ratas era broma, si hay alguna… ¿Qué demonios es eso? —preguntó haciendo una mueca de asco al ver lo que Jenny tenía entre las manos.

—Iba a hacerte la misma pregunta —contestó ella, alzando la cosa peluda ante su rostro.

—Parece una especie de… zorrillo disecado…

—¡Puaj! Pero qué asco. —Jenny lo tiró de vuelta al baúl y cerró la tapa—. ¿Por qué tienes estas cosas?

—Venían con la casa.

—¿Y no se te ocurrió revisar qué había antes de dejarlo todo aquí abandonado?

—Oye, trabajo todo el día en el hospital, y buena cantidad de las noches también. No tengo tiempo para muchas cosas, incluyendo ordenar mi casa.

—En serio necesitas ayuda… —Ella se sacudió las manos.

—¿Perdona? —Jenny notó la ceja arqueada en el rostro del hombre. Estaba molesto.

—No te enojes, lo digo en el buen sentido. Necesitas que alguien te eche una mano aquí.

—Sonó como si necesitara que me encerraran en un psiquiátrico y tiraran la llave.

—No, nunca diría eso. No creo en esas cosas —comentó ella, mientras comenzaba a caminar entre los bultos amontonados.

—¿En qué, exactamente?

Ella se agachó y él no pudo evitar que sus ojos se posaran directamente en sus nalgas.

—En los lugares donde la gente deja a sus familiares para olvidarse de ellos. Me parece repugnante. Asilos, geriátricos, hospitales mentales, hay tantos lugares que no deberían existir… ¿Qué estás mirando?

—Eh… El suelo —dijo lo primero que le vino a la cabeza. Todo con tal de que no se diera cuenta de lo que realmente estaba mirando—. Creo que hay huellas de rata.

—¿Dónde? —Ella miró en derredor, con una cara tal de espanto que provocó que él se sintiera avergonzado por mentirle.

—Olvídalo, no importa. Debí equivocarme. ¿Qué decías sobre los manicomios?

—No sobre los manicomios, sino sobre todas esas instituciones. Son horribles. —Comenzó a buscar una vez más entre los muebles, para su alivio.

—Es lo que la gente que tiene empleos hace.

—Si la gente se ocupara de las personas que supuestamente ama, no serían necesarios esos lugares.

—Hay casos donde no tienes opción. Personas que ya no pueden cuidar de sí mismas y representan un riesgo para ellos mismos y los demás.

—Sí, es cierto, pero son los mínimos. La mayoría de las personas que están allí lo hacen en contra de su voluntad —replicó comenzando a tomarse en serio esa conversación por el énfasis que ponía en sus palabras—. La familia se cansa de ellos y los llevan a esos lugares para olvidarse de que existen, como si fueran una carga de la que tuvieran que deshacerse.

—¿Es por eso que te mudaste con tu abuela? ¿Porque no aceptas que la ingresen en un asilo para ancianos?

—No, claro que no. Mi abuela nunca ingresará a uno de esos lugares, y no me necesita en absoluto. Ella me está haciendo un favor al acogerme en su casa mientras… pasan los tiempos difíciles.

—¿Qué? ¿Te quedaste sin empleo?

—Más que eso… —Suspiró y miró en derredor—. Realmente necesitas hacer una limpieza en este lugar.

Él se aproximó y por primera vez Jenny notó la camisa que llevaba puesta. Una camisa a cuadros negros y blancos sobre una camiseta oscura, cuyo color no pudo captar debido a la poca luz de la estancia.

Su cercanía le provocó un malestar extraño, un mareo, como si su sola presencia le resultara abrumadora.

—¿Te sientes mal? —le preguntó él, alzando una mano hacia ella y sujetándola por el codo.

—Estoy bien… —respondió abrazándose a sí misma—. Solo deseo encontrar a ese condenado gato y salir de aquí antes de que mi abuela se entere de que lo perdí. Ella adora a ese animal.

Jared frunció el ceño estudiándola con la mirada, como si no se decidiera a dejarla ir.

De pronto escucharon el sonido de un objeto al golpear contra el suelo y ambos se volvieron hacia la ventana.

—¡Mira, ese es él! —Jenny señaló el lugar por donde el gato se paseaba a sus anchas, retozando entre los muebles cubiertos de polvo.

—Espera, no podrás pasar con tantas cosas amontonadas entremedio. Déjame hacerte espacio. —Jared se interpuso antes de que Jenny pudiera comenzar a trepar como una ardilla entre el montón de sillas, roperos, baúles y trastos viejos con la intención de llegar al gato, y comenzó a mover los muebles uno por uno.

—Déjame hacerlo a mi manera, así tardaremos una eternidad.

—Puedes ayudarme si quieres, pero no permitiré que te rompas el cuello si uno de estos armatostes de cien años se viene abajo con tu peso.

—¿Cuánto crees que peso para provocar eso? —Ella se cruzó de brazos, ofendida.

—Lo mismo que una muñeca, y seguro eres tan alta como una.

—¡Oye, no te burles! —Jenny sonrió a pesar de fingirse molesta—. Casi llego al metro sesenta.

—Sí, claro. Uno cincuenta y cinco, no te doy más. —Él se volvió y le dio una palmadita en la cabeza—. Igual que un niño de secundaria.

—Deja de hacer eso o te quedarás sin mano —lo amenazó, apartando su mano con agilidad—. Puedo ser pequeña, pero soy capaz de matar.

—Muy bien, Novia de Chucky, si tan fuerte eres ayúdame a mover esas lámparas para hacerte espacio y que puedas pasar.

—¿Lámparas? Puedo mover algo más grande, como esa cómoda…

—Tócala y tendré que encerrarte. No moverás nada más pesado que tú, ¿entiendes? No quiero que te lastimes, y no estoy bromeando esta vez.

Jenny lo miró por encima del hombro, estudiando su rostro, y se dio cuenta de que realmente no bromeaba.

—Bien —musitó, volviéndose para coger las lámparas que él le había indicado.

Se quedaron trabajando en silencio, interrumpidos únicamente por el sonido de los muebles al moverse y el ronroneo de Spiracles, que lo estaba pasando de lo lindo sobre los mullidos cojines de cien años.

—Entonces… —Jenny buscó conversación, harta del silencio—. ¿Eres médico?

—Sí.

—¿Y trabajas todo el día en el hospital?

—Sí, y casi todas las noches. ¿No te dije ya eso? —le preguntó mientras movía una silla.

—Debe ser interesante trabajar en un hospital. ¿Ves muchos casos interesantes?

—Depende.

—¿De qué?

—De lo morbosa que seas.

—¡No soy morbosa!

—Bien, entonces de lo interesada que estés. La vida real no es un programa de televisión, no te voy a contar historias tipo House o Anatomía de Grey, que será lo más cercano a lo que tú supondrás cómo será mi día a día. Será un documental al estilo Emergencias Bizarras. ¿Qué te gustaría escuchar, sangre o drama?

Ella puso los ojos en blanco.

—Solo intentaba conversar, no tienes que ser tan antipático.

—Solo es un trabajo, Jenny. Nada más. Es bastante rutinario, a excepción de algunos casos.

—¿Cómo cuáles?

—No puedo contarte eso. Ya te dije que esto no es televisión, soy médico. Le debo confidencialidad a mis pacientes.

—Sí, eso es cierto. Supongo que eso te hace buen médico.

Él rodó los ojos.

—Sí, eso es lo que me hace un buen médico. Nada tienen que ver los años que me pasé estudiando y madrugando en las guardias —bufó, irónico—. Creo que con esto basta, mira a ver si puedes deslizarte por allí —concluyó, apartando un último baúl del camino que había abierto para ella.

Con el ceño fruncido, enojada por su rudeza, Jenny se adelantó por el estrecho espacio. Caminó hasta llegar a las sillas junto a la ventana y estiró la mano.

—Vamos, Spiracles, ven aquí… —Para su sorpresa el gato obedeció y se dejó atrapar obedientemente.

—Ten cuidado, los gatos suelen ser traicioneros. No vaya a arañarte para escaparse otra vez.

—Se nota que nunca has tenido un gato. Son de lo más fieles, la gente que no tiene gatos suele pensar eso.

—O la que tiene que ayudar a sus vecinas a encontrar a sus fieles mascotas que se cuelan por las ventanas de sus áticos, y remover todo el contenido de su casa hasta encontrarlo.

Ella se volvió hacia él con el ceño fruncido.

—Siento la molestia. Me marcharé enseguida para no seguir importunándote —le dijo antes de darse la media vuelta y comenzar a bajar a paso rápido las escaleras.

Jared suspiró, sabía que se había portado como un idiota otra vez.

Se adelantó escaleras abajo y alcanzó a llegar a la entrada justo en el momento en el que ella abría la puerta.

—Oye… lo siento, ¿de acuerdo? Estoy cansado, estuve trabajando toda la noche.

—Olvídalo, no pasa nada. —Ella volvió la mirada al bosque, como si la llamara de vuelta, igual que una ninfa que huye al refugio de su hogar—.Ya tengo lo que vine a buscar, así que me voy ya. Descansa.

—Espera. —Se volvió y lo miró con esos grandes e intensos ojos verdes, aguardando a lo que él fuera a decirle—. Entonces, ¿vives en la casa de al lado?

—Sí. —Ella frunció el ceño—. Si lo puedes considerar de esa forma cuando tuve que caminar más de una milla para llegar aquí, pero sí, somos tus vecinos. ¿Por qué?

—Solo para saber dónde encontrarte. —Él se encogió de hombros—. Por si el gato se vuelve a meter en el desván.

—Eso no va a ocurrir otra vez. —Hizo un mohín que no llegó a ser una sonrisa y se dio la media vuelta—. Bien, debo irme. Adiós, que pases una buena tarde durmiendo.

Jared se quedó observándola alejarse por el bosque, sin saber con exactitud el motivo que lo hacía tener la mirada fija sobre ella.

Solo sabía que debía volver a verla.

Cuando los repetidos gritos y golpes en su entrada lo despertaron de su tan merecida siesta, lo último que pensó fue ver a esa menuda mujer aporreando su puerta. Se quedó tan desconcertado que incluso se olvidó de quitarse los audífonos con la música ambiental que solía utilizar para conciliar el sueño. Era una mujer pequeña, no debía de sobrepasar el metro sesenta, y tenía unos ojos verde esmeralda que eran capaces de robarle el aliento a cualquiera que fijara la mirada sobre ellos. Su cabello, castaño rojizo, se había soltado de su descuidado moño y se sacudía en torno a su rostro a causa del viento, provocando un contraste encantador con su piel blanca y sus mejillas sonrosadas a causa del frío. De no ser por sus ropas, habría jurado que se trataba de una ninfa que había escapado del bosque para despertarlo de su sueño.

Y prácticamente podía serlo. Por lo que había escuchado de los cotilleos de la gente, su abuela era conocida por ser una hechicera local. Incluso la gente murmuraba que una antepasada suya fue calcinada en la hoguera, motivo por el que su familia se trasladó de Salem al sitio donde vivían ahora. Una casa centenaria que había sido habitada por su familia por tantas generaciones como años tenía el pueblo.

A Jared siempre le había parecido una historia sacada de un cuento de hadas. Brujas, hogueras, todo eso rayaba con la fantasía. Aunque algo había en esa mujer que la llenaba de misticismo, quizá se tratase solo de su imaginación, impulsada por la sugestión de las palabras oídas.

Por él, que todas las mujeres del pueblo fueran como esa anciana. Gaia Canet era una de las pocas, si no la única mujer, que le parecía agradable en ese lugar, y es que a pesar del halo de misterio que siempre la rodeaba, era una persona completamente sincera.

Algo difícil de encontrar en la mayoría de la gente de ese pueblo y de la humanidad en general.

Gaia Canet no tenía pelos en la lengua, miraba a los ojos y no cotilleaba a las espaldas de otros. Era honrada, sabia y de gran corazón.

Cualidades de las que carecían muchas personas en esos días. Si es que se llegaba a encontrar en alguna…

Aún recordaba el duro semblante de Joana, su prometida o mejor dicho, su ex prometida, cuando terminó con él. Había supuesto que tenían algo serio, algo que trascendería por un sendero más importante, pero se había equivocado con ella.

De eso hacía tres años. Pero por él, habrían podido pasar cien y seguiría sintiéndose del mismo modo: muerto por dentro.

Ninguna mujer había despertado el amor en él una vez más. Y lo cierto era que tampoco le había dado la oportunidad a alguna de hacerlo.

Sí, había tenido encuentros con algunas chicas locales, pero nunca permitía que llegaran a algo serio.

Sin embargo, al ver los ojos de esa menuda mujer que apareció en su puerta, algo se encendió en su interior.

Su hermana, Jackie, una mujer tan romántica que él solía apodarla Valentina, por el día de San Valentín, solía llamar a ese sentimiento como mariposas en el estómago, mariposas que anuncian la primavera del amor que pronto ha de venir a calentar un corazón solitario.

Pero por un demonio, él había sentido nacer un maldito zoológico en su interior…

«¡Qué idiotez!», pensó. Desechó la idea de inmediato.

Él no era romántico, no era Jackie, y no sentía mariposas ni ningún otro ser vivo en el estómago. Y hablando en un sentido más práctico, nunca volvería a enamorarse.

Había sido una estupidez abrir su corazón una primera vez. Había sido una estupidez llegar a confiar en alguien al grado de confesarle sus sentimientos, de abrirse a tal punto que la herida de esa persona pudiera ser letal.

Un vago aroma lo invadió, llevado por la brisa que continuaba moviendo las ramas de los árboles que rodeaban la casa. A sus pies, un pequeño guante multicolor se pegó a su bota, azotado por el viento.

Se inclinó y lo recogió. Al instante el perfume de esa peculiar fragancia lo invadió.

Era de ella.

Tenía su olor. Esa misma esencia mezcla de vainilla, cerezas y algo más, algo como debería ser el aroma de la brisa de verano en un lago de montaña, la libertad y la visión de las flores multicolores al despertar en la primavera.

¿Pero qué tonterías estaba pensando? Hablaba como un completo idiota. ¿Aroma de colores? Eso era demente.

Entró en su casa y se echó una vez más en el sofá dejando a un lado el guante multicolor. Intentó distraerse con la televisión, sin embargo, sus ojos seguían bajando para posarse sobre él, como si sus vivos colores lo llamaran repetidamente obligándolo de alguna manera a prestarle atención.

Jenny Canet.

Parecía una mujer fría, pero había algo en ella que despertaba en él cierto sentimiento de protección, como si fuera su deber velar por ella.

Aunque estaba claro que ella no lo necesitaba. Aparentaba ser una mujer fuerte, una mujer capaz de valerse por sí misma. Ella se lo había dicho y aunque sus palabras fueron en broma, sabía que había verdad mezclada en ellas.

Sin embargo, no podía quitársela de la cabeza. Quizá fuera el dolor que notó en su mirada, grabado a fuego como el color intenso de ese verde esmeralda, intentando ocultarlo tras cada sonrisa utilizada como máscara ante el mundo.

Él conocía muy bien esa clase de sonrisas.

Eran las mismas con las que él se había enfrentado al mundo desde hacía tres años.

O tal vez solo fueran alucinaciones suyas y comenzaba a delirar y pensar estupideces ocasionadas por la falta de sueño.

No obstante, había una cosa de la que se sentía completamente seguro: tenía que volver a ver a Jenny.

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Capítulo 2

Jenny terminaba de limpiar los platos del desayuno cuando alguien llamó a la puerta.

Secándose las manos en un trapo de cocina, fue a abrir y se llevó una gran sorpresa al encontrar a su vecino de pie en el umbral.

Gracias al cielo estaba vestido y bien cubierto por una gruesa cazadora de mezclilla revestida con piel de borrego. Sin embargo, ella no pudo evitar ruborizarse al imaginar una vez más su torso desnudo, la piel lustrosa de bronce de su cuerpo, esos pectorales tan bien definidos…

Jenny apartó la mirada, intentando menguar el color de sus mejillas, que seguro ya debían de estar tan rojas que servirían para detener el tráfico.

—Espero no molestar —saludó él, esbozando una sonrisa que habría dado envidia a una estrella de cine.

—Hola —Jenny masculló, incapaz de articular nada mejor, concentrada en intentar dejar de verlo semidesnudo en su mente, igual que un dios griego.

El gato apareció ronroneando y se encorvó entre sus piernas antes de salir a repetir la misma acción con el recién llegado.

—Yo… he venido a traerte tu guante. —Él le tendió la prenda—. Debió de caérsete cuando te marchaste.

—Gracias, no tenías que haberte molestado —dijo sinceramente, tomando el guante—. Es solo un guante.

—Puede ser, pero en este lugar podría salvarte de que se te congelaran los dedos —bromeó, y ella sonrió—. También quería disculparme. No fui el mejor vecino, o anfitrión… o ambas cosas —dijo nervioso.

—No, soy yo quien debe disculparse. Estaba nerviosa y el gato se había colado en tu casa. No debí presentarme de esa forma tan brusca y tampoco entrometerme en tu vida. Llevaba media hora corriendo tras él, todo cuanto quería era volver a casa y continuar desempaquetando. De hecho, es lo que justamente iba a hacer ahora. —Agachó la cabeza y fijó la vista en su guante.

Jared tomó ese gesto como una despedida y asintió, metiendo las manos en los bolsillos de su cazadora.

—Bueno, es tarde y debo volver a casa. No deseo quedar atascado aquí, como el tipo de Cumbres Borrascosas —bromeó—. Aunque la nieve tardará en llegar este año, por lo que he oído. Gracias, calentamiento global.

—¿Has leído Cumbres Borrascosas?

—¿Quién no?

—Como medio mundo o más.

—¿No es acaso lectura obligatoria en el instituto?

—¿No ven todos los chicos las películas de los libros que les mandan en el instituto?

—Ya. Seguro no tenían una madre obligándoles a leer cinco libros a la semana.

—¿Tú tenías una madre que te hacía leer cinco libros a la semana? No te creo.

—Créelo. Y eso era lo de menos. Me gustaba leer. Las clases de trigonometría avanzada, por otro lado…

—¿Qué clase de loca tenías por madre? Disculpa, no quise decirlo así. —Se llevó una mano a los labios al tiempo que el color inundaba sus mejillas—. A veces no tengo filtro.

—Descuida. Madres-sargento como la mía no son comunes. No la culpo, deseaba convertirnos en buenos estudiantes, aunque a veces resultaba ser un tanto sofocante. Como sea, supongo que a nadie le hace daño leer clásicos de literatura. —Jared bajó la vista y guardó silencio, estaba hablando demasiado. Eso le sucedía solo cuando estaba nervioso. Algo bastante raro en él desde que había superado los catorce años.

—De todos modos no estuvo bien lo que dije. —Ella continuó disculpándose—. En cualquier caso fue algo bueno que tu madre fuera tan estricta contigo, ¿no es así? Eres médico, ahora. Su dedicación rindió frutos. Seguramente de haber niños con más madres como la tuya, habría mucha más gente exitosa en este mundo. Al menos eso habría sido en mi caso, y ahora sería algo más importante que la mujer que prepara los muffins para el café de mi abuela.

—¿Tú haces los muffins del café de la señora Canet? —Él arqueó las cejas, sinceramente sorprendido—. Son los mejores del lugar. Los adoro, y media ciudad también.

—Ya, seguro. —Sonrió.

—Es en serio.

—Bueno, gracias por el elogio. Te daré la receta algún día, si te interesa.

—¿Bromeas? Cásate conmigo, así los tendré a cada momento que quiera. —Rio, pero ella solo sonrió, y supo que había dicho algo mal.

—Lo siento, fui demasiado lejos…

—No, no te preocupes. No es nada, no me hagas caso. —Se encogió de hombros—. Es solo que acabo de divorciarme y todavía estoy un poco sensible, supongo.

—¿Acabas de divorciarte?

—Hace dos meses, en realidad.

—Los que llevas aquí. —Él comenzó a encajar piezas.

—Sí, bueno… Mi marido me dejó y necesitaba escapar, así que pensé en visitar a mi abuela. Ella me ofreció este trabajo en su café y supuse que sería algo bueno para mí y Felicity. Un cambio. —Suspiró—. Creo que fue lo mejor. Aunque no pude decidirme hasta ahora, por ello la mudanza tan tardía. —Sonrió, una mueca ladeada que no era nada femenina, pero para él resultó encantadora.

—¿Felicity?

—Mi hija. —Sonrió, y sus ojos se iluminaron—. Tiene cinco. Ahora está en la escuela, si no ya estaría aquí persiguiendo la cola de Spiracles.

—¿El gato? —Él rio—. Vaya nombre peculiar.

—Díselo a mi abuela —rio, rodando los ojos—. Es peculiar en todo lo que hace. No basta que tenga fama de bruja, una casa con aspecto de mansión del terror y que use cientos de cuentas vudú encima. Tiene que tener un gato negro. Como si los niños de alrededor no tuvieran ya bastante para señalarla con el dedo y salir corriendo aterrorizados cada vez que la ven —contó, esbozando una amplia sonrisa.

—Sin embargo, no parece molestarte su excentricidad.

—No, me encanta. Espero un día ser igual que ella —rio, pasándose un mechón de cabello rojizo tras la oreja—. Aunque dudo poder hacerlo. No soy tan ingeniosa como ella, y obviamente carezco de la originalidad que la distingue. Además, esta casa cruje tanto que tal vez se desplome en cualquier momento. Dudo que siga en pie para cuando yo llegue a vieja.

—¿La casa está en malas condiciones? —Él pareció tomárselo en serio.

—Solo bromeo.

—No, creo que tienes razón —dijo, acercándose para echarle un vistazo a las bisagras de las persianas. Estaban tan oxidadas que no sabía cómo se sostenían en pie todavía—. No le vendría mal hacer algunas mejoras. Pintar las paredes, arreglar las ventanas, el tejado… ¿Tienen goteras?

—Como una regadera. —Ella bufó—. Pero no hay mal que por bien no venga. Están situadas estratégicamente sobre cada planta interior, y en época de lluvias nos olvidamos de regarlas.

Él pareció sorprendido, y negó con la cabeza.

—Mandaré a alguien para que revise este lugar. No podéis vivir en estas condiciones.

Ella se cruzó de brazos y frunció el ceño.

—El burro hablando de orejas.

—Te equivocas. Mi casa es completamente segura, no la habría comprado de ser de otra forma. Y le haré reformas… cuando encuentre el tiempo.

—Quizá deberías ocuparte de eso antes de venir a decirle a tus vecinas que no te gusta cómo viven.

Él la miró fijamente por un par de segundos antes de asentir.

—Supongo que tienes razón. Aunque no es muy diferente de lo que tú hiciste durante tu visita.

—Touché. —Ella sonrió, pasándose un mechón de cabello fuera del rostro, donde el viento parecía dispuesto a dejarlo—. Supongo que es algo que tenemos en común, casas a punto de venirse encima por lo viejas, pero que nos sentimos tan a gusto en ellas que no nos importa.

—Nada de eso, yo arreglaré la mía… Algún día. —Se encogió de hombros.

—Bien, pues yo lo haré más pronto que tú. En cuanto pueda reunir lo necesario, comenzaré a trabajar en ese tejado. Estoy harta de las goteras. —E inclinándose, como si tuviera que contarle un secreto, añadió—: Están matando a todas mis plantas.

Él rio, pasándose una mano por el cabello.

—Eres impresionante. Y un tanto melodramática.

—Por supuesto que no. Prácticamente gozamos de piscina interior en época de lluvias. Te invitaré a patinar cuando lleguen las heladas.

Él sonrió, negando con la cabeza.

—Eres tan ingeniosa como tu abuela —le dijo entre risas, tomando su mano en un acto automático que le pasó desapercibido—. Y en cuanto a lo original, comienzo a creer que eres única en un cierto sentido que nunca he conocido antes.

Jenny lo miró con los ojos ensanchados y apartó la mano.

—Lo siento, no quise ir tan lejos… Yo… La verdad es que no sé de dónde vino eso.

—Descuida, no tengo filtro ¿recuerdas? Puedo comprender a alguien que sufra del mismo mal. Suelo tener ese efecto en la gente. Por desgracia, mi mal es bastante contagioso —bromeó, cruzándose de brazos.

—Pues a mí me gusta, creo que es algo bueno. Eres sincera.

—Sí, como si eso sirviera de algo. —Agachó la vista y la fijó en el guante que todavía tenía en la mano—. Debo irme ya. Dejé algo en el horno…

—De acuerdo. —La sonrisa en el rostro de Jared se borró ante su repentino cambio de humor.

—¡Jared! —Una jovial voz femenina los hizo volverse al mismo tiempo—. Qué sorpresa verte aquí, muchacho. ¿Cómo estás?

Gaia salió al porche a saludarlo con un efusivo abrazo y dos besos en cada mejilla.

—¿Es que lo conoces? —le preguntó Jenny a su abuela, sorprendida.

—Es mi vecino, por supuesto que lo conozco. ¿Por qué te sorprende tanto?

—Es que como acaba de mudarse…

—¿Acaba de mudarse? —repitió, riendo—. Lleva viviendo aquí unos tres años.

Jenny se volvió hacia Jared, frunciendo el ceño.

—Pero tú dijiste…

Él se encogió de hombros, divertido.

—No fuiste precisamente exacta con tu pregunta.

—¿Pero cómo es posible que vivas allí hace tres años? —preguntó casi indignada, poniendo los brazos en jarra—. ¡Tienes solo un sofá y un televisor en tu casa!

—Y una cama —añadió, dedicándole una mirada que le hizo encender las mejillas—. Y ya comienzas a juzgar una vez más mi estilo de vida.

—Lo siento. —Apretó los labios, en un gesto bastante infantil que le resultó simpatiquísimo.

—Jared es un muchacho tan dulce —le contó su abuela—, siempre se pasa por el café y tenemos una pequeña charla. Creo que podríais ser muy buenos amigos.

—¿Y él te dijo que llamó a esta casa «salida de una película de terror»? —preguntó Jenny, dedicándole a Jared una mirada mordaz.

—Lo hice para hacerte enfadar. Eres divertida cuando lo haces. —Se acercó tanto a su rostro que ella pudo ver con claridad cada puntito de azul en sus hermosos ojos—. Frunces el ceño y te sale una arruguita justo allí. —Le señaló un punto entre las cejas.

Gaia rio, divertida.

—Jared sabe que no me molesta que llame a esta casa Mansión del horror ni de ninguna otra forma que a fantasmas, brujas o cosas referentes al Halloween se refiera. Mientras más original el nombre, por mí mejor. —Suspiró, mirando en derredor con cariño—. Me enorgullece tener una casa que llene de imaginación las mentes juveniles.

—Por eso me cae bien, Gaia —le dijo Jared—. Usted es una de las pocas personas con las que se puede tener una conversación interesante.

—Y hablando de conversaciones interesantes, Jenny, ¿cómo es que conoces el interior de la casa de Jared?

Las mejillas de Jenny volvieron a encenderse.

—Bueno… Spiracles se escapó esta mañana y se coló en el ático de Jared, y él me ayudó a encontrarlo.

Jared miró a Jenny de un modo peculiar. Sabía que no había sido amable, estaba allí para resarcir ese error. Sin embargo, esta vez ella no había mencionado aquello.

—Qué amable eres, Jared. No sabes cuánto te agradezco por ayudar a mi nieta a recuperar a Spiracles. —Gaia cogió al gato del suelo, que comenzó a ronronear ruidosamente, haciéndose un ovillo entre sus brazos, encantado con estar allí—. No sé qué haría sin este dulce diablillo. Sí, malo, gatito malo —reprendió al felino, pero por la forma en que le hablaba y lo acariciaba, más bien parecía estarlo premiando por su comportamiento.

Jenny puso los ojos en blanco y le dedicó una mirada que parecía decir «está loca, pero así la quiero», y Jared soltó una risita tonta que lo puso en guardia.

No se reía así desde que tenía espinillas en el rostro.

—En fin, es tarde y debo irme ya —dijo Jared, haciendo una inclinación de cabeza hacia la anciana y otra hacia Jenny—. Ha sido un placer hablar con ustedes, señoras.

—Oh, Jared, quédate unos minutos —le pidió Gaia—. Ni siquiera te hemos invitado a pasar, hemos sido muy groseras contigo cuando tú has sido tan amable con mi nieta y mi minino.

—Ha sido un placer ayudarle, señora Canet, y a Jenny.

—Pasa a tomar una taza de café. Oh, cielos, esas nubes se ven de tormenta. —La anciana fijó la vista en el cielo—. Jenny, linda, asegúrate de que las plantas estén otra vez en su sitio. No queremos que tus cajas se mojen.

—Sí, abuela.

—Tenemos un pequeño problema con las goteras —Gaia le explicó a Gared—. Nada de importancia.

—De hecho le comentaba a Jenny que podría hacer algo con las molduras de las ventanas y las puertas. Y sobre el tejado, conozco a alguien que podría repararlo.

—Y yo le dije que no debía molestarse. —Jenny se volvió, enarcando las cejas—. Tú no…

—¿De verdad podrías ayudarnos con eso, Jared? —su abuela la interrumpió—. No quiero abusar de un buen vecino, pero la verdad es que esta casa está a punto de venírsenos encima.

Jenny se volvió ahora hacia su abuela, sorprendida de que usara sus mismas palabras. «¿Habrás estado escuchando tras la puerta, vieja bruja?», pensó con cariño.

—Será un placer ayudarles —contestó Jared, sonriendo.

—Te pagaremos, por supuesto —añadió su abuela—. No pretendemos que nos regales tu trabajo.

—Nada de eso. Es un favor entre vecinos.

—Jared, debo insistir en que…

—Ni hablar, señora Canet. —Él alzó la mano—. Será un placer. Además, me gusta trabajar con las manos. Solía hacer arreglos en casa de mi madre antes de que ella la vendiera.

—Quizá podrías comenzar por arreglar tu propia casa —dijo Jenny en tono sarcástico, cruzándose de brazos.

—Excelente idea, Jenny. —Gaia le dedicó una sonrisa felina—. Es una buena forma de agradecer a Jared por su ayuda.

—¿Qué dije ahora?

—Ayudarás a Jared con su casa, como agradecimiento por lo que hará por nosotras.

—Pero…

—Eso además de aceptar cenar con nosotras de vez en cuando. Jenny es la mejor cocinera del país. Ahora mismo acaba de hacer una tarta de cerezas que haría babear de envidia a los reyes. ¿No quieres un trozo?

—No quiero molestar…

—No es molestia, querido. Ven a cenar esta noche, a las seis en punto. Y podrás comer toda la tarta que quieras. Y así conocerás a Felicity, la hija de Jenny. Es un encanto.

—Estoy seguro. —Sonrió, dirigiéndole una mirada a Jenny—. Será un placer venir a cenar, si es que no es molestia…

—No, por supuesto que no. —Ella sonrió, aunque la sonrisa no le llegó a los ojos—. Te esperamos a las seis.

—Muy bien, en ese caso me marcho ya. —Se despidió con un gesto de la cabeza—. Hasta la hora de la cena.

Jenny sonrió, asintiendo antes de volverse hacia su abuela.

—¿Qué pretendes, viejita bruja?

—Solo agradecer a un vecino por su ayuda —contestó ella, sonriendo evasiva mientras volvía a entrar en la casa.

—Más te vale que no metas tu cuchara en esto. Ya bastantes problemas tengo en mi vida para que otra persona venga a revolverlos más.

—Cuanto más revuelvas la masa, mejor quedará el pastel, querida. —Le sonrió y se alejó rumbo a la cocina, dejando a Jenny sola con las plantas que tenía que devolver a su lugar, antes de que comenzara a llover y sus cajas terminaran empapadas.

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Capítulo 3

Jared llegó puntual a la cena. No sabía qué sería apropiado llevar. Si Jenny cocinaba tan bien, supuso que sería una falta de respeto comprar un postre o algo de comer, así que optó por una botella de vino y un ramo de flores. Su madre siempre regalaba flores.

Al salir de la tienda vio una hermosa muñeca de trapo con pelo rojizo y brillantes ojos verdes que le recordó a Jenny y, sin dudarlo, la compró. No sabía si a su hija le gustaban esa clase de juguetes, pero le pareció una buena opción para presentarse con la pequeña.

Después de pasar cerca de una hora en el baño, afeitándose y peinando su cabello, se vistió con una camisa negra y un pantalón chino color beige. No se había arreglado tanto desde hacía años.

Se sentía nervioso y a la vez estúpido por sentirse de ese modo, como un adolescente que acude a su primera cita. Incluso creía haber cometido el mismo error de ponerse demasiada loción y debió cambiarse de ropa una vez más.

«Es solo una cena», tuvo que recordarse, poniéndose el abrigo sobre la ropa. «Una cena como agradecimiento entre vecinos. Nada romántico», se recordó repetidas veces. Sin embargo, no pudo dejar de sentirse nervioso mientras salía de su hogar y durante todo el camino hasta la casa de sus vecinas.

Apenas hubo llegado ante la puerta principal, Jenny salió a recibirlo antes de haberle dado la oportunidad de llamar.

—Hola —lo saludó sorprendida de encontrarlo allí—. ¿Acabas de llegar?

Jared se quedó sin habla al ver a Jenny. Llevaba puesto un sencillo vestido blanco que envolvía su cuerpo con delicados pliegues que hacían resaltar cada curva de su cuerpo. A pesar de que llevaba un chal azul claro sobre los hombros, Jared no pudo dejar de fijarse en la sensualidad que irradiaban sus pezones, erectos por el frío; la textura cremosa de su piel clara, perfumada naturalmente con ese delicado aroma a frutas, cerezas y vainilla que parecía capaz de volverlo loco.

—Sí, eh… —Jared debió cerrar los ojos por un segundo para conseguir ordenar sus ideas—. Justo iba a llamar a la puerta.

—Bien, pasa por favor. Yo iba a llevar la basura afuera.

Jared se percató por primera vez en la bolsa de plástico negro colgando de su mano.

—Por favor, permíteme. —Jared le entregó la botella de vino y las flores, además de la muñeca envuelta en papel de regalo, y tomó la bolsa.

—Eres muy amable. —Ella le sonrió—. Por lo general te diría que puedo hacerlo yo sola, pero no quiero salir con este frío.

—¿No estás acostumbrada a los climas helados, no es verdad? —le preguntó Jared al volver de dejar la bolsa en el contenedor.

—No, no en realidad. —Lo invitó a pasar y cerró la puerta a su espalda, arrebujándose en el chal—. Solía vivir en Colorado con mi madre, pero cuando me independicé me mude a California y estuve viviendo allá hasta hace unos meses. Antes… de venir aquí —concluyó, dedicándole una sonrisa que no le llegó a los ojos—. ¿Te gustaría beber algo?

—Seguro, he traído una botella de vino para la cena. Podríamos probarlo.

Jenny examinó la botella en su mano.

—Este vino se ve muy caro, ¿estás seguro de que quieres abrirlo?

—Por supuesto, para eso lo he traído.

Una pequeña cabeza repleta de rizos dorados llegó corriendo desde la puerta de la cocina.

—¡Felicity, ten cuidado, cariño, no vayas a caerte! —le pidió Jenny, inclinándose hacia la pequeña.

La niña miró a Jared, extrañada por su presencia. Y todo lo que Jared vio fueron unos encantadores y grandes ojos verde esmeralda, idénticos a los de Jenny, estudiándolo con detenimiento antes de que la pequeña se abalanzara sobre él y lo abrazara por las piernas.

—Hola, pequeña princesa, ¿qué tal te va? —Jared rio, encantado, revolviendo los rizos rubios de la niña.

Jenny abrió los ojos al máximo mientras se enderezaba, sin quitarle la vista de encima a su hija al tiempo que movía la boca sin conseguir articular palabra alguna.

—Ella… es la primera vez que hace eso con un extraño —dijo al fin, dejando de boquear como un pez—. Felicity, ya puedes soltar al señor Zivon.

—Llámame Jared, Felicity. Y puedes abrazarme todo lo que quieras —él se agachó y la tomo en brazos—. Tú sabes que no soy un extraño, soy tu vecino y tu nuevo amigo. Mira, Felicity, te he traído un regalo. —Señaló el paquete envuelto que Jenny todavía llevaba a cuestas, junto a las flores.

La niña no contestó, ni siquiera lo miró. Jared no se molestó, le pareció lógico. A ningún niño le gustaba que su madre saliera con otros hombres.

Eso claro, si estuvieran saliendo. «No es una cita», tuvo que recordarse otra vez.

Jenny sonrió a modo de disculpa, dejando sobre una mesa las flores y la botella para acercar el paquete a su hija.

—Felicity no habla aún —le explicó a Jared en voz baja—, pero estoy segura de que ella está encantada con tu regalo, ¿no es así, cariño? Toma, mi amor. Coge el paquete, puedes abrirlo. Es para ti.

Jared puso en el suelo a la pequeña para que su madre pudiera ayudarle a rasgar el papel y descubrir en el interior el regalo. Entre las dos desenvolvieron el paquete y pronto Felicity tenía a la muñeca entre sus brazos.

—Gracias, le ha encantado. —Jenny se puso de pie, observando con orgullo a su hija con la muñeca—. Ha sido un detalle muy dulce de tu parte.

—No ha sido nada… —El sentido médico de Jared se despertó al instante. Mantenía el ceño fruncido, mirando fijo a la niña—. No quiero ser entrometido, pero ¿existe algún motivo por el que ella no hable?

—Autismo —contestó Jenny, estrechando a su hija por los hombros.

El entendimiento llegó a la mente de Jared y se limitó a asentir.

—Comprendo.

—Estamos haciendo una terapia que ofrece nuevas opciones. Tenemos esperanza de que Felicity consiga hablar, pero si no lo hace, no pasa nada, ¿no es verdad, mi amor? —Jenny la besó en la mejilla—. Encontraremos otras maneras de comunicarnos. Eres muy inteligente, y podrás conseguir lo que sea.

Jared sonrió ligeramente, enternecido con la entrega y dedicación que Jenny le transmitía a su hija, pero en especial el cariño tan profundo que emanaba de ella.

—Por favor, Jared, ponte cómodo. —Jenny señaló el sofá de la sala, con la intención de que él tomara asiento—. Iré por el destapa corchos.

—¿Puedo ayudarte?

—Sí, quédate allí y ponte cómodo —repitió ella, guiñándole un ojo, en son de broma—. No tardo. —Felicity salió corriendo tras su madre y la tomó de la mano, y Jared se quedó solo en la sala de estar.

Él obedeció y se sentó en el mullido sofá, repleto de cojines de diferentes tipos. Al observar su propio reflejo en un espejo empotrado en la pared frente a él, descubrió que estaba sonriendo todavía.

Carraspeó, borrando la sonrisa y adoptando un gesto adusto.

Observó con detenimiento en derredor. La casa era vieja, pero estaba bien cuidada. Había varias plantas de interior bien crecidas, supuso que por el continuo cuidado que les otorgaba la lluvia. Debería recordar llamar otra vez al agente que se encargaría de reparar el tejado. Por la mañana lo había hecho, pero le había saltado el buzón de voz. Sería mejor reparar las grietas antes de la llegada del invierno, no quería que Jenny sufriera frío, o su pequeña hija. Si estaban acostumbradas al calor de California, un invierno de Massachusetts seguramente les parecería duro.

Fuera del aspecto un tanto tétrico de las viviendas antiguas, y varias cajas acomodadas en un improvisado orden aquí y allá, la casa resultaba bastante acogedora. El mobiliario parecía ser tan antiguo como cómodo, y resultaba bastante hogareño, como esas casas viejas con ambientes familiares al calor del hogar que suelen pintar para Navidad.

Un par de sofás y dos butacas conformaban la sala, todos cubiertos con mantas tejidas y bordadas con flores y figuras de animales de todas formas, una mesa comedor con seis sillas de aspecto rústico, una vitrina con una vajilla que debía de ser porcelana fina, por lo que podía apreciar a primer vista, además de un par de libreros repletos con decoraciones de varias figuritas de porcelana y retratos con fotografías familiares. Ante él, el fuego ardía en una amplia chimenea, calentando el ambiente de la casa. Un retrato al óleo de una pareja llamó su atención. Jared observó con detenimiento a la joven y hermosa mujer pintada en ella, tenía la piel clara como el alabastro, cabello rubio y unos hermosos ojos de un vivo color verde esmeralda, el mismo que Jenny. Y le tomó un par de segundo reconocer en ella a Gaia, la abuela de Jenny. Por lo que el hombre moreno de mirada severa a su lado, debió haber sido su esposo.

—Son guapos, ¿no te parece? —Escuchó la voz de Jenny a su espalda y él se giró en el acto. No la había escuchado llegar. Sus ojos descendieron por su cuerpo hasta sus pies descalzos.

Felicity llegó corriendo tras su madre, cargando con la muñeca como si fuera un juguete volador estilo «Superman». Jared sonrió y palmeó el sitio a su lado, y para su sorpresa la pequeña no dudó en tomar asiento junto a él, en el sofá.

Jenny sonrió y rodeó el sofá, continuando su relato:

—Mi abuela suele decir que odia cómo se ve en ese retrato, se sentía tan aburrida que el pintor prácticamente la pintó dormida. Sin embargo, yo siempre he creído que se ve preciosa.

—Es igual a ti —comentó Jared, aceptando la copa de vino que ella le ofrecía.

—No, Felicity se parece más a ella. Yo heredé el cabello de mi padre. —Se sentó en un sofá cercano a él—. Y la estatura de mi abuelo —rio, aunque sin mucho humor.

—¿Tu abuelo es el hombre junto a tu abuela en el retrato? —Jenny asintió, observando la pintura prácticamente con fascinación.

—Era mexicano. Un hombre increíblemente guapo, según lo describe mi abuela, y tan bueno como no conoció ninguno. Solo que no era muy alto —rio, encogiéndose de hombros—. Mi abuela cuenta que cuando ella era joven, ningún hombre se atrevía a acercarse a ella lo suficiente como para quedarse. Todos temían terminar muertos por un maleficio o algo parecido, todos excepto mi abuelo. Él vino a estudiar en Harvard y la conoció por casualidad en una ocasión que se encontraba de visita en el pueblo. Al ver que él se estaba encaprichando con ella, mi abuela le advirtió que era una bruja y todos le tenían miedo, pero a mi abuelo no le importó. Se casó con ella a los dos meses y vivieron juntos por el resto de su vida, felices y enamorados —concluyó, llevándose su propia copa a los labios.

—Fue amor a primera vista y además, amor verdadero. —Jared enarcó las cejas—. Eso es raro de encontrar en la vida real.

—Lo sé. —Jenny rio, y su risa le sonó melodiosa como el canto de una ninfa.

Él apartó la mirada y la fijó sobre su copa. Jenny, vestida de esa forma, con los pies descalzos, el cabello rojizo suelto y esa sonrisa traviesa, no hacía más que maravillarlo, como si realmente se tratara de un hada salida de los bosques para hacerle perder la cordura con sus encantos.

La puerta principal se abrió en ese momento y por ella entró Gaia, llevando una bolsa de comestibles.

—Jared, has llegado ya —saludó al ver al hombre sentado en el sofá de su sala de estar.

—Abuela, déjame ayudarte con eso. —Jenny se puso de pie.

—Por favor, permítame. —Jared se adelantó, cogiendo la bolsa de manos de la anciana—. ¿Desea que ponga esto en la cocina?

—Si no es molestia, querido. —La anciana sonrió de oreja a oreja y se volvió hacia Jenny para decirle solo con los labios—: «¡Qué amable es!»

Jenny asintió con la cabeza, sonriendo ligeramente mientras seguía a Jared a la cocina, dejando a su abuela en la estancia junto a su hija, quien se había acercado a enseñarle a su bisabuela la nueva muñeca.

Jared dejó las bolsas sobre la mesa de la cocina. Jenny entraba tras él, por lo que cuando Jared se giró sus cuerpos chocaron. La primera reacción de él fue abrazarla para impedir que ella perdiera el equilibrio a causa del empujón.

—¿Te encuentras bien?

—No te preocupes, no me rompo. Soy bajita, pero fuerte.

—Ya veo. —Él sonrió, intentando disimular la fascinación que sentía por el contacto tan estrecho con el cuerpo de Jenny.

Ella lo miró a los ojos, el rubor encendió ligeramente sus mejillas. La calidez del cuerpo de Jared le resultaba abrumadora en un grado que no era capaz de explicar. Habría deseado que él la acercara más contra su pecho, podía sentirlo tan firme y cálido a través de las capas de ropa.

Una imagen un tanto diferente se encendió en su mente en la que ella era abrazada por Jared de una forma distinta, sus manos tocando cada curva de su cuerpo al mismo tiempo que sus palmas surcaban los definidos y firmes músculos de sus pectorales…

Sintiendo que una bruma de deseo le nublaba la vista, Jenny se apartó y se volvió hacia los comestibles en un intento de disimular los pensamientos que se empecinaban en permanecer en su mente. O al menos podría esconder la cabeza en la bolsa de papel, aunque estaba segura de que estaba tan roja que su brillo se vería a través de ella.

—¿Te encuentras bien? —le preguntó Jared, dirigiéndole una mirada inquieta.

Ella asintió, esbozando una sonrisa forzada que no le llegó a los ojos.

—Muy bien, gracias —mintió, tomando las zanahorias y las patatas del interior de la bolsa de papel.

No podía permitirse sentir esa clase de emociones. Se había jurado no volver a enamorarse. Y si seguía por ese camino, estaba segura de que terminaría perdiendo la cabeza por ese hombre alto de piel morena y atractivos ojos claros.

—¿Por qué no vuelves a la sala, Jared? —le pidió Jenny—. Yo me ocuparé de guardar esto.

—Puedo ayudarte —dijo él, tomando la bolsa y comenzando a sacar los comestibles del interior—. De esa manera terminaremos antes y podremos regresar los dos al salón.

—Eres el invitado, de verdad no deberías… ¡Oh, no! —Jenny corrió hacia la estufa, donde una olla hervía y comenzaba a humear, lanzando burbujas de vapor rojizo—. Me he olvidado por completo de la salsa —se quejó, levantando la tapa.

—¡Jenny, espera…! —gritó Jared, al verla hacerlo sin ninguna agarradera, pero ya era tarde.

—¡Ay! —chilló Jenny cuando el metal caliente quemó su piel, dejando caer la tapa sobre la olla y llevándose la mano adolorida a los labios—. ¡Pero qué tonta!

—Vamos, pon esos dedos bajo el chorro de agua fría. —Jared tomó su mano entre las suyas y la condujo al fregadero, donde dejó correr el agua. Con delicadeza condujo sus dedos quemados bajo el grifo y esperó—. ¿Te sientes mejor?

Jenny asintió, notando el alivio inmediato que proporcionaba el agua fría sobre su piel magullada.

—Tendré que revisar esto —dijo Jared, después de un rato, cerrando la llave de agua y acercando su mano al rostro.

—Estoy bien, no es nada. —Jenny intentó apartar la mano, pero él no lo permitió.

—Podría infectarse. ¿Tienes yodo y gasas?

—¿Qué ha ocurrido? —Gaia entró en ese momento en la cocina—. Escuché que gritabas, Jenny.

—Me he quemado con la olla. —Se encogió de hombros—. No ha sido nada del otro mundo. Un descuido tonto. —«Por estar pensando tonterías, como todo lo que haría de tener ante mí el atrayente cuerpo desnudo de Jared en lugar de concentrarme en mi trabajo», pensó, reprendiéndose a sí misma.

—Necesito curar esto, Gaia, ¿tienes botiquín de primeros auxilios? —Le preguntó Jared, llevando a Jenny hasta una silla cercana.

—Iré por él enseguida —contestó la anciana, dándose la media vuelta—. Volved al salón. Felicity se alteró al oírte gritar, Jenny.

—Está bien —contestó ella, siguiéndola—. Pero te aseguro que no tienes que ir por el botiquín, me siento bien.

—El doctor da las órdenes, hija —replicó Gaia, ya subiendo las escaleras—. Y después podrías cambiarte de ropa. Ese vestido se ha estropeado.

Jenny enarcó las cejas y agachó la vista para descubrir que su vestido estaba completamente salpicado de salsa roja.

—Oh, no… —masculló, molesta.

—Eso no es importante ahora, Jenny. Vamos a ver esa herida —le dijo Jared, posando una mano sobre su espalda para conducirla hacia la sala.

Jenny se estremeció con la calidez de su contacto, pero lo disimuló. Tomaron asiento en uno de los sofás, y esta vez no le costó mucho el contacto tan cercano de Jared, Felicity la miraba de reojo desde el otro extremo del sofá. Era típico de ella mirar de reojo cuando no se sentía segura. Y sintió deseos de acercarse y confortarla.

Felicity se puso de pie y se acercó a Jared, algo insólito en ella, que solía rehuir a los extraños. Lo tomó de la mano y lo llevó hasta el sofá, y allí lo empujó de forma que él debiera sentarse. Una vez que Jared siguió sus indicaciones no habladas, la pequeña se sentó sobre sus piernas y se acurrucó sobre su pecho.

Jared enarcó las cejas y miró sorprendido a Jenny, quien los observaba con los ojos ensanchados por el asombro.

—Creo que de verdad le agradas —le dijo en un susurro, sentándose a su lado—. Felicity nunca había hecho eso. Ni siquiera con su padre… —Ella se quedó callada, como si hubiera pronunciado algo doloroso y dañino que no quisiera sacar a la luz.

Jared la observó de reojo, intentando desentrañar qué misterios ocultaba esa mujer.

Gaia llegó en ese momento, llevando con ella un estuche de plástico que abrió en la mesa de café. De él extrajo gasas y yodo, además de tijeras y vendas.

—Solo necesitaremos un par de estas cosas —le dijo Jared, deteniéndola antes de que la anciana vaciara el contenido completo de la caja.

—Dame a la pequeña para que puedas trabajar —le pidió Gaia, pero Felicity no quiso moverse de su regazo.

—Está bien, puedo hacerlo con ella. Serás mi pequeña ayudante, ¿verdad, Felicity? —La niña ni se inmutó, y permaneció en su regazo, observando de reojo cómo Jared atendía la mano de su madre.

En un par de minutos Jenny tuvo los dedos limpios y envueltos en un vendaje.

—Debería estar mejor mañana. Tendrás que mantenerlo limpio y alejado del agua —Jared le explicó, abrazando otra vez a la niña, que comenzaba a quedarse dormida en su regazo—. Vendré temprano a ver qué tal sigues.

—No tienes que molestarte, supongo que tienes mejores cosas que hacer que venir a ver el estado de mis dedos —replicó Jenny.

—No hay problema, iba a venir de todos modos para echarle un ojo a las molduras de las paredes.

—Eres un encanto, Jared —comentó Gaia, tomando la caja del botiquín, ya con todo su contenido guardado en su interior—. Siempre lo he dicho. Voy a llevar esto de vuelta a su lugar y bajaré para que cenemos. Me muero de hambre.

—Me temo que Felicity se ha quedado dormida.

—Podríamos comer aquí, si no les molesta. —Jared miró a ambas—. De ese modo no tendremos que moverla.

—Será incómodo para ti. —Jenny lo observó fijamente, como si no pudiera creer que él quisiera comer con una niña dormida entre sus brazos. Su marido, ex marido, se corrigió, no soportaba estar ni siquiera en la misma habitación que su hija.

—Nada de eso, no quiero moverla, es tan dulce cuando duerme… Mira esa carita, es igual a un angelito.

Jenny rio, incapaz de creerse que esa escena era real. Debía estar soñando.

—Jenny, ve por los platos a la cocina. En seguida te echo una mano —le solicitó Gaia desde la escalera—. Cumpliremos los requerimientos de nuestro invitado especial.

Jenny asintió, sin borrar la sonrisa de sus labios, y corrió a la cocina.

Cenaron en calma en la sala de estar, en un ambiente informal lleno de charla y sonrisas. Jenny ni siquiera se acordó del vestido manchado de salsa y Gaia rio tanto que aseguró que de repetirse una noche como esa, tendría que comenzar a usar pañales de adultos, pues estuvo cerca de hacerse pis de la risa.

Jared rio tanto como ellas, tan a gusto entre esas dos mujeres como no se había sentido en años. Gaia era encantadora sin duda, y Jenny era… sencillamente fascinante.

Se sentía atraído por ella de un modo que iba mucho más allá de lo físico. Le encantaba el hoyuelo que se formaba en su mejilla derecha cuando reía, quería acariciarlo y despertar en ella toda clase de emociones que lo hicieran aparecer una y otra vez en su rostro. Que no dejara de reír, como la diosa del bosque que en un principio creyó ver en ella. Y que de algún modo, realmente era para él…

No podía explicar el motivo, pero esa mujer se estaba abriendo paso a través de las barreras que él había alzado alrededor de su corazón, como si de magia se tratase. No comprendía cómo una persona podía resultarle tan atrayente, lo que sí sabía es que era única en tantos sentidos que no podía contabilizarlos todos. Nunca había conocido una mujer como ella y, por Dios, quería quedarse a su lado hasta descubrir cada resquicio de su ser y conocerlos todos. A pesar de que algo le decía que eso no sucedería jamás, podría pasar el resto de su vida a su lado, y esa mujer increíble nunca dejaría de sorprenderle.

En toda la noche, Jared no permitió que lo separasen de Felicity hasta que llegó la hora de marcharse, e incluso entonces parecía reacio de dejarla ir, como si temiera que la pequeña fuera a sentir alguna especie de trauma por despertarse abruptamente en otro lugar.

Jenny no pudo evitar sentir simpatía por ese hombre que parecía estar tan preocupado por una niñita desconocida. Su padre jamás se portó ni remotamente tan comprometido o preocupado por ella.

Después de acostar a la pequeña en su cama, en su habitación, Jared se sorprendió cuando Jenny lo acompañó hasta la puerta, mientras Gaia se quedaba en la cama, al lado de Felicity, donde Jared la había llevado y acostado bajo las mantas con sumo cuidado, como si temiera que fuera a despertar en cualquier momento.

—Gracias por esta noche —le dijo a Jenny—. Fue… increíble. —De verdad no tenía otra forma de describirla.

Ella sonrió, envolviéndose en su chal.

—Gracias a ti, por todo. —Alzó la mano vendada—. Cuidaré mi vendaje, lo prometo.

—Mañana vendré a revisar eso.

—Te aseguro que no es necesario. —Suspiró—. No puedo creer que haya sido tan torpe —dijo en son de broma, intentando disimular la respiración entrecortada que la cercanía con Jared le provocaba—. Nadie asumiría que me dedico a esto. Miss House me enviaría de regreso a la escuela de cocina, sin duda.

—¿Miss House? —preguntó él, confundido.

—Era mi profesora favorita en el colegio de cocina. Murió hace un par de años…

—Lo siento.

—Gracias. —Se encogió de hombros—. Fue una mujer estupenda, mucho más para mí que solo una profesora, ¿sabes? Ella me enseñó tanto… sobre todo. Era una mujer sumamente fuerte, que siempre supo cómo encarar la vida a pesar de la adversidad.

—Como tú. —Jared estrechó su mano.

Ella se estremeció con el contacto, e intentó disimularlo con una sonrisa.

—No, ella era fuerte de verdad.

—¿A qué te refieres?

—A nada, olvídalo. —Se encogió de hombros—. Como dije, ella me enseñó mucho sobre todo. Debo irme ya, Felicity podría despertar y me querrá ver a su lado. Muchas gracias por esta noche inolvidable, Jared. Descansa.

Él la miró a los ojos, algo abrumado por la cantidad de ideas contenidas en una sola frase, y se limitó a asentir.

—Te veo mañana —dijo como única respuesta, alejándose por el camino de grava rumbo a su camioneta.

Una vez dentro, descubrió que Jenny permanecía observándolo desde el umbral de la puerta. Cuando hubo encendido el motor, agitó la mano como despedida, y se encontró respondiendo del mismo modo a través de la ventanilla.

A medida que se alejaba en dirección a su casa, no podía dejar de pensar en ella. Se llevó esa última imagen de Jenny grabada en la mente.

Parecía tan frágil, tan sola… Y a la vez tan fuerte y llena de alegría.

Era un misterio en muchos sentidos.

Sin embargo, a pesar del halo de misticismo que la rodeaba, esa era una mujer en la que se podía confiar.

No podía explicarse cómo, pero lo sabía.

Así como sabía que al día siguiente el sol saldría y el invierno terminaría para dar paso a la primavera.

Felicity podía no hablar, pero era claro que adoraba a su madre tanto como Jenny adoraba a su hija. Se desvivía por ella, la mimaba en exceso, quizá más de lo que a una madre le correspondía, pero ello no parecía afectar a la niña. Al contrario, la hacía sonreír de una manera que parecía ser capaz de iluminar la habitación entera. Y su sonrisa era capaz de hacer resplandecer el semblante de Jenny con una alegría que él no hubiera creído posible.

Y Jared se sintió deseoso de participar en ello. De compartir esa alegría. Ser iluminado del mismo modo que ellas.

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Capítulo 4

—¡Felicity, espera, no corras tanto! —Jenny salió corriendo tras su hija, que se abría paso a través de los senderos del bosque con tanta facilidad como un cervatillo—. ¡No vayas a caerte!

El otoño llegaba con fuerza, el frío era palpable y las hojas de los árboles se habían transformado en una múltiple mezcla de marrones, rojos y dorados que lo embargaba todo. Habría sido un paisaje espectacular para ver, de no ser porque Jenny no sentía ni un asomo de ganas de disfrutarlo.

—¡Jenny! —Jared apareció por un sendero, llevando con él un maletín de reparaciones—. Qué sorpresa encontrarte aquí, justamente iba hacia tu casa.

—Hola, Jared. Dame un minuto, por favor. —Jenny pasó a su lado corriendo a toda velocidad, siguiendo con la mirada una cabeza rubia que correteaba entre los matorrales—. ¡Felicity, para de una vez, me estás volviendo loca!

Jared no pudo evitar soltar una carcajada cuando Jenny intentó coger a su hija y esta, como si de un jugador de futbol americano se tratase, la esquivó en el segundo exacto, dejando a su madre con los brazos cerrados en torno al aire, mientras la bribonzuela corría hacia el sentido contrario, desternillada de risa.

—¡Te he atrapado, pequeña! —gritó Jared, victorioso, cargando a Felicity en brazos.

La niña se retorció de risa cuando él comenzó a hacerle cosquillas, encantada con encontrarse una vez más entre sus brazos.

—Comienzo a sentirme desplazada —bromeó Jenny, llevándose una mano al costado—. Mi hija parece preferirte a ti que a su propia madre.

—Nada de eso, es la novedad del nuevo y guapo vecino, solamente. A ti te adora. —Él sonrió, pero su sonrisa se esfumó al notar la repentina palidez de Jenny—. ¿Te encuentras bien?

—Sí, sí… Solo me quedé sin aire… —dijo, aunque por sus pupilas dilatadas y la mirada perdida, Jared dudó que fuera solamente eso. Dejando a Felicity en el suelo, se aproximó a ella con los brazos abiertos, como si temiera que fuera a desplomarse en cualquier momento.

Jenny sonrió, apartándose de él.

—Eh, que no me gustan las cosquillas, aleja esas manos de mí —le advirtió con un deje divertido en la voz—. ¿Te parece si vamos a casa de una vez? Me estoy congelando el… pescuezo —dijo con cuidado de no ser mal educada, aunque Jared ya reía por lo que sabía que ella iba a decir, cuando Jenny llevó su mano a su trasero.

—¡Jared, qué alegría verte tan pronto! Espero que desayunes con nosotras —lo saludó Gaia desde el porche, donde estaba entretenida colocando unos adornos de Halloween en la puerta.

—¿No falta bastante todavía para las fiestas?

—Mi abuela festeja el Halloween casi un poco menos que la Navidad —le explicó Jenny—. Halloween comienza en esta casa a mediados de septiembre, como puedes ver. Y Navidad termina en febrero.

—En el día de la candelaria, como a tu abuelo le gustaba —comentó la anciana, volviéndose hacia ellos—. Bien, ¿qué te gustaría desayunar, Jared?

—Lo que sea está bien por mí. —Se encogió de hombros—. Aunque si queda algún trozo de esa tarta de cereza, moriría por probarla. No he comido nada tan bueno en mi vida.

Gaia lo miró extasiada por el halago hacia su nieta.

—¿No crees que Jenny es una excelente cocinera? Estoy segura de que cualquier hombre se sentiría más que feliz por tenerla a su lado como esposa.

—¡Abuela!

—Estoy seguro —convino Jared—. Y por favor, no quiero molestar. Solo he venido a tomar medida de las molduras.

—Nada de eso, nadie trabajará en domingo en mi casa. Vamos adentro. —Gaia lo tomó por el brazo y lo llevó al interior de su hogar.

Jared notó por el rabillo del ojo que Jenny se quedaba de pie en el umbral, su hombro contra la puerta, como si necesitara sostenerse de algo.

—¿Te encuentras bien? —Se volvió hacia ella, preocupado.

—Sí, solo… Estoy un poco mareada. —Se llevó una mano a la cabeza—. Me pasa a menudo, últimamente.

Jared se aproximó a ella y tomó su rostro entre sus manos para examinarla.

—¿Has ido al médico?

—Jared, estoy bien.

—Estás pálida. Podrías tener anemia.

—Esta niña nunca quiere comer, Jared. Por más que le insisto, come menos que un gorrión.

—Ya te dije que no tengo hambre, abuela —contestó Jenny, apartándose de los brazos de Jared—. Por favor, no es nada. ¿Por qué no vamos a la cocina? —replicó ella, dirigiéndose hacia allí, pero algo sucedió en el camino. Se detuvo y de pronto comenzó a caer.

Jared corrió hacia ella, sintiendo que los segundos se volvían horas, como en esas películas donde el momento trascendental se vivía en cámara lenta. Notó cada detalle del rostro de Jenny perdiendo color, sus ojos vidriosos, su cuerpo tambaleándose sin control…

—¡Jenny! —gritó Gaia, y su voz sonó como de otro mundo.

Jared no la escuchó. Corrió hacia ella y alcanzó a sostenerla justo en el momento en el que Jenny perdía el sentido.

Felicity comenzó a llorar, asustada, mientras Jared la cargaba en brazos como a un bebé y la llevaba hasta el sofá.

—¡Jenny, Dios mío, Jenny…! —gemía Gaia a sus espaldas, manteniendo a Felicity muy pegada a su cuerpo, intentando consolarla en vano, pues la niña no dejaba de gritar y lanzar golpes y patadas, en su desesperación.

Jenny abrió los ojos y miró en derredor, confundida. Como si no tuviera idea de la forma en que había conseguido llegar ahí.

—Felicity… —musitó, alzando una mano. Su hija corrió a su lado y se pegó a ella. En su desesperación, comenzó a golpear a Jenny, pero ella se mantuvo quieta y la abrazó hasta que la pequeña se hubo calmado, y solo se quedó callada a su lado.

—Se pone así a veces… —Jenny intentó explicarse con Jared—. A ella le cuesta…

—Entiendo —Jared pasó una mano por los rizos dorados de Felicity, pero ella le apartó la mano y siguió abrazando a su madre—. Tranquila pequeña, tu mamá se pondrá bien.

—¿Qué… pasó…? —Jenny se aventuró a preguntar al fin, intentando levantarse.

—Te desmayaste —contestó su abuela, mirándola con los ojos todavía húmedos—. Así de repente perdiste el sentido y, de no haber sido por Jared, habrías terminado estampada en el suelo.

—No, no fue de repente. Te sentías mal desde antes, ¿no es así? —Jared le preguntó, y ella tuvo que asentir—. Será mejor que te llevemos al hospital.

—¿Estás loco? No tengo seguro, y mañana debo ir a buscar trabajo —replicó Jenny—. Nadie me dará ninguna oportunidad si se sabe que estoy enferma.

—Jenny, esto es serio. Podrías tener algo grave y es mejor asegurarnos de que te encuentres bien —Jared posó una mano en su hombro—. Piensa en tu hija. Si tú no estás bien, ella tampoco lo estará. Tú eres quien vela por ella.

Jenny lo miró a los ojos fijamente por lo que pareció una eternidad, pero no fue más que una fracción de segundo, y terminó por asentir.

—Vamos —dijo en un susurro, poniéndose de pie.

Jared la rodeó por la cintura y la condujo hacia la puerta.

Felicity, con su diminuta mano pegada a la de su madre, comenzó a llorar de nuevo, temerosa de que fueran a separarlas.

—Cariño, será mejor que tú y yo nos quedemos aquí —le pidió Gaia, pero con ello la niña se puso a llorar con más fuerza cuando la anciana intentó apartarla de su madre.

—No puedo marcharme, ella se pondrá mal —explicó Jenny—. Iré mañana al hospital, cuando Jenny esté en el colegio. No puedo dejarla así, Jared. Gaia no podrá con ella. Cuando Felicity se pone mal, no hay forma de conseguir que se calme.

—Jenny, debes ir. No quiero ser alarmista, pero debes cuidar de ti. Mi padre solía decir que el cuerpo nos da avisos, y si no tenemos cuidado con escuchar esos avisos y proteger nuestra salud, podrías lamentarlo para siempre.

—Lo entiendo, Jared. —Los gritos de Felicity se hacían cada vez más intensos—. ¿Pero qué puedo hacer? Mira cómo está mi hija, Gaia es una mujer mayor. Aunque no lo parezca, su cuerpo no rinde como antes. No podrá cuidar de Felicity.

—¿Y una niñera?

—No conozco a ninguna, y tendría que ser una muy especial, una que sepa lidiar con… esta clase de casos.

Jared frunció el ceño.

—Vamos todos.

—¿Qué?

—Tendremos que ir todos al hospital.

—Imposible —Jenny negó con la cabeza—. Como ves gritando aquí a Felicity, seguirá haciéndolo en el coche y en el hospital cuando lleguemos, si no va a peor…

—Jenny, haz lo que te digo. Confía en mí, encontraremos la manera.

Jenny no tuvo más remedio que hacer caso de lo que Jared le pedía. Se dejó llevar por él hacia su camioneta y subió al asiento de atrás. En seguida Jared volvió a la casa por Felicity y la llevó cargando de regreso, pues la pequeña no aceptaba caminar hasta el auto. Él no se inmutó por los repetidos golpes y arañazos que la niña le dio, en su tremenda rabieta. La metió al coche junto a su madre y Felicity gateó por el asiento hasta acomodarse a su lado, solo entonces dejó de llorar.

—Jared, no sé cómo…

—No digas nada, somos vecinos. —Jenny sintió que las lágrimas se le acumulaban, se sentía tan impotente y sola, y este hombre venía de la nada a ayudarla. Parecía un ángel bajado del cielo—. No tienes nada que agradecer. Y tampoco explicar —le sonrió—. Ahora trata de relajarte, voy por Gaia.

—No tienes que cargarme a mí también, ya estoy aquí. —La anciana llegó tras él y Jared se dio prisa en ayudarla a subir al asiento del copiloto del vehículo.

Se pusieron en marcha y pronto llegaron al hospital principal de la ciudad.

Jared ayudó a Jenny a bajar y llamó a uno de los encargados para que trajera una silla de ruedas, al tiempo que le daba las llaves a un médico residente con la orden de estacionar su camioneta en su lugar. Jenny subió a la silla de ruedas, llevando a Felicity en sus piernas, mientras Gaia los seguía. Jared daba órdenes a los médicos a medida que se internaban en el ala de emergencias. Sin duda, tener a un médico como amigo tenía sus ventajas.

—Vamos a hacerte unos exámenes —le dijo Jared, ayudando a Jenny a recostarse en una camilla—. Pronto te pondrás bien.

—Jared, ¿me llamabas? —Una mujer alta y de amplia sonrisa llegó en ese momento.

Jenny se le quedó mirando con curiosidad, notando la familiaridad con la que ella lo trataba.

—Sí, Laura, por favor, cuida de Felicity. —Señaló a la niña, que se mantenía junto a su madre—. Vamos a hacerle unos exámenes a su mamá, y puede que tardemos un poco.

—¿Tiene autismo? —Jenny no pudo evitar que sus ojos se ensancharan. Era la primera persona que conocía que reconocía el trastorno de su hija con solo un vistazo.

—Laura está estudiando un doctorado, y se especializa en autismo. —Jared le explicó a Jenny—. Cuidará bien de Felicity, no te preocupes.

—Si quiere puede venir usted también. —Laura le dijo a Gaia—. Iremos al segundo piso, al ala de niños. Allí hay café y revistas para las madres de los pequeños.

—Eso me encantaría. —Gaia se puso de pie.

—Y para ti, pequeña, hay todo un salón lleno de colores y juguetes, ¿vienes conmigo? —Laura se agachó y tomó la mano de Felicity.

—Puede que se resista un poco… —le explicó Jenny.

—No se preocupe, lo pasaremos bien. —Laura le sonrió a Jenny—. Usted cuídese, pronto nos veremos.

Felicity comenzó a llorar, pero Laura consiguió calmarla subiéndola a la silla de ruedas y llevándola de ese modo hasta los elevadores, sin dejar de sonreír y gesticular en exceso.

—Ahora sí, mi valiente guerrera. —Jared se volvió hacia Jenny—. Descubre tu brazo que vamos a sacarte sangre.

Jenny suspiró y asintió, dejando al descubierto su brazo derecho. El pinchazo ni siquiera lo sintió, su corazón estaba con su hija. No podía sucederle nada malo, Felicity la necesitaba. Ella era todo lo que tenía. Su padre no velaría por ella, lo sabía. Lo había dejado muy claro cuando las abandonó, después de que Jenny rehusó a internar a Felicity en una institución.

Debía ser fuerte y enfrentarse a lo que viniera con valor. El bienestar de su hija dependía de ella. No importaba lo vulnerable o débil que realmente se sintiera, Felicity debía encontrar en ella una figura fuerte de la que sostenerse. Porque, como bien lo sabía Jenny, ella era lo único que su hija tenía en el mundo.

Y por una fracción de segundo, al pensar en ello, sus ojos se llenaron de lágrimas, pues se sintió más sola que nunca.

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Capítulo 5

—Estás embarazada.

—¿Qué? —Jenny estuvo cerca de caerse de la camilla al escuchar esa noticia de labios de Jared—. Es imposible…

Él se mantenía con el rostro muy serio, mirando fijamente los resultados en su mano.

—Tres meses —dijo, a modo de confirmación de sus palabras—. ¿No te sentiste mal antes? ¿O no notaste algún otro signo, como la falta de tu período?

—Sí, pero no le di importancia… —Jenny intentó recordar. Se había sentido mareada, sí, pero ¿embarazada? —. No es posible…

—Lo es. —Él la miró por primera vez, y ella notó algo en sus ojos. ¿Desilusión?—. ¿Tú has estado…? —carraspeó—. Tu esposo…

—Es de mi ex esposo —afirmó ella en voz baja—. No he estado con ningún otro hombre. Jamás. Nos conocimos cuando yo todavía iba en el instituto. Él ha sido el único hombre en mi vida. O lo fue…

—Entiendo… —Volvió a fijar la vista en los estudios, como si fueran a revelarle alguna otra noticia.

—¿Qué voy a hacer ahora? —Jenny preguntó en voz alta, más a sí misma que a él.

Jared suspiró y tomó asiento a su lado. Comprendía que se sintiera desesperada. Una mujer sola, sin dinero ni ayuda, con una hija especial… Debía de ser muy difícil.

—Hay opciones… —se obligó a decir, aunque él despreciaba esas «opciones».

—No. Eso jamás —dijo ella de forma rotunda y le dirigió una mirada airada—. No le haré eso a mi bebé.

Jared enarcó las cejas, sorprendido por esa reacción.

Pocas mujeres defenderían a un bebé de tan pocas semanas de gestación, quizá ni siquiera lo llamarían como tal.

En realidad, era el recuerdo grabado a fuego de una mujer que no lo hizo el que vino a su mente y por eso reaccionó de esa manera…

—Es solo una pregunta retórica, Jared. —Jenny se llevó ambas manos al rostro—, no hay nada que pensar. Tendré a este bebé y saldremos adelante…, de algún modo.

—¿Has considerado las circunstancias? —Él la miró a los ojos—. En los casos de autismo…

—Sí, lo sé. Hay gran posibilidad de que también este niño tenga autismo. Es por eso que yo no quise tener otro hijo antes. No para que él terminara rechazándolo también, o peor, no tuviera autismo y fuera el favorito de él, y dejara a Felicity en el olvido.

—Al decir «él» te refieres a tu marido. —Fue una afirmación, no una pregunta.

—Ex marido —lo corrigió ella y suspiró—. Dios, cuando crees que no podrías hundirte más en el fango, comienza a llover, ¿no es así?

Jared la abrazó por los hombros.

—No estás sola —le dijo, palmeando su mano—. Cuenta conmigo para lo que necesites, ¿de acuerdo?

Ella sonrió y asintió.

—Gracias, Jared. —La cortina que rodeaba a la camilla se abrió en ese momento y una enfermera apareció, junto a una mujer de estatura mediana y el cabello de un intenso color rojo.

Sus brillantes ojos azules se posaron en Jared y luego en Jenny, antes de que sus cejas se juntaran, dejando al descubierto su enojo.

—¿Qué está sucediendo aquí? —preguntó con voz grave.

Jared iba a preguntarle quién era para entrometerse en asuntos privados, cuando Jenny contestó por él.

—Nada, es solo un amigo. —Jenny le dedicó una mirada de disculpa—. Jared, ella es mi hermana, Megan. Megan, Jared, un amigo y nuestro vecino… y mi médico por el día de hoy. —Le sonrió ligeramente antes de ponerse de pie—. Megan… ¿qué estás haciendo aquí?

—¿Cómo que qué hago aquí? —repitió la mujer, poniendo los brazos en jarra—. La abuela me llamó para avisarme de que estabas hospitalizada y vine enseguida a ver qué había sucedido. Aunque veo que te encuentras muy bien cuidada. —Ella le dirigió otra mirada a Jared.

—Megan, ya te lo dije, Jared es nuestro vecino y amigo. También médico de este hospital. —Acentuó esa última frase, provocando que el entendimiento llegara a los ojos de la mujer, que se suavizaron en el acto—. Jared, disculpa a mi hermana. El ser abogada le ha afectado el trato cordial con las personas. Ahora no tiene idea de cómo practicarlo.

—Mucho gusto. —La mujer alzó una mano que él estrechó brevemente—. ¿Qué tiene mi hermana, doctor?

Jenny hizo un movimiento negativo con la cabeza, tan sutil que solo Jared lo captó.

—Estamos haciendo pruebas. —Él metió las manos en los bolsillos de su bata, siempre lo delataban cuando se ponía nervioso—. Las dejaré solas para que charlen.

Jared no se alejó mucho. Por la forma de ser de la hermana de Jenny, sabía que la tormenta se desataría dentro de nada.

Y así fue.

—¡…tienes a Felicity! ¡Tu vida es ya demasiado complicada, ¿qué vas a hacer con un bebé?! —La voz de Megan retumbó en las paredes del pasillo de urgencias, y Jared agradeció en silencio que ese día fuera tranquilo, asumiendo lo muy incómoda que debía sentirse Jenny.

—Sé muy bien cuál es mi situación, Megan. Ahora quieres bajar la voz…

—¡Estás sola, Jenny! La abuela está vieja, ella no puede ayudarte a criar a una niña discapacitada y a un recién nacido.

—¡No llames a mi hija discapacitada!

—Jenny, comprende que no la estoy ofendiendo. Es lo que ella es…

—Mi hija tiene muchas capacidades, no es discapacitada. —Jenny abrió la cortina, ya vestida con su ropa habitual, y salió de la sala de revisión. Su hermana la siguió, sin dejar de gritar.

—¡Jenny…! ¡Jenny, escucha! —La detuvo por el brazo—. ¡Estás sola! ¡Sola! No tienes carrera, ni dinero ni marido. ¿Qué vas a hacer tú sola con dos hijos?

Jared no pudo soportarlo más y se acercó a la mujer.

—Disculpa Megan, pero estás en un hospital. Será mejor que salgas, lo que tengas que hablar con tu hermana, lo harás en privado en su casa —le dijo Jared, pasando un brazo por los hombros de Jenny—. Y ella no está sola. Tiene gente que la quiere y la protegeremos. A ella y a los niños.

Megan apretó los labios, como si estuviera decidiendo qué diatriba soltar como contestación.

—Es fácil hablar cuando las cosas son bonitas y nada se ve como es en realidad. Pero el día en que Felicity se ponga mal, o el bebé llore porque tiene hambre, serás tú sola la que tenga que pasar las noches en vela, sollozando en silencio por no tener un céntimo para comprarles zapatos a tus hijos o los medicamentos que…

—¡Ya basta! —rugió Jared, exasperado—. He dicho fuera. —Señaló la puerta—. ¡Ahora!

—Pero ella tiene que entender…

—Tienes dos segundos, o haré llamar a seguridad.

Megan alzó su respingada nariz y se marchó, sin dejar de lanzar improperios en el camino.

—Dios, no sabes cuánto lo siento. —Los ojos de Jenny se habían llenado de lágrimas.

—¿Tú lo sientes? Dios, Jenny, no imagino lo que debió ser para ti crecer con esa arpía como hermana. Te compadezco.

Jenny sonrió ligeramente.

—No fue tan malo. —Se encogió de hombros—. Al lado de mamá, Megan es un ángel.

—Gracias al cielo que a tu madre no se le ocurrió poner un pie en este hospital, en ese caso me habría sentido en la obligación moral de ponerle un bozal.

—Mi madre está demasiado ocupada con su vida como para molestarse por mí, Jared. Dudo siquiera que asistiera a mi funeral. Te aseguro que una pasada por el hospital ni de broma le haría tocarse la piedra que tiene por corazón para venir a verme… —Jenny sonrió pero su sonrisa se transformó en lágrimas.

—Hey, tranquila. —Jared la abrazó, atrayéndola contra su pecho.

—Lo siento. —Sorbió por la nariz—. Yo no soy así, no me suelto a llorar por cualquier cosa.

—Está bien, con una familia así, yo también lloraría.

Jenny rio ligeramente, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.

—Es solo que… ¿por qué nunca pueden apoyarme? Es mi familia, pero siempre actúan como si me odiaran. ¿Por qué no pueden sencillamente decir «lo siento, estoy contigo»? Es lo que yo haría de estar en su lugar.

—Supongo que como uno no elige a su familia, tampoco elige las cosas que deben decir o el modo en que deben actuar. —Él suspiró, sin dejar de abrazarla, trazando círculos con la mano en su espalda—. ¿Y tu padre? ¿Él no podría apoyarte?

—No sé nada de mi padre hace años. Nos abandonó cuando yo era niña. Una vez nos llegó una postal para mi hermana y para mí en la que nos contaba que estaba casado y tenía otros hijos, y quería que fuéramos a verlo, pero mamá no nos dejó ir con él. Fue lo último que supimos de papá. Después de eso mamá nos cambió el apellido al de Canet, el suyo de soltera, y desde entonces vivimos como si él no existiera.

—¿Y qué pasa con tu abuela? Es decir, ella no se parece en nada a tu hermana y a tu madre, por lo que me cuentas.

—No, es cierto. Mamá y mi abuela nunca se han llevado bien. Mamá ha trabajado sin parar y ha sido perfeccionista toda su vida. Despreciaba las creencias de mi abuela y todo lo que ella representa y eso terminó por alejarlas definitivamente. Mamá estudió en la universidad y se graduó con las mejores notas, sacó un máster y un doctorado, creó su propia firma de abogados y ahora es una de las abogadas más exitosas del país. Megan siguió sus pasos al pie de la letra. Y yo… Siempre fui la oveja negra en mi casa para mi madre, tan «loca y soñadora» como mi abuela. Así que cuanto más tiempo pasara en casa con Gaia, más feliz me sentía. En cierta forma, siempre me he sentido más feliz estando con mi abuela que en mi propio hogar, supongo que por eso vine aquí, en busca de refugio. Es una lástima que me durara tan poco.

—¿A qué te refieres?

—A nada. —Suspiró, secándose la última lágrima.

—Jenny…

—Oh, allí están. —Laura apareció por el pasillo, llevando a Felicity de la mano. Gaia caminaba a su lado, su semblante lucía bastante severo—. Los estábamos buscando. Recibimos tu mensaje, Jared, y aquí están la princesa y la reina, listas para ir a casa —dijo ella con simpatía, refiriéndose a Felicity y a Gaia.

—Gracias por todo, linda. Fue una estancia estupenda —se despidió Gaia de ella.

—Cuando quieran, ya saben dónde encontrarme. —Besó a Felicity en la mejilla—. Cuídate, pequeña princesa, y cuida a tu mamá. —Se alzó y miró a Jared—. Adiós, Jared. Llámame después para ponernos de acuerdo con la cena del viernes.

—De acuerdo.

—¿Qué cena? —preguntó Gaia.

—Abuela… —masculló Jenny, dedicándole a su abuela una mirada de reproche.

—Es una cena benéfica para el hospital. —Jared sonrió un poco nervioso—. En un segundo nos vamos a casa, chicas, en cuanto encuentre las llaves del coche —dijo, revolviendo sus bolsillos.

—Quizá sea mejor que nos vayamos solas a casa —dijo Jenny, tomando las llaves de la mesa frente a ellos, donde habían estado todo el tiempo—. Tú quédate con tu novia.

—Laura no es mi novia —se apuró él en aclarar—. Salimos un par de veces antes, pero nada más. Ahora somos solo amigos.

¿Llevas a las amigas a cenar? —le preguntó Gaia, con interés.

—No, saldrá con un amigo mío, Luke. Les estoy organizando algo así como una cita a ciegas para ambos.

—¿Es en serio? ¿Vas a dejarla ir? Si es estupenda.

—No es para mí —concluyó Jared, avanzando hacia la puerta.

De camino a casa permanecieron en silencio. Nada más entrar en la vivienda, Gaia se fue a recostar un rato, exhausta, y Felicity la siguió. Las dos estaban agotadas.

—Tú también deberías descansar un poco —le dijo Jared a Jenny, cuando se quedaron a solas en la cocina.

—Estoy bien. —Fijó su atención en la tetera que estaba llenando con agua—. Siento lo que ocurrió en el hospital.

—No te preocupes, las hermanas pueden ser un poco irritantes a veces.

—Me refería a Gaia. Creo que te puso en un apuro con el interrogatorio que te hizo sobre tu amiga Laura. —Le sonrió por encima del hombro—. Pero gracias por apoyarme con el tema de la hermana irritante.

—Hey, yo también tengo una. Sé de qué va la cosa —bromeó él, cogiendo una galleta de un platito que Jenny ponía delante de él.

—Podríamos formar un club. —Sonrió, sentándose en la barra, delante de él—. ¿Entonces de qué va la cosa?

—No te entiendo…

—¿Por qué no sales con Laura?

—Te lo dije. —Él pareció algo incómodo con la pregunta—. No funcionó. Ella no es mi tipo. —Se encogió de hombros.

—¿No te gustan altas, guapas e inteligentes?

—Digamos entonces que yo no soy el tipo para ella.

—Ajá… Así que ella terminó contigo.

—En realidad fue algo mutuo. —Se pasó una mano por el cabello, nervioso—. Dijo que yo no estaba comprometido con la relación, y la verdad es que no pude discutírselo.

—¿Te gusta tu soltería?

—No es así como lo diría.

—¿Y cómo lo dirías?

—Que no sentí que hubiera motivos para terminar mi soltería.

Ella lo miró a los ojos, escrutando su mirada.

—Es una buena respuesta. —Sonrió.

—Gracias. Ahora, si has terminado el interrogatorio, ¿podemos tomar esa taza de té?

—De acuerdo —sonrió ella, poniéndose de pie para coger la tetera, que ya comenzaba a sonar—. Y como recompensa por haber sido tan buen chico, te daré un poco de mi tarta de melocotón.

—Genial. Y la próxima vez, recuérdame nunca presentarte a otra ex —bufó, pasándose una mano por la frente—. Creo que ni siquiera un interrogatorio de la CIA me haría sudar como tu abuela y tú lo habéis hecho.

Jenny se volvió, la intriga grabada en sus ojos verdes.

—Así que… ¿de cuántas ex estamos hablando?

—Oh, por Dios, acabo de abrir la caja de Pandora.

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Capítulo 6

Esa mañana de lunes, Jared pensó en pasar a visitar a Jenny temprano. Apenas había conseguido pegar ojo durante la noche, preocupado por ella como nunca creyó posible llegar a sentirse por una persona ajena a su familia. Dios, apenas la conocía ¿por qué se sentía tan… unido a ella?

Era como si de alguna forma se sintiera responsable de ella, de su seguridad, de su felicidad…

Aunque sabía que eso era ridículo. Esa mujer no le pertenecía, ella tenía una familia, una hija especial. Eso era mucho equipaje para echarse a la espalda, sin duda.

Sin embargo, nada más levantarse por la mañana, lo primero que hizo fue tomar el camino rumbo a la casa de sus vecinas en lugar del trayecto cotidiano al hospital. Quería ver a Jenny, prácticamente necesitaba verla. Saber cómo se encontraba.

Notó un vehículo desconocido en la entrada y una especie de pánico se apoderó de él. Era un coche de ciudad. ¿Sería que su marido, ex marido se recordó, se habría enterado del bebé y habría ido a verla? ¿A llevarla de regreso…?

Llevado por un impulso que no le permitió razonar con cordura, Jared se descubrió a sí mismo entrando a la casa y siguiendo el sonido de voces. Llegó hasta la cocina, donde Jenny discutía acaloradamente con otra persona.

—¿Y qué harás entonces? —Enseguida reconoció la voz de Megan. Ese tono autoritario y déspota no era fácil de olvidar—. Despierta de tu mundo de fantasía, Jenny. La vida real no es amable con las mujeres solas y con hijos, sabes lo difícil que la tuvimos estando solas con mamá.

—Sí, ella realmente sufrió —contestó Jenny en tono sarcástico—. Vivió momentos tan difíciles comprando coches de lujo y yendo de un novio a otro, cambiando los modelos por otros más jóvenes.

—No bromees, Jenny, hablo en serio.

—Yo también hablo en serio Megan, voy a tener este bebé y es el final de esta conversación.

—Mamá y yo estamos preocupadas por ti, de lo que harás con tu vida.

—¿De verdad? ¿Y dónde está ella, si tan preocupada se encuentra?

—Sabes que a mamá no le gusta venir aquí. Además tenía una junta muy importante.

—Sí, así es siempre con ella, una junta tras otra, un cliente tras otro, un juicio después de otro. Y nunca tuvo tiempo para nosotras, para criarnos, para darnos lo que necesitábamos.

—No le eches la culpa a ella por el fracaso en tu vida. Ella nunca quiso a Lionel, te dijo que lo dejaras y tú sencillamente decidiste ignorarla. ¡¿A quién se le ocurre casarse en esta época a los diecinueve años?! Y todavía con un pelmazo interesado y flojo. Sólo quería tu dinero, o el que él creía que tenías. El estúpido nunca imaginó que mamá no te daría un centavo de su dinero.

—Sí, Megan, lo sé. —Jenny suspiró—. Fui estúpida, estaba enamorada y era joven e ingenua, pero ya aprendí, te lo aseguro.

—¿En serio? ¿Y qué hay de ese médico, con el que te vi abrazándote ayer? —Jared aguantó la respiración—. ¿Crees que él se hará cargo de ti y de tus hijos? ¿Crees que él va a echarse encima la responsabilidad de una niña especial?

—No necesito a nadie que se haga cargo de mí o de mis hijos, Megan. Puedo valerme por mí misma.

—Sí, claro, cocinando muffins para el café de la abuela, ¿cuánto sacas de eso? —espetó, sarcástica—. ¡No se cría una familia con céntimos, Jenny!

—Ya basta, Megan. Por favor, ya basta —la voz de Jenny se quebró y Jared sintió el deseo de salir y apoyarla, pero se detuvo, no sabía cómo se lo tomaría ella si se enteraba de que estaba escuchando tras la pared.

—Necesitas un hombre a tu lado, Jenny. Alguien que te apoye con tus hijos, que te mantenga.

—Y lo dice la feminista número uno —gruñó Jenny en tono irónico.

—Sabes a lo que me refiero. Lionel es el padre de esos niños, si no va a estar a tu lado, lo menos que puede hacer es darte manutención por ellos.

—No quiero saber nada de él, olvídalo.

—¡Jenny, deja de vivir en las nubes! ¿Qué vas a hacer? ¿Cómo te vas a mantener? ¿Qué vas a hacer cuando nazca el bebé y no puedas trabajar?

—Ya viene Halloween, podría buscarme un vampiro. Sé que esos tienen mucho dinero.

—¡No es broma, Jenny! Deja de decir estupideces.

—Entonces tú deja de decir tantas tonterías, porque no tengo otra forma de contestarte.

—Jenny, debes dejar de pensar con el corazón y ser sensata por una vez en tu vida. ¡Madura, por favor! —Se escuchó un plato hacerse añicos.

—Ya es suficiente, sal de esta casa.

—No me iré.

—¡No te escucharé insultarme un segundo más! —gritó Jenny, perdiendo la paciencia—. ¡Vete!

—Jenny…

—Solo vete, Megan. ¡Vete!

Se escucharon pasos de tacón apresurados y una puerta que se cerraba con un portazo.

Jared se asomó y vio a Jenny recogiendo los trozos del plato roto y se acercó a ella para ayudarla.

—Hola.

Ella alzó la vista, sus ojos llenos de lágrimas.

—Hola. Yo… rompí esto —dijo, levantándose con los trozos de porcelana en la mano—. Estoy teniendo una racha de torpeza. —Jared la tomó por las manos, apartó los trozos de porcelana y la abrazó.

Jenny se dejó hundir en la calidez que ese abrazo le proporcionó y no se dio cuenta hasta ese momento de lo mucho que lo necesitaba.

—No estás sola, lo sabes ¿verdad? —le susurró al oído, trazando círculos con las manos en su espalda.

Ella asintió, un asomo de sonrisa en sus labios, pero las lágrimas llegaron a sus ojos.

—Gracias.

—Podrías… casarte. Conmigo.

Ella se apartó ligeramente y lo miró a los ojos antes de soltar una carcajada.

—Sí, claro. —Rio—. Buena broma, Jared, pero no te burles de mí ahora, ¿quieres? —Suspiró, agachándose para terminar de limpiar los trozos de loza—. No estoy de humor ahora para bromas.

Jared se agachó y posó una mano sobre la de ella, deteniendo su frenético movimiento con la cerámica y obligándola a prestarle atención.

—No es broma.

—Jared, ¿qué estás diciendo?

—Lo que acabas de escuchar.

—¿Te has vuelto loco? Acabas de conocerme, tengo una hija. Una hija con autismo, Jared. Y estoy embarazada…

—Eso ya lo sé.

—¿Entonces qué es lo que se te pasa por la cabeza? —Jenny se enderezó y dejó los trozos a un lado.

—Necesitas a alguien a tu lado. Alguien que te apoye, que te acompañe.

—Jared, ni siquiera el padre de mi hija quiso quedarse a nuestro lado. ¿Por qué tú ibas a querer hacerlo? —Puso los brazos en jarra.

—No lo sé. Yo… no lo sé.

—Exacto, no lo sabes. No tienes ni idea de lo que es vivir así, Jared. El tener una familia, un hijo especial… Y un bebé —suspiró, dedicándole una mirada llena de cariño—. Se ve bonito en las películas, pero la verdad es que el día a día es muy duro. La realidad es muy dura. Felicity no es el ángel que crees conocer, ella es difícil… todos los días. Es decir, es maravillosa, pero ella tiene sus momentos difíciles, momentos en los que desearía tirarme por la ventana y terminar con todo. ¿Y un bebé? Pañales, vómitos, llanto, despertarse cada tres horas todas las noches, o no dormir nada.

—Suena como el internado, para mí. Y si lo sobreviví, puedo sobrevivir esto.

—No se trata de sobrevivir, Jared. Sino de hacer algo porque lo quieres.

—Yo lo quiero, de otro modo no te lo pediría.

—Me refiero a que debes hacerlo por alguien a quien amas. Y tú no me amas —posó una mano sobre la de él—. No tienes que decirlo, no me ofende, lo sé, yo tampoco te amo. Ni siquiera me conoces, ¿por qué habrías de hacerlo? Una familia nace del amor, no de la compasión, Jared. Te agradezco esto, de verdad que sí. Es tan tierno… —Le sonrió, sinceramente conmovida por su gesto—. Lo más tierno que nadie ha hecho por mí. Pero no es correcto. Te mereces una familia, una familia de verdad, al lado de una mujer a la que ames, con hijos que sean fruto del amor con tu pareja. No recoger los trozos rotos de otra familia.

—Yo no lo veo así, Jenny. Eres… Felicity y tú sois…

—No tienes que decir nada, Jared. —Ella posó un par de dedos en sus labios, silenciándolo—. De verdad. Eres un buen amigo, y te agradezco que estés aquí. Si lo deseas, puedes seguir con nosotras, ser el tío simpático. —Se encogió de hombros—. Pero no el papá de mis hijos. Ellos tienen un padre. Aunque él haya rechazado el título. Y tú mereces una familia, tu propia familia. Tus hijos merecen tener un padre como tú.

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Capítulo 7

—¿Te encuentras bien, Jared?

Jared alzó la vista de los formularios que llevaba revisando desde hacía casi una hora. No podía concentrarse. Por más intentos que había hecho de terminar el papeleo del hospital, sencillamente su mente estaba en otra parte.

Con Jenny.

—Hombre, luces como si necesitaras una bebida. —Luke, su mejor amigo, le dio una palmada amistosa en el hombro—. Vamos, yo invito.

—No esta vez, Luke. Tengo planes.

—¿Es en serio? —Él sonrió—. ¿Quién es? ¿La conozco? ¿Trabaja aquí?

—No, no es eso. Yo, ehhh… quedé en ayudar a mi vecina con unas reparaciones en su casa.

—¿Y no puedes pagar a alguien para que haga eso? —Su amigo frunció el ceño—. Hombre, tú más que nadie necesitas descansar. Pasas tu vida en este hospital.

—Lo hago porque quiero, me resulta relajante trabajar con las manos. Además, hay alguien a quien quiero ver.

—¿No será acaso la nieta de la bruja de la que todo el mundo habla? —Los ojos de Luke se entrecerraron al fijarlos sobre su amigo—. ¿Es la mujer que trajiste el otro día al hospital para hacerse análisis?

—¿Es que nada puede suceder aquí sin que todo el maldito pueblo se entere?

—No —contestó su amigo rotundamente—. ¿Y bien? ¿Es ella?

—Sí, es ella, y yo… Estoy preocupado por ella —admitió, pasándose una mano por el cabello—. Quiero saber si está bien.

—Supe que tiene una hija con autismo —bajó el tono de voz—. No creo que debas inmiscuirte en esa clase de… situaciones. —Buscó el término que mejor se adaptara—. No estás hecho para esa clase de cosas, Jared. Y dudo que ella esté buscando a un tipo de una noche. Porque es lo más que has durado con alguien desde… Bueno, ya sabes.

Un tenso silencio emergió entre ellos hasta que Jared habló.

—No es lo que piensas, Luke.

—Sí, claro, y tú te preocupas de ese modo por cada mujer que se te pone enfrente.

—Ella es más que solo cualquier mujer. Es mi amiga, está sola… —Se pasó una mano por el pelo una vez más, en un gesto nervioso—. Necesita a alguien que la apoye.

—Bien, que sea otro. No tienes que ser tú. —Luke posó una mano sobre su hombro y añadió—. Ya tienes bastante mierda en tu vida para tener que cargar con la de otros, amigo. Hazme caso, aléjate ahora que estás a tiempo, porque cuando te sientas demasiado involucrado, no podrás darle la espalda sin más. Eres demasiado noble para eso, y si no te vas con cuidado te estarás echando al hombro una carga, que no te pertenece, por el resto de la vida.

***

Jared detuvo la camioneta frente al pórtico de sus vecinas. Era tan temprano que el sol apenas comenzaba a salir por el horizonte. Se había comprometido a ayudarlas con su hogar y era hora de cumplir su palabra. Aunque en realidad, era otro el motivo por el que se había acercado ese sábado a la «Mansión embrujada», como solía llamar a la casa de sus vecinas, y ese motivo era Jenny.

Había intentado seguir el consejo de Luke y apartarse de Jenny, sin embargo, por más distancia que había impuesto entre ellos, ella seguía presente en su mente día y noche, como una marca grabada a fuego.

No podía dejar de pensar en ella, en su sonrisa, en la forma en que se quedaba pensativa, en el hoyuelo en su mejilla… Las lágrimas en sus ojos, lo frágil y sola que la había visto…

Le había dicho que no estaba sola, y lo primero que había hecho había sido apartarse.

Sabía que ella no lo necesitaba, era una mujer fuerte, a pesar de todo. Una mujer capaz de valerse por sí misma, como había dicho. Como había demostrado.

Sin embargo, no podía dejar de sentir que le estaba fallando. Que de alguna forma, su lugar estaba a su lado. Y que al no aceptarlo solo se comportaba como un tonto que se aparta del horizonte por temor al amanecer, cuando es imposible evitar que el sol salga y lo ilumine todo.

Eso era lo que representaba la sonrisa de Jenny para él. El sol que calentaba su corazón de una forma insospechada, contagiando su alma con su alegría. Una alegría que nunca creyó que podría sentir otra vez.

La imagen de su ex prometida invadió su memoria, del mismo modo que lo había hecho las últimas noches.

La había amado, y ella le había roto el corazón. Lo había traicionado de la peor forma que se puede traicionar a un hombre, jurándole amor eterno para luego gritarle a la cara que nunca lo había amado.

Rompieron a causa de la enorme pelea que tuvieron después de que ella abortó a su hijo.

A su hijo.

Él la amaba, iban a casarse, tenían todo para formar una familia, y ella decidió abortar. No quería desperdiciar el tiempo; tenía una carrera, una figura que cuidar y un mundo que ver.

Frivolidades.

¿Cómo no se dio cuenta antes de lo frívola que ella era?

Tan diferente a Jenny. Esa pequeña mujer estaba decidida a tener a su hijo. No tenía nada, ni dinero, ni empleo, ni siquiera una casa. Su marido la había abandonado, dejándola sola con la carga de una hija con necesidades especiales. Su familia se oponía a sus decisiones. Apenas conseguía ganar algo vendiendo panecillos, sin nadie a su lado para apoyarla, nada más que una anciana.

Y esa mujer estaba decidida a tener a su bebé de todas maneras.

Y no podía evitar sentir más que admiración por ella.

Jared bajó de su camioneta pick up, que había cargado temprano con materiales de construcción. Le gustaba más esa vieja camioneta que su lujosa jeep, la había conservado desde su época de adolescente, y en cierta forma lo ayudaba a sentirse joven todavía.

Se acercó al porche con cierta vacilación. Ahora no tenía un guante para usar como pretexto y no quería presentarse en su umbral así sin más, sin una buena excusa. Por lo que había hecho una parada en el pueblo para comprar madera, clavos y pintura.

Llevó parte de los materiales a la zona trasera del porche y se sorprendió al encontrar a Jenny sentada en un banco del jardín, de espaldas a él, observando el amanecer.

Jared se aproximó a la vieja silla de madera del jardín, sintiendo que de un modo tonto su corazón comenzaba a latir de forma frenética. Ella tenía un poncho rodeando sus hombros y una taza humeante entre las manos. Jenny no se había dado cuenta de su presencia, mantenía la vista fija en el horizonte, perdida en sus propios pensamientos. Sus ojos yacían fijos en el paisaje, y de algún modo él supo que su mente se encontrara muy lejos de allí.

—Hola —la saludó, y su corazón latió con más fuerza cuando vio aparecer el hoyuelo en su mejilla con una sonrisa.

—Hola —contestó ella del mismo modo, haciéndose a un lado para que él pudiera sentarse sin molestarse en hacer la pregunta.

—Linda mañana —comentó Jared, sin dejar de observarla.

—Preciosa —contestó ella, tomando un trago de su café—. ¿Quieres? —Le tendió su taza humeante.

Él sonrió y tomó la taza para beber un buen sorbo antes de devolvérsela. Al probar el café hizo un mohín de asco.

—Lo sé. Descafeinado. Lo siento. —Ella esbozó una mueca, tomando la taza que él le devolvía—. La cafeína no es buena para el bebé.

Él sonrió, complacido. Cuidaba de su bebé.

—Es cierto. Qué bien que cuides del pequeño.

—O pequeña. —Sonrió otra vez, volviendo a fijar la mirada en el paisaje y él no pudo evitar admirarla. Sabía que ella estaba preocupada, a pesar del obvio escudo con el que pretendía mostrarse al mundo.

Había escuchado que las mujeres embarazadas lucían más hermosas, pero ella… Jenny sencillamente resplandecía. Lucía tan hermosa como un ángel caído en medio de bosque, provocando que su luz contrastara con la belleza de la hojas otoñales, formando un halo dorado alrededor de su cabello rojizo, que volaba en mechones sueltos alrededor de su rostro, llevado por el viento.

—Deja de hacer eso, me estás asustando —dijo ella de repente, provocando que Jared se sonrojara.

—Lo siento. Yo he estado preocupado por ti. —Él también fijó la vista en el horizonte—. ¿Cómo te has sentido?

Ella le sonrió, encogiéndose de hombros.

—Bastante mal. Ya sabes, náuseas, vómito… Nada del otro mundo. —Hizo un gesto con la mano para quitarle importancia.

—No desesperes, estás a punto de terminar el primer trimestre y las náuseas se irán pronto.

—Gracias al cielo, paso tanto tiempo junto al váter que estoy comenzando a pensar que sería mejor mudarme al baño —comentó de forma sarcástica.

Jared sonrió y miró una vez más al frente, al igual que ella.

—También he estado considerando otra idea —dijo de pronto, en un murmullo bajo.

—¿Trasladar el váter a tu dormitorio? —Jared bromeó.

Jenny sonrió, negando con la cabeza.

—He estado pensando en marcharme de vuelta a California —confesó, sin volverse a verlo.

De pronto la belleza del paisaje perdió todo color para él, así como su luz.

—¿Qué?

—Mi hermana me ofreció irme a vivir con ella y su marido a su casa en Boston, pero no quiero importunarlos. Además, no nos llevamos muy bien. Aunque eso ya lo has de suponer por nuestra gran demostración de afecto cuando estuvo aquí —bromeó—. Así, pues, será lo mejor que vuelva a California.

—¿Por qué debes marcharte? —Jared se volvió completamente hacia ella. Esa noticia no se la había esperado.

—Es ridículo permanecer aquí. No tengo nada. Apenas gano lo suficiente para subsistir y sé que mi abuela tiene problemas para pagarme. No hay manera de que pueda mantenernos con un bebé.

—¿Y qué harás en California?

—Solía trabajar como sous chef en un restaurante antes de que Felicity naciera. Tal vez me permitan regresar, aunque sea como lavaplatos. —Sonrió, encogiéndose de hombros—. No lo sé. Pero una cosa es segura: en la ciudad tendré más oportunidades de encontrar trabajo que aquí.

—Podrías hacer otra cosa.

—¿Sí? —preguntó, sarcástica—. ¿Qué?

—No lo sé. Hay muchas cosas en las que podrías trabajar. —Jared intentó pensar con rapidez—. Hay caballerizas, campos de manzana, de árboles de maple… Podrías hacer pequeñas cosas que no pongan en riesgo tu salud ni la del bebé.

Ella rio y su risa sonó melodiosa en sus oídos.

—Jared, soy chef. Y estoy embarazada. No creo poder hacer ninguno de esos trabajos sin desfallecer de cansancio el primer día. Además, ninguno de esos trabajos me dará mucho más de lo que gano ahora. —Suspiró, negando con la cabeza.

—Quizá como secretaria entonces, o como administradora de alguna tienda.

—Jared…

—Pensaré en algo. Solo, no tomes una decisión todavía, ¿quieres?

—¿Por qué te importa tanto? —le preguntó con sincera curiosidad.

Él la miró a los ojos, pero sencillamente no tenía una respuesta.

—Solo promete que no tomarás esa decisión todavía. No hasta haber agotado las oportunidades.

—No puedo hacer eso. No es que tenga todo el tiempo del mundo, ya voy a terminar el primer trimestre y…

—Dame una semana —la interrumpió, cogiéndola por los hombros al hablar—. Una semana. Es todo lo que pido. Si no he conseguido nada, entonces podrás marcharte.

Ella lo estudió con la mirada, como si no comprendiera el grado de importancia que le daba a lo ocurrido.

—Jared, ¿por qué…?

—No quiero que te vayas. Esta apenas comienza a ser tu vida, date una oportunidad. Felicity está en la escuela, he leído que es mejor que los niños con autismo no tengan grandes cambios. —Buscó un motivo tras otro para pedirle que se quedara allí, sin tener que revelar lo importante que ella se estaba convirtiendo para él—. Solo no tomes una decisión precipitada. Confía en mí, conseguiré algo.

—Pero Jared, no puedo… —Ella negó con la cabeza—. No tengo tiempo.

—Solo una semana. Es todo cuanto pido.

Jenny lo miró, indecisa.

—Por favor… —insistió, sin dejar de mirarla a los ojos.

Jenny suspiró.

—¿Y si no puedes hacerlo? ¿Si no hay nada para mí aquí?

—Entonces te ayudaré a hacer el equipaje y te llevaré a donde sea que decidas mudarte. —«Y tal vez me mudaría con ella».

Ella sonrió y asintió.

—De acuerdo. Una semana. —Le señaló la punta de la nariz con un dedo—. Pero ni un día más.

—Es una promesa. —Él tomo su dedo entre los suyos y lo estrechó.

Y así permanecieron, él estrechando un único dedo, como si con ello fuera a conseguir de alguna forma que ella no se fuera de Sheffield.

De su vida.

¿Por qué le importaba tanto?

No lo sabía.

Solo sabía que no podía alejar el tacto de su piel, el calor de su mano, de ese único dedo que envolvía con tanto énfasis entre los suyos, como si con ello se le fuera la vida.

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Capítulo 8

Después de hacer algunos arreglos en las ventanas de la casa, Jared pasó el resto de la mañana jugando con Felicity y Jenny en el bosque. No recordaba haberse divertido tanto en años con algo tan sencillo como un juego de las escondidas. Algo que no hacía desde que era pequeño y él y sus hermanos corrían por el enorme jardín de su casa en Ohio. Felicty llevaba a cuestas su muñeca de pelo rojo, le había quitado la ropa y pintarrajeado la cara, lo que Jared supuso la convertía en su favorita, pues la niña no la soltaba ni para correr entre las hojas secas de los árboles.

Cuando accidentalmente el brazo de trapo de la muñeca se desprendió a causa de una espina que se enredó en la tela, la pequeña adoptó una expresión sinceramente preocupada en su rostro. Jenny estaba tan contenta de ver ese nuevo comportamiento en Felicity que actuó como si su hija se hubiera ganado el Nobel. Tras llevarla de vuelta a la casa, cosió con cariño la tela rota ante la atenta mirada de la pequeña y no dejó de felicitarla por su comportamiento.

Felicity cada día tenía mayor empatía, le había explicado Jenny cuando su hija volvió a alejarse, corriendo entre los árboles. Un logro descomunal para un niño con autismo, «un paso en la luna», como ella lo veía.

Y Jared no pudo evitar sentirse tan contento como ella.

Camino a casa, la imagen de Jenny sonriendo y abrazando a su hija se repetía en su mente una y otra vez. Era tan diferente a la mujer que una vez creyó amar…

Joana no solo había abortado a su hijo, del que nunca le dijo una palabra hasta haberse deshecho de él como si fuera una bolsa de basura. Siempre había sido egoísta y frívola, algo que no notó hasta el momento en el que ella le declaró la verdad, junto con la noticia de que lo abandonaba. La había odiado tanto por lo que había hecho con el hijo de ambos, que ni siquiera le importó que ella tomara todas sus cosas del apartamento que tenían en común en Ohio y mudado a otra parte del mundo sin siquiera decir adiós.

La verdad es que no le sorprendió. Ella nunca le dio importancia al daño que podía ocasionar en otros con sus acciones. Hizo siempre lo que creyó mejor para ella, en el sentido más egoísta, y se marchó sin mirar atrás, dejando tras ella los trozos de un corazón destrozado.

Jared nunca había vuelto a ser el mismo después de eso. Nunca dejó entrar en su vida a otra mujer. Nunca permitió que otra persona atravesara las barreras que había alzado a su alrededor, ese escudo invisible que lo protegía de ser herido una vez más.

Y entonces conoció a Jenny.

Y de alguna manera sabía que ella estaba consiguiendo lo imposible, colándose en un sitio que él había mantenido a resguardo por más de tres años: su corazón.

Desde que la vio por primera vez, de pie en el umbral de su puerta, su sonrisa comenzó a derretir el hielo alrededor de su corazón.

No sabía cómo, pero esa mujer comenzaba a ocupar un lugar profundo en su ser.

Y no podía permitir que se marchara…

Al llegar a casa, descubrió un jeep familiar estacionado en la entrada.

Con una sonrisa en los labios, Jared bajó de la camioneta y se dirigió al porche trasero, donde encontró a su hermana sentada en el columpio bajo el nogal, tal como había supuesto. De hecho, había hecho colgar ese columpio solo por ella.

Podía ser que Jackie fuera una mujer adulta, pero tenía un corazón infantil y alegre, así como el optimismo y el gusto por las cosas sencillas de la vida, como un columpio hecho con un neumático viejo colgado de un árbol en el jardín.

En cuanto lo vio llegar, Jackie bajó de un salto del columpio y corrió hacia él. Abriendo los brazos en cruz, se lanzó sobre el cuello de su hermano y se colgó de él, sin dejar de llenarle el rostro de besos.

—¡Hey, ya para, que me desgasto! —bromeó Jared, provocando que su hermana lo besara todavía más.

—Espera, no te he dejado marcas de pintalabios en esta parte del cuello —le dijo su hermana, besándolo en el cuello—. Que todas las chicas de Sheffield sepan que tienes una sola mujer en tu vida.

—Sí, mi hermanita menor, que es una terrible celosa, por cierto.

—Sin duda. —Jackie se soltó al fin de él y lo estudió con la mirada—. Listo, creo que ya he marcado mi territorio.

—Estás loca, hermana. ¿Por qué nunca haces esto con Jason?

—Porque nuestro hermano mayor es un capullo que sabe cuidar de sí mismo. En cambio tú necesitas un poco de ayuda.

—¿Para lucir como si acabara de salir de una despedida de soltero realmente caliente?

—No, es una especie de mensaje que dice: «Este hombre no está solo, tiene una hermana que lo protegerá a capa y espada de cualquier mujerzuela que se atreva a poner un ojo sobre él, y no dudará en patear traseros si es necesario».

—Lo digo otra vez: estás loca.

—Mereces protección, un aviso —continuó ella, dejando volar su ya de por sí extravagante imaginación—. Igual que esas hermosas propiedades con carteles de «cuidado con el perro» en la puerta.

—¿Y tú eres el perro?

—Exacto, y morderé a quien ose lastimarte de nuevo. —Ella sonrió satisfecha.

—Lo dije y lo repito, estás como una cabra.

—Solo un poco. —Se encogió de hombros—. Pero así me quieres. Admítelo.

Jared sonrió, asintiendo con la cabeza.

—Pero gracias… por la intención. Sé que pretendes cuidarme a tu muy loca y fantasiosamente ninja manera —dijo, abrazándola por los hombros—. ¡Dios, Jackie, estás fría como un témpano! ¿Por qué no entraste en la casa? Tienes llave.

—Me aburrí allí dentro, llevas tres años viviendo allí, ¿por qué no consigues unos muebles? Cuando compraste esta casa dijiste que era un proyecto a futuro, ¿de qué futuro hablabas? Porque lo único que veo allí creciendo y prosperando es el musgo y los hierbajos.

—Tal vez comience a hacer cambios en la casa. —Sonrió ligeramente cuando la vaga imagen de una recámara matrimonial decorando su habitación llegó a su mente. En ella, una menuda mujer de cabello castaño rojizo le sonreía desde la cama, donde sus dos pequeños hijos jugaban a su alrededor, dando saltos entre los cojines.

Jared parpadeó, apartando esas absurdas ideas de su mente. Él no era de los tipos que se comprometían, y menos con una mujer que trajera una familia a cuestas.

Aunque por alguna razón, el solo pensar en su futuro sin ella a su lado, le quitaba toda la luz que podría notar en cualquier visión de una vida alegre en su porvenir.

—¿Dónde estabas, por cierto? —le preguntó su hermana, sin notar el cambio de ánimo en Jared—. Te he esperado casi una hora, estaba a punto de irme. Da gracias que tienes algo de diversión en el jardín, o me habría marchado hacía rato.

—¿Te has dado cuenta de que tienes más de cinco años?

—No, aún no. —Ella se encaminó a su jeep.

—¿A dónde vas?

—No temas, no me voy todavía.

—No dije eso, solo quería desearte suerte a donde fuera que te dirigieras.

—Jaja, muy gracioso. —Sacó algo de la guantera y se volvió—. Toma, te traje esto.

—¿Qué es? —preguntó Jared, tomando el panfleto que Jackie le tendía.

—Es la información del centro de equinoterapia para niños que me pediste, ¿para qué lo necesitas? ¿Algún niño del hospital necesita esta clase de terapia?

—No, es para la hija de una vecina. Tiene autismo, y por lo que estuve investigando, estas terapias suelen ser de gran ayuda.

—No sé si ayude, pero seguro que se divertirá. Cuando fui a preguntar me topé con varios niños y todos estaban contentísimos. Al parecer el montar a caballo les resulta divertidísimo, además de que por lo que leí, les brinda algunas cosas buenas en el aspecto motor y nervioso. Pamplinas que leerás en ese folleto, no tengo que entrar en detalles. Tú eres el genio de la familia, no yo. —Hizo un gesto con la mano para quitarle importancia—. Por cierto, pregunté sobre la beca y por ahora no tienen cupo. —Hizo una mueca—. Lo siento.

Jared frunció el ceño. Sin beca, Jenny no podría costear las clases.

A menos que él hiciera algo para remediarlo.

—Vamos adentro, Jackie. Quiero que me cuentes más. —Le pasó un brazo por el hombro y la llevó con él al interior de la casa—. Y por favor, lo que tratemos aquí, se queda aquí.

—No sé por quién me tomas. Esa ha sido la regla de los Zivon desde que tengo memoria en cuanto a asuntos de dinero se trata.

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Capítulo 9

—¿A dónde vamos, Jared? —Jenny no dejaba de mirar por la ventanilla, buscando algún punto que le resultara familiar en el camino.

—Te lo dije: cuando lleguemos allí, lo sabrás. —Jared le dedicó una sonrisa misteriosa mientras dirigía una rápida mirada a través del retrovisor hacia la parte trasera. Felicity, sentada en su sillita de viaje, permanecía tranquila con su muñeca pintarrajeada sujeta contra el pecho mientras miraba por la ventanilla—. Es una sorpresa para Felicity.

Jenny sonrió y se cruzó de brazos, quedándose al fin en silencio. Jared había llegado esa mañana a buscarlas para llevarlas a un sitio desconocido como una «sorpresa», tal como acababa de decirlo, sin dar pista alguna del destino.

Torcieron a la derecha por un camino de grava. Jenny abrió la boca al leer las letras grabadas a fuego en un gran cartel hecho de madera, que permanecía entre dos vigas, colgado sobre sus cabezas:

«Rancho Ferénikos»

—Jared, ¿qué es este lugar? —Jenny se quedó sin habla cuando a la distancia quedó a la vista un campo de equitación donde varios niños montados a caballo recibían clases especiales.

Los pequeños eran acompañados por varios adultos, que los ayudaban a moverse y adoptar diferentes posturas sobre la montura, a medida que el caballo mantenía un paso ligero.

—Sorpresa —anunció Jared, estacionando la camioneta—. Hemos llegado a tu primera clase de equinoterapia, Felicity.

—Pero… —Jenny lo miró boquiabierta—. Es maravilloso, Jared. De verdad te lo agradezco. Pero no puedo costear esto.

—No te preocupes por eso, mi hermana es veterinaria y tiene contactos, te han dado una beca completa para Felicity.

—¿Qué?

—Como lo has oído. —Sonrió y bajó de la camioneta—. ¿Te importaría abrir tu propia puerta? Quiero tener el honor de ayudar a esta damita a bajar del coche.

Jenny aún no podía articular palabra, se quedó mirando cómo Jared bajaba a Felicity de su sillita y la conducía en volandas hasta una cabaña cercana.

—¿Vienes Jenny, o vas a quedarte allí a atrapar moscas?

—Muy gracioso. —Jenny sonrió y lo siguió.

—Es lo que iba a pasar si te quedabas allí plantada otro segundo con la boca abierta.

Jenny se rio y caminó a su lado, hasta llegar al interior de la cabaña donde un enorme letrero colgado junto a la puerta anunciaba que allí estaba la oficina. Una mujer joven sumamente hermosa, tan alta como una modelo, de piel morena, espeso y largo cabello negro azabache y grandes ojos azules, salió a recibirlos. Al ver a Jared, Corrió a abrazarlo y le plantó un sonoro beso en la mejilla.

—Tardaste demasiado, se supone que debías estar aquí hace cinco minutos —le reclamó, aunque no dejaba de sonreír.

Jenny la miró un poco intimidada. Había un aire familiar en ella, aunque no supo con certeza de qué se trataba.

—Lo siento, creo que me detuve a tomar un poco de aliento en el camino. —Jared bromeó—. Jackie, esta pequeña es Felicity, nuestra invitada.

—¡Hola, Felicity! —Jackie extendió los brazos y le hizo cosquillas en la barriga a Felicity.

La niña, rodeando firmemente el cuello de Jared, como si de él consiguiera toda la protección que necesitaba, se rio ligeramente.

—No tengas miedo de mí, pequeñita. Soy buena chica, un poco loca, pero en el buen sentido —bromeó—. Nos vamos a divertir mucho hoy. También es mi primera clase, y trabajaré contigo, preciosa.

Jenny notó que ella tenía un carácter dulce y juguetón, que encajaba perfecto con los terapeutas que solían trabajar con niños con autismo. Y Felicity debió sentirse atraída por ella, porque terminó por ceder y dejarse llevar a los brazos de la mujer, quien la abrazó y la llenó de besos, a pesar de la reticencia de la pequeña, poco a acostumbrada a esa clase de tratos por parte de desconocidos.

—Lo siento, no te incomodaré, lo prometo —dijo Jackie sin molestarse en lo más mínimo, haciéndole cosquillas en la barriga otra vez.

Jared reía con tantas ganas que Jenny habría jurado que se había olvidado de ella, hasta que notó que él le tendía una mano, invitándola a acercarse.

—Jackie, te presento a Jenny, mi vecina y la madre de Felicity.

La sonrisa de Jackie se tensó al posar sus ojos claros sobre Jenny, a medida que se enderezaba en toda su estatura. No era tan alta como Jared, pero Jenny se sintió como uno de los enanitos de Blanca Nieves a su lado. Esa mujer era una belleza de esas que solo se veían en las revistas de moda posando con trajes que costaban más de lo que ella ganaba en un año.

—Jenny, ella es mi hermana menor, Jackeline. Es veterinaria y se ha ofrecido voluntaria para la terapia de Felicity.

Los ojos de Jenny se ampliaron enormemente, ¿su hermana?

—¿Y eres veterinaria? —preguntó antes de poder detener los pensamientos que acudieron a su mente.

—Sí, soy la oveja negra de la familia, la única médico de animales entre un montón de cirujanos y estudiosos de la medicina humana moderna, ¿algún problema? —Puso los brazos en jarra, dirigiéndole una mirada realmente molesta.

—¡Jackie! —la reprendió Jared, pero ella no mudó su postura.

—No tengo problema en ello, soy la oveja negra también, solo que en medio de un montón de abogados. Y no solo eso, soy la única que no fue a la universidad, se graduó de una carrera técnica y casó con un perdedor a los diecinueve.

—Me caes bien —sentenció Jackie, sonriendo al fin—. Eres más perdedora que yo.

—¡Jackie, ya basta!

—No diría perdedora, y tú definitivamente no lo eres. —Jenny fue ahora la que puso los brazos en jarra—. He escuchado que la carrera de veterinaria es mucho más complicada que la medicina humana. Si te he preguntado eso es porque habría asumido que eras una supermodelo.

—¿Supermodelo? —Jackie soltó una carcajada—. En definitiva me caes bien, vecina de Jared. ¿Cómo dices que te llamas?

—Jenny, hermana de Jared. —Jenny contestó del mismo modo.

—Otra J. —Jackie rio—. Perteneces a esta familia, en definitiva. ¡Hey, Jared, ella tiene mi permiso para traspasar la barrera!

Jenny frunció el ceño.

—¿Qué barrera?

—Olvídalo. —Jared pasó un brazo por sus hombros, en un gesto protector. Jackie sonrió al verlo y sus ojos adoptaron un brillo pícaro que provocó que las cejas de Jared se juntaran en amenaza.

—De todos modos no necesitabas mi permiso, Jenny. Este pringado no me habría dejado morderte el culo.

—¿Qué?

—Jackie, deja a un lado tus teorías de perros antes de que termines provocando un serio malentendido —gruñó Jared—. Anda, date prisa, que te esperan para comenzar la clase. Felicity, Jenny y yo te seguiremos. Pero no de cerca.

—Solo bromeo, lo sabes, ¿no es así, Jenny? —Jackie intentó menguar las cosas entre ellas—. Entre hermanos es lo habitual.

—Sí, supongo… Pero yo no soy tu hermana —contestó ella, molesta.

—Todavía. —Jackie le guiñó un ojo antes de alejarse corriendo.

—Dios mío, dime que no dijo eso —Jared masculló de mal humor.

—Descuida, no fue tan incómodo como imaginas.

—¿Estás segura?

—Fue peor cuando me pediste matrimonio —contestó Jenny a modo de broma, alejándose de él con Felicity de la mano.

Media hora más tarde, sentados en las butacas a un costado de la pista, Jenny observaba fijamente a su hija montada sobre el lomo del caballo. A pesar de que la rodeaban cinco personas y que el caballo apenas se movía, ella no podía dejar de mover las manos, restregando sin compasión la tela de su abrigo, demasiado nerviosa como para quedarse inmóvil.

—Tranquila, estará bien. —Jared posó una mano sobre las suyas, en un gesto tranquilizador—. Hay mucha gente cuidando de Felicity, no tienes que ponerte tan nerviosa. Disfruta este momento. Tu hija se lo está pasando fenomenal.

Jenny sonrió.

—Es cierto. —Suspiró, dándose cuenta de que se preocupaba por nada—. A veces me cuesta disfrutar esta clase de momentos.

—¿A qué te refieres?

—Sobre lo que dice la gente, que los pequeños momentos alegres de la vida son realmente los que importan.

—Bien dicho. —Sonrió—. Y en adelante tendrás muchos momentos como este para disfrutar.

—Sería magnífico, de verdad. —Jenny suspiró—. Lástima que no dure.

—¿Por qué no ha de durar?

—Porque me voy pronto, ¿recuerdas?

—¿Todavía sigues con eso en mente? ¿Después de ver esto? —Señaló a la pista donde Felicity reía a carcajadas sobre la silla del caballo.

—Por supuesto que sí. Es decir, te agradezco esta oportunidad, Jared, pero sabes que no puedo quedarme. Necesito encontrar un empleo, y pronto. Las cosas se van a complicar dentro de unos meses y debo juntar dinero para cuando el bebé llegue.

—Me has dado una semana, no lo olvides —le recordó.

—Sí, lo sé.

—Hey, no te des por vencida. —Jared la abrazó por los hombros, en un gesto protector—. Aún tengo hasta el domingo, así que más te vale que cumplas tu palabra y no despegues tu trasero de esta ciudad hasta que yo te haya conseguido un empleo decente.

Ella se rio, y por alguna razón desconocida, su risa le resultó la más hermosa que había escuchado, calentándole el corazón de una forma que ninguna otra había podido hacerlo antes.

—Está bien. —Ella asintió, soltando una exhalación de aire—. Hasta el domingo no separaré mi trasero de esta ciudad.

Se quedaron en silencio por un par de minutos. Jared no podía dejar de observarla, cada detalle en su rostro le resultaba atrayente, como si fuera capaz de descubrir algo nuevo en él cada vez que la miraba, igual que al momento de alzar la vista al cielo nocturno y notar que más y más estrellas aparecen, iluminando con su resplandor la bóveda nocturna.

—¿Qué pasa? —Ella notó de pronto su mirada fija—. ¿Tengo algo en la cara? —Se cubrió la nariz con una mano, provocando que él riera.

—No, no. Solo estaba pensando.

—¿En qué?

—Esperaba no haberte asustado con mi propuesta. Ya sabes… de matrimonio. —Un ligero rubor cubrió sus mejillas.

—¿Lo dices por lo que dije hace un momento?

Jared asintió.

—Oh, no, solo bromeaba. —Ella hizo un gesto con la mano para quitarle importancia—. Tranquilo, se necesita mucho más que una pedida de mano para ahuyentarme. No soy tan fácil de asustar.

—Lo sé.

—¿En serio?

—Seguro. No cualquiera se lanzaría en la travesía que tú has elegido —señaló su vientre.

—Por favor, es solo un bebé.

—A muchas personas les aterra siquiera pensar en ello.

—A ti no. —Sonrió—. Y a mí no. Y la verdad es que no entiendo a esa clase de personas. Un bebé es algo hermoso, un milagro de vida. No algo terrible que debe provocar temor. Creo que las personas que le tienen miedo a enfrentarse a esto —puso las manos sobre su vientre—, tienen en realidad miedo de su propio miedo, y se excusan tras él para no enfrentársele. Si lo hicieran, se darían cuenta de que un pequeño bebé no es algo a lo que temer. Es decir, los has visto; son pequeños, tiernos y huelen de maravilla. Eso sí, olvídate de dormir por las noches.

—Y los cambios de pañal.

—Te acostumbras. Hay cosas mucho peores que un pañal sucio y seguramente tú las has visto todas trabajando en un hospital y eso —él se encogió de hombros como respuesta—. Así que créeme. Las noches. Eso es lo peor.

Él rio.

—Pero por la recompensa vale la pena el esfuerzo.

—Claro que sí. —Sonrió, mirando a su hija sobre la silla de montar con completo orgullo y cariño.

—¿Has pensado contárselo a tu ex?

Jenny tardó un momento en comprender a qué se refería hasta que él le indicó su vientre con un gesto de la cabeza.

—No —dijo con rotundidad, borrando la sonrisa de su rostro.

Él la miró gravemente.

—Es decir, sí, lo he pensado. Pero decidí no hacerlo. Al menos no todavía.

—¿No crees que él tiene derecho a saber de su hijo? —Jared comprendió por una fracción de segundo que tal vez estaba proyectando su propio sentir ante su mala experiencia, pero no pudo morderse la lengua y continuó hablando—. Tu ex es quien debería decidir si desea formar parte de la vida de su hijo, ¿no lo crees?

—Sí, si él se hubiese ganado ese derecho. —Jenny frunció el ceño, adoptando un semblante muy serio.

—¿Y por qué crees que tú eres juez para decidirlo?

Ella se puso de pie, molesta, y se dirigió a la salida.

—Jenny. —Jared la siguió—. No quise que sonara de ese modo. Solo trataba de decir que…

—Lo entiendo —ella lo interrumpió—. De verdad que sí, Jared. Comprendo a lo que te refieres, pero… Sencillamente no estoy lista para lidiar con ello ahora.

—Para enfrentártele.

—Para perdonarlo.

Él la miró intensamente, al tiempo que una ola de ideas llegaba a su cabeza; el motivo por el que ella apareció tan abruptamente en la zona…

—¿Te engañó? —preguntó—. ¿Es eso por lo que te fuiste? ¿Te hizo daño? ¿Te golpeó, Jenny? Porque si te puso un dedo encima….

—No, no, Jared, no es eso. Yo no hui. Te lo dije, fue él quien me abandonó. Él no soportó que Felicity tuviera autismo, que su hija no fuera la «niña perfecta» que él deseaba. Que él había asumido que era. —El rostro de Jenny se tiñó de tristeza—. Veíamos a la misma pequeña hijita que hicimos juntos con ojos distintos; lo que para mí era perfecto, para él era una desgracia. Y terminó por abandonarnos a ambas.

—Malnacido. —La rabia se encendió en el interior de Jared—. ¿Cómo pudo hacerte eso? A las dos… Abandonaros porque su hija tiene autismo…

—No es el primero que lo hace y seguramente no será el último. Pero era mi marido, el padre de Felicity, y eso me dolió, Jared. Y no puedo perdonárselo. No todavía —musitó, jugando con las hojas doradas de un árbol de maple, en un gesto nervioso—. Él y yo nos distanciamos hace años. Luché tanto por nuestro matrimonio, pero él sencillamente estaba en otra parte. Su trabajo lo consumía, y creo que a Lionel le gustaba eso, nunca estar en casa, salir de viaje de negocios, pasar el menor tiempo posible con su familia. Llegó un momento en el que era más raro el verlo en casa, que estar sin él. Era un extraño en nuestro propio hogar. —Suspiró—. Sin embargo, Felicity lo adoraba. Cada vez que lo veía, corría a sus brazos y él… —La voz se le quebró—. Él solo la apartaba.

Jared no supo qué hacer, se mantuvo en silencio, escuchando.

—Yo podía aguantarle muchas cosas a Lionel, pero no que tratara así a mi pequeña. Ella siempre ha sido todo para mí. Desde que supe que existía se convirtió en todo mi mundo y me dediqué completamente a ella. El vacío que sentí toda mi vida aquí —señaló su corazón—. Felicity lo llenó. Y nunca pude entender cómo él no veía eso. Lo hermosa que era. Lo perfecta, maravillosa, la niña tan, tan, tan…

—Amada y especial para su madre —Jared terminó la frase.

—Sí. —Ella sonrió, sus ojos luminosos por las lágrimas—. Exactamente —asintió—. Recuerdo haberlo amado tanto cuando nos casamos, pero después… no pude sentir más que desprecio por él. Y si él llegase a querer al bebé, a preferirlo sobre Felicity… Eso me haría odiarlo. —Negó con la cabeza—. Felicity merece algo mucho mejor que el desprecio de su padre. Y si el bebé también tuviera autismo y él también lo rechazara… Eso me haría odiarlo también.

Jared se movió más cerca de ella, quería abrazarla, pero ella lucía como si mantuviera una especie de muro a su alrededor, impidiendo que nadie se le acercara.

—Y no quiero odiar, Jared —continuó diciendo ella, manteniendo la mirada fija a lo lejos, en dirección a donde se encontraba Felicity, todavía a lomos del caballo—. Quiero amar. Amar a mis hijos, ser feliz… No quiero que el odio ni el resentimiento o el desprecio formen parte de nuestras vidas. —Ella se secó las lágrimas con el dorso de la mano—. Lionel quedó atrás y con él todo lo que nos hizo. Ahora esta es nuestra vida. Y en nuestra vida debe haber solo bienestar, alegría, sonrisas… Muchas, muchas sonrisas. —Inspiró hondo y lo miró—. Es hora de dejar atrás el dolor para dar cabida a la felicidad.

Él no pudo dejar de sentirse sorprendido por esa determinación. En un impulso llevado fuera de la razón, la rodeó entre sus brazos y la estrechó contra su pecho, en un abrazo.

—Lo conseguirás, pequeña guerrera —le dijo en un murmullo bajo, lleno de intensidad—. Por Dios que lo conseguirás.

—Jared, ¿puedo pedirte un favor?

—El que sea.

—¡Deja de llamarme pequeña!

Él soltó una carcajada y la abrazó con más fuerza.

—¡Pero si eres tan pequeña que pareces una muñeca! —Le pellizcó la nariz—. ¡Eres tan tierna!

—Quita esa mano o la perderás para siempre —masculló ella, dándole una palmada.

—Bien, como quieras —él dijo entre risas—. Aunque enojada te ves tan dulce.

—¡Ahhhh! ¡Eres imposible! —gruñó Jenny, intentando zafarse de su abrazo, pero él solo la mantuvo con más fuerza—. ¡Oh, no!, ¡aleja esas manos! —chilló al notar sus intenciones—. ¡Te dije que no me gustan las cosquillas! ¡No! —Se retorció entre carcajadas cuando Jared comenzó a hacerle cosquillas, a pesar de su negativa.

Ambos cayeron al suelo, cubierto por una alfombra de hojas secas, todavía riendo.

—Eres… un… desalmado… —Jenny masculló entre jadeos, tomando largas bocanadas de aire. No se había reído tanto desde que era una niña—. Te dije que odio las cosquillas.

Jared sonrió, su rostro a escasos centímetros del de Jenny.

—Sirvieron para hacerte reír cuando lo necesitabas. —Él se encogió de hombros—. Cumplí mi objetivo y no me arrepiento. —Y acercándose a su oído, añadió—: Pequeña guerrera.

—Oh, ahora sí te has ganado mi odio —lo amenazó en broma—. Tendrás que pagar el precio de mi venganza. —Ahora ella comenzó a hacerle cosquillas, aprovechando su posición ventajosa, bajo su cuerpo.

Jared se hizo a un lado, buscando no lastimarla, riendo a carcajadas. Jenny no le dio tregua, se montó a horcajadas sobre él, provocando que otra clase de emoción muy distinta se encendiera en su interior, haciendo cobrar vida a una parte muy específica de su anatomía.

—¿Te rindes? —le preguntó ella, inclinada sobre su rostro. Sus rizos rojos se habían soltado de su cola de caballo y caían en cascada sobre su rostro.

Jared tragó con fuerza. Dios, tenerla de ese modo era una tortura. Ella se había sentado por encima de sus caderas, provocando que la presión en su entrepierna aumentara dolorosamente.

—Jamás —contestó él, mirándola con un brillo intenso en los ojos que borró la sonrisa en el rostro de Jenny.

Como si recién se percatara de lo que estaba haciendo y dónde se había sentado, ella palideció y se enderezó. Sus caderas se movieron, restregándose contra su zona afectada, provocando que la intensidad de su excitación solo aumentara.

—Oigan, ustedes dos, par de críos, los llevo buscando diez minutos —les gritó Jackie, acercándose a ellos con Felicity de la mano—. La princesa ha terminado su primera clase y se preguntaba dónde estaban los adultos que la trajeron, pero al verlos así, comienzo a hacerme la misma pregunta —les dijo en tono de broma—. Vengan a la oficina cuando terminen de jugar entre las hojas, tenemos que acordar el horario de las clases.

—¡Estaremos allí en un segundo! —gritó Jenny, poniéndose de pie y tendiéndole una mano a Jared para ayudarle a hacer lo mismo.

Jared la miraba fijamente, de una forma que comenzaba a incomodarle ligeramente, a la vez que provocaba que su corazón latiera a toda carrera.

—¿Tregua? —le preguntó, forzando una sonrisa.

—Ni lo pienses, pequeña guerrera —le dijo en voz baja, para que solo ella lo oyera—. Esto apenas acaba de comenzar.

Jenny se alejó con una sonrisa, aunque en su interior algo le decía que en las palabras de Jared había mucho más escondido.

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Capítulo 10

Esa mañana, Jared se encontró de camino a casa de sus vecinas llevando consigo varias latas de pintura, madera y herramientas con la intención de pasar todo el día haciendo reparaciones en la «Mansión embrujada». Si Jenny iba a quedarse a vivir allí permanentemente, sería mejor que no hubiera goteras en el techo y la pintura estuviera retocada. No podía permitir que una niña pequeña y un bebé recién nacido vivieran bajo esas condiciones.

Al llamar a la puerta, una Jenny descalza, vestida con pantalones cortos de mezclilla y un disfraz colorido, que no atinaba a decir si se tratara de un hada o una princesa árabe, acompañado por un gorro de arlequín, le fue a recibir.

—¡Hola! —lo saludó ella con singular alegría, y Jared notó que llevaba pintada la cara de blanco y la boca muy roja y remarcada.

—Hola. —Se quedó petrificado al verla. Tuvo que recordarse mentalmente que estaba tratando con su vecina, una mujer más a la que debía mantener a raya, y no con una verdadera ninfa del bosque.

Aunque su belleza, su alegría, su cuerpo curvilíneo, cada una de sus características, le hacían olvidarlo.

Ni siquiera podía ver alguna marca del embarazo todavía. Era tan menuda como un junco.

—Disculpa la facha. —Ella se rio, quitándose el gorro y dejando caer sobre los hombros unos delicados rizos castaño rojizo.

Jared tuvo que apretar los puños para detener el impulso de alargar la mano y tocarlos.

—¿Qué estáis haciendo? —preguntó al ver que Felicity, también disfrazada, bajaba la escalera para ir a recibirlo.

—Estamos jugando —contestó a lo obvio, apartándose para permitirle entrar—. Es parte de la terapia que llevo con Felicity. Jugamos a lo que ella quiera, es una interacción muy animada, basada en la comprensión y la aceptación. Hay muchas risas, juego y amor, por supuesto. Como te comenté, es lo que me encanta de esta terapia.

—Suena estupendo —comentó Jared con sinceridad, abrazando a Felicity por los hombros, que en ese momento se había acercado y rodeado su pierna con sus bracitos en un abrazo.

—¿Te gustaría probar?

—¿Qué?

—Se supone que deben participar varias personas. Como me acabo de mudar, todavía no he conseguido a nadie que le interese unirse a nuestra terapia, pero si tú quisieras, podrías hacerlo. Yo te enseñaría. Es sencillo en realidad, como te dije, se basa en la aceptación. Solo tienes que divertirte y dejarte llevar. —Se encogió de hombros y abrazó a su hija, besándola en la mejilla—. Ella hará el resto.

Jared dudó p

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