Limoncello para Lena y ¡adiós a su pena! (Ebrias de amor 6)

Ana Álvarez

Fragmento

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Prólogo

Me llamo Elena Parras y soy una mujer seria, jefa responsable del departamento comercial de una importante empresa automovilística, tranquila, conservadora y eficiente. También abstemia, todos en el trabajo lo pueden atestiguar. Pero eso cambia los jueves por la noche, cuando me reúno con mis amigas del JB. Entonces dejo salir a la auténtica mujer que hay en mí, escondida bajo mil capas de seriedad y eficiencia. Divertida, alegre y me tomo alguna que otra copa de limoncello, aunque nunca tantas como para perder la conciencia de mis actos. Eso solo lo hice una vez. Bebí no hasta emborracharme, eso no lo he hecho jamás, pero sí lo suficiente para aceptar los avances del hombre que me gustaba desde hacía meses y pasar una noche con él. Fue un grave error, no porque la noche no fuera maravillosa. Era un gran amante, ya podía serlo a juzgar por la cantidad de mujeres que han pasado y pasan por su cama, y me hizo disfrutar de un sexo tórrido y desinhibido que yo creí especial. Pero no lo fue, al menos no para él. Por la mañana se limitó a un «buenos días», y a si te he visto no me acuerdo. A pesar de que debemos vernos a menudo porque forma parte de mi empresa. Por fortuna, no de mi departamento. Para él nuestra noche no existió y yo me comporto como si para mí tampoco. Como si sus besos y caricias no hubieran encendido el amor donde antes solo había atracción para mí. Como si verlo quedar con otras no me importase lo más mínimo.

Ese fue el motivo de mi incorporación al JB o grupo de los Jueves Borrosos, como solíamos llamarlo. Una tarde, antes de salir del trabajo, pude escuchar a una de las chicas de mi departamento comentar con otra que había quedado con él. Esta le dijo que tuviera cuidado, que no se colgara por muy bien que se lo hiciera pasar en la cama, porque no habría una segunda vez. Y también que la mayoría de las mujeres de la empresa habían gozado de sus favores en alguna ocasión. A pesar de que ya lo sabía, no pude evitar sentirme fatal y me encerré en el baño para llorar a escondidas. No sé por qué me derrumbé, en otras ocasiones lo había controlado, pero era como si el dolor de meses hubiera encontrado un resquicio por donde salir.

Lloré y lloré, no podía parar. Hasta que Vero, la última chica incorporada a mi sección, me escuchó, me hizo salir del cubículo donde estaba encerrada y contarle el motivo de mi pena. Solo le dije que el hombre del que estaba enamorada había quedado con otra, no el nombre, puesto que ella lo conocía. Si había algo que no soportaba era que todos supieran que era una más en su larga lista. Nunca le había contado a nadie que la noche de la cena de empresa nos fuimos juntos y él lo había olvidado horas después. Porque una cosa es cierta, eso tengo que reconocerlo, y es que jamás hablaba de sus conquistas, ni se jactaba de ellas. No les daba la menor importancia, solo era un dato más en su vida, y de datos él sabía mucho.

Vero me escuchó en silencio, con esa sabiduría que da el haber estado alguna vez en el lugar del otro y, aunque yo me resistí un poco, me llevó aquella noche a una de sus reuniones borrosas con sus amigas. Me salvó la vida, porque aquellas mujeres tan distintas entre sí, tan alocadas y maravillosas, me acogieron como una más de ellas, me incorporaron a su grupo, el JB, y me sacaron el palo que tenía metido en el trasero, sin ser siquiera consciente. Con ellas dejaba de ser jefa, aunque Tere a veces me pedía que sacara a relucir mi autoridad en determinadas situaciones. Con ellas volvía a ser la jovencita que podía cometer alguna tontería, nunca tan terrible como las de Anisi, nuestra loca particular, pero sí comportarme sin la rigidez que conlleva tener un puesto de responsabilidad en una empresa. De hecho, dejé mi nombre para el trabajo y les pedí que me llamaran Lena, como cuando estaba en el instituto. Diminutivo que había dejado atrás hacía bastante tiempo.

Las chicas del JB me alegraron la vida, especialmente los jueves por la noche, y consiguieron que entre Vero y yo se estableciera una amistad que iba más allá de una relación de trabajo. Algo que llevábamos en secreto, jamás en la empresa dábamos a entender que éramos amigas, para evitar suspicacias y acusaciones de favoritismo de ningún tipo. En el trabajo, subordinada y jefa; fuera de él, ebrias de amor, como a veces nos gustaba llamarnos. Porque ella estaba casada con Óscar, uno de los informáticos, y el amor le rebosaba por todos los poros. A mí también, solo que el mío no era correspondido.

La noche que conocí al resto de miembros del JB todas estábamos sin pareja, solo Vero empezaba a salir con Óscar, pero después ellas habían ido conociendo a sus medias naranjas: Romi mantenía una relación de lo más divertida con un famoso actor turco al que había conocido cuando la contrató como su maquilladora personal. Chus estaba feliz con un policía nacional, su Jesucristo particular como lo llamábamos, porque era muy religiosa y el sobrenombre estaba relacionado con la primera vez que se vieron. Tere, tras muchas citas locas en las que cada una de sus amigas intentamos emparejarla con conocidos nuestros, acabó con un sosegado administrativo de la Seguridad Social, que no ha conseguido en absoluto aplacar su carácter rebelde y brutalmente sincero. Tere, como decimos las demás, genio y figura hasta la sepultura.

Y Anisi logró por fin llamar la atención, aunque la atención la llama siempre con su divertida forma de ser y su simpatía, del director del banco que le gestiona las hipotecas de sus ventas, del que estaba locamente y enamorada de forma platónica desde hacía tiempo.

Todas habían encontrado el amor menos yo, que solo tenía desamor en mi vida. El enigmático míster Parras, como lo llamaban a veces. Porque después de más de un año de amistad, seguía sin desvelarles la identidad del hombre que poblaba mis sueños y también mis desvelos. No podía hacerlo porque todas lo conocían, porque no era otro que Ismael, integrante del departamento de informática de mi empresa y amigo íntimo de Óscar, el marido de Vero. Todas tuvieron ocasión de conocerlo en su boda y en alguna ocasión anterior en un karaoke, al que mis amigas son tan aficionadas. Y yo también estaba comenzando a disfrutar lanzando gorgoritos al aire cuando se terciaba. Como ya he dicho antes, Elena se quedaba en AUTISA, y también allí dejaba a Ismael, a buen recaudo encerrado en mi corazoncito.

Porque sé que mis amigas intentarían de alguna forma emparejarnos, con lo que solo conseguirían ponerme en evidencia por muy buena que fuera su intención. Ismael debía seguir siendo mi secreto tanto en la oficina como en el JB.

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Capítulo 1

El almuerzo en la sala de descanso de AUTISA se desarrollaba con normalidad. Un buen número de empleados se llevaban la comida para minimizar el tiempo de descanso entre la mañana y la tarde y aprovechaban la sala para comer. Eso fomentaba, además, la relación entre los empleados de las diferentes secciones.

Aquel viernes todos estaban deseando finalizar la semana, y el ambiente se caldeaba con el calor que aún hacía mella en los ánimos. Algunos empleados estaban todavía de vacaciones a pesar de haber entrado en el mes de septiembre, por lo que había menos comensales que otras veces.

Ismael se sentaba entre un grupo de cuatro chicas puesto que Óscar, con el que solía compartir mesa, estaba de vacaciones con Vero, su mujer. El ambiente era distendido, compartían risas y bromas, pero cuando él finalizó su almuerzo y se dirigió a su puesto de trabajo rehusando compartir los diez minutos que aún tenían de sobremesa, todas las miradas se posaron en su espalda y algún que otro suspiro se dejó oír en la semivacía habitación.

—Está como un tren —murmuró Eva, una compañera de su departamento de informática.

—Es el soltero de oro de la empresa, ahora que Óscar ya está pillado —añadió María, de contabilidad. En su momento ella había bebido los vientos por aquel, pero cuando Vero apareció en escena y fue evidente que solo tenía ojos para la nueva empleada, centró su interés en Ismael, sin más resultado que una noche de buen sexo. No iba engañada, él se lo había dejado claro desde el principio, como hacía siempre. Jamás prometía lo que no estaba dispuesto a dar y se aseguraba de que cada mujer que se llevaba a la cama lo supiera. Otra cosa era que ellas pensaran que podía ser la que lo enamorase y le echara el lazo—. ¿Alguna de vosotras ha estado con él?

—Si te refieres a la cama, yo sí —admitió Paula, del departamento comercial—. Y me dejó ganas de repetir.

—Y yo —afirmó Lara. Su mesa estaba junto a la de Ismael y fue de las primeras en intentar conquistarlo.

—Entonces todas las presentes y algunas de las ausentes creo que también. Esa mirada pícara rompe corazones por donde quiera que va.

—Pero es escurridizo como una anguila y no se deja atrapar. No da opción a ninguna mujer para enamorarle —se lamentó Eva, que se había topado con un no rotundo cada vez que había intentado siquiera invitarlo a un café.

—Sale corriendo como alma que lleva el diablo después del polvo.

—Quizás eso lo hace más interesante. Y atractivo.

—Algún día llegará quien lo haga babear —sentenció Eva con rotundidad.

—¿Tú crees? —preguntó Paula escéptica—. Yo lo dudo.

—Estoy segura. Eso sí, tendrá que entrarle a traición y de forma que no se pueda escapar hasta que sea demasiado tarde.

—¿Rechazándole quizás? Algunos hombres reaccionan a eso.

—O intrigándolo de forma que no se sienta amenazado.

—Se me está ocurriendo una idea… ¡Me encantaría verlo encoñado con una mujer y sin ser correspondido! Que sepa lo que se siente al ser rechazado.

—¿Tú crees que alguna lo va a rechazar? Se abrirá de piernas como hemos hecho todas, y bien contenta. Y querrá repetir.

—No, si no existe.

—Si no existe, ¿quién?

—La mujer que vamos a inventar para Ismael. Una que «esté loca por sus huesos» y le escriba cartas de amor.

—¿Cartas? ¿Como en el siglo pasado? —preguntó Lara escéptica.

—O emails, o wasaps o lo que sea. Enigmática, misteriosa y desconocida. Crearemos un perfil falso, una dirección de correo más falsa aún y le declararemos nuestro amor trágico e imposible.

—No colará, es informático y se dará cuenta de que no es real.

—Nosotras también, y sabemos cómo hacerlo para que no lo descubra, ¿verdad, Eva?

—Por supuesto.

—Hora de incorporarse al trabajo, chicas. ¿Nos vemos esta tarde fuera de aquí y maquinamos maldades?

—¡Hecho!

***

Ismael se dedicó, como cada tarde, a revisar su correo. No solía tener muchos mensajes, la mayoría los recibía en el de la empresa. Solo los clientes de los programas que realizaba a medias con Óscar usaban el personal, pero en aquel momento no tenían ningún encargo por lo que solo esperaba encontrar facturas y notificaciones de empresas a las que estaba suscrito para obtener información relativa a su trabajo. El mundo informático se movía deprisa y había que estar actualizándose continuamente.

Sin embargo, entre lo que ya esperaba encontrar, vio uno que le llamó la atención. El nombre de la remitente no le resultó familiar. Rosa@gmail.com. No conocía a ninguna Rosa, al menos no lo suficiente como para que el nombre le suscitara algún recuerdo. Y el asunto era de lo más extraño: LOVE. Así, con mayúsculas.

Su mente comenzó a desconfiar, no se atrevía a abrir el correo por temor a que se tratase de un virus que le inutilizara el ordenador o le robase claves y contraseñas. A pesar de que lo tenía bastante protegido siempre había quien supiera más que él.

Trató de rastrear el remitente sin conseguirlo, quien fuera sabía cómo protegerse, lo que lo escamó aún más. No abriría el mensaje, lo eliminó sin dudar y siguió con su tarea.

***

Al día siguiente volvió a encontrar un email de la enigmática Rosa. O enigmático. A esas alturas no se creía nada de nadie que no pudiera ver físicamente. Pero el asunto había cambiado, y en él aparecía la frase: Locamente enamorada.

Suspiró hondo. Una zumbada. O zumbado. Trató de rastrearlo de nuevo sin conseguirlo, una dirección de gmail sin más historias. Sin apellidos ni nada de lo que pudiera tirar para averiguar más de la misteriosa desconocida; sin embargo, su mente comenzó a rebuscar una mujer con ese nombre con quien pudiera haberse enrollado. O a la que conociera. No encontró ninguna, por lo que llamó a Óscar para preguntarle. A pesar de que este estaba de vacaciones con su mujer, se llamaban de vez en cuando.

La voz de su amigo lo saludó en pocos segundos.

—Hola, tío.

—Oye, Óscar… —Fue al grano, como siempre—. ¿Conocemos a alguna Rosa?

—Yo no; tú no sé.

—No recuerdo, por eso te pregunto.

—Pues así de pronto no caigo. Pero tampoco sé los nombres de todas las mujeres con las que te has enrollado. ¿Por qué quieres saberlo?

—Llevo un par de días recibiendo correos de alguien con ese nombre. No los he abierto, no me fío porque no me suena de nada y podría tratarse de malware.

—Eso no pinta bien, elimínalos.

—Lo hice con el de ayer. Pero el de hoy me tiene intrigado. No lo he abierto, no soy tan idiota. Cotilla sí, y curioso empedernido también, pero no he picado.

—¿Qué tiene de diferente el de hoy?

—Pues al asunto es: locamente enamorada.

—¡La leche! ¿Locamente enamorada de ti?

—Supongo… Me lo ha mandado a mi correo personal.

—¿Y el asunto de ayer?

—Love.

—Hummm, creo que tienes una admiradora, macho. Trataré de recordar a alguna Rosa. ¿Tú no te acuerdas de nadie que quedara impactada por tus encantos?

A la mente de Ismael volvió el recuerdo de algunas caras decepcionadas al saber que no se volverían a ver tras una noche de sexo. Una en concreto le había causado desazón porque tendría que verla a menudo en el trabajo y pareció bastante afectada cuando se levantó de la cama, dispuesto a marcharse sin aceptar siquiera el café que le ofrecía. Sin embargo, supo mantenerse firme y actuar como siempre, no dejando ni un resquicio abierto a la posibilidad de algo más. Ella había entendido y jamás volvieron a hablar del asunto.

—Las ha habido, pero no recuerdo sus nombres.

—Te mueres por abrir ese email, ¿verdad?

—¡Claro que no! Ni que tuviera quince años.

—Pero no lo has eliminado.

Respiró hondo. Había estado a punto, incluso colocado el cursor sobre la palabra eliminar, pero no lo había hecho. Lo reconocía, era muy curioso y daría algo por saber el contenido de aquel mensaje.

—Analízalo con script para ver si tiene algún código malicioso y, si no es así, ábrelo. Y me cuentas en cuanto lo hagas.

—No quisiera interrumpir tus vacaciones. Seguro que os pasáis todo el día intentando aumentar la familia.

—Vamos a darnos un añito más para disfrutar el uno del otro y ya luego nos pondremos a ello. Tú llama, que me mata la intriga, no eres el único cotilla.

—De acuerdo.

Apenas colgó se apresuró a satisfacer su curiosidad. Tras comprobar que el mensaje no contenía nada oculto, lo abrió.

Hola, amor mío:

Supongo que si estás leyendo estas palabras es porque has sentido la suficiente curiosidad como para abrir el email, aunque te conozco lo bastante como para saber que antes te habrás asegurado de que no contiene ninguna amenaza para tu ordenador. No la tiene, esto es una simple carta de amor, un corazón que desea expresar sus sentimientos contenidos desde hace algún tiempo.

Sé que te preguntarás si me conoces y debo decirte que sí, aunque ni por asomo te imaginarás mi identidad. Tampoco te aclararé de dónde ni de qué, créeme, es mejor así para los dos.

No pretendo molestarte, y sé que algo contigo es imposible, conozco bien tu alergia a todo lo que suponga una relación más o menos estable. No lo pretendo, porque, aunque tú quisieras, que no es el caso, lo nuestro es un imposible. No te sientas amenazado porque no deseo nada de ti. Solo que me permitas expresar lo que siento a través de unas pocas palabras que hagan a mi corazón sobrellevar esta carga de amarte en silencio.

Si no recibo respuesta entenderé que no has abierto el email o que no te interesa lo más mínimo saber nada de mí. Vuelvo a repetir que no busco nada contigo, algún tipo de relación entre nosotros es inviable y no solo porque tú no crees en el amor, pero aliviaría mi corazón poder expresar el mío de vez en cuando.

Espero tu respuesta, por favor, no me ignores.

Tu locamente enamorada,

Rosa

«Joder, menuda cursilada», suspiró releyendo el texto con más atención. No veía nada que le indicase la identidad de la remitente y de momento decidió olvidarlo. No le interesaban en absoluto las moñadas de una loca, enamorada o no, porque solo a una loca se le podía ocurrir la peregrina idea de declararle su amor por correo electrónico. Además, un amor imposible. Por supuesto que lo era, él no estaba dispuesto a mantener una relación con nadie, de ningún tipo. Él follaba y punto. No obstante, le parecía que ella también tenía algún tipo de impedimento. ¿Estaría casada? No era probable, trataba siempre de evitar enrollarse con mujeres comprometidas, solo eran fruto de problemas y los evitaba siempre que podía. Había suficientes féminas en el mundo para echar un polvo y prefería elegir una que no le trajera sinsabores de ninguna clase. ¿A qué otro tipo de impedimento podría referirse? Desde luego a él no le interesaba, ni siquiera se molestaría en responder.

Cenó y se acostó decidido a ignorar el mensaje y a la tal Rosa. ¿Se llamaría así o habría asumido un nombre falso para que no la reconociera? Y si no quería que la reconociera era porque la conocía. ¿De qué? ¿De dónde? Seguramente uno de sus ligues de una noche. Porque no concebía amor sin sexo. Se sorprendió repasando en su mente rostros tratando de casarlos con nombres, pero el de Rosa no lo recordaba. Había habido una tal Lara muy rubia y explosiva, pero no daba la imagen de una mujer que se enamorase en unas horas por muy ardientes que hubieran sido. También estaba Bela, morena y menuda, tímida al principio pero que se desmelenó al amanecer sorprendiéndolo muy gratamente. Esa sí podía dar la imagen de mujer enamorada, pero… ¿hasta el punto de escribirle? Decidió que no merecía la pena seguir pensando en ello, puesto que no iba a responder al correo. Cerró los ojos y trató de dormir.

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Capítulo 2

Ismael se levantó con una idea fija en la mente y esta era descubrir la identidad de Rosa. Encendió el ordenador para que cargase mientras se daba una ducha, y aún con la toalla anudada en la cintura y sin terminar de secarse el pelo ni vestirse, volvió a leer el enigmático email tratando de analizar cada palabra. Después de las muchas elucubraciones que había hecho durante la noche decidió que el camino más rápido y directo era responder y preguntarle sin rodeos a su misteriosa enamorada.

Hola, Rosa:

Me siento bastante intrigado por tu mensaje y no dejo de preguntarme de qué te conozco. Porque te conozco, ¿verdad? Esto no va de amor en la distancia o de un encoñamiento —Se lo pensó mejor y eliminó la palabra—, enamoramiento platónico de mi perfil de Facebook o de Instagram. ¿Nos hemos visto en persona? ¿Qué tipo de relación hemos tenido? ¿Física? ¿Amistosa? ¿Actual o en el pasado?

Si conoces mi dirección de correo personal supongo que es porque yo te la he dado. ¿Es así? Y si me has escrito es porque deseas que te responda.

Espero tus noticias.

Ismael

Pulsó la opción enviar y se apresuró a vestirse y marcharse al trabajo.

Mientras se desplazaba en metro, no siempre usaba el coche, no pudo dejar de observar a su alrededor a cuanta mujer se encontraba en el vagón. Una cara le resultó vagamente familiar, como si la hubiera visto antes. ¿Podría tratarse de eso? ¿Alguien con quien se cruzaba de forma ocasional en su traslado diario en el transporte público? Luego, su mente racional le dijo que era imposible que las personas que viajaban con él en el metro conocieran su dirección de email.

Bajó en la estación más cercana a las oficinas y, mientras caminaba, sintió una extraña sensación en la nuca, como si unos ojos invisibles lo observaran. Se giró rápido y vio que una anciana con un bastón lo miraba con fijeza y le sonreía amistosa. ¡No podía ser ella! Esa mujer no debía saber lo que era un correo electrónico ni por asomo. No obstante, se detuvo y, cuando le pasó por el lado, la abordó.

—Disculpe, señora… ¿necesita alguna cosa?

—Unas piernas nuevas, joven, pero imagino que no me las puede proporcionar.

—No se lo tome a mal, pero me pareció que me observaba.

—Por supuesto que sí. Camina delante de mí y tengo por costumbre mirar al frente. A mi edad los golpes, ya sean con las farolas o con paseantes, no son muy recomendables.

—Ya, imagino. Bueno, disculpe.

—Nada, zagal. Buen día.

Se dirigió a toda prisa a la oficina maldiciendo en su interior a Óscar por estar de vacaciones justo en aquel momento. Necesitaba desahogar con alguien la curiosidad que el email de la misteriosa mujer le había producido. Era un cotilla, debía reconocerlo, y había disfrutado de lo lindo los comienzos de la relación de su amigo con la que en la actualidad era su mujer. Le encantaba un buen chisme y se moría de ganas de que Rosa le respondiera para averiguar algo más sobre ella. Pero si no podía compartirlo con su amigo no tenía ni la mitad de gracia.

En el ascensor comprobó el móvil para ver con impaciencia que ni tenía un correo de respuesta ni Óscar se había dignado preguntarle si había leído el casi anónimo mensaje. Vero debía tenerlo muy ocupado. Estuvo tentado de escribirle, y en el pasado lo habría hecho sin dudar, pero si dormía acompañado, o no dormía en aquel momento, un mensaje a las ocho menos cuarto, que con la diferencia horaria en Punta Cana serían las dos de la madrugada, podría costarle su amistad de años.

Se dirigió a su mesa con paso rápido, llegaba justo para no tener que recuperar por la tarde. La plantilla, debido a las vacaciones, estaba a menos de la mitad y en la estancia solo estaban en aquel momento sus compañeras Eva y Lara. Aunque las observó a las dos, con ambas había tenido una noche de sexo satisfactorio y sin complicaciones, no encontró nada diferente en ellas. Solo las mismas caras somnolientas de siempre y un leve gruñido, típico de la primera hora de la mañana, por saludo.

Comenzó a trabajar sin prisas, el verano acababa de terminar y no había aún mucha tarea. Eso le permitía dar una ojeada de vez en cuando al móvil donde había instalado su correo personal. Por norma no tenían permitido el uso del teléfono durante la jornada laboral, pero nadie decía nada si el uso era discreto y no continuado.

A las once una vibración acompañada de una señal luminosa le hizo mirar el aparato. Al fin su amigo daba señales de vida. La semana que aún tardaría en volver se le iba a hacer eterna, porque estaba acostumbrado a comentarlo todo, o casi todo, con él.

Decidió tomar el desayuno en aquel momento y, saliendo de la habitación, abrió la aplicación de WhatsApp.

ÓSCAR: ¿Qué ha pasado? ¿Leíste el correo?

ISMAEL: Sí. Una declaración de amor en toda regla.

Ó: ¿Alguna idea sobre la identidad de la remitente?

I: Ninguna, y le he dado muchas vueltas a la cabeza.

Ó: ¿Has respondido?

I: ¿Tú qué crees? Le he hecho algunas preguntas, pero no tengo noticias aún.

Ó: A lo mejor es un error. ¿Decía tu nombre?

I: En realidad, no. Me llama amor mío y me dice que lo nuestro es imposible. Pero habla de mi rechazo a inmiscuirme en una relación seria, así que debe conocerme.

Ó: Eso es común al setenta por ciento de los tíos, no eres el único. Hasta que encontramos a nuestra media naranja.

I: Habla por ti. Yo soy una naranja entera, no necesito ninguna media que me complemente. ¡¡Espera, que me ha llegado un correo!! Te dejo que lo voy a ver.

Una ristra de emoticonos llorando de risa cerró el chat.

En efecto se trataba de un correo de Rosa que se apresuró a abrir.

Hola, mi amor:

Veo que mi email al menos ha suscitado tu curiosidad, pero debes saber que la curiosidad mató al gato. Respecto a tus preguntas, sí nos conocemos, pero no hemos tenido ni tenemos ningún tipo de relación. Es lo mejor para los dos, créeme. Si la tuviéramos solo nos traería problemas.

Me conformo con verte y amarte a distancia, contemplar tu cara y tu sonrisa es suficiente para mí. El día que tus ojos no iluminan mi día es como si el sol se oscureciera, como si el universo no tuviera razón de ser. Me muevo por la vida cargada de tristeza y apatía, cargando sobre mis hombros con el peso del mundo. Solo tu sonrisa disipa mis tinieblas, pero no la prodigas demasiado. Sonríe, por favor, y me harás feliz.

Tu incondicional enamorada,

Rosa

—¡Hostia! —exclamó bajito mirando estupefacto el móvil—. ¿Se puede ser más cursi? No conozco a nadie capaz de soltar esas moñadas, Fijo que no.

—¿Te pasa algo? —escuchó una voz a su espalda. Elena Parras acababa de entrar en la sala de descanso y lo miraba con el ceño fruncido—. Parece que hayas visto al mismísimo diablo.

—No, es un correo de un amigo.

—¿Óscar? Vero y él se lo están pasando genial en el Caribe.

—No, otro.

—Ya me extrañaba que tuviera tiempo para algo más que su mujer. ¡Están tan enamorados! Ya, ya sé que tú no crees en el amor, pero ellos son la prueba de que existe.

—Lo respeto y espero que les dure. Por mi parte, yo estoy genial soltero, sin amor y sin compromiso. Y me parece que tú también porque no tienes pareja, al menos de forma oficial.

—Mi vida privada es privada, Ismael, y no la aireo en la oficina ni de forma oficial ni extraoficial.

Elena se dirigió a la cafetera y se preparó uno de sus cafés expresos. Ismael se dio cuenta de que se le pasaba la hora del desayuno enredado entre el WhatsApp y el correo. Se acercó a la encimera y procedió a prepararse un café con leche para él y a tomárselo deprisa. Mientras lo saboreaba de pie, pensando en que no le daría tiempo a responder a su misteriosa admiradora si Elena no se iba rápido, porque no lo haría bajo la mirada escrutadora de la mujer, se sorprendió haciéndole una pregunta:

—Elena, tu conoces a todo el personal femenino de la empresa, ¿verdad?

—Creo que sí, pero me parece que no tan bien como tú.

Ismael ignoró la observación, dispuesto a satisfacer su curiosidad. Si alguien conocía al personal y tenía memoria suficiente para recordarlos a todos, era ella.

—¿Sabes si tenemos alguna empleada llamada Rosa en plantilla?

—No, que yo recuerde; al menos en la actualidad. Si ha habido alguien antes de que me incorporara a la empresa, no lo sé. ¿Por qué te interesa?

—No, por nada en concreto.

—¿Qué pasa? ¿Te falta una rosa para tu colección de «flores de temporada»?— preguntó Elena con una sonrisa divertida.

Ismael la miró con atención porque ella había sido una de esas flores de una noche, pero no vio rastro de animosidad en sus ojos. Más bien parecía divertida.

—No, es solo curiosidad.

—Pues ten cuidado, que dicen que la curiosidad mató al gato.

Soltó con fuerza la taza sobre la encimera haciendo salpicar el café en el granito. La miró con asombro.

—¿Qué has dicho?

—Que la curiosidad mató al gato —repitió—. Una frase hecha, ¿no la habías oído nunca?

Los ojos castaños de la jefa de comercial le devolvían la mirada cargados de inocencia.

—Quizás.

—¿Qué ocurre, Ismael? Me estás mirando muy raro.

—Nada, cosas mías.

—Necesitas unas vacaciones.

—Seguro que es eso, Elena. Entonces, ninguna Rosa, ¿no?

—No que yo recuerde.

Ismael apuró el café y salió de la sala de descanso dejando allí a Elena con su tostada en la mano, dispuesta a desayunar como cada día.

Se dirigía a su puesto de trabajo, pero seguía intrigado por la frase de la chica, por lo que dio la vuelta y, caminando con cautela, regresó a la sala de descanso. Con sigilo asomó la cabeza, manteniendo oculto el resto del cuerpo. No sabía qué podía ver, quizás una sonrisa delatora en la boca de Elena, indicio de que su frase no había sido casual. Aunque la seria mujer que conocía no era dada a bromas ni a chanzas y mucho menos a enviar anónimos, pero nunca se podía estar seguro del todo. Desde que salía con Vero y sus locas amigas, se había vuelto menos seria. Hasta había sorprendido alguna risa entre ambas.

Asomó la cabeza de medio lado, mirando con un solo ojo. Ella estaba sentada desayunando con tranquilidad, sin asomo de expresiones raras en su rostro. Sin embargo, debió darse cuenta de que la observaba porque alzó la vista y se encontró con su único ojo y media cara visible en el vano de la puerta.

—¿Ismael? ¿Qué haces? ¿Me estás espiando?

—No… claro que no.

Elena se miró de arriba abajo, por si tenía algún botón desabrochado que hubiera suscitado la curiosidad del soltero de oro de la empresa. Su generoso pecho cautivaba miradas y ella, en el trabajo, lo cubría ampliamente.

—¿Entonces qué haces ahí escondido, mirándome a hurtadillas mientras desayuno?

—Yo no estoy escondido. Es que me ha entrado hambre por el corredor y vengo a comer algo más consistente que un café.

Entró resuelto y se dirigió al armario seguido por la mirada femenina. Se preparó un par de tostadas y se acercó a la mesa que la chica ocupaba.

—¿Te importa si me siento?

—No, pero ya estoy a punto de terminar. Si buscas conversación o compañía, regreso al trabajo en breve.

—Yo tampoco tengo mucho tiempo.

Engulló las tostadas a grandes bocados ante la mirada de Elena, y se marcharon a la vez a continuar su jornada laboral sin pronunciar palabra.

Había sido un idiota al imaginar que la frase pronunciada por la chica fuera algo más que una casualidad. De hecho, él mismo la habría pronunciado en idénticas circunstancias. Debía descartar a Elena, era imposible que fuese ella su mujer misteriosa.

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Capítulo 3

Aquella noche solo estaríamos en nuestra reunión del Jueves Borroso Tere, Chus y yo. Anisi, Romi y Vero se encontraban fuera de Madrid disfrutando aún de vacaciones con sus respectivas parejas, pero dejar de vernos era impensable, aunque fuéramos solo la mitad del grupo.

La salida del jueves se había convertido en algo necesario y vital para mí desde que me uní al alocado clan de las ebrias. La semana siguiente ya estaríamos de nuevo todas, pero yo no tenía dudas de que a lo largo de la noche las tres ausentes se las apañarían para entrar en el grupo de WhatsApp a saludar y sus chicos no pondrían ninguna objeción. Los jueves eran para el JB, y todos lo sabían.

Me reuní con ellas en Vallecas, en un local que a Tere le encantaba. Hacía mucho calor esa noche por lo que mi atuendo consistía en un vestido holgado de tirantes finos en tono malva y con mucho escote. Desde la parada del metro hasta el local tuve que sufrir el habitual bombardeo de «piropos» obscenos debido a mis generosos pechos. Ya estaba habituada y, aunque me molestaba sobremanera, me negaba a esconder mis atributos solo para evitar que los hombres me lanzaran sus desagradables palabras. Lo hacía en el trabajo, allí usaba un sujetador que reducía el seno un par de tallas para evitar situ

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