Prólogo
Ciudad de Buenos Aires, Argentina
–¿Desea una copa, señor Chavanel?
El hombre se dio vuelta y la miró. Brenda Mori contempló los ojos negros, casi sin vida, que sobresalían del rostro pálido, clavarse en los de ella. Con un tremendo esfuerzo, exigió a su corazón ralentizar sus latidos. Era consciente de que ese ser, en toda su belleza, podía llegar a ser uno de los seres más despiadados que conocía y no tendría piedad de ella si descubría quién era.
Gustav Chavanel continuó su escrutinio por el uniforme que le había sido entregado de manos de los organizadores del evento, y Brenda esperó que no hubiese nada fuera de lugar. Llevaba una camisa blanca con chaleco, moño y pantalones negros, y el cabello atado en un rodete bastante grueso debido a la abundancia de su cabellera caoba. Luego de soportar el escrutinio del hombre durante un rato, este, sin contestar, tomó de la bandeja que Brenda sostenía entre sus manos una copa de coñac y volvió a darle la espalda.
Sin alejarse demasiado de la figura esbelta de Chavanel, Brenda evaluó la gente que se había congregado esa noche en uno de los edificios más altos de la ciudad de Buenos Aires, la Torre Le Parc, ubicado en el exclusivo barrio de Palermo Nuevo.
Contempló los rostros de los hombres, que excedían en amplia mayoría a los de las féminas, y su cuerpo comenzó a vibrar en respuesta a aquellas presencias siniestras. Respiró hondo y se obligó a centrarse en su objetivo. De ello dependería su futuro. Y el de alguien más.
Chavanel era el centro de atención de esa noche, y la cantidad de hombres que intentaban hablar con él así lo demostraba. Todos vestían de negro, incluso las pocas mujeres, en una evidencia visual de lo que en verdad anidaba en las almas de aquella gente.
La fiesta se desarrollaba en la planta baja de la torre, donde las puertas del salón se abrían en toda su majestuosidad hacia la terraza, que culminaba en un muy bien cuidado espacio verde y dos elegantes piscinas. La música suave acompañaba el murmullo de la gente que comentaba las proezas de Chavanel y su idónea elección para ser el nuevo y legítimo jefe de los caídos, tras la muerte del anterior. Si bien hacía ya casi un año que Chavanel se había transformado en el director de la banda distribuida por todo el mundo, recién ese día había sido posible juntar a todas las organizaciones para reafirmar su mandato.
Brenda había planificado durante mucho tiempo su asistencia a esa fiesta, ya que significaba la oportunidad que había estado esperando para apoderarse de aquello que buscaba desde hacía varios años. Y no podía desaprovecharla. En ese preciso momento, vio a Chavanel depositar el vaso vacío de coñac sobre una mesa a su lado y, sin demora, se puso en acción para evitar que otra camarera le ganase de mano.
Con pasos apresurados, llegó a la mesa y tomó el vaso con rapidez. Lo colocó en la bandeja y se alejó hacia el cuarto de baño para el servicio donde ingresó raudamente en uno de los cubículos y cerró la puerta con traba. Depositó la bandeja sobre la tapa del inodoro y de los bolsillos internos de su chaleco extrajo un frasquito con un polvo, cinta adhesiva, un pedazo de cartón, una miniespátula y dos pequeños pomos, que colocó sobre la bandeja. Se hincó sobre una rodilla, mientras oía que de vez en cuando ingresaba alguna de sus compañeras a hacer sus necesidades en los retretes vecinos.
Brenda tomó el vaso y echó el polvo sobre el cristal. En un instante, la huella digital de Chavanel se hizo visible sobre su superficie. A continuación, colocó un pedazo de cinta adhesiva sobre la huella llena de polvo y, a los pocos segundos, lo extrajo con cuidado y constató que la impresión hubiese quedado grabada sobre su extensión. A un costado mezcló sobre el pedacito de cartón un poco del contenido de los dos pomos, silicona y un endurecedor, hasta obtener una pasta homogénea. Con una pequeña espátula, tomó la suficiente cantidad de ese material y lo distribuyó sobre la cinta. Luego de unos quince o veinte segundos, desprendió la lámina de silicona, comprobó que la huella digital de Gustav Chavanel se había imprimido en ella y la guardó en uno de los bolsillos. Arrojó el material remanente en el tacho de basura y salió.
Se dirigió a la habitación que a todas las camareras se les había designado para poder cambiarse de ropa y se quitó de inmediato el uniforme, que reemplazó por un conjunto deportivo negro, zapatillas y guantes del mismo color. Una vez hecho esto, tiró el atuendo al incinerador de la torre para evitar dejar rastros y se encaminó hacia la escalera de servicio.
El piso al que debía ir era el veinticinco, por lo que se mantuvo a buen ritmo, gracias al entrenamiento al que tenía acostumbrado a su cuerpo. Mientras subía los peldaños a toda prisa, la música y el murmullo de la charla de los invitados se volvía cada vez más imperceptible. Se mantuvo así hasta que llegó a destino. Allí, se topó con la puerta, de la que sabía, tenía cerradura biométrica. Sacó con sigilo la pequeña placa de silicona con la huella digital de Chavanel y, depositándola sobre el lector de seguridad, rogó que este la reconociese. Cuando escuchó el mecanismo de traba desacoplarse y la puerta ceder sin que ningún sistema de alarma se pusiera en funcionamiento, se atrevió a respirar hondo.
Con sigilo ingresó a la oficina a oscuras y, aprovechándose de su poderosa visión nocturna, comenzó a buscar por todos los rincones. Abrió con cuidado cajones, armarios y cómodas, sin éxito. Al final, se encontró con una pequeña biblioteca con libros de toda clase de géneros y formatos, entre los cuales se sintió atraída por el brillo de uno en especial. Se acercó a este y lo tomó entre las manos. Al abrirlo, los ojos de Brenda, que veían más que muchos, se llenaron de las imágenes de unos majestuosos navíos vikingos cuyas tripulaciones luchaban entre sí. Perpleja, escuchó el sonido de espadas y gritos de los combatientes, que se enfrentaban con rabia y fiereza, pero lo que más le llamó la atención fue la sensualidad que captó en aquella pelea. Desconcertada, focalizó la mirada en el texto y, en un danés muy antiguo, comenzó a leer y a memorizar la historia narrada en esas páginas. Mientras lo hacía, la imagen de un coloso con una serpiente tatuada en la mejilla se presentó frente a ella y la dejó sin aliento. Sin comprender quién era esa figura que parecía de leyenda, se obligó a memorizar la historia escrita hasta que, al llegar al desenlace, se dio cuenta de algo: por alguna razón, la última página del libro había sido arrancada y, con ella, el final.
Sin poder hacer nada por reparar la situación y para evitar levantar sospechas, Brenda colocó el libro en su lugar.
Siguió buscando alguna señal que le revelase dónde hallar lo que necesitaba encontrar, hasta que dio con unas marcas en el piso, que parecían ser producto de algo grande que hubiese sido arrastrado por encima de él. Elevó la mirada, hasta que se detuvo en un mueble hermético empotrado contra la pared, cuyo frente estaba tachonado de varios pequeños mosaicos de metal. Colocó su mano sobre él y utilizó su don de percepción. Este le permitía identificar el aura de los dedos que habían tocado el trasto con anterioridad, como si muchas lucecitas se prendiesen y le mostrasen las maniobras hechas por manos ajenas. Y en ese segundo, supo de qué se trataba.
Los dedos fueron desplazándose con cuidado por el costado del mueble hasta que, de una ranura casi imperceptible, extrajo una especie de clavo bastante largo sin cabeza. Era un abridor. Lo tomó con meticulosidad y buscó lo que el aura de otros dedos le señalaba. Entre la unión de dos mosaicos del frente, detectó una hendidura en especial, sobre la que presionó con la punta del abridor. Enseguida, uno de los pequeños mosaicos de metal se abrió hacia arriba, emitiendo un fuerte chasquido, y la puerta del mueble se abrió en silencio sobre las marcas del piso. Ante los ojos de Brenda, se manifestó una caja fuerte con otro lector biométrico. Volvió a utilizar la lámina de silicona y también esa puerta se abrió.
Buscó entre los papeles y el dinero que había en su interior hasta que descubrió una serie de expedientes. Los hojeó y, a medida que lo hacía, el rostro de Brenda se tornaba más adusto hasta que llegó a uno donde el corazón pareció detenérsele. Supo que dentro del próximo encontraría lo inevitable. Lo abrió con rapidez y se topó con unas cuantas hojas escritas por computadora y la foto de la cara de un niño. Se quedó eclipsada con su mirada por unos momentos, hasta que se obligó a regresar a la realidad. Colocó el expediente entre sus pantalones y acomodó todo como estaba.
Salió al balcón y se apoyó sobre la baranda que le llegaba a la altura del estómago. Pegó un salto y cayó con los pies sobre esta y, manteniendo un perfecto balance, sacó del bolsillo de su pantalón dos argollas metálicas unidas por un dispositivo. Respiró hondo la brisa que golpeaba su rostro mientras enganchaba una de las argollas en uno de los hierros de la baranda. Aferró la mano a la segunda argolla y contempló la ciudad de Buenos Aires en todo su esplendor.
Y, al instante siguiente, saltó.
PRIMERA PARTE
Capítulo 1
México, un mes después
Chavanel caminaba a lo largo de los pasillos blancos e impecables, interrumpidos por puertas dobles de vidrio esfumado. Por detrás lo seguían cuatro guerreros armados que no quitaban la vista de él. A medida que avanzaban, Gustav saludaba con una inclinación de cabeza a los diferentes profesionales de la clínica, quienes de inmediato bajaban el rostro en señal de respeto y subordinación. Luego de un tramo en el que dominaba el inconfundible olor a antisépticos y productos de higiene, los hombres se detuvieron frente a una puerta de hierro. Uno de los guerreros se adelantó y se inclinó de la misma forma que el personal médico lo había hecho antes, y dijo en voz muy baja:
–Su señoría, usted es el único autorizado para ingresar a esta habitación.
Gustav asintió con un movimiento de cabeza y colocó el ojo sobre un dispositivo de reconocimiento del iris. Una luz roja escaneó el órgano hasta que cambió a color verde. A continuación, un mecanismo de destraba permitió la apertura de la puerta.
Cuando ingresó al recinto, se encontró con que era del mismo color de los pasillos, con dos sillones negros dispuestos al frente de un ventanal. Se acercó y contempló a través de este un bosque tropical con árboles y palmas exuberantes, por entre los cuales una cascada caía con todo su poderío.
–Has venido ––dijo una voz por detrás.
Gustav se volvió y observó la cama ortopédica empotrada en la pared, donde yacía el cuerpo de un hombre cubierto de vendas que lo hacían semejante a una momia. A su lado, los visores de unos aparatos eléctricos conectados a esta a través de numerosos cables iban detallando sus signos vitales.
Con el aire aristocrático que lo caracterizaba, Gustav se acercó al borde de la cama.
–No puedo creer que estés vivo ––murmuró, y una suave humedad impregnó los ojos negros.
Brad Drage se sacudió en una pequeña carcajada que se transformó en un gemido de dolor.
–Tengo el cuerpo tullido, pero sobreviviré.
Gustav aspiró profundo y se aproximó un poco más.
–Cuando vimos el estado en que había quedado la fundación luego del enfrentamiento ocurrido entre los silverwalkers, tus hombres y tú, pensé que te había perdido. Y creí que me volvería loco de verdad. Primero Sácritos y después tú. Era demasiado.
–Él y yo siempre tuvimos algo en común ––murmuró el hombre.
–El amor enfermo por una mujer.
Una nueva risotada, que culminó en un acceso de tos, inundó el recinto.
–Alcánzame un poco de agua, por favor ––solicitó Brad.
Gustav se apresuró a tomar una jarra de cristal y verter el líquido en un vaso, que le acercó a la boca. Cuando se hubo tomado el agua, el convaleciente agradeció y cerró los ojos por un rato. Hasta que volvió a abrirlos.
–Gustav querido, nuestras vidas son bastante catastróficas ––dijo con un dejo de diversión.
Gustav asintió. Él siempre había estado enamorado de Sácritos, el antiguo jefe de los caídos, que solo había tenido ojos para Aniel, una de las hijas de Ronan Mitchels, el más odiado rival de Brad. Este detestaba a Ronan porque, desde que había visto por primera vez a su esposa Ana, la había amado e intentado hacerla suya por todos los medios.
–Lo sé.
–Fíjate que hasta el último instante en que pensé que iba a morir en aquella fundación, mi amor por Ana fue lo que me redimió, tal vez un poco, ante sus ojos y también lo que me salvó la vida.
–¿Se encontraba ella en el lugar cuando ocurrió el enfrentamiento? ––preguntó Gustav asombrado.
–Por supuesto. Ana es una luchadora nata.
–¿Y por qué dices que el amor por ella fue lo que salvó tu vida?
–Porque cuando Ronan estaba a punto de acabar conmigo con su espada, Ana me rogó que les dijera dónde se encontraba la pequeña Rosarito, la niña que luego el silverwalker Damián y su mujer, Maia, adoptaron. Y como te imaginarás, así lo hice, porque prefería morir mil veces como un héroe a los ojos de mi amada a que me recordara con rencor. Pero en ese momento se produjo el derrumbe de la fundación, así que Ronan, en lugar de acabar conmigo, se apresuró a salvar a Ana y a sus dos hijas.
–Entonces ¿has podido confirmar que Aniel y Maia son hermanas?
–Por completo.
–¿Quién es Ana, entonces? Hasta donde sabemos, es humana, pero si unida a Ronan, que es un miembro de la Estirpe de Plata, ha dado a luz a Aniel y a Maia, que son híbridas, hace de este caso una peculiaridad.
–Yo me encargaré de Ana apenas me reponga, Gustav. Tengo los mismos interrogantes que tú. Pero les exijo a ti y a tus hombres que no la toquen. Ella es mía.
–¿Y Ronan?
–Iré por su cabeza.
Gustav se lo quedó mirando durante un rato hasta que asintió.
–Te llevará tiempo reponerte, Brad.
–Sabes que soy más fuerte que ustedes, Gustav. Mi origen es de la Estirpe.
–Sí, pero la energía de los caídos también ha prendido en ti. Y no es tan poderosa como la que tenías cuando vibrabas como un guerrero puro de la Estirpe.
Brad hizo un gesto que pareció un encogimiento de hombros.
–No importa. Ahora se trata de ser mejores estrategas que los malditos silverwalkers y los jerarcas de la Orden Superior de la Estirpe.
Gustav regresó al lado de la ventana y, con las manos entrelazadas a la espalda, contempló la exótica vegetación y la cascada.
–¿Sabías que Ronan ha sido ascendido a jerarca? ––preguntó.
–No, pero me lo temía. Adora respetar las reglas.
–Y hacerlas respetar ––murmuró Gustav.
Una risa baja volvió a inundar el recinto.
–Por favor, no puedo mover el cuerpo demasiado sin que me duela hasta el alma.
Gustav se volvió y lo observó.
–¿Cómo continuamos, Brad?
Este emitió un suspiro y lo miró a través de los ojos que alguna vez habían brillado con el destello plateado de la Estirpe, pero que ya casi había desaparecido.
–Hay dos símbolos que hemos perdido.
–Los de las dos hermanitas guardianas Mitchels.
–Exacto ––contestó Brad––. Pero ahora nos quedan los otros tres que debemos evitar que se nos escapen de las manos.
–Conocemos dos posibles guardianas de estos.
–Jackie Thygesen y Brenda Mori. ––Gustav volvió a asentir––. Hay que ir tras ellas para atraparlas y asegurarnos de que en verdad lo son.
–Cuenta con ello, Brad. ––Y volvió a mirar a través de los vidrios.
Un breve silencio se alzó entre ambos hombres, interrumpido por los gritos de unas guacamayas de plumaje rojo que pasaban volando por la zona.
–¿Cómo van los guerreros que estás preparando?
–Entrenando duro. Se rumorea que aquel del que hablamos poco antes de que sucediese tu tragedia habría sido encontrado.
–Vigílalo bien, Gustav.
–No te preocupes.
Brad asintió.
–Entonces déjame reposar tranquilo. Estoy muy dolorido.
Antes de despedirse, Gustav se inclinó sobre el enfermo y susurró:
–Agradezco que te hayas salvado, amigo mío. No habría sabido qué hacer sin ti.
Capítulo 2
Aarhus, Dinamarca
Apenas escuchó el portero eléctrico, Brenda salió corriendo de su habitación para ir a atenderlo. No veía la hora de poder abrazar a su amiga Jackie, a quien no había vuelto a ver desde hacía muchos meses.
–¿Eres tú, cariño? ––preguntó por el auricular.
–Sí, Bren ––contestó la voz sensual que tanto adoraba.
–Pasa. ––Apenas dicho esto, apretó el botón del aparato que le permitiría el acceso al interior del edificio.
Mientras esperaba a Jackie, que debería subir por la escalera del edificio hasta el cuarto piso, Brenda se dirigió a la cocina, comenzó a preparar café y a cortar la drømmekage, una torta que a Jackie le encantaba y que había comprado en su panadería preferida. Si bien a la vista no era atractiva, apenas uno se llevaba un pedazo a la boca, la combinación perfecta de harina de coco, vainilla, leche endulzada y brun farin[1] provocaba en la mayoría de las personas un encantamiento que hacía que deseasen degustar un pedazo más. O muchos. Y a Brenda le constaba que Jackie podía llegar a resistir a cualquier cosa en la vida, salvo a un pedazo de su torta predilecta.
Suspiró. Solo rogaba que su amiga se encontrase bien, aunque se sentía bastante tranquila porque en todo ese tiempo solo la había «visto» unas pocas veces.
Brenda, al igual que Jackie, Aniel y Maia, sus tres amigas del alma que se conocían desde muy jovencitas y compartían un pasado de mucho dolor, contaba con ciertos dones que le posibilitaban saber cuándo alguna de las chicas se encontraba en verdadero peligro o si la necesitaban por alguna razón. Uno de ellos era la comunicación a través de visiones y de sueños que podía llevar a cabo con las jóvenes, aunque Jackie había sido siempre con la que con mayor facilidad podía lograrlo. Por eso la llamaban la amiga fantasma, ya que solo se aparecía ante ellas cuando su don se lo advertía.
Así que, cuando, poco más de ocho meses atrás, había tenido una visión sobre Jackie en la que se veía muy preocupada, Brenda la localizó en una disco de la ciudad de Aarhus, donde residía. Ahí, ambas mantuvieron una sorprendente conversación sobre Aniel y Maia, en la cual Jackie le aseguró que las dos jóvenes se encontraban bajo una terrible amenaza, por lo que ella necesitaba viajar a la brevedad para ayudarlas. Al parecer, Aniel se había enamorado de un tipo llamado Gabriel Trost, que pertenecía a una banda de forajidos conocidos como los silverwalkers, también llamados los caminantes, quienes serían los cazadores de las guardianas de unos símbolos que ellos necesitaban encontrar. Según su amiga, Trost mantenía prisionera a Aniel en un lugar remoto de Argentina debido a que la creía una de ellas. A su vez, Maia era perseguida por otro silverwalker, un tal Damián Di Mónaco, quien iba tras un segundo símbolo. Pero no todo quedó allí, sino que Jackie le confesó que un tercer cazador había puesto la mirada en ella misma y que había estado rastreándola por todo el mundo por creerla guardiana de un tercero, lo cual la sumergió en un caos económico. Y por esa razón, aún no había podido llevar a cabo el viaje.
Horrorizada por lo que Jackie le había contado, Brenda, que en aquel entonces estaba llevando a cabo una misión crucial, le entregó dinero para que pudiese pagarse un pasaje a Buenos Aires. Aún recordaba la charla:
—Jackie, te daré el dinero que necesitas para viajar de inmediato.
—¿Estás loca?
—No. Tengo algunos ahorros y te los doy con todo gusto.
—Pero…
—Jackie —la interrumpió—, las cuatro hemos sido inseparables desde niñas, y nos hemos acompañado y protegido las unas a las otras en las buenas y en las malas, así que acepta el dinero que te ofrezco. No podré ir contigo a Buenos Aires de inmediato porque estoy en una misión secreta muy especial, pero me uniré a ti lo antes posible.
De esa forma, ambas se habían puesto de acuerdo en que el objetivo de la travesía sería, primero, liberar a Aniel, y segundo, que esta y Jackie se desplazasen con urgencia a Ciudad de México, donde Maia residía, para que todas se reuniesen junto con Brenda en la fundación, el hogar de Maia, donde las cuatro habrían de idear un plan para no caer en manos de los maleantes que iban tras las chicas.
El problema surgió cuando Brenda llegó a México y no encontró señales de ninguna de ellas. Si bien en un principio esta había estado muy preocupada, el hecho de que no hubiese visualizado a Jackie o a alguna de las otras muchachas la mantuvo callada.
La modalidad de trabajo de Brenda había requerido que hiciese un trato especial con ellas, las cuales hasta la fecha lo habían respetado bastante bien: ninguna de las tres debía intentar comunicarse con ella, porque Brenda solo se presentaría ante ellas de la manera que le pareciese conveniente y siempre de acuerdo con lo que sus visiones dictaminasen. Sabía que, de vez en cuando, las muchachas habían roto esa regla y habían intentado comunicarse vía mails o teléfonos móviles, pero Brenda se había mantenido en lo estipulado. Tenía sus razones, aunque la principal de ellas era que debía proteger a sus amigas a toda costa.
Pero unos cuatro meses después, Brenda había tenido un sueño en donde había visto a Maia acostada en una cama en un hotel de Argentina bastante precario, clamando por la presencia de sus amigas.
—¡Yo no quiero esto para mí! —había gritado Maia frente a un espejo—. No, por favor…, otra vez no… ¿Dónde están mis amigas? Las necesito tanto...
De inmediato había llamado a Jackie, que apenas atendió le explicó que la misión en México había fracasado, pero que los detalles se los iba a hacer saber cuando pudiesen estar frente a frente y no a través de un teléfono. Por completo de acuerdo con Jackie, Brenda se había apresurado a explicarle lo que había visto en su visión, y esta, de inmediato, había prometido hacerse cargo de Maia. Por último, alrededor de tres meses atrás y luego de otro sueño, Brenda había logrado dar con Jackie, que se encontraba en Canadá.
—¡No sabes, Bren! —había exclamado su amiga—. Mi cazador casi logró atraparme en Ontario, pero un milagro hizo que fuese capaz de despistarlo.
—Por Dios, Jackie, escúchame: esta noche, en una videncia, te revelaré el paradero exacto de la llave de mi apartamento en esa ciudad, y podrás quedarte todo el tiempo que sea necesario hasta que estés por completo segura de que el tipejo ha dejado de buscarte.
A partir de ese instante, no había sabido de Jackie hasta que, esa misma madrugada, la volvió a percibir, otra vez en Aarhus, diciéndole que necesitaba verla con urgencia. Apenas se había despertado, la había llamado, y al enterarse de que se encontraba en la localidad, habían acordado verse en su apartamento. Sus pensamientos fueron interrumpidos por unos golpes suaves a la puerta.
–¡Adelante! ––exclamó Brenda, sabiendo que la vivienda no era tan grande como para que su amiga no la escuchase.
Entretanto se limpiaba los restos del azúcar oscuro de las manos con un repasador, oyó que la puerta se abría, y cuando se dirigió a la sala se encontró con su pelirroja adorada, que con los brazos abiertos y una sonrisa de oreja a oreja se abalanzaba sobre ella. Ambas se estrecharon en un fuerte abrazo y se quedaron así durante unos minutos. Siempre era de esta manera entre las dos y con sus otras amigas. Las cuatro se tenían un amor inconmensurable y, cada vez que se reunían, se producían esa clase de demostraciones de cariño. Se conocían de pequeñas y la vida las había unido a través de los duros pasados que compartían y que todavía ninguna había logrado sanar.
«Quizás nunca», reflexionó.
–¡Bren, mi amor! ––exclamó Jackie con la cabeza enterrada sobre su hombro.
–Loquita mía…
Jackie se separó de golpe y la miró con picardía.
–Estás preciosa, como siempre.
Sus ojos de gata resplandecieron. Eran tan verdes que podían hipnotizar tanto a personas como a animales, y las pestañas negras y largas los destacaban en su rostro casi perfecto. Lo gracioso era que para Jackie su belleza representaba una molestia, debido al tremendo poder de atracción que ejercía sobre el sexo opuesto, cuyos miembros se acercaban como imanes. Su amiga nunca había sentido especial devoción por los hombres, y la máxima interacción que se había permitido con ellos había sido a través de las clases de wrestling y kickboxing que daba en universidades y campos deportivos, incluso en gimnasios privados, o cuando había participado de competencias mixtas nacionales e internacionales. Pero desde que tenía memoria, Brenda jamás le había conocido pareja alguna o un amigo de verdad. Y Jackie justificaba lo primero diciendo que ella simplemente no tenía tiempo para esas estupideces, y lo segundo, con su absoluta falta de confianza en cualquier varón.
–Mira quién habla ––contestó Brenda, y ambas rieron––. ¿A que no sabes lo que tengo para ti? ––preguntó con picardía. Los ojos de Jackie se abrieron con curiosidad y la sonrisa se le volvió más deslumbrante––. Aquello a lo que no puedes resistir ––señaló intentando darle una pista.
Y el gritito de alegría que su amiga pegó le indicó que había descubierto la respuesta.
–¡Ven! Siéntate, que traigo el café y tu sorpresa.
Mientras preparaba la bandeja, escuchó que Jackie preguntaba desde el comedor si necesitaba ayuda.
–No ––contestó––. En cambio, me gustaría que te fijaras en mi apartamento nuevo y me dieras tu opinión.
Luego de un par de minutos y con la bandeja en la mano, se dirigió al comedor, donde Jackie miraba hacia todas direcciones con una expresión de satisfacción.
Debido a que la profesión de Brenda le exigía desplazarse de forma asidua a distintas partes del mundo, no podía evitar tener algunos puntos clave de emplazamiento. Aarhus y Ontario eran dos de ellos. Hacía poco los grupos secretos para los que trabajaba le habían asignado ese loft, que le había resultado una monada desde el primer momento que ingresó en él. Era de un blanco inmaculado, con un gran número de ventanales de diferentes formas, rectangulares y triangulares, y también de tamaños. Estos hacían del hábitat un espacio lleno de luz. Brenda lo había decorado con un estilo minimalista, con dos lámparas PH blancas, llamadas así por haber sido diseñadas por el arquitecto danés Poul Henningsen, y que constaban de un sistema de varias pantallas basado en cálculos matemáticos acerca de cómo se refleja la luz. En la sala había una mesa de vidrio con cuatro sillas de diseño exclusivo, cuyo color hacía juego con el resto del apartamento. Sobre las paredes colgaban unas pinturas con tonos contrastantes, que iban de los rojos y los verdes a los celestes, y contra una pared, descansaba un sofá de color negro con varios almohadones rojos y blancos.
–Esta vez tus amiguitos se han esmerado ––dijo Jackie, que se quedó sin habla cuando clavó la vista en lo que Brenda depositaba sobre la mesa––. ¡Ya sabía yo que me ibas a mimar!
Brenda distribuyó los utensilios para el café y, junto a estos, dos recipientes de porcelana que contenían leche y miel respectivamente, para finalizar con la torta.
–Especialmente encargada para ti, amiga de mi corazón.
–Bren, ¡te adoro! ––Y degustó golosa un primer pedazo que Brenda colocó en su platito.
En tanto servía sendas tazas de café, Brenda dijo:
–Bueno, ¿me darás tu veredicto?
Tuvo que esperar a que su amiga tragase el inmenso bocado que se había metido en la boca, y que se notaba que le encantaba.
–Déjame decirte que tu panadero se ha lucido como nunca ––aclaró Jackie con los ojos cerrados, que abrió a los pocos segundos––. Gracias de verdad, cariño. ––Brenda respondió con una enorme sonrisa y de inmediato Jackie prosiguió––: Respecto al loft, y como te dije antes, se nota que tus amigos encubiertos no han escatimado en gastar una fortuna. Me encanta, Bren. Es sofisticado, de muy buen gusto y hecho con los mejores materiales. ¡Una verdadera belleza!
–Yo pensé lo mismo. Tú sabes que en mi trabajo no siempre recibimos los mejores lugares para vivir, al ser temporales.
Jackie estuvo de acuerdo mientras cortaba otro pedazo de torta.
–Me habías dicho que esta ciudad era uno de tus puestos de asentamiento, así que ¿quizás este lugar se convierta en tu morada permanente?
–Por lo pronto mantendré esta vivienda todo lo que pueda. ––Contempló a su amiga, que parecía sentirse en el cielo con lo que comía. Pero sabía que debía abordar el tema que en realidad las había reunido––. Tu mensaje de esta mañana me dejó inquieta.
Jackie paró de comer y la expresión de su rostro le demostró a Brenda que lo que su amiga iba a decirle iba a ser grave. La ansiedad típica que experimentaba cuando se trataba de algo que pudiese estar perturbando a algunas de sus amigas regresó a ella.
–¿Recuerdas que viajé a Argentina para liberar a Aniel con el dinero que me prestaste?
–Sí. Y habíamos quedado en encontrarnos en Ciudad de México, cosa que nunca sucedió. Luego por teléfono me aseguraste que todo había salido mal.
La cabellera roja llena de bucles, que se asemejaban a tirabuzones, se movió cuando Jackie asintió.
–No sabes lo que descubrí, Bren.
Al contemplar el semblante pálido de su amiga, su ansiedad se transformó en escalofrío.
–Por Dios, habla.
La escuchó inhalar profundo, como si intentara reunir fuerzas para comenzar a relatar.
–Logré dar con Aniel. Pero…
–¿Pero?
–Aniel está embarazada de Gabriel Trost.
Brenda se levantó como un resorte de la silla y comenzó a caminar de un lado a otro, apabullada. Y gritó furiosa:
–¿La violó ese hijo de puta?
Jackie negó con la cabeza.
–Te conté hace tiempo que Aniel estaba enamorada de ese tipo.
–Entonces… ––Brenda se detuvo con un nudo en la garganta.
–Aniel y Gabriel están juntos y se adoran, Bren.
–¿QUÉ? ––Ella misma se sorprendió del tono bravo de su voz.
–Tuve una pelea terrible con nuestra amiga en un hotel de Buenos Aires ––contestó con pesar––. Me la quise llevar conmigo, como tú y yo habíamos acordado, pero, a raíz de su negativa, nos fuimos a las manos. Tú sabes que yo amo a Aniel, así que la cuidé a pesar de todo. Pero en medio de la trifulca, me di cuenta de que Aniel estaba agotada de una manera que no solía suceder con ella, y cuando la obligué a detenerse, me confesó que Gabriel era todo para ella y que era el padre del hijo que llevaba en su vientre. A todo esto, el caminante, que se encontraba en la misma habitación que Aniel y yo, se había liado a golpes con Metanón Lemark.
–¿El cazador que te sigue a ti? ––preguntó Brenda perpleja.
–Sí. En un principio, Gabriel intentó defender a Aniel de mí, por lo que, cuando íbamos a enfrentarnos, surgió Metanón de la nada y se fueron a las manos.
–¿Te defendía?
Jackie asintió con la cabeza.
–Aún no sé por qué. Pero de lo que no te haces una idea es de lo que presencié cuando Aniel comunicó que estaba embarazada. Primero, Gabriel y Metanón dejaron de luchar en el acto y yo me quedé congelada, pero después, y no me preguntes cómo, vi con mis ojos lo que no olvidaré jamás, Bren. Esos dos, cuando se miran, parecen hipnotizados. Hay algo mágico que los une de una forma desconocida. ¡Si el silverwalker hasta lloró de felicidad!
Brenda se sentó en el sofá mientras exhalaba el aire de los pulmones, y se hizo un nuevo silencio entre ambas. Se inclinó hacia delante y, con los codos apoyados sobre los muslos, se tomó la cabeza con las manos. «¿En qué estabas pensando, Aniel?», pensó desesperada. Eso solo auguraba que la perderían quizás para siempre.
–Dime qué más pasó ––solicitó alzando el rostro y clavando los ojos en los que lucían más verdes y felinos que nunca.
–Después de eso, hui. Por supuesto, con Metanón detrás. Viajé a México desesperada, con la intención de, al menos, salvar a Maia, pero cuando llegué a la fundación, las monjas me dijeron que había salido de viaje a Argentina. ¡Te imaginarás mi desazón! Tomé otro vuelo, y en Buenos Aires me llamaste y me contaste que Maia yacía en un hotel de Santa Fe y que necesitaba de alguna de nosotras. Partí hacia esa provincia y la encontré en el lugar exacto que me habías dicho. Yo había alquilado un auto y nos marchamos hacia Buenos Aires. En el viaje, Maia me explicó que unos soldados que pertenecían al ejército argentino la habían rescatado del silverwalker Damián y la habían llevado con ellos a dicho hotel. Pero esos tipos resultaron ser gente contratada por los caídos, los acérrimos enemigos de los silverwalkers.
»Cuando intentamos escapar de ellos, Metanón en un auto y Damián en un helicóptero, también nos esperaban para interceptarnos. Sufrimos una persecución despiadada, donde caídos y silverwalkers iban tras nosotras. La cuestión, y para resumírtelo, amiga, es que, en medio de una ciudad rural, tuvimos que detener los vehículos, y se produjo un terrible enfrentamiento entre los dos bandos con nosotras en el medio. Ese tal Damián, que, te puedo asegurar, está encaprichado con Maia, aterrizó sobre un descampado y, apenas bajó, comenzó a pelear de una forma feroz contra sus enemigos. Cuando me di cuenta de que estaba ocupado derribando caídos, me escabullí con Maia y logré apoderarme del aparato. Sabes que puedo pilotar. En ese preciso momento, cuando nuestra amiga intentaba subirse al helicóptero, uno de los caídos la atrapó y, luego de una breve lucha, le dio un terrible golpe en la mandíbula, que la desmayó. Y aquí viene lo más insólito, cariño. ––Brenda, que a esta altura del relato sentía que ya no le quedaba sangre en las venas, contuvo el aire esperando lo que vendría a continuación––: El silverwalker se convirtió en un monstruo espantoso.
–No puede ser, Jackie ––balbuceó.
Su amiga extrajo del bolsillo del pantalón el teléfono móvil, donde comenzó a buscar algo. Y cuando lo encontró, se lo tendió.
–Mira, y dime qué ves.
Brenda clavó la vista en la pantalla, donde se reproducía un vídeo filmado por Jackie mientras pilotaba el helicóptero. Al escuchar su voz espantada y ver las imágenes, se quedó sin aliento. Una cosa titánica llevaba a Maia desmayada entre sus garras. Era una bestia espeluznante, de dimensiones extraordinarias a lo conocido en animales terráqueos, que gritaba furiosa, como advirtiendo a sus enemigos que estaba dispuesta a defender con la vida a su presa. El vídeo culminó cuando la bestia y Maia desaparecían en medio de la nada, como si se hubiesen vuelto invisibles.
–Dios bendito…
–Lo mismo dije yo, Bren.
–Maia con esa monstruosidad. ––Al decir esto, Brenda se levantó y comenzó a caminar de un lado a otro como ya lo había hecho antes.
–Tenemos que ir al Delta y rescatar a nuestra amiga ––puntualizó Jackie––. Además, estoy segura de que Aniel debe de estar allí. Debemos convencerla de que regrese con nosotras.
–Pero has dicho que está embarazada. No sé si oirá razones.
–Debemos intentarlo, Bren. No podría dormir tranquila si no lo hago.
Brenda, muda, comenzó a rascarse la cabeza por los nervios. Jackie la miraba esperando su respuesta. ¿Pero qué podía decirle? Detuvo su andar y se volvió hacia ella.
–Debes ir tú, Jackie. Yo estoy en medio de una misión que no puedo dejar atrás.
Jackie negó con la cabeza y se levantó para detenerse frente a ella.
–Bren, por favor. Se trata de las chicas.
Los ojos de Brenda se humedecieron. ¿Qué podía hacer? Lo que estaba a punto de hallar en otro país también era demasiado importante para ella.
–Te juro que lo sé. Solo te pido que vayas primero y empieces a buscarlas. Yo me uniré a ti en unos días.
Jackie pareció impacientarse.
–Bren, el silverwalker Metanón me viene persiguiendo desde hace casi un año. No podré sola. Necesito que me ayudes.
Brenda le dio la espalda porque no quería que su amiga notase las lágrimas que comenzaban a caerle por las mejillas. «Esto es una verdadera mierda», pensó. Sin darse la vuelta contestó:
–Es que estoy en algo crucial, Jackie. Algún día te lo explicaré. Y prometo ir al Delta apenas pueda.
Jackie la tomó de los hombros y la miró con esos ojos increíbles que podrían derretir a cualquier ser que tuviese un corazón en el pecho.
–Me pides que me enfrente a cinco silverwalkers, uno de ellos obsesionado conmigo; a una Aniel que, estamos casi seguras, se negará a venir; a Maia, que ha caído en manos de una bestia, y encima a dicha cosa mitológica. ¿Qué más esperas de mí?
Brenda suspiró. Y en ese instante se dio cuenta de que lo que decía su amiga era verdad. Jackie podía ser una mujer con enormes agallas, pero no estaba entrenada lo suficiente ni acostumbrada a situaciones extremas como ella. Y se sintió vencida.
–No puedo decirte que no, amiga.
Jackie la abrazó y se quedó así hasta que la escuchó susurrar:
–Gracias.
Capítulo 3
Delta del río Paraná, Argentina
Maia había despertado esa mañana con una sensación rara en el estómago, como si algo no encajara. En un principio lo había relacionado con los sucesos vividos en los últimos meses, donde las emociones aún luchaban por acomodarse. Pero un ansia profunda de felicidad balanceaba sus temores. Se sentía amada, por primera vez en su vida, como jamás hubiese imaginado. No solo tenía el amor de sus padres y de su hermana, sino también el de Damián, que no descansaba en su esfuerzo por hacerla dichosa. La mimaba, le daba seguridad y, sobre todo, libertad. Las cadenas del pasado habían sido eliminadas, y juntos comenzaban a construir una comunión sólida e inquebrantable.
Pero ese día se notaba diferente y no sabía por qué.
–Maia ––escuchó que una voz la llamaba. Se volvió sabiendo a quién encontraría.
Aniel venía hacia ella, con una sonrisa radiante en el rostro. Su panza se había vuelto voluminosa. Hacía poco que Gabriel y ella habían decidido conocer el sexo del bebé y, a través del símbolo que los dos manejaban, un octaedro sagrado, habían podido detectar el alma que estaba llegando. Y era un varón. Maia le devolvió la sonrisa y la recibió con un fuerte abrazo.
–Me encanta que hayas venido a visitarme ––le susurró al oído.
–¿Dónde está Rosarito?
–En casa de unos amiguitos en Buenos Aires. Pasará el fin de semana con ellos.
–¿Damián la ha llevado?
–No. Lo ha hecho Ruryk. ––Aniel rio a carcajadas––. Cuando estábamos a punto de salir con la niña, se nos adelantó y nos dijo que tenía muchas ganas de pasar tiempo con su «sobrina».
–Se ha tomado muy en serio su papel de «tío».
–Me ha impresionado. Ruryk siente una especial fascinación por Rosarito.
–Bueno, ¿quién no la siente? ––contestó Aniel asintiendo con la cabeza––. Acuérdate de tu gran locura por ella desde que la conociste.
–Era mi gran debilidad en la fundación de México.
–También es comprensible, hermanita. Fuiste tú la que la rescató de un cubo de basura en las calles de esa ciudad cuando era solo una bebé.
Los ojos de Maia se humedecieron recordando aquel suceso. Aún se horrorizaba al pensar en cuál hubiese sido el destino de la que después se convertiría en su hija si ella no la
