Alma viva: La gurú del desamor

Ava Cleyton

Fragmento

alma_viva-2

1

¿El Fin?

Cuando decidí montar mi propio bufete suspiré. Tenía por delante muchos meses de trabajo, interminables noches de insomnio, palpitaciones en el pecho y ¡a saber! Más de cien mil funcionarios con ganas de mandar mi sueño directamente a la mierda. Por no contar con la cara de preocupación que se le ponía a mi madre cada vez que lo mencionaba.

—Pero hija, ¡¿qué necesidad tienes de complicarte la vida?! Anda, no seas tonta, hazme caso. El año que viene cumples treinta y cinco años, llevas trabajando para Midas y Asociados, ¿cuánto?

— ¡Toda la vida, mamá, desde que salí de la facultad! ¡Estoy hasta el moño de expedientes laborales, despidos conflictivos, sindicatos de trabajadores, comités de empresas y su puta madre! Me aburro…

—¡Anda esta, pues claro! A ver si te pensabas que ibas a ser como la loca esa de la serie que veías en casa, Ally Mcbeal.

(Ally Mcbeal, una serie de los 90 que a mi madre le encantaba, donde extraños hologramas de bebés que bailaban canciones antiguas avisaban a la protagonista, una abogada histérica e hiperflaca, de que su reloj biológico avanzaba hacia el abismo de la cuarentena o, dicho en castellano, que se le pasaba el arroz…).

—¡No, claro! Pero ¡cómo decirte! La vida misma te va guiando, y creo que si no me voy ahora no lo haré jamás. Además, mamá, me sorprende que ahora, a la vejez viruela te vuelvas tan conservadora ¿Qué te ha pasado, guerrera?

—Lo mío fue distinto, hija. Sabes que no tuve más remedio que luchar. Pero las cosas han cambiado y ahora es todo más difícil. Cariño, quédate quietecita, que la situación no es la idónea para montar un negocio propio. No tienes más que poner las noticias, cada vez más paro, más crisis y menos dinero. Y tú, Alma Viva, aun soltera, sin novio y, claro, sin chispita de ganas de hacerme abuela… No seas cabezona, y céntrate en lo que debes hacer. Si me lo acabas de decir, ya no eres una cría.

Alma Viva, ese en mi nombre. Ni Alma María ni Alma a secas. Estoy convencida de que mi madre lo escogió cuando todavía estaba en su tripa, una tarde interminable de culebrones, o de teleseries, o de películas de sobremesa basadas en historias reales.

—¡Vale ya, no me agobies! Además, tienes tres hijas más que te darán nietos. Y no soy tan mayor, una «yogurina».

—A punto de caducar. Y a ti no te podemos cambiar la tapa…

—¡Dios mío, dame paciencia! —exclamaba de vuelta a casa, Sí, tal vez tenga razón, pero ¡qué narices! ¿Y por qué iba a salir mal?

La idea, por mucho que insistiera la mayoría de la gente que conocía, era fantástica, y como buena letrada hice los deberes. La tasa de divorcios y separaciones se había triplicado durante los años de crisis. Aquello de que cuando el dinero sale por la puerta el amor lo hace por la ventana es una realidad tan latente como las cifras del paro, la de la preocupante baja tasa de natalidad o la de los millones de seguidores de «El Rubius». Por lo tanto, público objetivo tenía para dar y tomar. La estrategia por seguir estaba clara. Divorcios low cost, sin más, nada de embrollos en casos millonarios de patrimonios sustanciosos donde los afectados se pelean por las mansiones repartidas por medio mundo. Para eso ya existe un buen puñado de abogadas que se las saben todas y que se han hecho con el monopolio de rupturas mediáticas y, en consecuencia, muy lucrativas. Pero no, a mí eso no me iba ni me va. ¡Qué coñazo! estar todo el día de plató en plató para terminar hablando de lo que menos tiene que ver con el caso. O para que te contraten de tertuliana en un magazine matutino ¡Uy, qué pereza! Tampoco me saqué la carrera para terminar de famosilla chismosa. Al fin y al cabo, me gusta mi trabajo, mejor dicho, me apasiona, y sinceramente, el postureo de las cámaras no me seduce.

Así fue como nació ¿El Fin? Agencia de abogados matrimonialistas. ¿Abogados? A ver, tengo la esperanza de crear un equipo de juristas en breve. Y el nombre, con los signos de interrogación incluidos no ha sido idea mía. No soy tan creativa, de lo contrario me dedicaría a pintar o a modelar barro. The End existe. De hecho, es un bufete muy famoso de una colega norteamericana. Sencillamente le he añadido el interrogante porque estoy segura de que la persona que se anima a llamarme cuenta, al menos, con un primer atisbo de esperanza. Con ¿El Fin? Estoy diciendo a mis clientes potenciales: «¿No será que ahora comienza lo bueno? ¿Has pensado que cuando firmes el divorcio empezarás a vivir sin el lastre de un hombre o de una mujer a tu lado que sencillamente sobra, te machaca, te resta en vez de sumarte, en definitiva, te anula por completo?».

Vale, suena frío. Y no es que pretenda hacer apología del desamor, aunque de nuevo la cruda realidad me aplasta las gafas en la nariz. De alguna manera tenía que ser capaz de desdramatizar una situación que en principio era caótica, arrolladora, descoloca, hace sentir vértigos, pero que al igual que todo en la vida tiene su lado positivo. La manera en la que uno se lo toma es lo importante.

Y ahí estaba yo, Alma Viva, dichoso nombre el mío; sí, original un rato, también, más de poetisa que de abogada, para qué engañarnos; con un bufete propio abierto en pleno centro de Madrid en el que había invertido todo: mi tiempo, mi dinero, mi vida.

Era consciente de que el nombre elegido «El Fin» podría haber sido un hándicap. Pero aun así seguí hacia delante, sin pensar en el fracaso, para alumbrar el camino pedregoso, lleno de trampas y de baches, de pozos sin fondo y de sorpresas poco agradables, al sufrido ignorante recién divorciado que enfrentaba la nueva vida con más miedo que un gitano a las puertas de un cuartel.

alma_viva-3

2

Moviéndome entre avestruces

Desde entonces he aprendido, junto a mis clientes, sobre todo, que lo fundamental en esta vida es afrontar la realidad de la mejor manera posible. El día a día me ha hecho recapacitar sobre la cuestión, distinguir a aquellas personas que van de víctimas, de avestruces o de guerreras. Y aunque la terminología parezca sacada de un libro de autoayuda, la experiencia me ha hecho distinguir en el cliente los rasgos de cada una de las maneras de vivir la separación. Incluso, después de tantos años he entendido la de mis padres, y llegué a la conclusión de que ¿El Fin?... está dentro de mí desde hace mucho más tiempo de lo que imaginaba.

Una tarde de principios de verano oímos un portazo. Mis hermanas y yo, como las Mujercitas —adoro las pelis clásicas— estábamos viendo la televisión, muertas de calor esperando que al día siguiente abrieran la piscina de la urbanización donde vivíamos en Torrelodones, cerca de Madrid. Tras el estruendo de la puerta, el ruido ensordecedor del metal de unas llaves sobre la encimera de la cocina. Acto seguido el desgarro de un llanto.

—¡Mamá! —exclamamos las cuatro al unísono, mientras nos levantamos de un salto del sofá y corrimos hacia la cocina.

Cuando la vimos sentimos la necesidad de abrazarla. No sabíamos qué podía ocurrirle. Se había sentado en una banqueta y miraba a través de la ventana, que daba directamente a la piscina vacía.

—¿Qué te pasa? ¿Estás bien? —preguntó mi hermana Luz.

Entonces éramos muy pequeñas. Yo tenía quince años y ella doce. Después estaba Cristina de diez y la canija, Lorena, de cinco.

—Mirad, mis niñas, ya están llenándola. Mañana nos podremos bañar —respondió sin darse la vuelta para mirarnos—. Anda, ven aquí —le dijo a Lorena para que se subiera en sus rodillas— que no lo ves.

La voz le temblaba. Había dejado de llorar en cuanto nos vio aparecer por el umbral.

—¿Me puedo bañar en la grande? —preguntó mi hermanita con un acento graciosísimo, mellada como estaba, muy sonriente.

—¡Claro, mi vida, pero siempre de la mano de tus hermanas!

Luz y yo nos miramos. Mamá estaba temblando, y no de frío.

—Cristina, llévate a la niña a tu habitación, cariño… —dije yo.

—¡Vale! ¿Jugamos a algo? ¿Pintamos? —le preguntó a la benjamina mientras la cogía en brazos.

Entonces Luz y yo nos quedamos a solas con ella.

—Vuestro padre y yo estamos mal —espetó de repente, ahora con sus manos entrelazadas entre las nuestras. Nos habíamos sentado a ambos lados de ella poniendo las manos sobre sus rodillas—. Lo siento, hijas, pero…

—¡Pero qué, mamá! No lo entiendo, si siempre os estáis dando besos —dijo Luz.

—Cariño, tal vez algún día entiendas que a veces las personas hacemos cosas de las que nos arrepentimos. Yo intentaba mantener la familia unida. Pensaba que la había olvidado, que se trataba de un entretenimiento. Pero es imposible. Hoy he ido a recogerle a la universidad. Me dijo que tenía que quedarse a trabajar, muchos exámenes por corregir.

Se deshizo en lágrimas sollozando amargamente.

—Mamá, no importa, desahógate. Entonces has visto a papá…—intervine yo.

—Estaba con ella, en la cafetería.

—¿Y qué? Por cierto, cuando hablas de «ella» ¿a quién te refieres? —me atreví a decirle. Ahora era yo la que temblaba de arriba abajo. Temía la respuesta, pero ya prácticamente la había adivinado.

—Con una alumna. Tendrá veintidós o veintitrés años. Una cría.

—¡Ah, bueno, eso es que le estaba explicando algo de los exámenes! —exclamó Luz con la inocencia natural de su edad—. Siempre repites que papá es un gran profesor.

Mi padre trabaja en la Complutense y da clases de Matemáticas. Le apasiona la enseñanza. Ha tenido ofertas de grandes multinacionales, pero siempre las ha rechazado. Es de los que opinan que el trato con los alumnos y el ambiente universitario es lo mejor de la vida. Desde esa tarde comprendí que valoraba más cosas de su profesión.

—¡Anda, Luz, cállate! —le dije a mi hermana guiñándole el ojo derecho— ¿Y entraste a la cafetería, mamá?

—No pude, Alma Viva. Los observé a través de la cristalera, sin que ellos me vieran. Entonces lo supe. Tu padre lleva negándolo mucho tiempo. Dice que son imaginaciones mías. Pero no. Vi cómo la cogía de la mano.

—Ya —musité con un nudo en la garganta.

—Y lo que más me dolió es que tu padre estaba feliz, riéndose, mientras ella le contaba algo. Sus ojos le brillaban, como hacía tiempo. Es así, y aunque no le he dicho nada, sé que me ha estado mintiendo…

—¡Jo, qué fuerte! —exclamó Luz.

— ¡Por favor, chicas, ni una palabra a las pequeñas! Y sobre todo nada de poner mala cara a papá cuando venga. Os quiere con locura.

Así fue como se me quitó la venda de idealización que hasta ese día de junio tuve acerca del amor eterno. Mis padres ¡No me lo podía creer! Se separaron al mes siguiente. Mi padre se buscó un apartamento cerca del Campus y desde entonces íbamos a visitarle los fines de semana alternos. Había sucedido todo tan rápido que tardamos bastante en asimilarlo. Nunca supimos con certeza si al final él y esa chica tuvieron algo más que encuentros calentorros en la cafetería. Pero, si una cosa saqué en claro de aquello, es que, a pesar del tiempo que tardó mi madre en volver a ser persona, lo consiguió. Por una temporada fue avestruz y escondió la cabeza ignorando que su marido ya no la quería. La sacó, pero el miedo y la tristeza la sumieron en tal estado que había días en los que no podía levantarse de la cama. Si lo hacía, apenas nos hablaba y, si finalmente se sentaba con nosotras, no dejaba de llorar y de culpar a todos de su desgracia, salvo a sus mujercitas. Mi hermana Luz y yo ejercimos de padre y madre a jornada completa en aquel desalentador verano del que, gran parte de las horas, pasamos en remojo, mientras mamá solo se asomaba al balcón cuando nos llamaba para comer.

Vino el otoño y mi madre, que hasta entonces se había dedicado plenamente al cuidado de la casa, decidió salir a buscar trabajo. Decía que no podía pasar tantas horas allí, donde todos los rincones le olían a él. Se sacó el carné de conducir y se dedicó a la venta inmobiliaria. Hoy sigue trabajando, no en la misma agencia en la que comenzó, en lo que fortuitamente se convirtió en su profesión. Y un día amaneció, nos reunió a las cuatro en la cocina, nos besó en las mejillas, lo que nos dejó la cara empapada de una mezcla de lágrimas y saliva, y nos dijo:

—¡Chicas, la vida es simplemente maravillosa!

Acto seguido soltó una enorme carcajada. La guerrera —si por algo se llama Minerva— había resurgido, mucho más auténtica.

alma_viva-4

3

La imagen del desamor

—Buenos días. ¡Vaya cara que traemos hoy, Lore! —le regaño a mi hermana pequeña que ejercía de secretaria para mí mientras flipaba con el sueño de convertirse en actriz. La petarda ya lo era desde pequeña, pues ninguna como ella para teatralizar cualquiera de las cosas normales que les suceden a las adolescentes. Y es que mi loquita tiene ese punto de vivacidad que nos gustaría tener a todos, incluso a los burócratas aburridos con los que estoy obligada a mediar a diario en los despachos.

—Buenos días, Almi (como algunas jóvenes de su generación, habla con la terminación «i» que usa para todi) —contesta con la voz ronca. Es lunes. Al menos se ha dignado a aparecer.

—¿Mucha fiesta el fin de semana?

—Una poqui —me dice acercándose, bordeando la mesa y dándome un beso en la mejilla.

—¡Mira, guapi, no me hagas la peloti porque tengo un listado interminable de chicas que matarían por ocupar tu puesti! Y tú llegas dos horas tarde, con ojeras y esa voz. ¡Dios mío! Hoy no atiendes el teléfono…

—¡Pues vale, tú me pagas, yo obedezco! Dicen que la esclavitud fue abolida hace la tira de años. ¡Mentira! Pero vamos, que sepas que no te lo voy a tener en cuenta porque te quiero muchísimo. Y es lunes, estás soltera.

—¿Y qué tiene que ver eso, capulla?

—Nada, Alma Viva, nada, anda. ¿Te preparo un café? Me va a estallar la cabeza. Aunque no te lo creas, yo trabajo también los fines de semana.

Trabajo, ya, pienso mientras veo a la benjamina alejarse hacia el pequeño cuarto que convertimos en sitio para todo. La oficina no es muy grande. Cuenta con una sala espaciosa y luminosa y dos despachos más pequeños. Cuando la encontré estaba hecha un desastre, la moqueta olía a humanidad, llena de manchas sospechosas, y las ventanas pedían a gritos que el Cristasol derramara sobre ellas toda su lluvia. Había sido una asesoría fiscal. El dueño era un antiguo cliente de mamá. Al saber quién era yo, me la dejó a un precio increíble, contando con que el inmueble está en el Barrio de Chueca, muy céntrico y bien comunicado. Lo primero que hice fue levantar aquella moqueta infecta y en su lugar dejé el suelo tal y como estaba debajo, solo que tratado convenientemente. Era de tablas de madera, me parecía un sacrilegio que alguien lo hubiera escondido, porque una vez barnizado daba un toque de distinción insuperable. Lo demás fue fácil: muebles de oficina de Ikea, lámparas modernas, estanterías cómodas, y todo lo necesario para que ¿El Fin? no se convirtiera en un despacho al uso, frío e impersonal. Para ello colgamos —me ayudaron mi madre y mis hermanas, de lo contrario hubiera sido imposible hacerlo sola— un gran cuadro que encargué en un estudio de fotografía. La idea era la siguiente: quería poner en grande EL FIN, como si se tratara del THE END famoso de las películas. Pero necesitaba darle un aire antiguo. Lo cierto es que el fotógrafo que encontré a tan solo dos calles de donde está el bufete era un chico supermoderno, tipo hípster, que captó mi idea a la perfección e incluso se entusiasmó con ella. De ahí surgió el maravilloso cartel en el que se lee ¿El Fin? En letras blancas sobre un fondo opaco, sin llegar a ser negro, pero que recuerda a la perfección el último fotograma de cualquiera de las películas en blanco y negro tan maravillosas como míticas. Debajo del cartel decidí instalar un pequeño sofá blanco con los cojines en tonos burdeos. Además, me gusta tener muchas flores, aunque no me sobra tiempo para cuidarlas. Por eso hemos solucionado el problema comprándolas artificiales. Los tonos siguen siendo los que más me gustan, calientes ¿¡Paradoja!? Tal vez, pero ¡¿quién ha dicho que solo se puede poner pasión en el amor?! Yo soy partidaria de hacerlo todo en la vida como si no hubiera un mañana. Estoy un poco harta de que la gente piense que los abogados somos insensibles. ¡Pero qué lástima, nada más lejos de la realidad! Y el bufete debe reflejar con exactitud mi filosofía de vida, la vida que se abre tras el divorcio.

—Sí, rica, trabajo —contesta Lorena mientras coloca la bandeja con los dos cafés y unos donetes de chocolate— y me saco una pasta...

—Lore, ten cuidado, vale, —le digo retirando la mirada de la pantalla del ordenador—. En menos de una hora he quedado con una clienta. ¿Lo sabe mamá?

—Pues la verdad es que no. Pero a ver. Necesito pelas. Si yo sé que tú no puedes pagarme más, y te lo agradezco.

—Ya, y yo a ti. Me encantaría subirte a los quinientos, pero ya sabes que con todos los gastos que tengo me es casi imposible. Aun así, no creo que necesites hacer de florero los sábados por la noche, en esa discoteca que dices que es respetable. ¡Venga ya! —exclamo removiendo el café.

—¡Joder, pero si van todos los del Madrid! Y no veas cómo son de amables con nosotras…

«¡Ay, Lorena! —pienso yo— ¿Es posible que seas tan inocente?».

Mi hermana pequeña es la más mona de las cuatro. Morena, con el pelo largo, nariz respingona y un cuerpo que quita el hipo; se parece mucho a mi madre. Yo no soy tan explosiva, aunque a juzgar por las reacciones de mis colegas he de decir que no salgo tan mal parada. Y el hecho de llevar gafas se ha convertido en uno de mis ganchos. Parece increíble. Pues no me habrán llamado veces gafotas, cuatro ojos o cegata en mi vida. ¡Y ahora están de moda! Hay que joderse…

—Peor me lo pones. Pero bueno, casi ganas tanto allí en cuatro días como lo que te pago en todo el mes… ¿En serio no lo ves?

—¡Claro!, ¿y no es genial? —exclama con la boca llena de chocolate—. Para que veas, jefa, soy leal a El Fin. Y encima me da para comprarme ropa elegante, como dices tú.

—¡A ver, Lore, no podías seguir vistiendo con los shorts por la mitad de los cachetes del culo ni con las camisetillas esas por encima de la cintura… Aún tiemblo al recordar el día que tuvo que venir el Samur a por el ex de una de mis clientas…

Lorena se echa a reír. Había pasado hacía un año, en verano. Yo me encontraba con una pareja que se acababa de poner de acuerdo en la custodia de los hijos. Era extraño porque generalmente son ellas, mis clientas, las que acuden al despacho solas. Es lo más lógico. Pero en esa ocasión su ex tenía que venir al barrio a visitar a un antiguo amigo y, como con mi clienta no se llevaba mal, solicitó estar delante de la conversación, cosa que ni a ella ni a mí nos importó lo más mínimo. Entonces entró Lorena, de esa guisa, muerta de risa, porque la acababan de llamar para hacer un casting para Mediaset y debía irse en diez minutos.

—Vale, Lorena, no te preocupes —le contesté con tono serio.

—Y digo que tendré que irme a casa a cambiarme porque no voy a presentarme a la tele así…

El hombre se dio la vuelta, a riesgo de quedarse clavado ante el vuelco irracional de su cabeza al escuchar la voz de mi hermana y, al confirmar que la dulzura de aquella criatura no era exclusiva de sus cuerdas vocales, comenzó a hiperventilar como si realmente le faltase el aire.

—¡Pero, hija mía, ¿qué hay de malo en esos pantaloncitos, y esa camisetita. ¡Ayyyy! con ese cuerpazo que Dios te ha dao…! —espetó conmocionado de repente a mi hermana, que se reía acostumbrada como estaba a recibir piropos de, según sus propias palabras, viejetes salidos.

—Oye, Paco, por mi madre, que no hemos firmado los papeles, desgraciado —intervino mi clienta ciertamente indignada—. ¿Y ya estás ligando? ¡Una gilipollas, eso es lo que he sido yo contigo, una auténtica imbécil! ¡Ciega estaba, cabronazo! —gritó totalmente desbocada, como si llevara meses, años, siglos sin hacerlo. Y eso que realmente me habían dado la impresión de ser una pareja de lo más cordial y educada —Y usted, Alma Viva, ya le vale… Podría sugerirle a la zorra de su secretaria que no acudiera a trabajar vestida como una golfa…

—¡Uy, lo que me ha dicho la bruja esta! —exclamó mi hermana acercándose a ella por encima de su pareja, de tal forma que sus pechos rozaron levemente los hombros de él, que entonces se puso pálido mientras las dos hembras discutían como verdaderas fieras. Me di cuenta y entonces intervine:

—¡Un momento, por Dios, señoras, comportémonos! Señora Ortiz, le pido mil disculpas, no era intención de Lorena. Esta mañana no ha tenido tiempo y ha venido directamente de casa de una amiga y…

—Eso, encima juzgándome sin conocerme de nada. ¿Usted que se ha creído? —dijo Lorena muy indignada.

—¡Cállate, Lore, y haz el favor de irte!

—¡Pero, Almi, yo…! —exclamó a punto de echarse a llorar.

—¡Lorena, por favor, no te lo digo más, luego hablamos!

Mi hermana salió del despacho cabizbaja mientras yo pedía disculpas a mi clienta, que, igualmente se disculpó de su ataque de ira y al final se echó a llorar. Una vez calmadas observamos al hombre, que tenía un gesto extraño.

—¡Paco, ay por tu padre, ¿Paco?! —exclamó su ex, y luego me miró fijamente— ¿No crees que está muy blanco el pobre, Alma Viva?

De repente me tuteaba. Chungo.

Rodeé mi mesa y me coloqué junto a él. En mi puta vida había dado una clase de primeros auxilios, pero inconscientemente fui a ponerle los dedos en la yugular en busca de pulso.

—¡La hostia, que no lo encuentro!

—¿El qué? —preguntó la que se creía su viuda ya.

—¡Joder, que no respira, que le ha debido de dar un infarto y nosotras gritando mientras! ¡Mierda, mierda! ¿Sabías que sufría del corazón?

—Si, bueno, y del riñón, y del hígado. Si lleva toda la vida quejándose, como todos los hombres, vaya —contestó ella increíblemente tranquila.

—¡Pero por lo que más quieras, vamos a llamar al Samur! —exclamé histérica.

«¡Solo me faltaba esto, y que la palmara en mi despacho!», pensaba.

—Eh, por cierto, Alma Viva, ¿controlas de herencias?

Gracias a Dios tan solo se trató de un amago. Pero el susto que nos llevamos fue para contarlo. Los sanitarios le reanimaron allí mismo y enseguida lo llevaron al Clínico. Otra de mis hermanas, Luz, trabaja allí. Es cirujana. Esa misma noche me confirmó que aquel hombre se mantenía estable.

—Y un consejo, hermana —me dijo por teléfono—, si quieres que el negocio funcione, debes hablar claramente con Lorena.

—Lo sé. Ya no le voy a permitir que venga así al despacho. Pero estaba tan ocupada que apenas me daba cuenta de esos detalles. Y como total, no suelo tener clientes masculinos…

—Es igual. Una imagen vale más que mil palabras. No pretendas ofrecer seriedad y respeto cuando tu secretaria va enseñando el culo al personal. Y te digo más, si no hablas tú con ella, lo haré yo.

—Tranquila, sé que está arrepentida y que no se da cuenta. Es muy joven y, claro, le encanta lucirse. Además que la cabrona puede.

—¿Y tú, y Cristina, o yo? Alma, las cuatro somos mujeres de armas tomar. Y, sin embargo, solo ella viste como una zorra. Reconócelo, y mamá ya no sabe cómo decírselo. Pero le da igual. Con eso de que quiere ser actriz le perdona todo.

Desde aquella fatídica tarde hablé seriamente con Lorena y reconozco que desde entonces mi secretaria ya no ha vuelto a armármela. Cierto es que lleva los trajes de chaqueta con faldas demasiado cortas y jerséis de tallas más pequeñas que la suya. Pero es que es tan graciosa y divertida que sin ella muchas de las mañanas serían tan sosas y aburridas como mi antiguo bufete laboralista. Es evidente que aquel casting de Mediaset fue otro de sus muchos desastres.

—Bueno, pequeñaja, vamos a recoger esto un poco que tenemos visita —le digo una vez que terminamos el desayuno.

—Sí, Penélope Echevarría, he quedado con ella a las doce. Le he dicho que por favor sea puntual porque luego te vas al Juzgado.

—Estupendo, mi niña. Pues cuando venga me la pasas.

alma_viva-5

4

Miss Verdad

Penélope Echevarría poseía el glamour y la elegancia de una actriz de los años cincuenta, a pesar de haber nacido en un pueblo manchego de pura cepa como Tomelloso. De larga y sedosa melena castaña y una intensidad en la mirada de grandes ojos negros que podía traspasar a cualquiera que se cruzara con ella cual espada láser de Luke Skywalker, tenía el encanto de ser una seductora nata sin apenas darse cuenta. Era una de esas bellezas inéditas que se encuentran en los lugares más insospechados. Como el lirio de los valles, la flor prosperaba en la sombra más profunda del invierno alegrando los días de todos sus vecinos. Y cuando el estío derramaba con toda la fuerza el calor más bochornoso, ella salía airosa como un Nomeolvides azul eléctrico, soportando estoicamente con alegría y frescura las tórridas temperaturas de la meseta castellana. De adolescente paseaba su impresionante anatomía por la plaza del pueblo y algunos de los vejetes que se sentaban en los bancos, a la espera de que la tasca donde echaban la partida de dominó abriera tras la siesta, dudando de sus facultades físicas y mentales lógicas de la senectud, se creían como El Quijote embobado ante la sublime estampa de Dulcinea.

Pero Penélope no solamente era real y tangible, humana, aunque divina. Habían pasado los años y residía en el Paseo de la Habana, y todavía poseía una cara preciosa y un cuerpo tan armónico como sorprendente, a pesar de haber cumplido los cuarenta. Penélope tenía la tan cotizada rareza de no poder aparentar lo que no era.

Llevaba viviendo en Madrid unos años antes de casarse con Julián Castañares, un hombre de extracción muy humilde que hizo su fortuna en el mundo de las telecomunicaciones a principios de los años noventa. Julián era sin duda el sueño americano en versión castiza para cualquier mujer casadera. Su suegra solía decir de él que era todo un hombretón, con un tipazo como el de pocos y un aire de señor a lo Gary Cooper de los que ya no quedan. Lo cierto es que el marido de Penélope representaba el prototipo de macho ibérico en todos los sentidos. Era socio del Madrid desde que pudo hacerse con el carné blanco —para él era uno de sus mayores logros, junto a la licencia de caza mayor y la Visa Platino— por lo que compartía palco con empresarios de la construcción y de las altas finanzas, conducía coches de lujo y se vanagloriaba siempre que tenía ocasión de haberlo conseguido todo sin la ayuda de nadie.

Cuando conoció a Penélope ya contaba con un capital importante. Ella trabajaba de azafata en el estadio de sus amores mientras la gran mayoría de aficionados bebían cerveza en vasos de plástico, comían pipas escupiendo las cáscaras en todas las direcciones posibles y seguían el ritmo frenético del esférico en los pies de sus ídolos. Se jugaba un Madrid-Barca y la tensión podía ma

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos