Distancias que fortalecen lazos

Lizbeth Anel

Fragmento

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Capítulo 3

—Buenos días —dice Manuel mientras se baja de su camioneta de gran estirpe.

—Buenos días.

—Soy nuevo por acá. ¿Sos de esta estancia?

—Soy la dueña de Las Azaleas, sí. ¿Y vos sos? —pregunta María Laura con una sensación extraña en su estómago. Sus ojos se quedan obnubilados por el brillo de la mirada del desconocido.

—Yo soy Manuel, Manuel Béndero. Acabo de comprar la estancia La Luciérnaga. ¿Somos vecinos, entonces?

—Sí, lo somos. Me llamo María Laura, mucho gusto.

—Te va a parecer tonto mi comentario, pero ando en busca de paz y tranquilidad —menciona casi con una sonrisa.

—Pues... bienvenido, entonces... viniste al lugar indicado.

—Bueno... gracias... un placer conocerte...

—Igualmente...

—Hasta luego... nos vemos...

—Chau...

Él se aleja en su camioneta Ranger color negra, y ella apenas atina a parpadear como lo hace cada vez que un sueño parece sacarla de su letargo. Solo la polvareda que se evapora como el rocío matutino, todo junto y amontonado, le desdibuja la circunferencia de lo demás.

***

Empieza a retomar el regreso hacia la casa muy lentamente, observando cómo los eucaliptus se hacen eternos hacia el firmamento. Y tiembla. Siempre los admira por su magnificencia, omnipotentes e intocables, y no deja de sorprenderse al ver tantos caídos, arrancados de cuajo desde sus entrañas, recostados sobre sus hermanos como intentando, con desesperación, aferrarse a la vida. Sus raíces sacadas hacia arriba del límite del suelo pretenden asustar con su presencia, y el hueco profundo y oscuro amenaza para que nadie se atreva a profanarlo. Son muchos a lo largo del camino los que el viento enojado e inoportuno ha ido tirando como si fueran pequeños palos de quebracho. Imagina el momento en que la brisa se transformó en ráfaga y esta en remolino, y un nuevo cambio intenso, en tornado. Enfurecido resorte gris oscuro arrasando todo a su letal paso. En dos oportunidades eligió esta ruta y ellos no pudieron sostenerse.

Imagina el momento exacto en que su propia vida fue quebrada por un tornado enfurecido.

Su árbol preferido, este eucaliptus, que sabe la inteligente naturaleza por qué ha recostado su tronco sobre el suelo como promesa de amor incondicional hacia la madre tierra, la recibe ahora en el trayecto. La nombrada por su abuelo Planta baja, que no es baja porque, cuando su cuerpo empieza a subir, lo hace tanto o más que sus hermanos. Simula un trono con su respaldo cómodo, inclinado, en el que te invita a tomar asiento para pensar. Y el pensamiento se escucha en voz alta, así que guarda en su fuero interno muchos secretos contados al pasar. Si la Planta baja pudiera expresarse, millones de letras se desprenderían y a las aureolas celestiales agasajarían.

La admira unos instantes y decide pasar el alambrado para juntar algunos choclos más de este otro cuadro. Sabe perfectamente el punto de maduración adecuado para arrancarlos y poder degustarlos, porque tanto su abuelo como su papá se lo enseñaron. Después de recoger varios y ver que ya sus brazos no podrán trasladar más, vuelve al camino.

Viene a su encuentro Cristian, al verla llegar con los brazos cargados.

—Pero, Mari, ¿por qué te pusiste a juntar choclos? Si yo podía ir a buscar.

—Porque tengo antojo de comer, amigo, y los vi tan tentadores; mirá, están en su punto justo. Mmmm, aunque me moriría por uno asado entre las llamas.

—Sus deseos son órdenes, mi señora. ¡Marchen choclos asados, entonces!

—¿Vas a prender un fuego? Mmmm, ¡ya se me hace agua la boca! —exclama entre carcajadas. Como siempre, como tantas veces que él la hace reír.

***

Días más tarde, una noche tempestuosa, sin luces brillantes, solo la de los relámpagos, donde la tormenta se levanta de repente acorde a la fecha del calendario. María Laura se encuentra sentada junto a la ventana. José y Adela se han tenido que quedar en el pueblo justamente porque divisaron en el horizonte tremenda mole que avanzaba. De repente, oye que el portón de uno de los galpones de las herramientas se golpea casi con desesperación. Así como está, en camisón ya, sale corriendo para ir a cerrarlo. Los relámpagos alumbran destellantes y los truenos suenan ensordecedores, urgentes de descargar la esencia de las nubes. Cuando está cerrando el portón, un nuevo haz de luz ilumina todo el espacio y allí, sobre sus botas para la lluvia y un piloto que lo cubre casi todo, está el nuevo vecino acercándose.

—Qué tormenta terrible, quise venir para ver si necesitan algo y saber si la energía eléctrica no solo se cortó en casa.

—Ohhh, hola...

—Ay, disculpame, te asusté...

—No, no, está bien... bueno, sí, tal vez un poco —dice sonriendo y tratando de calmarse, cosa que no logra al darse cuenta de que solo viste un camisón.

—Perdón de nuevo... bueno, si está todo bajo control...

—Sí, sí está todo bien. Acá también se cortó la luz y así se va a quedar, no te quepa duda. Muchas veces la cortan a propósito cuando hay tormenta fuerte.

—No me digas... bueno, supongo que es otra de las cosas que tengo que aprender de vivir en el campo.

—Sí, claro... no sé, ¿querés pasar?

—No, no, ya me voy y te dejo tranquila. Supongo que estabas a punto de acostarte —menciona, y en sus ojos se vislumbra un dejo de picardía al observarla.

—Casi, sí —dice sonrojándose como hace mucho no le pasaba.

***

El tiempo intercambia caminos comunes, palabras de agradecimiento, miradas coordinadas. Nada y todo refleja el presente. Nada y todo indica almas parecidas. Nada y todo imagina corazones imantados.

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Capítulo 4

Manuel Béndero, el doctor en abogacía Manuel Béndero, es de una ciudad bastante distante. Muy apuesto, esbelto, con el cabello oscuro, la tez muy blanca y los ojos verdosos. Se sabe de él lo que se dice en el pueblo. Cuando compra la estancia La Luciérnaga paga en efectivo y además contrata a Martín, el empleado de toda la vida de los Laras. Remodela completamente la casona y cambia todos y cada uno de los postes del campo. Una vez a la semana, lleva al jardinero del pueblo para que le cuide y acondicione las plantas. Se adueña de diversos libros relacionados con la agricultura y la ganadería. A partir de la adquisición de todos los animales, tiene hombres trabajando en la construcción de establos, chiqueros, gallineros, cobertizos.

Martín lo ve inexperto, hasta torpe a veces, callado, apenas conversa, pero con muchos deseos de aprender y sin problemas para ponerse a trabajar a la par suya. Parece, y es, rico, pero no creído como muchos de la gran ciudad.

El día que pintaron la cerca de la casona, quiso a toda costa hacerse cargo de todo. Primero, al no tener idea de nada, no diluyó la pintura y se le complicó un poco el trabajo, pero le preguntó cada detalle; y con los oídos bien abiertos, hizo todo lo que él le enseñó. Al tercer día, la cerca relucía blanca y brillante. Así como el semblante de Manuel. Estaba feliz de poder haber terminado su primera tarea manual.

En innumerables momentos, Martín lo ve pensativo, como si su cabeza estuviera a kilómetros de distancia. Y con mucho cuidado, intenta entablar una charla para lograr traerlo de regreso.

—¿Todo bien, señor?

—¿Cómo?

—Digo, ¿todo bien? De sopetón se me quedó como ido.

—Todo bien, todo bien.

Pero nada está bien, su mente viaja a la velocidad de la luz y le trae ese recuerdo que no quiere pensar.

***

Las manecillas del reloj de su abuelo, marcando la hora tan esperada. A las siete en punto, las puertas del elevador darían paso a la decisión más importante y jamás dibujada en su cabeza aventurera. Imaginaba su rostro al comunicarle que esa noche sería diferente. Jamás habían vivido algo programado, siempre manejaban el vocabulario de lo espontáneo y realista. Pero el reloj siguió marcando sus minutos y recién tres horas más tarde, el teléfono sonó.

—¡Hola, amor mío! Ya estaba preocupado, no llegaste como siempre a las siete. Imagino que tuviste algún inconveniente en el trabajo. Tengo algo muy importante que decirte. ¿Venís ahora para acá, mi amor? —preguntó confundido ante tanto silencio, aunque se dio cuenta de que hablaba sin parar.

Rememora una y mil veces más ese maldito instante en el que ella dijo en el otro extremo de la línea, sin miramientos ni cuidado, como escupiéndolo, hasta relajada la muy sádica.

—Solo llamé para decirte que esto se terminó, Manuel.

Y colgó.

Para ella, que fue la que puso el punto final a la relación, fue un momento disfrutado y vivido con energía. Para él, que jamás había estado así con una mujer, fue y es un golpe muy duro de atravesar.

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Capítulo 5

Amanece en el establecimiento Las Azaleas y todo se pinta de un color dorado refulgente. Sobre el puente que alguna vez vio correr bajo sus ladrillos, caudales nada escasos del brazo de un lejano arroyo, empiezan a pintarse pequeños pompones de pétalos encimados que pronto abrirán sus entrañas para recibir a los rayos del sol y embellecer con algarabía cada paso. Es un pequeño paraíso sacado de la página de un cuento el que ve por la ventana María Laura en este instante.

Adela da un suave golpe a su puerta sacándola del ensueño mágico para avisarle que el desayuno la espera sobre la mesa del comedor. Como cada mañana, esta luce sobrecargada y deliciosa. Jugo de naranja recién exprimido y cosechado unos minutos antes de los naranjos, scones horneados con trocitos de manzana y pasas, budín de limón, frutas frescas de estación, leche ordeñada por José bien temprano, café de filtro de la mejor calidad, cereales hechos con experiencia en el horno inmenso de la cocina.

Los rayos matutinos iluminan cada detalle. La vajilla de porcelana que ocupa la mesa desde hace generaciones, tan antigua como preciosa, las flores naturales cortadas del jardín unos minutos antes para que colmen con su aroma toda la estancia y los sabores reflejados a través del olfato consiguen cada día hacer que el corazón de María Laura se estruje de contento y de mimos.

Con un poco de sueño aún, se despereza y sale con un libro entre sus manos. En la cocina la espera un profundo abrazo, calmante y contenedor, de su querida Adela. Desayuna un trozo de fruta y un poco de leche, como siempre, aunque todo es muy tentador no es de mucho comer, así que al ver que el día está claro y transparente, sale para admirar cada detalle.

Toda la estructura del establecimiento se maneja bajo el estricto control de José sobre los empleados, que suman treinta personas. Cada uno, en su tarea específica, cumple perfectamente y con dedicación sus pormenores.

El jardín compañero del parque magnífico que rodea toda la casa principal está bajo el poderío de Roberto, un hombre de contextura menuda, pero tan ágil e inquieto como un huracán. Atento constantemente, para que los pimpollos no sufran la presencia de insectos extraños ni polvo. El césped, humedecido con un rocío mínimo, y las flores, pintadas con los óleos pasteles más brillantes, hacen que el paso por este espacio sea visitar un trozo de cielo, un verdadero camino entre nubes y sueños.

—Buen día, Roberto.

—Buen día, señorita, ¿cómo amaneció hoy? El día está muy lindo, ¿ya vio que las azaleas están abiertas?

—Mmmm, sí... las acabo de ver, Roberto... ¡Están divinas, son un sueño!

—¿Vio cuántos colores? Uno más lindo que el otro. Hay más que el año pasado, señorita.

—Lástima que mamá no las pueda ver... —susurra apenas, pero Roberto la escucha perfectamente.

—Pues claro que las ve, niña, claro que las ve.

Enfrente, atravesando el sendero empedrado, se elevan con majestuosidad los frutales. Naranjos, mandarina, limoneros, durazneros, damasquinas, manzanos, ciruelos, cerezos, y un poco más a la derecha del cuadro, frutillas y frambuesas. La cosecha de este sector, su protección y dedicación están en manos de Jacinto, otro de los más antiguos pilares de la estancia.

En este momento está metido entre el follaje de un duraznero, ya que Adela le acaba de pedir estas frutas para hacer el postre del mediodía. Así que María lo saluda con la mano y sigue su camino.

De la cocina solo se encarga Adela, nadie puede ni quiere interponerse en esta actividad, pues su amor por los ingredientes nobles es incondicional. Es un milagro cada día lo que logra crear desde sus manos. Y todos lo disfrutan.

Atravesando la cerca pintada de blanco inmaculado y cruzando el puente, a la derecha desemboca otro bello hábitat, la huerta. Allí se detiene porque no se cansa de admirar cada día lo que esas plantas pueden traer al mundo. Es Carlos, un muchacho joven con estudio especializado en el trabajo de la tierra para sacar frutos exquisitos y en óptimas condiciones de maduración y crecimiento, quien se encarga de estas. Los tomates, en todas sus variedades, ajíes, igual, zanahorias, zapallitos verdes, zapallos anco, aromáticas varias, sandías, melones, lechugas, acelga, espinaca, cebollas y cebollines, pepinos, hasta repollos de los dos colores. Todo cuidado con mano experta da como resultado delicias sanas y puras.

—Carlos, ¡buen día!

—¡Buenos días, señorita! Acá estoy peleando un poco con las tomateras. Parece que la falta de agua de lluvia les afectó un poco y están porfiadas para darme el tamaño que yo quiero.

—Pobres —dice riéndose por la ocurrencia de Carlos al darles vida a las plantas—. Hacen lo que pueden, Carlos.

Así transcurre la mañana. Estas mañanas, donde el clima es benévolo y cálido, se pueden andar en cada uno de sus detalles.

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Capítulo 6

Otra lágrima en sus ojos esta noche, pero se detiene en un intento por aliviar su pensamiento.

Una sonrisa suaviza su mirada, y escribe.

Cuando te paras frente al espejo y te declaras independiente, todo puede pasar: laberintos, encrucijadas, plenitud, calma.

Si sabes, o en su defecto aprendes, a sembrar confianza y amistad, con los primeros soles alcanzas a cosechar encuentros con personas que te acompañan, te ayudan y te quieren.

Palabras que siendo protagonistas de tu vida como: trabajo, alegrías, viajes, lágrimas tratando de barrer a la tristeza ocasional, metas alcanzadas, perseverancia, sueños nuevos te van formando.

Ahora, un antes y un después. El final del corazón solitario. El seguir andando el sendero. El volver a tener incógnitas resueltas inmediatas. El sueño compartido. La felicidad. El amor. Un nuevo hogar. O el recuperar su único hogar. Y el secreto en su corazón de la espera. El añorar que un día inesperado, sus padres aparezcan y desaparezca la distancia. Jamás va a dejar de esperarlos.

Al igual que al amor. Nunca va a dejar de esperarlo. Hoy se resume en una palabra lo que sus fibras perciben, pérdidas.

***

Y vuelve a pensar en él. Rafael. En el amanecer de su adolescencia, cuando los brotes de los árboles explotan a la luz, donde los pimpollos con paso cristal expanden su seda clara hacia el cielo, donde los sentimientos sin aristas resquebrajadas realzan los latidos del alma. Por allí, hace muchos años, apareció un chico desconocido trayendo el mismo amanecer en sus ojos, una isla paradisíaca en su sonrisa, un canto en su voz, y el amor que se le escapaba por los poros hacia ella. Se conocieron por casualidad y no dejaron de buscarse cada nuevo fin de semana. Encontrándose por meses, gustándose, mirándose y compartiendo la inocencia. El roce de sus cuerpos al compás de la música los unió más allá de la realidad, pero solo una vez esa cercanía consiguió que sus labios se conocieran más de cerca. Después, nada. Esa misma inexperiencia se tomó de la mano del temor, un miedo infundado y tonto, separándolos.

***

Es por su esencia, romanticismo mezclado entre los huesos, que sigue pendiente de ese recuerdo, por eternos años y momentos, impidiendo ver si en algún mediodía aparece un nuevo corazón. Vuelca sus células y su composición en las letras, en el papel, su único compañero de ruta, y le alcanza. O al menos eso piensa hasta que el destino la trae de vuelta. Y conoce a Manuel.

Hace dos años, el mismo día en que sus papás no regresaron, ella contrató un camión de mudanzas. Dejó su vida para volver a su tierra natal y hacerse cargo de todo. José y Adela son los que lentamente le cuentan los detalles, y ella sin pausa y con total atención aprende más para, desde su alma, intentar ponerse a la altura de la dirección de sus progenitores.

Lo logra cada día. Sin dejar de lado su pasión por la escritura, dedica más de las horas que tiene la luz del sol para seguir especializándose en los pormenores.

Tanto pensar hace que, como tantas noches, no pueda casi dormir, le pasa cuando se queda prendida del pasado. Así que se levanta con el amanecer y sale a recorrer. En la lechería, José está ordeñando la vaca para tener la leche para el desayuno, cuando la ve, se levanta para abrazarla con fuerza.

—Buen día, mi niña.

—Buen día, Jo...

—No dormiste bien, ¿verdad?

—Gracias por ese abrazo.

—No te preocupés, te va caer muy bien un poco de leche fresca, y con los panqueques y salsa de frambuesa que está haciendo la vieja, ¡como nueva!

—Ya me voy a ayudar a Adelita con los panqueques, ¡nos vemos!... Gracias...

—El amor no se agradece, mi niña —afirma José con la mirada más dulce.

Un torbellino de sensaciones grises la pueden abatir, pero ella no cae ni demuestra muchas veces lo resquebrajada que está su alma. Entra casi corriendo a la cocina, donde la invade un aroma exquisito a panqueques calientes.

—Mmmmm, Adelita, qué sabrosos se ven...

—Hola, chiquita... ¿otra noche complicada?

—¿Y la salsa de frambuesa está lista? —pregunta a su abuela del corazón evitando la respuesta.

—Vamos a sentarnos a desayunar, José ya viene con la leche —acota Adela entendiendo el silencio de María Laura—. Hoy no hay excusas, los panqueques tibios, tu salsa preferida y este abrazo.

—Qué placer para comenzar bien delicioso el día.

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Capítulo 7

María Laura nace en el hospital del pueblo. Hija de Adrián y de Lorena. Desde bebé, camina los pasos de sus padres y de su abuelo, en el campo. Entre juegos a la casita que arma en las ramas de los árboles o dibuja en los patios sin césped de la casona, va creciendo en su fibra más íntima un deseo descontrolado y fervoroso por el amor y por la escritura. Cuando tiene edad de concurrir a la escuela, su mamá la lleva todos los días al pueblo para que curse sus estudios primarios. Y los atraviesa con honores. Siempre muy solitaria y callada, tímida hasta las células, sueña con enamorarse de un chico y que toda su historia se relate como la de sus padres. Solo amor, ilusiones y buenos momentos vividos y anhelados.

Cuando comienza el colegio secundario, ya tiene edad para ir a las matinés que se realizan todos los viernes, así que después de la hora de salida del colegio se queda en la casa de su amiga Isabel, y juntas van desandando un camino virgen y muy completo de sensaciones nuevas y desafíos excitantes.

La decisión del porvenir se acerca y María Laura, absolutamente convencida de que las letras son el ancla exquisita para canalizar los sentimientos de su corazón, se marcha de la estancia con rumbo a la ciudad para prepararse y ser una experta en el arte de la escritura.

Los próximos cinco años de su vida se desarrollan entre libros de autores excelentes, profesores sabios y días enteros dedicados enteramente a su realización personal y profesional.

Convertida en licenciada en Letras, decide no regresar a la estancia. Inmensamente feliz a partir de ese momento dedicaría sus instantes a volcar en el papel esas historias de amores plenos, de amores complicados, de tristezas o desilusiones, de arrepentimientos o suspenso.

Pero el destino le tiene preparada una muy mala jugada.

Estás extraviada entre las sombras de tu alma. La luz no puede penetrar por los costados de las ventanas. Y tus ojos, posibles puertas blancas para los colores, se bloquean con la opacidad de la desesperanza. No tiene importancia el latido de una estrella, si tu corazón solo desea detenerse en el tiempo gris.

De repente, sin esencia ni miradas, la soledad te presiona los sentidos, te encierra el movimiento, paraliza la expresión de tus manos.

Es un abismo sin fondo ni lianas oportunas, y el vacío interminable, prometedor de lágrimas amargas, baña el recorrido de tus pasos. Ceguera de senderos azules, ausencia de palabras hermosas, congelados manantiales de ternura, y la nada.

El «siempre sigue» de los libros no alcanza a colarse por tus oídos, que se marean con la angustia desbordante de los océanos de aguas turbias y melancólicas. Suciedad manchada de negro, reflejando las oportunidades claras de la mañana.

Amanece la duda constante en tu pensamiento cada vez que el espejo te devuelve una imagen difusa. No existe alguien más allá que armonice tu melodía o que le regale flores a tu sonrisa.

Es un dolor profundo que te lastima, desgarrando todo diamante de alegría. Rubíes que se reducen a polvo. Esmeraldas confundiendo su esencia. Lapislázuli trizado en deseos. Amatista sin el violeta de su entraña. Cristal de roca de simulado brillo.

Con sinsabores y tinieblas, tu vida no quiere andar más, no puede seguir respirándole a las hojas, se ahoga si mira al cielo, se entristece con infinita pena.

El desconsuelo eterno trae las tormentas más terribles. Son huracanes que pierden las semillas prematuras del aliento; y los inexistentes frutos son el recuerdo añorado de un instante de partida.

El olvido de tus suspiros, las caricias heladas sin cálidas alas, y las letras aplastadas que se labran en el papel sienten alivio cuando una lluvia de oscuridad se resbala por cada fibra de tu ser. Llena cada hueco, y se desborda en el aire, para no ser escasa en el momento glorioso en que todo se detenga, llegue el silencio y aparezca, al fin, la esperada muerte.

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Capítulo 8

Después del desayuno bastante copioso para su gusto, va hasta su habitación y, tomando la PC portátil, emprende el recorrido habitual que la lleva hasta la Planta baja. Simplemente, al sentarse, comienza a escribir como sacada de sí, no necesita ponerse a pensar, solo hace que las teclas desprendan de sus entrañas las palabras que sobre la pantalla van dibujando con delineado perfecto.

La brisa cálida de la mañana acompaña y acaricia sus manos, y el sol quisquilloso quiere colarse entre las hojas de los eucaliptus para molestarla y desconcentrarla. Sin lograrlo decide ocultarse tras una nube oportuna y se queja por saberse ignorado. Letra tras letra avanza el reloj una hora completa, y María Laura decide volver, porque quiere ir a ver a un par de cabras que están por dar a luz. Estos momentos vitales no desea perderlos porque le transmiten cierta paz. Cierra la computadora y se va.

***

Carla y Lucas están atentos a los cambios de la hembra y, cuando ven a su patrona, sonríen abiertamente indicándole dónde puede ubicarse para no perder detalle de la ocasión. Casi al mismo instante, las dos hembras empiezan a parir y la presencia de los cabritos, tan pequeños pero vivarachos, hace que los ojos de María Laura se humedezcan de emoción. Se queda casi una hora admirándolos, viendo cómo siendo casi recién nacidos pueden empezar a valerse con el correr de los minutos. Hermoso.

Ya acercándose la hora del almuerzo, disfruta de los rayos del sol en su punto máximo de fuerza. Sentada en la galería de la entrada lee un poco hasta que Adela viene a buscarla. El menú de hoy consiste en una fresca ensalada con los ingredientes todos sacados de la quinta. Queso, un poco de pan de salvado casero también y unas riquísimas ciruelas de postre.

Con ropa deportiva, zapatillas, música en sus oídos y anteojos de sol, María Laura, a la hora de la siesta, cuando todos duermen un rato a menos que haya tareas pendientes, sale a caminar, siempre por un sendero diferente, por una hora. Tanto estar al sol como caminar hacen que su espíritu y su cuerpo se relajen y se llenen de buena energía.

Hoy elige un precioso camino de tierra firme rodeado de flores silvestres y unos pocos olmos. La concentración es tal que, cuando llega al borde de su propiedad, no percibe que alguien más allá la está observando. Esos ojos verdosos disfrutan de su figura y de su soltura para andar, como un ángel acelerado, por el camino. Una sonrisa se dibuja en su rostro y solo la mira. Hay algo en esa chica que logra tocar su interior, no sabe qué aún y ni se le ocurre averiguarlo. El dolor y el odio que le carcomen el alma no le permiten ver más allá de quien se rio de él casi a propósito.

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Capítulo 9

Hoy amanece lloviendo y el paisaje se convierte automáticamente en paraíso. Los colores del cielo, entre grises y azulinos, reflejan el resto de los tonos sobre la superficie. Los árboles parecen más altos y completos de hojas que se lavan y retozan riéndose a carcajadas. El césped y las flores enmarcan denotando una dulzura extraordinaria por doquier. Es tan maravillosa la lluvia, porque también entona una melodía muy suave y enamoradiza, y a las letras, esas que se desprenden de las manos de María Laura, las hace supurar a toneladas. Sentada en la galería, la pantalla parece pequeña frente a tantas palabras que desean hacerse carne.

El cielo, con voz ronca, cubre con su sonido fuerte y temeroso el espacio oscurecido por cada una de esas nubes gordas y grises.

El viento sopla protestando, zarandea las hojas de los árboles que, trémulas, se agarran muy fuerte para no caer y silba en la galería que siente también su presencia.

La lluvia, esa compañera que idolatra fugazmente porque la ama, choca con ruido haciendo que los ojos sonrían y los oídos aplaudan su húmeda melodía que regocija con frescura y pureza.

El corazón se reconforta, se tranquiliza, late un poquito más lento, pero se aferra con una fuerza impredecible más y más a este sentimiento que lo inunda, a este sentimiento que no vacila, a este sentimiento que existe.

Las manos escurridizas descifran convirtiendo en palabras cada golpecito que en el pecho resuena y retumba, llegando su eco a los ojos que ya necesitan verse en otros ojos, en los ojos de ese espejismo que no quedará en una ilusión porque el tiempo por fin hablará.

El croar de las ranas afuera, en los charcos, inunda el espacio, llega hasta aquí y se percibe su gozo y se escucha su alegría.

Las calles mojadas y solitarias aún encuentran algún intruso que no las deja disfrutar de cada gotita que les hace cosquillas.

Y un grillo ausente, refugiado bajo una pequeña hoja, entona su canción de vez en cuando, guardando silencio de a poquito para quizás imitar y robarle unos acordes a la lluvia que dulcemente no cesa de caer.

La tierra mojada se refresca y absorbe hasta sus entrañas para que los rayos sedientos del sol de la mañana no le quiten esa humedad que ella tanto anhela y necesita.

La naturaleza toda y yo, hoy, somos una. Hoy deseamos tocar el cielo, viajar entre las nubes, atravesarlas y llegar hasta el universo mismo en el cual no hay imposibles porque es infinito, alcanzable y para siempre. Jugar y correr bajo la lluvia, bajo estos hilos plateados y brillantes casi invisibles que se deslizan en mi cuerpo escudriñando cada parte de este, sintiendo su calor, sintiendo su deseo pleno y su esperanza absoluta. Volar de la mano de ese viento impetuoso, enojado y rezongón. Salir de aquí y aparecer muy cerca de esos ojos verdes, y entonces, juntos y abrazados, escalar montañas, cruzar océanos, recorrer el mundo, alcanzar las estrellas, rozar la luna, soñar despiertos y no separarnos jamás.

Hoy estudio mi corazón, dejo actuar a mis manos, dejo buscar a mis ojos, dejo que mis sentimientos me trasladen a otro amanecer, y ante toda esta maravilla me permito a mí misma, completa y sinceramente.

Hoy le prometo a mi corazón que esta belleza incalculable y devoradora arribará en este un día y lo hará sentir la paloma más feliz, veloz y eterna de la Tierra, porque se sentirá como una verdadera paloma de la paz.

Satisfecha por lo que acaba de escribir, María sigue concentrada, y de repente percibe una figura frente a ella, mirándola.

—¡Hola, Manuel! No te había escuchado.

—Buen día, María, sí, me di cuenta, estabas tan enfrascada en la pantalla que no quise interrumpir. Solo vine a ver si estaba todo bien por acá después de la tormenta de viento de anoche. Por casa solo dejó un par de ramas caídas.

—Oh, sí, por acá está todo bien, aún no me han informado de lo contrario. Pero, sentate, ¿querés desayunar conmigo? Aún no he tomado nada, me levanté y vine para acá a disfrutar de la lluvia, y a escribir.

—Me encantaría, no tengo nada que hacer mientras siga este temporal.

—Muy bien, voy a avisarle a Adela que estamos acá.

Mientras va hasta la cocina, María Laura tiene que respirar hondo, el corazón le late tan fuerte que se le agolpa en los oídos. Se encuentra sonriendo y mirándolo por la ventana. Es tan hermoso. No sale de su sorpresa. ¡Van a desayunar juntos! Lo que pued

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