Prólogo
Gales, 1791
Envueltos en la niebla de invierno treparon por el muro que cercaba la propiedad. En el fantasmagórico paisaje no había un alma, de modo que nadie vio a los intrusos saltar de la muralla e internarse por los bien cuidados terrenos.
–¿Vamos a robar un pollo, mamá? –preguntó Nikki.
–No –dijo Marta, moviendo la cabeza–. Hemos venido por algo más importante que los pollos.
El esfuerzo de hablar le provocó un ataque de tos y, estremeciéndose, se dobló por la cintura. Inquieto y preocupado, Nikki le tocó el brazo: dormir bajo los setos había empeorado la tos a su madre; además, habían comido muy poco. Esperaba que pronto volvieran a la kumpania gitana donde tendrían qué comer y disfrutarían del calor del fuego y de todos los demás.
Ella se enderezó, con la cara pálida pero expresión resuelta, y continuaron caminando. El único destello de color en aquel paisaje invernal era su falda púrpura. Finalmente salieron de la arboleda a una extensión de hierba que rodeaba una inmensa mansión de piedra.
–¿Aquí vive un gran lord? –preguntó Nikki, impresionado.
–Sí, mira todo muy bien porque algún día esto será tuyo.
Nikki contempló la casa con una extraña mezcla de emociones: sorpresa, fascinación, duda y finalmente desdén.
–Un gitano no vive en casas de piedra que ocultan el cielo.
–Pero tú eres didikois, tienes la sangre mezclada. Es correcto que vivas en una casa así.
–¡No! –exclamó él, mirándola horrorizado–. Yo soy tacho rat, pura sangre gitana, no payo.
–Tu sangre es romaní y paya –dijo ella con una sombra de tristeza en su hermoso rostro–. Aunque has sido criado como gitano, tu futuro está con los payos.
Nikki comenzó a protestar pero su madre, al oír ruido de cascos de caballo, lo obligó a callar con un rápido gesto de la mano. Retrocedieron a esconderse entre los arbustos y vieron pasar a dos jinetes que se detuvieron delante de la casa. El hombre más alto desmontó al instante y subió por los anchos peldaños de la escalinata, dejando su montura al cuidado de su acompañante.
–Hermosos caballos –suspiró Nikki con envidia.
–Sí, ése debe de ser el conde de Aberdare –susurró Marta–. Es tal como lo describió Kenrick.
Esperaron hasta que el hombre alto entró en la casa y el mozo se llevó los caballos. Entonces Marta hizo un gesto a Nikki y los dos se dirigieron rápidamente a través del césped hacia la entrada de la casa. La brillante aldaba de metal tenía forma de dragón. A él le habría gustado tocarla, pero estaba demasiado alta.
En lugar de llamar, su madre probó el pomo de la puerta. La abrió sin dificultad y entró, con Nikki pisándole los talones. El niño contempló con ojos desorbitados el vestíbulo con suelo de mármol, tan amplio que habría podido acoger a toda una kumpania de gitanos.
Sólo había a la vista un lacayo vestido con una primorosa librea.
–¡Gitanos! –gritó el hombre con una cómica expresión de horror en la cara alargada, y tiró del cordón de una campanilla para pedir ayuda–. ¡Fuera de aquí inmediatamente! Si no salís de la propiedad en menos de cinco minutos os entregaremos al magistrado
–Hemos venido a ver al conde –dijo Marta cogiendo a Nikki de la mano–. Tengo algo que le pertenece.
–¿Algo que le has robado? –se burló el lacayo–. Nunca has estado cerca de él. Vete.
–¡No! Tengo que verlo.
–Ni hablar –gruñó el hombre mientras corría hacia ella.
Cuando la tuvo prácticamente encima, Marta saltó hacia un lado. Lanzando una maldición, el lacayo se giró y en vano intentó coger a los intrusos. En ese momento, en respuesta al repique de la campanilla, aparecieron otros tres criados.
Marta fijó una feroz mirada en los hombres y siseó con practicado tono de amenaza:
–¡Tengo que ver al conde! Caiga mi maldición sobre cualquiera que intente detenerme.
Los criados pararon en seco. Nikki casi se echó a reír al verles la expresión. Aunque sólo era una mujer, Marta desconcertaba y asustaba a los payos. Él se enorgullecía de ella. ¿Quién sino un gitano podía ejercer tanto poder con sólo palabras?
Su madre le apretó más la mano y se adentraron en la casa. Antes que los criados pudieran sacudirse el miedo, tronó una voz ronca:
–¿Qué demonios pasa aquí? –El alto y arrogante conde apareció en el vestíbulo–. Gitanos –dijo con repugnancia–. ¿Quién ha dejado entrar a estas sucias criaturas?
–Te he traído a tu nieto, lord Aberdare –dijo Marta–, el único nieto que vas a tener en tu vida.
Se hizo un profundo silencio y la horrorizada mirada del conde pasó a Nikki.
–Si dudas de mí…
–Ah, estoy dispuesto a creer que este asqueroso crío puede ser de Kenrick, lleva su paternidad escrita en la cara. –Dirigió a Marta la lasciva mirada que solían dirigir los hombres a las gitanas–. Es fácil entender por qué mi hijo se acostó contigo, pero un gitano bastardo no me interesa.
Marta se metió la mano en el corpiño, sacó dos papeles doblados y sucios y se los pasó al conde.
–Mi hijo no es ningún bastardo. Como los payos dais tanta importancia a los papeles, he guardado las pruebas, mi matrimonio y el registro del nacimiento de Nikki.
Lord Aberdare leyó impaciente los documentos y se puso rígido.
–¿Mi hijo se casó contigo?
–Sí –dijo ella con orgullo–, en una iglesia paya y también a la manera de los gitanos. Y tendría que alegrarte que lo hiciera, anciano, porque no tienes ningún heredero. Con tus otros hijos muertos, no tendrás ningún otro.
–Muy bien –dijo el conde con expresión salvaje–. ¿Cuánto quieres por él? ¿Te parece bien cincuenta libras?
Nikki vio un destello de rabia en los ojos de su madre, pero enseguida esa expresión se trocó en una de astucia.
–Cien guineas de oro.
El lord sacó una llave del bolsillo del chaleco y la entregó al criado de más edad.
–Sácalas de mi caja fuerte.
Nikki se echó a reír. Hablando en romaní dijo a su madre:
–Éste es el mejor ardid que he visto en mi vida, mamá. No sólo has convencido a este estúpido payo de que soy de su sangre sino que además te da dinero. Vamos a tener para comer durante todo el año. Cuando me escape esta noche, ¿dónde nos encontraremos? ¿Junto al viejo roble por donde trepamos a la pared?
Marta negó con la cabeza.
–No debes escaparte, Nikki –le contestó en el mismo idioma, acariciándole los cabellos–. Este payo es de verdad tu abuelo y ésta va a ser tu casa ahora.
Él esperó que dijera algo más, porque no era posible que estuviera hablando en serio.
Volvió el criado y le entregó a Marta una tintineante bolsa de cuero. Después de contar el contenido, se levantó la falda exterior y se metió la bolsa en un bolsillo del corpiño. A Nikki le sorprendió su acción, ¿no sabían esos payos que los había maldecido al levantarse la falda en su presencia? Pero ellos se quedaron indiferentes ante el insulto.
Marta dirigió una mirada de fiereza a Nikki.
–Trátalo bien, anciano, porque si no, mi maldición te perseguirá hasta más allá de la tumba. Que caiga muerta esta noche si no es cierto lo que digo.
Dicho eso se giró y caminó hacia la puerta por el pulido suelo meciendo las faldas. Un criado le abrió la puerta. Haciendo una inclinación de la cabeza, como una princesa, Marta salió.
Repentinamente Nikki comprendió que su madre hablaba en serio, que de veras lo iba a dejar con los payos.
–¡Mamá, mamá! –gritó, corriendo tras ella.
Pero antes de que la alcanzara se cerró la puerta en sus narices, dejándolo atrapado en la casa que ocultaba el cielo. Cuando cogió el pomo, un criado lo sujetó por la cintura. Nikki le dio un rodillazo en el vientre y arañó la blanca cara del payo. El criado aulló de dolor y otro se acercó a ayudarlo.
–¡Soy gitano! –gritó Nikki pataleando y agitando los puños–. No quiero vivir en esta horrible casa.
El conde frunció el entrecejo, asqueado por esa exhibición de emociones. Habría que quitarle ese comportamiento al crío, junto con cualquier otro rastro de su sangre gitana. Kenrick también había sido desmandado, mal criado por una madre que lo adoraba. Justamente fue la noticia de la muerte de Kenrick la causante del ataque de apoplejía que la convertiría en el cadáver que era en esos momentos.
–Llevadlo al cuarto de los niños y aseadlo –ordenó con dureza–. Quemad esos andrajos y buscadle ropa más apropiada.
Fueron necesarios dos hombres para someter al niño, que continuó llamando a gritos a su madre mientras lo subían pataleando por la escalera.
Su rostro una máscara de resentimiento, el conde volvió a mirar los documentos que probaban que ese moreno pagano era su único descendiente vivo: Nicholas Kenrick Davies, según el certificado de nacimiento. Era imposible dudar de su linaje; si no fuera tan moreno, casi podría haber sido el propio Kenrick a esa edad.
Pero, Dios santo, ¡un gitano! Un gitano moreno, ojos negros y apariencia de extranjero. De siete años y ya tan experto en mentir y robar como ignorante de la vida civilizada. Sin embargo, ese crío andrajoso y sucio era el heredero de Aberdare.
En otro tiempo el conde había rogado desesperadamente a Dios por un heredero, pero jamás había soñado que sus oraciones serían escuchadas de esa manera. Aun en el caso de que su inválida condesa muriera dejándolo libre para volverse a casar, el crío gitano tendría más derecho que los hijos de una segunda esposa.
Estrujó los papeles en la mano, pensando. Tal vez si algún día podía volverse a casar y tenía más hijos, podría hacer algo. Pero mientras tanto debía educar lo mejor posible al niño. El reverendo Morgan, el profesor metodista del pueblo, podría enseñarle a leer, buenos modales y los conocimientos básicos para luego enviarlo a un colegio adecuado.
El conde giró sobre los talones y entró en su estudio, cerrando la puerta de un golpe para no oír los angustiados gritos del niño, que resonaban dolorosamente en los corredores de Aberdare.
1
Gales, marzo de 1814
Le llamaban el conde Demonio, o a veces el Viejo Diablo Nick. En voz baja se murmuraba que había seducido a la joven esposa de su abuelo, rompiéndole el corazón al anciano, y que había llevado a la tumba a su propia esposa.
Se decía que era capaz de hacer cualquier cosa.
Esta última afirmación era lo único que interesaba a Clare Morgan mientras seguía con su mirada al joven que galopaba veloz por el valle en su purasangre, como perseguido por los fuegos del infierno. Nicholas Davies, el conde gitano de Aberdare, finalmente había llegado a su casa, después de cuatro largos años. Era posible que se quedara, pero era igualmente posible que volviera a marcharse al día siguiente. Tendría que darse prisa en actuar.
Pero se quedó otro rato más, sabiendo que él no la vería en medio de la arboleda desde donde lo observaba. Él cabalgaba a pelo, alardeando de su pericia con los caballos, vestido de negro; la única nota de color era la bufanda roja escarlata. Estaba demasiado lejos para verle la cara. Clare se preguntó si él habría cambiado, y después pensó que en realidad lo que importaba no era si había cambiado sino cuánto. Fuera cual fuera la verdad respecto a los violentos acontecimientos que lo impulsaran a marcharse, tenía que haber sido terrible.
¿La recordaría? Probablemente no. Sólo la había visto unas cuantas veces cuando ella era una niña, y en ese tiempo él no sólo era el vizconde Tregar sino además cuatro años mayor que ella; los niños mayores rara vez prestan atención a las niñas menores. No así a la inversa.
Mientras caminaba hacia Penreith, el pueblo, repasó sus peticiones y argumentos. De un modo u otro tenía que conseguir la ayuda del conde Demonio. Ningún otro podría cambiar la situación.
Durante unos minutos, mientras su caballo galopaba como un viento loco, Nicholas logró sumirse en la euforia de la velocidad pura. Pero volvió a envolverlo la realidad tan pronto acabó la cabalgada y volvió a la casa.
Durante los años en el extranjero había soñado muchas veces con Aberdare, desgarrado entre el deseo de volver y el miedo a lo que encontraría allí. Las veinticuatro horas transcurridas desde su regreso habían demostrado que sus temores no eran infundados. Había sido un tonto al pensar que cuatro años podían borrar el pasado. Cada habitación de la casa, cada acre del valle, contenían recuerdos; algunos recuerdos eran felices, pero a ellos se sobreponían los acontecimientos más recientes, manchando lo que en otro tiempo había amado. Tal vez en los furiosos momentos que precedieron a su muerte, el anciano conde había echado una maldición al valle para que su despreciado nieto nunca volviera a conocer la felicidad allí.
Se acercó a la ventana de su dormitorio para contemplar el valle. Éste estaba tan hermoso como siempre, silvestre en las alturas, exquisitamente cultivado en las partes bajas. Estaban comenzando a asomar los delicados matices verdes de la primavera; pronto habría narcisos. Cuando era niño solía ayudar a los jardineros a plantar los bulbos bajo los árboles, embarrándose. Su abuelo consideraba eso otra prueba más de la inferioridad de su raza.
Alzó la vista hacia el ruinoso castillo que se elevaba imponente sobre el valle. Durante siglos esos gruesos muros habían sido a la vez la fortaleza y la casa de la familia Davies. Tiempos más pacíficos impulsaron a su tatarabuelo a construir la mansión considerada apropiada para una de las familias más ricas de Gran Bretaña.
Entre otras muchas ventajas, la casa tenía muchos dormitorios, lo que para él fue un gran consuelo el día anterior. Jamás le había pasado por la cabeza usar el fastuoso apartamento que fuera de su abuelo, pero incluso la experiencia de entrar en sus propios aposentos le revolvió el estómago, porque le fue imposible mirar su cama sin imaginarse a Caroline en ella, desnuda e invitándolo con sus anhelantes brazos. De inmediato se retiró a una habitación para huéspedes que le pareció agradablemente anónima, como de un hotel caro.
De todos modos durmió mal, acosado por pesadillas y recuerdos peores que las pesadillas. Por la mañana llegó a la dura conclusión de que debía cortar todos los lazos con Aberdare. Jamás encontraría paz mental allí, no más de la que había encontrado durante esos cuatro años de constante y agitado viajar.
¿Sería posible anular la cláusula vinculante para vender la propiedad? Tendría que preguntárselo a su abogado. La idea de venderla le produjo una dolorosa sensación de vacío. Sería como amputarse un brazo; sin embargo, si el brazo está gangrenado, no hay otra alternativa.
En todo caso, venderla no dejaba de ofrecerle compensaciones. Le complacía saber que librarse de esa propiedad produciría en su abuelo el equivalente a una apoplejía, dondequiera que estuviera en esos momentos el hipócrita y corrupto viejo.
Se giró bruscamente, salió del dormitorio y bajó a la biblioteca. Era demasiado tétrico ponerse a pensar en cómo vivir el resto de su vida, pero ciertamente tenía que hacer algo durante las horas siguientes. Con un poco de esfuerzo y mucho brandy se podrían superar.
Clare nunca había estado en el interior de la mansión Aberdare. Era tan grandiosa como se la había imaginado, pero lúgubre, con la mayor parte de los muebles tapados con mantas. El haber estado desocupada cuatro años le añadía un aspecto de abandono. Williams, el mayordomo, se veía igualmente triste. Al principio se negó a llevarla hasta el conde sin anunciarla primero, pero se había criado en el pueblo, de modo que ella logró convencerlo. La condujo por un largo corredor y abrió la puerta de la biblioteca.
–La señorita Clare Morgan desea verle, milord. Ha dicho que se trata de algo urgente.
Armándose de valor, Clare pasó junto a Williams y entró en la biblioteca, tratando de no darle tiempo al conde para rechazarla. Si le iba mal ese día no tendría otra oportunidad.
El conde estaba junto a una ventana contemplando el valle. Había dejado la chaqueta sobre una silla y su atuendo informal en mangas de camisa le daba un aire gallardo. Era extraño que lo apodaran el Viejo Diablo, pensó Clare; sólo tenía treinta años.
Cuando Williams se retiró, cerrando la puerta, el conde se volvió y fijó en ella su imponente mirada. Aunque no era muy alto, irradiaba poder. Clare recordaba que incluso a una edad cuando la mayoría de los chicos eran desgarbados, él se movía con absoluto dominio físico.
Parecía el mismo. Si había cambiado en algo era en que estaba aún más guapo que hacía cuatro años, cosa que ella no habría imaginado posible. Pero sí había cambiado; lo vio en sus ojos. En otro tiempo sus ojos sonreían e invitaban a los demás a sonreír con él. En esos momentos los veía tan impenetrables como sílex galés pulido. Los duelos, las aventuras amorosas y los escándalos públicos habían dejado su huella. Mientras se preguntaba indecisa si debería hablar ella primero, él le preguntó:
–¿Tiene algún parentesco con el reverendo Thomas Morgan?
–Soy su hija. Soy la maestra de escuela de Penreith.
Él la examinó con mirada aburrida.
–Es verdad, a veces llevaba detrás a una cría desharrapada.
–Yo no andaba ni la mitad de desharrapada que usted –replicó ella.
–Probablemente no –admitió él con un tenue destello de sonrisa en los ojos–. Yo era un desastre. Durante las clases su padre solía ponerla a usted como un modelo de santo decoro. Yo odiaba su estampa sin haberla visto.
No debería haberle dolido pero le dolió. Buscando irritarlo, le contestó dulcemente:
–Y a mí me decía que usted era el chico más inteligente de los que había enseñado, y que tenía buen corazón a pesar de su desfachatez.
–El juicio de su padre deja mucho que desear –dijo el conde, desaparecida su momentánea animación–. En calidad de hija del predicador, supongo que viene a pedir fondos para alguna causa aburrida y digna. En el futuro diríjase a mi mayordomo en lugar de molestarme. Buenos días, señorita Morgan.
Ella se apresuró a decir:
–Lo que deseo decirle no es asunto para su mayordomo.
–Pero desea algo, ¿verdad? –repuso él con una sonrisa torcida–, todo el mundo desea algo. –Fue hasta un armario de licores y llenó la copa que llevaba en la mano–. Sea lo que sea, no lo obtendrá de mí. El nobleza obliga era competencia de mi abuelo. Tenga la amabilidad de marcharse ahora mismo.
Inquieta, ella observó que él ya estaba bien encaminado en una borrachera. Bueno, ya había tenido la experiencia de tratar con borrachos.
–Lord Aberdare, la gente de Penreith está sufriendo y usted es la única persona que puede mejorar las cosas. Le costará muy poco tiempo y dinero…
–No me importa lo poco que se requiera –dijo él enérgicamente–. No quiero tener nada que ver con el pueblo ni con su gente. ¿Está claro eso? Ahora váyase.
Clare no cejó.
–No le pido ayuda, milord, se la exijo –espetó–. ¿Se lo explico ahora o debo esperar a que esté sobrio?
Él la miró asombrado.
–Si hay alguien borracho aquí parece ser usted. Y si cree que su sexo la va a proteger de la fuerza física, se equivoca. ¿Se va por las buenas o tendré que echarla?
Avanzó hacia ella con largas zancadas, su camisa blanca abierta en el cuello destacando la anchura de sus hombros. Resistiendo el impulso de retroceder, Clare metió la mano en el bolsillo de la capa y sacó un libro pequeño que era su única esperanza. Lo abrió por la página donde había unas palabras escritas a mano y se la enseñó:
–¿Recuerda esto?
El mensaje era sencillo: «Reverendo Morgan: Espero que algún día pueda pagarle lo que ha hecho por mí. Afectuosamente, Nicholas Davies.»
Esas palabras de escolar detuvieron en seco al conde. Su glacial mirada pasó del libro a la cara de Clare.
–Juega a ganar, ¿eh? Pero tiene las cartas equivocadas. Cualquier obligación que pudiera sentir sería hacia su padre. Si desea favores, debería pedirlos él personalmente.
–No puede. Murió hace dos años.
–Lo siento, señorita Morgan –dijo él tras un embarazoso silencio–. Su padre era el único hombre verdaderamente bueno que he conocido.
–Su abuelo también era un hombre bueno. Hizo muchísimo por la gente de Penreith. El fondo para los pobres, la capilla…
–Ahórreme los ejemplos –interrumpió él antes que ella pudiera seguir con la lista de las obras de caridad del difunto conde–. Sé que a mi abuelo le gustaba ser un ejemplo de moralidad para sus inferiores, pero eso no tiene ningún atractivo para mí.
–Por lo menos se tomaba en serio sus responsabilidades –replicó ella–. Usted no ha hecho nada por la propiedad ni por el pueblo desde que heredó.
–Proceder que tengo toda la intención de continuar. –Apuró la copa y la dejó sobre la mesa–. Ni el buen ejemplo de su padre ni la prédica moralizadora del viejo conde lograron transformarme en un caballero. No me importa un rábano nadie ni nada y prefiero seguir así.
–¿Cómo puede decir eso? –repuso ella horrorizada–. Nadie es tan insensible.
–Ay, señorita Morgan, qué conmovedora es su inocencia. –Se apoyó en el borde de la mesa y cruzó los brazos sobre el pecho, con una expresión tan diabólica como su apodo–. Será mejor que se marche ahora antes que le destroce más sus ilusiones.
–¿No le importa que sus prójimos estén sufriendo?
–Pues no. La Biblia dice que siempre habrá pobres, y si Jesús no pudo cambiar eso, ciertamente yo tampoco podré. –La miró burlón–. Con la posible excepción de su padre, jamás he conocido a ningún hombre caritativo que no tuviera motivos bajos. Las personas hacen gala de generosidad porque desean la gratitud de sus inferiores y las satisfacciones de los fariseos. Pero yo, en mi sincero egoísmo, no soy un hipócrita.
–Un hipócrita puede hacer el bien aunque sus motivos sean indignos, lo que lo hace más valioso que una persona con su clase de sinceridad –contestó ella secamente–. Pero, puesto que no cree en la caridad, ¿qué puede importarle? Si es el dinero lo que le alegra el corazón, puede obtener beneficios en Penreith.
–Lo siento –dijo él negando con la cabeza–. No me importa mucho el dinero. Tengo más de lo que podría gastar en diez vidas.
–Me alegro por usted –murmuró ella en voz baja. Deseó darse media vuelta y marcharse, pero sería admitir la derrota y nunca había sido buena para eso. Pensando que tenía que haber una manera de conmoverlo, le preguntó–: ¿Qué sería necesario para hacerlo cambiar de opinión?
–Mi ayuda no está disponible a ningún precio que usted esté dispuesta o pueda pagar.
–Póngame a prueba.
Él la miró de arriba abajo con insultante franqueza.
–¿Es una proposición?
Si su intención fue escandalizarla, lo consiguió. Ella se ruborizó de humillación, pero no desvió la vista.
–Si digo que sí, ¿lo convencería de ayudar a Penreith?
–¡Dios mío! –exclamó él sorprendido–, ¿de veras se dejaría deshonrar por mí para favorecer sus proyectos?
–Si estuviera segura de que funcionaría, sí –contestó ella temerariamente–. Mi virtud y unos pocos minutos de sufrimiento serían un pequeño precio a pagar si consideramos las familias que se mueren de hambre y las vidas que se perderán cuando explote la mina.
Los ojos de él destellaron y por un instante pareció a punto de pedirle que le explicara más detalles, pero enseguida recuperó su expresión impenetrable.
–Aunque es una oferta interesante, no me atrae la idea de llevar a la cama a una mujer que actuaría como Juana de Arco camino de la hoguera.
–Yo creía que los libertinos disfrutaban seduciendo a inocentes –dijo ella con las cejas enarcadas.
–Personalmente, siempre he encontrado aburrida la inocencia. A mí que me den una mujer con experiencia.
Sin hacer caso del comentario, ella dijo pensativa:
–Comprendo que una mujer fea no lo tiente, pero ciertamente la belleza podría vencer su aburrimiento. Hay varias chicas hermosas en el pueblo. Yo podría encargarme de averiguar si alguna de ellas estaría dispuesta a sacrificar su virtud por una buena causa.
Él se acercó y le cogió la cara entre las manos. Su aliento olía a brandy y tenía las manos calientes, y a ella le pareció que le abrasaban la cara. Se acobardó y sintió deseos de retroceder, pero se obligó a mantenerse inmóvil mientras él le escudriñaba el rostro con unos ojos que parecían capaces de leer los oscuros secretos de su alma. Cuando ya no podía seguir soportando ese examen, él le dijo:
–No es tan fea como pretende ser.
Dicho eso la soltó y ella quedó estremecida. Él se apartó para ir a rellenar su copa.
–Señorita Morgan, no necesito dinero; puedo encontrar todas las mujeres que quiera sin necesidad de su inepta ayuda, y no tengo el menor deseo de destruir mi reputación, tan arduamente ganada, asociándome con buenas obras. Ahora, ¿se marcha pacíficamente o deberé usar la fuerza?
Ella se obstinó:
–Aún no ha puesto un precio para su ayuda. Tiene que haber algo. Dígamelo y tal vez pueda satisfacerlo.
Suspirando, él se dejó caer en el sofá y la miró. Clare Morgan era bajita y algo menuda de figura, pero rezumaba energía. Era una formidable joven. Probablemente había afinado sus capacidades organizándole las cosas a su padre, un hombre tan poco realista.
Si bien nadie podría decir que era una beldad, no le faltaba atractivo, a pesar de sus esfuerzos por ser austera. Su ropa sencilla acentuaba la esbeltez de su figura y los cabellos estirados en un severo moño tenían el paradójico efecto de hacer parecer enormes sus ojos azules. Su piel blanca tenía la atractiva lozanía de la seda abrigada por el sol; aún sentía en los dedos el hormigueo producido por el contacto con su pulso en las sienes.
No, no era una belleza, pero sí una mujer peculiar, y no sólo por su tozudez. Hubo de admirarle su valentía al ir allí. Sólo Dios sabía las historias que se contarían de él en el valle, y probablemente los lugareños lo consideraban un hombre peligroso. Sin embargo allí estaba ella, con su apasionado cariño por la gente y sus osadas peticiones. En todo caso, el momento elegido era el peor, puesto que quería interesarlo por un lugar y una gente que él ya había decidido olvidar.
Lástima que no hubiera empezado antes a beber brandy, porque de ese modo podría haber estado inconsciente y a salvo en el momento de la llegada de esa importuna visita. Aunque él la hiciera salir por la fuerza, probablemente ella continuaría intentando obtener su ayuda, dado que al parecer estaba convencida de que él era la única esperanza para Penreith. Comenzó a especular sobre qué sería lo que quería de él, pero desistió al punto. Lo último que quería era involucrarse. Sería mejor poner su cerebro, borroso por el brandy, a pensar en cómo convencerla de que su misión no tenía esperanzas.
Pero ¿qué demonios se podía hacer con una mujer dispuesta a sufrir un destino peor que la muerte por conseguir sus objetivos? ¿Qué podía pedirle que fuera tan horripilante que ella se negara de plano?
La respuesta le llegó con la simplicidad de la perfección. Seguramente ella era metodista, como su padre; formaría parte de una comunidad de creyentes sobrios y virtuosos. Su posición, su identidad, dependería de cómo la consideraban sus compañeros.
Con ademán triunfal, se acomodó en el sofá, reclinándose en el respaldo, preparado para librarse de Clare Morgan.
–Tengo un precio, pero sé que no lo pagará.
–¿Cuál es? –preguntó ella recelosa.
–No se preocupe, su virtud, ofrecida de tan mala gana, está a salvo. A mí me resultaría odioso quitársela y usted probablemente disfrutaría de convertirse en mártir de mis depravados deseos. Lo que quiero en lugar de eso... –hizo una pausa para beber un trago de brandy– es su reputación.
2
-¿Mi reputación? –preguntó ella sin entender–. ¿Qué quiere decir?
Con expresión de sentirse complacidísimo, el conde contestó:
–Si vive conmigo durante… digamos, tres meses, ayudaré a su pueblo en todo lo que pueda.
Ella sintió miedo. A pesar de sus atrevidas palabras, jamás le había pasado por la mente que él pudiera sentir interés por ella.
–¿Pese al aburrimiento que tendría que soportar quiere que me convierta en su amante? –le preguntó con defensivo sarcasmo.
–No, a no ser que lo haga de buena gana, lo cual no espero que ocurra; me parece demasiado rígida para permitirse gozar de los pecados de la carne. –Nuevamente sus ojos la recorrieron de arriba abajo con frío cálculo–. Aunque si cambiara de opinión yo estaría encantado de complacerla. Jamás he tenido en la cama a una virtuosa maestra de escuela metodista. ¿Me acercaría más al cielo acostarme con una?
–¡Es usted monstruoso!
–Gracias, eso intento. –Bebió otro sorbo de brandy–. Volviendo al tema que tenemos entre manos, aunque usted viviría aquí de una manera que haría creer que es mi amante, en realidad no tendría que acostarse conmigo.
–¿Qué sentido tendría esa farsa? –preguntó ella, aliviada pero perpleja.
–Quiero ver hasta dónde está dispuesta a llegar para obtener lo que desea. Si acepta mi proposición, podría beneficiarse su pueblo, pero jamás podrá volver a levantar la cabeza, porque habrá destruido su reputación. ¿Valdría la pena pagar ese precio por el éxito? ¿Le perdonarían sus prójimos su caída en desgracia aunque ellos se beneficiaran de ello? Interesante pregunta, pero yo de usted no me fiaría de su buena voluntad.
–Para usted sólo es un juego sin sentido, ¿verdad? –dijo ella con los labios apretados, comprendiendo por fin.
–Los juegos siempre tienen sentido. Lógicamente requieren reglas. ¿Cuáles deberían ser las reglas en éste? –Frunció el ceño–. Veamos… la cláusula principal sería mi ayuda a cambio de su presencia bajo mi techo y aparentemente en mi cama. Conseguir seducirla sería una apuesta secundaria, un beneficio que disfrutaríamos los dos. Para darme una caballerosa oportunidad de seducirla, yo tendría permiso para besarla una vez al día, en el lugar y momento de mi elección. Cualquier juego amoroso que sobrepase eso sería por consentimiento mutuo. Sin embargo, después de ese beso usted tendría el derecho a decir no y yo no podría volver a tocarla hasta el día siguiente. Pasados los tres meses usted volvería a su casa y yo continuaría ayudando mientras sea necesario. –Arrugó nuevamente el ceño–. Si me dejo arrastrar por sus proyectos podría ser que no me liberara del valle por el resto de mi vida. En todo caso, es justo que yo arriesgue algo importante, puesto que usted va a perder tanto si acepta mi proposición.
–¡Esa idea es absurda!
–Por el contrario –dijo él, mirándola con inocencia angelical–, sería muy divertido, casi lamento que usted no lo acepte. Pero el precio es demasiado elevado, ¿verdad? Podría sacrificar su virginidad y nadie se enteraría, pero la reputación es un bien muy frágil, público, que se pierde fácilmente y es imposible recuperar. –Con la mano libre hizo un elegante gesto de despedida–. Ahora que hemos establecido los límites de su deseo de martirio, una vez más le pido que se marche. Supongo que no volverá a molestarme.
Tenía en la cara la perversa expresión de satisfacción de un gitano chamarilero que acaba de vender un caballo viejo y enfermo por cinco veces su valor. Verle esa expresión la sacó de quicio, haciéndola perder el control.
–Muy bien, milord –dijo, demasiado furiosa para preocuparse por las consecuencias–, acepto su proposición. Mi reputación a cambio de su ayuda.
Durante un instante el conde se quedó pasmado. Después se enderezó en el asiento.
–¡No puede decirlo en serio! Incurriría en el desprecio de sus amigos y vecinos, posiblemente se vería obligada a abandonar Penreith, y ciertamente perdería su puesto de maestra. ¿Vale la pena sacrificar la vida que ha conocido hasta ahora sólo por el pasajero placer de desconcertarme?
–El motivo de acceder a su proposición es ayudar a mis amigos, aunque no voy a negar que me agrada asaetear su arrogancia –contestó ella fríamente–. Además, creo que se equivoca, una reputación que se ha estado formando durante veintiséis años podría ser menos frágil de lo que supone. Les diré a mis amigos exactamente lo que voy a hacer y por qué, y espero que confíen en que me comportaré como debo. Si he colocado mal mi fe y este juego suyo me cuesta la vida que he conocido hasta ahora… –titubeó, se encogió de hombros y apretó los labios–. Pues, sea.
–¿Qué diría su padre? –preguntó él, indeciso.
El poder había pasado a manos de Clare y era una sensación embriagadora.
–Lo que decía siempre. Que el deber de un cristiano es servir a los demás aun en el caso de que el coste sea elevado, y que el comportamiento es un asunto entre uno mismo y Dios.
–Le pesará –dijo él con tono convincente.
–Tal vez, pero si no lo hago, me pesará más mi cobardía. ¿Acaso el gran deportista tiene miedo de jugar el juego que él mismo ha inventado? –preguntó con los ojos entornados.
Antes de que ella acabara de hablar él se había levantado del sofá para acercársele. Se detuvo a un metro de distancia, con sus ojos negros centelleantes.
–Muy bien, señorita Morgan, o mejor dicho, muy bien, Clare, supongo que debo tutearte, ya que casi eres mi amante. Tendrás lo que deseas. Dedica el resto del día a arreglar tus asuntos en el pueblo. Te espero aquí mañana por la mañana. –Volvió a recorrerla con la mirada, esta vez con expresión crítica–. No te molestes en traer mucha ropa. Te llevaré a Londres, allí podrás aprovisionarte bien.
–¿A Londres? Su obligación está aquí. –Aunque le pareció una espantosa impertinencia se obligó a añadir–: Tu obligación, Nicholas.
–No te preocupes –se apresuró a decir él–. Cumpliré mi parte del trato.
–¿Pero no quieres saber qué es necesario hacer?
–Mañana habrá tiempo para eso.
Nuevamente relajado, avanzó otro perezoso paso que los dejó tan cerca que casi se tocaban.
A Clare se le aceleró el corazón, pensando si no querría cobrar ya su primer beso. Su avasalladora proximidad se abrió paso por la ira que la había sostenido hasta ese momento.
–Ahora me marcho –dijo inquieta–. Tengo mucho que hacer.
–Todavía no. –Le dirigió una peligrosa sonrisa–. Nos veremos bastante durante los tres próximos meses. ¿No es hora de comenzar a conocernos más?
Empezó a levantar las manos y ella dio un respingo. Él se detuvo y le dijo dulcemente:
–Tal vez tu reputación pueda sobrevivir tres meses bajo mi techo, ¿pero serás capaz de resistirlo?
Ella se mojó los labios secos y se ruborizó.
–Soy capaz de resistir lo que haya que resistir –dijo tratando de parecer segura.
–Seguro que eres capaz –concedió él–. Mi objetivo será enseñarte a disfrutarlo.
Para su sorpresa, él no trató de besarla, sino que levantó las manos hasta su cabeza y comenzó a quitarle las horquillas del pelo. Tuvo la angustiosa sensación de notar su intensa y desconcertante masculinidad, la destreza de sus dedos y el triángulo de piel bronceada que se veía en la abertura de su camisa. Envuelto en el olor del brandy él tenía un aroma que la hizo pensar en bosques de pino y en el viento fresco y tormentoso del mar.
Con el pulso acelerado se quedó muy quieta cuando de pronto sus cabellos cayeron libres en un torrente hasta más abajo de la cintura. Él levantó un mechón y lo dejó deslizarse por sus dedos, como vilanos.
–¿No te lo han cortado nunca? –Cuando ella negó con la cabeza, él musitó–: Es precioso; chocolate oscuro con un matiz rojizo de canela. ¿Es así el resto de ti, Clare, remilgadamente controlado pero con un fuego escondido?
–Te veré mañana, milord –se apresuró a decir ella.
Trató de apartarse pero él la cogió por la muñeca. Antes que la atenazara el terror, él le levantó la mano y le colocó las horquillas en la palma.
–Hasta mañana.
Colocándole la mano en la espalda, a la altura de la cintura, la guió hasta la puerta. Antes de abrirla, la miró a la cara y, cambiando de actitud, de guasona a seria, le dijo:
–Si decides no continuar con esto, no desmerecerás en mi opinión.
¿Le había leído la mente o simplemente conocía demasiado bien la naturaleza humana? Clare abrió la puerta y salió de la sala. Afortunadamente Williams no estaba cerca para verle los cabellos revueltos y la cara encendida. Si la veía así, seguramente pensaría que…
Retuvo el aliento. Si aceptaba el desafío del conde, viviría allí y Williams la vería todos los días. ¿Serían maliciosas o despectivas las miradas del mayordomo? ¿Le creería si se lo explicaba o la despreciaría considerándola una mentirosa y una ramera?
Sintiéndose a punto de desplomarse, pasó corriendo por una puerta abierta y entró en un polvoriento saloncito. Cerró la puerta y se dejó caer en un sillón cubierto por un lienzo, cubriéndose la cara con las manos. Casi no conocía a Williams y le preocupaba su opinión de ella. ¿Era eso una clara y horrible demostración de lo que experimentaría si perseveraba en su loco proyecto? ¿Cuánto peor sería cuando toda la gente de Penreith supiera que estaba viviendo con un notorio calavera?
Comprender la maldad del juego de Nicholas le avivó nuevamente el genio. Él sabía exactamente lo que le pedía; en realidad contaba con que su miedo a la censura pública la desanimaría.
Ese pensamiento le sirvió para recuperar la serenidad. Cuando se enderezó y comenzó a arreglarse el pelo, se dio cuenta de que la rabia y el orgullo la habían impulsado a aceptar ese absurdo desafío. Ésas no eran emociones de las más piadosas, pero claro, tampoco ella era la más piadosa de las mujeres, por mucho que lo intentara.
Una vez se hubo arreglado el pelo, salió del salón y de la casa y se dirigió a los establos a recoger su carreta tirada por un poni.
Todavía tenía tiempo para cambiar de opinión. Ni siquiera tenía que encarar al conde personalmente para reconocer su cobardía. Bastaba con que no acudiera al día siguiente y nadie, fuera de ella y Nicholas, sabría jamás lo que había ocurrido.
Pero tal como había dicho antes, el verdadero problema no era ella ni su orgullo, ni siquiera el tenaz egoísmo del conde; el problema era Penreith. Ese hecho le pesó con fuerza cuando llegó a la pequeña elevación de terreno y vio el pueblo. Detuvo la carreta y contempló los conocidos techos de pizarra. Era igual que cualquiera de otros cientos de comunidades galesas, con sus hileras de casitas de piedra en medio del exuberante verdor del valle. Pero aunque Penreith no tenía nada de extraordinario, era su hogar y conocía y amaba cada una de sus piedras. La gente era «su» gente, entre quienes había vivido toda su vida. Si le resultaba más difícil amar a algunos, bueno, de todos modos lo intentaba.
Una torre de planta cuadrada señalaba la iglesia anglicana, mientras que la capilla metodista, más modesta, quedaba oculta en medio de las casas. Desde allí casi no se distinguía la mina, que estaba más lejos valle abajo. La mina era con mucho la que más hombres empleaba en la zona. Era también la mayor amenaza para la comunidad, un peligro tan volátil como los explosivos que usaban a veces para abrir galerías.
Ese pensamiento le despejó la agitada mente. Bien podía ser que hubiera actuado mal sucumbiendo al orgullo y la
