1
Dijeron que era drogadicta. A mí me costaba aceptarlo. Yo era una chica de clase media, educada en un colegio de monjas, cuyo consumo de drogas era estrictamente recreativo. Además, los drogadictos estaban más delgados. Tomaba drogas, eso era verdad, pero lo que nadie entendía era que mi consumo de drogas equivalía al par de copas que los demás se tomaban el viernes por la noche después del trabajo. Los demás se tomaban unos cuantos vodkas con tónica para desahogarse un poco; yo, en cambio, me hacía un par de rayas de coca. Como les dije a mi padre, a mi hermana, al marido de mi hermana y finalmente a los psicólogos de The Cloisters, «Si la cocaína se vendiera de forma líquida, en una botella, ¿os parecería mal que yo la tomara? ¿Qué me decís? ¿Verdad que no?».
Estaba ofendida por la acusación de drogadicta, porque yo no era ninguna drogadicta. Los drogadictos, además de tener marcas en los brazos, llevaban el cabello sucio, siempre tenían frío, iban encorvados, llevaban zapatillas de deporte de plástico, merodeaban por los bloques de apartamentos y, como ya he dicho, estaban delgados.
Yo no estaba delgada.
Y no era porque no lo intentara, desde luego. Me pasaba horas en el stairmaster del gimnasio. Pero por muchas horas que dedicara a esa máquina infernal, la genética siempre tenía la última palabra. Si mi padre se hubiera casado con una mujer delgada, quizá mi vida habría sido diferente. Por lo menos habría tenido unos muslos diferentes.
Pero estaba condenada a que la gente siempre me describiera diciendo: «Es grandota.» Y al punto añadían: «Con eso no quiero decir que esté gorda.» Lo que insinuaban era que, si estaba gorda, era porque no hacía nada para remediarlo.
«No —continuaban—, es alta y fortachona. Grandota, vaya.»
Qué manía con llamarme «fortachona». Eso me ponía histérica.
Mi novio, Luke, a veces me describía con el calificativo «espléndida». (Cuando yo tenía la luz detrás y él se había tomado unas cuantas cervezas.) Al menos eso me decía a mí; pero cuando estaba con sus amigos seguramente decía: «Con eso no quiero decir que esté gorda.»
La acusación de drogadicta tuvo lugar una mañana de febrero, cuando yo vivía en Nueva York.
No era la primera vez que tenía la impresión de ser la protagonista de un episodio del Objetivo Indiscreto Cósmico. Mi vida tenía tendencia a descontrolarse, y hacía tiempo que había dejado de creer que el dios que me habían asignado era un vejete bonachón con melena y barba blancas. Era más bien como un comediante celestial que utilizaba mi vida para entretener a los otros dioses.
—Mirad, mirad —decía riendo—. Rachel cree que ha encontrado un buen empleo y que ya puede dejar su anterior puesto de trabajo. ¡Ella no sabe que la empresa nueva está a punto de cerrar!
Los otros dioses reían a carcajadas.
—Mirad, mirad. Ahora va a reunirse con su nuevo novio. ¿Veis cómo se le engancha el tacón del zapato en una rejilla? ¿Veis cómo se le rompe? Rachel no sospecha que hemos sido nosotros. ¿Veis cómo se marcha cojeando?
Más carcajadas de los dioses.
—Pero lo mejor de todo —prosigue el dios— ¡es que el chico con el que había quedado no se presenta a la cita! Resulta que la invitó a salir para ganar una apuesta. Mirad a Rachel, muerta de vergüenza en ese elegante bar. ¿Veis cómo las otras chicas la miran con lástima? ¿Veis cómo el camarero le entrega la desorbitada cuenta de la copa de vino? ¡Pero esto no se acaba aquí! ¡Resulta que Rachel se ha dejado el bolso en casa!
Sonoras risotadas.
Los sucesos que propiciaron que me acusaran de drogadicta tenían el mismo carácter de farsa celestial que el resto de mi vida. Lo que pasó fue que una noche me pasé un poco con la coca, y no podía dormir. (No me pasé a propósito, sino que subestimé la calidad de la cocaína que había tomado.) Como a la mañana siguiente tenía que ir a trabajar, me tomé un par de somníferos. Pasados unos diez minutos, y como los somníferos no me hacían efecto, me tomé un par más. Seguía zumbándome la cabeza, así que, pensando en lo mucho que necesitaba dormir, pensando en lo despierta que tenía que estar en el trabajo, me tomé otros dos.
Finalmente logré conciliar el sueño. Un sueño dulce y profundo. Tan dulce y tan profundo que cuando amaneció y sonó el despertador, no pude levantarme.
Brigit, mi compañera de piso, llamó a mi puerta, entró en mi dormitorio y me gritó. Luego me zarandeó y, como ya no sabía qué hacer, me dio una bofetada. (Nunca me tragué eso de que ya no sabía qué hacer. Seguro que Brigit sabía que abofeteándome no conseguiría despertarme, pero los lunes por la mañana nadie está en plena forma.)
Pero entonces Brigit vio una hoja en la que yo había intentado escribir algo antes de quedarme dormida. Era la típica poesía sensiblera, empalagosa y autocompasiva que escribía cuando estaba colocada. Cuando escribía aquella birria de versos, me parecían sumamente profundos y me hacían pensar que había descubierto el secreto del universo; pero a la mañana siguiente, cuando los leía a la luz del día (los que podían leerse), me ruborizaba de vergüenza.
El poema decía algo como «Triste, triste vida... —algo indescifrable—, cuenco de cerezas, triste, para mí sólo los huesos...». Recordaba vagamente haberlo titulado «Ya no puedo más».
Pero Brigit, que últimamente se había vuelto muy neurótica y extraña, no entendió que se trataba de un montón de chorradas cuyo único efecto posible era hacerte sentir vergüenza ajena. Cuando vio la caja de somníferos vacía junto a mi almohada, dedujo que se trataba de una carta de despedida de una suicida. Y antes de que pudiera darme cuenta (porque yo seguía dormida; bueno, dormida o inconsciente, según las versiones), ya había llamado a una ambulancia que me llevó a Mount Solomon, donde me hicieron un lavado de estómago. Fue una experiencia sumamente desagradable, pero lo peor todavía estaba por llegar. Brigit se había convertido en uno de esos fanáticos de la abstinencia que tanto abundan en Nueva York; si se enteran de que te lavas el pelo con champú de cerveza Linco más de dos veces por semana dicen que eres alcohólico y que deberías entrar en un programa de desintoxicación. Así que llamó a mis padres a Dublín y les dijo que yo tenía un grave problema con las drogas y que había intentado suicidarme. Y antes de que yo pudiera intervenir para explicar que todo había sido un lamentable malentendido, mis padres habían telefoneado a Margaret, mi formal y obediente hermana mayor. Margaret llegó a Nueva York desde Chicago en el primer vuelo en que encontró plaza, con Paul, su también formal y obediente marido.
Margaret sólo era un año mayor que yo, pero parecía que nos lleváramos cuarenta. Estaba decidida a enviarme a Irlanda para que mi familia se ocupara de mí. Tras una breve estancia con mis padres, me internarían en alguna institución tipo Betty Ford para que me arreglaran «de una vez para siempre», como dijo mi padre cuando me telefoneó.
Yo no tenía intención de ir a ningún sitio, por supuesto, pero la verdad es que estaba muy asustada. Y no sólo por las amenazas de enviarme a Irlanda e internarme en una clínica, sino por el hecho de que mi padre me hubiera telefoneado. Porque era la primera vez que me telefoneaba, en veintisiete años. Ya me costaba conseguir que me dijera hola cuando yo llamaba a casa y él contestaba el teléfono. Como mucho, me decía: «¿Quién eres, Margaret o Rachel? Ah, ¿Rachel? Espera un momento. Voy a llamar a tu madre.» Entonces se oían unos ruidos espantosos, porque mi padre soltaba el auricular como si le quemara y corría a buscar a mi madre.
Y si resultaba que mi madre no se encontraba en casa, a mi padre le entraba pánico. «Tu madre no está», decía sin poder disimular su alarma. Y el subtexto era: «Por favor, te ruego que no me hagas hablar contigo.»
No es que mi padre no me quisiera, ni que fuera un padre frío o poco accesible. Qué va. Era un hombre encantador. Eso lo reconocí, aunque de mala gana, cuando ya tenía veintisiete años y llevaba ocho viviendo fuera de casa. Admití que mi padre no era, simplemente, un monstruo que se negaba a darnos dinero para comprarnos vaqueros nuevos y al que mis hermanas y yo odiamos a muerte durante la adolescencia. Pero pese a ser buena persona, mi padre no era un gran conversador. A menos que quisieras hablar con él de golf. De modo que el hecho de que me hubiera llamado por teléfono debía de significar que esta vez había metido la pata hasta el fondo.
Atemorizada, intenté aclarar las cosas.
—No me pasa nada —le aseguré—. Sólo ha sido un malentendido. Me encuentro perfectamente.
Pero mi padre se mostró inflexible.
—Vas a venir a casa —sentenció.
Yo también me mostré inflexible.
—Compórtate, papá. Sé realista, por favor. No puedo abandonarlo todo y desaparecer.
—¿Qué no puedes abandonar?
—Mi trabajo, por ejemplo —contesté—. No puedo dejar mi empleo.
—Ya he hablado con la empresa, y están de acuerdo en que lo mejor que puedes hacer es venir a casa —replicó él.
Me quedé helada.
—Pero ¿qué dices? ¿Que has hablado con quién? —Estaba tan azorada que apenas podía hablar. ¿Qué le habrían contado a mi padre de mí?
—He dicho que he hablado con la empresa —repitió con el mismo tono.
—Serás imbécil. —Tragué saliva—. ¿Con quién?
—Con un tal Eric. Me ha dicho que era tu jefe.
—Dios mío.
De acuerdo: yo era una mujer independiente de veintisiete años, y no debía importarme que mi padre supiera que a veces llegaba tarde al trabajo. Pero me importaba. Me sentí igual que veinte años atrás, cuando mis padres tenían que ir al colegio para explicar a mi maestra por qué yo nunca entregaba los deberes acabados.
—Qué horror —dije—. ¿Por qué has tenido que llamar al trabajo? ¡Qué vergüenza! ¿Qué van a pensar? Podrían despedirme por esto.
—Rachel, me parece que de todos modos estaban a punto de despedirte —dijo mi padre desde el otro lado del Atlántico.
Oh, no. Se acabó el juego. ¡Mi padre lo sabía todo! Eric debía de haberse explayado acerca de mis defectos.
—No te creo —dije—. Sólo lo dices para que vaya a casa.
—No —repuso—. Si quieres te cuento lo que me ha dicho ese tal Eric...
¡Ni hablar! No quería ni pensar en lo que Eric podía haberle dicho, y menos aún oírlo.
—Todo iba perfectamente bien en el trabajo hasta que tú les llamaste —mentí—. Sólo has conseguido causar problemas. Voy a llamar a Eric para decirle que estás chalado, que te has escapado de un manicomio y que no debe creerse ni una sola palabra de lo que le has contado.
Mi padre exhaló un hondo suspiro y dijo:
—Mira, Rachel, yo no le he dicho prácticamente nada a ese Eric; el que ha hablado ha sido él, y parecía encantado de dejarte marchar.
—¿Dejarme marchar? —dije con un hilo de voz—. ¿Quiere decir que me han despedido?
—Exacto —confirmó él con absoluta naturalidad.
—Estupendo —dije con lágrimas en los ojos—. Muchas gracias por arruinarme la vida.
Hubo un silencio, y lo aproveché para asimilar la noticia de que, una vez más, volvía a estar en el paro. Por lo visto, al dios comediante le había dado por divertirse conmigo.
—¿Y mi piso? —dije con tono desafiante—. ¿Qué va a pasar con mi piso?
—Margaret se encargará de arreglar ese asunto con Brigit.
—¿Arreglar ese asunto? —Había imaginado que mi padre no tendría respuesta para la pregunta sobre mi piso, y me sorprendió que ya hubiera abordado ese tema. Todo el mundo se comportaba como si verdaderamente yo tuviera algún problema.
—Tu hermana le pagará el alquiler de un par de meses a Brigit, y así ella tendrá tiempo de encontrar a otra persona para compartir el piso.
—¿Otra persona? Pero si es mi casa.
—Tengo entendido que Brigit y tú no os lleváis demasiado bien —dijo mi padre, que parecía un poco turbado.
Él tenía razón. Y mi relación con Brigit había empeorado mucho desde que ella hiciera aquella llamada a Irlanda, provocando la intervención de mi familia en mi vida. Yo estaba furiosa con ella, y por lo visto ella también lo estaba conmigo. Pero Brigit era mi mejor amiga, y siempre habíamos compartido piso. Era inconcebible que otra persona compartiera el piso con ella.
—Eres muy perspicaz —dije fríamente.
Mi padre no dijo nada.
—Muy perspicaz —añadí con malicia.
No me estaba defendiendo como normalmente lo habría hecho. Pero, a decir verdad, en el hospital no me habían extraído sólo el contenido del estómago. Me sentía débil, y no me apetecía pelearme con mi padre; y eso no era nada propio de mí. Llevarle la contraria era algo que hacía instintivamente, como negarme a dormir con tipos con bigote.
—Así que nada impedirá que vengas a casa y te hagan entrar en vereda.
—Es que tengo un gato —mentí.
—Ya encontrarás otro.
—Es que tengo novio —protesté.
—También encontrarás otro.
Claro, decirlo era muy fácil.
—Pásame a Margaret. Hasta mañana —dijo mi padre.
—Y un cuerno —mascullé.
La conversación quedó zanjada. Afortunadamente, me había tomado un par de Valiums, porque de lo contrario me habría puesto fatal.
Margaret estaba sentada a mi lado. De hecho, ahora que lo pensaba, estaba a mi lado constantemente.
Cuando mi hermana terminó de hablar con papá, decidí poner fin a aquellas tonterías. Había llegado el momento de retomar las riendas de mi vida. Porque aquella situación no era divertida, ni graciosa ni amena. Era muy desagradable y, sobre todo, innecesaria.
—Margaret —dije con aplomo—, no me pasa nada. Siento mucho que hayas hecho el viaje en balde, pero hazme un favor: vete y llévate a tu marido. Esto no es más que un patético error.
—Yo no opino lo mismo —repuso mi hermana—. Brigit dice...
—No hagas caso a Brigit —le interrumpí—. Mira, Brigit me tiene muy preocupada últimamente, porque se ha vuelto muy rara. Antes era muy graciosa.
Margaret no estaba nada convencida.
—Pero lo cierto es que tomas muchas drogas.
—Quizá a ti te lo parezca —le expliqué con paciencia—. Pero tú eres una plasta, y cualquier cantidad te parecería excesiva.
Margaret era una plasta, desde luego. Yo tenía cuatro hermanas, dos mayores y dos menores que Margaret, y Margaret era la única formal. Mi madre siempre nos miraba y, con un deje de tristeza, decía: «Una de cinco... no está tan mal.»
—Yo no soy ninguna plasta —se quejó mi hermana—. Sólo soy normal.
—Sí, Rachel. —Paul salió en defensa de su esposa—. Margaret no es ninguna plasta. Que no sea drogadicta, que sea capaz de conservar un empleo y que su marido no la haya abandonado no quiere decir...
Detecté inmediatamente el error de su razonamiento y le interrumpí:
—A mí no me ha abandonado mi marido.
—Ya. Porque nunca lo has tenido —replicó Paul.
Paul se refería a la mayor de mis hermanas, Claire. Su marido la abandonó el día que ella dio a luz a su primer hijo.
—Y tengo trabajo —le recordé.
—Ya no, Rachel. —Esbozó una sonrisita.
Lo odiaba.
Y Paul me odiaba a mí, pero yo no me lo tomaba como algo personal, porque mi cuñado odiaba a toda mi familia. De hecho, creo que le costaba decidir a cuál de las hermanas de Margaret odiaba más. Y no me extraña, porque las cuatro competíamos por el título de oveja negra de la familia. Claire, la esposa abandonada, tenía treinta y un años. Yo, la presunta drogadicta, veintisiete. Anna, de veinticuatro, nunca había tenido un empleo serio y a veces vendía hachís para llegar a fin de mes. Por último estaba Helen, de veinte años, y respecto a ella... francamente, no sabría por dónde empezar.
Todas odiábamos a Paul tanto como él nos odiaba a nosotras.
Hasta mi madre lo odiaba, aunque ella jamás lo admitiría. A mi madre le gustaba fingir que todo el mundo le caía bien, con la esperanza de que así no tendría que hacer cola para entrar en el cielo.
Paul era un sabelotodo y un pedante. Llevaba el mismo tipo de jerséis que mi padre y se compró la primera casa cuando tenía trece años, con los ahorros de su primera comunión.
—Será mejor que llames otra vez a papá —le dije a Margaret—. Porque no voy a ninguna parte.
—Tú lo has dicho —dijo el imbécil de mi cuñado.
2
La azafata intentó pasar entre Paul y yo.
—¿Pueden sentarse, por favor? Están bloqueando el pasillo.
Pero Paul y yo nos quedamos donde estábamos. Margaret, que era muy obediente, ya había ocupado el asiento que le habían asignado, junto a la ventanilla.
—¿Tienen algún problema? —La azafata examinó nuestras tarjetas de embarque, y luego miró los números de los asientos—. Pero si ésos son los asientos que les corresponden.
Ése era el problema, precisamente. Según los números de las tarjetas de embarque, tenía que sentarme al lado de Paul, y la idea de estar junto a él durante todo el vuelo hasta Dublín me repugnaba. No podría relajar el muslo derecho durante siete horas.
—Lo siento —dije—. Es que no pienso sentarme a su lado. —Señalé a Paul.
—Y yo no pienso sentarme a su lado —dijo Paul.
—¿Y usted? —le preguntó la azafata a Margaret—. ¿Tiene algún inconveniente en que alguno de los dos se siente a su lado?
—No.
—Estupendo —repuso la azafata armándose de paciencia—. En ese caso, ¿por qué no ocupa usted el asiento del pasillo? —Se refería a Paul—. Usted —añadió dirigiéndose a Margaret— puede sentarse en medio. Y usted —esta vez se refería a mí—, en el asiento de la ventanilla.
—De acuerdo —respondimos los tres dócilmente.
El pasajero que se había sentado en el asiento de delante de nosotros giró la cabeza para vernos bien. Se quedó un rato mirándonos con expresión de perplejidad, y luego dijo:
—Perdonen que se lo pregunte, pero ¿qué edad tienen ustedes?
Sí, había decidido viajar a Irlanda.
Pese a que al principio me había negado rotundamente a volver a casa de mis padres, hubo un par de cosas que me hicieron cambiar de opinión. En primer lugar, Luke, mi moreno, alto y atractivo novio, llegó al apartamento. Me alegré mucho de verlo.
—¿No deberías estar trabajando? —le pregunté. Y luego, orgullosa, se lo presenté a Margaret y a Paul.
Luke les estrechó la mano educadamente, pero se lo veía muy tenso. Para devolverle la sonrisa a su rostro, le conté lo de mi visita al Mount Solomon. Pero Luke no lo encontró divertido. Me cogió con fuerza por el brazo y murmuró:
—Me gustaría hablar un momento a solas contigo.
Dejé a Margaret y a Paul en el salón e, intrigada, llevé a Luke a mi dormitorio. A juzgar por su adusta expresión, no me pareció que tuviera intención de abalanzarse sobre mí diciendo «Estás calada hasta los huesos. Rápido, tienes que quitarte la ropa», y desnudarme hábilmente, como solía hacer.
Sin embargo, lo que ocurrió me pilló por sorpresa. A Luke no le había hecho ninguna gracia mi visita al hospital; de hecho, parecía muy disgustado.
—¿Qué le ha pasado a tu sentido del humor? —le pregunté, desconcertada—. Eres peor que Brigit.
—Esto no tiene ninguna gracia —repuso él.
Y entonces me comunicó que nuestra relación había terminado. Me quedé helada. ¿Que Luke quería dejarlo?
—¿Por qué? —pregunté, mientras por dentro gritaba: ¡No!—. ¿Has conocido a otra?
—No seas estúpida —me espetó.
—Entonces, ¿por qué quieres dejarlo?
—Porque no eres la persona que yo creía.
La verdad, con eso no me decía nada.
A continuación me insultó brutalmente, insinuando que yo tenía la culpa de todo. Que él no tenía más remedio que cortar conmigo.
—Oh, no. —No pensaba dejarme manipular—. Si quieres dejarlo, vale, pero no intentes echarme la culpa.
—Muy bien —replicó, enojado—. No se puede hablar contigo. —Se levantó y fue hacia la puerta.
No te vayas, rogué.
Luke sólo se detuvo para hacer un par de comentarios desagradables más, y luego salió del apartamento dando un portazo. Me quedé deshecha. No era la primera vez que un hombre me plantaba sin motivo aparente, pero lo cierto es que de Luke Costello no me lo esperaba. Hacía seis meses que salíamos juntos. Y yo incluso empezaba a pensar que aquella vez iba en serio.
Hice un esfuerzo sobrehumano para contener el dolor y la consternación, y fingir ante Margaret y Paul que no pasaba nada. Y entonces, en medio de mi desconcierto, Margaret dijo:
—Tienes que ir a casa, Rachel. Papá ya ha pagado el depósito para que vayas a The Cloisters.
Fue como si me hubieran lanzado una cuerda de salvamento. ¡The Cloisters! The Cloisters era una institución famosa.
Cientos de estrellas del rock habían pasado por aquel monasterio reformado de Wicklow (aprovechando, sin duda, para desgravar impuestos), donde habían permanecido los dos meses de rigor. Cuando salían de allí, ya no destrozaban las habitaciones de los hoteles ni metían coches en las piscinas; lanzaban un nuevo disco y salían en todos los programas de entrevistas de la televisión, hablando en voz baja y con serenidad, con el cabello corto y pulcramente peinado, mientras los críticos hablaban de la mejora cualitativa y la nueva dimensión de su obra.
No me importaba ir a The Cloisters; la idea no me parecía mal. Al contrario. Y nunca se sabía a quién podías conocer allí.
El hecho de que Luke me hubiera abandonado hizo que me replanteara la vida.
A lo mejor me sentaba bien marchame de Nueva York una temporada, pensé. Sobre todo teniendo en cuenta que era como si en Nueva York estuviera prohibido divertirse. No tenía que marcharme para siempre, sino sólo un par de meses, hasta que me encontrara mejor.
¿Qué podía perder marchándome, ahora que ya no tenía ni novio ni empleo que me retuvieran allí? Una cosa era perder el empleo, porque siempre podía buscar otro. Pero perder un novio... bueno...
—¿Qué opinas, Rachel? —me preguntó Margaret.
Tenía que oponer un poco de resistencia, por supuesto. No podía reconocer que mi vida era tan insulsa que podía abandonarlo todo sin mirar atrás. Hice ver que me resistía, pero no era más que una pose, una bravuconada.
—¿Qué te parecería a ti —le pregunté— que un buen día yo te dijera: «Venga, Mags, despídete de Paul, de tus amigos, de tu piso, de tu trabajo y de todo lo demás, porque te vamos a llevar a un manicomio que hay a cinco mil kilómetros de aquí, a pesar de que no te pasa nada?» A ver, ¿qué te parecería?
Margaret estaba a punto de llorar.
—Oh, Rachel, lo siento. Pero no es ningún manicomio, y...
No pensaba alargarlo demasiado, porque no quería disgustarla. Mi hermana era rara, ahorraba dinero y no se acostó con Paul hasta que se casaron, pero aun así yo la quería mucho. Así que cuando finalmente dije: «Margaret, ¿cómo puedes hacerme esto? ¿Cómo puedes dormir? ¿No tienes remordimientos de conciencia?», ya había capitulado.
—De acuerdo. Iré —dije, y Brigit, Margaret y Paul se miraron aliviados, lo cual me molestó, porque se comportaban como si yo fuera imbécil.
Pensándolo bien, ir a un centro de rehabilitación no era tan mala idea.
Hacía una eternidad que no tenía vacaciones. Necesitaba descansar en un sitio donde hubiera paz y tranquilidad. Me sentaría bien esconderme un tiempo y lamerme las heridas que me había hecho Luke.
Había leído mucho sobre The Cloisters, y parecía un lugar maravilloso. Me veía holgazaneando envuelta en una toalla enorme y esponjosa. Me imaginaba baños turcos, saunas, masajes, baños de algas, y esas cosas. Me propuse comer mucha fruta; no probar otra cosa que la verdura y la fruta. Y beber mucha agua, como mínimo ocho vasos diarios. Para limpiarme por dentro.
Me sentaría bien pasar un mes sin beber alcohol y sin tomar drogas.
Todo un mes, pensé, y de pronto me sobrecogí. Pero gracias al efecto calmante del Valium me tranquilicé enseguida. De todos modos, seguro que te daban vino con la cena. Hasta cabía la posibilidad de que a la gente como yo, a los que no tenían ningún problema grave, los dejaran ir al pub del pueblo de vez en cuando.
Me hospedaría en una sencilla celda de monje reformada. Suelos de pizarra, paredes encaladas, una estrecha cama de madera, el sonido lejano de los cantos gregorianos transportado por la brisa nocturna... Y seguro que había gimnasio. Como todo el mundo sabe, el ejercicio físico es la mejor terapia para el alcoholismo. Cuando saliera de allí, tendría el vientre más liso que una tabla. Haría doscientos abdominales diarios. Sería fabuloso tener tiempo para mí. Y cuando regresara a Nueva York, tendría un aspecto estupendo y Luke vendría a suplicarme de rodillas que volviéramos a salir juntos.
Seguro que también había algún tipo de terapia. Pero terapia de verdad, y no sólo terapia contra la celulitis. De esas tipo «túmbate en el sofá y háblame de tu padre». Eso tampoco me importaba. No era que yo la necesitara, por supuesto. Pero sería muy interesante ver a los drogadictos de verdad, a esos delgados con anorak y el cabello lacio, comportándose como niños de cinco años. Yo saldría de allí limpia, entera, renovada. Todos los que ahora estaban cabreados conmigo dejarían de estarlo. Mi antiguo yo habría desaparecido, y mi nuevo yo estaría dispuesto a empezar de nuevo.
—¿Crees que tendrá síndrome de abstinencia? —le preguntó Margaret, vacilante, a Brigit mientras nos preparábamos para ir al aeropuerto JFK.
—No seas idiota —dije riendo—. Eres una exagerada. ¡Síndrome de abstinencia! Por el amor de Dios, Margaret, eso sólo lo tienen los heroinómanos.
—Entonces, ¿tú no tomas heroína? —me preguntó Margaret.
Puse los ojos en blanco.
—¿Cómo quieres que lo sepa? —se defendió mi hermana.
—Tengo que ir al lavabo —dije.
—Te acompaño —se ofreció Margaret.
—Ni hablar —dije, y eché a correr.
Llegué al cuarto de baño un instante antes que ella y le cerré la puerta en las narices.
—¡Déjame en paz! —grité después de echar el pestillo—. O empezaré a pincharme sólo para fastidiarte.
Cuando el avión despegó del aeropuerto JFK, me recosté en el asiento y me sorprendió sentir un intenso alivio. Tenía la extraña sensación de que me estaban aerotransportando a un lugar seguro. De pronto me alegré mucho de marcharme de Nueva York. Últimamente, las cosas no me habían salido demasiado bien. Había vivido con poco espacio para maniobrar.
Estaba sin blanca, y le debía dinero a todo el mundo. Me reí por lo bajo, porque ése era el típico comentario de drogadicto. Bueno, en realidad no debía tanto dinero, pero había consumido por entero mis dos tarjetas de crédito, y había tenido que pedir dinero prestado a todos mis amigos.
El trabajo en el hotel, del que era subdirectora, cada vez se me hacía más pesado. A veces entraba por la puerta giratoria para iniciar mi turno y me daban ganas de gritar. Eric, mi jefe, tenía muy mal carácter. Últimamente yo había estado enferma y había llegado tarde con frecuencia. Y eso hacía que el carácter de Eric empeorara. Lo cual, naturalmente, hacía que yo alargara mis enfermedades. Hasta que mi vida quedó reducida a dos emociones: desesperación cuando estaba en el trabajo y culpabilidad cuando no estaba en el trabajo.
Cuando el avión atravesó las nubes por encima de Long Island, pensé: Ahora podría estar en el trabajo, pero no estoy en el trabajo. Y me alegro.
Cerré los ojos y me asaltaron los recuerdos de Luke. El dolor inicial que me había causado su rechazo se había desplazado ligeramente para hacerle sitio al dolor que me causaba haber perdido a Luke. Él y yo prácticamente vivíamos juntos, y su ausencia era como una tortura. No debí empezar a pensar en él y en lo que me había dicho, porque eso me ponía un poco histérica. Me invadía una compulsión casi incontrolable de verlo inmediatamente, decirle que estaba muy equivocado y suplicarle que volviera junto a mí. Tener esa incontrolable compulsión a bordo de un avión al principio de un vuelo de siete horas era una estupidez. Así que reprimí la necesidad de comunicarme con él. Afortunadamente, la azafata empezó a repartir bebidas, y acepté un vodka con naranja con la misma gratitud con que una niña a punto de ahogarse habría aceptado una cuerda.
—Basta —murmuré mientras Margaret y Paul me miraban, pálidos y preocupados—. Estoy deprimida. Además, ¿desde cuándo no puedo tomarme una copa?
—Vale, pero no te pases —dijo Margaret—. ¿Me lo prometes?
Mamá encajó muy mal la noticia de que su hija era drogadicta. La menor de mis hermanas, Helen, estaba mirando un culebrón con ella cuando mi padre se lo dijo. Por lo visto, después de hablar por teléfono con Brigit, entró en el salón y, muy agitado, va y le suelta: «Esa hija tuya es drogadicta.»
Mi madre se limitó a decir «¿Hmmmm?», y no apartó la vista del televisor.
—¿Ahora te enteras? —añadió.
—No —dijo mi padre—. Esto no es ninguna broma. No estoy hablando de Anna, sino de Rachel.
Por lo visto, mi madre adoptó una expresión extraña y se puso en pie de un brinco. Entonces, mientras mi padre y Helen la observaban (mi padre muy nervioso, y Helen con gran regocijo), fue a la cocina, apoyó la cabeza en la mesa y se puso a llorar.
—¡Drogadicta! —exclamó entre sollozos—. ¡Qué horror!
Mi padre le puso la mano en el hombro para consolarla.
—Lo de Anna lo entiendo —se lamentó mi madre—. Lo de Anna es normal. ¡Pero Rachel! Con una ya teníamos bastante, Jack. ¡Pero dos! No sé qué hacen con el maldito papel de aluminio. ¡No lo sé, de verdad! Anna gasta rollos y rollos, y cuando le pregunto qué hace con él, nunca consigo que me dé una respuesta razonable.
—Lo utiliza para envolver las porciones de hachís cuando lo vende —dijo Helen amablemente.
—Mary, ahora olvídate del papel de aluminio, por favor —dijo mi padre mientras intentaba formular un plan para mi rehabilitación. Entonces miró a Helen y, anonadado, preguntó—: ¿Qué dices que hace con el papel de aluminio?
Mi madre estaba furiosa.
—Sí, claro «olvídate del papel de aluminio», ¿no? —le dijo—. Para ti resulta muy fácil. Tú nunca has tenido que asar un pavo, nunca has ido al cajón a buscar papel de aluminio con el que tapar el pavo y te has encontrado con que allí no hay nada más que un tubo de cartón. A ti nunca te ha quedado un pavo más seco que el Sahara.
—Mary, te lo ruego, por el amor de Dios...
—Si me dijera que lo había terminado ella, no me importaría tanto. Si dejara el tubo de cartón fuera del cajón, quizá yo recordaría comprar más la próxima vez que fuera a Quinnsworth...
—Intenta recordar cómo se llamaba ese sitio al que llevaron a aquel tipo —dijo mi padre.
—¿Qué tipo?
—Ya sabes, el alcohólico, el que malversaba fondos. Estaba casado con la hermana de esa amiga tuya con la que vas a los retiros espirituales.
—¿Te refieres a Patsy Madden? —preguntó mi madre.
—¡Exacto! —Mi padre estaba contentísimo—. Entérate de adónde lo llevaron para que dejara la bebida.
—Pero si Rachel no tiene problemas con el alcohol —protestó mi madre.
—No —concedió mi padre—, pero en ese sitio tratan todo tipo de adicciones. Alcohol, drogas, ludopatía, trastornos de la alimentación... Hoy en día puedes ser adicto a cualquier cosa.
Mi padre compraba un par de revistas de mujeres todos los meses. Decía que eran para Helen y Anna, pero en realidad eran para él. De modo que estaba al corriente de todo tipo de temas sobre los que los padres no deberían estar al corriente: automutilación, radicales libres, AHAs, Jean-Paul Gaultier y los mejores bronceados artificiales.
Así que mi madre cogió el teléfono y efectuó unas discretas investigaciones. Si se sentía presionada, decía que una prima lejana de mi padre estaba empezando a beber demasiado, le daba las gracias a su interlocutora por su interés y colgaba el teléfono rápidamente.
—The Cloisters —dijo.
—¡The Cloisters! —exclamó mi padre, aliviado—. Qué rabia me daba no recordar ese nombre. No habría podido dormir, me habría pasado toda la noche dándole vueltas y vueltas...
—Llámalos —le interrumpió mi madre, llorosa.
3
The Cloisters costaba una fortuna. Por eso iban tantas estrellas del pop. Algunos seguros de enfermedad cubrían los gastos, pero como yo llevaba ocho años viviendo fuera de Irlanda, ya no tenía ningún seguro de enfermedad. La verdad es que en Nueva York tampoco tenía seguro de enfermedad. Era algo que pensaba hacer algún día, cuando hubiera madurado y me hubiera convertido en una adulta responsable.
Como no tenía ni seguro de enfermedad ni un solo céntimo a mi nombre, mi padre dijo que él pagaría los gastos, porque valía la pena curarme.
El resultado fue que en cuanto llegué a casa y entré tambaleándome por la puerta, cansada a causa del jetlag y deprimida a causa de la combinación del vodka y el Valium, Helen me recibió gritándome desde lo alto de la escalera:
—Idiota, te estás curando con el dinero de mi herencia.
—Hola, Helen —respondí, cansada.
Entonces, sorprendida, mi hermana dijo:
—Ostras, cuánto has adelgazado. ¡Se nota que estás emancipada, zorra!
Estuve a punto de contestarle «Gracias», pero me acordé a tiempo. Lo normal era que yo respondiera «¿En serio? ¿Me ves delgada?» y que ella dijera: «¡Noooo! Siempre te lo tragas. ¡Mira que eres tonta!»
—¿Dónde está Pollyanna? —preguntó Helen.
—Fuera, hablando con la señora Hennessy —dije.
Margaret era la única de la familia que hablaba con nuestros vecinos; le encantaba charlar con ellos de prótesis de cadera, de primeras comuniones de nietos, de lo abundantes que estaban siendo las lluvias y de cosas así.
Entonces entró Paul, cargado de bolsas.
—¡Oh, no! —exclamó Helen, que seguía en lo alto de la escalera—. ¿Por qué nadie me dijo que tú también venías? ¿Cuánto tiempo te quedarás?
—No mucho.
—Eso espero. Porque si no tendré que salir a buscar trabajo.
Pese a haberse acostado con todos sus profesores (o eso decía ella), Helen había suspendido los exámenes del primer curso de la universidad. Había repetido el curso, pero, como volvió a suspender, abandonó por imposible.
Aquello había ocurrido el verano pasado, y desde entonces Helen no había conseguido encontrar trabajo. Se pasaba el día haciendo el vago en casa, molestando a mi madre y dándole la lata para que jugara con ella a cartas.
—¡Helen! Deja a tu cuñado en paz. —Era la voz de mi madre, que apareció en lo alto de la escalera, junto a Helen.
Finalmente había llegado el tan temido reencuentro con mi madre. Tuve la sensación de que en mi pecho un ascensor caía en picado hacia el pozo del estómago.
Oí a Helen, que se quejaba diciendo: «Es que lo odio. Y tú siempre me dices que hay que ser sincero.»
Mi madre no había ido con mi padre al aeropuerto. Era la primera vez desde que me marché de casa que mi madre no iba a recibirme al aeropuerto. Por eso me imaginé que debía de estar muy enfadada conmigo.
—Hola, mamá —dije, sin atreverme a mirarla a los ojos.
Ella esbozó una triste sonrisa de mártir, y yo sentí una intensa punzada de culpabilidad. Estuve a punto de sacar la caja de Valium allí mismo.
—¿Has tenido buen viaje? —preguntó mi madre.
Yo no soportaba aquella falsa cortesía, aquel disimulo.
—Mamá, perdóname si te he dado un susto, pero te aseguro que estoy perfectamente bien. No tengo ningún problema de drogas y no he intentado suicidarme.
—¡Deja de decir mentiras, Rachel!
El ascensor que había dentro de mi pecho ya había perdido el control por completo. La sensación de descenso en picado era tan intensa que me mareé. La culpabilidad y la vergüenza se mezclaban con la ira y el resentimiento.
—No digo mentiras —protesté.
—Rachel —repuso ella con un deje de histeria en la voz—, tuvieron que llevarte al hospital en ambulancia y tuvieron que hacerte un lavado de estómago.
—Ya, pero no hacía ninguna falta —expliqué—. Sólo fue una equivocación.
—¡No fue ninguna equivocación! —gritó mi madre—. En el hospital tuvieron que comprobar tus constantes vitales.
¿En serio?, me pregunté, sorprendida. Pero antes de que pudiera preguntarle a mi madre si era verdad, ella volvió a la carga:
—Y tienes un problema de drogas. Brigit me ha dicho que tomas muchas drogas. Y también me lo han dicho Margaret y Paul.
—Sí, pero... —intenté justificarme al tiempo que sentía una explosión de rabia contra Brigit que me vi obligada a reservar para más adelante. No soportaba que mi madre se enfadara conmigo. Estaba acostumbrada a que mi padre me gritara, y eso no me afectaba ni lo más mínimo. Como mucho, me daba risa. Pero no soportaba que mi madre me pegara aquellos sermones.
—De acuerdo, de vez en cuando tomo drogas —admití.
—¿Qué clase de drogas? —me preguntó ella.
—Ya lo sabes.
—No, no lo sé.
—Pues... una rayita de cocaína de vez en cuando...
—¡Cocaína! —exclamó mi madre. Se quedó tan impresionada que estuve a punto de pegarle una bofetada para que reaccionara. Ella no lo entendía. Pertenecía a una generación que se horrorizaba ante la mera mención de la palabra «drogas».
—Dicen que mola mucho, ¿no? —intervino Helen, pero yo la ignoré.
—No es tan grave como a ti te parece —dije, suplicante, dirigiéndome a mi madre.
—Pero si a mí no me parece grave —dijo Helen. ¿Por qué no nos dejaba en paz?
—La cocaína es una droga inofensiva que no produce adicción, y todo el mundo la toma —proseguí.
—Yo nunca la he probado —se lamentó Helen—. A ver si algún día me invitas.
—Yo no conozco a nadie que tome cocaína —dijo mi madre—. Ninguna de las hijas de mis amigas ha hecho nada parecido.
Contuve la rabia que me invadía. Mi madre hablaba como si yo fuera la única persona del mundo que alguna vez hubiera hecho algo fuera de lugar o hubiera cometido algún error.
Mira, tú eres mi madre, pensé. Tú me has hecho como soy.
Pero afortunadamente (el dios comediante debía de estar descansando) conseguí no decirlo.
Me quedé un par de días en casa antes de ir a The Cloisters.
No fue nada agradable.
No parecía que me tuvieran mucha simpatía.
Aparte de Margaret, que no había superado las rondas eliminatorias, el título de Hija Menos Predilecta iba pasando de una a otra periódicamente, como la presidencia de la Unión Europea. Mi presunto intento de suicidio significaba que yo había derrocado a Claire y ahora me tocaba a mí llevar la corona.
En cuanto bajé del avión, mi padre me dijo que en The Cloisters me harían un análisis de sangre antes de admitirme.
—No me interpretes mal —dijo mi padre, nervioso—, ya sé que no tienes intención de tomar nada, pero por si acaso te diré que si tomas algo aparecerá en el análisis, y entonces no te admitirán.
—Papá —respondí—, ya te lo he dicho un montón de veces, no soy ninguna drogadicta, y no hay nada que temer.
Estuve a punto de añadir que todavía estaba esperando a que el condón lleno de cocaína saliera de mi tracto digestivo, pero como mi padre no estaba exhibiendo un gran sentido del humor, me abstuve.
Los temores de mi padre eran infundados, porque yo no tenía ninguna intención de drogarme. Y eso se debía a que no tenía drogas que tomar. Bueno, al menos ninguna droga ilegal. Tenía mi caja tamaño familiar de Valium, pero eso no contaba, porque la había comprado con receta (aunque la receta hubiera tenido que comprársela a un médico de dudosa reputación del East Village cuya ex mujer gastaba más dinero de la cuenta, y que para colmo era heroinómano). Todavía no estaba tan loca como para arriesgarme a entrar cocaína en el país. Y eso demostraba lo adulta y sensata que era.
En realidad no fue ningún sacrificio, porque sabía que, estando Anna por allí, las drogas no me faltarían.
El problema era que Anna no estaba por allí. Deduje, por las escuetas explicaciones de mi madre, que Anna se había ido a vivir con Shane, su novio. ¡Ése sí que sabía disfrutar de la vida! Shane vivía la vida «a tope», como solía decir mi hermana. A todo gas.
Pero, curiosamente, no era la cocaína lo que echaba de menos, sino los Valiums. Tampoco me extrañaba demasiado: estaba conmocionada por los rápidos y recientes cambios ocurridos en mi vida, y la tensión entre mi madre y yo no resultaba agradable. Me habría ido bien algo que me ayudara a suavizar la situación. Pero hice un esfuerzo y no me tomé ninguna de aquellas píldoras mágicas blancas, porque quería que me admitieran en The Cloisters. Si hubiera tenido más tiempo (y más dinero) hasta me habría comprado ropa nueva para la ocasión.
¡Qué fuerza de voluntad! ¡Y pensar que me llamaban drogadicta!
Aquellos dos días dormí una barbaridad. Era lo mejor que podía hacer, porque tenía jetlag y estaba desorientada, y todo el mundo me odiaba.
Intenté llamar a Luke un par de veces, aunque sabía que no debía hacerlo. Él estaba tan enfadado conmigo que lo mejor que podía hacer era darle tiempo para que se calmara; pero no pude evitarlo. Las dos veces salió el contestador automático, pero conseguí dominarme y no dejar ningún mensaje.
Habría intentado llamarlo muchas más veces. Constantemente me asaltaba la necesidad de hablar con él. Pero hacía poco mi padre había recibido una factura de teléfono desorbitante (creo que tenía algo que ver con Helen), y vigilaba el teléfono las veinticuatro horas del día. De modo que cada vez que yo marcaba un número, él se ponía en tensión, estuviera donde estuviese, incluso si se encontraba a varios kilómetros de distancia, jugando a golf, y aguzaba el oído. Si yo marcaba más de siete dígitos, cuando me disponía a marcar el octavo él aparecía en el pasillo, gritando: «¡Suelta el maldito teléfono inmediatamente!» Aquello echaba por tierra mis posibilidades de hablar con Luke, pero por otra parte tenía un efecto maravilloso. Era como si volviera a la adolescencia. Lo único que faltaba era que mi padre me dijera: «Ni un minuto más tarde de las once, Rachel. Y esta vez va en serio. Si tengo que esperarte metido en el coche como la última vez, no volverás a salir por la noche», como cuando tenía catorce años. Pero ¿qué gracia podía tener volver a esa edad? Imaginaos: tener catorce años, medir un metro setenta, y calzar un cuarenta.
Las relaciones con mi madre todavía eran más tensas. En mi primer día en casa, mientras me desnudaba para acostarme y reponerme del viaje, mi madre se quedó mirándome fijamente, como si me hubiera salido otra cabeza.
—Que Dios nos ampare —dijo con voz trémula—. ¿Cómo te has hecho esos cardenales?
Miré hacia abajo y fue como si mirase el cuerpo de otra persona. Tenía el estómago, los brazos y las costillas cubiertos de moratones.
—Ah —respondí con un hilo de voz—. Supongo que debieron de hacérmelos cuando me lavaban el estómago.
—Madre mía. —Mi madre intentó abrazarme—. No sabía que... creía que... No tenía ni idea de que fuera tan violento.
La aparté de mí.
—Pues mira, ahora ya lo sabes.
—No me encuentro bien —dijo mi madre.
Yo tampoco me encontraba bien.
Después de aquello, cada vez que tenía que vestirme o desvestirme evitaba mirarme en el espejo. Afortunadamente estábamos en febrero, y hacía un frío tremendo, así que, incluso en la cama, podía llevar ropa de manga larga y cuellos altos.
Durante aquellos dos días no hice más que tener pesadillas.
Soñaba la pesadilla de siempre, mi vieja favorita: que había alguien en mi dormitorio, y que yo no conseguía despertarme. Había alguien que quería hacerme daño, y cuando intentaba despertarme para protegerme, no lo conseguía. Aquella fuerza misteriosa cada vez se me acercaba más, hasta que la tenía encima, y aunque estaba aterrorizada, no lograba despertarme. Me quedaba paralizada. Intentaba salir a la superficie, pero me asfixiaba bajo la manta del sueño.
También soñaba que me moría. Era horrible porque sentía cómo mi fuerza vital salía de mi cuerpo trazando una espiral, como un tornado al revés, y no podía hacer nada para evitarlo. Sabía que si me despertaba estaría a salvo, pero no podía despertarme.
Soñaba que me caía por un acantilado, que tenía un accidente de coche, que se me caía un árbol encima. Notaba el impacto y me despertaba sobresaltada, sudando y temblando, sin saber dónde estaba ni si era de día o de noche.
Helen me dejó tranquila hasta la segunda noche. Yo estaba en la cama, sin atreverme a levantarme, y ella entró en la habitación lameteando un helado. Su expresión no presagiaba nada bueno.
—Hola —me dijo.
—Creía que te habías ido a tomar una copa con Margaret y Paul —repuse con recelo.
—Pensaba ir, pero he cambiado de idea.
—¿Por qué?
—Porque el cerdo de Paul dice que no piensa pagarme más copas —contestó mi hermana—. Y ¿de dónde voy a sacar dinero para copas? Estoy en el paro, por si no lo sabías. —Hizo una pausa y añadió—: Ése no te daría ni el vapor de su meado. —Se sentó en mi cama.
—Pero ¿no saliste con ellos anoche y volviste completamente borracha? —le pregunté, sorprendida—. Margaret me ha dicho que te pasaste la noche bebiendo Southern Comforts y que no pagaste ni una sola ronda.
—¡No tengo trabajo! —gritó Helen—. ¡Soy pobre! ¿Qué quieres que haga?
—Vale, vale. —No estaba para peleas. Además, coincidía con Helen. Paul era de la virgen del puño. Hasta mi madre había dicho en una ocasión que Paul sería capaz de comer en un cajón y pelar una naranja en el bolsillo. Y que sería incapaz de mear en la calle por si algún pajarillo aprovechaba para calentarse las patas. Y, aunque cuando lo dijo estaba borracha (se había tomado una cerveza con lima), lo decía en serio.
—¡Ostras, tú! ¡Imagínate! —Helen me sonrió y se acomodó en la cama, como si tuviera intención de quedarse allí un buen rato—. Mi propia hermana encerrada en un loquero.
—No es ningún loquero —protesté—. Es un centro de rehabilitación.
—¡Un centro de rehabilitación! —se mofó Helen—. Eso no es más que un eufemismo.
—Te equivocas —insistí.
—La gente cambiará de acera cuando te vea venir —prosiguió mi hermana, jovial—. Dirán: «Mira, ésa es la chica de los Walsh, la que se volvió loca y a la que tuvieron que encerrar en un manicomio.»
—Cállate.
—Y se harán un lío con Anna, y dirán: «¿Cuál de ellas? Creo que son dos las que se han vuelto locas, y...»
—Por ese centro han pasado muchos famosos —la interrumpí, jugando mi baza.
Helen se quedó de piedra.
—¿Como quién? —me preguntó.
Mencioné a un par de cantantes, y Helen quedó impresionada.
—¿En serio?
—Sí.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo he leído en los periódicos.
—Y ¿cómo es que yo no lo sabía?
—Tú no lees los periódicos, Helen.
—Ah, ¿no? No, claro. ¿Para qué iba a leerlos?
—Para enterarte de que los cantantes famosos van a The Cloisters, por ejemplo —dije maliciosamente. Helen me recompensó con una mirada avinagrada.
—Cállate, listilla —dijo—. Ya se te bajarán los humos cuando te encierren en una celda de aislamiento con una de esas preciosas chaquetas de largas mangas.
—No me van a encerrar en ninguna celda de aislamiento —respondí con petulancia—. Pero me voy a codear con un montón de famosos.
—¿Es verdad que los cantantes famosos van a ese centro? —Empezaba a notársele emocionada, aunque intentara disimularlo.
—Sí —afirmé.
—¿En serio? —insistió ella.
—En serio.
—¿De verdad?
—De verdad.
Hubo una pausa.
—Hostia —dijo, impresionada—. Toma, acábatelo —añadió, y me lanzó el resto del helado.
—No, gracias —dije. Me daban náuseas sólo de pensar en la comida.
—Estoy hasta el gorro de estos helados. Siempre le digo a papá que cuando vaya a la tienda de congelados traiga de los otros, pero él siempre vuelve con los mismos. Excepto una vez que trajo de menta. ¿Te imaginas? ¡Helados de menta recubiertos de chocolate!
—No lo quiero. —Aparté el helado.
—Como prefieras. —Helen se encogió de hombros y dejó el helado en mi mesilla de noche, donde empezó a derretirse manchándolo todo. Intenté pensar en cosas más agradables.
—Bueno, Helen, ya lo ves. Mientras yo esté intimando con gente como Madonna —dije como quien no quiere la cosa—, tú estarás...
—Sé realista, Rachel —me interrumpió—. Aunque supongo que ésa debe de ser una de las razones por las que te van a encerrar en un manicomio: porque no sabes ser realista...
—¿De qué estás hablando? —Ahora me tocaba a mí interrumpirla.
—Bueno —replicó con una sonrisa de desdén—, no querrás que pongan a los famosos con los demás, ¿no? Tienen que proteger su intimidad. Si no lo hicieran, la gente como tú iría a los periódicos en cuanto saliera de allí y vendería la historia. «Sexo en mi infierno de cocaína», y esas cosas.
Helen tenía razón. Me llevé un chasco, pero no demasiado grande. De todos modos, seguramente los vería a la hora de la comida y en las celebraciones. A lo mejor había bailes.
—Y seguro que a ellos les dan las mejores habitaciones y la mejor comida —prosiguió Helen—. Contigo no van a tener muchos detalles, porque papá es un roñoso. A ti te pondrán en una habitación de las más sencillas, mientras que los famosos se alojan en el ala de lujo.
Estaba muy cabreada con el tacaño de mi padre. ¿Cómo se atrevía a no pagar los extras necesarios para que yo estuviera con los famosos?
—Y no pierdas el tiempo intentando sacarle algo más —dijo Helen, como si me hubiera leído la mente—. Dice que ahora somos pobres, por culpa tuya, y que ya no podemos comprar patatas fritas de las buenas, sino sólo de las de paquete amarillo.
Estaba muy deprimida. Me quedé callada, tumbada en la cama. Helen hizo otro tanto, lo cual no era nada habitual.
—De todos modos —dijo finalmente—, tarde o temprano tropezarás con alguno. Por los pasillos, por los jardines... A lo mejor hasta te haces amiga de algún famoso.
De pronto me sentí esperanzada y alegre. Si Helen estaba convencida de ello, tenía que ser cierto.
4
Conocí a Luke Costello mucho antes de la noche que acabé en la cama con él. Luke era irlandés, yo también, y, aunque al principio no lo sabía, vivíamos separados por sólo cuatro manzanas.
Lo veía bastante porque íbamos a los mismos bares. Eran bares irlandeses, pero no de esos marginales donde cantas A Nation Once Again y Spancil Hill, donde lloras y recaudas dinero para la Causa. Los bares a los que íbamos nosotros eran diferentes. Eran bares de moda, como lo habían sido las brasseries unos años atrás. Tenían nombres irlandeses impronunciables, como Tadgh’s Boghole o Slawn Che. Creo que el propietario de uno de esos bares era un famoso cantante irlandés, aunque no sabría decir ni qué cantante ni qué bar.
En Nueva York, ser irlandés siempre ha sido una distinción, pero para mí, durante el tiempo que viví allí, fue francamente estupendo.
Pues bien, Brigit y yo frecuentábamos esos bares y veíamos a Luke y a sus amigos y nos reíamos mucho de ellos.
No es que Brigit y yo fuéramos crueles; es que tendríais que haberlos visto. Ninguno de ellos habría desentonado en cualquier grupo de rock de principios de los setenta. Habrían podido hacerse pasar fácilmente por cualquiera de esos músicos que llenaban estadios, conducían Ferraris que tarde o temprano acababan metiendo en una piscina y se dejaban fotografiar con una serie de rubias flacas e intercambiables.
Luke y sus amigos medían todos más o menos lo mismo, cerca de un metro ochenta, y llevaban un corte de pelo reglamentario: ni muy largo ni muy corto, y rizado. En aquella época, el pelo largo sólo estaba bien visto si era lacio y con raya en medio. El corte escalado, rizado y lustroso estaba pasado de moda.
Luke y sus amigos nunca llevaban el corte de pelo adecuado. A veces lo llevaban corto, peinado hacia adelante y teñido de blanco. O cortado al rape. O llevaban la cabeza afeitada y unas patillas que casi se les juntaban debajo de la barbilla. O lo que sea.
Y la ropa que llevaban también estaba pasada de moda. Vaqueros, vaqueros y más vaqueros, y de vez en cuando un toque de cuero. Y además, todo muy ceñido. Había días en que hasta podías decir cuántos estaban circuncidados.
Estaban completamente inmunizados contra las modas del mundo exterior. Trajes de Tommy Hilfiger, sombreros Stussy, chaquetas Phatpharm, carteras Diesel, zapatos de skateboard Adidas, botas Timberland... No creo que aquellos chicos supieran siquiera que existían aquellas cosas. Lo único que puedo decir en su defensa es que ninguno tenía una chaqueta de ante con flecos. Al menos yo nunca se la vi puesta.
Aquellos chicos eran demasiado anacrónicos para nuestro gusto. Los llamábamos los «Hombres de Verdad», pero con mucha ironía.
Respecto al ya mencionado toque ocasional de cuero... bueno, eso merece una explicación. Resulta que cuando llevábamos varios meses observando y riéndonos de aquellos chicos, Brigit y yo nos dimos cuenta de que pasaba algo raro. Cuando salían en grupo sólo uno de ellos llevaba pantalones de cuero. ¿Cómo demonios se organizaban?, nos preguntamos. ¿Se llamaban por teléfono uno por uno antes de salir? ¿Y se preguntaban unos a otros qué se iban a poner, como hacíamos las chicas?
Pasamos varios meses intentando descubrir si había alguna pauta regular. ¿Había un sistema de rotación organizado? Quizá a Joey le tocaba ponerse los pantalones de cuero los miércoles, a Gaz los jueves, y así sucesivamente. Y ¿qué pasaría si una día aparecían dos con los pantalones de cuero?
Pero una noche nos fijamos en algo más extraño todavía que aquel infalible sistema de rotación. El bolsillo trasero del pantalón de Gaz tenía un desgarrón. Eso no tenía nada de extraordinario. Pero resulta que el fin de semana anterior nos habíamos fijado en que Shake tenía un desgarrón en el mismo sitio exacto que Gaz. Interesante, pensamos. Muy interesante.
Dos días más tarde, cuando los vimos en el Lively Bullock, comprobamos que Joy llevaba un desgarrón idéntico.
Intrigadas por aquel misterio, decidimos no precipitarnos y no emitir un juicio hasta que aquello se hubiera repetido por cuarta vez. Y efectivamente, poco después vimos a Johnno en el Cute Hoor. Pero Johnno estuvo varias horas sentado, y creíamos que nunca se iba a levantar para enseñarnos el trasero. ¡Cómo estiramos la cerveza que compartíamos! No teníamos ni un céntimo, pero encerradas en el apartamento toda la noche nos habríamos vuelto locas. Finalmente, varias horas más tarde, cuando nuestra cerveza ya casi se había evaporado, Johnno, el de la vejiga de camello, se levantó. Brigit y yo contuvimos la respiración y nos cogimos del brazo, mientras Johnno se volvía lentamente y... ¡Sí! ¡También tenía un desgarrón! ¡El mismo desgarrón en el mismo bolsillo!
Soltamos una risotada de triunfo. ¡Era verdad!
Entre carcajadas, oí a alguien que se quejaba con acento irlandés, diciendo: «¡Cielo santo! ¿Qué es esto? ¿Acaso hay banshees por aquí?»
Nos partíamos de risa, se nos caían las lágrimas, y el resto de los clientes del bar, que se habían quedado callados, no dejaban de mirarnos.
—Dios mío —dijo Brigit—. Y nosotras que creíamos que cada uno tenía sus... sus... sus... —Reía tanto que ni siquiera podía hablar—. ¡Sus pantalones! —consiguió decir al fin.
—Creíamos... creíamos... —dije yo, muerta de risa—. Que sólo uno de ellos podía ponerse sus... sus... —Tuve que apoyar la cabeza en la mesa y dar unos cuantos golpes con el puño—. ¡Sus pantalones! No me extraña que nunca viéramos a dos con pantalones de cuero.
—Porque... —continuó Brigit, desternillándose—. Porque... ¡sólo tenían un par!
—Basta —le supliqué—. Voy a vomitar.
—Eh, chicas —dijo una voz de hombre—. ¿Qué es lo que os hace tanta gracia?
Nos habíamos convertido en el centro de atención. El bar estaba lleno de irlandeses que habían venido para asistir a una conferencia sobre la carne de ternera. Habían creído que, como el bar se llamaba Cute Hoor, se pasarían la noche cantando Four Green Fields rodeados de gente que sólo hablaba de política irlandesa. No les hacía ninguna gracia que los modernos de Nueva York se hubieran reído de ellos. Al fin y al cabo, ellos eran hombres muy importantes de Ballina o Westport o de donde fuera.
Así que cuando Brigit y yo empezamos a reírnos a carcajadas, lo consideraron una ráfaga de aire fresco. Todos querían invitarnos a una copa, y enterarse de aquello tan gracioso. Nosotras aceptamos las copas, por supuesto (una copa gratis es una copa gratis), pero no podíamos explicarles de qué nos reíamos.
Conseguimos calmarnos un poco. Pero de vez en cuando Brigit me cogía del brazo y, muerta de risa, me decía: «Imagínate. ¡Tienen unos pantalones de cuero en multipropiedad!» Y nos tirábamos otros diez minutos riendo a carcajadas, retorciéndonos, con los ojos llorosos y congestionadas. Mientras aquellos tipos nos miraban divertidos.
Después yo le decía a Brigit: «¡Sólo puedes entrar en su grupo si tienes las medidas correctas de cintura y pierna!» Y volvíamos a empezar.
La verdad es que fue una noche fabulosa. Todos los modernos del bar liaron el petate en masa como señal de protesta contra aquellos paletos. De modo que Brigit y yo pudimos soltarnos el pelo y pasárnoslo en grande sin temor a quedar mal. Nos quedamos en el bar hasta las tres, y pillamos una cogorza de miedo. Acabamos tan borrachas que hasta participamos en los obligados cantos. Es curioso que los irlandeses, siempre que se alejan de su país, aunque sólo sea para ir a pasar el día a Holyhead a comprar en el duty-free, acaben cantando canciones tristes y conmovedoras sobre la isla Esmeralda y su nostalgia.
Aquellos tipos sólo iban a pasar cuatro días en Nueva York, pero aun así cantamos From Clare to Here, The Mountains of Mourne, The Hills of Donegal, la canción de Irlanda en Eurovisión y un tema poco habitual, Wonderwall, de Oasis. Y también hubo un desacertado intento de bailar The Walls of Limerick. Entonces fue cuando intervino el propietario del bar («Venga, chicos, a calmarse un poco, si no queréis que os envíe a todos de una patada a Westport»), porque dos de los tipos estuvieron a punto de liarse a puñetazos a raíz de una discusión sobre el número de veces que entras y retrocedes antes de cruzarte. Por lo visto uno de ellos había confundido The Walls of Limerick con The Siege of Ennis.
5
La idea de acostarse con Luke o con alguno de sus amigos era, en general, de risa. Inimaginable, vaya. Yo no sabía que...
La noche en cuestión llegó cerca de un mes después de la Gran Risa con nuestros paisanos en el Cute Hoor. Brigit y yo íbamos a ir a una fiesta (bueno, en realidad a colarnos en una fiesta) que se celebraba en Rickshaw Rooms. Nos habíamos esforzado en ponernos guapas porque teníamos la esperanza de que allí hubiera algunos chicos atractivos y, aún más importante, libres y dispuestos.
En Nueva York no era fácil ligar. Según los informes de una amiga que tenía en Australia y de otra que vivía en Dublín, los novios escaseaban en todas partes, pero en Nueva York era donde el tema estaba más difícil. Había un millón de mujeres para cada hombre, pero es que, además, todas aquellas mujeres eran de una belleza espectacular. Impresionantes. Y la explicación de aquella increíble belleza solía ser algo como «Ah, su madre es medio sueca y medio aborigen australiana, y su padre es medio birmano, un cuarto esquimal y un cuarto italiano».
¿Cómo íbamos a competir con ellas Brigit y yo, que éramos cien por ciento irlandesas? Siempre nos quejábamos de nuestro aspecto. Sobre todo porque éramos altas y de esqueleto grande. Lo único que nos salvaba era el cabello: yo lo tenía largo y castaño oscuro, y ella largo y rubio. El de ella era casi natural.
Sin embargo, algo teníamos a nuestro favor: la mayoría de las chicas de Nueva York eran unas neuróticas perdidas, y nosotras no.
Nosotras sólo éramos un poco neuróticas. (El miedo patológico a las cabras y la obsesión por las patatas cocinadas de cualquier manera no eran tan graves como suplicar que te pegaran en la cara y el cuello con una botella rota durante el coito.)
En fin, pese a nuestra falta de diversidad étnica, la noche en cuestión concluimos que estábamos estupendas. Si no recuerdo mal, las palabras exactas de Brigit cuando hicimos la inspección final antes de salir de casa fueron: «No está mal para tratarse de un par de vaquillas.» Le di la razón. ¡Y eso que no habíamos esnifado ni una sola raya de coca para aumentar nuestra autoestima! Nos habría encantado tenerla, pero Brigit todavía tardaría un par de días en cobrar, y apenas teníamos dinero para comer.
Aquella noche estrené sandalias. Tenía los pies tan grandes que nunca encontraba zapatos bonitos. Ni siquiera en Nueva York, donde estaban acostumbrados a tratar con monstruos. Pero era verano, y eso me beneficiaba. Eran unas sandalias verde claro, no demasiado altas. Y no importaba que me fueran pequeñas (habría necesitado dos números más), porque los dedos de los pies podían sobresalir por la parte de delante, y los talones por la parte de detrás. Caminar con ellas era un suplicio, desde luego, pero eso no me importaba. Para estar guapa hay que sufrir.
Y nos fuimos a Rickshaw Rooms. Celebraban una fiesta de lanzamiento de una serie nueva de televisión. Brigit se había enterado en el trabajo, y según ella habría un par de hombres guapos y famosos, suficiente alcohol para hundir un acorazado y, con suerte, cantidad de gente adicta a la cocaína dispuesta a compartir su alijo.
Nosotras no teníamos invitación, pero nos dejaron entrar porque Brigit prometió no acostarse con el gorila de la puerta.
Sí, sí. Le dijo: «Mi amiga y yo no tenemos invitación, pero si nos dejas entrar, no tendrás que acostarte con nosotras.»
Y, tal como Brigit había vaticinado, el tipo nos hizo caso.
—Mira —le explicó Brigit al desconcertado portero—, seguro que cada día te las tienes que ver con un montón de chicas guapas que te dicen: «Si me dejas entrar, yo te dejo entrar a ti.» Me explico, ¿no? —Le lanzó un guiño en el que intervinieron todos los músculos de su cuerpo, por si el chico no lo había captado. Y añadió con firmeza—: Debes de estar harto.
El gorila, un joven italiano bastante atractivo, asintió con la cabeza, un tanto aturdido.
—Mi amiga y yo —prosiguió Brigit— no somos guapas, pero ése es, precisamente, nuestro principal atractivo, y creemos que hay que sacarle partido. ¿Nos dejas pasar?
—Por supuesto —murmuró el chico. Estaba extrañado y desconcertado.
»¡Un momento —dijo antes de que echáramos a correr hacia el ascensor—. Necesitaréis esto. —Y nos dio dos invitaciones.
Cuando llegamos arriba tuvimos que aguantar el acoso de otro par de gorilas, pero entonces ya teníamos las invitaciones.
Y nos colamos en la fiesta. Intentamos disimular nuestro asombro. ¡Qué bonita sala Art Déco! ¡Qué hermosa vista! ¡Qué cantidad de licores!
Cuando sólo llevábamos unos segundos allí, riendo y animadas por nuestro éxito con los porteros, Brigit se quedó quieta y me sujetó por el brazo.
—Mira —susurró—. Son los chicos de la máquina del tiempo.
Miré hacia donde Brigit me indicaba, y efectivamente, allí, entre una gran proliferación de pelo y etiquetas rojas Levi’s, estaban Gaz, Joey, Johnno, Shake y Luke. Iban acompañados, como de costumbre, por un par de rubias con las piernas tan delgadas que parecía que tuvieran raquitismo.
—¿Qué hacen aquí los Hombres de Verdad? —pregunté. De pronto, nuestra victoria sobre el portero perdió su valor. Era evidente que en aquella fiesta dejaban entrar a cualquiera.
Luke estaba distribuyendo las copas, y se tomaba muy en serio la tarea.
—Joey, macho, un JD solo.
—Gracias, macho.
—Toma, Johnno, un JD con hielo, macho.
—Gracias, macho.
—Gaz, ¿dónde estás, macho? Ah, aquí. Toma, tu tequila con sal y limón.
—Gracias, macho.
—Melinda, titi, no tienen champán rosado, pero hay del normal, y el camarero, que es muy amable, le ha añadido un poco de Ribena.
—Gracias, Luke.
—Tamara, titi, JD solo. Lo siento, titi, pero no tienen sombrillas de papel.
—Gracias, Luke.
No sé si lo estoy describiendo con suficiente precisión. Sí, sí: se llamaban unos a otros «macho», llamaban a las chicas «titi», bebían Jack Daniels casi sin parar, y por supuesto, lo abreviaban y lo llamaban «JD». No voy a decir que cuando se encontraban aquellos chicos se saludaran entrechocando las palmas, pero a veces me daba la impresión de que estaban a punto de hacerlo.
—¿Quién lleva los pantalones de cuero en multipropiedad esta noche? —preguntó Brigit. Eso hizo que pasáramos cinco minutos riendo a carcajadas.
Finalmente, conseguí mirar a los chicos.
—Luke —dije. Debí de decirlo más alto de lo que pretendía, porque él se volvió, nos miró fijamente y, para asombro nuestro, nos guiñó un ojo. Brigit y yo nos miramos extrañadas, y luego volvimos a reír a carcajadas—. ¡Qué morro! —dije por lo bajo, muerta de risa.
—¿Quién se ha creído que es? —dijo Brigit.
Y entonces, horrorizada, vi que Luke se separaba del resto del grupo y, con el mismo aire despreocupado de siempre, venía hacia nosotras.
—Dios mío —dije—. Viene hacia aquí.
Antes de que Brigit pudiera contestarme, Luke se había plantado delante de nosotras. Estaba muy sonriente y muy simpático.
—Te llamas Rachel, ¿verdad?
Asentí con la cabeza, porque pensé que si abría la boca se me escaparía la risa. Me fijé en que tenía que inclinar la cabeza ligeramente hacia atrás para verlo, y aquello me hizo gracia.
—Y tú eres Brigit, ¿no?
Brigit asintió sin decir nada.
—Yo me llamo Luke —dijo él, y extendió el brazo.
Brigit y yo le estrechamos la mano.
—Os tengo vistas desde hace tiempo —dijo—. Siempre os estáis riendo. ¡Es genial!
Escruté su rostro en busca de señales de ironía, pero no las encontré. Bueno, tampoco tenía por qué ser un Einstein.
—Venid conmigo. Os presentaré a mis amigos.
Y aunque habríamos preferido no hacerlo, porque estábamos perdiendo un tiempo precioso que habríamos podido dedicar a ligar con alguno de los atractivos jóvenes que había en la fiesta, lo seguimos.
Tuvimos que hacer el numerito de «irlandés conoce a irlandés lejos de su tierra natal». En primer lugar, teníamos que fingir que no nos habíamos dado cuenta de que el otro era irlandés. Después teníamos que descubrir que habíamos crecido en la misma calle, o que habíamos ido a la misma escuela, o que nos habíamos conocido en las vacaciones de verano en Tramore cuando teníamos once años, o que nuestras madres habían sido damas de honor en sus respectivas bodas, o que su hermano mayor había salido con mi hermana mayor, o que cuando nuestro perro se perdió su familia lo encontró y nos lo devolvió, o que una vez mi padre chocó por detrás con su padre y se pelearon en la carretera de Stillorgan y acabaron los dos en los tribunales por causar una alteración del orden público, o lo que sea. Pero nuestros caminos ya se habían cruzado en algún momento, de eso no cabía ninguna duda.
Efectivamente: descubrimos que Joey y Brigit se habían conocido en Butlin’s hacía diecinueve años, el año que quedaron primero y segundo respectivamente en el concurso de disfraces. Por lo visto Joey, que tenía nueve años, iba de Johnny Rotten, y su disfraz era tan logrado que hasta Brigit reconoció que mereció el primer premio. Brigit quería disfrazarse de Princesa Leia, pero no tenía ni bikini dorado ni el cabell
